Diario de Discursos – Journal of Discourses V. 21

El reposo, la eternidad y la fidelidad ante la oposición

La vida terrenal es una escuela de preparación para la eternidad, en la que las pruebas nos enseñan a confiar en Dios y a permanecer fieles a Sus principios.
El reposo significa cambio—El tiempo con relación a la eternidad—El maravilloso mecanismo del cuerpo humano—La integridad ante la oposición

por el élder Erastus Snow, pronunciado en Brigham City, un domingo por la mañana de octubre de 1879
Volumen 21, discurso 4, páginas 22-29


Me siento algo fatigado físicamente a causa del trabajo y de mis dolencias; y si atendiera a mis propios sentimientos, me inclinaría a renunciar a este privilegio y a sentarme a escuchar a mis hermanos. En verdad, puedo decir que más bien contaba con descansar al venir a Brigham City; sin embargo, nunca me permito rehuir la parte que justamente me corresponde en la vida, en relación con el llamamiento y los deberes que recaen sobre mí. Siento que todos estamos aquí en una escuela, que tenemos una obra que realizar; y si, cuando hayamos hecho esa obra, estamos satisfechos con ella, no lamentaremos habernos desgastado para llevarla a cabo. Por el contrario, nos regocijaremos por haber logrado concluirla a salvo y haber entrado en el “reposo” que está preparado para el pueblo de Dios en el estado futuro. Esta es una expresión de las Escrituras que implica que hay un reposo más allá para el pueblo de Dios. Pero a veces he pensado que, estrictamente hablando, el reposo no era sino un cambio y que un cambio era reposo; porque estar en reposo absoluto, estar enteramente libres de trabajo y de preocupaciones, sería incompatible con nuestra existencia; en tal condición, nuestro ser sería un vacío, una inexistencia. El curso de Dios, nos dice el profeta Nefi, es un giro eterno; que, como la eternidad, no tiene principio ni fin, y se ilustra en el libro de Abraham mediante el jeroglífico del círculo. Pueden comenzar en cualquier punto de este anillo y, al recorrerlo, llegarán al mismo punto: no tiene principio ni fin.

A veces hablamos de la eternidad en contraposición al tiempo; y a menudo decimos: “a través del tiempo y hasta la eternidad”; y también “de eternidad en eternidad”, lo cual es simplemente otra manera de expresar la misma idea, y “pasar del tiempo a la eternidad”. En otras palabras, el tiempo es un breve período concedido al hombre en su estado de probación; y usamos la palabra tiempo en contraposición a la palabra eternidad únicamente para adaptarnos al hombre en su esfera finita, a fin de que podamos comprender los períodos y aprender a medirlos. Y con este propósito el Señor dio a Adán su cómputo del tiempo según los movimientos de los planetas, los cuales le parecerían fijos, o al menos relativamente fijos, proporcionando una norma adecuada mediante la cual el hombre, en su estado mortal, pudiera medir períodos y contar los días, los meses, los años y los ciclos.

Las Escrituras hablan de un tiempo en que “el tiempo no será más”. Y el apóstol Juan, en sus visiones, mientras se encontraba desterrado en la isla de Patmos, oyó al ángel decir: “El tiempo no será más”. Quizás no comprendamos plenamente el significado y el alcance de esta expresión. Todas las frases o expresiones, ya sean utilizadas por los hombres, por los ángeles o por Dios, tienen un significado relativo, al compararse una cosa con otra; y para comprender toda su fuerza, debemos entender aquello a lo que se refieren por comparación. Yo sencillamente entiendo por esto que, en lo que a nosotros respecta, el tiempo dejará de existir cuando nos adentremos en la eternidad y dejemos de calcular nuestros períodos por las revoluciones diarias de la tierra y los cambios de la luna, etc.; cuando entremos en una esfera donde podamos relacionarnos con los dioses y familiarizarnos con su cómputo del tiempo y con los períodos eternos o ciclos de las revoluciones de innumerables creaciones en el espacio, que hoy los astrónomos más profundos de la tierra no pueden desentrañar ni señalar dónde comienzan. Y a esto el hombre lo llama eternidad y, en lo que al hombre respecta, se contrapone a otros períodos y maneras de calcular el tiempo conocidos y utilizados entre los Dioses. Porque Ellos tienen Sus períodos y Su cómputo del tiempo al igual que nosotros, solo que en una escala inmensa y, para nosotros, incomprensible. Nos encontramos en un estado de progreso, con comienzos muy pequeños, pero avanzando y ascendiendo hacia una esfera más exaltada, en la cual Ellos se desenvuelven. Pero no concibo un punto en que nos detengamos; no concibo un lugar de reposo absoluto, sino únicamente, como ya he señalado, un cambio, un cambio en nuestras circunstancias y condiciones y, por consiguiente, un cambio en nuestras labores.

Hablo ahora del hombre como un ser inmortal, sin referirme a esta casa terrenal de nuestros tabernáculos; porque esta casa mortal que ocupamos durante unos breves años sobre la tierra no estará asociada con el hombre inmortal, el dios en embrión. La ropa que usamos cubre la desnudez del cuerpo; cumple un buen propósito durante una breve temporada, hasta que se desgasta y entonces se desecha por no servir ya para ese fin. Lo mismo sucede con la casa exterior de nuestros tabernáculos. Esta condición mortal cumple los propósitos previstos durante unos breves años, hasta que se desgasta con el uso, como los implementos agrícolas del labrador, como las herramientas del maquinista o del mecánico, o como cualquier otra máquina; porque el cuerpo humano es una de las máquinas más delicadas y perfectas que se conocen sobre la tierra; no hay ninguna superior. En verdad, la mayor parte de los mecanismos empleados por los hombres en diversas ramas de la industria se basa en la estructura anatómica del cuerpo humano: los ángulos, las articulaciones, los tendones, los cordones mediante los cuales están unidos; la maravillosa construcción no solo de las partes exteriores del cuerpo, sino del delicadísimo mecanismo del sistema nervioso, así como del ojo, del oído, de los medios de percepción y de aquello mediante lo cual se comunica información de una parte del cuerpo a otra. Si un dedo es maltratado o lesionado, se transmite una comunicación telegráfica al centro del conocimiento, al gobierno del cuerpo, informándole de que un dedo está en peligro; y dondequiera que se sienta dolor, en cualquier parte del cuerpo, no es sino el toque de la campana de alarma, que avisa de un ataque hostil y de la necesidad de prepararse para la defensa, no sea que el enemigo que realiza el asalto se apodere de la ciudadela y la destruya. El maravilloso mecanismo del sistema nervioso, mediante el cual el espíritu transmite sus impresiones al cuerpo, es, por así decirlo, un organismo intermedio entre el delicado cuerpo espiritual y los elementos más toscos de nuestros tabernáculos. Y quienes han dedicado más tiempo y estudio a esta maravillosa máquina llegan a apreciar plenamente y a corroborar las palabras del salmista: “Te alabaré, porque asombrosa y maravillosamente he sido hecho”. Su adaptación a los usos y propósitos previstos, con su notable resistencia cuando se guarda y protege debidamente de las enfermedades y de lo que llamamos accidentes, basta por sí sola para despertar la admiración de todos los seres inteligentes. Contemplamos a una persona anciana, digamos de setenta, ochenta, noventa o cien años, y comprendemos que allí hay una máquina, una estructura mecánica; ¿la llamaremos un modelo de movimiento perpetuo? No exactamente, sino una máquina que ha estado en movimiento, digamos, durante cien años; una bomba de doble acción que ha funcionado constantemente, distribuyendo los líquidos del organismo para mantener una circulación continua de la sangre; a veces trabajando con gran esfuerzo para eliminar obstrucciones producidas por resfriados y otras causas, a fin de impedir que se taponen los conductos, y otras veces trabajando lentamente. Y las funciones del cuerpo se mantienen muchas veces en uso tan constante durante semejante período sin que intervenga un mecánico para reparar una avería, a menos que, acaso, sea la sierra del cirujano para quitar un miembro inutilizado que amenaza con perjudicar a todo el cuerpo, o la ligadura de una arteria rota para impedir la salida del líquido vital. Pero, aparte de eso, el médico más hábil es incapaz de efectuar una sola reparación o de mejorar alguna de sus partes; y lo más que puede hacer es dar algo que se ingiera para producir un cambio químico en los líquidos del organismo, para neutralizar quizás un exceso de ácidos, produciendo así un cambio en la calidad de la sangre y, por consiguiente, un cambio en los depósitos que la circulación de este líquido va formando en todas las partes del organismo. Pero ¿qué poder mantiene en movimiento esta maravillosa máquina? Decimos que es el poder de Dios; decimos que en Él vivimos, nos movemos y somos. Y, sin embargo, Él siempre obra por medio de instrumentos, y todas Sus obras maravillosas se realizan mediante agentes; pero no está limitado a un solo agente ni a ningún método particular para realizar Sus obras. Ahora bien, hay un espíritu en este tabernáculo terrenal nuestro que tiene parentesco con nuestro Padre y Dios, que es el dueño de este tabernáculo y para quien este ha sido organizado como morada. Es este espíritu el que mantiene en movimiento las funciones de este tabernáculo; cuando este espíritu deja el cuerpo, es porque el Padre lo llama, deseando utilizarlo en otra esfera, considerando que el tiempo que ha pasado en este tabernáculo es suficiente para los propósitos requeridos y, por tanto, lo lleva a una escuela superior, con el designio especial de realizar una obra especial; o puede ser que haya utilizado su tabernáculo hasta que esté tan desgastado que haya llegado a ser como un arco que ha permanecido tensado durante mucho tiempo y de manera constante: ha perdido su elasticidad; sus huesos han perdido fuerza, sus músculos se han endurecido y toda su estructura está lista, como nuestra ropa vieja, para ser desechada; y el espíritu llega a la conclusión de que ha cumplido su tiempo con este viejo tabernáculo y que ha llegado la hora de dejar a un lado esta vieja vestidura para recibir una nueva. Nuestro Padre llega a esta conclusión y concede al espíritu permiso para partir, y lo traslada a otra esfera. Pero todo esto es necesario como escuela para nosotros. Los diversos dolores y pesares que debemos soportar en la vida son todos necesarios en su tiempo y lugar; las pruebas, como las llamamos, son todas necesarias en su lugar; todas forman parte del plan de educación o preparación para nuestro futuro. Uno de los escritores sagrados, al hablar de Jesús, dijo: “Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado”. Y también: “Porque Dios no da el Espíritu por medida”. A ustedes y a mí se nos concede por medida, conforme a la providencia del Señor; pero para Él había, por así decirlo, un depósito del cual abastecerse sin medida. Podía continuar sanando a los enfermos, levantando a los muertos y haciendo cosas grandes y maravillosas, y, aun así, Su reserva de vitalidad no disminuía en lo más mínimo. Los mortales menos dotados y menos favorecidos que fueran instrumentos para sanar a muchos enfermos por el poder de Dios sentirían que, al tomar sobre sí las dolencias de estos, se hundían bajo el peso y desearían retirarse a descansar y a reponer sus cuerpos agotados. Jesús fue una excepción en este respecto; tomó sobre Sí nuestras debilidades y llevó nuestras enfermedades, como lo había predicho el profeta Isaías. Verdaderamente sanó a los enfermos dondequiera que iba; y algunos descubrieron que, si tan solo podían tocar el borde de Su manto, la enfermedad que padecían podía ser reprendida; y se relata un caso en que esto ocurrió, en el cual se nos dice que salió poder de Él. Pero, a pesar de la gran carga que llevaba, junto con la inmensa cantidad de vitalidad que en diversas ocasiones comunicó a otros, no desfalleció bajo el peso; Su cuerpo mortal no cedió. Pero ningún hombre que careciera del sostén que Él tenía habría podido hacerlo sin sucumbir bajo ese peso; ningún otro habría podido luchar con los demonios, expulsarlos de las personas y mantenerlos a raya como Él lo hizo sin sufrir agotamiento físico y, por tanto, tener que buscar retiro y descanso. Él, sin embargo, libraba una guerra constante y estaba bien preparado para esta obra, pues tenía una fuente inagotable de fortaleza de la cual abastecerse, habiéndosele dado el Espíritu sin medida. Pero finalmente llegó el momento en que el Padre dijo: Debes sucumbir, debes ser hecho la ofrenda. Y en aquella hora oscura, el poder del Padre se retiró de Él en cierta medida, y fue dejado para que Sus enemigos lo prendieran y, como un cordero, fue llevado al matadero, pero no abrió Su boca, porque Su hora había llegado. Y cuando, en Su última agonía sobre la cruz, llegó a exclamar: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”, el Padre no se dignó responder; aún no había llegado el momento de explicárselo y decírselo. Pero poco después, cuando hubo pasado la prueba, realizado el sacrificio y sido levantado de entre los muertos por el poder de Dios, entonces todo quedó claro, todo fue explicado y comprendido plenamente. Era necesario que el Padre desamparara así a Su Hijo en cierta medida, dejándolo en manos de Sus enemigos; de otro modo, ellos jamás habrían podido cumplir lo que se había profetizado acerca de Él. De modo que podemos decir, junto con otros, que esto no es sino un ejemplo sobre el cual reflexionar y que puede ser igualmente aplicable a todos nosotros en nuestros respectivos tiempos y ocasiones.

No es necesario, conforme a la providencia de Dios, que todos seamos mártires; no es necesario que todos suframos la muerte sobre la cruz porque fuera la voluntad del Padre que Jesús padeciera de ese modo; tampoco es necesario que todos los santos de esta última dispensación perezcan porque nuestro profeta pereció; pero puede ser necesario que algunos lo hagan, que un número suficiente de testigos fieles de Dios y de Su Cristo padezcan e incluso perezcan a manos de sus enemigos, para demostrar y mostrar al mundo —al incrédulo y al irreflexivo— que su testimonio es verdadero y que están dispuestos no solo a dar testimonio de palabra, sino también de hecho, a sostener y honrar su testimonio con su vida y también con su muerte; y nadie puede tener mayor amor que este por su amigo o por su compañero íntimo, ni siquiera David y Jonatán, de cuyo amor mutuo se dice que sobrepasó al amor de las mujeres. Nadie puede dar una garantía más firme de su devoción a los principios que ha recibido y que enseña a su prójimo que soportar pacientemente el sufrimiento por causa de ellos y, si es necesario, continuar soportándolo y perseverando aun hasta la muerte.

En el orden de los cielos se ha considerado necesario, en diversos períodos de la historia del mundo, que tales testigos de Cristo sufran la muerte por causa de su testimonio; y es probable que otros todavía tengan que padecer en nuestra propia época. Más aún, las Escrituras nos dan a entender claramente que así será, que algunos sufrirán en mayor o menor medida; pero no se nos ha dado a conocer hasta qué punto los siervos del Señor podrán ser llamados a padecer de ese modo, ni es necesario que lo sepamos. Porque ¿qué diferencia hay cuando hemos realizado una buena obra, o la hemos completado hasta tal punto que el Señor la acepta y está dispuesto a que pasemos detrás del velo, y quizás da Su consentimiento, ya sea que partamos por una bala o por la violencia de nuestros enemigos, o por una enfermedad prolongada? En la mayoría de los casos, lo primero sería preferible en lo que a nosotros personalmente respecta, pues en tales circunstancias el dolor y el sufrimiento serían leves, aunque ello conmocionaría los sentimientos de los amigos que quedaran con vida y lloraran nuestra partida.

Al reflexionar sobre estas cosas, apenas siento estremecimiento alguno, ni pienso ni me preocupo por la muerte que pueda sufrir, ni por cuándo o cómo llegará. No importa cuándo, dónde ni en qué circunstancias sea; mi sentir es, como siempre ha sido, que todo estará bien. No pienso ni me preocupo más por este asunto de lo que un niño de pecho se preocupa por la preparación de su alimento. El Señor cuida de nosotros y de tales asuntos, y los dispondrá en su tiempo y momento oportunos.

Pero hay un principio de por medio. Cuando un hombre se enfrenta a sus enemigos, cuando los inicuos conspiran contra los justos, amenazándolos con la muerte y la destrucción si no abandonan su fidelidad, niegan a nuestro Dios y obedecen sus mandatos, todo esto tiene por objeto probar la fe del pueblo y ponerlo a prueba en cuanto a si tiene más confianza en Dios y en Sus promesas que en su majestad satánica y en las huestes de sus siervos sobre la tierra, quienes en muchos casos les ofrecen lo que no tienen poder para dar. Me recuerdan al diablo cuando llevó al Salvador a un monte alto y le mostró todas las riquezas de la tierra, prometiendo darle todo lo que pudiera ver si tan solo se postraba y lo adoraba. El Salvador respondió: “Escrito está: Al Señor tu Dios adorarás y a él solamente servirás”. No lo injurió diciéndole al pobre diablo que no era dueño de nada, que no tenía poder para dar lo que ofrecía, sino que simplemente citó el pasaje de las Escrituras mencionado, el cual era aplicable y adecuado para la ocasión. Y yo, por mi parte, me propongo obedecer el mandamiento; y esto es todo lo que necesitamos decir a nuestros enemigos cuando nos coloquen en circunstancias semejantes. Pueden decir: “Son ustedes un pueblo muy grande a su manera; son un pueblo muy ahorrativo y frugal a su manera, y están predispuestos a ser pacíficos. Han rescatado el desierto de la esterilidad, han construido hermosos hogares y han hecho caminos, ferrocarriles y líneas telegráficas; poseen todos los elementos y ventajas naturales que pueden hacer que un pueblo sea próspero y feliz y que una nación sea grande; y hay muchas cosas buenas que elogiar en ustedes. Pero tienen un mal que existe y se fomenta entre ustedes, el cual deploramos y estamos deseosos y decididos a erradicar. Ahora bien, si renuncian a él y lo desechan, les extenderemos la mano de hermandad y seremos amigos, y toda la plenitud de la tierra será de ustedes; y daremos la bienvenida en el Congreso a su delegado, a sus representantes y a sus senadores, les daremos un asiento a nuestro lado e incluso retiraremos nuestros perros de guerra y a nuestro gobernador, a los jueces, a los alguaciles y a los fiscales que enviamos para hostigarlos, y también a los pequeños perros callejeros que los siguen ladrándoles a los talones; los retiraremos y les permitiremos poseer la tierra en paz, si tan solo niegan sus principios, dejan de lado aquellos que nosotros declaramos malos, y se postran y adoran a Dios como lo hacemos nosotros”. La cuestión es si seremos fieles en todas estas cosas; si tenemos la misma confianza en Dios, en el Dios a quien servimos, que nos ha guiado toda nuestra vida y nos ha sido fiel en todas las condiciones y circunstancias, y fiel a las promesas que nos ha hecho hasta el presente; si seguiremos confiando en Él y haremos frente a la boca del cañón, si es necesario, o a la muerte en cualquiera de sus formas, o al encarcelamiento, si se prefiere esa forma de trato, o a cualquier cosa que tengan poder para infligirnos, antes que negar a nuestro Dios. “¿Hasta dónde llegarán?”, dice alguien. Respondo: Tan lejos como nuestro Padre se lo permita, y no más. Él ha puesto límites a las olas del océano y también ha puesto límites a la ira de los inicuos. Él controla los elementos que combaten en los cielos: la terrible tormenta que oscurece el firmamento y hace temblar la tierra con su estruendo, los vivos relámpagos que añaden terror a la escena, las olas tumultuosas que se alzan y se estrellan con la furia del vendaval y el terremoto que ruge y arroja sus llamas de resplandor siniestro, cuya vista hace temblar a los hombres. Pero Él habla y todo queda en calma; los truenos callan, las nubes se dispersan, los relámpagos cesan y ya no se oye el bramido del terremoto; todo es paz y tranquilidad. Lo mismo sucede con la ira de los hombres y de las naciones, cuyo furor puede oírse en medio de los inicuos, bajo el dominio del príncipe de la potestad del aire, quien obra y ejerce su control en medio de reyes y gobernantes en discordia que se levantan unos contra otros. Las naciones están enfrentadas y se proclama la guerra; se despliegan las fuerzas bélicas, y la miseria y la muerte avanzan tras ellas. Y de nuevo, por algún medio insignificante, el Señor cambia el destino de las naciones, altera la suerte de la guerra y cambia el curso de los acontecimientos, y todos los cálculos humanos fracasan. Hace que alguno de Sus ángeles ponga un obstáculo en el camino de algún general y de su ejército, de modo que este llegue, quizás, cinco minutos tarde al campo de batalla; hace que se desprenda la rueda de un carro o que le ocurra algún pequeño accidente a una máquina de destrucción, y los mejores cálculos del oficial más sagaz y del rey más orgulloso fracasan, y sus obras quedan en nada. Él levanta y derriba a hombres y naciones según Su voluntad. Así lo hizo en el caso del primer gran y orgulloso monarca del mundo, el rey de Babilonia, quien ejercía un dominio universal sobre la tierra. Era un monarca de mente firme, de voluntad fuerte y altivo; pero Dios le enseñó, mediante una experiencia extraordinaria y humillante, a saber que el Señor, el Dios Altísimo, gobierna en los cielos y también controla los asuntos de los hombres según Su voluntad. Y Dios hizo que se escribiera su amarga experiencia como advertencia para los reyes, los gobernantes y los grandes de la tierra; y estas son lecciones de advertencia igualmente apropiadas para toda alma humana.

He ocupado más tiempo del que me proponía o creía que podría. Ruego a Dios que nos bendiga en todas nuestras labores, que la unión, la paz y el amor permanezcan entre ustedes y en sus hogares, y que la prosperidad los acompañe en sus ocupaciones; que se eliminen las dificultades que los afligen e impiden su progreso y que se dispersen las nubes oscuras que hoy parecen cernirse sobre sus cabezas, y se sienta de nuevo entre ustedes el agradable calor de los rayos del sol; que el corazón de los santos reciba ánimo, y que quienes sienten el peso y la responsabilidad de llevar adelante la obra que tan noblemente han emprendido sean alentados y aliviados de cualquier inquietud que hayan sentido como consecuencia de los infortunios y las pérdidas que han sufrido recientemente. Que Dios lo conceda, en el nombre de Jesús. Amén.

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