Reconocer la mano de Dios en el cumplimiento de las profecías
El Espíritu de revelación permite reconocer el cumplimiento de las profecías en acontecimientos que parecen naturales y comprender la autoridad con que Dios guía a Su Iglesia.
El cumplimiento natural de las profecías—Los israelitas y los gentiles
por el élder George Q. Cannon, pronunciado en Hyde Park, el domingo 2 de noviembre de 1879, por la noche.
Volumen 21, discurso 29, páginas 264-272
Leeré una porción de una revelación dada por medio del profeta José Smith antes de la organización de la Iglesia, fechada en abril de 1829: “Oliver Cowdery, de cierto, de cierto te digo, que así como vive el Señor, que es tu Dios y tu Redentor, así también ciertamente recibirás un conocimiento de cuantas cosas pidieres con fe, con un corazón sincero, creyendo que recibirás un conocimiento concerniente a los grabados sobre planchas antiguas, que son de antaño, los cuales contienen aquellas partes de mis Escrituras de que se ha hablado por la manifestación de mi Espíritu. Sí, he aquí, hablaré a tu mente y a tu corazón por medio del Espíritu Santo que vendrá sobre ti y morará en tu corazón. Ahora, he aquí, este es el espíritu de revelación; he aquí, este es el espíritu mediante el cual Moisés hizo pasar a los hijos de Israel a través del mar Rojo sobre tierra seca”.
El punto al que deseo llamar su atención se encuentra en los versículos segundo y tercero de esta revelación. En muchos aspectos, los Santos de los Últimos Días somos como otras personas que no son Santos de los Últimos Días. Somos propensos a albergar opiniones que no son muy correctas y que pueden ser el resultado de nuestras tradiciones e ideas preconcebidas. Esta es una peculiaridad de la humanidad en general: siempre que las personas tratan las cosas de Dios, hablan de ellas o las contemplan, y especialmente cuando leen las predicciones hechas por los siervos de Dios acerca de acontecimientos futuros o de acontecimientos que pueden suceder ante sus propios ojos, a veces tienden a formarse ideas erróneas o, al menos, exageradas acerca de ellos. Los profetas han anunciado los acontecimientos que tendrían lugar en relación con esta obra. Hay una profecía que me viene a la mente, registrada por Isaías y Miqueas, acerca de la edificación de la casa de Dios en la cima de las montañas, del recogimiento del pueblo allí y del propósito por el cual se congregaría: que subiría para ser enseñado por el Señor, etcétera. Ahora bien, podría suponerse que, cuando se cumpliera esa predicción, sería algo tan destacado y notable entre las naciones de la tierra que todos sus habitantes que lo presenciaran dirían: “Este es el cumplimiento de las predicciones de Isaías y Miqueas”. Y podría pensarse que todos los habitantes de la tierra que lo presenciaran quedarían convencidos de su veracidad y dirían: “Ya no nos opondremos a esta obra, porque contemplamos el cumplimiento de las predicciones de aquellos santos profetas a quienes se nos ha enseñado a respetar y cuyos escritos hemos leído como autoridad proveniente de Dios”.
Y, sin duda, hay muchos Santos de los Últimos Días que, en los primeros tiempos de su experiencia en esta Iglesia, cuando han oído a los élderes predecir los grandes acontecimientos que sucederían en relación con esta obra, han pensado y sentido en su corazón que, cuando los inicuos y quienes se oponen a esta obra vieran el cumplimiento de estas predicciones, se verían obligados a reconocer que esta es la obra de Dios, cesarían su hostilidad y oposición y dirían que habían estado equivocados. Por ejemplo, en los primeros días de esta Iglesia los élderes predijeron calamidades, guerras y dificultades de diversas clases que sobrevendrían a los habitantes de la tierra. En diciembre de 1832 se dio al profeta José Smith una revelación acerca de la guerra que tendría lugar entre los estados del sur y los estados del norte. Esta era una predicción definida que señalaba el lugar exacto donde surgiría cierta dificultad, rebelión o división en la nación. La mayoría de nosotros que hemos sido criados en la Iglesia conocíamos esta revelación desde nuestros primeros años. Se ha publicado para que todos los miembros de la Iglesia, y también el mundo, pudieran tenerla; y era razonable esperar que una profecía tan definida como esta, que declaraba la naturaleza exacta de la dificultad que surgiría entre el sur y el norte y que también señalaba con tanta precisión el lugar exacto donde ocurriría la división —digo que era razonable esperar que, cuando se cumpliera—, tuviera el efecto de convencer a los incrédulos de la veracidad de la misión de José Smith y de que realmente era un hombre inspirado por el Señor para hablar la palabra de Dios al pueblo.
En 1860, los hermanos Orson Pratt, Erastus Snow, yo y otros íbamos a nuestras misiones, y llegamos a Omaha en noviembre de aquel año. Una delegación de los principales ciudadanos de esa ciudad vino a nuestro campamento y nos ofreció el uso del palacio de justicia, pues deseaban escuchar nuestros principios. Se aceptó la invitación y el élder Pratt les predicó. Durante el servicio se leyó la revelación a la que me he referido, la revelación acerca de la división entre el sur y el norte. Probablemente se leyó porque, cuando llegamos a Omaha, se recibió la noticia de que ya se estaban gestando dificultades y de que varios estados amenazaban con separarse de la Unión. Su lectura causó una impresión considerable entre las personas. Muchos nunca habían oído hablar de ella, y a bastantes les sorprendió el carácter extraordinario de la profecía. Desde un punto de vista natural, y considerando las cosas como suelen hacerlo los hombres, podría haberse esperado que la lectura de semejante revelación, en aquel momento, cuando se aproximaba la crisis, hubiera dirigido la atención de las personas hacia ella y las hubiera llevado a investigar su veracidad, las doctrinas de la Iglesia y el fundamento de nuestra creencia. Pero si hubo algún converso entre aquel público, no lo sé. Se sembró buena semilla, pero no permanecimos allí para ver qué efecto producía. Puesto que la revelación era tan extraordinaria y los acontecimientos que entonces sucedían corroboraban tanto su veracidad, uno podría pensar naturalmente, dado que en aquella ocasión estaban presentes los ciudadanos principales y más reflexivos de aquella comunidad, que un gran número habría quedado impresionado con la probabilidad de que fuera verdadera, habría investigado y se habría unido a la Iglesia. Sin duda recordarán que durante bastante tiempo no se sabía con certeza si la rebelión comenzaría o no en Carolina del Sur. Yo estaba en Inglaterra en aquel tiempo, dedicado a publicar el Millennial Star, y prestaba mucha atención a los periódicos estadounidenses; recuerdo bien que, a juzgar por todas las apariencias humanas, durante un tiempo parecía que el conflicto estallaría en Fort Pickens, Florida. Pero la palabra de Dios se había pronunciado acerca de aquel acontecimiento y, por consiguiente, tenía que cumplirse como se había predicho; y la guerra sí comenzó en Carolina del Sur. Se cumplió, como todos saben, al pie de la letra, siendo Fort Sumter el lugar donde estalló la rebelión.
Ahora bien, aludo a esto en relación con este tema para mostrarles que no solo el mundo está equivocado en sus opiniones acerca del cumplimiento de las predicciones de los profetas, sino que incluso los Santos de los Últimos Días, sin duda en muchos casos, han albergado ideas erróneas acerca del cumplimiento de las revelaciones y profecías de la Biblia. No dudo que haya muchos aquí esta noche que hayan tenido alguna experiencia en esto y puedan recordar momentos de su propia vida en que hayan pensado: “Seguramente, cuando se cumplan estas cosas que los profetas han anunciado, las personas quedarán convencidas. Mis amigos que ahora se burlan de mí quedarán entonces convencidos y se verán obligados a confesar que hice bien en abrazar el Evangelio”.
Sin duda hay algunos entre los presentes esta noche que han tenido estas ideas, y ciertamente hay buenas razones para tenerlas. Pero la experiencia nos ha enseñado que, aunque quizás unos pocos, al ver cumplirse las predicciones, han reconocido que nuestro proceder es correcto, en la mayoría de los casos por toda la tierra donde se ha predicado el Evangelio, el cumplimiento de las predicciones de los profetas no ha tenido el efecto de convencer a las personas de la veracidad del ministerio que Dios nos ha dado.
Aun con esta experiencia del pasado, los propios Santos de los Últimos Días no están enteramente libres de ideas exageradas acerca de los efectos que probablemente seguirán al cumplimiento de predicciones todavía futuras. ¿No estamos todos inclinados a esperar muchos acontecimientos anunciados por los siervos de Dios como algo de naturaleza tan grandiosa y maravillosa, y podría decir tan sobrenatural, que cuando se cumplan nos sobresaltarán incluso a nosotros que creemos que han de venir, y obligarán a los habitantes incrédulos de la tierra a aceptarlos como pruebas de la verdad? Esta parece ser la tendencia natural de nuestros pensamientos. Lo observo en mí mismo y lo observo en otros. Cuando leemos acerca de los grandes acontecimientos que han de suceder en relación con esta obra, según se predice en el libro de Doctrina y Convenios, ¿no nos inclinamos a pensar que, sin duda, cuando estas cosas ocurran, toda la tierra, así como nosotros mismos, se verá obligada a reconocer que esta es la obra de Dios y que estos acontecimientos son realmente los que han sido predichos por los profetas?
Ahora bien, por nada del mundo diría una sola palabra que disminuyera en la mente de mis hermanos y hermanas la importancia de estos acontecimientos; no diría una sola palabra que debilitara sus expectativas apropiadas; pero mi experiencia me ha enseñado que el Señor obra en medio de este pueblo por medios naturales, y que los mayores acontecimientos de los que han hablado los santos profetas sobrevendrán de manera tan natural, como consecuencia de ciertas causas, que, a menos que nuestros ojos sean iluminados por el Espíritu de Dios y el espíritu de revelación descanse sobre nosotros, no reconoceremos que estos son los acontecimientos predichos por los santos profetas.
Los remito nuevamente a aquella profecía de Isaías y Miqueas acerca del recogimiento del Israel de Dios de entre las diversas naciones a Sion. Al leerla en la Biblia, podríamos pensar que cuando se cumpliera ocurriría con manifestaciones tan sobrenaturales que las personas se verían obligadas a reconocer que era la obra de Dios. Sin embargo, lo vemos todos los días. Nuestro pueblo se está congregando, y los hombres y las mujeres que emigran dan testimonio a los amigos que dejan atrás casi con las mismas palabras que los profetas dijeron que usarían; y, sin embargo, no se considera algo muy extraordinario. ¿Por qué? Porque ha sucedido de manera muy natural. Y así será con los grandes acontecimientos que tendrán lugar en el futuro: sucederán de manera tan natural, el Señor los llevará a cabo de tal modo, que las personas no los aceptarán como cumplimiento de las predicciones de los profetas, salvo aquellas que puedan comprender la verdad. Se requiere el Espíritu de Dios para que los hombres y las mujeres puedan entender las cosas de Dios; se requiere el Espíritu de Dios para que las personas puedan comprender la obra de Dios y percibir Sus acciones y disposiciones providenciales entre los hijos de los hombres. El hombre que carece del Espíritu de Dios no puede comprender la obra de Dios. Una mujer cuya mente no haya sido iluminada por ese Espíritu no puede ver ni comprender ninguno de estos acontecimientos que tienen lugar en cumplimiento de las profecías de los santos profetas.
Tomen a dos personas: una que tenga el Espíritu de Dios, cuya mente esté iluminada por ese Espíritu, el espíritu de revelación, el mismo Espíritu que descansaba sobre los profetas que escribieron las revelaciones y profecías que tenemos; tomen a un hombre así y después a otro que no tenga nada de ese Espíritu, y pónganlos juntos. Los ojos del primero estarán abiertos para ver la mano de Dios en todos estos acontecimientos; advertirá Sus acciones y Su providencia en todo lo relacionado con Su obra, y estas cosas serán testimonios para él que fortalecerán su fe y proporcionarán a su mente continuos motivos para dar gracias a Dios y adorarlo; mientras que el hombre que no tenga el Espíritu de Dios no verá nada divino en lo que ocurra: nada que considere sobrenatural —como muchos suponen que debe ser todo lo que manifiesta el poder de Dios— ni nada que acepte como cumplimiento de las profecías; sus ojos estarán cerrados, su corazón endurecido y permanecerá impenetrable ante todas las pruebas del origen divino de estas cosas.
Para quienes se han relacionado con el mundo, las razones de esto son muy claras. En estos días los hombres no creen en la intervención directa de Dios en los asuntos humanos. Si acaso creen en Dios, creen que gobierna el universo mediante grandes leyes naturales. Por tanto, cuando ocurre un acontecimiento grande y maravilloso, buscan su origen y explicación en alguna ley natural. Pasan por alto el hecho de que Dios obra mediante leyes naturales; más bien parecen pensar que, si Él interviniera de alguna manera, lo haría manifestando Su poder mediante la suspensión de las leyes naturales, pasando por encima de ellas y violándolas, y de una manera tan sobrenatural que la humanidad se vería obligada a reconocer que era un acto Suyo, pues sería totalmente incapaz de explicarlo mediante alguna ley que conociera o de cualquier otro modo que no fuera por Su poder. Por tanto, las guerras, las hambrunas, las pestes, los ciclones, los terremotos y la gran variedad de calamidades que Dios ha dicho que serán derramadas sobre las naciones inicuas son consideradas generalmente por los hombres de estos días como resultado de ciertas causas bien definidas y fáciles de explicar. Cuando alguna de estas calamidades azota una ciudad o una nación, inmediatamente comienzan a investigar las leyes que las gobiernan y cuya violación, según afirman, las produce; y cuando descubren lo que aseguran que es la causa, la señalan triunfalmente, y eso les basta como prueba de que el Señor no tiene nada que ver de manera especial con ello; porque se supone que, si fuera una visitación de Él, sería tan sobrenatural que resultaría inexplicable. Y así los hombres continúan endureciendo su corazón y negando el poder de Dios, hasta que estarán tan completamente entregados al maligno que este los llevará cautivos conforme a su voluntad.
Mi razón para llamar su atención a la palabra del Señor que les he leído es que a veces he pensado que nuestro pueblo no aprecia como debiera el espíritu de revelación, el espíritu de profecía y el poder de Dios que se han derramado sobre nosotros como pueblo. Parece pasarse por alto el hecho de que fue de la manera que el Señor explica a Oliver Cowdery como Moisés hizo pasar a los hijos de Israel a través del mar Rojo sobre tierra seca. El Señor dijo a Oliver: “Hablaré a tu mente y a tu corazón por medio del Espíritu Santo que vendrá sobre ti y morará en tu corazón. Ahora, he aquí, este es el espíritu de revelación; he aquí, este es el espíritu mediante el cual Moisés hizo pasar a los hijos de Israel a través del mar Rojo sobre tierra seca”. ¿Cuántos Santos de los Últimos Días comprenden que esta fue la manera en que Moisés condujo tan milagrosamente a los hijos de Israel? ¿Cuántos piensan que, si tuviéramos entre nosotros a un hombre como Moisés, el pueblo sería guiado de otra manera y con mayores manifestaciones de poder que las actuales? ¿Cuántos están insatisfechos con lo que Dios está haciendo ahora y esperan que en el futuro aparezca alguien que manifieste un poder convincente y abrumador? ¿Cuántos están descuidando en este momento el precioso e inestimable don de la revelación que Dios ha otorgado a Su pueblo porque no les llega de una manera que concuerde con sus nociones e ideas preconcebidas, o no están satisfechos con la manera en que la Iglesia ha sido y es guiada porque no se manifiesta aquel grado extraordinario de poder que imaginan que debería haber?
Los apóstatas han afirmado que los líderes de la Iglesia no tenían el poder que deberían tener. Lo dijeron durante la vida del profeta José, afirmando que era un profeta caído. Después de su muerte hicieron las mismas declaraciones acerca del presidente Young, sus consejeros y los Doce Apóstoles. Y, si no me equivoco, hay algunos miembros de la Iglesia que han parecido pensar que ha faltado algún poder y han manifestado un sentimiento de inquietud, esperando que surja alguien que tenga mayor autoridad de la que existe actualmente. Aunque no quisiera restar nada a las expectativas razonables de mis hermanos y hermanas sobre este ni sobre ningún otro punto, mi opinión es que el apostolado que actualmente se posee en esta Iglesia abarca toda la autoridad que el Señor ha conferido al hombre en la carne. Sin embargo, creo que el poder de Dios aumentará entre nosotros, que tendremos manifestaciones de Su poder como nunca antes hemos presenciado. Porque vendrá el día del poder de Dios en la redención de Sion. Pero no espero que nos sobrevenga de repente. Espero que sea el resultado natural del progreso natural del pueblo en las cosas de Dios. Espero que avancemos paso a paso, de un grado de conocimiento, poder y fe a otro, hasta que estemos preparados para recibir todo lo que el Señor tiene reservado para nosotros y para entrar en aquella gloria prometida a los santos fieles. El Señor ha dado a Su pueblo y a Su Iglesia todo don, toda capacidad y toda llave que se necesitan para conducir a este pueblo al reino celestial de nuestro Padre y Dios. No falta nada. Cuando el Señor restauró el apostolado a la tierra, restauró todo el poder que era posible que un ser humano poseyera en la carne. Cuando restauró las llaves del santo sacerdocio a Su siervo José, cuando le dio los poderes para sellar, cuando le dio las investiduras y las llaves del santo sacerdocio relacionadas con ellas, cuando el profeta José recibió las llaves de Elías y de todos los profetas que habían existido sobre la tierra desde el principio —cada uno, como él mismo dice en una de sus epístolas, cada uno en su dispensación, presentándose y confiriéndole la autoridad correspondiente—, quedó reunido en él todo el sacerdocio que ellos poseían; y él confirió a sus compañeros apóstoles todo el sacerdocio que ejercía y todo el poder y la autoridad otorgados al hombre mortal para ejercer aquí sobre la tierra, en lo que corresponde al presente; es decir, todas las llaves del sacerdocio y todo lo necesario en este estado preparatorio para hacer al hombre apto para el reino celestial de Dios. Por mandato del Señor confirió a sus consiervos aquella autoridad para atar en la tierra y que quedara atado en el cielo, para sellar a los hijos al padre y a la madre, para sellar a la esposa al esposo y para unir todos los eslabones necesarios a fin de completar la salvación de todos los hijos de los hombres desde los días de Adán hasta nuestros días; y también para preparar a los hombres y a las mujeres para el futuro que tenemos por delante, el Milenio al cual todos nos apresuramos. ¿Quién puede concebir algún poder que faltara? ¿Quién tenía poder para prometer a los hombres que serían reyes y sacerdotes para Dios? Y además de eso, ¿quién tenía poder para sellar sobre ellos la dignidad real y sacerdotal misma y conferirles la plenitud de ella, y también para darles promesas acerca de la condición de Dios que se cumplirían en ellos y de que, si eran fieles, saldrían en la mañana de la primera resurrección? No faltaba nada: no faltaba poder, no faltaba don, no faltaba autoridad, no faltaban llaves; y estas llaves se han transmitido por medio de él. Otros quizás hayan afirmado poseerlas. Hemos tenido a Strang, John E. Page, William Smith, Gladden Bishop y muchísimos otros; cada uno ha afirmado haber recibido esa autoridad, ya fuera por medio de José Smith o de alguna otra fuente. Algunos han afirmado que José era un profeta caído; unos han presentado cierta pretensión y otros otra. Pero permanece el hecho de que La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, tal como está organizada en estas montañas, ha tenido el apostolado; que los hombres que han estado a nuestra cabeza, el presidente Young y los Doce Apóstoles —de quienes él era presidente cuando murió el profeta José—, realmente recibieron de manos del profeta José toda llave, poder y autoridad que él mismo poseía; y que realmente emprendieron y terminaron el templo que él había comenzado, e invistieron allí a sus consiervos con la misma autoridad y la misma dignidad sacerdotal y real que ellos habían recibido de sus manos. Y desde aquel tiempo hasta el presente esta obra ha avanzado con fuerza y poder, y el poder de Dios ha acompañado las labores de Sus siervos enviados por estos apóstoles, escogidos por revelación para hacerse cargo de esta obra; todo lo que han hecho, Dios lo ha bendecido. Han congregado al pueblo, lo han guiado y han sido librados por el poderoso poder de Dios cuando parecía que serían vencidos por las influencias contrarias. Han recogido al pueblo de las naciones de la tierra en cumplimiento de las predicciones de los santos profetas. No solo eso, sino que han puesto aquí los cimientos de templos; por lo menos un templo se ha terminado, mientras otros tres están en construcción, y esperamos que pronto sean terminados; edificios en los cuales los santos de Dios pueden entrar y recibir sus investiduras, sus lavamientos, sus unciones, sus sellamientos y sus ordenanzas, y que se les confieran las llaves del santo sacerdocio, las cuales pueden ejercer de la manera correcta para edificar la obra de Dios. Y esta es la obra de Dios, aunque los hombres digan que no ha habido una manifestación sobrenatural de poder como la que algunos suponen que debería acompañar Su obra. Esta obra ha avanzado con una rapidez y un impulso irresistibles, y no hay poder capaz de oponérsele. Ha avanzado hasta cumplir todo lo que se ha hablado acerca de ella hasta ahora, es decir, hasta donde hemos llegado. Y las personas han recibido el Espíritu Santo, han sido llenas de Él, han sido llenas del espíritu de revelación. El mismo espíritu de revelación que tenía Moisés, del cual Dios habla por medio del profeta José Smith, ha descansado sobre los hombres que han poseído las llaves de este reino, ya fuera durante la vida del presidente Young o en el tiempo presente; ese mismo espíritu de revelación descansa sobre quien ocupa la presidencia como apóstol de mayor antigüedad entre el pueblo de Dios. Los apóstoles de esta Iglesia tienen toda la autoridad, tienen todas las llaves, y corresponde a su oficio y llamamiento poseer todo el espíritu de revelación necesario para conducir a este pueblo a la presencia del Cordero en el reino celestial de nuestro Dios.
He deseado decir esto porque a veces he sentido que entre algunas personas existía la idea de que los hombres que presiden esta Iglesia y reino no manifestaban el poder ni ejercían la autoridad que deberían.
Pero es verdad que el mismo espíritu de revelación que descansó sobre Moisés y le permitió conducir a los hijos de Israel a través del mar Rojo descansa sobre los siervos de Dios en medio de este pueblo; y lo comprobarán a su entera satisfacción si escuchan sus consejos y se dejan guiar por ellos. ¿Se revela Dios a Sus siervos ahora? Sé que lo hace. El mismo Espíritu que descansó sobre José, el mismo Espíritu que descansó sobre Moisés, sé que está en medio de los Santos de los Últimos Días: exactamente el mismo Espíritu. Pero somos una nación de gentiles. Nosotros que hemos venido aquí, ¿qué somos? Somos llamados de entre las naciones gentiles. No se nos hacen las mismas promesas que se hacen a quienes son descendientes de Israel sin mezcla. En muchos aspectos, cuando ellos entren en el convenio y sean bautizados, y el poder de Dios descanse sobre ellos, verán una obra diferente de la que ven actualmente. Con nuestras tradiciones gentiles —una herencia que hemos recibido de nuestros padres, transmitida a través de generaciones—, lo máximo que muchos de nosotros podemos hacer, con todo el poder que podemos ejercer, es permanecer en la Iglesia.
Esta tarde hablaba con el hermano Simpson Molen, quien, como saben, ha regresado recientemente de una misión en las islas Sándwich. Hace ya veintinueve años que el Evangelio fue introducido entre los habitantes de aquel país. Trabajé allí durante cuatro o cinco años y fui el primero que les predicó el Evangelio en su idioma en esta generación. Durante mi experiencia entre aquel pueblo, una raza de piel roja, nunca conocí a un hombre que, por causa de transgresión o por cualquier otra cosa, después de recibir la verdad —nunca conocí a ninguno de ellos que se volviera y combatiera esta causa— de la manera en que vemos hacerlo a hombres de nuestra raza. ¿Cómo sucede entre los gentiles, la raza de la cual formamos parte? Cuando un hombre recibe un testimonio de Dios y cae en transgresión, casi inmediatamente se apodera de él el espíritu de asesinato. Desea derramar sangre inocente. Desea matar a los siervos de Dios, está lleno de amargura y odio y procura dar rienda suelta a sus pasiones inicuas. Hemos visto manifestarse este espíritu en nuestra historia entre personas de nuestra propia raza. Pero aquí hay un pueblo que recibe firmes testimonios acerca del Evangelio y, por todo lo que puedo averiguar, no ha habido un solo caso de un hombre que se haya vuelto y haya combatido amargamente esta obra. Parece haber en ellos una disposición natural a recibir la verdad. En mi opinión, sucederá lo mismo con los indígenas. Encontrarán la misma peculiaridad; los encontrarán dispuestos a recibir la verdad y se aferrarán a ella. A los gentiles les resulta difícil recibir la verdad. Para ellos será más fácil, porque a ellos pertenecen las promesas. Espero una condición de las cosas muy diferente cuando estas razas entren en la Iglesia y sean introducidas en el convenio; entonces espero ver la obra realizada mediante un poder que no presenciamos en este momento. Pero no se debe a que falte algo en la organización o en la autoridad del sacerdocio. Tenemos, como he dicho, todo lo necesario; y tenemos este Espíritu del cual he hablado y al que se alude en esta revelación: el mismo espíritu de revelación que nos revela lo que debemos hacer y el curso que debemos seguir para agradar al Señor y edificar Su reino; y esta Iglesia siempre será guiada por esa autoridad desde ahora en adelante, hasta que Cristo mismo venga a presidir sobre nosotros y sea nuestro Rey.
Mis hermanos y hermanas, si desean más revelación, aquí está el principio mediante el cual pueden obtenerla. ¿Tienen derecho a ella? Sí, cada uno de ustedes; el mismo espíritu de revelación que tuvo Moisés, el mismo Espíritu que tuvieron todos los profetas y apóstoles, es su privilegio, es mi privilegio, es el privilegio de todo hombre y de toda mujer que posee el Evangelio recibir el Espíritu de Dios, el Espíritu Santo, y tener ese mismo Espíritu descansando sobre él y sobre ella; y cuanto más lo procuremos y lo atesoremos, más tendremos.
Mi tiempo se ha agotado. Ruego a Dios que nos bendiga y nos llene continuamente con la luz de ese Espíritu, en el nombre de Jesús. Amén.



























