La Restauración del Evangelio y la Preparación para la Venida del Señor
La restauración del Evangelio, probable y escritural—Enviado primero a los gentiles, luego a Israel—Esta es una dispensación de recogimiento o del cumplimiento de los tiempos—Destino de todas las naciones
por el élder Orson Pratt, Discurso pronunciado en la Casa de Reuniones del Decimoquinto Barrio, Salt Lake City, domingo por la tarde, 26 de marzo de 1876.
Volumen 18, discurso 21, páginas 169–186.
Leeré algunos pasajes de las Escrituras que se encuentran al comienzo del capítulo 40 de Isaías. [El orador leyó los versículos 1, 2, 3, 4, 9, 10 y 11.]
La porción particular de estas palabras que he leído, a la cual deseo llamar la atención de la congregación esta tarde, es la que se relaciona con la preparación para la venida del Señor; me refiero a la segunda venida, cuando la gloria del Señor será revelada y toda carne la verá juntamente. Nuestro Señor y Salvador Jesucristo vino al mundo hace unos dieciocho siglos de una manera muy humilde, mansa y sencilla. Vino para enseñar al pueblo los principios del Evangelio y para abrir el camino mediante el cual pudiera efectuarse la salvación en favor de la familia humana, ofreciendo una expiación ante el Señor, Su Padre Celestial, por los pecados del mundo. Cuando vino de aquella manera humilde, consideró importante enviar un mensajero delante de Su faz para preparar ese acontecimiento, a fin de que el pueblo no estuviera completamente desprevenido ni fuese tomado por sorpresa respecto a la obra que entonces iba a realizar sobre la tierra. Por ello fue levantado un gran profeta, generalmente conocido con el nombre de Juan el Bautista, quien salió delante del Salvador llamando al pueblo al arrepentimiento, testificando que el reino de los cielos se había acercado, bautizándolos para la remisión de los pecados e informándoles que había Uno entre ellos que era mayor que él. Aunque era un gran profeta, no se consideraba digno ni siquiera de desatar las correas de Su calzado; y aunque había sido comisionado para bautizar al creyente humilde y arrepentido para remisión de sus pecados, aquella Persona que estaba entre ellos los bautizaría con fuego y con el Espíritu Santo. Ese mismo Jesús, después de que el camino fue preparado, salió a predicar en la tierra de Palestina y en las regiones circundantes, testificando de las cosas pertenecientes al Evangelio, escogiendo hombres y enviándolos delante de Él, sin bolsa ni alforja, para declarar las buenas nuevas del Evangelio al pueblo.
Después de algún tiempo, tras haber sido perseguido y expulsado de un lugar a otro, acosado, despreciado y rechazado en muchos sitios, finalmente fue apresado por los hombres religiosos de aquel día, aquellos que eran considerados los más piadosos: los principales sacerdotes, fariseos, saduceos y muchos otros. Fue llevado ante ellos para ser juzgado y fue condenado a morir en una cruz. Después de que ejecutaron la sentencia y le dieron muerte, Jesús resucitó al tercer día y apareció, no abiertamente al mundo, sino a unos pocos testigos escogidos. Y poco antes de ser llevado al cielo, dijo a once de estos hombres: «Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura; el que creyere y fuere bautizado será salvo, mas el que no creyere será condenado». Y mientras les daba su comisión, sus instrucciones y los bendecía, fue llevado al cielo, y una nube lo recibió y lo ocultó de su vista. Y dos ángeles estaban junto a ellos en aquella ocasión, y dijeron: «Este mismo Jesús que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo». Es decir, fue recibido en una nube, llevado en una nube, y cuando venga por segunda vez vendrá en una nube, personalmente, con Su cuerpo resucitado, del mismo modo que ascendió en la nube. Este fue el testimonio de aquellos dos ángeles que estaban presentes en aquella ocasión. Es acerca de esta segunda venida, y de la preparación para ella, que deseo hablar esta tarde.
Jesús vendrá en una nube, o como se expresa aquí en el capítulo 40 de Isaías: «La gloria de Jehová será revelada, y toda carne juntamente la verá». También se expresa en las revelaciones de San Juan que, cuando venga en una nube, todo ojo le verá, aun los que le traspasaron. Parece entonces que la segunda venida del Hijo de Dios será algo completamente diferente de cualquier acontecimiento que haya ocurrido hasta ahora sobre la faz de la tierra, acompañada de gran poder y gloria; algo que no se realizará en una pequeña porción de la tierra como Palestina y que sea visto solamente por unos pocos, sino que será un acontecimiento contemplado por todos: toda carne verá la gloria del Señor. Cuando Él se revele por segunda vez, todo ojo le verá; no solamente aquellos que estén viviendo entonces en la carne, en estado mortal sobre la tierra, sino también los mismos muertos; también aquellos que le traspasaron, los que vivieron hace mil ochocientos años y participaron en el cruel acto de perforar Sus manos, Sus pies y Su costado, también le verán en aquel tiempo. Ahora bien, un acontecimiento de tan gran magnitud como aquel del que estoy hablando necesariamente debe tener una preparación. Si el Señor preparó el camino para Su primera venida, cuando apareció aparentemente como un hombre semejante a otros hombres; si consideró importante en aquella ocasión enviar a uno de los más grandes profetas que jamás hayan vivido entre los hombres, ¿por qué no habría también de enviar profetas o hombres inspirados antes de Su segunda venida para advertir a los habitantes de la tierra y prepararlos para un acontecimiento tan grandioso? Yo sé cuáles son las tradiciones del mundo religioso respecto a este asunto: consideran que los días de los profetas han pasado y que ya no aparecerán más profetas, apóstoles, reveladores ni hombres inspirados entre los hijos de los hombres. Pero es muy evidente, por una gran cantidad de Escrituras que podrían citarse, que habrá muchos profetas en los últimos días; de hecho, llegará el tiempo en que el Espíritu será derramado sobre todos los vivientes, sobre toda carne que no haya sido destruida de la tierra. Y el efecto de ese Espíritu, cuando sea derramado, será convertir al pueblo en profetas. Vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán, vuestros ancianos soñarán sueños por el poder de ese Espíritu y vuestros jóvenes verán visiones, todo ello por las operaciones del Espíritu que será derramado sobre toda carne. Esta es una profecía que debe cumplirse.
Antes del tiempo, sin embargo, en que el Espíritu sea derramado sobre toda carne, habrá un ángel enviado desde el cielo, y ese ángel traerá el Evangelio eterno para ser predicado. Cuando hablo del Evangelio eterno, me refiero al mismo que fue predicado hace mil ochocientos años; y se dará autoridad a algunos de los hijos de los hombres para predicar ese Evangelio eterno entre las naciones. Y cuando eso ocurra, no tengo duda de que se levantarán muchos profetas, porque la verdadera Iglesia cristiana siempre se ha caracterizado por tener profetas. Nunca hubo una Iglesia cristiana genuina sin profetas y profetisas; de hecho, en los tiempos antiguos los profetas eran tan numerosos en una rama de la Iglesia cristiana que Pablo tuvo que ponerlos en orden, enviándoles una epístola y diciéndoles que no se levantaran todos a profetizar al mismo tiempo, sino que, si algo era revelado a alguien, no debía levantarse a declararlo mientras otro estuviera hablando, sino esperar hasta que el primero terminara de hablar y entonces profetizar. Porque, dijo Pablo, el espíritu de los profetas está sujeto a los profetas. Es decir, cuando el Espíritu venía sobre los profetas en tiempos antiguos, no ejercía un poder sobrenatural sobre ellos para obligarlos a levantarse de sus asientos y declarar sus profecías en el mismo instante en que les eran reveladas, sino que el espíritu que les era dado estaba sujeto a ellos, de modo que podían permanecer sentados hasta que los primeros profetas terminaran de profetizar. Ese era el orden de la Iglesia cristiana cuando Dios tenía una sobre la tierra: los profetas eran muy numerosos en aquella Iglesia.
Pero llegó el tiempo en que la Iglesia cristiana apostató y se desvió, y comenzó a seguir su propia sabiduría; entonces los profetas y apóstoles cesaron, en lo que respecta a los asuntos de la Iglesia cristiana sobre la tierra. Las revelaciones, las visiones y los diversos dones del Espíritu también fueron retirados, de acuerdo con su incredulidad y apostasía. Sin embargo, en los últimos días Dios tiene la intención de levantar nuevamente una Iglesia cristiana sobre la tierra. No os sorprendáis vosotros que pensáis que Dios no volverá a tener una Iglesia en la tierra, porque Él ha prometido que volverá a tener una, y que establecerá Su reino; y cuando lo haga, podéis esperar ver una gran cantidad de profetas y hombres inspirados. Y si alguna vez veis surgir una iglesia que se llame a sí misma Iglesia cristiana y no tiene apóstoles inspirados como los de los tiempos antiguos, podéis saber que es una iglesia espuria y que pretende poseer algo que en realidad no tiene. Si alguna vez encontráis una iglesia llamada Iglesia cristiana que no tenga hombres capaces de predecir acontecimientos futuros, podéis saber de inmediato que no es una Iglesia cristiana. Si encontráis una Iglesia cristiana que no tenga los dones antiguos, por ejemplo, el don de sanidad, de abrir los ojos de los ciegos, destapar los oídos de los sordos, hacer hablar la lengua de los mudos y caminar a los cojos; si alguna vez encontráis un pueblo que se llama a sí mismo Iglesia cristiana y no tiene estos dones entre sus miembros, podéis saber con perfecto conocimiento que no concuerda con el modelo dado en el Nuevo Testamento. La Iglesia cristiana siempre se caracteriza por hombres inspirados, cuyas revelaciones son tan sagradas como cualquiera de las contenidas en la Biblia; y, si fueran escritas y publicadas, serían igualmente obligatorias para la familia humana. La Iglesia cristiana siempre impondrá las manos sobre los enfermos en el nombre de Jesús para que sean sanados. La Iglesia cristiana siempre tendrá entre sus miembros a quienes reciban visiones celestiales, ministración de ángeles y los diversos dones prometidos conforme al Evangelio.
Pero como no ha habido una Iglesia cristiana sobre la tierra durante muchos siglos, hasta el presente siglo, la gente ha perdido de vista el modelo que Dios ha dado para el establecimiento de la Iglesia cristiana, y han denominado Iglesias cristianas a una gran variedad de pueblos simplemente porque así lo profesan. Dicen: «Hemos edificado capillas en el nombre del Señor; llamamos a nuestras iglesias Iglesias cristianas; se llaman Iglesia de Cristo, Iglesia de San Juan, Iglesia de San Pablo, Iglesia de San Pedro y de otros antiguos apóstoles»; y una persona que nunca hubiera estudiado el modelo que Dios ha dado de la Iglesia cristiana casi llegaría a creer que realmente son Iglesias cristianas.
Pero ha habido una larga apostasía, durante la cual las naciones han sido afligidas con abundancia de iglesias apóstatas; y ellas están representadas en las revelaciones de San Juan como una mujer sentada sobre una bestia escarlata, teniendo en su mano una copa de oro llena de inmundicias y abominaciones, llena del vino de la ira de su fornicación; y en su frente estaba escrito un nombre: «Misterio, Babilonia la Grande, la madre de las rameras». Esta clase de iglesia ha existido en gran abundancia, porque, como dice Juan el Revelador, había de tener dominio sobre muchas aguas y había de embriagar a todas las naciones con el vino de la ira de su fornicación.
Ahora bien, no discutimos que tales iglesias hayan existido y existan en el tiempo presente, y que las naciones de la tierra hayan sido afligidas por sus inmundicias y abominaciones, así como por el orgullo y la maldad que han practicado delante del Señor de los Ejércitos. No tengo duda de que algunas pocas personas sinceras y de corazón honesto hayan sido engañadas por ellas, debido a que eran tan numerosas y tan populares sobre la tierra. Pero les faltan todas las características de la antigua Iglesia cristiana; tienen muchas formas de piedad, pero niegan el poder de ella. Es decir, niegan a los reveladores y a los profetas; niegan el poder de predecir acontecimientos futuros; niegan que alguna persona, en estos días, tenga el poder de recibir visiones o revelaciones del cielo, como las recibían antiguamente los miembros de la Iglesia cristiana.
Puesto que ha habido una apostasía tan prolongada y la tierra ha quedado sin ninguna Iglesia de Dios sobre ella, podríamos suponer naturalmente que, antes del segundo advenimiento del Hijo de Dios, habría como preparación para Su segunda venida una Iglesia cristiana nuevamente organizada. Y ahora os remitiré a algunas profecías sobre este tema que se encuentran en la Biblia. Volvamos primero al capítulo 14 del Apocalipsis de San Juan, donde encontramos una profecía acerca de la segunda venida del Hijo de Dios. El versículo 14 dice: «Y miré, y he aquí una nube blanca; y sobre la nube uno sentado semejante al Hijo del Hombre, que tenía en la cabeza una corona de oro y en la mano una hoz aguda», etc. No tenemos tiempo para leer todos los acontecimientos relacionados con este personaje que estaba sentado sobre la nube y venía con gran gloria; pero retrocedamos algunos versículos para ver si hay alguna preparación que deba hacerse antes de que Él venga en esta nube. En el versículo 6 dice: «Y vi volar por en medio del cielo a otro ángel, que tenía el evangelio eterno para predicarlo a los moradores de la tierra, a toda nación, tribu, lengua y pueblo, diciendo a gran voz: Temed a Dios y dadle gloria, porque la hora de su juicio ha llegado». «Y le siguió otro ángel, diciendo: Ha caído, ha caído Babilonia, aquella gran ciudad, porque ha hecho beber a todas las naciones del vino del furor de su fornicación.»
Aquí, entonces, percibimos la naturaleza de la obra preparatoria para la venida del Hijo del Hombre sentado sobre una nube. El Evangelio ha de ser predicado a todas las naciones, y ese Evangelio, cuando sea restaurado a la tierra, deberá ser restaurado por un ángel del cielo. Ahora bien, el Evangelio que fue introducido en la dispensación anterior a la época en que Juan recibió esta revelación no fue restaurado por un ángel del cielo; Jesús mismo vino y predicó el Evangelio, así como Juan el Bautista, y Sus apóstoles también lo predicaron. Y en aquel tiempo se les mandó predicarlo entre todos los pueblos, naciones y lenguas; y cumplieron su misión, según el testimonio de Pablo, pues él, al hablar de la extensión que había alcanzado el Evangelio antes de su martirio, dijo que el Evangelio había sido predicado a toda criatura debajo del cielo, «del cual yo, Pablo, fui hecho ministro». Parece, pues, que fue difundido ampliamente en aquella época del mundo. Luego vino la gran apostasía; y después de que esa apostasía continuara durante muchos siglos, entonces habría de venir un ángel. Justo antes de que apareciera el Personaje sobre la nube blanca, el ángel vendría y traería el Evangelio, y el Evangelio sería predicado a los moradores de la tierra, a todo pueblo, tribu, lengua y nación. ¿Qué demuestra esto indirectamente? Demuestra que no había nación, ni pueblo, ni tribu, ni lengua sobre toda la faz de la tierra que tuviera el Evangelio eterno cuando el ángel viniera; porque si hubiera existido algún pueblo, por muy desconocido que fuese, por muy distante que estuviera de las llamadas naciones civilizadas, si hubiera habido algún pueblo en la tierra que poseyera el Evangelio, tendría una Iglesia cristiana con apóstoles, profetas y todos los dones del Espíritu. Pero puesto que toda nación, tribu, lengua y pueblo sobre toda la tierra estaba completamente privada del Evangelio y de la Iglesia organizada como en los tiempos antiguos, fue necesario restaurarlo nuevamente desde los cielos, y se profetizó que eso sería hecho por un ángel.
¿Ha ocurrido algún acontecimiento semejante? Esta es una pregunta muy importante. ¿A quién acudiremos para investigar acerca de la venida de ese ángel? Tal vez alguien diga que sería mejor preguntar a algún pueblo cristiano, pues serían los más indicados para responder. Muy bien, vayamos entonces a la iglesia cristiana más antigua, así llamada: la Iglesia Católica Romana, y preguntémosles. Acudamos a sus cardenales y arzobispos, o incluso al jefe supremo de esa iglesia, que se sienta en lo que llaman la silla de San Pedro, y preguntémosle a él o a cualquiera de sus grandes dirigentes: «Señor, ¿cree usted que un ángel ha venido del cielo con el Evangelio eterno para predicarlo a todas las naciones, tribus, lenguas y pueblos desde el día en que Juan pronunció esa profecía?» ¿Cuál será la respuesta? Será: «No, no creemos en nada semejante. Nosotros afirmamos ser los predicadores del Evangelio eterno; sostenemos la sucesión regular de la autoridad que fue conferida en el primer siglo de la era cristiana, y que el Evangelio ha sido predicado desde entonces hasta ahora, y que la Iglesia cristiana ha existido entre todas las naciones, por lo que no ha habido necesidad de que un ángel viniera del cielo con él». «Muy bien, entonces ustedes no creen que ningún ángel haya venido con el Evangelio eterno.» «Oh, no; eso es contrario a nuestra fe y creencia.»
Vayamos ahora a la siguiente iglesia cristiana más antigua, aquella que se separó de los católicos romanos, llamada la Iglesia Griega. Recorramos toda la gran nación de Rusia y hagámosles la misma pregunta; responderán igual que la antigua madre: que ningún ángel ha sido enviado. «Nosotros no recibimos el Evangelio que predicamos por medio de un ángel del cielo.» Muy bien, entonces los dejaremos y descenderemos a las iglesias cristianas modernas que surgieron de la Iglesia Católica hace dos o tres siglos, y les haremos la pregunta. Vayamos a Lutero, a Calvino y a todos los diversos reformadores que se separaron de la Iglesia de Roma en el siglo XVI, y preguntémosles uno por uno; cada uno dará la misma respuesta. «Martín Lutero, ¿recibió usted el Evangelio que predica de un ángel enviado desde el cielo?» «Oh, no», dirá él, «obtuvimos nuestra ordenación de la iglesia de la cual nos separamos. Una vez pertenecimos a la Iglesia Católica Romana, pero descubrimos que era muy perversa y abominable, y que era aquella de la que habló Juan, la que tendría escrito en su frente ‘Misterio, Babilonia’, la que ha estado bebiendo del vino de la ira de su fornicación; por eso hemos salido de esa iglesia.» «Bien, señor Lutero, ¿recibió alguna ordenación en esa iglesia?» «Sí, recibimos una ordenación.» «¿Y esa es su autoridad? ¿Ningún ángel fue enviado a usted desde el cielo para restaurar la autoridad y el Evangelio?» «No, obtuvimos nuestra autoridad de la iglesia madre.» «Bien, ¿cree usted que la iglesia madre es muy perversa?» «Sí, el pueblo más perverso y corrupto sobre la faz de la tierra.» «Entonces obtuvo su autoridad del pueblo más corrupto sobre la faz de la tierra, ¿verdad? ¿De qué sirve eso? Y, además, si ellos tienen autoridad para conferirle el sacerdocio y eso le da derecho a bautizar y administrar las ordenanzas, ¿no tienen también autoridad para excomulgarlo? ¿Fue usted excomulgado de su comunión?» «Oh, sí, ejercieron su autoridad cortándome de su iglesia y expulsándome.» «Muy bien, entonces le quitaron toda la autoridad que pretendían haberle dado, ¿no es así?» «Sí, la quitaron; pero aun así la reclamamos por medio de ellos, y esa es la única manera en que obtenemos la cadena de autoridad que nos remonta hasta los apóstoles.»
Sin embargo, algunos protestantes no argumentan de esta manera; dicen que obtienen su autoridad de la Biblia, independientemente de cualquier iglesia. Bien, permítanme decir a algunos que reclaman su autoridad de esa forma: «¿Qué parte de la Biblia lo llamó por nombre, Guillermo? ¿Ha sido usted ordenado para predicar el Evangelio y bautizar? ¿Quién lo ordenó? ¿Quién le dio esa autoridad? ¿Quién lo comisionó?» Guillermo responde: «Bueno, en realidad no obtuve la autoridad de los católicos romanos ni de ninguna iglesia posterior a ellos, sino que la obtuve de la Biblia.» «¿De qué parte de la Biblia?» «Pues de aquellas palabras de Jesús a Sus once apóstoles. Justo antes de ser llevado en una nube, Jesús les dijo: ‘Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura’.» «Bien, Guillermo, ¿cómo sabe usted que eso se refería a usted? Si se refería a usted, ¿no se refería también a su vecino y a todo varón que haya vivido sobre la tierra desde los días de los apóstoles? ¿Cómo sabe que se refería a usted? ¿Le dio Dios alguna nueva revelación?» «Oh, no mencione eso; nosotros no creemos en ninguna nueva revelación ni en hombres inspirados en nuestros días.» «Muy bien, entonces, ¿no cree usted que Dios haya enviado algún ángel para restaurar el Evangelio y la autoridad para predicarlo a los hijos de los hombres?» «Oh, no. Nadie cree eso excepto una pobre secta engañada llamada mormones, allá en las montañas de América. Ellos afirman que Dios ha enviado un ángel del cielo para restaurar el Evangelio y la autoridad del sacerdocio, pero nosotros no creemos que Dios envíe ángeles en nuestros días.»
Así es como responderían todas las diversas iglesias que han existido durante muchos cientos de años en cuanto a su autoridad; no tienen más autoridad que un sacerdote pagano. ¿Por qué? Porque han negado todos los poderes y principios fundamentales de la antigua Iglesia cristiana.
Dice alguno: «Bueno, si ellas no tienen autoridad, entonces todos nuestros bautismos son ilegales.» Ciertamente lo son; ser bautizado por un hombre que no tiene autoridad, por muy sincero que yo sea, no me aprovecharía en nada; sería lo mismo que ir y bautizarme a mí mismo. «Bueno», dice otro, «vosotros los mormones creéis, ¿verdad?, que Dios realmente ha enviado un ángel y ha vuelto a confiar a los hombres el Evangelio eterno y la autoridad para predicarlo y administrar sus ordenanzas.» «Sí, y no solamente lo creemos, sino que muchos de nosotros sabemos con el más perfecto conocimiento que Él lo ha hecho, habiendo recibido ese conocimiento de Dios mismo.» «Entonces ustedes creen que el Señor ha cumplido ese pasaje del capítulo 14 de Apocalipsis, y que realmente ha enviado un ángel para restaurar el Evangelio a la tierra.» «Sí.» «¿Hace cuánto tiempo?» Han transcurrido unos cuarenta y seis años desde que el ángel vino y entregó un registro del Evangelio, no simplemente comunicado de manera verbal, sino haciendo que se tradujera un registro que contenía el Evangelio eterno en toda su plenitud. Los antiguos israelitas que una vez habitaron este continente conocían el Evangelio. Jesús no limitó Sus labores únicamente a Palestina; sino que, después de Su crucifixión y resurrección, vino a América, apareció entre sus habitantes y les enseñó el Evangelio eterno, el mismo que antes había enseñado al pueblo de Palestina; y les mandó escribir este Evangelio sobre planchas de metal. Ellos así lo hicieron y establecieron una Iglesia cristiana conforme al modelo que Dios les dio; y sus escritos han sido sacados a la luz. ¿Cómo? Mediante la ministración de un ángel del cielo, un ángel enviado para revelar este registro que contiene la plenitud del Evangelio eterno.
Pregunta alguien: «¿Dio este ángel alguna autoridad a José Smith y a otros a quienes se reveló para bautizar?» En absoluto. Él reveló el registro, y José recibió el mandamiento de traducirlo con la ayuda del Urim y Tumim que estaba con él, y se le dijo que sería enviado a todas las naciones, tribus, lenguas y pueblos. Pero no dio a José Smith autoridad para predicar ese Evangelio, ni autoridad para bautizar o imponer las manos para conferir el don del Espíritu Santo; y es probable que la persona que poseía las llaves para revelar el Evangelio eterno no tuviera ella misma esa autoridad, pues no todos los ángeles la poseen. Pedro, Santiago y Juan sí tenían esa autoridad, y después de que el libro fue traducido, ellos fueron enviados. ¿Para qué? No para revelar el Evangelio, porque este ya había sido revelado por otro ángel antes de ese tiempo; sino que fueron enviados para imponer las manos sobre ciertas personas y ordenarlas al apostolado. Nadie puede decir que Pedro, Santiago y Juan no poseían el apostolado ni que las personas no podían ser ordenadas por la imposición de sus manos. Ellos los ordenaron al apostolado y les mandaron, en el nombre del Señor, que predicaran el Evangelio y ordenaran a otros al mismo poder y autoridad que habían sido conferidos y restaurados desde el cielo. Se les mandó predicar el Evangelio a todas las naciones y tribus de la tierra. Así fue como el Señor restauró el Evangelio eterno.
¿Qué hemos estado haciendo desde que la autoridad fue restaurada? Han pasado ya cuarenta y seis años, ¿y qué se ha hecho durante ese tiempo para cumplir la predicción pronunciada por Juan el Revelador? Mucho se ha hecho. En medio de las persecuciones más severas, los siervos de Dios han salido a predicar el Evangelio a muchas naciones. Se les mandó ir primero a las naciones gentiles y trabajar entre ellas, sin bolsa ni alforja. «Id y predicad el Evangelio como lo hicieron mis antiguos apóstoles, sin bolsa ni alforja; e id primero a los gentiles. Advertidles plenamente y enseñadles mi Evangelio.» Así lo han hecho, y durante cuarenta y seis años han continuado sus misiones entre las naciones gentiles.
El Señor también les dijo que cuando hubiera llegado la plenitud de los gentiles, cuando sus tiempos se hubieran cumplido, entonces Sus siervos serían enviados a todos los restos dispersos de la casa de Israel, quienes serían injertados nuevamente; pero primero debía llegar la plenitud de los gentiles. Conocéis aquella Escritura que dice: «Los primeros serán los postreros, y los postreros serán los primeros.» Ahora bien, cuando el Evangelio fue predicado en la antigüedad, fue predicado primero a los judíos, a la casa de Israel, a aquellos de origen israelita; y cuando ellos se consideraron indignos de la vida eterna y rechazaron ese Evangelio, «He aquí», dice Pablo, «nos volvemos a los gentiles.» Los gentiles, entonces, lo oyeron al final; fueron los últimos en recibir el Evangelio del reino, mientras que los judíos fueron los primeros, es decir, todos los que quisieron creer y arrepentirse. Pero en los últimos días, cuando el ángel trae el Evangelio, el orden se invierte, y es predicado primero a los gentiles para traer su plenitud y cumplir sus tiempos; y después será enviado a la casa de Israel.
En el capítulo 21 de Lucas, nuestro Salvador, hablando de los males que sobrevendrían a la nación judía, dice: «Y caerán a filo de espada, y serán llevados cautivos a todas las naciones; y Jerusalén será hollada por los gentiles hasta que los tiempos de los gentiles se cumplan.» Esto se ha cumplido literalmente sobre la nación judía, y ellos han sido dispersados, conforme a esta predicción, entre todas las naciones. Muchos de ellos fueron destruidos a filo de espada. Jerusalén fue tomada unos setenta años después del nacimiento de Cristo y ha estado en posesión de los gentiles desde aquel día hasta hoy. Jesús les dijo que así sería, que Jerusalén estaría en poder de los gentiles y sería hollada por ellos hasta cierto período: hasta que sus tiempos fueran cumplidos.
El gran propósito del ángel al restaurar el Evangelio fue, en primer lugar, cumplir los tiempos de los gentiles. Pregunta alguno: «¿Qué quiere decir con eso?» Quiero decir que Dios enviará este Evangelio, restaurado por un ángel, a toda nación, tribu, pueblo y lengua del mundo gentil antes de permitir que Sus siervos vayan a los restos dispersos de Israel; y ellos trabajarán entre las naciones gentiles, les predicarán, les declararán la obra de Dios y procurarán llevarlas al conocimiento del Evangelio antiguo y organizar una Iglesia entre ellas, en la medida en que escuchen y reciban su testimonio. Entonces, cuando las naciones gentiles rechacen este Evangelio y se consideren indignas de la vida eterna, como antes hicieron los judíos, el Señor dirá: «Basta ya; apartaos de ellos, siervos míos. Os daré una nueva comisión; iréis a los restos dispersos de la casa de Israel. Los recogeré de los cuatro extremos de la tierra y los traeré nuevamente a sus propias tierras. Edificarán Jerusalén sobre sus ruinas; levantarán un templo en el lugar señalado en Palestina, y serán injertados nuevamente.» Ahora bien, esta es, en resumen, la naturaleza de esta gran obra preparatoria de los últimos días para la venida del Hijo del Hombre.
Ahora permítanme citar otro pasaje que corresponde con uno que ya he citado. Pablo, en el capítulo 11 de su epístola a los Romanos, habla de la proclamación del Evangelio primero a los judíos, y debido a su incredulidad, dice que fueron desgajados como ramas del olivo cultivado; «y», dice el Apóstol, dirigiéndose a una iglesia gentil, «vosotros habéis sido injertados en lugar de ellos». En otras palabras, el reino ha sido transferido de Israel a vosotros los gentiles, y ha sido puesto en vuestras manos, y vosotros habéis comenzado a producir los frutos de ese reino; los dones del reino se manifiestan entre vosotros, tal como se manifestaron entre Israel en los días de su rectitud. «Pero», dijo Pablo, «ellos fueron desgajados por incredulidad, y vosotros, gentiles, permanecéis por la fe. No seáis altivos, sino temed; porque si Dios no perdonó a las ramas naturales, si ni siquiera perdonó al olivo cultivado —las ramas naturales—, mirad que tampoco os perdone a vosotros, porque sois solamente ramas silvestres injertadas contra naturaleza. Mirad que tampoco os perdone a vosotros; considerad, pues, la bondad y la severidad de Dios: sobre la casa de Israel, que cayó por incredulidad, severidad; pero hacia ti, o en otras palabras, hacia vosotros los gentiles, se extiende la bondad de Dios si permanecéis en Su bondad». Era bajo esa condición: si vosotros, gentiles, permanecéis en Su bondad; de otra manera, dice Pablo, también vosotros seréis cortados, exactamente igual que Israel. También vosotros seréis cortados, y ellos serán nuevamente injertados, porque Dios es poderoso para volverlos a injertar. Porque si Dios no perdonó a las ramas naturales, mirad que tampoco os perdone a vosotros, etc. Luego les habla de un misterio. Quería que aquellos gentiles entendieran cierto misterio, y era que el endurecimiento en parte había acontecido a Israel hasta que entrara la plenitud de los gentiles; y entonces todo Israel sería salvo. Como está escrito: «Vendrá de Sión el Libertador, que apartará de Jacob la impiedad». «Y este será mi pacto con ellos, dice el Señor, cuando quite sus pecados.»
Parece entonces que Pablo comprendía, por el espíritu de profecía, que si los gentiles apostataban, si no permanecían en el lugar donde habían sido injertados, si no continuaban en la bondad de Dios, si se volvían altivos, también serían cortados, tal como lo han sido durante muchas generaciones pasadas; separados de todas las antiguas bendiciones del Evangelio eterno a causa de la apostasía de sus antiguos padres.
Pero el Señor tiene la intención de efectuar un cambio, y ese cambio consiste en enviar este Evangelio desde los cielos para ser predicado a las naciones de los gentiles, a fin de darles una oportunidad más, si desean recibirla, para traer su plenitud; y cuando llegue ese tiempo, y los siervos del Señor descubran que la mayoría de ellos endurecen su corazón y rechazan el Evangelio de vida y salvación, entonces el Señor injertará nuevamente a todo Israel, y ellos serán salvos, siendo restaurados otra vez al olivo cultivado y produciendo sus frutos. Así se cumplirá el antiguo convenio que Dios hizo con ellos respecto a los últimos días. ¿Habéis leído ese convenio que Pablo cita? Uno de los antiguos profetas, Jeremías, pronunció la profecía, registrada en su capítulo 31: «He aquí vienen días en que haré un nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá; no conforme al pacto que hice con sus padres cuando los tomé de la mano y los saqué de la tierra de Egipto. Y este es el pacto que haré con ellos, dice el Señor: pondré mi ley en su corazón, la escribiré en sus pensamientos, y todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice el Señor.»
Ahora bien, ¿conocían todos los de Israel y Judá al Señor, desde el menor hasta el mayor? ¿No tenían más necesidad de decir cada uno a su vecino judío: «Conoce al Señor»? ¿Fue así antiguamente, cuando el Señor les ofreció el convenio del Evangelio eterno? No; en lugar de que todo Israel y toda Judá conocieran al Señor, desde el más pequeño hasta el más grande, ellos fueron precisamente los que fueron cortados y perdieron los privilegios de ese convenio. Pero en los últimos días, cuando la plenitud de los gentiles sea traída por la proclamación del Evangelio confiado por el ángel, entonces será el tiempo en que el Señor renovará este convenio, y el mismo Evangelio que les ofreció hace mil ochocientos años y que ellos rechazaron les será ofrecido nuevamente, y todo Israel será salvo. Como está escrito: «Vendrá de Sión un Libertador, y apartará de Jacob la impiedad.»
Parece, entonces, que cuando el Señor cumpla esta profecía tendrá una Sión sobre la tierra. Pregunta alguno: «¿Qué quiere decir con Sión?» Quiero decir la Iglesia de Dios; eso es lo que llamo Sión. Dios tendrá una Iglesia sobre la tierra, una Sión, y de esa Iglesia saldrá un libertador para y en favor de todo Israel; no solamente los judíos, las dos tribus y media que fueron dispersadas después de Cristo, sino también las diez tribus que fueron llevadas de Palestina unos setecientos años antes de Cristo. Todo Israel —las doce tribus completas— llegará al conocimiento de la verdad cuando Dios envíe este libertador desde Sión, proclamando el Evangelio de los últimos días para su salvación.
Relacionado con este Evangelio eterno hay otro acontecimiento muy maravilloso que sirve de preparación para el segundo advenimiento. ¿Cuál es? Que todo cristiano sobre la faz de toda la tierra será recogido de entre todas las naciones y reunido en un solo lugar. Dice alguno: «Ninguna de nuestras denominaciones protestantes se está reuniendo; los católicos romanos no se reúnen; la Iglesia Griega no se reúne; y no conozco ninguna iglesia, excepto vosotros los mormones, que practique el recogimiento.» Ahora bien, veamos qué se dice acerca de este recogimiento. Os he dicho que el Evangelio sería confiado por un ángel; os he dicho que sería la hora del juicio de Dios, un tiempo peculiar de juicio en el que las naciones serían visitadas con juicios severos y terribles. Leamos ahora más adelante: «Y otro ángel le siguió, diciendo a gran voz: Ha caído Babilonia, porque hizo beber a todas las naciones del vino del furor de su fornicación.» ¿Quién es Babilonia? Ya he explicado que Babilonia es un gran poder que existiría en la tierra bajo el nombre de una iglesia, una mujer —que generalmente representa una iglesia— llena de blasfemia. Tenía inscrito su nombre en la frente: «Misterio, Babilonia, la madre de las rameras y de las abominaciones de la tierra.» ¿Qué sucederá con ella? ¿Dónde se sienta? Sobre muchas aguas, dice Juan; y para que el pueblo lo entienda, las aguas representan muchos pueblos, naciones, tribus y lenguas donde la mujer tiene su asiento. Estas iglesias están esparcidas por toda la vasta faz de la tierra, y esto es lo que se llama Babilonia. Otro ángel seguirá al que trae el Evangelio, después de que este haya sido predicado suficientemente, y proclamará la caída de este gran y corrupto poder de la tierra. Ahora bien, ¿perecerán todos los cristianos que se encuentren allí, o serán sacados de ella? Escuchad lo que dice Juan: «Oí una gran voz del cielo que decía: Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados ni recibáis de sus plagas; porque sus pecados han llegado hasta el cielo, y Dios se ha acordado de sus maldades.» Entonces, ¿solo hay una manera de escapar? No podemos permanecer en Babilonia y ser librados de estos juicios, ¿verdad? De ningún modo. ¿Por qué no? Porque sus pecados han llegado hasta los mismos cielos. Mirad sus abominaciones, sus prostituciones espirituales, sus asesinatos, su sacerdocio interesado, sus falsas doctrinas, sus formas de piedad sin poder alguno; observad cómo todas las naciones las siguen y consideran popular abrazar estas doctrinas. «Salid de ella, pueblo mío.» ¿Qué pueblo? Dios no tenía pueblo en Babilonia hasta que Su Iglesia fue organizada; no podía tenerlo. Envió a Sus siervos a organizar Su Iglesia para que existiera un pueblo llamado por Su nombre. Pero cuando esa Iglesia es organizada entre estas naciones, tribus, lenguas y pueblos, a sus miembros no se les permite permanecer donde están. Esto no es una invención de una compañía erudita de teólogos que diga que sería bueno reunirnos en un solo lugar; no es algo inventado por la sabiduría humana; sino que Juan el Revelador dice: «Oí una voz del cielo.» ¿Qué, una nueva revelación, Juan? Sí, una voz del cielo. Dios volvería a hablar antes de la caída de Babilonia; y esta sería la voz: «Salid de ella, pueblo mío.»
¿Quién ha estado cumpliendo esto entre todos los que se llaman cristianos? ¿Los católicos romanos? ¿La Iglesia Griega? ¿Los protestantes, en alguna de sus denominaciones, han estado reuniéndose y saliendo de todas las naciones de la tierra? No; pero encontramos a un pueblo haciéndolo. ¿Quiénes son? La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, organizada sobre la tierra por autoridad divina. Ellos han salido proclamando estas cosas entre los habitantes de la tierra. En lugar de decir al pueblo: «Permaneced donde estáis», les decimos: «Levantaos, preparaos y salid de esta corrupción.» Esta ha sido la proclamación al pueblo de Dinamarca, Noruega, Suecia, Alemania, Italia, Francia, España, Portugal y de todos los demás países cuyos habitantes han recibido el Evangelio; y se les ha mandado no permanecer donde están, sino obedecer la palabra del Señor y reunirse tan pronto como sea posible.
¿Pero dónde han de reunirse? ¿Hay algo indicado en la profecía acerca del lugar donde deben congregarse? Sí. Daniel vio una Iglesia organizada en los últimos días en una montaña o lugar elevado de la tierra. Leed el sueño de Nabucodonosor, rey de Babilonia, en el capítulo 2 de las profecías de Daniel. El rey no podía recordar su sueño al despertar, y envió a llamar a todos los sabios, músicos y astrólogos, pidiéndoles que le dijeran cuál había sido su sueño y que luego le dieran su interpretación. Pero ellos no pudieron hacerlo. Finalmente, un hombre de Dios, un hombre humilde llamado Daniel, suplicó al Señor, y el Señor le reveló el sueño y su interpretación. Nabucodonosor, al parecer, había visto una gran imagen delante de él; la cabeza de aquella imagen era de oro, el pecho y los brazos de plata, el vientre y los muslos de bronce, las piernas de hierro y los pies parte de hierro y parte de barro cocido. La vio en toda su imponente majestad, compuesta de estos diferentes metales junto con barro de alfarero. Entonces, después de describirle lo que había visto en su sueño, Daniel le dijo: «Tú mirabas hasta que una piedra fue cortada de la montaña»; no de alguna región baja de la tierra cercana al nivel del mar, «sino que mirabas hasta que una piedra fue cortada de la montaña, no con mano, y rodó hacia adelante y golpeó a la imagen en los pies, que eran parte de hierro y parte de barro cocido, y los pies fueron desmenuzados. Entonces fueron desmenuzados juntamente el hierro, el barro, el bronce, la plata y el oro, y llegaron a ser como el tamo de las eras en verano, y el viento se los llevó, y no se halló lugar para ellos.» ¿Y qué sucedió con la piedra? La piedra que hirió a la imagen se convirtió en una gran montaña y llenó toda la tierra.
Ahora bien, ¿cuál fue la interpretación del sueño de Nabucodonosor? Daniel le dijo al rey que la cabeza de la imagen representaba el reino que entonces estaba organizado; que después de él vendría otro reino, el de los medos y persas, representado por el pecho y los brazos de plata; luego seguiría un tercer reino, el de los macedonios; y después un cuarto reino, grande y terrible, comparado con el hierro, que todos admiten que fue el gran poder de Roma, el cual floreció y tuvo dominio sobre toda la tierra. De ese reino surgieron otros reinos representados por los pies y los dedos de la imagen; estos reinos no tendrían toda la grandeza y fortaleza de los anteriores representados en la imagen, sino que serían en parte fuertes y en parte débiles.
Ahora bien, ¿dónde se encuentra esta gran imagen desde los días de Nabucodonosor hasta ahora? Vais a Asia y allí encontraréis todavía a los descendientes del antiguo imperio babilónico. Avanzad un poco más hacia el oeste y hallaréis aún a los descendientes de los medos y persas que una vez florecieron y ejercieron dominio sobre la tierra. Un poco más al oeste encontraréis a los descendientes del tercer imperio, el macedónico. Avanzad aún más, hasta Europa, y encontraréis los pies y los dedos de la imagen en los reinos de los últimos días, los cuales se han extendido a través del gran océano y se han establecido en América. ¿Son en parte fuertes y en parte quebrantados? Sí. Algunos de ellos parecen tener cierta fortaleza, pero poseen todas las características del barro mezclado con el hierro, porque están divididos unos contra otros y tienen que mantener ejércitos permanentes porque se temen mutuamente. Pero, ¿dónde está la piedra de la montaña? ¿Dónde está ese reino llamado la piedra? En la interpretación, el profeta dice: «Tú mirabas hasta que el reino de Dios fue establecido, y golpeó a la imagen en los pies», y así sucesivamente. No comienza su ataque allá en Asia, donde habita la cabeza de oro o sus descendientes, ni en ninguna región intermedia, sino que comienza en el extremo mismo de esta gran imagen, a medida que se extiende hacia el oeste, y empieza sobre los pies y los dedos. Allí es donde la piedra es cortada de la montaña sin manos; allí es donde el Dios del cielo establecerá un reino que, como dice Daniel, jamás será destruido ni será dejado a otro pueblo, sino que permanecerá para siempre. No será como el reino establecido en los días antiguos, antes de que el Imperio Romano alcanzara la cumbre de su poder. El reino de Cristo de aquellos días fue establecido en tiempos de los apóstoles; pero fue vencido y eliminado de la tierra. La bestia hizo guerra contra ellos y los venció, y fueron expulsados de la tierra; y la mujer sentada sobre la bestia escarlata parece haber ejercido dominio, en mayor o menor grado, sobre todas las naciones, tribus, lenguas y pueblos. Pero en los últimos días el reino de Dios había de ser edificado sobre la tierra de manera que jamás fuera destruido; no sería como el de los tiempos antiguos, sino que permanecería para siempre, mientras que todos esos otros reinos no solo serían destruidos, sino que, como el tamo de las eras en verano, serían completamente arrastrados, y no se hallaría lugar para ellos.
Ese es el destino de todas las naciones. Muchos hombres sabios y estadistas han meditado profundamente sobre el pasado, el presente y el futuro de las naciones, y sin duda se han preguntado con gran seriedad: «¿Cuál será el fin de estos poderes políticos? ¿Cuál será el fin, por ejemplo, de este gran gobierno republicano nuestro? ¿Cuál será el fin de los gobiernos organizados en Europa?» Estas preguntas, sin duda, han surgido en la mente de miles y decenas de miles de hombres reflexivos. La Biblia responde a la pregunta. Ningún reino, ninguna forma de gobierno inventada por el hombre será permitida permanecer. Cuando Dios haya cumplido la palabra escrita por el profeta Daniel, habrá un reino universal, y solo uno, y ese será el reino de Dios, y Jesucristo mismo será el gran Rey.
Pregunta alguno: «¿Qué quiere decir con ese desmenuzamiento? ¿Cree usted que Daniel quiso decir que ellos saldrían con fuerza física y someterían a todas las naciones?» No, no creo tal cosa; pero cuando el Señor Dios envía a Su santo ángel desde el cielo con el Evangelio eterno, y luego ordena a Sus siervos al apostolado y los envía entre las naciones de la tierra, y ellos proclaman el Evangelio del reino entre los pueblos, si la gente no escucha, el Señor mismo los quebrantará. Será el mensaje que Él envía lo que los madurará para la destrucción.
Y la ubicación de Su reino había de estar en las montañas, así lo dice Daniel. Ahora podéis comprender aquella declaración de Isaías que leí al comienzo de mis observaciones. Al describir la gloria del Señor que sería revelada y que toda carne vería juntamente, Isaías dice, como preparación para esa obra, que habría un pueblo que subiría a las montañas. «Oh Sión, que anuncias buenas nuevas, súbete a un monte alto.» Esto no significaba una ciudad llamada Sión, porque no es de suponerse que una ciudad pudiera trasladarse a una alta montaña; sino que significaba un pueblo, un pueblo que llevaba buenas nuevas. ¿Qué buenas nuevas? ¿Qué noticia podría ser más gloriosa para los habitantes de la tierra que el Evangelio eterno enviado por un ángel, para decir al pueblo que, si se arrepienten de sus pecados y son bautizados en agua para la remisión de sus pecados, recibirán el bautismo de fuego y del Espíritu Santo por la imposición de manos de los siervos de Dios? ¿Qué podría ser más glorioso en su naturaleza que una proclamación de esta clase a las naciones de la tierra? Por lo tanto, cuando el pueblo salga de la gran Babilonia y se reúna, se congregará en las montañas para cumplir esta profecía.
¿Hay otras profecías acerca de que ellos subirían a las montañas? Sí. Leed el capítulo 18 de Isaías. Isaías, estando en Palestina y pronunciando su profecía, miró hacia el suroeste y vio los ríos de Etiopía, o África; y después de haber visto esos ríos en visión, también contempló una tierra que proyectaba sombra con alas más allá de los ríos de Etiopía. ¿Qué clase de tierra era aquella, situada más allá de los ríos de Etiopía, desde la perspectiva de Isaías en Palestina? Pues era una tierra que tenía la apariencia de alas. Sin duda habéis notado la gran semejanza que América del Norte y América del Sur tienen con las dos grandes alas de un ave. Mientras Isaías contemplaba esa tierra más allá de los ríos de Etiopía, le parecía tanto a las alas de un pájaro que dijo: «Una tierra que proyecta sombra con alas, más allá de los ríos de Etiopía.» Bien, Isaías, ¿qué tienes que decir acerca de esa tierra? Pues, dice él, allí habrá una proclamación. ¿Qué tan extensa, Isaías? Para todos los pueblos. Escuchad las palabras de Isaías. Dice él: «Todos vosotros, habitantes del mundo y moradores de la tierra, ved cuando él levante un estandarte sobre los montes.» No en las tierras bajas de esa región que proyecta sombra con alas, cerca de la costa del mar, sino en las montañas. ¿Cuál es la naturaleza de ese estandarte? Tiene las características de una bandera o señal, de la que los profetas hablan con frecuencia y a la que llaman estandarte. Isaías se refiere a ella como una enseña en varios lugares. ¿Qué sería naturalmente una enseña? El reino de Dios es una enseña a la cual el pueblo acude y se congrega. ¿Afecta a todos los pueblos, Isaías? Sí. «Todos vosotros, habitantes del mundo.» ¿Qué podría ser más amplio que eso? «Y moradores de la tierra, ved cuando él levante un estandarte sobre los montes, y cuando toque trompeta, escuchad.» ¿Qué más ha de suceder, Isaías? Dice que un severo juicio caerá sobre esa tierra que proyecta sombra con alas. ¿Qué clase de juicio, uno muy severo, Isaías? Sí, porque dice: «Antes de la siega, cuando el fruto sea perfecto y la uva agria esté madurando en la flor, cortará las ramas con podaderas y quitará y cortará los sarmientos. Serán dejados juntamente para las aves de los montes y para las bestias de la tierra; y las aves pasarán el verano sobre ellos, y todas las bestias de la tierra pasarán el invierno sobre ellos.» ¿Cuándo será esto, Isaías? Después de esta proclamación; después de que todas las naciones del mundo la hayan oído; después de que el pueblo haya escuchado el sonido del mensaje de advertencia. Entonces, entre todas las naciones donde los extremos de la imagen hayan extendido uno de sus gobiernos, allí comenzará un juicio sumamente terrible, tan severo que la gente de esa tierra no tendrá tiempo para sepultar a sus muertos, y las aves pasarán el verano sobre ellos. ¿Por qué sucederá todo esto? Porque no escucharán cuando ese sonido llegue a todos los pueblos; no se arrepentirán de sus pecados; no recibirán el mensaje que Dios ha enviado por medio de Su ángel. Por eso Él los visitará primero, porque son los primeros en escuchar esas buenas nuevas. No es de extrañar, entonces, que Sión, que trae buenas nuevas, fuera mandada por el antiguo profeta a subir a un monte alto.
Avancemos un poco más y veamos qué sigue inmediatamente después. Isaías dice: «Porque he aquí, el Señor Dios vendrá con mano fuerte.» ¿Qué? ¿La venida del Señor tendrá lugar después de que Sión haya subido a las montañas? Sí, ese es uno de los grandes acontecimientos que sucederán cuando los pueblos de las naciones estén descuidados e indiferentes, cuando estén comiendo y bebiendo, comprando y vendiendo, y sus mentes estén completamente absorbidas por las diversas ocupaciones de la vida. «He aquí, el Señor viene con mano fuerte; Su brazo gobernará por Él y recompensará a Su pueblo; entonces la gloria del Señor será revelada y toda carne la verá juntamente.»
Pero una de las grandes obras preparatorias en esa dispensación del recogimiento de Sión a las montañas será la construcción de una gran calzada, la cual será levantada en el desierto. Permitidme preguntaros a vosotros que habéis cruzado estas montañas desde Omaha hacia el oeste por muchos cientos de millas: ¿qué clase de país es ese? ¿Es una tierra de huertos, viñedos y suelo aluvial, adecuada para atraer al agricultor? Dice alguno: «No, nunca vi una llanura tan árida durante cientos y cientos de millas. Durante el día, cuando teníamos oportunidad de observarla, tenía toda la misma apariencia: una vasta llanura de artemisa y desierto.» Ahora bien, Isaías dijo que cuando Su pueblo subiera a las montañas, una calzada sería levantada en el desierto. «Preparad camino a Jehová; enderezad calzada en la soledad para nuestro Dios.» ¿Qué? ¿Está hecha para el Señor? Sí. ¿Y qué hará el Señor con ella? Reunirá a Su pueblo de entre todas las naciones por esa calzada a través del desierto. ¿Queréis saber algo más acerca de esta calzada? Leed otro capítulo de Isaías; allí da más detalles de los que he mencionado.
Lo que he leído en el capítulo 40 de Isaías acerca de la calzada en el desierto es solamente un aspecto relacionado con ella. En otro capítulo dice: «Pasad, pasad por las puertas; preparad camino al pueblo; allanad, allanad la calzada; quitad las piedras; alzad estandarte para los pueblos. He aquí, Jehová ha proclamado hasta los confines de la tierra: Decid a la hija de Sión: He aquí, viene tu salvación; he aquí, su recompensa viene con él, y su obra delante de él.» Aquí se habla nuevamente de lo mismo, solo que menciona túneles o, en otras palabras, puertas: «Pasad, pasad por las puertas.» No tengo duda de que Isaías, contemplando las generaciones futuras, vio el tiempo en que un largo tren de vagones sería impulsado a través de un continente sin fuerza ni poder animal aparente. Quizás no comprendía los términos modernos para un túnel excavado a través de una roca, y por eso los llama puertas. «Pasad, pasad por las puertas; preparad camino al pueblo; allanad la calzada; quitad las piedras; alzad estandarte para los pueblos.» Luego viene esta proclamación universal: «He aquí, Jehová ha proclamado desde los confines de la tierra.» Ahora bien, al decir «desde los confines de la tierra», naturalmente supondríamos que Isaías, de pie en Palestina y pronunciando esta profecía, veía una obra que habría de realizarse en una tierra muy distante. No pudo encontrar mejor lenguaje para describirla que la expresión «los confines de la tierra». No una obra que ocurriría en Palestina, en su propia vecindad, sino: «He aquí, Jehová proclamará desde los confines de la tierra, a todos los pueblos: He aquí, viene vuestra salvación.» Es decir, el Señor venía con mano fuerte, y esta proclamación procedente del Señor debía ser anunciada a todos los habitantes de la tierra; se levantaría un estandarte y se prepararía un camino mediante la construcción de esta gran calzada.
Hay muchas personas en esta congregación que participaron en la construcción de esta gran calzada. Nosotros edificamos las porciones más difíciles de este ferrocarril a través de estas montañas, unas cuatrocientas millas de extensión. ¿Trabajasteis con un corazón alegre y dispuesto cuando estabais ocupados en quitar las piedras y en abrir esas puertas de las que habla Isaías, a través de las cuales vio un largo tren de carruajes penetrar en la montaña, perderse de vista por un tiempo y luego salir nuevamente con gran velocidad desde la montaña? ¿Cómo podría haberlo descrito mejor que diciendo: «Pasad, pasad por las puertas»?
¿Pero qué clase de pueblo sería este que habría de ser reunido desde los confines de la tierra por medio de esta proclamación? Leed el siguiente versículo: «Y los llamarán Pueblo Santo, Redimidos de Jehová.» Dice alguno: «Bueno, a vosotros os llaman cualquier cosa menos eso; en lugar de ser llamados un pueblo santo, los sacerdotes y todos los demás os presentan como un pueblo muy injusto.» Muy bien, el Señor, a Su debido tiempo, os permitirá distinguir entre los justos y los impíos. «Y los llamarán Pueblo Santo, Redimidos de Jehová; y serás llamada Ciudad Buscada, no desamparada.» ¡Qué diferente de la antigua Jerusalén! ¿Fue aquella una ciudad buscada? No; Jerusalén fue edificada mucho antes de que Israel saliera de Egipto y ya estaba allí, lista para que ellos la poseyeran cuando entraron en la Tierra Santa. ¿Fue Jerusalén alguna vez abandonada? Sí, abandonada durante muchas generaciones. Pero no así Sión, que habría de subir a las montañas; ellos buscarían un lugar de establecimiento, tanto que la ciudad sería llamada «Buscada»; y en lugar de ser abandonados, como muchos suponen que sucederá con los «mormones», el Señor Dios los protegerá. Según las palabras de Daniel, el reino no será destruido ni será entregado a otro pueblo, sino que permanecerá para siempre. Todas estas características se están cumpliendo.
¿Pensaríais que la casa de Jacob, las diez tribus de Israel, pueden ser reunidas de los cuatro extremos de la tierra y devueltas a su propia tierra sin que se levante este estandarte? No. Leed el capítulo 11 de Isaías. Allí dice: «Levantaré pendón a las naciones, reuniré a los desterrados de Israel y juntaré a los esparcidos de Judá de los cuatro confines de la tierra.» Hasta que el Señor Dios envíe esta proclamación a todos los habitantes del mundo y moradores de la tierra, en vano esperaremos la redención de los desterrados de Israel y de los dispersos de Judá. Israel, las diez tribus llamadas los desterrados, nunca regresará; los judíos dispersos nunca serán restaurados hasta que se levante tal estandarte. Isaías, en el capítulo 5, habla de ese estandarte: «Levantaré una bandera para las naciones desde lejos.» ¿Por qué no levantarla en Jerusalén, Isaías? ¿Por qué no levantarla en Palestina? ¿Por qué no comenzar la obra en Asia? Dice Isaías: «Levantaré una bandera para las naciones desde lejos.» ¿Qué tan lejos? Muy lejos, hasta los confines de la tierra, desde donde Isaías se encontraba entonces.
Después de que este estandarte sea levantado, habla de cuán rápidamente vendrá el pueblo: «Vendrán veloces y apresuradamente.» ¿Fue así como vinisteis vosotros, Santos de los Últimos Días? Cuando cruzasteis el océano, ¿cómo vinisteis? En barcos de vapor. Y cuando cruzasteis los Estados Unidos hasta Omaha, ¿cómo vinisteis? En trenes de vapor. Y cuando atravesasteis estas llanuras desérticas cubiertas de artemisa, ¿cómo vinisteis? Con rapidez, atravesando gran parte del desierto, exactamente como Isaías dijo en su capítulo 5.
Muchas personas pensaron que cuando llegara el ferrocarril, el «mormonismo» desaparecería. Pero tal suposición demuestra su ignorancia. ¡Por qué, benditos seáis!, este pueblo, en el año 1847, cuando los pioneros cruzaron estas llanuras sin ningún camino que los guiara, ya esperaba esta gran calzada. Sí, recuerdo que casi todos los días, cuando podía obtener una observación del sol (pues teníamos dos sextantes, horizontes artificiales, barómetros de montaña y un círculo de reflexión), tomábamos las latitudes y longitudes de todos los lugares prominentes mientras cruzábamos este gran desierto. Y no satisfechos con obtener la latitud y la longitud, utilizábamos nuestros barómetros de montaña y termómetros acoplados y desacoplados para medir la altitud sobre el nivel del mar de todos los lugares importantes de la ruta de esta gran calzada que habría de ser levantada para nosotros en medio del desierto. Así, este pueblo fue el primero en hablar de esta gran calzada, y nunca la perdimos de vista. Presentamos una petición al Congreso para su construcción hace veinticinco años; nuestra Legislatura, conociendo los deseos del pueblo, envió nuestra solicitud a la Legislatura Nacional y les pidió que construyeran esta gran vía a través del país. Nuestras peticiones fueron ignoradas durante algún tiempo; pero, finalmente, cuando llegó el momento señalado, el Señor impulsó al Congreso y a los grandes hombres y capitalistas de la nación a emprender la construcción de esta calzada. ¿Acaso no nos regocijamos y dimos gracias al Señor nuestro Dios por cumplir aquello que habíamos esperado y por lo que habíamos orado tan diligentemente? Ciertamente lo hicimos.
Podríamos continuar nuestras observaciones, pues hay muchas cosas relacionadas con esta gran obra preparatoria que, si el tiempo lo permitiera, estaríamos complacidos de presentar al pueblo. Citaré uno o dos pasajes más en relación con el recogimiento. Pablo vio este recogimiento y lo llamó una nueva dispensación que habría de venir después de sus días. Dice que en la dispensación del cumplimiento de los tiempos Dios reuniría en uno todas las cosas en Cristo, tanto las que están en los cielos como las que están en la tierra. La dispensación del cumplimiento de los tiempos, por tanto, habría de caracterizarse por el recogimiento de todos los que están en Cristo. Todos los justos muertos que están en el cielo, cuyos cuerpos duermen en la tumba, junto con todos los cristianos que están sobre la tierra, serán reunidos en uno en esa dispensación. Así se cumplirá otra profecía del capítulo 43 de Isaías, donde el Señor dice: «Diré al norte: Da acá; y al sur: No detengas; trae de lejos a mis hijos y a mis hijas de los confines de la tierra; a todos los llamados de mi nombre.» ¿Quedará algún cristiano atrás? Ni uno solo. Id y buscad un cristiano en Nueva York, Filadelfia, en todos los estados orientales, en los estados centrales y del sur, y luego por toda Europa, después de que esta profecía se haya cumplido, y no encontraréis ninguno. ¿Por qué? Porque todos habrán sido reunidos en uno. ¿Cómo? Por nueva revelación. El Señor dice: «Diré al norte: Da acá.» El Señor va a hablar; el Señor va a pronunciar Su palabra: «Diré al sur: No detengas. Diré: Venid, hijos e hijas mías, desde los confines de la tierra, todos los que son llamados por mi nombre.» ¡Qué terrible condición tendrá el mundo cuando no quede entre ellos un solo cristiano! Amén.


























