Las leyes de Dios y Su poder sobre toda la creación
Dios gobierna todas las cosas mediante leyes adaptadas a sus condiciones, juzga a las personas conforme a la luz que reciben y manifiesta Su poder sobre la creación y la vida humana.
El hombre será juzgado por la ley—Se ha dado una ley a todas las cosas—La ley de la gravitación—Cómo varía con la distancia—La ley de proyección—La ley de las formas elípticas que tienen la misma duración del año—La ley de la velocidad orbital—Sus variaciones según la distancia—Una sabia adaptación—La selección inteligente de las leyes—Las leyes de la naturaleza contrarrestadas
por el élder Orson Pratt, pronunciado en el Tabernáculo de Salt Lake City, el domingo 8 de agosto de 1880, por la tarde.
Volumen 21, discurso 26, páginas 232-240
Lo que hemos oído desde este estrado esta tarde, así como en ocasiones anteriores, tendremos que afrontarlo de nuevo en el gran día del juicio. Tenemos a varios escribientes en la mesa que están anotando todo lo que se dice. Sin embargo, estos no son los únicos escribientes. Hay otros detrás del velo que registran los discursos de los siervos de Dios; quedan anotados allí, y los libros serán abiertos en algún tiempo futuro. Todas las amonestaciones que se han dado a los Santos de los Últimos Días y al mundo volverán a presentarse en el juicio, al debido tiempo del Señor; y se nos requerirá rendir cuentas de si hemos sido obedientes a esas amonestaciones o si hemos sido desobedientes. El Señor es un Ser consecuente en todas Sus obras. No condenará a los hijos de los hombres por no recibir algo que desconocían; pero, si son condenados, será por rechazar algo que habían comprendido o algo que podrían haber comprendido si hubieran aprovechado la oportunidad. Serán juzgados conforme a la ley, conforme al testimonio y conforme a lo que está escrito en los libros sagrados. Los registros del cielo serán abiertos. También serán abiertos los registros que se llevan por autoridad divina sobre la tierra. Se presentarán las pruebas y los testimonios; y todo hombre y toda mujer que sea condenado en el gran día del juicio será condenado conforme a la ley, conforme al testimonio, conforme a las pruebas, conforme a la luz que se le haya dado y conforme a los hechos realizados en el cuerpo.
El Señor es un Ser que ha dado leyes a todas las cosas, y ha adaptado esas leyes a la condición y las circunstancias de todas ellas. Todos los agentes, los agentes libres que tienen luz y conocimiento para saber cómo actuar y cómo discernir el bien del mal, serán juzgados conforme a una ley. No se les obliga a obedecer la ley que oyen, sino que pueden actuar conforme a su albedrío, ya sea obedeciendo o desobedeciendo, y recibir las bendiciones de la obediencia o los frutos de la desobediencia. El Señor ha dado muchísimas leyes además de las que ha dado a los agentes libres o a los seres inteligentes; pero difieren en su naturaleza según la condición y las circunstancias de los materiales a los que se dan estas leyes. Vean una revelación sobre estas leyes dada el 27 de diciembre de 1832, en Doctrina y Convenios, páginas 305 a 310. En aquellos días esta revelación se llamaba la “Hoja de Olivo”. En ella, el Señor nos informa que “él ha dado una ley a todas las cosas, mediante la cual se mueven en sus tiempos y estaciones”. Estas leyes dadas a los materiales de la naturaleza generalmente se obedecen. No parece haber albedrío por parte de estos materiales, hasta donde lo comprendemos naturalmente; al menos, si existe albedrío, parece ser muy obediente en lugar de desobediente. Por eso, cuando Él promulga una ley para gobernar los materiales de la creación, parece que la ley se obedece; al menos no sabemos de ninguna desobediencia. Casi parecería que estos materiales actúan por obligación y que realmente están forzados a actuar como lo hacen. Sin embargo, hay algunas declaraciones en esta misma revelación que parecen indicar que existe cierto grado de inteligencia aun en estos materiales. Leemos que “la tierra cumple la ley de un reino celestial, porque llena la medida de su creación y no traspasa la ley”. Esto parecería indicar que hay algo relacionado con la tierra misma por lo cual posee albedrío; y que, por ejercer su albedrío y guardar la ley, será coronada con gloria celestial. Los materiales de los cuales está formada nuestra tierra también son gobernados por leyes. No solo la tierra como mundo organizado, sino los materiales mismos son gobernados por leyes. Estas leyes fueron dadas por Dios; y al investigar las leyes, no meramente las de la naturaleza, sino las leyes de Dios, cuanto más comprendemos las leyes por las cuales son gobernados los materiales, más entendemos las leyes de Dios y Sus obras en el universo.
La tierra parece seguir un curso continuo. Tiene una órbita. No se desvía de ella a menos que actúe sobre ella alguna otra fuerza que pueda causar ciertas fluctuaciones o desviaciones de su trayectoria aparentemente señalada. Algunos, al reflexionar sobre esto, podrían decir que la tierra está obligada a seguir ese curso. No lo sé; no estoy tan seguro. Creo que, si pudiéramos ver un poco más allá, comprenderíamos que, unido a los materiales de la tierra, hay un principio viviente, un principio, además, que actúa conforme a ciertas leyes, inteligentemente y no a ciegas; y que nuestra tierra, al recorrer su curso y seguir la trayectoria señalada, lo hace conforme a la ley, tanto como nosotros cuando vamos y somos sepultados en las aguas del bautismo. Procedemos conforme a la ley y obtenemos una bendición; lo mismo hace la tierra cuando sigue el curso que se le ha señalado. “Dios ha dado una ley a todas las cosas, mediante la cual se mueven en sus tiempos y estaciones”. Sabemos que todos estos grandes movimientos que observamos en el universo que nos rodea se realizan conforme a ciertas leyes que la humanidad, en algunos casos, ha podido descubrir mediante la inteligencia que Dios le ha dado. Por ejemplo, vemos una fuerza en acción cuando levantamos una piedra del suelo y la sostenemos en las manos; en el momento en que la soltamos, cae a la tierra. ¿Qué hace que caiga? Los filósofos les dicen que “cae conforme a una ley de la naturaleza”. Pero ¿quién es esa naturaleza que dio esa ley? ¿Por qué caen los cuerpos materiales? ¿Por qué no permanecen inmóviles, suspendidos en el aire o en el vacío? ¿Por qué tienen la tendencia a acercarse al centro de la tierra? Porque hay una fuerza que los atrae hacia ese centro. ¿Qué es esa fuerza? Los científicos la han llamado gravitación; pero el nombre no explica la fuerza. Tenemos la certeza de que existe una fuerza central y de que esa fuerza actúa conforme a determinada ley. Ahora bien, si tomaran un cuerpo material, por ejemplo, una piedra, y lo llevaran a cuatro mil millas sobre la superficie de la tierra y lo soltaran, en un segundo solo caería la cuarta parte de la distancia que cae aquí, cerca de la superficie terrestre. ¿Por qué no cae con la misma velocidad allá arriba que aquí? Porque la ley que Dios ha dado con respecto a estos materiales varía en la intensidad de su fuerza según cierta ley de la distancia respecto a la fuerza central. Cerca de la superficie terrestre, un cuerpo cae unos dieciséis pies y una pulgada en un segundo. Si lo elevan cuatro mil millas, solo caerá unos cuatro pies en un segundo. Esto se ha demostrado por la acción de la tierra sobre la luna, que está casi sesenta veces más lejos del centro de la tierra que nosotros. La luna solo cae hacia la tierra aproximadamente una dieciochoava parte de una pulgada en un segundo, lo cual es unas tres mil seiscientas veces más lento de lo que caería una piedra u otros cuerpos en la superficie terrestre. Así se ve que esta fuerza de gravitación disminuye en intensidad conforme a una ley fija que depende de la distancia al centro de la tierra. Esta ley fue descubierta por Newton. Se sabe, sin lugar a controversia, que si nos alejamos hasta el doble de la distancia a la que estamos del centro de la tierra, los cuerpos pesarán dos por dos veces menos de lo que pesan aquí. Si nos alejamos hasta tres veces nuestra distancia actual, los cuerpos pesarán tres por tres, o nueve veces menos que si se pesaran aquí. A diez veces la distancia, el peso sería diez por diez veces menor que aquí. A sesenta veces nuestra distancia del centro de la tierra, que es la distancia de nuestro satélite, los cuerpos pesarían hacia la tierra sesenta por sesenta veces menos de lo que pesan aquí; pero sesenta por sesenta son tres mil seiscientos; es decir, una libra pesaría tres mil seiscientas veces menos si se llevara a la órbita de la luna que aquí.
En el lenguaje de los matemáticos, “la intensidad de la fuerza de gravitación varía inversamente al cuadrado de la distancia entre los centros de gravitación”. Esta ley es indudablemente universal en su acción y se extiende a todo el universo visible.
Esta ley, combinada con los movimientos orbitales, es necesaria para la estabilidad de los mundos que giran en el espacio. Sin ella, sistemas y más sistemas pronto se precipitarían hacia la destrucción. Si se supusiera cualquier otra ley de intensidad distinta de la que existe ahora, pronto sobrevendría una ruina irreparable. De entre la infinidad de leyes de intensidades variables dependientes de las distancias, se ha escogido la única que puede dar estabilidad a todos los sistemas del espacio. ¿Quién hizo esta elección llena de sabiduría? ¿Escogió la materia ciega sus propias leyes? ¿O un Ser omnisciente y todopoderoso impartió estas leyes, escogiendo de entre una infinidad de intensidades de fuerza la única ley de intensidad variable que daría estabilidad a la gran maquinaria del universo?
Algunos nos dirán que esta curiosa ley es simplemente una ley de los materiales, que Dios no tuvo nada que ver con ella. Pero yo lo niego. Digo que Dios es el Autor de esta ley; y si no fuera por esta disposición infinitamente sabia, no existiría tal cosa como que una partícula de materia fuera atraída hacia otra; y una piedra, al soltarse de la mano, permanecería donde fue liberada.
También vemos nuestro mundo, la tierra sobre la cual se nos permite vivir y existir, recorrer su trayectoria alrededor del gran centro del sistema solar una vez cada trescientos sesenta y cinco días y una fracción de día; ha continuado en esta trayectoria no solo durante unos pocos siglos, sino durante miles de años; o, en otras palabras, ha seguido este curso conforme a alguna ley invariable. Sea cual sea esa ley, Dios la ha decretado, porque Él ha establecido la “ley que se ha dado a todas las cosas, mediante la cual se mueven en sus tiempos y estaciones”.
Esta tierra no gira alrededor del sol una vez al año en una órbita circular, sino en una órbita alargada y elíptica. Ahora bien, es tan fácil hacer que un cuerpo gire alrededor del sol en una elipse como en un círculo. Por ejemplo, si nuestra tierra, cuando se encuentra a su distancia media del sol, fuera proyectada con su velocidad media actual en una línea perpendicular a la línea que une la tierra y el sol, describiría un círculo perfecto alrededor de aquel astro. Pero si la proyección se desviara del ángulo recto un poco menos de un grado, tomaría la misma forma de órbita que tiene ahora, siempre que fuera proyectada con la misma velocidad media que tiene actualmente. Además, si esta misma tierra fuera proyectada, a su distancia media del sol, en una línea que formara un ángulo de setenta grados, treinta y un minutos y cuarenta y cuatro segundos de arco, en lugar de noventa grados, como en el ejemplo que acabo de mencionar, la forma de la órbita cambiaría mucho: la distancia al sol, en el punto más cercano, sería de solo sesenta y un millones de millas; y seis meses después la distancia se habría duplicado, es decir, sería de ciento veintidós millones de millas. En estas circunstancias, el sol, en el punto más cercano, parecería cuatro veces más grande que a la distancia del afelio.
Ven, pues, con cuánta facilidad el Señor, al variar el ángulo de proyección, podría causar una gran diferencia en la excentricidad de una órbita elíptica sin alterar la distancia media ni acortar o alargar el año. El año seguiría siendo el mismo, sin variación alguna en su duración, si la tierra girara en una elipse de la clase que acabo de mencionar. Además, si se quisiera que la tierra se acercara tanto al sol que casi rozara su borde y aun así conservara inalterada la duración de nuestro año, a nuestros estudiantes universitarios avanzados no les llevaría mucho tiempo determinar el ángulo de proyección que debería tener la tierra para apenas rozar el borde del sol en el perihelio y regresar en una elipse casi equivalente a una línea recta, siempre que fuera proyectada a la distancia media que tenemos ahora y con su velocidad media actual; y el año sería exactamente el mismo que ahora. Menciono estas cosas para mostrarles cómo el Señor, mediante una pequeña desviación, puede diseñar una gran variedad de órbitas en las cuales los mundos pueden girar conforme a la ley; porque todas estas cosas se hacen conforme a la ley; y si fueran realmente proyectados, como nosotros impulsamos una bala de cañón, todo lo que el Señor tendría que hacer sería decretar la forma de la órbita elíptica cuyo recorrido durara un año, y de inmediato se conocería el ángulo de proyección.
Esta es una ley, y el Señor es su Autor. No es una ley de la naturaleza. No es una ley de materiales ciegos que no tienen conocimiento ni vida unidos a ellos, ni dentro de ellos ni a su alrededor.
He estado hablando de cuerpos proyectados en diferentes ángulos y a la distancia media de nuestra tierra respecto al sol. Pero ahora vayamos aún más lejos en el espacio. Podemos ir hasta la órbita de Júpiter, aproximadamente a cuatro veces nuestra distancia del sol. ¿Hay alguna ley de proyección o alguna ley de velocidad que haga que los cuerpos giren en órbitas a cuatro veces nuestra distancia del sol? Sí. ¿Cuál es la ley? No deben tener la misma velocidad que nosotros. A cuatro veces esa distancia deben tener solo la mitad de la velocidad orbital media de nuestra tierra; y si se les diera más de la mitad de esa velocidad, disminuiría la distancia media de la órbita por debajo de cuatro; si se les diera menos, aumentaría esa distancia media por encima de cuatro; pero si se les diera exactamente la mitad de la velocidad que tiene nuestra tierra, conservarían su órbita en un círculo o en cualquier clase de elipse a esa distancia media. ¿Hay alguna ley que gobierne esta velocidad según la distancia al sol? Sí. ¿Cuál es la ley? Según las expresiones matemáticas, “la velocidad varía inversamente a la raíz cuadrada de la distancia”. Pues bien, dice alguien, eso no nos informa de nada. No sabemos qué quiere decir con inversamente ni qué quiere decir con la raíz cuadrada, porque no todos hemos estudiado suficiente aritmética para comprender las raíces y las potencias de los números. En respuesta diré que es algo muy sencillo para todos los estudiantes avanzados de aritmética. Permítanme decir unas palabras más acerca de esta ley, porque también es una ley de Dios. Por ejemplo, diremos que la tierra recorre en su órbita cierta distancia en un segundo, que llamaremos distancia unitaria, o dieciocho millas por segundo; llamaremos uno a esa distancia. Nos alejamos hasta cuatro veces la distancia que separa nuestra tierra del sol y tomamos la raíz cuadrada de cuatro. Pero alguien pregunta: ¿Cómo se obtiene la raíz cuadrada de cuatro? Un número que se multiplica por sí mismo, digamos dos por dos, da cuatro; entonces dos es la raíz cuadrada de cuatro, es decir, es la raíz cuadrada directa, no la inversa. Pero ahora ponen este número dos debajo de una línea y colocan el número uno encima —así: 1/2—, y esa fracción es la raíz cuadrada inversa de cuatro. Por tanto, a los cuerpos que están cuatro veces más lejos del sol que nosotros hay que darles la mitad de la velocidad que tiene nuestra tierra. A nueve veces nuestra distancia del sol, la velocidad orbital será solo la tercera parte de la nuestra, porque un tercio es la raíz cuadrada inversa de nueve. Del mismo modo, a dieciséis veces la distancia, la velocidad orbital es la cuarta parte de la nuestra. A veinticinco veces la distancia, la velocidad orbital será la quinta parte, y así sucesivamente a cualquier distancia.
Aquí, pues, hay una ley regular de la velocidad; y pueden extenderla a cualquier distancia que deseen dentro del sistema solar.
Ahora bien, ¿quién decretó esta velocidad? ¿Se reunieron los materiales inconscientes de la naturaleza y se pusieron a considerar este asunto? Aquí hay leyes que se ejecutan con gran inteligencia; una inteligencia, además, que no fue comprendida durante varios miles de años anteriores a la época de Newton. No tenemos noticia de que las naciones más civilizadas de la tierra tuvieran idea alguna de la ley de la velocidad que depende de la raíz cuadrada inversa de la distancia. Sin embargo, esta ley existía, la comprendiera el hombre o no; no importaba que las naciones fueran ignorantes en cuanto a este asunto; la ley existía y actuaba durante épocas enteras sin que los mortales la percibieran.
Los Santos de los Últimos Días dicen que el Señor de los Ejércitos, que nos ha dado leyes adaptadas a nuestra condición como agentes libres, también ha dado leyes a estos mundos materiales, mediante las cuales actúan y son preservados para un propósito grande, sabio y bueno: sostener a incontables miríadas de seres animados que, mediante muchas otras leyes, están adaptados a estos mundos y disfrutan de la vida en ellos. Hemos estado hablando de la ley infinitamente sabia de la velocidad de los planetas. Pero esta ley no preservaría nuestro universo en su hermoso orden actual si la ley de la gravitación no fuera exactamente como es. Decimos que la ley de la gravitación actúa inversamente al cuadrado de la distancia. Ahora bien, ¿por qué no varía según el cubo de la distancia? ¿Por qué no varía inversamente a la cuarta potencia de la distancia o a alguna otra ley de la distancia? Porque todas estas otras leyes llevarían al sistema inmediatamente a la destrucción; no podría sostenerse. Solo hay una ley entre un número infinito de leyes que podrían escogerse que preservaría el sistema en su hermoso orden actual, y es la ley del inverso del cuadrado de la distancia. ¿Quién dio esta ley a los materiales para que tuvieran esta fuerza de atracción? El Libro de los Convenios nos dice que “Dios ha dado una ley a todas las cosas, mediante la cual se mueven en sus tiempos y estaciones”; pero si hubiera dado una ley diferente de la que he mencionado en cuanto a la gravitación, todo el sistema, en un período muy breve, quedaría reducido a una masa caótica, sin vida e inanimada, que existiría sin propósito y no cumpliría ningún designio ni fin. Toda esta infinita ruina de mundos sería el resultado necesario de escoger una ley imprudente, distinta de la que rige ahora entre los materiales que ejercen gravitación.
La ley de la velocidad debe estar exactamente adaptada a la ley del inverso del cuadrado de la fuerza de atracción. ¿Quién hizo esta adaptación? ¿Se dotaron los materiales a sí mismos de estas dos leyes? ¿Percibieron que ninguna otra ley haría que el universo fuera estable o duradero? O, por el contrario, ¿hay un Gobernante omnisciente y todopoderoso que somete todas las cosas al dominio de leyes, sabias en su acción, poderosas en su naturaleza, y que preservan la gran maquinaria del universo en la más perfecta armonía en el funcionamiento de todas sus partes?
Por tanto, debe haber existido alguna gran inteligencia suprema que organizó estos mundos y les dio leyes de fuerza de atracción y velocidades ajustadas, y así produjo las órbitas armoniosas que tenemos, las cuales se conservarán, a menos que alguna fuerza externa interfiera en ellas, durante miles de años venideros.
Podríamos continuar y hablar de muchísimos otros principios relacionados con estas leyes, pero pasemos ahora a las leyes dadas a los seres inteligentes. Dios ha dado leyes a lo que podría llamarse la naturaleza inteligente; pero permítanme decir que lo que se denomina naturaleza inteligente a veces se llama, en esta misma revelación de la cual he estado leyendo, un espíritu o, más bien, un poder que “está en todas las cosas, y por medio de todas las cosas, y alrededor de todas las cosas, y es la ley por la cual se gobiernan todas las cosas”. Es, pues, un poder inteligente que se extiende a través de cada partícula o átomo, sobre ellos o a su alrededor; y estos átomos actúan conforme a la ley que se ha decretado y no se apartan de ella a menos que se lo mande la misma autoridad que dio la ley. El mismo Ser que dio a los materiales la ley conforme a la cual actúan puede contrarrestar esa ley. Lo hizo cuando Eliseo hizo flotar el hierro. Leemos que, mientras uno cortaba un madero, la cabeza del hacha cayó al agua. El hombre se preocupó mucho porque el hacha era prestada. “Y el hombre de Dios dijo: ¿Dónde cayó? Y él le mostró el lugar. Entonces cortó él un palo y lo echó allí; e hizo flotar el hierro”. Ahora bien, ¿qué hizo que el hacha subiera en el agua? El mismo Ser que dio la ley de la gravitación que hizo que el hacha se hundiera contrarrestó esa ley e hizo que flotara. El mismo Ser que dio la ley de la gravitación universal puede contrarrestarla. Lo hizo en muchas ocasiones en tiempos antiguos. Dividió el mar Rojo para permitir que pasaran los israelitas. El agua se mantuvo levantada como muros, en un gran montón, no durante unos pocos segundos o minutos, sino el tiempo suficiente para permitir que los israelitas llegaran al otro lado del mar. Ahora bien, ¿qué contrarrestó esta ley de la naturaleza? ¿Qué hizo que este elemento acuoso, que tiende a extenderse y descender hasta su propio nivel, permaneciera levantado en un montón, casi como un cuerpo sólido? El mismo Ser que dio la ley que gobierna las propiedades fluidas del agua puede contrarrestar esa ley para hacer que el agua permanezca amontonada. Dios es el gran Autor de toda ley y es tan capaz de contrarrestar una ley como de mantenerla. Si retirara el mandamiento de que los materiales atraigan a todos los demás materiales; si dijera a la materia: “Ya no te requiero que actúes conforme a esa ley”, no encontrarían a la tierra recorriendo una órbita alrededor del sol. No habría vínculo de unión que mantuviera las cosas en su lugar apropiado; todo quedaría abandonado a sí mismo. Si Dios retira Su ley o da un mandamiento contrario, será obedecido, porque tiene el poder de dirigir así; y la inteligencia que rodea a estos materiales, el espíritu que está en todas estas cosas y las penetra, comprendería el mandato y actuaría en consecuencia. Del mismo modo, el Señor sana a los enfermos. Ha hecho los tabernáculos de los hijos de los hombres y los ha organizado conforme a una ley, de manera que cada parte del organismo humano está adaptada a todas las demás. La sangre fluye por las arterias y por las venas, y cada parte desempeña sus funciones apropiadas. Cuando alguna parte de este ser tan maravillosamente construido o, en otras palabras, de esta máquina casi perfecta, se altera o deja de funcionar debidamente, el mismo Ser que formó al hombre en el principio, con todos sus diferentes órganos, músculos, tendones y piel, puede fácilmente repararlo o regularlo, y hacer que cada parte funcione en perfecta armonía con todas las demás, a fin de comunicar salud, vida y vigor a toda la maquinaria. Ciertamente pensarían que una persona no era muy hábil en su oficio si, después de haber construido un hermoso reloj que hubiera funcionado durante varios años y luego se hubiera averiado, al acudir a ella para que lo reparara respondiera que no podía hacerlo; probablemente dirían: “Usted lo hizo en el principio; ciertamente debería saber qué le ocurre, y puede repararlo y devolverlo a su buen funcionamiento”. Lo mismo sucede con el Señor. Cuando nuestra maquinaria humana deja de funcionar debidamente, Él lo comprende todo; y es el mejor médico al que se puede acudir, y también se puede acudir a Él sin dinero y sin precio. Comunica a esta maquinaria Su Santo Espíritu, que circula por todo el cuerpo y promueve la salud y la fortaleza de la persona. Pero ¡cuán propensos somos a acudir a médicos inferiores! En cuanto algo aqueja a este tabernáculo mortal, se oye el clamor: “Oh, madre”, o “esposo, ¿mandarás llamar al médico? Mi hijo está muy enfermo y necesitamos al médico”. Así sucede a veces con quienes se llaman Santos de los Últimos Días, pero deberían avergonzarse de no honrar el nombre que han tomado sobre sí. El Señor ha dispuesto que, cuando estén enfermos, recurran a la sencilla ordenanza de la imposición de manos o de la unción con aceite por Sus siervos en el nombre de Jesucristo. En esta ordenanza hay más poder que en toda la capacidad médica del mundo; porque hay muchas enfermedades que desconciertan la habilidad de los médicos más sabios, mientras que mediante la imposición de manos de los siervos de Dios —no en su propio nombre, sino en el nombre de Jesucristo—, conforme a las instrucciones dadas en las Escrituras, tenemos la promesa de que serán sanados, es decir, si no están señalados para morir.
Aquí, pues, hay otra ley de Dios; y podríamos continuar y mencionar casos del poder sanador: la curación del cojo, del ciego y del sordo, o la eliminación de fiebres del cuerpo y la restauración de huesos quebrados. Ahora bien, tenemos muchos testimonios, especialmente entre nuestros hermanos de Gales, donde, en las minas de carbón en las que trabajaban, han sido aplastados, por así decirlo, hasta que muchos huesos de sus cuerpos quedaron quebrados, a tal grado que se suponía que solo podrían vivir unas pocas horas a lo sumo; sin embargo, mediante la imposición de manos de los siervos de Dios, tenemos el testimonio de muchos testigos de que aquellos huesos se juntaron, haciendo un ruido semejante al crujido de una cesta al ser aplastada, y quedaron colocados en su forma apropiada; y las personas recuperaron la salud y quedaron sanas. ¿Podrían haber logrado esto algunas hierbas, algún mineral o los médicos? No. ¿Quién lo logró? El Señor Jesucristo, por medio de Sus siervos, mediante la imposición de manos, conforme a Su mandamiento. ¿Lo hizo conforme a la ley? Sí, porque todas Sus obras se realizan conforme a ciertas leyes que Él ha establecido; y si tuviéramos la misma sabiduría que Él, podríamos ver la acción del Santo Espíritu sobre los huesos quebrados; podríamos ver la circulación de ese Espíritu al reunir aquellos huesos; podríamos ver la acción de ese Espíritu al aliviar el nervio óptico para dar vista al ojo. Si pudiéramos ver la acción de ese Espíritu y después comprender mediante qué poder obra, estas cosas no serían un milagro para nosotros. Dios no está limitado a estas leyes que se llaman las leyes de la naturaleza. Tiene un número infinito de leyes y puede obrar conforme a cualquiera de ellas que esté debidamente adaptada a las circunstancias, para llevar a cabo Sus propósitos justos y Sus sabios designios conforme a Su propia buena voluntad y complacencia. Amén.



























