Diario de Discursos – Journal of Discourses V. 21

La unidad de las dispensaciones y la edificación de Sion

Dios ha restaurado en la dispensación del cumplimiento de los tiempos el Evangelio, las llaves del sacerdocio y las ordenanzas necesarias para unir a vivos y muertos y preparar a Su pueblo para edificar Sion.
Los grandes principios de la verdad enseñados por revelación a los antiguos y también a los santos de nuestros días

por el presidente John Taylor, pronunciado en el Tabernáculo de Ogden, el domingo 21 de marzo de 1880.
Volumen 21, discurso 27, páginas 241-256


Me complace tener la oportunidad de estar hoy con los santos de este lugar. Vine para asistir a su reunión de la Primaria de los niños; y, puesto que estaba aquí, pensé que me quedaría el domingo y hablaría un poco a los padres y a las madres. Y quisiera señalar, como todos ustedes generalmente comprenden, que no tenemos nuestros discursos preparados de antemano ni trazados de manera particular. Nuestra intención es presentarnos ante el pueblo y buscar la influencia del Espíritu del Señor, para que se comuniquen cosas que sean provechosas e interesantes para quienes escuchan. Por tanto, cuando nos reunimos en una asamblea como esta, todos nosotros, tanto el que habla como el que escucha, debemos sentir que estamos en las manos de nuestro Padre Celestial y procurar la ayuda de Su Santo Espíritu, para que el orador hable correctamente y con entendimiento, de una manera que contribuya al bienestar del pueblo, y para que las personas mismas también estén preparadas para recibir lo que se comunique.

Ocupamos una posición peculiar sobre la tierra en la actualidad, quizás un poco diferente de la de cualquier otro pueblo que haya existido sobre ella: nuestros pensamientos, nuestras ideas, nuestros principios, nuestra organización, nuestras doctrinas, nuestras ordenanzas y todo lo relacionado con nuestros asuntos religiosos son diferentes de los de otras personas; y es nuestra opinión, y no solo nuestra opinión, sino una certeza —de hecho, para muchísimos Santos de los Últimos Días constituye un conocimiento—, que las influencias y los principios que hemos recibido nos han sido comunicados por el Todopoderoso. Nosotros no originamos los principios en los que creemos; tampoco lo hicieron José ni Hyrum Smith, ni el presidente Brigham Young, ni los Doce; tampoco ninguna persona ni pueblo vinculado al sacerdocio o a la organización de la Iglesia en la actualidad. Creemos que estas cosas nos han sido comunicadas por el Señor; que están en estricta armonía con principios que han existido anteriormente, hasta cierto punto, aunque con esta diferencia: en las diversas dispensaciones que han existido sobre la tierra desde su formación, cada una ha tenido su función particular que cumplir, con ciertos deberes que correspondía atender a quienes obraban en ella. Vivimos en la dispensación que se llama de manera enfática la dispensación del cumplimiento de los tiempos, de la cual se nos informa en las Escrituras que ha sido anunciada “por boca de todos sus santos profetas desde que comenzó el mundo”; y, siendo así, la dispensación en que vivimos necesariamente abarca todo lo que contenía cualquiera de las demás dispensaciones que han existido en todas las épocas anteriores a la nuestra; y, por consiguiente, podemos esperar razonablemente que toda organización, manifestación, revelación o comunicación que haya venido de Dios a la familia humana en sus respectivas épocas y dispensaciones esté incorporada en esta. Por tanto, en algunos aspectos, como dije antes, la dispensación o el tiempo en que vivimos difiere en muchos detalles de aquellos en que Dios se ha comunicado con el hombre.

Tenemos, por ejemplo, lo que se llama la dispensación patriarcal, que existió antes y después del Diluvio. Y aquellos patriarcas y hombres de Dios que vivieron en esas épocas remotas se comunicaban con el Todopoderoso y también tenían el Evangelio. Y no solo recibían revelaciones referentes a su propio día y época, sino también acerca del futuro. Por eso se nos dice que Adán, tres años antes de su muerte, reunió a muchos de los de su pueblo y a las principales autoridades del santo sacerdocio, los bendijo y, estando lleno del Espíritu Santo, predijo todo lo que acontecería a su posteridad hasta la última dispensación, incluidos todos los acontecimientos principales que sucederían en las diferentes épocas, hasta la escena final relacionada con esta tierra nuestra; abarcando las cosas que se han dado y que han de darse a conocer en esta dispensación presente. Y, de hecho, se nos dice que esta dispensación ha sido anunciada “por boca de todos sus santos profetas desde que comenzó el mundo”. Por tanto, necesariamente debe haber estado relacionada con las enseñanzas de Adán, Set, Enoc, Matusalén, Noé, Abraham, Moisés y muchos otros personajes destacados que se comunicaban con el Señor y a quienes se revelaron Sus propósitos y designios en los días en que vivieron. Muchas personas escucharon los principios de la verdad en su época. Enoc fue un hombre notable y tuvo una misión especial para el pueblo de sus días; estaba lleno del espíritu de profecía y revelación; también tenía una organización de la Iglesia como la nuestra, hasta cierto punto, y predicaba al pueblo y lo prevenía acerca de ciertos acontecimientos que sucederían sobre la tierra. Y los inicuos se enojaban con ellos, como a veces se enojan con nosotros; no les agradaban sus enseñanzas ni sus obras, y conspiraban contra ellos, y grandes multitudes de sus enemigos se reunieron con el propósito de destruirlos. Y Enoc fue investido con el poder, el espíritu y la revelación de Dios. Y mientras estaba bajo la inspiración del Todopoderoso, pronunciaba sus profecías, y sus enemigos y el pueblo en general temblaban ante el poder de sus palabras; y la tierra se sacudía, y las personas huían lejos de su presencia y no podían hacerle daño, porque Dios estaba con él. Y Enoc, mediante las labores unidas de los élderes de su época, congregó a las personas que escuchaban sus palabras y creían en el mensaje que se les había enviado, de la misma manera en que ustedes han sido congregados. Edificaron una ciudad que fue llamada Sion; y las personas que la habitaban estuvieron bajo la inspiración del Señor durante muchísimos años, recibiendo instrucción, guía y dirección de Él. Y finalmente, a medida que la iniquidad crecía y aumentaba, y el testimonio se extendía entre ellos, los buenos, los virtuosos, los honorables, los puros y quienes deseaban temer a Dios y obrar con rectitud se reunieron y constituyeron la ciudad de Sion; y los demás se volvieron más corruptos. Y Enoc y sus hermanos profetizaron al pueblo acerca de las calamidades que le sobrevendrían, que el mundo sería destruido por un diluvio; y se hicieron preparativos para la continuación de la familia humana, y se dio a conocer a Matusalén que su descendencia sería el medio por el cual se perpetuaría la familia humana sobre la tierra. Y Matusalén deseaba tanto que esto se cumpliera que ordenó a Noé, su nieto, hijo de Lamec, cuando este tenía diez años.

Aprendemos que las personas llegaron a ser tan corruptas que “todo designio de los pensamientos de su corazón era de continuo solamente el mal”; y se nos dice que al Señor incluso le pesó haber hecho al hombre. Pero los siervos de Dios salieron a predicar el Evangelio de vida y salvación a ese pueblo inicuo y les advirtieron de la destrucción que sobrevendría a la tierra. Antes de que ocurriera esta gran calamidad, Enoc y su ciudad fueron trasladados.

El poder de ser trasladado era un principio que existía en la Iglesia en aquella dispensación. Hay algo muy particular en estas cosas. Algunas personas que no pertenecen a la Iglesia podrían preguntarme de dónde obtuve mis pruebas. A los Santos de los Últimos Días les diría que lo sabemos por revelación. “No creemos eso”, dicen algunos. No podemos evitarlo. Ahora estoy hablando a quienes sí lo creen, a quienes creen en Dios y creen en la Biblia, en el Libro de Mormón y en Doctrina y Convenios, y que creen en las revelaciones que el Señor ha dado y en las que continúa comunicando. A esas personas les hablo hoy sobre estos puntos.

La Biblia no nos da una historia muy extensa de estos asuntos; de hecho, es muy, muy breve. Al referirse a aquel gran hombre, Enoc, nos dice que desapareció porque Dios se lo llevó, y eso es todo. Es una historia muy corta para un asunto tan importante.

Después vino el Diluvio, que fue una terrible calamidad que sobrevino a los habitantes de la tierra; y fueron barridos conforme a la profecía, talados de la tierra, privados de la vida y de la existencia, y encerrados en prisión.

Después de algunos miles de años vino Jesús, relacionado con otra dispensación. Y cuando apareció sobre la tierra, terminó Su ministerio, padeció en la carne y fue vivificado en el espíritu, “fue y predicó a los espíritus encarcelados”, quienes, como se declara, “en otro tiempo fueron desobedientes” en los días de Noé. Así, miles de personas que habían sufrido la ira de Dios durante tanto tiempo tuvieron la oportunidad de escuchar los principios del Evangelio en otra dispensación que Jesús vino a proclamar. Y cuando terminó Su misión sobre la tierra entre los vivos, fue entonces a predicar a quienes habían muerto y, bien podría decir, habían estado condenados durante tantos años. ¿Y cuál era la misión especial que tenía que proclamar? Vino “a predicar el evangelio a los pobres, a abrir los ojos de los ciegos, a poner en libertad a los que estaban atados, y a predicar el año agradable del Señor y el día de venganza de nuestro Dios”. Esa era parte de Su misión; sin embargo, la totalidad de Su misión todavía no se ha cumplido. Pero vino a libertar a los prisioneros, lo cual hizo en el espíritu cuando terminó Su misión sobre la tierra.

Después de aquello, Noé pasa a ocupar una posición destacada; tenía una obra que realizar, la cual realizó, y comenzó a levantar otra descendencia; y ellos también vivieron en lo que puede llamarse una dispensación patriarcal. Y entre ellos había muchos de sus descendientes destacados. Estaba Melquisedec, por ejemplo, a quien se llamaba rey de Salem y príncipe de paz, de quien Pablo hace algunas observaciones curiosas, entre ellas que Cristo era sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec. Si lo era, entonces, por supuesto, Melquisedec era sacerdote según el orden de Cristo. Y así como Cristo introdujo el Evangelio, Melquisedec también tenía el Evangelio, y tenía, poseía y administraba en el mismo sacerdocio que Jesús. También leemos acerca de él algo que, según las ideas de algunos hombres, es muy singular: que era “sin padre, sin madre, sin genealogía; que ni tiene principio de días ni fin de vida” y que “permanece sacerdote para siempre”. En verdad debe de ser un hombre muy singular para no tener padre ni madre ni genealogía y, sin embargo, ser sacerdote para siempre. Pues bien, ¿cómo es esto? Ustedes generalmente lo comprenden; pero informaré a quienes no lo sepan que el apóstol Pablo se refería al sacerdocio que poseía Melquisedec, y que en su época, es decir, en la época en que vivía Saulo, tenían lo que se llamaba el Sacerdocio Aarónico o Levítico; y que para ser sacerdote un hombre tenía que ser descendiente literal de Aarón y de la tribu de Leví; y debía poder demostrar su linaje, remontando su descendencia hasta el tiempo en que Moisés dio este sacerdocio en el desierto. Pero el Sacerdocio de Melquisedec era diferente; no dependía particularmente del padre ni de la madre, pues era sin genealogía y, por tanto, quienes lo poseían no dependían enteramente de su padre, de su madre ni de su descendencia para obtener esta autoridad; sino que ese sacerdocio es un sacerdocio eterno que administra en el tiempo y en la eternidad. Y a esto se refería Pablo al establecer una distinción con el Sacerdocio Aarónico que existía entonces.

Relacionados con este sacerdocio había ciertos poderes y privilegios. Abraham los poseía y disfrutaba de ellos. Algunas personas piensan que era una especie de pastor con apenas más ideas que un hongo; que vivía en tiempos de oscuridad y no comprendía mucho; que no era inteligente y padecía una especie de lo que hoy llamamos “mentalidad anticuada”. Pero si examinamos su carácter y la posición que ocupaba, y si comprendemos algo de los principios que promulgó, descubriremos que era un personaje completamente distinto. Al dar su historia nos dice que “buscó las bendiciones del Padre y el derecho al cual debía ser ordenado para administrarlas”. Además dice: “Habiendo sido yo mismo seguidor de la rectitud, deseando también ser el poseedor de gran conocimiento, y ser un seguidor más fiel de la rectitud, y poseer un conocimiento mayor, y ser padre de muchas naciones, un príncipe de paz, y anhelando recibir instrucciones y guardar los mandamientos de Dios, llegué a ser un heredero legítimo, un Sumo Sacerdote, poseedor del derecho que pertenecía a los patriarcas. Me fue conferido de los patriarcas; descendió de los patriarcas, desde que comenzó el tiempo, sí, aun desde el principio, o antes de la fundación de la tierra hasta el tiempo presente, a saber, el derecho del primogénito sobre el primer hombre, que es Adán, nuestro primer padre, y por conducto de los patriarcas hasta mí”. Times and Seasons, tomo III, pág. 704. Su padre, sin embargo, era idólatra, pero probablemente había poseído un registro de su genealogía, pues Abraham continúa en su registro: “En lo futuro procuraré delinear la cronología que se remonta desde mí hasta el principio de la creación, porque han llegado a mis manos los anales que tengo hasta el tiempo presente”. Y al descubrir que tenía derecho al sacerdocio, procuró una ordenación, y Melquisedec lo ordenó al Sacerdocio de Melquisedec. Y el Señor le dio ciertos privilegios y poderes que eran muy grandes; no solo recibió una ordenación de la manera a la que me refiero, sino que procuró más conocimiento del Señor. Y el Señor se comunicó con él y le dio un Urim y Tumim por medio del cual pudo interpretar, leer y comprender la disposición, la voluntad, las leyes y los propósitos de Dios. Y además diría que fue todavía más lejos. Pidió a Dios ciertas bendiciones, privilegios y poderes que le pertenecían y que consideraba que estaban a su alcance, y que tenía el privilegio de obtener. Y el Señor se le reveló y le comunicó ciertos principios eternos —que ningún hombre puede comprender a menos que Dios los revele— y muchas otras cosas: el movimiento de los planetas, el sistema planetario de la tierra en que vivimos, el sol, la luna, las estrellas y los diversos cuerpos que componen nuestro sistema solar; y también acerca de otros soles, otros cuerpos celestes y las leyes que los gobiernan. Abraham escribió estas cosas y estaba bien instruido en esos grandes principios; y algunos hombres afirman hoy que fue el fundador de ciertos principios abstrusos que, según dicen, se descubren en lo que se llama la Gran Pirámide de Egipto: principios que no solo conciernen a los sistemas planetarios, sino a acontecimientos que todavía han de ocurrir sobre la tierra. No voy a decir nada acerca de la veracidad o falsedad de estas últimas afirmaciones, pues no las he investigado lo suficiente como para comprenderlas; simplemente doy la opinión de muchísimos hombres acerca de él y de la inteligencia que poseía. Pero baste decir que el Señor mismo instruyó a Abraham en cosas pertenecientes a este y a otros mundos, y que él poseía en su época más luz e inteligencia acerca de los principios aludidos que toda la sabiduría combinada del mundo de hoy.

Así era Abraham. Y su corazón, sus sentimientos y sus afectos se dirigían hacia Dios. Y Dios lo bendijo y le dijo: “De cierto te bendeciré, y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo”, etcétera. Y además el Señor le dijo: “En tu simiente serán bendecidas todas las naciones de la tierra, por cuanto obedeciste mi voz”. Por tanto, ocupaba una posición muy importante. Y, como dije antes, siendo patriarca tenía el Evangelio y el sacerdocio que le pertenece, a saber, el Sacerdocio de Melquisedec.

No me propongo mostrar hoy cómo se han cumplido literalmente todas estas cosas de las que aquí se habla; dejaré que ustedes mismos las investiguen. Pero las promesas hechas a aquel hombre de Dios se han cumplido literalmente, aun hasta el día de hoy, hasta el surgimiento de esta obra con la que estamos vinculados.

Ahora bien, aquella era una dispensación particular; estaba bajo la dispensación introducida, digamos, por Noé, o de la cual él fue, iba a decir, fundador; no fue su fundador, sino aquel a quien el Todopoderoso preservó de la destrucción del mundo, en el cual había vivido más de seiscientos años, para introducirla. Y Abraham fue uno de los principales participantes en la realización y el cumplimiento de los propósitos de Dios en aquella dispensación; y hubo muchísimos otros que también poseían la misma clase de inteligencia, pero él fue uno de los más destacados, y por eso me he referido más particularmente a él.

Después siguió otra dispensación, llamada la dispensación mosaica. Moisés fue utilizado como instrumento para librar a los hijos de Israel de la servidumbre egipcia. Se había predicho que los descendientes de Israel entrarían en servidumbre y quedarían sujetos a ella durante cuatrocientos años, y que serían libertados por el poder de Dios. Y Moisés fue el hombre escogido por el Señor para realizar aquella obra; y debía al Señor la instrucción y la inteligencia que recibió. Leemos en la Biblia que en cierta ocasión vio una zarza que ardía, y se nos dice que la zarza no se consumía; y al acercarse a ella oyó la voz del Señor que le hablaba y le decía que se quitara el calzado de los pies, porque el lugar donde estaba era tierra santa. Hizo lo que se le mandó. Entonces el Señor le dijo que tenía una obra para él: debía bajar a Egipto, donde había sido criado desde su juventud y donde había sido instruido en la sabiduría de los egipcios, para librar a este pueblo, Israel, de su servidumbre. Ustedes que conocen su Biblia saben la historia. El relato es extenso y no intentaré entrar en él. Baste decir que logró librar a los hijos de Israel de la servidumbre egipcia. Cuando su pueblo llegó al mar Rojo, tuvo poder para herir el mar y hacer que las aguas se dividieran, abriendo así una vía de escape de sus perseguidores, los egipcios. Los condujo al desierto, donde tuvieron que depender enteramente de las misericordias de Dios para su sustento. Pero, habiendo estado en servidumbre durante tanto tiempo, les resultaba difícil comprender muchas cosas que se les comunicaban; y, según se nos dice, comenzaron a añorar los puerros y las cebollas. Nosotros, en nuestra época, pensaríamos que sus gustos no eran muy delicados; pero ese era su deseo, y muchos sentían que preferían regresar a Egipto antes que sufrir las pruebas que parecían aguardarlos. Y el Señor se les manifestó de muchas maneras maravillosas, y Moisés, que era su líder y había sido nombrado especialmente por el Señor, subió al monte, y el Señor le dio ciertos mandamientos que escribió con Su propio dedo sobre tablas de piedra preparadas para ese fin. Moisés estuvo apartado del pueblo durante algún tiempo, conversando con el Todopoderoso y recibiendo comunicaciones de Él; y cuando descendió encontró que las personas a quienes había sacado de Egipto y a quienes se habían mostrado las manifestaciones del Señor habían hecho un becerro de oro y lo estaban adorando —más o menos como hacemos nosotros a veces, aunque profesamos ser un pueblo mucho más ilustrado que ellos—, y decían: “Israel, estos son tus dioses, que te sacaron de la tierra de Egipto”. Al ver esta iniquidad de su pueblo se enojó, arrojó al suelo las tablas de piedra y las quebró. Después se prepararon otras piedras y se escribieron en ellas las mismas leyes. Y el Señor deseaba que fueran un pueblo fiel en la observancia de Sus leyes, que fueran gobernados por los principios del Evangelio que Moisés les enseñaba. Esta es una idea extraña para algunas personas; piensan que no hubo Evangelio hasta que vino Jesús. Pues bien, no podemos evitarlo, pero Pablo lo comprendía mejor. Nos dice que Moisés les predicó el Evangelio en el desierto, pero que no les aprovechó la palabra predicada, etcétera; por tanto, la ley fue añadida a causa de la transgresión. ¿Añadida a qué? Al Evangelio. Pablo comprendía esto, aunque los hombres de esta época no lo comprendan. Y Moisés mismo entró en la presencia de Dios, y también llevó a setenta élderes que habían sido instruidos y preparados de tal manera que podían entrar en la presencia de Dios para comunicarse con Él; pero el pueblo tenía miedo de Dios, y cuando el Señor se les apareció en el monte Sinaí, cuando oyeron los truenos, vieron los relámpagos y sintieron que el monte temblaba, dijeron a Moisés: “No permitas que el Señor nos hable más, no sea que muramos nosotros, Su pueblo; háblanos tú y sé nuestro portavoz”. No estaban preparados para entrar en la presencia del Señor; no eran suficientemente puros ni comprendían las leyes y los principios que Dios había comunicado. Pero murmuraban y murmuraban continuamente, como lo hacemos nosotros; vemos algo del mismo espíritu: a veces se nos encuentra murmurando contra Dios, o al menos contra algunas de las revelaciones que nos ha dado, o contra el sacerdocio, y en muchos casos sin motivo. ¿Y qué había hecho Dios por ellos? Los había sacado de en medio de Egipto, de un estado de servidumbre y vasallaje, y los había librado de las manos de sus opresores; y cuando los egipcios los persiguieron, abrió las aguas del mar Rojo y les permitió pasar a salvo, pero sepultó bajo las aguas a los enemigos que los perseguían. Después, cuando les faltó alimento, les proporcionó comida de ángeles, maná. Ese era todo el daño que les había hecho, casi tanto como el que ha hecho a muchos otros que murmuran. Murmuraban contra Dios por haberlos sacado de allí y contra Moisés por haber sido el instrumento para hacerlo. Mientras tanto, Dios procuraba cumplir las promesas que había hecho a Abraham, su padre, y utilizaba a Moisés como instrumento para librar al pueblo de aquella servidumbre bajo la cual había sido oprimido durante tanto tiempo; pero debido a sus transgresiones, su iniquidad y su rebeldía, se les añadió o dio la ley, una ley de mandamientos y ordenanzas carnales de la cual un escritor posterior dice, al hablar de ella, que “ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar”.

Pues bien, los colocó en otra posición y les dio el Evangelio; pero como no podían soportar la luz mayor, les dio una luz menor en forma de una ley de mandamientos y ordenanzas carnales. Por eso aquella dispensación se llama la dispensación mosaica; y Moisés fue el instrumento que utilizó el Todopoderoso para introducirla, y le fue revelada en el monte. Y esa ley de mandamientos y ordenanzas carnales parecía convenirles un poco más que el Evangelio; amaban esos mandamientos carnales más que la luz, la verdad, la revelación y el espíritu relacionados con el Evangelio. Y no podían entrar en la presencia de Dios. Si recuerdan, en cierta ocasión algunos hombres fueron corriendo a Moisés para quejarse de otros hombres que, según decían, estaban profetizando; y Moisés les dijo: “¡Ojalá que todo el pueblo de Jehová fuese profeta!”. ¡Quisiera Dios que todos pudieran ser inspirados por ese espíritu de revelación que procede de Él! Dice el profeta Joel al hablar de la gloria de los últimos días: “Y acontecerá que después de esto, derramaré mi espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. Y también sobre los siervos y sobre las siervas derramaré mi espíritu en aquellos días”, etcétera. Ahora bien, tenían entonces una dispensación llamada la dispensación mosaica; y asociada a ella había una porción del Evangelio. De vez en cuando la luz del lucero del alba amanecía sobre el pueblo, anunciando algunas cosas que les interesaban a ellos y a sus hijos; y eso se manifestaba por medio de ciertos hombres entre ellos que eran particularmente inspirados por Dios. Pero no tenían entonces una organización regularmente establecida del Sacerdocio de Melquisedec como la tenemos nosotros. Si un hombre recibía estas cosas en aquellos días, las recibía de Dios. Un joven vino a hacerme algunas preguntas sobre este tema, y mencionaré aquí una cosa que le dije. Estos profetas tenían el Sacerdocio de Melquisedec, pero no lo tenían en la forma organizada y regular en que lo tenemos nosotros. Así, cuando Elías estaba a punto de ser trasladado —porque ese espíritu y poder todavía estaban con él; no habían abandonado la tierra después de los días de Enoc, pues muchos fueron trasladados además de él y su ciudad—, había ciertos profetas esparcidos por Israel; y mientras Elías y Eliseo viajaban juntos, Elías dijo a Eliseo: “Quédate ahora aquí, porque Jehová me ha enviado a Bet-el”. Pero Eliseo dijo: “Vive Jehová, y vive tu alma, que no te dejaré”. Y siguieron juntos. Y en Bet-el, los hijos de los profetas de aquel lugar salieron a Eliseo y le dijeron: “¿Sabes que Jehová te quitará hoy a tu señor de sobre ti?”. Y él respondió: “Sí, yo lo sé; callad”. En aquel lugar Elías quiso que Eliseo se quedara, diciéndole que el Señor lo había enviado a un lugar llamado Jericó; pero Eliseo dio la misma respuesta. En ese lugar Elías hizo la misma petición a su compañero, diciéndole que el Señor lo había enviado al Jordán; pero Eliseo no quiso separarse de su maestro. Y siguieron juntos hasta el Jordán; y cuando llegaron a aquel río, Elías se quitó el manto, lo dobló e hirió las aguas, que se dividieron, de modo que pasaron en seco. Y cuando hubieron pasado, Elías preguntó a Eliseo qué podía hacer por él antes de ser llevado. Eliseo, sabiendo que tenía algo que hacer, que estaba a punto de quedarse solo y que necesitaba estar mejor preparado para realizar la obra que tenía por delante, pidió a Elías que una doble porción de su espíritu descansara sobre él. Pero ¿podía Elías concederle lo que pedía? No, no podía. ¿Qué respuesta le dio Elías? Le dijo: “Cosa difícil has pedido. Si me ves cuando sea quitado de ti, te será concedido; pero si no, no”. ¿Cómo sabía Elías eso? Porque sabía que el Sacerdocio de Melquisedec posee las llaves de los misterios y de las revelaciones de Dios; y que si podía verlo mientras ascendía, sería para él una prueba de que el Señor había concedido su petición, aunque él mismo no tenía poder para concederla; Eliseo sabría entonces que su oración había sido escuchada. Aquellos otros profetas, que sabían que Elías iba a ser trasladado, fueron y se quedaron a cierta distancia para contemplar el acontecimiento; no supongo que vieran nada de Elías mientras era llevado al cielo. Pero fue llevado, y Eliseo vio la manera en que se iba y exclamó: “¡Padre mío, padre mío, carro de Israel y su gente de a caballo!”. ¿Y cómo los vio? Dios le había conferido aquel sacerdocio por medio del cual pudo verlos. Elías dejó caer su manto al ascender, y Eliseo lo recogió y partió solo, pues su “cabeza” había sido trasladada. Pero había recibido respuesta a su oración; y al acercarse a las orillas del Jordán, con el manto que le había quedado hirió las aguas, diciendo: “¿Dónde está Jehová, el Dios de Elías?”. Y cuando lo hizo, se dividieron como lo habían hecho por mandato de Elías, y Eliseo pasó. Y Dios estaba con él, manifestando Su poder por medio de él, como lo había hecho por medio de su predecesor. Hablo de esto como de un principio particular, y lo hago ahora para información de ustedes, élderes: no tenían entonces un Sacerdocio de Melquisedec organizado; y aunque se confería a personas particulares, estas no tenían poder para conferirlo a otros a menos que fuera por mandato especial del Señor. Y Elías sabía que, si Eliseo podía verlo mientras ascendía, su oración sería contestada. ¿Por qué? Porque el Sacerdocio de Melquisedec posee las llaves de los misterios y de las revelaciones de Dios.

Este es un principio relacionado con ese punto, y puede serles útil a ustedes, élderes, para comprender la posición que ellos ocupaban. Esto estaba relacionado en parte con la dispensación mosaica, pero solo en parte. Sin embargo, cuando vino Jesús introdujo el Sacerdocio de Melquisedec de forma organizada y restauró el Evangelio. Pero aquellos hombres no restauraron el Evangelio. Permítanme mostrarles, a quienes conocen la historia del Libro de Mormón, que en este continente tuvieron muchas más revelaciones acerca de estas cosas que en el continente asiático. Y tenían el Evangelio, administraban las ordenanzas y hablaban de la venida de Cristo; aun así, administraron conforme a las leyes de Moisés hasta la venida de Cristo; y, sin embargo, al mismo tiempo tenían el Evangelio, una organización parcial de ese Evangelio y ordenanzas entre ellos diferentes de las que tenían en el otro continente antes de que viniera Cristo. Ustedes que conocen el Libro de Mormón encontrarán estas cosas en él; y si no las han encontrado, búsquenlas y descubrirán que lo que digo acerca de este asunto es verdad.

Muy bien. Cuando vino Jesús, todos los profetas desde el principio del mundo habían esperado Su venida, y se había profetizado acerca de Él que vendría a redimir al mundo y a ofrecerse como sacrificio, como expiación por los pecados del mundo, de lo cual había muchas sombras y símbolos. Volveré a referirme a Moisés y después me referiré a la Santa Cena. Moisés, como dije, tenía el Evangelio cuando fue entre los hijos de Israel. Se derramaron muchas señales y prodigios entre ellos, y muchas calamidades sobrevinieron a los egipcios. Y Moisés acudía de vez en cuando a la presencia de Faraón para decirle lo que sucedería; y, entre otras cosas, dijo que si no dejaban ir a Israel, los primogénitos de los egipcios serían muertos. Y dijo al pueblo que moraba en la tierra de Gosén, los hijos de Israel, que debían matar un cordero y rociar la sangre del cordero sobre los postes de sus puertas, y que cuando pasaran los ángeles destructores, sus hijos escaparían de la muerte. Y sucedió precisamente como se les había dicho: mientras los primogénitos de los egipcios fueron destruidos, los hijos de los hebreos fueron preservados. Esto se llamó la Pascua entre los hijos de Israel, y continuaron observándola año tras año; y el día en que se observaba se llamaba el día de la Pascua.

Cuando Jesús estuvo sobre la tierra envió a Sus discípulos a preparar un lugar donde pudieran celebrar juntos la Pascua. “Y mientras comían, tomó Jesús el pan, y lo bendijo, y lo partió y dio a sus discípulos, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo. Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: Bebed de ella todos; porque esto es mi sangre del nuevo convenio, que por muchos es derramada para remisión de los pecados”. ¿Qué estaban haciendo? Estaban participando de la Pascua, relacionada con la aspersión de aquella sangre que simbolizaba el derramamiento de la sangre del Cordero de Dios en el Calvario. Y el partimiento de aquel pan simbolizaba Su cuerpo quebrantado. Y en tiempos anteriores ofrecían la sangre de novillos, carneros, cabras, etcétera, como sacrificios. Y todo esto, como dice Pablo, hacía referencia al derramamiento de la sangre de Cristo; y era símbolo de aquello de lo cual Él era el gran cumplimiento cuando vino a cumplir todas estas cosas. Muy bien, ¿qué era aquello? ¿Tenían entonces la Pascua? Sí. Desde aquella Pascua miraban hacia el tiempo en que Cristo vendría y derramaría Su sangre para expiar los pecados del mundo. Y nosotros miramos hacia atrás, al tiempo en que lo hizo, y participamos de esta Santa Cena —este pan y esta agua, que usamos en lugar de vino— en conmemoración, como señal de lo que Él ha hecho por nosotros. Y los apóstoles nos dicen que, cuantas veces comemos y bebemos de esto, anunciamos la muerte del Señor hasta que vuelva. Y permítanme decirles, Santos de los Últimos Días, que mientras hacemos esto hay algo muy importante relacionado con ello, y debemos tener cuidado de no participar de estos emblemas para nuestra condenación. ¿Discuten alguna vez con sus hermanos o actúan de tal manera que suscitan malos sentimientos, y quizás hablan palabras duras unos de otros, y de otras maneras hacen lo que está mal, para luego reunirse en solemne burla ante Dios y comer y beber condenación para sus almas? Debemos tener cuidado con estas cosas; por tanto, debemos comprender que cuando llevamos nuestra ofrenda al altar y allí recordamos que tenemos algo contra nuestro hermano, primero debemos ir y reconciliarnos con él, y después venir y presentar nuestra ofrenda. No venir con ninguna clase de hipocresía, sino con manos limpias y corazones puros, y sentir el deseo de decir: “Oh Dios, escudríñame, pruébame y examíname; y si hay algún camino de iniquidad en mí, haz que se aparte, y permíteme ser Tu verdadero representante sobre la tierra y participar del espíritu que mora en Cristo, y vivir disfrutando de él sobre la tierra; para que cuando Él venga de nuevo, yo, junto con mis hermanos, pueda recibirlo con manos limpias y corazones puros”. Y diría a los maestros que van a visitar a sus hermanos que, cuando encuentren malos sentimientos de cualquier clase, es su deber desarraigarlos y procurar que no haya dureza, contención ni disensión entre las personas que vienen a participar de esta sagrada ordenanza.

En cuanto al Evangelio, aquella dispensación fue introducida al mundo primero por Juan el Bautista, el precursor de Jesús. Y cuando vino el Salvador, Juan lo supo y, al verlo, exclamó: “¡He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!”. Y cuando las personas acudían en multitudes a Juan para ser bautizadas por él, Jesús también vino como candidato al bautismo. Pero Juan le dijo que él, Juan, necesitaba ser bautizado por Él. Sin embargo, el Salvador le dijo que lo permitiera entonces para “cumplir toda justicia”. Y fue bautizado por él. Aquella dispensación continuó durante mucho tiempo después, y comenzó a declinar y desaparecer; pero hubo muchísimos hombres en diferentes lugares que escucharon los principios del Evangelio del Hijo de Dios. Sin embargo, con el tiempo comenzó a desvanecerse, tanto en el continente asiático como en este continente. Se había profetizado que así sucedería y que surgiría cierto poder que procuraría hacer guerra contra los santos de Dios y los vencería; y que ese poder procuraría cambiar los tiempos, las épocas y las cosas, y que serían entregados en sus manos hasta tiempo, tiempos y la mitad de un tiempo. Estas cosas se cumplieron: la Iglesia de Dios cayó en las tinieblas y el sacerdocio les fue quitado; y en su lugar tuvieron algo semejante a un sacerdocio falso y un credo falso, en vez de los verdaderos principios que Jesús introdujo entre los hombres. Eso sucedió en el continente asiático. En este continente ocurrió más o menos lo mismo; pero después de que Él vino tuvieron una época sin igual de prosperidad y gozo en el Evangelio del Hijo de Dios, y este creció, se extendió y prevaleció por toda la tierra. Y tal era el amor que se tenían que ninguno decía que lo que poseía fuera suyo, sino que tenían todas las cosas en común. Se nos habla de estas cosas con más detalle en algunos otros lugares que podrían citarse, pero en los cuales no deseo entrar ahora. En este continente permanecieron en esa condición durante doscientos años; y obraban con justicia unos con otros y moraban juntos en paz. Quisiera que nosotros pudiéramos hacer eso siempre. Con el tiempo cayeron en las tinieblas, y el resultado se encuentra registrado en el Libro de Mormón, al cual los remito nuevamente para que lean e investiguen.

¿Y después qué? ¿Iban las cosas a continuar así para siempre? No; la dispensación del cumplimiento de los tiempos tiene que ser restaurada para introducir todo lo que ha sido anunciado por boca de todos los santos profetas desde que comenzó el mundo. El apóstol Juan, cuando fue desterrado a la isla de Patmos, dice que vio a otro ángel volar por en medio del cielo, que tenía el Evangelio eterno para predicarlo a los que moran en la tierra y a toda nación, tribu, lengua y pueblo. ¿Qué quiere decir? El mismo Evangelio que tenía Adán, el mismo Evangelio que tenía Set, el mismo Evangelio que tenía Enoc, el mismo Evangelio que tenía Noé, el mismo Evangelio que tenía Abraham, el mismo Evangelio que tenía Jesús; el Evangelio que saca a luz la vida y la inmortalidad y que pone a los hombres en comunión con su Padre Celestial: el Evangelio eterno. ¿Y quién lo introdujo? Dios mismo vino a la tierra con Su Hijo Jesús y se manifestó al profeta José y, señalando a Su Hijo, dijo: “Este es mi Hijo Amado, en quien tengo complacencia. ¡Escúchalo!”. Desde aquella hora Jesús había de ser su instructor. ¿Qué siguió? Entonces vino Moroni, que tenía a su cargo los registros del pueblo de este continente, y los entregó a José Smith. ¿Qué siguió? Entonces vino Juan el Bautista, puso las manos sobre su cabeza y sobre la cabeza de Oliver Cowdery y dijo: “Sobre vosotros, mis consiervos, pongo las manos y os confiero el Sacerdocio Aarónico, el cual nunca más será quitado de la tierra hasta que los hijos de Leví ofrezcan sacrificios aceptables al Señor”. ¿Por qué vino Juan? Porque poseía las llaves de ese sacerdocio y fue el último que las poseyó en aquella dispensación. Y después vinieron Pedro, Santiago y Juan, pusieron las manos sobre su cabeza y lo ordenaron al oficio del Sacerdocio de Melquisedec. ¿Por qué? Porque ellos mismos habían poseído ese sacerdocio y eran quienes tenían sus llaves; y cuando partieron, las llaves de ese sacerdocio fueron llevadas con ellos, y vinieron teniendo a su cargo conferirlo a José Smith. ¿Qué más? Entonces Elías apareció en el Templo de Kirtland y les confirió las bendiciones de las que se había hablado y que le correspondían. “He aquí, yo os envío a Elías el profeta antes que venga el día de Jehová, grande y terrible. Él hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres, no sea que yo venga y hiera la tierra con maldición”. El profeta le confirió aquellas llaves; y por eso procuramos hacer estas cosas. Y las personas se preguntan por qué estamos construyendo nuestros templos. Es para que el corazón de los padres se vuelva hacia los hijos y el corazón de los hijos hacia los padres. Y si Jesús consideró necesario, después de ser muerto en la carne, ir y predicar a los espíritus encarcelados para que pudieran ser juzgados según los hombres en la carne, también era necesario que se hicieran preparativos para quienes habían muerto sin el Evangelio, sin conocimiento de los principios de la verdad eterna, a fin de que pudiéramos bautizarnos por ellos, como dicen las Escrituras, según la carne, para que vivan según Dios en el espíritu. ¿Por qué están tan dispuestos a construir templos? En muchas otras cosas apretarían su dólar, pero cuando se trata de esto dicen: “Quiero hacerlo”. Y así sucede en todo Israel. Supongo que tenemos hasta quinientos hombres dedicados a esta obra. Y los hermanos se sienten dispuestos a hacerla. ¿Por qué? Porque desean asegurar ciertas bendiciones para ustedes mismos; y después desean atender a sus familiares y amigos, para que el corazón de los padres se vuelva hacia los hijos, etcétera. Nosotros obramos sobre la tierra porque tenemos el poder; y ellos obran en los cielos porque tienen el poder; y, como dicen las Escrituras, ellos no pueden ser perfeccionados sin nosotros, ni nosotros sin ellos. Y ni ellos ni nosotros podríamos obrar en estas cosas a menos que aquellas llaves hubieran sido restauradas y las cosas se hubieran puesto en la posición en que están hoy. Entonces construiremos nuestros templos, ¿verdad? Creo que sí, y después administraremos en ellos. Si habláramos al mundo acerca de muchas de las cosas a las que me he referido hoy, tendríamos que presentar pruebas para demostrar su veracidad. Sin embargo, hoy estoy hablando a Santos de los Últimos Días; y deberían conocerlas, si no las conocen ya; y si no están familiarizados con ellas, “escudriñad las Escrituras, porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna”, y encontrarán todas estas cosas que he mencionado.

Ahora bien, todas estas dispensaciones tenían que ser restauradas. Después viene Moisés. ¿Por qué? Porque poseía las llaves de la dispensación del recogimiento; y confirió a José Smith el poder de recoger a Israel de las cuatro partes de la tierra, y también a las diez tribus. Pero estas últimas todavía no han venido; las personas están buscándolas, y con el tiempo serán encontradas cuando llegue el momento; y las montañas se derretirán ante su presencia, y se levantará una calzada, y llegarán al conocimiento del pueblo. Pero no podrían venir sin la restauración de las llaves a las que me he referido.

Ahora bien, aquí están todas estas diferentes dispensaciones, y hay una que no he mencionado. Se nos dice que edifiquemos Sion, ¿lo haremos? Les digo en el nombre del Dios de Israel que lo haremos con la ayuda del Todopoderoso; no podemos hacerlo sin ella, pero con Su ayuda lo haremos. Edificaremos la Sion de nuestro Dios y ayudaremos a hacer avanzar la obra que Dios ha comenzado. Y muchos de aquellos niños que vieron aquí el otro día [refiriéndose a una reunión de la conferencia general de los niños de la Estaca Weber] vivirán para participar en estas cosas. Y procuraremos educarlos en el temor de Dios, para que sus tiernos corazones arraiguen en los principios de la verdad y sean guiados a reconocer al Dios de sus padres. Habiendo dicho tanto, pasaré a otra cosa.

Aquí estamos. Estamos organizados bajo la dirección del Todopoderoso y, como dije antes, no conforme a nuestras ideas y nociones, sino conforme a la palabra, la voluntad, las revelaciones y la ley de Dios. Y ninguno de nosotros puede hacer nada salvo lo que Dios nos permita. ¿Qué vamos a hacer? Vamos a edificar Sion. ¿Y después? Cuando Sion sea edificada —y todavía no está edificada, pero lo será; y cuando eso se haya hecho, será edificada la Jerusalén de la que se habla, y estamos muy lejos de eso—, cuando sea edificada y la gloria de Dios descanse sobre ella, sobre toda morada del monte Sion como en tiempos anteriores, entonces edificaremos nuestra Sion conforme al modelo que Dios nos muestre, seremos gobernados por Su ley, nos someteremos a Su autoridad y seremos gobernados por el santo sacerdocio y por la palabra y la voluntad de Dios. Y entonces, cuando llegue el tiempo en que estas calamidades de las que leemos sobrevengan a la tierra, quienes estén preparados tendrán el poder de ser trasladados, como lo tuvieron en tiempos anteriores, y la ciudad será trasladada. Y Sion, que está sobre la tierra, se elevará, y la Sion de arriba descenderá, según se nos dice, y nos encontraremos, nos echaremos al cuello unos de otros, nos abrazaremos y nos besaremos. Y así se cumplirán entonces, hasta cierto punto, los propósitos de Dios. Pero hay muchísimas cosas que deben realizarse antes de ese tiempo. Y estamos aquí organizados, procurando prepararnos para todas las disposiciones providenciales del Todopoderoso. Procuramos inculcar en el corazón de las personas los principios de honradez, verdad e integridad, y eliminar la codicia y la iniquidad de toda clase. No se preocupen por el mundo ni por lo que pueda decir o hacer, porque solo puede hacer lo que el Señor le permita. Entonces continuaremos haciendo lo que hemos hecho, pero mucho más abundantemente. Les enviaremos el Evangelio, continuaremos defendiendo los principios de la verdad y organizándonos conforme al orden de Dios, y procuraremos ser uno; porque si no somos uno, no somos del Señor ni jamás podremos serlo, por los siglos de los siglos. ¡Óiganlo, Santos de los Últimos Días! Y no anden haciendo cálculos para ustedes mismos y para su propio engrandecimiento, sino sientan el deseo de decir en su corazón: “¿Qué puedo hacer para ayudar a edificar Sion? Aquí estoy, y todo lo que tengo está sobre el altar, y estoy preparado para hacer la voluntad de Dios, sea cual sea o adondequiera que me envíe, hasta los confines de la tierra o no”. Pero todavía no estamos haciendo eso; estamos demasiado ocupados en nuestros propios asuntos, absorbiendo el espíritu del mundo y cediendo y complaciendo ese sentimiento y esa influencia. Ahora bien, aunque deseamos el bien del mundo y quisiéramos promover su felicidad, no podemos ser gobernados por sus prácticas ni estar bajo sus influencias. Dios es el Señor nuestro Dios; Él ha de ser nuestro Rey y Legislador, y debe gobernarnos. No debemos permitirnos conformarnos a las ideas, nociones, dogmas, teorías ni a la iniquidad que existe en el mundo y de la cual ya hay demasiado entre nosotros. Por el contrario, combatamos estos males y continuemos la lucha hasta purgarlos de entre nosotros; e invoquemos al Señor para que nos ayude, nos conduzca por las sendas de la vida y nos permita comprender en algún grado la posición que ocupamos ante Él y la magnitud del sacerdocio que se nos ha conferido.

¿Qué harán con el mundo? Hace poco hablaba con un caballero que pensaba que, debido a cierta legislación hostil que se había manifestado contra nosotros, debíamos sentir enemistad hacia nuestro gobierno. Le dije que estaba muy equivocado; que no había en los Estados Unidos un pueblo con sentimientos más leales y patrióticos que los Santos de los Últimos Días. “Pero ¿no les han hecho tal o cual cosa?”. Sí, pero el Señor nos ha guiado, y podemos poner nuestra confianza en Él y esperar Su tiempo. No tenemos prisa; Él hará que las cosas sucedan a Su manera y cumplirá abundantemente las palabras del salmista: “Ciertamente la ira del hombre te alabará; tú reprimirás el resto de las iras”. Algunos hombres parecen pensar que vamos a ser devorados, pero eso no nos alarma mucho. Hemos sido “devorados” muchísimas veces, pero generalmente se las han arreglado para volver a vomitarnos. [Risas]. Entre los legisladores de nuestra nación y por todo el país hay muchos hombres nobles y honorables que desean que todos los hombres sean protegidos en sus derechos; pero porque haya muchos que no lo son, que piensan de otra manera y que no nos comprenden, ¿deberíamos albergar sentimientos de enemistad? ¿Cuál fue el mensaje que Jesús vino a llevar a cabo? “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado será salvo”, etcétera. ¿Qué se nos ha dicho que hagamos? Que vayamos por todo el mundo y prediquemos el Evangelio a toda criatura; el que crea y sea bautizado será salvo; el que no crea será condenado. Vamos y ofrecemos el mensaje de vida y salvación. ¡Cuántos de estos hombres de cabellos blancos que veo hoy a mi alrededor han viajado miles de millas para promover el bienestar de la familia humana! Yo mismo he viajado cientos de miles de millas. ¿Y me abandonó Él alguna vez? Nunca; siempre fue fiel a Su palabra. Y cuando ustedes, élderes, han salido, Él les ha sido fiel. Y cuando las personas han creído, se han arrepentido y han obedecido el mensaje que ustedes les llevaron, y ustedes les impusieron las manos para confirmarlas miembros de esta Iglesia y dijeron: “Recibe el Espíritu Santo”, lo recibieron. ¿No es eso prueba de que Dios ha estado con ustedes? Sí, lo es. ¿No estará con nosotros hasta el fin? Sí. ¿Cuál es nuestro mensaje para las personas? Paz en la tierra y buena voluntad para con los hombres, y procurar promover el bienestar y la felicidad de la familia humana de todas las maneras posibles. Y debemos sentirnos dispuestos a soportar, como lo hizo Jesús, el desprecio de los pecadores hasta que el Señor diga: “Basta, es suficiente”. Ya tendrán ellos tiempos bastante difíciles. ¿Tenemos necesidad de buscar a alguien para hacerle daño? No. ¿Es esa nuestra misión? No; nuestra misión es procurar promover el bienestar de todos los hombres.

También estamos aquí en una condición política. Somos parte integrante de los Estados Unidos, una parte muy pequeña. ¿Qué haremos? Vivir de tal manera que nadie pueda reprocharnos nada; tratar a todos correctamente, obrar honradamente unos con otros y con todos los hombres, y ser fieles a Dios y a su religión. Si hacemos esto, entonces tenemos derecho a reclamar las bendiciones de Dios; entonces seremos bendecidos por el Señor, y nuestra descendencia con nosotros; entonces el Todopoderoso nos sonreirá, y avanzaremos de sabiduría en sabiduría, de inteligencia en inteligencia y de conocimiento en conocimiento, hasta que veamos como somos vistos y conozcamos como somos conocidos. Y continuaremos realizando la obra que Dios nos ha encomendado; continuaremos enseñando, instruyendo, educando y elevando a nuestros hijos; y también enseñaremos los principios de vida a todos los hombres que estén dispuestos a recibir nuestra enseñanza; y con el tiempo Dios obrará con nosotros de una manera más poderosa de lo que ha hecho hasta ahora; y miles y miles acudirán al estandarte de Sion, y muchos vendrán y dirán: “No sabemos mucho de su religión, pero ustedes son un pueblo honorable y administran justicia, y queremos ser gobernados por esos principios y estar bajo su influencia; y si no podemos aceptar sus creencias religiosas, buscamos su protección y queremos ser uno con ustedes”. Verán que cientos y miles de personas todavía vendrán de esta manera, y muchas están bastante cerca de hacerlo ahora. Pero no estamos preparados; a veces tiramos cada uno por su lado, hablamos, nos resentimos y procuramos despedazar y destruir, e imponer nuestras propias ideas y voluntad. Yo no tengo voluntad propia; no quiero una voluntad propia; quiero conocer la voluntad de Dios y después hacerla. ¿No lo quieren ustedes? Debemos hacerlo; y dejar que nuestros propios sentimientos y juicio queden sumidos en la voluntad de Dios, y procurar llevar a cabo Sus propósitos. Como setentas, salgan y estén listos para ir hasta los confines de la tierra en un instante, cuando se les requiera cumplir cualquier misión que les corresponda o a la que sean llamados, y consideren esto la misión de su vida. Ustedes, setentas, ¿lo oyen? Les digo que esta es la voluntad de Dios concerniente a ustedes, y que no deben estar pensando en cómo acomodarse y procurarse comodidad; atiendan primero lo otro y estén disponibles para hacerlo, y entonces todo estará bien.

Que Dios nos ayude a hacer lo correcto y guardar Sus mandamientos, para que tengamos Su Espíritu con nosotros, vivamos disfrutando de Él y seamos salvos en Su reino, en el nombre de Jesús. Amén.

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