Diario de Discursos – Journal of Discourses V. 21

Hacia una Sion unida: la consagración, las mayordomías y la herencia eterna

Los santos deben progresar en unidad y consagración conforme a sus circunstancias, preparándose mediante mayordomías fieles para edificar Sion y recibir una herencia eterna.
El progreso de los santos hacia la unidad en la fe y en la práctica—La Orden Unida

por el élder Orson Pratt, pronunciado en el Tabernáculo de la ciudad de Logan, el sábado 1 de noviembre de 1879 por la tarde.
Volumen 21, discurso 18, páginas 146-154


Leeré algunos pasajes del libro de Jacob, una de las recopilaciones sagradas del Libro de Mormón.

“Y aconteció que los siervos fueron y trabajaron con todas sus fuerzas; y el Señor de la viña también trabajó con ellos; y en todas las cosas obedecieron los mandamientos del Señor de la viña. Y empezó a haber nuevamente fruto natural en la viña; y las ramas naturales empezaron a crecer y a prosperar grandemente; y empezaron a ser arrancadas y desechadas las ramas silvestres; y conservaron iguales la raíz y la copa del árbol, según su fuerza. Y así trabajaron con toda diligencia, según los mandamientos del Señor de la viña, aun hasta que lo malo hubo sido echado fuera de la viña, y el Señor hubo preservado para sí los árboles que se habían vuelto de nuevo fruto natural; y llegaron a ser como un cuerpo; y los frutos fueron iguales; y el Señor de la viña había preservado para sí el fruto natural, que le fue sumamente precioso desde el principio”.

Estas palabras me vinieron a la mente esta mañana, mientras el hermano Snow hablaba del orden establecido en Doctrina y Convenios. Aquí tenemos una predicción clara y sencilla, en forma de parábola, que fue registrada en planchas de oro casi seiscientos años antes de Cristo, relacionada con la gran obra en la cual nosotros, como siervos del Señor y como Santos de los Últimos Días, estamos empeñados. Quizás haya algunas personas entre esta comunidad que tengan un sentimiento semejante a este: “No estamos viviendo en todos los aspectos conforme a la ley que se da en Doctrina y Convenios”. Y han llegado a la conclusión de que quizás el Señor nos abandonaría por no cumplir las leyes tan claramente definidas y explicadas en ese registro. Estas cosas se expusieron claramente al pueblo esta mañana, en cuanto a los aspectos en los que no hemos entrado en toda la plenitud y perfección de ese orden de cosas. Pero la pregunta es: ¿Podemos hacerlo mucho mejor en las circunstancias actuales? Esta es una gran cuestión que debe considerarse. Y al considerarla, tenemos que examinar otras cosas, como si podemos dejar de lado el orden actual de cosas que no concuerda con Doctrina y Convenios, y si podemos comenzar de nuevo aquí, en estos valles, y cumplir la ley del Señor en toda su perfección. No sé si acaso pudiera existir una remota posibilidad de que lo hiciéramos; pero si el Señor nos lo requiere en las circunstancias actuales es otra cuestión. Somos muy imperfectos y, aun así, procuramos hacer lo correcto. Queremos guardar los mandamientos del Señor; deseamos ser miembros de Su Iglesia; deseamos que Su Santo Espíritu descanse sobre nosotros y deseamos ser guiados por Él. Queremos saber cuál es el consejo de los siervos de Dios con respecto a nosotros y, sin embargo, apenas sabemos hacia dónde volvernos. Vemos una Orden Unida establecida en un lugar conforme a un principio; vamos a otra parte del territorio y encontramos una orden establecida sobre un principio algo diferente; y oímos de otra, todas con algunas diferencias. Y así sucede hasta que visitamos casi todas las poblaciones de estas montañas. Y, como se dijo esta mañana, difieren tanto como difieren los élderes mismos en sus puntos de vista.

Ahora bien, ¿qué ha dicho el Señor en esta parábola de la viña? “Y conservaron iguales la raíz y la copa del árbol”. ¿En qué sentido fueron hechas iguales? La siguiente parte de esa misma oración declara que fueron hechas iguales “según su fuerza”. Ahora bien, hay mucho expresado en esas pocas palabras. No fueron hechas iguales de una sola vez, como lo son los habitantes de un mundo celestial, sin introducir mejoras; más bien debían conservar iguales la raíz y la copa del gran árbol según su fuerza, es decir, conforme a la condición y las circunstancias en que se encuentra el pueblo. Ahora bien, considero que, a pesar de todas nuestras desviaciones de la ley perfecta que Dios ha dado, a pesar de la condición de las cosas tan claramente señalada en Doctrina y Convenios respecto a tener mayordomías y heredades y rendir cuentas de esas mayordomías y heredades conforme al orden perfecto, considero que estamos haciendo las cosas bastante bien en muchísimos aspectos. Hemos progresado; hemos hecho mejoras; estamos más unidos que hace cuarenta y cinco años. Por tanto, ha habido una mejora entre los Santos de los Últimos Días, y esta mejora ha sido para bien; se ha orientado continuamente hacia la igualdad, aunque no hayamos alcanzado el éxito conforme a la ley perfecta. Pero hemos tenido éxito conforme a la fuerza del pueblo, conforme a las circunstancias que lo rodean. Hemos logrado en gran medida inculcar en su mente el gran principio de la unidad y de ser uno, no solo en las cosas espirituales, sino también en las temporales. Llegará el día en que esto se cumplirá al pie de la letra, de acuerdo con las palabras que dicen: “Y llegaron a ser como un cuerpo; y los frutos fueron iguales”. Ese es el destino de los Santos de los Últimos Días en el futuro. El fruto ha de ser igual; las raíces y las ramas deben conservarse todas en su perfecto orden, y todo el árbol debe mantenerse en una condición próspera. Entonces habremos aprendido el gran principio del orden celestial que debe llevarse a la práctica entre los hijos de los hombres. Durante ese largo período llamado el Milenio, este pueblo verá la importancia de observar ese orden perfecto cuando nuestra fuerza lo permita. Por ahora no tenemos ante nosotros ningún ejemplo perfecto. ¿Dónde ha habido, ya sea en este Territorio o en Arizona, un caso en que la ley perfecta de Dios se haya llevado a la práctica tal como se establece en Doctrina y Convenios? No conozco ningún caso. Conozco muchísimas mejoras respecto al antiguo estado de cosas que existía entre nuestros padres: la noción y la idea de los gentiles de que cada persona tenga intereses separados e individuales, sin rendir cuentas a nadie. Ese es el sistema antiguo. Hemos hecho muchas mejoras, pero no hemos llevado a la práctica, ni en un solo caso, en ninguna población que yo conozca, el orden de cosas establecido en las revelaciones contenidas en el Libro de los Convenios.

Se ha dicho mucho en distintas ocasiones acerca de que las familias estén unidas como una sola: que coman en la misma mesa, por ejemplo, y tengan un gran campo donde puedan realizar sus labores agrícolas, yendo todos los agricultores al mismo campo a trabajar; y que el mismo principio se aplique a otras actividades, participando todos unidos y velando por el interés común. ¿Hay algo en las revelaciones dadas en estos últimos días que requiera este orden de cosas, o es algo que nosotros mismos hemos considerado un poco más adelantado que lo que nuestros padres venían practicando? No conozco nada establecido en las revelaciones que nos requiera adoptar este método particular. Sin embargo, ¿es correcto? Sí. Es correcto conforme a las circunstancias que los rodean; apunta hacia la unidad y tiende a instruirnos en las ideas preliminares de estar unidos. Por tanto, quienes pueden entrar en este orden, quienes están dispuestos a unirse de esta manera, hacen bien y serán bendecidos por ello. Pero que nadie imponga límites en este asunto, considerando que, porque haya entrado en un orden especial establecido en una población, todos los demás están equivocados porque no hacen lo mismo; no deben buscar faltas en sus hermanos ni desalentarse de hacer el bien.

Hay muchísimas ideas diferentes entre los Santos de los Últimos Días con relación a estos asuntos. Pero tenemos una norma dada en el Libro de los Convenios por la cual debemos regirnos. Con el tiempo, espero que nos encontremos en circunstancias diferentes, en las cuales puedan asignarse mayordomías o heredades a todas las familias de los santos, algunas en una clase o rama de actividad y otras en otra; y entrará en vigor la ley de consagración en su plenitud.

Yo, y supongo que muchísimos otros que conocen las revelaciones de Dios contenidas en Doctrina y Convenios, esperamos que llegue un período en la historia de los Santos de los Últimos Días en que nosotros, como pueblo, poseamos una tierra muy diferente de la que ahora habitamos. No esperamos ir a las islas Sándwich, ni a las islas de la Sociedad, ni a ninguna de las islas de los océanos, ni a Sudamérica ni a Centroamérica, para llevar a la práctica el orden de cosas en el cual esperamos entrar en toda su plenitud. Pero esperamos, con tanta certeza como esperamos que el sol brille cuando salga en una mañana despejada, que el Señor, con el tiempo, nos lleve de regreso a la tierra a la cual se refirió el hermano Snow esta mañana. No esperamos que, cuando llegue ese tiempo, todos los Santos de los Últimos Días que ahora ocupan los valles de las montañas vayan como un solo cuerpo, dejando esta tierra completamente deshabitada. No esperamos nada semejante. Pero sí esperamos que haya un período en la historia futura de la Iglesia en que muchos cientos de este pueblo —nuestros jóvenes, por ejemplo, que crezcan en aquellos días— sean reunidos como un cuerpo y vayan a las regiones orientales del estado de Kansas y también a las regiones occidentales del estado de Misuri para establecerse. Y cuando llegue ese tiempo, si es necesario cumplir los mandamientos que el hermano Snow leyó esta mañana, referentes a la compra de tierras, tendremos bienes y recursos suficientes para realizar esta obra. Hace unos cuarenta y siete años era necesario comprar tierras, y también durante varios años después. Pero entonces no lo hicimos. Quizás sea necesario en tiempos venideros, y probablemente lo será, que compremos toda esa región. ¿Por qué? Porque si hay ocupantes anteriores, ¿no debemos estar dispuestos a darles una compensación que los satisfaga por su posesión, incluidas las mejoras que haya en ella? Ciertamente. Por consiguiente, quizás sea necesario que cumplamos plenamente todas estas revelaciones, a pesar de todos los abusos y persecuciones que se han acumulado sobre los Santos de los Últimos Días. Pero sea así o no, hay una cosa cierta, algo en lo cual ustedes y yo podemos confiar con tanta certeza como esperamos recibir nuestro alimento diario, y es que el Señor nuestro Dios llevará de regreso a este pueblo y escogerá de entre él un número suficiente para hacer muy grande al ejército de Israel. Y cuando llegue ese día, guiará las fuerzas de quienes emigren a sus posesiones en esos dos estados que he mencionado. Y la tierra que se compre se encontrará, sin duda y hasta donde sea posible, en una misma región, que será poblada de una manera muy diferente de como ahora poblamos estas regiones montañosas. Quizás pregunten: ¿En qué diferiremos al poblar esas tierras cuando vayamos allí para cumplir los mandamientos del Señor? Se lo diré. A ningún hombre se le permitirá recibir una mayordomía sobre esas tierras a menos que esté dispuesto a consagrar todos sus bienes al Señor. Esa será una de las primeras enseñanzas que se den. Cuando esto se haga, el pueblo será, como dice la parábola, semejante a un solo cuerpo: todos igualmente pobres o todos igualmente ricos; en otras palabras, serán personas que no podrán reclamar ningún bien como propio, pues todo estará consagrado. Y la tierra, una vez comprada, se tendrá bajo un principio diferente del actual. Hoy, cincuenta mil dólares en bienes inmuebles es lo máximo que puede poseer una organización religiosa; pero en aquel día todos nuestros bienes, cuyo valor ascenderá a una suma mucho mayor, serán mantenidos en fideicomiso. ¿Para quién? Para La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y para toda esta gran compañía que se habrá congregado. Y habrá tal cambio en los asuntos gubernamentales que el administrador fiduciario, quienquiera que sea, solo actuará como tal mientras sea fiel; y si se vuelve infiel, la administración será transferida a otro. Tampoco, en caso de muerte, tendrán los herederos de dicho administrador derecho alguno sobre los bienes; la facultad de regular tales asuntos quedará entonces en manos de la autoridad correspondiente, que impartirá justicia equitativa a todas las partes.

Estas personas, por tanto, estarán en la misma condición que todo el resto del pueblo. Los bienes que tengan no serán suyos, aunque se los pueda llamar así. Y cuando se haya comprobado que una persona ha consagrado todo lo que tiene, se averiguará el tamaño de su familia y se le asignará tierra en consecuencia, no para darle una escritura de propiedad conforme a la práctica de los gentiles, sino más bien para determinar la extensión de su mayordomía. Una vez hecho esto, toma su mayordomía, teniendo cada hombre su propia mesa, sin estar obligado en absoluto a comer en la de su vecino. Las personas construirán sus propias casas, etc., cuando sea necesario, siempre que puedan hacerlo; de no ser así, se les proporcionará la ayuda que requieran. Y luego se les requerirá a ellas y a todos los demás que lleven un registro de sus actividades y lo presenten a los obispos al final del año o con la frecuencia que se requiera. Estos obispos, si cumplen su deber, dirán cosas como estas: “Hermano, usted ha sido poco prudente en tales o cuales cosas, pero en otros aspectos ha obrado bien”. De esta manera, cada hombre rendirá cuentas de su mayordomía, como dice la revelación, tanto en el tiempo como en la eternidad. Y aquel que demuestre ser un mayordomo fiel y prudente en el tiempo será considerado digno de recibir no solo una mayordomía, sino una herencia en la eternidad. ¿Cuál es el objeto de la mayordomía? ¿No es prepararnos para ese orden de cosas aún más elevado que existirá cuando recibamos una herencia? Y cuando llegue ese tiempo y todavía se nos encuentre fieles a nuestra responsabilidad, el Señor se complacerá en decir: “Puedo confiar en ese hombre; se ha probado a sí mismo en los días de su probación; es un hombre sabio; ha obrado correctamente en todo lo que se le ha confiado. Ahora, que no tenga solamente una mayordomía, sino que se le dé como posesión sempiterna, para él y para su descendencia después de él, por los siglos de los siglos, tanto por el tiempo como por la eternidad”.

Quizás pregunten cuándo llegará ese tiempo en que los santos reciban verdaderas heredades. Llegará el tiempo en que los santos reciban sus mayordomías cuando regresen a las tierras de las cuales han sido expulsados; pero las heredades no se darán hasta que el Señor haya asignado primero a los justos que han muerto sus heredades, y después los justos vivientes recibirán las suyas. Encontrarán esto registrado en Doctrina y Convenios; y en el mismo libro se predice que habrá uno “poderoso y fuerte”, y que será también un personaje inmortal, alguien revestido de luz como de una vestidura, cuyas entrañas serán una fuente de verdad. Su misión será repartir por sorteo a los santos sus heredades, conforme a su fidelidad en sus mayordomías. Esto también concuerda con otra revelación dada el 27 de diciembre de 1832, que dice con gran claridad que, cuando los santos hayan resucitado y hayan sido arrebatados al cielo, y los santos vivientes también hayan sido arrebatados, y cuando el séptimo ángel haya tocado su trompeta, entonces los santos recibirán sus heredades. Allí, por tanto, se especifica el tiempo con respecto al período que el Señor tiene en Su propia mente para dar las heredades. Finalmente, después de que los santos hayan resucitado y hayan sido arrebatados al cielo junto con todos los santos que entonces estén vivos, y después de que el séptimo ángel toque su trompeta, la tierra será dada a los santos del Altísimo como heredad para ser repartida entre ellos. Esta tierra de la cual he estado hablando se llama, en algunos pasajes de las revelaciones de Dios al profeta José, la tierra de nuestra herencia; y en otros se hace referencia a ella en forma de mayordomías. En cierto sentido puede considerarse nuestra herencia, porque el Señor dispone, en Su propia sabiduría, que los Santos de los Últimos Días posean esa tierra como tal, y sus muertos con ellos. Y habiéndolo decretado, incluso antes de que la viéramos, lo cumplirá. Los remitiré a una parte de la revelación dada el 2 de enero de 1831, en la casa del padre Whitmer: “Y os ofrezco y tengo a bien daros mayores riquezas, sí, una tierra de promisión, una tierra que fluye leche y miel, sobre la cual no habrá maldición cuando el Señor venga. Y os la daré por tierra de vuestra herencia”; no solo por mayordomía, sino por herencia. “Y este será mi convenio con vosotros —dice además el Señor—: La recibiréis por tierra de vuestra herencia, y por herencia de vuestros hijos para siempre, mientras dure la tierra, y la poseeréis otra vez en la eternidad, para no volver a pasar”. En este sentido se llama la tierra de nuestra herencia. Pero, cuando hablamos con precisión, primero tendremos que ser probados como mayordomos. Si somos imprudentes en la administración de esta responsabilidad, entonces será muy dudoso que obtengamos una herencia en este mundo o en el venidero.

¿Qué es, entonces, lo que esperamos? Esperamos —estaba a punto de citar la predicción de Isaías sin considerar las consecuencias; confío, sin embargo, en que nadie presente considere a ese grande y buen hombre de Dios un traidor al Gobierno de los Estados Unidos— que “el pequeño llegará a ser mil, y el menor, una nación fuerte”. Espero que este pueblo, si no llega a ser una “nación fuerte” en un sentido de la palabra, sea un pueblo grande, fuerte y poderoso sobre la faz de esta tierra. Esta es una de las cosas que su humilde servidor espera. Y espero que, cuando salgamos de estas montañas por cientos de miles y descendamos a esa tierra para comprarla y ocuparla, llevemos con nosotros mucho oro y plata, porque en aquellos días el Señor hará a Su pueblo muy rico, en cumplimiento de otra promesa hecha en la misma revelación, en la cual dice que llegaremos a ser el más rico de todos los pueblos. Si así ha de ser, probablemente el Señor cumplirá aquella predicción de Isaías, contenida en el capítulo 60 de su libro: “En lugar de bronce traeré oro, y en lugar de hierro, plata; y en lugar de madera, bronce; y en lugar de piedras, hierro”; y concederá a Su pueblo riquezas de tal manera que no sabrá qué hacer con ellas, a menos que sea dirigido por los consejos de los siervos del Dios viviente. Con ellas compraremos la tierra e iremos a heredarla como un pueblo fuerte y poderoso, recibiendo nuestras mayordomías. Y no nos dispersaremos en esa tierra a tres o cuatro millas de distancia unos de otros, pensando que estamos demasiado juntos cuando alguien venga a establecerse a una milla de nosotros, sino que nos estableceremos de tal manera que formemos una población muy densa. Es una región en la cual casi cada porción de tierra es apta para la agricultura, y podemos establecer una población muy numerosa en cada milla cuadrada de territorio. Y extenderemos nuestros límites alrededor de la gran ciudad central de Sion, no de una estaca. Han oído hablar de la Estaca Central de Sion, pero ¿han leído alguna vez en las revelaciones de Dios que el lugar donde ha de construirse la Nueva Jerusalén se llame una estaca? Hay otros lugares llamados estacas de Sion, pero estarán alrededor de la ciudad. Y nos multiplicaremos por cientos y miles, y construiremos por toda la región nuestros centros de reuniones, nuestras escuelas, nuestras academias y universidades; y procuraremos que todos nuestros hijos tengan, hasta donde sea posible, las mismas oportunidades de adquirir todo conocimiento necesario y útil. No como sucede ahora: algunos adquieren una gran instrucción, mientras que otros se ven obligados desde su infancia, desde los seis u ocho años, a trabajar hasta tal punto que no pueden dedicar tiempo alguno a adquirir una educación. Este orden de cosas será remediado, y los jóvenes del pueblo de Dios tendrán iguales oportunidades de desarrollarse; no es que todos vayan a adquirir exactamente las mismas ideas ni que todos vayan a avanzar en la misma dirección educativa y en el mismo grado. Quizás uno siga cierta rama destinada a prepararlo para desempeñar determinada función en su vida futura, mientras que otro adopte un curso de estudios completamente diferente mediante el cual pueda beneficiar a Sion. Pero se concederán iguales privilegios y bendiciones a los Santos de los Últimos Días.

Ahora bien, acerca de estos mayordomos. Tendrán que rendir cuentas; y si obtienen en sus mayordomías algo por encima de lo que sea necesario para administrar los asuntos de estas y también para su propio sustento, si hay un excedente de recursos, ¿qué se dirá? ¿Dirán los obispos: “Hermano, debe entregar todo este excedente al almacén del Señor”? Podría decírsele a uno que se limitara a su mayordomía, sin recibir mayores recursos para ampliar sus operaciones por el momento; y, por otra parte, podría considerarse prudente ayudar a otro con cinco, diez o veinte mil dólares, aproximadamente, para ampliar su rama de actividad, porque al hacerlo se beneficiaría no solo él y su familia, sino también el pueblo de Sion en general.

La revelación dice: “Entregarán al almacén todo lo que no sea necesario para el sustento de las familias necesitadas”. De esta manera, el almacén del Señor estará lleno y tendrá gran abundancia; y estos recursos se utilizarán para fines públicos y también para proporcionar implementos agrícolas, libros, etc., a los remanentes de José que entren en el convenio en aquellos días, a fin de que también tengan sus mayordomías en medio del pueblo de Dios. Habrá una parte de los rendimientos de estas mayordomías que se consagrará al almacén del Señor y se utilizará para construir templos y embellecer los lugares públicos de la ciudad de la Nueva Jerusalén, y hacer de ella una ciudad de perfección hasta donde nos sea posible.

Ahora bien, habrá esta diferencia entre esa ciudad y las ciudades y los templos que se están construyendo. Esperamos que las ciudades y los templos que ahora estamos construyendo se deterioren; esperamos que la piedra y los diversos materiales de construcción se desgasten con el tiempo, conforme a las leyes naturales. Pero cuando construyamos esa gran ciudad central, la Nueva Jerusalén, no habrá nada semejante a la palabra deterioro relacionado con ella; no se deteriorará, como tampoco lo hizo la vasija de maná que los hijos de Israel recogieron y pusieron en un lugar sagrado dentro del arca del convenio. Fue preservada año tras año por el poder de Dios; de igual manera, Él preservará la ciudad de la Nueva Jerusalén, las viviendas, los tabernáculos, los templos, etc., de los efectos de las tormentas y del tiempo. Se ha dispuesto que sea llevada al cielo cuando la tierra pase. Se ha dispuesto que sea uno de esos lugares escogidos y santos donde el Señor morará cuando venga de tiempo en tiempo en medio de la gran Sion de los últimos días, después de que se haya unido con la ciudad de Enoc. Esa, entonces, es la diferencia.

El Señor nuestro Dios mandará a Sus siervos construir ese templo conforme al orden más perfecto, y será muy diferente de los templos que ahora se están construyendo. Ustedes están construyendo templos conforme a cierto orden que solo se aproxima a un orden celestial; así lo están haciendo en Salt Lake City. Ya se ha levantado uno en St. George, conforme a un modelo que es, en parte, de un orden celestial. Pero, con el tiempo, cuando construyamos un templo que nunca haya de ser destruido, será construido conforme al orden más perfecto de los mundos celestiales. Y cuando Dios lo lleve al cielo, se verá que es tan perfecto como las ciudades de mundos celestiales más antiguos que han sido hechos puros, santos e inmortales. Así sucederá con otros templos. Y nosotros, para construir un templo conforme a un orden celestial en toda su perfección, necesitaremos reveladores y profetas entre nosotros que reciban la palabra del Señor y a quienes se dé por revelación todo su diseño, tal como se dio por revelación todo lo concerniente al tabernáculo que Moisés erigió en el desierto. De hecho, antes de que podamos regresar para heredar esta tierra en toda su plenitud de perfección, Dios ha prometido que levantará a un hombre semejante a Moisés. No sé quién será ese hombre; quizás sea una persona a quien no conozcamos en absoluto; quizás sea uno de nuestros niños pequeños; quizás sea alguien que aún no haya nacido; quizás sea alguien de mediana edad. Pero baste decir que Dios levantará a tal hombre y manifestará Su poder por medio de él y del pueblo al cual conducirá para heredar esa tierra, como lo hizo por medio de nuestros padres en el desierto. ¿Manifestó entonces Su poder dividiendo las aguas? Sí. ¿Temblaron las montañas y la tierra bajo Su poder? Sí. ¿Habló al pueblo con Su propia voz? Sí. ¿Conversó con Moisés cara a cara? Sí. ¿Le mostró Su gloria? Sí. ¿Le dio a conocer en un solo momento más de lo que todas nuestras escuelas, academias y universidades podrían darnos en diez mil años? Sí. Dios ciertamente levantará a un hombre semejante a Moisés y redimirá a Su pueblo con brazo extendido, como fueron redimidos sus padres al principio, yendo delante de ellos con Su propia presencia y rodeándolos también de Sus ángeles. Espero que, cuando llegue ese tiempo, ese hombre comprenda todos los detalles relacionados con el templo que se construirá en el condado de Jackson. De hecho, ya tenemos revelada una parte del diseño, y también el plano que explica cómo debe trazarse la ciudad de Sion, que puede encontrarse a partir de la página 438 del volumen 14 del MILLENNIAL STAR. Por lo que se ha revelado de este templo que se ha de levantar, podemos percibir fácilmente que diferirá de todo lo que hemos tenido. Diferirá en cuanto al número de salas; diferirá mucho en su forma exterior y también en la interior; y diferirá en cuanto a los deberes que se realizarán en cada una de sus salas, ocupadas por las respectivas divisiones del sacerdocio. Esta casa se levantará, entonces, conforme a un plan determinado que Dios dará a conocer a Su siervo, a quien levantará a Su debido tiempo. Y tendrá que dar más revelación sobre otros asuntos igualmente importantes, porque necesitaremos instrucciones sobre cómo edificar Sion; cómo establecer la ciudad central; cómo trazar las calles; qué clase de árboles ornamentales adornarán las aceras, así como todo lo demás que sirva para embellecerla y hacer de ella una ciudad de perfección, como David la llama proféticamente.

Y entonces Dios vendrá y la visitará; será un lugar donde tendrá Su trono, donde se sentará de tiempo en tiempo como Rey de reyes y Señor de señores, y reinará sobre Su pueblo que ocupará este gran continente occidental, del mismo modo que tendrá Su trono en Jerusalén. “Hermosa por su elevación, el gozo de toda la tierra es el monte Sion, a los lados del norte, la ciudad del gran Rey”.

Y también dice:

“Desde Sion, perfección de hermosura, Dios ha resplandecido”.

¿Quiere decir el salmista que Dios resplandecerá literalmente desde Sion? Sí, resplandecerá con una luz que será vista tanto por los justos como por los inicuos.

Por temor a ocupar demasiado tiempo, concluiré mis palabras. Sin embargo, diré que deseo grandemente que el Señor bendiga a los Santos de los Últimos Días y bendiga a Sus siervos, para que algunos, por lo menos, tengan el placer de entrar en toda la perfección de esta gloria aquí, en esta vida temporal; mientras que los de más edad, los de cabello y barba canosos como yo, quizás fallezcamos, si el Señor lo requiere. Y que nuestros hijos se levanten después de nosotros, llenos del poder y del Espíritu de Dios, para llevar a cabo Sus grandes y justos propósitos hasta su cumplimiento.

Ruego a Dios que bendiga a los habitantes de Logan y a los de las poblaciones de los alrededores de este valle y de todas nuestras regiones montañosas; y que Sus bendiciones y Su favor especiales continúen acompañándonos mientras moremos en estas montañas y vayan con nosotros cuando Sion sea redimida en toda su plenitud. Amén.

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