Diario de Discursos – Journal of Discourses V. 21

La esperanza eterna, la obra de los templos y la defensa de la libertad

El Evangelio restaurado prepara a los santos para la exaltación eterna, los une en la salvación de los vivos y los muertos y los llama a cumplir sus deberes y defender la libertad de conciencia.
La eternidad que aguarda a los santos—La sublimidad del Evangelio, etc.

por el presidente John Taylor, pronunciado en el Salón de Asambleas el domingo 2 de enero de 1881, por la tarde.
Volumen 21, discurso 38, páginas 340-350


Me complace tener otra oportunidad de reunirme con ustedes en este primer día de reposo del nuevo año; y a todos los fieles les desearé, además, diez mil años más. Porque nosotros, como Santos de los Últimos Días, no consideramos que nuestra existencia termine con el tiempo, como generalmente lo llamamos, sino que se extiende hasta la eternidad. Y aunque estamos aquí en un estado de probación para cumplir los diversos deberes que nos corresponden como santos del Dios viviente; aunque venimos al mundo, existimos en él por un tiempo y luego lo dejamos, tenemos esperanzas y aspiraciones más allá del sepulcro, y esperamos que, a medida que transcurran las edades y los ciclos y una generación suceda a otra, si somos fieles a lo que se nos ha confiado y vivimos nuestra religión, guardando los mandamientos de Dios y cumpliendo los diversos convenios que nos corresponde observar, ¡nos asociaremos con los justos en las eternidades venideras! Por lo tanto, vivimos, esperamos, aguardamos, planeamos, ideamos y obramos para alcanzar este objetivo. No consideramos que los asuntos de esta vida sean los únicos que interesan a la humanidad. Quienes han tenido comunicación con el Señor y a quienes Él ha revelado Su voluntad nos han enseñado algo diferente. El santo sacerdocio que tenemos entre nosotros nos ha enseñado algo diferente; el Espíritu Santo que hemos recibido de la manera señalada por Dios, conforme a Su ley, nos ha enseñado algo diferente; ese Espíritu ha iluminado nuestra mente y nos ha dado una evidencia y un testimonio semejantes a aquello de lo cual oímos hablar al hermano Smith: que sabía que esta obra era de Dios. ¿Cómo lo sabía? Mediante la obediencia a la ley de Dios, por la recepción del Espíritu Santo y por la unión y la comunión que existen entre Dios y Sus hijos sobre la tierra. Este es un principio de certeza y testimonio, una evidencia que todos tenemos el privilegio de disfrutar por nosotros mismos y de saber que Dios vive; de saber que esta es la Iglesia de Jesucristo y el reino de Dios; y de saber también que Dios vive, que Él es nuestro Padre y que nosotros somos Sus hijos; y de saber, además, que «cuando esta morada terrestre de nuestro tabernáculo se deshaga», podemos sentir, como alguien de la antigüedad, que «tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha por manos, eterna en los cielos», que nos espera, y no solo a nosotros, sino a todos los que aman la venida de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Si no fuera por esta esperanza, si no fuera por este Espíritu, si no fuera por este conocimiento que se nos ha comunicado mediante la luz de la revelación y la manifestación del Espíritu de Dios, mediante las revelaciones de Dios al hombre en estos últimos días, por la apertura de los cielos, por la ministración de santos ángeles y por las revelaciones de la voluntad de Dios al hombre; si no fuera por esto, no estaríamos aquí hoy, esta congregación no se habría reunido aquí como lo ha hecho; los Santos de los Últimos Días no estarían en este territorio, ni estarían en ningún otro lugar; porque es debido a que Dios ha tenido a bien obrar en el cumplimiento de los tiempos, de acuerdo con el testimonio dado por los santos profetas que han profetizado desde el principio del mundo, conforme a los designios y propósitos eternos de Dios concernientes a los habitantes de la tierra: los que ahora viven, los que han vivido y los que vivirán. Si no fuera por los propósitos de Dios concernientes a estas cosas y por la comunicación de Su voluntad a nosotros, no podríamos, como he dicho antes, ocupar la posición en que ahora nos encontramos. Pero, puesto que Dios se ha propuesto llevar a cabo Su obra en beneficio de los habitantes del mundo en este día y época, en beneficio de las miríadas que han salido del mundo, en beneficio de los vivos y de los muertos, ha comenzado Su obra para la salvación, la redención y la exaltación de la familia humana, y por ello las cosas son como hoy las vemos entre nosotros.

Cuando hablamos de las teorías de los hombres, son asuntos de muy poca importancia; cuando reflexionamos sobre sus ideas u opiniones, son realmente insignificantes; pero cuando hablamos de la ley de Dios, de los planes de Jehová y de Sus designios concernientes al mundo en que vivimos y a sus habitantes, a los habitantes que han vivido y a toda la humanidad, entonces abordamos un tema grandioso, noble y sublime; uno que penetra en lo más profundo del corazón y toca cada fibra, que hace que nuestras esperanzas y aspiraciones lleguen hasta dentro del velo, donde Cristo, nuestro precursor, ha entrado; y nos sentimos convencidos de que existe una armonía eterna en todas las leyes, en todas las verdades, en todas las ordenanzas y en todo lo que Dios ha revelado para la salvación y exaltación de la familia humana. Estamos aquí, ¿y cómo llegamos aquí? ¿Qué fue lo que nos trajo? Algunos apenas lo saben; y hay muchos que comprenden esto muy bien. Estamos aquí porque escuchamos las verdades eternas del Evangelio, y ese Evangelio no podría haberse conocido a menos que hubiera sido revelado. Porque ningún hombre ni ningún grupo de hombres comprende hoy aquellos principios que pueden exaltar al hombre en el reino celestial de Dios, ni podrían comprenderlos a menos que Dios los hubiera revelado. Y cuando oímos las insensateces, los desvaríos y las diatribas de hombres ignorantes que no conocen a Dios ni Sus leyes, que pretenden dar órdenes a Jehová y enseñar algo de lo cual nada saben, pero que, al carecer de revelación, están debidamente descritos en las Escrituras como quienes «no saben sino lo que conocen por naturaleza, como animales irracionales, nacidos para ser apresados y destruidos». Por ejemplo, tenemos nuestro ganado, nuestras ovejas y otros animales que criamos, para los cuales proporcionamos alimento, y a los que alimentamos y engordamos. ¿Para qué? Para el cuchillo. ¿Cómo podríamos hacerlo si supieran para qué lo hacemos? No creo que engordaran mucho. Sin embargo, uno de los antiguos profetas, al hablar de estos hombres que carecen de revelación, dice: «No saben sino lo que conocen por naturaleza, como animales irracionales». Ciertamente no deseamos tener a tales hombres como instructores.

Muchos hombres de la actualidad nos dirán que no creerán nada que no puedan ver con sus ojos, palpar con sus manos y comprender con su juicio. ¿Y para qué están preparados? Aquí podría preguntar: ¿Qué sabe realmente el hombre de Dios y de Sus leyes, o del debido orden de las cosas? ¿Qué sabe de esa vitalidad que él mismo posee o de la que posee cualquier otro animal? Nada sabe al respecto, ni puede impartirla. Cuando hablamos de la sabiduría del hombre, ¿hasta dónde llega? Aprendemos unas pocas leyes de la naturaleza. ¿Quién dio esas leyes? ¿Quién las originó o las organizó? ¿Quién puso esas leyes eternas en la naturaleza? ¿Quién hizo, por ejemplo, que el sistema solar se moviera con esa exactitud y puntualidad, conforme a reglas y leyes precisas? ¿Quién hizo cualquiera de las partes de ese sistema, le dio su fuerza original o la sostiene en su movimiento? ¿Quién implantó en la materia sus leyes exactas y variadas? ¿Puede alguno de los eruditos y sabios de esta época hacer algo semejante, o siquiera algo que se le aproxime? ¿Quién da vida y vitalidad al hombre? ¿Se las da el hombre? Se nos dice que «espíritu hay en el hombre, y la inspiración del Omnipotente le hace entender»; pero, sin eso, ¿qué somos? Aunque nuestra organización sea completa en todas sus partes, sin el espíritu el cuerpo carece de vida, de movimiento y de animación. ¿Qué somos? En el mejor de los casos, ¿no somos sino pequeñas motas en movimiento que se desplazan por el mundo? En muchos casos estamos hinchados de orgullo por las cosas que profesamos saber, cuando en realidad nada sabemos salvo lo que Dios nos comunica, y nada podemos comprender salvo lo que Él nos manifiesta. ¿Pueden todos los filósofos de hoy hacer un grano de trigo y darle vitalidad, y mucho menos un mundo? ¿O pueden hacer una simple brizna de hierba? No es mucho pedirle a un hombre sabio, especialmente a quienes desean prescindir de Dios en Sus obras; pero ¿pueden hacerlo los más sabios de nuestros filósofos? No, ni pueden descubrir los secretos de la vida ni los impulsos que actúan sobre toda la naturaleza en sus diversas operaciones. ¿Quién gobierna el sistema planetario? El gran Dios, el mismo que hace que nuestra tierra, así como otros sistemas, giren sobre sus ejes, que provee para ellos y ha medido y establecido sus tiempos, sus estaciones y sus leyes. ¿Quién hace que la sangre circule por nuestras venas? Aquel que ha dado y sigue dando inteligencia al hombre. ¿Puede alguien señalar cualquiera de esos principios vitales y demostrar que se originaron independientemente de Dios? No, no pueden. Y así sucede en toda la creación, sin importar qué aspecto de la naturaleza se examine. Cuando el hombre descubre una ley de la naturaleza, ya sea en el reino mineral, animal, vegetal o en cualquier otro, encontrará que está regida por leyes estrictas, eternas, inmutables e invariables. Y cuando los hombres descubren eso, ¿qué averiguan? Algo que Dios ha puesto allí, algo que siempre ha existido. A veces hablamos de los grandes descubrimientos que hemos hecho. Nos referiremos al gas, por ejemplo; algunos recordamos muy bien cuando no se conocía entre nosotros el gas para fines de iluminación. ¿Quién originó los elementos de los cuales se compone? El gran Dios; y ese principio siempre existió. Hablamos de la electricidad y de los usos que pueden dársele. ¿Quién originó ese principio? «Ah, se descubrió hace unos años y nos ha resultado muy útil para comunicarnos unos con otros; mediante su uso podemos enviar hoy un mensaje de una parte del mundo a otra y estar verdaderamente en comunicación con el mundo». Pues bien, creemos haber hecho algo muy notable al descubrir algo de esa naturaleza, y en verdad es un gran descubrimiento; pero ese principio siempre existió, desde que el mundo fue formado; lo único de lo que podemos jactarnos es de haber descubierto cierto principio que antes desconocíamos; y hay otros diez mil principios más allá que todavía no hemos descubierto; pero cuando los descubramos, encontraremos que son las mismas leyes eternas de Dios. A veces esto me recuerda a un niño pequeño. Uno observa su cuerpo; viene al mundo y tiene sus facultades naturales. Con el tiempo hace un descubrimiento: descubre que tiene una mano y la mira como diciendo: «Es algo muy curioso, y he hecho un descubrimiento notable». Pues siempre tuvo una mano, pero el niño no siempre lo supo.

El hermano Penrose ha señalado aquí que todas las cosas están regidas por leyes. Así es, ya sea en el mundo material o —iba a decir— en el mundo inmaterial, pero no conocemos tal cosa; por lo tanto, diré, si les parece, el mundo espiritual. Estamos constituidos de una manera muy singular, formando una combinación de cuerpo y espíritu. Aprendemos un poco acerca de los cuerpos de los hombres, pero ¿sabemos acerca de los espíritus? Por la historia conocemos algunas cosas que ocurrieron en el pasado, pero ¿qué sabemos de las cosas que pertenecen al futuro? ¿Quién puede comprender a Dios o Sus caminos? Alguien de la antigüedad, al hablar de este asunto, dice: «Es más alto que los cielos, ¿qué harás? Es más profundo que el Seol, ¿qué sabrás?». Hay algunos aspectos destacados que Dios nos ha revelado, y hay decenas de miles de principios que no ha revelado. Aquellos principios que nos ha revelado, como todo lo demás que pertenece a las obras y a los designios de Dios, aportan un grado de certeza, seguridad, inteligencia y satisfacción que nada terrenal puede impartir. En muchos casos, los santos mismos no comprenden los «porqués» ni las «razones» de estos asuntos. Se nos enseña a obedecer ciertas leyes; se nos enseña a arrepentirnos de nuestros pecados y a recibir la imposición de manos sobre la cabeza para la recepción del Espíritu Santo. He aquí una ley que Dios ha establecido, del mismo modo que ha regulado esos otros sistemas de los cuales hablo y con los que estamos más o menos familiarizados. Tenemos electricidad a nuestro alrededor en todas direcciones. Para hacer que sirva a nuestros deseos, tenemos que utilizarla conforme a ciertas leyes. Actualmente tenemos que tender alambre, conectarlo debidamente y utilizar una batería y un aparato hecho para ese fin, a fin de transmitir nuestros pensamientos a otras personas que se encuentran a distancia; y sin prestar primero la debida atención a estos instrumentos, o a otros que quizá pudieran sustituirlos, no podríamos comunicarnos. Cuando cumplen la ley que rige este asunto, es decir, cuando levantan los postes, tienden el alambre, preparan la batería y tienen el aparato y el circuito completos, entonces pueden transmitir correctamente sus pensamientos por el alambre, mediante la electricidad, a otras personas que se encuentran a distancia. Saben que se han enviado correctamente porque pueden recibir una respuesta y, si es necesario, hacer que se repita el mensaje que enviaron. Ahora bien, el mismo principio se aplica a las demás cosas. ¿Y las personas que manejan el aparato telegráfico comprenden siempre todos los principios que lo explican? No; comparativamente, son muy pocas las que los comprenden. Sin embargo, aprenden a manejarlo mientras otra persona hace el trabajo de reflexión y prepara para ellas el aparato y los instrumentos necesarios para introducir esta forma de comunicación. Ahora bien, consideren el principio que a muchos les parece muy sencillo, relacionado con la manera que Dios ha ordenado y señalado para que el hombre llegue a conocerlo y sea introducido al conocimiento de Él y de Sus leyes. ¿Cómo es? Pues el élder sale a predicar, ¿y qué se le dice que predique? Fe en el Señor Jesucristo, arrepentimiento y bautismo para la remisión de los pecados, y la imposición de manos para la recepción del Espíritu Santo. A muchos estas cosas les parecen muy sencillas, muy sencillas; sin embargo, son cosas que Dios ha ordenado, son Sus leyes; lo fueron en tiempos anteriores y lo son en este tiempo. No podemos violarlas y recibir las bendiciones, ni puede hacerlo ningún otro pueblo; no importa quiénes sean, no pueden hacerlo. Volvamos a nuestra experiencia. Hay cientos de ustedes presentes que han recibido el Espíritu del Dios viviente; ¿cómo lo recibieron? Ustedes dicen: «Llegó un élder y lo oímos predicar; me dijo que creyera en el Señor Jesucristo y me arrepintiera de mis pecados, que él estaba autorizado para bautizarme para la remisión de mis pecados, y me dijo que, si hacía esto, después se me impondrían las manos sobre la cabeza y recibiría el Espíritu Santo». Esta es la doctrina que oyeron. Entonces tuvieron fe en Dios; se arrepintieron de sus pecados, de sus insensateces y de su iniquidad, e hicieron convenio de temer a Dios, guardar Sus mandamientos y observar Sus leyes. Después el élder los condujo al agua y dijo: «Habiendo sido comisionado por Jesucristo, te bautizo para la remisión de tus pecados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén». Luego los sepultó en el agua, los levantó y los sacó de ella. Después de hacer esto, les impuso las manos sobre la cabeza y, por esa misma autoridad, los confirmó miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y dijo: «Recibe el Espíritu Santo».

Ahora bien, cuando se reflexiona sobre ello, esa es una acción muy singular. ¿Por qué se hace así? Sale un hombre a quien Jesucristo ha dado autoridad y los bautiza para la remisión de sus pecados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Hay algo muy singular en ello. Parece muy sencillo; pero si ese hombre no tenía tal autoridad, entonces era un impostor; y si el hombre o los hombres que ordenaron a ese élder, confiriéndole este sacerdocio, no tenían autoridad para hacerlo, entonces él o ellos eran impostores; y si Dios no había dado revelación para instruir a José Smith en cuanto a estas cosas y a la manera en que debían hacerse, entonces José Smith mismo era un impostor, al igual que los apóstoles y todos los hombres que profesan tener autoridad. Estos son hechos evidentes por sí mismos. Como pueblo, no profesamos haber recibido autoridad alguna de ninguna otra fuente, de ningún hombre ni grupo de hombres, ni de ninguna iglesia u organización existente; y si Dios no la ha revelado, entonces todo ello es una falsedad y una ficción, y carece de fundamento. Aquí hay una pintura [señalando el techo] del ángel Moroni apareciéndose a José Smith y revelándole, entre otras cosas, las planchas de las cuales se tradujo el Libro de Mormón. Tenemos otra aquí [señalando a Juan el Bautista confiriendo a José Smith y a Oliver Cowdery el Sacerdocio Aarónico], y todavía otra que representa a Pedro, Santiago y Juan confiriendo a José Smith el Sacerdocio de Melquisedec. Muy bien. ¿Son verdaderas estas cosas? Hay miles de Santos de los Últimos Días que les dirán que lo saben. Volveremos a estas cosas más adelante. Pero si estas cosas no fueran así, entonces nuestra fe sería vana, estaríamos en tinieblas y oscuridad como los demás, y las cosas en las que creemos serían un espejismo y de nada podrían servirnos, ni en lo que pertenece a este mundo ni al venidero; entonces la construcción de estos templos no serviría de nada, si estas cosas fueran una ficción, y todo lo que hemos hecho y en lo que estamos ocupados no serviría de nada. Pero si son verdaderas, entonces no hay nada de tanta importancia para el mundo de la humanidad y para nosotros como la revelación de estas verdades al hombre en estos últimos días, así como nuestra relación con ellas.

Ahora bien, cuando un élder impone las manos sobre un hombre y le confiere el Espíritu Santo, le dice que lo reciba en virtud de la autoridad que se le ha conferido. ¿Qué autoridad? Pues Dios restauró la autoridad del santo sacerdocio por medio de quienes poseían las llaves de ese sacerdocio y ministran en el tiempo y en la eternidad, quienes poseyeron ese sacerdocio sobre la tierra y ahora lo poseen en los cielos. Vinieron aquí para impartirlo a los hombres, y lo restauraron a los hombres. Muy bien; siendo así, el hombre fue puesto nuevamente en comunión con su Dios; ya no se le dejó adivinar, suponer, conjeturar y pensar, sino saber. Por ejemplo, yo mismo he recorrido miles y cientos de miles de millas para predicar este Evangelio; ¿habría ido si no hubiera sabido que era verdadero? No, no lo habría hecho. No hay nada muy agradable en salir a un mundo incrédulo para afrontar los errores y los prejuicios de siglos y oponerse a las falsas teorías de los hombres, para introducir principios a los que se oponen y que rechazan la mente carnal y los corruptos de todas partes; no hay nada muy agradable ni atractivo en ser calumniado y en que su nombre sea desechado como malo, por honorable que uno sea. Esta ha sido la suerte de los élderes de esta Iglesia y es su suerte hoy, a manos de hombres que no saben de qué hablan, hombres intolerantes, supersticiosos e ignorantes; hombres que no comprenden a Dios ni Sus leyes. Pero nosotros lo sabemos, y yo conozco las verdades de las cuales hablo y doy testimonio de ello ante ustedes. Si otros no lo saben, no puedo evitarlo; he seguido el método señalado para recibir estas cosas, como ustedes han tenido que hacerlo para entrar en la Iglesia y en el reino, conforme a las leyes que Dios ha ordenado. Lo que yo he hecho, pues, lo han hecho todos los demás en esta Iglesia; y los élderes de Israel han sido impulsados por los mismos motivos, han obedecido las mismas doctrinas y ordenanzas y han administrado esas mismas ordenanzas a otras personas. Están bajo la influencia del mismo Espíritu, y comprendieron y supieron por sí mismos las cosas que proclamaban y enseñaban. ¿Se limita esto únicamente a los élderes? No. ¿A los apóstoles y presidentes? No. ¿A los setentas, sumos sacerdotes o élderes, obispos, presbíteros, maestros o diáconos? No. Esto es algo que pertenece a todos; a todos los que son Santos de los Últimos Días, a todos los que han cumplido los requisitos y de ese modo se han puesto en condiciones de recibir este conocimiento; y ustedes, los hombres que hoy están delante de mí y a mi alrededor, son testigos de la verdad de lo que digo, porque ustedes mismos recibieron el Espíritu Santo, el Espíritu de Dios que les impartió un conocimiento de los principios del Evangelio y los puso en comunión con Dios, su Padre Celestial. Y este Espíritu ha dado testimonio a nuestro espíritu, como dijo alguien de la antigüedad, de «que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo». A veces tratamos estas cosas con cierta ligereza, sin comprender apenas lo que hacemos; y a menudo pienso que nuestros propios élderes apenas comprenden el significado de la posición que ocupan cuando dicen al que cree, se arrepiente y es bautizado: «Recibe el Espíritu Santo». ¿Podemos pensar en algo, en cualquier lugar, de mayor importancia que esto que tantos de nosotros tratamos con tanta ligereza? La idea de que un hombre, humano y falible, declare a su semejante que reciba el Espíritu Santo, y que su semejante reciba ese tesoro celestial, es una de las mayores manifestaciones de la fidelidad de Dios al ratificar los actos de Sus élderes que nos es posible concebir. Él ha dicho que mediante estas ordenanzas conferiría el Espíritu Santo; también lo ha cumplido, como pueden testificar los miles que hoy me escuchan. Esto fue lo que obró en ustedes y fue el medio para traerlos aquí, a este lugar, desde muchas de las naciones de la tierra.

Algunas personas nos critican por estas cosas. Con frecuencia he dicho a los hombres que no puedo evitar tener mi fe, y estoy seguro de que ustedes tampoco pueden cambiarla; ningún hombre viviente puede controlar mi fe, porque he recibido una porción del Espíritu del Señor y lo sé; y si ustedes han recibido una porción de ese mismo Espíritu, lo saben, y no pueden dejar de saberlo; es imposible, no pueden dejar de saberlo, a menos que pequen contra Dios y, como dijo el Apóstol, contristen al Espíritu por el cual fueron sellados; entonces Él se retira de ustedes, y ya no sabrán mucho al respecto, no más de lo que saben algunos que siguen ese proceder contra nosotros. El Apóstol dijo: «No contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención»; no lo contristen, no pequen contra Dios, no violen Sus leyes, no se corrompan; no corrompan sus cuerpos, porque ¿no son, como alguien ha dicho, «templos del Dios viviente»? No permitan que sus espíritus sean contaminados y apartados de los principios correctos, sino aférrense a Dios con toda humildad, lealtad y fidelidad, observando Sus leyes y guardando Sus mandamientos. Entonces, permítanme preguntar: ¿por qué están aquí? Están aquí porque los élderes de Israel visitaron el lugar donde vivían, en esta nación o en naciones lejanas, predicando los principios del Evangelio sempiterno que había sido restaurado; y ustedes creyeron su testimonio, obedecieron el Evangelio y recibieron un conocimiento de su divinidad, y por ello vinieron aquí. Y así, los élderes, los apóstoles, los presidentes y todos los diversos pueblos y miembros, tocados por la chispa de ese fuego que mora en el seno de Dios, iluminados por ese Espíritu Santo que se promete a quienes obedecen Su ley, dejaron sus hogares, sus amigos y sus relaciones, y vinieron aquí para reunirse con los santos del Altísimo, unirse a ellos y ayudar a llevar a cabo los propósitos que Dios tiene para la familia humana. Ahora bien, en todo esto, José Smith y quienes estaban asociados con él —Oliver Cowdery, Martin Harris, Hyrum Smith, Sidney Rigdon y otros— comprendían estos principios; comenzaron esta obra, no por su propia voluntad, aunque sí, también por su propia voluntad; pero ellos no la originaron. Dios originó estos principios, y ellos fueron instrumentos en Sus manos para introducirlos. Estos hombres, habiendo sido ordenados ellos mismos, ordenaron a otros que salieron a proclamar aquella palabra de verdad que habían recibido. ¿Y por qué vinieron ustedes aquí? Porque recibieron ese testimonio, lo creyeron, lo obedecieron y recibieron el Espíritu Santo, y se asociaron con quienes creían en los mismos principios. Había algo que los impulsaba a seguir adelante; apenas sabían por qué ni cómo, pero deseaban venir a Sion. ¿Por qué? Porque viven en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, cuando Dios reunirá todas las cosas en una, y se habían introducido las llaves de la dispensación del recogimiento; y porque habían recibido de ese Espíritu y nunca se sintieron tranquilos hasta llegar aquí. Pues bien, ¿cómo fue eso? ¿Qué obró en ustedes? El Espíritu de Dios. ¿Era algo que ansiaba riqueza, posición, poder y engrandecimiento, tener un nombre grande y honorable? No; era, como al principio se les enseñó y después comprendieron, aprender cómo salvarse a sí mismos, salvar a sus progenitores y salvar a su posteridad; era para que pudieran obtener un conocimiento de las leyes de la vida, cumplir la medida de su creación y que, aunque se sintieran hombres entre los hombres sobre la tierra, pudieran, con el tiempo, mediante la obediencia a principios puros, estar entre los Dioses como un Dios, en los mundos eternos, y ser exaltados mediante el poder del Evangelio. Por eso vinieron aquí y siguen viniendo; y al estar aquí, trajimos nuestros cuerpos con nosotros. Tenemos que comer y beber, necesitamos ropa. La maldición todavía no ha sido quitada de la tierra; por lo tanto, tenemos que «comer nuestro pan con el sudor de nuestro rostro». En estos asuntos tenemos que hacer lo mismo que los demás; y al estar aquí, ¿qué sucede entonces? Pues cierto número de personas forman lo que puede llamarse una comunidad. Vivimos sobre una tierra, y esa tierra, en su condición de territorio, forma parte integrante de los Estados Unidos; y, como territorio de los Estados Unidos, necesariamente constituimos una parte integral de los Estados Unidos. Siendo hombres y teniendo cuerpos como los demás hombres, independientemente de nuestros sentimientos, pensamientos, acciones y opiniones generales, tenemos que vivir y movernos, comer, beber, ocupar granjas, casas, ciudades y tierras, y cumplir todos los diversos deberes de ciudadanos que forman parte del cuerpo político. ¿Qué más? Tenemos nuestros deberes religiosos que cumplir, y estos consisten en temer a Dios y observar Sus leyes.

¿Qué más? Construimos templos. ¿Para qué? Para administrar las ordenanzas de Dios. ¿Qué ordenanzas? Las que Dios ha revelado y de las cuales el mundo nada sabe; y si hoy tuvieran los templos ya construidos, no sabrían qué hacer con ellos más de lo que sabe aquella jarra; ni nosotros lo sabríamos si Dios no lo hubiera revelado. Ahora seguimos adelante tranquilamente, atendiendo a nuestros deberes, construyendo nuestros templos y administrando en ellos. Aquí está el hermano John L. Smith. Hermano Smith, ¿cuánto tiempo lleva usted administrando en el Templo de St. George? [Hermano Smith: Cuatro años, señor]. ¿Y por quién? ¿Por sí mismo? Sí, un poco, aunque no mucho; principalmente por otros. ¿Para el bienestar de quiénes? De los vivos. ¿De quiénes más? De los muertos; para que podamos cumplir ciertos deberes que Dios nos ha llamado a realizar, para ayudar a llevar a cabo Sus designios y propósitos. Y puesto que Dios ha tenido a bien restaurar a la tierra las llaves que poseía Elías el Profeta, quien confirió su poder a otros para hacer volver el corazón de los padres a los hijos, y el corazón de los hijos a los padres, para que los padres que existieron sobre la tierra en generaciones pasadas, nosotros que existimos ahora y nuestros hijos que vienen después de nosotros pudiéramos quedar firmemente enlazados y unidos mediante vínculos eternos que Dios ha señalado. Para que hubiera una alianza y una cooperación entre quienes están en los cielos y quienes están en la tierra; para que hubiera un principio que enlazara, uniera y ligara firmemente, por el cual el sacerdocio en los cielos y en la tierra estuviera unido para llevar a cabo los grandes designios de nuestro Padre Celestial en la salvación y redención de los vivos y los muertos, y para que pudiéramos obrar por ellos en la tierra mientras ellos obran por nosotros en los cielos. Porque está escrito que «ellos sin nosotros no pueden ser perfeccionados», ni tampoco podemos nosotros ser perfeccionados sin ellos. Así pues, nosotros obramos en nuestra parte y ellos en la suya; nosotros en la tierra, ellos en los cielos; y obran con Dios y con Jesucristo, que es el Mediador del nuevo convenio, y con los antiguos profetas y apóstoles de Dios que vivieron antes, que ministraron en el tiempo y en la eternidad, poseyendo el sacerdocio sempiterno, y que están todos interesados en el bienestar del mundo y en la exaltación del hombre.

Pues bien, ¿qué haremos ahora? ¿Seguiremos adelante con ello? Procuraremos hacerlo, con la ayuda del Señor. Algunas personas dicen que somos muy inicuos. Bueno, no creo que seamos tan buenos como deberíamos ser, ni mucho menos, pero sí creo que somos mucho mejores que ellos. Esa es mi opinión, con todas nuestras insensateces, todas nuestras debilidades y todas nuestras flaquezas. Y, bueno, no quisiera decir lo que sé de ellos. Dios lo sabe. Dejaremos eso. El Señor juzgará a los hombres por sus actos, y nos juzgará a nosotros y a todos los demás por nuestros actos.

Ahora bien, tenemos una forma de gobierno territorial. Volveré a ese asunto. ¿Qué haremos? ¿Obedecer las leyes de los hombres? Creo que eso es algo muy fácil de hacer. No hay nada muy difícil en ello; si no interfieren con nosotros en asuntos religiosos, no hay nada muy difícil en guardar las leyes del país. ¿Pagaremos impuestos? Sí. ¿Seremos leales al Gobierno? Sí. ¿Sostendremos a todos los hombres buenos y honorables que sean gobernantes? Sí, y rogaremos a Dios que los inspire con sabiduría para que sean guiados por el camino correcto. ¿Lucharemos con ellos, reñiremos con ellos, hablaremos duramente de ellos y los tergiversaremos como ellos hacen con nosotros? No, no lo haremos. A veces me resultaría muy penoso tener que decir la verdad clara y desagradable acerca de ellos, de cosas que, sin mentir, puedo decir que sé por mí mismo. Aun así, ¿intentarán interferir con nosotros? Sí. ¿Quiénes? Toda clase de personas insensatas, ignorantes, estrechas de miras, degradadas, que se revuelcan en la iniquidad y están manchadas de toda clase de corrupción; ¡y, sin embargo, nos hablan de nuestras impurezas! Tienen motivos para hablar un poco, pero no mucho. No somos lo que deberíamos ser, ni mucho menos; deberíamos ser mucho mejores de lo que somos. Ruego que Dios nos permita serlo.

Pues bien, nosotros no interferimos con ellos. ¿En la religión de quién interferimos? En la de nadie. Espero que ustedes no lo hagan; sé que yo no lo hago; si ellos están satisfechos con ella, estoy satisfecho con que la tengan. Creo que todo hombre debe ejercer libremente su juicio y su conciencia, dejando lo demás en manos de Dios. Diré a las personas la verdad; si la obedecen, bien; si no, ciertamente no las enjuiciaré ni las perseguiré por sus opiniones. Por el contrario, si alguien interfiriera de cualquier manera con la fe religiosa de alguna persona, por insensata que pudiera ser, yo sería de los primeros en salir en defensa de aquel cuyos derechos fueran atacados; no porque creyera en su religión en absoluto, sino porque mi sentido de la justicia y de la igualdad de derechos me impulsaría a hacerlo; porque, si reclamo esos derechos para mí, debo respetarlos en los demás, pues sostengo que todos los hombres tienen derecho a creer y adorar como les plazca. Y aunque hay miles de hombres nobles y honorables en esta gran nación que creen en los principios de la libertad y de la igualdad de derechos y los sostienen, hay muchísimos hombres insensatos e irreflexivos que derribarían temerariamente el templo de la libertad erigido por los padres de esta nación y proscribirían, enjuiciarían y perseguirían sin piedad a todos los que no puedan aceptar sus ideas estrechas, erráticas e infundadas.

Pero ¿no se ajustarán ustedes a sus ideas? No, yo no lo haré, con la ayuda del Señor, y el pueblo tampoco lo hará, con la ayuda de Dios. El Señor nos ha revelado la verdad, y la conocemos, y la defenderemos y la sostendremos de ahora en adelante, con la ayuda de Dios; y todos los que crean en ello, digan sí [la congregación dijo sí]. Sé que ese es el sentir de los Santos de los Últimos Días. Pero ¿interferiremos con alguien? ¡No! ¡No! No lo haremos. ¿Con su política? No mucho. Porque, aunque nos interesa el bienestar de la nación, nos importan muy poco las actuales cuestiones políticas. Sin embargo, creemos que una nación grande y magnánima bien podría permitirse dejarnos en paz, y estaríamos dispuestos a hacer nuestra la máxima del general Grant: «Tengamos paz». Pero si las personas insisten en interferir con nosotros mientras seguimos tranquilamente nuestro camino, nos defenderemos y nos protegeremos de sus ataques lo mejor que podamos, y después las dejaremos en manos de Dios. Nosotros no hemos iniciado esta obra; Dios la comenzó, no nosotros, y sencillamente procuramos llevar a cabo Su voluntad y Su ley. ¿Lo haremos? Con la ayuda del Señor, lo haremos. ¿Lucharemos contra la autoridad? No. ¿Nos opondremos a los principios de este Gobierno? No. Los sostendremos. Pero si las personas actúan insensatamente, no podemos evitarlo. Si esta nación puede soportar los resultados de la violación de los principios constitucionales, nosotros también podemos. Si derriban los baluartes de la libertad y pisotean impunemente los derechos de los hombres, no podemos evitarlo. Si hoy nos toca sufrir injusticias, mañana le tocará a otro; los retrocesos nacionales no suelen detenerse. Conviene que los estadistas se detengan a reflexionar en su proceder. Una vez abiertas las compuertas, ¿quién detendrá el torrente? Nosotros, más que nadie, querríamos salvar la nave del Estado y diríamos a estos parricidas de la nación: «¡Atrás!». Pero si actúan insensatamente y continúan haciéndolo hasta subvertir los principios de la libertad y destruir así uno de los mejores gobiernos jamás instituidos sobre la tierra, entonces, aunque todos los demás la abandonen, los élderes de esta Iglesia se congregarán en torno a la Constitución, levantarán el estandarte de la libertad que los demagogos pisotean y arrastran por el fango, y proclamarán libertad al mundo; igualdad de derechos, libertad e igualdad; libertad de conciencia y de culto para todos los hombres en todas partes. Esa no es una profecía mía; es una profecía de José Smith, y creo en ella muy firmemente. ¿Nos opondremos a ellos? No. Dejemos que sigan su propio camino, y rogaremos a Dios que frustre los designios de los hombres inicuos y, si no se arrepienten ni se apartan de sus malas obras, le rogaremos que queden atrapados en su propia trampa, presos en su propio lazo y caigan en el hoyo que cavan para nosotros. ¿Pueden orar con buena conciencia para que eso les ocurra? Ciertamente. Si los hombres cavan un hoyo para otros, no deberían quejarse si ellos mismos caen en él. Y tan cierto como que Dios vive, caerán, si perseveran en su iniquidad; y tan cierto como que nosotros permanezcamos fieles a los principios de la verdad, Dios estará a nuestro lado, y la ira del hombre lo alabará, y Él refrenará el resto; y ellos no podrán evitarlo. Porque tanto ellos como nosotros estamos en las manos de Dios, y ellos no pueden ir más allá de lo que Él les permita, ni tampoco nosotros. Y procuraremos, como amigos de esta nación y de la humanidad, hacer lo correcto y sostener todos los principios correctos, manteniendo la justicia y la igualdad de derechos para todos; cultivando la paz, respetando la ley, sosteniendo nuestras instituciones y orando para que el derecho, la justicia y la equidad prevalezcan en todo el país, y para que sean fortalecidas las manos de todos los hombres honorables a fin de preservar inviolables las instituciones que Dios ha dado a esta gran nación. Procuremos también cumplir todos nuestros deberes como padres, nuestros deberes como madres, nuestros deberes como hijos y nuestros deberes como ciudadanos de los Estados Unidos, nuestros deberes como presidentes, nuestros deberes como apóstoles, nuestros deberes como sumos sacerdotes, nuestros deberes como setentas, nuestros deberes como élderes y nuestros deberes como presbíteros, maestros y diáconos, y nuestros deberes como miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Humillémonos ante el Señor, vivamos a la luz del Espíritu de Dios, para que el Espíritu Santo que hemos recibido esté en nosotros «como una luz que brilla más y más hasta el día perfecto». Y si somos fieles, Dios estará al lado de Israel; preservará a Sus escogidos; escuchará nuestras oraciones; y, con Su ayuda, nos pondremos a trabajar para edificar Sion y establecer el reino de Dios sobre la tierra; y nosotros y nuestra posteridad nunca dejaremos de hacerlo hasta que los «reinos de este mundo lleguen a ser los reinos de nuestro Dios y de Su Cristo; y Él reine por siempre y para siempre»; y entonces, a lo largo de las interminables edades de la eternidad, entre los Dioses de los mundos eternos, nos uniremos para cantar: «La bendición, y la gloria, y la honra, y el poder, y la fuerza, y la majestad y el dominio sean atribuidos al que está sentado en el trono, y al Cordero para siempre». Así sea. Amén.

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