Diario de Discursos – Journal of Discourses V. 21

Sostener con fidelidad y vivir unidos en el convenio

Sostener a quienes reciben autoridad de Dios implica honrar los convenios, procurar la justicia, cumplir los deberes del sacerdocio y cultivar la unidad y el cuidado mutuo.
El sostenimiento de las autoridades—El poder del sacerdocio—Se requiere fidelidad, etc.

por el presidente John Taylor, pronunciado en Kaysville, el domingo 1 de marzo de 1880, por la tarde.
Volumen 21, discurso 24, páginas 207-219


Hemos estado votando por nuestros oficiales y por quienes ocupan puestos en la Iglesia y el reino de Dios en esta estaca de Sion. Y es bueno que a veces comprendamos lo que hacemos en relación con estos asuntos. Levantamos la mano derecha al votar como señal ante Dios de que sostendremos a aquellos por quienes votamos; y si no sentimos el deseo de sostenerlos, no debemos levantar la mano, porque hacerlo sería desempeñar el papel de hipócritas. Y surge naturalmente la pregunta: ¿Hasta qué punto debemos sostenerlos? O, en otras palabras, ¿hasta qué punto estamos en libertad de apartarnos de este convenio que hacemos unos ante otros y ante nuestro Dios? Porque cuando levantamos la mano de esta manera, es una señal ante Dios de que somos sinceros en lo que hacemos y de que sostendremos a las personas por quienes votamos. Así es como considero estas cosas. Entonces, ¿hasta qué punto debemos sostenerlas y hasta qué punto no? Este es un asunto de seria importancia para nosotros; si acordamos hacer algo y no lo hacemos, nos convertimos en quebrantadores de convenios y violadores de nuestras obligaciones, las cuales quizás sean tan solemnes y vinculantes como cualquier compromiso que podamos contraer.

Con frecuencia pasamos por alto muchas de esas cosas importantes que nos hemos comprometido a observar, y a veces comenzamos a murmurar, quejándonos o criticándonos unos a otros después de haber contraído la solemne obligación de no hacerlo. ¿Qué significa sostener a una persona? ¿Lo comprendemos? Para mí es algo muy sencillo; no sé cómo será para ustedes. Por ejemplo, si un hombre es maestro y yo voto que lo sostendré en su puesto, cuando me visite en el desempeño de sus funciones lo recibiré con agrado y lo trataré con consideración, bondad y respeto; y si necesito consejo, se lo pediré, y haré todo lo que pueda para sostenerlo. Eso sería apropiado y un principio de rectitud, y no diría nada que menoscabara su reputación. Si eso no es correcto, todavía tengo que aprenderlo. Y si alguien en mi presencia murmurara algo de él que perjudicara su reputación, yo diría: “¡Escuche! ¿Es usted un santo?”. “Sí”. “¿No levantó la mano para sostenerlo?”. “Sí”. “Entonces, ¿por qué no lo hace?”. Pues bien, yo llamaría a una acción de esa clase sostenerlo.

Si algún hombre atacara su reputación —porque la reputación de todos los hombres es importante para ellos—, yo lo defendería de alguna manera semejante. Cuando votamos por hombres de la manera solemne en que lo hacemos, ¿guardaremos nuestros convenios o los quebrantaremos? Si los quebrantamos, nos convertimos en quebrantadores de convenios. Faltamos a nuestra palabra ante Dios y nuestros hermanos en lo que respecta a los actos de hombres a quienes hemos hecho convenio de sostener. Pero supongamos que él hiciera algo malo; supongamos que se descubriera que miente, engaña o defrauda a alguien, que roba o hace cualquier otra cosa, o incluso que sus hábitos se volvieran impuros, ¿seguirían sosteniéndolo? Entonces sería mi deber hablar con él como lo haría con cualquier otra persona y decirle que he sabido que las cosas son de tal o cual manera y que, en esas circunstancias, no puedo sostenerlo; y si descubriera que había recibido información equivocada, retiraría la acusación; pero si no fuera así, sería mi deber procurar que se le administrara justicia y que fuera llevado ante el tribunal correspondiente para responder por las cosas que hubiera hecho; y, sin seguir ese proceder, no me correspondería hablar de él.

Es bueno que comprendamos algunas de estas pequeñas cosas; sin embargo, son asuntos de bastante importancia. Lo que he dicho con respecto a un maestro se aplicaría al presbítero y al diácono.

También tenemos obispos. Votamos por ellos, y poseen una porción del sacerdocio que muchas veces hace que sus deberes sean muy desagradables; es decir, naturalmente serían desagradables, pero ningún deber debería ser desagradable para los siervos de Dios. Ahora bien, supongamos que el obispo hiciera algo malo, ¿cuál sería nuestro deber? Sería ir a él y decirle: “Obispo, tengo motivos para creer que las cosas son de tal o cual manera, pues se me han presentado pruebas de tal naturaleza que me inclinan a pensar que usted ha estado siguiendo un proceder incorrecto; por eso he venido a hablar con usted mismo acerca del asunto”. ¿Quién debería hacer esto? Cualquiera. ¿Acaso su posición nos privaría del derecho de acercarnos a él? No. Supongamos que él los hubiera perjudicado a ustedes, o hubiera perjudicado a otra persona, o que hubiera ocurrido algo que les hubiera causado sentimientos contra él; sería mucho mejor examinar el asunto hasta el fondo y aclararlo que alimentarlo y permitir que los corroa e interfiera con su paz y felicidad, porque han hecho convenio de sostenerlo; por otra parte, no podemos sostener nada que sea injusto, impuro o inicuo. Vamos a él y decimos: “Obispo fulano, he venido a verlo por un asunto desagradable”; pueden ser corteses al hacerlo o no, pero siempre se puede ser cortés: “He sabido tal o cual cosa; espero estar mal informado, ¿puede explicármela?”. Si el asunto pudiera explicarse a su satisfacción, se alegrarían de ello; pero, pudiera explicarse o no, tendrían la satisfacción de saber que habían cumplido su deber. Sin embargo, si no pudiera explicarse y fuera de tal naturaleza que requiriera una investigación, correspondería que las autoridades pertinentes lo investigaran. Entonces ustedes quedan libres y no han quebrantado ningún convenio. Si se ha quebrantado algún convenio, él es el culpable, y le corresponde responder por sus actos ante el Señor y sus hermanos; y si no se encuentra falta alguna en él, no hay hombre bueno que no se alegraría de verlo absuelto. Pero mientras procuramos la equidad y la justicia por una parte, por la otra no debemos vulnerar los derechos de nadie; no importa quién sea el que se entregue a la iniquidad, tarde o temprano su iniquidad lo descubrirá. Y es mejor que, en lugar de hablar con este y con aquel, si existe una falta, vayamos directamente a las personas mismas y procuremos resolverla, y después presentemos el asunto conforme a las normas establecidas que lo rigen. Entonces quien cometió la falta es responsable de ella, no otra persona. Y cuando la Iglesia haya tratado su caso, ya sea maestro, presbítero, diácono, obispo o cualquier otra persona, ustedes quedan libres de toda responsabilidad posterior de sostener a ese hombre. Y hasta que se haya seguido el proceder apropiado con tal persona, debemos ser muy cuidadosos en cuanto al curso que tomamos en esta clase de asuntos, para no quebrantar nuestros convenios.

Existe un sentimiento de inquietud entre algunas personas: pueden ver abundantes faltas por todas partes si se lo proponen; y algunos apostatarán porque otra persona ha obrado mal. ¡Qué proceder tan insensato! Si seguimos el plan de Dios, podemos hacer recaer el pecado directamente sobre el hombre que ha cometido la falta; y si no se arrepintiera de ella, tendría que ser excomulgado. Pero el diablo diría: “Yo no permanecería en una iglesia donde hubiera personas así”. Primero influiría en algunas personas para que obraran mal, y después intentaría que las demás abandonaran la Iglesia porque algunos de sus miembros estaban obrando mal. Sin embargo, eso sería insensato y contrario al orden de Dios.

El Señor ha puesto en Su Iglesia apóstoles y profetas, sumos sacerdotes, setentas, élderes, etcétera. ¿Para qué? Para perfeccionar a los santos. ¿Somos todos perfectos desde el principio? No. Estos diversos oficiales están para perfeccionar a los santos. ¿Para qué más? Para la obra del ministerio; para que los hombres sean capacitados e instruidos, estén llenos de inteligencia, sabiduría y luz, y aprendan a proclamar los principios de la verdad eterna y a sacar del tesoro de Dios cosas nuevas y antiguas, cosas que contribuyan al bienestar del pueblo. Ahora bien, habiéndose colocado estos oficios en la Iglesia, todo hombre debe ser respetado en su oficio. Sé que algunos de ustedes piensan que podemos respetar a unos y a otros no; podemos respetar a algunas de las autoridades prominentes; yo no sé quiénes son, ¿lo saben ustedes? Recordarán que, cuando Jesús estaba sobre la tierra, algunos de Sus seguidores discutían acerca de quién era el mayor; y Él tomó a un niño pequeño, lo puso en medio de ellos y dijo: “El que pueda ser más semejante a este niño pequeño es el mayor en el reino de los cielos”. Y les diré más: el maestro o el diácono que cumple sus deberes es mucho más honorable que un presidente o cualquiera de los Doce que no los cumple. Y sobre todos nosotros recaen deberes y responsabilidades con respecto a estos asuntos; y debemos ser muy cuidadosos en todos nuestros actos para no transgredir las leyes de Dios.

En unas breves palabras de ayer me referí a los diversos oficiales de la Iglesia y a algunos de los principales deberes que les corresponde atender. Hay deberes que recaen sobre todos nosotros y que no podemos desatender. Deberes como apóstoles, deberes como presidentes de estaca, deberes como obispos, deberes como miembros del sumo consejo, deberes correspondientes a todos los diversos oficiales de la Iglesia. Ahora bien, ¿puede algún hombre que haya recibido el santo sacerdocio y que comprenda la posición que ocupa ante Dios —lo cual muy pocos de nosotros podemos hacer— permitirse descuidar alguno de esos deberes? Creo que no. Llamamos a esta organización con la que estamos vinculados la Iglesia y el reino de Dios. ¿Es la Iglesia de Dios? Sí. Entonces es la Iglesia que pertenece a Dios, ¿no es así? Sí. ¿Quién está a la cabeza de ella? El Señor debe estarlo, y nosotros debemos estar sujetos a Él. ¿Quiénes? Pues todos nosotros: yo mismo, por ejemplo, y todos los Doce, los presidentes de estaca, los obispos, los sumos sacerdotes, los élderes, los setentas, los miembros del sumo consejo y todos los hombres de la Iglesia debemos sentir que somos la Iglesia de Dios, que estamos en la Iglesia de Dios y sujetos a la ley de Dios. Hablamos de un sacerdocio; ¿quiénes constituyen el sacerdocio y qué es? Según lo entiendo, es la autoridad y el gobierno de Dios, ya sea que exista en los cielos o en la tierra; ya sea que nos refiramos a las cosas del tiempo o a las de la eternidad; ya sea que nos refiramos a las cosas espirituales o a las temporales, están o deberían estar bajo la guía y el dominio de Dios. ¿Cómo y de quién recibimos nuestra autoridad? Retrocedamos por un momento: ¿a quién podíamos encontrar en cualquier parte de la tierra que tuviera autoridad siquiera para proclamar el Evangelio o para administrar las ordenanzas del Evangelio? ¿Podíamos encontrar a alguien? No, no podíamos. Yo no pude en mis años de juventud, y la busqué diligentemente, pero no pude encontrar a nadie que la poseyera. ¿Cómo? ¿No entre quienes profesaban religión en el mundo? ¿En ningún lugar entre los instruidos, los inteligentes, los científicos? No, en ningún lugar. Muy bien, ¿cómo llegamos a tener conocimiento de esto? Dios se lo reveló a Su siervo José Smith. Y cuando lo hizo, Él mismo no dijo mucho al respecto. Lo primero que hizo cuando se apareció a José fue presentar a Su Hijo; señalándolo, dijo: “Este es mi Hijo Amado: ¡Escúchalo!”. ¿Y qué dijo el Hijo? Tenemos Sus enseñanzas en el Evangelio, en Sus comunicaciones con los nefitas y con otros. Luego estaban otros que poseían el sacerdocio con Él; lo habían poseído sobre la tierra y ahora lo poseen en la eternidad, y tenían las llaves de este sacerdocio; y esas diversas personas vinieron y le confirieron las llaves que poseían, pero no hasta que el Señor hubo venido y les hubo dado permiso para hacerlo. Así recibimos nuestro Sacerdocio Aarónico por ese medio, y nuestro Sacerdocio de Melquisedec por ese medio; y cualquier oficio u ordenanza que alguno de ustedes haya recibido lo recibió por ese conducto, o no ha recibido ninguno en absoluto. Muy bien, ¿a qué nos conduce esto? A ser de aquellos a quienes llamamos hijos de Dios. Tal como se dijo en ocasiones anteriores: “Ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él aparezca, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es”. Muy bien, entonces somos los hijos de Dios, los escogidos de Dios, los elegidos de Dios, llamados por Él, apartados por Él mediante este santo sacerdocio del cual he hablado. Y si hemos recibido algún oficio, llamamiento, autoridad o poder para administrar cualquiera de las ordenanzas, lo hemos recibido de la mano de Dios, y solo podemos efectuar estas ordenanzas conforme al sacerdocio que se nos permite poseer. Por ejemplo, un élder no puede desempeñar la labor de un apóstol; un obispo no puede desempeñar la labor de un apóstol; y un obispo, como obispo, aparte de otras cosas, no tiene autoridad para imponer las manos a fin de comunicar el don del Espíritu Santo; todo lo que pueda hacer en esa función lo hace mediante el Sacerdocio de Melquisedec que posee, y no podría hacerlo sin él. ¿Puede un presbítero imponer las manos a las personas y decir: “Recibe el Espíritu Santo”? No, no le corresponde hacerlo. Entonces, los hombres necesariamente deben actuar dentro de los límites y de la autoridad de los diversos oficios del sacerdocio a los que son llamados y ordenados: un élder para desempeñar el oficio de élder; un presbítero para desempeñar el oficio de presbítero. En los primeros tiempos era bastante común que un presbítero saliera, predicara el Evangelio y bautizara a las personas para la remisión de los pecados, y después pidiera a un élder que les impusiera las manos para confirmarlas miembros de la Iglesia, porque el presbítero no tenía el poder para hacerlo. Y mientras el presbítero podía bautizar, un maestro o un diácono no podía, porque no tenía autoridad para hacerlo; si lo hiciera, no tendría valor alguno. Hay un orden estricto en estas cosas relacionadas con la Iglesia y el reino de Dios. Por otra parte, si cumplimos nuestros deberes, cada uno en su posición correspondiente, Dios nos da poder para lograr el objetivo que tenemos en vista, sea cual sea o cualquiera que sea el sacerdocio que poseamos; ya sea el presidente de la Iglesia, el presidente de estaca, un obispo, un miembro del sumo consejo, un sumo sacerdote, un setenta, un élder, un presbítero, un maestro o un diácono; no importa quién, si cumple sus deberes con la mira puesta únicamente en la gloria de Dios, Él lo sostendrá en sus labores y ministraciones.

Ahora me referiré a un principio que quizás sea una de las mayores manifestaciones del poder y la bondad de Dios que existen en esta Iglesia y, al mismo tiempo, uno de los que menos se advierten; pero uno en el cual Dios se manifiesta de manera sumamente notable a los ojos de todo hombre reflexivo e inteligente. Por ejemplo, los élderes salen a predicar el Evangelio; exhortan a las personas a arrepentirse y a bautizarse en el nombre de Jesús para la remisión de sus pecados. ¿Han pensado alguna vez en lo que significa el nombre? Si un hombre va en el nombre de otra persona, va por la autoridad de esa persona. Si un agente, digamos de Z. C. M. I. o de cualquier otra empresa, va en el nombre de esa empresa, se espera que tenga credenciales de la firma a la que representa. O si un gobernador viene aquí, primero es nombrado por las autoridades correspondientes: propuesto por el presidente y confirmado por el Senado de los Estados Unidos; y viene con las credenciales apropiadas para actuar como gobernador de este Territorio; viene en el nombre o por la autoridad de los Estados Unidos; y el Gobierno de los Estados Unidos se considera obligado a respaldar sus actos, del mismo modo que una empresa comercial se consideraría obligada a reconocer los actos de sus agentes.

Ahora bien, el Señor ha establecido Su Iglesia aquí sobre la tierra. Ha conferido a los hombres Su santo Sacerdocio de Melquisedec; les ha dicho que salgan y prediquen, y exhorten a las personas a arrepentirse y bautizarse en el nombre de Jesús para la remisión de los pecados, y que recibirán el Espíritu Santo. Todos ustedes conocen estas cosas; no es necesario hablar mucho de ellas.

Muy bien; entonces este élder sale en el nombre de Dios, ¿no es así? Así es como lo entiendo: por la autoridad del Señor y en el nombre del Señor Jesucristo predica esta doctrina a las personas. “Ahora”, dice, “arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesús para la remisión de vuestros pecados, y recibiréis el Espíritu Santo”. Un presbítero no podría decir: “Recibiréis el Espíritu Santo”; un maestro o un diácono no podría decirlo, ni tampoco podría decirlo un obispo en virtud de su obispado, pero sí podría en virtud del sumo sacerdocio que posee. Ahora bien, que cualquiera de estos hombres proceda a imponer las manos a alguien para comunicarle el don del Espíritu Santo, y lo mismo daría que hiciera cualquier otra cosa: no tendría valor alguno. Pero llega un élder, o cualquiera que posea la debida autoridad, toma al candidato al bautismo y, después de bautizarlo, le impone las manos sobre la cabeza y dice: “En el nombre del Señor Jesucristo y en virtud del santo sacerdocio que se me ha conferido, impongo las manos sobre tu cabeza y te confirmo miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días; y te digo: Recibe el Espíritu Santo”. ¿Han pensado alguna vez en eso? Es algo muy significativo, ¿no es así? Y lo hacen en el nombre de Jesucristo y por la autoridad que Dios les ha dado. Imponen las manos a la persona que ha sido bautizada para la remisión de los pecados y dicen: “Recibe el Espíritu Santo”, y lo recibe. Si no es así, díganmelo ustedes que han recibido la imposición de manos de los élderes de esta Iglesia. Saben que lo que digo es verdad. Ahora me propongo demostrar cierto principio, a saber: que Dios es fiel a los convenios que hace con nosotros y que de Su parte no hay quebrantamiento de la ley ni de las promesas. Dios bendecirá a un maestro de esta Iglesia cuando salga a cumplir sus deberes entre el pueblo; bendecirá a un obispo en su administración y a otros en el cumplimiento de sus diversos deberes, cualquiera que sea su sacerdocio. Pero aquí hay un punto importante: hay algunas de estas cosas que he mencionado que algunos no pueden hacer; no pueden imponer las manos a las personas para comunicarles el Espíritu Santo. Si un élder puede hacerlo, lo hace por la autoridad de Jesucristo y mediante ella, por conducto del santo sacerdocio que le ha sido conferido por quienes poseen autoridad. Y cuando realiza este acto, habiendo los destinatarios cumplido con los requisitos —fe, arrepentimiento y bautismo—, cuando les impone las manos sobre la cabeza, Dios ratifica su acción al comunicarles el Espíritu Santo. Así demuestra que Dios es fiel a Su acuerdo; y por ese medio llegamos a ser hijos de Dios y pertenecemos a la familia de la fe, y nos corresponden legítimamente los convenios y las bendiciones relacionados con ella. Estos son los pasos iniciales. Y cada uno de nosotros tiene un testimonio dentro de sí con respecto a esos grandes principios que Dios ha revelado a la familia humana. Ahora bien, ¿somos hijos de Dios? ¿Es Él nuestro Padre? Sí. ¿Hemos recibido Su Espíritu, por el cual podemos clamar: “Abba, Padre”, o “Padre mío”? Sí. ¿Qué hemos hecho desde que lo recibimos? No nos agrada contemplar algunos de nuestros actos cuando pensamos en estas cosas; preferiríamos poder borrarlos de nuestra memoria, pero no podemos; allí están. Y cuando reflexionamos sobre nuestras necedades, nuestras imperfecciones y nuestras iniquidades de diversas clases, ¿cómo nos sentimos? No nos sentimos a gusto. Dios nos ha conferido el mayor tesoro y el mayor beneficio que podría otorgar a la familia humana, pero hemos recibido el tesoro en vasos de barro. A menudo hacemos cosas que no deberíamos hacer y dejamos sin hacer cosas que deberíamos hacer; ¡y cuántas veces hemos contristado al Espíritu de Dios dentro de nosotros! Él ha hecho más que esto por nosotros. Nos ha colocado aquí en Su Iglesia y reino; nos ha congregado; nos ha organizado conforme a las leyes y al orden del santo sacerdocio. Nos ha unido a nuestras esposas y a nuestras esposas con sus esposos mediante un convenio sempiterno que no puede ser quebrantado. Pero a veces lo quebrantamos, ¿no es así? Nos ha mostrado cómo y de qué manera nuestras esposas pueden estar unidas a nosotros en las eternidades venideras, y cómo podemos tener a nuestros hijos sellados a nosotros y que sean uno con nosotros en el tiempo y en la eternidad; y ha derramado sobre la cabeza de muchos de nosotros bendiciones que existirán mientras dure el tiempo y permanezca la eternidad. Se dijo de Jesús que Su gobierno y dominio no tendrían fin. Y lo mismo se ha dicho de muchísimos más; y, sin embargo, permitimos que pequeñas cosas nos separen de nuestro Dios, de nuestros hermanos y de nuestras esposas, y a nuestras esposas de sus esposos; y nos dividimos, vociferamos, nos enfurecemos y destruimos, hasta que apenas sabemos si somos nosotros mismos u otra persona. A veces apenas sabemos si estamos o no en la Iglesia y el reino de Dios, hasta que en muchos casos la luz que hay en nosotros se vuelve tinieblas; y entonces, ¡cuán grandes son esas tinieblas! Es necesario que examinemos y vigilemos cuidadosamente la senda de nuestros pies. Estamos aquí poniendo los cimientos para la eternidad y para ningún otro propósito. Estamos aquí para recibir cuerpos, a fin de que en nuestro cuerpo y espíritu, y por medio de ellos y de los poderes del sacerdocio y del Evangelio eterno, podamos obtener, con el tiempo, un lugar entre los Dioses en los mundos eternos y poseer con Ellos una gloria, un dominio, una autoridad, un poder y una exaltación que apenas han entrado en nuestro corazón para concebirlos. Y, sin embargo, desperdiciamos nuestros privilegios, tratamos a la ligera las cosas de Dios, desatendemos los consejos de Dios y el sacerdocio de Dios, y vagamos por sendas apartadas y prohibidas, perdiendo de vista estos grandes y gloriosos principios que Dios ha revelado para la salvación de la familia humana.

En cuanto al principio de la unión, debemos ser uno. Con bastante frecuencia surgen asuntos, por ejemplo, de carácter legislativo y de otras clases, y nuestros legisladores y otros adoptan ciertas medidas, pero el pueblo no está lo suficientemente unido para llevarlas a cabo. Y parece existir, en mayor o menor grado, entre el pueblo un espíritu como este: algunos dirán brusca e irreflexivamente: “Que me condene si no me salgo con la mía”. Muy bien. Les diré otra cosa: se condenarán si se salen con la suya, a menos que su camino sea el que Dios apruebe.

Permítanme hablar de algunas otras cosas relacionadas con esto. Si tuviéramos una unión perfecta, ¿qué no podríamos lograr? Y, sin embargo, Dios ha hecho muchísimo por nosotros. Por ejemplo, tenemos un hombre en el Congreso para representar nuestros intereses; un solo hombre, y ni siquiera tiene voto. Y en muchísimas ocasiones los poderes combinados de los Estados Unidos han conspirado contra nosotros, y hoy se procura nuestra caída. ¿Y por qué? Porque nos atrevemos a creer en Dios y porque nos atrevemos a guardar Sus mandamientos, por deficientemente que lo hagamos y por poco que hagamos al respecto. No hacemos mucho, pero lo poco que hacemos produce esta clase de sentimiento, porque este mundo se opone a Dios, a Sus leyes y a Su Iglesia y reino. ¿Y qué han hecho hasta ahora? No podrían encontrar en ningún lugar de los Estados Unidos a un hombre que sepa algo del funcionamiento del gobierno o de las medidas puestas en marcha contra nosotros que no hubiera creído que habríamos sido destruidos y barridos de la tierra hace mucho tiempo. Pero todavía estamos aquí. ¿Por qué? No porque ustedes y yo hayamos cumplido todos nuestros convenios y observado las leyes de Dios, sino porque Dios sabe y recuerda que no somos más que carne, una humanidad débil y caída; recuerda que no somos más que polvo; porque siente bondad y misericordia hacia nosotros y ha dicho que le corresponde cuidar de Sus santos y pelear nuestras batallas por nosotros. No es por lo que hemos hecho, porque no hemos hecho mucho. Y si Dios no nos hubiera sostenido y no hubiera desviado y refrenado la ira del hombre, no estaríamos aquí hoy. Eso es un hecho. Dios es bondadoso con nosotros; no lo tratemos con tanta irreflexión; no tratemos Sus ordenanzas a la ligera; más bien reverenciemos y estimemos a los hombres sobre quienes Dios ha puesto Su santo sacerdocio, y procuremos, mediante nuestra fe, nuestras oraciones y nuestros actos, sostenerlos en todo, como acordamos hacerlo cuando levantamos la mano. Y entonces no temo a los poderes combinados del mundo entero, porque Dios está de nuestro lado; y mientras mantengamos nuestra posición ante Él, confiaré en cuanto a lo demás. Él tiene a las naciones en Sus manos y les dirá, como dijo a las olas del poderoso océano: “Hasta aquí llegarás y no pasarás adelante, y ahí parará el orgullo de tus olas”. Y no podrán evitarlo. Nosotros estamos en las manos de Dios, y ellos también. Y a veces siento temor cuando veo las necedades de mis hermanos; tiemblo por el resultado, pero Dios es misericordioso y bondadoso. No seamos ingratos; procuremos recordar las bendiciones que nos rodean, los beneficios que Él nos concede: la luz del santo Evangelio, nuestras relaciones presentes y eternas; y recordemos que hemos sido colocados aquí como representantes de Dios sobre la tierra para trabajar con profetas, apóstoles y hombres de Dios que vivieron, murieron y ahora están detrás del velo; para trabajar con ellos en el cumplimiento de los propósitos de Dios concernientes a la tierra sobre la cual estamos. Vivimos en una época trascendental, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, el período en el que Dios ha dicho que reuniría todas las cosas en una, ya sean las que están en el cielo o las que están sobre la tierra; y, por tanto, nos ha organizado como estamos.

Cuando Jesús estuvo aquí, sintió la importancia de las cosas de las que estoy hablando; y cuando estaba a punto de dejar a Sus discípulos, sabía cuáles eran los poderes de las tinieblas, porque había luchado contra ellos; y ciertamente podía hacerlo, pues había sido ungido con óleo de alegría más que Sus compañeros. Pero a pesar de esto y del hecho de ser el Unigénito del Padre, cuando llegó a luchar con las dificultades que debía afrontar, sudó grandes gotas de sangre y dijo: “Padre, si es posible, pase de mí esta copa; me estremezco ante las cosas que debo afrontar; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Ahora bien, nosotros tenemos que pasar por diversas cosas; muchos somos probados y tentados, y llegamos a albergar sentimientos ásperos y duros unos contra otros. Y esto me recuerda a sus tiros de caballos cuando bajan una pendiente con una carga pesada. Cuando la carga comienza a empujar a los caballos, con frecuencia verán que uno intenta morder a su compañero, y el otro levanta las orejas y le devuelve el mordisco. ¿Y por qué? Quizás poco antes estaban jugando juntos. Porque la carga los presiona. Pues bien, cuando la carga comience a pesar, no arremetan contra sus hermanos, sino háganles sentir que son sus amigos y tiren juntos. Dice Jesús, refiriéndose a Sus discípulos: “Padre, ruego que estos sean uno, yo en ellos y tú en mí; que ese espíritu, oh Dios, que mora en ti y que me has comunicado, more también en ellos, y que sus corazones estén unidos por los lazos de la vida eterna, de la hermandad y del sacerdocio; que se interesen por el bienestar unos de otros y procuren promover la felicidad mutua, habiendo bebido de aquel río cuyas corrientes alegrarán la ciudad de nuestro Dios”; que surja, fluya y borbotee en nuestros corazones, y que sus corrientes vivificantes se sientan dondequiera que vayamos, y que la influencia, la luz, el poder, el espíritu y la inteligencia de Dios estén con nosotros, para que seamos uno, conforme a la oración de nuestro Señor: “Como yo, Padre, estoy en ti, y tú en mí, para que el mundo sepa que tú me has enviado”. Estos principios son tan eternos como los cielos. ¿Existen en el cielo? Sí. Lean el primer capítulo de Génesis con respecto a estos asuntos; ¿y cómo dice?

“En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.

Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz”.

No tenía a nadie a Su alrededor que se levantara y dijera: “¿No sería mejor aplazarlo un poco?”, o que propusiera cambiar las cosas de otra manera, o insinuara que no estaban preparados para lo que se había hecho. No, eran más sensatos. Supongo que sería más correcto traducirlo: “Y los Dioses dijeron: Sea la luz”, etcétera. Pero para nosotros, como saben, solo hay un Dios; y Él dijo: “Sea la luz”, y fue la luz. Y vio Dios que la luz era buena. Fue hecha conforme a principios eternos, conforme a los más estrictos principios de inteligencia y filosofía; y cuando fue hecha, se declaró que era buena.

En los concilios de los Dioses en los mundos eternos no había confusión; más bien creo que no había políticos allí, nadie que suscitara sentimientos de animosidad. Las cosas se acordaban, y una vez hecho esto se llevaban a cabo. Cuando se había llegado a un acuerdo, Dios decía: “Hágase tal o cual cosa”, y se hacía. Vemos, pues, que había perfecta unanimidad; pero ni siquiera en el cielo hubo siempre unanimidad. ¿Cómo? ¿Ni en el cielo? No, no hasta que fue expulsada una tercera parte; y no creo que fuera por hacer algo bueno. A veces pienso que nosotros también tendremos que expulsar a bastantes para poner las cosas en orden. Satanás fue expulsado, junto con quienes se adhirieron a él y se rebelaron contra Dios en los mundos eternos. Pues bien, no todo ha sido completamente puro en el cielo; pero pusieron las cosas en orden lo mejor que pudieron, como hacemos aquí a veces y como no hacemos aquí muy a menudo.

Y cuando hablamos de los cielos, habrá un cielo nuevo, así como una tierra nueva. Como saben, leemos que habrá un cielo nuevo y una tierra nueva en los cuales morará la justicia.

Pues bien, estamos aquí luchando y procurando introducir principios correctos y promover los intereses no solo de la Iglesia de Dios, sino también del reino de Dios, porque Dios tendrá un reino. Espero que no se lo cuenten a nadie si les digo algo: Dios tendrá un reino, y tendrá gobierno y dominio, porque esta tierra le pertenece, y Él la poseerá, y Sus santos finalmente la heredarán. Antes no teníamos miedo de hablar de estas cosas. En tiempos anteriores se nos decía que los santos del Altísimo finalmente recibirían el reino y la grandeza del reino, que se darían a los santos del Dios Altísimo. ¿Lo creen? Yo soy uno de los que lo creen. Y profetizo que se cumplirá. Pero somos un grupo bastante lamentable para hacer algo semejante, ¿no es así? Todavía no hemos avanzado mucho en la carrera; apenas nos estamos preparando para ella; muchos no podemos hacer lo que el hermano Joseph F. Smith mencionaba ayer, es decir, hacer un sacrificio y sentir que estamos de parte de Dios y de Su reino. Pero apenas podemos salir de nuestra estrechez. Les diré cómo se sienten algunos de nosotros: “Dios nos bendiga a mí y a mi esposa, a mi hijo Juan y a su esposa; a nosotros cuatro y a nadie más. Amén”. Ese sentimiento dista mucho del otro. Dios se interesa por el bienestar de toda la familia humana. ¿Cómo? ¿De los santos? Sí, y también de los demás. Pero los demás no tienen el sacerdocio. Los demás, si alguna vez obtienen una gloria celestial, tendrán que obtenerla por medio de los Santos de los Últimos Días. ¿Qué clase de personas debemos ser? Un poco diferentes de lo que somos. A veces nos parece molesto pagar nuestros diezmos; a veces nos parece molesto orar con nuestra familia; a veces nos parece molesto alimentar a los pobres y cuidar de los necesitados. Pues bien, supongamos que cambiáramos de lugar con ellos por un tiempo, ¿cómo se sentirían entonces? Sentirían que es mucho mejor dar que recibir. Queremos que se ensanchen nuestros sentimientos y nuestra compasión. Y Dios nos ha colocado donde estamos para que seamos preservados a fin de recibir instrucción de Sus manos. En nuestras actividades educativas tenemos lo que llamamos escuelas normales, para preparar maestros que enseñen a otros. Pues bien, el Señor tiene una escuela normal en Utah. Nos está preparando de diversas maneras: a veces no tenemos suficiente nieve en invierno y, por consiguiente, escasea el agua en verano; a veces llueve demasiado y otras veces no lo suficiente; tenemos algunos sabios y algunos imprudentes, y tenemos algunos ricos y algunos pobres. Sí, tenemos algunos pobres entre nosotros, ¿y por qué? No sabríamos lo que es ver a personas en esas circunstancias si no hubiera algunas entre nosotros; y, además, se nos brinda la oportunidad de mostrar nuestra bondad y desarrollar en nosotros ese sentimiento de solidaridad del que a veces hablamos. Pero no queremos llamarlos pobres, porque algunos son tan buenos como nosotros y algunos quizás un poco mejores que muchos de nosotros. Si hay personas buenas que carecen de lo necesario para vivir, las Escrituras dicen: “Si un hombre tiene bienes de este mundo y ve a su hermano padecer necesidad y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él?”. Y en cuanto a estos asuntos, debemos atender las necesidades de todos; sin embargo, esto corresponde más particularmente a los obispos y a los hermanos del Sacerdocio Aarónico. No los convirtamos en personas dependientes de la limosna; tratémoslos como hermanos y hermanas, como hombres y mujeres buenos y honorables; procuremos que se atiendan sus necesidades. He visto a algunas personas arrodillarse y orar con gran fervor para que Dios alimente a los pobres y vista al desnudo. Yo nunca le pediría al Señor que hiciera algo que yo no estuviera dispuesto a hacer. Si los tenemos entre nosotros, ¿por qué no ponemos manos a la obra y los socorremos? No creo que tengamos mucho de eso que hacer aquí, pero quizás lo suficiente para despertar sus buenos sentimientos y su compasión. Y si las personas sufren alguna desgracia, cuiden de ellas y proporciónenles las cosas necesarias para su bienestar y felicidad. Y Dios nos bendecirá al hacerlo. Preferiría muchísimo que tomaran, digamos, un saco de harina, algo de carne de res, cien libras de azúcar, un poco de mantequilla y queso, ropa y combustible, y esas comodidades y cosas útiles de la vida, y que así procuraran hacer felices a las personas, antes que todas las oraciones que pudieran ofrecer al Señor al respecto; y Él también preferiría verlo así; esa es la manera apropiada de hacer las cosas. Al recibir bendiciones nosotros mismos, procuremos compartirlas, y Dios nos bendecirá y nos guiará por los caminos de la paz.

Quizás esté ocupando demasiado tiempo. No me preocupa mucho pronunciar un gran discurso; estoy hablando de una manera sencilla y natural, y creo que me comprenden. Y si hay una viuda, un huérfano, alguna persona necesitada o alguien que tenga que luchar arduamente, cuiden de ellos y no procuren convertirlos en personas dependientes de la limosna; lo que hagan por ellos, háganlo con un sentimiento bondadoso y sincero, haciéndoles sentir y comprender que ustedes son sus amigos. Y procuremos resolver todas nuestras pequeñas dificultades, los esposos con sus esposas. ¿Por qué se quejan de sus esposas? Porque se ponen de mal humor. ¿Acaso ustedes no se ponen de mal humor? “Sí, pero mi esposa no es tan amable como antes”. Pues procuren llevarse bien con ella y trátenla bondadosamente; y sean bondadosos unos con otros. Si viven de esta manera mientras estén aquí en la carne, se alegrarán de encontrarse unos con otros en los mundos eternos. Cultiven todo principio bueno y vivan día a día en el temor de Él, y Él cuidará de nosotros, y bendecirá y multiplicará nuestros rebaños y ganados, nuestras tierras y todo lo que tenemos.

Les diré un secreto. Si tan solo pudiéramos prepararnos para hacer la voluntad de Dios, guardar Sus mandamientos y vivir nuestra religión de tal manera que Dios pudiera confiarnos más recursos de los que tenemos, Él dispondría las cosas, y además por medios naturales, de modo que nuestros deseos en ese sentido fueran plenamente satisfechos. Pero no estamos preparados para ello; solo nos destruiría y nos llevaría al diablo, y el Señor lo sabe. Al mismo tiempo, no podemos quejarnos en este aspecto; el Señor nos ha tratado muy bien. No conozco ningún pueblo en ninguna parte que, en conjunto, esté en mejores condiciones que nosotros. Es cierto que no tenemos entre nosotros la cantidad de riqueza que puede encontrarse en países más antiguos; pero tampoco tenemos la pobreza, el sufrimiento y la angustia que pueden encontrarse en otros lugares. Nos corresponde introducir principios que eviten todas estas dificultades y nos preparen para recibir bendiciones de Dios y administrarlas sabiamente.

Otra cosa. Estamos construyendo templos. ¿Lo estamos haciendo bastante bien? Sí. ¿Encuentro algo que criticar? No. No tengo nada que objetar al respecto; creo que el pueblo lo está haciendo muy bien, especialmente en algunos distritos del norte y del sur; de hecho, creo que están haciendo más de lo que sus posibilidades permiten. Pero no podrían hacer lo que ya han hecho y lo que están haciendo sin la ayuda y la bendición del Todopoderoso. Están construyendo dos hermosos edificios. ¿Para qué? ¿Es un asunto de especulación? Sí, una de las mayores empresas especulativas que jamás se hayan concebido. Es para la salvación de la familia humana; es para la redención de los vivos y la salvación de los muertos. Es para el cumplimiento de los propósitos de Dios concernientes a los habitantes de la tierra, a nuestros antepasados y, después, a todos aquellos a quienes podamos alcanzar. En estas cosas lo estamos haciendo muy, muy bien; y siento el deseo de bendecir al pueblo por su generosidad con respecto a estos asuntos, especialmente a los de los distritos a los que me he referido.

Ahora bien, no sé si deba retenerlos mucho más tiempo. ¿Qué haremos? Guardar nuestros convenios, sostener al hermano Smith; y que el hermano Smith actúe de una manera que sea digna de ser sostenida. Y sostengan a sus obispos, y que ellos también actúen de tal manera que sean dignos de su estima. Y sostengan a sus consejeros y escuchen sus consejos y recomendaciones. Procuran hacerles bien y promover sus intereses. Y sostengan a sus maestros, a sus diáconos y a sus presbíteros, y hagan todo lo posible por fortalecerlos para que puedan realizar una buena obra en su día y generación, y beneficiarlos a ustedes y a las generaciones que los sigan. Y también hay otros. Tienen sus Sociedades de Socorro, y siempre me alegra decir una palabra en favor de ellas. Nuestras hermanas son una con nosotros, y trabajamos juntos procurando edificar el reino de Dios. Yo diría a las hermanas que velaran por los jóvenes y por los intereses de las hermanas, que procuraran introducir todo lo bueno y digno de alabanza y que hicieran cuanto pudieran para promover el bienestar de sus hijos e hijas; y Dios las bendecirá como lo ha hecho, y más abundantemente. Me agradó escuchar el elogio que se hizo de nuestras Asociaciones de Mejoramiento Mutuo de los jóvenes. Es gratificante para los padres y para todos los que llevan en el corazón los intereses de Sion oír y ver que nuestros jóvenes y nuestras jóvenes crecen en el temor de Dios. Algunos, como sucede en todas partes, tienden a ser un poco descorteses e irreflexivos. Es nuestro privilegio, y el privilegio de los jóvenes, mejorar y cultivar nuestra moral y nuestros modales, para que, si alguna vez tenemos el placer de relacionarnos con los ángeles, encontremos la compañía más feliz y agradable. Aprendamos a tratarnos unos a otros con bondad y cortesía, y que los jóvenes cultiven el temor de Dios. Les diré lo que yo hacía cuando era un muchacho muy joven. Tenía la costumbre de acudir al Señor; esto era antes de que existiera el “mormonismo”. Y muchísimas veces fui a los campos, detrás de los arbustos, y también a los pajares, para invocar a Dios a fin de que me guiara, me guardara del mal y me condujera por las sendas de la rectitud. ¿Me sentía feliz? Sí, porque tenía conmigo una porción del Espíritu de Dios. ¡Cuánto mejor es la situación de nuestros jóvenes en este aspecto! Yo tenía padres que temían a Dios, pero ellos, al igual que cualquier otra persona, no sabían absolutamente nada del verdadero plan de salvación, porque no había sido revelado. Yo solía asistir a la Iglesia de Inglaterra, y muchos de ustedes aquí presentes también lo hacían; y solíamos decir que todos éramos “miserables pecadores”. También confesábamos cada domingo que habíamos “hecho las cosas que no debíamos haber hecho y dejado sin hacer las cosas que debíamos haber hecho”. Todo esto era muy cierto. Los propios maestros no sabían más, ni tampoco nosotros. Pero yo encontraba placer en invocar al Señor para que me guiara por el camino correcto. No tenía las ayudas que ustedes tienen. Ustedes cuentan con el beneficio de sus Sociedades de Mejoramiento Mutuo. Asistan a ellas y procuren cultivar el conocimiento de toda clase; y, por encima de todo, reverencien y respeten a sus padres, a quienes han velado por ustedes y los han cuidado, a quienes los han educado, alimentado y vestido, y se han interesado por su bienestar.

Y con respecto a todas nuestras actividades, hermanos y hermanas, procuremos siempre hacer lo correcto y tratemos de idear medios por los cuales podamos ser autosuficientes; compremos a nuestra propia gente y, por encima de todo, procuremos fabricar nuestros propios productos y satisfacer nuestras propias necesidades. Procuremos llevar a la práctica estos principios, porque son verdaderos y correctos. Y si hay algo bueno y digno de alabanza, procurémoslo; y evitemos todo lo que conduzca a la miseria, la degradación y la muerte.

Que Dios los bendiga y los guíe por las sendas de la vida. Amén.

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