Un solo pueblo bajo la voluntad de Dios
Los santos deben someter sus intereses personales a la voluntad de Dios y trabajar unidos mediante la cooperación y la Orden Unida para edificar Sion y prepararse para las calamidades venideras.
por el presidente John Taylor, pronunciado en la reunión regular del sacerdocio de la Estaca Weber de Sion, celebrada en Ogden, el 21 de septiembre de 1878.
Volumen 21, discurso 8, páginas 53-61
He deseado reunirme con el sacerdocio de esta estaca, y he invitado a varios presidentes de estaca de esta región a estar presentes en esta reunión para considerar ciertas cuestiones que desde hace algún tiempo han ocupado insistentemente mis pensamientos y que deseo presentar al pueblo aquí.
Nos hemos reunido aquí en nuestra calidad de poseedores del santo sacerdocio, y todos profesamos ser élderes de Israel y estar dispuestos, por lo menos, a andar conforme al orden de Dios, a procurar establecer los principios de rectitud hasta donde esté en nuestro poder y a intentar edificar Su reino sobre la tierra. Eso, al menos, es lo que profesamos, y creo que es el sentir del corazón de la mayoría de los hermanos que ahora se encuentran reunidos. Al mismo tiempo, tenemos ideas diferentes sobre muchas cosas, particularmente sobre las llamadas cosas temporales. Somos bastante partidarios de lo que se llama “el libre comercio y los derechos de los marineros”; queremos disfrutar de una amplia libertad. Todas estas cosas son muy populares y muy correctas. Pero en nuestros actos y procedimientos es necesario que nos rijamos por ciertas leyes y principios que el Señor nos ha dado. Todos admitimos esto. Sin embargo, hay algunas cosas acerca de las cuales parecemos estar muy confundidos en lo que respecta a nuestros asuntos temporales. Durante la vida del presidente Young, hace varios años, parecía sentirse impulsado a establecer la cooperación y la Orden Unida en una medida considerable. Nos dijo entonces que eran la palabra y la voluntad de Dios para nosotros. Lo creí entonces y lo creo ahora. Y, sin embargo, al mismo tiempo se ha manifestado toda clase de ideas, sentimientos y espíritus. En muchos lugares se han establecido la cooperación y la Orden Unida bajo diversas formas; en algunos han tenido muy buenos resultados, y en otros las personas han actuado de manera insensata y codiciosa, procurando sus propios intereses personales e individuales bajo el pretexto de servir a Dios y llevar a cabo Sus designios. Otros se han dejado llevar por fantasías y han emprendido cosas impracticables, mientras que otros no han actuado de buena fe en absoluto. Entre nosotros, como pueblo, ha habido toda clase de sentimientos que puedan existir en cualquier lugar. Y a veces he pensado, con respecto a nuestras instituciones cooperativas, que algunos de los que participan en ellas y reciben su sustento de ellas se oponen tanto a la cooperación y a la Orden Unida como cualquier otro grupo de personas que tenemos. Al menos he observado sentimientos de esa naturaleza. No digo que sean generales. Pero hay ciertas reflexiones relacionadas con estos asuntos que desde hace algún tiempo han ocupado insistentemente mi mente. Y permítanme hacerme aquí una pregunta; una pregunta que no es de naturaleza personal. No he venido aquí para hablar de asuntos personales de ninguna clase, sino de principios y de algunos de esos principios en los que nosotros, como Santos de los Últimos Días y como élderes de Israel, profesamos creer. La pregunta sería, y este sería hoy mi texto si quisiera tomar uno como base: ¿Sostendremos la cooperación y la Orden Unida y trabajaremos con ese fin en todas nuestras operaciones, o las abandonaremos como algo malo, indigno de nuestra atención? A eso se reduce el asunto, a mi entender. En todo caso, deseamos actuar honrada y honorablemente en este asunto. Si creemos que estos principios son verdaderos, rijámonos por ellos; si no lo creemos, abandonémoslos de una vez, concluyamos que hemos cometido un error y no tengamos más que ver con ellos. Porque todos nosotros profesamos ser, por lo menos, hombres honrados y actuar conforme a nuestra conciencia. Si hay algo malo en estas cosas, sepamos qué es lo malo; y si no es un mandamiento de Dios y no nos obliga, dejémoslo. Y entonces surge naturalmente la pregunta: ¿Estamos preparados para hacerlo? Y, por otra parte, si creemos que estos son principios que el Señor enseña, entonces rijámonos por ellos. De hecho, cualquiera que sea nuestra decisión, llevémosla a cabo de buena fe y no tengamos nuestro letrero pintado de blanco por un lado y de negro o de algún otro color por el otro. Más bien, sintamos como sintió el profeta Elías en cierta ocasión: “Si Jehová es Dios, seguidle; y si Baal, en pos de él”. Había en el antiguo Israel una disposición a tener una parte de Dios y una parte del diablo, o de Baal, un dios idólatra al que adoraban. A veces pienso que, en ciertos aspectos, nos parecemos mucho a ellos. ¿Creemos en nuestra religión? Sí. ¿Creemos en el santo sacerdocio y en que Dios lo ha restaurado a la tierra? Sí. ¿Creemos que Dios ha establecido Su reino? Sí. ¿Y creemos que el santo sacerdocio está bajo la guía del Señor? Ah, sí; pero aun así nos gustaría hacer las cosas bastante a nuestra manera. Si debemos establecer algo que el Señor ha mandado, nos gustaría posponerlo cuanto podamos y, si no podemos hacerlo de otro modo, lucharemos contra ello según las circunstancias y según cómo se desarrollen las cosas. A menudo deseamos que el Señor no nos exigiera ciertas cosas; preferiríamos hacer nuestra propia voluntad. Pero consideremos las cosas con calma y sin apasionamiento. Según lo entiendo, el Señor nos ha congregado para hacer Su voluntad, observar Sus leyes y guardar Sus mandamientos. Y tenemos ciertas obligaciones que recaen sobre nosotros en el santo sacerdocio, cuyo cumplimiento Dios nos exige. Por ejemplo, requiere que los Doce vayan, cuando sean llamados, a las naciones de la tierra y prediquen el Evangelio a esas naciones. Si no lo hicieran, ¿estarían justificados? No, no lo estarían; Dios demandaría de sus manos la sangre del pueblo. Así es como entiendo estas cosas. No conozco ningún término medio. Como uno de los Doce, no quiero eludir ninguna de estas cuestiones, sino afrontarlas de manera franca y directa. Y creo que lo he hecho; y creo que, en general, los Doce también lo han hecho. Siempre han estado dispuestos a ir a cualquier lugar cuando el Señor se lo ha requerido, ya fuera enfermos o sanos, en la pobreza o en la abundancia de recursos; sin importar sus circunstancias ni qué intereses individuales tuvieran que sacrificarse, su objetivo siempre ha sido hacer la voluntad de Dios. Y así ha sucedido con muchísimos de los setentas, de los sumos sacerdotes y también con muchísimos de los élderes. Su sentir ha sido: Que el Señor hable, y aquí estoy, dispuesto a hacer Su voluntad y llevar a cabo Sus designios. Y este sentimiento existe hoy en el corazón de muchos; pero también hay muchos que no sienten así, que quieren eludir estas cuestiones. Aquí está el hermano Eldredge, quien es uno de los presidentes de los setentas; él sabe cuán sumamente difícil es conseguir que los hombres salgan a una misión como lo hacíamos en años anteriores, “en un abrir y cerrar de ojos”, como se decía. Sin embargo, no deseo detenerme en eso; simplemente lo menciono de paso.
Estamos aquí, según lo entiendo, como lo estuvo Jesús, “no para hacer nuestra propia voluntad, sino la voluntad de nuestro Padre que nos envió”. Si Dios no los hubiera buscado y Su Espíritu no hubiera obrado sobre ustedes, hoy no estarían aquí en estas montañas. ¿Qué dice Jesús acerca de estas cosas al hablar de ellas? “Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me diste, porque tuyos son”. Ustedes se han encontrado en la misma situación; han visto a los escogidos de Dios congregarse por medio del santo sacerdocio, mediante la apertura de los cielos, la revelación de la voluntad de Dios al hombre y la restauración del santo Evangelio. De esta manera han sido congregados, y todos nosotros también. ¿Para hacer qué? ¿Es, como solían decir en la Iglesia de Inglaterra, para seguir los designios y deseos de nuestro propio corazón? ¿Es para llevar a cabo algún pequeño plan nuestro? No lo entiendo así; entiendo que es para edificar la Iglesia y el reino de Dios sobre la tierra y preparar a la tierra y a sus habitantes para las cosas que sobrevendrán a ella; y para prepararnos, como pueblo, a recibir más inteligencia, sabiduría y conocimiento de Dios, a fin de que Él tenga un pueblo en quien pueda confiar y al cual pueda bendecir, y por medio de él conferir bendiciones a la humanidad. Él espera que edifiquemos Su reino, y esa es nuestra primera consideración. Y esto es lo que dijo a Sus discípulos en tiempos antiguos: “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas” —refiriéndose a nuestros asuntos temporales, que, en comparación, son como tantas virutas y piedras de afilar— “os serán añadidas”. Pero estas cosas también forman parte de nuestra vida diaria, de nuestras relaciones mutuas y de los propósitos de Dios relacionados con la congregación de Su pueblo, para que sean uno, para que por medio de ellos Él pueda comunicar Su voluntad a la familia humana, para que se forme un núcleo alrededor del cual puedan reunirse los sinceros de corazón de todo el mundo y poseer la palabra y la voluntad del Señor, y la luz, la inteligencia y las revelaciones de Dios nuestro Padre; para que el secreto del Señor esté con quienes le temen, y para que ellos le teman y comprendan las cosas que se aproximan y preparen la tierra para lo que viene. Nos encontramos aquí, por así decirlo, en una escuela de formación, para prepararnos a llevar a cabo los propósitos de Dios sobre la tierra. ¿Pueden encontrar en algún lugar de la tierra un pueblo que escuche la palabra de Dios? No, no pueden; tampoco pueden encontrar a nadie a quien Dios pudiera comunicar Su voluntad. Hablamos mucho, y a menudo predicamos mucho, acerca de los juicios que sobrevendrán a la tierra: guerras, pestilencias, hambre y angustia de las naciones; y testificamos que las calamidades se sucederán con tal continuidad que, con el tiempo, el solo oír su anuncio causará aflicción. Hemos hablado de estas cosas durante años. Yo mismo lo he hecho por más de cuarenta años; y, como he dicho antes, repito que estas cosas que esperan al mundo están cuarenta años más cerca de lo que estaban hace cuarenta años. Dios no se burló de nosotros cuando nos habló de estas cosas; todo lo que ha dicho acerca de ellas por medio de los antiguos profetas y por medio de José Smith es verdadero y, tan cierto como que Dios vive, sucederán. Profetizaré que sucederán tan cierto como que Dios vive, y se nos aproximan con gran rapidez. Se nos dice que llegará el día en que aquel que no quiera tomar su espada contra su prójimo tendrá que huir a Sion para hallar seguridad. ¿Y es eso verdad? Sí, lo es. Si eso ocurriera hoy, ¿estaríamos preparados? Creo que no. Si continuáramos durante años como estamos procediendo ahora, ¿estaríamos preparados? Hoy no todos nos estamos preparando para estas cosas. Apenas podemos manejar a unos pocos apóstatas miserables y a unos cuantos gentiles, y a veces nos sentimos muy inquietos ante cualquier cosa que sucede, sin saber cómo resultará ni cuál podrá ser el desenlace, en lugar de estar revestidos del Espíritu de Dios y llenos del Espíritu Santo, de la luz de la revelación y del poder de Dios. Pero no tenemos esa clase de sentir, y estamos divididos en nuestros intereses, un hombre tirando en contra de otro, hasta tal punto que hoy tenemos entre nosotros toda clase de prácticas de los gentiles. Incluso nuestros periódicos dan difusión a ciertas clases de anuncios que son una mentira manifiesta, y es una vergüenza y una deshonra que se vean tales cosas en Sion. Algunos lo llaman artimañas de los gentiles, trucos del comercio, etc., pero yo lo llamo engaño y falsedad, y así sucede con muchas otras cosas. ¿Concuerda esto con la posición que ocupamos como hombres que poseen el santo sacerdocio? No creo que concuerde. Creo que deberíamos ocupar una posición más elevada y honorable; creo que deberíamos regirnos por otras influencias y movernos por otros motivos. Creo que nuestra vida, nuestros deseos, nuestros sentimientos y nuestros actos deberían encaminarse a procurar edificar Sion y establecer el reino de Dios sobre la tierra; que deberíamos estar unidos tanto en nuestros asuntos temporales como en los espirituales, porque Dios dice: “Si no sois uno, no sois míos”. ¿Lo creen? Ustedes, élderes de Israel, ¿creen esa declaración? Y si no somos del Señor, ¿de quién somos entonces? Tenemos nuestros propios planes, nuestras propias ideas y nuestras propias teorías; y, como lo expresó alguien de la antigüedad, buscamos ganancias, cada cual por su lado. Y nos rige en gran medida el egoísmo y, demasiado, nuestros propios sentimientos personales, y permitimos que estas cosas nos influyan en lugar de regirnos por esos principios elevados, nobles, dignos y gloriosos que moran en el seno de Dios, que emanaron de Él y que también moran en el corazón de quienes sinceramente temen a Dios y guardan Sus mandamientos.
Ahora bien, sé lo que muchos de ustedes dirán al hablar de la cooperación: “Ha habido muchísimos abusos”. Sí, lo admito: muchos. “¿Cómo? ¿También bajo el nombre de la Orden Unida?”. Sí, muchísimos. José Smith dijo en su época que era sumamente difícil establecer estas cosas debido a la codicia, la avaricia, el egoísmo y la iniquidad del pueblo. Deseo referirme aquí a una o dos cosas relacionadas con este tema. Hablé de los Doce, de los setentas, de los élderes y de los sumos sacerdotes, y declaré que muchísimos de ellos habían salido a predicar el Evangelio y que algunos sentían que era un trabajo difícil. Sin duda, para un hombre debe ser una tarea muy ardua ser santo si no lo es; y si no tiene los principios del Evangelio en el corazón, predicar debe resultarle muy difícil, podría decir que una lucha interminable. Pero si un hombre tiene en el corazón los principios puros del Evangelio, le resulta bastante fácil exponer la verdad. Pues bien, tomaré las palabras de Jesús: “Si un hombre no puede abandonar a su padre o a su madre, a su esposa y a sus hijos, casas y tierras, por causa de mí, no puede ser mi discípulo”. Y permítanme decirles, mis hermanos, que ese Evangelio es tan verdadero hoy como lo era entonces, que a menos que un hombre esté preparado para abandonar sus intereses terrenales por causa del Evangelio del Hijo de Dios, no es digno de él ni puede ser un verdadero santo. Ahora bien, aquí es donde radica la dificultad, y esto también explica esos roces y choques constantes. “¿Cuánto puedo dejar de hacer y qué es lo mínimo que puedo hacer para conservar mi condición de miembro de la Iglesia? ¿Y hasta qué punto puedo actuar egoístamente y aun así ser considerado discípulo de Cristo?”. ¿Nunca han sentido lo que Pablo describe: el espíritu luchando contra la carne? Supongo que sí, e indudablemente saben todo al respecto, porque estas son realidades evidentes. Esta es la posición en que nos ha colocado el Evangelio; y es muy difícil servir a dos señores; de hecho, es inútil que hombre alguno intente hacerlo, “porque —como dice el Salvador— o aborrecerá al uno y amará al otro, o se allegará al uno y menospreciará al otro; no podéis servir a Dios y a las riquezas”. Y por eso Jesús dijo: “Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es fácil y ligera mi carga”.
Pero volvamos a los principios de la cooperación y de la Orden Unida. Supongamos que un hombre hubiera acudido a ustedes, élderes, cuando estaban en sus misiones, solicitando que lo bautizaran sin haberse arrepentido de sus pecados, ¿lo habrían bautizado? No, no lo habrían hecho. Pero supongamos que afirmara creer en el Señor Jesucristo, pero no en el bautismo; ¿lo recibirían en la Iglesia? No, no se atreverían a hacer tal cosa. Pero supongamos además que creyera en el bautismo y en el Señor Jesucristo y se hubiera arrepentido de sus pecados, pero no creyera en la imposición de manos para recibir el Espíritu Santo; ¿lo bautizarían? No. Y supongamos, además, que hubiera cumplido todos estos requisitos y tuviera la oportunidad de congregarse en Sion, pero no la aprovechara, ¿lo considerarían un santo muy bueno? No. Ahora bien, además de todas estas cosas, el Señor nos ha dado una ley relacionada con el diezmo; y si no la cumpliera, ¿lo considerarían un buen santo? No. Y se nos manda construir templos, y al hombre que se negara a hacer esta obra ustedes lo considerarían un ejemplo muy pobre de Santo de los Últimos Días. En cuanto a la Orden Unida, el Señor nos ha dado a entender que cualquiera que se niegue a cumplir los requisitos de esa ley no tendrá su nombre reconocido en los registros de la Iglesia, sino que será borrado; tampoco sus hijos tendrán herencia en Sion. ¿Son estas las palabras del Señor para nosotros? Supongo que no hay nadie aquí hoy que no diga que sí. Entonces, ¿cómo podemos ustedes o yo tratar con ligereza lo que Dios nos ha dado? Es la palabra de Dios para mí; es la palabra de Dios para ustedes. Y si no cumplimos este requisito, ¿cuál es el resultado? Se nos dice cuál será el resultado. Estas cosas aún no han sucedido; pero hemos andado de un lugar a otro, y el Señor nos ha bendecido de manera extraordinaria. Y estamos congregados, como he dicho, con el propósito de edificar Sion, y se supone que somos los siervos de Dios que se han comprometido a realizar esta obra; y, personalmente, diría que no quiero profesar ser santo si no lo soy, ni si la obra en la que estamos empeñados no es del Señor; si los principios en los que creemos son falsos, no quiero tener nada que ver con ellos; por otra parte, si son verdaderos, entonces quiero regirme por ellos, y ustedes también. Debemos llevar a cabo la palabra y la voluntad de Dios, porque no podemos permitirnos pasarlas por alto, ni ninguna parte de ellas. Si la fe, el arrepentimiento, el bautismo y la imposición de manos son correctos y verdaderos y exigen nuestra obediencia, también la exigen la cooperación y la Orden Unida. Algunos pueden decir: Aquí está tal o cual hombre que ha estado vinculado con la Orden Unida, ¡y de qué manera tan insensata ha actuado!; y otros han participado en la cooperación y han fracasado. Sí, todo eso puede ser muy cierto, pero ¿quién tiene la culpa? ¿Dejaremos de bautizar a las personas y de hacer esfuerzos por establecer el reino de Dios sobre la tierra porque algunos hayan actuado insensata y quizás inicuamente? ¿Dejan sin efecto los principios del Evangelio las acciones de tales personas o hacen falsas las doctrinas que enseñamos? Creo que ustedes no dirían eso. ¿Qué hacemos en tales casos? Los depuramos, los separamos de la Iglesia conforme a las leyes que Dios ha establecido; pero no detenemos la obra del Evangelio; semejante pensamiento jamás se nos ocurre, porque sabemos que la obra ya comenzada avanza hacia adelante y hacia arriba. ¿Pensaremos entonces en poner fin a estos otros principios porque los hombres hayan actuado de manera insensata y egoísta y hayan obrado mal? No, creo que no; no creo que podamos escoger un principio y rechazar otro a nuestro gusto. Creo que todas estas cosas, tal como las hemos recibido una tras otra, nos obligan por igual. Jesús dijo: “No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Esto es tan verdadero hoy como cuando se pronunció.
He visto en muchos de los hermanos una disposición a apartarse por toda clase de caminos, y este espíritu y esta tendencia se están extendiendo y aumentando en todas las partes de nuestro Territorio. Hemos establecido tiendas cooperativas, y tenemos el ojo de Dios pintado sobre las puertas, con las palabras “Santidad al Señor” escritas encima. ¿Actuamos conforme a ello? Me temo que en muchísimos casos no. Pero ¿qué hay de eso? ¿Debemos apartarnos de estos principios? Creo que no. ¿Para qué se concibió el principio de la cooperación? Sencillamente como un peldaño hacia la Orden Unida, nada más, para que pudiéramos estar unidos y obrar juntos en beneficio de la edificación de Sion. Pues bien, una vez que hemos comenzado, ¿qué vemos? Uno tirando hacia un lado, otro hacia otro; cada cual siguiendo su propio camino. Un hombre dice: Tal persona sigue su propio camino, y yo seguiré el mío. Según esa misma línea de razonamiento, porque un hombre cometa un acto indebido, indigno del llamamiento de un Santo de los Últimos Días, su proceder ha de servirme de excusa para hacer lo mismo. Según lo entiendo, soy llamado a temer a Dios, lo haga o no cualquier otra persona; y este es el llamamiento de ustedes tanto como el mío. En verdad, podemos eludirlo y violar los convenios que hemos hecho. El Señor nos ha bendecido con investiduras y convenios de los cuales el mundo nada sabe, ni puede saber nada al respecto. Y nos ha dado estas cosas para que podamos ser llevados a una unión más estrecha con Dios, para que sepamos cómo salvarnos a nosotros mismos, a nuestras esposas e hijos, así como a nuestros padres y progenitores que nos han precedido. Habiendo hecho esto, ¿qué sigue? Dios ha revelado ciertas cosas a los hijos de los hombres ahora, tal como en otro tiempo reveló el Evangelio a los hijos de Israel. Pero ¿pudieron soportarlo? No, no pudieron. Moisés logró llevar a setenta de los élderes de Israel a la presencia de Dios; habría llevado a todo Israel a Su presencia, pero no quisieron dejarse conducir; se volvieron a la idolatría, al mal y a la corrupción, y por ello se hicieron desobedientes e ingobernables. Y cuando el Señor les habló, se aterrorizaron y dijeron: “No hable Dios con nosotros, para que no muramos”. Dios quiere acercarnos a Él; con este propósito ha dado a conocer el Evangelio con todas sus ordenanzas. ¿Nos ha sido fiel? Sí. Y cuando ustedes, élderes, han salido a predicar y a bautizar a las personas para la remisión de sus pecados, y al confirmarlas miembros de esta Iglesia han dicho: Recibid el Espíritu Santo, ¿lo han recibido? Lo han recibido, dando Dios testimonio de la verdad de sus palabras y del ministerio que les ha conferido.
Ahora bien, Él nos llama a ser uno. ¿Para qué? Porque estamos vinculados con Su reino. ¿Con qué? Con Su reino. ¿Qué es Su reino? Es Su gobierno, Su dominio, Su autoridad, Su potestad, Su poder, etc. Dios ha establecido Su reino conforme a Su orden, y a Él le corresponde guiar ese reino, dirigirlo, administrarlo y conducirlo en beneficio de los sinceros de corazón y de todas las naciones. Lo ha comenzado entre nosotros para tener un pequeño núcleo al cual pudiera comunicar y revelar Su voluntad, compuesto de personas que llevaran a cabo esa voluntad, hicieran lo que Él mandara y obedecieran Sus preceptos. Para eso estamos aquí, y no para hacer nuestra propia voluntad, como tampoco vino Jesús para hacer Su voluntad, sino la de Su Padre. ¿Qué sabemos acerca de edificar el reino de Dios? ¿Qué sabemos acerca de las calamidades que han de venir? Puedo decirles que, aunque hoy tenemos paz y todo sigue su curso de manera tranquila y apacible, no está lejos el día en que el Señor se levantará para hacer temblar terriblemente la tierra, y en esta nación se sentirá de manera mucho más intensa y severa de lo que cualquiera de ustedes haya visto; y lo sé, y doy testimonio de ello. No tenemos tiempo para experimentar siguiendo nuestras propias nociones e ideas; tenemos otra cosa que hacer: tenemos que edificar el reino de Dios; y para hacerlo necesariamente debemos unirnos y procurar conocer la voluntad de Dios para llevarla a cabo. Y todo lo que hagamos debe hacerse con este objetivo en mente. Tenemos entre nosotros toda clase de intereses y empresas individuales; algunos hombres desarrollan actividades bastante considerables en distintos ámbitos, y otros no. El hermano Jennings, por ejemplo, que está presente con nosotros hoy, además de poseer acciones por valor de noventa mil dólares en Z. C. M. I., participa con otros en otras actividades industriales que son muy loables. Tales empresas tienden a dar empleo al pueblo, y eso es lo que queremos y lo que debemos tener tarde o temprano. Sin embargo, hay una cosa que quisiera decir aquí acerca de formar asociaciones y sociedades en cualquier rama de la industria: Que se constituyan con el entendimiento de que, cuando llegue el momento oportuno, puedan integrarse en la cooperación o en la Orden Unida. Es muy importante que en todas nuestras empresas llevemos en el corazón este sentir y trabajemos con ese fin, y entonces podremos esperar razonablemente que solo sea cuestión de tiempo lograr una gran consolidación de todos los intereses individuales. Desde hace algún tiempo he sentido impresiones acerca de estos temas; por eso hablo de ellos como lo hago. ¡Cuántos años han pasado desde que se inició esto, y qué poco hemos hecho! Les digo que, si avanzamos un poco más en nuestro apartamiento y en seguir cada cual su propio camino, Dios nos dejará solos. Pero no nos abandonará mientras manifestemos el deseo de hacer lo correcto; y me complace decir que, en general, hay entre los hermanos una disposición a escuchar el consejo; sin embargo, al mismo tiempo somos propensos a confundirnos y a olvidar el objetivo que tenemos en vista en medio de la variedad de cosas que se nos presentan. Mis hermanos, ¿abandonaremos la cooperación, o consideraremos miembros en plena hermandad a hombres que se apartan en una u otra dirección, o no? ¿Qué haremos? ¿Seremos fieles a nuestra religión, fieles a nuestra fe, fieles a los principios que Dios ha mandado, o los abandonaremos? No los abandonaremos, y los hermanos en general no sienten el deseo de hacerlo; pero de vez en cuando hay unos pocos que se desvían del camino. Queremos reunirnos y unir en uno nuestros corazones y nuestros afectos, colocándonos bajo la dirección debida y manteniéndonos preparados para realizar cualquier obra que Dios requiera de nuestras manos. Les diré, en el nombre del Dios de Israel, que si guardan Sus mandamientos serán el más rico de todos los pueblos, porque Dios derramará riquezas sobre ustedes; pero si no lo hacen, tendrán que luchar mucho más de lo que han luchado, porque el Espíritu y las bendiciones de Dios se retirarán de nosotros en la misma proporción en que nosotros nos apartemos de Dios. Vivimos en una época llena de acontecimientos, una época en que han de efectuarse muchos cambios maravillosos. Se nos dicen muchas otras cosas de naturaleza semejante: que aquel que no quiera tomar su espada contra su prójimo tendrá que huir a Sion para hallar seguridad. Los Santos de los Últimos Días verán el día en que las personas acudirán en multitudes a Sion, y muchas de ellas dirán: No sabemos nada de su religión, pero ustedes son un pueblo honorable, justo, trabajador y virtuoso; administran justicia y equidad, y los derechos del hombre son protegidos y defendidos. Mantienen un buen gobierno que extiende protección a todos, y queremos vivir con ustedes y ser uno con ustedes. Queremos prepararnos para estas cosas, porque vienen tan cierto como que Dios vive. Amén.



























