Sion en las Montañas: El Cumplimiento de las Profecías de Isaías
Cumplimiento de la Profecía—El Desierto Regado y el Yermo Hecho Fértil—Sion en los Valles de las Montañas—El Aumento de Sus Familias Como un Rebaño—Su Paz, Abundancia y Prosperidad
por el élder Orson Pratt, Discurso pronunciado en el Nuevo Tabernáculo, Salt Lake City, el domingo por la tarde, 30 de agosto de 1875.
Volumen 18, discurso 19, páginas 144–155.
Leeré la última parte del capítulo 32 de Isaías, comenzando en el versículo 13. [El orador leyó desde el versículo 13 hasta el 20 inclusive.]
Es muy evidente, por estas predicciones del profeta Isaías, que él, mediante ese espíritu que abre el futuro, pudo contemplar las calamidades que vendrían sobre la casa de Israel, y no solamente sobre el pueblo, sino también sobre la Tierra Prometida, la tierra de Canaán, ahora llamada Palestina. Se predijo una maldición sobre esa tierra, de modo que, en lugar de producir aquello que era necesario para sostener a un pueblo, produciría espinos y cardos. También se nos dice que esta desolación permanecería por un largo período, hasta que el Espíritu fuese derramado desde lo alto; hasta que, en los propósitos del Altísimo, Él derramara Su Espíritu, y eso produciría un gran cambio sobre aquella tierra; pero hasta entonces debía permanecer desolada. Todas las casas de alegría en la ciudad judía debían quedar desiertas y, como está registrado en otros pasajes de Isaías, debían ser las desolaciones de muchas generaciones. No la desolación de setenta años, como ocurrió a Israel durante su cautiverio en Babilonia, que comprendió solamente una generación aproximadamente, sino desolaciones de muchas generaciones, durante las cuales aquella tierra permanecería sin cultivo. Las lluvias tardías serían retenidas y la tierra se volvería seca y árida, produciendo espinos y cardos; y esto continuaría hasta que el Señor derramara Su Espíritu desde lo alto.
Parece, entonces, que el Señor tenía en Su propia mente un tiempo señalado en particular, cuando nuevamente derramaría Su Espíritu desde lo alto sobre Su pueblo, y más especialmente sobre la casa de Israel; y cuando llegue ese tiempo, no solamente habrá una gran reforma moral entre el pueblo, sino que se nos dice que la revolución se extenderá también a la tierra, porque el Profeta declara aquí que, cuando el Espíritu sea derramado desde lo alto, el desierto se convertirá en campo fértil y el campo fértil será contado por bosque. ¿Qué debemos entender por la predicción de que el desierto se convertirá en campo fértil cuando el Espíritu sea derramado desde lo alto? Debemos entender lo mismo que se registra en el capítulo treinta y cinco de esta profecía, una pequeña porción de la cual leeré. Hablando de la reunión de los israelitas en los últimos tiempos, dice: «Se alegrarán el desierto y la soledad; el yermo se gozará y florecerá como la rosa. Florecerá profusamente, y también se alegrará y cantará con júbilo; la gloria del Líbano le será dada, la hermosura del Carmelo y de Sarón; ellos verán la gloria de Jehová, la hermosura del Dios nuestro.»
Ahora bien, para comprender que esta ha de ser una obra de los últimos días, y no una obra que tendría lugar poco después de haberse pronunciado la profecía, leeremos los versículos siguientes: «Fortaleced las manos cansadas, afirmad las rodillas endebles. Decid a los de corazón apocado: Esforzaos, no temáis; he aquí que vuestro Dios viene con venganza, con retribución divina; él vendrá y os salvará.»
Eso nunca se ha cumplido; pero preparatorio al tiempo en que Dios vendrá con venganza para barrer la maldad de la faz de la tierra, la casa de Israel será reunida nuevamente a sus propias tierras, y al pueblo de Dios se le permitirá habitar en el desierto, y ese desierto se convertirá en campo fértil. Incluso se dice que el desierto se regocijará a causa de aquellos que son reunidos y florecerá como la rosa.
Ahora bien, eso es algo que se ha cumplido durante el último cuarto de siglo aquí, en este desierto árido y estéril. La gran obra de los últimos días ha comenzado; el reino de Dios ha sido reorganizado sobre la tierra; en otras palabras, la Iglesia Cristiana, en toda su pureza y con todas sus ordenanzas, ha sido reorganizada sobre la faz de la tierra, y finalmente ha llegado el tiempo en que el Espíritu de Dios ha sido derramado desde lo alto. Hasta que llegó ese período, no había esperanza para Israel, ni esperanza para la tierra de Palestina, ni esperanza para la redención de las tribus dispersadas en los cuatro extremos de la tierra; pero cuando el desierto se volviera como un campo fértil, cuando el Espíritu fuese nuevamente derramado desde lo alto por medio del Evangelio eterno del Hijo de Dios, entonces el pueblo sería reunido por mandamiento del Señor. Como aquí se declara, Su Espíritu sería el instrumento para reunirlos. «Mi boca lo ha mandado», respecto a esta gran reunión. Entonces podemos esperar un cambio sobre la faz de la tierra donde tenga lugar esta reunión; podemos esperar que los desiertos lleguen a ser como el jardín de Edén, que florezcan como la rosa que crece en jardines ricos y fértiles, que florezcan abundantemente, y que el desierto se regocije con gozo y cánticos. También debemos esperar, poco después de este período de tiempo, la venida del gran Redentor. «Decid a los de corazón apocado: Esforzaos, no temáis; he aquí que vuestro Dios viene con venganza; él vendrá y os salvará», haciendo referencia a Su segunda venida en las nubes de los cielos, con poder y gran gloria, acompañado por todas las huestes angelicales; viniendo en llama de fuego para consumir a los malvados de la faz de la tierra como hojarasca, para quemarlos por completo, raíz y rama, mientras que los santos que queden saldrán sobre la faz de la tierra y crecerán como becerros de la manada, y hollarán las cenizas de los malvados.
El Profeta dice que, cuando Jesús venga con venganza y destruya a los malvados, redima el desierto y haga que el yermo se convierta en campo fértil, entonces el cojo saltará como un ciervo, la lengua del mudo cantará, los oídos de los sordos serán abiertos, porque en el desierto brotarán aguas y corrientes en la soledad; la tierra reseca se convertirá en estanque, y la tierra sedienta en manantiales de aguas.
Muchas personas preguntan a los Santos de los Últimos Días: «¿Por qué no sanan a todos sus enfermos y a todos los afligidos que hay entre ustedes?» Esta pregunta se hace con frecuencia. Dice el que pregunta: «Si ustedes son la verdadera Iglesia Cristiana; si Dios realmente ha enviado Su ángel desde el cielo, como ustedes, los Santos de los Últimos Días, testifican que lo ha hecho; si verdaderamente ha organizado Su reino sobre la tierra por última vez, preparatorio al día de Su venida; ¿cómo es que, si poseen los dones que existían en la antigua Iglesia Cristiana, no son sanados todos sus cojos, ciegos, mudos y afligidos?»
Yo respondo: por las mismas razones por las cuales no todos fueron sanados entre los antiguos cristianos. Si siempre hubiesen sido sanados en los tiempos antiguos dentro de la Iglesia, todavía estarían viviendo hoy. Llegó el tiempo en que debían morir, y murieron, a pesar de toda la fe de los antiguos cristianos y a pesar de que tenían poder para decir al cojo: «Sé sano», y el cojo saltaba como un ciervo; a pesar de que tenían poder, en el nombre de Jesús, para ordenar que la ceguera se apartara de los hijos de los hombres, y para mandar sobre toda clase de plagas y pestilencias, las cuales estaban sujetas a su mandato en el nombre de Jesús; sin embargo, después de todo, los antiguos cristianos murieron. ¿Por qué no los sanaron y los mantuvieron con vida, sin permitirles morir? Porque eso no estaba de acuerdo con el orden que Dios había establecido. Cuando un hombre o una mujer está señalado para morir, ni usted, ni yo, ni Pedro, ni Santiago, ni Pablo, ni Juan, ni ningún otro hombre de Dios puede sanarlos en el nombre de Jesús. ¿Por qué? Porque Dios ha determinado otra cosa. Pero eso no anulaba el don de sanidad en los tiempos antiguos; ese don se manifestaba abundantemente, aunque había muchos enfermos que no eran sanados.
Así pues, en el reino de los últimos días, cuando el Espíritu sea nuevamente derramado desde lo alto, cuando Dios comience otra vez a manifestar estos antiguos dones entre Su pueblo, y los ciegos entre ellos sean hechos ver, los sordos oír, la lengua de los mudos hablar y los cojos caminar; cuando todas estas cosas comiencen a acontecer entre el pueblo de Dios, aun así habrá muchos, muchísimos, que no serán sanados; de otra manera la profecía no se cumpliría.
Precisamente en el momento en que el Salvador haga Su aparición y venga con venganza, habrá enfermos, cojos, ciegos, mudos, lisiados y personas afligidas con toda clase de enfermedades. El Profeta dice que cuando Él venga y los encuentre en esa condición, «entonces los ojos de los ciegos serán abiertos, los oídos de los sordos serán destapados, la lengua del mudo hablará y el cojo saltará como un ciervo», etc. De modo que todavía quedará algo para que Jesús haga cuando venga en llama de fuego: sanar a todos los enfermos que no tuvieron la fe suficiente para ser sanados antes de ese tiempo. Pero cuando Jesús venga, traerá consigo a todos los santos; levantará a los justos muertos de sus sepulcros, no como levantó a Lázaro para volver a la mortalidad, sino que los levantará, hombres y mujeres, con cuerpos inmortales, para reinar aquí sobre la tierra durante el período en que Él mismo reinará, durante el gran día de reposo de la creación, el reinado milenario de mil años.
Ahora bien, naturalmente podríamos suponer que durante ese período de mil años todos tendrían la fe necesaria para ser sanados. Pero no; aunque el Hijo de Dios esté presente, aunque los justos resucitados con sus cuerpos inmortales estén presentes, aun así los ancianos morirán, porque así corresponde al designio y propósito del gran Jehová. Aunque no habrá nadie que muera en la infancia; aunque ningún joven morirá en aquel día; aunque no habrá personas de mediana edad sobre las cuales la muerte extienda su poderoso dominio, sin embargo los ancianos, o como dice Isaías en el penúltimo capítulo de su libro: «Los días de mi pueblo serán como los días de un árbol, y mis escogidos disfrutarán por largo tiempo la obra de sus manos. El niño no morirá hasta los cien años de edad». Naturalmente podríamos pensar que, estando aquí el Señor y estando aquí todos los santos resucitados, Él no permitiría que murieran cuando envejecieran; pero Él les permite partir conforme al decreto que fue establecido cuando el hombre cayó y fue expulsado de la presencia del Señor. Deben morir; la sentencia debe cumplirse sobre ellos.
Pero con respecto al desierto del que aquí se habla: «Brotarán aguas en el desierto, manantiales de aguas vivas, corrientes también en la soledad, y la tierra reseca se convertirá en estanque, y la tierra sedienta en fuentes de agua», ¿han visto ustedes algo del cumplimiento de esta predicción? Santos de los Últimos Días, ¿cómo era este desierto hace veintiocho años, este mismo verano, cuando los pioneros entraron en esta tierra y cuando varios miles los siguieron en el otoño de ese mismo año? ¿Qué encontraron ustedes, que fueron designados para explorar el país? Muchos lugares completamente resecos, que parecían no haber recibido agua ni lluvia del cielo durante muchos años. Comenzaron a establecer sus asentamientos junto a los arroyos que descendían de las nieves derretidas de las montañas; y en un período muy corto comenzaron a extender sus colonias hacia el norte, el sur y el oeste. Ocasionalmente encontraban un pequeño manantial que brotaba al pie de una montaña, suficiente quizá para regar un acre de terreno, y solamente una familia podía establecerse allí. ¿Qué encuentran ahora? Los mismos arroyos que entonces apenas podían regar un acre de tierra —y saben que hablo a personas que lo conocen por experiencia propia, porque lo han visto— ahora son suficientes para regar entre cien y quinientos acres. ¿Qué piensan de eso? ¿Han comprendido que la mano del Señor está con ustedes? ¿Que Él ha cumplido verdaderamente lo que habló por boca de Su antiguo Profeta cuando dijo: «Porque brotarán aguas en el desierto y corrientes en la soledad»? Él quiso decir exactamente lo que dijo, y ustedes han venido aquí y han comprobado que Sus palabras son verdaderas.
Recuerdo haber viajado por este país, unas tres o cuatrocientas millas, en los primeros tiempos, poco después de que comenzáramos a extendernos desde esta ciudad hacia el norte y hacia el sur. A veces encontraba dos o tres familias junto a un pequeño arroyo, y una o dos de ellas hablaban de abandonar el lugar e irse a otra parte porque no había suficiente agua para producir lo necesario para su sustento. Ahora visitamos esos mismos asentamientos, ¿y qué encontramos? Prósperas aldeas que contienen entre treinta y cincuenta familias. ¿Qué ha sucedido? El Señor ha cumplido lo que dijo, haciendo brotar corrientes en el desierto.
Recuerdo que los pioneros, en el mes de julio de 1847, fueron hacia el extremo norte de la montaña occidental para contemplar el Gran Lago Salado, para ver cómo era, cuál era la naturaleza de sus aguas, etc. Fuimos a un lugar que durante muchos años ha sido llamado «Black Rock», una roca situada en el lago a unas pocas varas de la orilla. Decidimos caminar hasta esa roca para ver cuál era la profundidad del agua más allá de ella. Lo hicimos sobre terreno seco, pues las aguas del lago estaban entonces varios pies por debajo del lugar por donde caminamos hasta Black Rock. ¿Qué vemos ahora, y qué hemos visto durante varios años? El sendero por el que los pioneros caminaron hasta Black Rock está ahora cubierto por aguas de unos tres metros de profundidad. Esto demuestra que el Lago Salado ha aumentado entre doce y quince pies durante el último cuarto de siglo. ¿Qué significa esto? ¿Pueden explicarlo? Dirá alguno: «Yo habría pensado que el lago habría disminuido de nivel». Esa sería una suposición muy natural, porque nuestro pueblo se puso a trabajar y construyó decenas y decenas de canales para llevar a sus granjas el agua que antes descendía de las montañas y corría hacia el lago; por consiguiente, el lago ha recibido mucha menos agua de la que habría recibido si esos arroyos no hubieran sido desviados. Pero Dios dijo que convertiría el desierto en campo fértil y que haría brotar corrientes en la soledad, y Él ha cumplido Su promesa.
Pioneros, si alguno de ustedes está aquí hoy, permítanme hacerles una pregunta. Cuando descendieron desde la boca del Cañón Emigration, donde ahora está situado Camp Douglas, hacia esta región, en julio de 1847, ¿cómo les pareció el terreno? ¿Excavaron e hicieron alguna prueba? «Oh sí, en muchos lugares.» ¿Qué profundidad alcanzaron? «Algunos de nosotros excavamos varios pies para ver si había alguna señal de humedad.» ¿Encontraron algo? ¿Cuál era el aspecto del suelo? Parecía como si no hubiera caído lluvia durante muchas generaciones. ¿Qué encontramos ahora? Encontramos que ese mismo suelo reseco, en una extensión de unos cinco kilómetros cuadrados donde está ubicada la ciudad de Salt Lake, se ha convertido en jardines fértiles, plantados con manzanos, perales, durazneros, ciruelos y otros árboles frutales adaptados al clima; y en la primavera, durante los meses de mayo y junio, esta localidad parece un inmenso jardín lleno de flores, tanto que los visitantes quedan extraordinariamente asombrados al contemplar una extensión tan grande de terreno semejante a un jardín.
Ahora veamos lo que Isaías dice al respecto, porque él lo contempló tan claramente como ustedes, aunque vivió hace dos mil quinientos años. «Jehová consolará a Sion; consolará todas sus soledades, y cambiará su desierto en Edén y su soledad en huerto de Jehová. Se hallará en ella alegría y gozo, alabanza y voz de canto.» ¡Ciertamente! ¿Lo viste, Isaías, tan claramente como las personas que viven en nuestros días? ¿Viste a un pueblo entrar en el desierto y ofrecer acciones de gracias y cánticos de alabanza? ¿Viste ese desierto y esa soledad redimidos de su condición estéril y convertidos en el jardín de Edén? «Oh sí», dice Isaías, «lo vi todo y lo dejé registrado para beneficio de la generación que viviría dos o tres mil años después de mis días.» Pero Isaías, ¿debemos entender que el pueblo sería reunido en ese desierto y que los reunidos serían instrumentos en las manos de Dios para redimirlo? Sí, Isaías nos ha dicho todo esto. Volvamos a lo que leímos en su capítulo treinta y dos: «Hasta que sobre nosotros sea derramado el Espíritu desde lo alto, y el desierto se convierta en campo fértil, y el campo fértil sea estimado por bosque. Entonces habitará el juicio en el desierto, y la justicia permanecerá en el campo fértil.» ¿Qué campo fértil? Pues el desierto que será transformado en un campo fértil. «Y el efecto de la justicia será paz, y la labor de la justicia reposo y seguridad para siempre. Y mi pueblo habitará en moradas de paz, en habitaciones seguras y en lugares tranquilos de descanso.»
¿Fue así como habitamos en Misuri o en Illinois? ¿Vivimos con tranquilidad y seguridad permanente en esos estados? Oh, no; fuimos zarandeados de un lugar a otro; como dice Isaías, «agitados y no consolados». Esa fue la condición de Sion mientras estuvo en aquellos estados, y fue conforme a una revelación moderna en la que, hablando de Sion, el Señor dijo: «Seréis perseguidos de ciudad en ciudad y de sinagoga en sinagoga, y pocos serán los que permanezcan para recibir su herencia». Pero cuando llegara el tiempo de que Sion ascendiera al desierto, las cosas cambiarían; entonces «mi pueblo habitará en moradas de paz, en habitaciones seguras y en tranquilidad y confianza».
¿Tendrán una ciudad capital cuando lleguen al desierto de las montañas? Oh sí. Isaías dice aquí: «Cuando caiga el granizo derribando el bosque, la ciudad estará en un lugar bajo.» ¡Cuántas veces he pensado en esto desde que trazamos esta gran ciudad hace veintiocho años! ¡Cuántas veces este pueblo ha reflexionado, en sus meditaciones, sobre el cumplimiento de esta profecía! Han visto, en esta cordillera oriental y en la cordillera occidental de este valle, la nieve y las tormentas descender con gran furia, como si el invierno en todo su rigor y ferocidad hubiera invadido la región montañosa; y al mismo tiempo, aquí, «en un lugar bajo», había una ciudad organizada al pie mismo de estas montañas, disfrutando de todas las bendiciones de una temperatura primaveral, de una temperatura insuficiente para destruir nuestra vegetación. ¡Qué contraste! «Cuando caiga el granizo derribando el bosque, la ciudad estará en un lugar bajo.» Eso no podía referirse a Jerusalén; no existe tal contraste en la tierra de Palestina alrededor de Jerusalén. Se refería a la Sion de los últimos días, la Sion de las montañas.
Dirá alguno: «¿Hay algo en Isaías que hable de Sion situada en una región elevada, en las montañas?» Oh sí; leamos y veamos lo que dice en su capítulo cuarenta: «Consolaos, consolaos, pueblo mío, dice vuestro Dios.» Luego continúa hablando de la segunda venida del Hijo del Hombre y dice: «Preparad camino a Jehová; enderezad calzada en la soledad para nuestro Dios.» Lo mismo que ustedes han hecho, o han ayudado a hacer, al construir el gran camino a través de esta región desértica y al establecer aquí, en el desierto, las vías del ferrocarril. «Preparad camino a Jehová; enderezad calzada en la soledad para nuestro Dios.»
Dice alguno: «Eso se refería a Su primera venida, a Juan el Bautista, etc.» Veamos. «Todo valle será alzado, y bájese todo monte y collado; y lo torcido se enderezará, y lo áspero se allanará. Y se manifestará la gloria de Jehová, y toda carne juntamente la verá; porque la boca de Jehová ha hablado.»
¿Se refería eso a Su primera venida? ¿Fue entonces revelada la gloria de Dios? ¿La vio toda carne juntamente? No; se refiere al segundo advenimiento, a la venida del Señor en Su gloria y poder, cuando todo ojo le verá. Entonces los montes serán rebajados, entonces los valles serán levantados, entonces los lugares ásperos serán allanados, entonces la gloria de Dios será manifestada a toda carne viviente, y todo ojo —el de los justos y el de los impíos— le contemplará, incluso aquellos que le traspasaron.
Pero antes de ese día, ¿qué ocurrirá? Leamos el versículo 9 del mismo capítulo. «¡Oh Sion!» —ahora algo acerca de Sion, antes de que el Señor venga— «¡Oh Sion, que anuncias buenas nuevas, súbete sobre un monte alto!» ¿Subieron ustedes a estas altas montañas, pueblo de la Sion de los últimos días? ¿Para qué vinieron aquí? Porque Isaías predijo que este sería el lugar al que debían venir; debían subir al monte alto. Él lo profetizó y ustedes lo han cumplido. «¡Oh Sion, que anuncias buenas nuevas!» ¿Qué buenas nuevas? ¿Qué mensaje han estado proclamando durante los últimos cuarenta y cinco años a las naciones y reinos de la tierra? ¿Qué han testificado ustedes, misioneros? Sus misioneros han ido de nación en nación y de reino en reino proclamando al pueblo que Dios ha enviado a Su ángel desde el cielo con el Evangelio eterno para ser predicado a todos los habitantes de la tierra. Eso es lo que ustedes han proclamado. ¿No son buenas nuevas el Evangelio eterno para los hijos de los hombres? Yo creo que sí, y especialmente cuando es traído por un ángel para preparar el camino para el grande y glorioso día de la venida del Rey de reyes y Señor de señores. Son buenas nuevas que aquellos que reciben este Evangelio eterno sean mandados a subir al monte alto. Ustedes lo han cumplido; llevan ya veintiocho años haciéndolo, ascendiendo desde la vertiente oriental, desde las costas del gran Atlántico, elevándose gradualmente hasta establecerse en un lugar situado a más de cuatro mil pies sobre el nivel del mar. Y aquí, en la Sion de las montañas, han fundado un gran territorio, con unos doscientos pueblos y aldeas, con su ciudad capital «en un lugar bajo», donde prevalece una temperatura primaveral, mientras todos los rigores de un invierno ártico golpean las cumbres de las montañas que se levantan a nuestro alrededor.
Pero para que nadie suponga que este subir a las montañas fue una obra de tiempos antiguos, permítanme leer el siguiente versículo: «He aquí que Jehová el Señor vendrá con poder, y su brazo dominará por él. He aquí que su recompensa viene con él, y delante de él su obra.» No viene para ser golpeado, escupido, despreciado y colgado en una cruz, como ocurrió en los días antiguos; sino que el Señor Dios vendrá con mano fuerte, y Su brazo gobernará en aquel día como Rey, como Legislador, como un poderoso soberano para reinar sobre todos los reinos del mundo, los cuales entonces llegarán a ser los reinos de nuestro Dios y de Su Cristo; me refiero a aquellos que no sean consumidos por el fuego devorador.
Pero dije que este pueblo, llamado la Sion de las montañas, que había de hacer florecer el desierto como la rosa, sería un pueblo reunido de los cuatro extremos de la tierra. ¿Puede probarse esto? Sí. Los remitiré al Salmo 107, donde se dice: «Alabad a Jehová, porque él es bueno, porque para siempre es su misericordia. Díganlo los redimidos de Jehová, los que ha redimido del poder del enemigo, y los ha reunido de las tierras, del oriente y del occidente, del norte y del sur»; un pueblo reunido. Veamos qué había de hacer este pueblo. «Anduvieron perdidos por el desierto, por la soledad sin camino; no hallaron ciudad donde habitar.» Ojalá todos ustedes hubieran estado con los pioneros en el año 1847. Cuando partimos, en pleno invierno de 1846, por las praderas de Iowa, después de dejar el gran río Misisipi y avanzar unas cincuenta millas desde él, no encontramos ni siquiera una huella de camino, ni señales de habitación humana. Viajamos por aquel territorio deshabitado unas cuatrocientas millas, hasta llegar a las tribus indígenas Potawatomi y Omaha, establecidas entonces a orillas del río Misuri. Luego, a comienzos de la primavera siguiente, partimos nuevamente (ciento cuarenta y tres pioneros), con nuestros rostros aún dirigidos hacia el oeste, avanzando por el lado norte del río Platte durante varios cientos de millas. ¿Encontramos un camino durante la mayor parte de esa distancia? Ninguno. Encontramos decenas de miles de búfalos y sus senderos; encontramos numerosas tribus indígenas hostiles que procuraban con gran empeño robarnos los caballos y mulas y debilitarnos de ese modo. Pero continuamos nuestro viaje y finalmente atravesamos estas montañas, después de cruzar el Paso Sur y llegar a un pequeño fuerte llamado Fort Bridger. Entonces nos internamos en una tierra desconocida, siguiendo todavía rumbo hacia el suroeste, porque existía el rumor —y no solo un rumor, sino también testimonios al respecto— de que había un gran mar interior llamado el Lago Salado, en medio del gran desierto americano. Habíamos oído ese rumor y leído algunos relatos de los viajes de Frémont entre tribus indígenas hostiles. Entramos en este desierto, vagando por la soledad, por un camino desierto. ¿Quiénes eran los que así vagaban? Personas que habían sido reunidas del este y del oeste, del norte y del sur, redimidas de las manos de quienes procuraban destruirlas. «Anduvieron perdidos por el desierto, por la soledad sin camino, y no hallaron ciudad donde habitar.» ¡Qué diferente fue esto de los antiguos israelitas cuando entraron en la tierra de Palestina! Ellos encontraron numerosas ciudades construidas por los habitantes anteriores del país. Jerusalén era una ciudad conocida desde mucho tiempo antes de que los israelitas entraran en aquella tierra, edificada por sus antiguos habitantes paganos. Encontraron grandes viñedos, con abundancia de uvas y frutos, y ciudades, pueblos y aldeas esparcidos por toda la región, la cual el Señor Dios les dio por posesión. ¡Cuán diferente fue la obra de los últimos días, cuando los redimidos del Señor se reunieran de los cuatro extremos de la tierra y vagaran por un desierto en una senda solitaria! Ellos no encontrarían ciudad alguna donde habitar.
¿Sufrimos algo? Sí. ¿Habló el antiguo Profeta acerca de esos sufrimientos? Sí. «Hambrientos y sedientos, su alma desfallecía en ellos; entonces clamaron a Jehová en su angustia, y los libró de sus aflicciones, y los guió por camino recto.» Sí, cuando nuestras provisiones se agotaron; cuando los grillos llegaron aquí en ejércitos; cuando toneladas y toneladas de ellos invadieron los primeros cultivos plantados, dispuestos a devorar todo a su paso, y nosotros vivíamos con raciones reducidas, ¿qué hicimos? Clamamos al Señor en nuestra angustia, en nuestra hambre y sed, creyendo que tendría compasión de nosotros y abriría algún medio para nuestro socorro. Y así lo hizo: envió grandes bandadas de gaviotas que descendieron sobre aquellos grillos y los devoraron, y de esa manera se salvaron las cosechas del pueblo.
«Bueno», dirá alguno, «¿se refiere esto al mismo desierto y soledad de los que has estado leyendo?» Veámoslo. «Exáltenlo también en la congregación del pueblo, y alábenlo en la reunión de los ancianos. Él convierte los ríos en desierto, y los manantiales de agua en tierra seca, y la tierra fértil en esterilidad por la maldad de los que habitan en ella.» Ahora observen la siguiente predicción: «Convierte el desierto en estanques de aguas, y la tierra seca en manantiales; y allí hace habitar a los hambrientos.» ¿Con qué propósito? «Para que preparen una ciudad donde habitar.» Aunque no encontramos ciudades ya construidas aquí, tuvimos que preparar una, y así lo hemos hecho; y ciertamente es una ciudad muy hermosa, motivo de admiración y asombro para los extranjeros que vienen y contemplan lo que se ha realizado en medio del desierto. El Señor lo predijo, y ustedes son quienes han cumplido esa profecía. «Para que preparen una ciudad donde habitar.»
¿Qué más? ¿Debían ser perezosos e indolentes? No. Debían «sembrar campos y plantar viñas que rindieran frutos abundantes. Él los bendice también, y se multiplican en gran manera, y no permite que disminuyan sus ganados.» Extranjeros, si desean saber cuán rápidamente nos estamos multiplicando, recorran nuestros asentamientos y observen la multitud de niños en nuestras Escuelas Dominicales. Nunca han oído hablar de un aumento y multiplicación semejantes, y el Señor predijo que así sería.
Hay otra cosa muy curiosa acerca de este pueblo que habría de venir al desierto. Isaías dice: «Él pone al pobre en alto, lejos de la aflicción.» Ahora bien, muchos de este pueblo eran muy pobres cuando llegaron aquí; habían sido despojados cinco veces de todo cuanto poseían y habían sido expulsados. Después de haber sido saqueados de esa manera, llegamos aquí muy pobres; pero el Señor «pone al pobre en alto, lejos de la aflicción, y le hace familias como un rebaño». ¡Qué maravillosa profecía es esta! Que un hombre pobre tenga no solo una familia como un rebaño, sino incluso familias. Si ustedes, extranjeros, no lo creen, recorran nuestro territorio y observen las familias numerosas; y en algunos casos encontrarán, en una misma vecindad, seis u ocho familias distintas, con sus casas y granjas, todas pertenecientes a un mismo hombre, que quizá era pobre cuando llegó aquí. «Él pone al pobre en alto, lejos de la aflicción, y le hace familias como un rebaño. Los justos lo verán y se alegrarán.» ¿Qué? ¿Los justos ven esto y se regocijan? Así lo dice la profecía. «Pero», dirá alguno, «yo habría pensado que todos se sentirían disgustados con ello.» ¡Pensar que un hombre tuviera una familia o familias como un rebaño, mientras los justos lo contemplan y se alegran! ¿Qué más? «Y toda iniquidad cerrará su boca.» Eso todavía no se ha cumplido. «¿Quién es sabio y guardará estas cosas? Ellos comprenderán las misericordias de Jehová.» Es decir, aquellos que observan estas cosas son llamados sabios; aquellos que se han reunido del este, del oeste, del norte y del sur, que vagan por el desierto en una senda solitaria, sin encontrar ciudad donde habitar; hambrientos y sedientos, pobres, despojados, robados y saqueados, obligados a internarse en el desierto y expulsados por sus enemigos; ese mismo pueblo se multiplicaría grandemente, las familias del hombre pobre llegarían a ser como un rebaño, y el pueblo se regocijaría en medio de todas sus aflicciones, mientras que todos los impíos finalmente cerrarían la boca. Ese será su destino, tarde o temprano.
Volvamos ahora a nuestro texto, el capítulo 32 de Isaías: «Bienaventurados vosotros los que sembráis junto a todas las aguas, y dejáis libres allí los pies del buey y del asno.» ¿Por qué dijo Isaías que una bendición sería dada a cierto pueblo que sembraría junto a corrientes de agua? ¿Por qué no bendijo a los demás que vivían en las colinas y montañas, como sucede en nuestros estados y en muchos otros países del mundo? Porque vio, al contemplar a este pueblo, que por su ubicación habrían de entrar en un desierto, y los redimidos del Señor tendrían la necesidad de establecerse junto a corrientes de agua; no podrían alejarse varios kilómetros de un arroyo o manantial confiando en las lluvias del cielo. No; las lluvias no llegaban aquí, o al menos no cuando nos establecimos por primera vez, de manera que favorecieran a quienes naturalmente habrían deseado vivir lejos de una fuente de agua. Todos nos vimos obligados a establecernos cerca de algún arroyo o corriente. ¿Con qué propósito? Para poder construir pequeños canales y llevar agua a la tierra. «Bienaventurados los que siembran junto a todas las aguas y dejan allí los pies del buey y del asno.»
Hemos leído estas palabras del antiguo Profeta para que los Santos de los Últimos Días recuerden cuán completamente el Señor está cumpliendo cada jota y cada tilde, hasta donde el tiempo lo permite, de aquello que hizo declarar, por el poder del Espíritu Santo, mediante Sus antiguos profetas. Los extranjeros consideran muy curioso que este pueblo tenga familias tan numerosas. Si no fuera así, no seríamos el pueblo del cual se profetizó que recibiría tales bendiciones; pero nosotros somos ese pueblo, y es inútil intentar desviar la mano del Señor hacia la derecha o hacia la izquierda. Él tiene Su propio curso eterno que seguir, y todos Sus propósitos los cumplirá; no existe poder bajo los cielos que pueda detener Su mano omnipotente. Él cumplirá lo que ha hablado, para que no quede lugar para la incredulidad en los cuatro extremos de la tierra. Hoy en día hay muchos incrédulos, y no me sorprende. Al contemplar al cristianismo moderno, sin profetas, sin inspiración, sin dones ni los antiguos poderes del Evangelio, basta para que tres cuartas partes o incluso nueve décimas partes de la gente se vuelvan incrédulas respecto a la religión. Pero el Señor va a dejar a la humanidad sin excusa, porque cada jota y cada tilde de lo que habló por boca de Sus antiguos profetas será cumplida en su debido tiempo y estación. Sion está destinada a llenar las montañas en los últimos días; Sion llegará a ser, como dice Isaías en su capítulo sesenta, un gran pueblo. «El pequeño vendrá a ser mil, y el menor una nación fuerte.» El Señor lo hará surgir en su tiempo, dice Isaías; y en el mismo capítulo habla de la gloria futura de ese pueblo y declara que mientras las tinieblas cubrirán la tierra y la oscuridad las mentes de los pueblos, Sion se levantará y resplandecerá. Estas son las palabras del Profeta: «Levántate y resplandece, porque ha venido tu luz, y la gloria de Jehová ha nacido sobre ti. Y andarán las naciones a tu luz, y los reyes al resplandor de tu nacimiento.»
Pregunta alguno: «¿Llegará Sion a ser tan importante que los gentiles, los reyes y los grandes hombres acudirán a su luz?» Sí, ciertamente; y no solo los gentiles, los reyes y los grandes hombres, sino muchos de todas las naciones de la tierra tendrán que venir a Sion; y según este mismo capítulo, la nación y el reino que no sirvan a Sion perecerán y serán completamente destruidos. ¿Ha existido alguna vez un pueblo así desde los días en que vivió Isaías? Nunca ha existido; pero tal pueblo y tal tiempo vendrán, y Sion será ese pueblo. «Las naciones andarán a tu luz, y los reyes al resplandor de tu nacimiento. Tus puertas estarán abiertas continuamente, para que traigan a ti las riquezas de las naciones y sean conducidos sus reyes.»
Será una época de gran abundancia de metales preciosos. En aquellos días Dios dará las llaves de los tesoros de la tierra y los abrirá a Su pueblo. Isaías dice, en este contexto: «En lugar de bronce traeré oro, y por hierro traeré plata, y por madera bronce, y por piedras hierro.» El oro y la plata serán tan abundantes que se utilizarán para pavimentar las calles. Pero el codicioso podría decir: «Esa será una magnífica oportunidad para robar; si hacen pavimentos de oro y plata, allí estaremos para llevárnoslos.» Creo que no. ¿Por qué? Porque Dios estará allí, y no creo que tengan oportunidad de robar; pues se dice en el capítulo cuarto de Isaías que en aquel día toda morada en el monte de Sion y todas sus asambleas tendrán una nube y humo de día, y el resplandor de un fuego flameante de noche. ¿Creen que les gustaría entrar en una ciudad donde cada casa estuviera iluminada por una columna de fuego durante la noche y tratar de arrancar los pavimentos? Creo que no tendrían el valor de hacerlo; temerían que una luz saliera de la presencia del Señor y los consumiera, como sucedió con muchos rebeldes e impíos entre los israelitas. El oro será muy apropiado para los pavimentos, siempre que estén bien construidos; y el monte de Sion será una ciudad muy hermosa, una de las más hermosas que jamás hayan existido sobre toda la faz de la tierra. El salmista David habla de ella en el Salmo 50 y también en otro salmo: «Hermosa provincia, el gozo de toda la tierra es el monte de Sion, a los lados del norte, la ciudad del gran Rey.»
Ustedes, cristianos, citan al salmista David y cantan acerca de estas cosas en sus capillas y lugares de reunión; cantan acerca de que el desierto llegará a ser como el jardín de Edén, y de que la alegría y el gozo se encontrarán allí. Lo tienen todo dispuesto de tal manera que produzca hermosa melodía en los oídos de sus congregaciones. Cantan acerca del cumplimiento de estas profecías; pero cuando un hombre de Dios es enviado por la inspiración y el poder del Todopoderoso para advertirles acerca del gran día del Señor que se aproxima y acerca del cumplimiento de estas profecías, rechinan los dientes contra él. Les lee las mismas cosas que ustedes cantan y presenta el mismo testimonio y las mismas Escrituras que cada día de reposo son repetidas ante ustedes; y sin embargo lo apedrean, cierran contra él las puertas de sus sinagogas y capillas, y gritan: «¡Falso profeta!», «¡engaño!», «¡falso maestro!», y toda clase de calificativos que puedan inventar para predisponer la mente de la gente contra él. ¿Por qué? Porque viene a ustedes con la verdad; porque viene a ustedes como mensajero del cielo; porque viene testificando que el Señor Dios ha hablado con Su propia voz, que ha enviado a Su ángel con el Evangelio eterno para ser proclamado a las naciones como una obra preparatoria para el gran día en que se complete la plenitud de los gentiles y tenga lugar la salvación y reunión de toda la casa de Israel. Ustedes no pueden soportar la verdad, no quieren escucharla, y expulsan a los siervos de Dios y levantan prejuicios contra ellos. Amén.


























