De la existencia premortal a la gloria celestial de la tierra
El plan de Dios conduce a Sus hijos y a la tierra por distintas etapas de existencia, preparación y santificación hasta alcanzar la gloria celestial.
La preexistencia, en forma espiritual, del hombre, de los animales inferiores y de la tierra—El estado temporal de probación—El Milenio—El cambio final.
por el élder Orson Pratt, pronunciado en Mount Pleasant, el 12 de noviembre de 1879.
Volumen 21, discurso 23, páginas 197-206
Por la bondadosa providencia de nuestro Padre Celestial se nos permite, en este agradable día, congregarnos aquí, en este cómodo edificio, con el propósito de adorar a Dios y recibir instrucción, según el Señor considere conveniente, en Su bondad y sabiduría, derramar Su Espíritu y manifestarnos la verdad. Es algo grato para la mente humana contemplar que tiene a alguien a quien adorar; que hay un Ser, muy exaltado por encima de nosotros, que mora en los cielos y es digno de toda adoración y alabanza; y que somos Sus hijos y poseemos una porción de Sus atributos.
El mundo que habitamos es una creación caída, un mundo caído, apartado de la presencia de nuestro Padre, el Ser a quien adoramos, de modo que no podemos contemplar Su rostro ni la gloria de Su presencia. Por un sabio propósito hemos sido colocados aquí, en esta condición caída. Así parece ser, hasta donde se nos han dado a conocer los propósitos del gran Jehová. Parece ser la prueba por la que deben pasar todos los seres inteligentes a fin de obtener esa plenitud de exaltación en la presencia de Dios que se promete en Su palabra.
No siempre estuvimos en la condición en que nos encontramos ahora. Solo hemos sido colocados aquí por unos pocos años y estamos adaptados a nuestra condición presente. Mucho antes de que ustedes y yo viniéramos aquí, a este escenario de acción, teníamos una existencia inteligente; morábamos en un mundo mejor que este, un mundo que había sido redimido, un mundo que había sido santificado y glorificado; en otras palabras, un mundo que había sido hecho celestial, así como esperamos que nuestro mundo actual, en algún tiempo futuro, sea exaltado a la gloria celestial y llegue a ser la morada de seres celestiales. Aquel mundo que ocupábamos antes de venir aquí era celestial; nuestro Padre tenía allí Su morada o, por lo menos, una de Sus moradas; y estábamos rodeados de la gloria de nuestro Padre, conocíamos Su semblante, conocíamos las hermosas mansiones que había allí, conocíamos toda la gloria que existía allí, hasta donde éramos capaces de comprenderla. No había ningún velo entre nosotros y nuestro Padre, ningún velo entre nosotros y los compañeros de nuestro Padre, que también eran seres celestiales, muchos de los cuales habían sido redimidos de un mundo más antiguo que el nuestro. Supongo que tuvimos una larga experiencia en aquel mundo; por lo menos sabemos, por lo que nuestro Padre nos ha revelado, que nacimos allí; que este ser inteligente que tiene poder para discernir, poder para reflexionar, poder para razonar, que este ser inteligente nació en aquel estado anterior.
Estas fueron algunas de las primeras revelaciones dadas en esta última dispensación. El Señor no esperó varios años antes de revelarnos, en cierta medida, nuestra condición antes de venir aquí. Por tanto, fue allá por el año 1830 cuando esta doctrina de la preexistencia del hombre se reveló con mayor plenitud de la que se había dado en el Libro de Mormón. Hay dos o tres pasajes en el Libro de Mormón que revelan la preexistencia del hombre, pero no con tanta claridad como la que se dio poco después de la publicación de ese libro por medio del profeta José Smith, antes de que los santos comenzaran a congregarse; se nos informó que éramos en realidad hijos de nuestro Padre y Dios; que tuvimos una preexistencia en la cual habíamos aprendido muchos principios muy importantes relacionados con la existencia espiritual, antes de recibir cuerpos de carne y huesos, lo cual también era necesario para proporcionarnos una experiencia aún mayor. Ahora bien, en este plan que Dios ha ideado para el progreso de estos seres inteligentes, al hacerlos pasar por diversas etapas de existencia, en diferentes circunstancias y condiciones, les da una experiencia que nunca habrían podido adquirir si hubieran permanecido en la presencia del Padre, en aquel mundo que era celestial; en otras palabras, éramos Su progenie en aquel mundo, y nuestros cuerpos espirituales no tenían carne ni huesos, pero eran a imagen del Padre y del Hijo: Sus propios hijos e hijas. Él tenía un gran deseo de que fuéramos educados e instruidos. Podía enseñarnos muchísimas cosas en aquel mundo, como nosotros enseñamos a nuestros hijos; podía comunicarnos muchísimas cosas, porque en aquel tiempo existían tantas verdades como existen ahora; pero se nos enseñaban las verdades a medida que éramos capaces de comprenderlas. El Señor deseaba fervientemente que progresáramos y que con el tiempo fuéramos hechos semejantes a Él, como está escrito en el Nuevo Testamento: “el cual transformará el cuerpo de nuestra humillación, para ser semejante al cuerpo de su gloria”. No dudo que, antes de venir a este mundo, teníamos un gran anhelo de ser criados de la misma manera en que Él había sido instruido y enseñado, y de ser guiados al pasar por diferentes condiciones de existencia, para que finalmente fuéramos considerados dignos de ser exaltados a Su diestra y recibir la plenitud de Su gloria celestial, la misma que Él posee; y para que todos Sus atributos moraran en nosotros, como individuos y personajes separados, a fin de que pudiera exaltarnos a semejanza de Él. Ahora bien, hay mucho que comprender cuando se nos dice que somos hijos que llegarán a ser como nuestro Padre; que éramos semejantes a Él en nuestra primera etapa y condición de existencia. Estábamos allí, por así decirlo, como niños sin una plenitud de conocimiento; todavía no se nos habían dado muchas experiencias, pero éramos semejantes a Él en nuestros rasgos generales, en la figura de nuestra persona; nuestra forma general era semejante a la Suya, “a su imagen”, etcétera. Así está escrito en el Libro de Mormón, en aquella gran visión del hermano de Jared, en la cual el Señor condescendió a quitar el velo de sus ojos. El hermano de Jared había subido al monte y había fundido de una roca dieciséis piedras pequeñas, que llevó hasta la cima. Fue allí con un propósito: conseguir que el Señor tocara las piedras para que alumbraran en la oscuridad en las ocho embarcaciones que se habían construido para llevarlo a él y a su hermano a través de las grandes aguas, colocando una en cada extremo de cada embarcación. Naturalmente, aumentaría la fe del hermano de Jared creer que era posible que viera el dedo del Señor. Iba a orar para que Dios tocara las piedras, del mismo modo que nosotros oramos para que el Señor extienda Su dedo y toque las partículas de aceite cuando lo consagramos para fines sagrados. Si oramos con fe, debemos suponer que el dedo toca el aceite. Y Jared oró con fe. No sabía si acaso tendría el privilegio de ver Su dedo. Lo vio; le pareció como el dedo de un hombre, semejante a carne y sangre. Pero su fe fue demasiado grande para su sistema nervioso, porque cuando vio el dedo del Señor cayó a tierra por temor. Y el Señor lo miró y le preguntó por qué había caído. Él respondió y dijo: “Vi el dedo del Señor, y tuve miedo de que me hiriera, porque no sabía que el Señor tuviese carne y sangre”. No sabía si sus imperfecciones serían tan grandes que el Señor lo heriría; pero se le mandó que se levantara. Entonces el Señor le preguntó: “¿Viste más que esto?”. Y él respondió: “No, Señor, muéstrate a mí”. He aquí una oración que iba un poco más allá. El Señor quería ver cuánta fe tenía y le hizo otra pregunta: “¿Creerás las palabras que hablaré?”. Y él respondió: “Sí, Señor, sé que hablas la verdad, porque eres un Dios de verdad, y no puedes mentir”. Y cuando el hermano de Jared hubo manifestado su fe, el Señor condescendió a mostrarle toda Su persona y dijo: “¿Ves que eres creado a mi propia imagen? He aquí, este cuerpo que ves ahora es el cuerpo de mi espíritu; y he creado al hombre a semejanza del cuerpo de mi espíritu”.
Aquí se enseñó la preexistencia del hombre en el Libro de Mormón. Todos los hombres fueron creados en el principio a semejanza de este cuerpo que Él estaba mostrando entonces. Toda la familia humana que existía en aquel tiempo y que existiría en tiempos futuros sobre la tierra fue creada en el principio a semejanza de aquel cuerpo; es decir, el cuerpo que mostró no era un cuerpo de carne y huesos, sino un cuerpo espiritual puro, organizado de sustancia espiritual pura, lleno de luz y verdad. Informó a este gran hombre de Dios que había sido preparado desde antes de la fundación del mundo para redimir a Su pueblo. “He aquí”, dice, “yo soy Jesucristo. Soy el Padre y el Hijo. En mí todo el género humano tendrá luz, y esto eternamente, sí, los que crean en mi nombre”.
Aquí, pues, se nos dio mucha información acerca de la formación del espíritu humano, la formación de los hombres, la formación de sus personas y de sus individualidades antes de la fundación de este mundo.
Después de que se dio esto y se publicó el Libro de Mormón, se estableció La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Pero el Señor, considerando que no teníamos suficiente comprensión de esta preexistencia, comenzó a decirnos más acerca de estas cosas en el mes de junio de 1830, apenas unos meses después de la organización de la Iglesia. Nos habló de la creación espiritual, algo que antes no comprendíamos. Solíamos leer los capítulos primero y segundo de Génesis, que dan cuenta de las obras del Todopoderoso, pero no distinguíamos entre la obra espiritual y la obra temporal de Cristo. Aunque hay algunas cosas en la traducción del rey Santiago que nos permiten distinguir un poco entre las dos creaciones, no lo comprendíamos. La luz resplandecía, en cierta medida, en las tinieblas, pero nuestra mente estaba tan oscurecida por la tradición que no comprendíamos la luz, o los pocos y débiles destellos de luz contenidos en estos capítulos primero y segundo de la traducción no inspirada. Pero nuestro Padre Celestial inspiró a Su siervo José Smith para que tradujera varios capítulos más del libro de Génesis, en diciembre de 1830, los cuales dieron un relato más completo hasta los días del Diluvio. Nos dio a conocer muchísimos principios importantes, principios que, en lo referente al contenido histórico, no había dado en el Libro de Mormón. En algunos aspectos eran una adición y, por tanto, eran nuevos para quienes vivíamos en los primeros tiempos de la Iglesia, y podían proporcionarnos gran gozo.
En estas dos creaciones que tuvieron lugar en el principio, presentado como el principio de esta creación, no el principio absoluto de todas las creaciones de Dios, porque Sus obras no tienen principio ni fin, nunca cesan, ni tampoco cesa Su palabra, Él nos habla, en lo que respecta a esta creación, conforme a nuestras ideas y comprensión naturales. Dice: “Todas las cosas he creado por la palabra de mi poder, que es el poder de mi Espíritu; primero espirituales, en seguida temporales, que es el principio de mi obra; y además, primero temporales y en seguida espirituales, que es el fin de mi obra; os hablo para que podáis entender naturalmente; mas para mí mis obras no tienen fin ni principio”.
Aprendemos, por tanto, al hablar de esta creación espiritual, que no solo todos los hijos de los hombres, de todas las generaciones y de todas las épocas, fueron creados espiritualmente en el cielo, sino que los peces, las aves, las bestias y todos los seres animados que tienen vida fueron hechos primero espiritualmente en el cielo, en los días quinto y sexto, antes de que se prepararan para ellos cuerpos de carne sobre la tierra; y que no hubo carne sobre la tierra hasta la mañana del séptimo día. En aquella mañana Dios hizo el primer tabernáculo de carne, tomó el espíritu del hombre y lo puso dentro de él, y el hombre llegó a ser alma viviente: la primera carne sobre la tierra y también el primer hombre. Aunque era el séptimo día, todavía no se había formado otra carne que ese único tabernáculo. A ningún pez, ave o bestia se le había permitido aún tener un cuerpo de carne. El segundo capítulo de Génesis, en la nueva traducción, nos informa que los espíritus de las aves fueron creados en el cielo; que los espíritus de los peces y del ganado, y de todas las cosas que moran sobre la tierra, tuvieron su preexistencia. Fueron creados en el cielo, su parte espiritual, no su carne y sus huesos. También se nos dice en esta traducción inspirada que estos árboles vivientes que contemplamos —porque Dios ha dado vida a todas las cosas— tuvieron su existencia espiritual en el cielo antes de su existencia temporal; toda hierba y todo árbol, antes de ser plantados sobre la tierra, es decir, su parte espiritual, su vida, aquello que, en otras palabras, anima, aquello que da al vegetal poder para producir fruto según su especie; la parte espiritual existía en el cielo. Primero hubo una creación espiritual. También se nos dice que la tierra fue organizada en forma espiritual, es decir, aquella parte que da vida a la tierra. Leemos que la tierra morirá y que volverá a ser vivificada. ¿Qué hará que la tierra muera? Será el retiro de su parte espiritual, de aquello que le da vida, de aquello que la anima y hace que produzca fruto; lo que vivifica la tierra es el Espíritu de Dios. Esa creación espiritual existía antes de que se formara la temporal. Este fue el principio de la primera parte de Su obra en lo referente a esta creación. En el séptimo día comenzó la parte temporal. Todavía no había un hombre que labrase la tierra, “y los Dioses formaron al hombre del polvo de la tierra, y tomaron su espíritu —es decir, el espíritu del hombre— y lo pusieron dentro de él, y soplaron en su nariz el aliento de vida, y el hombre llegó a ser alma viviente”. Esto lo leemos en el segundo capítulo de Génesis, y lo encontrarán registrado en las páginas 6 y 35 de la nueva edición de la Perla de Gran Precio.
Abraham también obtuvo conocimiento de la creación espiritual, así como de la temporal. Al dar una historia de la creación, habla de la formación del hombre del polvo de la tierra, de cómo tomó el espíritu del hombre que había sido creado en el cielo y lo puso dentro del cuerpo del hombre, y el hombre llegó a ser alma viviente, la primera carne sobre la tierra, según se registra en el segundo capítulo de Génesis. Ahora bien, hemos tenido la costumbre de pensar que las diversas clases de animales que han vivido, según los geólogos, fueron la primera carne sobre la tierra, y nos remontamos a millones de edades para ver que estas formas inferiores de vida existían antes que el hombre. Pero el Señor nos da información diferente. Nos muestra que, entre todas las criaturas animadas de carne, el hombre fue la primera que se colocó sobre la tierra en esta condición temporal, contradiciendo las teorías de los geólogos; es decir, en lo que respecta a la colocación del hombre sobre la tierra en este estado actual de probación. No se ha revelado lo que pudo haber sucedido millones de edades antes de que el mundo fuera organizado temporalmente para que el hombre lo habitara; pero, en lo referente a este cambio presente, que tuvo lugar hace unos seis mil años, el hombre fue el primer ser que vino a la tierra y habitó un cuerpo de carne y huesos. Después, en el séptimo día, el Señor Dios creó de la tierra las bestias del campo. Vuelvan al primer capítulo de Génesis y encontrarán que las bestias, etcétera, fueron formadas en el sexto día o período, y que en el séptimo no había carne sobre la tierra; y, habiendo creado al hombre como la primera carne sobre la tierra, Dios creó entonces de la tierra las bestias del campo.
Aquí está la segunda parte del principio de Su obra: primero espiritual, las bestias creadas en el cielo; después temporal, sus cuerpos formados de la tierra, sus espíritus puestos dentro de esos cuerpos, y las bestias llegaron a ser almas vivientes. Como sucedió con las aves del cielo, así sucedió con los peces del mar y con todas las criaturas animadas que pertenecen a este mundo. Esta es la historia de las generaciones de los cielos y de la tierra el día en que el Señor Dios los creó; y el Señor ha considerado conveniente revelar esta gran información en el primero de Génesis y en el libro de Abraham.
Ahora consideremos la condición de la obra temporal, porque es necesario que comprendamos estas cosas a fin de progresar en el conocimiento de Dios, en el conocimiento de la verdad, en esta gran escuela de experiencia. Procuremos, pues, comprender la naturaleza de la obra temporal, porque fue formada de la manera que se especifica en esta revelación. ¿Había muerte alguna en esta creación después de que se formó lo temporal, antes de la Caída? No. ¿Estaba alguna de las aves del cielo sujeta a la muerte? No. ¿Lo estaba alguno de los peces del mar? No. ¿Había animales colocados sobre la tierra en su condición temporal, con sus cuerpos formados y adaptados al espíritu que venía del cielo, que estuvieran sujetos a la muerte? No. ¿Eran feroces? No. A todo animal al que Dios había concedido vida le había dado toda hierba verde del campo como alimento, ya fuera el león, el leopardo, el lobo o cualquier otro animal que pudiera haber existido sobre la faz de la tierra. No existía tal cosa como que un animal destruyera a otro; las peleas y las disputas eran desconocidas entre las bestias del campo. Un niño pequeño, si lo hubiera habido, podría haber jugado con estos animales sin peligro alguno, y ellos se alimentaban de las hierbas verdes que se habían dado a las bestias para su sustento. Más adelante se hizo un jardín al oriente, en Edén, en el cual el Señor plantó muchísimos árboles hermosos. Esta fue una obra puramente temporal, y aquel jardín habría existido hasta el día de hoy si la muerte no hubiera entrado en el mundo por la caída de nuestros primeros padres.
¡Cuán diferente era la segunda obra, o sea, la temporal, que existía al principio de la gran obra de la creación, del orden actual de las cosas! Ahora vemos, y aprendemos por la historia, que toda la creación se encuentra en enemistad entre sí en su estado natural. Por eso encontramos a los leones con dientes probablemente formados desde la Caída y adaptados para devorar a sus presas. No creo que tuvieran semejantes dientes en el principio. Tenían dientes con los cuales comían “paja como el buey”. Pero todo cambió en gran medida en esta hermosa creación temporal; y las bestias comenzaron a pelear, a disputar y a devorarse unas a otras; y el hombre comenzó a ser feroz, como las bestias, deseoso de matar a su semejante. Lo vemos en esta etapa temprana de nuestra raza buscando la sangre de sus semejantes y entrando en combinaciones secretas para matar, destruir y despojarse unos a otros de su posición y de sus propiedades, y para estar en enemistad unos contra otros. El Señor ha permitido que Su obra temporal continúe en esta condición caída durante unos seis mil años. Pero los seres humanos han estado ideando multitud de medidas para reformarse unos a otros; sin embargo, después de que están bastante reformados, vuelven a levantarse y a devorarse unos a otros en masa. Mientras se dedican a reformarse mutuamente, están fabricando armas de destrucción para destruirse unos a otros. La enemistad prevalece y ha prevalecido durante los últimos seis mil años, salvo cuando de vez en cuando se introduce una dispensación en la cual esta naturaleza caída nuestra cambia en gran medida mediante la obediencia al plan de salvación que Dios ha revelado; y entonces comenzamos a amar a nuestros semejantes, nos llenamos de amor y bondad a semejanza, en cierta medida, de nuestro Padre Celestial, salimos y les proclamamos el Evangelio de paz, procuramos hacerles bien, redimirlos y recuperarlos; y de vez en cuando logramos llevar a algunos a un estado más elevado; nacen de Dios y llegan a ser nuevas criaturas en Cristo, llenos de ese poder superior que existe en aquel mundo celestial donde morábamos anteriormente. Desciende del Padre y del Hijo, entra en el corazón de los hijos y las hijas de Dios, y son hechos nuevas criaturas; comienzan a amar lo bueno y a aborrecer lo malo, y comienzan a perfeccionarse en sus respectivas dispensaciones, conforme a la luz y al conocimiento enviados del cielo para su perfeccionamiento.
A pesar de tantas dispensaciones y de que el mundo ha continuado tanto tiempo bajo el poder de Satanás, ahora es el tiempo en que el Señor nuestro Dios ha comenzado a enviar una proclamación de redención para levantarnos de esta baja condición caída en la que hemos sido colocados, nosotros y nuestros padres antes que nosotros, durante tanto tiempo; y sucede que vivimos muy cerca del período en que la tierra será restaurada de su condición caída a aquella misma condición temporal en la que existía antes de la Caída, cuando no había enemistad entre los seres humanos. Digo que ya está casi a las puertas el día en que el Señor va a comenzar la última parte de Su obra, la cual consistirá en hacer que esta tierra vuelva a ser temporal; o, en otras palabras, en quitar, en cierta medida, la maldición y restaurarla a la condición temporal en que se encontraba cuando Él la organizó por primera vez y antes de que el pecado la contaminara.
Para realizar esta obra, Él está obrando entre las naciones conforme a Su propia voluntad y complacencia, levantando un reino, un núcleo, al tomar “uno de una ciudad y dos de una familia”, recogiéndolos de toda nación a la tierra de Sion y plantando la verdad en sus corazones; reciben cada vez más instrucción y aprenden más y más de los caminos del Señor, como preparación para que este mundo sea organizado nuevamente en su belleza y perfección temporales, tal como era cuando salió por primera vez en su forma temporal de las manos del Todopoderoso.
Hay una cosa relacionada con la forma temporal de la tierra que no mencioné; me referiré a ella ahora. Mientras esta tierra existía en su forma temporal más perfecta, Adán y Eva fueron colocados sobre ella, y eran inmortales, al igual que todas las bestias y los peces del mar; la muerte todavía no había sobrevenido a ninguno de ellos; todas las cosas eran inmortales en lo referente a esta creación. Las primeras parejas, el principio de Su obra temporal, no estaban sujetas a la muerte. Y otra cosa: no habían de ser excluidos de la presencia del Todopoderoso. Podían contemplar Su semblante, podían oír Su voz. Los que existían entonces podían conversar libremente con Él. No había velo entre ellos y el Señor. Ahora bien, cuando se restaure nuevamente la condición temporal más perfecta, en la última parte de Su obra, y el Señor comience a remodelar esta tierra, a transfigurarla y a prepararla para los justos, el velo será quitado en cierta medida; contemplaremos nuevamente el rostro del Señor; podremos volver a relacionarnos con seres inmortales; y podremos disfrutar de muchísimas bendiciones que se introdujeron en el principio y que se perdieron por la Caída. El Señor Jesucristo estará aquí parte del tiempo para instruirnos, y aquellos antiguos patriarcas, incluido Adán, descenderán de su antiguo mundo celestial, donde fueron hechos espirituales por primera vez. Vendrán a esta creación y tendrán aquí sus hogares; y, sin duda, con frecuencia se deleitarán en reunir a sus hijos fieles, desde el día de su propia probación hasta la centésima generación. Será un placer para uno de nuestros antepasados que haya nacido hace cien generaciones decir: “Vengan, hijos míos, ustedes que están aquí en la carne y todavía no han llegado a ser inmortales, ustedes que moran sobre la faz de esta tierra parcialmente redimida; vengan, tengo algunas nuevas gloriosas que comunicarles. Tengo algo que ustedes no poseen, conocimiento que no han adquirido, porque hemos estado allá, en aquel mundo celestial; hemos estado morando en la presencia de nuestro Padre y Dios. Fuimos restaurados allí en la dispensación en la que morimos y en la que fuimos trasladados, y hemos aprendido muchísimas cosas de las que los hijos de la condición mortal nada saben. Vengan, reúnanse para que contemplen a sus antiguos padres, a los padres de sus padres, y así sucesivamente, hasta remontarse a cien generaciones. Escuchen las instrucciones que les impartirán. Les hablarán del reino celestial, de su gloria superior y de las bendiciones que disfrutarán quienes alcancen la plenitud de ese reino”. ¿No será esto alentador para quienes todavía sean mortales durante el Milenio? Creo que sí. Entonces el conocimiento de los padres, el conocimiento de la tierra y de las cosas de Dios, y el conocimiento de lo celestial, grande y glorioso, que está muy por encima de la comprensión de seres imperfectos como somos ahora en nuestro estado caído, será revelado a la mente de los hijos de los hombres durante sus respectivas generaciones aquí sobre la tierra, durante el gran día de reposo de la creación. ¿Para qué es todo esto? Es para preparar a sus hijos durante el Milenio, a fin de que esta tierra sea hecha celestial, a semejanza de aquella más antigua, y para que ellos, junto con esta creación, sean coronados con la presencia de Dios el Padre y de Su Hijo Jesucristo. Adquirimos este conocimiento y esta información gradualmente. Nuestros hijos son educados e instruidos hasta que los cielos llegan a serles familiares; el Señor llega a serles familiar; Su semblante llega a ser familiar para todos los justos de la tierra. Antes de que podamos comprender plenamente la naturaleza de un cambio todavía mayor que el que se habrá efectuado en la creación temporal durante el Milenio, comenzamos a esperarlo y a aguardarlo; y, con el tiempo, cuando vuelva a aparecer fruto malo en la viña del Señor, y la tierra sea corrompida por los hijos de perdición, y algunos de Su pueblo comiencen a rechazar la luz celestial y a negar a su Dios, cuando llegue ese período, la tierra será preservada solo por un breve tiempo, y vendrá el fin, y aparecerá el gran trono blanco, y Dios se sentará sobre el trono y hará oír Su voz, y nuestro cielo temporal huirá; y esta tierra, aunque será tan grandemente bendecida, aunque habrá sido redimida hasta ese punto, aunque será habitada por los justos durante mil años, aun así, debido a que llegará a contaminarse y a que ha sido tan corrompida en el pasado como consecuencia de la caída del hombre, tendrá que morir y experimentar un cambio mayor que todos estos cambios de los que he hablado.
Pero ¿qué dice sobre este asunto la revelación llamada la “Hoja de Olivo”, dada el 27 de diciembre de 1832? En ella se nos dice que la tierra morirá y pasará, pero será vivificada nuevamente, porque Dios vivificará la tierra sobre la cual vivimos. Llegará a ser una tierra nueva; pero será preparada de manera más perfecta que en las otras tres condiciones en que estuvo: primero, su creación espiritual; segundo, su creación temporal, en la cual se combinaron lo espiritual y lo temporal. La siguiente condición es la de restaurarla de la Caída a una condición temporal, y después viene un cambio todavía mayor, semejante a la muerte de nuestros cuerpos, cuando se desintegran y vuelven a la madre tierra, y pasan a formar parte de los elementos. Así será con esta tierra. Se desintegrará o, en otras palabras, los elementos se separarán y el mundo pasará de Su presencia. ¿Qué sucederá después? Se realizará otro gran cambio. Los mismos elementos que constituyen la tierra y la atmósfera serán reunidos nuevamente de tal manera que la tierra nueva parecerá un mar de vidrio, y quienes sean dignos de la gloria celestial la habitarán para siempre. ¿Cuál será la condición de las personas que moren en aquel glorioso mundo celestial? Tendrán consigo la presencia de Dios el Padre. Se les permitirá morar donde Él está. Él iluminará aquel mundo; no tendrán necesidad de los rayos del sol, como nosotros ahora, ni de la luna ni de las estrellas en lo que respecta a la luz, porque el Señor Dios será su luz y su gloria desde entonces y para siempre. En esta nueva creación, el árbol de la vida florecerá y crecerá. Todos los seres que participen del fruto del árbol de la vida serán constituidos de tal manera que vivirán por los siglos de los siglos.
Estas son, en términos generales, las diferentes condiciones de esta creación. Ahora vivimos cerca del final de los seis mil años durante los cuales han prevalecido el mal y la iniquidad. El diablo ha tenido gran poder y dominio sobre las generaciones de la tierra; y la tierra misma ha gemido bajo la carga de pecado y corrupción que ha habido sobre su faz. Enoc, cuando fue envuelto en la visión del Todopoderoso, contempló y oyó a la tierra gemir bajo esta carga de iniquidad, clamando al Señor y diciendo: “¿Cuándo me santificará mi Creador para que la justicia more sobre mi faz? ¿Cuándo descansaré de toda la iniquidad que ha salido de mí?”. Se le informó que venía un día de reposo para la antigua madre tierra, porque su corazón se había afligido por la tierra misma, así como por sus habitantes; pues vio cómo era afligida la tierra, hasta que gemía por ser aliviada. Pero llegará el tiempo en que será santificada. Vivimos cerca de ese período. Para este propósito han venido ustedes a estas montañas. Para este propósito han recibido el Espíritu de verdad, el Espíritu Santo, el Consolador: para santificarlos y prepararlos para participar en esta gran obra de los últimos días que Dios decretó desde el principio que se realizaría a su debido tiempo y sazón.
Han venido de las naciones lejanas para ser instruidos en los caminos del Señor, para ser enseñados en las ordenanzas que pertenecen a la gran y última dispensación del cumplimiento de los tiempos; ordenanzas que no pertenecían a ninguna dispensación anterior; ordenanzas que no se dieron a conocer a ningún pueblo anterior, sino ordenanzas y principios que pertenecen a la exaltación y la gloria del mundo que habitamos.
Siendo esta, entonces, la condición presente de nuestra tierra, la condición presente de los Santos de los Últimos Días y la obra que tienen por delante para prepararse para la venida del Señor y para la redención de la tierra, ¿qué clase de personas debemos ser ustedes y yo a fin de prepararnos para un cambio tan grande que ha de sobrevenir sobre la faz de esta creación? ¿Cómo debemos actuar y conducirnos? ¡Cuán cuidadosos debemos ser en nuestros hechos, en todas nuestras conversaciones y en todos nuestros caminos, para santificar al Señor Dios en nuestros corazones, tener la mira puesta únicamente en Su gloria, guardar Sus mandamientos en todas las cosas y obedecerlo con íntegro propósito de corazón, a fin de que seamos visitados cada vez más por ese divino Espíritu celestial, el Consolador, el Espíritu Santo, que nos fue conferido por autoridad mediante la imposición de manos! Ese Consolador debe ser alimentado y atesorado en nuestros corazones. No debemos contristarlo. Debemos escuchar Sus susurros y procurar más luz, conocimiento y verdad. No debemos esperar que el Santo Espíritu imparta el conocimiento futuro que será necesario para el progreso de los Santos de los Últimos Días sin esfuerzo mental alguno de nuestra parte. En todas las cosas, el Señor requiere que el hombre, como agente, ejercite sus facultades para obtener cualquier bendición, sea de la naturaleza que sea, ya se trate del espíritu de visión, del espíritu de traducción o de cualquier otro don. No podemos dejar que nuestra mente permanezca inactiva, sin pensar en nada, esperando ser llenos del espíritu de traducción, de inspiración, de revelación o de visión; sino que debe haber un esfuerzo de la mente, debe haber un ejercicio del albedrío del hombre y de la mujer, a fin de que podamos procurar estos grandes y gloriosos dones que se nos han prometido. Y, con el tiempo, después de que se nos haya dado una escuela de experiencia, nos encontraremos tan adelantados que el Señor condescenderá a visitarnos por medio de Sus ángeles, a visitarnos mediante comunicaciones celestiales, a visitarnos mediante visiones, a visitarnos más plenamente por el espíritu de revelación, para que las palabras de Isaías se cumplan al pie de la letra. Al hablar de la Sion de los últimos días, dice: “Y todos tus hijos serán enseñados por Jehová”; no tendrán necesidad de ser enseñados por el hombre, sino que todos conocerán al Señor, desde el menor hasta el mayor. Esta es la promesa. Todos los niños serán enseñados de lo alto, como los niños nefitas en los días antiguos. Sabemos cómo fue con ellos. El poder del Espíritu Santo descendió sobre ellos, llenándolos y rodeándolos con una columna de fuego, y sus lenguas fueron desatadas; aun las lenguas de los niños de pecho y de los pequeñitos expresaron cosas grandes y maravillosas, mucho mayores que las que Jesús les había enseñado. El Señor obró sobre ellos para que expresaran Su conocimiento, de modo que sus padres se maravillaron en extremo. Tan grandes fueron el poder y la inteligencia del Dios Todopoderoso manifestados por medio de estos pequeñitos, que a ningún hombre se le permitió escribir las palabras que hablaron; a ningún hombre se le permitió pronunciarlas; a ningún hombre se le permitió transmitir estas cosas a las generaciones futuras; eran cosas demasiado grandes, demasiado gloriosas, demasiado santas y demasiado avanzadas para los hijos de este mundo. Por eso fueron ocultadas al mundo.
Que Dios nos ayude y derrame Su Santo Espíritu sobre nosotros es mi oración, en el nombre de Jesús. Amén.



























