Diario de Discursos – Journal of Discourses V. 21

Cincuenta años de fe: la autoridad restaurada y la esperanza de la vida eterna

La revelación continua y la autoridad divina sostienen la Iglesia restaurada, y la expiación de Jesucristo hace posibles las bendiciones del Evangelio y el don de la vida eterna.
Un doble cumpleaños—La autoridad del sacerdocio, etc.

por el élder Orson Pratt y del élder Wilford Woodruff, pronunciado en el Tabernáculo de Salt Lake City, el domingo 19 de septiembre de 1880, por la tarde.
Volumen 21, discurso 34, páginas 303-316


Me pongo de pie con sentimientos particulares para dirigirme a esta congregación reunida esta tarde. Hoy ha ocurrido un acontecimiento relacionado conmigo que generalmente solo sucede una vez en la vida de un hombre. Hace cincuenta años, en este día, fui bautizado en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Por tanto, podría decirse que en realidad es un año de jubileo en lo que a mí respecta; quiero decir que el año pasado, que es el quincuagésimo de mi condición de miembro de la Iglesia y que concluye hoy, ha sido, en verdad y ciertamente, un año de jubileo.

Hay otra cosa relacionada con estos cincuenta años en la Iglesia que también complace a este humilde servidor. Hace sesenta y nueve años, en este día, nací en este mundo, de modo que para mí hoy es un doble cumpleaños. ¡Cuán agradecido debo estar por este gran privilegio que se me ha concedido! Escuchar la plenitud del Evangelio eterno, obedecerlo y entrar en la Iglesia y el reino de Dios en mi temprana juventud es ciertamente una bendición digna de toda gratitud y alabanza a mi Padre que está en los cielos, quien me concedió este privilegio en mi juventud. Hubo muchas decenas de millones, sí, cientos de millones de habitantes de nuestro globo que no disfrutaron de este privilegio.

Parece que el Señor nuestro Dios, hace unos cincuenta años y un poco más, consideró conveniente organizar Su reino y establecerlo sobre la tierra mediante la ministración de santos ángeles, mediante las revelaciones de Su Espíritu, enviando autoridad desde los cielos para ministrar aquí sobre la tierra y sacando a luz aquel grande y precioso registro, el Libro de Mormón, y haciendo que se imprimiera para beneficio de toda la humanidad. ¡Qué gran privilegio se me concedió al llegar a comprender el contenido de ese libro cuando apenas tenía diecinueve años! ¡Qué gran privilegio vivir en un día y una época del mundo en que Dios se ha revelado nuevamente a los hijos de los hombres! Ha habido muchos períodos desde la creación en los cuales los cielos, de manera especial, han favorecido a los hijos de los hombres enviando comunicaciones y revelaciones de lo alto. Pero había transcurrido mucho tiempo durante el cual no se había concedido tal privilegio al hombre mortal. En lo que respecta a las naciones del hemisferio oriental, habían pasado más de diecisiete siglos durante los cuales permanecieron en las tinieblas, sin ningún ministro legítimamente autorizado, sin nadie que pudiera bautizar legítimamente, administrar la Cena del Señor, edificar la Iglesia de Dios ni administrar ninguna de las ordenanzas de Su Evangelio; fue mucho tiempo para que las naciones permanecieran en las tinieblas. En lo que respecta a nuestro hemisferio occidental, no permanecieron tanto tiempo sin recibir conocimiento de los cielos. Habían pasado unos mil cuatrocientos años y más en este continente occidental durante los cuales el pueblo permaneció en las tinieblas; por tanto, durante catorce siglos, por lo menos, en toda la tierra no se predicó el Evangelio por autoridad divina ni hubo Iglesia del Dios viviente en parte alguna de ella, hasta donde sabemos. Es cierto que durante estos catorce siglos las naciones tenían un libro que contenía la historia del Evangelio tal como se predicaba en tiempos antiguos, un libro llamado la Biblia. Pero un libro que contiene la historia del Evangelio es una cosa, y el poder y la autoridad para administrar las ordenanzas del Evangelio son otra; son enteramente distintos. Un libro, por sí mismo, no autoriza a ningún hombre bajo todos los cielos a edificar la Iglesia de Cristo; no autoriza a ningún hombre a predicar el Evangelio. Ningún hombre recibe jamás autoridad divina mediante un libro antiguo que fue dado a profetas y hombres inspirados siglos antes de que él naciera. Nunca hemos sabido que el Señor llame a los hombres mediante libros antiguos. Si el Señor llama a alguien en este día, lo hace mediante una nueva revelación, no mediante una revelación dada hace mil ochocientos años. ¡Cuán incongruente sería suponer que un hombre es llamado ahora a ocupar la presidencia de los Estados Unidos porque tenemos la historia de que Washington ocupó una vez ese cargo! ¿Autorizaría eso a alguna persona, entre las decenas de millones de habitantes de estos estados, a ir y tomar posesión de ese puesto y emprender el ejercicio del cargo de presidente sobre este gran pueblo? La idea sería tan ridículamente absurda que todo el pueblo se levantaría y condenaría semejante impostura. Lo mismo sucede con las cosas de Dios. Dios es un Dios de orden. Y si la humanidad tiene un orden con respecto a la autoridad para administrar los asuntos gubernamentales, ¡cuánto más el Señor! ¿No tiene Él tanta sabiduría como Sus criaturas? ¿Está el Señor tan por debajo de Su propia creación que preferiría lo ilegítimo a lo legítimo? ¿Que permitiría que cualquiera asumiera la autoridad y el poder sin exigirle cuentas en el gran día del juicio? “Pero”, pregunta alguien, “¿cómo sabe usted, señor Pratt, si el Señor no ha llamado a alguien durante los muchos siglos en que dice que el pueblo ha vivido en las tinieblas? ¿Cómo sabe si no ha autorizado a siervos y ministros para proclamar Su Evangelio entre los hijos de los hombres?”. Este es un punto muy importante. No culpo a quienes no han considerado este tema por hacer semejante pregunta. Es perfectamente razonable que pregunten cómo puede una persona saber qué fundamentos tenemos para suponer que nadie fue comisionado con autoridad divina durante los catorce siglos que transcurrieron para el pueblo hasta que el Señor envió a Su ángel, hace más de cincuenta años, y restauró la autoridad. Pueden presentarse varias razones para demostrar que la tierra había carecido de tal autoridad. Una razón es que entre los trescientos o cuatrocientos millones de la cristiandad, o quienes profesan ser seguidores de Cristo, encontramos una creencia universal, y han obrado conforme a ella, a saber: que Dios no da nuevas revelaciones a los habitantes de la tierra en sus días. Eso me basta; es toda la evidencia que querría, aunque hay abundantes pruebas adicionales; pero eso es suficiente para que yo sepa que Dios nunca los envió. “Pero”, pregunta alguien, “¿no puede una persona ser enviada por el Señor, recibir una comisión divina y, sin embargo, no darse revelación alguna en sus días?”. Respondo: ¡imposible, imposible! “Pero”, quizás pregunten todavía, “¿no podrían otros que recibieron revelación divina en tiempos antiguos haber comunicado esa autoridad a sus contemporáneos que les sobrevivieron? ¿Y no podrían esos contemporáneos, habiendo recibido así autoridad divina, haberla conferido a otros más jóvenes, y estos a otros? Y de esa manera, ¿no podría haberse transmitido la autoridad mediante una sucesión regular de ordenaciones desde los días de los apóstoles hasta nuestra propia época?”. Diré que eso sería posible, tal como la Iglesia de Dios, en el primer siglo de la era cristiana, transmitía de unos a otros la autoridad para predicar y administrar ordenanzas entre las diversas naciones de la tierra; continuó así durante todo aquel siglo, y con la misma facilidad podría haber continuado en el segundo siglo, en el tercero y en cada siglo sucesivo hasta nuestro propio tiempo.

Aquí, pues, surge otra pregunta: ¿no podría haberse transmitido así la autoridad? Respondo: ¿Dónde ha habido una sucesión ininterrumpida de aquella misma autoridad que se ejercía en el primer siglo? Les diré dónde se interrumpió la sucesión. En el mismo período en que dejaron de darse nuevas revelaciones a la familia humana, ya no pudo continuar la sucesión. Sería imposible que cualquier persona fuera ordenada con autoridad divina, por ejemplo, al apostolado, a menos que hubiera alguien que tuviera autoridad y que realmente hubiera obtenido conocimiento divino mediante una nueva revelación de los cielos de que dicha autoridad debía conferirse a otra persona. ¿Cuándo cesó la revelación divina? ¿Adónde acudiremos en busca de testimonio sobre este tema? En lo que respecta a los habitantes de las partes orientales de nuestro globo, la autoridad divina cesó aproximadamente al terminar el primer siglo de la era cristiana. ¿Por qué cesó? Porque no tenemos constancia de que se haya dado ninguna nueva revelación después del final de aquel siglo; y cuando cesó la nueva revelación, cesaron los llamamientos divinos; cesó la autoridad divina; las personas dejaron de conferir esa autoridad en sucesión por esta razón evidente: sin nueva revelación, no sabían a quién llamar; no sabían quién debía ser autorizado para recibir el apostolado ni ningún otro llamamiento. Toda persona del primer siglo de la era cristiana que fue ordenada con autoridad y poder para administrar las ordenanzas del Evangelio fue ordenada por el espíritu de profecía y revelación. Timoteo era joven en comparación con muchos de los apóstoles. Solo recibió el llamamiento que se le confirió mediante la imposición de manos de los siervos de Dios, o de quienes habían sido autorizados por nueva revelación para administrar y conferirle autoridad. Así está escrito en este buen libro, la Biblia, que Pablo, autorizado como apóstol, llamó a Timoteo en virtud del espíritu de revelación y profecía. “No descuides”, dijo Pablo, “el don que hay en ti, que te fue dado mediante profecía con la imposición de las manos del presbiterio”. Y cuando hablamos de misiones, en aquellos primeros tiempos del cristianismo ninguna persona se arrogaba el derecho de salir a una misión entre los habitantes de la tierra a menos que fuera enviada, a menos que fuera apartada. Ni siquiera un hombre tan grande como el apóstol Pablo tenía autoridad para salir como misionero salvo mediante la imposición de manos de las personas que le ministraron. Por eso está escrito en los Hechos de los Apóstoles que el Espíritu Santo dijo a ciertos profetas que estaban en la Iglesia de Antioquía: “Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a la que los he llamado”. Aquí hay una nueva revelación. Saulo no podía ser separado y apartado para ninguna obra del ministerio salvo cuando el Señor lo llamara; y ese llamamiento fue dado a conocer a los profetas que estaban en la Iglesia de Antioquía. Si un hombre hubiera sido llamado por el espíritu de revelación y profecía y apartado mediante la imposición de manos de un profeta o apóstol para ser un ministro especial a las naciones de la tierra, todavía surgiría otra gran pregunta que resolver: ¿podría ese hombre, apartado de esa manera, cumplir el objeto de su misión sin nueva revelación? Digo que sería completamente imposible. Ningún hombre puede cumplir una misión de manera aceptable ante los cielos a menos que Dios le dé revelación de vez en cuando para dirigirlo en todas sus labores misionales. Tenemos abundante testimonio en el Nuevo Testamento acerca de este asunto. Incluso cuando algunos de los mayores reveladores de quienes tenemos registro intentaron hacer cosas por su propia iniciativa, fueron guiados en sus labores misionales de una manera directamente contraria a su propio juicio. Pablo tuvo, en cierta ocasión, un gran deseo de visitar determinado lugar; ese deseo surgía de su propio juicio natural, pero el Espíritu Santo se lo prohibió. Aquí se requirió una nueva revelación para saber si debía seguir o no sus propias inclinaciones. También encontramos que las revelaciones del Altísimo eran muy necesarias en los viajes de estos misioneros entre los habitantes de la tierra. Felipe había realizado una gran obra en la ciudad de Samaria. Había logrado convencer a muchas personas acerca de Jesús, las había bautizado y había organizado una gran iglesia en la ciudad de Samaria. Uno habría pensado que, después de realizar labores de tal magnitud, se le requeriría permanecer entre aquel pueblo y ministrarle; pero no; el Señor dio una nueva revelación a Felipe. Le dijo: “Levántate y ve hacia el sur, al camino que desciende de Jerusalén a Gaza, el cual es desierto”. En otras palabras: “Deja tu campo actual de trabajo; puedes hacer más bien en otro lugar”. Ahora bien, un hombre abandonado a su propio juicio, sin nueva revelación, no querría ir a otro lugar; su propia inclinación sería permanecer donde tantos habían recibido su testimonio. Pero no; el Espíritu de Dios pensaba de otra manera. “Levántate, Felipe; ve a la región del sur”. No se le dijo lo que debía hacer en la región del sur, pero partió conforme a la nueva revelación. Y después de recorrer una corta distancia, vio un carro delante de él, que probablemente avanzaba despacio, y se requirió otra revelación. La anterior, que había recibido poco antes y que le mandaba ir al sur, ya había comenzado a cumplirla. Pero mientras todavía viajaba, no sabía cuál era su siguiente deber; y si Dios no le hubiera dado nuevas revelaciones, habría continuado a ciegas en su labor misional. Pero vino otra revelación: “Acércate y júntate a ese carro”. Por tanto, obedeció y, cuando llegó al carro, encontró a un hombre que leía, no el Nuevo Testamento, sino la ley y los profetas. Felipe, movido por el Espíritu Santo, dijo a este hombre: “¿Entiendes lo que lees?”. “¿Y cómo podré”, dijo el hombre del carro, “si alguno no me enseña?”. Y Felipe comenzó a explicarle las cosas que estaba leyendo de las profecías de Isaías acerca de Jesús, y fue invitado a subir al carro. Siguieron hasta llegar a un lugar donde había agua de suficiente profundidad para efectuar el bautismo, porque parece que Felipe lo había convertido o, en otras palabras, había demostrado con sus argumentos que Jesús era el Cristo; y el hombre deseaba el bautismo, y el carro se detuvo, y Felipe descendió al agua y lo bautizó. Ahora bien, Felipe no tenía autoridad para confirmar mediante la imposición de manos, como se hace evidente en el caso de quienes fueron bautizados en la gran ciudad de Samaria. Había gran regocijo allí porque Felipe los había bautizado, pero ninguno había recibido el Espíritu Santo hasta que llegó otra autoridad, superior a la de Felipe, y les impuso las manos para que recibieran el Espíritu Santo; habiendo bautizado a estas personas, no podía ir más allá; no podía administrar la bendición del Espíritu Santo; por tanto, habiendo cumplido el propósito de las dos revelaciones sobre este asunto, el Señor tenía otro lugar para él. No fue allí por su propia iniciativa, sino que se requirió una manifestación muy poderosa para alejarlo de aquella agua; las Escrituras testifican que “el Espíritu del Señor arrebató a Felipe y no le vio más el eunuco, quien siguió su camino gozoso”. ¿Han oído alguna vez algo semejante en estos días, que los hombres, al cumplir sus misiones, hayan sido arrebatados a otro lugar? “Pero los que esperan en Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán las alas como águilas”, dice el profeta Isaías. Felipe debió de haber sido llevado, por así decirlo, sobre alas de águila. Ahora bien, si una persona —quiero decir un hombre suficientemente liviano— pudiera subirse a las alas de un águila y ser llevado por el aire, sería una muy buena representación de algunos de los que esperan en el Señor.

Menciono estas diversas circunstancias —y podría mencionar muchísimas más— para mostrar que sin el Espíritu del Dios viviente para impartir revelaciones, ningún hombre podría ministrar a sus semejantes, ningún hombre tendría autoridad para administrar. Esto me lleva de nuevo a la declaración que ya he hecho. Recordarán que la pregunta es: ¿puede probarse, o hay alguna evidencia, de que algún hombre haya sido llamado al ministerio entre todas las naciones durante el largo período al que me he referido? Tomamos su propio testimonio. Dicen que no ha habido revelación desde el primer siglo de la era cristiana. ¿Quién lo dice? Para empezar, toda la Iglesia Católica; y la Iglesia Griega, otra rama de la llamada Iglesia cristiana; y luego los protestantes, que protestaron contra aquellas dos ramas y salieron de entre ellas, han continuado con las mismas tradiciones falsas: que no se necesita nueva revelación, que la última revelación destinada a la familia humana se dio hacia el final del primer siglo de la era cristiana. No parecen saber que semejante declaración, si se admite, los priva de toda autoridad y poder divinos; no parecen saber que no pueden ser ordenados por la debida autoridad a menos que Dios hable de nuevo; no parecen saber que los escritos de hombres que murieron y partieron hace siglos no los autorizan a predicar el Evangelio ni les dan autoridad divina para administrar sus ordenanzas. Así ven la imposibilidad de que exista una sucesión regular de generación en generación debido a la falta de nueva revelación. Podrían presentarse muchísimos otros testimonios para demostrar este hecho, pero este basta. “Entonces”, dice alguien, “si sus argumentos son verdaderos, si su creencia es correcta, no ha habido Iglesia cristiana sobre la tierra durante muchas generaciones”. No podemos llegar a otra conclusión; no hay término medio en este asunto. Venimos a testificar que no ha habido sobre la tierra ninguna iglesia que Dios haya reconocido como Su Iglesia durante los últimos catorce siglos, por lo menos; y entre las naciones europeas y las naciones de Asia y África no ha habido ninguna desde el final del segundo siglo de la era cristiana. ¡Qué condición tan lamentable para los habitantes de la tierra! Estaríamos en la misma condición que ellos si Dios no hubiera condescendido nuevamente a dar nueva revelación; y esto me lleva al tema del Libro de Mormón.

El próximo miércoles por la mañana, 22 de septiembre, habrán transcurrido cincuenta y tres años desde que las planchas de oro del Libro de Mormón fueron entregadas en las manos de un muchacho llamado José Smith, hijo de un agricultor, un muchacho sin instrucción, que no había sido educado en las ramas superiores del saber ni en lo que contienen el Antiguo y el Nuevo Testamento; que no había sido instruido en los dogmas y credos de los hombres ni en las diversas ramas de la ciencia, salvo en algunos de sus primeros principios, los rudimentos de la educación que se enseñaban en las escuelas comunes del estado de Nueva York. Digo que casi han transcurrido cincuenta y tres años desde que ocurrió este grande, maravilloso y extraordinario acontecimiento: que un ángel de Dios entregó registros sagrados en las manos de un joven común y sin instrucción que todavía no había cumplido veintidós años. Tal fue, por así decirlo, el comienzo de una gran revelación. No diré que ese fue el momento preciso del comienzo, porque antes de ese tiempo Dios había dado revelaciones a este joven en muchas ocasiones. La primera que le dio fue en la primavera de 1820, antes de que José Smith cumpliera quince años. Entonces se le dio una revelación maravillosa, la primera que recibió. En una grande y gloriosa visión abierta, en respuesta a sus oraciones, se manifestaron dos de los grandes Personajes de los cielos; no ángeles ni mensajeros, sino dos Personas que poseen las llaves de autoridad sobre todas las creaciones del universo. ¿Quiénes eran? ¡Dios el Eterno Padre y Su Hijo Jesucristo, por medio de quien Dios el Padre hizo los mundos! Estos gloriosos Personajes descendieron del cielo; dos Personajes cuyos semblantes brillaban más que el sol al mediodía; dos Personajes rodeados de un pilar de luz descendieron, se presentaron ante este muchacho y se le revelaron. Vio Sus semblantes; vio la gloria de Sus personas; oyó las gloriosas palabras que procedieron del Padre al señalar a Su Hijo y decir a José: “Este es mi Hijo Amado, en quien tengo complacencia”. Esta era una nueva revelación, algo diferente de lo que se había manifestado durante muchísimos siglos, según las declaraciones de los artículos y credos de los hombres. ¡Cuántas veces he leído la declaración del traductor de la Biblia del rey Santiago, en la cual se presenta al rey Santiago como cabeza de la iglesia y se dice que la Biblia, traducida por quienes fueron escogidos y nombrados para ese propósito, estaba destinada a ser luz y beneficio para los hijos de los hombres! Y por temor a que la humanidad pusiera objeciones al asunto, estos hombres sin inspiración, los traductores, junto con quienes formaban parte de su consejo, decidieron decir al pueblo que este era todo el canon de las Escrituras; en otras palabras: hemos traducido sesenta y seis libros, y están recopilados o a punto de ser recopilados e impresos para beneficio de la humanidad; y estos sesenta y seis libros del Antiguo y del Nuevo Testamento son los únicos que los cristianos deben recibir, la única revelación que deben tener para guiarlos durante toda su vida futura. Las personas fueron lo bastante ingenuas para creer lo que decían, lo bastante ingenuas para darlo por sentado porque hombres instruidos, que no eran inspirados por Dios, habían hecho esta afirmación absoluta y no demostrada. Ahora bien: “Nosotros, la Iglesia de Inglaterra, debemos preparar, además de estos sesenta y seis libros, algunos ‘Artículos de Fe’; inventaremos unos treinta y nueve artículos. No tenemos profetas entre nosotros para escribir estos artículos, ningún revelador inspirado enviado por Dios; por tanto, originaremos de nuestro propio corazón algo que impida al pueblo recibir cualquier nueva revelación. Les diremos astutamente que estos sesenta y seis libros, llamados la Biblia, contienen toda la revelación que Dios haya dado al hombre”. ¿Qué más tienen que decir en sus treinta y nueve artículos? “Decimos que toda persona que no limite y confine su fe a los sesenta y seis libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, o que pretenda recibir cualquier otra revelación, debe ser expulsada de nuestra iglesia”. Eso es lo que se dice, no directamente, sino de manera indirecta. En otras palabras, toda persona que afirme ser profeta no debe ser considerada digna de pertenecer a nuestra iglesia. ¿Ha adoptado alguna otra iglesia, además de la Iglesia de Inglaterra, estos engaños falsos que destruyen el alma? Sí, muchísimas otras. Han inventado artículos, no exactamente treinta y nueve, sino artículos de fe, llamados credos en algunos casos y disciplinas en otros, y así sucesivamente. ¿Cuál es su objeto? No son revelación; Dios no tuvo nada que ver con darlos; los hombres los escribieron desde sus propios corazones sin inspiración, pero todos tuvieron mucho cuidado de adoptar las ideas inculcadas en los días del rey Santiago, a saber, que los sesenta y seis libros del Antiguo y del Nuevo Testamento debían ser su regla de fe y su guía, y que nada más debía recibirse como inspirado. ¡Oh, cuánta ceguera! Si tan solo lo supieran, esas mismas declaraciones de esos artículos y credos los privarían de toda autoridad. Pero fueron lo bastante ingenuos para recibir semejante doctrina falsa, lo bastante ingenuos para aceptar su falta de autoridad ante Dios; y así, mediante su propio reconocimiento y sus propias obras impresas, demuestran al mundo entero que Dios no estableció sus iglesias, que Dios no estableció entre ellos el antiguo orden de las cosas, porque la antigua Iglesia del Dios viviente nunca careció del espíritu de revelación.

Si el Señor nos hubiera dejado en esta condición, habríamos seguido andando en las tinieblas hasta el día de hoy. Las personas que están reunidas aquí esta tarde no estarían en mejores condiciones que las denominaciones protestantes, ni en mejores condiciones que las iglesias Griega y Católica Romana que han existido de generación en generación durante muchos largos siglos de apostasía. Pero Dios, habiendo contemplado las tinieblas que cubrían la tierra y la mente de las personas, habiendo contemplado a los de corazón sincero y visto la dificultad en que se encontraban —sin inspiración, sin ningún conocimiento que viniera del cielo en sus días, sin nadie que tuviera el derecho y la autoridad del cielo para bautizar—, decidió cumplir lo que habían predicho los antiguos apóstoles, a saber, enviar nuevamente un ángel a los habitantes de la tierra. Fue mucho tiempo para que la tierra permaneciera sin ángeles. Quizás algunos pregunten: “¿Por qué dejó el Señor al pueblo durante tanto tiempo? ¿Por qué pasaron tantas generaciones sin Iglesia de Cristo sobre la tierra, sin profetas, sin reveladores, etcétera?”. Fue por la apostasía del pueblo; y después de que comenzó la apostasía, cerca del final del primer siglo, mataron a los apóstoles, profetas y reveladores, mataron a los santos que abrazaron el verdadero Evangelio, y el mundo llegó a ser tan sumamente inicuo y corrupto que el Señor no consideró conveniente enviarles ningún otro mensaje. Pero quizás pregunten: ¿Deben todas aquellas personas que vivieron hace tantas generaciones descender a una perdición sin fin en los mundos eternos porque nadie tenía autoridad sobre la tierra para administrarles las ordenanzas del Evangelio? No; el Señor es más justo que eso. Todo hombre y toda mujer que no haya tenido en esta vida el privilegio de escuchar el Evangelio predicado por alguien que posea autoridad divina tendrá la oportunidad de oírlo en el mundo venidero; de modo que no hay parcialidad en lo que respecta a la predicación del Evangelio. Pero alguien dice: “Me parece que hay un poco de parcialidad, porque algunos tienen el privilegio de oír el Evangelio en esta vida en lugar de esperar hasta la próxima”. Pero el Señor, al contemplar las diversas generaciones de la tierra, juzga de esta manera: cuando un pueblo llega a estar tan entenebrecido por su propia apostasía, por su propia iniquidad y por derramar la sangre de hombres justos, el Señor considera conveniente, por esa causa, hacerlo esperar. Si se hubiera revelado la verdadera autoridad durante el tiempo de la administración de estos hombres corruptos, el Evangelio habría sido desterrado otra vez de la tierra. Por ejemplo, si Dios hubiera enviado al ángel en el segundo siglo de la era cristiana para restablecer Su Iglesia sobre la tierra, ¿cuál habría sido la consecuencia? No habría habido lugar sobre toda la faz del globo donde las personas hubieran permitido que existiera semejante iglesia. Si hubiera enviado al ángel en el tercer siglo, en el cuarto o en cualquiera de los siglos intermedios antes de que se estableciera la libertad religiosa, la consecuencia habría sido nuevamente el derramamiento de la sangre de apóstoles, profetas y santos; y para que no trajeran sobre sí esta gran condenación, el Señor vio que era mucho mejor posponer el envío del ángel hasta haber preparado, entre los gobiernos políticos de la tierra, una nación donde la Iglesia pudiera existir y tener cierto grado de seguridad. E incluso en nuestra nación, la mejor nación de la tierra, que tiene las leyes más sabias, leyes concebidas para proteger a todas las denominaciones religiosas si se ponen en práctica, leyes fundadas en la justicia y en los principios de equidad; aun en nuestra nación, ha sido todo lo que el Señor ha podido hacer, sin destruir el albedrío del hombre, lograr que Su Iglesia se establezca una vez más sobre la tierra. ¡Vean qué persecución la ha acompañado! ¡Vean cuánto odio! Vean a los santos huyendo ante turbas enfurecidas; hombres, mujeres y niños asesinados; profetas, patriarcas, apóstoles y reveladores martirizados. Los santos apenas podían encontrar un lugar donde descansar las plantas de sus pies, después de todos los preparativos hechos mediante el establecimiento de un gobierno grande y libre. No es de extrañar, entonces, que el Señor no la comenzara hace dos o tres siglos; no es de extrañar que no la comenzara en los días en que el catolicismo y la Iglesia Griega tenían dominio universal sobre el continente oriental. La Iglesia del Dios viviente, si se hubiera establecido entonces, habría sido inmediatamente desarraigada de la tierra; y grande habría sido la condenación que habría recaído sobre las naciones si tal hubiera sido el caso. Pero ahora vive. Las circunstancias han cambiado y, aunque los santos han sido expulsados de sus hogares y de sus granjas, aunque han sido perseguidos, se ha quitado la vida a muchos santos y se ha dado muerte a sus profetas, a pesar de todo esto el Señor ha preservado Su Iglesia hasta el tiempo presente; han transcurrido cincuenta años y más desde que el Señor comenzó esta gran obra.

Ahora bien, unas palabras sobre el futuro. Hay años por venir, como me dijo el hermano Angus Cannon mientras estábamos sentados esta mañana. Se acercó a mí y le mencioné que este último año era mi quincuagésimo en la Iglesia; en otras palabras, que había estado en la Iglesia cincuenta años. El hermano Cannon dio una respuesta particular. Dijo: “Hermano Pratt, espero que tenga millones de días o aniversarios de su cumpleaños”. Le di muchas gracias. Ahora permítanme comenzar a hablar sobre este tema. Dios ha prometido la vida eterna a Sus hijos: “Para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna”. Puedo ver la coherencia de los buenos deseos del hermano Cannon sobre este asunto. Espero obtener la vida eterna; he tenido esta esperanza durante los últimos cincuenta años. Si obedezco los mandamientos del cielo, si recibo Sus palabras y permanezco en ellas, espero no morir jamás, como se promete en el Nuevo Testamento. Pero alguien dice: ¿No murió Jesús? Y Él guardó todas las palabras de Su Padre. ¿No murieron los apóstoles? Y ellos guardaron las palabras del Padre. ¿Y no estuvieron sujetos a la muerte todos los santos antiguos? Y ellos guardaron las palabras del Señor. Sí, sufrieron lo que se llama la muerte del cuerpo. Sin embargo, hay una diferencia considerable entre la muerte del tabernáculo exterior y la muerte del espíritu. En otras palabras, el espíritu que Dios ha colocado dentro del tabernáculo vivirá para siempre; y quienes tienen la oportunidad de morar en el mundo venidero en luz, en gloria y en una plenitud de felicidad obtienen lo que se llama vida eterna; no tiene fin. Por consiguiente, no puede expresarse plenamente con las palabras del hermano Cannon de que se disfruten millones de tales aniversarios. Hay algo todavía más grande en la expresión vida eterna que unos pocos millones de años. Es algo que no tiene fin. Puede tener un principio. Una persona puede comenzar a existir en este tabernáculo de carne como yo comencé mi existencia aquí sobre esta tierra hace sesenta y nueve años, en este día. Ese fue el principio de mi existencia aquí en este mundo; pero existe la posibilidad de que una persona tenga un principio de su existencia en la carne y, sin embargo, no tenga fin. Aquellas personas que fueron trasladadas en un abrir y cerrar de ojos en tiempos antiguos no tuvieron una separación de cuerpo y espíritu. Fueron cambiadas; el poder del Dios Todopoderoso obró sobre ellas instantáneamente; fueron cambiadas de la mortalidad a la inmortalidad, pero todavía conservan su carne y sus huesos. Ahora preguntaría: ¿Tienen algún fin sus tabernáculos inmortales cuando han sido cambiados así? Hay un principio, pero no un fin. Sus espíritus están unidos a sus cuerpos para siempre. Tengo esta esperanza. Ustedes, Santos de los Últimos Días, tienen la misma esperanza en lo que respecta a la vida eterna. La esperan, oran por ella, desean tener una vida sin fin; los números no pueden expresar la duración interminable de las edades venideras. Se dice que la vida eterna es el mayor don de Dios a la familia humana. Hay muchos dones de Dios, pero este es el mayor de todos. En primer lugar, Dios ha dado a Su Hijo para morir por la familia humana. ¡Qué gran don! Si no hubiera sido por este don de nuestro Padre Celestial a los habitantes de nuestro mundo caído, la consecuencia habría sido que habríamos tenido muerte eterna. ¿Qué debemos entender por la expresión muerte eterna, suponiendo que no se hubiera realizado ninguna expiación? ¿Cuál es el significado de la expresión? ¿Podrían multiplicar suficientemente las cifras, si tomaran las que se usan ahora y las extendieran en una línea, en una serie, de modo que las cifras mismas fueran tan numerosas como las partículas del globo; expresaría eso la vida eterna? ¿O expresaría la duración de la muerte eterna, si no hubiera habido expiación? No; no puede expresarse. Por eso la expiación de nuestro Salvador, que es el don de Dios a los habitantes caídos de esta creación, constituye el fundamento de todos los demás dones dados a los hijos de los hombres. Es por este don que se nos permite arrepentirnos de nuestros pecados. ¿Cómo habría podido haber una sola persona sobre toda la faz del globo que pudiera arrepentirse si no hubiera habido expiación? Así ven que el arrepentimiento es el don de Dios, comprado mediante la Expiación. Además, ¿podría el bautismo haber sido una ordenanza santa si no tuviera poder salvador? ¿Podría haber sido para la remisión de los pecados si no hubiera sido por la sangre de la Expiación? No. El bautismo, entonces, es un don a los hijos de los hombres, al igual que el arrepentimiento. ¿Habría tenido la imposición de manos algún efecto sobre alguna persona de la familia humana para conferirle el don del Espíritu Santo si no hubiera habido expiación? No. Entonces eso también es un don, el don de Dios al hombre: que Sus siervos impongan las manos sobre los creyentes bautizados y que estos sean bautizados con el Espíritu Santo y con fuego. ¿Se nos habría permitido participar de la Cena del Señor con algún efecto? No. Entonces también es un don de Dios al hombre. Y así podríamos recorrer todas las ordenanzas que Dios estableció desde antes de la fundación del mundo hasta el tiempo presente, y todas ellas pueden llamarse dones de Dios al hombre bajo ciertas condiciones, y algunas sin condiciones. La Expiación vino sin ninguna condición de parte del hombre. Fue sin arrepentimiento y sin fe de parte del hombre. La Expiación fue algo dado por el amor puro de Dios al hombre caído, sin ningún acto de buenas obras de parte del hombre. Hay, pues, algunas bendiciones que Dios ha dispuesto para los habitantes caídos de nuestro globo que vienen independientemente de nuestras obras, y esta es una de las que he estado hablando. ¿Habría habido luz, inteligencia, bondad o felicidad alguna de la que pudiera participar el hombre caído si no hubiera sido por la Expiación? Ninguna; no podría haber habido rectitud. Pero todos los demás dones que recibimos vienen mediante las obras y por la fe y las obras combinadas; y es por la distinción entre estas dos clases de dones que muchos habitantes de la tierra han errado. Algunos profesan creer que pueden obtener todos los dones de Dios sin obras debido a algunos dichos de los antiguos apóstoles, mientras que otros consideran que las obras deben combinarse con la fe. Ambas ideas son verdaderas cuando se consideran bajo su verdadera luz. La vida eterna se encuentra entre todos aquellos dones que Dios ha prometido, como el don del arrepentimiento, el bautismo, la imposición de manos, etcétera. Ninguno de estos puede compararse con la grandeza del don llamado vida eterna. Espero que todos los Santos de los Últimos Días que oyen mi voz puedan alcanzar este, el mayor de todos los dones de Dios.

Ahora, antes de tomar asiento, deseo dar mi testimonio ante las personas aquí reunidas. Sé, por el poder de Dios, por el derramamiento del Espíritu Santo sobre mi corazón, por las revelaciones del Espíritu y por las muchas manifestaciones de la bondad de Dios para conmigo; sé que Dios ha enviado a Su ángel desde el cielo. Sé que ha levantado el gran reino de los últimos días predicho por Daniel. Sé que ha llamado a apóstoles y profetas; que ha enviado a Sus siervos comisionados divinamente, con poder de lo alto, para declarar a las naciones de la tierra el grande y último mensaje de misericordia a sus habitantes, para preparar a todos los que estén dispuestos a ser preparados para el gran día en que los cielos sean abiertos y todas las huestes celestiales desciendan con poder y gran gloria para reinar aquí sobre la tierra. Sé que Dios, por Su poder, ha recogido a Su pueblo de las diversas naciones de la tierra y lo ha establecido aquí en estas montañas por un breve tiempo y con un propósito especial. ¿Y cuál es ese propósito? Prepararlos, mientras moran aquí en estas montañas, territorios y regiones, para que reciban las bendiciones dispuestas para ustedes en un tiempo futuro que no está muy lejano. Sé que este pueblo regresará y poseerá la tierra que Dios le ha prometido, sí, en Misuri, en Kansas y en las regiones circundantes. Sé que Dios edificará en el condado de Jackson, Misuri, una ciudad grande, maravillosa y hermosa que será llamada “la perfección de hermosura”, la Nueva Jerusalén. Sé que Dios iluminará las moradas de aquella ciudad mediante Su poder, mediante Su gloria, con una nube de día y con una columna de fuego de noche. Sé que cuando el pueblo se reúna en sus asambleas religiosas, como ustedes están reunidos aquí esta tarde, Dios iluminará sus asambleas mediante Su poder divino aun durante la noche, haciendo sumamente gloriosas las moradas donde se reúnan. Sé que Dios cumplirá todo lo que ha hablado por boca de Sus santos profetas desde que comenzó el mundo acerca de esta última dispensación del cumplimiento de los tiempos; esas cosas sucederán en sus tiempos y estaciones, y esta dispensación será mucho más gloriosa que todas las demás dispensaciones juntas antes de que todo quede preparado para que los cielos se abran y revelen al Hijo de Dios y a todos los que estén con Él. Estas cosas, y muchísimas otras que podría mencionar, sé que se cumplirán en sus tiempos y estaciones, y que todos los fieles serán hechos partícipes de estas bendiciones. Amén.

Palabras del élder Wilford Woodruff.

No es en absoluto mi intención retener a esta congregación, pero antes de despedirnos quisiera decir unas palabras. No acostumbramos adular a ningún hombre, pero quiero decir unas palabras acerca del hermano Pratt. Si hay algún hombre, vivo o muerto, que haya permanecido más tiempo en esta Iglesia y reino que él, no lo conozco. Si hay algún hombre que haya recorrido más millas predicando el Evangelio de Cristo y dando testimonio del reino de Dios sobre la tierra, no sé quién es. Cuando el hermano Pratt abrazó este Evangelio era un muchacho, en cierto sentido sin instrucción ni preparación, como José Smith y la mayoría de nosotros. Cualquier conocimiento que haya obtenido, ya sea del saber del mundo o del reino de Dios, lo ha obtenido mediante la diligencia y el trabajo desde que abrazó este Evangelio. Yo he estado vinculado al hermano Pratt durante cuarenta y siete años. He viajado con él por mar y por tierra, en países extranjeros y en nuestro propio país, y nunca he visto en mi vida, que yo sepa, a un hombre que haya pasado tan pocos momentos en la ociosidad como él. Nunca he visto una tormenta en el mar tan fuerte —aun cuando las olas entraban por la proa, los costados y la popa— que le impidiera leer su libro. Siempre que las olas se volvían demasiado fuertes, simplemente cerraba el libro hasta que pasaban. Si hay en este continente un hombre que conozca mejor los cielos estrellados y el mundo de la astronomía que el hermano Pratt, no sé quién es. Si hay un hombre más versado en matemáticas que el hermano Pratt, no sé quién es. Quizás haya muchos hombres iguales a él en estas cosas, pero si los hay, no los conozco. ¿Cómo ha obtenido su conocimiento? Lo ha obtenido desde que abrazó esta obra. Ha aprovechado su tiempo. El hermano Pratt es el único hombre que vive hoy de los que formaron parte del primer Cuórum de los Doce en su organización inicial, y me complace escuchar su testimonio del Evangelio de Cristo; porque quiero decir al hermano Pratt y a todos los demás hombres que todos tenemos que reconocer esto: José Smith, Brigham Young, los apóstoles y todos los hombres de esta Iglesia y reino, si somos algo, si hay algo de valor en nosotros, si tenemos conocimiento, poder o influencia, debemos dar a Dios la honra por ello. No procede de nosotros mismos. José Smith siempre reconoció esto, como lo han hecho todos los hombres de esta Iglesia y reino. Hemos sido llamados del arado, del cepillo de carpintero y del martillo, muchachos ignorantes y sin instrucción, y enviados a la viña; y todo el poder que tenemos o que jamás hemos tenido para edificar el reino debemos reconocer que viene de la mano de Dios. El hermano Pratt fue uno de los primeros hombres que se echó la mochila al hombro y recorrió el continente americano para predicar el Evangelio de Jesucristo a esta nación. Con frecuencia sufría de fiebre y escalofríos durante todo el día, seguía su camino y predicaba su sermón por la noche. Estas son experiencias por las que él y otros pasaron en los primeros tiempos de esta Iglesia, y siento el deseo de dar gracias a Dios porque todavía podemos oír su voz y la de otros que han estado durante mucho tiempo en esta Iglesia y reino. Espero que el Señor preserve su vida hasta que esté satisfecho con ella. Ha alzado su voz durante mucho tiempo y con fuerza, conforme al mandamiento que Dios le dio, dando testimonio de este Evangelio y reino a las naciones de la tierra. Al contemplar nuestra propia experiencia, me impresionaron algunas de las observaciones que ha hecho hoy acerca del apóstol Felipe y de cómo nuestra propia experiencia ha concordado con la del antiguo apóstol. ¡Cuántas veces hemos sido llamados por revelación a ir a la derecha y a la izquierda, aquí, allá y a otros lugares, en contra de lo que esperábamos!

Relataré aquí lo que ocurrió en mi propia experiencia. Estaba en Staffordshire en el año 1840. Me encontraba en el pueblo de Stanley y celebré una reunión en el ayuntamiento. Tenía programadas reuniones para toda una semana en aquel pueblo. Antes de levantarme para hablar al pueblo, el Espíritu del Señor me dijo: “Esta es la última reunión que celebrarás con este pueblo durante muchos días”. Cuando me levanté, dije a la congregación lo que el Espíritu del Señor me había manifestado. Se sorprendieron tanto como yo. No sabía lo que el Señor quería, pero después vi el propósito de Dios.

El Espíritu del Señor me dijo: “Ve al sur”. Viajé ochenta millas y fui al sur de Inglaterra. En cuanto llegué, conocí a John Benbow. Se me manifestó claramente por qué había sido llamado allí. Había dejado un buen campo de labor, donde bautizaba todas las noches de la semana. Cuando llegué a este lugar, encontré a un pueblo, unas seiscientas personas, que se había separado de los metodistas wesleyanos y se había organizado en una secta llamada los Hermanos Unidos. Descubrí que estaban orando para recibir luz y verdad y que habían llegado tan lejos como podían llegar. Vi que el Señor me había enviado a ellos. Comencé a trabajar entre ellos y finalmente bauticé a su superintendente, a cuarenta predicadores y a unos seiscientos miembros; bauticé a todos los miembros de aquella denominación, excepto uno. En total, unas mil ochocientas personas fueron bautizadas en aquel campo de labor. Supongo que algunas de las personas bautizadas entonces pueden estar hoy en esta congregación. Menciono estas cosas para mostrar cómo tenemos que ser gobernados y dirigidos por las revelaciones de Dios día tras día. Sin ellas no podemos hacer nada. Muchos de nuestros hermanos que estaban con nosotros en aquel tiempo y que vinieron a este valle han pasado detrás del velo. Ocho del Cuórum de los Doce que estaban en la carne, y la mayoría de ellos con los pioneros, se encuentran hoy en el mundo de los espíritus. Estamos pasando de esta vida.

Sé, como ha dicho el hermano Pratt, que este es el reino de Dios. Israel está siendo recogido. Las revelaciones de Dios se están cumpliendo y nada quedará sin cumplirse. Por tanto, como santos del Dios viviente, seamos fieles a nuestro testimonio. Tenemos el reino de Dios. Hemos sido llamados por Dios mediante inspiración y mandamiento para amonestar a esta generación, predicar el Evangelio, recoger al pueblo, edificar Sion, construir templos, redimir a los vivos y a los muertos y llevar adelante la gran obra que ha sido puesta sobre nuestros hombros; y que Dios nos permita realizar estas cosas, por causa de Jesús. Amén.

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