Diario de Discursos – Journal of Discourses V. 21

La resurrección del cuerpo y la plenitud de gozo en Cristo

La revelación divina confirma que el espíritu y el cuerpo volverán a unirse inmortalmente, y ofrece a los fieles la esperanza de una plenitud de gozo y de relaciones eternas en Jesucristo.
La inspiración de los siervos del Señor—La revelación—La resurrección, etc.

por el élder Charles W. Penrose, pronunciado en el Tabernáculo de Salt Lake City, el domingo 8 de agosto de 1880, por la tarde.
Volumen 21, discurso 25, páginas 220-232


Habiendo sido llamado esta tarde a dirigir la palabra a esta congregación, me pongo de pie ante ustedes confiando en que el Santo Espíritu, que aclara a la mente humana las cosas de Dios, descanse sobre mí y sobre ustedes; que ese Espíritu me inspire a decir algo que sea provechoso para quienes escuchen, y que quienes oigan lo que diga puedan comprenderlo con la misma luz y bajo la misma influencia con que se pronuncien las palabras.

Los élderes de esta Iglesia, al ministrar como oradores públicos, se presentan ante el pueblo en el nombre del Señor. No se dirigen a las congregaciones con el propósito de exponer las opiniones e ideas que puedan tener, sino que ocupan la posición de ministros del Señor Jesucristo para hablar lo que les sea dado por la influencia del Santo Espíritu. No obstante, a los siervos de Dios se les manda que “atesoren constantemente en sus corazones las palabras de vida”, con la promesa de que, si lo hacen y son diligentes en procurar conocer la disposición y la voluntad de Dios, en la hora misma en que se necesiten se pondrán palabras en sus bocas o surgirán ideas en sus mentes que serán para beneficio de todos los que escuchen. Con este espíritu procuro dirigirme a la congregación esta tarde, y espero contar no solo con su atención, sino también con el beneficio de su fe y sus oraciones, para que el Espíritu de Dios descanse sobre mí y también sobre la congregación.

Vivimos sobre la tierra en una época en que hay muchísimos credos, muchísimas doctrinas diferentes, cada una de las cuales profesa ser la fe verdadera, la religión cristiana. Hay un espíritu de duda y división en el mundo. Los hombres siempre están aprendiendo, pero no pueden llegar al conocimiento de la verdad. Se entregan a muchísimas especulaciones. Algunas personas buenas estudian las Escrituras y procuran descubrir cuál es la verdad divina, pero sus ideas son diversas; no llegan a la unidad de la fe; y la gran razón de que esto sea así es que no acuden a la fuente de luz y verdad con la expectativa de recibir respuesta alguna. En tiempos antiguos Dios solía hablar al pueblo. Tenía siervos sobre la tierra que hablaban siendo inspirados por el Espíritu Santo; los ángeles ministraban a los hijos de los hombres y la verdad se revelaba con gran claridad desde el Padre. Pero en estos tiempos las personas tienen que conformarse con las ideas y nociones que los hombres tienen acerca de aquellas verdades que se revelaron antiguamente. Ahora no hay voz del cielo ni profeta entre el pueblo; no hay apóstoles inspirados; los ángeles han dejado de ministrar y, para usar las palabras de uno de los grandes teólogos de la época: “La voz sobrecogedora de la profecía ha sido silenciada para siempre”.

Por supuesto, al hacer estas observaciones me refiero a lo que se llama el mundo cristiano. Los Santos de los Últimos Días creen que Dios es el mismo ayer, hoy y para siempre, y que si se le busca hoy de la misma manera que se le buscaba ayer, responderá del mismo modo. Creemos que es tan posible que los ángeles vengan a la tierra en estos tiempos como en cualquier época anterior del mundo; creemos que el poder del Espíritu Santo es el mismo hoy que hace miles de años; que la verdad divina puede manifestarse directamente de Dios al pueblo ahora como en los días de Jesús o en los días de los profetas que lo precedieron sobre la tierra.

La religión que nosotros, los Santos de los Últimos Días, hemos recibido —a la cual nos aferramos, por la cual vivimos y por la cual muchísimos estamos dispuestos a morir, si es necesario— nos ha llegado por revelación de Dios en el día y la época en que vivimos. Al tomar los escritos de los antiguos profetas y leer las cartas de los antiguos apóstoles, encontramos que la religión que Dios nos ha revelado es la misma que les reveló a ellos. Lo que contiene la Biblia corrobora lo que hemos recibido, y el espíritu que acompaña la predicación de la palabra entre nosotros es semejante en sus efectos al espíritu que acompañaba la predicación de los antiguos profetas y apóstoles del Señor. Esto lo descubrimos al leer la parte de sus registros que se ha conservado. De modo que la religión de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días no es una mera teoría de los hombres. Las doctrinas que hemos recibido nos han llegado directamente del Señor en nuestro propio tiempo. No se nos deja entregados a la especulación ni a nuestras propias teorías, sino que tenemos principios definidos que Dios nos ha dado para nuestra guía, consuelo y edificación.

Ahora bien, existe hoy en el mundo una disposición a apartarse del Señor. Los hombres parecen desear seguir sus propias imaginaciones, sus propias ideas y nociones; y como consecuencia de ello, muchísimos principios erróneos han sido recibidos como verdad en el mundo cristiano, y esta disposición parece aumentar. El apóstol Pablo, al escribir a los santos de su época, les aconsejó: “Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y vanas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los elementos del mundo, y no según Cristo”. Ese mismo consejo es bueno para las personas de nuestro tiempo; bueno para los Santos de los Últimos Días; bueno para las personas que componen las diversas sectas de la cristiandad moderna. Si hemos recibido las doctrinas de Cristo, si nuestros pies están firmemente plantados sobre la roca que Él ha puesto, no hay temor de que nos extraviemos; pero si nos apartamos de ella y andamos por los caminos de los hombres, y nos dejamos conducir por sus teorías, sus especulaciones y su vana filosofía, es muy probable que nos extraviemos.

Al leer algunas de las obras de los teólogos modernos y observar el desarrollo del pensamiento religioso entre las personas, advierto que hay una doctrina que se está difundiendo mucho entre quienes se llaman “cristianos”; a saber, una herejía con respecto a la doctrina de nuestra condición futura. Muchísimas personas creen actualmente que no existe una resurrección literal del cuerpo; que cuando este cuerpo es depositado en la tierra y vuelve a los elementos de los cuales fue organizado, ese es su fin y nunca volverá a levantarse. No ven necesidad alguna de una resurrección literal del cuerpo; no pueden percibir mediante qué proceso puede ser devuelto a la vida; y como no pueden comprender cómo puede producirse este gran cambio, cómo pueden reunirse nuevamente los elementos dispersos del cuerpo, rechazan por completo la doctrina. Esta es la creencia de las personas llamadas espiritualistas o espiritistas. Esta es una de las doctrinas de aquel gran engaño de los últimos tiempos, aquel “poder engañoso” que el Señor ha permitido que venga al mundo porque los hombres no quisieron recibir la verdad, sino que se apartaron de ella y amaron la mentira. Esa influencia que se manifiesta mediante golpes y murmullos enseña que, cuando el espíritu abandona el cuerpo y pasa a otro estado, esa es la resurrección; que el cuerpo no volverá a levantarse; que el espíritu, liberado del cuerpo, progresará de esfera en esfera —cuántas esferas, no lo saben—, pero que ya no se necesita el cuerpo. Esta idea está arraigándose cada vez más en la mente de las personas de las diversas sectas “cristianas”, y algunos de los mayores predicadores y teólogos de la época la sostienen, filosofan sobre ella y la enseñan a sus congregaciones. Ahora bien, nosotros tenemos la satisfacción de poseer un conocimiento definido acerca de este asunto, así como de todos los artículos de nuestro credo, si es que tenemos algo que pueda llamarse un credo formulado. Las ideas que tenemos acerca de esta doctrina han venido de Dios. No hay necesidad de duda alguna al respecto ni de especulación. El Señor ha revelado algo acerca de esto. Es cierto que no ha revelado plenamente su explicación, solo nos ha dado algunas ideas al respecto. Pero ha dejado el hecho muy claro para que no haya malentendido alguno. En el libro de Doctrina y Convenios, que contiene muchas de las revelaciones que Dios ha dado a la Iglesia por medio del profeta José Smith, encontramos esta doctrina expuesta con gran claridad. Se declara que el espíritu y el cuerpo constituyen el alma del hombre, y que la resurrección de los muertos es la redención del alma. También se nos enseña que hay elementos materiales y elementos espirituales; que la parte espiritual de nuestro ser estaba en el principio con Dios, y que lo espiritual y lo material, cuando están inseparablemente unidos, reciben una plenitud de gozo; de otro modo, los hombres no pueden recibir una plenitud de gozo. Se necesita que la parte espiritual del hombre y su parte material o física estén unidas inseparablemente para obtener una plenitud de gozo. Cuando el espíritu está separado del cuerpo, no puede obtenerse una plenitud de gozo. Cuando el espíritu está unido temporalmente al cuerpo bajo una ley temporal, bajo la ley de la muerte, no puede recibir una plenitud de gozo. El espíritu y el cuerpo deben estar unidos de tal manera que ambos sean inmortales, y en esa condición el hombre puede recibir una plenitud de gozo.

El Libro de Mormón también es muy claro sobre este tema. Leeré uno o dos pasajes de ese libro y, si tengo tiempo, quizás me refiera a la Biblia para mostrar que las cosas que contienen el Libro de Mormón y el libro de Doctrina y Convenios son las mismas que contienen las antiguas Escrituras. Leeré un pasaje de la página setenta y nueve de la nueva edición del Libro de Mormón, a saber:

“Y esta muerte de que he hablado, que es la muerte espiritual, entregará sus muertos; y esta muerte espiritual es el infierno; de modo que la muerte y el infierno han de entregar sus muertos; y el infierno ha de entregar sus espíritus cautivos, y la tumba sus cuerpos cautivos, y los cuerpos y los espíritus de los hombres serán restaurados los unos a los otros; y esto por el poder de la resurrección del Santo de Israel.

“¡Oh cuán grande es el plan de nuestro Dios! Porque por otro lado, el paraíso de Dios ha de entregar los espíritus de los justos, y la tumba los cuerpos de los justos; y el espíritu y el cuerpo son restaurados de nuevo el uno al otro, y todos los hombres se tornan incorruptibles e inmortales; y son almas vivientes, teniendo un conocimiento perfecto, semejante a nosotros en la carne, salvo que nuestro conocimiento será perfecto.

“Por tanto, tendremos un conocimiento perfecto de toda nuestra culpa, y nuestra impureza, y nuestra desnudez; y los justos tendrán un conocimiento perfecto de su gozo y su rectitud, hallándose vestidos de pureza, sí, con el manto de rectitud”.

Ahora bien, según el Libro de Mormón, los espíritus de los hombres, tanto de los justos como de los inicuos, serán sacados del lugar al cual irán cuando partan de esta vida. No hay necesidad de incertidumbre alguna al respecto ni de equivocación; está claro que la separación del espíritu y del cuerpo no es la resurrección de la que se habla en este libro.

El profeta Alma, al tratar este tema, explicó a las personas de su época lo que un ángel de Dios le había dado a conocer. Estas palabras que estoy a punto de leerles del libro de Alma, en el Libro de Mormón, no son ideas ni especulaciones de Alma. Él dice que le fueron reveladas por un ángel. Les aconsejaría que leyeran el capítulo 40, página 352 de la nueva edición. Alma declara aquí que estaba muy preocupado acerca de la doctrina de la condición de las personas después de partir de esta vida. Deseaba saber algo de la condición del hombre entre la muerte y la resurrección, y dice que un ángel de Dios le dio a conocer que hay un intervalo entre la muerte y la resurrección; que los espíritus de los inicuos se encuentran en un estado de inquietud, con conocimiento de toda su iniquidad y con el recuerdo de todas sus transgresiones; que se hallan en un estado de temor, esperando la ira y la indignación de Dios, sin saber cuál será su castigo; mientras que, por otra parte, los espíritus de los justos entran en un estado de reposo. Tienen un conocimiento perfecto de todo lo que Dios ha hecho por ellos y de todos sus actos de rectitud, y esperan en paz el tiempo en que sus cuerpos serán sacados del polvo para comparecer en la presencia de su Dios y recibir su corona. Alma continúa diciendo:

“Pero esto es lo que digo, que hay un intervalo entre la muerte y la resurrección del cuerpo, y un estado del alma en felicidad o en miseria, hasta el tiempo señalado por Dios en que los muertos salgan y sean reunidos, alma y cuerpo, y llevados a comparecer ante Dios, y ser juzgados según sus obras.

“El alma será restaurada al cuerpo, y el cuerpo al alma; sí, y todo miembro y coyuntura serán restablecidos a su cuerpo; sí, ni un cabello de la cabeza se perderá, sino que todas las cosas serán restablecidas a su propia y perfecta forma”.

Ahora bien, eso es claro y preciso sobre este punto. Con respecto a los tiempos y las épocas de esta resurrección de la que habla Alma, él dijo que no lo sabía, pero que las cosas que sí sabía le habían sido dadas a conocer por un ángel; a saber, que hay un intervalo entre la muerte y la resurrección; que en la resurrección el cuerpo y el espíritu serán levantados y restaurados el uno al otro, y no solo el cuerpo y el espíritu, sino toda parte y partícula que pertenezca al cuerpo; no se perderá ni un cabello de la cabeza; toda coyuntura, músculo, fibra y tendón, y toda parte y partícula necesaria para constituir un cuerpo físico perfecto en el cual more el espíritu, serán restaurados a ese espíritu en la resurrección. Esa es la doctrina expuesta por el profeta Alma tal como se la enseñó un ángel.

El significado mismo de la palabra “resurrección” debería disipar la idea de que la separación del espíritu y del cuerpo en la muerte sea la resurrección. La palabra misma significa: “Me levanto de nuevo”. La idea que tenían todos los antiguos profetas y apóstoles era que en algún tiempo futuro se oiría la voz de Dios y los muertos volverían a levantarse, sus cuerpos saldrían de la tumba; exactamente la doctrina expuesta en el Libro de Mormón y en el libro de Doctrina y Convenios. Algunos tienen la idea de que las personas que vivieron sobre la tierra antes de Jesús no tenían ideas correctas acerca del futuro. He visto tales declaraciones publicadas por teólogos populares de la época; pero cuando tomamos las Escrituras del Antiguo Testamento, encontramos que sus escritores, santos hombres de Dios que escribieron siendo inspirados por el Espíritu Santo, tenían una fe clara e inquebrantable con respecto a esta misma doctrina: la resurrección del cuerpo.

Se dice que el libro de Job es el más antiguo de la Biblia. Leeré uno o dos versículos del capítulo 7. En el versículo 9 leemos: “Como la nube se desvanece y se va, así el que desciende al Seol no subirá”. Esa es una declaración muy clara de Job: que cuando un hombre desciende a la tumba no regresará. Quienes creen en la vana filosofía a la que me he referido encuentran mucho consuelo al citar ese pasaje, así como algunos dichos de Salomón, el sabio; es decir, una vez fue sabio, pero llegó a ser insensato antes de morir, no porque se casara con más de una esposa, sino porque transgredió al casarse con esposas extranjeras. Salomón, en algunos de sus escritos, habla de la misma manera que Job. Pero leeré un versículo del capítulo 14 de Job:

“Como las aguas se van del mar, y el río se agota y se seca, así el hombre yace y no vuelve a levantarse”.

También esta es una declaración muy clara, ¿no es así? Pero Job no se detuvo aquí como lo hizo en el capítulo 7, pues continúa:

“Hasta que no haya cielo, no despertarán ni se levantarán de su sueño. ¡Oh, quién me diera que me escondieses en el Seol, que me ocultases hasta apaciguarse tu ira, que me pusieses un plazo y de mí te acordaras! Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir? Todos los días de mi tiempo señalado esperaré hasta que venga mi relevo. Entonces llamarás, y yo te responderé; tendrás afecto por la obra de tus manos”. Capítulo XIV, 12–15.

Lean de nuevo en el capítulo 19, donde es un poco más explícito, comenzando en el versículo 23:

“¡Quién diera ahora que mis palabras fuesen escritas! ¡Quién diera que se escribiesen en un libro; que con cincel de hierro y con plomo fuesen esculpidas en piedra para siempre! Yo sé que mi Redentor vive, y que al final se levantará sobre el polvo. Y después de deshecha esta mi piel, aún he de ver en mi carne a Dios”.

Ahora bien, en primer lugar Job está hablando de lo que todos buscamos en este mundo, de la suerte común de los mortales. “El hombre yace y no vuelve a levantarse”. Al decir eso, Job no se refería a lo que sucedería en el futuro. Hablaba de la experiencia común de la humanidad. Pero después, inspirado por el espíritu de profecía, miró directamente hacia los últimos días, en medio de sus aflicciones, sus dificultades y su pesar, su dolor corporal y su angustia mental, cuando sus amigos se habían vuelto contra él; miró hacia los últimos días y deseó que sus palabras fueran escritas e impresas en un libro, que fueran grabadas en la roca con cincel de hierro y que se pusiera plomo en ellas, para que permanecieran como testimonio a todas las generaciones futuras, como un testimonio de la resurrección del cuerpo y una reprensión a la vana filosofía de los últimos tiempos.

Ahora leeré uno o dos versículos del libro del profeta Isaías para mostrar que otros de los antiguos, además de Job, tenían algún conocimiento de la doctrina de la resurrección de los muertos. En los versículos 19, 20 y 21 del capítulo 26 de Isaías leemos:

“Tus muertos vivirán; junto con mi cuerpo muerto resucitarán. ¡Despertad y cantad, moradores del polvo!, porque tu rocío es cual rocío de hortalizas, y la tierra entregará sus muertos.

“Anda, pueblo mío, entra en tus aposentos, cierra tras ti tus puertas; escóndete un poquito, por un momento, en tanto que pasa la indignación.

“Porque he aquí que Jehová sale de su lugar para castigar al morador de la tierra por su iniquidad contra él; y la tierra descubrirá la sangre derramada sobre ella y no encubrirá ya más a sus muertos”.

Como ven, Isaías tenía el mismo espíritu que Job. Habló del tiempo en que la indignación o la ira de Dios pasaría sobre la tierra, y deseaba permanecer oculto en la tumba hasta que ese tiempo hubiera pasado; después esperaba que la tierra entregara a sus muertos.

No tengo tiempo de leer el capítulo 37 de Ezequiel —pueden leerlo en casa—, pero en ese capítulo encontramos que el Señor mostró a Ezequiel un valle lleno de huesos secos. El Señor le preguntó si aquellos huesos podían vivir, y él respondió: “Tú lo sabes”. Entonces el Señor le mandó profetizar sobre aquellos huesos, y mientras profetizaba hubo un ruido y un temblor, y los huesos se juntaron, cada hueso con su hueso; los tendones y la carne vinieron sobre ellos, y la piel los cubrió por encima, pero no había aliento en ellos. Entonces el Señor volvió a mandarle profetizar, y profetizó como se le había mandado, y el aliento entró en ellos, y vivieron y se pusieron de pie: un ejército sumamente grande. Ahora bien, no necesitamos leer los escritos de los teólogos de la actualidad para averiguar lo que esto significa. En ese mismo capítulo se da la interpretación.

“Estos huesos son toda la casa de Israel. He aquí, ellos dicen: Nuestros huesos se secaron, y pereció nuestra esperanza, y estamos del todo talados. Por tanto, profetiza y diles: Así ha dicho Jehová el Señor: He aquí, yo abro vuestros sepulcros, pueblo mío, y os haré subir de vuestras sepulturas y os traeré a la tierra de Israel. * * Y pondré mi espíritu en vosotros, y viviréis, y os estableceré sobre vuestra tierra; y sabréis que yo, Jehová, lo hablé y lo hice, dice Jehová”.

Ahora bien, por estos testimonios que he citado de las Escrituras del Antiguo Testamento encontramos que las personas que vivieron sobre la tierra antes de los días de Jesús tenían algún conocimiento acerca del futuro, de la condición del espíritu cuando abandonaba el cuerpo y también de la resurrección del cuerpo. El sabio Salomón, en el libro de Eclesiastés, capítulo 12, versículo 7, al hablar de la muerte, después de dar una descripción muy poética de la casa en que vivimos, dice: “Y el polvo vuelva a la tierra, como era, y el espíritu vuelva a Dios que lo dio”. Tenía algún conocimiento acerca de la vida después de la muerte, aunque si leyéramos algunos de sus escritos podríamos formarnos la idea de que el hombre dejaba de existir cuando su cuerpo era depositado en la tumba.

Ahora bien, estas doctrinas, que comprendían las personas antes de los días de Cristo, son las mismas en las que creían los discípulos de Jesús, las mismas que Jesús enseñó. Tomemos, por ejemplo, la propia declaración de Jesús acerca de la resurrección, en la que dice: “No os maravilléis de esto, porque vendrá la hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación”. O, como dice en la versión del profeta José Smith: “Los que hicieron lo bueno, en la resurrección de los justos, y los que hicieron lo malo, en la resurrección de los injustos”. Así pues, según la propia declaración de Cristo a Sus discípulos, todos los que están en sus sepulcros han de salir, tanto los justos como los inicuos, tal como se enseña en el Libro de Mormón. Esto también concuerda con lo que dice el profeta Daniel, otro de aquellos antiguos que comprendían esta doctrina, en el capítulo 12 de su libro. Habla de Miguel y de la gran tribulación que vendrá sobre la tierra en los últimos días, y dice: “Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y desprecio perpetuo”. Daniel comprendía que habría una resurrección tanto de los justos como de los injustos. Ahora tomen el capítulo 20 del libro de Apocalipsis, léanlo y encontrarán la resurrección mostrada a Juan en visión mientras estaba en la isla de Patmos. Él dice:

“Y vi tronos, y se sentaron sobre ellos, y les fue dado juzgar; y vi las almas de los decapitados por causa del testimonio de Jesús y por la palabra de Dios, y que no habían adorado a la bestia ni a su imagen, y que no recibieron la marca en sus frentes ni en sus manos; y vivieron y reinaron con Cristo mil años. Pero los otros muertos no volvieron a vivir sino hasta que se cumplieron los mil años. Esta es la primera resurrección. Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene poder sobre estos, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con él mil años”.

Y después de que pasaron los mil años, Juan vio en la visión que los demás muertos eran levantados. “Y el mar entregó los muertos que estaban en él; y la muerte y el infierno entregaron los muertos que estaban en ellos; y cada uno fue juzgado según sus obras”.

El apóstol Pablo, al escribir a los filipenses, capítulo 3, versículos 20–21, dice: “Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo, el cual transformará el cuerpo de nuestra humillación, para ser semejante al cuerpo de su gloria”. Según este testimonio, los justos que esperan participar en la primera resurrección esperan tener cuerpos semejantes al cuerpo glorioso del Hijo de Dios. ¿Qué clase de cuerpo era aquel? Leemos que Jesucristo fue muerto en la cruz; que, después de clamar a gran voz, dijo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, y entonces entregó el espíritu. El cuerpo fue colocado en un sepulcro nuevo en el que nadie había sido puesto; y para custodiar el cuerpo, no fuera que alguien viniera y se lo llevara, se colocaron soldados romanos ante la puerta del sepulcro. Pero leemos que vinieron dos ángeles, ante quienes aquellos soldados romanos cayeron como muertos; y ellos, los ángeles, quitaron la piedra del sepulcro, y el cuerpo dormido de Jesús despertó y salió. Cuando llegaron los discípulos, el cuerpo ya no estaba. María fue al huerto para tratar de averiguar algo acerca del cuerpo, y mientras lloraba, Jesús se le apareció. Ella se adelantó y estaba a punto de abrazarlo cuando Él dijo: “No me toques, porque aún no he subido a mi Padre; mas ve a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios”. Cuando los discípulos supieron esto no podían creerlo, y se reunieron en cierta ocasión, y cuando las puertas estuvieron cerradas por temor a los judíos y se encontraron solos y a salvo, comenzaron a hablar de las cosas maravillosas que habían sucedido; de la muerte de Jesús, de la crucifixión de Aquel que pensaban que ocuparía el trono y se sentaría en él con poder para siempre. Y leemos que, mientras hablaban, Jesús apareció en medio de ellos y dijo: “Paz a vosotros”.

“Entonces ellos, espantados y atemorizados, pensaban que veían un espíritu. Pero él les dijo: ¿Por qué estáis turbados y surgen dudas en vuestros corazones? Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad y ved, porque un espíritu no tiene carne ni huesos como veis que yo tengo. * * *

“Y como todavía ellos, de gozo, no lo creían y estaban maravillados, les dijo: ¿Tenéis aquí algo de comer? Entonces le dieron parte de un pescado asado y un panal de miel. Y él lo tomó y comió delante de ellos”. Lucas XXIV, 36–43.

Aquí hubo una resurrección del cuerpo. No fue el levantamiento del espíritu de Cristo, sino de Su cuerpo del sepulcro. En ese cuerpo apareció ante los discípulos, y cuando pensaron que era solo un espíritu, les dijo que un espíritu no tenía carne ni huesos como veían que Él tenía. Los discípulos que tuvieron esta manifestación se lo contaron a algunos de los demás. Tomás, sin embargo, no quiso creerlo. Dijo: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, y meto mi dedo en el lugar de los clavos y meto mi mano en su costado, no creeré”. Después de que hizo estas insensatas declaraciones, Jesús se apareció a Tomás cuando estaba reunido con los otros discípulos, y le dijo: “Pon tu dedo aquí y mira mis manos; y acerca tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente”. Entonces Tomás no pudo menos que creer, pero Jesús le dijo: “Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron y creyeron”. La fe es una gran bendición. Algunas personas no creen nada que no puedan comprender con su razón humana o ver con sus ojos naturales. Pero ¡bienaventurado el hombre de fe, bienaventurada la mujer de fe! Porque mediante la fe pueden ver cosas que no pueden discernirse con los ojos naturales. ¡Pueden alcanzar las regiones de la inmortalidad, comprender las realidades eternas y aferrarse a las cosas de Dios! Ahora bien, Jesús apareció en el mismo cuerpo que había sido colocado en el sepulcro y, sin embargo, no era el mismo; había ocurrido un cambio en él. ¿Qué cambio era? Leemos que Jesucristo derramó Su sangre “para la remisión de los pecados; no solo por los nuestros, sino también por los de todo el mundo”. Jesús fue levantado de entre los muertos por el poder de Dios, y dice Pablo: “Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros”. Pablo también dice: “La carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios”. La sangre es corruptible; el cuerpo vivificado por la sangre está sujeto a la ley de la muerte. Pero el cuerpo de Cristo, cuando fue levantado de entre los muertos, fue “vivificado en el espíritu”. Había una gran diferencia, no solo en este aspecto, sino también en otros. Cuando los discípulos estaban encerrados en aquella habitación, Cristo pudo entrar sin abrir la puerta, algo que los mortales no podían hacer. Tenía poder para manifestarse a Sus discípulos y poder para ocultarse de su vista. Tenía poder para vencer las leyes de la gravedad y, en cierta ocasión, después de haber visitado a Sus discípulos, de haberse aparecido a quinientos hermanos a la vez y de haber dado instrucciones a Sus apóstoles para edificar Su Iglesia, mientras les hablaba, “le recibió una nube que le ocultó de sus ojos”. Podía elevarse de la tierra y partir de esta esfera a otra; Su cuerpo ya no era mortal, ya no estaba gobernado por las mismas leyes por las que nosotros estamos gobernados. También se nos dice: “Y estando ellos con los ojos puestos en el cielo, entre tanto que él se iba, he aquí se pusieron junto a ellos dos varones con vestiduras blancas, los que también les dijeron: Varones galileos, ¿qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo”. Hechos I, 9–11. Cuando venga de nuevo, vendrá en el mismo cuerpo; y se nos dice en el capítulo 14 de Zacarías que Sus pies se afirmarán en aquel día sobre el monte de los Olivos, y en el capítulo 13, que cuando los judíos lo contemplen, al Mesías a quien han esperado durante tanto tiempo, dirán: “¿Qué heridas son estas en tus manos?”. Entonces Él responderá: “Con ellas fui herido en casa de mis amigos”. Y entonces cada familia hará duelo por separado; toda la casa de Israel hará duelo por la iniquidad de sus antepasados al darle muerte. Al recibirlo en Su segunda venida comprenderán la verdad de Su primera venida, y no antes, y le darán la bienvenida como el Cristo resucitado.

Ahora bien, el apóstol Pablo dice que Él “transformará el cuerpo de nuestra humillación, para ser semejante al cuerpo de su gloria”. ¿Qué clase de cuerpos poseerán los justos en la resurrección? Serán cuerpos de carne y huesos vivificados por el espíritu; no vivificados por la sangre, ni sujetos ya a la muerte, al dolor ni a ninguno de los males de la condición mortal. Esto no se parece mucho a la idea de que la separación del espíritu y del cuerpo sea la resurrección. Semejante doctrina no está de acuerdo con las Escrituras; no es más que “vana filosofía”.

Santos de los Últimos Días, cuídense de esta vana filosofía que les quitaría la fe en la resurrección venidera. ¡Oh, qué gloriosa esperanza nos brinda! Los esposos que lloran la pérdida de sus esposas, a quienes amaban y a quienes han depositado en el sepulcro, las recibirán nuevamente en la resurrección. ¡Qué glorioso encuentro, siempre que hayan sido sellados mediante el santo orden de Dios! Todo lo que de ese modo les es sellado en la tierra queda sellado en el cielo. Los esposos y las esposas, aquellos que hayan sido sellados y unidos conforme al santo orden del matrimonio celestial, se unirán nuevamente en la resurrección. Saldrán del sepulcro, y sus cuerpos serán vivificados por el poder del Santo Espíritu y hechos gloriosos a semejanza del cuerpo del Hijo de Dios. Se reunirán como esposo y esposa para siempre, ¡y su progenie y la extensión de su dominio y gloria, poder, fuerza y majestad no tendrán fin! Las madres que depositan en la tierra los cuerpos de sus pequeñitos con profundo pesar y lamentación volverán a recibir a sus niños en el seno. Tal como fueron depositados en la tumba, así volverán a salir, con la misma estatura y la misma semejanza; nada se perderá, ni siquiera un cabello de sus cabezas, sino que serán vivificados según el poder de una vida sin fin. El apóstol Pablo ilustra esto en el capítulo 15 de 1 Corintios. Dice: “Se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción; se siembra en deshonra, resucitará en gloria; se siembra en debilidad, resucitará en poder; se siembra cuerpo natural, resucitará cuerpo espiritual. Hay cuerpo natural, y hay cuerpo espiritual”. Cuando se planta trigo en la tierra, la semilla parece morir. Se dice que en medio de la vida estamos en la muerte. Pero en medio de la muerte hay vida. Hay un núcleo de vida que es imperecedero. Hay un germen dentro de aquel pequeño grano de trigo que parece perecer y morir, que también es indestructible; y lo mismo sucede con el cuerpo plantado en la tierra. ¿Qué es lo que resucita, Pablo? ¿Es el espíritu que se levanta del cuerpo? No; es la resurrección del cuerpo. Ese era el testimonio que daban los apóstoles. Su principal testimonio era que Jesús había sido crucificado y que había sido levantado de entre los muertos.

Pero alguien dice: “No veo qué bien produce. ¿De qué sirve este viejo cuerpo después de que va a la tierra y se mezcla con el polvo? ¿De qué sirve tomarse la molestia de volver a levantarlo? ¿Cómo es posible?”. En cuanto a la posibilidad, hay muchísimas cosas posibles para Dios que son imposibles para el hombre. Hace unos años no se creía posible que un hombre estuviera en Nueva York y hablara con otro en Londres, pero se hace, es posible; y ahora se hacen muchas cosas en las que no se pensaba años atrás. Supongamos que una persona que no supiera nada de las propiedades del imán visitara algunas de las grandes fábricas de Inglaterra; vería en muchas de ellas grandes cantidades de limaduras de latón y de acero mezcladas. He estado en tales fábricas y he visto que los propietarios tienen mucho cuidado de que nada se desperdicie. Recogen todas estas limaduras y las ponen en barriles u otros recipientes; y, después de un tiempo, alguien viene con un imán grande, lo introduce en la masa de limaduras mezcladas y, cuando lo retira, se ve que está cubierto de partículas de acero o de hierro. Esto se repite una y otra vez hasta que todo el acero queda separado del latón. Pero una persona que no tuviera conocimiento del imán pensaría naturalmente, al ver todas esas partículas mezcladas, que sería imposible separarlas. Ahora bien, ¿no creen que Dios tiene más poder que el hombre? ¿Que tiene “imanes” con propiedades que están más allá de nuestro conocimiento actual? Yo creo que sí. Creo que, si Dios desea reunir las partículas del cuerpo humano, puesto que comprende su composición, puede hacerlo fácilmente. En el principio habló al caos, y por el poder de Su fe fueron formados los mundos. La fe es una fuerza. Es una fuerza tanto como el magnetismo o la electricidad. Es el poder mediante el cual fue formado el universo. Dios puede hablar a los elementos de nuestros cuerpos y hacerlos surgir nuevamente conforme a ciertas leyes fijas que Él conoce, aunque nosotros no las conozcamos. Jesús habló a los vientos y le obedecieron. Caminó sobre el agua. De cinco panes y dos peces hizo un gran banquete: “Y recogieron doce cestas llenas de los pedazos de pan y de lo que sobró de los peces. Y los que comieron de aquellos panes eran como cinco mil hombres”. Todo esto se hizo conforme a principios naturales, y podríamos comprenderlo si entendiéramos cabalmente los principios naturales. Y no tengo duda alguna de que, cuando llegue la resurrección, cuando Dios hable y nosotros respondamos, será tan natural levantar nuestros cuerpos en la mañana de la resurrección como lo fue entregarlos a la muerte. Pues ni siquiera comprendemos cómo se desintegran. ¿Pueden explicar el proceso de la muerte, cuando algún poder misterioso se apodera de una persona y la vida sale de ella? No hay brillo en los ojos, ni belleza en las mejillas, ni movimiento en los labios; todo está quieto, frío y sin vida. El cuerpo es depositado en la tierra y sus partículas comienzan a separarse, cuando poco antes había algo que hacía que todas las partículas de ese cuerpo permanecieran unidas. Ha ocurrido un cambio y todas quieren apartarse unas de otras. ¿Cuál es el proceso y quién lo comprende? Hay muchísimas cosas que no comprendemos. Esta tarde nos desplazamos por el espacio a una velocidad inmensa. La tierra gira sobre su propio eje y viaja alrededor del sol. ¿Cómo se hace? “Mediante la acción de ciertas fuerzas”. Pero ¿cómo comenzaron a actuar esas fuerzas, de dónde surgieron, cómo son reguladas? ¿Quién lo sabe? ¿Quién comprende el proceso de dormir y volver a despertar? Aquí hay algo que sucede todas las noches. Nos dormimos. ¿Cómo nos dormimos? No lo sé. A veces intento dormir y no puedo; y otras veces intento permanecer despierto y no puedo. El sueño es semejante a la muerte, y el despertar es semejante a la resurrección. No sé cómo se hace, solo sé que se hace por el poder de Dios. Será como dice Job: Dios llamará y nosotros responderemos. La gloriosa estructura del hombre, la obra más hermosa de Dios, hecha de manera tan “asombrosa y maravillosa”, saldrá en su plena perfección y perdurará por todas las edades de la eternidad.

“Pues bien, ¿de qué sirve?”. Creo que aquel pasaje del libro de Doctrina y Convenios lo explica claramente. El Señor dijo por medio del profeta José Smith que el espíritu y el cuerpo del hombre deben estar inseparablemente unidos antes de que pueda obtenerse una plenitud de gozo. El hombre debe ser levantado en un cuerpo inmortal que no pueda ser asido por la mano de la muerte. El espíritu que aún no ha recibido cuerpo, o que se ha separado de él, no puede recibir los gozos que llegan por medio de los elementos más densos. El espíritu ministra al espíritu. Las cosas espirituales tienen afinidad con lo espiritual. Hay placeres que solo pueden recibirse por medio de un cuerpo material, y de ahí la necesidad de la resurrección. Un ser perfecto es un espíritu inmortal que mora en un cuerpo inmortal y que, por su afinidad con todas las cosas y por tener la llave de las alturas, profundidades y anchuras del universo, puede extraer de toda fuente el gozo, la dicha, los placeres y las glorias que son la herencia de los seres celestiales llenos de la plenitud del Dios eterno. Temo que aquellos vanos filósofos que no quieren tener nada más que ver con el cuerpo después de la muerte se encuentren en la misma condición de aquellos de quienes se habla en la visión de Ezequiel a la que me he referido. El Señor declaró de ellos: “He aquí, ellos dicen: Nuestros huesos se secaron, y pereció nuestra esperanza, y estamos del todo talados”.

Hay mucho en las revelaciones que Dios ha dado al profeta José que quizás no resulte claro para nuestra mente a primera vista. Por tanto, aconsejaría a mis hermanos y hermanas que lean, presten atención, aprendan y asimilen interiormente las cosas que Dios ha dejado registradas para nuestra guía, y que depositemos nuestra confianza en ellas antes que en la vana filosofía y la insensatez de hombres que se consideran grandes científicos e imaginan que pueden comprender las cosas de Dios mediante el razonamiento. El hombre no puede descubrir a Dios por su propia investigación, sino que Él revela estas cosas a los fieles mediante Su Espíritu, que “todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios”. Y si tomamos como guía las leyes y los preceptos que Dios ha dado; si tomamos la Biblia, el Libro de Mormón y el libro de Doctrina y Convenios, que confluyen como tres gotas de agua y son como las tres medidas de harina de la parábola, y acudimos al Dios Todopoderoso para recibir el don y el poder del Espíritu Santo, a fin de que sea lámpara a nuestros pies y luz en nuestro camino, entonces se nos manifestarán las cosas que sea necesario que comprendamos. Dios ha puesto en la Iglesia en estos días, como lo hizo en tiempos antiguos, apóstoles, profetas, evangelistas, pastores, maestros, etcétera, para la obra del ministerio y para perfeccionar a los santos; y si nos guiamos por los oráculos vivientes de la Iglesia, por el poder del Espíritu Santo y por los libros sagrados, no nos extraviaremos; pero si nos guiamos por la vana filosofía de hombres sin inspiración, es casi seguro que tomaremos el camino equivocado.

Este es el punto que deseaba aclarar esta tarde: la gloriosa doctrina de la resurrección del cuerpo, una de las doctrinas principales de la religión cristiana. Todo depende de ella, porque si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra esperanza. Cristo murió y fue levantado nuevamente. Así también moriremos nosotros —quizás no todos durmamos en la tierra, porque algunos han de permanecer vivos hasta Su venida—, pero todos seremos levantados, y quienes moren sobre la tierra cuando aparezca el Señor serán transformados en un abrir y cerrar de ojos. Sonará la trompeta y los muertos despertarán, y junto con los vivos serán arrebatados para recibir al Señor. Quizás esta sea la suerte de algunos de los que se encuentran en esta congregación esta tarde. El día del Señor está cerca. ¡He aquí, Él viene, como lo han declarado los profetas! ¡No como el Niño de Belén, sino como el Señor de poder y gloria, como la resurrección y la vida! Toda palabra que se haya hablado acerca de Él se cumplirá. Cristo aparecerá y llamará a los justos a Sí. Saldrán en la mañana de aquel gran “día del Señor, aquella mañana luminosa y hermosa en que nacerá el Sol de justicia, y en sus alas traerá salvación”, y los suaves rayos de Su gloria real darán calor y vida a los justos muertos. Pero ¡ay de quienes no conocen a Dios ni obedecen el Evangelio!, porque serán desterrados de la presencia del Señor, y hasta que termine el día milenario no podrán salir en sus cuerpos para recibir su porción.

Que Dios nos ayude a andar en Sus caminos y guardar Sus mandamientos, para que tengamos derecho a participar en la primera resurrección, es mi oración en el nombre de Jesucristo. Amén.

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