El Libro de Mormón y el destino del pueblo de Dios
El Libro de Mormón es un testimonio divino que confirma el Evangelio de Jesucristo, y mediante el Espíritu Santo los santos pueden conocer su veracidad y participar en el recogimiento y la edificación de Sion.
Sobre el Libro de Mormón—El destino del reino de Dios y de los santos
por el élder Orson Pratt, pronunciado en el Tabernáculo, Salt Lake City, el 7 de septiembre de 1879.
Volumen 21, discurso 16, páginas 128-1357
Con sentimientos de gratitud hacia mi Padre que está en los cielos, me presento ante ustedes esta tarde, después de haber estado ausente de este lugar durante unos nueve meses.
Supongo que los Santos de los Últimos Días aquí congregados comprenden el objeto de la misión que se me dio de ir a Gran Bretaña y hacer allí, mediante electrotipia, dos juegos de planchas de las páginas del Libro de Mormón y del libro de Doctrina y Convenios, con el propósito de difundir cientos de miles de ejemplares de estas obras entre los habitantes de la tierra. Por tanto, me complace mucho tener el privilegio de testificarles que, mediante la bendición del Señor, he podido terminar o completar la obra que se me encomendó realizar con respecto a estos dos libros canónicos de nuestra Iglesia.
Si no hubiera sido por el Libro de Mormón, este territorio no estaría ocupado por un pueblo llamado los Santos de los Últimos Días. Ese libro constituye el fundamento de la obra de los últimos días en la cual estamos empeñados. Todos ustedes conocen, si se han esforzado por ejercer su juicio y sus capacidades como seres inteligentes, la naturaleza de ese libro. Si no lo conocen, ciertamente deberían conocerlo. Todos debemos informarnos acerca de cada principio contenido en ese registro. También debemos familiarizarnos mucho con el libro que se llama Doctrina y Convenios, dado por revelación divina en la generación en la que se nos permite vivir. Nosotros, como pueblo, consideramos estos dos libros tan sagrados como cualquier otra revelación que jamás se haya dado a la familia humana. Consideramos el Libro de Mormón un registro muy precioso, una bendición preciosa para las personas que viven en esta dispensación, una obra divina, una revelación divina. Ha estado ante el mundo durante casi cincuenta años, pues lleva más de cuarenta y nueve años publicado; y el mundo entero, si hubiera considerado oportuno informarse acerca de la naturaleza de la obra, podría haber sido bendecido con ese privilegio. Es una obra que el Señor nuestro Dios ha comenzado por Su propio poder. El libro no fue escrito por la sabiduría del hombre ni por la inspiración del hombre, sino por mandamiento del Dios Altísimo. Fue escrito conforme se le revelaba a un joven, el fundador de esta Iglesia, bajo la influencia divina del Santo Espíritu.
Este joven, inspirado por Dios y habiendo recibido revelaciones de los cielos, tuvo el privilegio de sacar a luz este registro sagrado para esta generación. El registro fue traducido, como lo entienden los Santos de los Últimos Días y como generalmente se ha informado al mundo, por revelación, por la inspiración del Espíritu Santo, con la ayuda de un instrumento que se utilizaba antiguamente y se llamaba Urim y Tumim. Al revelarnos esta obra, el Señor no nos exigió recibirla ciegamente y con exaltación, sino recibirla basándonos en pruebas buenas, sustanciales y sólidas, que no podemos refutar ni contradecir; pruebas que ninguna persona razonable, que posea las facultades comunes del razonamiento humano, puede rechazar de manera coherente. El Señor no levantó esta Iglesia, no comenzó a poner sus cimientos, hasta que reveló este libro; y al revelar este libro, cumplió muchas predicciones hechas en la antigüedad por boca de los profetas judíos y también de los apóstoles que sucedieron a los profetas judíos. Hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo y predijeron que una obra semejante saldría a luz en los últimos tiempos; y si esta no es esa obra, como dice el mundo que no lo es, entonces debemos esperar el día en que una obra semejante sea sacada a luz por el poder del Dios Todopoderoso; porque los acontecimientos predichos por boca de los profetas, registrados en la Biblia judía, jamás pueden cumplirse ni llevarse a cabo a menos que salga a luz una obra de naturaleza semejante a la que se ha presentado a las personas del siglo XIX.
Decimos que el Libro de Mormón es tan sagrado como la Biblia, el Antiguo y el Nuevo Testamento. No vemos ninguna razón por la cual debamos excluir todos los demás libros del conjunto de libros que componen la Biblia judía. No tenemos nada en las obras recopiladas de la Biblia —la traducción del rey Jacobo—, no tenemos declaraciones en este libro que indiquen que el canon de las Escrituras debía quedar completo al concluir el siglo IV de la era cristiana. No tenemos declaraciones en este libro de que, unos cuatrocientos años después de Cristo, habría una iglesia o un pueblo sobre la tierra que reuniría libros manuscritos y los llamaría la Biblia, y que eso constituiría una revelación completa de la voluntad de Dios; ni de que no existieran otros libros sagrados aparte de los que la Iglesia católica hubiera reunido al finalizar el siglo IV.
Creemos que Dios es el Dios de todas las naciones, así como el Dios de los judíos. Creemos que no limitó Su poder divino y la inspiración de Su Espíritu a un pequeño lugar de nuestro globo, aunque obró de manera extraordinaria y maravillosa en la tierra de Palestina entre los judíos y manifestó Su poder levantando profetas, reveladores y apóstoles. Sin embargo, conforme a nuestra manera de entender, no podemos limitar al Todopoderoso, como lo hacen las naciones cristianas, y decir que nunca ha hablado a ningún otro pueblo. Con la inteligencia y la luz que Dios nos ha dado, no podemos decir que la Biblia es la única revelación de Dios al hombre. Creemos que Él hizo a todas las naciones y a todos los habitantes de la tierra. Creemos que tuvo tanta consideración por las diez tribus, después de que se rebelaron contra la casa de Judá y se constituyeron en una nación separada —cuando obraban con rectitud—, como por los judíos que moraban en Jerusalén y en las cercanías de aquella gran capital. De hecho, el Señor nos ha mostrado que no hacía acepción de personas. En lo que respecta a las diez tribus, se había revelado a ellas. Algunos de los más grandes profetas que fueron levantados en la antigüedad, antes de la venida del Mesías, fueron profetas que vivieron entre las diez tribus, que no eran judíos: no estaban incluidos en la casa de Judá ni en las dos tribus y media. Por ejemplo, Elías el Profeta, a quien Dios dio un poder tan grande que podía invocar Su nombre y los cielos se cerraban para que no lloviera sobre la tierra, conforme a su oración, durante tres años y medio. Un hombre con tal fe que, después de tres años y medio de gran hambre, oró para que el Señor enviara lluvia, y la lluvia fue concedida de inmediato. Un hombre con tal poder que, cuando un capitán de cincuenta vino con sus cincuenta hombres para prenderlo y lo llamó burlonamente hombre de Dios, dijo al capitán: “Si yo soy hombre de Dios, descienda fuego del cielo y consúmate a ti y a tus cincuenta”; y se hizo conforme a su palabra. No era un profeta judío; era un profeta de las diez tribus. Un hombre, además, que tenía una fe tan grande en Dios que fue llevado de la tierra en un carro de fuego y transportado a las moradas de la inmortalidad, entre los seres inmortales. Aquí, entonces, había un profeta levantado entre otra rama de la casa de Israel. También estaba Eliseo, otro profeta, no de los judíos, sino de las diez tribus. ¿No eran sus revelaciones tan sagradas como las revelaciones de los profetas de Judá? Ciertamente lo eran, y fueron incorporadas a la Biblia judía. ¿Había otras ramas de Israel además de aquellas diez tribus que moraban en las regiones septentrionales de la tierra de Palestina y de los judíos? Sí; leemos en diversas partes de esta Biblia que muchos de la casa de Israel fueron llevados lejos del cuerpo principal que moraba en Palestina y esparcidos por las cuatro partes de la tierra. ¿Los olvidó Dios a ellos y a sus generaciones posteriores después de que fueron esparcidos de esa manera? Creo que no. No los olvidó; y en los días de su rectitud se reveló a ellos y a Sus profetas. Y este gran y escogido continente americano estuvo una vez poblado por la descendencia de Israel, no especialmente por las diez tribus ni por la nación judía, sino por un pequeño remanente de una tribu, a saber, los descendientes de José, quien fue llevado a Egipto. Estos indígenas americanos esparcidos por este gran continente nuestro son descendientes literales del linaje escogido. Ahora bien, ¿suponen que el Todopoderoso, quien desea la salvación de los hijos de los hombres, tomaría a un grupo, por grande o pequeño que fuera, lo establecería en un continente tan grande y vasto como el nuestro y lo dejaría sin ninguna guía por revelación de Él? ¿Lo dejaría de generación en generación sin profetas y sin reveladores? Tal cosa me parece incongruente. Dios, que no hace acepción de personas, que ama a todos los pueblos de todas las naciones, tribus y lenguas, ciertamente no conduciría de ese modo al linaje escogido, lo establecería en un continente tan vasto como el nuestro y luego se ocultaría o se retiraría, dejándolo en completa ignorancia, sin revelación alguna de los cielos. ¿Qué es el Libro de Mormón? Es su registro, su Biblia, sus revelaciones, sus predicciones, sus doctrinas, sus manifestaciones y visiones, y su historia, así como la Biblia es el registro y la historia de los judíos. ¿Por qué, entonces, habría de considerarse contrario al carácter de Dios que sacara a luz registros tan sagrados, tan grandes y tan importantes para unirlos al testimonio del registro judío, a fin de que las naciones de los últimos días tuvieran el testimonio de dos hemisferios de que Dios es el mismo Dios, de que Sus doctrinas son sempiternas, el mismo Evangelio y plan de salvación inmutables, y de que Su pueblo Israel era tan precioso para Él en el hemisferio occidental como en el oriental, y de que la gran Expiación que ahora conmemoramos en esta casa no debía quedar fuera del conocimiento de los habitantes del hemisferio occidental? ¿Es congruente que así sea? No hay hombre viviente que se libre de las tradiciones de falsas doctrinas que han prevalecido durante muchas generaciones que no diga que es propio de Dios, que es conforme al carácter del Todopoderoso, revelarse al hemisferio occidental así como al gran hemisferio oriental; y si lo hizo, ¿habría algo incongruente en que estos registros salieran a luz en los últimos días? ¿Está limitado Dios en Su poder? Apelo a toda la cristiandad: ¿Creemos nosotros, como cristianos, que el Señor Jesucristo y Su Padre están limitados en Su poder, y que las personas deben quedar sin conocimiento divino, sin información de los cielos, cuando les resulta tan fácil revelar? ¿No ha de cubrir el conocimiento de Dios la tierra, conforme a la predicción del profeta Isaías, como las aguas cubren las profundidades del mar, antes de que llegue el fin? ¿No han de ir muchos de un lado a otro en los últimos días y aumentar el conocimiento? Y cuando hablo de conocimiento, me refiero al conocimiento que es de Dios, al conocimiento revelado desde los cielos acerca del gran plan de salvación. Es razonable, es congruente, está de acuerdo con la Biblia judía que Dios se revele a Sí mismo y revele el plan de salvación a las personas de los últimos días, para que el conocimiento de Dios cubra verdaderamente la tierra como las aguas cubren las profundidades del mar. Al revelar este conocimiento adicional, ¿se hará algún daño? ¿Hay alguna iglesia sobre la faz de toda la tierra que resulte perjudicada en lo más mínimo por las revelaciones adicionales enviadas desde los cielos? Creo que no. ¿Qué daño hay en que el Señor manifieste a los habitantes de este hemisferio occidental que a los habitantes de esta tierra se les predicó el mismo Evangelio que se predicó a los judíos y a los habitantes del continente oriental en la antigüedad? ¿Quién resulta perjudicado entre todas las denominaciones religiosas de la cristiandad, los cuatrocientos millones de llamados cristianos, por la adición de más revelación? Después de habérseles dado a conocer el libro de Mateo, ¿perjudicó a alguna de las ramas de la Iglesia que antiguamente eran cristianas el que se les permitiera tener el testimonio de otro hombre inspirado, llamado el libro de Marcos? Creo que no hubo daño alguno en que Marcos escribiera su Evangelio después de que Mateo hubiera escrito el suyo. No hizo ningún daño a los antiguos cristianos que Lucas escribiera su testimonio del Evangelio; que Juan escribiera el suyo; que se le permitiera a Juan recibir grandes profecías y revelaciones en la isla de Patmos. ¿Puso eso fin a la revelación de Dios? No, porque encontramos que el Señor inspiró a Juan a escribir su testimonio del Evangelio, lo cual demuestra que el canon de las Escrituras no quedó cerrado cuando Juan salió de Patmos. ¿Qué daño hay en que otra nación conozca al profeta Moisés, al Señor Jesucristo y la Expiación que realizó mediante Su propio sufrimiento y muerte? ¿No sería un privilegio y una bendición para los antiguos habitantes de América recibir información acerca del único camino por el cual podían ser salvos en el reino de Dios? El Libro de Mormón registra el hecho de que Jesús sí se apareció en este continente americano después de Su resurrección de entre los muertos; que sí ministró personalmente, en Su cuerpo inmortal, después de Su resurrección, durante varios días entre este remanente de Israel, los antepasados de estos indígenas americanos. ¿Qué Evangelio enseñó? ¿Enseñó un Evangelio en Asia y otro en la antigua América? No. Entonces, si se enseña el mismo Evangelio, ¿quién resulta perjudicado entre los cuatrocientos millones de cristianos por recibir información acerca de él? Me parece que puedo imaginar los sentimientos de los visitantes que quizás estén presentes esta tarde. Puedo imaginar a alguien diciendo: “Oh, sería una teoría muy hermosa, si tan solo pudiéramos creerla; si tan solo tuviéramos testimonio suficiente para creer lo que ustedes, Santos de los Últimos Días, declaran: que el Libro de Mormón es realmente una revelación divina del Evangelio tal como se predicó en la antigua América; si supiéramos este hecho, no podríamos denunciarlo como algo destinado, por su naturaleza, a destruir la paz y la felicidad de la cristiandad, sino que lo consideraríamos una gran bendición para la familia humana, si tan solo tuviéramos las pruebas y el testimonio de que los hechos son como ustedes los exponen”. Ahora bien, supongo que estos pensamientos pasan por la mente de algunas personas aquí. Pues bien, ¿cuáles deben ser las pruebas? ¿Qué clase de pruebas supondrían naturalmente que el Señor Todopoderoso daría para corroborar la divinidad de un libro cuya extensión es casi dos tercios de la de la Biblia judía? ¿Pueden imaginar algún testimonio que debiera darse para convencer a los hijos de los hombres? “Pues bien —dice alguien—, si tan solo pudiéramos tener la confirmación mediante la ministración de ángeles, eso sería una prueba, una gran prueba o testimonio”. Los habitantes de esta generación han tenido durante casi cincuenta años el testimonio de tres hombres, además del joven que tradujo el Libro de Mormón: el testimonio de tres testigos. El Señor no permitió que Su Iglesia fuera organizada ni que Sus siervos edificaran este reino sobre la tierra —este reino eclesiástico— hasta que dio pruebas suficientes a tres testigos escogidos, así como al joven que tradujo la obra. Su testimonio se publica junto con el libro, y no hay hombre viviente que pueda contradecir su testimonio ni demostrar que es falso. Los testigos mismos nunca han negado su testimonio; y no solo hubo otros tres testigos que vieron al ángel, oyeron las palabras de su boca, vieron la gloria de su semblante y vieron las planchas, las planchas originales de las cuales se tradujo el Libro de Mormón, sino también otros ocho testigos que vieron las planchas, aunque no vieron al ángel; vieron las planchas en otra ocasión, vieron los grabados que había sobre ellas, las palparon con sus manos y han dejado registrado su testimonio. Por tanto, tenemos el testimonio del joven que fue llamado por el ángel para traducir y sacar a luz el libro, y además el testimonio de otros once testigos. Por boca de dos o tres testigos, se nos dice en el registro judío, se establecerá toda palabra. Pero Dios consideró oportuno dar doce testigos antes de que la Iglesia de los Santos de los Últimos Días llegara a existir sobre esta tierra. Eso ciertamente debería ser suficiente para comenzar la obra, para comenzar a iluminar la mente de los hijos de los hombres acerca de lo que Dios estaba por hacer sobre la faz de la tierra. Pero ¿estamos limitados a estos doce hombres y a su testimonio? ¿No hay otros medios por los cuales podamos llegar a saber por nosotros mismos que esta obra es divina? Les diré cómo el Señor ha dispuesto, de una manera propia de Dios, tal como naturalmente esperaríamos que lo hiciera, que los hijos de los hombres, por débiles, frágiles e imperfectos que sean en su juicio, si tienen el sentido común y las capacidades comunes que generalmente poseen los hijos de los hombres, puedan tener no solo fe acerca de la veracidad de esta obra, fundada en las pruebas de otros, sino también conocimiento por sí mismos. ¿Y cómo es esto? ¿Cómo pueden las personas obtener un conocimiento real de que este libro es divino? Dice alguien: “Quisiera aceptarlo, pero ustedes son tan impopulares. Sin embargo, si supiera que es verdadero —quizás algún visitante diga en su corazón—, si supiera que Dios es su autor, no me importaría en absoluto el desprecio ni la impopularidad del pueblo llamado los Santos de los Últimos Días”. Hay una manera de saber si esta obra es verdadera, si cumplen las condiciones. ¿Y cuáles son las condiciones que Dios ha señalado mediante las cuales podemos recibir conocimiento ahora, así como lo recibieron en la antigüedad acerca de doctrinas y principios semejantes? Es mediante la obediencia al Evangelio del Hijo de Dios. Antes de permitir que esta Iglesia fuera organizada, el Señor dio autoridad a Sus siervos para predicar el Evangelio y organizar Su reino sobre la tierra en cumplimiento de las antiguas profecías. Junto con esta autoridad, les dio autoridad para administrar las ordenanzas del Evangelio a quienes se arrepintieran de sus pecados y creyeran en el Señor Jesucristo. No solo les dio poder y autoridad para bautizar —es decir, autoridad divina para bautizar— para la remisión de los pecados, sino también para imponer las manos sobre la cabeza de los creyentes bautizados y pronunciar sobre ellos las bendiciones del Espíritu Santo, como se hacía en la antigüedad. Esto colocaba a las personas de esta generación en condiciones de comprobar si esta obra era divina o no. Los élderes fueron enviados en los primeros tiempos de esta Iglesia, diciendo al pueblo: “Si se arrepienten de sus pecados, si se apartan de todo lo malo, si de todo corazón entran en un convenio con el Todopoderoso de obedecer al Señor de justicia, guardar Sus mandamientos y hacer lo correcto durante todos los días futuros de su vida, y son bautizados por la autoridad que Dios ha dado desde los cielos, y también son confirmados mediante la imposición de manos, Dios les dará el Espíritu Santo, y mediante este don del Espíritu Santo sabrán que el Libro de Mormón es una revelación divina y que esta es la Iglesia y el reino del Dios viviente”. Muchísimas personas sinceras de corazón en la Unión Americana, en la nación de Gran Bretaña, en las diversas naciones de Europa y en las islas del mar han puesto a prueba la veracidad de este mandamiento de Dios dado a Su siervo en los primeros comienzos de esta Iglesia. ¿Recibieron el Espíritu Santo? Testifican que lo recibieron. Dicen: “Al obedecer ese mensaje que nos trajeron, del cual testificaron que Dios los había enviado a predicar, las promesas que nos hicieron se han cumplido. Declararon que recibiríamos el Espíritu Santo. Lo hemos recibido porque nos hemos humillado ante Dios. Ustedes nos han bautizado. Declararon que poseían autoridad. Lo creímos por el testimonio que nos dieron de que así era, pero no lo sabíamos. Fuimos y actuamos conforme a nuestra fe, y ahora podemos testificar que sabemos que son siervos de Dios, porque Dios ha cumplido la promesa que nos dio por medio de la palabra de ustedes”. Así, decenas de miles han comprobado la divinidad de esta obra. Les asombra que este pueblo esté tan bien unido. Les asombra que salgamos de las naciones de la tierra y nos congreguemos en uno. Se preguntan qué impulsa a este pueblo llamado los Santos de los Últimos Días a venir de las tierras de sus antepasados, de las islas del mar, de naciones lejanas, y congregarse aquí en esta gran cuenca de América del Norte. No es el hombre quien ha realizado esta obra. Están aquí, en estos valles, porque han recibido el Espíritu Santo. Es porque Dios les testificó en sus propias tierras, antes de que emprendieran el viaje, que había vuelto a hablar a los habitantes de la tierra como en la antigüedad. Allí aprendieron que esta era Su Iglesia verdadera, Su reino verdadero establecido sobre la tierra, como lo había predicho por boca de Sus siervos, y sintieron el deseo de congregarse con el resto de los santos que tenían el mismo testimonio que ustedes. Por eso se congregan no solo por elección, sino por un mandamiento expreso. No nos congregamos aquí meramente por estar juntos, sino porque el mismo Dios que reveló el Libro de Mormón por medio de Su siervo José, el joven de quien he hablado, dio a ese mismo joven otra revelación que está publicada en el libro de Doctrina y Convenios, que ahora tengo en la mano, mandando a los Santos de los Últimos Días congregarse de todas las naciones de la tierra en este continente americano. Por tanto, vinieron aquí porque habían recibido el Espíritu Santo. Han venido aquí porque sabían que esta obra era verdadera. Han venido aquí para cumplir el mandamiento que Dios dio cerca del tiempo del surgimiento de esta Iglesia con respecto al recogimiento de Sus santos de entre todas las naciones y reinos de la tierra. ¿Ha cumplido Dios lo que habló cuando no éramos más que un pequeño puñado de personas, que no llegábamos a cien almas? Nos dijo que Su pueblo sería congregado de todas las partes de la tierra en un solo lugar sobre la faz de este gran continente. ¿Lo ha cumplido? El testimonio está ante los ojos no solo de los Santos de los Últimos Días, sino de todas las personas, naciones y lenguas, y entre las naciones más lejanas de la tierra, acerca del recogimiento del pueblo llamado los Santos de los Últimos Días. Dios ha cumplido Su palabra, esta palabra que fue dada hace casi cincuenta años acerca del recogimiento de Su pueblo de las cuatro partes de la tierra. Ahora bien, esta gran obra de los últimos días jamás podría realizarse sin este recogimiento de los santos. No hay ningún otro pueblo que lo esté cumpliendo. Por ejemplo, consideren a los católicos romanos; no se están congregando de todas las partes de la tierra. Consideren a la Iglesia griega; no salen de las naciones donde reciben su doctrina. Consideren a todas las denominaciones protestantes: ¿quiénes de entre todas ellas se están congregando en uno? Si emitieran una proclamación por sabiduría humana y por mandamiento humano, exigiendo a sus miembros que se congregaran, no podrían lograrlo. ¿Por qué? Porque no hay suficiente unidad entre ellos; no se les ha dado el Espíritu Santo en Su plenitud, como se dio a los antiguos santos; por eso no podrían congregar al pueblo. Pero el Señor lo ha hecho por medio de este pueblo. ¿Y qué hará todavía? Permítanme profetizar, no en mi propio nombre ni por mi propia sabiduría, sino basándome en lo que Dios ha revelado a esta Iglesia desde el año 1830 y también en lo que se da en el Libro de Mormón: profetizo que esto no es más que el comienzo, por así decirlo, de la gran obra del recogimiento de los Santos de los Últimos Días.
[Quisiera decir que algunos de nuestros amigos que han venido esta tarde se ven obligados a retirarse debido a la salida del tren. Que el Señor los bendiga y derrame Su Espíritu sobre ellos; que les manifieste la verdad para que sean bendecidos junto con todos los que guardan los mandamientos de Dios].
Por tanto, el Señor nuestro Dios ha cumplido lo que habló; y, como dije, esta obra, en lugar de estar casi terminada, casi cumplida y de haberse realizado ya todas las cosas conforme a los propósitos del Todopoderoso, apenas tiene ahora sus cimientos puestos, por así decirlo; y en lugar de estar congregados en un pequeño grupo de ciento cincuenta mil, dentro de algún tiempo estaremos congregados por cientos de miles e incluso millones. Ahora bien, ¿lo creen? No solo lo creo, sino que sé que sucederá, con tanta certeza como muchísimas otras cosas que ya se han cumplido desde que las promesas fueron pronunciadas y publicadas en este libro. Sabía que sucederían, porque Dios me ha revelado estas cosas y me ha dado conocimiento de ellas; y también conozco el futuro de este pueblo, como también lo conocen muchísimos de nuestros hermanos que han recibido testimonios acerca de estos asuntos. ¿Está Dios limitado a este pequeño y estrecho lugar llamado la gran cuenca de América del Norte? Pues no. Solo por ahora, por el momento, moramos aquí. ¿Dónde moraremos en el futuro? ¿Cuál es nuestro destino futuro? No está en las islas Sándwich, no está en Nueva Zelanda, no está en Australia, no está en ninguna de las islas del mar; pero les diré en muy pocas palabras cuál es el destino futuro de este pueblo. Dentro de no muchos años —no digo cuántos—, mirarán hacia los condados occidentales del estado de Misuri y hacia los condados orientales del estado de Kansas, y en toda aquella región verán un país densamente poblado, habitado por un pueblo pacífico, con sus huertos, sus árboles frutales, sus campos de grano, sus hermosas casas y sus árboles de sombra, sus ciudades, pueblos y aldeas. Y podrán preguntar: ¿Quiénes son todas estas personas? Y la respuesta será: ¡Santos de los Últimos Días! ¿De dónde han venido? ¡Han venido de las naciones de la tierra! ¡Han venido de las montañas de Utah, de Arizona, de Idaho y de los territorios montañosos del continente norteamericano; han descendido hasta aquí y están cultivando tranquilamente las tierras de estos estados! Ahora bien, todo esto sucederá, tan ciertamente como que hay un Dios que reina en aquellos cielos, y además dentro de no muchos años. Así ven que, durante algún tiempo por venir, nuestro destino futuro no es edificar este reino en ninguna de las islas del mar, sino establecernos donde Dios ha decretado por Su propio poder que Su pueblo ha de morar. “Ah, pero —dice alguien—, primero tienen que conseguir la tierra”. Pero yo preguntaría: ¿Hay alguna violación de la Constitución, hay algo que pueda privar de los derechos de la ciudadanía estadounidense a quienes se trasladan de una parte de esta nación a otra, pacífica y tranquilamente, comprando la tierra y estableciéndose en ella? Creo que no. “Pero —dice alguien— quizás no les permitan comprar la tierra”. El Señor se encargará de eso; eso está en las manos del Señor. Ese mismo Ser que ayudará a edificar una gran ciudad en los límites occidentales del estado de Misuri tiene todo poder; y cuando compremos la tierra y vayamos a tomar posesión de ella, no creo que seamos expulsados de nuestras propias tierras si atendemos nuestros asuntos y no nos entrometemos en los de nuestros vecinos, ni procuramos perjudicarlos en sus derechos y privilegios garantizados por la Constitución de nuestro país. Si nos comportamos de manera pacífica, no veo por qué no podamos morar allí al igual que otros ciudadanos. Tenemos la más firme seguridad de que así será. Estas fueron promesas que se nos hicieron antes de que hubiera cien personas en esta Iglesia. Se prometió que tendríamos una tierra por herencia; pero Dios nos mandó comprarla. Ahora bien, cuando llegue el momento de comprar esta tierra, tendremos los medios. Cómo se obtendrán estos medios no me corresponde decirlo. Quizás el Señor abra minas que contengan oro y plata, o de alguna otra manera, como mejor le parezca, se derramarán riquezas en el regazo de los Santos de los Últimos Días hasta que apenas sepan qué hacer con ellas. Aquí volveré a profetizar, basándome en revelaciones anteriores, que no hay pueblo sobre la faz de todo el globo, sin exceptuar siquiera Londres, París, Nueva York ni ninguna de las grandes ciudades mercantiles del mundo; no hay pueblo ahora sobre la faz de la tierra tan rico como lo serán los Santos de los Últimos Días dentro de unos pocos años. Al tener sus millones, comprarán la tierra, edificarán ciudades, pueblos y aldeas, y construirán una gran capital en la sede central, en el condado de Jackson, Misuri. ¿Tendremos un templo allí? Sí. ¿Tendremos una ciudad hermosa? Sí; una de las ciudades más hermosas que jamás se hayan levantado en el continente americano será edificada por los Santos de los Últimos Días en el condado de Jackson, Misuri. Por consiguiente, cuando los congresistas, los estadistas y los grandes hombres de nuestra nación quieran saber cuál será el destino futuro de los Santos de los Últimos Días, que recuerden las palabras de su humilde servidor, quien les ha dirigido la palabra esta tarde; porque sucederán, se cumplirán. Ya hemos visto cumplirse demasiadas revelaciones como para equivocarnos con respecto a estos asuntos. Amén.



























