La revelación en la vida diaria y nuestro progreso hacia Dios
La revelación es necesaria para nuestro desarrollo espiritual y temporal, y mediante ella podemos cultivar los atributos de nuestro Padre Celestial y vivir como miembros de una misma familia humana.
El principio de la revelación y su aplicación a las diversas esferas de la vida—Cómo se desarrollará la hermandad humana
por el élder Henry W. Naisbitt, pronunciado en el centro de reuniones del Barrio 16, el domingo 7 de marzo de 1880 por la tarde.
Volumen 21, discurso 13, páginas 101-111
Supongo que todos comprendemos que el Espíritu del Señor está en la congregación de los santos. Si no lo comprendemos, y si hay alguien que no se da cuenta de la necesidad de disfrutar de Él, quizás sería bueno que subiera aquí por un rato.
Cuando se pide a una persona que se dirija a una congregación y observa los rostros que se alzan ante ella, esperando, deseando y, muy probablemente, orando por las bendiciones que particularmente anhelan, creo que ningún hombre puede contemplar semejante escena sin conmoverse; tiene que sentir su propia ignorancia, debilidad y dependencia; y cuando lo hace, creo que toda ministración pública será de provecho y bendición tanto para quien habla como para quienes escuchan, y estoy seguro de que ese es mi objeto esta tarde. No tengo ninguna ambición personal que satisfacer, pero sí deseo bendecir y sé que necesito ser bendecido. Y este es el lugar señalado —en lo que respecta a este barrio— para recibir aquellas bendiciones que pertenecen a los servicios públicos de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Aquí es donde debe haber inteligencia. Aquí es donde debe haber sabiduría. Aquí es donde se debe esperar revelación, y no en algún sentido vago, nebuloso y comprendido a medias; no perdida ni encubierta por una multitud de palabras, sino despojada de todo lo que nos prive del conocimiento de los principios esenciales que realmente pertenecen a la revelación. Sin embargo, el mundo tiene ideas muy peculiares al respecto. Todo élder de Israel que recuerde su experiencia, si esta se remonta siquiera a los primeros tiempos de esta Iglesia, comprenderá cuán extrañas y míticas eran las ideas que entonces tenía la humanidad acerca de la revelación. Es cierto que las multitudes, al igual que los maestros, creían que en la antigüedad había habido alguna comunicación con las inteligencias que moran detrás del velo. Todos estaban de acuerdo —al menos todos los cristianos— en que el Espíritu se había manifestado y Sus palabras se habían registrado en un libro. Creían que sin ese libro el mundo se encontraba en una condición perdida, que los hombres quedaban abandonados a andar a tientas en las tinieblas y a vagar en la ignorancia; pero se creía que, con ese libro, todo hombre y toda mujer podían comprenderse a sí mismos; podían comprender algo de su origen, del propósito por el cual moraban sobre la tierra, del destino que correspondía a la familia humana y también del proceso mediante el cual ese destino podía asegurarse de la mejor manera. Pero es asombroso lo que un poco de luz puede hacer por un hombre. Es asombroso cómo se ensancha nuestra mente cuando recibimos la clave para comprender la situación. Y cuando observamos la inmensa diferencia que existe entre la comunidad que habita estas montañas y las comunidades de las naciones de las cuales hemos sido congregados, probablemente la mayoría puede ver y reconocer que entre ambas existe un abismo grande y cada vez mayor. Los hombres que rechazan el principio de la revelación en cualquier ámbito inevitablemente verán limitado su desarrollo, inevitablemente dejarán de vivir, porque la revelación es el elemento de la vida, es el secreto del crecimiento, es el poder del aumento, y solo en proporción a la capacidad receptiva de un hombre, una mujer o un niño pueden estos aumentar en inteligencia. Ahora bien, despojada de toda idea ajena o externa, despojada de todo el misterio con el cual los maestros establecidos por los hombres han rodeado la idea de la revelación, despojada de todas las tradiciones y pensamientos que se han escrito al respecto, ¿cuál es la idea esencial que encierra la revelación en su significativa sencillez? ¿Qué hay en ella que sea difícil de comprender? ¿Qué hay que requiera hombres de formación clásica para explicarla? ¿Qué hay que haga necesarias esas grandes instituciones de enseñanza y ese inmenso ejército de ministros para que el mundo sea iluminado acerca del principio de la revelación? Pues bien, cuando se examina y se llega al fundamento de la idea, no es ni más ni menos que la comunicación de la inteligencia que posee una persona a otra que permanece en la ignorancia respecto de ese asunto. Eso es todo lo que comprende la revelación; y dondequiera que encuentren a un ser humano que ignore algún tema perteneciente a cualquier esfera del pensamiento humano, o algún campo útil de la experiencia humana, allí la revelación es una necesidad absoluta.
Ahora bien, la revelación puede variar en grado; puede variar en su naturaleza, según las necesidades del caso y según la inteligencia de las personas. La madre que guía el destino de una familia y la provee de todas las comodidades de la vida doméstica y social se encuentra rodeada de unos cuantos hombres y mujeres aún sin formar, o, como los llamamos, niños y niñas. Consideren la naturaleza de estos hijos. Cuando nacieron estaban indefensos, y durante la primera infancia no poseían inteligencia alguna, salvo aquellos instintos animales que solo conducen a la conservación de la vida. Pero en unas semanas o meses comienza a despuntar el espíritu de inteligencia. La madre observa la chispa creciente y procura avivarla hasta convertirla en llama; señalar el remedio cuando surge una dificultad en las primeras experiencias; explicar el proceso educativo por el cual debe pasar el niño hasta llegar a ser hombre o mujer; y mostrar que, cuando se hacen los primeros esfuerzos, aun cuando sean fracasos relativos, estos solo sirven como centinelas o guías en el gran camino del éxito, como estímulos hacia el éxito definitivo y final. Probablemente toda joven que haya aprendido a hacer pan ha tenido una experiencia de esta clase. Y es cierto que muchos de los primeros intentos, a menos que la madre los vigilara muy de cerca, no resultarían bien: el pan podría quedar pesado o agriarse. Ahora bien, es deber de la madre revelar, dar de su inteligencia a quien es comparativamente ignorante una solución o un remedio para la dificultad. Se espera que la joven escuche a la madre. Tiene la facultad de recibir la inteligencia que se le comunica y de ponerla en práctica. Y cuando el pan quedaba pesado, la madre mostraba la causa que había producido esa condición. Si el pan estaba agrio, había que añadir a la masa un pequeño elemento neutralizador para quitarle la acidez, un poco de bicarbonato o algo semejante; y este es un proceso de revelación de la madre a la hija. Si consideran a una de nuestras buenas madres de Israel que haya encanecido bajo el peso de la experiencia, encontrarán que posee un vasto caudal de información, y en todos los aspectos de la vida doméstica o social es la gran autoridad a quien recurrir; e incluso cuando la hija ya es una mujer casada, cuando asume la responsabilidad de la maternidad y la enfermedad se apodera del pequeño ser amado que Dios le ha dado, acude inmediatamente a la inteligencia y experiencia superiores o más amplias de su madre; y lo que la madre ha adquirido gracias a los años y a las experiencias por las que ha pasado, se lo comunica a la hija, y así la hija llega a ser receptora de revelación. Y así como sucede con la madre y la hija, sucede también con el padre y el hijo; así sucede con quienes aprenden un oficio, y también con quienes asisten a nuestras escuelas diarias o dominicales; ¡y el hecho mismo de que estemos constituidos de tal manera que podamos recibir revelación por estos conductos es una revelación en sí mismo, escrita en la estructura fundamental del carácter humano, de que la revelación no solo es posible y deseable, sino que también es un elemento necesario e inevitable para el mayor bienestar, el gran destino y el futuro de quienes se someten a sus diversos procesos de día en día! Ahora bien, puede decirse que esta clase de inteligencia caracteriza las fases más elementales de la vida humana; pero aunque el hombre es un ser animal, aunque tiene necesidades físicas, aunque está rodeado de vida doméstica y aunque está sujeto al ámbito social de la vida y forma parte de él, también hay atributos del carácter que trascienden esta condición física, animal y social. Hay algo en todo hombre y en toda mujer que tiene carácter divino; en todas las circunstancias de la vida hay un anhelo de alcanzar algo que está fuera de nuestro alcance; hay una elevación del espíritu, una búsqueda de algo acerca de lo cual el entorno presente no ofrece ninguna pista. El hombre siente que existe. No solo siente que existe, sino que miles y millones de integrantes de la familia humana tienen una intuición del gran hecho de que han existido antes, y millones y millones más tienen una intuición de ese otro gran hecho: que cuando abandonen esta etapa de existencia, continuarán existiendo. Y es la comprensión de tales cosas la que establece, aparte de cualquier otra revelación especial, la idea de que nuestro origen es divino además de humano. Cuando percibimos estas ideas, cuando llegan a entretejerse en la trama de nuestra vida, cuando sentimos instintivamente que poseemos esta característica, debe haber ciertos elementos y ciertos principios que contribuyan al crecimiento de tales ideas; así como hay elementos de la naturaleza y en ella que contribuyen al bienestar de lo inferior, también hay elementos que contribuyen al de lo superior; y para el cultivo de todo atributo del carácter humano, por bajo que lo consideremos o por elevado que lo concibamos, hay recursos en el orden de Dios para el desarrollo, el crecimiento y la gloria de esa característica. Por eso, cuando un hombre comprende que tuvo una existencia premortal, cuando comprende que la existencia presente es solo una condición transitoria y que tiene ante sí un futuro vasto e ilimitado, desea comprender cómo contribuir mejor a su bienestar individual en ese futuro. Y aquí interviene la necesidad de la revelación, basada en la filosofía y en las necesidades y carencias humanas. La única manera de ser instruidos en este aspecto es mediante revelación que nos llegue de fuentes externas, de inteligencias superiores, de quienes han pasado por las mismas experiencias por las cuales nosotros hemos pasado y pasaremos eternamente.
Ahora bien, como proceso fundamental para nuestra educación en este aspecto, se nos ha dado el Evangelio. Ese Evangelio es tan sistemático y ordenado como los detalles de la educación en una escuela. Es tan ordenado y sistemático como los métodos por los cuales se enseña y capacita a nuestros muchachos en las diversas ramas de la educación o de los oficios. Es tan ordenado y sistemático como la educación que nuestras esposas dan a sus hijas, o la que las madres dan a sus hijas casadas. Nunca encontrarán a una madre que, al preparar a sus hijos para la vida doméstica, comience enseñándoles a hacer uno de esos pasteles tan suculentos con los cuales a veces nos enfermamos en Navidad. Difícilmente encontrarían a un hombre que, al tomar un aprendiz, comenzara enseñándole algunas de las ramas más avanzadas de su oficio. Difícilmente encontrarían a un maestro que comenzara enseñando a sus alumnos los principios avanzados de una educación clásica. Hay un orden; hay pasos y procesos en toda esfera educativa, que seguimos en su orden y en su debido tiempo y lugar. Ahora bien, una de las revelaciones más sorprendentes que los élderes de Israel han dado a la familia humana en la época en que vivimos, a un mundo oscuro y sumido en tinieblas, es la gran idea fundamental de “la paternidad de Dios”. Esto quizás no parezca tan sorprendente al ciudadano estadounidense, cuya mente está impregnada de la idea de que los integrantes de la familia humana son iguales, de que un hombre vale tanto como otro; pero en el Viejo Mundo existen condiciones de clase y de casta. Ustedes, que han venido de Inglaterra o de alguna nación europea, comprenderán lo que quiero decir con clase y casta. Está el círculo privilegiado de la sangre real, en el cual el plebeyo nunca entra. Está el círculo más amplio de la aristocracia o, como la llamamos, la “alta sociedad”, y en los límites de ese círculo, celosamente guardados como están, casi nunca entra un extraño. Luego, en Inglaterra estaban rodeados por lo que se llama las clases medias, e incluso estas consideran a las clases bajas como hechas de algún material distinto y diferente de ellas mismas; pero cuando los élderes de Israel desembarcaron en la antigua Inglaterra y proclamaron “la paternidad de Dios”, y pusieron el hacha a la raíz de la casta y de la clase, estaban preparando los cimientos de un reino que reconocería la unidad esencial de la familia humana y, necesariamente, la hermandad del hombre. Es muy cierto que, en algunas circunstancias sociales, religiosas o políticas, oímos hablar de cierta unidad e igualdad entre la familia humana; pero si intentan poner en práctica esa unidad e igualdad, ¿cuáles son los resultados que inevitablemente se derivan de tal proceder? Se ven rodeados de obstáculos por todas partes y, quizás, solo después de transcurridas dos o tres generaciones un hombre logra, por medio de su posteridad, salir de las filas de su clase y asociarse con la clase superior. Es cierto que hay quienes lo hacen aquí y allá, y lo hacen en virtud de un talento innato o de alguna herencia fortuita; y cuando son aceptados en esa clase superior, es en virtud de esa circunstancia, etc.; pero por lo general se los considera intrusos. Consideren al primer ministro de Inglaterra, lord Beaconsfield. Allí hay un hombre que se ha hecho indispensable para el gobierno del país, para Su Majestad, para las clases superiores; lo ha hecho en virtud de la inspiración del Todopoderoso y, sin embargo, con todos sus grandes logros, ¡a ese hombre se lo considera más o menos un intruso porque no nació noble! Y así podría multiplicar los ejemplos que serían familiares para todos ustedes. Pero el Evangelio comienza, en primer lugar, con estas dos ideas, ideas gemelas que jamás pueden separarse: la paternidad de Dios y la hermandad de la familia humana.
Ahora bien, si somos uno en nuestro origen, si realmente somos uno en nuestro destino, todos debemos alcanzar ese destino mediante el mismo proceso, y ese proceso se encuentra en las ordenanzas del Evangelio, en el poder de la inspiración y de la revelación que descansa sobre quienes inician a hombres y mujeres en ese orden. Y en relación con esto, dondequiera y cuandoquiera que comprendan esa inteligencia superior que gobierna en las eternidades, que dirige los destinos de esos grandes astros que vemos de tiempo en tiempo en los cielos de medianoche, dondequiera que encuentren a quienes han ascendido desde un mundo caído, encontrarán a quienes ascendieron por medio del mismo Evangelio que se nos ha dado a ustedes y a mí. No hay otro Evangelio. No hay otro camino a esa exaltación que pertenece a los Dioses sino mediante la revelación del Evangelio de Jesucristo. De modo que no hay “camino real” al cielo; no importa cuál sea la condición de un hombre, no importa la clase a la que haya pertenecido en la vida social sobre la tierra por razón de su nacimiento o de su riqueza; no importa qué posición ocupe debido a su ignorancia o falta de información; no importa que viva en una choza o en un palacio, o que solo tenga una corteza de pan para comer o que su mesa esté cargada con todas las cosas buenas de la tierra: debe someterse a las mismas ordenanzas, dejarse dirigir por el mismo espíritu de revelación y alcanzar el resultado final por el mismo conducto.
Ahora bien, ¿qué esperamos mediante el Evangelio? Pues que desarrolle en ustedes y en mí, desde nuestra condición rudimentaria, ignorante y poco amable —resultado de muchas caídas terribles—, la apariencia y las características del Padre Eterno. Esta misma idea animaba a los santos en la antigüedad. Tenían fe en que, mediante la obediencia a leyes justas, se desarrollarían en ellos y de ellos, mediante los atributos que ya poseían, más o menos latentes o más o menos activos, según fuera el caso, los rasgos que les permitirían manifestar la semejanza de Dios el Padre Eterno. A primera vista esto puede parecer sorprendente, pero supongamos que razonamos al respecto por uno o dos momentos.
Aquí están algunos de ustedes, buenos hermanos; se ponen a trabajar esta primavera y plantan un huerto de manzanos; y al cabo de un tiempo llega la época de la fruta y van a buscar peras, ciruelas o cerezas en los manzanos. Ahora bien, ¿qué se pensaría de su inteligencia? Todos dirían que ciertamente han cometido un error; fueron manzanos lo que plantaron, y las manzanas son su fruto; si quieren peras, deben plantar perales. Los hombres no recogen uvas de los espinos ni higos de los cardos. Entonces, si somos hijos de nuestro Padre, pueden ver de inmediato, mediante este ejemplo, que si nos sometemos al proceso educativo que Él ha señalado y establecido, debemos llegar a ser como Él. Ahora bien, a algunos puede parecerles increíble que un ser humano, contaminado y deformado como está por el pecado y la transgresión, resultado de siglos, digo que puede parecer casi increíble que un ser humano sea capaz de elevarse hasta poseer las características, los atributos y la apariencia del Padre; pero no solo es posible, sino inevitable, y todos los santos de la antigüedad tenían esta idea. Uno de los antiguos profetas, por ejemplo, bajo la inspiración del Todopoderoso, dijo: “Estaré satisfecho cuando despierte a tu semejanza”; y en el Nuevo Testamento uno de los apóstoles dijo, mirando hacia el tiempo de la resurrección: “Cuando él aparezca, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como es”. Tendremos la oportunidad de demostrar nuestra semejanza. Podremos hacer la comparación: “Seremos semejantes a él, porque le veremos tal como es”. Y de Jesús se dijo que era “el resplandor de la gloria de su Padre y la imagen misma de su persona”. Era semejante a Su Padre, y esta semejanza estaba en Él en virtud de que vivía en posesión de la inspiración de la revelación; Su proceder estaba trazado por ese Espíritu. Este animaba cada facultad, dirigía cada acción, impulsaba cada motivo; y debido a que ese Espíritu se derramaba sobre Él “sin medida”, llegó a ser la gloria de Su Padre y manifestó en Sí mismo “la imagen misma de su persona”; y Él, al hablar a Sus discípulos, declaró que llegarían a ser “semejantes a Él, así como Él era semejante a Su Padre”, mediante la recepción de “línea por línea y precepto por precepto, un poco aquí y un poco allí”. Ahora bien, quizás pudiera ilustrar esto con los hechos de la vida cotidiana; me refiero a la posibilidad de un cambio en los rasgos de las personas con quienes estamos familiarizados. ¿Han observado alguna vez a un hombre y a su esposa que hayan vivido felices juntos, cuyos pensamientos fueran uno, que hubieran llegado a asemejarse tanto en sus gustos y sentimientos que, al verlos con el cabello blanco por las nieves de los años, ustedes dijeran: “Nunca he visto una pareja tan parecida; ciertamente parecen hermano y hermana”? ¿Han observado eso alguna vez? Yo lo he observado muchísimas veces. Ahora bien, ¿cuál era el secreto? Pues que la esposa había llegado a asemejarse al esposo y el esposo a la esposa; eran movidos en gran medida por los mismos impulsos, hasta que llegaron a ser semejantes en sus hábitos de vida, tan completamente uno que se parecían incluso en la expresión del rostro; y cuando la muerte reclamaba a uno de los dos, solo pasaban unas horas o unos días antes de que estuvieran reunidos de nuevo y para siempre. Y esta es una característica de la cual nos gloriamos. Pero ilustremos esto en otro sentido.
Aquí hay una madre, o una esposa joven. Su corazón rebosa de afecto por el esposo de su juventud. Dios ha bendecido la unión que se realizó por la autoridad del sacerdocio. Sigue adelante hasta alcanzar la condición de madre y, con la plenitud de su corazón, lleva al bebé a la asamblea de los santos para que, por la autoridad del sacerdocio, sea dedicado al servicio de Dios y a la edificación de este reino. El corazón de la madre está lleno. Casi estalla de gratitud por el gran don que ha recibido. Eleva muchas oraciones por el hijo que Dios le ha dado y, al cabo de un tiempo, aun cuando la copa parece llena hasta el borde, algunas de sus hermanas se acercan y dicen: “¡Qué hermoso bebé tienes! ¡Cuánto se parece a su padre!”; y esa es la última gota necesaria para que el alma y los anhelos de la madre rebosen. Decir que el bebé se parecía a ella quizás habría sido igualmente correcto; pero cuando se declaró que se parecía a su padre, especialmente si el padre era un buen esposo, si era todo lo que debía ser en cuanto a su carácter, no había límite para el amor y el afecto que ella podía sentir por su esposo y por el hijo de ambos. * * * * *
Hay un ejemplo que podemos aplicar en otra dirección. Todos hemos descendido de las eternidades del pasado a este período de probación. Creo que probablemente, mientras morábamos allí, poseíamos mucha inteligencia. Supongo que había muchas oportunidades para adquirir la inteligencia que se adaptara a nuestra condición. Creo que allí se nos enseñó la necesidad y la ventaja de pasar por una probación sobre la tierra. Creo que allí manifestábamos muchos de los atributos de nuestro Padre, el Padre de nuestros espíritus; pero descendimos aquí y tomamos sobre nosotros tabernáculos; estos tabernáculos nos son dados por nuestro padre y nuestra madre terrenales. Y nos llegaron corrompidos, nos llegaron contaminados por la inmensa variedad de males con los cuales nuestros padres se han afligido durante muchas generaciones. Cuando consideramos el carácter exaltado de nuestro primer Padre, cuando consideramos la posición que ocupa, y cuando consideramos a Su descendencia sobre la tierra sujeta a las debilidades de la carne, no es improbable que muchos se sientan inclinados a decir: “¿Cómo podemos ser hijos de nuestro Padre que está en los cielos? Y si somos Sus hijos, ¿cómo podemos renovarnos o ser restaurados a Su imagen y semejanza? ¿Cómo podemos desarrollar los atributos que Él posee? ¿Cómo podemos llegar a ser como Él en nuestro espíritu y, en mayor o menor grado, en nuestros tabernáculos?”. Pues tendremos que hacerlo mediante la recepción de Su Espíritu y el cultivo de los principios de vida que vienen por revelación. Cuando nos miramos unos a otros tal como somos, vemos el egoísmo estampado en nuestros rostros, vemos manifestaciones de sensualidad, vemos las evidencias de mil y una condiciones a las que hemos estado sujetos, y nuestros padres antes que nosotros. Ahora bien, el Evangelio se nos ha dado para acabar con el pecado y la muerte; se nos ha dado para desarrollar en nosotros los atributos y las características de nuestro Padre Celestial a partir de las facultades que ya poseemos. Pues bien, supongamos que uno de esos ángeles de inteligencia que rodean el trono de Dios desciende a las calles de Salt Lake City. Recorre una de las vías principales y examina el rostro de cada persona que pasa. Observa nuestra falta de belleza o, en algunos casos, nuestra fealdad. Puede detectar de una mirada dónde están pervertidas las facultades y dónde se encuentran en su condición normal. Puede ver en un momento cómo hemos sido oscurecidos por el pecado, cómo hemos estado sujetos a malas influencias, cómo hemos cedido a la tentación y cómo estamos sujetos a las condiciones que nos rodean. Pero al seguir su camino, se encuentra con alguien de características un poco diferentes. Quizás sea un hombre que viva en una choza en la terraza de la montaña o en los barrios de la parte baja de la ciudad, y se acerca a él y le dice: “¿Cómo está?”. “Pues —responde la persona a quien se dirige—, usted tiene ventaja sobre mí; no recuerdo haberlo visto antes”. “Pues bien, probablemente nunca me haya visto, pero —dice— yo lo conozco, aunque nunca lo haya visto”. “Bueno, ¿cómo me conoce?”. “Pues vengo de las eternidades que están más allá del velo; vengo de donde mora su Padre, y puedo ver en el brillo de sus ojos, puedo sentir por el aura o la influencia que lo rodea al ir de un lugar a otro, que está animado por el espíritu de la casa de su Padre; puedo discernir en su fisonomía el linaje de sus progenitores”. Pues bien, ¿cuál es el secreto? Sencillamente, que allí hay un hombre que vive su religión. Está lleno del Espíritu y del poder de Dios. Este es una lámpara a sus pies y una luz a su camino. Lo mueve en todas las circunstancias de la vida: como padre, como miembro de la Iglesia a la que pertenece y como ciudadano. Esto es lo que da brillo a sus ojos y agilidad a sus pasos, aun cuando el cuerpo esté encorvado por el peso de los años; y el visitante que ha venido directamente de los mundos eternos puede ver que allí hay un hombre que ha estado con Jesús y ha aprendido de Él. ¿Glorificará esto a un hombre y a una mujer en este aspecto mientras estén en la carne? Sí, lo hará; y cuando los hombres y las mujeres en general entren en contacto con ellos, estarán preparados para dar testimonio de que disfrutan de un espíritu bueno o, como podemos decir, correcto. Mientras moran en la carne, se están preparando para la condición y el estado más exaltados que les corresponden en el futuro; y muchísimos hombres y mujeres han manifestado algunas de las características que manifestó el personaje que se presentó al apóstol Juan en la isla de Patmos. Juan cayó a sus pies para adorarlo. “Mira, no lo hagas —dijo él—; yo soy consiervo tuyo y de tus hermanos que tienen el testimonio de Jesús. Adora a Dios”. Juan pensó, por la gloria que lo rodeaba, que debía de ser Dios mismo, y comenzó a doblar la rodilla ante él. “Mira, no lo hagas”. Y cuando vemos a un hombre a quien reconocemos como fiel en todas las circunstancias de la vida, como “un hombre en quien podemos confiar”, por usar una expresión común, un hombre que siempre está dispuesto, que vive su religión, sentimos involuntariamente el deseo de quitarnos el sombrero ante él; y esta reverencia intuitiva que rendimos al carácter humano es testimonio de Dios dentro del velo de la carne, y también una evidencia del espíritu de revelación e inspiración.
Ahora bien, este es el propósito de nuestra religión y, aunque nuestras facultades receptivas puedan estar relativamente inactivas, pueden ampliarse. Ustedes y yo tenemos derecho a disfrutar de revelación e inspiración. No están limitadas a quienes ocupan cargos ni a los élderes ordenados de Israel; no están limitadas a la Primera Presidencia, a los doce apóstoles, a los setentas ni a los sumos sacerdotes, sino que están al alcance de todo hombre y de toda mujer de Israel; y podemos aplicar ese espíritu de revelación a nuestros deberes, tanto en nuestra vida social como en la religiosa. Ahora bien, sé que hay muchísimas personas que piensan que el espíritu de revelación e inspiración no sirve de nada en los detalles de la vida cotidiana. Sin embargo, esto es un error, porque esa misma inspiración y revelación puede capacitar a un hombre en los negocios, puede ayudar a sus facultades, ampliar su razonamiento y hacerlo más noble, más semejante a Dios y más inteligente en todos los ámbitos en que sea llamado a actuar. Es cierto que hay quienes dicen que nuestra religión no tiene nada que ver con nuestros negocios. Recuerdo que uno de nuestros hombres prominentes afirmó que el presidente Young podía dirigir en las cosas espirituales, podía dirigir en los asuntos relacionados con el Evangelio, “pero, cuando se trataba de negocios, ¡él sabía lo que eran los negocios!”. Ahora bien, eso es un error, porque el objeto de este Evangelio es atender nuestras necesidades e intereses tanto espirituales como temporales. Tomemos a nuestros obispos como ejemplo. ¿No son llamados a administrar los asuntos temporales del reino? ¿Cuál es su oficio? Son padres para el pueblo. Deben procurar que todo hombre llegue a ser autosuficiente. Son llamados a establecer industrias para la juventud creciente de nuestro Territorio. Los sostenemos en ese oficio. Así, nuestra religión interviene en las cosas temporales, y ellos son ordenados y apartados para esto. Cuando el hermano George Q. Cannon va a representarnos en el Congreso, es apartado para ese cargo, y el sacerdocio le impone las manos para que sea bendecido en esa función. Cuando el hermano Staines va a Nueva York, va allí para atender deberes temporales, pero es apartado por las autoridades de esta Iglesia para desempeñar esa función. Por tanto, el Evangelio interviene en nuestros asuntos temporales. Y esta no es una teoría nueva. Es tan antigua como los collados eternos; pertenece a la eternidad y existirá a través de todas las eternidades futuras. Si retroceden en el antiguo libro hasta la historia del tabernáculo en el desierto, encontrarán que, bajo la dirección de Moisés, hubo ciertos hombres que trabajaron en aquel edificio y fueron inspirados por Dios. Él hizo que Su Espíritu descansara sobre ellos, y lo observarán en mayor grado al llegar a la construcción del templo de Salomón. Encontrarán que hubo hombres inspirados para trabajar en ese ámbito. Y lo que fue bueno en los años pasados es bueno en la época en que vivimos, y todavía llegará el día en Israel en que los hombres sean apartados para desempeñar más funciones temporales de las que muchos en Israel se atreven a imaginar ahora. Cuando un hombre demuestra que ha recibido un don de Dios, sin importar su naturaleza, ya sea un don de sabiduría o un don que conduzca a la mecánica, la ciencia o la literatura, siempre que ese hombre manifieste estas capacidades y sea llamado y apartado por los siervos de Dios, verán que ese Espíritu amplía sus facultades y aumenta su juicio; y cuando llegue ese día, verán un buen espíritu en medio de Israel. Resplandecerá, crecerá y aumentará en toda dirección que contribuya al bienestar del reino en su conjunto. Pues incluso ahora, en la construcción de nuestros templos, el hermano T. O. Angell y otros son sostenidos como arquitectos. Ahora bien, ¿qué tiene que ver la religión con construir una casa? Mucho. ¿Tiene que ver con enseñar en una escuela? Sí. ¿Tiene que ver con la economía doméstica? Sí; sé que tiene que ver; y dondequiera que encuentren hombres y mujeres que cultiven ese Espíritu y sigan su consejo, encontrarán que llegarán a destacarse en el ámbito en el que actúen. Son inspirados por Dios, guiados por Su Espíritu y tienen acceso a la inteligencia que se encuentra detrás del velo; y quienes han tenido experiencia allí atenderán nuestras necesidades, de modo que cuando Sion comience a crecer, verdaderamente resplandecerá. Apoyará todo lo que contribuya al bienestar y a la gloria del reino más grande que jamás se haya establecido sobre la tierra, hasta que los hombres digan: “Venid, y subamos al monte de Jehová, a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará sus caminos y caminaremos por sus sendas”. Ahora bien, este es el propósito por el cual ustedes y yo hemos venido del Viejo Mundo, de los distintos estados del Nuevo Mundo, de las diversas partes de Europa y de las islas del mar: para ser enseñados por Dios, disfrutar de Su Espíritu, ser instruidos en Su Iglesia, estar sujetos a Su autoridad y crecer y aumentar en el conocimiento del Señor Jesucristo. Eso es algo digno de poseerse, algo por lo cual vale la pena vivir, algo que supera en brillo y deja muy atrás a todas las organizaciones y sistemas que los hombres hayan establecido. Es el Evangelio del Dios viviente. Es el Espíritu del Dios viviente que arde en el corazón de los santos. Pero demasiados de nosotros descuidamos este Espíritu, lo contristamos y no escuchamos Sus amonestaciones. ¿Cuántos en Israel han vendido sus hogares y hundido sus recursos en un “hoyo en la tierra” porque no quisieron escuchar los consejos de Dios por medio de Sus siervos? ¿Cuántos fracasos ha habido en la vida por nuestra ignorancia, a pesar de que están abiertas las fuentes de inteligencia de las cuales podemos beber? ¿Cuántos de nosotros perdemos a nuestros hijos porque no acudimos a estas grandes fuentes, de modo que todos podamos actuar y comprender cómo resistir las influencias adversas mientras estamos en la carne? Ahora bien, si cultiváramos este Espíritu, si escucháramos Sus enseñanzas, vendría a nosotros de muchas maneras: en visiones, en sueños y en manifestaciones del poder de Dios. Podríamos tener la ministración de ángeles y, probablemente muchos de nosotros, la ministración del Hijo —como algunos la han tenido en la historia y la experiencia de esta Iglesia—; y esta es la condición a la cual todos llegaremos si somos fieles a la gran responsabilidad que se nos ha confiado; no solo disfrutaremos de la compañía de “una innumerable compañía de ángeles”, no solo llegaremos “a la asamblea general e Iglesia del Primogénito”, sino que también tendremos el privilegio de llegar a Jesús y a Dios, el Padre de todos nosotros, y allí deleitarnos en Su presencia, ser instruidos en Sus caminos y participar de la gloria que espera a los justos.
Ahora bien, que Dios nos bendiga con Su Espíritu; que nos eleve de la condición rastrera en la que nos encontramos; que infunda en nosotros la influencia de Su Espíritu y nos rodee de ella, para que vivamos verdaderamente una vida nueva y glorifiquemos así a Dios “en nuestros cuerpos y en nuestros espíritus, los cuales son de él”, es mi oración en el nombre de Jesús. Amén.



























