El Evangelio eterno y nuestra responsabilidad de vivir las leyes de Dios
Dios es la fuente de la vida y de toda inteligencia, y ha congregado a los santos para que obedezcan Sus leyes eternas, edifiquen Su reino y se traten unos a otros con amor, honradez y respeto.
La naturaleza eterna del Evangelio—El principio de la vida y del aumento—La fuente de toda inteligencia—El derecho del Creador a gobernar a la criatura—Los deberes de los santos
por el presidente John Taylor, pronunciado en American Fork, el viernes 28 de noviembre de 1879.
Volumen 21, discurso 14, páginas 111-120
Me han interesado mucho las palabras que ha pronunciado el hermano Joseph F. Smith esta mañana. Son verdaderas y forman parte del Evangelio de vida y salvación, que abarca toda verdad. Mientras hablaba, me vino a la mente este pasaje de las Escrituras. Jesús dijo: “A cualquiera, pues, que me oye estas palabras y las hace, le compararé a un hombre prudente que edificó su casa sobre la roca. Y descendió la lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos y azotaron aquella casa; pero no cayó, porque estaba fundada sobre la roca. Y a cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato que edificó su casa sobre la arena. Y descendió la lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y grande fue su caída”.
No hay principio alguno relacionado con el Evangelio del Hijo de Dios que no sea eterno en su naturaleza y en sus consecuencias, y no podemos pisotear impunemente ningún principio correcto sin tener que sufrir el castigo correspondiente ante Dios y los santos ángeles y, en muchos casos, ante los hombres. Puesto que los principios del Evangelio son eternos, fueron establecidos y se originaron con el Todopoderoso en la eternidad, antes de que el mundo existiera, conforme a ciertas leyes eternas; y por eso se llama al Evangelio el Evangelio sempiterno. Es como Dios, sin principio de días ni fin de años y, como dice el Señor: “Yo soy Jehová y no cambio”. El Evangelio es eterno y no cambia; es eterno en sus principios y en sus consecuencias.
Y el ángel que había de venir en los últimos días, volando en medio del cielo, debía proclamar el Evangelio sempiterno: el mismo Evangelio que tenía Adán, el mismo Evangelio que tenía Noé, el mismo Evangelio que tenía Abraham, el mismo Evangelio que tenían los profetas, el mismo Evangelio que tenía Jesús y también el mismo Evangelio que tenían los nefitas aquí en este continente, el cual Jesús les reveló y que, de hecho, ya tenían antes de que Él estuviera en la carne. Es el Evangelio sempiterno que saca a luz la vida y la inmortalidad y que abarca todas las ramificaciones de la existencia humana, de la existencia de los Dioses y de la existencia de este mundo y de todos los demás mundos.
Como ha dicho acertadamente el hermano Joseph F. Smith, el primer mandamiento que se dio fue: “Fructificad y multiplicaos; y henchid la tierra y sojuzgadla; y tened dominio sobre los peces del mar, y sobre las aves de los cielos y sobre todas las bestias que se mueven sobre la tierra”.
Hay un principio de vida relacionado con el Evangelio: vida temporal, vida espiritual y vida eterna. Por eso los hombres son llamados a ser padres de vidas y las mujeres son llamadas a ser madres de vidas. Somos padres y madres de vidas. Y hay algo relacionado con el orden de Dios que es diferente de cualquier orden de los hombres que exista sobre la tierra.
Cuando Dios creó la tierra y puso sobre ella al hombre, y los peces del mar, las aves de los cielos, las hierbas, las plantas y los árboles, etc., puso en ellos el principio de la vida o, en otras palabras, el poder de reproducir su propia especie. Y si no fuera por eso, ¿qué harían ustedes, agricultores? Los hombres pueden lograr muchísimas cosas. Pueden construir casas, ferrocarriles y barcos de vapor, y hacer muchas cosas ingeniosas mediante las cuales pueden dominar, hasta cierto punto, las fuerzas de la naturaleza; pero no pueden dar vitalidad a ninguna de ellas. Ni siquiera los más sabios pueden proporcionar el material para hacer un grano de arena. Pero Dios ha dispuesto que este principio de vitalidad exista dentro de los seres mismos. Tomen, por ejemplo, un solo grano de trigo y pónganlo en la tierra, y verán que el principio de la vida comienza a manifestarse; parece muy pequeño, pero contiene dentro de sí el poder de multiplicarse. Lo mismo sucede con las hierbas, los arbustos, las plantas, las flores y las diversas cosas que existen en la creación. Se propagan, se extienden y se han extendido sobre la faz de la tierra como se ha extendido el hombre, y desciende la lluvia, brilla el sol y obra lo que llamamos naturaleza; pero yo lo llamaría el poder de Dios, que obra conforme a leyes y principios eternos que Él ha ordenado. Él da vitalidad a toda la creación, pone la vida en movimiento y la dirige, tanto en los cielos como en la tierra; no solo entre los hombres, sino entre las bestias del campo, las aves de los cielos, los peces del mar y todas las hierbas, plantas, flores y otras especies vegetales, etc.; todo posee dentro de sí el principio de la vida. Ustedes, agricultores, lo saben, y por eso almacenan sus distintas semillas y, en la estación apropiada, las toman y las siembran, y estas crecen, se multiplican y se extienden; estas cosas parecen muy pequeñas. Un grano de trigo parece muy poca cosa, pero si no lo tuvieran, jamás podrían cultivar trigo. ¿Pueden ustedes, agricultores, hacer un solo grano de trigo sin la semilla? Parece algo pequeño, pero no pueden hacerlo. Pueden intentarlo si quieren, pero no tendrán éxito. No pueden hacer una semilla de berro; pero si toman una de esas semillas o un grano de trigo, lo siembran y lo riegan, mediante su multiplicación pueden extenderlo sobre toda la faz de la tierra; pero si no tuvieran la semilla, no podrían lograr nada. No me importa cuán inteligentes sean ni con qué reglas de la filosofía o de la ciencia se hayan encontrado; todo lo que les pido es que hagan un grano de avena o de trigo. Pero nos limitaremos al trigo. Si no podemos hacer eso, no somos tan importantes, ¿verdad? Se necesita un poder superior para dar esta vitalidad. Obsérvenlo. Hoy ven los árboles sin hojas, no hay flores abiertas, todo está seco y marchito y parece haberse descompuesto. Al cabo de un tiempo, conforme a los principios de la naturaleza, o a las leyes de Dios, llega la primavera, y las aves comienzan a cantar y a sentirse felices, la hierba comienza a brotar, las flores comienzan a echar capullos y los árboles comienzan a florecer. ¿Y quién da esta vitalidad y la mantiene? Dios. ¿Podrían hacer mucho sin Él? No. Pues ni siquiera pueden hacer crecer el grano después de que se les ha proporcionado, sin agua. A veces lo intentan, pero obtienen malos resultados; y además necesitamos el calor vivificante del sol. La hierba comienza a brotar y, al cabo de un tiempo, tenemos el trigo y el maíz: primero la hierba, luego la espiga y después el grano lleno en la espiga. Tenemos manzanos, ciruelos y los diversos árboles frutales que echan brotes, florecen y dan fruto; ¿quién proporciona todas estas cosas? La mano omnipotente y omnisciente del Todopoderoso, conforme a ciertas leyes eternas que Él ha dispuesto para el hombre y para toda criatura que existe sobre la faz de la tierra.
Pero volvamos a las cosas de las que habló Joseph F. Smith. Este principio de vida es el origen de nuestro mundo, no solo de este mundo, sino también de otros; y esta propagación y multiplicación han sido ordenadas por el Todopoderoso para poblar estos mundos. Y esta producción de vida a la que me he referido brevemente es otro principio que existe para satisfacer las necesidades de otra clase de vida que hay aquí sobre la tierra. Y sin esto no podría haber mundo alguno; todo sería caos, todo sería tinieblas, todo sería muerte, y las obras de Dios quedarían en nada si no fuera por esta vida y vitalidad.
Ahora deseo hablar más de un principio relacionado con este asunto, a saber, que en la providencia de Dios, o conforme a las leyes eternas de Dios y a la debida disposición eterna de las cosas tal como existen con Él en los mundos eternos y como existen aquí sobre la tierra, todos nosotros estamos, o deberíamos estar, tan sujetos a la guía y dirección de Dios y tan obligados a escuchar Su ley y a regirnos por Sus consejos y recomendaciones —y yo pensaría que un poco más— como lo estaríamos para hacer crecer ese grano de trigo, o diez mil millones de ellos, porque no podríamos hacerlo sin regirnos por las leyes necesarias para producir ese aumento. Además, todos somos descendencia de Dios, ¿no es así? Creo que las Escrituras dicen que “todos somos linaje suyo; que Él es el Dios y Padre de los espíritus de toda carne”; y puesto que es el Dios y Padre de los espíritus de toda carne, y ha hecho un mundo para que toda carne lo habite, y ha provisto para el sustento de esa carne, para su alimento, vestido, comodidad, conveniencia y felicidad, y les ha dado inteligencia y les ha dicho que salgan y utilicen la abundancia de la naturaleza para su provecho, ¿no tiene derecho a guiarnos y dirigirnos, a pedir obediencia a Su ley? ¿No sería ese un derecho legítimo, cuando reflexionamos sobre ello? El mundo dice: No, no tiene derecho; yo soy mi propio amo, etc. Algunos Santos de los Últimos Días casi dicen lo mismo; no del todo, pero quisieran acercarse a ello. “Soy un hombre libre; que me condene si no hago lo que me plazca”, etc. Pues bien, les diré la otra parte de esa historia. Serán condenados si actúan como les plazca, a menos que les plazca cumplir y guardar las leyes de Dios. No podemos violar impunemente Sus leyes ni pisotear estos principios eternos que existen en toda la naturaleza. Si toda la naturaleza está obligada a regirse por la ley o sufrir pérdidas, ¿por qué no el hombre?
Ahora bien, Él nos ha revelado el Evangelio. Nos ha congregado de entre las naciones de la tierra para el cumplimiento de Sus propósitos. Para ello ha empleado medios superiores y principios más exaltados que los relacionados con algunos de los órdenes inferiores de la naturaleza, con algunas de estas cosas que existen en ella. Pero ¿quién puede comprenderlos? El mundo, con toda su sabiduría, sabe muy poco de ellos. El mundo, con toda su sabiduría, no sabe nada acerca de Dios. ¿Cuál es la cima de la perfección del conocimiento que existe en cualquier parte hoy? ¿Cuál es el peldaño más alto de la escalera que pueden alcanzar? Descubrir algunos principios o leyes de la naturaleza y familiarizarse con ellos, y aun en eso cometen errores terribles. Pero esta es la cima de la perfección que cualquier filósofo, científico u hombre inteligente profesa alcanzar: comprender algunas de las leyes de la naturaleza. Pero ¿cuánto saben de ellas? Pues bien, para mostrar cuánto saben y cuán poco saben, mencionaré algunas cosas que no existían al principio de mi vida. No conocían el aceite que quemamos en esta habitación. Recuerdo que, en algunas de las grandes ciudades de la tierra, lo único que tenían para alumbrarse eran velas de sebo o de cera, o aceite de ballena, lo cual apenas bastaba para hacer visibles las tinieblas. Y después de todos los miles de años que los hombres han existido sobre la tierra, ni siquiera pueden hacer el aceite que ustedes queman hoy, y no lo tenían cuando yo era joven. Pero ¿existió siempre ese principio que hay en el aceite? Sí. ¿Por qué no lo descubrieron? Porque solo comprendían unos pocos de los principios de la naturaleza, a pesar de toda su filosofía e inteligencia. Además, ¿quién sabía algo acerca del gas en aquellos días? Recuerdo cuando las calles y las tiendas fueron iluminadas por primera vez con gas. ¿Qué tenían antes? Velas de sebo; a las de uso común solíamos llamarlas velas de inmersión. Ustedes, los mayores, conocen esto y el aceite de ballena, pero no sabían nada acerca del gas; sin embargo, ¿no había existido siempre el gas? Sí. ¿Por qué no lo conocían? Porque eran como nosotros: no sabían mucho. Además, ¿qué sabían del poder del vapor? Recuerdo el tiempo en que no existían barcos de vapor, cuando nosotros, que vivíamos en Inglaterra, teníamos que venir a América en barcos de vela. Es cierto que tenían algunas embarcaciones pequeñas impulsadas por vapor que se utilizaban en los ríos, pero en las cuales no podían confiar para navegar por el océano; y poco antes de eso no tenían buques de vapor de ninguna clase. ¿Y qué hay de nuestros ferrocarriles? ¿Sabían cómo aplicar el vapor a las locomotoras? No. Recuerdo haber viajado en el primer ferrocarril que se construyó, y aquí está el hermano Robinson, quien fue uno de los revisores de ese mismo ferrocarril que recorría la ruta entre Liverpool y Manchester. Creo que ahora es casi el primer revisor de ferrocarril y el de mayor edad que vive. ¿Por qué no descubrieron los hombres estas cosas? Hemos tenido hombres inteligentes y filósofos en todas las épocas hasta el presente, pero ninguno podía comprender estas cosas. Sin embargo, los principios son eternos por naturaleza y siempre existieron, y lo único que se necesitaba era darlos a conocer. Y cuando los hombres los descubrieron, pensaron que eran unos seres muy grandes. ¿Y qué descubrieron? Sencillamente algo que Dios ya había hecho mucho tiempo antes, solo que ellos no lo sabían. Al hablar de estas cosas, recuerdo a un pequeño bebé. Ustedes, hermanas, tienen a sus bebés y saben cuán poco conocen al principio; y nosotros mismos no sabemos mucho: solo somos bebés más crecidos. Una de las primeras cosas que descubren es que tienen un pie, e intentan metérselo en la boca. Lo miran con asombro. Pero siempre habían tenido ese pie desde su nacimiento. ¿Por qué no lo sabían antes? Otra cosa que descubren es que tienen una mano, y piensan qué cosa tan curiosa es, y la miran y observan con asombro el movimiento de sus dedos, y creen que han hecho un gran descubrimiento. Pero, cuando lo examinamos, no hay mucha diferencia entre el mundo de la humanidad y los bebés. El niño no tuvo nada que ver con hacer sus manos, como tampoco hemos tenido nosotros nada que ver con originar ninguno de estos principios. Dios los hizo, y nosotros simplemente hemos descubierto algunos de los poderes de lo que se llama naturaleza; y cuando hemos averiguado un poco acerca de estas cosas, nos atribuimos la gloria; nos sentimos muy semejantes al rey de Babilonia cuando dijo: “¿No es esta la gran Babilonia que yo edifiqué?”. Sin embargo, el Señor lo envió a comer hierba como un buey. Tuvo que vivir de ella hasta que pasaron sobre él siete años, cuando el Señor lo restauró a su estado natural, y entonces supo que había un Dios que vivía y gobernaba en los cielos y sobre la tierra. Nos corresponde aprender esta lección y descubrir que hay un Dios que gobierna en los cielos y que administra, dirige y controla los asuntos de la familia humana. No somos nuestros propios gobernantes; todos somos hijos de Dios; Él es nuestro Padre y tiene derecho a dirigirnos, no solo a nosotros, sino que tiene perfecto derecho a dirigir y controlar los asuntos de toda la familia humana que existe sobre la faz de la tierra, porque todos son Su descendencia. Ahora bien, Él siente bondad hacia ellos y sabe qué clase de personas son, y también qué somos nosotros, y haría todo lo que pudiera por ellos, incluso si en Su sabiduría omnipotente tuviera que darles muerte para salvarlos. Destruyó al mundo antediluviano por esa razón, porque no estaba cumpliendo la medida de su creación. Se habían corrompido hasta tal punto que habría sido una injusticia para los espíritus de los mundos eternos tener que venir por medio de un linaje tan corrupto y quedar sujetos a todas las dificultades relacionadas con ello; por tanto, Dios los destruyó. Eliminó las ciudades de Sodoma y Gomorra por causa de sus corrupciones y, dentro de algún tiempo, hará temblar a todos los habitantes de la tierra, sacudirá tronos, derribará imperios, desolará la tierra y reducirá al polvo a millones de integrantes de la familia humana. Las plagas y las pestilencias recorrerán la tierra por causa de las iniquidades de los hombres, por causa de algunas de estas corrupciones a las cuales el hermano Joseph F. Smith ha aludido brevemente, a saber, la perversión de las leyes de la naturaleza entre los sexos y los abominables asesinatos que existen entre los hombres.
No hace mucho me visitaron algunos hombres inteligentes, o que profesan serlo, quienes me preguntaron algo acerca de la poligamia. “¿Cómo están las cosas entre ustedes? —dije—. ¿Saben que en este país suyo están asesinando a cientos de miles de niños cada año? ¿Saben que tienen entre ustedes a personas consideradas de las más distinguidas y honorables que son asesinas, que destruyen la vida que Dios ha dado antes y después del nacimiento e interfieren con las leyes del Todopoderoso? ¿Saben que están haciendo eso?”. “Sí, creemos que lo están haciendo”. “¿Saben que están revolcándose en corrupción y degradación, y que sus males sociales y otras corrupciones abominables que existen se están extendiendo e impregnando toda su sociedad?”. “Sí”. “Pues bien, tengan la bondad de ir a atender sus propios asuntos. Ciertamente no queda bien que ustedes, que vienen de esos antros de infamia y degradación, nos prediquen moralidad. Tengan la bondad de atender primero sus propios asuntos y ponerlos en orden antes de venir a corregirnos”. Sin embargo, estas mismas personas, estos hombres lascivos que se sientan en el estrado judicial y litigan en los tribunales, acusarán a hombres honorables por obedecer una ley de Dios. ¿La obedeceremos? En el nombre del Dios de Israel, lo haremos. (La congregación dijo: “Amén”). Llevaremos a cabo Sus propósitos, obedeceremos Sus mandatos y, con Su ayuda, cumpliremos Su ley; y nuestros perseguidores no podrán impedirlo, porque Dios pondrá un garfio en sus quijadas, los conducirá adonde Él quiera y, dentro de algún tiempo, pondrá fin a su proceder. Pero mirará con bondad a Sion y honrará a quienes honren y obedezcan Su ley.
Ahora bien, estos son mis sentimientos con relación a estas cosas. Debemos observar las leyes de Dios. El Señor se ha tomado mucho trabajo para traernos adonde estamos y darnos el conocimiento que poseemos. Él mismo vino, acompañado de Su Hijo Jesús, al profeta José Smith. No envió a nadie, sino que vino Él mismo y, presentando a Su Hijo, dijo: “Este es mi Hijo Amado: ¡Escúchalo!”. Y permitió que los antiguos profetas, apóstoles y hombres de Dios que existieron en diferentes épocas vinieran y confirieran las llaves de sus diversas dispensaciones al profeta del Señor, a fin de que fuera investido e imbuido del poder y del Espíritu de Dios, de la luz de la revelación y de los principios eternos del Evangelio sempiterno; y para que las llaves que se le confiaron pudieran, por medio de él, ser conferidas a otros, y para que los principios de la verdad eterna, tal como existen en los cielos, pudieran extenderse a las naciones de la tierra, a fin de que cesaran estos principios degradantes, repugnantes y condenatorios, que Su pueblo fuera congregado en Sion desde los cuatro extremos de la tierra y aprendiera Sus leyes. Dice Jesús en Su parábola del buen pastor: “Y las ovejas oyen su voz; y a sus ovejas llama por nombre y las saca. Y cuando ha sacado fuera a todas sus ovejas, va delante de ellas; y las ovejas le siguen, porque conocen su voz”. Ahora bien, Él nos ha congregado aquí. ¿De quién somos ovejas? Dice Jesús: “Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me diste, porque tuyos son. * * * Mas no ruego solamente por estos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos; para que todos sean uno, como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste”. ¿Para qué nos ha congregado aquí? Para enseñarnos Su ley por medio del santo sacerdocio. Jesús, al enviar a Sus discípulos en tiempos antiguos, les dijo: “El que os recibe a vosotros, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió”.
Ahora bien, Dios ha establecido Su santo sacerdocio sobre la tierra con presidentes, apóstoles, obispos, sumos consejos, setentas, sumos sacerdotes y el orden y la organización de la Iglesia y del reino de Dios en su plenitud e integridad, quizás más completos que nunca desde que el mundo fue formado. ¿Por qué? Porque es la dispensación del cumplimiento de los tiempos, que abarca todos los otros tiempos que han existido desde el principio del mundo, y Él nos ha congregado con ese propósito. ¿Es para sembrar y plantar, procurar nuestra comodidad, seguir las costumbres del mundo en sus corrupciones, revolcarnos en la infamia, robarnos y saquearnos unos a otros, actuando de manera engañosa e impura, sin consideración alguna por la virtud ni por ninguna de las leyes que gobiernan la Iglesia y el reino de Dios? No. Es para que seamos un pueblo peculiar, lleno de la luz de la verdad, de inteligencia y de las revelaciones de Dios; para que seamos un pueblo que ya no necesite la ley oral ni la ley escrita, sino un pueblo sobre cuyo corazón la ley de Dios sea escrita y grabada como con caracteres de fuego viviente, bajo la inspiración y la guía del Todopoderoso, andando conforme a los principios de la verdad eterna y siendo conducido por las sendas de la vida; unido a Dios y a Su Hijo Jesucristo, y a los antiguos patriarcas, apóstoles y hombres de Dios, obrando con ellos en la edificación de Sion, en el establecimiento del reino de Dios sobre la tierra y en la extensión de la salvación hasta los extremos de la tierra. Para eso nos ha traído aquí. Y también para que construyamos templos y oficiemos en ellos por los vivos y por los muertos, y para que salgamos a las naciones de la tierra llevando las buenas nuevas de paz; para que seamos como una ciudad asentada sobre un monte que no se puede esconder; y para que, estando en armonía con Dios y con los patriarcas y los apóstoles, hagamos descender sobre la tierra la luz y la inteligencia de los cielos, a fin de poder obrar con ellos conforme a los principios de justicia y equidad, a las leyes de la vida y a todo principio relacionado con la salvación de la familia humana; y para que avancemos de fortaleza en fortaleza, de inteligencia en inteligencia, hasta que seamos capaces de disfrutar de una gloria celestial y estemos preparados para entrar en ella; y hasta que todos los que estén preparados para tener una gloria celestial disfruten de ella, y quienes estén preparados para la gloria terrestre la tengan, y también quienes estén preparados para la telestial disfruten de lo que les corresponde; y para que podamos cooperar con Dios en los mundos eternos y con las inteligencias de los cielos para lograr este objetivo. Y para que, mientras ellos obren en los cielos, nosotros obremos por ellos sobre la tierra. Para eso estamos aquí, según lo entiendo.
¿Qué más? Establezcan poblaciones; extiéndanse. Algunos de ustedes claman: “Dennos espacio”. Hay espacio de sobra, y al establecer estas poblaciones queremos llevar con nosotros los principios del Evangelio y plantarlos en diferentes lugares. Estamos enviando personas al noreste de este Territorio, y queremos que vayan llenas del Espíritu Santo y del Espíritu del Dios viviente. Y estamos enviando a algunas a Arizona, Colorado, Idaho y otros lugares, y seguiremos extendiéndonos cada vez más. Las cuerdas de Sion serán alargadas y sus estacas fortalecidas hasta que sus ejércitos lleguen a ser poderosos y numerosos, y hasta que Dios diga a los gentiles: Basta; y entonces Dios pondrá el gobierno en nuestras manos.
Hemos venido a verlos y a hablar con ustedes. Queremos verlos en sus propios hogares. Estos ferrocarriles nos llevan a tal velocidad que muchas veces no tenemos tiempo de detenernos a visitarlos. Pero pensamos que esta vez vendríamos en nuestros propios carruajes, visitaríamos al pueblo en sus propios hogares, hablaríamos con él y veríamos cómo se siente, y que así ustedes pudieran apreciar nuestros sentimientos con respecto a la edificación del reino de Dios sobre la tierra. Ustedes, élderes de Israel —y hay muchos en esta congregación—, permítanme preguntarles: ¿Hacen oración en familia? (Volviéndose y dirigiéndose al obispo Harrington, el orador dijo): ¿Puedo actuar como maestro por un momento?
El obispo: Sí, nos complacerá que lo haga.
El orador: Pues bien, repetiré la pregunta: ¿Hacen oración en familia? (Una voz en la congregación: Sí). Y cuando lo hacen, ¿realizan la acción como quien maneja una máquina, o se inclinan con mansedumbre y con un deseo sincero de procurar la bendición de Dios sobre ustedes y su familia? Así es como debemos hacerlo, y cultivar un espíritu de devoción y confianza en Dios, dedicándonos a Él y procurando Sus bendiciones.
Aquí hay un hermano que dice que lo hace. Pero ¿qué sucede con el resto de nosotros? Les estoy hablando a todos. Esposos, ¿aman a sus esposas y las tratan correctamente, o piensan que ustedes son unos grandes potentados que tienen derecho a imponerse sobre ellas? Les son dadas como parte de ustedes mismos, y deben tratarlas con toda bondad, con misericordia y paciencia, sin ser ásperos ni amargos ni desear de manera alguna hacer alarde de su autoridad. Luego ustedes, esposas, traten correctamente a sus esposos y procuren hacerlos felices y que estén cómodos. Esfuércense por hacer de sus hogares un pequeño cielo y procuren cultivar el buen Espíritu de Dios. Luego, como padres, criemos a nuestros hijos en el temor de Dios y enseñémosles las leyes de la vida. Si lo hacen, tendremos paz en nuestro corazón, paz en nuestras familias y paz a nuestro alrededor. ¿Tenemos alguna dificultad con nuestros vecinos? Pues hasta los gentiles procuran evitar eso. ¿No podemos pasar por alto algunas de estas palabras difíciles, como solía decir el anciano cuando un niño se encontraba con una palabra difícil de leer: “Sáltatela, querido, y llámala una palabra difícil”? Cuando se encuentren con una palabra dura, pásenla por alto; no la pronuncien.
No, no habléis mal; una palabra amable nunca puede dejar una herida. Tratémonos unos a otros con bondad y respetemos la reputación de los demás; interesémonos por el bienestar mutuo, tratando a todos como quisiéramos que Dios nos tratara. Y entonces, cuando acudamos al Señor, podremos decir: “Padre, perdónanos nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”; porque, si no perdonamos a nuestro hermano, ¿cómo podemos esperar que nuestro Padre Celestial nos perdone? Si hemos tenido alguna dificultad con nuestro vecino, procuremos arreglarla. Digamos: “Hermano o hermana, mi conciencia me inquieta por algo que dije de usted o que le hice, o por algún trato en el cual saqué ventaja de usted, y he venido a rectificarlo, porque estoy decidido a hacer lo correcto, sin importar lo que hagan los demás”. Y procuremos todos el bienestar de los demás. Si podemos ayudarnos unos a otros, hagámoslo, ya sea económica o socialmente, y no nos traicionemos. Algunas personas, algunos pobres y miserables… no quiero decir una palabra dura… los llamaré delatores; porque un hombre se haya casado con una esposa conforme a las leyes de Dios, procurarán presentar una acusación contra él. Tales hombres serán condenados y tales mujeres serán condenadas. ¿Saben que, cuando estos miserables delatores entran en su casa con toda clase de pretextos, quizás para vender carros o alguna clase de maquinaria, se sabe que en medio de la conversación hacen preguntas como: “¿Cuántas esposas tiene su marido?”? Pobres, viles y miserables delatores. Échenlos de su casa a patadas; no tengan nada que ver con semejante basura vil e infernal. Aunque tratemos correctamente a los hombres buenos, echen a esos villanos de su casa; no tienen nada que hacer entre personas decentes. No los queremos. Díganles que atiendan sus propios asuntos y dejen en paz los nuestros. Díganles que regresen de donde vinieron; no los queremos entre personas decentes. Estos son mis sentimientos. Eso es decir una palabra bastante dura. Sin embargo, es una palabra que les corresponde a tales personas, porque no hay ninguna palabra decente que sea apropiada para seres tan despreciables.
Sean fieles unos a otros y respeten la reputación ajena. Y luego ustedes, élderes, trátense unos a otros como caballeros, con cortesía y bondad. Y ustedes, señoras, trátense unas a otras como damas; y ustedes, caballeros mayores, traten a las mujeres como damas; y ustedes, señoras mayores, traten a los hombres como caballeros.
Siento el deseo de contar una pequeña historia acerca del obispo Hunter. La mayoría de ustedes conoce al doctor Sprague. El presidente Young lo envió a ver al hermano Hunter cuando este se encontraba en la frontera, hace muchos años. El doctor tenía una voz algo chillona. Dice —imitando al doctor—: “¿Vive aquí el hermano Hunter?”. El obispo Hunter respondió —el orador imita la voz del obispo—: “Mi nombre es Hunter”. Doctor Sprague: “El presidente Young me ha enviado para saber si estaba enfermo y, en tal caso, quería que lo atendiera”. Obispo Hunter: “Médico, cúrate a ti mismo”. Doctor Sprague: “Pues, señor, me siento como dos tablas de revestimiento pegadas”. Luego dice: “¿Es esta su vieja, hermano Hunter?”. Obispo Hunter: “Esta es la señora Hunter. La señora Hunter es una dama, no es una vieja, señor”. Cuando se encuentren con mujeres, trátenlas como damas y hagan que todos los demás hagan lo mismo. Podemos permitirnos tratar correctamente a todos, es decir, a toda persona decente; pero no queremos tener nada que ver con estos delatores: pobres seres miserables que van de un lado a otro fingiendo hacer negocios, pero cuyo verdadero propósito es obtener información para denunciarlos, ¿ante quién? Ante hombres tan inicuos, traicioneros, lascivos y degradados como el diablo en el infierno. ¿Para qué? Para destruirlos a ustedes. ¿Recibirán en su medio a semejantes miserables delatores? Díganles que se ocupen de sus asuntos.
Vivamos nuestra religión, guardemos los mandamientos de Dios, sigamos un curso recto, y Dios nos bendecirá. Pido a Dios el Padre Eterno que los bendiga y los guíe por las sendas de la vida. Les digo: Respeten los consejos de quienes los presiden, del hermano Smoot como su presidente; escúchenlo, escuchen los consejos del obispo y oren por él. Y luego su presidente y sus obispos deben orar por el pueblo. Trátense unos a otros con bondad y cortesía, y sintamos todos que somos hijos e hijas de Dios, viviendo nuestra religión y obedeciendo Sus mandamientos, siguiendo los consejos del santo sacerdocio y procurando las bendiciones de Dios sobre nosotros y sobre nuestra posteridad. No se preocupen por lo que hagan otras personas. Seguiremos adelante y actuaremos en todo de manera que promueva la felicidad de la familia humana, y Sion crecerá y se extenderá hasta que los reinos de este mundo lleguen a ser los reinos de nuestro Señor y de Su Cristo, y prevalezcan las leyes que Dios ha dado a conocer y se haga Su voluntad en la tierra como se hace en el cielo, y se oiga a toda criatura decir: “Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sean la bendición, y la honra, y la gloria y el poder, para siempre jamás”; y nosotros nos uniremos al coro universal. Que Dios nos ayude a ser fieles, en el nombre de Jesucristo. Amén.



























