Diario de Discursos – Journal of Discourses V. 21

El conocimiento revelado y el destino eterno de los hijos de Dios

Dios puede ampliar las facultades humanas mediante la revelación y preparar a Sus hijos fieles para recibir la plenitud de la gloria celestial y participar en Sus obras eternas.
El poder de Dios para comunicar inteligencia—La diferencia de capacidad entre el mortal y el inmortal—El futuro del hombre, etc.

por el élder Orson Pratt, pronunciado en el Tabernáculo de Salt Lake City, el domingo 13 de junio de 1880, por la tarde.
Volumen 21, discurso 28, páginas 256-263


Procuraré ocupar unos momentos, y quizás continúe mis palabras hasta que sea hora de terminar la reunión. Desearía gozar de mejor salud; entonces me sentiría más dispuesto a hablar. Pero, aun así, estoy dispuesto a esforzarme cuanto pueda y también a concentrar mi mente en el gran tema de la salvación y en los principios relacionados con la vida eterna y la felicidad en el mundo venidero. A veces es difícil para una persona que no se siente bien físicamente concentrar la mente en aquellos temas que serán edificantes e instructivos para el pueblo.

Siempre me proporciona gran gozo y placer tener la oportunidad de expresarme acerca de la grande e importante obra que nuestro Padre Celestial ha considerado conveniente comenzar en nuestros días. Se nos ha hecho partícipes, en cierta medida, del Espíritu del Dios viviente relacionado con esta última dispensación. Este Espíritu, cuando se recibe y le prestamos atención y concentramos nuestra mente en el objeto de Su acción, puede instruir e impartir mucha información y conocimiento tanto a los hombres como a las mujeres que lo poseen. El Espíritu de Dios es un espíritu de revelación. Siempre ha sido un espíritu que revelaba algo a la familia humana cuando la humanidad lo poseía. Sin embargo, desde el comienzo del mundo ha habido muchas épocas en que los hijos de los hombres se han alejado tanto del Todopoderoso, se han apartado tanto de Sus ordenanzas y preceptos, que el espíritu de revelación no ha tenido cabida en ellos. Puede considerarse que el mundo se encuentra en un lamentable estado de oscuridad e incredulidad siempre que este grande y glorioso don se retira de los hijos de los hombres; porque sin este don, sin este Espíritu, sin revelación del Altísimo, es absolutamente imposible que la familia humana sea salva en el reino celestial de nuestro Padre y Dios. Quizás algunos piensen que esta es una afirmación muy amplia. Se referirán a los últimos dieciséis o diecisiete siglos y dirán que nuestros padres no han disfrutado del espíritu de revelación durante ese tiempo y que, si su afirmación es verdadera, señor Pratt, nuestros padres no son salvos en el reino celestial de Dios. No digo que todos nuestros padres serán enviados a un infierno sin fin. No he hecho tal afirmación. No digo que no recibirán felicidad, gloria ni recompensa alguna en el mundo venidero; no he hecho tal afirmación; pero entiendan mi declaración: si durante este largo período el mundo no ha poseído revelación divina dirigida directamente a las personas, entonces ninguna de ellas ha sido salva en el reino celestial de nuestro Padre y Dios. Ahora espero que me hayan comprendido. Hay una diferencia considerable entre ser salvo en algún reino donde hay cierta gloria y cierta felicidad, y ser salvo en el reino donde mora nuestro Padre. Solo hay una manera de obtener este reino, el reino cuya gloria está representada por uno de los astros más brillantes que resplandecen en aquellos cielos, a saber, el sol. Nuestro Salvador nos dice que quienes obedezcan Sus mandamientos resplandecerán como el sol en el reino de nuestro Padre. El apóstol Pablo nos informa que en los mundos eternos hay muchas clases diferentes de gloria. En el capítulo 15 de su primera epístola a los Corintios dice: “Una es la gloria del sol, y otra la gloria de la luna, y otra la gloria de las estrellas, pues una estrella es diferente de otra en gloria. Así también es la resurrección de los muertos”. No todos resucitan a la misma gloria, ni a la misma felicidad, ni a la misma plenitud, ni al mismo reino; sino que se levantan de sus tumbas y salen —aquellos que son considerados dignos de alguna clase de gloria— para recibir aquello de lo que son dignos, todo aquello por lo que han vivido, y nada más.

Nuestro Padre, que mora en aquellos cielos, y Su Hijo Jesucristo habitan en el grado más alto de gloria en la eternidad. Poseen toda la plenitud de gloria. Tienen una plenitud de felicidad, una plenitud de poder, una plenitud de inteligencia, luz y verdad, y gobiernan sobre todos los demás reinos de gloria inferior, de felicidad inferior y de poder inferior. Su gloria es semejante a la del sol; o, por lo menos, puesto que el sol es el cuerpo más notable que conocemos directamente en cuanto a su gloria, se hace referencia a él como símbolo del grado más alto de gloria en los cielos. El Evangelio tiene por objeto exaltar a los hijos de los hombres a ese mismo grado de gloria donde moran nuestro Padre y Su Hijo. Por eso nuestro Salvador dijo, cuando estaba a punto de despedirse de Sus apóstoles en tiempos antiguos: “No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; de otra manera os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me voy y os preparo lugar, vendré otra vez y os tomaré a mí mismo, para que donde yo esté, vosotros también estéis”. Hay una morada donde Él habita. No se nos ha revelado dónde se encuentra esa morada en medio del vasto espacio que nos rodea. Quizás se haya revelado en épocas anteriores del mundo; pero nosotros, como Santos de los Últimos Días, no tenemos revelación acerca de su ubicación. Sin embargo, hay un lugar donde moran estos dos gloriosos Personajes. Tiene una ubicación tan real como la de nuestra tierra en el sistema solar. Pero cuando digo que nuestro Padre y Dios está situado en una morada gloriosa, o mundo celestial, no quiero que se entienda que está confinado a ese lugar. No interpreten mal el asunto. No está confinado a esa localidad particular en medio del espacio universal. Tiene un poder que nosotros no poseemos. Tiene poder para trasladarse de ese lugar particular a otros dominios, otros mundos y otras creaciones, y para hacerlo con inmensa velocidad. Por supuesto, realizar esto debe llevar tiempo. Hay algunos, sin embargo, cuyas ideas son tan insensatas que suponen que no se requiere tiempo para que el Todopoderoso vaya de un mundo a otro, ni para que lo haga ningún mensajero celestial. Pero este es un gran error. Todo movimiento implica tiempo. Hay un intervalo entre el momento en que un ser celestial abandona la morada celestial donde habita y aquel en que llega a otra morada distante. No se ha revelado cuánto puede durar ese intervalo; pero tengo la idea de que se desplaza mucho más rápidamente que cualquier velocidad que conocemos; me refiero a la velocidad con la que nuestro Padre y Dios puede trasladarse de la morada celestial donde habita a algún otro reino. Creo que es mucho mayor que la de la luz común que resplandece de los cuerpos celestes de nuestro sistema o de los cuerpos distantes del sistema estelar. Ahora bien, la luz viaja con inmensa velocidad: ciento ochenta y cinco mil millas en un latido del pulso, o aproximadamente en un segundo. Podríamos suponer que esa es una velocidad tan grande como cualquier ser desearía para trasladarse.

Pero supongamos que nuestro Padre, en el mundo celestial donde mora, sintiera el deseo de visitar uno de los vastos dominios de Su gran creación situado tan lejos como la estrella fija más cercana. Si no pudiera ir más rápido de lo que la luz se transmite por el espacio, le llevaría tres años y medio realizar el viaje. Y para ir a una que estuviera unas diez o quince veces más lejos, le llevaría, por supuesto, diez o quince veces más tiempo. Y para ir a algunas que estuvieran tan lejos de Él como las creaciones distantes que apenas son visibles a través de nuestros telescopios más potentes, le llevaría seiscientos mil años realizar el viaje, si Su velocidad fuera solamente igual a la de la luz. Por tanto, llego a la conclusión de que Dios no está limitado a la velocidad de la luz ni a ninguna otra velocidad que conozcamos; que puede ir con inmensa velocidad, quizás miles y cientos de miles de veces más rápido que la luz, si así lo desea. No cabe suponer que Dios no se desplaza al ir de una creación a otra. Que pudiera estar de manera momentánea e instantánea en dos creaciones al mismo tiempo es algo que nunca he podido comprender, aunque lo creen algunos de los que profesan religión en la actualidad. Creen que Dios, en Su persona, puede estar en el espacio infinito en un mismo instante. Esa no es nuestra doctrina. Por lo menos no es mi doctrina. Mediante Su poder, Su inteligencia y Su Espíritu, puede estar en el espacio infinito, obrando a través de todos los vastos dominios del espacio conforme a las leyes que ha decretado y establecido.

Habiendo dicho tanto acerca de la ubicación de nuestro Padre Celestial y de los seres celestiales que habitan en la misma morada, o en las mismas mansiones donde Él reside, permítanme decir unas palabras más acerca de Su presencia en todas partes. No puedo suponer ni por un momento, y no creo que ningún ser inteligente que ejerza su inteligencia independientemente de las tradiciones de los hijos de los hombres pueda suponer, que una persona pueda estar presente en todas partes en el mismo instante. “Pero”, pregunta alguien, “cuando un hombre bueno muere y sale de este cuerpo de carne y huesos, se dice que está en la presencia de Dios. ¿Significa esto que realmente ha ido desde su tabernáculo, quizás millones y millones e incontables millones de millas, hasta la morada o mansión donde está Jesús, porque está en la presencia de Dios?”. No; no lo considero de esa manera. Lo veo así: si de este mundo en que moramos se retirara el velo que cubre su faz, y se quitara el velo de nuestros rostros, considero que veríamos al Señor, por lejos que estuviera; por tanto, estaríamos en Su presencia; y, por otra parte, quienes moran en Su habitación, por distante que sea, pueden vernos; porque no hay velo sobre Su rostro, no hay velo sobre la morada celestial de nuestro Padre y Dios; y como no hay velo sobre Él ni sobre los seres que habitan en Su morada, pueden contemplar las creaciones más distantes que han hecho. Ahora bien, este es mi punto de vista. No digo que sea el punto de vista de los Santos de los Últimos Días, sino mis propias opiniones personales acerca de estos asuntos. Si entonces salimos de estos cuerpos nuestros y se quita el velo, estamos en Su presencia tanto como lo estaríamos si fuéramos trasladados a la mansión donde Él mora; no dudo que seremos trasladados a esa mansión, si somos dignos, a su debido tiempo; pero digo que estamos en la presencia de Dios mientras nuestros espíritus todavía están aquí sobre la tierra, porque el velo se ha retirado y nuestros ojos pueden penetrar la eternidad y las cosas eternas.

Ahora bien, tenemos algunos ejemplos de esto, Santos de los Últimos Días; y a veces me sorprende, cuando tenemos ejemplos tan claros como los que se encuentran en este libro que tengo en la mano, la Perla de Gran Precio, que las personas sean tan limitadas en sus ideas y perspectivas acerca del estado futuro del hombre —me refiero al hombre glorificado— como para suponer que su visión estará confinada a algún lugar particular y que será algo semejante a lo que somos aquí en esta vida mortal. Ahora bien, aun los hombres mortales, antes de obtener la inmortalidad, han disfrutado de este espíritu que permite ver cosas que naturalmente se supondrían del todo imposibles. ¿Quién que conozca este libro, la Perla de Gran Precio, no ha leído con gran y profundo interés las palabras de aquel gran hombre, Moisés, antes de ser enviado a Egipto para redimir a los israelitas? ¿Quién hay entre los lectores de los Santos de los Últimos Días que no pueda comprender, en cierta medida, cómo se amplió la visión de aquel hombre mientras todavía se encontraba aquí en un estado mortal? Subió al monte para orar al Señor. El velo fue retirado. La gloria de Dios descansó sobre Moisés, y se le manifestaron cosas grandes e importantes. No se le revelaron todas las cosas, porque era incapaz de recibirlas todas mientras todavía era un ser mortal. Pero el Señor consideró conveniente revelar algunas cosas; y Moisés procuró saber otras, pero el Señor no se lo concedió y le dijo que ningún hombre podía contemplar todas Sus obras sin contemplar toda Su gloria; y que ningún hombre podía contemplar toda Su gloria y después permanecer en la carne sobre la tierra, es decir, en el estado mortal. Pero le dijo: “Moisés, hijo mío, te mostraré algunas de las obras de mis manos. Te revelaré lo concerniente al cielo que está sobre tu cabeza y a esta tierra sobre la cual moras”. Y mientras el Señor hablaba con Moisés, estando sobre él el Espíritu de Dios, sus ojos fueron abiertos, el velo fue retirado y vio toda la tierra, no solo su superficie, sino también su interior; cada partícula de ella estaba ante los ojos de Moisés. Esto muestra, pues, que dentro de cada uno de estos tabernáculos mortales hay un espíritu; y este espíritu, cuando es iluminado por el Santo Espíritu de lo alto, tiene ciertas facultades y poderes muy superiores a los que podemos desarrollar naturalmente aquí sobre la tierra. Por nuestras propias facultades naturales no podemos discernir un pie debajo de la superficie de la tierra. No podemos ver a través de nada que sea opaco por naturaleza, nada cuya sustancia no permita que se transmita la luz natural. Sin embargo, tenemos esas facultades dentro de nosotros; tenemos el poder; simplemente hay un obstáculo o una obstrucción en el camino; y cuando se retira esa obstrucción, se manifiestan los poderes semejantes a los de Dios que están implantados en los tabernáculos de los hombres, por los cuales pueden contemplar y penetrar aquellas partes de la creación que el hombre natural no puede discernir. Esto obtuvo Moisés durante los pocos momentos en que estuvo así envuelto en una visión. Obtuvo más información en aquellos pocos momentos de la que podría impartirse en todas las universidades y colegios que han existido desde la creación del mundo hasta el día de hoy. Podemos estudiar los voluminosos libros que publican los eruditos, y lleva mucho tiempo asimilar la información que han recibido algunos hombres muy instruidos. Pero ¡oh, cuán diferente es el modo de recibir revelación cuando viene del Altísimo! En un momento, por así decirlo, aquellas facultades nuestras que han permanecido inactivas desde que nacimos en este mundo, aquellas facultades envueltas en la oscuridad de una creación caída, una vez iluminadas, una vez tocadas por el dedo del Todopoderoso, pueden penetrar las creaciones del Todopoderoso hasta donde Él nos permita contemplarlas.

Estas cosas me alientan. Espero que, cuando llegue al otro lado del velo, no me resulte tan difícil comprender las diferentes leyes de la ciencia y las diferentes leyes y ramas de la educación que se enseñan en esta pequeña creación nuestra. Espero que, cuando mi espíritu salga de este tabernáculo mortal y entre en el mundo eterno, no necesite entonces el gran telescopio de seis pies de lord Rosse; espero no necesitar ninguno de los telescopios ni de los otros instrumentos inventados en el siglo XIX; sino que espero que haya un telescopio preparado para mí, mediante el cual pueda ver las vastas creaciones del Todopoderoso y comprender, en un breve período, más de lo que podría darse a conocer a los hijos de la condición mortal en mil años.

Menciono esto para presentar ante los Santos de los Últimos Días un principio sobre el cual creo que todos debemos reflexionar en mayor o menor grado. ¡Cuán alentador es pensar que no siempre estaremos sujetos a este lento proceso de adquirir conocimiento, información y sabiduría acerca de las obras del Todopoderoso! ¡Cuán glorioso es también reflexionar sobre las huestes celestiales que moran en la plenitud de la gloria celestial, donde no hay velo y donde tienen sus cuerpos; porque algunos de ellos han sido levantados de la tumba a la inmortalidad y están revestidos de toda la plenitud de los atributos del Padre! Digo: ¡cuán glorioso es reflexionar sobre las alturas, profundidades, longitudes y anchuras del conocimiento que entonces será revelado a los hijos de los hombres! Estas cosas, como dije antes, llenan mi corazón de gozo. No limito mis esperanzas a los volúmenes de obras científicas que pueda encontrar aquí en este mundo; no limito mis esperanzas al lento proceso de progreso en conocimiento e inteligencia que tienen los hijos de este mundo, sino que espero aquella escuela superior, aquella gran universidad que abarcará el espacio ilimitado y eterno, que abarcará las creaciones más distantes que podamos imaginar en el vasto campo de la eternidad, en la cual podremos comprender las leyes por las que son gobernadas las diversas creaciones; no comprenderlas como ahora comprendemos unas pocas leyes, sino en toda su perfección y plenitud, siendo semejantes a nuestro Padre y Dios, hechos a Su semejanza, conformados a Su glorioso cuerpo y llegando a ser verdaderamente “hijos de Dios”. ¿Iré todavía más lejos y diré Dioses? ¿No somos los hijos de nuestro Padre? ¿No ascenderán los hijos a la misma altura, a la misma gloria, al mismo mundo celestial y a la misma plenitud de los atributos de su Padre? ¿No están nuestros hijos, considerados en conjunto, capacitados para alcanzar todas las perfecciones y atributos de sus padres que vinieron a la tierra antes que ellos? Parece ser una ley general que los hijos crezcan y posean todas las perfecciones de sus padres, siempre que den los pasos necesarios, sean favorecidos con una larga vida y tengan la inteligencia natural que es común al hombre. Si, pues, esta parece ser una ley natural no solo con respecto al hombre, sino también a toda la creación animada —que los hijos lleguen a poseer las perfecciones de sus padres que los precedieron—, ¿no podemos razonar por analogía que nuestro Padre, que nos engendró, nuestro Padre que mora en aquel mundo celestial, tiene la intención de hacernos uno con Él, para que recibamos la misma plenitud que Él, participemos de luz, verdad y conocimiento, y avancemos de gracia en gracia, como declaran las revelaciones del Libro de los Convenios, hasta recibir una plenitud de toda verdad? Entonces, ¿no nos hará esto, en un sentido de la expresión, hijos de Dios? ¿No nos hará también Dioses, conforme a la palabra de Dios? “Pero”, pregunta alguien, “¿cómo pueden dos personas poseer los mismos atributos sin contender entre sí?”. Ese no es el orden del cielo. No es la ley pura que Dios ha establecido que haya contiendas entre quienes tienen el mismo grado de inteligencia; la ley es que lleguen a ser uno, como “yo y mi Padre somos uno, para que estos mis hermanos también lleguen a ser uno en nosotros, como nosotros somos uno”. Esa es la ley; y si son uno, habrá tanta unidad entre Sus hijos exaltados a aquella elevada condición en la gloria celestial como la unidad que existe entre el Padre y Su Hijo Unigénito. ¿Tienen alguna contienda? ¿Tienen alguna dificultad? ¿Tienen diferencias de opinión? ¿Se propone uno llevar adelante un gobierno y el otro una clase diferente de gobierno? No; lo que sea la voluntad del Padre es la voluntad del Hijo; todo lo que el Padre esté dispuesto a hacer en todos Sus vastos dominios, el Hijo está de acuerdo con Él; y todo lo que el Padre desee realizar y llevar a cabo, Sus hijos que hayan sido hechos semejantes a Él y uno con Ellos lo emprenderán y realizarán, con toda aquella unidad que existe entre el Padre y el Hijo. En la gloria celestial son hechos iguales en unidad, en poder, en conocimiento y en todas las perfecciones; y el Señor su Dios está con ellos, y son uno con Él para llevar adelante todos Sus propósitos, y serán uno con Él durante todas las edades futuras de la eternidad.

Pensaba que quizás ya había terminado el tiempo, pero diré unas palabras más acerca de esta gran gloria, de este elevado destino preparado para los hijos de Dios. Les dije que nuestro proceso de adquirir información sería muy rápido, que su crecimiento sería inmenso y que nuestras facultades interiores se desarrollarían hasta el grado más alto. Pero contemplemos ahora, por unos momentos, este elevado estado de perfección. Cuando nuestras facultades estén así desarrolladas y tengamos toda la sabiduría de la que he estado hablando, que mora en el seno de los seres celestiales en los mundos eternos, ¿qué haremos con esa sabiduría? ¿Nos cruzaremos de brazos y permaneceremos durante todas las edades futuras de la eternidad en perfecta indiferencia y ociosidad, sin nada que realizar ni llevar a cabo? No; se nos asignarán obras para realizar en los mundos eternos que serán proporcionales a toda la plenitud de aquella gloria y conocimiento con los que seremos investidos. ¿Salieron los hijos de Dios en tiempos antiguos y ayudaron a formar esta pequeña creación nuestra? ¿Se regocijaron todos cuando los materiales fueron reunidos y se pusieron los cimientos de la tierra? ¿Se sintieron todos felices y cantaron un cántico de regocijo, y contemplaron con gran gozo las obras que estaban realizando? Sí. Jesús estaba allí, el Primogénito de esta gran familia de nuestro Padre Celestial. Tenía la superintendencia de esta creación. Tenía poder, porque el poder moraba en Él, para construir esta tierra nuestra, del mismo modo que ustedes dan a su superintendente poder para construir sus templos, acerca de los cuales ha hablado el hermano Rich. Se dice que los mundos fueron hechos por medio de nuestro Señor Jesucristo. Pero ¿suponen que los hizo Él solo? No; tenía consigo a los hijos y a las hijas de Dios. Y había profetas en aquellos días, antes de que fuera hecha nuestra tierra. Se regocijaron cuando vieron formarse el núcleo de esta creación. ¿Por qué? Porque podían mirar hacia el futuro y, mediante el espíritu de profecía, contemplar los designios y propósitos del gran Jehová con respecto a la creación que entonces estaban formando. ¿No comprendían que tendrían el privilegio de venir y poblar esta tierra? Sí. ¿No comprendían que habrían de pasar por un estado de probación en esta tierra, como nosotros estamos pasando ahora, a fin de prepararlos para una exaltación y gloria todavía mayores, con cuerpos inmortales de carne y huesos? Sí; comprendían estas cosas, y de ahí su gozo cuando vieron que se formaba la creación para ellos. Menciono esto para mostrar a los Santos de los Últimos Días que la gran obra que se confiará a quienes estén preparados será proporcional a la sabiduría, inteligencia y entendimiento que se impartirán a quienes entren en la plenitud de la gloria del reino celestial. No permanecerán ociosos por toda la eternidad. Tendrán una obra que realizar. Formarán mundos bajo la dirección, sin duda, de quienes sean nombrados para supervisar obras de tan vasta magnitud. Además, cuando hayan formado estos mundos, los pondrán en movimiento en medio del espacio universal, en algún lugar donde puedan continuar su misión y donde se cumplan y realicen todas las cosas necesarias durante los días de probación de estas diversas creaciones. Se darán leyes para gobernar estas nuevas creaciones, del mismo modo que se han dado leyes para gobernar las creaciones que nos rodean. Los habitantes de estas creaciones serán visitados de vez en cuando por quienes hayan participado en la gran obra de su formación. Se tratará a sus habitantes conforme a la ley. Serán seres inteligentes. Tendrán su albedrío y pasarán por su probación, del mismo modo que las personas están pasando ahora por su probación aquí en este mundo. Todo se realizará conforme a las leyes que se establezcan cuando estas creaciones sean hechas. ¿Visitarán estas creaciones? Sí; porque tendrán el mismo poder de locomoción, el mismo poder para desplazarse por el espacio —casi en un abrir y cerrar de ojos— que tiene nuestro Padre, que tiene Su Hijo Jesucristo y que tienen todos los seres celestiales exaltados en Su presencia; y, poseyendo ese poder, irán de una creación a otra; impartirán conocimiento y entendimiento a sus hijos en estas creaciones. Los visitarán con la luz de sus semblantes, y los hijos de estas creaciones se alegrarán en su hora, en sus tiempos y en sus estaciones, por la luz y los semblantes de los seres celestiales que, de tiempo en tiempo, las organizaron. Estos son los elevados destinos que aguardan a los Santos de los Últimos Días si son fieles. Estos son los elevados destinos en los cuales ya han entrado muchos de los santos de los días antiguos. Estas son las grandes, preciosas y exaltadas bendiciones reservadas para todos los que guarden los mandamientos de nuestro Padre y Dios. Amén.

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