Diario de Discursos – Journal of Discourses V. 21

Ser fieles al sacerdocio y prepararnos para la venida de Cristo

Quienes poseen el sacerdocio tienen la responsabilidad de vivir el Evangelio, advertir al mundo y prepararse con rectitud para la venida de Jesucristo y los juicios anunciados por los profetas.
Ningún hombre puede edificar la Iglesia de Cristo sin el sacerdocio—La responsabilidad del sacerdocio—Cristo vendrá en esta generación—Se aproximan grandes cambios y juicios—Exhortación a la rectitud

por el élder Wilford Woodruff, pronunciado en el Tabernáculo, Salt Lake City, el domingo 6 de junio de 1880 por la tarde.
Volumen 21, discurso 15, páginas 121-127


Deseo que se escuche lo que digo a esta asamblea. Conozco las dificultades que hay para hablar aquí. No solo se requiere atención, sino también silencio entre el pueblo.

Siento el deseo de leer algunos versículos de ese buen libro antiguo, la Biblia: algunas de las palabras de Isaías y Ezequiel. [El orador leyó entonces del capítulo 12 de Ezequiel, desde el versículo 21 hasta el final del capítulo]. Tengo —continuó el orador— algunas reflexiones en mente que quisiera presentar a los Santos de los Últimos Días, especialmente a quienes poseen el santo sacerdocio. Entre las lecciones que estamos aprendiendo en nuestros días se encuentra esta verdad: que todos necesitamos el espíritu de revelación para poder enseñar a la humanidad las cosas de Dios. Personalmente, no creo que jamás haya vivido sobre la tierra un hombre en la carne, en ningún día ni época del mundo, cualquiera que haya sido su posición, llamamiento, nombre o edad; no creo que hombre alguno haya tenido jamás el poder de hacer la obra de Dios, edificar Su reino o edificar el alma de los hombres sin inspiración y revelación; porque el Señor nunca ha llamado a ningún hombre, en ninguna época del mundo, a realizar ninguna obra de esta clase, ya sea predicar el Evangelio, profetizar, declarar la palabra del Señor a los habitantes de la tierra o administrar cualquier ordenanza en cualquier templo o tabernáculo, sin el santo sacerdocio. No hay ordenanzas aceptables ante Dios que tengan vigencia después de la muerte o en los mundos eternos, excepto aquellas que son efectuadas por hombres que poseen el santo sacerdocio. Nuestro Padre Celestial mismo ha oficiado conforme a este principio en la creación de todos los mundos, en la redención de todos los mundos y en toda la obra que ha realizado; todo se ha hecho por el poder de la Trinidad y del santo sacerdocio, que no tiene principio de días ni fin de años. Este sacerdocio tiene poder ante los cielos. Tiene relación con los cielos. Los cielos están vinculados con este sacerdocio, repose sobre los hombros o sobre la cabeza de cualquier hombre, ya sea Jesucristo, aquellos pescadores, los antiguos patriarcas o profetas, José Smith o cualquier otro hombre que sea llamado por Dios como lo fue Aarón, mediante revelación y profecía, para dar testimonio del nombre de Dios en cualquier época del mundo. Por tanto, yo mismo me encuentro en esa misma posición. Sé que necesito el Espíritu de Dios. Sé que ustedes lo necesitan. Sé que lo necesita cualquier hombre que suba a este estrado e intente enseñar al pueblo. Den a un hombre la inspiración del Dios Todopoderoso y las verdades eternas de los cielos, y podrá instruir y edificar a los hijos de los hombres en los principios de vida y salvación; sin ello no puede hacerlo. Y para presentar a mis hermanos, hermanas y amigos el tema que tengo en mente, me referiré un poco más a algunas palabras del Señor al profeta Ezequiel. [El orador volvió a referirse al libro de Ezequiel y citó de los capítulos 9, 14 y 33; todos los pasajes citados se referían a la manera en que Dios trata a los inicuos]. Al continuar, el élder Woodruff dijo: Ahora bien, habiendo citado todos estos pasajes de las Escrituras, quiero decir a mis hermanos los apóstoles, los sumos sacerdotes, los setentas y los élderes de Israel que poseen el santo sacerdocio, sobre cuyos hombros el Dios de los cielos ha colocado, en este día y generación, la responsabilidad de los Sacerdocios de Melquisedec y Aarónico; ha colocado la responsabilidad de esta gran y última dispensación, el cumplimiento de los tiempos, y de la edificación del gran reino de Dios que Daniel vio por revelación, visión e inspiración en su día y generación, como lo proclamaron todos los profetas y apóstoles que han escrito en este libro, en el palo de Judá, así como en el palo de José y en otras revelaciones que se nos han dado por boca de los profetas y apóstoles en nuestros días; quiero preguntar, ante todo esto —y me aplico la pregunta a mí mismo—: ¿En qué posición nos encontramos ante los altos cielos, ante Dios el Padre, ante Su Hijo Jesucristo, ante las huestes celestiales, ante todos los espíritus justificados y hechos perfectos desde la creación del mundo hasta hoy? ¿En qué condición nos encontramos como siervos del Dios viviente, hombres que poseen el santo sacerdocio, en cuyas manos el Dios de Israel ha puesto este reino? ¿Estamos dando a conocer ese poderoso caudal de revelación y profecía contenido en estos anales y en estos libros, que ahora ha de cumplirse sobre esta generación como en los días de Noé y de Lot? En este aspecto, ¿estamos justificados ante Dios, ante los cielos, ante los ángeles y ante los hombres? ¿Podemos cruzarnos de brazos tranquilamente y exclamar: “Todo está en paz en Sion”, cuando, en la medida en que el poder del sacerdocio descansa sobre nosotros, podemos ver la condición del mundo? ¿Podemos imaginar que nuestras vestiduras estarán limpias si no alzamos la voz ante nuestros semejantes y les advertimos de las cosas que están a sus puertas? No, no podemos. Desde que Dios hizo el mundo, nunca ha habido un grupo de hombres sobre el cual haya recaído una responsabilidad mayor de amonestar a esta generación, de alzar la voz con fuerza y persistencia, de día y de noche, hasta donde tengamos oportunidad, y declarar las palabras de Dios a esta generación. Se nos requiere hacerlo. Este es nuestro llamamiento. Es nuestro deber. Es nuestra tarea. Hemos tenido que realizar esta obra durante los últimos cincuenta años de nuestra vida. Cuando el Señor llamó a José Smith para poner los cimientos de la Iglesia, lo llamó en cumplimiento de muchas revelaciones dadas a los hombres en otras dispensaciones. Fue preservado por la mano de Dios para surgir en los últimos días, sí, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos. Fue un profeta del Dios viviente. Fue profeta, vidente y revelador. El Señor lo llamó a realizar la obra para la cual había sido ordenado antes de la fundación de este mundo. Hizo todo lo que se le requirió, y lo rodearon miles de hombres que conocían su vida y el Espíritu y el poder de Dios que descansaban sobre él, y que lo sostuvieron en la vida y en la muerte. Sabemos que fue un profeta de Dios y sabemos que sacó a luz el palo de José, el Libro de Mormón, que le fue entregado por el ángel de Dios. Esta Iglesia y este reino han sido organizados por mandato de Dios y por las revelaciones de los cielos. Han seguido creciendo y aumentando, y han sido sostenidos por el Señor Todopoderoso desde su organización hasta el momento presente. Y cuando contemplo este Tabernáculo y pienso en las palabras del profeta Isaías de que “será establecido el monte de la casa de Jehová como cabeza de los montes”; cuando contemplo estos collados eternos y la tierra dada por promesa al padre Jacob y a su posteridad; cuando veo este desierto estéril poblado por ciento cincuenta mil santos del Dios viviente que han sido congregados de casi toda nación bajo el cielo mediante la proclamación del Evangelio de Jesucristo, ¿qué puedo decir al respecto? ¿Puedo decir que es un sueño? ¿Puedo decir que todo es una visión? ¿Puedo decir que esta obra es del hombre y no de Dios? ¿Puedo decir que estas son revelaciones y profecías que pertenecen a alguna otra generación? Les digo que no. Este es el reino de Dios. Aquí están los santos de Dios. Estas montañas se están llenando de Santos de los Últimos Días procedentes de toda nación bajo el cielo, y con estas cosas ante mí sé que es mi deber predicar el Evangelio, amonestar a santos y pecadores dondequiera que tenga oportunidad. El Señor dijo a José Smith que nos probaría en todas las cosas, para ver si permanecíamos en Su convenio aun hasta la muerte, a fin de que fuéramos hallados dignos. El Profeta selló su testimonio con su sangre. Ese testimonio está vigente sobre todo el mundo y lo ha estado desde el día de su muerte. Ni una sola palabra del Señor quedará sin cumplirse. La incredulidad de esta generación no cambiará en nada la edificación del reino de Dios. Como fue en los días de Noé, así será también la venida del Hijo del Hombre. Por tanto, deseo preguntar a mis hermanos, los élderes de Israel —y me lo pregunto al mismo tiempo a mí mismo—: ¿Comprendemos nuestra posición ante el Señor? Ezequiel ha fallecido. Está en el mundo de los espíritus. Ha recibido su cuerpo resucitado y se encuentra a la diestra de Dios con otros profetas y apóstoles que vivieron en días pasados. Ellos tuvieron su día y su generación. Todos estos patriarcas, profetas y apóstoles tuvieron un tiempo para profetizar, predicar, trabajar y administrar las ordenanzas de vida y salvación. Ahora, en esta última dispensación, a ustedes, élderes de Israel, se les ha puesto esta obra en las manos. Por tanto, ¿qué diremos y qué haremos? ¿Estamos actuando como atalayas sobre los muros de Sion? Si es así, ¿estamos justificados en cerrar la boca, en cerrar los oídos o en poner nuestro corazón en cualquier otra cosa que no sea la edificación del reino de Dios? No creo que lo estemos. A mi parecer, nuestra responsabilidad es muy grande. Debemos vivir nuestra religión. Debemos practicar nosotros mismos lo que predicamos. Debemos atesorar las palabras de vida. Debemos escudriñar los registros de la verdad divina. Debemos procurar comprender el día y la época en que vivimos. Así es como considero nuestra situación hoy. No considero las revelaciones registradas en estos libros, referentes a la dispensación del cumplimiento de los tiempos, como algo que vaya a pasar sin cumplirse. Vivimos en una generación en la que están por producirse grandes cambios. Vivimos en un tiempo en que las tinieblas cubren toda la tierra y una densa oscuridad a los pueblos. El mundo está muy lejos de la verdad. La incredulidad inunda la tierra; de hecho, hoy es difícil lograr que el clero o el pueblo, una secta o un partido, de cualquier nombre o denominación bajo el cielo, crean en el cumplimiento literal de la Biblia, tal como fue traducida en los días del rey Jacobo, la cual contiene las revelaciones dadas desde los días del padre Adán hasta nuestro propio tiempo y nos señala las señales de los cielos y de la tierra que indican la venida del Hijo del Hombre. Vivimos en la generación misma en que Jesucristo vendrá en las nubes del cielo con poder y gran gloria. Vivimos en la generación en que el Evangelio de Jesucristo ha sido revelado en su plenitud a los gentiles y en que el Evangelio de Cristo irá a la casa de Israel, a los descendientes de Lehi, en cumplimiento de lo que está registrado en sus anales, en los capítulos 9, 10 y 11 del último libro de Nefi. Estos profetas hablaron por el poder de Dios y la inspiración del Espíritu Santo y, como dice el apóstol: “Ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada, porque la profecía nunca fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo”. Por tanto, siento el deseo de decir a mis hermanos que poseen el santo sacerdocio —y me lo digo a mí mismo y a todos— que no creo que tengamos mucho tiempo para acostarnos y dormitar. No tenemos tiempo para especular procurando enriquecernos, procurando acumular oro y plata. Lo que tenemos que hacer es edificar el reino de Dios. Como apóstoles, sumos sacerdotes, élderes, setentas y poseedores del sacerdocio menor, estamos unidos por este Evangelio y convenio nuevos y sempiternos; somos llamados a realizar la grande y poderosa obra de edificar Sion, de construir templos en los cuales podamos trabajar por los vivos y por los muertos, y debemos vivir de tal manera que en todo momento seamos guiados y dirigidos por el Santo Espíritu.

Sé muy bien cómo considera el mundo estas cosas. Como dije antes, el mundo está lejos del Señor. Nosotros mismos, como pueblo, estamos demasiado lejos del Señor. Debemos acercarnos al Señor y esforzarnos por obtener el Santo Espíritu, para que cuando leamos las revelaciones de Dios, las leamos por el mismo Espíritu mediante el cual fueron dadas. Entonces podremos comprender su significado cuando fueron dadas a los hijos de los hombres.

El Señor ha dicho por boca del profeta Isaías que procedería a hacer una obra maravillosa y un prodigio; y cuando contemplo el surgimiento y el progreso de esta Iglesia, cuando veo la gran obra que el Señor ha realizado, ha sido verdaderamente una obra maravillosa y un prodigio. A mi parecer, nunca ha habido una generación en la que deban cumplirse tantas profecías y acontecimientos importantes como en la generación en que vivimos. José Smith, un muchacho sin instrucción, fue levantado por el poder de Dios. Sus maestros fueron los ángeles de los cielos. El Hijo de Dios le ministró. Recibió el Sacerdocio Aarónico de Juan el Bautista, quien fue decapitado por el testimonio de Jesucristo. Recibió el apostolado y el Sacerdocio de Melquisedec bajo las manos de Pedro, Santiago y Juan, quienes también fueron muertos por la palabra y el testimonio de Jesucristo. Hizo uso de estas ordenanzas por mandamiento de Dios. Organizó la Iglesia y el reino de Dios; hizo lo que toda la sabiduría del mundo sectario jamás habría podido comprender. Estableció la única Iglesia sobre la faz de la tierra conforme al antiguo orden de la Iglesia de Jesucristo, con apóstoles, profetas, maestros, dones, ayudas, formas de gobierno, bautismo para la remisión de los pecados e imposición de manos para recibir el Espíritu Santo; una organización que no había existido sobre la tierra desde el día en que los antiguos apóstoles fueron muertos y el santo sacerdocio fue quitado de la tierra, hasta el presente. Esta Iglesia ha continuado elevándose. Es la única Iglesia verdadera sobre la faz de toda la tierra. Su historia está ante el mundo. Ha seguido creciendo y aumentando desde el día en que fue organizada hasta el presente. Esta es la Sion de Dios. Vemos un embrión de ella en estos valles de las montañas, y el Dios Altísimo ha dispuesto que permanezca sobre la tierra con poder, gloria y dominio, como la vieron los profetas de Dios en su día y generación. Este es el reino que Daniel vio, y continuará avanzando hasta llenar toda la tierra. Estas son verdades eternas; ya sea que el mundo las crea o no, no importa, las verdades no pueden quedar sin efecto. Ciertamente esta es una obra extraña y un prodigio. Se ha hecho todo esfuerzo posible para detenerla. Se han enviado ejércitos para destruir a este pueblo, pero hemos sido sostenidos y sustentados por la mano del Señor hasta hoy.

Y ahora deseo dar mi testimonio. No tengo temores, mis hermanos y hermanas —y digo lo mismo a nuestra nación, a todos los reyes, reinas, emperadores, presidentes y gobiernos de este mundo—; no tengo temores con respecto al “mormonismo” y al triunfo final del reino de Dios, porque el Señor Todopoderoso ha dicho que la nación y el reino que no le sirvan perecerán y serán completamente asolados. Si esta no hubiera sido la Sion de Dios, no habría permanecido tanto tiempo como lo ha hecho. Sin embargo, este reino no ha sido organizado por el poder del hombre, sino por el poder de Dios, y todo lo que Dios emprenda lo llevará a cabo. Por tanto, no tengo temor por este reino. Se dispuso que surgiera antes de que el mundo fuera hecho; y el Señor nunca ha emprendido una dispensación de esta clase sin la debida preparación antes de comenzar. Tenía en el mundo de los espíritus a quienes, a su debido tiempo, serían levantados para llevar adelante este reino. No tengo temor de que esta obra no se cumpla, pero sí temo por muchos de los Santos de los Últimos Días; porque si tenemos el santo sacerdocio sobre nuestra cabeza y no vivimos nuestra religión, de todos los hombres somos quienes quedamos bajo la mayor condenación. Hemos bautizado a muchos en esta Iglesia y reino —ciertamente no a muchos en comparación con los mil doscientos millones de habitantes de la tierra—, pero muchísimos han apostatado. ¿Cómo? ¿Santos de los Últimos Días que apostatan? Sí. Les digo que las personas que han recibido el santo sacerdocio y el Evangelio de Jesucristo apostatarán si no honran a Dios, si no guardan Sus mandamientos, obedecen Sus leyes y se humillan ante el Señor; están en peligro todos los días de su vida. ¡Miren cuántos demonios tenemos a nuestro alrededor! Diría que tenemos cien por cada hombre, mujer y niño. La tercera parte de las huestes celestiales fue arrojada a la tierra con Lucifer, hijo de la mañana, para hacernos la guerra —lo cual supongo que equivaldrá a cien millones de demonios—, y trabajan para derribar a todos los santos y al reino de Dios. Incluso intentaron derribar a Jesucristo; derribaron a Judas y han logrado derribar a muchos Santos de los Últimos Días que tenían nombre y posición entre nosotros, quienes procuraron engrandecerse a sí mismos en lugar de edificar el reino de Dios. Y cuando hombres que poseen este sacerdocio —no me importa si fue en los días de Adán, en los días de Moisés, en los días de José Smith o en los días de Brigham Young; no importa en qué época hayan vivido—, si poseían este sacerdocio y procuraban utilizarlo para cualquier otro propósito que no fuera la edificación del reino de Dios, entonces amén al poder y al sacerdocio de tales hombres.

El Señor tendrá un pueblo que lleve adelante Sus propósitos, que lo obedezca y lo sirva. Tiene muchísimas personas en esta época del mundo que serán fieles hasta la muerte, ya sean llamadas a sellar su testimonio con su sangre o no. Tiene un pueblo que sostendrá Su obra mientras esté aquí. Pero aquí está el peligro, Santos de los Últimos Días, y el Salvador lo vio muy claramente y lo ha dejado registrado en la tierra: Comparó el reino de Dios con diez vírgenes que tomaron sus lámparas y salieron a recibir al esposo. “Y cinco de ellas eran prudentes y cinco insensatas. Las que eran insensatas, tomando sus lámparas, no tomaron consigo aceite; mas las prudentes tomaron aceite en sus vasijas, juntamente con sus lámparas. Y tardándose el esposo, cabecearon todas y se durmieron. Y a la medianoche se oyó un clamor: He aquí, el esposo viene; salid a recibirle. Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron y arreglaron sus lámparas. Y las insensatas dijeron a las prudentes: Dadnos de vuestro aceite, porque nuestras lámparas se apagan. Mas las prudentes respondieron, diciendo: Para que no nos falte a nosotras y a vosotras, id más bien a los que venden y comprad para vosotras mismas. Y mientras ellas iban a comprar, vino el esposo; y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas; y se cerró la puerta. Y después vinieron también las otras vírgenes, diciendo: ¡Señor, señor, ábrenos! Mas respondiendo él, dijo: De cierto os digo que no os conozco”. Ahora bien, quienes tienen aceite en sus lámparas son hombres que viven su religión, pagan su diezmo, pagan sus deudas, guardan los mandamientos de Dios y no blasfeman Su nombre; hombres y mujeres que no venderán su primogenitura por un plato de potaje ni por un poco de oro o plata; estos son quienes serán valientes en el testimonio de Jesucristo.

Así es como me siento hoy. Siento el deseo de amonestar a mis hermanos y hermanas, los Santos de los Últimos Días, a que vivan su religión y arreglen sus lámparas, porque tan cierto como que el Señor vive, Su palabra se cumplirá. La venida de Jesús está a las puertas. Estos juicios de los cuales he leído se cumplirán, y aunque Brigham, José, Noé, Daniel y Job, o cualquier otra persona, estuvieran en la tierra, no podrían hacer más que librar sus propias almas por su rectitud. El hombre justo no puede salvar al inicuo. Tenemos que vivir nuestra propia rectitud, es decir, guardar los mandamientos de Dios.

Nos acercamos a cambios. Hay juicios a nuestras puertas. Hay juicios a las puertas de esta nación y a las puertas de la gran Babilonia. ¿Cuál es el sentir del mundo hoy? ¿Cuál es el sentir de nuestra nación? Algo semejante al del rey Belsasar. La noche en que bebió de los vasos de oro y de plata con sus príncipes y sus esposas, pensó: “Pues bien, yo hice este país. Yo hice esta ciudad. Soy el dios de este país”; pero cuando el Señor Todopoderoso manifestó Su desagrado mediante la escritura en la pared, la escena cambió. Su reino fue quebrantado y entregado a los medos y a los persas. Su grandeza, su oro y su plata no lo salvaron. Del mismo modo, en la antigüedad el Señor arrasó grandes ciudades cuando habían madurado en la iniquidad. Jerusalén fue destruida en cumplimiento de las palabras del Señor. Jeremías e Isaías profetizaron lo que sucedería, y se cumplió al pie de la letra. Así lo digo a los gentiles y así lo digo a los Santos de los Últimos Días. Todo lo que el Señor ha hablado acerca de nuestra nación y de las naciones de la tierra se cumplirá, a pesar de que la incredulidad del mundo sea grande, a pesar de que rechacen la palabra de Dios y procuren dar muerte a los siervos de Dios. Guerras, pestilencias, hambre, terremotos y tormentas esperan a esta generación. Estas calamidades sobrevendrán al mundo tan cierto como que Dios vive, y ningún poder puede impedirlas. Por tanto, digo a los élderes de Israel: Sean fieles. Se nos ha dado el sacerdocio y, si no lo utilizamos correctamente, quedaremos bajo condenación. Por tanto, dispongamos nuestros hombros para la carga y llevemos adelante el reino. Esforcémonos por obtener el Santo Espíritu y el poder del Evangelio de Jesucristo que se ha puesto en nuestras manos; y en la medida en que lo hagamos, la bendición de Dios acompañará nuestros esfuerzos.

Hemos estado aquí durante varios años. Hemos predicado el Evangelio y trabajado para edificar este reino. Muchos han estado vinculados con esta Iglesia casi desde el principio. Muchos han sido llevados de aquí. José y Hyrum sellaron su testimonio con su sangre. Muchos han pasado al otro lado del velo, y muchos otros de nosotros pronto los seguiremos; pero no quiero que, cuando llegue allí, se diga: “Cuando estabas en la carne tenías el sacerdocio, tenías poder para reprender el pecado, pero no tuviste la hombría suficiente para amonestar a los impíos”. Tampoco quiero que mis parientes se levanten y digan: “Tenías poder para realizar una obra por la redención de los muertos, pero descuidaste estas cosas”. No quiero que estas cosas se levanten contra mí. En cuanto al oro y la plata, tienen muy poca importancia en comparación con la vida eterna. Cuando morimos, debemos dejar atrás las riquezas de este mundo. Nacimos desnudos y saldremos del mundo en la misma condición. No podemos llevarnos casas, oro, plata ni ninguno de los bienes de este mundo. Incluso dejaremos nuestros tabernáculos para que alguien los entierre. Nuestros espíritus deben comparecer en la presencia de Dios y recibir allí nuestra recompensa por los hechos realizados en el cuerpo.

Por tanto, ruego a Dios, mi Padre Celestial, que nos permita vivir nuestra religión, esforzarnos por obtener luz y verdad para que no trabajemos en las tinieblas, vivir cada vez más cerca del Señor y estar preparados para lo que ha de venir y, finalmente, alcanzar la vida eterna; esta es mi oración en el nombre de Jesucristo. Amén.

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