Diario de Discursos – Journal of Discourses V. 21

El sacerdocio, el servicio y los principios de rectitud

La autoridad del sacerdocio debe ejercerse en unidad, servicio y rectitud, pues sus derechos y bendiciones están inseparablemente unidos a los poderes del cielo.
El orden y los deberes del sacerdocio, etc.

por el presidente John Taylor y del élder Erastus Snow, pronunciado en Paris, Bear Lake, el domingo 8 de agosto de 1880, por la mañana.
Volumen 21, discurso 40, páginas 358-372


[Se observará que ha transcurrido bastante tiempo desde que se pronunció este discurso, en una época en que los Doce Apóstoles actuaban como la Primera Presidencia de la Iglesia].

Me levanto esta mañana para dirigirles algunas palabras, según me guíe y me indique el Espíritu de Dios. Lamento que no tengamos más tiempo para pasar con ustedes, pero, como debemos asistir a una conferencia en Manti, Sanpete, el próximo sábado y domingo, que queda bastante lejos de aquí, y entretanto tenemos asuntos que atender en casa, nos veremos obligados a salir de este lugar al concluir esta reunión para alcanzar el tren en Logan. Tanto a mí como a los hermanos que me acompañan nos habría complacido mucho visitarlos en sus respectivos poblados, pero, debido a estas circunstancias, no será posible hacerlo.

Hay algunos asuntos sobre los cuales deseo llamar su atención. Ayer escuchamos un discurso muy interesante del hermano Snow, en el cual comparó el clima y otras condiciones de este valle con los del sur de Utah; y, sin duda, sus observaciones contribuirán a disipar buena parte de la inquietud que, según entiendo, muchos han manifestado a causa de la severidad de sus inviernos. Además, quisiera señalar, con relación a estos asuntos, que esta es la Sion de nuestro Dios; que nos hemos congregado aquí, no con el propósito de procurar hacer nuestra propia voluntad ni llevar a cabo nuestros propios designios, ideas o teorías, sino para estar sujetos a la ley de Dios, al orden de Dios y al sacerdocio de Dios; y que nuestra mayor seguridad y felicidad, en toda circunstancia, radica en obedecer estrictamente Su ley y los consejos que de tiempo en tiempo se den por medio del santo sacerdocio. Hoy somos un reino de sacerdotes, y en gran medida poseemos el santo sacerdocio; y es esencial que nos sometamos a las leyes de ese sacerdocio y nos rijamos por ellas en todos nuestros actos. Los setentas, por ejemplo —es decir, aquellos que comprenden su posición—, esperan estar disponibles en cualquier momento para ir por todo el mundo y predicar el Evangelio a toda criatura. Eso no sería más que su deber, de conformidad con el mandamiento que Dios les ha dado. Y, en cuanto a que vivan en países cálidos o fríos, en realidad es un asunto de muy poca importancia para ellos, pues su llamamiento consiste en predicar el Evangelio a toda criatura por todo el mundo. Los sumos sacerdotes, por su parte, tienen ciertos deberes que cumplir y, si están organizados, como lo está el pueblo de esta estaca, por ejemplo, sus deberes consisten en prepararse para ciertos acontecimientos que puedan ocurrir y en aprender a presidir. Porque los deberes del Sacerdocio de Melquisedec, o sumo sacerdocio, han consistido en presidir en todas las épocas del mundo. Así lo dice Doctrina y Convenios, del cual quizá les lea algunos pasajes. Pero el hecho de que un hombre sea sumo sacerdote no significa que necesariamente deba presidir, hasta que sea llamado a cumplir algunos de los deberes y responsabilidades que corresponden a ese sacerdocio. Y es deber del presidente de los sumos sacerdotes reunir a los miembros del cuórum que tiene a su cargo e instruirlos acerca de los deberes de la presidencia, a fin de que, si alguno fuera llamado, digamos, a ocupar el oficio de uno de los Doce Apóstoles, que son sumos sacerdotes, estuviera preparado para asumir ese deber; o que, en caso de ser llamado a presidir una estaca, estuviera preparado para asumir los deberes de ese oficio; o, si fuera llamado a ser consejero del presidente de estaca, pudiera actuar sabia y eficazmente en ese puesto; o, si fuera llamado a ser miembro del sumo consejo, supiera actuar con rectitud y equidad en todos los casos que se le pidiera juzgar. Y, asimismo, si fueran llamados a ser obispos o consejeros de obispo, según el caso, deberían estar preparados para ocupar esos o cualesquiera otros oficios en los que se les llamara a actuar. Estos deberes corresponden a los sumos sacerdotes tanto como corresponde a los setentas ir a las naciones a predicar, y en el programa no existe tal cosa como sentarnos y «pasar cantando a la dicha eterna». Tampoco debemos, si somos llamados a ocupar un oficio, sentirnos en libertad de descuidar sus responsabilidades y sentarnos sin hacer nada. La idea es que debemos magnificar nuestro oficio y llamamiento, sean cuales fueren sus deberes.

También hay ciertos deberes que corresponden a los obispos y a los presidentes de estaca. Y los Doce, dondequiera que se encuentren, tienen asimismo sus deberes particulares, especialmente en la organización actual de la Iglesia, en la que los Doce ocupan el lugar de la Primera Presidencia. Para su información, deseo presentar algunas ideas sobre varios de estos puntos principales, a fin de que comprendan algo de la naturaleza de los deberes y responsabilidades que nos corresponde atender.

No es correcto suponer que todo el deber de hacer avanzar este reino recae sobre los Doce o la Primera Presidencia, según el caso, ni sobre los presidentes de estaca, los sumos sacerdotes, los setentas, los obispos o cualquier otro oficial de la Iglesia y reino de Dios; por el contrario, todos tenemos nuestros respectivos deberes que cumplir. Y puedo ir más allá en cuanto a los deberes de los hombres y también de las mujeres: todos tienen deberes que cumplir ante Dios. La organización de esta Iglesia y reino tiene el propósito expreso de poner a cada hombre en su lugar, y después se espera que cada hombre, en ese lugar, magnifique su oficio y llamamiento. Porque, mediante las ordenanzas del Evangelio y la actuación del sacerdocio, se manifiestan las bendiciones de Dios; y sin las ordenanzas, nosotros, los Santos de los Últimos Días, no podemos disfrutar de la plenitud de esas bendiciones entre nosotros, como tampoco pudieron hacerlo los santos de ninguna época del mundo, entre ningún pueblo que haya existido.

Somos de la familia de la fe, hijos de Dios. Nos hemos congregado con el propósito expreso de recibir instrucción en las leyes de la vida, para comprender la posición que ocupamos y los deberes y responsabilidades que nos corresponden. Y, como he dicho antes, no estamos aquí simplemente para llevar a cabo nuestros propios designios, satisfacer nuestros sentimientos o deseos, ni engrandecernos. Más allá de esta tierra tal como es ahora, más allá del tiempo, en las eternidades venideras, tenemos una obra que realizar, y debemos prepararnos en parte para ella mientras estamos sobre esta tierra; y Dios nos ha congregado con ese propósito. El mundo entero se revuelca en la iniquidad, la corrupción, la maldad y el mal; y a nosotros nos corresponde, en primer lugar, librarnos de todo eso y sentir que somos hijos de Dios, que Él es nuestro Padre, que estamos bajo Su ley y que debemos estar sujetos a Sus mandamientos; y que Él ha ordenado, organizado y apartado un sacerdocio para este propósito. ¿Y qué es ese sacerdocio? Es el mando y el gobierno de Dios, ya sea en la tierra o en los cielos, y es el medio por el cual Dios ha obrado en todas las épocas del mundo. Hay un orden en esto: cada hombre en su lugar; la Primera Presidencia, o los Doce, según el caso, en su lugar; los presidentes de estaca en sus lugares; el sumo consejo en su lugar; el sumo sacerdocio en su lugar; los setentas en su lugar; los élderes en su lugar; el Obispo Presidente, con sus consejeros, en su lugar; los demás obispos en su lugar; y los presbíteros, maestros y diáconos en su lugar; y cada uno sintiendo que es siervo del Dios viviente, que ha sido investido del santo sacerdocio y que tiene un deber que cumplir en Su reino; que está dispuesto, en todo momento, a llevar a cabo cualquier cosa que Dios indique mediante Su autoridad debidamente constituida, concerniente a sí mismo, a su familia, al vecindario donde vive, a la Iglesia o al mundo; que su deber consiste en difundir el Evangelio hasta los confines de la tierra, recoger al pueblo, edificar templos y realizar todo cuanto Dios requiera; y que, una vez que hayamos edificado templos, es nuestro deber administrar en ellos, para que seamos hijos de Dios, salvadores sobre el monte Sion, y seamos bendecidos del Señor de los Ejércitos, junto con nuestra posteridad. Esta es la posición que ocupamos aquí sobre la tierra.

Ahora les leeré de Doctrina y Convenios. Al hablar del sacerdocio, se nos dice: «Quedan, de aquí en adelante y en el debido tiempo del Señor, otros obispos que han de ser apartados en la iglesia para que ministren de acuerdo con el primero; por tanto, serán sumos sacerdotes que sean dignos, y serán nombrados por la Primera Presidencia del Sacerdocio de Melquisedec, a menos que sean descendientes literales de Aarón. Y si son descendientes literales de Aarón, tienen el derecho legal al obispado, si son los primogénitos entre los hijos de Aarón; porque el primogénito posee el derecho de la presidencia de este sacerdocio, y las llaves o autoridad de este.

»Ningún hombre tiene el derecho legal de ocupar este oficio, de poseer las llaves de este sacerdocio, a menos que sea descendiente literal y el primogénito de Aarón.

»Pero en virtud de que un sumo sacerdote del Sacerdocio de Melquisedec tiene la autoridad para oficiar en todos los oficios menores, él puede desempeñar el oficio de obispo cuando no se encuentre a un descendiente literal de Aarón, siempre que sea llamado, apartado y ordenado a este poder por las manos de la Primera Presidencia del Sacerdocio de Melquisedec.

»Y también un descendiente literal de Aarón debe ser designado por esta Presidencia, y ser hallado digno, y ungido y ordenado por las manos de esta Presidencia; de otra manera, no estarán legalmente autorizados para oficiar en su sacerdocio».

«Pero en virtud del decreto concerniente a su derecho al sacerdocio que desciende de padre a hijo, pueden reclamar su unción, si en cualquier ocasión pueden comprobar su linaje, o si lo determinan por revelación del Señor por las manos de la ya nombrada Presidencia».

Esto se refiere más particularmente a los obispos. Hoy no tengo tiempo para entrar en muchos detalles al respecto, pero sencillamente llamaré su atención sobre un punto, que es este: si tuviéramos entre nosotros a un descendiente literal de Aarón que fuera el primogénito, tendría derecho a las llaves, o autoridad para presidir, del obispado. Pero tendría que ser apartado y dirigido por la Primera Presidencia, sin importar cuáles fueran sus pretensiones o las de ellos, ni cuán claras fueran sus pruebas. Estas tendrían que ser reconocidas por la Primera Presidencia. Esas pretensiones de descendencia de Aarón tendrían que ser reconocidas por la Primera Presidencia y, además, quien reclamara ese derecho tendría que ser apartado por ellos para su obispado, lo mismo que un sumo sacerdote del Sacerdocio de Melquisedec llamado a ocupar ese oficio. Así, en cualquiera de los dos casos, como descendiente literal de Aarón o como sumo sacerdote, el derecho a oficiar se posee, en primer lugar, por la autoridad del sacerdocio y por el nombramiento y la ordenación, como se ha indicado antes.

Y hay otra cosa que deseo mencionar brevemente. Un obispo de esta clase, que posea las llaves de este sacerdocio, debe ser apartado por la Primera Presidencia y, si se presenta la ocasión, también debe ser juzgado por la Primera Presidencia. Sin embargo, esto no se aplica a todos los obispos, pues hay diversas clases de obispos; por ejemplo, el obispo Partridge, que presidía sobre la tierra de Sion y cuyo deber consistía en comprar tierras y repartirlas entre el pueblo como sus heredades, y encargarse de los asuntos temporales de la Iglesia, no solo en Sion, sino en toda la región occidental; también debía actuar como juez común en Israel y presidir en calidad de obispo, no actuar como presidente de una región que entonces se llamaba Sion, sino como obispo general. Posteriormente, George Miller fue nombrado para ese mismo obispado. Newel K. Whitney también fue nombrado obispo general y presidía sobre Kirtland y todas las congregaciones de la región oriental. Como verán, el llamamiento de estos hombres era muy diferente del de un obispo de uno de los barrios de una estaca, pues este solo puede presidir su propio barrio; fuera de él no tiene jurisdicción. Mientras el llamamiento de los primeros era general, el del segundo es local. Y antiguamente se nombraban agentes de los obispos. Estaba Sidney Gilbert; era un agente del obispo nombrado para ayudar al obispo Partridge en sus deberes; y el obispo Whitney también tenía sus ayudantes o agentes para asistirlo en su administración; uno presidía como obispo los asuntos de la Iglesia en el oeste y el otro presidía los asuntos de la Iglesia en el este. Pero ninguno de ellos era en aquel momento el Obispo Presidente de la Iglesia. Sin embargo, encontrarán que después George Miller fue nombrado para el mismo obispado que había ocupado Edward Partridge; y que Vinson Knight fue nombrado para presidir el obispado, con Samuel H. Smith y Shadrach Roundy como consejeros.

Hablo de estas cosas para presentar algunas ideas generales; y tendrán que examinar Doctrina y Convenios por ustedes mismos, y esto les dará la clave para llegar a la verdad en cuanto a estos principios.

Ahora bien, estos obispos generales tenían que ser nombrados por la Primera Presidencia; tenían que ser juzgados por la Primera Presidencia, al igual que el Obispo Presidente, porque eran obispos generales y habían sido nombrados por la Primera Presidencia. Pero los obispos de las estacas se encuentran en otra posición. Tienen una presidencia sobre ellos, y aunque es apropiado que esta —la presidencia de estaca— consulte con la Primera Presidencia de la Iglesia, preside sobre ellos, así como sobre los asuntos de su estaca. Hay algo relacionado con este asunto que mencionaré aquí, y es lo siguiente: además de tener un sumo consejo y una presidencia de estaca, también tienen al hermano Charles C. Rich viviendo aquí, quien es miembro del primer consejo de la Iglesia. Y si yo fuera presidente de esta estaca, siempre consultaría con él acerca de cualquier asunto importante relacionado con los intereses de la Iglesia en la estaca que presidiera. Porque los Doce poseen ahora el derecho de presidir; y como él es uno de los Doce, sería apropiado y, de hecho, yo lo consideraría un verdadero privilegio, si fuera presidente aquí, acudir a él en busca de consejo en todos los asuntos relacionados con los intereses de la estaca.

Les hablo de esto para su información, y al hacerlo evitarán muchos problemas en los que de otro modo podrían caer. Porque el hermano Rich no solo es apóstol, sino que ustedes, junto con las demás estacas, han votado por él como miembro de la Primera Presidencia y, por tanto, sería la persona apropiada a quien consultar en cualquier asunto de esa naturaleza. Y si hubiera algo que no tuviera del todo claro, tendría el privilegio de acudir a su cuórum para conocer su parecer al respecto; y cuando se sigue este proceder, todo avanza en armonía. Ahora bien, por ejemplo, aquí está el hermano Erastus Snow; él y el hermano Brigham Young, bajo el consejo y la dirección de la Primera Presidencia, emprenderán pronto una misión a las regiones del sur de la Iglesia, en Colorado y Arizona y, quizá, en Nuevo México, para velar por los intereses de la comunidad que se encuentra allí. En los poblados de todas esas regiones hay presidentes, y estos presidentes presiden estacas donde las hay organizadas. El hermano Snow me informa que hay dos estacas. Él y el hermano Brigham van investidos de la autoridad de la Primera Presidencia para regular, poner en orden y aconsejar en todos los asuntos relacionados con los intereses de ese pueblo. Dondequiera que vayan, sin importar quién presida, esperaríamos que se tomara en cuenta su consejo y que se dejaran guiar por ellos en todos sus actos. Porque los Doce no pueden ir juntos a todas partes, los intereses de la Iglesia se están extendiendo y seguimos creciendo continuamente; y Sion continuará creciendo hasta que los reinos de este mundo lleguen a ser los reinos de nuestro Dios y de Su Cristo; y eso, naturalmente, significa que, si este es el reino de Dios y el sacerdocio es la representación de ese reino, las autoridades correspondientes del santo sacerdocio, dondequiera que vayan a representar al sacerdocio, deben ser respetadas en su posición; y como estos hermanos representan a la Primera Presidencia en los lugares adonde van, deben ser respetados como tales y sus consejos deben seguirse.

Ahora bien, si eso sería apropiado para el hermano Snow y el hermano Brigham, también lo sería para el hermano Rich, porque todos poseen la misma autoridad; y esperamos que nos expongan las cosas tal como son, para que podamos aconsejar y dirigir; y ellos siempre consultan con nosotros y se complacen en recibir nuestro consejo. Por otra parte, por ejemplo, yo soy presidente de los Doce Apóstoles y, por ese motivo, actualmente presidente de la Iglesia. Pues bien, supongamos que llega el hermano Rich o cualquier miembro del Cuórum de los Doce con algo que ofrecer o presentar ante el consejo; yo diría: este hombre es apóstol del Señor Jesucristo, y tengo el derecho de escuchar su consejo o cualquier cosa que tenga que decir y, al mismo tiempo, prestarle la debida consideración. Porque me complace recibir el consejo de mis hermanos, y a ellos siempre les complace recibir el mío. Ese es el sentir que existe entre nosotros, y ese mismo sentir debe existir en todas partes, en toda la Iglesia. No corresponde que un miembro del sumo consejo diga: «Soy uno de los hombres destacados y voy a mostrarles cómo se hacen las cosas aquí; y, además, tengo mis propias ideas y voy a procurar llevarlas a cabo». Tampoco estaría bien que un presidente dijera eso; más bien, sería más conforme a nuestro llamamiento decir: «Oh Dios, Tú eres nuestro Padre y nosotros somos Tus hijos. Estamos a Tu servicio; ¿nos mostrarás, oh Señor, Tu voluntad para que la hagamos?». No nuestra propia voluntad; no deseamos hacer nuestra voluntad ni llevar a cabo nuestros propósitos, ni hacer nada para nuestro engrandecimiento personal, ni para el de nuestros amigos ni el de ninguna otra persona, sino hacer lo que es correcto, justo y equitativo ante Dios, los santos ángeles y todos los hombres honorables. Y cuando hayamos hecho eso, no pediremos favores a los turbulentos o descontentos que claman tanto al buen Señor como al buen diablo, sin saber en manos de quién pueden caer. No nos preocupan sus ideas; pero sí nos importa contar con el favor y la aprobación de nuestro Padre Celestial y de todos los hombres buenos, para que, cuando terminemos y se nos pida rendir cuentas de nuestra mayordomía, podamos decir: «Oh Dios, hasta donde nos has dado capacidad, hemos realizado la obra que has puesto en nuestras manos». Y todo miembro del sacerdocio debe sentir lo mismo; no ser como algunos de nuestros caballos indómitos, que toman el freno entre los dientes y se desbocan, porque causan muchos problemas tanto a sí mismos como a otras personas. Siempre debemos procurar trabajar juntos y ser uno, de acuerdo con las leyes del santo sacerdocio.

Ahora quiero mostrar algo acerca de este sacerdocio, y volveré a leer: «En virtud de que un sumo sacerdote del Sacerdocio de Melquisedec tiene la autoridad para oficiar en todos los oficios menores, él puede desempeñar el oficio de obispo cuando no se encuentre a un descendiente literal de Aarón, siempre que sea llamado, apartado y ordenado a este poder por las manos de la Primera Presidencia del Sacerdocio de Melquisedec». Ahí está la cuestión, y esto se aplica principalmente al Obispo Presidente; pero diría que, en un sentido más amplio, se aplica a los sumos sacerdotes que son ordenados y apartados como obispos en las diversas estacas de Sion, y que de ese modo quedan bajo la supervisión de los presidentes de estaca y mantienen con ellos la misma relación que los primeros obispos mantenían con la Primera Presidencia de la Iglesia. En aquel tiempo, la Primera Presidencia presidía sobre la estaca de Kirtland, sobre el sumo consejo, sobre los obispos y sobre todas las organizaciones de la estaca, y en realidad eran los presidentes de esa estaca. Pero se verá que, aunque eran presidentes de la estaca y ocupaban la misma posición que ahora ocupan los presidentes de estaca, al mismo tiempo eran presidentes de la Iglesia en todo el mundo, mientras que la autoridad de nuestros actuales presidentes de estaca se limita a los confines de sus respectivas estacas. Y así existe un orden perfecto en todas estas cosas relacionadas con estos asuntos.

Vuelvo a citar: «Hay en la iglesia dos sacerdocios, a saber, el de Melquisedec y el Aarónico, que incluye el Levítico». Ahora haré una o dos observaciones al respecto. ¿Qué es el Sacerdocio Levítico? En los días de Moisés hubo una tribu de los hijos de Israel que fue apartada para oficiar en algunos de los deberes menores del Sacerdocio Aarónico, y a su oficio se lo llamó Sacerdocio Levítico. Ustedes, sumos sacerdotes, setentas y obispos, pueden examinar estas cosas en la Biblia, y lo que la Biblia no les diga se lo dirá el libro de los Convenios; y deben conocer este asunto. Es su deber investigar estas cosas, escudriñar los registros, examinar las revelaciones de Dios y familiarizarse con los principios, las leyes, los gobiernos y todo aquello que contribuya al bienestar de la humanidad.

«El oficio de élder corresponde al Sacerdocio de Melquisedec. El Sacerdocio de Melquisedec posee el derecho de presidir, y tiene poder y autoridad sobre todos los oficios en la iglesia en todas las edades del mundo, para administrar en las cosas espirituales».

«Bueno —dicen ustedes—, yo pensaba eso; esa ha sido mi idea: los obispos deben atender todos los asuntos temporales». Leeremos un poco más. A menudo se cometen errores y se transmiten ideas incorrectas al tomar pequeños textos aislados. Debemos considerar el conjunto para determinar lo que se quiere decir y trazar correctamente la palabra de verdad.

«La Presidencia del Sumo Sacerdocio, según el orden de Melquisedec, tiene el derecho de oficiar en todos los oficios de la iglesia».

Ahora bien, ¿pueden mostrarme algún oficio, llamamiento, deber o responsabilidad, temporal o espiritual, que no quede comprendido en esta declaración? Por esto, considero que esta Presidencia tiene algo que ver con los obispos y las cosas temporales, así como con el Sacerdocio de Melquisedec y las cosas espirituales, y con todo lo que pertenece a los intereses y al bienestar de Sion. Así es como entiendo estos asuntos. Podría tratar estas cuestiones muy extensamente, pero no me propongo hacerlo, pues no hay tiempo. Sin embargo, esta es la posición que ocupan.

«Los sumos sacerdotes según el orden del Sacerdocio de Melquisedec tienen el derecho de oficiar en su propia posición, bajo la dirección de la presidencia, para administrar las cosas espirituales, y también en el oficio de élder, presbítero —del orden levítico—, maestro, diácono y miembro», etc.

Esto muestra realmente, en tan pocas palabras como es posible para darles a entender el asunto, la manera que Dios ha señalado para gobernar esos asuntos en Su Iglesia y reino, sin entrar extensamente en detalles.

Cuando tenemos una organización de estaca, como la que ustedes tienen aquí, la presidencia de estaca preside sobre todos los obispos, sumos consejos y todas las autoridades de la estaca. Los distintos obispos presiden sus respectivos barrios y administran sus asuntos bajo la dirección de la presidencia de estaca, que, en su oficio y llamamiento, es responsable ante la Primera Presidencia de la Iglesia. Los obispos también están bajo la dirección del Obispo Presidente Hunter en todos los asuntos relacionados con los intereses temporales de la Iglesia. Y el obispo Hunter está bajo la dirección de la Primera Presidencia, pues el Sacerdocio Aarónico es una dependencia del Sacerdocio de Melquisedec. Sin embargo, el deber particular del Sacerdocio Aarónico es atender los asuntos temporales; pero la Primera Presidencia preside sobre todos los obispos, todos los presidentes y todas las autoridades, y, finalmente, Dios preside sobre todos.

Ahora bien, a veces nos gusta —es decir, a algunos de nosotros— hablar de nuestra autoridad. Es algo que me importa muy poco. Les diré lo que quiero hacer, si puedo. Quiero conocer la voluntad de Dios para hacerla, y no quiero imponer, dominar ni ejercer un control arbitrario. Por otra parte, todos los hombres deben estar debidamente sujetos a la presidencia y al sacerdocio que los presiden. Si yo fuera obispo, querría saber lo que desea el presidente de mi estaca y consultaría con él; y, si hubiera algo que interesara al obispo Hunter, querría conocer su parecer.

Leeré un poco más sobre este asunto del sacerdocio:

«¿Hasta cuándo pueden permanecer impuras las aguas que corren? ¿Qué poder hay que detenga los cielos? Tan inútil le sería al hombre extender su débil brazo para contener el río Misuri en su curso decretado, o volverlo hacia atrás, como evitar que el Todopoderoso derrame conocimiento desde el cielo sobre la cabeza de los Santos de los Últimos Días. He aquí, muchos son los llamados, y pocos los escogidos. ¿Y por qué no son escogidos? Porque a tal grado han puesto su corazón en las cosas de este mundo, y aspiran tanto a los honores de los hombres».

Ahora deseo que presten especial atención a esto, ustedes los élderes, sumos sacerdotes, setentas, presbíteros, maestros y diáconos, y todos los hombres que poseen el sacerdocio: «Que no aprenden esta lección única: Que los derechos del sacerdocio están inseparablemente unidos a los poderes del cielo, y que estos no pueden ser gobernados ni manejados sino conforme a los principios de la rectitud»; y no conforme a ningún otro principio. Y cuando alguien se aparta de eso y actúa conforme a un principio de injusticia, el resultado será el que se declara en el contexto, a saber: «Es cierto que se nos pueden conferir; pero cuando intentamos encubrir nuestros pecados, o satisfacer nuestro orgullo, nuestra vana ambición, o ejercer mando, dominio o compulsión sobre las almas de los hijos de los hombres, en cualquier grado de injusticia, he aquí, los cielos se retiran, el Espíritu del Señor es ofendido, y cuando se aparta, se acabó el sacerdocio o autoridad de tal hombre». Ese es el resultado de obrar mal; ese es el resultado de pervertir la autoridad que Dios nos ha conferido para nuestros fines personales y para satisfacer nuestra propia ambición. «He aquí, antes que se dé cuenta, queda abandonado a sí mismo para dar coces contra el aguijón, para perseguir a los santos y combatir contra Dios». ¿Pueden frustrar los propósitos de Dios? No. Son tan inofensivos como niños pequeños. El que mora en los cielos se ríe de ellos, y a todos los hombres que poseen el sacerdocio del Hijo de Dios nada les importan sus amenazas ni los esfuerzos que hacen para impedir el progreso de la verdad en la tierra, porque sabemos que todo lo que puedan hacer será encauzado para nuestro bien. Van por el camino descendente que conduce a la muerte y, con el tiempo, tendrán su recompensa. Quisiéramos que fuera de otro modo, pero no podemos cambiarlo; esa es una de las cosas de las que tienen que ocuparse ellos mismos. A nosotros nos corresponde ser fieles a Dios y a nuestro sacerdocio, y todo nos irá bien.

De nuevo citamos: «Hemos aprendido, por tristes experiencias, que la naturaleza y disposición de casi todos los hombres, en cuanto reciben un poco de autoridad, como ellos suponen, es comenzar inmediatamente a ejercer injusto dominio. Por tanto, muchos son llamados, pero pocos son escogidos. Ningún poder o influencia se puede ni se debe mantener en virtud del sacerdocio, sino por persuasión, por longanimidad, benignidad, mansedumbre y por amor sincero; por bondad y por conocimiento puro, lo cual ennoblecerá grandemente el alma sin hipocresía y sin malicia; reprendiendo en el momento oportuno con severidad, cuando lo induzca el Espíritu Santo; y entonces demostrando mayor amor hacia el que has reprendido, no sea que te considere su enemigo; para que sepa que tu fidelidad es más fuerte que los lazos de la muerte. Deja también que tus entrañas se llenen de caridad para con todos los hombres, y para con los de la familia de la fe, y deja que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente; entonces tu confianza se fortalecerá en la presencia de Dios; y la doctrina del sacerdocio destilará sobre tu alma como rocío del cielo. El Espíritu Santo será tu compañero constante, y tu cetro, un cetro inmutable de justicia y de verdad; y tu dominio será un dominio eterno, y sin ser compelido fluirá hacia ti para siempre jamás».

¡Qué hermosa condición nos presenta Dios! ¿Procuraremos vivir de esa manera? ¿O tomaremos nuestro propio camino y seguiremos nuestro propio rumbo? Estas cosas son hermosas cuando reflexionamos sobre ellas. Todos sabemos que son verdaderas y son principios que encuentran aprobación en nuestro corazón. Procuremos, entonces, vivirlos.

Hay otros órdenes del sacerdocio; tenemos élderes, y tienen sus deberes que cumplir, de los cuales no me propongo hablar ahora. También tenemos a nuestros presbíteros, maestros y diáconos, todos los cuales ocupan posiciones importantes, y todos deben procurar magnificar su llamamiento. ¿Y qué deben hacer? Les contaré algo que me ocurrió hace más de cuarenta años. En aquel tiempo vivía en Canadá y era un élder viajante. Presidía varias de las congregaciones de aquella región. Había un conflicto en una rama de la Iglesia, y se tomaron medidas para presentar el asunto ante mí a fin de resolverlo. Lo consideré muy seriamente y pensé que era un asunto muy insignificante. Porque debemos elevarnos por encima de tales cosas y andar en un plano más alto, pues somos hijos de Dios y debemos estar dispuestos a sufrir una injusticia antes que cometerla; a ceder mucho ante nuestros hermanos por el bien de la paz y la tranquilidad, y para asegurar y fomentar buenos sentimientos entre los santos. En aquel tiempo no tenía la experiencia que tengo ahora y, sin embargo, no sé si podría hacer algo mejor que lo que hice entonces. Antes de ir a la audiencia, me incliné ante el Señor y procuré recibir de Él sabiduría para conducir debidamente el asunto, pues tenía muy presente el bienestar del pueblo. Cuando nos reunimos, abrí la reunión con una oración y después pedí a varios de los presentes que oraran; lo hicieron y el Espíritu de Dios descansó sobre nosotros. Pude percibir que había buenos sentimientos en el corazón de quienes habían venido a presentar sus quejas, y les dije que expusieran su caso. Pero dijeron que no tenían nada que presentar. Los sentimientos y el espíritu que habían tenido los habían abandonado; el Espíritu de Dios había borrado esos sentimientos de su corazón y sabían que lo correcto era perdonarse unos a otros.

Ustedes, presbíteros, maestros y diáconos, busquen al Señor y Él los bendecirá. Y ustedes, mis hermanos, cuando los maestros los visiten, no piensen que son sumos sacerdotes y que ellos son solo maestros, apenas dignos de su atención. Son sus maestros y deben reverenciarlos. Y si esperan ser honrados en su llamamiento, deben honrarlos en el suyo. Cuando los maestros vienen a visitarme, me complace verlos; y reúno a los miembros de mi familia que se encuentren en casa en ese momento para escuchar lo que tengan que decirnos. Y les digo que nos hablen con libertad y franqueza, a mí, a mis esposas y a mis hijos; en otras palabras, que cumplan su deber como maestros, y entonces los ayudaré a llevar a cabo sus instrucciones. Así es como me siento hacia nuestros maestros. El ojo no puede decir al oído: «No tenemos necesidad de ti»; ni la cabeza a los pies: «No tengo necesidad de ustedes», porque si uno de los miembros sufre, todos los demás sufren con él; y si un miembro se regocija, todos los demás participan del mismo sentimiento. Por consiguiente, me siento obligado por el deber a atender estas cosas.

Tenemos aquí nuestras Sociedades de Socorro, y han realizado una buena obra. Y las personas desean saber algo acerca de estas organizaciones. Yo estaba en Nauvoo cuando el profeta José Smith organizó la Sociedad de Socorro, y estuve presente en aquella ocasión. Asistí a una reunión reciente de la Sociedad celebrada en Salt Lake City y leí, de un registro llamado el Libro de la Ley del Señor, el acta de aquella reunión. En aquella reunión, el Profeta llamó a la hermana Emma a ser una dama elegida. Eso significa que fue llamada a cierta obra, en cumplimiento de una revelación concerniente a ella. Fue elegida para presidir la Sociedad de Socorro y fue ordenada para explicar las Escrituras. En cumplimiento de la petición del hermano José, la aparté y también ordené a la hermana Whitney, esposa del obispo Newel K. Whitney, y a la hermana Cleveland, esposa del juez Cleveland, para que fueran sus consejeras. Algunas hermanas han pensado que, mediante esa ordenación, las hermanas mencionadas fueron ordenadas al sacerdocio. Y, para información de todos los interesados en este asunto, diré que no es el llamamiento de estas hermanas poseer el sacerdocio, sino en relación con sus esposos, siendo ellas una con sus esposos. La hermana Emma fue elegida para explicar las Escrituras y presidir la Sociedad de Socorro; después, las hermanas Whitney y Cleveland fueron ordenadas al mismo oficio, y creo que la hermana Eliza R. Snow como secretaria. Hace poco asistí a una reunión en Salt Lake City en la que fueron apartadas la hermana Snow y la hermana Whitney. Dio la casualidad de que yo era el único miembro de los Doce que estaba en la ciudad en aquel momento, pues los demás miembros del cuórum estaban ausentes por razones inevitables. Fui a esa reunión y aparté a la hermana Whitney y a la hermana Snow, que eran dos de aquellas a quienes había apartado unos cuarenta años antes en Nauvoo. Y después de hacerlo, ellas me recordaron la coincidencia. Sin embargo, en esta reunión la hermana Snow fue apartada para presidir las Sociedades de Socorro en la tierra de Sion, y la hermana Whitney como su consejera, junto con la hermana Zina D. Young, su otra consejera. Hablo de esto para información de las hermanas, aunque supongo que quizá lo hayan leído en su periódico, el Exponent.

Con respecto a esas sociedades, diré que han realizado una buena obra y son de gran ayuda para nuestros obispos, además de estar especialmente capacitadas para consolar, bendecir y alentar a aquellas de sus hermanas que necesitan su cuidado, así como para visitar a los enfermos y aconsejar e instruir a las mujeres más jóvenes en las cosas relacionadas con su llamamiento como hijas y santas del Altísimo. Me complace decir que tenemos muchísimas mujeres honorables y nobles dedicadas a estas labores de amor, y el Señor las bendice en sus labores, y yo las bendigo en el nombre del Señor. Y digo a nuestras hermanas: sigan siendo diligentes y fieles en procurar el bienestar y la felicidad de las mujeres; instruyan y formen a sus propias hijas en el temor de Dios y enseñen a sus hermanas a hacer lo mismo, para que seamos bendecidos del Señor y nuestra posteridad con nosotros.

Nuestras Asociaciones de Mejoramiento de los jóvenes son instituciones muy dignas de elogio, y los frutos de las labores de quienes se dedican a esta obra ya están manifestándose. Siento en mi corazón decir: que Dios bendiga a los hombres y a las mujeres jóvenes de Israel; que sea el deseo de su corazón imitar las virtudes de sus padres y de todos los hombres y mujeres buenos, manteniendo puros sus cuerpos y sus espíritus ante Dios y ante los hombres.

También tenemos nuestras Escuelas Dominicales; y muchos de nuestros hermanos y hermanas están realizando una buena obra en este ámbito. Aconsejaría a los superintendentes de las Escuelas Dominicales que procuraran reunir a las personas más capaces que puedan encontrar para enseñar e instruir a nuestros niños. ¿En qué obra más grande o más honorable podemos participar que en enseñar a los niños los principios de la salvación? Dios los bendecirá a ustedes que son diligentes y ponen su corazón en estas cosas, y llegará el día en que la juventud de Israel se levantará y los llamará bienaventurados.

Luego, con respecto a nuestras escuelas de enseñanza general, procuremos instruir a nuestros jóvenes lo mejor que podamos y conseguir a los mejores maestros: hombres y mujeres inteligentes e instruidos que no solo sean de buena conducta moral, sino buenos Santos de los Últimos Días; hombres y mujeres que no solo sean capaces de impartir a nuestros hijos los rudimentos de la educación, sino que también puedan enseñarles las leyes de Dios tal como Él las ha revelado para guiarnos. Y cuando consigan buenos maestros, deben apreciarlos y colaborar con ellos en sus esfuerzos por enseñar a nuestros jóvenes; y después, asegurarse de que reciban una remuneración adecuada por sus servicios.

Algunas personas hablan de la gran ignorancia de los «mormones». En cuanto a educación, estamos a la par de los Estados Unidos. Es cierto que no poseemos academias y universidades tan notables como las que pueden encontrarse en los grandes centros de nuestra nación, pero las cifras oficiales muestran que nuestro nivel educativo está por encima del promedio de los Estados Unidos. Y puedo añadir que nuestro grado de alfabetización es superior al de la nación. Tengamos en cuenta que no hemos recibido ni un centavo de ninguna fuente externa, mientras que las principales instituciones de enseñanza han recibido millones, sí, decenas de millones de dólares, para poder educar a sus jóvenes. Esto es algo de lo que tenemos derecho a sentirnos orgullosos. Sigamos, pues, fomentando la educación; y que los administradores de nuestras escuelas estén atentos a proporcionar a los edificios escolares todas las láminas y los libros necesarios; que no sean mezquinos en estas cosas. Y, sobre todo, que cuanto hagamos contribuya a promover los intereses de la Iglesia y reino de Dios sobre la tierra.

Siento el deseo de decir: que Dios los bendiga, mis hermanos y hermanas. Y que Dios bendiga al hermano Budge, quien está realizando una buena obra en Inglaterra y que, por cierto, estará nuevamente entre ustedes muy pronto. Y que Dios bendiga al hermano Hart y al hermano Osmond, al sumo consejo y a los obispos y sus consejeros; y que Dios bendiga a los élderes, los setentas y los sumos sacerdotes, junto con las Sociedades de Socorro y las Asociaciones de Mejoramiento Mutuo; y que Dios bendiga a todos los hombres que aman a Israel y desean guardar los mandamientos de Dios; y que el Señor nos ayude a ser fieles a nuestra religión, fieles a nuestro Dios y fieles a nuestra integridad, para que finalmente seamos salvos en el reino celestial de Dios. Lo pido en el nombre de Jesús. Amén.

El élder Erastus Snow pronunció entonces las siguientes palabras: Siento que esta mañana hemos disfrutado de un banquete de manjares suculentos; que las palabras del presidente Taylor han estado colmadas de verdades genuinas y llenas de instrucción y consejo, y que una bendición permanecerá con todos aquellos que permitan que estas instrucciones encuentren lugar en su corazón y en su entendimiento.

Mientras el presidente Taylor trataba sobre el orden del sacerdocio, cuya historia se ha dado en la Biblia por medio de Moisés, y también en ciertas revelaciones dadas a esta Iglesia por medio del profeta José Smith, despertó una serie de reflexiones que llevaron la mente desde el tiempo de Moisés hasta el de Abraham, Noé, Enoc y Adán. Adán fue el primer hombre designado por Dios como gobernante de la tierra; a él se le dijo: tendrás dominio sobre la tierra y sobre las cosas que hay en ella. Y cuando comenzó a multiplicarse y a henchir la tierra, y sus hijos y las familias de estos aumentaron en ella, se dio un derecho de dominio; se lo llamó la primogenitura, y pertenece al primogénito de los hijos varones. Y este parece haber sido un orden que existía en los cielos aun antes de Adán. Porque está escrito de Jesús, el Cordero de Dios, que fue el primogénito entre muchos hermanos. Además, Sus derechos de dominio como Primogénito continuaron con Él porque amó la justicia y aborreció la maldad; por lo tanto, fue ungido con óleo de alegría más que Sus compañeros. Pero, a pesar de Su primogenitura, si no hubiera amado la justicia y aborrecido la maldad, ni ejercido Sus derechos y Su dominio en relación con los poderes del cielo y los principios de rectitud, no habría sido escogido ni habría recibido esta unción con óleo de alegría más que Sus compañeros. Pero, porque los ejerció debidamente y agradó a Su Padre, fue escogido, como tenía derecho a serlo o, más bien diré, como era Su privilegio, porque honró Su primogenitura; y, por tanto, fue ungido más que Sus compañeros y llegó a ser el Apóstol principal, el Sumo Sacerdote de nuestra profesión, el Hijo, el Mediador entre nosotros y el Padre.

El mismo principio se aplicó a los hijos de Adán; y así Caín, siendo el primogénito de la familia de su padre, según el relato bíblico, podría haber estado a la cabeza de este sacerdocio bajo la dirección de su padre, poseyendo el derecho por nacimiento; pero, en lugar de ejercer su primogenitura conforme a los principios de rectitud y en armonía con los poderes del cielo, se ofuscó y no comprendió su verdadera posición, y su ofrenda no fue aceptada. Pero Abel, su hermano menor, que era manso y humilde de corazón y procuraba la inspiración del Espíritu, fue guiado a presentar como ofrenda los primogénitos de su rebaño, que eran una verdadera representación del Cordero de Dios; y, además, la ofrenda se hizo con el verdadero espíritu de su ministerio y sacerdocio; por tanto, agradó al Padre, y Él la aceptó. Entonces, cuando Caín vio que su ofrenda no había sido aceptada y que la de su hermano Abel sí lo había sido, Satanás lo tentó, entró en él y lo condujo por el camino de todos los apóstatas: quedó poseído por el espíritu de asesinato. Lo menciono como la primera apostasía de la que tenemos registro después de la caída del hombre; por ella, Caín perdió su privilegio de primogénito y la bendición recayó sobre alguien más digno, y los derechos del sacerdocio pasaron al siguiente hijo de Adán, que, según el registro bíblico, fue Set, quien magnificó el sacerdocio, honró su primogenitura y poseyó la bendición del sacerdocio, que su padre selló sobre él; y de él descendió a los justos de su posteridad.

Desde aquel tiempo en adelante, las Escrituras hablan de muchos casos en los que esta primogenitura continuó entre los descendientes de Set hasta llegar a Noé y a sus hijos, de entre los cuales Sem recibió las bendiciones correspondientes al sacerdocio. Abraham descendió de Sem, y el Salvador vino por este linaje; y mediante esta bendición de Noé sobre Sem, el sacerdocio continuó por medio de su descendencia; mientras que la posteridad de Cam heredó una maldición, y fue porque, según enseña una revelación, parte de la sangre de Caín se mezcló con la de la familia de Cam y, por ello, heredaron esa maldición.

Ahora pasaremos por alto los pasajes de la Biblia que hablan de esta primogenitura hasta llegar a Isaac, hijo de Abraham, y a Jacob, hijo de Isaac, quien compró la primogenitura de su hermano Esaú. Por la historia que se cuenta de cómo Rebeca ayudó a su hijo Jacob a obtener la primera bendición de su padre Isaac, con el propósito de asegurar la primogenitura de su hermano Esaú, algunos se inclinarían a pensar que se emplearon el engaño, la deshonestidad y medios injustos para obtenerla, y quizá se pregunten por qué habría de ser así. En realidad, no fue ese el caso; solo parece serlo a los ojos de quienes no comprenden los tratos de Dios con el hombre ni la manera en que obra el Espíritu Santo para llevar a cabo Sus propósitos. No hubo injusticia ni en Rebeca ni en Jacob en este asunto; por el contrario, estuvo presente la sabiduría del Todopoderoso, manifestando Su providencia al guiarlos de tal manera que se cumplieran Sus propósitos, al influir en Esaú para que transfiriera su primogenitura a Jacob, a fin de ratificarla y confirmarla sobre la cabeza de Jacob; sabiendo, como sabía, que Jacob y su descendencia eran y serían más merecedores de la primogenitura y la magnificarían conforme a su verdadero espíritu. Mientras tanto, Esaú no comprendía ni apreciaba su condición ni su primogenitura; no la respetaba como debía, ni escuchaba los consejos de su padre y de su madre. Por el contrario, siguió su propio camino con voluntad obstinada, se dejó llevar por sus pasiones e inclinaciones y tomó por esposa a una de las hijas de los cananeos, a quienes el Señor no había bendecido; y por ello dejó de ser aceptable ante Dios y ante su padre y su madre. Se entregó a ocupaciones agrestes: a la caza y a seguir las costumbres de los cananeos, y desagradó al Señor y a sus padres, y no fue digno de este derecho de primogenitura. Por lo tanto, el Señor tuvo a bien quitárselo, y la madre recibió la inspiración de ayudar al hijo menor a llevar a cabo el propósito del Señor, asegurando para sí la bendición mediante el conducto legítimo del sacerdocio. Y, como saben, su padre fue inducido a bendecirlo y a confirmar esa bendición sobre él.

Ahora bien, aunque todos estos ejemplos de las Escrituras reconocen el derecho llamado primogenitura, que ha descendido desde el principio, el mismo principio se manifiesta en todos esos casos expuestos en la revelación que leyó el presidente Taylor: que nadie puede poseer estos derechos del sacerdocio sino en relación con los poderes del cielo, y que no pueden ejercerse sino conforme a los principios de rectitud; y todos los que no ejercen estos derechos conforme a los principios de rectitud y en relación con los poderes del cielo, sujetos a sus consejos, instrucciones y leyes, pierden su primogenitura, y el derecho pasa a otro.

Tenemos otro ejemplo de esta clase en Rubén, el mayor de los doce hijos de Jacob. Encontramos que la primogenitura pasó de él a otro. Cometió una transgresión que ofendió al Señor y a su padre, y fue de tal naturaleza que no podía dejarse pasar impunemente; y la primogenitura le fue quitada y dada a los hijos de José. Encontramos explicado en Crónicas que, por cuanto Rubén profanó el lecho de su padre, la primogenitura le fue quitada y dada a los hijos de José; y el sacerdocio se contó según ese linaje, aunque Judá prevaleció sobre sus hermanos en el sentido de que por él vino el Gobernante principal de Israel, mientras que a Efraín, hijo de José, se le dieron las llaves del sacerdocio, o aquellos derechos que corresponden a la primogenitura. De los dos hijos de José, Efraín y Manasés, el Señor dijo: Manasés será grande, pero Efraín será mayor que él y llegará a ser una multitud en la tierra. Y cuando el patriarca bendecía a los dos hijos de José, aunque era ciego, se cuidó de cruzar las manos al bendecir a los muchachos. José, al observar lo que hacía su padre, le informó que estaba poniendo la mano derecha sobre la cabeza del menor; pero el anciano respondió: «Lo sé, hijo mío». El Espíritu del Señor lo impulsó a hacer lo que hizo: conferir la mayor bendición sobre Efraín, el hermano menor. Por esta razón Dios habló por boca de Jeremías acerca del recogimiento de Israel: «Soy un padre para Israel, y Efraín es mi primogénito». Eso es conforme a Sus propósitos. Reconoció y volvió a confirmar esta primogenitura sobre Efraín, el menor de los dos hijos de José, al referirse a la dispensación del cumplimiento de los tiempos y al comienzo de su gran obra, cuando el Señor extendería Su mano para recoger a Su pueblo y sería un Padre para Israel, sí, para Efraín, Su primogénito.

Ahora bien, el Sacerdocio Levítico al que se ha hecho referencia no era un sacerdocio nuevo. No entendemos que fuera un orden del sacerdocio instituido cuando Israel estaba en el desierto de Sinaí, sino que desde el principio había sido parte del santo sacerdocio: una dependencia, subdivisión o rama del mismo sacerdocio. Los derechos de este descendían de padre a hijo entre los primogénitos, a menos que el primogénito no lo apreciara ni lo ejerciera con rectitud. En ese caso, pasaba a otro de los hijos.

Vemos el mismo principio expuesto cuando el Señor mandó a Moisés que tomara a la tribu de Leví y la apartara para que fueran sacerdotes. Les dio la razón. Ahora, dijo Él, he reclamado como míos a los primogénitos de todas las familias de Israel. Cuando envié a mi ángel a herir a los primogénitos de los hijos de Egipto, hice que mi ángel pasara de largo junto a las familias de Israel para que no hiriera a sus primogénitos. En memoria de esto instituyó la ordenanza llamada la Pascua, para conservar en la mente de los israelitas la ocasión en que el Señor pasó por alto a sus primogénitos, mientras hizo que fueran muertos los primogénitos de los hijos de Egipto. Por esta razón, dijo, he consagrado a los primogénitos como míos; y ahora, dijo a Moisés, tomaré de entre las tribus de Israel a la casa de Leví, y tú los consagrarás para que oficien, etc. Este principio ha continuado desde el principio. Lo vemos ejemplificado en el llamamiento del Cordero de Dios, quien fue el Primogénito entre muchos hermanos y fue obediente a Su Padre en todas las cosas; quien amó la justicia y aborreció la maldad y, por tanto, fue escogido y ungido con óleo de alegría más que Sus compañeros. De igual manera, en años posteriores, a quienes ejercieron su primogenitura en relación con los poderes del cielo y conforme a los principios de virtud, integridad y rectitud, se les confirmaron estos derechos. Pero en ningún caso, cuando actuaron injustamente, fueron escogidos para recibir la confirmación de las ordenanzas del sacerdocio. En los días de Elí, quien permitió que sus hijos, herederos del sacerdocio, dieran malos ejemplos y cometieran iniquidades en Israel, Dios hizo responsable al padre por el proceder de ellos, destruyó tanto a Elí como a sus hijos y levantó a otro en su lugar.

El pasaje de Doctrina y Convenios que se ha leído ante ustedes muestra con toda claridad que los derechos, las bendiciones y las llaves de este sacerdocio solo pueden poseerse y ejercerse en relación con los poderes del cielo y conforme a los principios de rectitud. Es sumamente hermoso contemplarlo. Es como manzanas de oro en engastes de plata.

Y que Dios nos permita guardar estas cosas en nuestro corazón y alcanzar todo lo que Él ha preparado para nosotros es mi ferviente oración, en el nombre de Jesús. Amén.

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