La unidad y la guía de Dios en los asuntos temporales y espirituales
Los santos deben buscar la dirección de Dios en todos los aspectos de la vida y trabajar unidos para fomentar la autosuficiencia, sostener la producción local y edificar Sion.
Todos los asuntos temporales requieren la atención de los santos—Debemos prepararnos para los males que sobrevendrán a la tierra—La cooperación y la Orden Unida—Las funciones de los dos sacerdocios—La producción local
por el presidente John Taylor, pronunciado en la conferencia semestral, celebrada en el Tabernáculo, Salt Lake City, el 9 de abril de 1879
Volumen 21, discurso 5, páginas 29-38
Se ha señalado muy acertadamente que nos estamos convirtiendo en un gran pueblo; y hay muchísimos asuntos, tanto de naturaleza temporal como espiritual, que necesariamente deben atenderse; de hecho, así se había previsto desde el principio. A veces hablamos de cosas terrenales; en otras ocasiones hablamos de cosas celestiales. A veces hablamos de cosas que pertenecen al tiempo y, en otras ocasiones, de cosas que pertenecen a la eternidad. Tenemos que ver con ambas, o no podríamos haber estado aquí. Y, puesto que estamos aquí, es apropiado que lleguemos a comprender correctamente la posición que ocupamos; y, especialmente, que comprendamos nuestros deberes relacionados con nuestros asuntos temporales y que, al actuar con veracidad, honradez y conciencia, evitemos tantas molestias, problemas, litigios y dificultades que tan frecuentemente existen. En cuanto al Evangelio del Hijo de Dios, nos proporciona información acerca de nuestra existencia y de nuestra relación general con Dios y entre nosotros, señalando nuestros diversos deberes y responsabilidades. A él está asociado un sacerdocio que, entre otras cosas, debe dar a conocer la voluntad de Dios hasta los extremos de la tierra; nos ha enseñado principios relacionados con nuestro futuro, tanto con respecto a los vivos como a los muertos, referentes al presente, al pasado y al porvenir. Hablamos mucho de nuestro Evangelio y de nuestros asuntos espirituales; tenemos nuestra Iglesia organizada conforme a ciertos principios relacionados con él. Tenemos una organización del sacerdocio que comprende nuestra organización de estaca; tenemos organizaciones que pertenecen a las cosas espirituales, si se las puede llamar así, y también a las cosas temporales, porque tenemos que ver tanto con el tiempo como con la eternidad, tanto con las cosas terrenales como con las celestiales y, por consiguiente, es necesario que nos interesemos en todas ellas. Cuando reflexionamos sobre nuestra posición, hay algo peculiar relacionado con ella. Al principio se dijo a los élderes de esta Iglesia que salieran y predicaran el Evangelio a toda criatura; luego se les mandó congregar a quienes creyeran. Según las Escrituras: “Y os tomaré, uno de cada ciudad, y dos de cada familia, y os llevaré a Sion; y os daré pastores según mi corazón, que os apacienten con conocimiento y con entendimiento”. Hemos sido congregados; pero, al estar congregados, nuestra existencia comprende algo más que la espiritualidad. Trajimos nuestros cuerpos cuando vinimos, y necesariamente tenemos que comer, beber y tener casas donde vivir, etc.; de hecho, necesitamos las cosas indispensables para la vida tanto como cualquier otro pueblo. Y luego, si tenemos hijos, como dice el obispo Hunter, “ninguno nace con zapatos y medias”; esas cosas hay que proporcionárselas. Además, al estar congregados, necesariamente formamos un cuerpo político, si se quiere, y no podríamos evitarlo aunque quisiéramos; pero no queremos evitarlo. Elaboramos leyes conforme a las prácticas de la nación con la cual estamos vinculados; porque, al estar aquí y encontrarnos en territorio de los Estados Unidos, necesariamente hemos tenido que organizar un gobierno que ha adoptado una forma territorial; y eso significa una asamblea legislativa con sus leyes y todos los diversos elementos propios de un gobierno. Hay que promulgar leyes y establecer cargos para ejecutarlas; y necesariamente llegamos a ser parte integrante de estos Estados Unidos y tenemos que desempeñar todas las funciones políticas relacionadas con ello.
Estas cosas nos sobrevienen naturalmente, y continuarán creciendo y aumentando, si es verdad lo que dicen las Escrituras y si es verdad lo que muchos de nuestros hermanos les han predicado desde que comenzó esta conferencia. Por tanto, nos corresponde reflexionar para comprender nuestra verdadera posición, cómo podemos sostenernos mejor en lo religioso, lo social, lo político y lo económico y, entre otras lecciones, aprender a producir aquí los artículos que necesitamos.
Hemos sido criados en el mundo y hemos adquirido muchas ideas comunes a la humanidad en general con respecto al comercio, los negocios y la industria. Pero necesitamos la inspiración del Todopoderoso en todos los asuntos de la vida; porque profesamos enfáticamente ser el pueblo de Dios y, así como sucede con nuestra religión, debería suceder con nuestra política, nuestro comercio y nuestra industria. Todas estas cosas deberían estar subordinadas, en todo, a un gran principio: el reconocimiento de Dios y de Sus leyes. Permítanme declarar aquí que, antes de las revelaciones de Dios al hombre en estos últimos días, no había en ningún lugar de la tierra, que nosotros sepamos, pueblo alguno que tuviera un conocimiento correcto de Dios. Todos estaban sin profecía, sin revelación y sin conocimiento de la doctrina ni de las ordenanzas del Evangelio. ¿Y a quién debemos el conocimiento de estas cosas? Ciertamente no a nosotros mismos y, con igual certeza, tampoco a ninguna entidad ni sistema terrenal existente. Únicamente a Dios debemos el conocimiento de estas cosas, mediante Sus revelaciones, dadas primero por Él mismo y por Su Hijo muy amado, y luego mediante la ministración de santos ángeles, por comunicación de los cielos a la tierra. A Él debemos toda la luz y la inteligencia que poseemos acerca de estas cosas. ¿Qué sabíamos de los primeros principios del Evangelio? Nada. ¿Qué sabíamos del recogimiento, de Sion, de las ordenanzas del Evangelio o del santo sacerdocio? Absolutamente nada. Tampoco sabíamos nada acerca de la construcción de templos ni de la manera de oficiar en ellos hasta que el Todopoderoso nos instruyó; fue Él quien reveló la necesidad de construir esos edificios sagrados y la manera de oficiar en ellos. ¿Qué sabe el mundo exterior acerca de estas cosas? Nada. Y si tuvieran nuestros templos, no podrían oficiar en ellos. Únicamente a Dios debemos la luz y la inteligencia que hemos recibido.
Además, en cuanto a los asuntos políticos, ¿dónde hay hoy una nación, bajo toda la extensión de los cielos, que esté bajo la guía y dirección del Señor en la administración de sus asuntos públicos? No pueden encontrar ninguna. Es verdad que los fundadores de esta nación, como paso preliminar para dar a conocer principios más correctos, para que se reconocieran la libertad y los derechos del hombre y para que todos los hombres llegaran a ser iguales ante la ley del país, hicieron redactar ese gran baluarte de la libertad: la Constitución de los Estados Unidos. Este fue el primer paso para introducir una nueva era, y en ella se incorporaron principios para el nacimiento y la organización de un mundo nuevo. El profeta José Smith dijo que “la Constitución de los Estados Unidos fue dada por inspiración de Dios”. Pero los hombres corruptos e inicuos pueden pervertir principios buenos, virtuosos y santos. Satanás se opuso al Señor, Jesús tuvo a Su Judas, y esta nación abunda en traidores que desconocen ese sagrado baluarte de la libertad y procuran pisotearlo. José Smith dijo que lo harían y que, cuando todos lo abandonaran, los élderes de Israel se congregarían alrededor de sus fragmentos destrozados y lo salvarían y preservarían inviolado. Pero aun este, por bueno que fuera, no era un instrumento perfecto; era uno de esos peldaños hacia un desarrollo futuro en el progreso del hombre hacia la inteligencia y la luz, el poder y la unión que únicamente Dios puede impartir a la familia humana. Y aunque, como ciudadanos de los Estados Unidos, reconocemos sus leyes e instituciones —las cuales, por cierto, son muy fáciles de cumplir—, tenemos una ley superior, principios más nobles, ideas más elevadas y amplias; principios que alcanzan a toda la familia humana y que Él continuará revelándonos. ¿Nos impide eso obedecer las leyes del país? Ciertamente no. Pero entonces, ¿es ese un sistema perfecto? No creo que muchos de ustedes digan que lo es, ni creo que los habitantes de los Estados Unidos, de ningún partido político, les digan que lo es. No deseo hacer censuras ni referirme a ningún acontecimiento que haya tenido lugar; hablo solamente de principios religiosos y de principios en los cuales nosotros, como Santos de los Últimos Días, estamos interesados. Estamos unidos, entonces, como cuerpo político, como parte integrante de este Gobierno, y nos corresponde someternos a las leyes e instituciones de ese Gobierno: a todas las que sean constitucionales, elaboradas y fundadas en principios correctos, y que no contravengan lo que establecieron los padres de la nación.
Pero ¿tenemos alguna aspiración más elevada que esta? La tenemos. ¿Se opone alguien? Si es así, ¿por qué habría de hacerlo? ¿Interferimos de alguna manera con los derechos de algún hombre o con el Gobierno, o hacemos la guerra a algún grupo? No; pero nos interesan la preservación de la justicia, la igualdad y los derechos del hombre, el fomento de la paz, el establecimiento más pleno de principios correctos, más elevados, refinados y exaltados, y el colocarnos en una posición más acorde con las cosas tal como existen en los cielos, para el bienestar y la felicidad de la familia humana. Dios nos ha dado ciertos principios que nos sentimos obligados a observar. ¿Hay algo malo en esto? Creo que no. Tenemos toda clase de instituciones aquí en los Estados Unidos y en otras naciones, como los Odd Fellows, los masones y otros; y tienen derecho a sus ideas y a su manera de hacer las cosas mientras observen las leyes, y lo mismo nosotros, y también tenemos derecho a que se nos proteja en esos derechos. Pero decir que debemos permanecer inmóviles es algo que no forma parte de nuestro credo. Si otros no desean acompañarnos o mantener nuestro paso, aun así debemos seguir adelante bajo la guía del Señor. Como se dijo del antiguo Israel: “El Señor es nuestro Dios, el Señor es nuestro rey, el Señor es nuestro juez; y Él gobernará sobre nosotros”, así decimos nosotros. Necesitamos información y revelación con respecto a nuestros asuntos religiosos; también necesitamos información, inteligencia y revelación con respecto a nuestros asuntos políticos, sociales y todos los temporales. Si nos humillamos, nos purificamos y magnificamos nuestros llamamientos como élderes de Israel, conforme a las Escrituras, todavía enseñaremos sabiduría a los príncipes de este mundo, y conocimiento y entendimiento a sus reyes; porque estas cosas de las que se habla ciertamente se cumplirán cuando “de Sion saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra de Jehová”. Los propósitos de Dios todavía se cumplirán con relación a estos asuntos; la obra de Dios ciertamente progresará hasta que “los reinos de este mundo lleguen a ser los reinos de nuestro Dios y de Su Cristo, y Él reine por los siglos de los siglos”, no en guerra, no en confusión, contiendas y disputas, no en maldad y corrupción, sino en beneficio de la humanidad, conforme a las leyes de la vida y de acuerdo con la inteligencia que mora en el seno de los Dioses, y en beneficio de un mundo caído.
Ahora pasamos a otros asuntos relacionados con nuestras asociaciones mercantiles. Podría hablar más acerca de nuestras relaciones sociales, etc.; sin embargo, estos son temas de los que oímos hablar mucho; estamos bastante bien informados acerca de ellos. La información que tenemos respecto a nuestras relaciones con nuestras esposas, y las de las esposas con sus esposos, nos ha sido revelada por Dios, y estamos procurando llevar a cabo esos principios eternos: principios que nos exaltarán a nosotros, a nuestros progenitores y a nuestra posteridad en el reino celestial, donde podremos disfrutar de la presencia de Dios y de las huestes celestiales que nos han precedido.
Volvemos a nuestros intereses temporales. ¿Ha sido el mundo nuestro modelo en cuanto a alguna de estas cosas que he mencionado? No; el Señor ha sido nuestro maestro, Él ha sido nuestro guía y director; sin Él no podríamos haber logrado nada, porque por naturaleza no sabíamos más que cualquier otra persona.
En cuanto a las cosas temporales, ¿somos capaces, como Santos de los Últimos Días, de cumplir nuestro destino sobre la tierra, de procurar una plena salvación temporal y de sostenernos sobre principios temporales sin la intervención del Todopoderoso? Les digo que no, no lo somos, como tampoco lo somos con respecto a ninguna otra cosa. Leemos en las Escrituras acerca de un tiempo venidero en que habrá lamentos entre los mercaderes de Babilonia, porque no se encontrarán hombres que compren sus mercancías. Esto concuerda con la predicción de Juan el Revelador. Y el oro, la plata, el lino fino, etc., de Babilonia no servirán de nada. Pero antes de que llegue ese tiempo, nosotros, como pueblo, debemos prepararnos para esos acontecimientos, a fin de que podamos vivir y sostenernos en medio de las convulsiones que dentro de un tiempo sobrevendrán a las naciones de la tierra y, entre otras, a esta nación. El tiempo del que se habla no está muy lejano. “El que no quiera tomar su espada contra su prójimo tendrá que huir a Sion para hallar seguridad”. Y Sion misma debe acudir al Dios de Israel y refugiarse a la sombra de Su ala, buscando Su guía y dirección para que la conduzca por el camino recto, tanto en los asuntos espirituales como en los temporales; en las cosas sociales y políticas, y en todo lo que pertenece a la existencia humana. Como pueblo, hoy no estamos preparados para lograr este objetivo; necesitamos la intervención y la guía del Todopoderoso. Es tan necesario que estemos bajo Su guía en estas cuestiones como en cualquier otro asunto. ¿Quién hizo la tierra? El mismo Ser que hizo los cielos. ¿Quién hizo nuestros cuerpos? El mismo Ser que hizo nuestras almas; y se necesitan el “cuerpo y el espíritu para constituir el alma del hombre”. No debemos atribuirnos ninguna inteligencia particular, ya sea de naturaleza mercantil, industrial, química o científica, porque si hay algo bueno o inteligente, es el Señor quien lo ha impartido, ya sea que el hombre lo reconozca o no. Queremos reconocer al Señor en todas las cosas, tanto temporales como espirituales.
Deseo ahora tratar más directamente algunos otros principios relacionados con ello. Algunos de nosotros parecemos estar muy confundidos en cuanto a cómo debemos proceder con respecto a los asuntos temporales. Hemos traído con nosotros los sentimientos, los puntos de vista y las ideas de los pueblos de donde vinimos, que son contradictorios y tienden a la desintegración y a la división, y conducen a la codicia y al fraude, los cuales no deberían existir entre los santos de Dios. Tenemos anuncios publicados en nuestros periódicos, también por Santos de los Últimos Días, cosas infames, falsas, que son una vergüenza y una deshonra entre personas honorables, y constituyen una mentira manifiesta. La comunidad en general no debería tolerar cosas como las que vemos diariamente en nuestros periódicos, destinadas a atraer la atención de los incautos y a llevar lo que llaman agua a su molino, en beneficio del individuo. Nosotros, como pueblo, no hemos sido llamados a congregarnos para actuar en beneficio de intereses individuales; hemos sido llamados a congregarnos como santos de Dios para obrar en beneficio de la Sion de Dios, para el bienestar de Israel, y no dejarnos llevar a la deriva con los demás, y nadar todos juntos o hundirnos todos juntos. Debemos regirnos por principios de unión, hermandad y buenos sentimientos, poniendo en práctica principios honorables y rectos que puedan ser reconocidos ante Dios, los santos ángeles y todos los hombres honorables.
Ahora, después de hablar tanto sobre principios generales, permítanme tratar algunas cosas a las que aquí se ha hecho referencia acerca de estos informes, etc. Durante mucho tiempo hemos hablado de la Orden Unida y de la cooperación; y hemos comenzado de manera muy parecida a algunos de nuestros pequeños cuando empiezan a correr: hemos tropezado muchísimo en este asunto. Los pequeños Willie y Annie a menudo piensan que pueden manejar las cosas mejor que papá y mamá; y nosotros, al igual que ellos, hemos supuesto que teníamos fortaleza, y antes de darnos cuenta estamos tirando hacia un lado, hacia otro y hacia otro. Entonces, ¿han estado las instituciones exactamente como debían? No; se han cometido toda clase de insensateces y toda clase de errores en su administración. Pero ¿debemos abandonar? Creo que no; eso es precisamente lo que le gustaría al diablo, lo que desean muchos de nuestros comerciantes, y sería exactamente lo que agradaría al mundo, y el diablo se reiría de nosotros. Lo que queremos hacer es eliminar las cosas que están mal, corregirlas, colocar estas instituciones sobre una base correcta y luego adherirnos a ellas como lo haríamos con cualquier otra parte de nuestra religión. En la Iglesia, si un hombre miente, profiere juramentos, comete adulterio o hace algo malo, procedemos con él conforme a las leyes de la Iglesia. Pero porque los hombres obren mal, no abandonamos nuestros principios ni dejamos la Iglesia, sino que expulsamos a quienes no quieren corregirse, y procuramos ajustar todas las cosas y colocarlas sobre una base apropiada. ¿Por qué no hacer lo mismo en las cosas temporales? Tenemos, por ejemplo, la Institución Mercantil Cooperativa de Sion; se la llama la Institución Matriz, y debería ser la matriz de todas estas instituciones y actuar como padre, protector y benefactor, haciendo todo cuanto pueda para fomentar el bienestar y la prosperidad del pueblo. Y luego el pueblo, por su parte, debería protegerla y sostenerla realizando sus transacciones comerciales por medio de esa institución y actuando con prudencia, sabiduría, orden y unidad en estos asuntos, a fin de que seamos uno; porque nuestras revelaciones nos dicen que, si no somos uno, no somos del Señor. Y si no somos del Señor, ¿de quién somos?
A veces hablamos de la Orden Unida. En esta ocasión no me propongo leerles ninguna de las revelaciones que tratan este tema, pero les citaré en esencia una de ellas. El Señor nos ha dicho que quienes no cumplan los requisitos relacionados con esta orden deberán tener sus nombres borrados del libro de la ley de Dios, y sus genealogías no deberán encontrarse en ningún registro ni historia de la Iglesia; sus nombres no se encontrarán, ni los nombres de los padres ni los nombres de los hijos estarán escritos en el libro de la ley de Dios. Estas palabras son para nosotros, los Santos de los Últimos Días; son verdaderas y nos obligan.
Otra cosa: ¿qué hicimos cuando el presidente Young estaba entre nosotros y nos instaba a hacer estas cosas? ¿No entramos en un convenio mediante el rebautismo de estar sujetos al sacerdocio tanto en las cosas temporales como en las espirituales, cuando asumimos las obligaciones de la Orden Unida? Permítanme preguntarles: ¿qué queremos decir al hacer esto? ¿Es una mera formalidad, una farsa, o tenemos la intención de cumplir los convenios que hicimos? Les digo, en el nombre del Dios de Israel, que se cumplirán, y ningún hombre puede eludir estas cosas, porque Dios ha decretado que se lleven a cabo; y a cualquier hombre que se oponga a estos principios que Dios ha establecido, Él lo desarraigará; pero el principio mismo no será desarraigado, porque Dios se encargará de que se lleve a cabo. Y en el nombre del Dios de Israel le ayudaremos a hacerlo; y todos los que sientan el deseo de hacerlo, digan amén. (La numerosa congregación respondió con un fuerte “Amén”).
Hemos establecido instituciones cooperativas, y ahora trataré un principio que muestra cómo deberían ser dirigidas. Dios ha ordenado dos sacerdocios sobre la tierra: el de Melquisedec y el Aarónico. El de Melquisedec preside más especialmente los asuntos espirituales de la Iglesia, y así lo ha hecho en todas las épocas en que ha existido sobre la tierra. Encontrarán esto dispuesto en Doctrina y Convenios; pueden buscarlo cuando tengan tiempo; no deseo detenerme ahora para hacer la cita. El Sacerdocio Aarónico está presidido por el Obispo Presidente. Si tuviéramos un descendiente literal de Aarón, tendría derecho a presidir el obispado y a obrar, administrar y dirigir estas cosas sin la ayuda de consejeros. En ausencia de tales hombres, el Señor nos ha mandado tomar hombres del sumo sacerdocio y apartarlos como obispos para administrar las cosas temporales. Este Sacerdocio Aarónico es una dependencia del Sacerdocio de Melquisedec, y su ámbito es administrar los asuntos temporales. Una de las razones por las que queremos que hombres de esta clase administren las cosas temporales es que existe una disposición especial para ello. No obstante, un sumo sacerdote según el orden de Melquisedec puede ser apartado para administrar las cosas temporales, teniendo conocimiento de ellas por el Espíritu de verdad. Y antes de que un hombre intente administrar las cosas temporales en Sion, debería obtener conocimiento de ese Espíritu de verdad para administrar conforme a la inteligencia que ese Espíritu de verdad imparte. Así tenemos al Sacerdocio Aarónico en su lugar y al Sacerdocio de Melquisedec en el suyo. Y en todas las diversas funciones es necesario ocuparse de todas las diversas organizaciones. Hay uno o dos puntos particulares sobre los que deseo hablar ahora.
En primer lugar, el Señor requiere que se hagan ciertas cosas para contar con Su aprobación; y todo debe hacerse bajo la dirección de la presidencia de los Doce, tanto las cosas temporales como las espirituales. Los obispos, los presidentes de estaca y todos los oficiales de la Iglesia de Dios están sujetos a esta autoridad y no pueden eludirla. Y cuando algún oficial de esta Iglesia, en virtud de su llamamiento, hace cosas sin consultar con las autoridades correspondientes de la Iglesia, se atribuye facultades que no tiene derecho a ejercer, y tal proceder no puede ser aceptable ante Dios y el sacerdocio.
Ahora bien, llegamos al obispado. ¿Se debe consultar a los obispos con respecto a las cosas temporales? Sí, se debe. Y, como ejemplo, permítanme decirles que durante el último año el obispo Hunter se ha reunido con el Consejo de los Doce cada vez que este se ha congregado para considerar asuntos temporales. Y puedo decir que nos ha complacido contar con su compañía, porque le correspondía comprender la situación de las cosas temporales, para que nosotros pudiéramos conocer su sentir y deliberar con él, y él con nosotros, a fin de que todo se hiciera conforme al orden y a las leyes de Dios, para que hubiera perfecta unanimidad. Con este fin fue nombrado uno de los consejeros del administrador fiduciario, porque el administrador fiduciario consideró que le correspondía ocupar esa posición, y así lo considera hoy. Pero entonces, ¿preside él el Sacerdocio de Melquisedec? No, no lo preside. ¿Quién y qué es él? Un sumo sacerdote ordenado y apartado para el obispado. ¿Por quién? Por la Presidencia. ¿Dirige él a la Presidencia? No; es apartado por ella; como obispo, es una dependencia del sacerdocio mayor y no lo dirige. Ningún hombre lo dirige. Recuerdo una observación que hizo José Smith en cierta ocasión al hablar con el obispo Partridge, quien era entonces el obispo. Era un hombre sumamente bueno, como lo es el obispo Hunter. Pero se le metieron algunas ideas equivocadas en la cabeza; pensó que debía administrar ciertas cosas sin tomar en cuenta a José, lo cual hizo que José le hablara con cierta severidad. José dijo: Quiero que comprenda que soy Presidente de esta Iglesia y soy su presidente, y que presido sobre usted y todos sus asuntos. ¿Es esa una doctrina correcta? Sí. Era verdad entonces y es verdad hoy.
Pues bien, es necesario que comprendamos estas cosas para no cometer errores en nuestra administración. Quiero, entonces, que en todas nuestras operaciones deliberemos con nuestros obispos. Y si esta institución nuestra es la “Cooperativa de Sion”, entonces debería estar bajo la dirección de Sion, bajo la dirección del sacerdocio; y si no es la “Cooperativa de Sion”, entonces es una mentira manifiesta. Pero ¿deseamos inmiscuirnos en sus asuntos? No, no lo deseamos. ¿Deseamos entorpecer alguna de sus operaciones? No; queremos ayudarlos; queremos unirlos a ellos y a todo el pueblo en uno, con Dios a nuestra cabeza, gobernados por el santo sacerdocio. ¿Tienen derechos? Sí. ¿Los respetamos? Sí. ¿Tiene derechos el pueblo? Sí. ¿Se respetarán los derechos del pueblo? Sí, se respetarán los de todo el pueblo en todas las estacas; y mientras nosotros los sostengamos, ellos deben sostenernos; y si esperan contar con nuestro apoyo, deben darnos el suyo.
Después de haber dicho tanto, les diré que creo sinceramente que los hombres que administran nuestra Institución Cooperativa están haciendo las cosas tan bien como saben. Y declararé además que no conozco a ninguna persona en esta comunidad que sepa hacerlo mejor que ellos. Y desde hace algún tiempo he estado asociado con ellos y conozco sus procedimientos.
Hay otros principios además de este; queremos aprender a fabricar nuestros propios productos. Y mientras, por una parte, empleamos el mejor talento y la mayor capacidad financiera que podemos conseguir para atender nuestras instituciones mercantiles, por otra, debemos cultivar un espíritu que fomente la producción local de toda clase, y queremos que esta institución nos ayude a hacerlo. Si fabricamos telas, botas, zapatos o cualquier otra cosa, queremos que la institución venda nuestros productos. Si necesitamos estímulo para introducir alguna industria de cualquier clase, queremos que nos ayuden, y tenemos derecho a esperar esto de ellos hasta donde sea sabio, prudente y legítimo. Declararé que los directores de Z. C. M. I. se interesan por las mismas cosas de las que estoy hablando, y lo digo para reconocer su mérito y para satisfacción de ustedes. No creo que haya una institución en los Estados Unidos que se encuentre en mejores condiciones que esta hoy; y está mejorando continuamente, no de una manera ficticia, sino sobre una base sólida, firme y confiable. Ahora bien, he propuesto a estos hermanos, con lo cual están plenamente de acuerdo, que cuando puedan pagar cierta cantidad como dividendos sobre el capital invertido, después de reservar una suma suficiente para mantener intacta la institución ante cualquier emergencia repentina que pueda surgir, lo cual es propio de todos los hombres sabios e inteligentes, entonces las ganancias de la institución que excedan de esto se destinen al desarrollo de las industrias locales, a la fabricación de maquinaria, a la introducción de principios de autosuficiencia y al desarrollo del Territorio en general; y ellos estuvieron de acuerdo con este sentir, y lo digo para su honra y mérito. Y les diré nuevamente que la Iglesia tiene una participación considerable en esa institución; por consiguiente, deseamos que todo marche correctamente, no sobre algún principio descabellado o errático, sino sobre una base sólida, firme y confiable, que pueda llevarse a la práctica y que despierte la admiración y la confianza de todos los hombres buenos y honorables.
A veces han surgido pequeñas dificultades externas debido a personas movidas por intereses particulares que han recurrido a muchas artimañas; otras veces, quizás, por causas justas. Y también diré que se han presentado quejas de que no hemos apoyado suficientemente nuestras industrias locales. Sin embargo, diré que la Institución ha estado en una posición muy delicada. Hemos estado luchando contra la crisis financiera que ha sumido en el desaliento a toda esta nación durante los últimos años, desde 1873. Pero ahora estamos alcanzando una posición sólida y firme, y cuando declaramos un dividendo del tres por ciento correspondiente a los seis meses, fue porque la Institución estaba en condiciones de hacerlo. Y cuando podamos aumentarlo un poco más, estaremos muy dispuestos a hacerlo.
Hemos oído algunas de las quejas que se han presentado contra la institución, y hemos considerado conveniente tener una junta y remitirle cualquier queja que pudiera presentarse desde cualquier parte del Territorio. Esta junta, que ha sido organizada temporalmente, nos ha proporcionado estos diversos informes que se han leído ante ustedes y que indican sus puntos de vista y su sentir con respecto a estas cosas. Deseamos que una junta de esta clase se organice sobre una base correcta, conforme al orden de esta Iglesia y reino de Dios; y luego, puesto que las personas de todo el Territorio hacen pedidos para comprarles sus productos, que quienes hacen esas compras estén representados; y si hay algo que no esté bien en sus operaciones, que se rectifique. Y para eso es este comité: para que el pueblo esté protegido al igual que la Institución.
Se recomienda, entonces, que haya organizaciones de estaca, con un representante de cada estaca en la junta general o central, y para la administración de esa Institución será mucho más grato contar con una evaluación de esa clase. Y también contribuirá a disipar muchas de esas insensateces que frecuentemente se hacen circular en diferentes partes del Territorio. El objeto de esta Junta es, por tanto, que el pueblo esté representado y que la Cooperativa de Sion también esté debidamente representada, de modo que sirva como un mecanismo de equilibrio para ajustar y corregir cualquier dificultad que pueda surgir.
Me complace decir que en muchas partes del Territorio están introduciendo la fabricación de cuero, botas, zapatos y una variedad de otros artículos. Y baste decir que, según estos informes, la Institución Matriz ha apoyado con bastante generosidad a los fabricantes de estos artículos de producción local; y queremos que llegue a estar en condiciones de que todo lo que utilicemos pueda comprarse allí. Ese es también el sentir con respecto a este asunto. Y cuando hayamos puesto las cosas en el debido orden, tiraremos de manera sostenida, con fuerza y todos juntos. Nos esforzaremos por ser uno; y si no podemos llegar siquiera a sostener la cooperación en estas cosas, ¿cómo, en nombre del sentido común, vamos a entrar alguna vez en la Orden Unida? Pero comenzaremos con esto y luego cooperaremos en todas las diferentes estacas, no solo en sus asuntos comerciales, sino también en sus actividades industriales y productivas; y en todo será deber de esta Junta General de Comercio regular los intereses de toda la comunidad honrada y fielmente; al menos lo haremos según nuestra mejor capacidad; y si surgieran errores, procuraremos corregirlos; si son de parte del pueblo, hablaremos con ellos al respecto; si son de parte de la institución, hablaremos de ello con su administración. Y seguiremos trabajando y obrando hasta que logremos introducir y establecer estas cosas que Dios ha deseado, y hasta que Sion sea un pueblo unido y la gloria de toda la tierra.
Que Dios los bendiga y los guíe por el sendero de la vida, en el nombre de Jesús. Amén.



























