El matrimonio eterno, la Caída y las ordenanzas por los muertos
El discurso relaciona la condición de nuestros primeros padres, el mandamiento de multiplicarse y las ordenanzas del sacerdocio con la continuidad eterna del matrimonio y de la familia.
Las visiones de Moisés—La rebelión en el cielo—Satanás es expulsado—La caída de nuestros primeros padres—Antes de la Caída eran inmortales—Después de la Caída, mortales—El mandamiento de multiplicarse fue dado a dos seres inmortales—Este mandamiento se cumplirá más plenamente después de la resurrección, etc.
por el élder Orson Pratt, pronunciado en el Tabernáculo de Salt Lake City, el domingo 18 de julio de 1880, por la tarde.
Volumen 21, discurso 32, páginas 286-296
Llamaré la atención de la congregación a una porción de la palabra de Dios que fue dada a Moisés antes de que librara a los hijos de Israel de la tierra de Egipto. Quizás sea conveniente mencionar, antes de leer, que Moisés recibió muchas comunicaciones, mediante visiones y revelaciones, antes de ser enviado de la tierra de Madián a visitar a sus hermanos que estaban en servidumbre en Egipto. En estas visiones contempló muchos acontecimientos grandes e importantes, algunos de los cuales tuvieron lugar en el mundo de los espíritus. Entre otras cosas, vio la preexistencia de los hijos de los hombres y también la rebelión que ocurrió entre la gran familia de espíritus antes de que fuera hecho el mundo; y en esta visión el Señor le habla de esta manera:
“Y yo, Dios el Señor, le hablé a Moisés, diciendo: Ese Satanás, a quien tú has mandado en el nombre de mi Unigénito, es el mismo que existió desde el principio; y vino ante mí, diciendo: Heme aquí, envíame a mí. Seré tu hijo y redimiré a todo el género humano, de modo que no se perderá ni una sola alma, y de seguro lo haré; dame, pues, tu honra. Pero, he aquí, mi Hijo Amado, que fue mi Amado y mi Escogido desde el principio, me dijo: Padre, hágase tu voluntad, y sea tuya la gloria para siempre. Pues, por cuanto Satanás se rebeló contra mí, y pretendió destruir el albedrío del hombre que yo, Dios el Señor, le había dado, y también que le diese mi propio poder, hice que fuese echado abajo por el poder de mi Unigénito; y llegó a ser Satanás, sí, el diablo, el padre de todas las mentiras, para engañar y cegar a los hombres y llevarlos cautivos según la voluntad de él, sí, a cuantos no quisieran escuchar mi voz. Ahora bien, la serpiente era más astuta que cualquiera de las bestias del campo que yo, Dios el Señor, había hecho. Y Satanás puso en el corazón de la serpiente (porque había atraído a muchos en pos de él), y procuró también engañar a Eva, porque no conocía la mente de Dios, de manera que procuraba destruir el mundo. Y dijo a la mujer: ¿Conque Dios ha dicho: No comeréis de todo árbol del jardín? (Y hablaba por boca de la serpiente). Y la mujer dijo a la serpiente: Podemos comer del fruto de los árboles del jardín; mas del fruto del árbol que ves en medio del jardín, Dios ha dicho: No comeréis de él, ni lo tocaréis, no sea que muráis. Y la serpiente dijo a la mujer: De cierto no moriréis; porque Dios sabe que el día en que de él comiereis, serán abiertos vuestros ojos y seréis como dioses, conociendo el bien y el mal”.
Estas pocas palabras que he leído de la Perla de Gran Precio acudieron a mi mente inmediatamente antes de ponerme de pie. La breve historia que aquí se da, mediante una nueva revelación a José el Profeta, contiene una enorme cantidad de información en tan pocas palabras. Muestra el origen del mal en lo que respecta a los habitantes de esta creación. No supongo que este haya sido el primer origen del mal. No consideramos que esta creación en la cual moramos haya sido la primera que se hizo. No consideramos que la rebelión que tuvo lugar en el cielo antes de esta creación haya sido la primera rebelión que jamás existió. No consideramos que aquellos seres que se rebelaron hayan sido los primeros que tuvieron albedrío; sino que creemos que Dios siempre ha estado obrando, desde toda la eternidad, y que las creaciones que ha hecho son innumerables para el hombre. Ningún hombre es capaz de concebir su número. Y esas creaciones fueron hechas para ser habitadas por seres racionales e inteligentes que tuvieran su albedrío. Pero este parece ser el origen del mal en lo que respecta a los habitantes destinados a esta tierra, que entonces vivían en el cielo. Tenían su albedrío; y cuando hablo de los habitantes que moraban en el cielo y pertenecían a esta creación, me refiero a los espíritus de los hombres y de las mujeres. No me refiero a los tabernáculos mortales que hemos recibido aquí, sino a aquellos seres que moran dentro de estos tabernáculos, que son inteligentes, que tienen albedrío, que tuvieron una preexistencia y que vivían antes de que fuera hecho el mundo. Los habitantes del cielo que fueron escogidos para venir a esta creación eran agentes tanto como nosotros. Se les había dado una ley tanto como a nosotros. Esa ley tenía sanciones establecidas, tal como sucede con la nuestra. Podían guardar aquella ley que les había sido dada en el cielo tan ciertamente como nosotros podemos guardar una ley que se nos ha dado. Podían rebelarse contra aquella ley debido a su albedrío, del mismo modo que nosotros nos rebelamos contra las leyes del cielo.
Aquí se nos da un relato de un personaje llamado Satanás, que se levantó en el cielo —habiendo sido antes de aquel tiempo un ángel de luz, un ángel santo—, se presentó ante el Padre y el Hijo e hizo una propuesta acerca de la nueva creación que había de hacerse. “He aquí”, dijo al Padre, “envíame a mí. Seré tu hijo y redimiré a todo el género humano, de modo que no se perderá ni una sola alma, y de seguro lo haré; dame, pues, tu honra”. Estas fueron las palabras, según la revelación que acabo de leer, que utilizó este ángel que estaba en la presencia de Dios. Pero el Unigénito del Padre, el Primogénito de esta grande y numerosa familia del cielo, dijo a Su Padre: “Padre, hágase tu voluntad, y sea tuya la gloria para siempre”. Después se nos dice que el Señor, debido a que Satanás transgredió de esa manera y procuró destruir el albedrío del hombre y redimir a todo el género humano para que no se perdiera ni una sola alma, se disgustó con la propuesta. ¿Y por qué no habría de hacerlo? Se había dado albedrío a todos los seres inteligentes; y sin un albedrío apropiado, los seres inteligentes no podrían recibir gloria y honra, una recompensa y una plenitud de felicidad en el reino celestial. Debe haber albedrío dondequiera que exista inteligencia, y sin albedrío no podría existir ningún ser inteligente; y como Satanás procuró destruirlo y frustrar el gran y eterno plan de Jehová, el Señor se disgustó con él. No se arrepintió de su rebelión ni de su inicua propuesta, sino que procuró desviar a la familia del cielo, la familia de espíritus que estaba en la presencia de Dios; procuró desviarlos y convertirlos a su plan. Pero no lo logró. Sí logró apartar aproximadamente a una tercera parte de aquella gran familia de espíritus, debido al albedrío de ellos. Escucharon su propuesta; pensaron que sería algo muy grande e importante destruir el albedrío del hombre en la futura creación que estaba a punto de hacerse y redimirlos a todos en sus pecados; y, por consiguiente, se unieron a este personaje rebelde; de ahí provinieron los ángeles caídos. ¿Qué fue de ellos? Fueron expulsados de la presencia de Dios y del Cordero después de que se hizo esta creación, y se les permitió morar en ella. Finalmente, uno de aquellos espíritus que guardaron su primer estado fue colocado en un cuerpo sobre esta creación, y también una mujer; y Satanás se presentó ante la mujer en el Jardín de Edén y la tentó. ¿Cuál era su propósito al tentar a esta mujer? No había logrado vencerla en el primer estado; quiero decir que no había logrado apartarla de los mandamientos de Dios; pero como ahora se encontraban en circunstancias diferentes —colocados en cuerpos de carne y huesos, colocados en el Jardín de Edén—, pensó que los atacaría con una nueva tentación para ver si podía vencerlos. Logró vencer a Eva, la mujer que había sido dada a este primer hombre, y la persuadió para que transgrediera la ley del cielo y participara del fruto prohibido; y ella logró inducir a su esposo a transgredir la misma ley. Ahora bien, aquí surge una pregunta. ¿Participó Adán de este fruto prohibido siendo engañado, como lo fue Eva? ¿O participó de él a sabiendas y con entendimiento? Les daré mis opiniones sobre este tema. Adán sabía muy bien que su esposa Eva, después de participar del fruto prohibido y haber transgredido la ley de Dios, tenía que morir. Lo sabía; sabía que tendría que ser expulsada del Jardín de Edén, de la presencia de su esposo; ya no se le permitiría morar con él. Por tanto, como amenazaba una gran separación entre esposo y esposa, habiendo transgredido ella, él decidió que no sería separado de la mujer; y así, él no fue engañado, sino que la mujer fue engañada; participó del fruto prohibido para evitar la separación entre los dos y cayó, tal como cayó la mujer, y ambos fueron expulsados juntos. Si solo uno hubiera transgredido y hubiera sido expulsado, el gran mandamiento que se había dado antes de aquel tiempo —multiplicarse y henchir la tierra— no podría haberse cumplido debido a la separación. Por tanto, para que pudiera cumplirse el primer mandamiento dado, Adán, aunque no fue engañado, participó del fruto prohibido, fue expulsado con Eva y así comenzó, hasta donde era posible, a cumplir el mandamiento y a multiplicar su especie sobre esta tierra. Hay aquí un punto muy importante que debe comprenderse, y que toda persona deseosa de conocer la verdad debería comprender plenamente: cuando Adán y Eva estaban en el Jardín de Edén, antes de que ocurriera esta transgresión, no estaban sujetos a la muerte; no estaban sujetos a ninguna clase de dolor, enfermedad, dolencia ni a ninguna de las aflicciones de la condición mortal. Quizás quienes no acostumbran reflexionar sobre este asunto supongan que, cuando Adán y su esposa Eva fueron colocados sobre la tierra, eran mortales como nosotros; pero no era así. Dios no hizo a un ser mortal. Sería contrario a Su gran bondad hacer a un hombre mortal, sujeto al dolor, sujeto a la enfermedad, sujeto a la muerte. Cuando hizo esta creación, y cuando hizo a estos dos seres inteligentes y los colocó sobre ella, los hizo a Su propia semejanza y a Su propia imagen. No los hizo mortales, sino inmortales, semejantes a Él. Si los hubiera hecho mortales y sujetos al dolor, habría habido algún motivo entre los seres inteligentes para decir que el Señor había sometido al hombre, sin causa, a aflicciones, pesares, muerte y mortalidad. Pero Él no podía hacer esto; era contrario a la naturaleza de Sus atributos, contrario a la naturaleza de aquella bondad infinita que mora en el seno del Padre y del Hijo, hacer a un ser sujeto a cualquier clase de dolor. En el tiempo de la creación, todas las cosas que salieron de Sus manos fueron consideradas muy buenas. ¿Cómo llegó entonces Adán a ser mortal? ¿Cómo llegó Adán a estar lleno de dolor, aflicción y gran pesar? Fue como consecuencia de la transgresión. Por eso el apóstol Pablo, al hablar de este tema, dijo que por la transgresión entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte. La muerte, pues, en lugar de ser algo que el Señor creó o algo que Él envió al mundo, vino por el pecado; el Señor permitió que sobreviniera a Adán como consecuencia de la transgresión. Así pues, dos seres inmortales fueron colocados en el Jardín de Edén, varón y mujer. ¿Se dio algún mandamiento a esos dos seres inmortales antes de la Caída? Hubo un mandamiento, a saber: “Fructificad y multiplicaos; y henchid la tierra”. ¿Cómo? ¿Mandó el Señor a dos seres inmortales que multiplicaran su especie? Sí, lo hizo. Al meditar sobre este gran mandamiento dado a estos dos seres inmortales, se nos abre un campo de reflexión y conocimiento acerca de los grandes designios del Todopoderoso. Nos da a conocer que el Señor nuestro Dios tenía la intención de que los seres inmortales multiplicaran su especie. ¿Pueden encontrar algún lugar en el libro de Génesis donde se mandara a nuestros primeros padres multiplicarse después de la Caída? No recuerdo ningún pasaje semejante. He leído las Escrituras muy diligentemente y no recuerdo tal mandamiento. Sin embargo, lo hicieron, y la consecuencia fue que nacieron hijos de la condición mortal: seres mortales vinieron a la tierra. ¿Por qué? Porque después de la Caída, Adán y Eva se volvieron mortales, y su descendencia, por supuesto, era según el orden del mundo, mortal por naturaleza. Así como los padres estaban sujetos a la muerte, al dolor, al pesar, a la angustia y a toda clase de males, también lo estaba toda su posteridad. Era contrario a la ley de Dios que seres mortales engendraran hijos de inmortalidad; era contrario al orden del cielo que seres mortales multiplicaran su especie en forma de seres inmortales. Pero ¿no podemos suponer que era realmente necesario, aunque no se diera ningún mandamiento, que los hijos de la condición mortal multiplicaran su especie? Aunque el Señor no dijo nada a Adán y Eva sobre este asunto después de la Caída, hasta donde está escrito, podemos suponer que era conforme a Su propósito y designio que multiplicaran hijos de la condición mortal, aun cuando no les dio ningún mandamiento después de la Caída a ese respecto. Han continuado haciéndolo, y sus hijos después de ellos, en todas sus generaciones hasta el tiempo presente, y continuarán haciéndolo en generaciones futuras hasta que la tierra haya cumplido la medida de su creación, conforme al número de almas que existían antes de que el mundo fuera organizado, en la familia de las dos terceras partes que guardaron su primer estado.
Pero ¿llegará el tiempo, en la duración interminable del futuro, en que nuestros primeros padres cumplan aquel mandamiento que se les dio cuando todavía eran hijos de inmortalidad? En otras palabras, ¿llegará alguna vez el tiempo en que Adán y Eva sean inmortales y lleven a cabo el mandamiento que se les dio en los días de su primera inmortalidad? Respondo que sí; sin esto, el mandamiento de Dios nunca podría cumplirse en todos sus aspectos. Aunque cientos de miles de millones, o más, de los descendientes de aquellos seres mortales vinieran aquí a la tierra, el mandamiento no queda plenamente cumplido; aunque él haya engendrado hijos e hijas, Caín, Abel, Set y muchos otros, durante unos novecientos años o más, aun así, todos los hijos y las hijas que engendró mientras era mortal aquí sobre la tierra no cumplieron, en todos sus aspectos, el mandamiento que se le dio cuando era un ser inmortal. Eso tiene que cumplirse después de que Adán y Eva sean resucitados de la tumba. ¿Han resucitado ya? Creo que sí. Hubo muchísimos que resucitaron en el tiempo de la resurrección de Cristo. Cristo fue las primicias de la resurrección, y después hubo muchísimos santos que salieron de sus tumbas y resucitaron, y se les permitió entrar en la gloria celestial y morar a Su diestra. Entre ellos no tengo duda de que a nuestros primeros padres, Adán y Eva, se les permitió salir y entrar en la gloria celestial; y no tengo duda de que han estado cumpliendo el mandamiento que se les dio antes de caer. Han pasado casi dos mil años desde la primera resurrección de los santos. No puedo creer que Adán y Eva hayan estado ociosos durante estos diecinueve siglos. No puedo creer que ellos solos constituyan toda su familia; sino que creo que durante este tiempo han estado cumpliendo literalmente el mandamiento que se les dio en la mañana de la creación y que, como seres inmortales, han engendrado hijos e hijas inmortales desde su resurrección. Así, el mandamiento del Altísimo no quedó anulado, sino que está en proceso de cumplimiento.
Pero indaguemos aún más sobre este asunto, porque parece abrir otro campo ante nuestra mente. Los hijos de inmortalidad están obligados a multiplicarse para cumplir este mandamiento. Por tanto, en el Evangelio, en toda su plenitud y gloria, hay más de lo que este mundo jamás ha soñado. El llamado mundo cristiano no ha mirado hacia el gran futuro; no ha reconocido la gran ley que Dios estableció para que los seres inmortales engendraran su especie; porque si nuestros primeros padres deben hacer esto para obedecer el mandamiento que se dio antes de la Caída, también deben hacerlo sus hijos, o de lo contrario ser transgresores para siempre; una cosa o la otra. Sus hijos, digo, nunca podrán cumplir el objeto del mandamiento que se dio a seres inmortales a menos que ellos, como seres inmortales, multipliquen así su especie; y por esta razón encontramos incorporada en el Evangelio que predicó Pablo esta gran declaración: “Pero en el Señor, ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón”. ¿Cómo? ¿Acaso yo, ustedes o los habitantes de la tierra no podemos realmente estar en el Señor sin estar unidos en el santo convenio del matrimonio, el varón con la mujer? Así lo dice Pablo. Sin embargo, es una declaración muy extraña para esta generación, que ha perdido el conocimiento de Dios por la apostasía de sus padres. Siempre han supuesto que podían entrar en una plenitud de la gloria del mundo celestial sin estar unidos por los lazos de la unión eterna. Pero no es así; no fue así en el principio. El primer matrimonio que se conoció en esta creación no fue un matrimonio entre hijos de la condición mortal, sino un matrimonio celebrado por autoridad divina, por poder divino. Fue un matrimonio entre dos seres inmortales. Ningún otro matrimonio podría ser tan importante, tan esencialmente necesario para los habitantes de esta creación como el primero que se celebró en el principio. ¿Qué piensan ustedes, cristianos del siglo XIX, que pertenecen a las diversas denominaciones? ¿Cuáles son sus opiniones acerca del matrimonio? Su manera de ver las cosas nos lo dice. Sus artículos de fe nos lo dicen. Los reglamentos que tienen para el gobierno de sus iglesias nos dicen que, cuando se celebra un matrimonio entre ustedes, es entre dos seres mortales y solo están casados hasta que la muerte los separe. ¡Oh, cuán diferente del primer matrimonio del que se tiene registro, entre dos personajes inmortales cuyos días, siempre que guardaran los mandamientos de Dios, nunca habían de terminar, sino que sus vidas habían de ser interminables o eternas! Los Santos de los Últimos Días tienen una forma de matrimonio diferente de la de estos sectarios. Tenemos en nuestra Iglesia un matrimonio entre el varón y la mujer que se extiende a las edades interminables de la eternidad; no consideramos que un matrimonio sea de gran importancia a menos que abarque la eternidad. No creemos en esos matrimonios que han de permanecer vigentes apenas mientras dure este hilo mortal de existencia; no creemos en un matrimonio que deba ser quebrantado, disuelto y separado por aquel tirano llamado muerte. La muerte no tiene nada que ver con disolver matrimonios; me refiero a los matrimonios que se realizan conforme a la disposición y la voluntad de Dios. La muerte puede venir y separar a los dos durante un breve tiempo, pero no disuelve los lazos matrimoniales. Si Eva muere antes que su esposo Adán, no queda divorciada de él, ni él de ella; sino que ella considera, mientras mora en un paraíso celestial, que tiene legal y legítimamente un esposo en la carne sobre la tierra. Adán, si todavía continúa viviendo sobre la tierra mientras Eva ha emprendido el vuelo al mundo eterno, considera que tiene una esposa en el cielo, aunque esté separado de ella por un breve tiempo. Ella sigue siendo su esposa y lo será hasta que él mismo descienda a la tumba; y ni siquiera eso disuelve el vínculo matrimonial. La gran redención efectuada por medio del Hijo Unigénito, la gran redención que rescata a Adán y Eva de sus tumbas, también los restaura de este breve período de separación que ha ocurrido por causa de la muerte; los devuelve nuevamente a la compañía del otro como esposo y esposa, y permanecerán en esa relación mientras dure la eternidad.
Pero aquí surge otra pregunta, una de la mayor importancia para los hijos de los hombres de todas las generaciones: ¿hay matrimonios que Dios reconozca de los cuales Él no sea el autor? En otras palabras, supongamos que dos personas de la Iglesia Católica Romana, de la Iglesia Griega, de cualquier iglesia protestante, o dos personas que no pertenezcan a ninguna denominación religiosa son casadas por un ministro, por un juez de paz o por cualquier persona que afirme tener autoridad entre los hombres para celebrar la ceremonia matrimonial: ¿tienen algún derecho el uno sobre el otro cuando la muerte los separa? Según sus propios convenios, no lo tienen. El ministro solo los casó hasta que la muerte los separara. Cuando la muerte viene y separa a esas dos personas, su convenio matrimonial ha caducado; se ha agotado, ha llegado a su fin. Pero alguien pregunta: ¿No les permitirá el Señor vivir juntos como esposo y esposa después de la resurrección? ¿Por qué habría de hacerlo? Si Él los hubiera unido conforme a la ceremonia matrimonial que se administró a la primera pareja de inmortalidad, entonces podrían reclamarse mutuamente después de la resurrección; pero como la ceremonia fue realizada por un hombre sin inspiración, no enviado por Dios y sin poder para sellar en la tierra de modo que quede sellado en el cielo, por supuesto que su convenio matrimonial caduca; ese es el fin eterno de su relación. Ahora bien, los Santos de los Últimos Días no están dispuestos a seguir las tradiciones de las denominaciones sectarias de la tierra; deseamos que esta grande e importante ceremonia se realice de tal manera que sea perdurable, que nunca tenga fin, sino que dure mientras duren las edades eternas.
¿Cómo llegamos a obtener conocimiento alguno sobre este asunto? No por nuestra propia sabiduría, ni por escudriñar las Escrituras de verdad. Si Dios no se hubiera revelado y no hubiera dado instrucciones sobre este punto importante, estaríamos en la ignorancia, al igual que todo el resto del mundo; y nuestros matrimonios, como los de ellos, serían solo por el tiempo.
Aquí mismo surge otra pregunta importante en cuanto a aquellos matrimonios celebrados sin autoridad; es esta: muchos de ustedes, Santos de los Últimos Días, cuando abrazaron este Evangelio en Gran Bretaña, en Escandinavia, en diversas partes de los Estados Unidos y entre las distintas naciones, eran hombres que tenían familias, esposas e hijos; estaban casados conforme a las leyes de las respectivas naciones entre las cuales moraban; estaban casados hasta que la muerte los separara; no estaban casados por la eternidad. Cuando vinieron aquí a esta tierra comenzaron a indagar más plenamente en la naturaleza del convenio matrimonial. Descubrieron que debía haber un convenio eterno, una unión eterna. Entonces surge la pregunta: ¿será suficiente su matrimonio anterior? De ningún modo. No tendrían esposa en la mañana de la resurrección ni hijos que fueran suyos legal y legítimamente. ¿Por qué? Porque su matrimonio no era legal, salvo en lo concerniente a las leyes del país, legal únicamente según las tradiciones de los hombres. Entonces, ¿qué deben hacer para estar legalmente casados, para que su matrimonio resista la prueba en el día del juicio y para que tengan derecho a sus familias después de la resurrección? Deben hacer que se realice nuevamente la ceremonia. Toda pareja que se casó en el extranjero, entre las naciones, debe volver a casarse, no por autoridad del hombre, sino por autoridad divina. Sus convenios deben ser eternos y sellados por autoridad divina, y entonces tendrán derecho el uno al otro. Pero ¿qué hay de sus hijos, que fueron engendrados mientras todavía estaban entre las naciones? ¿Pueden reclamarlos en la mañana de la resurrección? No, no pueden, a menos que sean sellados a ustedes por la debida autoridad; sus hijos y sus hijas deben ser sellados a ustedes por alguien que tenga autoridad de Dios; de otro modo, no tienen derecho a ellos. ¿Por qué? Porque fueron engendrados bajo un matrimonio con el cual el Señor no tuvo nada que ver, salvo permitirlo; lo permitió con un sabio propósito, para que la especie humana no fuera destruida ni llegara a su fin sobre la tierra; pero en cuanto a mandarlo, Él no tuvo nada que ver con ello. Por consiguiente, no solo sus esposos y esposas tienen que volver a casarse por autoridad divina, sino que todos los hijos que les nacieron bajo el matrimonio anterior deben ser sellados a ustedes para que puedan reclamarlos en la mañana de la resurrección.
Pero esto abre otro campo. Estoy hablando a algunos que tienen una segunda esposa. Perdieron a su primera esposa, ¿no es así?, y volvieron a casarse conforme a las leyes de las naciones. ¿Qué hay de estas dos esposas? Una vive y la otra ha muerto; quizás la que murió era tan buena como la que vive; quizás la persona que murió antes de que ustedes se congregaran aquí en estas montañas era moralmente tan buena como cualquier Santo de los Últimos Días y vivió de acuerdo con toda la luz y el conocimiento que poseía; sin embargo, no estaba casada con ustedes por autoridad divina. ¿Qué será de ella? ¿Debe quedar a un lado en la resurrección? Y la segunda esposa, porque resulta que vive, recibe el Evangelio y sale de entre las naciones para congregarse en las montañas, donde se ha revelado la autoridad para administrar estas ordenanzas, ¿debe suplantar a la primera, que descendió a la tumba antes de escuchar estas cosas? ¿Debe la primera permanecer sin su familia y sin sus hijos, conforme al orden que existe en el mundo eterno, mientras la segunda disfruta de todas estas cosas porque vivió un poco más? ¿Qué piensan al respecto? ¿No se han hecho preparativos para la primera esposa que ha dormido, al igual que para la segunda? Porque Dios no hace acepción de personas, siempre que sean sinceras y obedientes; y aunque las personas no lleguen a recibir la plenitud de las bendiciones del Evangelio porque quizás este no les haya sido enviado y ellas hayan dormido, Dios no fue tan falto de previsión al establecer el plan de salvación como para no hacer preparativos para ellas. Sí los hizo; ¿y de qué manera? Que los vivos actúen por los muertos; esa es la disposición. Por eso leemos, con respecto a una de las sagradas y santas ordenanzas llamada bautismo, que los santos de la iglesia de Corinto, en tiempos antiguos, se bautizaban por quienes habían muerto. ¿Cuál era el objeto de esto? Que se pudieran conferir bendiciones eternas a quienes habían muerto, debido a los actos de los vivos en favor de ellos, siempre que los muertos aceptaran lo que los vivos habían hecho por ellos. El mismo gran Ser que estableció el principio del bautismo por los muertos y en su favor también estableció la unión eterna mediante otras ordenanzas sagradas referentes al hombre y a la mujer; no solo para los vivos, sino también para los muertos, a fin de que pudieran beneficiarse no solo de los actos de los vivos en el bautismo, sino también de sus actos con respecto al convenio matrimonial; lo uno es tan consecuente como lo otro. Si hay algún gran principio que influya en el bienestar eterno de la familia humana, alguna gran ordenanza que deba efectuarse y que les dé derecho y título a bendiciones eternas, no importa si es el bautismo, la imposición de manos o cualquier otra ordenanza que Dios haya instituido, será reconocida en los cielos eternos. Bien dijo el Apóstol: “Ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón, en el Señor”. Él comprendía el principio.
Pero ¿llevaremos esto un paso más allá? He hablado de estas dos mujeres: una que muere sin oír el Evangelio y otra que tiene todos los privilegios del Evangelio relacionados con cada bendición referente a la eternidad. Ahora bien, si los vivos pueden actuar por los muertos de manera vicaria, en otras palabras, si el Señor nuestro Dios da un mandamiento a Sus santos vivos para que administren todas estas ordenanzas por los muertos y en favor de ellos, entonces los muertos tendrán derecho a estos poderes y ordenanzas de sellamiento tal como si estuvieran vivos. Pero alguien dice: “Veo aquí una dificultad”. ¿Cuál es? “Pues que si estas dos mujeres salen en la resurrección y estas ordenanzas son reconocidas en el cielo, el hombre tendría dos esposas a la vez en el mundo eterno, ¡y eso escandalizaría mucho nuestra conciencia!”. Pues bien, al Señor no le preocupa particularmente evitar que su conciencia se escandalice. No va a apartarse de los principios de la verdad eterna para que sus conciencias o tradiciones no sean perturbadas en lo más mínimo. No va a variar esta ley, que estableció desde antes de la fundación del mundo, para acomodarse a la conciencia de ustedes ni a la de nadie más. Pero alguien dice que eso sería predicar la pluralidad para quienes sean levantados en el mundo eterno. Dos mujeres entrarían en la misma familia y serían esposas por toda la eternidad; y como usted ha dicho que el Señor mandó que esta multiplicación tuviera lugar cuando eran seres inmortales, entonces, por supuesto, ambas esposas levantarían posteridad en todas las edades de la eternidad, siendo personajes inmortales, y así cumplirían el gran y primer mandamiento. “Ahora”, dice alguien, “estas son las consecuencias que se desprenden de las doctrinas que usted está enseñando”. Reconozco que lo son; quizás estén dispuestos a admitir la verdad de esto en lo que respecta a la eternidad y a quienes han partido de aquí sin oír el Evangelio. Pero permítanme hacer aquí una pregunta: ¿Es más correcto que dos mujeres reclamen al mismo esposo después de salir de la tumba que el que dos mujeres, aquí en el tiempo, viviendo sobre esta tierra, reclamen a un hombre como su esposo? Si lo uno es correcto, lo otro también lo es; y si esto último no es correcto, entonces la primera doctrina que he mencionado tampoco lo es.
Pero no he terminado con este tema. Hay otros puntos que considerar. Solo he hablado de dos mujeres. Ahora alguien dice: aquí hay una mujer que sobrevive a su esposo y se casa con un segundo esposo. El segundo esposo recibe el Evangelio y entra en la Iglesia; el primero murió sin haberlo oído jamás. ¿Qué van a hacer con él? ¿Suponen que Dios, al establecer el gran plan de salvación, olvidaría hacer leyes, disposiciones o condiciones en cuanto a estos asuntos? De ningún modo. Ha dispuesto que todo hombre que sea digno tenga una familia propia; pero nunca dispuso, ni antes de la fundación del mundo ni durante ninguna de las dispensaciones que han existido sobre la tierra, que una mujer tuviera dos esposos vivos al mismo tiempo. Sí dispuso que un hombre tuviera dos o más esposas, y lo reconoció, lo aprobó y bendijo a quienes entraron en Su orden matrimonial en tiempos antiguos; pero no tenemos noticia de que haya aprobado jamás lo contrario. “Pues bien”, pregunta alguien, “¿qué será de este buen hombre que se encontró en esta situación?”. Hay disposiciones establecidas desde antes de la fundación del mundo que toman en consideración todos estos casos; a saber, que toda la familia humana que ha muerto sin la ley o entre dispensaciones, cuando no había autoridad divina sobre la tierra, tenga una oportunidad apropiada mediante la actuación de los vivos por los muertos; y como hay innumerables mujeres que han muerto y nunca tuvieron esposo, se han hecho preparativos para todos, siempre que abracen en el mundo de los espíritus el gran plan de salvación en toda su plenitud.
Podríamos decir mucho más acerca de este tema. Podríamos presentar ante esta congregación un caso como este: aquí hay un joven. Sale entre la comunidad y busca una esposa. Acude ante quienes poseen autoridad divina, poder para atar en la tierra y que quede atado en el cielo, y se casa con ella por el tiempo y por toda la eternidad. Después de un tiempo ella muere. Quizás haya tenido uno o dos hijos, o quizás no haya tenido ninguno, según sea el caso. Muere y deja a su esposo todavía joven. ¿Debe este joven, este buen hombre, el hombre que ha guardado los mandamientos de Dios y ha sido obediente al Evangelio del Hijo de Dios, permanecer todos los días de su vida, quizás cincuenta o sesenta años más, sin tener el privilegio de tomar otra esposa, habiendo muerto su primera esposa? “Oh”, dice alguien, “la ley no prohíbe que un hombre tome otra esposa cuando muere la suya”. Supongamos que toma otra, ¿qué sucede entonces? Si solo pudiera tener una esposa después de la resurrección de los muertos, ¿qué haría su segunda esposa? ¿No sería probable que dijera: “No, señor, usted tiene una esposa; ella está en la tumba y fue casada con usted por el tiempo y por toda la eternidad; ahora yo también deseo un esposo para toda la eternidad. ¿Se ha hecho alguna disposición para mí si entro como segunda esposa?”. Pues sí. La disposición es que ambas pueden ser selladas a él por el tiempo y por toda la eternidad sin violar la ley de Dios.
Todos estos principios que he tratado, referentes al matrimonio eterno, en el momento mismo en que se admite que son verdaderos, introducen la pluralidad matrimonial; y si la pluralidad matrimonial no es verdadera o, en otras palabras, si un hombre no tiene derecho divino a casarse con dos o más esposas en este mundo, entonces el matrimonio por la eternidad no es verdadero, y toda su fe es vana, y todas las ordenanzas y poderes de sellamiento referentes a los matrimonios por la eternidad son vanos, sin valor e inútiles; porque tan cierto como que lo uno es verdadero, lo otro también debe serlo. Amén.



























