La revelación y nuestra responsabilidad de edificar Sion
El Espíritu de revelación guía a los siervos de Dios en sus responsabilidades, confirma el cumplimiento de las profecías e impulsa a los santos a edificar templos, redimir a sus muertos y permanecer unidos.
La revelación, el profetizar y las predicciones de los siervos de Dios, etc.
por el élder Wilford Woodruff, pronunciado en el Tabernáculo de Logan, el domingo 1 de agosto de 1880, por la mañana.
Volumen 21, discurso 33, páginas 296-302
Es común entre nosotros decir que el Señor ha puesto Su mano para edificar Su reino; pero, aun siendo común, es una afirmación verdadera y muy interesante. Hacia dondequiera que dirijamos nuestros pensamientos, como hombres de Dios, como élderes de Israel, si disfrutamos de alguna porción del Espíritu del Señor, no podemos dejar de ver la mano del Señor en Sus obras en estas montañas y en la tierra. Muchas veces resulta difícil para los hombres del mundo comprender el cumplimiento literal de la revelación; de hecho, a algunos de nuestros hombres principales, hombres sabios que han disfrutado de una buena porción del Espíritu del Señor, les ha resultado difícil comprender el cumplimiento de las profecías. Recuerdo que, al conversar con algunas personas acerca de los asuntos de nuestra nación, el presidente Young les dijo que habría una división en nuestra nación entre el norte y el sur. “Pero”, dijeron ellos, “eso no puede ser; la estabilidad de nuestro gobierno es demasiado duradera como para permitir siquiera algo semejante”. Así pensaban nuestros hombres principales antes de la rebelión; así piensan, por regla general, los hombres principales de hoy. No pueden comprenderlo; no está en su corazón creer en el cumplimiento de las profecías; no pueden entender cómo algún poder o sabiduría que Dios pueda ejercer logrará hacer cumplir las profecías que todavía quedan por cumplirse. Tuvimos ejemplos de esto, como he dicho. Pero llegó la crisis; se libró una guerra de cuatro años que llevó a la tumba a un millón y medio de los hombres que constituían la fuerza de nuestra nación y que, como he dicho a menudo, y creo que es verdad, les impuso una deuda que no vivirán lo suficiente para pagar. No pudieron comprenderlo hasta que hubo terminado. Así sucede hoy con nuestra nación: no puede comprender, a pesar de las poderosas pruebas que avanzan ante ella como las olas del mar, un acontecimiento tras otro en su cumplimiento; pero no puede entender cómo el Señor puede valerse de los elementos conocidos por la humanidad para llevar a cabo la destrucción de una nación como la nuestra. Cuando hablaba el hermano John Morgan, recordé cierto espíritu que surgió en el corazón de los hombres hace unos años, provocado por la opresión del capital contra el trabajo. Unos pocos hombres se levantaron en Pittsburgh y en otros lugares de Pensilvania, y en tres días destruyeron propiedades ferroviarias por un valor de unos veinte millones de dólares. Cuando este elemento se levanta, ¿qué poder tiene la ley, qué poder tienen los funcionarios de la ley o del gobierno para controlarlo? No puede ser controlado por el poder humano. Como Santos de los Últimos Días, podemos comprenderlo en cierta medida cuando reflexionamos en que Dios gobierna y dirige todas las cosas, y puede hacer cuanto desee con respecto al cumplimiento de estos acontecimientos. Creo en la Biblia; creo en el Libro de Mormón; creo en Doctrina y Convenios, y creo que las predicciones que contienen se cumplirán sobre nuestras cabezas, sobre las cabezas de esta nación y sobre las cabezas del pueblo de Sion; y los juicios de Dios que han sido proclamados al pueblo durante los últimos cincuenta años, por boca de José Smith, de Brigham Young, de los apóstoles y de los élderes de Israel, mediante el don y el poder del Espíritu Santo, se cumplirán: ni una jota ni una tilde de lo que se ha declarado caerá a tierra sin cumplirse, y los Santos de los Últimos Días deben estar preparados para ello. Sé que muchas de estas cosas parecen oscuras cuando los hombres las contemplan con la visión natural y, como consecuencia, sobrevienen la duda y la incredulidad; pero cuando las contemplamos con nuestra mente iluminada por el Espíritu de Dios, el espíritu de inspiración y revelación, entonces podemos comprenderlas y ver cuán fácil es para Dios cumplir las predicciones de Sus siervos.
El Señor, en una revelación dada a Orson Hyde y a William McLellin en los primeros días de la Iglesia, al enviarlos a predicar el Evangelio, les dijo que cuando predicaran debían hablar conforme fueran inspirados por el Espíritu Santo; y se les dijo que, si no tenían al Santo Espíritu para dirigirlos, no enseñaran. “Y”, dijo el Señor, “cuando habléis siendo inspirados por el Espíritu Santo, vuestras palabras serán las palabras de Dios, serán Escritura y serán la voluntad del Señor para el pueblo”. Sección 68. Muchos tienen la idea de que es algo muy extraño que los hombres tengan revelación en estos días y de que nadie debería tener revelación excepto el hermano Taylor. Hermanos y hermanas, ustedes sostienen al Cuórum de los Doce dos veces al año en la conferencia general, además de hacerlo en sus conferencias trimestrales, como profetas, videntes y reveladores; oran por ellos dos veces al día, y quizás más a menudo, ¿y sería algo muy extraño que recibieran una revelación? ¡Qué extraño sería, en verdad! Hay en esta Iglesia unos seis mil setentas, cuatro mil sumos sacerdotes y cuatro mil élderes que poseen el Sacerdocio de Melquisedec, que es según el orden del Hijo de Dios, además de muchos miles de presbíteros que poseen el Sacerdocio Aarónico; y quisiera preguntar si estaría mal desear revelación. ¿Qué hacemos con este sacerdocio si no tenemos poder para recibir revelación? ¿Para qué se da el sacerdocio? Si no tenemos revelación, es porque no vivimos como debemos, porque no magnificamos nuestro sacerdocio como deberíamos; si lo hiciéramos, no estaríamos sin revelación, ninguno sería estéril ni infructuoso. Tenemos a un hombre que posee las llaves del reino de Dios sobre la tierra, y le corresponde dar la palabra del Señor para la guía de la Iglesia. Pero aquí tenemos apóstoles y hombres de Dios que poseen el santo sacerdocio y actúan en favor de la Iglesia en diferentes partes de este Territorio y también en diferentes partes de la tierra; y tenemos hombres que actúan, por ejemplo, como agentes de la Iglesia en Europa, parte de cuya labor es fletar barcos para el traslado a través del océano de decenas de miles del pueblo de Dios. ¿Tienen estos hombres derecho a recibir revelación del Señor para guiarlos en sus labores? Sí, lo tienen; y ningún hombre debería emprender el desempeño de cargos que afecten los intereses de Sion a menos que viva de tal manera que pueda ser guiado y dirigido por las revelaciones de Dios. Y todo hombre que presida un templo debe vivir día a día en las revelaciones de Jesucristo. Y todo setenta, todo sumo sacerdote y todo hombre que posea el santo sacerdocio debe vivir de esa manera para obtener revelación que lo guíe y dirija en sus labores. Esta idea de que ningún hombre tiene derecho a invocar a Dios y recibir revelación es errónea, y ha sido errónea dondequiera que haya existido, en cualquier época del mundo. Como se dijo antiguamente, cuando se presentó una queja acerca de ciertos élderes que profetizaban en el campamento de Israel, así digo yo: “¡Quisiera Dios que todos fueran profetas!”, porque el espíritu de profecía es el testimonio de Jesús.
En cuanto al profetizar, deseo decir que muchas veces se nos dan las revelaciones de Dios mediante Su Espíritu cuando no comprendemos lo que es la revelación. ¿Cuántos de ustedes han sentido que la voz apacible y delicada del Espíritu les susurra cosas, y al seguir las indicaciones de ese Espíritu, este ha llegado a ser en ustedes un principio de revelación? Yo no estaría aquí hoy si no hubiera escuchado los susurros de aquella voz apacible y delicada que me ha guiado en mis viajes; nunca habría podido atravesar las escenas y los sucesos peligrosos de mi vida si no hubiera seguido los susurros del Espíritu del Señor. Y en cuanto a nuestra predicación, diré que, como apóstoles de Dios y como hombres nombrados para conducir y guiar a Israel, se presentan a nuestra mente muchas cosas que en ese momento parecen estar más allá de nuestra comprensión. El hermano Heber C. Kimball, por ejemplo, era un profeta por naturaleza; a veces, al predicar bajo la influencia del Santo Espíritu, expresaba cosas que lo asustaban a él mismo, y se sabe que muchas veces, después de terminar de predicar, decía: “¿Qué he dicho?”. Recuerdo una circunstancia que ocurrió en los primeros tiempos de la colonización de Utah, cuando todos nos encontrábamos en condiciones de gran necesidad, sin el menor indicio de una esperanza razonable de ver tiempos mejores. En una época así, el hermano Kimball dijo un día a la congregación, mientras predicaba, que no pasarían muchos meses antes de que pudiéramos comprar mercancías en Salt Lake City tan baratas como podían comprarse en la ciudad de Nueva York. Cuando el hermano Kimball hubo dicho esto, realmente sintió temor, porque no podía ver cómo podría cumplirse; pero se había dicho bajo la influencia del Espíritu Santo y, por tanto, era revelación. Hoy pensaba en una ocasión de hace muchos años, cuando el presidente Young y varios hermanos de los Doce estaban en Logan; era un tiempo en que ni siquiera se soñaba con que un ferrocarril llegara a esta región, cuando los hermanos Ezra T. Benson y Peter Maughan presidían aquí; y en una reunión el presidente Young me pidió que hablara al pueblo congregado. La noche anterior, sin embargo, nos había recibido una larga fila de niños y jóvenes, de entre tres y veinte años; habían salido a recibir al profeta y ofrecían una hermosa vista. Mientras hablaba al pueblo, me sentí inspirado a dirigirme a los niños y a los jóvenes; y les dije que quería que recordaran la visita que el presidente les estaba haciendo, porque llegaría el día, cuando fueran adultos, en que hablarían entre sí y dirían que en tal día el presidente Young y su comitiva nos visitaron, y entonces se nos dijo que veríamos el día en que se construiría un templo en este lugar, desde cuya parte más alta podríamos contemplar la región circundante, que estaría habitada por diez mil de los nuestros; y ustedes dirán que esto se nos dijo cuando el hermano Benson y el hermano Maughan presidían aquí. En aquel tiempo nunca habíamos pensado en construir un templo aquí; tal cosa nunca había entrado en el corazón del hombre. Los hermanos Benson y Maughan llevan ya algunos años en el mundo de los espíritus. Hoy ustedes están construyendo un templo que será terminado y dedicado; y cuando eso se haga, estos jóvenes tendrán la oportunidad de subir a la parte más alta del edificio y entonces verán lo que les prometí en aquellos primeros días.
Menciono esto para mostrarles cómo se presentan cosas a nuestra mente y las expresamos en nuestras enseñanzas públicas, acerca de las cuales, en ese momento, tenemos poca o ninguna idea.
Cuando estaba en la región occidental, hace muchos años, antes de que viniéramos a las Montañas Rocosas, tuve un sueño. Soñé que estaba en estas montañas y que veía un gran templo de hermosa apariencia, construido en uno de estos valles con piedra de granito labrada. Vi aquel templo dedicado, asistí a los servicios dedicatorios y vi a muchos hombres que hoy viven en medio de este pueblo. Y los vi llamados por Dios y enviados a los Estados Unidos y a Babilonia, o lo que se llama el mundo cristiano, para atar la ley y sellar el testimonio contra las naciones de la tierra porque habían rechazado el testimonio de Jesús y del establecimiento del reino de Dios sobre la tierra. Cuando se pusieron los cimientos de aquel templo, pensé en mi sueño, y lo he hecho muchas veces desde entonces. Y siempre que el presidente Young reunía en consejo a los hermanos de los Doce y hablaba de construir el templo de adobe o de ladrillo, lo cual ocurrió, yo me decía: “No, nunca lo harán”, porque en mi sueño lo había visto construido de otro material. Menciono estas cosas para mostrarles que a veces se manifiestan a los Santos de los Últimos Días cosas de las cuales nada sabemos salvo lo que nos es dado por el Espíritu de Dios.
Diré a Israel, que está aquí hoy, que debemos emprender esta obra con seriedad, construir este templo y redimir a los muertos así como a los vivos; y tener fe en Dios, creyendo que esta es la obra de Dios que avanzará hasta su cumplimiento en la tierra. Dios no los defraudará en estos últimos días; no defraudará a los inicuos, no defraudará a los demonios del infierno, ni los ángeles de Dios en el cielo serán defraudados con respecto al cumplimiento de las revelaciones; cualquiera que sea la incredulidad de esta generación, no cambiará en nada el cumplimiento de las revelaciones de Dios ni de las predicciones de Sus siervos.
Cuando estuve en el Tabernáculo de Salt Lake City el 24 de julio, al contemplar la multitud reunida y considerar la magnitud y la grandeza del desfile, me dije: “¿Qué sentirá el mundo?”. ¿Qué sentirán nuestros enemigos, que trabajan para “destruir el mormonismo” y que durante tantos años han abrigado la grata esperanza, e incluso han llegado a predecir año tras año, de que dentro de unos pocos años más el “mormonismo” desaparecerá? El mundo no sabe qué hacer con el “mormonismo”; los dirigentes de nuestra propia nación y los reyes de la tierra están igualmente indecisos con respecto a este puñado de personas que está creciendo en estas montañas. Ven nuestra unión y la obra que ya hemos realizado; ven los elementos de prosperidad y poder manifestados en este pueblo y, aunque ellos mismos no lo dicen, es un hecho que el espíritu de temor se está apoderando de ellos en cierta medida; temen que los “mormones” digan la verdad cuando afirman que el Dios del cielo ha puesto Su mano de nuevo, por última vez, para establecer Su autoridad y gobierno en la tierra, lo cual está destinado a convertirse en un gran reino y llenar toda la tierra. Los grandes hombres de la tierra no desconocen la existencia de este pueblo; estudian nuestra historia y observan los resultados de nuestras labores. Aunque nos encontramos en el interior de esta región montañosa, considerada hasta hace muy poco fuera de los límites de la civilización, los Santos de los Últimos Días no están ocultos a la vista, su luz no está debajo de un almud, sino que ya son conocidos y se habla de ellos por toda la cristiandad; y esta Sion continuará creciendo y ningún poder lo impedirá. Preparémonos, guardemos la fe, obedezcamos los mandamientos de Dios y ejerzamos fe en estas cosas; y que nuestras oraciones asciendan día y noche a los oídos del Dios de los Ejércitos para el cumplimiento de estas revelaciones y profecías.
Los lamanitas cumplirán todo lo que Dios ha dicho acerca de ellos, y los judíos cumplirán y verán realizarse todo lo que se ha dicho acerca de ellos y todo lo que su padre Jacob y los profetas les han prometido y predicho. El profeta Moisés predijo que serían expulsados y despreciados por sus enemigos, que serían maldecidos por Dios y que Su maldición los seguiría hasta que viniera Cristo; que lo rechazarían y que después serían esparcidos como se zarandea el grano en una criba, etcétera. Pero escúchalo, todo Israel: después de tu pesar, tu dolor y tu angustia, y después de los días de tu tribulación, tu gran Elohim extenderá Su mano y te recogerá de toda nación adonde hayas sido expulsado, te llevará a tu propia tierra, reedificarás tu templo y tu ciudad, y serás librado por Siloh cuando Él venga. Eso se cumplirá; y todo lo que Dios ha dicho con respecto a las diez tribus de Israel, por extraño que parezca, acontecerá. Como se ha dicho de ellas, herirán la roca y el hielo fluirá ante su presencia; se levantará una gran calzada, y sus enemigos serán presa de ellas; y traerán consigo a Sion sus anales y sus tesoros escogidos. Estas cosas son tan verdaderas como que Dios vive.
Cuando contemplo la condición de nuestra nación y veo que la iniquidad y las abominaciones aumentan, tanto que todos los cielos gimen y lloran por las abominaciones de esta nación y de las naciones de la tierra, me hago esta pregunta: ¿Puede escapar la nación estadounidense? La respuesta es: No; su destrucción, así como la destrucción del mundo, es segura; tan seguro como que el Señor taló y destruyó a las dos grandes y prósperas naciones que en otro tiempo habitaron este continente de América del Norte y del Sur debido a su iniquidad, así también los destruirá a ellos, y tarde o temprano cosecharán los frutos de sus propios actos inicuos y serán contados entre los del pasado.
No puedo evitarlo; quisiera Dios que se arrepintieran, que sus ojos fueran abiertos para ver su condición; pero el diablo tiene poder sobre ellos; gobierna a los hijos de los hombres, tiene a Babilonia en su propia mano y lleva al pueblo adonde quiere. Nos aguardan cambios; están a nuestras mismas puertas, y lo sé por las revelaciones de Jesucristo; lo sé por las visiones del cielo; lo sé por las ministraciones de ángeles, y lo sé por la inspiración del cielo que se da a todos los hombres que buscan al Señor; y la mano de Dios no detendrá estas cosas. No tenemos tiempo que perder.
Ruego que la bendición de Dios descanse sobre los hombres que trabajan en el templo y sobre los santos, para que su corazón se incline a construirlos. Si conocieran y comprendieran los sentimientos del profeta José Smith y de sus hermanos que estaban vinculados a él, y los sentimientos de los millones de la familia humana que están encerrados en sus prisiones, no nos cansaríamos; trabajaríamos con todas nuestras fuerzas hasta que el edificio estuviera terminado y dedicado, y después trabajaríamos por la redención de nuestros muertos. Pregunten al obispo Hunter si alguna vez espera reunirse con sus familiares y amigos y relacionarse con quienes han partido, a menos que los redima mientras está en la carne, y les dirá que no. No podría estar entre ellos si no los redimiera mientras está en la carne. Yo también sé lo mismo.
Ruego a Dios que los bendiga y que derrame Su Espíritu sobre mis hermanos del Cuórum de los Doce, para que andemos en la luz y seamos guiados correctamente en todas nuestras ministraciones. Y les digo de nuevo: Dios no los defraudará; este reino nunca retrocederá ni jamás será entregado en manos de otro pueblo, sino que descansará sobre los hombros de nuestros hijos e hijas cuando Cristo venga en las nubes del cielo. No tenemos tiempo que desperdiciar ni que gastar en las cosas necias de la carne; el tiempo del que disponemos debe utilizarse para edificar la Sion de Dios y prepararnos a nosotros mismos y a nuestras familias para las cosas que nos esperan. ¡Oh, cuántas veces desearía que se levantara el velo del rostro de los Santos de los Últimos Días! Quisiera que pudiéramos ver y conocer las cosas de Dios como las conocen quienes trabajan por la salvación de la familia humana en el mundo de los espíritus; porque si así fuera, todo este pueblo, con muy pocas excepciones, si acaso alguna, perdería todo interés en las riquezas del mundo y, en lugar de ello, todos sus deseos y labores se dirigirían a redimir a sus muertos y a realizar fielmente la obra y la misión que se nos han dado sobre la tierra; para que, cuando nosotros mismos pasemos detrás del velo y nos encontremos con José y los antiguos apóstoles, y con otros que velan por nosotros y están profundamente interesados en nuestras labores, podamos sentirnos satisfechos de haber cumplido nuestro deber.
Así es como me siento; esta es mi fe. Leo la Biblia, el Libro de Mormón y el Libro de los Convenios, y espero que se cumpla todo lo que contienen. Estamos haciendo historia día tras día y estamos cumpliendo los acontecimientos que ellos predijeron que sucederían en los últimos días. Isaías, cuando vio en visión a este pueblo en las montañas, exclama:
“Cantad alabanzas, oh cielos, y alégrate, tierra; y prorrumpid en alabanzas, oh montes, porque Jehová ha consolado a su pueblo, y de sus afligidos tendrá misericordia.
“Pero Sion dijo: Me ha abandonado Jehová, y el Señor se ha olvidado de mí.
“¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque se olviden ellas, yo no me olvidaré de ti”.
Al debido tiempo del Señor, todas las cosas de las que han hablado los profetas se cumplirán literalmente.
Ruego a Dios que nos ayude a cumplir nuestro deber y a sentir interés en nuestras labores en la carne. Y como observación final, puesto que estamos en época de elecciones, diré: hermanos míos, no permitan que el espíritu de contención y disensión se introduzca entre ustedes. Me avergüenzo de algunos de los nuestros que, en lugar de utilizar sus facultades e influencia para procurar unir al pueblo, se ponen a suscitar discordia; y el resultado es que en algunas de nuestras ciudades se presenta una lista electoral de oposición, y los de nuestro propio pueblo en esos lugares se dividen unos contra otros. Digo: vergüenza debería sentir el élder o el hombre que posee el sacerdocio, la autoridad que le ha sido delegada por los altos cielos, que haga tal cosa; los cielos están disgustados con ese hombre y, a menos que se arrepienta, ciertamente será contado entre quienes están alineados contra Dios y Su reino sobre la tierra. Tenemos al mundo entero contra nosotros, además de muchos espíritus malignos con los que contender, y ciertamente no debemos dividirnos unos contra otros.
Que Dios bendiga a Israel, es mi oración, por medio de Jesucristo. Amén.



























