La ley del matrimonio celestial, la resurrección y el juicio
La misión del Salvador comprende la redención de la muerte y la posibilidad de alcanzar la exaltación mediante la obediencia a las leyes, las ordenanzas y los convenios del Evangelio.
La ley del matrimonio celestial—La resurrección y el juicio—El alcance de la misión del Salvador
por Joseph F. Smith, pronunciado en los servicios fúnebres del élder William Clayton, celebrados en el centro de reuniones del Barrio 17, Salt Lake City, el 7 de diciembre de 1879.
A petición del presidente John Taylor, me pongo de pie para hacer unas breves observaciones. Siento una profunda y sincera compasión por la familia, las esposas y los hijos del difunto hermano William Clayton, quienes permanecen para lamentar, por una breve temporada, la pérdida de la compañía de su esposo y padre. Sin embargo, cuando consideramos todas las circunstancias, podemos concluir que no tenemos motivos tan grandes para lamentarnos. Porque cuando un hombre ha vivido hasta una buena vejez y fallece, agotado, por así decirlo, por el trabajo, podemos comprender, al menos, que ha cumplido su misión, que ha realizado su obra en esta tierra y que está preparado para regresar al Padre de quien vino, detrás del velo.
El hermano Clayton había llegado a una edad avanzada, después de trabajar incesantemente entre sus hermanos desde que se unió a la Iglesia.
Tuvo una larga y variada experiencia entre este pueblo. Fue amigo y compañero del profeta José Smith, y a su pluma debemos en gran medida la historia de la Iglesia; es decir, más particularmente, la historia del profeta José durante el tiempo en que lo conoció y actuó como su secretario particular, en los días de Nauvoo. En la Oficina del Historiador tenemos los diarios que llevó durante aquella época, de los cuales —junto con los de los élderes Willard Richards y Wilford Woodruff y con el Times and Seasons, una publicación de la Iglesia de aquel entonces— hemos obtenido la historia de la Iglesia durante ese período. Fue su pluma la que escribió por primera vez la revelación referente a la eternidad del convenio matrimonial y a la pluralidad de esposas. Aunque esa revelación había sido dada al profeta José muchos años antes, no se puso por escrito sino hasta el 12 de julio de 1843, cuando el élder William Clayton, actuando como escribiente del Profeta, la escribió conforme él se la dictaba.
Me complace decir que dejó constancia de una declaración, en forma de declaración jurada, preparada por él mismo, en relación con este importante asunto, porque es un tema de la más vital importancia, no solo para los Santos de los Últimos Días, sino para el mundo entero; pues, sin el conocimiento contenido en esa revelación, jamás podríamos llevar a su culminación el objeto de nuestra misión en esta tierra; jamás podríamos cumplir los propósitos de Dios en este estado.
Tengo este documento en mi poder, y lo he tenido durante varios meses. De hecho, fue escrito a petición mía y luego puesto bajo mi cuidado, y lo he conservado con la intención de que se publique cuando se considere oportuno. Y puesto que constituye un sermón en sí mismo, quizás resulte más interesante que cualquier cosa que yo pudiera decir en esta ocasión; por lo tanto, con el permiso del presidente Taylor, lo leeré a la congregación.
[El élder Smith leyó entonces la declaración jurada.]
Luego continuó:
Como dije antes, sentí el deseo de leer este documento por la instrucción que proporcionaría y con el propósito adicional de mostrar que, aunque “muerto, aún habla”. Porque este testimonio del hermano Clayton permanecerá para siempre, aunque su cuerpo se deshaga en polvo. Y desafío al mundo, como también lo hacía el difunto cuando vivía, a refutar esas declaraciones. Se hacen con conocimiento personal, obtenido mediante su trato personal con el propio profeta José Smith, no con la intención de adquirir notoriedad, sino más bien para dejar su testimonio acerca de este importante principio. Así lo ha hecho. Y, como aquí ha declarado que lo oyó de labios del Profeta, esta doctrina de la unión eterna del esposo y la esposa, y del matrimonio plural, es una de las doctrinas más importantes que jamás se hayan revelado al hombre en cualquier época del mundo. Sin ella, el hombre llegaría a un punto en que no podría seguir progresando; sin ella, jamás podríamos ser exaltados para asociarnos con los dioses y llegar a ser dioses, ni podríamos alcanzar el poder de progenie eterna ni las bendiciones pronunciadas sobre
Abraham, Isaac y Jacob, los padres de los fieles.
Quedan pocos testigos vivos relacionados con la recepción de esta revelación; nunca hubo muchos que conocieran íntimamente al Profeta y sus enseñanzas sobre este asunto. Miro a mi alrededor y veo en esta asamblea a varias personas cuyo cabello ha encanecido al servicio de Dios y que conocieron íntimamente a nuestro profeta martirizado; pero pocos de ellos, si acaso alguno, estuvieron tan estrechamente vinculados con él en este asunto como el hermano Clayton.
Sin embargo, hay suficientes testigos de estos principios para establecerlos sobre la tierra de tal manera que jamás puedan ser olvidados ni erradicados. Porque vivirán; están destinados a vivir, y también a crecer y extenderse sobre la faz de la tierra, para ser recibidos, aceptados y adoptados por todos los virtuosos, por todos los puros de corazón, por todos los que aman la verdad y procuran servirle y guardar Sus mandamientos; han de prevalecer, porque son principios verdaderos.
Ahora se nos llama a rendir nuestro último homenaje al hermano Clayton. Su espíritu ha emprendido el vuelo; ha ido al Padre de quien vino, como se enseña en el Libro de Mormón. Cuando el espíritu abandona el cuerpo, regresa inmediatamente a Dios, dice el profeta, para que se le asigne su lugar, ya sea para asociarse con los buenos y nobles que han vivido en el paraíso de Dios, o para ser confinado en la “prisión” a fin de esperar la resurrección del cuerpo de la tumba. Por tanto, sabemos que el hermano Clayton ha ido a Dios, ha ido a recibir el juicio parcial del Todopoderoso, el cual corresponde al período que transcurre entre la muerte del cuerpo y la resurrección del cuerpo, o entre la separación del espíritu y el cuerpo y su nueva unión. Este juicio se pronuncia únicamente sobre el espíritu. Pero llegará un momento, después de la resurrección, cuando el cuerpo y el espíritu se hayan reunido, en que se pronunciará el juicio final sobre todo hombre. Esto concuerda con la visión del apóstol Juan el Revelador.
“Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios; y los libros fueron abiertos; y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida; y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras.
“Y el mar entregó los muertos que había en él; y la muerte y el infierno fueron lanzados al lago de fuego. Esta es la muerte segunda.
“Y el que no fue hallado inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego”.
Ese es el juicio final que todos recibiremos después de haber cumplido esta misión terrenal.
El Salvador no terminó Su obra cuando expiró en la cruz, cuando exclamó: “¡Consumado es!”. Al usar esas palabras, no se refería a Su gran misión en la tierra, sino únicamente a las agonías que padecía. Sé que el mundo cristiano dice que aludía a la gran obra de la redención. Sin embargo, esto es un gran error y pone de manifiesto el alcance de su conocimiento del plan de vida y salvación. Digo que se refería únicamente a las agonías de la muerte y al sufrimiento que sentía por la iniquidad de los hombres que llegarían al extremo de crucificar a su Redentor. Fue ese sentimiento, y solo ese, lo que lo impulsó a exclamar en la agonía de Su alma: “¡Consumado es!”, y entonces expiró.
Pero Su obra no estaba completa; de hecho, apenas había comenzado. Si se hubiera detenido allí, en lugar de ser el Salvador del mundo, tanto Él como toda la humanidad habrían perecido irremediablemente, para no salir jamás de la tumba; porque desde el principio se había dispuesto que Él fuera las primicias de los que durmieron; formaba parte del gran plan que rompiera las ligaduras de la muerte y obtuviera la victoria sobre la tumba. Por tanto, si Su misión hubiera cesado cuando entregó el espíritu, el mundo habría permanecido dormido en el polvo, en una muerte interminable, sin levantarse jamás para volver a vivir. Lo que se realizó cuando el Salvador padeció la muerte no fue sino una pequeña parte de Su misión; en verdad, fue la parte menor; aún quedaba por hacer la mayor. Esta consistía en Su resurrección del sepulcro, en salir de la muerte a la vida, en volver a unir el espíritu y el cuerpo para que pudiéramos llegar a ser un alma viviente; y cuando esto se hubo realizado, entonces estuvo preparado para regresar al Padre. Y todo esto se ajustaba estrictamente al gran plan de salvación. Porque incluso Cristo mismo, aunque sin pecado, tuvo que observar la ordenanza exterior del bautismo a fin de cumplir toda justicia. Así, después de Su resurrección de entre los muertos, pudo regresar al Padre para recibir allí la bienvenida y aprobación: “Bien hecho, has realizado Tu obra, has cumplido Tu misión; has llevado a cabo la salvación de todos los hijos de Adán; has redimido de la tumba a todos los hombres; y mediante su obediencia a las ordenanzas del Evangelio que has establecido, también pueden ser redimidos de la muerte espiritual, para ser llevados de nuevo a Nuestra presencia y participar de la gloria, la exaltación y la vida eterna con Nosotros”. Y así será cuando salgamos de la tumba, cuando suene la trompeta y estos cuerpos nuestros se levanten, y nuestros espíritus entren de nuevo en ellos, y lleguen a ser un alma viviente que nunca más se disuelva ni se separe, sino que llegue a ser inseparable, inmortal, eterna.
Entonces compareceremos ante el tribunal de Dios para ser juzgados. Así lo dice la Biblia, así lo dice el Libro de Mormón y así lo dicen las revelaciones que nos han llegado directamente por medio del profeta José Smith. Y entonces, quienes no hayan estado sujetos a la ley celestial ni hayan sido obedientes a ella no serán vivificados por la gloria celestial. Y quienes no hayan estado sujetos a la ley terrestre ni hayan sido obedientes a ella no serán vivificados por la gloria terrestre. Y quienes no hayan estado sujetos a la ley telestial ni hayan sido obedientes a ella no serán vivificados por una gloria telestial, sino que tendrán un reino sin gloria. En cuanto a los hijos de perdición, hombres que una vez poseyeron la luz y la verdad, pero que se apartaron de ellas y niegan al Señor, exponiéndolo a vituperio, como hicieron los judíos cuando lo crucificaron y dijeron: “Su sangre sea sobre nosotros y sobre nuestros hijos”; hombres que, contra la luz y el conocimiento, consienten en el derramamiento de sangre inocente, a ellos se les dirá: “¡Apartaos, malditos, nunca os conocí; id a la segunda muerte, sí, al destierro de la presencia de Dios por los siglos de los siglos, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga, de donde no hay redención, ni en el tiempo ni en la eternidad!”. En esto consiste la diferencia entre la segunda muerte y la primera; en esto el hombre llegó a estar espiritualmente muerto; porque de la primera muerte puede ser redimido por la sangre de Cristo mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del Evangelio, pero de la segunda no hay redención alguna.
Leemos en el libro de Doctrina y Convenios que el diablo tentó a Adán, y él comió del fruto prohibido y transgredió el mandamiento, con lo cual quedó sujeto a la voluntad del diablo porque cedió a la tentación; y por causa de esta transgresión llegó a estar espiritualmente muerto, lo cual es la primera muerte, “esa misma muerte que es la última muerte, que es espiritual, y que se pronunciará sobre los inicuos cuando yo les diga: Apartaos, malditos”.—Libro de Doctrina y Convenios, pág. 147.
Pero ¿quiénes recibirán tal castigo? Únicamente quienes lo merezcan, quienes cometan el pecado imperdonable.
Luego está el destierro del transgresor —no de los hijos de perdición— a la prisión, un lugar de castigo, sin exaltación, sin progenie, sin dominio, sin poder, cuyos habitantes, después de su redención, podrán llegar a ser siervos de quienes hayan obedecido las leyes de Dios y conservado la fe. Ese será el castigo de quienes rechacen la verdad, pero no cometan pecado de muerte.
Pero en lo que respecta al reino terrestre, así como las estrellas difieren unas de otras en resplandor, también quienes entren en el reino telestial difieren en gloria.
“Pues bien, ¿qué sucede con el hermano Clayton? ¿Acaso estaba libre de faltas en la carne?”. Pero ¿cuáles eran esas faltas? ¿Eran de tal naturaleza que condujeran a la muerte? ¿Negó alguna vez al Señor? ¿Negó alguna vez al profeta José, o negó la verdad, o fue infiel a sus convenios o a sus hermanos? No, nunca. Con toda veracidad puedo dar ese testimonio de nuestro hermano fallecido ante Dios y ante los hombres, porque lo he conocido desde mi juventud. Sin embargo, ¿no tenía sus debilidades? Pero estas eran de tal naturaleza que quizás no perjudicaban a nadie excepto a él mismo y a su propia familia. No obstante, a pesar de su integridad inquebrantable y de su larga vida de fidelidad y servicio, permítanme decirles que deberá responder por sus faltas, sean triviales o importantes. Pero podrá pagar su deuda y responder por sus debilidades, y saldrá, y todo lo que José Smith y los Apóstoles hayan pronunciado sobre su cabeza le será confirmado por toda la eternidad; y no hay poder en la tierra ni en el infierno que pueda privarlo de ello. Porque, como se ha dicho —y, en verdad, no necesito remitirlos a la revelación sobre el matrimonio celestial, sino que citaré las palabras de Cristo tal como aparecen en el Nuevo Testamento—: “Por tanto os digo: Todo pecado y blasfemia serán perdonados a los hombres; pero la blasfemia contra el Espíritu Santo no les será perdonada, * * * ni en este siglo ni en el venidero”. Nuestro difunto amigo y hermano, cuyos restos se encuentran ahora ante nosotros, no ha cometido pecado de muerte. No quisiera que se entendiera ni por un momento que yo o alguno de los élderes asistimos a los funerales para encubrir las debilidades de quienes han fallecido, procurando hacer parecer que no tenían faltas y que, por tanto, no tendrán que responder por ninguna. Sabemos que todo hombre será juzgado según los hechos realizados en el cuerpo; y ya sea que nuestro pecado atente únicamente contra nuestra propia paz y felicidad o que afecte las de otras personas, tan cierto como que el Señor vive, tendremos que dar satisfacción o hacer expiación; Dios lo requiere, concuerda con Sus disposiciones y no podemos eludirlo. Debemos cumplir con las disposiciones de la ley, algo que, según creo, el hermano Clayton es plenamente capaz de hacer. Y cuando esto se haya realizado, saldrá para recibir su corona, su gloria, su dominio y su reino, y las bendiciones de Abraham, Isaac y Jacob que se han pronunciado sobre su cabeza.
Permítanme, entonces, decir a la familia de nuestro hermano fallecido: Sigan los pasos de su esposo y padre, salvo en aquello en que haya manifestado las debilidades de la carne; imiten su firme integridad para con la causa de Sion y su fidelidad a sus hermanos; sean fieles como él fue fiel, sean firmes como él fue firme, sin flaquear jamás, sin apartarse jamás de la verdad tal como Dios nos la ha revelado; y les prometo, en el nombre del Señor, que se levantarán para encontrarse con su esposo y padre en la mañana de la primera resurrección, revestidos de gloria, inmortalidad y vidas eternas. Que Dios lo conceda, en el nombre de Jesús. Amén.



























