Venga Tu reino: la guía de Dios y la libertad de conciencia
Dios ha restaurado Su Iglesia y el sacerdocio para preparar a un pueblo que haga Su voluntad, respete la libertad religiosa y permanezca fiel a Sus leyes.
La amplitud del Padrenuestro—El dominio y el gobierno de Dios—La manifestación del Padre y del Hijo a José Smith y el otorgamiento del sacerdocio a él—El desarrollo de leyes y principios teocráticos—El propósito del recogimiento—La libertad religiosa—Nuestras relaciones con el Gobierno general
por el presidente John Taylor, en el Salón de Asambleas de Salt Lake, durante la conferencia trimestral, el domingo 4 de enero de 1880 por la tarde.
Volumen 21, discurso 9, páginas 61-71
Me han complacido e interesado mucho los actos de esta conferencia y las enseñanzas que hemos recibido de quienes nos han dirigido la palabra, y encuentro gran placer en desempeñar mi parte en estas actividades en las que ahora estamos participando. Parece que este edificio nos queda algo pequeño por el momento; no sé si podamos estirarlo, de modo que nos conformaremos con las cosas tal como están. Sin embargo, solo en ocasiones extraordinarias tendremos aquí tanta gente como hoy. Dentro de algún tiempo habrán cesado las tormentas y pasado el invierno, y tenemos cerca un edificio más grande al que podemos acudir. No obstante, estoy muy complacido con los esfuerzos que se han hecho hasta ahora para preparar este edificio; es cierto que está sin terminar para la reunión de los santos en esta conferencia, pero supongo que será muy grato para el sacerdocio y para todos los que se han congregado en esta ocasión poseer el privilegio del que ahora disfrutamos.
Al escuchar las palabras de algunos de mis hermanos, han pasado por mi mente algunos pensamientos. Me complació mucho escuchar esta mañana las palabras del hermano Pratt y de los hermanos que lo siguieron, particularmente en cuanto al tema que parecía ocupar sus pensamientos, es decir, la observancia de la Palabra de Sabiduría; y aunque, al igual que el hermano Pratt, tendría que reconocer que no siempre la he cumplido, sostengo de todo corazón y acepto todo principio que Dios ha revelado para la salvación temporal o espiritual de Su pueblo. Hubo algunas observaciones relacionadas con lo que dijeron algunos de los hermanos que también me hicieron reflexionar, a saber, que nuestra religión no consiste simplemente en un principio, sino en muchos, de acuerdo con lo que se dijo en la antigüedad: “No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Pero ninguno de nosotros está justificado en repudiar o pasar por alto uno solo de esos principios que Dios nos ha dado; y si hemos sido negligentes en estas u otras cuestiones, lo que corresponde es corregirnos, comenzar de nuevo o, al menos, si se nos han soltado algunos puntos, como a veces dicen las hermanas cuando tejen, recogerlos otra vez y poner las cosas en su debido lugar, para que podamos, no solo en eso, sino en todo lo demás, honrar a nuestro Dios con toda sinceridad, fidelidad e integridad; para que podamos presentarnos ante el Señor de una manera que siempre cuente con Su aprobación.
Necesitamos instrucción continuamente, línea por línea, precepto por precepto, un poco aquí y un poco allí. Por eso tenemos nuestras diversas organizaciones del sacerdocio, destinadas a supervisar, administrar, regular, enseñar, instruir y ocuparse de todas las ramificaciones de la vida, ya pertenezcan a este mundo o al venidero. No solo necesitamos continuamente la guía y las enseñanzas de los apóstoles, los presidentes, los obispos, los presbíteros, los maestros, los diáconos y las diversas organizaciones del sacerdocio, sino que también necesitamos acudir individualmente al Señor en busca de sabiduría que nos dirija en todos los asuntos de la vida, para que hablemos correctamente, pensemos correctamente, actuemos correctamente y cumplamos los diversos deberes que nos corresponden en todas las ocupaciones de la vida; y en nuestras oraciones, en nuestras diversas devociones como familia y como Iglesia, y en toda posición que ocupamos, necesitamos la guía y dirección del Todopoderoso. Y lo que sucede con las personas sucede también con las familias, las ramas y los grupos familiares: necesitamos acudir al Señor y obtener sabiduría de Él. Hay un hecho, y es que muchísimas personas —en realidad, apenas alguno de nosotros— saben lo que nos conviene. Podemos tener nuestras ideas al respecto, pero necesitamos continuamente la guía y dirección del Todopoderoso. Los discípulos, es decir, los apóstoles de la antigüedad, comprendían este principio y pidieron al Señor que les enseñara a orar; y en muy pocas palabras Él pronunció una de las fórmulas más amplias que jamás se hayan escrito o expresado. Dijo que, cuando oraran, dijeran: “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad en la tierra, así como se hace en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día. Y perdónanos nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, el poder y la gloria, por los siglos de los siglos. Amén”. Esa es una oración sumamente amplia. En primer lugar, se reconoce al Dios del universo, nuestro Padre que está en los cielos, el Dios y Padre de Jesucristo. ¿Y qué más? El Dios y Padre de los espíritus de toda carne. Lo reconocemos y reverenciamos como “Padre nuestro que estás en los cielos”; nos inclinamos ante Él y acudimos a Él en busca de Su guía y dirección. Santificamos y reverenciamos Su nombre. ¿Y luego qué sigue? “Venga tu reino”. ¿Qué reino? Todas esas cosas se extienden hacia principios grandes e importantes que solo pueden comprenderse mediante revelaciones del Altísimo. “Venga tu reino”. ¿Por qué? Para que “se haga tu voluntad en la tierra, así como se hace en el cielo”.
Deseo referirme un poco a algunas de estas cosas, a esas ideas y principios que se desarrollan en esta expresión, en parte, porque estas cosas solo pueden tratarse parcialmente. Hablamos mucho de la Iglesia y del reino de Dios. A veces pienso que comprendemos muy poco de cualquiera de los dos. El reino de Dios significa el gobierno de Dios. Eso significa poder, autoridad, dominio, soberanía y un pueblo al cual gobernar; pero ese principio no se cumplirá, no podrá cumplirse enteramente, hasta que, como se nos dice en las Escrituras, los reinos de este mundo lleguen a ser los reinos de nuestro Señor y de Su Cristo, y Él gobierne sobre ellos. Y cuando ante Él toda rodilla se doble y toda lengua confiese que Él es Cristo, para la gloria de Dios el Padre. Ese tiempo aún no ha llegado, pero hay ciertos principios relacionados con ello que sí han llegado, a saber, el establecimiento de ese reino; y el establecimiento de ese reino solo podía realizarse mediante aquel Ser que es el Rey y Gobernante y la cabeza de ese gobierno, comunicando primero Sus ideas, Sus principios, Sus leyes y Su gobierno al pueblo; de otro modo no sabríamos cuáles eran Sus leyes. El mundo ha sido gobernado de toda clase de maneras; hemos tenido toda especie de gobierno. A veces hemos tenido gobierno patriarcal; en otras ocasiones hemos tenido monarquías absolutas, o lo que puede llamarse gobiernos despóticos, en los cuales el poder de gobernar está en manos de una sola persona. En otras ocasiones hemos tenido monarquías limitadas, como las que existen ahora en muchos lugares sobre la faz de la tierra. En otros lugares y en diferentes épocas hemos tenido lo que se denomina gobiernos republicanos, en los cuales la voz del pueblo ha dirigido, gobernado y administrado los asuntos del pueblo. Ha habido diversas formas aparte de estas, en las cuales no deseo entrar por ahora, pero en ninguna parte hemos tenido el gobierno de Dios. Es cierto que durante un período limitado, entre un pueblo muy pequeño en tiempos antiguos, entre los judíos, profesaban estar bajo la guía de Dios durante cierto tiempo. Pero continuamente se apartaban de ella. Tenían su sacerdocio, tenían sus profetas, tenían su Urim y Tumim, y por estos medios procuraban la sabiduría y la guía de Dios con respecto a muchas de las empresas importantes que emprendían. La ley dada por Moisés fue una de esas cosas que emanaron de Dios. Moisés recibió del Señor los Diez Mandamientos escritos en tablas de piedra —escritos por el dedo de Dios—, y este pueblo, que entonces era comparativamente muy pequeño, recibió los mandamientos de Dios y profesó, al menos, regirse por ellos. El Señor les daba mandamientos y estos se proclamaban al pueblo; y cuando se proclamaban, era costumbre que todo el pueblo dijera: “Amén. Estas leyes observaremos y cumpliremos”. Pero esto sucedía entre un pueblo muy reducido. Muy pronto desearon tener un rey que los gobernara, pero la idea que entonces se consideraba correcta entre ellos era: “El Señor es nuestro rey, el Señor es nuestro juez, el Señor es nuestro legislador, y Él gobernará sobre nosotros”. Vemos el sentimiento que tenían y albergaban como pueblo, pero se apartaron de él y buscaron un rey, y fueron desviados de los principios correctos, conducidos a la insensatez, a las tinieblas y a la ignorancia, hasta que fueron esparcidos a los cuatro vientos del cielo.
Todos los santos profetas, desde el principio del mundo, han hablado de un tiempo en que Dios gobernaría a Su pueblo; y los judíos, cuando vino el Mesías, esperaban que hubiera venido a reinar sobre Israel como rey temporal, que fuera a tomar posesión de Su reino, a derribar todos los demás reinos, imperios, dinastías y poderes, y a declararse Rey de Israel y del mundo. Pero no comprendían muchas cosas relacionadas con ello, y tampoco las comprenden ahora; ni las comprende el mundo, y nosotros mismos entendemos muy poco acerca de ellas. Pero las Escrituras dicen que “hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido”. Ahora bien, si los reinos de este mundo aún no han llegado a ser los reinos de nuestro Dios y de Su Cristo, llegarán a serlo; y es necesario que esto tenga un comienzo, como lo tiene cualquier otra cosa. Este es un asunto que han esperado profetas y apóstoles, patriarcas y hombres de Dios en las diversas dispensaciones del tiempo. Se llama “la dispensación del cumplimiento de los tiempos”, cuando Dios reunirá todas las cosas en una, ya sean cosas de la tierra o cosas de los cielos. Ahora bien, necesariamente debe haber un punto de partida para esto, y la pregunta es: ¿Cómo ha de originarse? ¿Quién entre las naciones de la tierra sabía o comprendía algo acerca del gobierno de Dios? Nadie; en ninguna parte; ningún rey, ningún emperador, ningún potentado, ningún presidente, ningún poder sobre la faz de la tierra; ningún clérigo ni teólogo, ningún científico ni filósofo comprendía cosa alguna acerca de este asunto. Es, en verdad, el reino de Dios y, por ser Su reino, debe originarse en Él; debe recibir de Él sus enseñanzas, sus formas, sus principios, sus leyes, sus ordenanzas y sus instituciones, y todo lo relacionado con él debe emanar de Dios; y así como era necesario que se originara en Él, también es necesario que sea sostenido y sustentado por Él, y que quienes obren en este reino sean guiados por el mismo Espíritu del cual oyeron hablar al hermano Pratt esta mañana. También se hizo necesario establecer un medio por el cual el hombre pudiera entrar en comunión con Dios, para que los hombres pudieran comprenderlo, entender Sus leyes cuando Él las diera y conocer los principios que Él había de desarrollar; porque hay un gran principio que los hombres comprenden muy poco, a saber: “Nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios”; y si solo pueden conocerlas mediante Su sabiduría, sería en vano que Dios se comunicara con un pueblo que no pudiera comprenderlo, que no tuviera capacidad para recibir esos principios que Él había de comunicar. El mismo principio se cumple en todas partes, en todos los principios con los cuales estamos familiarizados o de los cuales sabemos algo. No se puede enseñar álgebra ni aritmética a un niño hasta que haya pasado por cierto proceso de formación. No se pueden enseñar las artes y las ciencias sin la preparación necesaria para introducirlas, ni se puede instruir al pueblo en el gobierno de Dios sin que entre en comunicación con Él; y de ahí surge la Iglesia de Dios. ¿Y qué se quiere decir con eso? Una escuela, si se quiere, en la cual se enseñan ciertos principios a los hombres, en la cual podemos recibir cierto Espíritu mediante la obediencia a determinadas ordenanzas. Y nosotros, habiendo recibido este Espíritu mediante esas ordenanzas, estábamos entonces preparados para dar los pasos iniciales con respecto a otros asuntos; y así, como comienzo, el Señor se apareció a José Smith, tanto el Padre como el Hijo, y el Padre, señalando al Hijo, dijo: “Este es mi Hijo Amado, en quien me complazco. ¡Escuchadlo!”. Aquí, entonces, hubo una comunicación de los cielos dada a conocer al hombre sobre la tierra, y en ese momento él llegó a conocer un hecho que ningún otro hombre en el mundo conocía: que Dios vivía, porque lo había visto, y que Su Hijo Jesucristo vivía, porque también lo había visto. ¿Qué siguió? Entonces dice el Padre: “Este es mi Hijo Amado: ¡Escúchalo!”. No se explicaron la manera, el modo, los motivos ni los propósitos de lo que Él se proponía establecer por medio de Su Hijo; pero Él, el Hijo de Dios, el Salvador del mundo, el Redentor del hombre, fue señalado como el guía, el director, el instructor y el líder en el desarrollo de los grandes principios de ese reino y de ese gobierno que entonces comenzó a instituir. ¿Qué siguió? El siguiente paso fue que hombres que habían poseído el sacerdocio, que habían ministrado en el tiempo y en la eternidad y que poseían las llaves del sacerdocio vinieron y las confirieron a José Smith. Juan el Bautista le confirió el Sacerdocio Aarónico, y Pedro, Santiago y Juan el Sacerdocio de Melquisedec; y luego otros que habían obrado en las diversas épocas del mundo, como Moisés y Enoc, aparecieron y le confirieron la autoridad que poseían relacionada con estos asuntos. ¿Por qué? Porque era “la dispensación del cumplimiento de los tiempos”, no de un solo tiempo, sino de todos los tiempos; era el paso inicial para el desarrollo de todos los principios que alguna vez hubieran existido o que existieran en lo futuro, pertenecientes a este mundo o al venidero. ¿Qué siguió? Se le mandó apartar a otros hombres y bautizar a los que creyeran, que tuvieran fe en Dios y en Su reino, y en Sus revelaciones y en Su gobierno. Después de recibir estos principios, se les mandó bautizar a quienes creyeran en el Señor Jesucristo y se arrepintieran de sus pecados; debían ser bautizados para la remisión de sus pecados y recibir la imposición de manos para recibir el Espíritu Santo. ¿Y entonces? Se organizó un sacerdocio: una Primera Presidencia, los Doce, un sumo consejo, patriarcas, cuórums de sumos sacerdotes, setentas, élderes, obispos, presbíteros, maestros y diáconos, para llevar a cabo los propósitos de Dios e instruir a los hombres en las leyes que pertenecen a Su reino, sí, las leyes de la vida. Se enviaron hombres en el nombre de Dios para predicar los principios de verdad que habían sido revelados, y muchísimos creyeron, fueron bautizados e ingresaron en la Iglesia de Dios; y podemos decir que dieron los pasos iniciales o preparatorios necesarios para el establecimiento del reino de Dios. Entonces recibieron el Espíritu de Dios, lo cual no es una “fábula artificiosa”; no se originó en el hombre, sino que fue el don de Dios al hombre. A los élderes, por ejemplo, se les mandó salir y exhortar a los hombres a arrepentirse y a ser bautizados, y debían imponerles las manos para que recibieran el Espíritu Santo. ¿Y qué había de hacer este? Tomar de las cosas de Dios y mostrarlas al pueblo. Esta es una de las mayores manifestaciones de poder que jamás hayan existido entre los hombres. Ustedes, élderes, cientos de ustedes que ahora me escuchan, han salido a predicar este Evangelio. Han exhortado a los hombres a creer en el Señor Jesucristo, y lo han hecho. Han exhortado a los hombres a arrepentirse, y lo han hecho. Les han dicho que se bauticen y los han bautizado. Luego han impuesto las manos sobre sus cabezas y han dicho: “Recibid el Espíritu Santo”, y lo han recibido. Y ustedes saben, y esta congregación sabe, que lo que digo es verdad, y que fue por ese principio, mediante la obediencia a la ley de Dios que Él había dado a conocer en Su Evangelio. ¿Para qué? Para preparar a los hombres para entrar en comunión con Dios. Para prepararlos para ser miembros no solo de Su Iglesia, sino también de Su reino, y para prepararlos para participar en este gran acontecimiento que había de tener lugar en los últimos días. Ahora bien, estos son hechos que ni ustedes ni nadie más pueden refutar. Saben que estas cosas son verdaderas. ¿Qué demuestra esto? Que es el reino de Dios; Él lo ha establecido y, como se dijo en tiempos antiguos: “Vosotros sois mis testigos”, así como lo es el Espíritu Santo que da testimonio de nosotros. Ahora bien, ¿podrían haber recibido esto sin la intervención del Todopoderoso y de Su Hijo Jesucristo? No, no podrían. ¿Podrían haberlo recibido sin la restauración de las llaves del sacerdocio, que algunos hombres aparentan despreciar tanto? No, no podrían. Así podemos seguir el orden de estas instituciones tal como existían en la mente de Dios y tal como fueron manifestadas entre los hombres. ¿Tienen debilidades esos élderes que efectúan estas ceremonias? Sí, así como el élder Pratt y yo tenemos nuestras debilidades. ¿Tienen flaquezas? Sí. ¿Fue un rico tesoro lo que se nos confirió? Sí, pero lo recibimos en vasos de barro, rodeados de las flaquezas del hombre. Sin embargo, Dios conocía esas flaquezas; estaba al tanto de todas nuestras debilidades. No obstante, nos confirió este sacerdocio, este poder y esta autoridad, y cuando salimos en Su nombre y por Su autoridad, Dios ratificó nuestros actos. ¿Está Dios con nosotros mientras suceden estas cosas? Creo que sí. ¿Qué piensan ustedes al respecto? Es un principio claro, sencillo y demostrable.
Pues bien, ¿qué siguió? Entonces comenzamos a congregarnos. ¿Y por qué nos congregamos? Algunos de nosotros apenas podemos decir por qué, y a menudo me sorprendo cuando leo cartas que nos suplican ayuda con respecto a este asunto. Recibo cartas una y otra vez rogando que se encuentre algún medio para que los santos sean liberados y congregados en Sion, y puedan vivir con los santos de Dios. ¿Cuál es la razón? ¿Por qué quieren congregarse? Porque había un espíritu y una influencia relacionados con esta Iglesia y este reino que los guiaban e impulsaban a hacerlo, y ustedes que me escuchan han sentido esa influencia; sintieron el deseo de congregarse y vinieron, y quienes ahora no están aquí sienten un deseo de congregarse tan fuerte como el que ustedes sintieron. Y cuando se han congregado, muchos de ustedes piensan que es una Sion bastante curiosa, ¿verdad? Lo es; porque, aunque la red recoge a los buenos, también trae de toda clase, buenos y malos. Tenemos algunos peces muy buenos y otros muy malos, y algunos que son una especie de mezcla de ambos, y algunos se sienten inclinados a decir: “Buen Señor y buen diablo”, porque no saben en manos de quién pueden caer. No obstante, este es el orden, y supongo que el trigo y la cizaña tienen que crecer juntos hasta que llegue la siega, y esta aún no ha llegado del todo; por eso nos estamos dando empujones unos a otros, y algunos apenas sabemos si somos nosotros o si es otra persona. Nos rodean dificultades y pruebas, y nos asombramos. Pero estamos aquí, y estamos aquí conforme al mandamiento de Dios y según la acción del Espíritu de Dios que descansa sobre nosotros, que descansó sobre nosotros y nos condujo aquí; e iba a decir que estamos aquí porque no pudimos evitarlo.
Pues bien, ¿qué sigue? ¿Quiénes somos y qué somos cuando estamos aquí? Algunos son buenos Santos de los Últimos Días y algunos, como he dicho, son mitad y mitad; unos son una cosa y otros otra. Pero ¿cuál es nuestra posición como Iglesia en comparación con la de otras personas? Creemos en Dios. Creemos en el Señor Jesucristo. Creemos en la virtud, la pureza, la santidad, la integridad y la honradez. Creemos en ser buenos ciudadanos y buenos santos. Creemos en guardar los mandamientos de Dios y llevar a cabo Sus propósitos. Creemos en extender el Evangelio hasta los extremos de la tierra. Creemos en congregar a los sinceros de corazón. Creemos en construir templos y oficiar en ellos por los vivos y por los muertos, y creemos en actuar como salvadores en el monte Sion conforme a la palabra del Señor. Todas estas cosas y muchísimas más son principios fundamentales en los que nosotros, como santos, profesamos creer. Pues bien, tenemos derecho a hacerlo, aunque haya otros que no crean en esas cosas. Ellos tienen tanto derecho a no creer en nuestros principios como nosotros a creer en ellos. Y a veces nos sentimos enojados y disgustados con otros porque no creen como nosotros. Pues bien, nosotros no creemos como ellos. Algunos piensan que somos muy insensatos, muy exaltados, muy supersticiosos y muy inicuos. Quienes nos conocen no piensan que seamos tan malos después de todo. Tenemos nuestras debilidades e imperfecciones, pero somos tan buenos como los demás y un poco mejores; y deberíamos serlo, porque es mucho lo que profesamos. Pero ellos piensan esas cosas de nosotros. Piensan que estamos engañados. Ahora bien, la única diferencia entre nosotros y ellos es que nosotros sabemos que son supersticiosos y corruptos, y que violan las leyes en las que profesan creer y los principios por los cuales profesan regirse y guiarse. Pero no tenemos derecho a esperar que todos se sometan a nuestras doctrinas, a nuestros puntos de vista y a nuestros principios; es una cuestión de libre voluntad para ellos y, como dije, tienen tanto derecho como nosotros a creer como les parezca apropiado y a adorar como escojan. Estos son principios verdaderamente correctos. Pero ¿intentan impedirnos adorar conforme a nuestras creencias? Ahora bien, eso es… ¿cómo lo llamaré? Una doctrina de demonios; no procede de Dios, pues Él es más liberal y generoso en Sus sentimientos que eso. Él no controla la conciencia de los hombres ni los obliga a obedecer Sus mandatos; es una cuestión de gracia libremente otorgada, una cuestión de libre voluntad. Pues bien, aunque ellos piensan que tienen derecho a interferir con nosotros, nosotros no pensamos que tengamos derecho a interferir con ellos. Y no creo que lo hagamos. Hay varias instituciones aquí en esta ciudad: católicos, episcopales, presbiterianos, metodistas, bautistas, etc., y no sé cuántas más; un buen número de ellas. Si piensan que tienen razón, estoy muy dispuesto a que así lo piensen. No deseo interferir con ellos. ¿Quién interfiere con la construcción de sus centros de reuniones? ¿Quién interfiere con su adoración? Si hay algo de esta clase, no lo sé; espero no enterarme de ello; espero no oír jamás de tales cosas. Creo que todos los hombres tienen el privilegio de adorar a Dios conforme a los dictados de su propia conciencia, y pienso que nosotros poseemos exactamente el mismo derecho; y cuando se apartan de este principio y desean restringir nuestros derechos, están violando el espíritu y la esencia de las instituciones de nuestro país común, y también los del reino de los cielos con el cual estamos vinculados. También están violando los buenos sentimientos que deberían existir entre hombre y hombre, entre hermano y hermano, y están interfiriendo en cosas que de ninguna manera les competen.
Ahora bien, esta es la base sobre la cual nos sostenemos en lo religioso. Si yo puedo encontrar una manera y ustedes pueden encontrar una manera de acercarnos a nuestro Dios y tenerlo como nuestro guía, maestro e instructor, aunque ellos no puedan hacerlo, no les incumbe lo que nosotros hagamos. No tienen nada que ver con ello, no les incumbe de ninguna manera, y cualquier interferencia es una intromisión en los derechos legítimos y en los principios inherentes que pertenecen a la humanidad.
Pues bien, mientras ellos se mantengan en su posición y nosotros en la nuestra, pueden ser metodistas, pueden ser presbiterianos; está bien. Pueden organizar sus reuniones de avivamiento y pensar que están haciendo mucho bien; está bien; y mientras enseñen buenos principios morales y no se aparten de la verdad, está bien. Mientras obedezcan las leyes del país, está bien; nosotros no tenemos nada que ver con ellos. ¿Tienen ustedes? ¿Tiene la ciudad? ¿Tiene el Territorio? No.
Pues bien, iremos un poco más allá. Al estar aquí, llegamos a ser parte integrante del Gobierno de los Estados Unidos, como Territorio. Muy bien. Aquí hay otra cosa de la que estamos hablando. ¿Es ese el gobierno de Dios? No exactamente, pero es el gobierno bajo el cual vivimos, y si nos tratan correctamente y nos muestran alguna bondad, lo apreciamos. Si nos tratan mal, pensamos que no es conforme a principios correctos. Creemos que, como ciudadanos estadounidenses, deberíamos recibir todos los privilegios en igualdad de condiciones con las demás personas; creemos que se nos debería permitir adorar a Dios conforme a los dictados de nuestra conciencia y que se nos debería proteger en nuestra adoración. Hasta ahí, entonces, como he dicho antes, estamos en igualdad de condiciones. Ahora bien, estamos en el mismo terreno con respecto a las circunstancias políticas. Estamos bajo los Estados Unidos, pero los Estados Unidos no son el reino de Dios. No profesan estar bajo Su dominio, ni bajo Su gobierno, ni bajo Su autoridad. Sin embargo, se espera que, como ciudadanos de los Estados Unidos, guardemos las leyes de los Estados Unidos y, por tanto, somos, como dije antes, parte integrante del Gobierno. Muy bien, ¿qué se espera de nosotros? Que observemos sus leyes, que nos ajustemos a sus prácticas, que nos rijamos por principios buenos y sanos, que defendamos las leyes en su integridad y que sostengamos al Gobierno; y debemos hacerlo. Pero hay aquí un principio del cual deseo hablar. Dios dirige en gran medida los asuntos de las naciones de la tierra, sus reinos, sus gobiernos, sus gobernantes y quienes ejercen dominio. Levanta a uno y derriba a otro conforme a Su voluntad. Esa es una doctrina antigua, pero es verdadera hoy. ¿Tenemos gobernadores? ¿Tenemos un presidente de los Estados Unidos? ¿Tenemos hombres investidos de autoridad? Sí. ¿Es correcto difamar su carácter? No, no lo es. ¿Es correcto que nos opongamos a ellos? No, no lo es. ¿Es correcto que ellos nos difamen? No, no lo es. ¿Es correcto que nos opriman de alguna manera? No, no lo es. Debemos orar por estas personas, por quienes están investidos de autoridad, para que sean guiados por el camino correcto, para que sean preservados del mal, para que administren el gobierno con rectitud y para que sigan un curso que reciba la aprobación de los cielos. Pues bien, ¿qué más? Entonces debemos orar por nosotros mismos para que, cuando se introduzcan planes, maquinaciones u oposición a la ley de Dios, a la Iglesia y al reino de Dios o a Su pueblo, y siempre que se procure hacernos víctimas de la tiranía y de la opresión, la mano de Dios esté sobre nosotros y sobre ellos para paralizar sus actos y protegernos, porque, como está escrito, la ira del hombre lo alabará, y Él refrenará el resto de la ira.
Ahora bien, nosotros, aquí en Utah, estamos bajo el Gobierno de los Estados Unidos; somos una porción muy pequeña de él. Es cierto que tenemos nuestros legisladores, nuestros jueces de sucesiones, nuestros alguaciles, agentes del orden, etc.; tenemos nuestras cartas constitutivas municipales, etc., etc., y ciertas inmunidades y privilegios de esta clase. Pues bien, ¿nos regiremos por ellos? Sí. ¿Obedeceremos la ley? Sí. ¿Debo yo, como ciudadano de esta ciudad, obedecer las leyes de esta ciudad? Sí. ¿Debo causar problemas o hablar mal del alcalde, del concejo municipal o de cualquiera de los administradores de la ley? No; debo orar por ellos para que dirijan correctamente, administren justicia con equidad y actúen por el bienestar y los intereses de la comunidad donde viven y a la cual sirven. ¿Soy ciudadano de los Estados Unidos? Sí, y debo sentir lo mismo hacia ellos.
Ahora bien, aquí surgen algunos puntos importantes. Como he dicho, somos una porción muy pequeña de este gobierno. ¿Deseamos derrocar al Gobierno? Creo que no. Creo que no lo deseamos. ¿Deseamos causarles problemas? No que yo sepa. Sé que se nos acusa de eso, pero no es verdad. Esas declaraciones no son correctas. Nuestra religión, sin embargo, difiere de la religión de muchos otros y, como he dicho antes, aunque ellos buscan libertad para adorar a Dios como les plazca, no quieren que nosotros poseamos los mismos privilegios. No hay nada nuevo en esto; pero, por esta causa, ¿tienen derecho a interferir con las instituciones de las cuales hemos llegado a ser parte? ¿No juran nuestros legisladores, nuestros gobernadores y todos los hombres que ocupan cargos aquí lealtad no solo al Territorio, sino también a los Estados Unidos, y declaran que sostendrán su Constitución, sus leyes y sus instituciones? Así lo hacen. Esa es la posición que ocupamos. Pero en algunas cosas nos encontramos en una situación peculiar. Ellos —iba a decir que en su sabiduría, pero diré que en su insensatez, y espero que me disculpen, porque así lo considero— han promulgado ciertas leyes con las que intentan interferir en nuestra manera de proceder en asuntos religiosos. Pues bien, no podemos evitarlo. Les dije hace un momento —ustedes me creen, esta congregación me cree, con muy pocas excepciones— que Dios había establecido e instituido esta Iglesia, que Él fue su fundador, que emanó de Él; las doctrinas, las ordenanzas, los principios, el gobierno, el sacerdocio, la autoridad y todo lo que le pertenece emanaron de Él; nosotros no tuvimos nada que ver con ello. José Smith no tuvo nada que ver con ello, sino como un instrumento pasivo en las manos del Señor. Brigham Young no tuvo nada que ver con ello, sino actuando en esa calidad. Yo no tengo nada que ver con ello, ni mis hermanos de los Doce. Dios lo reveló. No puedo evitarlo. ¿Pueden ustedes? ¿Puede alguien? Ahora bien, este pueblo ha sido recibido en esta Iglesia de la manera de la que he hablado y ha recibido verdaderamente comunicación de Dios mediante la imposición de manos, ha recibido el Espíritu Santo y tiene en su interior una esperanza que florece con inmortalidad y vidas eternas, y posee una esperanza que penetra hasta dentro del velo, adonde Cristo ha ido. ¿Pueden arrancar eso de la mente de este pueblo? No; ningún poder sobre la tierra, ningún poder en el cielo, ni todas las naciones de la tierra unidas pueden hacerlo; Dios lo plantó allí, el hombre no puede quitarlo, y los hombres son insensatos al intentarlo. Muy bien. Pero sí procuran interferir con nosotros bajo el pretexto de que aquí somos muy inicuos. Pues bien, a veces basta para hacer reír a una persona cuando pensamos en estas cosas, y basta para entristecernos cuando conocemos la hipocresía, la lascivia, el crimen, el asesinato y el derramamiento de sangre que prevalecen en esta nación y en otras naciones, y los oímos hablarnos de nuestra moralidad. Sabemos, cuando hablan de esa manera, que son hipócritas. Sabemos que saben que no es así cuando cuentan estas cosas al mundo.
Ahora bien, los Estados Unidos promulgan una ley que establece que un hombre no debe casarse con esposas conforme al orden que Dios ha revelado. Es un hecho que nos gustaría obedecer las leyes de los Estados Unidos, si pudiéramos hacerlo. Si tan solo pudieran decirnos cómo salir del dilema en el cual nos han colocado, les estaríamos muy agradecidos; de veras nos gustaría salir de él. Pero no hemos intervenido en ninguna de estas dos cosas. No hemos intervenido en dar el mandamiento que Dios ha dado a Su pueblo, ni hemos intervenido en promulgar la ley de los Estados Unidos relacionada con estas cosas. Deseamos mucho guardar las leyes del país, si tan solo nos lo permitieran; pero debemos rogar a nuestro Padre Celestial que los preserve de promulgar leyes que no podamos guardar en conciencia sin violar nuestra conciencia y transgredir la ley de Dios. Y si lo hacen, nos veremos en la necesidad de dejarlos en las manos de Dios para que Él los trate como considere apropiado, y pondremos nuestra confianza en el Dios viviente y nos arriesgaremos a las consecuencias, sean cuales sean.
Ahora bien, esos son nuestros sentimientos sobre este punto. ¿Está bien expresar estos sentimientos? Sí. Queremos ser francos, abiertos, sinceros y libres de hipocresía de toda clase, y sentirnos como hijos de nuestro Padre Celestial, sin culpa, sin traición, sin fraude de ninguna clase. Seamos adoradores sinceros de Dios y creyentes en Él y en Su ley. Pero ¿nos proponemos gobernar al Gobierno de los Estados Unidos, interferir con él o rebelarnos contra él? No, no lo hacemos. Eso no forma parte del programa. ¿Nos ha dado Dios una ley? Sí. Muy bien, seguiremos adelante y haremos lo mejor que podamos, pero no abandonaremos a nuestro Dios. Todos los que estén dispuestos a cumplir las leyes de Dios, manifiéstenlo levantando la mano derecha. (Voto unánime). Ahora procuren guardarlas. Pero ¿lucharemos contra los Estados Unidos? No, no lo haremos. Pues bien, ¿cómo se llevarán a cabo estas cosas? ¿No esperan que los reinos de este mundo lleguen a ser los reinos de nuestro Dios y de Su Cristo? Sí, lo espero, con tanta certeza como creo que les estoy hablando y ustedes me están escuchando; y no solo lo creo, sino que lo sé. Ahora bien, ¿cómo se llevará eso a cabo si ustedes no intervienen? No necesitamos hacerlo. Hay muchos que intervendrán; dentro de algún tiempo habrá problemas de sobra sin nuestra intervención, cuando los hombres comiencen a arrancar una tabla tras otra de la plataforma de la libertad constitucional; no quedará mucho en lo cual apoyarse. ¿Y cómo se las arreglarán ustedes con ellos? Dejaremos que se las arreglen entre sí. ¿Y cómo será eso? Se nos dice que los inicuos matarán a los inicuos, pero el Señor dice: “Es asunto mío cuidar de los santos”. Dios estará al lado de Israel, y Sion triunfará, y esta obra seguirá adelante hasta que el reino quede establecido y todas las naciones se inclinen ante su estandarte.
Que Dios los bendiga y los guíe por la senda de la luz es mi oración, en el nombre de Jesucristo. Amén.



























