Respuestas a Preguntas del Evangelio Volumen 3

37
Autenticidad de las Epístolas
Pastorales de Pablo


Pregunta: “Aunque no soy miembro de la misma iglesia que ustedes, he llegado a buscar las contribuciones inspiradas de los miembros de su fe cuando necesito inspiración.

“La clase bíblica para hombres metodistas de la cual soy miembro ha estado estudiando con bastante intensidad el Nuevo Testamento, incluyendo los antecedentes históricos desarrollados por el maestro. Mi problema para su consideración es la afirmación de que las epístolas pastorales, I y II Timoteo y Tito, no fueron realmente escritas por Pablo. Más bien, serían escritos producidos en una época posterior y atribuidos a Pablo para conferirles autoridad apostólica. Algunas de las razones que se dan son: 1. La referencia a los obispos, título que entró en uso después de la muerte de Pablo; 2. I Timoteo 4:12: “Ninguno tenga en poco tu juventud…”. Se nos dice que Timoteo no era un “joven” en el momento en que supuestamente se escribió esta carta, lo que constituiría un error del verdadero autor; 3. Pablo nunca se dedicó a escribir acerca de la “organización”; por lo tanto, este manual de procedimientos y organización está fuera del carácter de Pablo y, por consiguiente, no sería obra suya. ¿Qué respuestas pueden ofrecerse para refutar estos puntos de vista de los llamados “críticos superiores”?”

Respuesta: Esta es una respuesta a sus preguntas relativas a Pablo y a la autenticidad de las epístolas de Pablo a Timoteo, epístolas cuya autenticidad ha sido puesta en duda por algunos críticos.

Para comenzar, permítame decir que los esfuerzos de los llamados “críticos superiores” han fracasado completamente. La investigación moderna, basada en parte en los descubrimientos de los doctores B. P. Grenfell y Arthur S. Hunt, ha demolido por completo las afirmaciones de estos críticos de las Escrituras. Además, contamos con las investigaciones realizadas por Flinders Petrie, Agnes Smith Lewis, Adolph Deissmann y una veintena de otros especialistas competentes para hablar sobre el tema.

Uno de los arqueólogos considerados entre los más grandes en ese campo, el Dr. Edouard Naville, al hablar de la “crítica superior”, dijo:

Se toma un libro de las Escrituras, se hace de él un minucioso análisis filológico, a menudo con gran erudición, pero este análisis conduce necesariamente al descubrimiento de aparentes inconsistencias, desconexiones y repeticiones, las cuales han sido interpretadas como evidencia de la participación de diferentes escritores. Todo el proceso ha consistido en una desintegración de los libros, resultando en la creación de un gran número de autores para cuya existencia no puede presentarse prueba histórica alguna.

Y añadió:

La verdad se alcanzará mejor mediante la concordancia y la ayuda mutua de la evidencia literaria y arqueológica. Considerando solamente lo que está dentro de los límites de este libro —el Nuevo Testamento— los descubrimientos recientes nos obligan, como hemos dicho, a situar nuevamente a los autores de sus diferentes partes en la época en que se dice que vivieron y entre los lectores u oyentes a quienes hablaron. Esto parece al presente escritor la mejor respuesta a la crítica radical y la manera más convincente de demostrar cuán insuficientes y a menudo engañosos son sus resultados, que generalmente se presentan como si estuvieran por encima de toda discusión.

Si colocamos lado a lado los evangelios, las epístolas de Pablo y los escritos descubiertos del primer siglo, encontraremos en ellos “como si fueran un nuevo comentario autógrafo”, la explicación de muchas expresiones que demuestran que “los escritos del Nuevo Testamento no eran tratados teológicos, sino que fueron compuestos en su mayor parte en el lenguaje no técnico y bastante descuidado de la calle y del hogar”. Este estudio comparativo llevó al Dr. Milligan a declarar que “a la luz de toda la nueva evidencia proporcionada por los descubrimientos recientes, es seguro concluir que, con la probable excepción de II Pedro, todos nuestros escritos del Nuevo Testamento pueden ahora situarse dentro del primer siglo”, aunque la colección llamada Nuevo Testamento pueda ser de fecha mucho más tardía.

Esto contribuye en gran medida a refutar muchas de las teorías críticas que atribuyen partes de libros como el Evangelio de Juan a una época posterior, dividiéndolo entre varios autores, algunos de ellos completamente desconocidos y meras creaciones literarias. (Cobern, Camden M., The New Archeological Discoveries, Introducción, págs. xxii–xxiii.)

EL TÍTULO DE “OBISPO” ERA CONOCIDO EN LOS DÍAS DE PABLO

Su crítico objeta el uso del título obispo, afirmando que “no entró en uso hasta después de la muerte de Pablo”. Evidentemente desconoce el hecho, señalado por el Dr. Camden M. Cobern, de que el título obispo ya estaba en uso en tiempos de Pablo. No solo eso, sino que decenas de otras palabras que los “críticos” afirmaban que pertenecían a una época posterior estaban en uso corriente en los días de Pablo. En los numerosos manuscritos descubiertos por Grenfell y Hunt, se han encontrado miles de cartas y documentos fechados desde el siglo anterior a Cristo y durante el primer siglo, que contienen palabras que los “críticos” decían que no existían en aquella época, demostrando que eran de uso común en el lenguaje cotidiano antes y durante el ministerio de Pablo.

Cito de este destacado erudito y arqueólogo:

Fue Deissmann quien enseñó la revolucionaria verdad de que los evangelios eran un “libro del pueblo”, escrito en el dialecto de las clases medias, en el lenguaje cotidiano del hogar y del taller; escrito en un estilo que ningún hombre de letras de aquella época se habría permitido usar, pero que sí llegaba a las masas. Un examen de los papiros escritos contemporáneamente al Nuevo Testamento demostró, según Deissmann, que los libros del Nuevo Testamento, con la posible excepción de dos o tres, fueron escritos para trabajadores en el idioma del trabajador, utilizando libremente los autores bíblicos los coloquialismos e incluso los solecismos de la plaza pública.

Esta era una teoría que al principio parecía demasiado buena para ser cierta. Significaba que Wycliffe hizo para Inglaterra solamente lo que Mateo y Marcos hicieron para el mundo romano. El cristianismo, desde sus comienzos, habló el idioma del campesino. Su gramática irregular, su ortografía mezclada y su peculiar sintaxis, sobre las cuales se han construido tantos castillos teológicos en el aire, tienen paralelos exactos en las cartas y otros documentos familiares del primer siglo. El griego común se hablaba en todo el Imperio Romano, y aun nuestros primeros títulos eclesiásticos, tales como “obispo”, “presbítero”, “diácono”, etc., eran nombres bien conocidos utilizados en asociaciones gremiales y otras corporaciones, tanto religiosas como civiles, de aquella época. (Cursivas añadidas.)

Esta afirmación, que al principio parecía completamente increíble, ha obtenido en menos de veinte años la adhesión de casi todos los grandes eruditos contemporáneos del griego y ha provocado la reescritura del léxico y de la gramática del Nuevo Testamento. (Ibíd., pág. 31.)

“Ninguno tenga en poco tu juventud…” Pablo sabía perfectamente de lo que hablaba. Timoteo era un hombre joven, y Pablo se dirigió a él de esa manera.

LAS RAMAS REQUERÍAN ORGANIZACIÓN

¡Qué insensato es decir que Pablo actuó fuera de lugar al hablar de organización! ¿Acaso no tenían una organización en sus días? ¿No organizó él ramas de la Iglesia por toda Asia Menor, Grecia y otros lugares? Si una rama o iglesia no es una organización, entonces, por favor, ¿qué es?

He aquí algunas citas más del magnífico libro del Dr. Cobern:

Del estudio de la gramática del griego común (Koine) resulta perfectamente claro que muchos de los supuestos errores y solecismos de los escritores del Nuevo Testamento, así como sus supuestos errores de transcripción, son simplemente formas gramaticales comunes entre las clases medias del primer siglo. Este es uno de los descubrimientos más importantes que se han realizado. Los dos géneros encontrados en una misma palabra en Apocalipsis 14:19 también se encuentran con la misma palabra en los papiros. (Ibíd., págs. 110–111.)

La exactitud y antigüedad de los documentos del Nuevo Testamento quedan así confirmadas de manera notable por los nuevos descubrimientos; porque, aunque los grandes manuscritos unciales del Nuevo Testamento de los siglos IV y posteriores fueron modificados ligeramente en vocabulario y modismos gramaticales para ajustarse a las costumbres de esos siglos, aun así conservan las formas antiguas y peculiares del primer siglo y principios del segundo en tal medida que su origen ya no puede ponerse en duda. Ya no es necesario recurrir a un “redactor” para explicar las diferentes grafías y cambios ortográficos, y en todos los aspectos estos estudios modernos han aumentado la autoridad de los grandes manuscritos unciales del Nuevo Testamento. (Ibíd., págs. 111–112.)

Una de las evidencias más destacadas de que Pablo escribió las epístolas a Timoteo es el hecho de que sus declaraciones proféticas en I Timoteo 4:1–3 y II Timoteo 3:1–7 se han cumplido literalmente.

Pablo no podría haber escrito estas profecías con mayor exactitud aunque las hubiera escrito en el presente siglo.

Existen varios libros que tratan sobre la obra y el contexto histórico de Pablo. Quizás no sean exactos en todos los detalles. Mencionaré Saint Paul, de Emile Baumann, y The Life and Works of St. Paul, del canónigo F. W. Farrar, publicado por E. P. Dutton & Company.

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