Magnificar el sacerdocio y cumplir nuestra misión ante Dios
Quienes poseen el sacerdocio deben cumplir fielmente sus deberes, dar testimonio del Evangelio y anteponer las bendiciones de la vida eterna a los intereses del mundo.
Las responsabilidades del sacerdocio—Exhortación a la fidelidad, etc.
por el élder Wilford Woodruff, pronunciado en el Salón de Asambleas de Salt Lake, durante la reunión del sacerdocio, el domingo 4 de julio de 1880, por la noche.
Volumen 21, discurso 31, páginas 281-286
Puesto que esta es la reunión del sacerdocio de los élderes de Israel y de quienes poseen el sacerdocio, quisiera decir unas palabras relacionadas con lo que ha dicho el hermano Taylor. Considero que nuestra condición o posición como pueblo es la de personas llamadas a una obra determinada. Cuando enviamos a hombres a misiones o a realizar cualquier clase de tarea o trabajo, por supuesto esperamos que lo lleven a cabo, y el Señor espera lo mismo de ellos. Ahora bien, considero que los élderes de Israel que están aquí esta noche, y los de esta Iglesia y reino, están en una misión. Hemos sido ordenados para una misión y tenemos un tiempo señalado para realizarla y cumplirla. No es que yo sepa exactamente cuántos días o años vamos a dedicarle. Pero el Dios del cielo requiere esta misión de nosotros, no solo del hermano Taylor, del hermano José o del hermano Brigham; la requiere de nosotros, y estamos realizando una obra y poniendo unos cimientos por los que tendremos que responder al otro lado del velo. No importa a qué posición seamos llamados u ordenados. Si somos llamados al oficio de obispo, debemos cumplir los deberes que corresponden a ese oficio. Sé que se ha considerado un oficio muy difícil y al que hay que dedicar bastante tiempo. Sin embargo, hay muchísimos obispos que no le dedican mucho tiempo, mientras que otros son fieles a su llamamiento. El llamamiento de un obispo es importante. Es llamado a ser un padre para las personas de su barrio. Y cuando se nos encomienda una labor, no debemos desatenderla ni dejarla de lado. Se lleva un registro, lo llevemos nosotros o no. Hay muchas revelaciones que nos muestran que así es. Su historia los precede. Todos ustedes la encontrarán cuando lleguen al otro lado del velo. La historia de todo hombre, sus actos, queda escrita, haya llevado o no un registro aquí. Esto se manifiesta claramente en la revelación conocida como la “Hoja de Olivo”.
Tal como lo entiendo, no hemos sido colocados aquí como élderes de Israel, apóstoles u obispos simplemente para enriquecernos con oro, plata y las cosas de este mundo. Tenemos una labor puesta sobre nuestros hombros. José Smith la tenía, Brigham Young la tenía, los Doce Apóstoles la tienen, todos la tenemos, y seremos condenados si no la cumplimos. Lo descubriremos cuando lleguemos al otro lado del velo. Por este descuido del deber tantos han abandonado esta Iglesia y reino de Dios. Apenas una décima parte de las personas que han sido bautizadas en agua para la remisión de los pecados ha muerto en la fe. En los Estados Unidos hay decenas de miles de mormones apóstatas. Muchas veces, al reflexionar, he deseado poder comprender plenamente la responsabilidad que tengo ante Dios y la responsabilidad de todo hombre que posee el sacerdocio en esta generación. Pero les digo, hermanos, que creo que nuestro corazón está demasiado puesto en las cosas de este mundo. No apreciamos, como deberían hacerlo los hombres que poseen el santo sacerdocio en esta generación, la enorme responsabilidad que tenemos ante Dios y los altos cielos, así como ante la tierra. Creo que estamos demasiado lejos del Señor. No creo que vivamos nuestra religión como debemos. No creo que nuestro corazón esté puesto en la edificación de este reino como debería estarlo en calidad de Santos de los Últimos Días. Ahora bien, no piensen que soy su enemigo porque les digo estas cosas. Siento que tenemos una obra importante que realizar, y otros continuarán la obra cuando nosotros hayamos partido. Miro a mi alrededor y contemplo la obra del tiempo. Miro a mi alrededor y veo que ocho de los Doce Apóstoles han pasado al mundo de los espíritus desde que llegamos a este valle; espero ir allí yo mismo, espero que mis hermanos también vayan; todos iremos allí antes de que transcurran muchos años. No espero otra cosa; y diré que durante el último año o los dos últimos, al reflexionar, he sentido que no tengo otra ocupación en esta tierra que procurar edificar este reino. No siento que esté justificado en poner mi corazón en las cosas de este mundo y descuidar cualquier deber que Dios requiera de mí. Y otra cosa: cuando contemplo esta generación, cuando pienso en los más de mil doscientos millones de personas que moran en la carne, muchas de ellas madurando para los juicios de Dios, una generación que está lista para recibir sobre su cabeza la ira de Dios; cuando considero estas cosas, sé que, si descuido dar mi testimonio ante ellas, si descuido dar mi testimonio a esta generación cuando tengo la oportunidad, lo lamentaré cuando entre en el mundo de los espíritus.
Así es como me siento con respecto a esta obra. Dios requiere que demos testimonio de ella a esta generación; y cuando pienso en la extensión y la magnitud de esta generación, cuando considero que esta es una generación y dispensación en la que Dios ha puesto Su mano para establecer un reino, el gran y último reino, y el único reino que el Señor haya establecido en cualquier época del mundo para permanecer sobre la tierra durante el Milenio, cuando pienso en estas cosas puedo comprender la grandeza de esta obra. El Señor nunca ha tenido profetas en ninguna época del mundo que pudieran permanecer en la carne, vivir y edificar el reino de Dios. El mundo siempre les ha hecho la guerra y los ha destruido, con excepción de Enoc, quien fue llevado al cielo con su ciudad. Ahora bien, si pudiéramos comprender que hoy tenemos el reino de Dios sobre la tierra, con la promesa de Dios nuestro Padre de que permanecerá en ella hasta la venida del Hijo del Hombre; si pudiéramos comprender esto y nuestra responsabilidad, me parece que todos tendríamos el deseo de magnificar nuestro llamamiento.
Como iba a decir, con una generación como esta, con las naciones de la tierra tal como están hoy, teniendo el poder para edificar el reino de Dios de modo que permanezca aquí, teniendo el poder para levantar templos al Dios Altísimo a pesar de la ira y la indignación de mil millones de personas; digo que, teniendo este poder y siendo sostenidos por el Señor, ciertamente deberíamos estar dispuestos a hacer nuestra parte de la obra. Hemos dado testimonio —yo lo he hecho, mis hermanos lo han hecho, los élderes de Israel lo han hecho— a esta generación durante muchos años. Hemos dado testimonio del Evangelio de Jesucristo, del Libro de Mormón y de los profetas de Dios que han sido levantados en nuestro propio tiempo, y esos testimonios se levantarán en el juicio contra esta generación y condenarán a quienes los rechacen.
Este reino está en nuestras manos para llevarlo adelante. El Dios del cielo está con nosotros. Nos ha sostenido. Aparta la ira del hombre. Ata las manos de nuestros enemigos y quebranta toda arma que se forma contra Sion. Ha establecido a Su pueblo en estos valles de las montañas.
Diría a los obispos y a todos los hombres que tienen autoridad que debemos interesarnos en llevar adelante esta obra. Debemos esforzarnos por obtener el Espíritu de Dios. Es nuestro derecho, nuestro privilegio y nuestro deber invocar al Señor para que se abra la visión de nuestra mente y podamos ver y comprender el día y la época en que vivimos. Es el privilegio de ustedes, y también el mío, conocer la disposición y la voluntad del Señor en cuanto a nuestros deberes; y si no procuramos esto, descuidamos el magnificar nuestro llamamiento.
Como ha dicho el hermano Taylor, aquí estamos en la sede de la Iglesia. Somos un ejemplo que todas las demás estacas pueden contemplar. No debemos considerar una carga nada de lo que se nos llame a realizar. Todo lo que se nos pida hacer debemos hacerlo de buena voluntad. Recuerdo los días de nuestras primeras misiones. El hermano Taylor, el hermano Brigham, yo y otros tuvimos que emprender nuestros caminos enfermos de fiebre y escalofríos, rodeados por el poder de la muerte; tuvimos que dejar a nuestras esposas e hijos sin alimento ni ropa y salir sin bolsa ni alforja para predicar el Evangelio. Dios nos mandó hacerlo, y si no lo hubiéramos hecho no estaríamos aquí hoy. Pero, por haber hecho estas cosas, Dios nos ha bendecido. Ha sostenido a los élderes fieles de esta Iglesia y reino, y continuará haciéndolo hasta que terminemos.
Quería expresar mis sentimientos en cuanto a estos asuntos. Reflexiono sobre nuestra posición. Comprendo que tenemos un testimonio que dar y que se nos hará responsables de la manera en que cumplamos nuestros deberes. Como apóstoles, setentas, élderes, presbíteros, etcétera, somos responsables ante el Dios Altísimo. Si cumplimos nuestro deber, entonces nuestras vestiduras estarán limpias. Somos atalayas sobre los muros de Sion. Es nuestro deber amonestar a los habitantes de la tierra acerca de las cosas que han de venir, y si rechazan nuestro testimonio, su sangre será sobre sus propias cabezas. Cuando los juicios de Dios sobrevengan a los inicuos, no podrán decir que no se les ha amonestado. Mis vestiduras y las de miles de otros están limpias de la sangre de las personas de esta generación, al igual que las vestiduras de José Smith, Brigham Young y los élderes de Israel que han muerto en la fe. Hemos dado nuestro testimonio, y cuando vengan los juicios de Dios, los hombres no podrán decir que no se les ha amonestado. Considero que nuestra posición ante esta generación es de inmensa importancia para nosotros y para ellos. No quiero que, cuando entre en el mundo de los espíritus, esta generación se levante y me condene, y diga que no he cumplido mi deber.
Nunca ha habido una generación como esta. Nunca ha habido un pueblo como este. Nunca ha habido una obra como esta desde que Dios hizo el mundo. Es cierto que ha habido hombres que han predicado el Evangelio; pero en el cumplimiento de los tiempos el Señor ha puesto Su mano para establecer Su reino. Esta es la última dispensación. Ha levantado a hombres y mujeres para llevar adelante Su obra y, como he dicho a menudo, muchos de nosotros hemos sido retenidos en el mundo de los espíritus desde la organización de este mundo hasta la generación en que vivimos. Nuestras vidas han estado escondidas con Cristo en Dios, y el diablo ha procurado matarnos desde el día en que nacimos hasta la hora presente. Pero el Señor nos ha preservado. Nos ha dado el sacerdocio, nos ha dado el reino y sus llaves. ¿Decepcionaremos a nuestro Padre Celestial? ¿Decepcionaremos a los antiguos profetas y apóstoles que esperaron este día? ¿Decepcionaremos a José Smith y a aquellos hermanos que nos han precedido, que pusieron los cimientos de esta obra y nos dejaron para trabajar después de ellos? Hermanos, por amor a Dios, no pongamos nuestro corazón en las cosas de este mundo descuidando las cosas de la vida eterna. Que los obispos no sientan que es difícil llevar a cabo cualquiera de los consejos que dan quienes han sido llamados a dirigir todas estas cosas. Benditos sean, si vivieran aquí en la carne mil años, tanto como el padre Adán, y vivieran y trabajaran toda su vida en la pobreza, y al terminar, por sus actos, pudieran asegurar que sus esposas e hijos estuvieran con ustedes en la mañana de la primera resurrección para morar en la presencia de Dios, esa sola cosa les recompensaría ampliamente por las labores de mil años. ¿Qué es cualquier cosa que podamos hacer o sufrir en comparación con la multiplicidad de reinos, tronos y principados que Dios nos ha revelado?
Pues bien, tenemos el reino y debemos llevarlo adelante. No les convendrá a ustedes ni a mí apostatar. Pero existe este peligro, como saben. El hermano José solía aconsejarnos de esta manera: “En el momento en que se permitan dejar de lado cualquier deber que Dios los llame a realizar para satisfacer sus propios deseos, en el momento en que se permitan volverse descuidados, ponen un fundamento para la apostasía. Tengan cuidado; comprendan que son llamados a una obra, y cuando Dios les requiera hacer esa obra, háganla”. Otra cosa que dijo fue: “En todas sus pruebas, tribulaciones y enfermedades, en todos sus sufrimientos, aun hasta la muerte, tengan cuidado de no traicionar a Dios, tengan cuidado de no traicionar al sacerdocio, tengan cuidado de no apostatar; porque si lo hacen, lo lamentarán”. Recibimos muchos consejos de esa clase, y los he recordado desde aquel día hasta el presente.
Pero no deseo retenerlos. Sentí el deseo de respaldar el testimonio que ha dado el hermano Taylor. Lo aplico a mí mismo. Nada gano al descuidar cualquier deber. Nunca he cometido un pecado en esta Iglesia y reino que no me haya costado mil veces más de lo que valía. No podemos pecar impunemente; no podemos desatender ningún consejo sin que nos traiga pesar; y el único camino seguro es disponernos a llevar la carga y cumplir nuestro deber, y así llevar adelante el reino. Ninguno de nosotros tiene mucho tiempo para permanecer aquí. Cuando miro a mi alrededor y reflexiono sobre mis hermanos que han partido, pregunto: ¿Dónde están? ¿Adónde han ido? Aquí estamos el hermano Taylor, yo y otros que formamos parte de la organización inicial de este cuórum, que hemos caminado con la Iglesia durante muchísimos años; pero el hermano José Smith y otros han partido hace mucho tiempo, han ido al mundo de los espíritus. Mientras reflexiono sobre estas cosas, a menudo pregunto: ¿Qué piensan ellos de nosotros? ¿Cómo nos considera el Señor como pueblo? Considero que el Señor y las huestes celestiales nos están observando. Sé que manifiestan gran interés en nuestro bienestar y en el proceder que seguimos. No quiero perder la salvación. Quiero ir adonde está el hermano José. Quiero ir a mi Padre Celestial, a Su Hijo Jesucristo y a los antiguos profetas que vivieron en sus generaciones.
Procuremos vivir nuestra religión. Busquemos al Santo Espíritu para que more en nuestro pecho día tras día. Benditos sean, tenemos todo lo que necesitamos de los bienes de este mundo. ¿Quién ha visto jamás a un pueblo en tan buenas condiciones como el pueblo de Utah en estos valles de las montañas? ¿Quién nos ha dado estas cosas? Nuestro Padre Celestial. Él ha bendecido la tierra para nuestro uso. Algunos quizás llamen sacrificio a esta donación que se ha hecho; pero el hermano Taylor deseaba extender una mano bondadosa a los Santos de los Últimos Días oprimidos. Queremos que reciban el beneficio de ella. Por tanto, debemos trabajar de buena voluntad. No importa cuánto tiempo sean obispos, su obra en la carne terminará dentro de poco. ¿Dónde están muchos de los obispos de esta Iglesia y reino que ocupaban el oficio hace treinta años? Han partido; y a los obispos que están aquí esta noche otros los reemplazarán dentro de poco. Todos partiremos a nuestro turno, y los fieles saldrán en la venida del Hijo del Hombre, para la cual falta poco tiempo.
Deseo fervientemente que no olvidemos a Dios; deseo fervientemente que no olvidemos la posición que ocupamos ante Él, porque diré esto acerca de mí mismo: si alguna vez he tenido satisfacción o felicidad, la he tenido en el “mormonismo”. Si hay algo de valor en mí o en lo que soy, me ha sido dado en el “mormonismo”. Si alguna vez he recibido bendiciones; si alguna vez he tenido poder para testificar de las cosas de Dios y he sido el medio para traer a alguien a la Iglesia y al reino de Dios, ha sido por el poder de Dios o por lo que se llama “mormonismo”, el Evangelio de Cristo. Sé que es el poder de Dios lo que ha realizado estas cosas. Ha sido por el poder de Dios que hemos recibido todo lo que poseemos: nuestras riquezas, nuestros dones, nuestras esposas y nuestros hijos. ¿A cuántos de ustedes se les han sellado sobre la cabeza reinos, poderes y principados en el mundo venidero? ¿Quién puede comparar estas bendiciones con el oro, la plata y las cosas de este mundo? ¿O qué puede compararse con el don de la vida eterna?
Ruego a Dios, nuestro Padre Celestial, que los bendiga, que bendiga a todos los que poseen el santo sacerdocio; que las bendiciones de Dios estén sobre ustedes. Siento que, como pueblo, tenemos que levantarnos y revestirnos del poder de Dios. Debe haber una reforma, un cambio, entre nosotros. Hay demasiado mal entre nosotros. El diablo tiene demasiado poder sobre nosotros. Muchos que llevan el nombre de Cristo y poseen el santo sacerdocio se están enfriando en las cosas de Dios. Debemos despertar; debemos arreglar nuestras lámparas y estar preparados para la venida del Hijo del Hombre. Que Dios los bendiga. Que nos guíe y nos dirija a todos. Que nos guarde en el hueco de Su mano. Que nos santifique y nos prepare para heredar la vida eterna, es mi oración, en el nombre de Jesús. Amén.



























