Diario de Discursos – Journal of Discourses V. 21

La renovación de la tierra y la herencia eterna de los santos

La tierra será purificada, renovada y hecha inmortal, y los santos fieles recibirán en ella la herencia eterna prometida por Dios.
Palabras introductorias—El cielo y la tierra pasarán—No serán aniquilados—El cielo y la tierra no fueron creados de la nada—Los materiales son eternos—Los materiales están bajo el dominio de leyes—Las fuerzas centrales y orbitales—Las sustancias compuestas y elementales—La tierra en el principio—No se conocía entonces la mortalidad en esta creación—La Caída—El bautismo de la tierra en agua—Su bautismo en fuego—Su bautismo por el Espíritu—Su justificación—Su santificación—Su purificación—Su reposo de mil años, etc.

por el élder Orson Pratt, pronunciado en el Tabernáculo de Salt Lake City, el domingo 1 de agosto de 1880, por la mañana.
Volumen 21, discurso 36, páginas 319-331


Llamaré la atención de la congregación a unos pasajes de las Escrituras que se encuentran en los capítulos 20 y 21 de la revelación dada a Juan. En el capítulo 20 encontramos estas palabras:

“Y vi un gran trono blanco y al que estaba sentado en él, de delante del cual huyeron la tierra y el cielo, y ningún lugar se halló para ellos.

“Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios; y los libros fueron abiertos; y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida; y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras.

“Y el mar entregó los muertos que estaban en él; y la muerte y el infierno entregaron los muertos que estaban en ellos; y cada uno fue juzgado según sus obras.

“Y la muerte y el infierno fueron lanzados al lago de fuego. Esta es la muerte segunda. Y el que no fue hallado inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego”.

En el capítulo 21, comenzando con el versículo 1, leemos estas palabras:

“Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían dejado de ser, y el mar ya no existía más.

“Y yo, Juan, vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios, dispuesta como una novia ataviada para su esposo.

“Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos y será su Dios.

“Y enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá más muerte, ni habrá más llanto, ni clamor ni dolor, porque las primeras cosas han dejado de ser.

“Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas. Y me dijo: Escribe, porque estas palabras son fieles y verdaderas.

“Y me dijo: Hecho está. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Al que tuviere sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida.

“El que venciere heredará todas las cosas; y yo seré su Dios, y él será mi hijo”.

Es una empresa grande e importante ponerse de pie ante una congregación de los hijos de los hombres y procurar declararles las palabras de vida eterna. Ningún hombre viviente puede hacerlo de manera aceptable ante Dios a menos que Dios esté con él mediante el poder de Su Espíritu y mediante la inspiración de este. A menudo siento mi propia debilidad e imperfección como hombre cuando procuro realizar una obra de esta naturaleza. Muchas veces siento el deseo de preguntarme: ¿Qué soy yo y cómo puedo realizar la obra que el Señor requiere de mí a menos que Él me ayude? A veces casi siento deseos de retroceder; pero sé, por experiencia pasada, que Dios me ha ayudado, y tengo todos los motivos para creer que continuará haciéndolo en tanto sea humilde, ejerza fe en Él y procure hacer Su voluntad.

Estas palabras escritas en los capítulos 20 y 21 de la revelación dada a Juan en la isla de Patmos acudieron a mi mente unos momentos antes de ponerme de pie; porque la práctica de la mayoría de los élderes de esta Iglesia es no pensar de antemano en lo que han de decir, y muy rara vez los oficiales de la Iglesia procuran planear en su propia mente alguna forma particular de discurso; pero a veces el Espíritu del Señor sugiere ciertos pasajes de las Escrituras, y entonces ese mismo Espíritu puede dictar y dirigir la forma de las palabras que se utilizarán para exponer las ideas contenidas en esos textos.

En las palabras que he leído se nos dice que todavía hay un período futuro en el que esta tierra sobre la cual estamos, donde tenemos nuestra existencia y de la cual obtenemos nuestro sustento, pasará; y los cielos que están sobre nuestras cabezas también pasarán. Se nos informa que, cuando ocurra este gran acontecimiento, aparecerá un gran trono blanco; que cierto Personaje se sentará en él, y que tan grande será Su gloria y tan grande el poder que lo acompañe que la tierra misma huirá de Su presencia, y los cielos, los cielos literales que están sobre nuestras cabezas —probablemente refiriéndose a los cielos que pertenecen a esta creación—, pasarán; la atmósfera y las cosas comprendidas en ella, y la tierra misma, sus partes sólidas y sus partes líquidas, todo pasará ante el rostro de Aquel que esté sentado en ese trono. Esto lo creen no solo los Santos de los Últimos Días, sino todas las denominaciones cristianas, con muy pocas excepciones. Creen que en algún período futuro el cielo y la tierra experimentarán un gran cambio. Esperan que pasen, pero creo que la mayoría considera que la tierra será aniquilada, que los materiales mismos de los cuales está compuesta serán reducidos a la nada. Creo que, cuando era muchacho, eso era una creencia del mundo sectario; su idea era que la tierra, en el principio, había sido hecha de la nada por la palabra de Dios y que sería reducida a la nada cuando pasara.

Pero no tengo tiempo para detenerme en la idea del mundo cristiano y sus opiniones sobre este asunto; trataré estas cosas conforme a las ideas y la fe del pueblo llamado los Santos de los Últimos Días. No creemos que la tierra haya sido hecha de la nada, como sostiene la idea cristiana moderna; no tenemos tal creencia, porque no encontramos semejante declaración en ninguna parte de las Escrituras. No lo damos por sentado porque hayan incorporado estas cosas en su teología moderna, en sus doctrinas, en sus disciplinas, en sus artículos eclesiásticos y en sus credos; no lo aceptamos sobre la base de ese testimonio, sino que escudriñamos para ver lo que las Escrituras de verdad han dicho sobre este tema; y cuando las hemos escudriñado, encontramos que no hay indicación alguna de que la tierra haya sido hecha de la nada ni de que haya surgido a la existencia donde no había nada con lo cual trabajar.

Leemos en el primer capítulo de Génesis que Dios creó los cielos y la tierra, y que la tierra estaba desordenada y vacía, pero nada en este pasaje nos informa que Él haya hecho la tierra de la nada. Nuestra opinión es que los elementos de los cuales fueron hechos este y todos los demás mundos han existido desde toda la eternidad; nunca tuvieron principio. Hay unas pocas personas sobre la tierra que no profesan religión alguna —algunos las llaman materialistas— que creen este mismo principio; y al hacerlo tienen una verdad incorporada entre sus ideas, aunque no creen en Dios. Los materiales de esta creación, según nuestra opinión y lo que Dios nos ha revelado en esta última dispensación, han existido desde toda la eternidad. Estos materiales han estado sujetos desde toda la eternidad al mandato del gran Jehová; están bajo Su jurisdicción; Él tiene poder para gobernarlos; les dio leyes; actúan conforme a esas leyes; y han sido gobernados por leyes, hasta donde tenemos conocimiento y en lo que respecta a nuestra creación, durante edades indefinidas del pasado; y tenemos todos los motivos para creer que han estado bajo el dominio de la ley durante todo el tiempo que ha existido un Ser Supremo. Y podrían preguntar: ¿Cuánto tiempo es eso? Respondemos que Él es coeterno en Su existencia con los materiales de la creación: uno ha existido tanto como el otro, y ninguno de los dos tuvo principio. Puede haber habido un ciclo interminable de organizaciones y desorganizaciones entre los materiales de la naturaleza, gobernados durante determinado período y para un sabio propósito conforme a leyes sabias, justas y santas, adaptadas a su condición y al cumplimiento de los grandes propósitos del gran Jehová. Encontramos que todo, en la actualidad, hasta donde tenemos conocimiento y entendimiento para discernir las obras de la naturaleza, parece estar bajo el dominio de la ley. La tierra recorre su órbita señalada conforme a leyes. La fuerza por la cual se supone que fue proyectada se ajusta a determinada ley. La gran fuerza central por la cual es gobernada o, para usar una palabra moderna, “atraída”, se ajusta a determinada ley. La llamada fuerza de proyección está adaptada a la fuerza central; y ha recorrido su trayectoria señalada desde su organización actual, o durante unos seis mil años; y cuánto tiempo más ha recorrido esa trayectoria u órbita, no lo sabemos. Tuvo un principio en su organización actual, como Moisés nos lo da a entender claramente. Pero al organizar este mundo el Señor no lo hizo existir de la nada, sino que llamó a los elementos eternos que estaban esparcidos por el espacio y les mandó reunirse conforme a ciertas leyes; y la tierra fue formada y colocada en su posición apropiada en medio de muchas otras creaciones que giran alrededor del gran astro central, el sol. No fue una obra pequeña; se requirió el poder de un Creador Todopoderoso para organizar un mundo como este y adaptarlo, en su organización, al principio de vida que, en mayor o menor grado, impregna todos sus materiales y hace que cumplan diversas leyes establecidas con respecto a su acción, obedeciendo lo que se llaman leyes químicas al formar los numerosos compuestos de los cuales se compone nuestra tierra. Las partes sólidas, las partes líquidas y las partes gaseosas fueron todas formadas químicamente por el poder del Todopoderoso —me refiero a los compuestos que constituyen esas partes—; y cuando descomponemos estos compuestos en sus elementos, encontramos más de sesenta elementos básicos, de cuya unión conforme a leyes químicas se forman todos los numerosos compuestos. Ahora bien, estas leyes, en todas sus operaciones, son leyes dadas por el Ser Divino. Él es quien hace que actúen. La luz, el calor, la electricidad y toda sustancia combinada con los materiales de nuestro globo están bajo el dominio de numerosas leyes; y los resultados que se producen, o el bien que se otorga a los habitantes de la tierra y a la creación animal, dándoles vida, felicidad y paz, se han producido por la sabia disposición de estas leyes, manifestadas a través de todos los elementos de esta creación. Digo que se requirió un poder Todopoderoso para organizar tan sabiamente estos elementos; y cuando estuvieron organizados, se requirieron gran sabiduría y juicio para producir el movimiento orbital de la tierra. La velocidad determinada de la tierra en su órbita, mientras sigue su curso señalado alrededor del sol, es de entre dieciocho y diecinueve millas por segundo. No solo se requiere gran poder para organizar los elementos en un mundo, sino que se requiere sabiduría infinita para organizar los elementos en carne, como ocurre actualmente en la creación animal, incluido el hombre, y dar vida a los seres que moran en estos tabernáculos.

Sin embargo, este mundo no es ahora como era en el principio; es decir, cuando hablo del principio, me refiero al principio de la tierra en su organización actual; no me refiero al principio de la duración, porque esta no tuvo principio; no me refiero al principio de un pasado interminable, sino al principio en lo que concierne a nuestro pequeño globo. Al principio de nuestra creación, la tierra era muy hermosa, muy diferente de lo que es ahora. No había sobre ella hijos de la condición mortal ni animales mortales, ni aves; nada en lo que observamos vida en esta creación existía en su estado mortal, sino que todo lo que tenía vida era inmortal; toda ave, pez, insecto, ser que se arrastra, ganado y hombre: todos eran inmortales. No pesaba ninguna maldición sobre la tierra; la tierra misma era inmortal y habría continuado en toda su gloria, tal como salió de la mano del Creador, hasta el tiempo presente, sin maldición alguna, si no hubiera sido por la transgresión de nuestros primeros padres. Así se introdujeron la mortalidad, el dolor y el pesar, la miseria y la desdicha, no solo sobre el hombre, sino sobre toda la creación que entonces existía; todo quedó bajo el dominio de la maldición. La maldición vino sobre el hombre, aquel ser que podía estar en la presencia de Dios y conversar con Él cara a cara; las semillas de la mortalidad fueron sembradas en su cuerpo inmortal, sobrevino un cambio y todo su organismo fue afectado por él. Las semillas de la muerte fueron colocadas dentro del tabernáculo del hombre, dentro del tabernáculo del león, del buey y de toda bestia del campo, de todo pez del mar y de toda ave del cielo. Entonces sobrevino un cambio muy grande a esta creación. Primero era espiritual en todas sus bendiciones y en su plenitud de vida y gloria. Después fue reducida a una condición temporal en la que existían la miseria y la desdicha.

Otro gran cambio ocurrió casi dos mil años después de que se hiciera la tierra. Fue bautizada en agua. Vino una gran inundación; se rompieron las fuentes del gran abismo, las ventanas de los cielos fueron abiertas desde lo alto y las aguas prevalecieron sobre la faz de la tierra, barriendo toda iniquidad y transgresión: una semejanza del bautismo para la remisión de los pecados. Dios requiere que los hijos de los hombres sean bautizados. ¿Para qué? Para la remisión de los pecados. Así requirió que nuestro globo fuera bautizado mediante una inundación de aguas, y todos sus pecados fueron lavados, sin que quedara uno solo. Ustedes fueron bautizados, Santos de los Últimos Días, para la remisión de sus pecados; creyendo en el Señor Jesucristo, arrepintiéndose de sus pecados con todo el corazón, descendiendo y siendo sepultados bajo la tumba líquida, salieron como nuevas criaturas. Así lo dice el Nuevo Testamento: sepultaron al hombre viejo con todos sus hechos inicuos y salieron del elemento líquido nacidos de nuevo. Así también la tierra fue renovada en cierta medida, no plenamente; no más de lo que nosotros somos renovados plenamente por el bautismo; no somos hechos inmortales cuando salimos de las aguas del bautismo; todavía conservamos los efectos de la Caída en lo que respecta a la mortalidad. Lo mismo ocurre con la tierra; conserva los efectos del pecado y la transgresión que vinieron sobre su faz. Pero aunque conserva esos efectos en lo referente a la mortalidad, fue limpiada en cierta medida de esa transgresión. Pero ¡ay!, esta tierra ha vuelto a corromperse. Después de ser bautizados para la remisión de nuestros pecados, se nos requiere no pecar más; vivir vidas santas y perfectas hasta donde nos sea posible, guardar los mandamientos de Dios en todas las cosas y andar en vida nueva, y esto hasta el fin de nuestros días. No se ha permitido que la tierra repose durante los cuatro mil años y más que han transcurrido desde su bautismo. La iniquidad se ha acumulado nuevamente sobre su faz. Los habitantes de la tierra la han corrompido y profanado mediante sus transgresiones. Con el tiempo vendrá otro gran cambio. Así como la tierra fue limpiada de su transgresión mediante el bautismo en agua, debe ser limpiada nuevamente antes de ser hecha inmortal. Debe ser limpiada mediante un elemento más fuerte y purificador que el agua, a saber, el fuego. El fuego debe extenderse por toda la faz de esta tierra. ¿Para qué? Para limpiar a la tierra de sus transgresiones, del mismo modo que los Santos de los Últimos Días esperan ser limpiados y purificados más plenamente que por el bautismo en agua: mediante el bautismo de fuego y del Espíritu Santo. Esta es la promesa a todos los que se arrepientan de sus pecados y sean bautizados para la remisión de ellos: recibirán el don del Espíritu Santo, que es otro bautismo, más eficaz, más limpiador y más purificador por naturaleza, que santifica al hombre interior y al exterior y lo convierte en una nueva criatura. Así también esta tierra, a su debido tiempo, debe ser bautizada primero con fuego y después con el Espíritu Santo. El fuego limpiará de su faz a todos los soberbios y a quienes obran inicuamente: a todas las personas corruptas, pecadoras y desobedientes, a todos los que no guardan los mandamientos de Dios; limpiará la tierra quemándolos como rastrojo y cumpliendo las palabras del profeta Malaquías en el último capítulo, que dice así: “Porque he aquí, viene el día ardiente como un horno, y todos los soberbios y todos los que hacen maldad serán estopa; y aquel día que vendrá los quemará, ha dicho Jehová de los ejércitos, el cual no les dejará ni raíz ni rama”.

Parece, pues, que esta tierra debe pasar por un proceso muy semejante al del hombre redimido. Debe obedecer todas las grandes y sagradas ordenanzas del Evangelio en lo que respecta a sus primeros principios; la tierra debe pasar por un proceso de limpieza, primero mediante el agua, a semejanza del bautismo en agua, y después mediante el Espíritu Santo, a semejanza del bautismo de fuego y del Espíritu Santo que ustedes reciben por la imposición de manos de quienes tienen autoridad. ¿Hace esto inmortal al hombre? No; el hombre conserva su mortalidad aun después de ser bautizado con fuego y con el Espíritu Santo; su cuerpo todavía está sujeto a la muerte. Puede ser quemado en la hoguera; puede pasar como pasará la tierra; no ser aniquilado, pues ni una sola partícula de nuestros tabernáculos terrenales dejará de existir; pero los elementos pueden separarse y quizás mezclarse con otros elementos; todo esto puede ocurrir aun después de haber sido santificados y purificados mediante el bautismo de fuego y del Espíritu Santo. Lo mismo sucederá con nuestra tierra cuando sea renovada por la venida de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, cuando descienda, como dice Pablo, en llama de fuego. ¿Qué efecto tendrá eso? Tendrá el efecto del que habla Malaquías: todos los soberbios, incluido todo hombre inicuo y toda mujer inicua, serán barridos como rastrojo ante la llama devoradora. Así será cuando Jesús descienda en las nubes de gloria. Los elementos serán limpiados, tal como ustedes reciben una limpieza mediante el Espíritu Santo. Ustedes son hechos nuevas criaturas. Así también la tierra será hecha nueva, y se impartirá gran conocimiento a sus habitantes, como se predice en el capítulo 11 de la profecía de Isaías. El conocimiento de Dios cubrirá entonces la tierra como las aguas cubren las grandes profundidades. No habrá lugar de ignorancia, ni lugar de oscuridad, ni lugar para quienes no quieran servir a Dios. ¿Por qué? Porque Jesús, el gran Creador y también el gran Redentor, estará personalmente sobre la tierra, y Sus santos ángeles estarán sobre la tierra, y todos los santos resucitados que hayan muerto en dispensaciones anteriores saldrán y estarán sobre la tierra. ¡Qué tierra tan feliz será esta creación cuando llegue este proceso purificador y la tierra esté llena del conocimiento de Dios como las aguas cubren las grandes profundidades! ¡Qué cambio! Viajen entonces de un extremo de la tierra al otro y no encontrarán ningún hombre inicuo, ningún borracho, ningún hombre que blasfeme el nombre del gran Creador, nadie que tome los bienes de su prójimo y los robe, nadie que cometa fornicaciones; porque todos los que cometan fornicaciones serán arrojados al infierno, dice el Señor Dios Todopoderoso, ¡y todas las personas que cometan pecado serán visitadas rápidamente por los juicios del Todopoderoso! Pero alguien pregunta: ¿Podrán pecar? Sí; todavía conservarán su albedrío. Leemos en el capítulo 65 de Isaías que entonces “no habrá más allí niño que muera de pocos días ni anciano que sus días no cumpla, porque el niño morirá de cien años, y el pecador de cien años será maldito”. Por regla general, los niños crecerán sin pecado hasta la salvación; y para mostrar cuán rápidamente vendrán los juicios sobre el pueblo después de que Jesús venga y se afirme sobre el monte de los Olivos, y todos los santos con Él, solo tenemos que referirnos al último capítulo de Zacarías, donde se declara que “todos los que queden de las naciones que vinieron contra Jerusalén subirán de año en año para adorar al Rey, a Jehová de los ejércitos, y para celebrar la fiesta de los tabernáculos. Y acontecerá que los de las familias de la tierra que no suban a Jerusalén para adorar al Rey, a Jehová de los ejércitos, no vendrá sobre ellos lluvia”. De esto parece desprenderse que las personas que se nieguen a subir a la tierra de Jerusalén para adorar a Dios y celebrar la fiesta de los tabernáculos serán visitadas inmediatamente con hambre. No tendrán lluvia, y eso las impulsará durante el Milenio a arrepentirse de sus pecados; pero si los egipcios no suben año tras año a Jerusalén, serán visitados con una gran plaga. ¿Qué clase de plaga? La plaga será tan severa en sus efectos, dice el profeta Zacarías, que “su carne se consumirá estando ellos sobre sus pies, y se consumirán en sus cuencas sus ojos, y su lengua se les deshará en la boca”. Así ven que un juicio rápido vendrá sobre quienes sean rebeldes después de que Jesús descienda. Esto muestra que la mortalidad todavía continúa, que las personas están sujetas a plagas, al dolor y a ser afligidas por el hambre debido a la falta de lluvia. Pero con el tiempo, cuando Jesús haya estado aquí personalmente durante mil años, y todos los santos antiguos que hayan resucitado, y también los santos modernos, hayan vivido sobre la tierra por espacio de mil años, parece que Satanás será desatado de su prisión y se le permitirá salir a tentar. ¿A quiénes tentará? ¿A quienes Jesús haya traído del cielo? No, ellos están fuera del alcance de la tentación. ¿A quiénes tentará? A quienes todavía sean mortales: los innumerables habitantes de la tierra que se habrán multiplicado y extendido hasta llegar a ser casi tan numerosos como las arenas a la orilla del mar. A ellos los tentará. Saldrá a las cuatro partes de la tierra, reunirá a todos los que pueda vencer y los llevará contra el campamento de los santos y la ciudad amada. Piensa que luchará y vencerá al campamento de los santos. Estarán acampados junto a la ciudad amada, porque todos los santos estarán entonces congregados, tal como ustedes están ahora congregados desde las cuatro partes de la tierra para escapar de los diversos juicios que vienen y, finalmente, del juicio de fuego. Así estarán los santos reunidos en la Nueva Jerusalén y alrededor de la antigua Jerusalén; y Satanás reunirá a sus huestes, que habrán apostatado de la verdad, y las dispondrá alrededor de la ciudad; y descenderá fuego de Dios desde el cielo y devorará a la parte del ejército de Satanás que todavía sea mortal. Los elementos de sus cuerpos serán separados; serán consumidos tal como los inicuos habrán sido consumidos más de mil años antes, y este será otro gran cambio. Pero la tierra todavía no es inmortal, todavía no está en su estado glorificado como lo estaba antes de la caída del hombre. Entonces, después de que el ejército de Satanás sea devorado y después de que Satanás sea arrojado al infierno, junto con todos aquellos sobre quienes tenga poder, todos los habitantes de la tierra serán juzgados; aparecerá este gran trono blanco del que he estado leyendo; vendrá el gran juicio final; y cuando aparezca este trono blanco, la tierra misma y los cielos literales y temporales que están sobre ella huirán, y no se hallará lugar para ellos. ¿Qué significa esto? ¿Significa que los elementos mismos serán aniquilados? ¿O que no habrá lugar para la tierra en su forma organizada? Porque los elementos pasarán y serán esparcidos por el espacio a lo largo de millones y millones de millas, del mismo modo que nuestros cuerpos, después de haber sido santificados y purificados, pueden ser quemados como mártires en la hoguera y los elementos de nuestros cuerpos pasar a la atmósfera y a la región circundante. Así también pasará la tierra de manera semejante. Pero con el tiempo, la misma voz, el mismo poder que llama a nuestros cuerpos de la tumba donde duermen, que une hueso con hueso, tendones, piel, músculos y las diversas partes del organismo, que sopla en ellos el aliento de vida y los hace inmortales, así también el Señor Dios, a su debido tiempo, hablará por Su poder y llamará a los elementos dispersos de esta creación de su esparcimiento, los reunirá nuevamente y los organizará en un cielo nuevo y una tierra nueva. ¿Se perderá una sola partícula de la tierra? No; toda partícula que ahora forma parte del cielo y de la tierra seguirá existiendo. ¿Se formará según el modelo actual? No. Puede tener la misma figura y forma que tiene ahora, del mismo modo que nuestros cuerpos, cuando sean sacados de la tumba, tendrán una forma semejante a la actual. Cada cabello de la cabeza será restaurado, cada parte será restaurada a su forma apropiada, no según la condición mortal, para volver a enfermar, sufrir dolor y morir; sino que, aunque el cuerpo sea restaurado a la misma imagen en cuanto a sus rasgos, será inmortal, ya no estará sujeto al dolor ni al pesar, sino que será restaurado a la felicidad perfecta y a un cuerpo que perdurará mientras dure la eternidad. Así será con la tierra. Muchísimos de nuestros científicos consideran que la tierra nunca tuvo un principio como cuerpo organizado, sino que se remontan a muchos millones y millones de años, cuando suponen que tal o cual acontecimiento produjo tal o cual causa; y dicen —la parte incrédula de ellos— que la tierra nunca tendrá fin. Pues bien, tienen razón en lo que respecta a los materiales, pero están completamente equivocados en lo referente a las grandes transformaciones que he mencionado y en cuanto a la aniquilación de la tierra. La tierra nunca tendrá fin en lo que respecta a sus materiales. Después de ser hecha nueva, resucitada de sus antiguos materiales, continuará para siempre y será la morada de todos los justos durante todas las edades futuras de la eternidad. Por eso leemos que Juan, después de que la tierra huyó, vio un cielo nuevo y una tierra nueva; pero la nueva había cambiado mucho. Ya no había mar. Debe haber una gran transformación cuando el mar, los elementos que componen el agua, el oxígeno, el hidrógeno y los diversos elementos que forman el agua del mar se combinen de otra manera. ¿Habrá en aquellos días una nueva generación de geólogos que razone como se hace en nuestros días y diga que existen tales o cuales fenómenos y que deben haber existido desde toda la eternidad, o que deben haber sido producidos por tales o cuales cambios? Es decir, ¿serán los geólogos tan limitados en sus perspectivas como los actuales? Pero los geólogos que vivan dentro de diez mil años, o incluso dentro de dos mil años, cuando este gran cambio haya sobrevenido a la tierra, podrán razonar con claridad, porque estarán llenos de conocimiento, entendimiento y comprensión, y podrán comprender algo acerca del proceso de formar mundos, de crear mundos, de los cambios que sobrevienen a los mundos y del cambio final cuando los mundos son hechos nuevos e inmortales; y su filosofía, sus ideas y su sistema de geología serán correctos y dignos de confianza. ¿Por qué? Porque estuvieron allí; vieron los cambios, estuvieron presentes cuando se efectuaron y no habrán olvidado todas estas cosas; las conocerán y comprenderán después de que venga el cambio final. Sin embargo, habrá un cambio que algunos de los habitantes mortales de esta tierra olvidarán. Isaías dice en el capítulo 65: “Porque he aquí que yo crearé nuevos cielos y nueva tierra; y de lo primero no habrá memoria, ni vendrá más al pensamiento”. Esto se refiere a la creación que será renovada al comienzo del Milenio. Las personas no recordarán. Nuestros hijos que nazcan durante el Milenio no recordarán toda la iniquidad y corrupción que existían en los días de sus padres. No les vendrán al pensamiento a menos que Dios las ponga allí; pero cuando lleguen a ser inmortales, después de que hayan terminado los mil años, entonces creo que comprenderán el proceso por el cual fue hecho este mundo. Pero alguien pregunta: ¿Cómo lo sabrán? Lo sabrán porque todos estuvieron presentes cuando fue hecho. Ustedes lo comprenden, Santos de los Últimos Días; ustedes y yo estábamos allí cuando se hizo este mundo. Lo hemos olvidado, pero lo recordaremos cuando despertemos en la eternidad, con toda la plenitud de conocimiento que se dará después de que todas las cosas sean hechas nuevas. Pues bien, alguien pregunta: ¿Cuál será la ocupación de este pueblo después de descender sobre la tierra nueva? Después de que Jesús haya estado sobre la tierra durante mil años, Dios mismo estará en la tierra nueva. ¿Qué hará? Él “enjugará toda lágrima; y ya no habrá más muerte, ni habrá más llanto, ni clamor ni dolor, porque las primeras cosas han dejado de ser”. Estaremos allí si somos suficientemente justos, si guardamos los mandamientos de Dios. Si perseveramos hasta el fin, tendremos una herencia en este mundo cuando sea resucitado y hecho nuevo. Además, dice que ya no habrá más muerte. ¿Cómo? ¿Un mundo sin muerte? ¿Un mundo tan densamente poblado como lo estará esta creación? ¡Qué creación tan gozosa! El árbol de la vida estará sobre la tierra, en medio de aquella ciudad que descenderá sobre ella, y quien coma del fruto de ese árbol vivirá para siempre, tal como el árbol de la vida fue colocado sobre la tierra antes de que Adán transgrediera. Cualquiera que comiera del fruto de aquel árbol no podía morir, porque el decreto del Señor había salido y Su palabra debe cumplirse.

Hay algunas cosas a las que ahora deseo llamar especialmente su atención en relación con esta tierra nueva de la que estoy hablando. Dije que los santos recibirían una herencia en ella. Les preguntaría, hermanos míos: ¿Sobre qué principio reciben una herencia en la tierra nueva? La reciben asegurándola mediante una promesa aquí, en esta vida. Si pueden asegurar cuarenta, ochenta, ciento sesenta o seiscientos cuarenta acres de tierra mediante una promesa aquí en esta vida —no me refiero a la promesa de hombres mortales; no daría mucho por su promesa con respecto a cualquier bendición después de que llegue la muerte—, sino que si pueden obtener una promesa de Aquel que tiene derecho a prometer, porque del Señor es la tierra y su plenitud, de que heredarán la tierra como posesión eterna, entonces les será dada. Pero alguien dice: ¿Y si no obtengo ninguna promesa? Entonces no sé que tendrán derecho a un solo pie de ella. Abraham obtuvo la promesa, no después de morir, sino aquí en esta vida. El Señor, debido a su fe, le hizo una promesa y le dijo que saliera de su propio país hacia una tierra que nunca había visto; y después de llegar allí, el Señor le dijo: “Ahora, Abraham, recorre esta tierra a lo largo y a lo ancho; a ti te la daré, y a tu descendencia”. ¿Por cuánto tiempo? Como posesión eterna. A Abraham no le interesaba tener una escritura solo por el tiempo; no le interesaba obtener unos pocos acres solamente por un breve período para que después se los quitaran y ya no tuviera derecho a ellos. ¿La heredó Abraham sobre esta tierra? ¿La recibió su descendencia, Isaac, o su nieto Jacob, a quienes se confirmaron y renovaron las promesas? ¿Recibieron algo de ella mientras vivían? No. El profeta Esteban, que fue asesinado por causa de la religión cristiana, dejó registrado en el Nuevo Testamento, al hablar de esta promesa hecha a Abraham, que el Señor “no le dio herencia en ella, ni aun para asentar un pie”. ¡Cómo! Esteban, ¿no estás equivocado? Viviste varios miles de años después de que Abraham, Isaac y Jacob estuvieran en sus tumbas; ¿quieres decir que el Señor no les dio ni siquiera un pie de tierra? ¿Qué hizo por ellos, Esteban? Les hizo una promesa de que la tendrían, y su descendencia después de ellos, como herencia eterna. Entonces todavía han de tenerla, ¿verdad?, como herencia eterna en virtud de la promesa hecha en este estado mortal. ¿Quiénes son la descendencia de Abraham? Todos los que hacen las obras de Abraham, todos los que son bautizados en Cristo. Son la descendencia de Abraham conforme a la promesa. ¿Qué promesa? La promesa de que él y su descendencia tendrían la tierra de Palestina, al este y al noreste del mar Mediterráneo, como posesión eterna. Ahora bien, todos los que han recibido los mismos convenios, obedecido el mismo Evangelio y obedecido el nuevo y sempiterno convenio tienen la promesa junto con la descendencia de Abraham.

¿Se ha repartido la tierra a alguien más aparte de Abraham y su descendencia? Sí. El Señor trajo a este gran hemisferio occidental, desde la torre de Babel, a una nación llamada los jareditas. Cuando los trajo aquí eran un pueblo justo, y les hizo promesas; y entre las promesas que les dio estaba la de que este gran hemisferio occidental les sería dado a ellos y a otros que fueran dignos, como posesión eterna. Nosotros, los gentiles, hemos venido aquí; hemos ocupado la tierra de estos jareditas y pensamos que somos muy ricos si tenemos seiscientos cuarenta acres, o quizás diez veces esa cantidad de tierra. Un hombre dice: “Tengo mi escritura de la oficina de tierras; soy el dueño”. Pero esperen; está el dueño original, de quien ustedes no saben nada, que vino aquí desde la torre de Babel y a quien se prometió todo este hemisferio occidental, a él y a los justos de su descendencia, como posesión eterna. ¿Qué será entonces de sus seiscientos cuarenta acres? ¿Qué será de sus granjas cuando estos hombres resucitados salgan y muestren sus escrituras? Quizás piensen que no llevaban registros en aquellos días. Pero permítanme decirles que tenían registros de escrituras; y todas estas cosas se mencionan y se testifican en los grandes libros que se conservan en el mundo eterno, y se descubrirá que ellos son los herederos antes que nosotros, es decir, antes que los gentiles que vinieron aquí hace cuatrocientos años y más. Pero ¿qué hay de los nefitas que vinieron aquí unos seiscientos años antes de Cristo? Cuando llegaron, lo primero que hizo el Señor fue confirmarles Su promesa. Les dijo que era su herencia como posesión eterna. “Esperen”, dice alguien, “eso quitaría el derecho de los jareditas”. Oh, no. El Señor, al hacer esta promesa, no actuó según los que redactan escrituras en estos días; no siguió el modelo de los hombres. Los registros que hace en los libros de la eternidad son registros hechos conforme a principios acordes con la ley celestial, no con las leyes de los gentiles ni con nuestras ideas sobre las cosas. La intención o idea que tenía el Señor era que este continente, América del Norte y del Sur, fuera habitado por los justos que resucitarán de entre los muertos y que vivieron aquí en este continente.

Santos de los Últimos Días, ¿no sienten un poco de inquietud? ¿Se les ha hecho alguna promesa, o han quedado excluidos mientras los nefitas y los jareditas se quedan con toda la tierra y los dejan a ustedes andando por las calles y mendigando? Escuchen lo que el Señor nuestro Dios dijo por medio del profeta José acerca de ustedes el 2 de enero de 1831. Yo estaba presente cuando el Señor dio esta revelación a Su siervo José, en medio de una conferencia. Repetiré las palabras: “Y os ofreceré y me dignaré daros” —hablando a los Santos de los Últimos Días reunidos en conferencia y a todos los que llegaran a ser santos— “riquezas mayores, sí, una tierra de promisión, una tierra que fluye leche y miel, sobre la cual no habrá maldición cuando el Señor venga; y os la daré como tierra de vuestra herencia, si es que la procuráis de todo corazón. Y este será mi convenio con vosotros: La recibiréis como tierra de vuestra herencia, y como herencia de vuestros hijos para siempre, mientras dure la tierra, y la poseeréis otra vez en la eternidad, para nunca más dejar de ser”. La misma promesa, como ven; muy diferente de la promesa de los hombres: la poseerán otra vez en la eternidad, para nunca más dejar de ser. En aquel día de conferencia no nos reveló la porción central de nuestra tierra de promisión, sino que nos dijo que sería revelada en un tiempo futuro. Por eso, en aquel mismo año, designó a Su siervo José y a unos veinte o treinta élderes para que fueran desde Kirtland, Ohio, hacia el oeste, a través de los estados de Ohio, Indiana, Illinois y Misuri, hasta los límites occidentales de este último. Allí señaló por revelación —la cual encontrarán registrada en el libro de Doctrina y Convenios— la porción central de nuestra herencia, donde debía construirse el gran templo sobre el cual descansaría una nube de gloria, y nos dijo que aquella era la tierra de promisión en el tiempo y en la eternidad, tal como la promesa hecha a los antiguos santos de Dios. Actualmente no la poseemos. Sin embargo, no puede decirse de nosotros lo que Esteban dijo de Abraham, Isaac y Jacob. Dijo que a aquellos hombres antiguos no se les dio ni siquiera terreno para asentar el pie. Pero sucede que nosotros pagamos por parte de aquella tierra, obtuvimos nuestras escrituras en la oficina de tierras y la reclamamos de manos de nuestro Dios; y le pedimos que, si no la recibimos ahora mismo, este año o dentro de diez años, nuestro Padre nos dé aquella tierra después de la resurrección, en todo caso. Pero ¿habitaremos alguna parte de ella en el tiempo? Oh, sí. Edificaremos una gran ciudad en Misuri. También edificaremos en aquella ciudad un gran templo al Señor nuestro Dios, y ya se conocen la manzana del templo y el lugar donde ha de levantarse. Se trazó en el año 1831 y se colocó la piedra angular; y construiremos allí un templo conforme al modelo que el Señor dio a Su siervo José el Profeta, y también conforme al modelo que muestre en lo futuro, si aún no se ha dado el modelo completo. Les diré otra cosa que sucederá en nuestra tierra prometida después de que se construya ese templo: una nube de gloria descansará sobre él de día, tal como la nube descansaba sobre el tabernáculo de Moisés que se llevaba por el desierto. No solo eso, sino que también un fuego llameante descansará sobre el templo de noche, cubriéndolo por completo; y si entran en el templo, la gloria de Dios se verá allí como en los tiempos antiguos; porque el Señor no solo será gloria y defensa en el exterior de aquel maravilloso edificio, sino que también será gloria y poder en su interior, y sucederá que todo hombre y toda mujer de corazón puro que entre en aquel templo verá al Señor. ¡Qué gran bendición será ver al Señor de los Ejércitos como nos vemos unos a otros en la carne! Eso sucederá, pero no hasta después de que se construya el templo. Además, no solo serán favorecidos con este gran privilegio, sino que Isaías nos dice que “creará Jehová sobre toda morada del monte Sion y sobre sus asambleas nube y humo de día, y de noche resplandor de llamas de fuego”. Cuando celebren sus reuniones de día, estarán protegidos por una nube; y cuando celebren sus reuniones de noche, en lugar de encender sus lámparas con aceite común, con gas o con cualquier cosa semejante, no necesitarán luz artificial alguna, porque el Señor Dios será su luz, y Su gloria estará allí, y la verán y oirán Su voz. ¿No han leído en este libro llamado la Biblia acerca de la repentina venida del Señor a Su templo? Lean el capítulo 3 de Malaquías: “He aquí, yo envío mi mensajero, y él preparará el camino delante de mí; y vendrá súbitamente a su templo el Señor a quien vosotros buscáis. * * * Y se sentará para refinar y purificar la plata, y purificará a los hijos de Leví; los refinará como a oro y como a plata, y ofrecerán a Jehová una ofrenda en justicia”. Ese mismo fuego descansará sobre las moradas de quienes entren en aquel templo, y serán llenos de fuego y del Espíritu Santo. Serán purificados de toda iniquidad, y toda ordenanza que se administre en aquel templo será administrada por manos santas, y ustedes comprenderán y conocerán su significado. El Señor revelará estas cosas a su debido tiempo; revelará todo lo que sea necesario para que el conocimiento de Dios descanse sobre ustedes y no haya tinieblas entre ustedes. Amén.

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