El conocimiento de Dios por la revelación y el poder del sacerdocio
El Evangelio eterno da a conocer los propósitos de Dios para los vivos y los muertos, restaura la autoridad del sacerdocio y exige fidelidad a las leyes y los convenios revelados.
Cómo se obtiene el conocimiento de Dios—El Evangelio a los muertos—Diversas dispensaciones del Altísimo a la humanidad—El poder del sacerdocio—La restauración del Evangelio por medio de José Smith—Las faltas de los santos—Las corrupciones de los inicuos
por el presidente John Taylor, pronunciado en el centro de reuniones del Barrio 14, el domingo 7 de diciembre de 1879, por la noche.
Volumen 21, discurso 19, páginas 155-167
Nos reunimos de vez en cuando para hablar, escuchar, reflexionar, conversar e intercambiar opiniones en cuanto a la adoración del Dios Todopoderoso. Hay algo relacionado con estos asuntos que generalmente ha atraído la atención de la familia humana en todas las épocas, entre todos los pueblos y en casi todas las circunstancias. Existe y siempre ha existido entre la familia humana un sentimiento de reverencia hacia un Ser Divino de alguna clase y forma, aun entre los pueblos más bajos y degradados de la tierra. La posición que ocupamos en el mundo, nuestras ideas acerca de lo cambiante de las cosas temporales y sensibles, y el continuo paso de una persona tras otra de esta etapa de existencia a otra nos llevan, a nosotros y a otros sectores de la familia humana en general, a reflexionar en mayor o menor grado sobre las cosas que pertenecen al futuro. Han existido diversas ideas y teorías entre diferentes pueblos. Algunos han adorado a una gran variedad de dioses de su propia hechura, mientras que otros han seguido las nociones y teorías de los hombres con respecto a ciertas doctrinas, fórmulas, teorías e ideas que se han difundido entre quienes serían considerados los sabios, los prudentes y los inteligentes de la tierra. Pero, en lo que respecta a los asuntos religiosos, nadie puede tener una concepción verdadera o correcta del más allá a menos que la haya revelado el Todopoderoso, el único que puede comprender el fin desde el principio y que conoce la situación y el destino de los hombres y del mundo.
De vez en cuando se nos han revelado, como se manifiesta y expone en las Escrituras, muchas ideas referentes a Dios y al porvenir; pero todo conocimiento acerca de estos asuntos generalmente se obtenía directamente del Señor, por medio de la ministración de ángeles o por el espíritu de profecía y revelación que les daba el Todopoderoso. Y en las Escrituras se declara enfáticamente que “nadie conoce las cosas de Dios sino por el Espíritu de Dios”; por tanto, cuando los hombres pretenden comprender principios referentes al porvenir basándose en el saber, la sabiduría, la inteligencia o la ciencia del mundo, siempre están muy equivocados. ¿Quién puede comprender al Todopoderoso o entender Sus designios? Como dijo uno de los antiguos: “Es más alta que los cielos”. ¿Qué puedes saber? “Más profunda que el Seol”. ¿Quién puede penetrar sus misterios? ¿Qué sabemos realmente? Para empezar, ¿quién puede entender los designios de Dios con respecto a la organización de este mundo, o con respecto a la posición del hombre y su destino? Sus obras pasadas, Sus tratos actuales con las naciones y Sus designios futuros son, para quienes carecen de inspiración, un profundo enigma. ¿Quién sabe algo al respecto? Encontramos toda clase de teorías, nociones y opiniones en la actualidad, pero ¿a qué equivalen? ¿Qué valor tendría mi opinión sin fundamento, o la opinión de cualquier otra persona, en relación con estos asuntos? No valdría nada. En cuanto a otros principios de naturaleza más material, con los cuales estamos estrechamente relacionados, hay ciertos hechos que los científicos y los hombres inteligentes siempre desean que se demuestren; y, a menos que así sea, prestan muy poca atención a cualquier hipótesis sin fundamento. Si esto es cierto en cuanto a las ciencias conocidas, ¡cuánto más cuidadosos deberíamos ser respecto a asuntos de mayor importancia! Las teorías, hipótesis, nociones, dogmas y opiniones valen muy poco cuando se relacionan con los grandes y eternos principios vinculados al bienestar de la humanidad y a la salvación de un mundo. Por tanto, necesitamos algo superior, algo de mayor inteligencia que todo cuanto posee el hombre, para que nos dé conocimiento acerca de estos asuntos.
Cuando Dios creó el mundo y colocó al hombre sobre él, tenía ciertas ideas y designios que eran fijos, inmutables y eternos; se basaban o se fundaban en la sabiduría más consumada, en la inteligencia más profunda; en la sabiduría y la inteligencia, si se quiere, que moran con los Dioses. La organización de los cielos y de la tierra, la creación del mundo tal como lo entendemos, y también la creación del hombre y de los animales, de las aves, los peces, los insectos y de todo cuanto existe sobre la faz de esta tierra. Había un objeto y un designio en relación con todas estas cosas. Sin embargo, no podríamos saber nada al respecto a menos que se nos hubiera revelado, a menos que lo hubiera comunicado el Ser que conoce el fin desde el principio y que comprende todas las cosas referentes a la condición presente, así como al pasado y al destino futuro de la familia humana y del mundo.
Ciertos hombres de diferentes épocas nos han hablado, según se registra aquí en la Biblia, de determinadas comunicaciones que recibieron del Todopoderoso. Parecían tener una forma y un modo de acercarse a Él, y Él, en las diversas dispensaciones, escogió y seleccionó a personas por medio de las cuales y a las cuales comunicó Su voluntad para la familia humana. Hay algo muy notable en estas cosas. Hay muchas cosas notables en la antigua historia antediluviana del mundo que la Biblia nos relata de manera muy incompleta. Leemos, por ejemplo, acerca de un hombre llamado Enoc; la Biblia nos dice que “caminó, pues, Enoc con Dios, y desapareció, porque le llevó Dios”. Eso es casi todo lo que se dice de él, salvo que era un hombre que temía a Dios. Pero cuando llegamos a conocer más de la historia de Enoc mediante las revelaciones que se han dado, descubrimos que era un hombre que se comunicaba con Dios de vez en cuando. La Biblia dice que caminó con Dios y desapareció porque Dios se lo llevó; pero en otras revelaciones que hemos recibido tenemos un relato de la clase de ministerio que tuvo, de las labores que realizó, de su predicación, de la manifestación del poder de Dios en su favor y, finalmente, de cómo reunió a un gran número de personas. Edificó una ciudad; en ella estaban bajo la guía, la dirección y el gobierno del Todopoderoso; y él, su ciudad y su pueblo, o muchos de ellos, fueron trasladados; por eso, como dice la Biblia, “desapareció, porque le llevó Dios”, y Él también se llevó a las personas que estaban con Enoc, a quienes le temían y obraban con rectitud.
Hay otros acontecimientos relacionados con estos asuntos que resultan muy interesantes cuando los examinamos. El pueblo se había corrompido mucho, se había apartado de la ley de Dios, había violado Sus ordenanzas y había cometido toda clase de iniquidades, de modo que, como nos dice la Biblia, todos los pensamientos de sus corazones eran de continuo solamente el mal, y al Señor le pesó haber hecho al hombre debido a la iniquidad y la corrupción que entonces existían. Tenemos un relato muy breve de esto en las Escrituras, pero por otros medios que se nos han comunicado hemos recibido mayor conocimiento de estos asuntos; porque otros hombres que abrazaron el Evangelio en épocas anteriores llegaron a ser predicadores de justicia, al igual que Enoc. Tenían el espíritu del Evangelio como lo tuvo Moisés, como lo tuvo Jesús y como lo tenemos nosotros. Estaban en comunión con Dios y obraban bajo la inspiración del Todopoderoso en su ministerio; y cuando se reunían —aquellos que temían a Dios y obraban con rectitud— tenían visiones y revelaciones, y profetizaban acontecimientos que habrían de suceder. Había muchos profetas en aquellos días, y profetizaron acerca de una prisión que Dios había preparado; hablaron al pueblo de la destrucción que sobrevendría a la tierra: que serían barridos de la faz de la tierra por las aguas del Diluvio y que ninguno sería preservado, salvo unos pocos para perpetuar el nombre y la fama del Todopoderoso y volver a propagar su especie. Esto les ha parecido muy extraño a algunos hombres que no comprenden los designios de Dios, y suponen que hubo cierto grado de crueldad de parte del Todopoderoso al barrer a todos los habitantes de la tierra, con excepción de unos pocos. Se atreven a decir que hubo cierto grado de injusticia, crueldad y tiranía en ello. Sin embargo, eso se debe a que no comprenden los principios correctos ni los designios del Todopoderoso; y muchas conclusiones a las que llegan las personas, basándose en ese mismo fundamento, surgen de la falta de comprensión del principio del que hablan.
Hay algunos principios relacionados con estas cosas que presentan los asuntos bajo una luz muy diferente. Cuando entendemos la naturaleza del hombre, cuando consideramos que es un ser dual, que posee un cuerpo y un espíritu, que está relacionado con el tiempo y con la eternidad, que, según las Escrituras, los espíritus de todos los hombres fueron creados antes de que se hiciera este mundo, y que Dios es el Dios y Padre de los espíritus de toda carne; y, siendo el Dios y Padre de los espíritus de toda carne, tenía el derecho y la prerrogativa de determinar qué debía hacerse para el beneficio de esos espíritus y de Sus hijos que había creado aquí sobre la tierra. No era una cuestión de teoría, según las opiniones de los hombres, sino un plan inmutable conforme a la eterna sabiduría de Dios, tal como existía en Su seno antes que el mundo fuese, o “cuando alababan todas las estrellas del alba, y se regocijaban todos los hijos de Dios”. Estos espíritus, de quienes Él era Padre, tenían sus derechos, privilegios e inmunidades; y, puesto que había creado al hombre sobre la tierra, o preparado un tabernáculo, un cuerpo, si se quiere, para que estos espíritus lo habitaran, le correspondía, como Padre de la familia humana, velar por su bienestar. Habían sido desviados por la influencia de Satanás, se habían corrompido y apartado de los principios correctos, habían violado la ley de Dios, y se habían degradado y hundido en la iniquidad y la infamia. Ahora bien, supongamos que nos trasladamos de nuevo a la presencia de nuestro Padre y que, al mirar hacia abajo y contemplar a aquellos miserables degradados que habitaban la tierra en ese tiempo, ¿no nos volveríamos a nuestro Padre, como a un Dios justo, y diríamos: “Padre, ¿ves la corrupción, la degradación, la infamia y el mal que existen y penetran el mundo de la humanidad?”. “Sí, sí, por supuesto que lo veo”. “¿Es justo que nuestros espíritus sean condenados a ir a habitar los cuerpos de estos hombres, o de su descendencia, que están tan caídos, tan degradados y tan corrompidos, y cuyas acciones y obras son tan contrarias a Ti y a Tus leyes? ¿Es justo y equitativo que vayamos y nos veamos envueltos en estas infamias, y que seamos desviados como ellos por las sendas del vicio, y suframos por cosas que no hemos hecho y que no podríamos evitar? ¿Es justo?”. “Pues no, no lo es, y los talaré; y, como poseen el poder de propagar su especie sobre la tierra, detendré ese poder mediante un diluvio y levantaré a otro pueblo, para que se os haga justicia, hijos e hijas míos, y para que el Juez de toda la tierra haga lo que es justo”. Cuando consideramos las cosas desde ese punto de vista, adquieren un aspecto distinto del que tendrían de otra manera, y se justifican los caminos de Dios para con el hombre.
Ahora bien, cuando ocurrió este acontecimiento, las personas fueron arrojadas al abismo, a las prisiones, como antes se había dicho que sucedería. ¿Y qué hay de eso? Sigamos el curso de los acontecimientos hasta el tiempo en que Jesús aparece sobre la tierra, y entonces vemos algo relacionado con esas mismas personas en los actos del Todopoderoso, tal como sucedieron en aquel tiempo. Cuando Jesús terminó Su obra, cuando cumplió la misión que debía realizar aquí sobre la tierra, y cuando fue muerto en la carne y vivificado en el Espíritu, fue y predicó a los espíritus encarcelados, “los que en otro tiempo fueron desobedientes, cuando una vez esperaba la paciencia de Dios en los días de Noé”; y aunque habían sufrido la ira del Dios Todopoderoso, Aquel que había venido a proclamar libertad a los cautivos, a abrir las puertas de la prisión a los presos, a libertarlos y a proclamar el tiempo de la buena voluntad del Señor, fue a ellos como su Salvador, al igual que a otros, y les predicó el Evangelio. Así vemos justificados los actos de Dios en relación con estos asuntos; y aunque tenía poder para destruir, aunque tenía poder para enviarlos a prisión, también tenía poder para concebir un plan para librarlos de ella cuando llegara el tiempo en que debían ser libertados, después de haber sufrido lo suficiente por los delitos, males e iniquidades que habían cometido sobre la tierra. Hay muchas cosas singulares relacionadas con estos asuntos que los hombres no comprenden realmente.
Llegamos de nuevo a otro personaje destacado, a saber, Abraham, un hombre muy notable en su época y generación; aunque en la actualidad los hombres lo consideran una especie de viejo pastor, un hombre que cuidaba rebaños, ganado y ovejas, una especie de ganadero y pastor; y muy poco se sabía de él, salvo que vivió en su época casi como un bárbaro. Esa es la opinión que muchos hombres se han formado de él: que era algo parecido a nuestros habitantes de las regiones apartadas, a algunos de nuestros agricultores que no se han relacionado con la élite de la sociedad ni se han familiarizado con el conocimiento que impregna el mundo. Yo lo considero un personaje completamente distinto, y por la información que podemos obtener de las revelaciones a las que nos hemos referido, descubrimos que había algo muy particular en él. Leemos su historia y vemos que era un hombre que buscaba la rectitud, que deseaba obtener mayor rectitud, que examinaba los anales de sus padres; y al examinarlos, remontándose a través del Diluvio hasta los días de Adán, descubrió muchas circunstancias relacionadas con la humanidad, no solo hasta los días de Adán, sino antes de que existiera el mundo. Al hacerlo, descubrió, entre otras cosas, que tenía derecho al sacerdocio. No necesito detenerme a explicarles qué es eso a ustedes, Santos de los Últimos Días. Ustedes comprenden que es el gobierno y la autoridad de Dios, ya sea en los cielos o en la tierra; y cuando hablamos del reino de Dios, hablamos de algo que concierne al gobierno, la autoridad y el dominio; y ese sacerdocio es el principio rector que existe en los cielos o en la tierra en relación con los asuntos de Dios. Por eso se nos dice en las Escrituras que Cristo era sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec. Entonces, ¿de qué orden era Melquisedec? Sacerdote para siempre según el orden del Hijo de Dios; porque si Cristo era según el orden de Melquisedec, Melquisedec debió haber sido según el orden de Cristo, como consecuencia necesaria. Muy bien. Ahora, en cuanto a ese sacerdocio, era algo que ministraba en el tiempo y por toda la eternidad; era un principio que poseía las llaves de los misterios de las revelaciones de Dios, y estaba íntimamente relacionado con el Evangelio; y dondequiera que existía el Evangelio, poseía este sacerdocio, y no podía existir sin él. Siempre “sacó a luz la vida y la inmortalidad”. Las nociones, opiniones y religiones del hombre, en general, carecen por completo de un principio de esa clase; nada saben de él. Siempre que los hombres se comunican con Dios y poseen el Evangelio del Hijo de Dios, este saca a luz la vida y la inmortalidad, y los coloca en una relación con Dios de la cual los demás hombres nada saben.
En tiempos antiguos se hablaba de ellos como de los “hijos de Dios”. “Ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él aparezca, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es”. Abraham descubrió que era heredero legítimo, conforme a su linaje y descendencia, de este sacerdocio que sería el medio para introducirlo en la presencia de Dios, y solicitó una ordenación, la cual recibió, según la revelación que se nos ha dado; y con esa ordenación recibió los poderes, las bendiciones, la luz, la inteligencia y la revelación relacionados con el Evangelio del Hijo de Dios. ¿Y después? Lo siguiente que leemos es que tenía el Urim y Tumim; y así buscó a Dios por sí mismo, y mientras lo buscaba, Dios se reveló a Abraham y dijo: “Y bendeciré a los que te bendigan, y a los que te maldigan maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra”. Hay algo muy notable en esto cuando reflexionamos sobre ello; y cuando examinamos la posición que él y su descendencia ocuparon, podemos ver el cumplimiento de estas cosas. Después, el Señor se le reveló de vez en cuando, le comunicó Su voluntad y le dio a conocer los designios del Todopoderoso. El Señor le mostró el orden de la creación de esta tierra sobre la cual estamos y le reveló algunas de las verdades más grandes y sublimes que jamás se hayan dado a conocer al hombre. Las obtuvo por revelación de Dios y por medio del Evangelio del Hijo de Dios.
Bien, examinemos un poco el cumplimiento de algunas de estas cosas. “Bendeciré a los que te bendigan; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra”. Tiempo después leemos acerca de Isaac y Jacob. Jacob se comunicaba con Dios. El Señor se le aparecía de vez en cuando y le revelaba Sus propósitos y designios. Abraham profetizó que los hijos de Israel estarían en servidumbre en Egipto durante cuatrocientos años, que después de ese tiempo serían libertados; y Moisés fue levantado como libertador y conversó con Dios. Vio una zarza que ardía en fuego, y la zarza no se consumía. Después conversó con el Señor en el monte Sinaí y recibió tablas de piedra escritas por el dedo de Dios, que eran los mandamientos del Señor a los hijos de Israel.
¿Y quién era Moisés? Un descendiente de Abraham.
También leemos acerca de profetas que, mediante el espíritu de inspiración, podían apartar el oscuro velo del porvenir y penetrar en el mundo invisible, y contemplar los propósitos de Dios tal como se desarrollarían en épocas posteriores con toda su majestad, poder y gloria. ¿Y quiénes eran? Eran la descendencia de Abraham. Leemos que Jesús también, quien era el Hijo de Dios, nació de la descendencia de Abraham según la carne. ¿Quiénes eran Sus apóstoles? La descendencia de Abraham. Luego estaban Nefi, Lehi, Ismael y otros que vinieron de la tierra de Jerusalén a este continente, según el Libro de Mormón. ¿Quiénes eran? La descendencia de Abraham. También estaban los Doce Apóstoles llamados y apartados en este continente, quienes salieron por el poder y el Espíritu de Dios, ayudados por una inteligencia y una revelación como nunca habían tenido en el otro continente. ¿Quiénes eran? La descendencia de Abraham. “Serán benditas en ti todas las familias de la tierra”; no malditas; no fue para eso que se introdujo el sacerdocio de Dios, sino para difundir luz, verdad e inteligencia; para revelar a la humanidad los caminos, propósitos y designios de Dios; para dar a conocer al hombre su origen, su posición en la vida y su destino futuro; y para darle a conocer, como ser eterno e inteligente, las cosas pasadas, las presentes y las venideras. Esto es lo que Jesús les enseñó en el continente americano. “Os conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Consolador no vendrá a vosotros”, el cual es el Espíritu de Dios. ¿Y qué hará? Les hará recordar las cosas pasadas. Se les darán a conocer las manifestaciones de los antiguos principios y de Dios en las épocas que los han precedido. Los guiará a toda la verdad. Comprenderán todos los asuntos que les sea necesario conocer mediante la luz, la inteligencia y la revelación que proceden de Dios. ¿Y qué más hará? Les mostrará las cosas que han de venir. Apartará el velo del mundo invisible. Les dará a conocer las cosas que pertenecen a la eternidad, y podrán ajustar su vida a los principios eternos de inteligencia tal como moran en el seno de Dios y tal como el Espíritu Santo se los dará a conocer y se los revelará. Este es el tesoro inestimable del que se habla, que poseemos en vasos de barro: “Os habéis acercado”, dice Pablo en su epístola a los Hebreos, “al monte Sion, y a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, y a la compañía de muchos millares de ángeles, y a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos, y a Dios, el Juez de todos, y a los espíritus de los justos hechos perfectos, y a Jesús, el Mediador del nuevo convenio, y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel”. Esto es lo que el Evangelio hace por ustedes: saca a luz la vida y la inmortalidad.
Estos son algunos de los principios principales y destacados tal como han existido anteriormente, junto con miles de otros que no tenemos tiempo de mencionar ni de tratar esta noche.
Ahora pasaremos a otros acontecimientos más recientes, acontecimientos con los cuales estamos relacionados; me refiero ahora al tiempo en que José Smith vino entre los hombres. ¿Cuál era su situación? ¿Y en qué circunstancias se encontraba? Puedo decirles lo que él me contó al respecto. Dijo que desconocía por completo los caminos, designios y propósitos de Dios, y que nada sabía de ellos; era un joven que no estaba familiarizado con los asuntos religiosos ni con los sistemas y las teorías de la época. Acudió al Señor después de haber leído la declaración de Santiago: “Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, quien da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada”. Creyó esa declaración, acudió al Señor y le preguntó; y el Señor se le reveló junto con Su Hijo Jesús y, señalando a este último, dijo: “Este es mi Hijo Amado: ¡Escúchalo!”. Entonces preguntó acerca de las diversas religiones que lo rodeaban. Preguntó cuál de ellas era la correcta, porque deseaba conocer el camino correcto y andar por él. Se le dijo que ninguna era correcta, que todas se habían apartado del camino correcto, que habían abandonado a Dios, la fuente de aguas vivas, y se habían cavado cisternas, cisternas rotas que no podían retener el agua. Después vino a él el ángel Moroni y le reveló el Libro de Mormón, con cuya historia están ustedes generalmente familiarizados, así como con las declaraciones que estoy haciendo ahora acerca de estas cosas. Y después vino Nefi, uno de los antiguos profetas que había vivido en este continente y que se interesaba por el bienestar del pueblo entre el cual había vivido en aquellos días.
Pero ¿qué sucede con estas personas y con algunos de estos asuntos? ¿Por qué y de qué manera habrían de tener algo que ver estos hombres que vivieron aquí sobre la tierra con las personas que ahora viven en ella? Ustedes, Santos de los Últimos Días, deberían conocer estos asuntos, y supongo que los conocen; pero expondré aquí uno o dos principios por si acaso hubiera entre los presentes quienes no hayan pensado o reflexionado debidamente sobre el tema. Pablo nos dice que el Sacerdocio de Melquisedec no tiene principio de días ni fin de años. Habla de Melquisedec como de un hombre “sin padre, sin madre, sin genealogía”. Ahora bien, según nuestra manera de entender las cosas, sería un hombre muy singular, sin padre ni madre, sin principio de días ni fin de años; pero era del sacerdocio de lo que hablaba, en contraposición al sacerdocio de Aarón. Entonces se encontraba entre los judíos. Los judíos creían en el Sacerdocio Aarónico, pero sabían muy poco o nada acerca del Sacerdocio de Melquisedec; y para que un hombre fuera sacerdote de Aarón debía ser descendiente literal de Aarón y de la tribu de Leví, y debía poder demostrar su linaje mediante los registros. Pero, en contraposición a ese sacerdocio, estaba el Sacerdocio de Melquisedec; así podemos explicar algunas de estas cosas de las que he estado hablando. Y ahora iré un poco más lejos en este asunto. Encuentro, por ejemplo, a un hombre llamado Moisés, que vivió en cierta época y al cual ya me he referido. Encuentro a otro hombre llamado Elías, que fue un gran profeta y que tenía gran poder con Dios, entre otras cosas para controlar los elementos, cerrar los cielos y volver a abrirlos mediante su oración de fe, en ciertas circunstancias que no es necesario que examinemos ahora. Vemos que cuando Jesús estaba aquí sobre la tierra subió a un monte con Sus discípulos Pedro, Santiago y Juan, y se les aparecieron Moisés y Elías con gran gloria. Pedro, volviéndose a Jesús, dijo: “Señor, bueno es que nosotros estemos aquí; si quieres, hagamos aquí tres enramadas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Ahora surge la pregunta: ¿Qué hacía Moisés allí? ¿Qué hacía Elías allí? ¿De dónde habían venido? Pues tenían el Evangelio. El Evangelio es un Evangelio eterno, como se dice en las Escrituras, y relacionado con ese Evangelio está el sacerdocio que administra en el tiempo y en la eternidad. Y Moisés, quien había sacado a los hijos de Israel de la tierra de Egipto, había conversado con Dios y había dado la ley del Señor al pueblo, junto con el profeta Elías, que también era un hombre de Dios, poseían el Sacerdocio de Melquisedec, el cual tenía las llaves de los misterios de Dios y ministra en el tiempo y en la eternidad. Ambos habían ministrado en la tierra y, poseyendo ese sacerdocio en los cielos, vinieron a ministrar a Jesús y a Pedro, Santiago y Juan sobre la tierra. No hay nada muy extraordinario en eso.
Volvemos a encontrar a Juan en la isla de Patmos, adonde había sido desterrado por causa de su religión. No sé si practicaba o no la poligamia; pero su religión era muy contraria a las ideas y teorías de las personas de aquel tiempo. Era cristiano y se atrevía a temer a Dios y a guardar Sus mandamientos, y lo desterraron a la isla de Patmos para que trabajara allí entre los esclavos en las minas de plomo. Pero mientras estaba allí, poseyendo la luz, la verdad, la inteligencia y la revelación que procedían de Dios, contempló los propósitos de Dios tal como se desarrollarían en un período posterior, y contempló la situación del hombre en las diversas épocas del mundo hasta el tiempo en que los cielos y la tierra pasarían, cuando habría “un cielo nuevo y una tierra nueva, en los cuales morase la justicia”. Contempló todas estas cosas y cayó a los pies del ángel para adorarlo, ante lo cual el ángel dijo: “Mira, no lo hagas; yo soy consiervo tuyo, y de tus hermanos que tienen el testimonio de Jesús. Adora a Dios, porque el testimonio de Jesús es el espíritu de profecía”. En otras palabras: “Una vez fui como tú, en la tierra, perseguido, expulsado, condenado, despreciado; se arrojó contra mí toda clase de oprobios y reproches; anduve cubierto de pieles de ovejas y de cabras, desamparado, afligido, maltratado; anduve por desiertos y montes, y habité en cuevas y cavernas de la tierra. Soy uno de tus consiervos, los profetas; he peleado la buena batalla, he acabado mi carrera, he guardado la fe; fui fiel a mis convenios, a mi Dios y a mi sacerdocio, y ahora vengo a ministrarte”. Además, ¿quiénes serían más indicados que Mormón, Nefi y algunos de aquellos profetas que habían ministrado al pueblo de este continente bajo la influencia del mismo Evangelio, para actuar de nuevo como sus representantes? ¿Quiénes serían más indicados que aquellos que habían oficiado en el santo Sacerdocio de Melquisedec para ministrar a José Smith y revelarle los grandes principios que fueron dados a conocer?
Ahora bien, ¿qué ha revelado él? ¿Algo nuevo? Pues sí, un Evangelio nuevo, pero un Evangelio eterno. ¿Qué dijo Juan que vio? “Y vi a otro ángel volar por en medio del cielo, que tenía el evangelio eterno para predicarlo a los que moran en la tierra, y a toda nación, y tribu, y lengua y pueblo, diciendo a gran voz: Temed a Dios, y dadle gloria, porque la hora de su juicio ha llegado”. ¿Vio Juan eso, entre otras cosas? ¿Se ha cumplido? Sí, se ha cumplido. “Y serán benditas en ti todas las familias de la tierra”. ¿Quién era José Smith? El Libro de Mormón nos dice que era de la descendencia de José, el que fue vendido a Egipto; y, por tanto, fue escogido, como Abraham, para cumplir una obra sobre la tierra. Dios escogió a este joven. Carecía de instrucción académica, según la entiende el mundo, pero era el hombre de más profundo conocimiento e inteligencia que he conocido en mi vida; y he viajado cientos de miles de millas, he estado en diferentes continentes y me he relacionado con personas de todas las clases y creencias; sin embargo, nunca he conocido a un hombre tan inteligente como él. ¿Y de dónde obtuvo su inteligencia? No de los libros; no de la lógica, la ciencia ni la filosofía de la época, sino que la obtuvo mediante la revelación de Dios que le fue dada a conocer por medio del Evangelio eterno. Ahora bien, quienes desconocen estas cosas están dispuestos a señalarlo con escarnio y a colmarlo de desprecio y reproches, tanto a él como a otros que se atreven a tener la osadía, como ellos dicen, de expresar la misma clase de sentimientos que él expresaba. ¡Yo me atrevo a hacerlo! Lo he hecho entre las naciones de la tierra, y me atrevo a hacerlo hoy ante cualquier hombre o grupo de hombres que el mundo pueda presentar; ¡y los desafío a refutar o derribar con éxito cualquier principio que Dios haya revelado mediante el Evangelio del Hijo de Dios en estos últimos días!
Pero ¿podía José Smith evitar ser escogido por Dios? Hay allí, por decir lo menos, una manifestación de inteligencia de la cual el mundo nada sabe. ¿Ha de despreciarse eso? ¿Ha de lamentarse? ¿Era él enemigo del hombre? No; no más que Abraham, no más que los profetas, no más que Jesús. Pero ¿podían Abraham o los profetas saber lo que Dios iba a exigirles? No, no podían. Y si no podían, si habían de declarar una verdad que Dios les había revelado, ¿el hecho de declararla la convertiría en falsedad? Creo que no. Era desagradable que un hombre se levantara y dijera a las personas que estaban equivocadas. ¡Ir a nuestros teólogos —nuestros reverendísimos teólogos— y a sus seguidores, y decirles que todos se habían desviado del camino! Supongo que no estarían más satisfechos con semejante mensaje que lo estuvieron los de esa misma clase con las enseñanzas de Jesús cuando habló de los escribas y fariseos y los llamó hipócritas, semejantes a sepulcros blanqueados que por fuera parecían hermosos a los hombres, pero por dentro no eran más que podredumbre y huesos de muertos. Esto no resultaba muy grato para algunos de los sabios de los judíos ni para algunos de los hombres principales de aquel tiempo que profesaban tanta piedad. Pero Él vino a decirles la verdad, no a hablar Sus propias palabras, sino las palabras de Su Padre que lo envió, y a comunicar aquellos grandes principios que Dios le había revelado.
Ahora bien, ¿creo yo que José Smith vio a los diversos ángeles que, según se afirma, se le aparecieron tal como se ha descrito, uno tras otro? Sí, lo creo. ¿Por qué lo creo? Porque obedecí este Evangelio. ¿Y qué estaba relacionado con obedecerlo? ¿Cuál era el Evangelio que él enseñaba? Precisamente el mismo que Jesús y Sus discípulos enseñaron tanto en el continente asiático como en este continente. ¿Qué hizo Él? Pues dijo a Sus discípulos: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura”. ¿Era enemigo de la humanidad? Creo que no. Vayan por todo el mundo y háblenles del amor de Dios al hombre; prediquen el Evangelio a toda criatura, y “el que crea y sea bautizado será salvo; pero el que no crea será condenado”. ¿Qué más? “Y estas señales seguirán a los que creyeren: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán serpientes en las manos y, si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán”. Aquí había algo que podía ponerse en práctica, algo real, algo inteligente, algo digno de un Dios, comunicado por el Hijo de Dios para el bienestar de la familia humana.
¿Qué tenemos ahora? Ideas, nociones, teorías, opiniones, hipótesis y toda la variada confusión de ideas y nociones, pero ningún hombre que diga: “Así dice el Señor”. Antes decían: “Así dice el Señor”; tenían la palabra de Dios para el pueblo, y no las opiniones, los credos, las nociones y las fantasías de los hombres.
El Señor ha restaurado el mismo Espíritu por el cual sabemos que son verdaderos los principios declarados por José Smith y por otros. Yo lo sé, y también lo saben muchos de ustedes que me escuchan. ¿Fue perjudicial para el mundo, en los días de Jesús, que Sus discípulos fueran a proclamar la salvación? Creo que no. ¿Es perjudicial para las personas de hoy que proclamemos al mundo el mismo Evangelio? Creo que no. Pueden encontrar a muy pocas personas que hagan lo que han hecho miles de nuestros élderes: salir sin bolsa ni alforja para proclamar las buenas nuevas de salvación, cosas en las que no solo creen, sino que saben por sí mismos, ante Dios, que son verdaderas; salir como amigos de la humanidad para anunciar el mismo Evangelio bajo la misma autoridad que otros tuvieron en épocas anteriores. ¿Se procesó y persiguió a los hombres en épocas anteriores? Sí. ¿Por qué? ¿Fue porque eran inicuos y corruptos? No; fue porque se atrevieron a decirle a un mundo corrupto que Dios había hablado, que se habían revelado luz y verdad desde el cielo, que el Hijo de Dios había aparecido y que, si se arrepentían de sus pecados y se bautizaban para la remisión de ellos, recibirían el Espíritu Santo, que tomaría de las cosas de Dios y se las mostraría. Esa era la doctrina que enseñaban; esa es la doctrina que enseñamos nosotros. ¿Hay algo muy notable en ello? Sí, muy notable. ¿Hay algún pueblo que se atreva a decir al mundo lo que se atreven a decir los élderes de los Santos de los Últimos Días? Creo que no. ¿Qué han hecho estos élderes, muchos de los cuales están aquí? Han ido hasta los confines de la tierra, sin bolsa ni alforja, proclamando el Evangelio del Hijo de Dios. ¿Y qué les dijeron a las personas que hicieran? Que se arrepintieran y se bautizaran para la remisión de sus pecados, y que se les impusieran las manos para recibir el Espíritu Santo; y ustedes hacen lo mismo: cuando creen, los bautizan en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. ¿Y qué significa un nombre? Poder y autoridad. Supongamos que un hombre viniera aquí como gobernador o secretario, o para ocupar cualquier otro cargo bajo el Gobierno de los Estados Unidos; viene en nombre de los Estados Unidos, o por el poder o la autoridad de los Estados Unidos, ¿no es así? Sí. Pero supongamos que alguno de ustedes se presentara aquí como gobernador; querrían ver sus credenciales y saber con qué autoridad vino aquí y si fue nombrado o no por las autoridades legítimas de los Estados Unidos. Si no lo fue, no le prestarían atención; lo considerarían una persona muy vulgar y necia y, además, también lo considerarían un impostor. Pues bien, si Dios no envía a los hombres, por supuesto que no pueden actuar bajo la autoridad de Dios; si lo hacen, actúan fraudulentamente. Ahora, ¿cómo pueden los hombres ir en el nombre de Dios cuando les dicen que Dios no ha hablado durante los últimos mil ochocientos años y que ahora no se revela? Siendo así, ¿cómo pueden salir en el nombre de Dios? No lo sé; es un misterio para mí; estas personas poseen algunos misterios que no puedo desentrañar, y ese es uno de ellos. Solo conozco tres maneras de obtener una autoridad de esa clase: una es por descendencia directa, otra por escrito y una tercera de palabra. Ahora bien, si no podemos encontrar ningún registro entre las personas que profesan enseñar en el nombre de Dios, y ellas no afirman tener una descendencia directa, e incluso sostienen que Dios no ha hablado durante mil ochocientos años, se colocan en una situación muy comprometida. Pero cuando llegan a entender, a comprender plenamente el sacerdocio que poseían nuestros antepasados, pueden ver por qué autoridad se les confiere a ustedes el santo sacerdocio. Entonces, ¿de dónde obtuvieron esta autoridad? ¿Del mundo? No, el mundo no la tenía para darla y, por consiguiente, ustedes no podían obtenerla de él; y si Dios no ha hablado, si el ángel de Dios no se ha aparecido a José Smith y si estas cosas de las que hablamos no son verdaderas, entonces todo es una impostura de principio a fin. No hay término medio ni camino intermedio en este asunto; es una cosa o la otra. Ahora ustedes salen a las naciones de la tierra en el nombre del Señor —apelo a ustedes, élderes; contradíganme si pueden— y cuando las personas creen y han sido bautizadas, ustedes les imponen las manos en el nombre del Señor y les dicen: “Recibe el Espíritu Santo”, y ellas lo reciben, ¿no es así? Lo reciben, y ustedes son mis testigos de ello. ¿Y qué hace el Espíritu Santo? Toma de las cosas de Dios y nos las muestra. ¿Podemos concebir un principio más grande, más majestuoso, grandioso, noble y exaltado? ¿Qué es el hombre? Un pobre y débil gusano de la tierra, que sale en el nombre de Dios para exhortar a la familia humana a arrepentirse y bautizarse para la remisión de sus pecados y que, en el nombre de Dios, impone después las manos sobre sus cabezas para que reciban el Espíritu Santo. ¿Quién lo da? Dios; y es la mayor evidencia que existe sobre la faz de toda la tierra; ningún hombre, en ninguna parte, tiene una evidencia como esa que se da del Todopoderoso. No provino de nosotros, no provino de José Smith, aunque él fue el medio por el cual se comunicaron esas cosas; no provino de Brigham Young, no provino de mí ni de ninguna otra persona; viene como el don gratuito de Dios conforme a las leyes eternas del Evangelio sempiterno.
Ahora bien, aquí estamos. Nos encontramos en esta situación; habiendo aceptado estos principios, creemos en ellos y estamos dispuestos a ser gobernados por ellos.
Sin embargo, el Señor nos ha revelado muchos otros principios grandes e importantes, y entre ellos, el convenio eterno entre el hombre y la mujer. ¿Reveló José ese principio? Sí, lo reveló. ¿Lo sabe usted? Sí, lo sé; si nadie más lo sabe, yo lo sé. ¿Se lo dijo él? Sí, me lo dijo; pero, además de eso, he tenido otras manifestaciones y, por tanto, sé de lo que hablo y sé que el principio es de Dios. Ahora hay algunas personas que nos dicen que somos muy inicuos. ¿Lo somos? Pues sí, en muchos aspectos lo somos. ¡Pero no en eso! ¡No en eso! ¡No en eso! ¿Somos descuidados? ¿Somos indiferentes? ¿Somos codiciosos? ¿Amamos al mundo más de lo que deberíamos, y permitimos que nuestra mente, nuestros sentimientos y nuestros afectos sean arrastrados por las cosas transitorias del tiempo y de los sentidos? Sí, sí, para nuestra vergüenza hay que decir que en muchos casos es cierto. ¿Violamos en muchos casos los grandes principios que Dios ha revelado? Sí, muchos de nosotros lo hacemos, para nuestra vergüenza hay que decirlo; pero no violamos la ley de Dios ni las leyes de castidad en ese asunto. Entonces, ¿qué hemos de hacer? Dios nos ha revelado un principio; ¿lo sabemos? Sí. ¿Lo sé yo? Sí. ¿Lo saben ustedes? Sí, sí, muchísimos de ustedes que están aquí y me oyen hablar lo saben. Pero ¿lo sabe el Congreso de los Estados Unidos? No. ¿Lo sabe la Corte Suprema? No; no pueden conocer las cosas de Dios sino por el Espíritu de Dios. ¿Saben algo acerca de las relaciones eternas y de la perpetuidad en el mundo eterno? No, no lo saben; desconocen el principio, nada saben de él, y nosotros tampoco lo sabíamos hasta que se nos reveló. Ahora bien, ¿qué ha de hacerse? Nos colocan en una situación como esta: Dios dice que esta es una ley eterna relacionada con la perpetuidad eterna de las vidas en el tiempo y por todas las eternidades venideras; que un hombre que tenga esposa debe tenerla sellada a él por el tiempo y por toda la eternidad. Pues bien, hace mucho tiempo hemos oído hablar de una religión para vivir, pero de ninguna para morir; ninguna que pudiera llegar al otro lado del velo y prepararnos para relaciones eternas y vidas eternas en el mundo eterno, o en las eternidades venideras. Pero este principio abarca eso y nos coloca en esta situación: Dios dice: “Ve y obedece mi ley”. El Congreso dice: “No, no lo harás”. Ahora la pregunta es: ¿a quién obedeceremos? Nos gustaría estar de acuerdo con el Congreso. Nos gustaría someternos a toda ordenanza de los hombres. Nos gustaría ser ciudadanos buenos y pacíficos, que es lo que somos. Sin embargo, no deseamos seguir sus corrupciones; ¿acaso no sabemos lo suficiente acerca de ellas? Sí, lo sabemos. Sabemos mucho más acerca de ellos de lo que ellos saben acerca de nosotros. Conocemos sus delitos, conocemos su libertinaje, sabemos de los millones de asesinatos perpetrados por madres y padres contra sus hijos, y ellos lo saben. Muchos de estos asesinatos se cometen mientras los niños aún no han nacido; los matan antes o después de nacer, según se presente el caso. También sabemos de este horrible mal social que existe entre ellos y de la corrupción, la degradación y la podredumbre que hay en medio de ellos. Y, como les he dicho a algunos de ellos en ocasiones: “Ustedes vienen de esos antros de infamia, que apestan a corrupción y podredumbre, sumidos en el crimen y el derramamiento de sangre, ¿y van a venir aquí a enseñarnos moralidad? Vuelvan a casa, atiendan sus propios asuntos, límpiense de sus corrupciones, porque son un hedor ante Jehová y ante todos los hombres honrados, y no vengan a corregirnos en cuanto a las cosas que Dios nos ha dado para hacer y que, con la ayuda del Señor, llevaremos a cabo”.
Ahora bien, estos son nuestros sentimientos en relación con estos asuntos. Este Evangelio nos revela, como lo hizo en tiempos antiguos, la luz y la inteligencia de Dios. Nos abre las visiones de la eternidad; nos pone en comunicación con el Señor. Nos prepara para la vida, para la muerte y para la exaltación, y vamos a seguir adelante con nuestros templos y a administrar en ellos en el nombre del Señor. Entraremos en ellos y seremos bautizados por los vivos y por los muertos, y nos levantaremos como salvadores sobre el monte Sion; y dejemos que el mundo se revuelque en la corrupción y siga los malos deseos de su corazón, dejemos que siga su propio camino, luchando, si así lo desea, contra la Sion de nuestro Dios; pero el Señor irá tras ellos, y antes de que todo termine sabrán que hay un Dios que gobierna en los cielos, y Él les dirá, como dijo a las olas de las profundidades del mar: “Hasta aquí llegarás y no pasarás adelante, y ahí parará el orgullo de tus olas”.
¿Qué haremos, entonces? Temer a Dios, ser fieles, ser honrados y rectos, y estar llenos de integridad y veracidad; evitar el mal de toda clase, conservar puros nuestro cuerpo y nuestro espíritu, guardar nuestros convenios ante Dios, y Él nos sonreirá, estará del lado de lo justo, y Su reino crecerá, aumentará y se extenderá hasta que los reinos de este mundo lleguen a ser los reinos de nuestro Dios y de Su Cristo, a quien corresponde el derecho de gobernar por los siglos de los siglos.
Que Dios nos ayude a ser fieles en guardar Sus mandamientos para que seamos salvos en Su reino, es mi oración, en el nombre de Jesús. Amén.



























