La vida, la muerte y los propósitos eternos de Dios
Dios procura la salvación de Sus hijos conforme a leyes eternas, respeta su albedrío y les ofrece, mediante el Evangelio de Jesucristo, esperanza más allá de la muerte.
Un sermón fúnebre del presidente John Taylor, pronunciado ante los restos de Joseph M. Cain, hijo de Joseph y Elizabeth Cain
por el presidente John Taylor, pronunciado en los salones de asambleas del Barrio 14, Salt Lake City, el 8 de febrero de 1880
Volumen 21, discurso 3, páginas 14-22
Nos hemos reunido aquí hoy, como frecuentemente tenemos que hacerlo, para rendir el último tributo de respeto a quien ha fallecido. El tiempo, con todos sus cambios y vicisitudes, nos pone muy a menudo frente a circunstancias como las que ahora tenemos ante nosotros. Venimos al mundo, luchamos por un breve tiempo con los asuntos propios de la naturaleza humana y, al cabo de un tiempo, las luchas del presente terminan. Las fatigadas ruedas de la vida se detienen y pasamos a otro estado de existencia. Como personas sabias, prudentes e inteligentes, nos corresponde comprender realmente la verdadera posición que ocupamos con relación al pasado, al presente y también al futuro.
Hablando del pasado, todos hemos tenido nuestras ideas acerca de una existencia premortal. Consideramos que Dios es el Padre de los espíritus de toda carne, no solo de quienes le temen, sino también de quienes no le temen y desobedecen Sus leyes. Él es el Padre de los espíritus de todos y, como se expresa en las Escrituras, “linaje suyo somos”, y de Él procedemos. Vinimos a este mundo para atender ciertos asuntos dispuestos por el Todopoderoso y en los cuales, según el programa del Señor, era necesario que participáramos. Tuvimos muy poco que ver con nuestra llegada aquí; todas las cosas siguen su curso natural. Sin embargo, mientras estamos aquí, en un estado de probación, sí tenemos algo que ver con nuestros asuntos. Pero en cuanto a nuestra partida, en noventa y nueve casos de cada cien, o incluso más, tenemos poco que ver con ella.
Hay ciertos propósitos inescrutables relacionados con el programa divino que los hombres generalmente no comprenden. Sabemos muy poco del mundo en que vivimos y de sus habitantes. Pero ¿qué sabemos, y cuán poco sabemos, con relación al pasado o acerca de cualquier cosa que pertenezca al futuro? ¿Quién puede comprender los propósitos de Dios referentes, para comenzar, a la organización de la tierra, a poblarla y a sostenerla; o con respecto a la posición de las naciones y a su destino; o en cuanto al mundo mismo y a los diversos cambios que aún han de ocurrir en él? Y luego, ¿quién de nosotros sabe algo definido acerca de nosotros mismos, de los impulsos que nos gobiernan y nos mueven, o de los poderes de las tinieblas o de los poderes de la luz, según sea el caso, que nos rodean? ¿Cuántos de nosotros comprendemos estas cosas? En verdad, muy pocos. Según lo entiendo, el designio de Dios al venir nosotros aquí es darnos cuerpos, para que los espíritus que fueron creados antes pudieran tener tabernáculos en los cuales vivir y existir, moverse y actuar como seres corpóreos, si se quiere; y para que, conforme a ciertas leyes inescrutables de Dios referentes a la familia humana, al destino futuro del hombre y al mundo en que vivimos, mediante la unión del cuerpo y del espíritu y su obediencia a ciertas leyes que el gran Elohim ha dado para guiar a Su pueblo, pudieran ser más exaltados, más dignificados y más gloriosos de lo que les habría sido posible si no hubieran venido aquí a morar en estos tabernáculos y a combatir los diversos males a los que la carne está sujeta.
En estas circunstancias, de tiempo en tiempo, Él ha dado a conocer Su voluntad a los hombres. En diferentes épocas ha levantado hombres con quienes se ha comunicado, a quienes ha revelado Su voluntad y a quienes, en determinadas circunstancias, ha confiado Su ley; los ha hecho Sus portavoces ante la familia humana y, por medio de ellos, ha revelado la vida y sus principios, ha descorrido el velo de los cielos y dado al hombre conocimiento del futuro, y ha manifestado Su condenación o Su aborrecimiento del mal y de la iniquidad de toda clase, y ha mostrado por medio de ellos las malas consecuencias de seguir ese camino. Estos hombres, en las diferentes épocas en que vivieron, advirtieron a los pueblos y a las naciones en cuanto al mal, procuraron impulsarlos al bien y les ofrecieron el principio de las vidas, vidas eternas que habrían de obtenerse en lo venidero en los reinos celestial, terrestre o telestial. Estos hombres y estos principios, que el Todopoderoso ha dado a conocer, han surtido su efecto en mayor o menor grado entre la familia humana. Pero junto a esto ha existido un espíritu de antagonismo hacia Dios, hacia la virtud, hacia la verdad, hacia la pureza, hacia la santidad y hacia aquellos principios destinados a elevar y exaltar a la humanidad a través del tiempo y de las eternidades venideras. Así, dos influencias han estado obrando entre las naciones y entre los diversos pueblos de la tierra en las diferentes épocas. A veces, a la familia humana le parece misterioso que las cosas hayan sido como han sido. No comprenden el significado, los propósitos, los designios, ni siquiera la ley de Dios. De hecho, algunas de estas leyes no se han dado a conocer a la humanidad en general. Permítanme decir que hay leyes eternas que existen entre los Dioses en los mundos eternos, de las cuales no pueden apartarse y a las cuales están sujetos en todos Sus actos; iba a decir como lo estamos nosotros, pero diré que no como lo estamos, sino como deberíamos estarlo, sujetos a la ley de Dios en todos nuestros actos; y que es absolutamente necesario que los hombres sean puestos en un estado de prueba, en un estado de probación. Era tan necesario que Satanás, si se quiere, ejerciera su poder como que Dios ejerciera el Suyo. Esto es algo que los hombres no siempre comprenden y, de hecho, entienden muy poco al respecto. Sin embargo, se nos dice que “es preciso que haya una oposición en todas las cosas”: el bien y el mal, la luz y las tinieblas, la felicidad y la miseria, la corrupción y la incorrupción, la vida y la muerte, el cielo y el infierno.
Hablamos de una vida futura y del cielo, acerca de los cuales los hombres tienen ciertas ideas vagas. Algunos piensan que el cielo está más allá de los límites del tiempo y del espacio. Es una especie de pensamiento poético que suena muy bien; pero ¿dónde está semejante lugar? Cuando reflexionamos sobre ello con serenidad, naturalmente concluimos que no está en ninguna parte. Pero los hombres han albergado nociones e ideas singulares acerca del futuro, muchas de las cuales han sido erradas, insensatas e ignorantes; y lo cierto es que al hombre le resulta imposible comprender cosa alguna acerca de Dios sin la ayuda de Sus revelaciones. Job dice: “¿Descubrirás tú las profundidades de Dios? ¿Descubrirás la perfección del Todopoderoso? Es más alta que los cielos, ¿qué harás? Es más profunda que el Seol, ¿qué sabrás?”.
Se nos dice enfáticamente que ningún hombre conoce las cosas de Dios sino por el Espíritu de Dios. ¿Y cómo han de llegar a conocer estas cosas a menos que posean esa luz y ese Espíritu capaces de impartirles tal inteligencia? El conocimiento de Dios está fuera del alcance de la humanidad que carece de inspiración. ¿Quién puede descorrer el velo del mundo invisible? ¿Quién puede penetrar en el futuro y contemplar, como lo han hecho algunos hombres, a través de la oscura perspectiva de las épocas venideras, los propósitos de Dios que avanzan con toda su majestad y gloria hasta su consumación, acerca de los cuales ni ellos, ni nosotros, ni nadie puede saber cosa alguna sino por medio de ese Espíritu y bajo Su influencia? No pueden conocerlos; están fuera de su alcance.
Pues bien, ¿qué sucede entonces con las cosas de los hombres? Vemos a los hombres discutir y reñir por asuntos religiosos, por cosas acerca de las cuales, en realidad, son tan ignorantes como los niños pequeños. Disputan acerca de ciertos principios, dogmas y teorías, y organizan debates sobre ellos, ocasionando muchas veces problemas en las familias y en los vecindarios; a menudo se persiguen unos a otros e incluso se dan muerte por cosas de las que ellos mismos nada sabían. Todo esto es muy insensato.
¿Qué siente Dios por la familia humana? Siente que son Sus hijos. ¿Cómo? ¿Todos? Sí; el blanco, el negro, el indígena, el judío, el gentil, el pagano, el cristiano y todas las clases y condiciones de hombres; se interesa por todos, lo ha hecho desde el principio y seguirá haciéndolo hasta el fin. Hará todo cuanto esté en Su poder para el beneficio, la bendición y la exaltación de la familia humana, tanto en el tiempo como en la eternidad, de conformidad con esas leyes y esos principios eternos a los que me he referido, de los cuales Él mismo no puede apartarse. A veces albergamos sentimientos adversos hacia personas que no piensan como nosotros ni creen como nosotros, y somos propensos a desacreditarlas. Pues bien, esos son asuntos de ellas. ¿Cómo? ¿Permitiría usted que cada cual adorara como le plazca? Ciertamente. ¿Cómo? ¿Aunque supiera que están en el error? Ciertamente. No desearía controlar la mente humana; no controlaría las acciones de los hombres. Dios no lo hace; los deja ejercer su propio albedrío para combatir las pruebas, las tentaciones, las adversidades y los males de toda clase que hay en el mundo, a los cuales la humanidad está o puede estar expuesta. Sin embargo, puso a su alcance ciertos principios y desearía conducirlos hacia Él si estuvieran dispuestos a dejarse guiar. Si no lo están, entonces hace por ellos lo mejor que puede. En algunos casos ha tenido que salir, como se dice, “en el ardor de su ira”, contra los pueblos y las naciones de la tierra; y muchas otras cosas han formado parte de Su programa, porque esta vida, con sus pocos años, no es, en comparación, sino unos breves momentos a los ojos de Jehová. No es más que un palmo, un sueño o un relato que se cuenta y pasa. Pero en cuanto a las eternidades venideras y a las realidades con las cuales tendremos que ver en lo futuro, ese es otro asunto. He oído a hombres hablar de la crueldad de Dios, tal como algunas personas insensatas hablan de sus padres. ¿Quién sabe algo acerca de Dios? ¿Lo han visto alguna vez? Algunos piensan que fue muy cruel de Su parte destruir al mundo mediante el Diluvio. ¿Cómo saben que no fue el mayor beneficio que podía conceder a aquel pueblo inicuo? ¿Cómo saben que no fue una de las bendiciones más abundantes que podía derramar sobre sus cabezas al quitarlos de la tierra, enviarlos a otra existencia y luego encerrarlos en una prisión? ¿Cómo lo saben? Ciertamente, no saben que no haya sido así.
Razonemos por unos momentos y veamos las cosas tal como son; las expondré tal como son y como fueron. Antes de los días del Diluvio, Satanás obtuvo ascendiente sobre muchos hombres y los puso bajo su gobierno y dominio. Comenzó con Caín, y lo primero que hizo fue convertirlo en asesino y enseñarle muchos principios del mal, y este fue llamado el gran Mahan. Bajo la influencia y el poder de Satanás, obró para frustrar los designios de Dios e impedir los propósitos de Jehová. Satanás comenzó primero en los cielos, pero fue expulsado y logró obtener gran ascendiente sobre la mente de las personas, a quienes hizo corromperse, conduciéndolas al mal, a la insensatez, a la vanidad y a corrupciones de toda clase, hasta tal punto que se nos dice que “todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal”. ¿Qué había que hacer entonces? Había otros interesados además de quienes estaban sobre la tierra. Había innumerables huestes de espíritus en los cielos que debían venir y tomar tabernáculos. ¿Era correcto y justo, era equitativo, estaba de acuerdo con los principios de la justicia que aquellos que eran puros con su Padre en los cielos vinieran a tomar cuerpos y se vieran obligados a entrar en tabernáculos que eran descendencia de aquellos seres corruptos que entonces poblaban la tierra? Si ustedes o yo hubiéramos estado allí, ¿no habríamos hablado a nuestro Padre y dicho: “Padre, ¿ves las corrupciones que existen sobre la faz de la tierra?”. “Sí, lo sé”. “¿Es justo que tengamos que entrar en estos cuerpos corruptos, contaminados, malos e inicuos, recibir de ellos nuestra ascendencia terrenal y quedar sujetos a ese poder y a la iniquidad en todas sus formas durante miles o millones de años por venir?”. “No —dice Él—, no lo es, y los barreré, los destruiré; mientras viven poseen el poder de reproducir su especie, pero los privaré de ese poder. Enviaré sobre ellos las aguas del Diluvio y luego los encerraré en una prisión”. ¿Lo hizo? Lo hizo. Pero antes de hacerlo, hizo que se les predicara el Evangelio, tal como ahora se está predicando, y fueron enviados entre los pueblos hombres investidos del sacerdocio para proclamarles los grandes principios de la vida; y tenían el Evangelio, las revelaciones de Dios y la comunión con su Padre Celestial. Enoc era un predicador de rectitud, y en aquella época fueron enviados numerosos élderes entre el pueblo, quienes proclamaron los principios de la verdad eterna y reunieron a las personas, para que todo hombre que quisiera temer a Dios, obedecer Su ley y regirse por los principios de la rectitud pudiera tener las bendiciones plenas del Evangelio sempiterno; y Él los reunió antes de que llegara la destrucción. Fueron congregados en Sion, y aquella Sion fue arrebatada de la tierra por el poder de Dios; y entonces la mano vengadora de Dios cayó sobre los habitantes corruptos que habían quedado, debido a sus iniquidades. ¿Habría sido correcto permitir que predominaran la corrupción y la iniquidad, que los poderes de Satanás ejercieran la influencia dominante y que Dios quedara excluido? No. Por tanto, Él llevó a cabo lo que hizo. ¿Los perjudicó? No; de todos modos, solo habrían vivido unos pocos años más; pero Él no quería que perpetuaran aquella clase de insensatez, iniquidad y corrupción que entonces prevalecía, y dijo: “Lo detendré”, y lo detuvo. Ahora bien, ¿qué hay del futuro de esas personas? Podemos tener ideas curiosas acerca de ellas. Algunos piensan que permanecerán en el infierno por los siglos de los siglos. Pero estaban en las manos de Dios, y Él actuó justamente con ellas. Más adelante, cuando vino Jesús, ¿qué hizo? Tan pronto como terminó Su breve misión sobre la tierra, “siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en el espíritu; en el cual también fue y predicó a los espíritus encarcelados, los que en otro tiempo fueron desobedientes, cuando una vez esperaba la paciencia de Dios en los días de Noé”; para que pudieran ser puestos en el mismo plano y en la misma posición que los demás; para que pudieran obtener el lugar que les correspondía en los mundos eternos y ser recompensados con todo aquello de lo que les fuera posible disfrutar, conforme a las leyes eternas y a la inescrutable justicia de Jehová. Así se satisfizo la justicia, se vindicó la ley, se castigó a los inicuos, se protegió y se proveyó para los puros que aún no habían nacido y, finalmente, los encarcelados fueron liberados de su cautiverio y se extendió la salvación a los prisioneros. ¿Había algo malo en eso? “Sí —dice el ignorante que nada sabe al respecto—, fue muy cruel”. Pues bien, la mayor crueldad que hay en tales hombres es que son cruelmente ignorantes y no saben de qué están hablando.
Ahora, con respecto a otras cosas. El Evangelio se ha enviado de tiempo en tiempo entre los pueblos. ¿Y qué hace? Saca a luz la vida y la inmortalidad. ¿Ha abandonado Dios alguna vez Su propósito con relación a los habitantes de la tierra? No; pero en las diferentes épocas ha dado ciertas leyes y principios a determinadas clases de personas. Se dice que Dios ha hecho de una sangre a todas las naciones de la tierra; sin embargo, hay ciertas clases de hombres entre las naciones, así como hay ciertas clases de metales. No todo es oro, no todo es plata, no todo es bronce, no todo es hierro; todos ocupan su debida posición y tienen su valor relativo. Lo mismo sucede con los cielos. Hay cuerpos celestiales, hay cuerpos terrestres, hay cuerpos telestiales. Se nos dice que una es la gloria del sol, otra la gloria de la luna y otra la gloria de las estrellas, y que, así como una estrella difiere de otra en gloria, así también será en la resurrección. Esta distinción surge de los actos de los hombres, como se dice: “Sois esclavos de aquel a quien obedecéis”.
Ahora bien, ¿para qué estamos aquí? ¿Cuáles son las cosas que profesamos hacer? Preguntaré: ¿Qué procuró hacer Jesús cuando estuvo aquí? ¿Vino a maldecir a la humanidad? No, sino a bendecirla; vino a buscar y a salvar a los que estaban perdidos; vino a desplegar los principios de la verdad eterna, a sacar a luz la vida y la inmortalidad por medio del Evangelio. Vino, conforme al decreto eterno del Todopoderoso, a ofrecer Su vida como sacrificio, como expiación por los pecados de la familia humana. Vino a dar a conocer principios que emanaban de Dios, a organizar Su Iglesia sobre la tierra y a investir a Sus discípulos de autoridad, para que pudieran salir como Sus mensajeros a proclamar los principios de la verdad eterna a la familia humana. Por eso dice: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado será salvo; pero el que no crea será condenado”. Este es uno de esos decretos eternos de los cuales no se puede escapar. Y luego hablamos de la condenación del infierno; y las personas tienen ideas tan extrañas acerca de ello como acerca de otras cosas. He leído declaraciones de hombres que eran verdaderamente terribles al describir el estado de los condenados. Ya es bastante malo, pero no es la clase de cosa que ellos representan. Recuerdo también haber leído unos versos que decían más o menos así:
“Años infinitos en tormento habré de pasar, y nunca, nunca, nunca tendrán final. ¡Ah! ¿Habré de yacer en desoladora desesperación tantos años como átomos hay en el aire; y, cuando estos hayan pasado, tantos miles más como granos de arena hay en la orilla del mar? Cuando todos estos lúgubres años se hayan consumido en dolor, y se multipliquen de nuevo por millones, hasta que los números ahoguen el pensamiento, si pudiera suponer que entonces mis sombríos años tendrían fin, esto me ofrecería una esperanza; pero ¡ah!, tiemblo al meditar en esta terrible palabra: para siempre; en este abismo ardiente yazgo blasfemando; ya no hay tiempo, sino una vasta eternidad”. Esto puede ser poético. Ciertamente es sombrío y terrible, pero no es verdad. ¿Hay justicia? Sí. ¿Justicia eterna? Sí. Aquellos hombres a los que me he referido sufrieron la justicia eterna; fueron destruidos por el Todopoderoso y, al final, fueron salvados de nuevo por el Todopoderoso. ¿Tenemos castigo eterno? Sí. ¿Qué es? Es el castigo de Dios. ¿Hay prisiones sempiternas? Sí. ¿Qué son? Las prisiones de Dios. ¿Permanecen las personas en ellas para siempre? No. No en todas ellas. Tenemos prisiones sobre la tierra, penitenciarías en las cuales se encierra a las personas durante uno, cinco, diez o veinte años, según sea el caso; y cuando cumplen su tiempo, salen; pero la prisión sigue allí. ¿Es una prisión sempiterna? Pueden llamarla así si quieren, pero las personas no permanecen en ella para siempre. ¿Tiene Dios una manera de administrar Sus asuntos? Ciertamente; el Juez de toda la tierra debería ser por lo menos tan capaz de administrar Sus asuntos como los hombres mortales lo son de administrar los suyos.
Hemos llegado a este escenario de acción y somos llamados a predicar. Y Dios ha revelado Su voluntad, y algunas personas parecen estar muy enojadas por ello. José Smith recibió revelaciones de Dios. ¿Lo sé? Sí, lo sé. ¿Podía él evitarlo? Supongamos que el Señor les hablara a cualquiera de ustedes, ¿podrían evitarlo? O si un ángel viniera a ustedes, ¿podrían evitarlo? No, no podrían. Ahora bien, podrían hacer lo que les dijeran o no hacerlo; eso queda a su elección. Sin embargo, si hicieran lo que les dijeran, el mundo y el diablo dirían que ustedes son unos necios; y siempre lo han dicho en todas las épocas del mundo; y el diablo y el mundo siempre se han opuesto a Dios y a Su ley, y los perseguirían a ustedes como lo persiguieron a él. Muy bien, ¿tenemos necesidad de pelear? Yo no. Doy gracias a Dios por la luz y la inteligencia que nos ha revelado por medio del Evangelio sempiterno. ¿Podríamos tenerlas si Dios no las hubiera revelado? No. ¿Quién sabía que Dios vivía? Nadie hasta que vino José Smith y el Señor le habló, señalándole a Su Hijo y diciendo: “Este es mi Hijo Amado: ¡Escúchalo!”. ¿Quién sabía algo al respecto? Nadie en toda la tierra. ¿Habría podido evitarlo si hubiera querido? No creo que tuviera muchos deseos de hacerlo; no creo que nadie deba tener muchos deseos de hacerlo si Dios condescendiera a revelar Su voluntad; no creo que desearan mucho que Él guardara silencio. Es cierto que algunos de los hijos de Israel sí lo desearon cuando oyeron los truenos en el monte Sinaí. Dijeron a Moisés: Háblanos tú; pero no hable Dios con nosotros, para que no muramos. Lo cierto es que no estaban preparados para ello.
Ahora bien, ¿para qué se ha dado a conocer este Evangelio? Para extender la vida y la salvación al mundo. Dios bendijo a Abraham de la misma manera. ¿Para qué? En ti y en tu descendencia serán bendecidas todas las familias de la tierra. Te daré Mi ley, te revelaré los principios de la verdad eterna; abriré los misterios del cielo ante tu vista, y me contemplarás a Mí y a Mis propósitos. Te instruiré en los principios de la vida y de la salvación, y te diré qué hacer con esos principios cuando te los haya confiado. Cuando habló a Moisés, le dijo que escogiera a un hombre para que fuera su portavoz; y dijo: Moisés será para ti en lugar de Dios, y Yo hablaré por medio de él. Así es. Ahora bien, Él ha hecho lo mismo en este día, ha restaurado los mismos principios, ha enviado un mensaje a las naciones de la tierra y ha reunido a hombres que tenían el valor, la integridad y el deseo de llevar a cabo los propósitos de Dios, y que serían valientes en defensa de aquellos principios que Él había revelado; y los preparó para Su propósito; y si no los hubiera sostenido, no estarían aquí hoy. ¿Son estos hombres enemigos del mundo? Si enseñar a los hombres la verdad es enemistad, eso han hecho; si ir sin bolsa ni alforja, viajando entre las naciones para proclamarles las buenas nuevas de salvación, es enemistad, puede que la tengan. Pero, impulsados por el espíritu de la verdad eterna, iluminados por el Espíritu del Todopoderoso y comprendiendo la posición que ocupaban, han salido entre los pueblos de la tierra y les han proclamado las buenas nuevas de salvación, y Dios ha cuidado de ellos. Muy bien. ¿Hay algo grandioso en esto? No; es sencillamente cumplir un deber. Yo mismo he recorrido cientos y miles de millas de esta manera, confiando en Dios. ¿Fui abandonado alguna vez? No. ¿Me faltó alguna vez algo? No, nada que no llegara a recibir. ¿Tuve alguna vez que pasar hambre, estar desnudo o en la indigencia? No, el Señor siempre proveyó y dispuso los medios de toda clase de maneras, y tampoco mendigué. Me gustaría que alguien me dijera cuándo le he mendigado algo, ya sea aquí o en cualquier otro lugar. Pero sí le he suplicado al Señor, porque mi religión me enseña a acudir a Él.
Ahora bien, tenemos una obra que hacer. ¿Deseamos denigrar a alguien entre nosotros? No. ¿Vemos entre nosotros a hombres inicuos, corruptos y abominables? Sí. ¿Qué haremos con ellos? Dejarlos en las manos de Dios; Él se encargará de ellos; a nosotros nos corresponde hacer lo correcto, obrar con rectitud y seguir un curso recto ante el Señor.
Veo que el tiempo pasa. Mi mente ha divagado un tanto sobre algunos de estos asuntos, en parte debido a las circunstancias que nos rodean. ¿Qué sucede con este joven que está aquí? Pues bien, desearía que fuera de otra manera; desearía que hubiera vivido como un muy buen santo, cosa que, sin embargo, no hizo. No hemos venido aquí para entregarnos a ninguna clase de falso sentimentalismo. Era un borracho; esa es la verdad y muchos de ustedes lo saben. Cuando se ha dicho eso, ¿puede decirse algo peor? Ya es bastante malo, pero no sé de ningún otro mal acerca del joven aparte de eso. Conocí a su padre. Lo bauticé a miles de millas de aquí, hace cerca de cuarenta años, cuando era un hombre mucho más joven de lo que él —su hijo— es ahora. Su padre vivió de acuerdo con el Evangelio y murió firme en la fe; y su madre ha sido una mujer muy buena, hasta donde yo sé; nunca he sabido nada en su contra. Este muchacho le ha causado muchas dificultades, y lo he lamentado por él. Pues bien, ¿debemos decir las cosas? Sí, siempre; no está lejos el día en que se quitará el velo de la faz de todos los pueblos y todos quedaremos desnudos, por así decirlo, ante Dios: tanto ustedes como yo y este joven. Pues bien, este muchacho —lo llamo muchacho, aunque es un hombre joven y es sobrino mío por matrimonio—, y por ese motivo no quisiera decir nada acerca de él, pero tampoco por ese motivo faltaría a la verdad acerca del joven; más bien, digamos las cosas y comprendámoslas tal como son. Permítanme llamar la atención de los jóvenes presentes. ¿Les gustaría yacer en esta condición, bajo estas circunstancias? ¿No les gustaría? Entonces veamos las cosas tal como son. ¿Qué sigue? Haremos lo mejor que podamos; ¿y qué es eso? Hay una expresión curiosa que Pablo pronunció en cierta ocasión al hablar de los judíos y de los gentiles:
“¿Qué ventaja tiene, pues, el judío? ¿O de qué aprovecha la circuncisión?
“Mucho, en todas maneras. Primero, ciertamente, porque les ha sido confiada la palabra de Dios.
“De quienes son los patriarcas, y de quienes, según la carne, vino Cristo, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos”, etc.
¿Es doloroso ver a nuestros jóvenes partir como él lo ha hecho? Sí. ¿Acaso murió ebrio? No, pero esa fue la causa. Más vale que hablemos honradamente acerca de él. ¿Qué sigue? Se ha ido. ¿Ha perjudicado a alguien? No, solo por su ejemplo. ¿Ha perjudicado a su madre? Sí. No creo que pecara mientras su padre vivía; pero desde entonces ha causado a su madre muchas horas de tristeza. ¿Sentí pesar cuando murió? No. ¿Por qué? Porque sabía que era mucho mejor para él dejar la tierra que permanecer en la condición en que había estado.
Ahora bien, ¿qué hay del futuro en relación con estas cosas? ¿Qué ventaja tiene el judío sobre el gentil? Mucha, en todos los sentidos. De ellos eran los padres; y a ese pueblo le fue confiada la palabra de Dios. De ellos eran los padres; nosotros tenemos padres que viven en los mundos eternos; padres que se interesan por nuestro bienestar; padres que se asocian con los seres que existen detrás del velo; padres que obran con nosotros para procurar llevar a cabo los grandes propósitos de Dios y la salvación de la familia humana. ¿Puede hacerse algo? Sí, y se hará todo lo que se pueda hacer, pero el futuro debe dejarse en manos del Todopoderoso en lo que respecta a estos asuntos. Sin embargo, podemos hacer mucho conforme a los principios que Dios nos ha revelado, y estas cosas se harán hasta donde sea posible.
Quisiera decir que no expreso estas cosas para causar ningún sentimiento desagradable en el seno de la familia; ellos no pueden remediarlo. Si yo hubiera podido evitarlo, lo habría hecho; si la madre hubiera podido evitarlo, lo habría hecho; si la hermana hubiera podido evitarlo, lo habría hecho; si los amigos hubieran podido evitarlo, lo habrían hecho. Pero no podemos controlar las circunstancias.
Ahora no hablamos a los muertos, sino a los vivos. Quisiera decir: Evitemos estos males, pues conducen a la muerte; procuremos vivir nuestra religión, obedecer las leyes de Dios y guardar Sus mandamientos. Y en cuanto al futuro, lo dejamos en las manos del Todopoderoso, que hace bien todas las cosas; y haremos todo cuanto podamos para promover el consuelo de los vivos y de los muertos. Estamos haciendo mucho para lograr este objetivo; estamos construyendo templos y oficiando en ellos, y lo hacemos en obediencia a la ley de Dios y en consonancia con el sentir de los patriarcas, los apóstoles y los hombres de Dios que han vivido antes. Y procuraremos seguir adelante, vivir nuestra religión y guardar los mandamientos de Dios, para que podamos regocijarnos juntos en lo venidero. Y quisiera decir a la madre: Que su corazón reciba consuelo, porque será bendecida tanto en el tiempo como en la eternidad. Y les digo a todos ustedes: Vivan su religión, guarden los mandamientos de Dios, porque solo en ello hay seguridad. Que Dios los bendiga en el tiempo y en la eternidad. Amén.



























