Diario de Discursos – Journal of Discourses V. 21

La revelación, el sostenimiento del sacerdocio y la formación de un pueblo santo

Dios guía a Su Iglesia mediante las autoridades del sacerdocio y la revelación personal, y llama a hombres y mujeres a cumplir sus responsabilidades en unidad y a criar una generación fiel.

por el élder Charles W. Penrose, pronunciado en el Tabernáculo de Provo, el sábado 29 de noviembre de 1879 por la mañana.
Volumen 21, discurso 7, páginas 45-53


Me siento agradecido de reunirme con los Santos de los Últimos Días en esta casa para participar del gozo de esta conferencia; porque verdaderamente me produce gozo escuchar la instrucción impartida a los santos por el poder del Espíritu Santo mediante los convenios de Dios. No se supone que, cuando nos reunimos como lo hacemos esta mañana, deseemos que se nos presenten los puntos de vista y las opiniones de los hombres. El Señor ha mandado a Sus siervos que hablen conforme los inspire el Espíritu Santo, y se nos ha mostrado que es nuestro privilegio, cuando nos reunimos en tales ocasiones, recibir instrucción, no con palabras persuasivas de sabiduría humana, sino con demostración del Espíritu Santo y de poder; y así será cuando nos reunamos de la manera correcta y unamos nuestra fe, nuestra atención y nuestra energía espiritual para hacer descender sobre nosotros las bendiciones del Todopoderoso y contar con la presencia de esas influencias, de esos espíritus ministrantes que son enviados para ministrar a los herederos de la salvación. Es nuestro privilegio, en estas reuniones públicas señaladas para adorar a Dios, tener la presencia de estos santos seres entre nosotros y que el poder del Todopoderoso descanse tanto sobre el que habla como sobre el que escucha, para que seamos alimentados y nutridos por el pan de vida que desciende del cielo y, cuando nos separemos y vayamos a nuestras respectivas ocupaciones y moradas, cada uno lleve consigo “un carbón encendido del altar”.

Nos reunimos aquí hoy para manifestar que estamos dispuestos a sostener a los hermanos nombrados por Dios en sus diversos llamamientos y oficios del santo sacerdocio. A algunas personas puede parecerles un asunto algo árido y formal reunirse y levantar la mano para sostener a las autoridades de la Iglesia, pero es un deber necesario y, si lo consideramos debidamente, hallaremos placer en ello. Puede parecer un poco monótono, pero, como he dicho, es necesario, porque el Todopoderoso dispuso, al organizar esta Iglesia, que la voz del pueblo respondiera a la voz del Señor. En esta Iglesia, la voz del Señor y la voz del pueblo juntas son las que sancionan todas las cosas que se hacen en ella. En los comienzos de la Iglesia, el Señor dio una revelación que decía que “todas las cosas se harán de común acuerdo”. Y el Señor dispone que cada miembro individual se interese en ello, lleve parte de la responsabilidad, tome sobre sí el espíritu de la Iglesia y sea un miembro activo y viviente del cuerpo. Se ha dispuesto que esta Iglesia tenga vida en todas sus partes; que cada partícula individual sea influida por su espíritu. Cuando el cuerpo humano está sano, el espíritu que mora en él anima cada una de sus partes; pero cuando el cuerpo enferma, hay partes por las cuales el espíritu no circula. Lo mismo sucede con la Iglesia que el Señor ha establecido sobre la tierra. En el mundo abundan las formas muertas: instituciones religiosas que no tienen vida, sino que son formas sin poder. El Señor está edificando una sociedad, un reino, si se quiere, al cual se propone animar con Su poder en cada una de sus partes. Y esto es necesario para el bien del conjunto: que cada miembro de la Iglesia sea inspirado por el espíritu que mora en el cuerpo, y que esa inspiración no descanse solamente sobre los doce apóstoles, sobre los diversos presidentes de estaca y los obispos que tienen a su cargo los distintos barrios, ni sobre los maestros que ministran entre el pueblo, sino que llegue a cada miembro individual de la Iglesia, para que todo el cuerpo esté lleno de vida y todos estén en armonía con los poderes superiores. Por tanto, se nos convoca de tiempo en tiempo para manifestar nuestra disposición a sostener a los hombres que nos presiden, por medio de quienes nos llega la palabra del Señor como cuerpo organizado. Es nuestro privilegio recibir individualmente la palabra del Señor de manera directa. Los doce apóstoles tienen la responsabilidad de comunicar la palabra del Señor a la Iglesia en su conjunto. La palabra del Señor a la Iglesia viene por medio de su presidencia. En las diversas estacas viene por medio de las autoridades nombradas allí, y se comunica a los barrios por medio de los obispos. Pero también es nuestro privilegio recibir la palabra del Señor directamente para nosotros mismos, cada uno en su esfera y capacidad individuales, porque tenemos una relación con Dios como individuos, así como la tenemos como comunidad. Si vivimos rectamente, es nuestro privilegio que cada uno reciba por sí mismo, directamente de la fuente de vida, inteligencia, sabiduría y conocimiento para su guía personal, e inspiración que nos dirija en todo lo que seamos llamados a realizar. El padre de familia tiene derecho a recibir la inspiración del Espíritu Santo para que lo dirija en todo lo relacionado con su hogar, para dar palabras de sabiduría y consejo a sus esposas, a sus hijos y a todos los que estén dentro de la esfera de su autoridad e influencia. Es privilegio de toda madre tener el Espíritu del Señor para que la dirija en la manera de proceder con sus hijos. Y es privilegio de todo niño y niña que hayan sido bautizados en la Iglesia recibir el Espíritu Santo para su guía, a fin de que toda la Iglesia sea vivificada, corporal y espiritualmente, con esa vida que viene de lo alto; para que Dios pueda inspirarnos individualmente deseos e inteligencia para el cumplimiento de Sus propósitos. Y debemos vivir de tal manera que estemos en armonía con las autoridades de la Iglesia; en armonía con quienes nos presiden, para que podamos ver como ellos ven y actuar como desean que actuemos cuando nos dan la palabra del Señor. Pero no podemos hacerlo a menos que poseamos este Espíritu. Y no solo debemos estar en armonía con esos hombres, sino también con los poderes que están detrás del velo; y debemos estar tan en sintonía que toda nuestra naturaleza concuerde perfectamente con las influencias que vienen de lo alto y sea sensible a las impresiones que Dios desea comunicarnos.

Sostenemos a nuestros hermanos de los Doce como profetas, videntes y reveladores; y he oído a algunos hermanos comentar que no podían ver necesidad alguna de hacerlo y que levantar la mano no convierte a esos hombres en profetas, videntes y reveladores. Eso es cierto hasta donde alcanza. Pero, al sostener a estos hermanos de nuestra manera acostumbrada, manifestamos a Dios y a los poderes que están detrás del velo, quienes obran con los hermanos que están en la carne, que estamos dispuestos a recibir cualquier revelación que los poderes superiores consideren oportuno comunicar por medio de ellos en esa calidad. Tenemos muchos principios y doctrinas que nos han sido dados por medio de la Biblia, el Libro de Mormón, Doctrina y Convenios, etc., con los cuales debemos familiarizarnos cabalmente. Al mismo tiempo, tenemos hombres que nos presiden en esta Iglesia, por medio de quienes vendrá la palabra del Señor en nuestras circunstancias actuales, para nuestra guía y para la guía de toda la Iglesia en su marcha hacia adelante, según lo requieran las necesidades del momento. Y cuando levantamos nuestras manos hacia el cielo para sostenerlos, manifestamos que estamos preparados para recibir la palabra del Señor siempre que Él considere oportuno impartírnosla. Ellos son los conductos legítimos; son los receptores designados para recibir las palabras del Señor para nosotros como cuerpo organizado; y al levantar las manos hacia el cielo de esta manera, mostramos a Dios y a los ángeles que estamos dispuestos, en cualquier momento, si el Señor tiene alguna palabra de revelación que comunicarnos, a recibirla, sin importar cómo venga; ya sea por la inspiración del Espíritu Santo o de otro modo; por medio del Urim y Tumim, si Él considera oportuno restaurarlo a la Iglesia, lo cual hará tan ciertamente como estamos reunidos aquí hoy, y se levantará un hombre semejante a Moisés que nos comunicará la palabra del Señor, línea por línea y precepto por precepto, hasta que Dios dé a conocer todo lo necesario para la edificación de Su obra; y las cosas que se han mantenido ocultas desde la fundación del mundo serán manifestadas, y todos los anales antiguos que se han perdido saldrán a luz por medio de hombres mediante quienes Dios obrará con el Urim y Tumim, así como por la inspiración del Espíritu Santo. Le manifestamos, mediante nuestras manos levantadas, que recibiremos Su palabra por inspiración, por el Urim y Tumim, por revelación, por la ministración de ángeles o de cualquier manera en que a Él le plazca comunicarla. Es apropiado, entonces, que hagamos esto. No sabemos cuándo podrá el Señor tener alguna palabra nueva para nosotros. Lamento decir que no todos conocemos lo que está escrito, porque no lo leemos con frecuencia. No obstante, el Señor puede considerar oportuno impartirnos algo que no esté escrito, y debemos estar preparados y dispuestos a recibir toda palabra de consejo, de instrucción, de mandamiento o de reprensión que Él considere oportuno impartirnos. También es necesario que mostremos a nuestros hermanos llamados a estos diversos oficios que estamos dispuestos a sostenerlos. Porque no se han llamado a sí mismos ni se postulan para ocupar cargos; en esta Iglesia no buscamos cargos. Por lo general, un hombre que busca un cargo no es una persona idónea ni apropiada para ocuparlo. Pero estamos dispuestos a recibir cualquier nombramiento o llamamiento en el cual el Señor considere oportuno colocarnos; estamos disponibles, estamos preparados, pero no buscamos cargos. Como he dicho, los hombres a quienes votamos sostener esta mañana —la presidencia de estaca, los obispos, los misioneros locales, etc.— no se llamaron a sí mismos, sino que han sido llamados a actuar en esas posiciones; y tampoco se les paga por ello, es decir, en riquezas mundanas. Por supuesto, son bendecidos y recompensados, como todo hombre lo es cuando hace el bien, mediante las bendiciones que corresponden a su llamamiento. Porque todo hombre llamado a ocupar cualquier posición puede, si lo procura debidamente, obtener el espíritu de ese llamamiento, y en ello hay paz, gozo y satisfacción, de modo que recibe una recompensa por sus labores en cualquier oficio al que sea llamado. Pero nuestros hermanos no se ofrecen para buscar una posición. Otra persona los llama y nosotros, hoy, manifestamos nuestra disposición a sostenerlos en esos llamamientos, a brindarles el beneficio de nuestra fe y nuestras oraciones y a asegurarles que, en cuanto estemos bajo su consejo, lo aceptaremos y actuaremos conforme a él. De modo que esta es una buena obra que hacemos. No requiere mucho tiempo ni trabajo, y es un deber apropiado que los Santos de los Últimos Días deben cumplir; y siento que tenemos el privilegio de hacerlo.

Como hijos de Dios, debemos unirnos en torno a nuestros hermanos que sirven en los diversos oficios de esta Iglesia y ser uno con ellos, y no solo manifestarlo levantando la mano, sino sosteniéndolos realmente en las posiciones a las cuales han sido llamados, hasta donde esté en nuestro poder, interesándose cada uno en estas cosas y sintiendo cada uno que tiene una parte en este asunto. Porque esta obra no descansa enteramente sobre quienes deben actuar en posiciones oficiales, sino sobre toda persona que lleva el nombre de Santo de los Últimos Días. Algunas personas piensan que la esfera de trabajo que están llamadas a ocupar no es grande, que si fueran llamadas a ocupar algún oficio en la Iglesia podrían hacer más bien y tendrían algo más por lo cual vivir. Pero creo que descubriremos que, si todos estamos deseosos de cumplir nuestra esfera de acción, podremos encontrar amplias oportunidades para ejercer esos poderes con los cuales Dios nos ha dotado; todo hombre y toda mujer pueden encontrar una esfera de utilidad si lo desean; cada uno puede encontrar su propio lugar, y todos llegaremos a él con el tiempo. Creo que uno de los poderes y una de las facultades de este sacerdocio que Dios ha revelado desde el cielo es descubrir el lugar para el cual cada persona de la Iglesia es apta y colocarla en él.

“Un lugar para cada cosa, y cada cosa en su lugar”.

Y llegará el tiempo en que, cuando el Señor haya establecido perfectamente Su Iglesia sobre la tierra y todas las cosas sigan su debido curso, Dios encontrará un lugar adecuado para cada persona, en el cual cada una tendrá más gozo que en cualquier otro lugar y podrá hacer más bien a la comunidad que en cualquier otro. Y podemos encontrar esto en cierta medida hoy, si deseamos hacerlo. Porque hay una amplia esfera de trabajo para todo hombre y también para toda mujer en esta Iglesia. Todo hombre que está en esta casa esta mañana, ya sea obispo, maestro o misionero encargado de predicar el Evangelio, puede encontrar algo que hacer para ejercer los poderes con los cuales está dotado, magnificando su oficio o llamamiento en el sacerdocio, porque casi todos poseemos alguna porción del sacerdocio. Si procuramos el espíritu de ese llamamiento, encontraremos abundantes oportunidades para cumplir sus deberes. Pero la gran dificultad es que muchos de nosotros nos contentamos simplemente con ser ordenados al sacerdocio. “Soy sumo sacerdote, o setenta, o élder, según sea el caso, y estoy satisfecho con mi llamamiento y no procuro nada más”. Ahora bien, mis hermanos, hay privilegios y poderes que pertenecen a estos llamamientos, y podemos leer acerca de ellos aquí en este libro —Doctrina y Convenios—, así como de los diversos deberes de estos diferentes llamamientos en el sacerdocio. Los poderes del Sacerdocio Aarónico tienen un gran alcance, porque se nos dice que ese sacerdocio posee las llaves del ministerio de ángeles. Me pregunto cuántos hay que obtienen una bendición como esta. No sé si somos aptos para tener comunión con los poderes superiores, con los seres enviados para “ministrar a los herederos de la salvación”. Pero leemos que el Sacerdocio de Melquisedec comprende poderes mayores que ese. No solo posee las llaves del ministerio de ángeles, sino de la comunión con la Jerusalén celestial, con la asamblea general y la Iglesia del Primogénito, con Jesús, el Mediador del nuevo convenio, y con Dios, el más alto y santo de todos. Y llegará el tiempo en que, bajo este sacerdocio, a quienes posean esta autoridad y llamamiento, tengan su espíritu, ministren con ese espíritu y obtengan su poder, el Señor les descubrirá Su rostro y contemplarán Su gloria. Ese tiempo llegará, porque no hay palabra revelada del Señor que no haya de cumplirse. Quizás no llegue en el tiempo y en la época que esperamos, ni cuando lo estemos aguardando; pero podemos tener la certeza de que todo lo que Dios ha prometido por el poder del Espíritu Santo mediante Sus siervos se cumplirá a su debido tiempo. Llegará el tiempo en que los siervos del Dios viviente se purificarán ante Él hasta ser aptos para recibir estas bendiciones. Cuando ese santo templo sea edificado en Sion, Dios quitará el velo de los ojos de Sus siervos; y todavía ha de amanecer el día en que los hijos de Moisés y de Aarón, habiendo sido santificados hasta la renovación de sus cuerpos, ministrarán en esa santa casa, y el velo será quitado, y contemplarán las glorias de ese mundo ahora invisible y los rostros de seres que ahora no pueden ver; pero será cuando se hayan purificado de los males de este mundo y sean verdaderamente siervos del Dios viviente y templos del Espíritu Santo.

Hoy podemos obtener una medida del espíritu de este llamamiento y, mediante su poder, podemos tener comunión con nuestro Padre. No solo por medio de los oráculos vivientes en nuestra condición de Iglesia, sino como miembros individuales de ella podemos acercarnos al Señor, de modo que no haya barrera entre nosotros y Él, para que Su Espíritu pueda venir sobre nosotros libremente y la luz de Dios ilumine nuestras almas y nos dirija de tal manera que tengamos la vida y la fortaleza de este sacerdocio eterno. Porque este sacerdocio es una realidad y no un simple nombre; no es meramente un llamamiento de palabra, sino un oficio que nos confiere poder e influencia que provienen del Todopoderoso. Sé que los hombres que poseen el sacerdocio, lo magnifican y reciben su espíritu y poder son diferentes de otros hombres; su influencia y sus motivos son diferentes, sus sentimientos son diferentes, y el espíritu y la influencia que llevan consigo son diferentes. Tales hombres pueden salir en medio de los inicuos, envueltos en el poder y la influencia de su sacerdocio como en las vestiduras que llevan, y estar separados del mundo; y pueden ejercer en el mundo una influencia que otros hombres no pueden ejercer. Hay fuerza en él, hay poder y salvación en él; y todo hombre llamado a poseer este sacerdocio debería ser un ministro de salvación en medio de la tierra. Si no es llamado a ministrar fuera, en el mundo, puede ser un ministro de paz y rectitud en su hogar; puede fortalecer las manos débiles y afirmar las rodillas vacilantes, y alejar la duda de la mente escéptica; dar testimonio de la verdad que ha recibido y comprende y, dondequiera que vaya, puede llevar el Espíritu y la bendición de Dios que unirán al pueblo y así ayudar a edificar el reino de Dios. Y no sembrará contención ni fomentará ningún espíritu que impulse a los hombres a hablar mal unos de otros; no fomentará nada que tenga sabor a contención, disputa y desunión, sino que, por el contrario, fomentará todo lo que tienda a unir al pueblo. Y cualquier hombre que posea el sacerdocio tiene poder para hacer por lo menos eso en la esfera que está llamado a ocupar. También tiene poder para hablar una palabra oportuna, mantenerse firme en su llamamiento y ser un representante del Dios Altísimo.

Y las hermanas también tienen una esfera buena y amplia. Me complació ver que se presentara y sostuviera a la presidencia de la Sociedad de Socorro en esta conferencia. Las hermanas son uno con los hermanos en sus labores y tienen deberes que les son propios al llevar adelante la obra que Dios les ha dado para hacer. Bien se ha dicho que “en el Señor, ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón”.

Y descubriremos que, a través de toda la eternidad, los sexos van juntos, y que la parte femenina de los hijos de Dios tiene parte y suerte en este asunto tanto como la masculina. Estas Sociedades de Socorro dan a nuestras hermanas la oportunidad de hacer mucho bien, e incluso quienes no pertenecen a la sociedad tienen frecuentes oportunidades de hacer el bien. Toda madre tiene un campo de utilidad en el hogar entre sus propios hijos; esta es su esfera particular. No se me entienda en el sentido de que la mujer deba ser un objeto fijo en la casa, atada a la pata de una mesa o a una tina de lavar. Creo que muchas de nuestras hermanas permanecen demasiado en casa. Si se propusieran hacer más ejercicio al aire libre, encontrarían en ello un alivio a la monotonía del trabajo doméstico. No creo que las mujeres deban estar atadas al hogar; pero digo que el hogar es la esfera particular de la mujer. Allí reina como una reina; puede hacer de ese hogar un lugar cómodo, pacífico y agradable para el esposo, de modo que él prefiera ir allí antes que a cualquier otro lugar de la tierra; y pienso que es insensata la mujer que no hace esto. Las mujeres deben hacer sus hogares tan cómodos como puedan, con los medios a su alcance, para que el esposo, los hijos y todos los que pertenecen a la familia se alegren de volver a casa y disfrutar de la compañía del círculo familiar. Allí mismo es donde una mujer puede ejercer el gran poder que Dios le ha dado. ¡Qué bendición es cuando el Señor da hijos a una mujer, niños y niñas nacidos como herederos del convenio, herederos del santo sacerdocio, para que crezcan con derechos naturales a las bendiciones del sacerdocio; para llegar a ser siervos del Altísimo; para llegar a ser vasos en los cuales more el Espíritu Santo; para llegar a ser representantes del Señor sobre la tierra; para llegar a ser ministros de salvación para los vivos y los muertos! ¡Qué esfera para las labores de estas hermanas: formar la mente de sus hijos en el temor del Señor; enseñar buenos principios a los varones; enseñarles, al igual que a las niñas, a ser virtuosos, puros, castos y santos! Porque quienes no son santos no pueden recibir la plenitud de la bendición y del poder de Dios, es decir, como la reciben quienes se conservan puros ante Él. Y los hermanos pueden sembrar estas ideas en la mente de sus hijos varones y, si al principio no las comprenden plenamente, con el tiempo podrán comprender todo su significado. Los padres deben dedicar todo el tiempo que puedan a instruir a sus hijos, pero las madres están mucho más tiempo con ellos y tienen una influencia mucho mayor sobre ellos en cierto aspecto; por tanto, deben procurar ejercer sus facultades criando a sus hijos en el camino por el que deben andar. Y no se nos requiere que los criemos solo mediante la palabra y el precepto, sino también mediante el ejemplo. Si no queremos que nuestros hijos consuman bebidas fuertes, no servirá que nosotros las consumamos. Por tanto, procuremos dar a nuestros hijos ejemplos que estemos plenamente dispuestos a que imiten. Nuestras hermanas pueden trabajar de esta manera, tanto por el precepto como por el ejemplo y, sobre todo, mediante el espíritu que llevan consigo; pueden influir en la mente de la generación joven y creciente para que crezca con una inclinación natural hacia lo santo. Que las niñas sean criadas por una madre llena de bondad, amor y caridad —que son adornos mucho más hermosos que el brillo ostentoso de las joyas; las joyas terrenales no son nada en comparación con esas preciosas joyas de la eternidad, y todos los atavíos que una mujer pudiera ponerse no son nada comparados con el adorno de la mente que resplandece de manera particular en las madres y las hijas de Israel—; que una madre esté imbuida de este espíritu bueno, bondadoso y dispuesto a aprender, y podrá rodear de él a sus hijos, podrá tener ese espíritu en el hogar donde reside. Y aunque tenga muchas preocupaciones, tribulaciones y pruebas que puedan tentarla a la ira, aun así puede vencer todas las pasiones que surjan en su naturaleza y someterlas, y puede criar a sus hijos en medio de estas circunstancias adversas en el temor de Dios; y sus tribulaciones se tornarán para su bien, y a sus hijos les será fácil andar en el camino de Dios, y crecerán con una repugnancia natural por las cosas malas y un deseo natural de recibir en su corazón todo lo bueno. El Señor está diciendo al norte: “Da acá; y al sur: No los retengas; trae de lejos a mis hijos, y a mis hijas de los confines de la tierra”. Nos ha traído a este lugar desde las naciones de la tierra para que lleguemos a ser un linaje escogido, un real sacerdocio, una nación santa, un pueblo peculiar, celoso de buenas obras. Por eso nos ha dado leyes con respecto a las relaciones matrimoniales: que Israel no se case con gentiles; que Israel se una en matrimonio con Israel; que las hijas de Dios se casen con los hijos de Dios, etc., a fin de que nuestros hijos sean herederos de las bendiciones que pertenecen al convenio sempiterno, para que con el tiempo haya sobre la tierra una estirpe de hombres y mujeres que sean santos para el Señor, nacidos con deseos naturales de hacer lo correcto, heredados de sus padres, quienes los criarán en el camino por el que deben andar, rodeados de esa atmósfera santa, para que estén enteramente bajo la influencia del Espíritu que viene de lo alto, para que toda su naturaleza sea sensible a los susurros del Dios Todopoderoso, para que crezcan como Sus hijos e hijas y para que sea una distinción de honor que tales o cuales hombres hayan “nacido en Sion”. El Señor dará honra a tales personas. Y sus hijos irán a naciones lejanas, y la tierra temblará ante su voz, y los espíritus malignos que engañan a los hijos de los hombres huirán delante de ellos, porque el poder del sacerdocio estará con ellos. Y buscarán a la descendencia de Israel dondequiera que se encuentre y le predicarán el Evangelio en su propia lengua por el poder del Todopoderoso —para esto se dispuso el don de lenguas—, y recogerán a la descendencia de Israel en la Sion de nuestro Dios. Y Él será su fortaleza; irá delante de ellos y estará a su alrededor. Y nuestras hijas crecerán puras y virtuosas, y los ángeles de Dios estarán a su alrededor. Y el Señor multiplicará a Su pueblo sobre la tierra hasta que todas las cosas se cumplan, Su reino sea edificado, venga el Señor Jesucristo y se lleve a cabo todo lo que han hablado los profetas.

Ahora bien, estas cosas están ante nosotros. Dios espera que seamos una clase de pueblo diferente de los del mundo. No espera que seamos mundanos, como los del mundo. Hemos venido aquí para estar separados del mundo, a fin de purificarnos del espíritu de Babilonia. Debemos tener motivos diferentes de los del mundo; no debemos tener los mismos deseos que los gentiles, porque sus corazones están puestos en las cosas de esta vida. Adoran las riquezas del mundo. Espero ver el tiempo en que todo Santo de los Últimos Días tenga abundancia, y llegará el tiempo en que Dios dé a Su pueblo todas las riquezas que desee, pero será cuando sepa utilizarlas correctamente, cuando su corazón sea recto y esté puesto en la ley del Señor y en el consejo de Su voluntad, y cuando esté dispuesto a utilizarlas para Su gloria y para bendecir a su linaje. Debemos recordar que somos Santos de los Últimos Días, que hemos venido aquí para servir al Señor, aprender Sus caminos y andar por Sus sendas, y unirnos para que seamos un cuerpo sólido y compacto, un cuerpo viviente lleno del espíritu de vida y de luz que viene de Dios, preparado en cualquier momento, como individuos o como comunidad eclesiástica organizada, para avanzar en cualquier dirección que se requiera, a fin de que se proclame la palabra de Dios, se recoja a Israel y se edifique el reino de Dios, y se quite el poder de las manos de los inicuos y se deposite en las manos de los siervos de Dios, quienes gobernarán con rectitud en medio de la tierra.

Doy mi testimonio a esta congregación, muchos de cuyos integrantes me son desconocidos y a algunos de los cuales he conocido, he tratado y con quienes he trabajado en tierras extranjeras; puedo decirles a todos ustedes que sé que esta obra es verdadera. Sé, por la revelación del Espíritu Santo, que el Señor ha comenzado la gran obra de los últimos días de la cual hablaron los profetas. Sé que permanecerá y prevalecerá, aunque todo el mundo se levante contra ella —como algún día lo hará, no solo esta nación, sino otras— y diga: “Sea profanada”. Pero no conocen al Señor ni comprenden los consejos de Su voluntad. Porque Él dirá a Sion: “Levántate y trilla, hija de Sion, porque haré tu cuerno de hierro y tus uñas de bronce, y desmenuzarás a muchos pueblos; y consagraré a Jehová su botín, y sus riquezas al Señor de toda la tierra”. Aunque todas las naciones se opongan, esta obra seguirá avanzando hasta su consumación; porque el poder de Dios estará entre nosotros y podremos llevar a cabo con mayor facilidad y soltura todo lo que se nos mande hacer. Este reino prevalecerá, y esta obra seguirá adelante y realizará todo lo predicho. Y llegará el tiempo en que los puros y los buenos de todas las tierras se congregarán en Sion; y el templo será edificado en la ciudad central de Sion, la Nueva Jerusalén, y la gloria de Dios descansará sobre él, y los propósitos de Dios se desplegarán y Su reino avanzará, mientras los reinos de este mundo, con toda su pompa y esplendor, serán abatidos; y Dios, por medio de Su sacerdocio, gobernará desde los ríos hasta los confines de la tierra. Y Cristo, nuestro Redentor, vendrá y traerá consigo Su recompensa.

Que Dios nos ayude a ser fieles en esta obra, para que cuando Él venga, tanto individualmente como en calidad de Iglesia, seamos purificados y estemos preparados para entrar en el gozo de nuestro Señor y recibir la plenitud de las bendiciones del Evangelio de paz. Amén.

Esta entrada fue publicada en Arrepentimiento, perdón y conversión. Guarda el enlace permanente.

Deja una respuesta