La fe que conduce a la salvación: la Expiación, la obediencia y la autoridad divina
La Expiación de Jesucristo hace posible la resurrección de toda la humanidad y la remisión de los pecados personales mediante la fe, el arrepentimiento, las ordenanzas administradas con autoridad divina y una vida de rectitud.
La insuficiencia de la mera creencia en Cristo—El alcance y la aplicación de la Expiación—La necesidad de autoridad divina para que el hombre pueda administrar el Evangelio—José Smith fue llamado por Dios
por el élder C. W. Penrose, pronunciado en el Salón de Asambleas de Salt Lake, el domingo 25 de abril de 1880 por la tarde.
Volumen 21, discurso 11, páginas 80-91
Las personas del mundo cristiano acusan a menudo a los Santos de los Últimos Días de estar muy engañados. Se considera que nuestra religión es un engaño y una trampa. Sin embargo, durante la reunión de esta tarde pensaba en la gran cantidad de predicadores cristianos que hoy se encuentran en diversas partes del mundo diciendo a quienes los escuchan que la simple creencia en el Señor Jesús, quien murió en el Calvario, es todo lo necesario para salvarlos y exaltarlos en la presencia de Dios el Padre. Y me parece que, si hay un engaño más pernicioso que otro, es precisamente esa doctrina, que parece ser un principio fundamental de todas las diversas sectas cristianas. Encontrarán, vayan adonde vayan en el mundo cristiano y escuchen a cualquiera de los grandes predicadores de hoy, que este es el tema común de sus discursos. Se predica a Jesucristo —lo cual es muy correcto y me alegra mucho que así sea— como el Salvador del mundo. Así lo testificamos nosotros como Santos de los Últimos Días. Sin embargo, junto con esta gran verdad que proclaman a los habitantes de la tierra hombres que profesan ser enviados de Dios, se predica el gran error de que la mera creencia en la obra que Jesucristo llevó a cabo es suficiente para la salvación de las personas. Se informa a los habitantes de la tierra que no es mediante ninguna obra de rectitud que puedan realizar como pueden obtener favor alguno ante Dios, sino que únicamente la justicia de Cristo es aceptable al Padre y que pueden beneficiarse de ella si simplemente creen en Él.
Cuando escudriñamos las Escrituras y leemos las palabras de Jesucristo y de Sus siervos a quienes envió a predicar el Evangelio, no encontramos ninguna afirmación semejante. Es cierto que encontramos que los apóstoles del Señor Jesús predicaban al mundo a Cristo, y a este crucificado, dondequiera que tenían oportunidad; dirigían la atención del pueblo, judíos y gentiles, dondequiera que iban, hacia Jesús de Nazaret, quien fue muerto en el Calvario como Redentor del mundo, y declaraban que la fe en Él era absolutamente necesaria. Pero no encontramos que, al proclamar la fe en el Señor Jesucristo a aquella generación, dijeran al pueblo que bastaba con una mera creencia en Cristo; encontramos que, además de enseñar el principio de la fe en Dios y en Su Hijo Jesucristo, enseñaban al pueblo que era necesario observar ciertas reglas y mandamientos, obedecer ciertas formas y ordenanzas y cumplir determinadas condiciones para obtener el beneficio del derramamiento de la sangre de Cristo. Al escudriñar el Nuevo Testamento, que contiene algunas de las enseñanzas de los apóstoles y algunas de sus cartas a las iglesias, encontramos que enseñaban la doctrina de que “la sangre de Jesucristo […] nos limpia de todo pecado”. Encontramos que, según enseñaban, esto se aplicaba no solo a lo que se llama pecado original, sino también al pecado personal. El pecado que nuestros primeros padres cometieron en el Jardín de Edén se llama pecado original; y los pecados que cometen individualmente los habitantes de la tierra se llaman pecados personales, porque “todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios”. Los apóstoles enviados a predicar el Evangelio por nuestro Salvador mismo enseñaban al pueblo que, mediante el derramamiento de la sangre de Cristo, todos podían recibir la remisión de los pecados y que la humanidad podía ser redimida del pecado, tanto original como personal. Pero encontramos esta distinción entre sus enseñanzas acerca del pecado original y sus enseñanzas acerca del pecado individual: que la sangre de Cristo redime a la humanidad de los efectos de la Caída y finalmente levantará a todos los que murieron en Adán —“Porque así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados”—; pero, aunque las personas no tuvieron absolutamente nada que ver con el pecado que Adán cometió y, por tanto, tampoco tienen nada que hacer en cuanto a la obra de expiación por ese pecado, sí se requiere alguna acción de su parte con respecto a sus propios pecados para obtener la redención de ellos, puesto que la sangre de Cristo fue derramada incondicionalmente por el pecado original, pero condicionalmente para la remisión de los pecados personales.
Cuando Dios puso a nuestros primeros padres en el Jardín de Edén, colocó ante ellos cierto árbol, de cuyo fruto dijo que “no debían comer, y que si lo hacían, ciertamente morirían”. Comieron de ese árbol en desobediencia al mandamiento divino y sembraron las semillas de la muerte en sus cuerpos, y esa muerte ha pasado a toda su posteridad. “Está establecido que los hombres mueran una sola vez”. Este acto de nuestros primeros padres introdujo la muerte en el mundo. La muerte vino por el pecado, y la muerte ha pasado a toda la posteridad de Adán y Eva. Jesús vino en el meridiano de los tiempos como “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”, para levantar a la humanidad de los efectos de la transgresión de nuestros primeros padres. Por eso se le llama “el segundo Adán”, y se nos dice que, así como en el primer Adán todos mueren, así también en Cristo, el segundo Adán, todos volverán a ser vivificados. Y Él mismo proclamó que llegaría el tiempo “en que todos los que están en los sepulcros oirán la voz del Hijo de Dios y saldrán; los que hayan hecho el bien, a la resurrección de vida; y los que hayan hecho el mal, a la resurrección de condenación”, o, en las palabras de la traducción inspirada, “los que hayan hecho el bien, en la resurrección de los justos, y los que hayan hecho el mal, en la resurrección de los injustos”. Es por la transgresión de Adán que tenemos que sufrir lo que se llama la muerte temporal. Mediante esa transgresión, nuestros espíritus han llegado a separarse de nuestros cuerpos; nuestros espíritus inmortales, contenidos en estos tabernáculos mortales, deben salir de ellos, y nuestros cuerpos deben volver a la tierra y deshacerse en polvo; pero, por la Expiación que llevó a cabo el Señor Jesucristo, llegará el tiempo en que todos los que vivieron en el cuerpo volverán a vivir en el cuerpo. Cristo fue levantado de entre los muertos y llegó a ser “primicias de los que durmieron”; después serán levantados los que son de Cristo, en Su venida. Esta es la primera resurrección. “Bienaventurado y santo —dice el apóstol Juan en su visión— el que tiene parte en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene poder sobre estos, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con él mil años”. Después de eso, Juan vio que “el mar entregó los muertos que había en él; y la muerte y el infierno entregaron los muertos que había en ellos; y fueron juzgados, cada uno según sus obras”.
La Expiación que llevó a cabo el Señor Jesucristo por el pecado original se aplicará hasta donde se hayan sentido los efectos de ese pecado. Así como toda la posteridad de Adán murió a causa de ese pecado, así también toda la posteridad de Adán volverá a ser levantada mediante la Expiación. “Pero cada uno en su debido orden —dice el apóstol—: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida”; y después, cuando hayan pasado los mil años, el resto de los muertos, como dijo Juan, serán levantados y juzgados, cada uno según los hechos realizados en la carne. Todos deben rendir cuentas al gran Padre Eterno. Somos responsables de los actos realizados en la carne, porque, así como sucedió con nuestros primeros padres, se ponen ante nosotros el bien y el mal, la verdad y el error, y cada persona queda libre para escoger el bien y rechazar el mal, o escoger el mal y rechazar el bien, como le plazca. Ambos se ponen ante nosotros y, si cedemos a cualquiera de ellos, nos conducirá en la dirección correspondiente. Sin embargo, hay en el hombre un espíritu, innato en él, que viene de Dios, la fuente de luz y verdad. Esta luz está plantada en el pecho de todo hombre y de toda mujer que respira el aliento de vida. Es la luz verdadera que alumbra a todo hombre que viene al mundo; y si las personas escucharan los susurros de esa voz apacible y delicada y se dejaran guiar por esa luz natural y esa inspiración natural, serían conducidas hacia Dios. Mediante esta luz natural, mediante esta inspiración general, si las personas escucharan sus susurros y se dejaran guiar por ella, serían conducidas hasta la fuente de luz. “Toda buena dádiva —dice el apóstol Santiago— y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en quien no hay cambio, ni sombra de variación”. Pero, por otra parte, debe haber, como dice el Libro de Mormón, “una oposición en todas las cosas”; y hay un espíritu de maldad, un espíritu de tinieblas que arrastra hacia abajo, hacia la muerte, y un espíritu de luz que conduce hacia arriba, hacia la vida; uno lleva a Satanás y a sus obras, el otro a Dios y a la rectitud. Pero los habitantes de la tierra, por lo general, han sido más propensos a escuchar la inspiración del espíritu de tinieblas, como lo hicieron nuestros primeros padres, que a escuchar la voz apacible y delicada de luz y vida en sus almas.
Todas las personas deben rendir cuentas de los hechos realizados en el cuerpo conforme a la medida de luz que hayan recibido y a las oportunidades que hayan tenido de obtener esa luz mientras moraban en la carne. Algunas personas han vivido sobre la tierra cuando Dios ha enviado a Sus siervos, inspirados por Él, para dar a conocer claramente Sus caminos, mientras que otras han morado en la carne cuando no se oía ninguna voz inspirada, cuando no había comunicación abierta entre los cielos y la tierra. Y Aquel que es justo, que es la personificación de los principios eternos de la justicia, dará a todos conforme a su luz y a las oportunidades que hayan tenido de obtenerla; pero todos deben ser juzgados, todos deben comparecer ante el tribunal de Cristo y rendir cuentas de sus obras individuales.
Ahora tomaremos el caso de una persona que ha quebrantado todas las leyes de Dios y quizás todas las leyes del hombre, y que finalmente ha derramado la sangre de un semejante y es condenada a morir por las leyes del hombre; de hecho, no es apta para vivir, no es apta para asociarse con los seres mortales; por tanto, es necesario que la expulsen del mundo para que se mezcle con seres inmortales. ¿Adónde la envían? Un ministro vendrá y le predicará, y le dirá que lo único que tiene que hacer es entregar su alma a Jesús; que solo tiene que creer que Cristo murió por ella, y que la justicia del Cristo puro, inmaculado y sin pecado será injertada en esa rama podrida, de modo que tendrá los frutos de la rectitud y de la paz. Eso es conforme al evangelio moderno. El hombre cree esto, confiesa a Cristo con sus labios y lo reconoce con su lengua, e inmediatamente lo cuelgan entre los cielos y la tierra y lo estrangulan hasta morir; su espíritu es sacado por la fuerza de su cuerpo e introducido en la presencia del Padre Eterno para comparecer ante Su trono inmaculado, y se le considera apto para morar en la compañía de los puros y santos en las alturas. Eso es conforme al evangelio moderno, pero no conforme al antiguo Evangelio de Jesucristo, el Evangelio sempiterno que dice que “ningún homicida tiene vida eterna permanente en él”.
Pero alguien puede preguntar: “¿No tiene eficacia la Expiación que llevó a cabo Jesucristo para el pecado personal? ¿No hay ningún medio por el cual las personas puedan obtener el perdón de sus pecados individuales?”. Sí, hay una manera, y ese es el plan del verdadero Evangelio; pero no consiste en la mera creencia en la justicia de otro; la mera creencia en la justicia de otra persona no nos hará mejores a nosotros mismos. ¿Qué hay que hacer, entonces? Aquí el Evangelio es muy claro y sencillo cuando lo expone alguien que lo comprende. Pero “¿cómo, pues, invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no son enviados?”. Son hombres que no han sido enviados quienes predican los disparates que oímos en el mundo. Son hombres que no han sido enviados quienes engañan a la humanidad con sus fuertes engaños, y luego se vuelven y llaman engañados a los Santos de los Últimos Días. Si fueran enviados de Dios, no predicarían tales disparates, no engañarían a la humanidad ni llegarían así a ser causa de tanto pecado y mal en el mundo. Porque, mientras las personas crean que en el último momento, en el último suspiro de su existencia, pueden entregar su alma a Jesús y, creyendo en Su virtud, escapar del castigo de sus pecados, seguirán pecando, como muchos de estos falsos maestros que se deleitan en el pecado hasta estar sumergidos en él, y morirán en sus pecados y descenderán al abismo donde deberán esperar hasta ser liberados, en el tiempo y a la manera del Señor. La doctrina de la creencia sin obras es un fuerte engaño. Según el Evangelio, hay algo más que hacer que simplemente creer en el Señor Jesucristo. La creencia en el Señor Jesucristo es necesaria. Ese es el fundamento, es la raíz del asunto, pero no es todo el asunto. “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo”. ¿Por qué? Porque si tienen verdadera fe en Cristo, si realmente creen en Él, creerán en Sus palabras y guardarán Sus mandamientos. Escúchenlo: “Si me amáis, guardad mis mandamientos”. “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos”. “A cualquiera, pues, que me oye estas palabras y las hace, le compararé a un hombre prudente que edificó su casa sobre la roca. Y descendió la lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos y azotaron aquella casa; pero no cayó, porque estaba fundada sobre la roca. Y a cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato que edificó su casa sobre la arena. Y descendió la lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y grande fue su caída”.
Cuando Jesucristo envió a Sus apóstoles a todo el mundo después de haber resucitado de entre los muertos, les mandó: “Haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado”. Debían salir y predicar a todo el mundo, bautizando a quienes creyeran, y luego proceder a enseñar todas las cosas que Él les había mandado. Cristo enseñó a Sus discípulos muchos principios mientras permaneció con ellos en la carne, y después de haber resucitado de entre los muertos continuó instruyéndolos de tiempo en tiempo. También les dijo que, cuando Él se fuera, vendría el Consolador para revelarles las cosas del Padre y del Hijo y guiarlos a toda verdad; porque únicamente mediante la recepción de la verdad y el vivir conforme a ella pueden las personas ser salvas y exaltadas. “Santifícalos en tu verdad —oró el Salvador—; tu palabra es la verdad”. El Espíritu Santo, el Consolador, habría de venir, por tanto, para dar a conocer claramente la verdad y revelar cosas pasadas, presentes y futuras. Sin embargo, es necesario tener fe en Cristo. ¿Por qué? Porque toda bendición que fluye de Dios el Padre Eterno a los habitantes de la tierra viene por medio de Jesucristo. Primero debemos creer en Dios, luego creer en Jesucristo; y si realmente creemos en Dios y en Jesucristo, descubriremos en nosotros mismos que hemos quebrantado los mandamientos de Dios y de Su Hijo Jesucristo, y entrará en nuestro corazón el deseo de apartarnos del pecado. Así se dice: “A cualquiera que oye estas palabras y las hace, le compararé a un hombre prudente que edificó su casa sobre la roca”. Algunos enseñan que el arrepentimiento es el primer principio de la religión, pero si un hombre no cree en Dios, ¿orará a Él? ¿De qué tiene que arrepentirse un hombre sino de haber quebrantado los mandamientos de Dios? ¿Y cómo sentirá que tiene algo de lo cual arrepentirse si no cree en Dios? Por tanto, es necesario tener fe primero, y luego viene el arrepentimiento, la determinación de abandonar el mal; y esto es lo que enseñaron los antiguos apóstoles.
¿Qué sigue? Encontramos que, dondequiera que iban los apóstoles, siempre que hallaban a personas que creían en Jesús y se arrepentían de sus pecados, las bautizaban. ¿Rociándoles un poco de agua en el rostro? ¿O haciendo la señal de la cruz en sus frentes? No. Las llevaban al agua y allí las sepultaban a semejanza de la muerte y sepultura de Cristo, y las levantaban a semejanza de Su resurrección, para que en adelante, habiéndose “despojado del viejo hombre con sus hechos”, anduvieran en vida nueva, observaran Sus leyes, guardaran Sus mandamientos y siguieran Sus pasos, porque Él “nos dejó ejemplo, para que sigamos sus pisadas”. Luego los apóstoles imponían las manos sobre quienes habían sido bautizados, y leemos que recibían el Espíritu Santo, el Consolador, el Espíritu de verdad, que abría una comunicación entre cada alma individual y la fuente de luz y verdad eterna, que testificaba que habían quedado limpios de sus pecados. ¿Limpios de qué manera? ¿Por el agua? Sí y no. El agua no lava el pecado, pero si las personas desean la remisión de sus pecados personales, deben ser bautizadas. Así debe ser, “para cumplir toda justicia”. Incluso Cristo mismo tuvo que ser bautizado para cumplir ese mandamiento, y si no lo hubiera obedecido, no habría habido ninguna manifestación del Espíritu Santo que descansara sobre Él en la señal de una paloma, ni una voz del cielo que declarara: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”. Cristo nos dejó este ejemplo, y Sus apóstoles siguieron Sus pasos, bautizando conforme al mandamiento para la remisión de los pecados. Juan el Bautista también enseñó esta misma doctrina cuando salió a predicar en Judea; y cuando las personas acudían a él confesando sus pecados, las bautizaba en el Jordán para la remisión de los pecados. “Yo, a la verdad, os bautizo en agua —dice Juan—, pero viene uno más poderoso que yo, de quien no soy digno de desatar la correa de su calzado; él os bautizará con el Espíritu Santo y con fuego”.
¡El bautismo para la remisión de los pecados!
“Pues bien —dice alguien—, yo pensaba que la sangre de Cristo nos redimía de nuestros pecados”. Y así es. El agua por sí sola no quitará la culpa. Si una persona no tiene fe en Cristo ni se ha arrepentido de sus pecados, el bautismo no le servirá de nada. Pero el bautismo debidamente administrado por alguien que tiene derecho a administrar en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo sí tendrá eficacia. La persona que ha de ser bautizada debe descender al agua y ser sepultada en ella para la remisión de los pecados, habiéndose arrepentido y teniendo fe en el Señor Jesucristo y en Su sangre expiatoria, porque la sangre de Cristo fue derramada “por los pecados de todo el mundo”. Pero “todo el mundo” no recibirá el beneficio de la Expiación a menos que cumpla las condiciones establecidas, a saber: la fe, el arrepentimiento y el bautismo. Quienes no reciben esta ordenanza no pueden entrar en la presencia del Padre, porque “el que no naciere de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios”. Así lo dijo Jesús. Esto difiere un poco de las enseñanzas de los teólogos modernos, ¿verdad? Sí, pero concuerda con las enseñanzas de Cristo y de Sus apóstoles.
Ahora bien, en cuanto a la administración de esta ordenanza. Los hombres deben tener derecho a administrar antes de hacer cosa alguna en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Pregunto: ¿Quién tiene ese derecho? Hay muchísimos ministros que hoy se encuentran en las diversas capillas e iglesias administrando en el nombre de esta santa Trinidad. Se puede ver a hombres en el mundo cristiano ponerse de pie ante una congregación, rociar un poco de agua sobre un bebé que no tiene conciencia de lo que ocurre y llamarlo bautismo, ¡y hacerlo verdaderamente en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo! ¿Quién los envió? ¿Quién les dijo que hicieran esa aspersión? ¿Dios el Padre, el Hijo o el Espíritu Santo? No. ¿Los nombró para ese oficio alguna persona a quien Dios haya hablado y que tenga autoridad de Dios para ordenar? No. ¿Por qué? Porque durante cientos de años se ha interrumpido la comunicación con el mundo eterno, puesto que las personas que profesan la religión cristiana ni siquiera han creído en la doctrina de la comunicación actual con Dios. Se han contentado con las antiguas revelaciones contenidas en el libro que llamamos la Biblia, el cual contiene unas pocas de las cosas que Dios reveló hace cientos de años. No creen en tener comunicación con los cielos. ¿Cómo obtuvieron esa autoridad, entonces? ¿Cuándo recibió jamás un hombre autoridad de Dios para rociar y llamarlo bautismo, o para bautizar a un niño pequeño de cualquier manera? No se encuentra en la Biblia. “El que crea y sea bautizado será salvo”, así dijo Cristo. Y encontrarán que, dondequiera que iban los apóstoles, la fe era el primer principio que enseñaban. “Si crees de todo corazón, bien puedes”, dijo Felipe al eunuco que deseaba ser bautizado. El bautismo sin fe ni arrepentimiento carece de valor, es nulo; y el bautismo administrado por alguien que no tiene derecho a efectuar esa ordenanza en el nombre de la santa Trinidad también es nulo. Supongamos que los hombres vinieran a nosotros con pretensiones tan infundadas en las cosas temporales como lo hacen en las espirituales. Supongamos que un hombre viniera de Alemania a este país y profesara ser un ministro de la corte alemana. Le pediríamos ver sus credenciales y, si hubiera sido enviado como embajador de ese pueblo, podría mostrar su autoridad. Supongamos que todo lo que tuviera para demostrar su derecho a representar al Imperio alemán fuera que se sentía llamado en su corazón a hacerlo. Lo consideraríamos una persona que debería estar en un manicomio. Pero hay hombres que administran en estas cosas sagradas —administrando en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo— ordenanzas para las cuales Dios nunca los nombró, porque dicen que no hay comunicación entre ellos y Dios, ni la ha habido entre los habitantes de la tierra durante cientos y cientos de años. Dicen que el canon de las Escrituras está completo; Dios ya no habla con los habitantes de la tierra. ¿De dónde obtienen, entonces, el derecho a administrar en el nombre del Señor? Les digo que, tan ciertamente como hacen esto, serán llamados a rendir cuentas y se les tendrá por culpables de tomar el nombre del Señor en vano. ¿Cómo obtuvieron los apóstoles del Señor Jesucristo la autoridad para bautizar? Cristo se la dio. ¿Cómo obtuvo Cristo la autoridad? ¿La asumió por Sí mismo? No. Jesús dijo: “No he venido para hacer mi voluntad, sino la voluntad del Padre que me envió”. Fue Su Padre Celestial quien lo llamó a ser sumo sacerdote según el orden de Melquisedec, y Moisés y Elías, quienes anteriormente habían poseído ese sacerdocio, le ministraron en el monte. Así recibió Cristo ese santo sacerdocio según el orden de Melquisedec, que abarcaba todos los poderes superiores y comprendía el sacerdocio menor o Aarónico —porque el mayor incluye al menor—, y ordenó a Sus apóstoles a ese sacerdocio. “Como me envió el Padre —dijo—, así también yo os envío”. Recibieron su ordenación de Cristo y, por tanto, tenían derecho a bautizar y también a llamar a otros según los dirigiera el Espíritu Santo.
“Pero —dice alguien— hay muchas personas que se han sentido llamadas en su corazón; han tenido el espíritu del Evangelio. Puesto que creen en Cristo, ¿no tienen derecho a administrar estas ordenanzas?”. Ciertamente no, ni el más mínimo derecho. Consideremos a Pablo y su historia, relatada por él mismo: Saulo de Tarso, quien fue a perseguir a los santos y fue derribado a tierra por la luz de la gloriosa presencia de Jesús, que recientemente había resucitado. Fue llevado ciego a la ciudad para la cual llevaba cartas que debían utilizarse para perseguir y hostigar a los santos. Dice Pablo: “Y un tal Ananías vino a mí y me dijo: Hermano Saulo, recibe la vista. Y yo en aquella misma hora le miré. Y él dijo: El Dios de nuestros padres te ha escogido para que conozcas su voluntad, y veas al Justo y oigas la voz de su boca. Porque serás su testigo ante todos los hombres de lo que has visto y oído. Ahora, pues, ¿por qué te detienes? Levántate, y bautízate y lava tus pecados, invocando el nombre del Señor”. Saulo cumplió con la ordenanza y fue bautizado. “Pues bien —dice alguien—, seguramente Saulo tenía derecho a predicar el Evangelio. Había visto a Jesús y oído Su voz. Se había obrado un milagro en él y se le había dicho que sería testigo ante todos los hombres”. No, todavía no tenía ese derecho. Las manos de los siervos del Señor aún no habían sido puestas sobre él. Pero leemos en el capítulo trece de Hechos que, mientras ciertos profetas y maestros ministraban ante el Señor, “dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a la que los he llamado. Entonces, habiendo ayunado y orado, y habiéndoles impuesto las manos, los despidieron”. Está escrito: “Y nadie toma para sí esta honra, sino el que es llamado por Dios, como lo fue Aarón”. Aarón fue llamado por Moisés, quien recibió autoridad divina mediante comunicación directa de Dios. Aarón, al parecer, podía hablar mejor que Moisés, pero Moisés era el hombre llamado a poseer las llaves del ministerio. Si algún hombre desea actuar en el santo ministerio, primero debe ser bautizado para la remisión de sus pecados y recibir el don del Espíritu Santo; de otro modo no puede ser maestro de otros. Y aun entonces, aunque haya tenido visiones, aunque haya visto al Señor y las glorias de los cielos hayan sido abiertas ante su vista, aunque la cortina que oculta el futuro se haya desplegado ante él como un rollo, de modo que pudiera contemplar las glorias de las eternidades, nada de esto le daría autoridad alguna para administrar en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Debe ser llamado, debe ser ordenado, debe recibir la autoridad del santo sacerdocio.
Pues bien, ¿en qué condición ha estado el mundo cristiano durante siglos? En muchísimos aspectos, exactamente en la misma que el mundo pagano. Las personas han estado sumidas en las profundidades del error. Las tinieblas han cubierto la tierra y una densa oscuridad a los pueblos. “Deteneos y maravillaos —dice el profeta Isaías, hablando de los últimos tiempos—; cegaos y quedaos ciegos; embriagaos, y no de vino; tambalead, y no de bebida fuerte. Porque Jehová ha derramado sobre vosotros espíritu de sueño profundo y ha cerrado vuestros ojos; ha cubierto a los profetas y a vuestros gobernantes, los videntes”. Y el Señor dijo que precisamente en ese tiempo, cuando las personas se encontraran en esta condición, cuando se acercaran a Él con la boca y lo honraran con los labios, mientras su corazón estuviera lejos de Él: “Procederé a hacer una obra maravillosa entre este pueblo, sí, una obra maravillosa y un prodigio; porque perecerá la sabiduría de sus sabios y se desvanecerá el entendimiento de sus prudentes. * * * Y en aquel día los sordos oirán las palabras del libro, y los ojos de los ciegos verán en medio de la oscuridad y de las tinieblas. Entonces los mansos aumentarán su alegría en Jehová, y los pobres entre los hombres se regocijarán en el Santo de Israel”. Tal como lo predijo el profeta, así ha sucedido en la época en que vivimos. De las tinieblas ha salido la luz. Dios, desde Su santa morada, miró al mundo y vio que todos se habían desviado, que ninguno hacía el bien, no, ni uno solo. Estaban divididos y en contención, disputando y riñendo acerca de credos. Los hombres clamaban: ¡He aquí!, y ¡he allí!; de hecho, los ciegos guiaban a los ciegos y ambos caían juntos en el hoyo. El Señor contempló esto desde Su santa morada y restauró de nuevo la verdad desde el mundo eterno. Envió a Sus santos ángeles y reveló nuevamente el Evangelio sempiterno. La verdad brotó de la tierra y la justicia miró desde los cielos, y ambas se unieron, dieron gozo a los mansos y llegaron a ser un poder entre los hombres sobre la tierra.
Dios llamó a José Smith a la gran obra de dar comienzo a la última dispensación. Le manifestó la verdad, le envió ángeles, iluminó su mente y le dio el don y el poder del Espíritu Santo; y así como Moisés y Elías vinieron a Cristo en el monte, también Pedro, Santiago y Juan ordenaron a José Smith al Sacerdocio de Melquisedec. La autoridad de ese sacerdocio está aquí ahora, y los siervos de Dios llamados por esa autoridad salen y predican el Evangelio a toda criatura, como testimonio a todas las naciones, declarando que el fin está cerca y que la segunda venida del Señor está próxima. En todas partes se exhorta a las personas a arrepentirse de sus pecados, a ser bautizadas para la remisión de los pecados y a recibir el don del Espíritu Santo mediante la imposición de manos; y siempre que las personas han recibido el Evangelio y obedecido sus ordenanzas, Sus bendiciones han venido sobre ellas. El Espíritu Santo, el Consolador, que habla directamente a sus almas, ha dado testimonio de que sus pecados les son remitidos, de que han sido levantadas a una vida nueva y de que, si son fieles hasta el fin, serán recibidas de nuevo en la presencia del Padre para morar en Su compañía y gloria. Este es un privilegio que se ofrece a todos los habitantes de la tierra que crean en este Evangelio de los últimos días. Sin embargo, no es algo nuevo. Es el antiguo Evangelio restaurado. No hay en él doctrina, principio ni precepto que no pueda encontrarse en las antiguas Escrituras. ¡Y a esto es a lo que la gente llama engaño! El Evangelio llegó a nosotros en las diversas naciones de la tierra, algunos pertenecíamos a distintas sectas religiosas y otros no pertenecíamos a ninguna; y cuando lo recibimos y obedecimos, un poder se apoderó de nosotros, superior a todo cuanto habíamos experimentado antes, y nos dio testimonio de manera inequívoca de la veracidad de esta obra. No es una ilusión. No es algo imaginario, sino un hecho solemne, tan cierto como el hecho de nuestra existencia. Nadie puede apartarnos de él mediante razonamientos ni por la fuerza. ¿Por qué? Porque está grabado en nuestra naturaleza espiritual, forma parte de nuestro propio ser. Dios Todopoderoso ha revelado esta verdad a nuestras almas, y lo sabemos como sabemos que vivimos. Por eso estamos aquí.
Ahora bien, nuestra tarea es vivir esta religión, aprender más de los caminos de Dios y hacer Su voluntad en todas las cosas. Los asuntos de los que he estado hablando son solo el abecé del Evangelio. Debemos aprender “línea por línea y precepto por precepto”, y continuar creciendo y aumentando en el conocimiento de la verdad, viviendo de “toda palabra que sale de la boca de Dios”. Ahora quisiera preguntar si este es el caso. Habiendo sido redimidos, o habiendo recibido la remisión de nuestras transgresiones individuales, ¿andamos por el camino estrecho y angosto? ¿Estamos aprendiendo de Dios? ¿Procuramos comprender con mayor claridad y precisión las cosas que pertenecen a nuestra salvación? ¿Estamos realizando la tarea que se nos ha asignado? Porque vivimos en un día importante. El día de la segunda venida del Salvador está cerca y, cuando Él venga, ¿nos encontrará, como en la parábola, entre las vírgenes prudentes o entre las insensatas? ¿Cómo nos encontramos esta tarde? ¿Tenemos aceite en nuestras lámparas para guiarnos por el camino? No hay necesidad de que hagamos nada en la oscuridad. Debemos ser hijos de la luz. Se nos acusa de seguir a nuestros líderes con “obediencia ciega”. No existe tal cosa en el Evangelio. Tenemos entre nosotros a quienes nos dan la palabra del Señor para la Iglesia, “a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo”; pero es nuestro privilegio tener la misma luz. “A cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho”. El Espíritu Santo se confiere a cada persona y es nuestro privilegio ver nuestro camino. Cuando los verdaderos santos oyen la palabra de vida, hay un eco en su corazón y un espíritu que testifica de su veracidad. Cuando la palabra viene por medio de nuestros líderes inspirados, procede del Espíritu de luz que nos guía a toda verdad. Es privilegio de todo santo tener esta luz por sí mismo, la luz de Dios, la luz de la verdad, “la luz que está en todas las cosas, y por medio de todas las cosas y alrededor de todas las cosas, y es la ley por la cual se gobiernan todas las cosas”. Es nuestro privilegio poseer esa fe para que podamos pedir y recibir, buscar y hallar, llamar y que se nos abra la puerta. Pues bien, ¿estamos haciendo esto? Si es así, entonces nos regocijamos en nuestra religión. El mundo, comparado con ella, es como nada; todas las cosas son como escoria en comparación con la excelencia del conocimiento de Cristo. Si vivimos nuestra religión, lo es todo para nosotros. “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas”. Las cosas terrenales perecen con el uso y, cuando partamos, tendremos que dejarlas atrás; pero llevaremos con nosotros el Evangelio y cada una de sus verdades que hayamos hecho nuestras. Llevaremos con nosotros el santo sacerdocio y sus dones y poderes, si hemos sido fieles, y se nos permitirá relacionarnos con los espíritus de los justos hechos perfectos y regocijarnos en la esperanza de una resurrección gloriosa.
Ahora esforcémonos por andar en este camino para alcanzar esta gran gloria. Atendamos los deberes que se nos requiere cumplir. No hay nada en el Evangelio que no sea esencial. Todo principio que nos ha sido revelado es necesario para la salvación del hombre, porque les digo que, antes de ser aptos para morar en la presencia de Dios y disfrutar de la plenitud de Su gloria, debemos llegar a ser como Él. Santos de los Últimos Días, las ordenanzas del Evangelio no los salvarán; son solamente ayudas para la salvación. ¿Qué nos salvará, entonces? El conocimiento de la verdad y su práctica, nada más. Debemos aprender los caminos de Dios. Debemos andar por Sus sendas. Debemos ser santos de hecho y seguir los pasos de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, y entonces, con el tiempo, donde Él esté, nosotros también estaremos. Si damos la espalda a la verdad, descenderemos a la muerte; seremos azotados con muchos azotes, tendremos que sufrir las consecuencias de nuestra culpa; y después de haber pasado por las profundidades del sufrimiento y del pesar, a su debido tiempo, según el Señor, quizás obtengamos alguna clase de salvación y gloria; pero adonde están Dios y Cristo no podremos ir, por los siglos de los siglos.
Quisiera decir a mis amigos que están aquí esta tarde que sé que esta obra es verdadera. Dios Todopoderoso me lo ha dado a conocer. Les doy este testimonio y estoy dispuesto a responder por él ante el gran tribunal del juicio. Dios ha hablado desde los cielos en estos nuestros días. Ha restaurado el Evangelio de Cristo y la autoridad para predicarlo. Saldrá a toda nación, tribu, lengua y pueblo. Los sabios y los prudentes no lo recibirán, pero “los pobres entre los hombres se regocijarán en el Santo de Israel”. Esta obra seguirá adelante hasta alcanzar este fin y propósito. Sion será edificada, Jerusalén será redimida y llegará el tiempo en que Jesús, nuestro Redentor, descenderá con poder y gran gloria para reinar sobre la tierra. Doy mi testimonio de que esta es la obra de Dios, que Él requiere todo nuestro corazón y que debemos amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Dejemos de lado nuestras insensateces y nuestros errores. No absorbamos el espíritu del mundo. No imitemos la iniquidad que se está introduciendo entre nosotros. ¡Salid de en medio de ellos y apartaos, y no toquéis lo inmundo! Sed limpios, los que lleváis los vasos del Señor. Únicamente mediante la práctica de la rectitud y la pureza personal llegaremos a ser aptos para morar en la presencia del Señor. Una doctrina contraria a esto es la peor clase de engaño.
Que Dios nos ayude a vivir la vida de un santo y finalmente nos salve en Su reino es mi oración, en el nombre de Jesucristo. Amén.



























