Vivir el Evangelio para alcanzar la exaltación eterna
La exaltación requiere recibir las ordenanzas del Evangelio y vivir sus leyes, permitiendo que el Espíritu Santo transforme nuestra naturaleza y nos prepare para morar en la presencia de Dios.
El Evangelio—Una religión práctica y abarcadora, y el medio para alcanzar la exaltación eterna
por el élder Charles W. Penrose, pronunciado en el Salón de Asambleas de Salt Lake el domingo 2 de enero de 1881, por la tarde.
Volumen 21, discurso 39, páginas 351-357
Puedo respaldar de todo corazón las palabras que nos ha dirigido el hermano John L. Smith, un viejo conocido a quien me complace ver. Me satisface saber que sigue trabajando por Israel, que su corazón está bien encaminado y que sus deseos son, como siempre lo han sido desde que lo conozco, servir a Dios, guardar Sus mandamientos y enseñar a los hombres a hacer lo mismo.
Cuando Jesús estuvo sobre la tierra, dijo: «De manera que cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos; pero cualquiera que los cumpla y los enseñe, este será llamado grande en el reino de los cielos». Creo que el objeto y el deseo de todos nuestros hermanos llamados a ocupar puestos de responsabilidad entre el pueblo es cumplir estas palabras de Jesús; es decir, guardar ellos mismos Sus mandamientos y enseñar a los demás a hacer lo mismo. Ese deseo, en todo caso, debe animar a todo aquel que sea llamado a ser siervo de Dios. No basta con creer en el Evangelio; no basta con tener fe en la obra que Dios Todopoderoso ha comenzado sobre la tierra; no basta con tener un testimonio de que José Smith fue un profeta de Dios, de que han venido ángeles del cielo, han restaurado el Evangelio y han traído de nuevo el antiguo sacerdocio, de que Dios ha comenzado la gran obra de los últimos días de la cual hablaron todos los antiguos profetas y de que somos llamados a ayudar en esa obra; no basta con tener un mero testimonio de que así es. Somos llamados a obrar con rectitud. Y no solo somos llamados a hacer lo correcto, sino también a ayudar a establecer la rectitud sobre la tierra enseñando a otros a seguir nuestro ejemplo.
La religión que hemos recibido es una religión práctica. Nos ofrece algo que hacer en todo momento. No hay necesidad de que permanezcamos inactivos en ningún momento; somos llamados a trabajar activamente en la causa de Dios. Se espera que todo hombre y toda mujer que haya recibido el Evangelio y haya sido bautizado en la Iglesia participe activamente en esta obra; que no la deje en manos de quienes son llamados a presidir los diversos barrios y estacas y la Iglesia de Dios, sino que cada uno de nosotros tenga un interés personal en esta Iglesia —o debería tenerlo— y lo manifieste mediante el deseo de hacer algo para que la obra de nuestro Dios avance sobre la tierra.
Se nos han explicado claramente algunos de los primeros principios de la salvación, y estos se han aclarado a nuestra mente no solo como cosas en las cuales creer, sino como algo a lo que debemos aferrarnos, como guía para nuestros pies, como luz para nuestro camino y como incentivo para actuar. Somos llamados a ser santos no solo en el Salón de Asambleas, en el Tabernáculo o en el lugar de oración, sino en toda circunstancia de la vida, y a poner en práctica las cosas que Dios nos ha dado a conocer para que influyan en todo lo que hacemos, a fin de que seamos un pueblo diferente de la gran mayoría de la humanidad, esforzándonos por alcanzar la condición de santos; es decir, llegar a ser santos en el Señor, consagrando todo nuestro ser al servicio del Todopoderoso y al establecimiento de Su reino y Su gobierno sobre la tierra. Para eso estamos aquí, en estos valles de las montañas.
Existe en el mundo la idea de que los asuntos religiosos son meras cuestiones de sentimiento, algo en lo que pensar, algo por lo que orar, algo sobre lo que cantar, algo que eleve los sentimientos. Todo eso es muy bueno hasta cierto punto, pero es solo una pequeña parte de la religión. La religión no es una mera cuestión de emoción, de sentimiento o de sensaciones. La verdadera religión es algo que nos guía, nos mejora y nos enseña en todos los aspectos. La verdadera religión nos enseñará a utilizar debidamente todo poder con el cual nos ha dotado nuestro gran Creador. La verdadera religión no solo afecta la parte espiritual de nuestro ser, la parte interior del hombre o de la mujer, sino que afecta toda nuestra naturaleza: espiritual, mental y física. Viene aquí, a la tierra, y se adapta a nuestra condición, al lugar donde vivimos y al tiempo durante el cual vivimos. Se adapta a nosotros hoy. No solo nos revela algo del futuro y eleva ante nosotros esa norma de belleza y perfección que esperamos alcanzar algún día, sino que nos revela nuestro deber de hoy y nos dice cómo actuar en cada paso de nuestra vida y en cualquier circunstancia en que podamos encontrarnos; de hecho, no hay puesto que se nos llame a ocupar ni situación en la que podamos hallarnos donde nuestra religión no deba influir en lo que debemos hacer. Nuestra religión no solo viene a nosotros para influir en nuestros actos, tanto en nuestros cuerpos como en nuestros espíritus, sino también para dirigir nuestros pensamientos, a fin de que podamos encauzar nuestra mente debidamente, de modo que tengamos buenos pensamientos y no malos, buenos deseos y no malos, y que nuestra naturaleza llegue a santificarse de tal manera que el Espíritu y la influencia que proceden directamente de Dios, nuestro Padre Celestial, quien mora en el seno de la eternidad, puedan descender a nuestra alma y tener acceso libre e ininterrumpido a ella, y que lleguemos a ser santos, individual y colectivamente, un linaje real, un pueblo peculiar, celoso de buenas obras. Esta es la clase de religión que hemos recibido.
Cuando oímos el Evangelio y creímos en Cristo y en Dios el Padre, y procedimos a arrepentirnos de nuestros pecados, fuimos bautizados para la remisión de los pecados y recibimos el Espíritu Santo mediante la imposición de manos, ese fue el comienzo de nuestra religión; aquellos fueron los pasos preliminares en el sendero que conduce a la presencia de Dios. Cuando entramos en la Iglesia, habiéndonos despojado del viejo hombre con sus hechos, se suponía que nos habíamos revestido de Cristo, para seguir Su modelo en todos nuestros actos, procurar Su Espíritu y guiarnos por Su ejemplo, a fin de que, con el tiempo, llegáramos a ser como Él y estuviéramos preparados para estar donde Él está: en la presencia de Dios, y permanecer allí. Algunas personas que pertenecen a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, así como algunas que no pertenecen a ella, tienen la idea de que la salvación consiste en pertenecer a determinada secta o grupo, o en tener cierto estado de ánimo. No comprenden que la exaltación solo se alcanza mediante un proceso natural: desechar lo malo y aferrarse a lo bueno; desechar lo incorrecto y aferrarse a lo correcto; apartarse de los caminos del mundo y andar por los caminos de Dios. Necesitamos comprender esto plena y claramente, mis hermanos y hermanas. Ustedes y yo no seremos salvos en la presencia de Dios, con una exaltación como la que se nos ofrece, simplemente porque se nos llame Santos de los Últimos Días, porque hayamos observado determinada forma de religión o incluso porque hayamos entrado en lugares sagrados y recibido ordenanzas santas mediante las cuales pudiéramos ser lavados, purificados, renovados y ungidos para la rectitud. No seremos llevados a la presencia de nuestro Padre para permanecer allí y participar de Su gloria simplemente por estas cosas. Si alguna vez llegamos allí para quedarnos, será porque estamos capacitados para estar allí, porque estamos preparados para soportar Su gloria, estar en Su presencia, regocijarnos con Él y ayudarlo en Sus obras gloriosas en medio del universo. Permaneceremos allí porque somos como Él y estamos preparados para estar donde Él está. Si se descubre que no somos como Él, que no tenemos Su Espíritu, que no nos impulsan los mismos motivos que animan Su corazón ni nos rigen las mismas leyes, no podremos soportar Su presencia ni permanecer allí. Si permanecemos allí, será porque, por la naturaleza misma de las cosas, estamos preparados para estar allí; porque nuestra naturaleza se corresponde con la Suya, nuestros espíritus están en armonía con el Suyo y nuestros actos están regidos por los mismos motivos y gobernados por las mismas leyes mediante las cuales Él se gobierna a Sí mismo; y no meramente porque hayamos adoptado determinado credo, nos hayamos sometido a determinada forma religiosa o hayamos participado en ciertas ordenanzas y ceremonias.
Todas estas ordenanzas y ceremonias instituidas por el Todopoderoso y comprendidas en lo que se llama el Evangelio son necesarias. No existen ordenanzas que no sean esenciales; cada una de ellas es esencial. No se puede alcanzar la exaltación sin ellas. Pero la exaltación no consiste en la mera observancia de ciertas formas y ceremonias que el Todopoderoso ha instituido y colocado en Su Iglesia. Se requiere algo más, algo superior a todo esto. ¿Qué es? Es el Espíritu que viene de nuestro Padre para dirigirnos en cada acto, hacernos rectos y santos ante el Señor, santificarnos y llevarnos a una completa sujeción y armonía con las leyes que rigen el reino celestial. No hay verdadera felicidad, ni en este mundo ni en el venidero, salvo mediante la obediencia a la ley correcta. Esa es la única manera de obtener felicidad. Debemos comprender esto y enseñárselo a nuestros hijos. Está creciendo en el mundo un espíritu que lleva a la humanidad a desechar las restricciones, a dejar de lado las leyes y los reglamentos, que lleva a las personas a convertirse en «una ley para sí mismas». Esta es la enseñanza del «espiritismo», ese sistema de susurros y murmullos. Los expositores de esa fe —si es que puede llamarse fe— enseñan la doctrina de que los seres humanos se conviertan en una ley para sí mismos: sin formas, sin ceremonias, sin reglamentos; cada hombre y cada mujer independientes por sí mismos. Ahora bien, aunque a veces cantamos:
«Sabed que toda alma es libre
de escoger su vida y lo que ha de ser»;
y aunque reconocemos:
«Pues se ha dado esta verdad eterna:
Dios no obligará a nadie a entrar en el cielo».
Sin embargo, por otra parte, reconocemos el hecho de que se ha dado una ley a todas las cosas en el orden de Dios, tanto arriba en los cielos como abajo en la tierra. «A todos los reinos se ha dado una ley». Así se nos dice aquí en el libro de Doctrina y Convenios. Aprendemos de ese libro que «hay muchos reinos; porque no hay espacio en el cual no haya reino; y no hay reino en el cual no haya espacio, bien sea un reino mayor o menor. Y a cada reino se le ha dado una ley; y para cada ley también hay ciertos límites y condiciones». Todo reino gobernado por una ley es preservado por la ley y santificado por ella, sin importar en qué parte del universo se encuentre; y quienes observan las leyes de ese reino y de la condición en la que se encuentran obtienen felicidad, son preservados y santificados y llegan a ser exaltados por ese medio. Ahora bien, aunque Dios ha dado estas leyes, no interfieren con la voluntad del hombre. Todo hombre tiene su albedrío. Ante nosotros se ponen la luz y la verdad; aquí están la verdad y el error, y podemos escoger una y rechazar el otro, o rechazar una y escoger el otro, tal como ocurrió con nuestros primeros padres en el Jardín de Edén. La historia de la Caída se nos presenta para que comprendamos este gran principio del albedrío: el árbol de la vida y el árbol de la muerte, el árbol de la luz y el árbol de las tinieblas. El Señor nos ha dicho, en esencia: «He puesto ante ustedes la verdad y el error; escojan cuál recibirán. Pueden recibir la luz o las tinieblas, pueden recibir la verdad o el error, como les plazca; pero, con el tiempo, tendrán que rendir cuentas de sus actos». Nos encontramos aquí, en este planeta que Dios ha creado para nosotros, una rama de Su gran familia, y Él nos ha dado ciertos principios por los cuales gobernarnos. No nos los impone por la fuerza. Dios no obligará a ningún hombre a ir al cielo ni al infierno; pero, si así lo escogemos, podemos aferrarnos a estos principios y regirnos por ellos; y al hacerlo, nuestra naturaleza mejorará en proporción a la luz y la verdad que recibamos, y la exaltación nos llegará por este principio y por ningún otro.
Este espíritu de supuesta independencia, o «libertad», como algunas personas llaman incorrectamente a esto, se está extendiendo por todo el mundo. Tiene su influencia entre nosotros. Existe, hasta cierto punto, entre nosotros el deseo y la disposición de desechar las restricciones que proceden de quienes encabezan las familias, la influencia que los padres ejercen sobre sus hijos; de rebelarse contra las leyes de la comunidad en que vivimos, de resistirse a las restricciones que proceden de las leyes del país y de las leyes de la Iglesia: las leyes de Dios. Este espíritu existe en gran medida en el mundo y necesariamente ha de afectarnos más o menos aquí, en las montañas, porque, aunque en cierto grado estamos separados del mundo, también estamos relacionados con él y, como parte de la familia humana, debemos esperar que algunos de entre nosotros se vean más o menos afectados por este espíritu. Ahora bien, debemos dejar clara esta idea en nuestra mente y en la de nuestros hijos. Debemos comprender la necesidad de obedecer las leyes correctas. Debemos aprender a comprender las leyes que corresponden a nuestros cuerpos para que estos se conserven sanos. Y debemos familiarizarnos plenamente con las leyes que rigen nuestra Iglesia. Todo principio que Dios ha revelado debe estar claro en nuestra mente y, para comprenderlos, debemos leer los libros que se nos han dado: la Biblia, el Libro de Mormón y el libro de Doctrina y Convenios. Estos deben dirigirnos en nuestra vida cotidiana. Después, cuando asistimos a las reuniones y oímos a nuestros hermanos hablar la palabra del Señor, debemos procurar atesorar en nuestro corazón las palabras de vida, ponerlas en práctica y enseñárselas también a nuestros hijos; porque es por este principio que llegaremos a estar preparados para entrar, con el tiempo, en la presencia de Dios, y no simplemente porque se nos llame santos, ni porque hayamos sido ordenados a algún oficio del sacerdocio, ni porque se nos haya colocado en alguna posición para presidir o dirigir a nuestros semejantes. Esto no nos exaltará, pero la práctica de lo que es correcto y verdadero sí nos exaltará. De hecho, toda persona que hace lo bueno y lo correcto mejora naturalmente por ello, y todo individuo que hace lo malo se degrada por ello. Todos nuestros actos son conocidos por los poderes de lo alto a quienes no podemos ver. Ellos nos comprenden, aunque pensemos que nadie ve lo que hacemos. Sin embargo, aunque nadie nos viera, aunque nadie más que nosotros conociera nuestros actos, si hacemos lo malo y degradante, seremos tanto peores por ello; si hacemos lo correcto y bueno, seremos tanto mejores por ello. Y si practicamos la rectitud y enseñamos a los hombres a hacer lo mismo, llegaremos a ser grandes en el reino de los cielos por principios naturales.
Todos debemos vivir conforme a las leyes de Dios, lo mejor que podamos, aunque nos asedien muchas debilidades, flaquezas y faltas, muchas de las cuales nos han sido transmitidas por nuestros antepasados desde hace siglos y se concentran en nosotros, que vivimos en los últimos días. Pero, en la medida en que tengamos poder y capacidad, se requiere que luchemos contra nuestros defectos inherentes y los venzamos; y si nos aferramos a los principios de rectitud, en el acto mismo de hacerlo mejoramos, y si continuamos por este sendero, avanzaremos de gracia en gracia, de luz en luz, de pureza en pureza, de santidad en santidad, «hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo». Debemos estar revestidos de Su luz, llenos de Su plenitud y preparados para estar en Su presencia y morar con el Padre. Y esta es la promesa: «Al que venciere, yo le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido y me he sentado con mi Padre en su trono». No hay necesidad de que en ningún momento estemos en tinieblas en cuanto a nuestros deberes. No tenemos por qué estar en tinieblas respecto de ningún acto que deseemos realizar, si acudimos al Padre y decimos: «Padre, hazme saber Tu voluntad. Permíteme andar en Tu luz para hacer lo que te agrada; permíteme vencer todo lo que sea contrario a Tu ley». Si vivimos con esta disposición, siempre habrá una voz que susurre en nuestra alma y nos diga lo que es correcto y lo que es incorrecto, y nuestro progreso será hacia adelante y hacia arriba por el sendero estrecho y angosto que conduce a la continuación eterna de las vidas.
Ahora bien, cuando llegue el momento de comparecer en la presencia de Dios para ser juzgados, se nos valorará por lo que somos, no por lo que los hombres nos hayan llamado, ni por lo que hayamos aparentado ser unos ante otros, sino que nos presentaremos tal como somos, con todas nuestras manchas e imperfecciones. Si estamos limpios, blancos y puros cuando comparezcamos en la presencia de nuestro Padre Celestial y de las huestes que lo rodean, se nos verá como tales; si somos inmundos e inicuos, por buena que haya sido nuestra apariencia ante los hombres, se nos conocerá tal como somos; «veremos como somos vistos y conoceremos como somos conocidos». No podremos ocultarnos nuestras imperfecciones unos a otros. Seremos pesados en la balanza, y si se nos halla faltos, no podremos recibir una plenitud de gloria. Pero, dice alguien: «Se han pronunciado ciertas bendiciones sobre mi cabeza, se me ha prometido una exaltación en la presencia de Dios; se me han prometido tronos, principados, potestades y dominios, ¿y no han de cumplirse las promesas de Dios?». Sí; pero toda promesa se hace bajo ciertas condiciones, y a menos que cumplamos esas condiciones, Dios no puede, de conformidad con la justicia eterna, otorgarnos esas bendiciones, sin importar lo que se haya prometido sobre nuestra cabeza. Se nos dice que quienes no se santifiquen por la ley del reino celestial no pueden recibir una gloria celestial. Ahora bien, ¿qué gloria tendremos ustedes y yo? Exactamente aquella gloria para la cual estemos preparados, y ninguna otra. Esto es sencillamente justo, y Dios debe ser justo o dejaría de ser Dios. Sin embargo, Dios no obligará a ningún hombre ni a ninguna mujer a guardar la ley de la luz y la verdad; pero, a menos que vivamos las leyes de la rectitud y obedezcamos la ley del reino celestial, no podemos, por la naturaleza misma de las cosas, recibir ni soportar una gloria celestial. Por lo tanto, nuestra principal ocupación es conocer la ley de Dios y hacer lo correcto, verdadero y bueno. Debemos vigilar bien el camino de nuestros pies y evitar todo lo malo; porque lo malo contamina y degrada naturalmente, y lo bueno purifica y exalta naturalmente. Debemos procurar en todo momento la guía del Espíritu Santo para estar en armonía con quienes han sido puestos sobre nosotros y para educar nuestros deseos y nuestros actos de modo que estén de acuerdo con la disposición y la voluntad de Dios.
Ahora bien, el Señor nos ha dado a conocer algunas cosas. Debemos ocuparnos de llevarlas a la práctica, y con el tiempo descubriremos su valor si hoy no lo percibimos; porque, como acabo de decir, al realizar lo correcto nuestro carácter se purifica y nos volvemos más aptos para soportar la gloria de nuestro Padre, mientras que cuanto menos hacemos lo correcto, más nos alejamos de esa pureza que es necesaria para morar en Su presencia. Esperamos obtener una gloria celestial. Eso es lo que ustedes y yo nos propusimos alcanzar desde el principio. No nos conformamos, como nuestros amigos de otras confesiones, con cantar:
«Quiero ser un ángel
y estar entre los ángeles».
Eso no es a lo que ustedes y yo aspiramos. Buscamos una gloria superior a esa. Leemos que los santos juzgarán a los ángeles. ¿Quiénes son los ángeles? Son espíritus ministrantes para quienes son dignos de «un cada vez más y eterno peso de gloria». Eso es lo que ustedes y yo nos hemos propuesto alcanzar: obtener una gloria celestial, obtener una corona celestial, y no nos conformaremos con nada menos que eso. ¿Cómo la obtendremos? No la obtendremos de ninguna otra manera que observando las leyes que pertenecen al reino celestial. Averigüemos, pues, cuáles son las leyes del reino celestial tan pronto como podamos y pongámoslas en práctica; y si hacemos de esto la ocupación de nuestra vida, encontraremos al Señor muy cerca de nosotros, nos resultará fácil acercarnos a Él y aprender Sus caminos. Podemos tener la voz apacible y delicada para alegrar nuestra alma y abrir nuestro entendimiento. Debemos vivir con este espíritu, mis hermanos y hermanas, para que podamos disfrutar de felicidad y paz hoy, así como de la perspectiva de tener felicidad y paz eternas en el mundo venidero.
Ruego a Dios, en el nombre de Jesucristo, que grabe estas verdades en nuestro corazón para que podamos regir nuestra vida por las leyes de la verdad y de la rectitud, individualmente y como pueblo; para que vivamos para el Señor, para la verdad y los unos para los otros, no con fines egoístas, sino para la gloria de Dios y la salvación de nuestro género humano.
Esta tarde me siento agradecido de estar en la congregación de los santos, de ser contado entre el pueblo del Dios Altísimo y de participar en la religión que Dios Todopoderoso ha revelado en este día y época del mundo. Sé que esta es la obra de Dios. Lo sé por el testimonio del Espíritu eterno en mi alma. Conozco la paz que trae cuando actúo de acuerdo con sus leyes. Mi deseo es vivir como corresponde a un santo de Dios; vivir como siervo del Altísimo; incorporar a mi ser los principios que harán santos y puros a los hombres y a las mujeres, porque sé que los hacen grandes. Deseo vivir estos principios y enseñarlos a otros hasta donde mi capacidad lo permita, porque sé que en ellos hay gozo y felicidad, poder y fuerza: poder para el espíritu y fuerza para el cuerpo. El poder de Dios pertenece a esta Iglesia y está con ella. Penetra en todo nuestro ser, espiritual y físico. Esta obra es buena para el cuerpo y para el alma, y si vivimos conforme a los dictados del Espíritu Santo, seremos más felices, más fuertes y más poderosos en todo nuestro ser; y cuando comparezcamos en la presencia del Padre, habiendo sido purificados y habiéndose emblanquecido nuestras ropas mediante la sangre del Cordero y nuestra fidelidad a la causa de la verdad, podremos soportar la presencia del Gran Eterno sin vergüenza.
Que la bendición de Dios descanse sobre nosotros y que seamos salvos en el reino celestial de nuestro Padre, es mi oración en el nombre de Jesús. Amén.



























