El Libro de Mormón: un testimonio divino y una promesa de conocimiento personal
El Libro de Mormón confirma el Evangelio antiguo, y toda persona puede conocer su origen divino mediante la obediencia y el testimonio del Espíritu Santo.
El Libro de Mormón: un registro auténtico
por el élder Orson Pratt, pronunciado en el Tabernáculo de Salt Lake City, el domingo 21 de septiembre de 1879, por la tarde.
Volumen 21, discurso 20, páginas 168-178
Si la congregación presta atención, leeré una porción de la palabra de Dios dada en estos últimos días, fechada en marzo de 1829; una porción de una revelación dada por medio del profeta, vidente y revelador José Smith en Harmony, condado de Susquehanna, Pensilvania, poco más de un año antes del establecimiento de esta Iglesia, comenzando con el versículo 10:
“Pero esta generación recibirá mi palabra por medio de ti; y además de tu testimonio, el testimonio de tres de mis siervos, a quienes llamaré y ordenaré, a los cuales mostraré estas cosas, y saldrán con mis palabras que por medio de ti se darán. Sí, sabrán de seguro que estas cosas son verdaderas, porque desde el cielo se lo declararé. Les daré poder para que puedan mirar y contemplar estas cosas tal como son; y a ningún otro concederé este poder, para recibir este mismo testimonio entre los de esta generación, en este, el principio del levantamiento y salida de mi iglesia del desierto, clara como la luna y bella como el sol, e imponente como un ejército con sus pendones. Y enviaré el testimonio de tres testigos de mi palabra. Y he aquí, a quien creyere en mis palabras lo visitaré con la manifestación de mi Espíritu; y nacerá de mí, sí, del agua y del Espíritu. Y debes esperar un poco todavía, porque aún no has sido ordenado. Y su testimonio también saldrá para condenar a los de esta generación, si endurecen sus corazones contra ellos; porque saldrá una plaga asoladora entre los habitantes de la tierra, y seguirá derramándose de cuando en cuando, si no se arrepienten, hasta que quede vacía la tierra, y sus habitantes sean consumidos y enteramente destruidos por el resplandor de mi venida. He aquí, te digo estas cosas, así como también hablé al pueblo concerniente a la destrucción de Jerusalén; y se verificará mi palabra en esta ocasión como se ha verificado antes”.
Mañana se cumplirán cincuenta y dos años desde que el Señor permitió que Su santo ángel descendiera del cielo y confiara al cuidado y a la custodia de José Smith, un joven, unas planchas que tenían la apariencia de oro y estaban llenas de grabados. Obtuvo estas planchas el 22 de septiembre de 1827, cuando todavía no había cumplido veintidós años. Este joven no era instruido como quienes se educaban en colegios e instituciones teológicas; en realidad, era hijo de un agricultor y desconocía los argumentos, los principios, los credos y las instituciones religiosas que existían a su alrededor, salvo lo que había oído de vez en cuando en el vecindario donde residía su padre; un joven que no conocía las Escrituras más que la mayoría de los muchachos comunes de esa edad. Y todos sabemos que son muy pocos los agricultores que tienen la oportunidad de instruirse a una edad tan temprana —a los veintiún años— acerca de las doctrinas y profecías que contienen las Escrituras.
Tal vez algunos de ustedes se pregunten por qué el Señor habría de escoger un instrumento de esta clase; por qué no tomó a una persona más capacitada por su educación, más experimentada en las doctrinas que se enseñaban entre la familia humana y más familiarizada con la Biblia. Quizás piensen que, si les hubiera correspondido escoger a la persona que habría de comenzar la obra del establecimiento del reino de Dios sobre la tierra en los últimos días, y hubieran seguido la mejor sabiduría que poseían al respecto, ciertamente habrían escogido a alguien bien preparado y versado en las diferentes doctrinas de la época. Pero el Señor no ve como ve el hombre; Sus pensamientos no son como nuestros pensamientos, ni Sus caminos como nuestros caminos. Por eso escogió a un hombre que no estaba vinculado a ninguna de las sociedades religiosas de la época, que no había sido instruido en las Escrituras ni en las doctrinas de las diferentes denominaciones religiosas; escogió a un hombre de Su propia elección, como lo había hecho con frecuencia en épocas anteriores del mundo.
Todos recordamos la elección que hizo el Señor con respecto a David, cuando fue llamado a ser rey de la casa de Israel y ungido para ese propósito. Creo que había siete hermanos mayores que David: hombres de buena apariencia, hombres de experiencia, cualquiera de los cuales probablemente habría sido escogido por sus vecinos y conocidos antes que el joven que cuidaba las ovejas. Pero Samuel, siendo profeta del Señor, cuando estos hermanos se presentaban ante él, decía: “Jehová no ha escogido a este”, y siguió diciéndolo hasta que los siete hubieron pasado; entonces se preguntó: “¿No hay otro?”. “Pues sí, hay un muchacho, pero está cuidando las ovejas de su padre”. “Envía por él”, dijo el profeta Samuel. Lo trajeron; era de buen parecer, pero no era más que un joven, libre de las ataduras de las tradiciones que lo rodeaban y, a la vez, un muchacho de corazón sincero. El Señor lo escogió, se derramó el aceite de la unción sobre su cabeza y fue designado para ser el futuro rey de Israel.
Ahora bien, en el año 1827 el Señor no tenía profetas sobre toda la faz de la tierra. No existía ningún Samuel, ninguna persona que tuviera el espíritu de profecía; por consiguiente, el Señor, en lugar de enviar a un Samuel, envió a un ángel para hacer la elección. Este ángel entregó, como siempre he dicho, las planchas del Libro de Mormón, junto con el Urim y Tumim, en manos de este joven, y también le dio muchas instrucciones; le informó que debía ser muy estricto en guardar los mandamientos de Dios y que debía hacer con estas planchas lo que se le indicara de vez en cuando; que no debía mostrarlas a todos los que desearan verlas, sino que el ángel le prohibió estrictamente mostrarlas a persona alguna hasta que el Señor le mandara hacerlo. Tradujo estas planchas, a pesar de su falta de instrucción. Y ahora permítanme preguntarles: ¿esperarían naturalmente que, si él —este joven sin instrucción— hubiera hecho esto por su propia sabiduría, concordara con el registro judío en todas las doctrinas que se enseñaban, o que se decía que se enseñaban, en la traducción de este registro? ¿Sería razonable esperar que este joven sin instrucción ni experiencia pudiera sentarse y, en un período muy breve, traducir un libro de una extensión equivalente a dos terceras partes del Antiguo Testamento sin contradecirse de alguna manera? ¿Sería razonable suponer o concluir que lograría que todas las doctrinas contenidas en ese libro de casi seiscientas páginas concordaran en todos los aspectos con el Evangelio antiguo tal como se enseñaba en el Nuevo Testamento, especialmente cuando existían varios miles de nociones diferentes acerca de esa doctrina? No podríamos esperar semejante cosa. Cuanto menos experimentado es un hombre, menos capacitado está para escribir por su propia sabiduría humana y dar forma adecuada a una historia que se dice que abarca mil años o un poco más; una historia que comienza con la colonia que vino de Jerusalén a este continente y continúa hasta que los registros fueron sellados y escondidos en la tierra; una historia de mil años de una nación, de dos naciones enfrentadas entre sí, de sus guerras y sus viajes de un lado a otro por un gran continente como el nuestro. Naturalmente esperaríamos que un joven tan inexperto, valiéndose de su propia sabiduría humana, confundiera terriblemente ese país en cuanto a los lugares, la ubicación de las ciudades y la ubicación de las tierras. Naturalmente esperaríamos, digo, que semejantes contradicciones aparecieran en los escritos de un joven sin instrucción.
Pero lo que resulta todavía más maravilloso son las partes proféticas de este registro llamado el Libro de Mormón. Está lleno de profecías desde el comienzo hasta el final. Predicciones no solo acerca de acontecimientos que ocurrieron después de que esta colonia salió de Jerusalén, durante los seiscientos años anteriores a Cristo; predicciones de cosas que habrían de suceder hasta la venida de Cristo en la carne, sino también predicciones que habrían de cumplirse después de la primera venida de Cristo y hasta el fin del tiempo. El libro está lleno de estas predicciones. Por tanto, ¿no esperarían naturalmente, podrían esperar otra cosa, sino que un joven inexperto, sin instrucción y que no había estudiado la historia profética se contradijera en diferentes partes del registro; que hablara de un acontecimiento en una ocasión y después lo olvidara y hablara de algo completamente distinto en otra? Además, ¿dónde encontrarían a un joven que no estuviera familiarizado con el registro judío y que pudiera hacer que todas estas predicciones y profecías coincidieran con las antiguas profecías de los judíos? ¿Sería probable que pudiera hacerlo por su propia sabiduría? Creo que no. Por tanto, todas estas cosas, en lo que respecta a la historia del Libro de Mormón, en lo que respecta a los escritos proféticos de este registro dado a conocer recientemente y en lo que respecta a las partes doctrinales de ese libro, constituyen una maravilla en la época en que vivimos; es una maravilla ante mis ojos, aunque quizás mis ojos no estén constituidos como los de los demás. Para mí, sin embargo, es una de las mayores maravillas de esta época. Estoy familiarizado con él, y quizás lo haya leído más cuidadosamente que cualquier otro hombre que haya vivido en esta generación, y probablemente diez o quince veces más que cualquier otro hombre. Pues, cuando era un muchacho de veintiún años, durante los dos años transcurridos desde que conocí el libro, lo había leído tanto que podía recitar capítulo tras capítulo, página tras página, de muchas partes del Libro de Mormón, y podía hacerlo tan bien con el libro cerrado o apartado como con el libro abierto; y he seguido leyéndolo desde aquel día hasta el presente sin encontrar una sola contradicción en él. He leído los comentarios, he leído los escritos de nuestros mayores opositores que han emprendido el examen del libro de principio a fin. He procurado seguir sus argumentos con respecto al contenido de este libro, pero hasta el día de hoy —y hace cuarenta y nueve años que lo conozco— nunca he podido encontrar una sola contradicción en toda la obra.
¿Podemos decir lo mismo de la Biblia judía en su estado actual? ¿Cuál es el gran defecto que señalan los opositores de la Biblia judía? El incrédulo dice: “No creemos en ella porque aparentemente se contradice en doctrina, en historia y en muchas otras partes”. Y el cristiano se dispone a leerla, procura demostrar que estas no son contradicciones; pero, con los argumentos de los cristianos de un lado y los de los incrédulos del otro en relación con la Biblia, la generalidad de la humanidad reconoce que existen muchas contradicciones; no contradicciones originales, sino contradicciones que se han introducido en el registro desde que se dio originalmente, introducidas por la sabiduría del hombre, o más bien por su iniquidad. Pero ¿contradice el Libro de Mormón las enseñanzas de la actualidad? Sí. Hay una gran diferencia entre el Libro de Mormón y la religión cristiana moderna; pero no hay diferencia entre ese libro y el cristianismo antiguo. Podemos recorrer el mundo entero entre unos cuatrocientos millones de los llamados cristianos, e investigar a fondo para obtener una comprensión completa, buena y cabal de sus doctrinas; y cuando nos hayamos familiarizado plenamente con ellas, tomar el Libro de Mormón y comparar sus doctrinas con esta Biblia de la antigua América, y hay una gran diferencia, una diferencia fundamental; no una diferencia insignificante, sino una diferencia que se encuentra en el fundamento mismo. Lo mismo sucede cuando comparamos estas doctrinas modernas de la cristiandad con la doctrina que se enseña en el Nuevo Testamento. ¿Dónde podemos encontrar a un hombre que pueda reconciliar las dos? ¿O las mil, si se quiere? ¿Quién puede demostrar que el Nuevo Testamento prueba y expone claramente la doctrina antigua del Evangelio? Puede haber de vez en cuando algún punto que cada denominación tenga en conformidad con el Nuevo Testamento; pero ¿dónde está la autoridad que se encuentra en el fundamento del cristianismo? ¿Dónde está el hombre, entre todos estos cuatrocientos millones de cristianos, que sea revelador, que sea profeta o que sea inspirado por Dios? No se le puede encontrar y, sin embargo, el cristianismo antiguo registrado en la Biblia sostiene que ese gran don se encuentra en el fundamento del cristianismo. El cristianismo está edificado sobre él, edificado sobre Jesús, quien fue el gran Revelador de la Iglesia, y edificado sobre apóstoles que también eran reveladores, al igual que Jesús, y que recibían sus revelaciones por el don y el poder del Espíritu Santo, por inspiración, como hombres de Dios. ¿Pueden encontrar semejante orden de cosas en la cristiandad? ¿Afirma alguno tener estos dones? Dicen que son innecesarios; dicen que estos dones estaban destinados a la primera época del cristianismo, pero que, una vez establecido el cristianismo, estos dones superiores ya no eran necesarios. Ese es su argumento casi unánime. Parecen estar de acuerdo, por mucho que discrepen en otros puntos de doctrina; todos, casi sin excepción, parecen estar de acuerdo en que no hay necesidad de estos dones superiores de inspiración, profecía y nueva revelación que acompañaban la predicación del Evangelio en tiempos antiguos. “El Evangelio está establecido”, dicen; “no tenemos necesidad de ello”. Es como si dijeran que estos dones no forman parte del Evangelio; que el Evangelio es una cosa y los dones otra; que el Evangelio se estableció mediante la evidencia de los dones, pero que los dones no forman parte del Evangelio. Forman parte de él tanto como la fe; son tan parte del Evangelio como el arrepentimiento, como el bautismo para la remisión de los pecados o como la imposición de manos para comunicar el don del Espíritu Santo; y pretender separar las bendiciones del Evangelio y después llamar Evangelio a otra cosa parece muy absurdo, muy incongruente, y es algo que no puede demostrarse mediante el registro divino. Ahora bien, aquí hay algo de menor importancia, algo que no es particularmente necesario, que podría llamarse no esencial, pero algo que se encuentra en el fundamento mismo del cristianismo. Estos dones son una parte del cristianismo. La revelación, la inspiración y el don de profecía forman parte integrante del Evangelio tal como lo enseñaron los antiguos apóstoles y hombres de Dios, y nuestro Salvador; y eliminar estos dones destruye los principios fundamentales del cristianismo.
¿Qué sostiene el Libro de Mormón? Se enfrenta directamente a toda la cristiandad moderna y vuelve al Evangelio antiguo tal como se enseñaba hace casi mil ochocientos años, y sostiene que en el reino y la Iglesia de Dios, en todas las épocas del mundo, deben existir estos dones, así como las formas y ceremonias externas; sostiene que estos dones forman parte del Evangelio antiguo y deben existir dondequiera que exista el Evangelio; y cuando cesan, el Evangelio deja de predicarse y, junto con ellos, dejan de existir los verdaderos creyentes en el sentido de las Escrituras.
Ahora bien, no me parece probable que un joven cuya barba apenas había comenzado a crecer, un joven sin instrucción, que no había sido enseñado en las nociones sectarias de la época y que había sido criado para trabajar arduamente en la granja de su padre, pudiera hacer estas grandes distinciones, oponerse a todos los sistemas religiosos modernos y establecer los principios fundamentales que son necesarios para la existencia misma del cristianismo en los últimos días. Pero Dios estaba con ese joven. Él no era su propio maestro; no se le dejó a su propio juicio en cuanto a lo que el cristianismo debía ser y lo que no debía ser. El ángel que vino del cielo y se reveló al joven comprendía su misión. Comprendía lo que era y debía ser el Evangelio; comprendía las revelaciones de Juan; comprendía que estas revelaciones nunca podrían cumplirse a menos que se enviara un ángel del cielo en los últimos días con el mensaje del Evangelio para que fuera proclamado a los habitantes de la tierra; no a una parte de ella, ni a algún rincón, ni a algún pueblo desconocido, sino para entregar el Evangelio eterno a los habitantes de la tierra, a fin de que fuera proclamado a toda nación, tribu, lengua y pueblo. Comprendía la diferencia entre el cristianismo moderno y el cristianismo antiguo. Y cuando el Urim y Tumim fue iluminado por el poder de Dios e hizo que aquellos antiguos caracteres de las planchas del Libro de Mormón se vieran ampliados ante los ojos de este joven, quedó claramente establecida la distinción entre la pureza del Evangelio tal como se enseñaba en tiempos antiguos y las doctrinas e innovaciones de los hombres tal como se habían enseñado durante muchos largos siglos de apostasía.
¡Cuánto me he regocijado en este registro desde que era un joven de diecinueve años! Pues lo estimo… Iba a hacer alguna comparación terrenal, pero no compararé cosas grandes, gloriosas y celestiales, tan grandes, tan puras y tan importantes como el plan de salvación, con nada de naturaleza terrenal, pues en realidad no puede haber comparación alguna. Cuando contemplo todas las riquezas y la grandeza terrenales de este mundo, y después contemplo el Libro de Mormón y la Biblia, teniendo la facultad de escoger, ¿qué escogería? Pues la grandeza de este mundo, las riquezas de este mundo, las glorias de este mundo no serían nada; serían como el sueño de una visión nocturna cuando una persona se ve perturbada, no por el Espíritu de Dios, sino por sus propias cavilaciones durante la noche. Las consideraría como nada, como vanidad y necedad, indignas del amor o de la aprobación de cualquier hombre de Dios, si se pusieran ante mí y se compararan con la gloria de este libro. ¡Es un registro dado a esta generación como uno de los dones más preciados del cielo! No existen sobre la faz de nuestro globo otros libros tan preciados como los que Dios ha dado en diferentes épocas del mundo: la Biblia, por una parte; el Libro de Mormón, por otra; y el libro llamado Doctrina y Convenios, que contiene las revelaciones que Dios dio por medio de Su siervo el profeta durante unos diecisiete de los últimos años de su existencia aquí sobre la tierra. Estas revelaciones, estos libros, son más preciosos que las riquezas, los reinos, las glorias y los honores de esta vida presente, en lo que a mí respecta. ¿Los estimo más que a mi propia vida? Sería indigno de mi Padre y mi Dios en los mundos eternos si me negara a dar mi vida, si el Señor me lo requiriera. Si la salvara por un momento y negara el Libro de Mormón; si negara los dones del Evangelio o cualquiera de las revelaciones que Dios ha dado y que están publicadas en el libro de Doctrina y Convenios; si hiciera semejante cosa, ¿podría mirar el rostro de mi Padre sin sonrojarme? ¿Podría pensar en Dios sin sonrojarme? ¿Podría pensar en algo puro y santo sin estar, en mi propia mente, en un tormento absoluto? Si fuera tan ingrato como para negar cualquier cosa que Dios me haya dado, sería indigno del reino de Dios. Espero y confío muy sincera y humildemente en que el Señor no me llame a ser probado en este aspecto, porque conozco la debilidad del hombre; sé que el hombre ha sido débil en todas las épocas, y no deseo ser probado de ese modo, no anhelo esta prueba ni oro por ella; pero si alguna vez me viera en esa situación, con mis sentimientos actuales, con los sentimientos que he tenido durante muchísimos años, diría: “Venga el martirio, venga la muerte en la hoguera, venga cualquier calamidad y aflicción del cuerpo que puedan idear los hombres inicuos e impíos; permítaseme escoger eso y tener vida eterna más allá de la tumba, pero no permitas que niegue la obra de Dios”. ¿Por qué siento esto? Si no tuviera el conocimiento de que el Libro de Mormón es verdadero, no tendría estos sentimientos. Entonces probablemente diría, si solo tuviera fe en que el Libro de Mormón es verdadero: “Mi vida es preciosa; déjenme salvarla, déjenme negar algo que no sé si es verdadero”. Pero cuando una persona tiene conocimiento, como lo tengo yo, del origen divino de esta obra —habiéndome sido revelado cuando no era más que un muchacho imberbe—, espero nunca verme en esa situación en la que tenga que afrontar la prueba; pero, si llegara, espero poder levantar las manos hacia lo alto del cielo y decir: “Oh Señor, dame fuerzas para soportar las pruebas y aflicciones que puedan sobrevenir, para que sea fiel hasta la muerte”.
¿Soy el único entre los Santos de los Últimos Días que siente de esta manera? ¿No hay otras personas que posean este conocimiento, aparte de este humilde servidor? Sí, hay decenas de miles, si testifican la verdad, y no tengo motivo para pensar que faltarían a su palabra; decenas de miles que saben, tan bien como saben que existen, que el Libro de Mormón es un registro divino; que la Biblia es un registro divino; que las revelaciones dadas por medio del profeta José Smith, publicadas en el libro de Doctrina y Convenios, son divinas; lo saben. ¿Estarían dispuestos a sufrir el martirio? Creo que sí. Podría haber casos individuales, como en tiempos antiguos, en los que rechazaran la verdad y perdieran sus esperanzas de salvación para salvar su vida temporal; pero, considerando a la gran mayoría de este pueblo, estarían dispuestos a dar su vida o a ser quemados en la hoguera antes que rechazar su religión.
¡Cuán bondadoso, cuán bueno fue nuestro Padre Celestial, antes del establecimiento de esta Iglesia, después de haber inspirado a este muchacho para traducir estos registros; cuán bueno fue al enviar un ángel del cielo a otras tres personas, a saber: David Whitmer, Martin Harris y Oliver Cowdery, estando José Smith con ellos en aquella ocasión! El ángel descendió del cielo, revestido de luz y gloria, y tomando estos registros en las manos, volvió hoja tras hoja y mostró a estos otros tres hombres, además del traductor, los grabados de las planchas. ¡Qué bondadoso fue esto! Se iba a establecer una Iglesia. El Señor estaba dispuesto a que tuvieran toda la evidencia que razonablemente pudieran pedir, aun antes de que se organizara la primera rama de la Iglesia. ¿Condescendió Él, en muchas de las épocas pasadas del mundo, a hacer tanto por las diferentes generaciones que han vivido como lo ha hecho por la generación actual? Consideren los días de Noé. Él tenía un mensaje que dar, un mensaje que afectaba a la familia humana. Tenía que decir a las personas que vivían a su alrededor que Dios había hablado. “¿Y qué ha dicho Dios?”. Me ha dicho que, debido a la iniquidad de ustedes, enviará las aguas del Diluvio sobre ustedes. Romperá las fuentes del gran abismo, abrirá las ventanas de lo alto y derramará las aguas del Diluvio sobre estas naciones, y serán barridas de raíz y rama, excepto unos pocos que crean en mi mensaje y entren en el arca que estoy construyendo. ¿Cuántos testigos levantó Dios entonces? Supongo que debió haberse revelado a los hijos de Noé, así como a Noé. Eso habría dado solo cuatro testigos; pero no tenemos ningún relato de que el Señor se revelara a esos tres hijos. Ellos, sin embargo, creyeron en el testimonio de su padre; si lo sabían o no, no lo sabemos. En todo caso, su fe fue lo suficientemente fuerte como para hacer que trabajaran con el anciano, y siguieron trabajando año tras año, cansados sin duda, dando forma a los maderos de esta enorme arca o embarcación. Finalmente terminaron de ensamblarla, y los animales del campo, que parecían tener más inspiración que los hombres y las mujeres de aquella época, comenzaron a salir de los bosques y a dirigirse hacia el arca, y finalmente se cerró la puerta. Debieron haber sido animales proféticos, animales que tenían revelaciones, animales capaces de juzgar mucho mejor que el mundo de la humanidad en aquella época. Descendieron las lluvias y la tierra quedó cubierta por el Diluvio, y leemos que Noé, por su testimonio, condenó al mundo entero. ¡Cómo! ¿Un testigo? ¡Un solo testigo condenó al mundo entero, y perecieron de sobre la faz de la tierra porque se les había enviado un solo testigo! El Señor ha hecho un poco más por esta generación. Envió cuatro testigos antes de organizar la Iglesia, y eso no fue todo. Hubo otros hombres a quienes se les dieron un gran testimonio y evidencias; pero no vieron al ángel; no vieron las planchas en las manos del ángel; pero ¿qué vieron? Vieron que este muchacho tenía estas planchas. Tomaron las planchas y las palparon ellos mismos. Vieron los grabados que había sobre estas planchas; otros ocho hombres, además de los cuatro que he mencionado, y testifican de lo que vieron. Dan testimonio con palabras solemnes de que palparon las planchas con sus propias manos, de que sintieron su peso, de que observaron los grabados que había sobre ellas, de que tenían la apariencia de una obra antigua y de una hechura curiosa; y dan testimonio de lo que vieron sus ojos y de lo que palparon con sus manos. Sus nombres, así como los nombres de los cuatro que vieron al ángel, se adjuntaron a este registro cuando salió de la imprenta la primera edición de ese libro. Así pues, Dios condescendió a levantar doce testigos inmediatamente antes de organizar esta Iglesia. ¿No bastan doce testigos para condenar al mundo en esta época, si un testigo condenó al mundo en los días de Noé? Creo que Dios ha sido muy indulgente, muy bondadoso y muy misericordioso al comenzar la obra con tantos testigos.
Pero parece haber otros testimonios y evidencias acerca de la veracidad y el origen divino de este libro que son mucho mayores que los que he mencionado. Hay una promesa para toda la familia humana que es mucho mejor que la ministración de ángeles a otras personas. ¿Qué conocimiento nos da a mí, a ustedes o a cualquier otra persona entre todas las naciones y tribus de la tierra, acerca del origen divino del Libro de Mormón, el hecho de que cuatro testigos que vivían en alguna parte de nuestro globo declaren que un ángel había venido del cielo? ¿Me da eso un conocimiento? No. ¿Impartió eso conocimiento a alguna otra criatura sobre la faz del globo? No. ¿No necesitábamos nosotros conocimiento tanto como ellos? Sí. Yo tengo un alma, al igual que estos cuatro hombres, que ha de salvarse o perderse. Si ese es el caso, ¿no debería yo también tener conocimiento acerca de mi seguridad, al igual que ellos? Creo que sí. ¿Ha hecho el Señor que me sea imposible obtener este conocimiento? No. El mensaje mismo del libro, y del Nuevo Testamento, y de las revelaciones modernas dadas por medio del profeta, me dijo a mí, les dijo a ustedes y les dijo a todas las personas sobre la faz de esta tierra cómo podían obtener también un conocimiento de la veracidad del Libro de Mormón y de esta obra. ¿Cómo? ¿Recibiendo una visión o manifestación de ese mismo Dios? No. ¿Que todos tuviéramos la ministración de ángeles? No. A algunos se les da un don, y a otros se les dan otros dones. A algunos les es dado saber de una manera y a otros les es dado saber de otra. El Señor ha prometido que si yo me arrepiento, si ustedes se arrepienten, si el pueblo de los Estados Unidos se arrepiente, si los pueblos de todas las naciones de la tierra se arrepienten, se vuelven a Él y obedecen Sus mandamientos, recibirán el Espíritu Santo. ¿Nos dará eso un conocimiento tan claro, tan definido y tan preciso como el que pudiera revelarse mediante la ministración de ángeles? Sí.
Supongamos ahora que yo fuera un hombre natural y nunca hubiera recibido el Espíritu Santo. Supongamos que una persona viniera y me testificara que había recibido el Espíritu Santo, que había recibido visiones celestiales, que el Señor le había enviado ángeles, ¿qué sabría yo al respecto? ¿Qué sabría del Espíritu Santo si nunca lo hubiera recibido? Ningún hombre puede discernir las cosas de Dios sino por el Espíritu de Dios; así lo dice el apóstol Pablo a los corintios. Es imposible que el hombre natural conozca las cosas de Dios; y si yo fuera un hombre natural y nunca hubiera participado del Espíritu Santo, podría oír a una nube de testigos testificar acerca de lo que habían recibido. Podría decir: “Pues parecen personas sinceras, parecen honrados en sus declaraciones; dicen que han tenido la visita de ángeles, dicen que han tenido visiones celestiales, dicen que el Espíritu Santo ha sido derramado sobre ustedes, pero yo nunca he recibido estas cosas como hombre natural”. Ahora bien, ¿qué razón habría para condenarme en el gran día del juicio si rechazara su testimonio? Ellos me dirían que yo podría comunicarme con los cielos de la misma manera que ellos. Podrían decirme que, bajo ciertas condiciones, podría obtener el Espíritu Santo al igual que ellos, si tan solo ejerciera la fe suficiente para arrepentirme de mis pecados y bautizarme para la remisión de ellos, y para que los siervos de Dios impusieran sus manos sobre mi cabeza a fin de recibir el Espíritu Santo; que si hiciera un convenio con el Dios Altísimo de obedecer Sus mandamientos, de invocar Su nombre con fe y de ejercer fe ante Él; supongo que, si no hiciera todas estas cosas, toda esa nube de testigos que he mencionado se levantaría en el día del juicio y me condenaría. Pero si ejerciera fe, aunque no tuviera conocimiento, y obedeciera los mandamientos, fuera obediente a los principios y después recibiera el testimonio por mí mismo, entonces no dependería de David Whitmer, ni de Martin Harris, ni de Oliver Cowdery, ni de José Smith, ni de ninguno de los doce testigos que vieron las planchas, ni de ningún otro hombre que viviera sobre toda la tierra. Entonces podría decir: “Oh Señor, mi Dios, has cumplido la promesa que hiciste. Dijiste que, si me arrepentía y me bautizaba, recibiría tales y cuales bendiciones. Me han sido dadas, y ahora sé que Tu palabra es verdadera”. Y desde entonces yo mismo podría ser testigo, pero antes de eso no podría serlo.
Los ministros de las diferentes denominaciones de la actualidad, que nunca han tenido sobre ellos el espíritu de revelación, ¿son testigos competentes de Dios para presentarse ante esta generación y declarar las cosas de Dios? No. ¿Pueden levantarse en el gran día del juicio y condenar a alguno de esta generación a quien hayan predicado? No. ¿Por qué no? Por el hecho mismo de que no son testigos. Pueden contar lo que dicen los antiguos, cómo llegaron los antiguos a ser testigos, pero ellos mismos no tienen experiencia en estas cosas y, por tanto, Dios no los ha hecho testigos. No pueden condenar a ningún hombre que viva sobre la faz de la tierra por medio de su predicación y su testimonio.
Vivimos, pues, en la gran y última dispensación, en la cual Dios ha dispuesto un medio para levantar a decenas de miles de testigos, un medio por el cual todos puedan saber como supo Pedro. Pedro no obtuvo su conocimiento por ver que se obraban milagros. No obtuvo su conocimiento porque algún otro hombre hubiera recibido conocimiento. El Salvador lo bendijo y dijo: “Bienaventurado eres, Simón hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos”. El Señor había revelado este conocimiento a Pedro; por consiguiente, Pedro fue constituido testigo. Y así el Señor, al haber dado revelación desde los cielos a decenas de miles de Santos de los Últimos Días, los ha hecho testigos del origen divino de esta obra.
¡Oh, cuánto deberían regocijarse los Santos de los Últimos Días! ¡Cuán fieles deberíamos ser todos! ¡Cuán frívolas son las cosas de esta vida presente en comparación con el conocimiento de Dios que ustedes han recibido! ¿Lo aprecian, Santos de los Últimos Días? ¿Se dan cuenta de ello como deberían, o sus mentes se ven llevadas de un lado a otro por las frivolidades y vanidades de esta vida presente? ¿Absorben estas la mayor parte de su atención? ¿Olvidan a su Dios, la grandeza de su llamamiento y el conocimiento que han recibido? Yo no lo he olvidado.
Creo que los Santos de los Últimos Días son el mejor pueblo sobre la faz de nuestro globo. ¿Por qué? Porque han estado dispuestos a soportar privaciones y persecuciones todo el día. Han estado dispuestos a dejar sus casas, sus tierras y sus posesiones; han estado dispuestos a ver que todo caiga en manos de sus enemigos y a huir a una tierra desierta por causa de su religión. ¿Ha olvidado Dios todas estas cosas? ¡Oh, hijos de Sion! ¿Suponen que el Señor ha olvidado, porque han pasado muchos años, sus tribulaciones, sus sacrificios —si pueden llamarse así—, los ataques de las turbas y las persecuciones que sufrieron en tiempos pasados? No. Están escritos, por así decirlo, en las palmas de Sus manos; están grabados indeleblemente en los pensamientos de Su corazón. Él tiene presentes todas estas cosas, y se aproxima un día de contienda, y no está muy lejano: una contienda en defensa de Sion; una contienda con todas las naciones de la tierra que luchan contra el monte Sion. El Señor tiene todas estas cosas en Su mente y las cumplirá a Su debido tiempo y sazón. Pero ahora es el día de nuestra tribulación, y lo ha sido durante unos cuarenta años y más que han transcurrido. ¿Vendrán días mejores? Sí. No soy lo bastante profeta para saber cuán lejanos están. Todo lo que sé es que están próximos, a las puertas mismas, cuando el Señor se levantará, saldrá de Su escondite y cumplirá lo que ha hablado acerca de Sion y de los habitantes de esta tierra. Sion no está destinada a permanecer aplastada en el polvo para siempre. Sion no está destinada a ser vencida para siempre por los reinos de este mundo. Llegará el momento decisivo, y está cerca. Se acercan los días —sé que están muy próximos— en que la joven generación que está creciendo, que ahora se encuentra sentada en esta congregación y que está esparcida sobre la faz de la tierra, por estas montañas y estos valles, verá el momento decisivo para Sion.
¿Qué verán? Verán levantarse a un hombre semejante a Moisés en los días antiguos; un hombre a quien el Señor se revelará, como lo hizo a Su siervo Moisés, por medio de ángeles, visiones y revelaciones de los cielos, y le dará mandamientos y hará de él un instrumento en Sus manos para redimir al pueblo y establecerlo en su herencia eterna sobre la faz de este continente americano. ¿Manifestará Su poder en aquel día como lo hizo a Su siervo Moisés y a Israel? Sí, solo que más abundantemente, más extensamente que en los días de Moisés, porque hay un continente más grande que la tierra de Egipto en el cual el Señor manifestará Su poder; un pueblo mayor que los egipcios entre el cual obrará. Por consiguiente, manifestará Su poder a todos los habitantes de esta tierra. Cumplirá las claras predicciones del profeta Isaías de que el Señor desnudará Su brazo ante los ojos de todas las naciones, hasta que todos los confines de la tierra vean la salvación de Dios. ¿Qué se dirá entonces acerca de este pueblo y de Sion? Entonces los que sean preservados en medio de los terribles juicios que caerán sobre estas naciones dirán: “Ciertamente, el pueblo llamado los Santos de los Últimos Días, el pueblo de Sion, es el pueblo de nuestro Dios. Dios está allí, Su poder está allí; es Su poder el que libra a ese pueblo; es Su poder el que está sobre ellos como una nube de día y el resplandor de un fuego llameante de noche. Es Su poder el que protege sus congregaciones, protege sus poblaciones y protege su santo templo. No luchemos más contra Sion ni contra el pueblo de Dios; entremos en el convenio sempiterno que se ha revelado de nuevo. Nos uniremos al pueblo de Dios”. En aquel día se cumplirá lo que ha dicho Isaías en el segundo capítulo, y el profeta Miqueas en el cuarto capítulo: que en los últimos días muchas naciones dirán: “Venid, y subamos al monte de Jehová, a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará sus caminos, y caminaremos por sus sendas. Porque de Sion saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra de Jehová”.
Que Dios bendiga, no a los inicuos, no a los impíos, no a quienes blasfeman el nombre del Señor, no a quienes luchan contra Sion, sino a todos los Santos de los Últimos Días verdaderos y de corazón puro, es mi oración, en el nombre de Jesús. Amén.



























