La Renovación de la Tierra y el Destino Eterno de los Santos
Profecías aún no cumplidas—Cambios en la configuración del globo terráqueo—Los milagros como resultado de leyes aún no comprendidas perfectamente—La reformación de la tierra—Su carácter durante el Milenio—Su purificación por fuego—Los nuevos cielos y la nueva tierra—El Evangelio como ley celestial y único pasaporte para existir sobre una tierra celestializada
por el élder Orson Pratt, Discurso pronunciado en la Casa de Reuniones del Barrio Veinte, Salt Lake City, domingo por la tarde, 3 de diciembre de 1876.
Volumen 18, discurso 40, páginas 314–323.
Se leyeron los siguientes pasajes de las Escrituras: el capítulo 24 de Isaías, desde el versículo 1 hasta el 6, y desde el 17 hasta el 23; el capítulo 6 de Apocalipsis, desde el versículo 12 hasta el 17; el capítulo 34 de Isaías, desde el versículo 1 hasta el 4; y el capítulo 13 de Isaías, desde el versículo 6 hasta el 13.
Entonces el élder Pratt dijo: He leído estos pasajes no con la intención de seleccionar alguno en particular, sino más bien para impresionar en la congregación el hecho de que algo debe acontecer que todavía nunca se ha cumplido.
Desde los días en que Isaías vivió y profetizó entre el pueblo, ustedes admitirán conmigo que nunca ha habido una destrucción universal de todos los inicuos y transgresores de sobre la faz de la tierra. Ha habido decenas de millones de pecadores sobre la tierra desde que esta profecía fue pronunciada hasta el presente, pero la destrucción masiva de la que se habla jamás ha ocurrido. También admitirán conmigo que las señales que han de aparecer en los cielos alrededor del tiempo de esta destrucción universal de los inicuos aún no han tenido lugar. Se nos dice no solamente que el sol se oscurecerá al salir, sino que las estrellas rehusarán dar su resplandor. Si únicamente el sol se oscureciera, las naciones paganas, incapaces de explicarlo, podrían decir que se refiere a algún gran eclipse, como los que han ocurrido en distintas épocas; pero cuando vean que todas las estrellas del cielo retienen su luz y que no queda ni siquiera un tenue resplandor, y que además el sol se vuelve negro como tela de cilicio, no podrán atribuirlo a un eclipse, porque un eclipse no destruiría la luz de las estrellas dispersas por la bóveda celestial. También se nos dice, relacionado con esto, que la tierra será afligida así como los cuerpos celestes; se tambaleará de un lado a otro como un hombre ebrio, las montañas serán derribadas y toda la tierra será disuelta. Nada semejante ha ocurrido jamás desde el día en que esta profecía fue pronunciada; por lo tanto, todavía está por cumplirse.
Además, Isaías ha dicho en el capítulo 40 que «todo valle será exaltado, y todo monte y collado será rebajado; y lo torcido se enderezará, y lo áspero se allanará; y se manifestará la gloria de Jehová, y toda carne juntamente la verá». Un acontecimiento semejante nunca ha ocurrido, porque todavía tenemos muchas montañas en todas partes de la tierra, y los valles aún no han sido exaltados ni los lugares ásperos han sido alisados. Se nos dice que no solamente las montañas serán derribadas, los valles elevados y los lugares escabrosos allanados, sino que la tierra misma será disuelta. Esto concuerda con las profecías del salmista David. A él se le permitió contemplar el gran día de la venida del Señor, y lo describió en muchos de sus salmos; entre otras cosas dijo que los montes se derretirían como cera ante la presencia del Señor. Naturalmente caerán por la fuerza de la gravedad y llenarán los valles; un acontecimiento semejante nunca ha ocurrido desde que se pronunció la profecía.
También se nos dice en otro lugar, por medio del profeta Isaías, cómo los siervos de Dios en aquellos días memorables invocarán el nombre del Señor diciendo: «¡Oh, si rompieses los cielos y descendieras, y a tu presencia se escurriesen los montes! Como fuego abrasador de fundiciones, fuego que hace hervir las aguas, para que hicieras notorio tu nombre a tus adversarios y las naciones temblasen ante tu presencia», oración que será contestada.
Se habla además de otra cosa, aparte de todos estos cambios que he mencionado. Habrá un gran desplazamiento de ciertas partes de la tierra. «La tierra se conmoverá grandemente», como se declara en el versículo 19 del capítulo 24 de Isaías; y en el versículo siguiente, refiriéndose todavía a los cambios que esta tierra experimentará, dice: «Y será removida como una cabaña». Además, se nos dice en el mismo capítulo que «Jehová vacía la tierra y la desnuda, y trastorna su faz», etc.; es decir, muchas porciones de la tierra que ahora están sepultadas serán sacadas a la superficie, y muchas porciones que ahora forman la corteza superior de la tierra serán hundidas debajo.
La tierra está actualmente dividida en continentes e islas. Podemos preguntar: ¿cambiarán estos de ubicación? La respuesta es sí. El apóstol y revelador Juan, en el capítulo 6 de Apocalipsis, nos dice que vio en visión, después de la apertura del sexto sello, entre otras cosas notables, que «todo monte y toda isla fueron removidos de su lugar». Islas como Gran Bretaña cambiarán su ubicación, así como las del Océano Pacífico y todas las demás de igual manera; y no tengo duda de que habrá un cambio inmenso entre la ubicación de los continentes y la de los grandes océanos y mares en aquel tiempo. Sin duda la tierra volverá a la posición que ocupó anteriormente. Leemos que habrá una restauración de todas las cosas de las cuales hablaron todos los santos profetas. Si la tierra ha de ser restaurada a su condición primitiva, tal como existía poco después de la creación, entonces, en lo que respecta a continentes y océanos, habrá una restauración de esas partes del globo, así como de muchas otras cosas que no se mencionan específicamente en la profecía.
Estos pasajes que he leído acudieron a mi mente principalmente después de llegar a esta casa. No tenía nada en particular que presentar a la congregación, nada estudiado ni preparado. Prefiero depender del Espíritu del Señor para que me dirija cuando estoy dedicado a predicar el Evangelio, y mi mente parece dirigirse a los grandes acontecimientos que han de ocurrir en el derrocamiento y destrucción de las naciones inicuas; los grandes sucesos en los cuales el sol se volverá negro como tela de cilicio, y toda estrella retendrá su luz y caerá como los higos que caen de una higuera, todo lo cual será sumamente notable por su naturaleza.
El profeta Joel dice: «Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne; y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones».
«Y daré prodigios en el cielo y en la tierra, sangre, fuego y columnas de humo. El sol se convertirá en tinieblas, y la luna en sangre, antes que venga el día grande y espantoso de Jehová», etc. ¿Suponen ustedes, mis hermanos, que el Señor habría inspirado a hombres como el salmista David, los profetas Isaías y Joel, Juan el Revelador, así como a muchos otros, para hablar de acontecimientos de esta naturaleza que habrían de ocurrir en los postreros tiempos, si tales cosas nunca fueran a suceder? No, ciertamente no. Además, estas cosas se mencionan con tanta frecuencia que no podemos albergar duda alguna en nuestra mente respecto al propósito del Señor.
No tengo duda de que se han producido muchísimos cambios en nuestro globo desde aquella gran transformación efectuada en él en el tiempo de la creación. Ciertamente ocurrió entonces un gran cambio, porque se nos dice que cuando el Señor organizó la tierra, esta estaba envuelta en un gran océano de agua, sin que hubiera tierra seca a la vista. Pero el Señor, por su poder y su palabra, o, en otras palabras, por medio de sus leyes inmutables, hizo que las aguas se reunieran en un solo lugar, y así apareció la tierra seca. No supongo que este cambio se efectuara en un abrir y cerrar de ojos; creo que el Señor tiene ciertas leyes establecidas mediante las cuales lleva a cabo sus maravillosas obras relacionadas con todas sus creaciones. Cuánto tiempo existió esta tierra sumergida antes de que el Señor ordenara que el gran abismo, que cubría toda su superficie, se retirara, no me corresponde decirlo; nadie puede decir cuántos años, o miles de años, o cuántos millones de años pudo haber existido esta tierra en forma de organizaciones parciales o imperfectas antes de que ocurriera este gran acontecimiento del que Moisés da cuenta. Los períodos mencionados en la historia, tal como están registrados en el primer capítulo del Génesis, se presentan como comenzando con la tarde y terminando con la mañana. Se mencionan siete períodos de esta clase. Cuánto duraron estos períodos llamados días, no puedo decirlo; es muy evidente que no estaban regidos por la rotación de la tierra sobre su eje, porque el sol no dio luz durante los tres primeros días o períodos. Fue en el cuarto día cuando el Señor hizo que la luz del sol brillara sobre esta pequeña porción de la creación. Pero hubo tres días anteriores durante los cuales el sol no brilló sobre la tierra. Entonces, qué era lo que distinguía entre la luz y las tinieblas, por supuesto no podemos decirlo. Existió una eternidad de duración pasada antes del período llamado «el primer día». Los materiales, según creemos los Santos de los Últimos Días, han existido desde toda la eternidad; los materiales no tuvieron principio; no fueron creados.
Hay un punto en particular al que deseo llamar vuestra atención. Parece que el océano fue reunido aparte cuando apareció la tierra seca, y no se nos informa si existían o no islas en aquel período de la historia de nuestro globo. Podrían preguntar: ¿Qué ha ocasionado la existencia de dos grandes continentes y dos grandes océanos entre ellos, y cómo explicamos la aparición de las islas y los mares tal como existen ahora? Estos son el resultado de otros cambios ocurridos desde los días de la organización de esta tierra, según lo proclamó Moisés. Sin duda el diluvio produjo algunos cambios en la superficie de nuestro globo, pero aun así no creo, ni por un momento, que haya producido los cambios que vemos actualmente. En lo que respecta a la ubicación de las diferentes islas y continentes, debemos descender a un período posterior al diluvio. En los días de Peleg, se nos dice, la tierra fue dividida. Esta es una breve referencia histórica a un acontecimiento muy maravilloso. Si tuviéramos el relato completo de este acontecimiento exactamente como ocurrió, ciertamente sería algo extraordinario. Supongamos que el gran continente antediluviano, que necesariamente debió existir antes de ese tiempo, hubiera sido dividido por varios miles de millas de agua; ¿no sería eso un acontecimiento sumamente maravilloso?
Puede preguntarse qué leyes naturales pudieron haber realizado tal acontecimiento. No pretendo decir que existan leyes regulares y uniformes mediante las cuales se llevó a cabo; pero hay leyes, quizás, que el hombre finito no comprende ni entiende plenamente, que podrían ocasionar la división de la tierra. El Señor tiene bajo su control todas las leyes de la naturaleza, sean uniformes o no. Es tan fácil para el Señor hacer que las aguas se mantengan erguidas como muros perpendiculares, como ocurrió cuando los hijos de Israel cruzaron el Mar Rojo, como hacer que esas mismas aguas desciendan a su nivel común. ¿Qué hace que el agua busque su nivel? Es el poder de Dios, y nada más. Nosotros le damos el nombre de gravitación; pero el poder de la gravitación no es más ni menos que el poder que Dios ejerce sobre los elementos, produciendo leyes uniformes.
¿No tiene el Señor otras leyes en funcionamiento además de la ley de la gravedad? Sí, puede hacer que la ley de la gravedad quede subordinada a otras leyes. Por ejemplo, cierto hombre estaba cortando leña con el profeta Eliseo cuando su hacha cayó en aguas profundas, aparentemente perdida; y el hombre se preocupó mucho porque el hacha era prestada. El profeta, comprendiendo la naturaleza de ciertas leyes superiores a la gravitación, ejerció el poder del sacerdocio con el que estaba investido, mandando que el hierro flotara, y así sucedió.
Además, en otra ocasión, el profeta Eliseo, sabiendo que debía suceder al profeta Elías en el ministerio y que Elías estaba a punto de ser trasladado y llevado al cielo, le pidió un favor antes de que ascendiera, a saber, que una doble porción de su espíritu reposara sobre él. Elías respondió: «Cosa difícil has pedido; sin embargo, si me vieres cuando fuere quitado de ti, te será hecho así; mas si no, no.» Agradó al Señor conceder a Eliseo su deseo, pues contempló al profeta ascender al cielo en un carro de fuego, tirado por caballos con apariencia de fuego. Entonces tomó el manto de Elías, que había caído de él, y con él golpeó las aguas del Jordán, diciendo: «¿Dónde está Jehová, el Dios de Elías?» Y las aguas se apartaron a uno y otro lado, y Eliseo pasó en seco. Aquí, por lo tanto, percibimos un poder mayor que la gravitación.
Como ya hemos observado, cuando los hijos de Israel cruzaron el Mar Rojo, las aguas fueron levantadas como muros a ambos lados de ellos; y el Señor hizo que esas mismas aguas descendieran sobre sus enemigos, destruyéndolos por completo.
Además, mientras Israel viajaba por el desierto, se nos informa que llegaron al río Jordán, y que cuando los sacerdotes que llevaban el arca del convenio tocaron el agua con las plantas de sus pies, las aguas se amontonaron, y todo Israel pasó en seco.
A partir de estos sencillos testimonios hemos demostrado que Dios controla las leyes de la naturaleza. Asimismo, el hecho de que el profeta Elías fuera llevado al cielo constituye otro ejemplo de cómo las leyes de la gravitación fueron vencidas por una ley más poderosa. De igual manera, la ascensión de Jesús, después de haber comisionado a sus discípulos para predicar el Evangelio a todo el mundo, fue otro ejemplo de la ley de la gravitación superada por el poder de Dios. Por tanto, que nadie suponga que todos los grandes acontecimientos que han de ocurrir sobre la superficie de la tierra y del mar deban realizarse únicamente mediante cambios lentos y progresivos que ocupen cientos de miles y quizá millones de años, según las ideas de los geólogos modernos. ¿Pueden ellos mostrar de qué manera el Señor puede gobernar y controlar estas cosas, produciendo acontecimientos, en el curso de muy poco tiempo, que quizás requerirían millones de años para realizarse mediante simples cambios progresivos, tal como los reconocen los geólogos? ¡Cuán fácil sería para ese mismo poder manifestarse ordenando al gran océano que abandonara su lecho actual y se reuniera en las regiones polares de nuestro globo! Alguien podría preguntar: ¿Qué lo mantendría allí? Actualmente ocupa una superficie de nivel común, tan cerca del centro de gravedad como le es posible, y soporta la fuerza centrífuga ejercida por la rotación de la tierra sobre su eje. Si fuera devuelto al lugar de donde vino; si un gran continente ecuatorial, en una franja continua, rodeara el globo, y las dos regiones polares estuvieran cubiertas por océanos, ¿qué los mantendría en su posición? Esto podría hacerse sin infringir particularmente las leyes de la gravitación. ¡Qué fácil sería para el Señor comprimir las regiones polares de nuestro globo y hacer que las regiones ecuatoriales se elevaran más, de modo que equilibraran las aguas polares y las retuvieran en las regiones árticas y antárticas!
Podría objetarse que, aun admitiendo el poder de Dios para dividir así las aguas y darnos un continente ecuatorial, tal condición no protegería a los habitantes del ecuador del ardiente calor del sol, y que sería completamente imposible que los habitantes de la tierra vivieran en la región ecuatorial si tal fuera el caso. ¡Qué fácil sería para el Señor alterar la posición del eje terrestre, dándole una mayor inclinación respecto al plano de la eclíptica, de modo que los dos trópicos se extendieran treinta y cinco o cuarenta grados al norte y al sur del ecuador! ¿Qué efecto tendría esto? Tendría el efecto de proporcionar mayor calor a los polos y, al mismo tiempo, menos calor al ecuador.
La tierra será moldeada en la forma más adecuada para la habitación de un orden superior de seres. Ahora bien, los hijos de la mortalidad ocupan este globo. En algunas partes de la tierra sufrimos extremos de calor y de frío. El lapón se ha protegido de ello en su casa de nieve, mientras que los habitantes de las regiones tórridas tienen que protegerse del intenso calor. Y existe mucho sufrimiento entre los habitantes de la tierra, en su actual estado de mortalidad, debido a estos extremos de temperatura. Pero con respecto al gran acontecimiento que he mencionado, no tengo duda de que cada movimiento y disposición que el Señor hará que tenga lugar sobre la superficie de nuestro globo tenderá a prepararlo para la habitación de seres de un orden de inteligencia superior a los que ahora lo ocupan. Como testimonio de ello, les remitiremos a algunos pasajes de las Escrituras. Los habitantes de los cielos, que ahora residen en la presencia de Dios el Padre y de su Hijo Jesucristo, no esperan permanecer allí para siempre; ellos tienen expectativas así como nosotros. Esperan recibir otro lugar o morada diferente de donde ahora residen. ¿No han leído aquel peculiar pasaje contenido en el capítulo 5 de Apocalipsis acerca de los habitantes del cielo? El revelador Juan los oyó cantar un cántico nuevo y hermoso acerca de la apertura de cierto libro: «Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación; y nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes; y reinaremos sobre la tierra», etc.
¿Qué? ¿Los habitantes del cielo vendrán a reinar sobre esta tierra? Sí. Algunos de ustedes podrían decir: «Yo no pensaría que los seres celestiales quisieran abandonar la presencia de Dios y del Cordero, donde todo es paz y felicidad, donde no existe pecado que perturbe la paz de aquella bendita morada. No supondría que pudieran anticipar gozo alguno al regresar a esta tierra». Pero la tierra ha de experimentar un cambio mediante el cual será santificada y glorificada cuando los pecadores sean destruidos. Cuando el Señor lleve a cabo lo que les he leído, a saber, que los habitantes de la tierra serán consumidos por fuego y quedarán pocos hombres; y cuando todos los ejércitos de los inicuos sean exterminados; y cuando se cumpla la predicción de Isaías de que los muertos estarán tendidos de un extremo de la tierra al otro; y cuando la tierra sea cambiada en su posición, se introduzca un clima hermoso, toda la tierra seca se vuelva habitable, los lugares ásperos sean allanados, los valles elevados y las montañas rebajadas, entonces pienso que ellos se deleitarán en venir aquí. Porque este es su antiguo hogar, donde una vez vivieron. «Y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación; y nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes; y reinaremos sobre la tierra».
¿Y cómo reinarán? ¿Vendrán aquí como personajes espirituales sin cuerpos de carne y huesos? No. Habrá una resurrección, y cuando estos grandes acontecimientos tengan lugar sobre la tierra, tan claramente predichos por muchos de los antiguos dignos que tuvieron comunión con Dios, las tumbas entregarán a los justos muertos. Los santos que fueron oídos cantando aquel cántico nuevo y hermoso, es decir, los espíritus de los justos, vendrán desde el paraíso celestial para reclamar sus cuerpos resucitados, que ya no estarán sujetos a la muerte: serán inmortales y eternos. Poseerán inteligencia en proporción a esa condición exaltada de sus espíritus y cuerpos, y la tierra estará adaptada para ellos como lugar de habitación. Esta es la razón por la cual deben producirse estos cambios.
Los geólogos dicen que se necesitarían algunos millones de años para efectuar cualquier cambio en la tierra con respecto a la ubicación de sus continentes e islas, y un gran número de lectores inteligentes se inclinan a creerlo. Pero hay un Dios que los decepcionará a todos, que manifestará su poder haciendo que la tierra se tambalee de un lado a otro como un hombre ebrio; un Dios cuyo poder es capaz de derribar las montañas y hacer que los valles se eleven. Cuando la lluvia caiga sobre los valles elevados, arrastrará el rico suelo hacia las montañas rocosas que se hayan hundido, haciéndolas fértiles; y así toda la superficie de la tierra llegará a ser una morada adecuada para el hombre en su estado mejorado y perfeccionado, ya sea inmortal o mortal.
«¿Creen ustedes», podría decir alguien, «que habrá seres mortales viviendo en la tierra cuando estas huestes celestiales vengan?» Sí, y habitarán juntos. ¿Qué? ¿Personas no sujetas a enfermedad, ni tristeza, ni castigo, personas cuyos cuerpos son celestiales e inmortales, que permanecerán en sus cuerpos por toda la eternidad? ¿Se mezclarán con seres mortales? Sí. ¿Tenemos alguna Escritura que sostenga esto? Sí. Nuestro Salvador era inmortal cuando resucitó del sepulcro; su cuerpo de carne y huesos ya no era sensible al dolor; era un cuerpo glorificado, inmortal y eterno. ¿Podía relacionarse con los hijos de la mortalidad? Sí, porque en cierta ocasión los apóstoles, pensando sin duda que el Salvador había muerto, regresaron a sus redes, su ocupación anterior. Pero Jesús, conociendo sus corazones, fue a la orilla del mar e hizo un fuego. Después de un tiempo los llamó a tierra, y ellos acudieron. Tomó un pez y lo asó sobre las brasas, y les dio de comer, y comió con ellos. Él era inmortal, ellos eran mortales. ¿Había alguna diferencia perceptible entre la apariencia del Salvador en aquella ocasión y la de sus discípulos? No; él no permitió que su gloria resplandeciera, como lo hizo en la isla de Patmos cuando Juan recibió sus manifestaciones celestiales. Su gloria fue retenida, y ellos no tuvieron dificultad alguna para contemplar su persona.
No tengo duda de que durante todo el período del Milenio una cierta medida de la gloria de los seres inmortales será ocultada a los hijos de la mortalidad. Reyes y sacerdotes vendrán aquí para reinar, y se mezclarán libremente entre sus hijos, de quienes son antepasados. Y aquellos que sean mortales podrán recibir instrucción de los inmortales, la cual los preparará para el tiempo en que la tierra habrá de experimentar un cambio aún mayor. Los hijos de la mortalidad necesitarán esta preparación para poder vivir cuando esta tierra sea consumida por fuego, lo cual constituye su destino final.
Cuando Jesús venga, ocurrirán los acontecimientos que he mencionado. La tierra está destinada a pasar; después que estos seres inmortales hayan habitado en ella durante mil años, después que Jesús haya estado aquí reinando como Rey de reyes y Señor de señores, y que las personas se hayan familiarizado con Él y con todos los antiguos dignos, finalmente la tierra será consumida por fuego. Ustedes pueden preguntar: «¿Qué propósito tiene quemarla?» Les diré la razón por la cual supongo que la tierra será quemada. Fue maldecida a causa de la caída. En las primeras edades Dios dijo: «Maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida», etc. Esa maldición no ha sido completamente removida hasta el día de hoy; la tierra ha gemido bajo la iniquidad. Sus habitantes han tenido que sufrir todas las inclemencias de un clima riguroso o las intensidades del calor y del frío. Millones han sufrido así durante muchos miles de años, todo como consecuencia de la maldición que vino sobre esta creación. Esta maldición no será quitada toda de una vez; será removida en parte durante el Milenio. La maldición no cubrirá toda la faz de la tierra en la misma medida durante ese tiempo como lo ha hecho durante los días de iniquidad. Pero tan grande ha sido la maldición que Dios decretó que la tierra padeciera muerte al igual que el hombre; no puede escapar de ello. Debe venir el cambio, el cambio final, que equivale a la muerte misma. El profeta Isaías habla de la muerte de la tierra: «Y los que habitan en ella morirán de la misma manera». Así como ella morirá, así también morirán todos los que habiten sobre ella. ¿Cuándo verá la muerte? No sino hasta después del Milenio, después del reinado de justicia por el espacio de mil años; y también después del «poco de tiempo», durante el cual Satanás será soltado de su prisión. Continuará en su estado temporal con una porción de la maldición sobre su faz, hasta que el diablo reúna a sus ejércitos al final de los mil años, cuando los organizará y los hará subir sobre la anchura de la tierra para rodear el campamento de los santos y la ciudad amada. Entonces el Señor realizará el cambio final; entonces sonará la última trompeta, que hará surgir a todas las naciones dormidas; ellas saldrán con cuerpos inmortales, para no volver a estar sujetas a la muerte temporal. Saldrán de sus sepulcros dormidos, y el mar entregará los muertos que hay en él. Los sepulcros de los inicuos serán abiertos, y ellos también saldrán; y aparecerá un gran trono blanco, tal como está registrado en el capítulo 20 de Apocalipsis, y se describe a la persona que se sienta sobre él. Entonces Jesús vendrá en su gloria y poder, de una manera mucho más grandiosa que cualquier manifestación que haya ocurrido anteriormente sobre esta tierra; tan grande será la gloria de Aquel que se sienta sobre el trono, que delante de su rostro huirán la tierra y el cielo, y no se hallará lugar para ellos.
¿No será ese un cambio mayor que el derribamiento de las montañas y otros acontecimientos que tendrán lugar al comienzo del Milenio? La tierra será consumida por fuego, regresando a sus elementos originales. No dice que no se hallará lugar para los elementos, sino que no se hallará lugar para el mundo organizado. Al igual que nosotros, la organización del cuerpo mortal dejará de existir; será finalmente disuelta, y los elementos de los cuales está compuesto serán esparcidos en el espacio; pero ese mismo Dios que controla las leyes por las cuales existe ahora, a su debido tiempo y cuando lo considere conveniente, hablará a esos elementos, y por su poder omnipotente volverán a reunirse y serán formados en una nueva tierra, tal como se describe claramente en el capítulo 21 del Apocalipsis de San Juan. El apóstol no solamente vio pasar el cielo y la tierra, sino que vio «un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra habían pasado».
¿Cómo suponen que será hecha esta nueva tierra? ¿Creen que el Señor irá a la inmensidad del espacio, reunirá nuevos materiales y les ordenará organizarse? No. Él tomará los mismos materiales, los elementos que habrán sido disueltos por el fuego, y les mandará reorganizarse nuevamente, adaptando la creación resucitada a la condición de los habitantes que la ocuparán. Entonces será mucho más gloriosa de lo que aparecerá durante los mil años de reposo; será reorganizada por Dios Todopoderoso en la forma más perfecta, de modo que sea capaz de perdurar eterna e interminablemente, sin volver a disolverse jamás, sin volver a sufrir la acción de los elementos unos sobre otros, como ha ocurrido con esta tierra durante toda su existencia temporal. Continuará por toda la eternidad. ¿Y quiénes la habitarán? Los santos que anteriormente vivieron sobre ella durante los siete mil años de su existencia temporal.
¿Tenemos algún relato que sostenga esta doctrina? Sí. Porque después que Juan vio el nuevo cielo y la nueva tierra, lo siguiente que nos dice es quiénes serán los habitantes de la nueva tierra. «Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido. Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron».
La tierra entonces será hecha nueva, inmortal y eterna en su naturaleza; y los seres santos que Juan vio descender en esta santa ciudad serán sus habitantes. No habrá más muerte, ni más dolor, etc.; en otras palabras, esta tierra, esta creación, llegará a ser un cielo. Los cielos que existen ahora son innumerables para el hombre. Desde toda la eternidad Dios ha estado organizando, redimiendo y perfeccionando creaciones en la inmensidad del espacio; todas las cuales, cuando son santificadas por la ley celestial y hechas nuevas y eternas, llegan a ser la morada de sus antiguos habitantes fieles, quienes también se vuelven inmortales mediante la ley celestial y por ella. Estas son las moradas a las que se refirió el Salvador cuando dijo: «En la casa de mi Padre muchas moradas hay». En otras palabras, podríamos decir: En los dominios de nuestro Padre hay muchas moradas. No son como las mansiones construidas por los hombres; son mundos de mayor y menor magnitud. Los de primer orden son cuerpos celestiales exaltados, desde los cuales la luz celestial irradiará a través de la inmensidad del espacio.
Anhelamos fervientemente morar en la presencia de Dios el Padre cuando dejemos esta vida. ¿Dónde será eso? Él morará con el hombre sobre la tierra. ¿Lo limitará eso a esta tierra? No, así como los reyes de la tierra no están confinados a sus palacios o a la ciudad donde habitan. Ellos tienen el derecho de visitar las diferentes partes de sus dominios e incluso cualquier lugar de la tierra. Así también Dios, nuestro Padre Eterno, cuando escoja esta tierra como morada, la convertirá en uno de sus lugares de residencia; pero tendrá poder para ir de un mundo celestial a otro, para visitar las miríadas de creaciones, según le parezca conveniente.
Al referirnos a los cambios que la tierra debe experimentar, podríamos preguntarnos: ¿Estamos viviendo ahora de tal manera que estemos preparados para todas las dispensaciones de la providencia de Dios? ¿Estamos preparados para recibir nuestra herencia sobre esta tierra cuando sea hecha eterna? Si guardamos la ley celestial que Dios nos ha dado; o, en otras palabras, si nacemos primero del agua por el bautismo, y luego del Espíritu por el bautismo de fuego y del Espíritu Santo, y si continuamos andando en este Espíritu en novedad de vida, siendo nuevas criaturas delante del Señor nuestro Dios, y siendo santificados por la ley celestial, es decir, por la ley del Evangelio, entonces estaremos preparados para heredar esta creación cuando sea hecha nueva, santificada e inmortal.
Si no estamos así preparados, ¿adónde iremos? Dios es el autor de muchas creaciones además de las celestiales. Él preparará una creación exactamente adaptada a la condición de tales personas. Aquellos que no sean santificados por el Evangelio en toda su plenitud y que no perseveren fieles hasta el fin, se encontrarán ubicados en una de las creaciones inferiores, donde la gloria de Dios no se manifestará en la misma medida. Allí serán gobernados por leyes adaptadas a su capacidad inferior y a la condición en la que ellos mismos se habrán colocado. No solamente sufrirán después de esta vida, sino que dejarán de recibir gloria, poder y exaltación en la presencia de Dios el Padre Eterno; dejarán de recibir una herencia eterna sobre esta tierra en su estado glorificado e inmortal. Por tanto, cuán cuidadosos deben ser los Santos de los Últimos Días para merecer la asociación de aquella feliz multitud que Juan oyó cantar ese cántico nuevo. Nosotros deseamos nuestra herencia sobre esta tierra tanto como ellos. Si ellos podían regocijarse anticipando recibir una herencia sobre la tierra, cuánto más podemos nosotros, que conocemos comparativamente poco de los gozos del cielo, cuando nuestro globo sea glorificado y se convierta en una morada adecuada para seres inmortales y glorificados.
Guardemos los mandamientos del Altísimo; ordenemos nuestras vidas de tal manera que podamos tener derecho a reclamar las promesas del Padre, mirando hacia adelante al tiempo en que estos cuerpos mortales, que deben dormir en el polvo, saldrán de la tumba transformados a semejanza de su gloriosísimo cuerpo, para heredar la misma gloria junto con Él. Amén.


























