La responsabilidad de edificar Sion y permanecer fieles al sacerdocio
Los santos tienen la responsabilidad de edificar el reino de Dios, redimir a los vivos y a los muertos y seguir la guía del Espíritu Santo, confiando en que Sion será preservada.
Deberes y responsabilidades del sacerdocio y de los santos en general—Sion no será vencida—Los inicuos matarán a los inicuos—El fin está cerca
por el élder Wilford Woodruff, pronunciado en el Salón de Asambleas de Salt Lake, durante la conferencia semestral de la Estaca Salt Lake de Sion, el sábado 3 de julio de 1880, por la tarde.
Volumen 21, discurso 22, páginas 189-196
He escuchado con muchísimo interés las instrucciones que mis hermanos han dado aquí esta tarde, así como las palabras del hermano Cannon esta mañana. Cuando hablamos de nuestros deberes como Santos de los Últimos Días, pienso que muchas veces algunos de nosotros, quizás todos, en mayor o menor medida, no alcanzamos a comprender y entender las responsabilidades que tenemos ante Dios. Creo que nunca ha habido una dispensación ni una generación de hombres, en ninguna época del mundo, que haya tenido una obra mayor que realizar ni una responsabilidad mayor ante Dios que los Santos de los Últimos Días. El reino de Dios ha sido puesto en nuestras manos. Hemos sido levantados como hijos e hijas del Señor para recibir este reino, poner sus cimientos, edificar sobre ellos y llevar adelante sus diversas ramas hasta que quede perfeccionado ante los cielos y ante la tierra, como Dios ha preordenado que sea. Y esos principios a los que los hermanos se han referido en cuanto a nuestros deberes no podemos desatenderlos ni apartarnos de ellos sin correr peligro. Diré, como miembro del Cuórum de los Doce Apóstoles, que desde que conocí esta organización hasta el día de hoy nunca nos hemos considerado libres de faltar a nuestras reuniones, a menos que estuviéramos enfermos o que las circunstancias nos lo impidieran de alguna manera. Puedo decirlo por mí mismo, y creo que puedo decir lo mismo por mis hermanos. Siempre hemos sentido el deber de asistir a nuestras reuniones; y si no asistimos, podría surgir la pregunta: ¿Qué ha sido de los Doce Apóstoles? ¿Dónde están, que no asisten a sus reuniones? Sería una pregunta muy apropiada. Y si esta responsabilidad recae sobre nosotros en la posición que ocupamos, ¿no recae también sobre otros hombres? Creo que sí. No creo que el Señor haya requerido jamás que José Smith, Brigham Young o cualquiera de sus consejeros emprendieran solos la edificación de este reino. Nunca les requirió que construyeran solos estos templos. Se les requirió que cumplieran sus deberes, eso es cierto.
José Smith fue llamado por Dios, inspirado por Dios, levantado por el Señor y ordenado por Dios mucho antes de nacer para vivir en la carne, tanto como Jeremías o cualquiera de los antiguos profetas, a fin de poner los cimientos de esta Iglesia y reino. Realizó fielmente su obra. Trabajó fielmente mientras moró en la carne y selló su testimonio con su sangre. También se llamó a otros hombres para edificar sobre los cimientos que él había puesto.
En los días pasados hemos tenido la necesidad de salir a predicar el Evangelio al mundo. Hemos tenido que hacerlo. Hemos sido llamados a hacerlo. Hemos sido ordenados para hacerlo. Dios nos ha mandado hacerlo, y lo mismo ha sucedido con cientos de miles de élderes de esta Iglesia y reino. Todos tenemos alguna responsabilidad, mayor o menor, ya sea en cuanto a servir en misiones o a cualquier otra cosa. Recuerdo que el hermano José Smith nos visitó a mí, al hermano Taylor, al hermano Brigham Young y a varios misioneros más cuando estábamos a punto de partir a nuestra misión en Inglaterra. Muchos de nosotros estábamos enfermos y afligidos. Al mismo tiempo, sentíamos el deseo de ir. El Profeta nos bendijo, así como a nuestras esposas y familias; y hace uno o dos días estuve leyendo sus instrucciones en mi diario. Nos enseñó algunos principios muy importantes, algunos de los cuales mencionaré aquí. El hermano Taylor, yo, George A. Smith, John E. Page y otros habíamos sido llamados para ocupar el lugar de quienes se habían apartado. El hermano José nos explicó la causa por la que aquellos hombres se habían apartado de los mandamientos de Dios. Esperaba que aprendiéramos sabiduría por lo que veíamos con los ojos y oíamos con los oídos, y que pudiéramos discernir los espíritus de otros hombres sin vernos obligados a aprender mediante experiencias dolorosas. Entonces señaló que cualquier hombre, cualquier élder de esta Iglesia y reino que siguiera un proceder por el cual desatendiera o, en otras palabras, se negara a obedecer cualquier ley, mandamiento o deber que conociera; siempre que un hombre hiciera esto, que descuidara cualquier deber que Dios le requiriera en cuanto a asistir a las reuniones, cumplir misiones u obedecer el consejo, estaría poniendo un fundamento que lo conduciría a la apostasía; y esa era la razón por la que aquellos hombres habían caído. Habían hecho mal uso del sacerdocio sellado sobre sus cabezas. Habían descuidado el magnificar sus llamamientos como apóstoles y como élderes. Habían utilizado ese sacerdocio para intentar engrandecerse a sí mismos y realizar alguna otra obra distinta de la edificación del reino de Dios. Y no solo nos dio él ese consejo, sino que también se nos da el mismo en la revelación de Dios. Siempre he leído con muchísimo interés aquella revelación dada a José Smith en respuesta a su oración en la cárcel de Liberty. Siempre he considerado que aquella revelación de Dios a ese hombre, teniendo en cuenta las pocas frases que contiene, encierra tantos principios como cualquier revelación que Dios haya dado al hombre. Le dio a entender a José que poseía el sacerdocio, un sacerdocio según el orden de Dios, según el orden de Melquisedec, el mismo sacerdocio mediante el cual Dios mismo realizó todas Sus obras en los cielos y en la tierra, y que cualquier hombre que poseyera ese sacerdocio tenía el mismo poder. Ese sacerdocio tenía comunicación con los cielos, poder para mover los cielos, poder para realizar la obra de los cielos; y siempre que un hombre magnificaba ese llamamiento, Dios encargaba a Sus ángeles que velaran por él, y sus ministraciones tenían poder y vigencia tanto en este mundo como en el venidero; pero si ese hombre utilizaba el sacerdocio para cualquier otro propósito que no fuera la edificación del reino de Dios, para lo cual se le había dado, los cielos se retiraban, el poder del sacerdocio se apartaba y él quedaba para andar en tinieblas y no en luz; y esta es la clave de la apostasía de todos los hombres, ya sea en esta generación o en cualquier otra.
Nuestras responsabilidades ante el Señor son grandes. No tenemos derecho a quebrantar ninguna ley que Dios nos haya dado. Cuanto más lo hacemos, menos poder tenemos ante Dios, ante el cielo y ante la tierra; y cuanto más cerca vivimos de Dios, cuanto más fielmente obedecemos Sus leyes y guardamos Sus mandamientos, más poder tendremos y mayor será nuestro deseo de edificar el reino de Dios mientras moremos aquí en la carne.
No tenemos derecho a quebrantar el día de reposo. No tenemos derecho a descuidar nuestras reuniones para atender nuestras labores. No creo que ningún hombre que haya pertenecido a esta Iglesia y reino desde su organización haya ganado nada por atender su granja en el día de reposo; pero si su buey cae en un hoyo, sáquenlo; trabajar de esa manera es completamente justo y correcto. Sin embargo, que nos dediquemos a cultivar la tierra descuidando nuestras reuniones y otros deberes que nos corresponden es algo que no tenemos derecho a hacer. Al Espíritu de Dios no le agrada; se retira de nosotros, y no ganamos dinero con ello. Debemos santificar el día de reposo. Debemos asistir a nuestras reuniones.
Este reino está avanzando. Tiene que avanzar, y alguien tiene que edificarlo. Alguien tiene que trabajar en él. El Dios del cielo tenía un pueblo preparado para esta dispensación desde antes de que el mundo fuese creado. Tenía un pueblo preparado para vivir en la carne, recibir este reino y llevarlo adelante; y el mismo espíritu de los profetas y apóstoles que nos han precedido se ha manifestado en la vida de hombres y mujeres fieles desde la organización de esta Iglesia hasta el día de hoy, y continuará hasta la venida del Señor, pues hay muchísimos hombres y mujeres que vivirán su religión y llevarán a cabo los propósitos de Dios sobre la tierra.
Es nuestro deber, como apóstoles, como élderes y como Santos de los Últimos Días, meditar, reflexionar, leer la palabra de Dios y procurar comprender nuestra condición, nuestra posición y nuestra responsabilidad ante el Señor. Si se nos abrieran los ojos, si se levantara el velo y pudiéramos ver nuestra condición y nuestra responsabilidad, y comprender los sentimientos de Dios, nuestro Padre Celestial, de las huestes celestiales y de los espíritus justificados y hechos perfectos, en su cuidado vigilante por nosotros y en su preocupación por nuestras labores aquí en la carne, todos sentiríamos que no tenemos tiempo que perder en necedades ni en ninguna otra cosa que no produzca bien alguno. Todos nosotros, como élderes de Israel y como Santos de los Últimos Días, poseemos alguna porción del santo sacerdocio, ya sea el de Melquisedec o el Aarónico. Es un reino de sacerdotes, y hay suficiente trabajo para que este pueblo magnifique su llamamiento. El Señor ha prometido sostenernos y quebrar toda arma que se forme contra nosotros. Ha prometido sostener a Sion; y cuando el profeta vio esta Sion de Dios en las montañas, su alma se llenó de gozo y exclamó: “Cantad alabanzas, oh cielos, y alégrate, tierra; y prorrumpid en alabanzas, oh montes, porque Jehová ha consolado a su pueblo, y de sus afligidos tendrá misericordia”. De nuevo dice el profeta: “¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque se olviden ellas, yo no me olvidaré de ti”. ¡Sion ha estado ante la faz del Señor desde la creación del mundo! Nuestro Padre Celestial ha protegido a este pueblo. Hemos sido favorecidos desde el día en que pusimos los pies en los valles de las montañas, a pesar de las tribulaciones y la oposición con las que hemos tenido que contender. Todos los designios de los inicuos y los impíos para detener esta obra han sido frustrados. La mano de Dios está sobre Sion. Él es nuestro Consolador. Él nos sostiene, y tenemos todos los motivos del mundo, como Santos de los Últimos Días, para serle leales y fieles durante el breve tiempo que pasamos en la carne.
Nuestras responsabilidades son grandes; nuestra obra es grande. No solo tenemos que predicar el Evangelio a las naciones de la tierra, sino que tenemos que poblar estos valles, pueblos, ciudades, etcétera; y, entre otras cosas importantes, tenemos que levantar templos al nombre del Señor antes de la venida de Cristo. Tenemos que entrar en esos templos y redimir a nuestros muertos; no solo a los muertos de nuestra propia familia, sino a los muertos de todo el mundo de los espíritus. Esto forma parte de la gran obra de los Santos de los Últimos Días. Construiremos estos templos y, si cumplimos nuestro deber, no hay poder que pueda impedir esta obra, porque el Señor está con nosotros; y, ciertamente, ¡nuestra aspiración es elevada! Como pueblo aspiramos a la gloria celestial; aspiramos al establecimiento del reino de Dios. Hemos sido levantados con el propósito de amonestar al mundo, predicar el Evangelio, ir a los mansos de la tierra y traerlos a estos valles de las montañas para que sean librados del poder del pecado y de Satanás. Somos muchos en comparación con dispensaciones anteriores. Sin embargo, somos pocos si nos comparamos con los mil doscientos o mil cuatrocientos millones de habitantes que moran en la carne. Aun así, con la ayuda de Dios, tenemos poder para redimir al mundo. Esta es nuestra obra. Tenemos la obligación de trabajar y de seguir haciéndolo mientras estemos aquí; y cuando hayamos terminado nuestra obra, nuestros hijos, la nueva generación, tendrán que recibir este reino y llevarlo adelante.
Ocho integrantes del Cuórum de los Doce Apóstoles que estaban en la carne cuando llegamos aquí se encuentran hoy en el mundo de los espíritus; y así van partiendo, uno tras otro, cuando terminan su obra. ¿Suponen que en sus pensamientos y sentimientos consideraban que habían hecho demasiado? Creo que no. Lo mismo sucede con quienes permanecen en la carne. No hay tiempo que desperdiciar, y quisiera Dios que los élderes de Israel pudieran darse cuenta y comprender plenamente la gran obra que Dios ha puesto sobre sus hombros: la edificación de Su reino.
Este reino ha seguido aumentando y extendiéndose. Cuando llegamos aquí hace treinta y tres años encontramos este lugar convertido en un desierto estéril. No había aquí huella del hombre blanco. Era verdaderamente un desierto, apenas había algo verde que se ofreciera a la vista. Hoy pueden verlo por ustedes mismos. Los habitantes de Sion son una maravilla y un prodigio para el mundo. Ocupan estos valles de las montañas desde Idaho hasta Arizona. Los valles, por así decirlo, están llenos de Santos de los Últimos Días. ¿Y quiénes son estos Santos de los Últimos Días? Son el pueblo que el Dios del cielo ha levantado en cumplimiento de promesas y revelaciones. Los ha recogido cuidadosamente mediante el poder del Evangelio, mediante el poder de la revelación, y los ha colocado aquí en los valles de las montañas. ¿Ha habido alguna vez un poder formado contra este pueblo que haya tenido éxito? No; y este pueblo nunca verá el día en que nuestros enemigos prevalezcan, precisamente porque Dios ha decretado que Sion será edificada; el reino que vio Daniel avanzará hasta que la pequeña piedra cortada de la montaña, no con mano, llene toda la tierra. El pueblo de Dios será preparado en los últimos días para llevar a cabo el gran plan del Todopoderoso, y todos los poderes de la tierra y del infierno combinados no podrán impedírselo. Cuando veo la perspectiva que tiene el mundo acerca de esta gran obra de los últimos días; cuando oigo que se pone en duda si Dios tiene algo que ver con ella; cuando veo el sentimiento de odio que se manifiesta hacia nosotros, para mí es la evidencia más contundente de que esta es la obra de Dios. ¿Por qué? Porque hemos sido escogidos de entre el mundo y, por tanto, el mundo nos aborrece. Este es un testimonio que contemplan el judío, el gentil y el mundo entero. Entonces, si esta es la obra de Dios, ¿qué va a hacer el mundo al respecto? ¿Qué pueden hacer esta nación o las naciones combinadas de la tierra al respecto? ¿Puede algún poder debajo de los cielos detener el progreso de la obra de Dios? Les digo que no, que no puede hacerse. No me glorío en estas cosas como si fueran obra del hombre; es la obra del Todopoderoso, no es obra del hombre. El Señor ha llamado a hombres para trabajar en Su reino, y desearía que los élderes consideraran este asunto tal como es y comprendieran nuestra posición ante el Señor. Aquí estamos, un puñado de personas escogidas de entre unos mil doscientos o mil cuatrocientos millones de personas; y mi fe con respecto a este asunto es que, antes de que naciéramos, antes de que naciera José Smith, antes de que naciera Brigham, fuimos escogidos para venir en este día y generación y realizar la obra que Dios había dispuesto que se hiciera. Esa es mi manera de entender a los Santos de los Últimos Días, y esa es la razón por la cual los apóstoles y élderes de los primeros días de esta Iglesia tuvieron poder para salir sin bolsa ni alforja, predicar el Evangelio de Cristo y dar testimonio de Su reino. Si no hubiera sido por ese poder, no habríamos podido realizar la obra. Hemos tenido que ser sostenidos por la mano de Dios hasta el día de hoy, y seremos sostenidos hasta terminar, si guardamos los mandamientos de Dios; y si no lo hacemos, caeremos, y el Señor levantará a otros hombres para ocupar nuestro lugar. Por tanto, considero que se nos había asignado una obra antes de nacer. En cuanto a los líderes fieles de esta Iglesia y reino, comenzando por José Smith, ¡cuántas veces he oído decir a los hombres durante mis viajes: “¿Por qué escogió Dios a José Smith? ¿Por qué escogió a ese muchacho para abrir esta dispensación y poner los cimientos de esta Iglesia? ¿Por qué no escogió a algún gran hombre, como Henry Ward Beecher?”! En toda mi vida solo he tenido una respuesta para semejante pregunta, a saber: que el Señor Todopoderoso no podía hacer nada con ellos, no podía humillarlos. No eran la clase de hombres que se había escogido para una obra de esta naturaleza en ninguna época del mundo. El Señor Todopoderoso escogió lo débil de este mundo. Podía dirigirlo. Por eso escogió a José Smith, porque era débil y tenía suficiente sensatez para saberlo. Recibió la ministración de ángeles del cielo. También recibió la ministración del Padre y del Hijo y de los santos hombres que en otro tiempo moraron en la carne.
Nos hemos visto obligados a reconocer la mano de Dios. Hemos sido sacados de lo profundo del foso. Hemos sido tomados del arado, del banco de trabajo y de las diversas ocupaciones de la vida, con un conocimiento limitado de lo que el mundo llama instrucción. El Señor ha llamado como élderes a hombres de esta clase y, inspirados por el poder de Dios, han salido y han amonestado al mundo; y los de esta generación que rechacen el testimonio de estos élderes estarán bajo condenación, porque los élderes se levantarán en el juicio y los condenarán. La edificación de este reino descansa sobre nuestros hombros; no solo sobre los hombros del hermano Taylor y de los Doce Apóstoles, sino que todo hombre y toda mujer que haya escuchado este Evangelio y entrado en las aguas del bautismo tendrá que responder por la luz y el conocimiento que haya recibido.
Este es mi testimonio para ustedes hoy. Aquí tienen el reino de Dios. Ha crecido y aumentado, y seguirá creciendo y aumentando. Miro este edificio; miro el Tabernáculo de aquí; miro los templos que se están construyendo; veo lo que está sucediendo en las montañas de Israel y pregunto: ¿Qué es? Es la obra de Dios. Reconozco Su mano en ella. Esta es la razón por la que somos inspirados a construir estos templos. La razón por la que trabajamos para construirlos es que ha llegado el día en que se necesitan. José Smith fue al mundo de los espíritus para abrir las puertas de la prisión en esta dispensación o generación. Permaneció aquí el tiempo suficiente para poner los cimientos de este reino y obtener las llaves que le pertenecen. La última vez que se reunió con el Cuórum de los Doce fue cuando les dio sus investiduras, y cuando se separaron de él tuvo el presentimiento de que era la última vez que se reunirían. Tenía algo que hacer al otro lado del velo. Tenía allí mil personas a quienes predicar por cada una que ustedes y yo tenemos en la carne.
Y esta es la gran obra de la última dispensación: la redención de los vivos y de los muertos.
Como élderes de Israel, no debemos tratar a la ligera las bendiciones que disfrutamos. No debemos tratar a la ligera el santo sacerdocio ni intentar utilizarlo para ningún otro propósito debajo de todos los cielos que no sea edificar la Sion de Dios. Debemos tomar muy a pecho el consejo que se ha dado esta mañana sobre este asunto. Los ojos de todas las huestes celestiales están sobre este pueblo. Nos observan con la más profunda preocupación. Comprenden las cosas mejor que nosotros, porque nuestro velo es nuestro cuerpo, y cuando nuestros espíritus lo dejen no tendremos que ir muy lejos para entrar en el mundo de los espíritus. Ellos conocen la lucha que sostenemos contra los espíritus malignos y contra un mundo inicuo, pero ¡cuánto ánimo recibimos cuando leemos las revelaciones! Vivimos en una generación en la cual el Señor ha decretado que Su reino será preservado. Los profetas de todas las demás dispensaciones han sido llamados a sellar su testimonio con su sangre. Mi fe es que a los de esta dispensación no se les pedirá que hagan esto. Es cierto que José y Hyrum fueron llamados a dar su vida. ¿Por qué? Personalmente creo que, por una parte, era necesario sellar una dispensación de tan inmensa magnitud con la sangre del testador; y, por otra, que las personas que lo mataron eran merecedoras de ello y tendrán que pagar la cuenta, como los judíos tuvieron que pagar por la sangre del Mesías; pero, en lo que respecta a los líderes de este pueblo y al pueblo en general, creo que el Señor tiene la intención de que vivamos en paz. En cuanto a Brigham Young, todos sabemos la disposición que existía de parte de sus enemigos de quitarle la vida. Sin embargo, nunca creí que moriría de forma violenta. Tampoco creo que se nos requiera salir y manchar nuestras espadas con la sangre de nuestros semejantes para defendernos. Se ha decretado que los inicuos matarán a los inicuos. Ahora bien, les doy mis opiniones con respecto a estas cosas. Expreso los sentimientos de mi propio corazón y lo que creo. Los juicios de nuestro Dios serán derramados, pero no se pedirá a los élderes de Israel que maten a los inicuos. Los inicuos matarán a los inicuos. Cuando leo la Biblia, el Libro de Mormón y el libro de Doctrina y Convenios, siento que nuestra situación es como la de la generación que vivió en los días de Ezequiel. En aquellos días, el Señor dijo al profeta que dijera al pueblo que tenía la intención de cumplir lo que había dicho. Y así sucede en el día y la época en que vivimos. Todas las cosas se cumplirán. Los juicios del Dios Todopoderoso serán derramados sobre los inicuos. La mies está madura, y sé que el agricultor tiene que segar sus cosechas cuando están maduras; de lo contrario, volverán a la tierra y se pudrirán.
Cuando veo la iniquidad y la abominación que prevalecen en Babilonia y que cubren la tierra, por así decirlo, como un mar inmenso; cuando veo estas cosas, siento el deseo de preguntarme: ¿Cuánto tiempo pueden seguir alzándose estas cosas ante los ojos del cielo sin recibir su recompensa? En mi propia mente puedo ver un cambio a nuestras puertas. A la luz de las revelaciones, no veo cómo podría ser de otra manera. Las señales del cielo y de la tierra indican todas la proximidad de la venida del Hijo del Hombre. Lean los capítulos 9, 10 y 11 del último libro de Nefi y vean lo que el Señor ha dicho que sucederá en esta generación, cuando el Evangelio de Cristo haya sido ofrecido nuevamente a los habitantes de la tierra. El Señor no reveló el día de la venida del Hijo del Hombre, pero sí reveló la generación. Esa generación ya está entre nosotros. Las señales del cielo y de la tierra anuncian el cumplimiento de estas cosas, y se cumplirán.
Por tanto, procuremos vivir nuestra religión. Tenemos el reino de Dios. No hay duda de ello. No la había para José Smith cuando los ángeles de Dios le ministraron, y hemos tenido un testimonio vivo de esta obra desde aquel día hasta hoy. ¿Cuál es el mayor testimonio que cualquier hombre o mujer puede tener de que esta es la obra de Dios? Les diré cuál es el mayor testimonio que he tenido, el testimonio más seguro: es el testimonio del Espíritu Santo, el testimonio del Padre y del Hijo. Podemos recibir la ministración de ángeles; podemos ser arrebatados en las visiones del cielo; estas cosas, como testimonios, son muy buenas; pero cuando reciben el Espíritu Santo, cuando reciben el testimonio del Padre y del Hijo, es un principio verdadero para todo hombre sobre la tierra, no engaña a nadie, y mediante ese principio pueden aprender y comprender la voluntad de Dios. La revelación ha sido considerada por esta Iglesia, así como por el mundo, como algo muy maravilloso. ¿Qué es la revelación? El testimonio del Padre y del Hijo. ¿Cuántos de ustedes han tenido revelación? ¿Cuántos han tenido al Espíritu de Dios susurrándoles, esa voz apacible y delicada? Yo habría estado en el mundo de los espíritus hace muchísimos años si no hubiera seguido las impresiones de la voz apacible y delicada. Estas eran las revelaciones de Jesucristo, el testimonio más firme que un hombre o una mujer puede tener. He recibido muchos testimonios desde que estoy vinculado a esta Iglesia y reino. En ocasiones he sido bendecido con ciertos dones y gracias, ciertas revelaciones y ministraciones; pero, con todo ello, nunca he encontrado nada en lo que pudiera depositar mayor confianza que en la voz apacible y delicada del Espíritu Santo.
Sé que esta es la obra de Dios. Sé que Dios está con este pueblo. Me preocupo por ellos. Me preocupo por la nueva generación, por los hombres y las mujeres jóvenes, porque sé que este reino tendrá que descansar sobre sus hombros. Cuando veo los males que existen en Salt Lake City, comprendo que están en peligro. Nuestras responsabilidades como padres son grandes. No solo tenemos que dar el ejemplo nosotros mismos, sino que debemos orar por ellos y aconsejarlos; y estoy convencido de que el Señor preparará a nuestros jóvenes y a nuestras doncellas, a los hijos y a las hijas de este pueblo, para que reciban este reino y lo lleven adelante. El reino nunca será derribado ni entregado a otro pueblo.
Doy gracias a Dios por vivir en este día y época del mundo. Doy gracias a Dios por haber escuchado el Evangelio. Doy gracias al Señor por haber sido hecho partícipe del santo sacerdocio junto con el Evangelio, y todos los temores que he tenido han sido por mí mismo y por mis amigos. Nunca he tenido temor alguno por el reino de Dios. Tampoco lo tengo hoy. Comprendo y entiendo, con tanta certeza como sé cualquier otra cosa, que se ha decretado que este reino permanezca. Crecerá y aumentará. Sion se levantará y se vestirá con sus ropas hermosas. Los únicos temores que tengo son con respecto a mí mismo, a mi familia, a mis esposas y a mis hijos. Estamos rodeados de tentaciones que tienden a apartarnos. Tenemos que protegernos de ellas; tenemos que aumentar nuestra fe y vivir cada vez más cerca del Señor.
Ruego a Dios que los bendiga, que bendiga a este pueblo y que bendiga a quienes son llamados a velar por nosotros. Tenemos que velar además de orar. Tenemos que proteger la Iglesia y el reino de Dios. Dentro de poco terminará nuestra misión. Pronto partiremos y cosecharemos nuestra recompensa. Vivimos en la última dispensación. Supongo que José Smith hará sonar la sexta trompeta. Él estará a la cabeza de esta dispensación; o, si él no hace sonar la trompeta de esta dispensación, no sé quién lo hará. Alguien tiene que hacerlo, y debe ser alguien que posea las llaves de las diversas dispensaciones del mundo. No vendrán otros ángeles de ningún otro mundo para administrar en esta dispensación; ministrarán aquellos hombres que moraron aquí en la carne.
Que Dios nos bendiga y nos ayude a guardar Sus mandamientos, por causa de Jesús. Amén.



























