Isaías 21
Reúne profecías sobre Babilonia, Duma y Arabia, pero todas transmiten un mensaje común: ninguna gloria terrenal es permanente y ninguna potencia puede resistir indefinidamente los propósitos de Dios. Babilonia cae, sus ídolos son destruidos y también disminuye la fortaleza de otras naciones.
La figura central del capítulo es el centinela. Él permanece en la atalaya de día y de noche, observa atentamente y anuncia lo que ve. Esta imagen representa la función de los profetas, quienes advierten acerca de la Babilonia espiritual y nos ayudan a prepararnos antes de que llegue la crisis. También nos invita a ejercer vigilancia personal mediante la oración, las Escrituras y la guía del Espíritu.
Sin embargo, vigilar no basta. El capítulo manda salir al encuentro del sediento y socorrer con pan al que huye. La preparación espiritual verdadera produce compasión y acción. Mientras esperamos la caída definitiva de Babilonia y el establecimiento del reino de Cristo, somos llamados a escuchar a los centinelas, abandonar nuestros ídolos y convertirnos en refugio para quienes sufren.
Isaías 21:1–2 — Una visión severa sobre Babilonia
«Visión dura me ha sido mostrada. El traidor traiciona, y el destructor destruye».
El «desierto del mar» es una expresión profética asociada con Babilonia, una región recorrida por grandes ríos y canales. Isaías contempla ejércitos avanzando desde el desierto como torbellinos violentos e irresistibles. Elam y Media aparecen como instrumentos de la caída de una potencia que había conquistado, saqueado y llevado cautivos a numerosos pueblos. La nación que sembró destrucción terminaría recogiendo el fruto de su propio sistema de violencia.
La profecía enseña que la traición y la crueldad pueden prosperar temporalmente, pero no poseen un fundamento eterno. Dios permite el albedrío y puede tolerar por un tiempo el crecimiento de un imperio injusto, pero finalmente establece límites y pide cuentas. En un sentido espiritual, Babilonia representa todo sistema fundado en el orgullo y la opresión. Ningún poder contrario al reino de Jesucristo podrá permanecer indefinidamente.
Isaías 21:2 — El Señor hará cesar el gemido
«Todo su gemido hice cesar».
Esta expresión puede referirse al fin de los lamentos provocados por el dominio babilónico. Para los pueblos sometidos y llevados al cautiverio, la caída de Babilonia significaría el término de una larga opresión. Mientras los conquistadores lamentarían su pérdida, muchas de sus víctimas descubrirían que el poder que las había esclavizado ya no era invencible.
Dios escucha el gemido del oprimido, aunque Su respuesta no siempre llegue de inmediato ni en la forma esperada. El aparente silencio divino no equivale a indiferencia. Jesucristo conoce cada sufrimiento, limita finalmente al opresor y promete una liberación completa de toda forma de cautiverio. Esta esperanza también nos obliga a no permanecer indiferentes ante el clamor ajeno cuando está a nuestro alcance aliviarlo.
Isaías 21:3–4 — El profeta siente el dolor de la visión
«Angustias se han apoderado de mí […]; al verlo me he espantado».
Isaías no contempla la destrucción de Babilonia con frialdad ni satisfacción. La visión le produce dolores semejantes a los de una mujer de parto, debilidad y horror. Aunque Babilonia fuera una potencia cruel, su caída involucraría seres humanos, hogares y comunidades. El profeta podía reconocer la justicia del juicio sin volverse insensible ante el sufrimiento que lo acompañaría.
Un verdadero mensajero de Dios no disfruta anunciando calamidades. La advertencia profética está motivada por el deseo de despertar arrepentimiento y evitar una destrucción mayor. Jesucristo denunció el pecado con claridad, pero también lloró por Jerusalén. Sus discípulos deben combinar de igual manera convicción y compasión: defender la verdad sin alegrarse por la caída de quienes la rechazaron.
Isaías 21:5 — El peligro de sentirse seguro
«Ponen la mesa […], comen, beben. ¡Levantaos, oh príncipes, ungid el escudo!».
Los gobernantes de Babilonia aparecen celebrando y comiendo mientras la amenaza se aproxima. La escena comunica complacencia: confundieron la prosperidad presente con seguridad permanente y no percibieron que su tiempo estaba terminando. La orden «ungid el escudo» probablemente alude a aplicar aceite sobre los escudos de cuero para conservarlos y prepararlos para la batalla; sin embargo, la alarma llega cuando queda muy poco tiempo para reaccionar.
Espiritualmente, el versículo advierte contra posponer la preparación hasta que aparezca la crisis. La fe, el arrepentimiento y el testimonio no se desarrollan plenamente en un instante. Se fortalecen mediante decisiones constantes, convenios guardados y una relación diaria con Jesucristo. La prosperidad no debe adormecer la conciencia; precisamente cuando todo parece estable debemos recordar al Señor y prepararnos para permanecer firmes si las circunstancias cambian.
Isaías 21:6 — El Señor establece centinelas
«Ve, pon centinela que haga saber lo que vea».
El centinela se ubicaba en una posición elevada desde la cual podía detectar movimientos y peligros antes que los habitantes de la ciudad. Su responsabilidad no era inventar amenazas ni modificar el mensaje para evitar incomodidad, sino observar atentamente y comunicar con fidelidad lo que veía. Si permanecía en silencio o se distraía, la comunidad perdía un tiempo valioso para prepararse.
Los profetas son centinelas espirituales llamados por Dios. Mediante revelación, pueden advertir acerca de peligros morales y señalar acontecimientos que muchas personas todavía no comprenden. Escucharlos no elimina todas las pruebas ni sustituye la revelación personal, pero proporciona una perspectiva que no deberíamos despreciar. La respuesta sabia consiste en comparar su mensaje con la palabra de Dios, buscar la confirmación del Espíritu Santo y actuar antes de que la advertencia se convierta en consecuencia.
Isaías 21:7–8 — Vigilancia constante
«Luego miró más atentamente […]; sobre la atalaya estoy yo continuamente de día».
El centinela no observa superficialmente ni abandona su puesto cuando parece que nada sucede. Mira atentamente y permanece vigilante durante el día y la noche porque sabe que el peligro puede aparecer inesperadamente. La eficacia de su servicio depende tanto de su capacidad para discernir como de su constancia. Una distracción breve podría impedirle reconocer la señal que esperaba.
La vigilancia espiritual también requiere perseverancia. La oración, el estudio de las Escrituras, la Santa Cena y la sensibilidad al Espíritu Santo nos ayudan a reconocer tentaciones y engaños que rara vez se presentan abiertamente como maldad. No podemos vivir el Evangelio solo durante momentos de crisis o entusiasmo. Permanecer espiritualmente despiertos significa renovar diariamente nuestra atención a Jesucristo y corregir rápidamente cualquier desvío.
Isaías 21:9 — La caída de Babilonia
«¡Ha caído, ha caído Babilonia!».
La repetición comunica certeza, magnitud y carácter definitivo. Babilonia parecía invencible, pero el centinela anuncia su caída como un hecho consumado porque la palabra de Dios era segura. Históricamente, el imperio perdería su poder y sería conquistado. Su grandeza exterior no podía impedir el cumplimiento del juicio anunciado por Jehová.
En un sentido profético más amplio, Babilonia representa al mundo pecaminoso organizado mediante el orgullo, la idolatría y la opresión. El libro de Apocalipsis retoma esta declaración para anunciar la derrota de la Babilonia espiritual. Ningún sistema contrario a Dios prevalecerá eternamente. Jesucristo derribará todo poder que esclaviza y establecerá un reino de justicia que jamás será destruido.
Juan nos dio más elementos para meditar:
«…Ha caído, ha caído la gran Babilonia, y se ha convertido en habitación de demonios…
»…Porque todas las naciones han bebido del vino de la ira de su fornicación…
»…Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados…
»…Por lo cual, en un solo día vendrán sus plagas: muerte y llanto…
»…Verán el humo de su incendio…
»…Así, con ímpetu, será derribada Babilonia, aquella gran ciudad…
»…Y en ella fue hallada la sangre de los profetas y de los santos, y de todos los que han sido muertos en la tierra» (Apocalipsis 18:2–24).
Brigham Young: «…El clamor será: “¡Ha caído, ha caído Babilonia!” (Isaías 21:9; Apocalipsis 14:8). ¿Llegará ese día? Sí, con tanta seguridad como que ahora estamos vivos. Lo estamos apresurando con toda la rapidez posible, tan rápidamente como el tiempo y las circunstancias lo permitan, hasta que se diga: “¡Ha caído, ha caído Babilonia!”.
»¿Vais a prepararos para ello? Decimos que somos el pueblo de Dios y que estamos edificando Su reino. Decimos que hemos sido congregados de entre las naciones para establecer Sion. Demostrémoslo mediante nuestras obras…». (Journal of Discourses, tomo 13, pág. 93).
Wilford Woodruff: Con el tiempo, Babilonia caerá (Isaías 21:9; Apocalipsis 14:8); dentro de poco, «ninguno comprará más sus mercaderías» (Apocalipsis 18:11). Cuanto antes estemos preparados para los cambios que están a punto de producirse en nuestra nación y en las naciones de la tierra, tanto mejor será para nosotros. (Journal of Discourses, tomo 14, pág. 35).
Isaías 21:9 — Los falsos dioses quedan destruidos
«Todas las imágenes de sus dioses están destrozadas en tierra».
La caída de las imágenes demostraría que los dioses de Babilonia no podían proteger el imperio que confiaba en ellos. Aquello que había sido elevado, adornado y venerado terminaría roto sobre el suelo. La derrota no sería solamente política, sino también religiosa: revelaría la impotencia de objetos fabricados por seres humanos y confundidos con fuentes de poder y salvación.
Todo ídolo promete una seguridad que no puede proporcionar. Actualmente puede adoptar la forma del dinero, el prestigio, el placer, la influencia o la autosuficiencia. Esas cosas pueden tener usos legítimos, pero se convierten en ídolos cuando definen nuestra identidad o reciben nuestra confianza suprema. Tarde o temprano revelan sus límites. Solo Jesucristo puede perdonar, transformar y salvar; por ello, únicamente Él merece ocupar el centro del corazón.
Isaías 21:10 — El Señor habla a Su pueblo trillado
«Oh mi pueblo trillado, hijo de mi era».
La trilla era el proceso mediante el cual el grano era golpeado o presionado para separarlo de la paja. La imagen describe el intenso sufrimiento del pueblo de Dios bajo poderes extranjeros. Sin embargo, las palabras «mi pueblo» muestran que la aflicción no había borrado su relación con Jehová. El Señor veía cada golpe y transmitía por medio de Isaías lo que había oído acerca del final del opresor.
El grano no se trilla para destruirlo, sino para separarlo de lo inútil y prepararlo para cumplir su propósito. De igual manera, Dios puede santificar las pruebas y utilizarlas para purificar la fe, aunque no todo sufrimiento sea causado directamente por Él. Jesucristo puede ayudarnos a desprendernos del orgullo y de las falsas seguridades mientras preserva lo que posee valor eterno. La era puede ser dolorosa, pero no es necesariamente el lugar donde termina nuestra historia.
Isaías 21:11–12 — «¿Qué de la noche?»
«Guardia, ¿qué de la noche? […]. La mañana viene y después la noche».
Desde Seir se pregunta repetidamente cuánto falta para que termine la oscuridad. El centinela responde que llegará la mañana, pero que después volverá la noche. Puede haber una liberación temporal y un periodo de alivio, aunque todavía surgirán nuevas dificultades. La respuesta evita tanto la desesperanza absoluta como una seguridad superficial: la oscuridad no durará para siempre, pero la vida mortal seguirá presentando ciclos de prueba.
Nuestra fe no debe depender exclusivamente de circunstancias favorables. Si solo confiamos cuando llega la mañana, cada nueva noche parecerá demostrar que Dios nos ha abandonado. Jesucristo es una luz constante tanto durante el alivio como durante la adversidad. Él no siempre impide que vuelva la oscuridad, pero nos enseña a caminar sin perder la orientación y promete un amanecer definitivo en Su reino.
Harold B. Lee: …El Señor preguntó: «Guarda, ¿qué de la noche? Guarda, ¿qué de la noche?» (Isaías 21:11), dando a entender que los enemigos que llegan durante la noche deben temerse más que aquellos que llegan durante el día y que podemos ver.
Ahora deseo hacer solamente una referencia a los enemigos que llegan durante la noche.
El término élder, que se aplica a todos los poseedores del Sacerdocio de Melquisedec, significa defensor de la fe. Esa es nuestra principal responsabilidad y llamamiento. Todo poseedor del Sacerdocio de Melquisedec debe ser un defensor de la fe.
Entre nosotros existen fuerzas insidiosas que constantemente intentan llamar a nuestras puertas y tender trampas a nuestros jóvenes y jovencitas, especialmente a quienes son incautos y tienen poca experiencia en las costumbres del mundo. Hablo de la lucha contra la venta de bebidas alcohólicas por copa, los juegos de azar, la prostitución y la pornografía. Durante el período de las intensas operaciones militares del ejército asirio en Babilonia y Elam (652–646 a. C.), los quedaritas dirigidos por Abiate y Aamu, hijos de Te’ri, se encontraban entre otros grupos nómadas que ejercían presión sobre la zona habitada a lo largo de la frontera del desierto, desde la región de Jebel Bishrí hasta las cercanías de Damasco. La grave situación ocasionada por la presión de los nómadas obligó al rey de Asiria a emprender una extensa campaña contra ellos, principalmente en el desierto y bajo condiciones difíciles —la novena campaña de Asurbanipal—. La información de Jeremías 49:28 y los versículos siguientes, combinada con la de la Crónica Babilónica (BM 21946, reverso 9–10), demuestra que, en el año 599 a. C., unidades del ejército de Nabucodonosor atacaron los campamentos de los quedaritas en la región occidental del desierto sirio. También hablo de nuestros esfuerzos por ayudar a los cristianos que desean tener un día dedicado a santificar el día de reposo. Para recalcar la importancia de santificar el día de reposo, solamente tenemos que recordar lo que dijo el Señor: «Y para que más íntegramente te conserves sin mancha del mundo, irás a la casa de oración y ofrecerás tus sacramentos en mi día santo» (Doctrina y Convenios 59:9). Por tanto, los defensores de la fe deben estar atentos y ejercer toda su influencia para asegurarse de que el trabajador, el joven y la jovencita, el esposo y la esposa tengan la oportunidad de disponer de un día a la semana para estar con sus familias, y que ese día sea consagrado como día de descanso. Guardas, ¡estad atentos a los «peligros de la noche»! (Conference Report, abril de 1970, pág. 54).
Vaughn J. Featherstone: En Isaías, el profeta pregunta: «Guarda, ¿qué de la noche?». Esta generación de jóvenes llevará la antorcha en el futuro, posiblemente durante el período más oscuro del mundo. Por tanto, hermanos, recuerden:
El Dios de la gran empresa me dio una antorcha que debía llevar.
La levanté muy alto sobre mí en el aire oscuro y brumoso.
Enseguida, con fuertes hosannas, la multitud aclamó su luz
y me siguió mientras llevaba mi antorcha por la noche oscura y sin estrellas.
Hasta que, enloquecido por las alabanzas del pueblo y embriagado de vanidad,
olvidé que era la antorcha lo que los atraía e imaginé que me seguían a mí.
Mi brazo se debilitó y se cansó de sostener la luminosa carga,
y mis fatigados pies comenzaron a tropezar sobre el camino accidentado.
Caí con la antorcha debajo de mí y, en un instante, la llama se apagó.
Pero he aquí, de entre la multitud surgió un joven con un poderoso grito;
recogió la antorcha mientras aún humeaba y nuevamente la levantó en alto,
hasta que, avivada por los vientos del cielo, encendió el alma de los hombres.
Mientras yo yacía solo en la oscuridad, los pies de la multitud que avanzaba
pasaron sobre mí y continuaron mucho más allá, mientras proclamaban sus alabanzas en voz alta.
Y aprendí, en medio de las sombras cada vez más profundas, esta gloriosa verdad:
es a la antorcha a la que sigue el pueblo, sin importar quién sea su portador.
(«The Torchbearer» [«El portador de la antorcha»], autor anónimo).
Una gran verdad. Ellos serán los portadores de la antorcha. Ruego que nosotros seamos los guardas. (Conference Report, octubre de 1983, pág. 39).
Isaías 21:12 — Volver y venir
«Si queréis preguntar, preguntad; volved, venid».
La respuesta del centinela mantiene abierta una invitación. Quienes desean comprender pueden continuar preguntando y regresar nuevamente. La palabra «volved» también puede sugerir conversión: no basta con sentir curiosidad acerca del final de la noche; es necesario volver el corazón hacia Dios y acercarse a la fuente de luz.
Las preguntas sinceras pueden fortalecer la fe cuando están acompañadas de humildad y disposición para obedecer. El Señor no condena la búsqueda honesta ni exige que comprendamos todo inmediatamente. Nos invita a regresar, preguntar y venir otra vez. La revelación suele recibirse progresivamente, mientras permanecemos cerca de Jesucristo y actuamos conforme a la luz que ya nos ha concedido.
Isaías 21:13–15 — Socorrer a quienes huyen
«Salid a encontrar al sediento; llevadle agua […]; socorred con pan al que huye».
Los refugiados de Arabia escapaban de la espada, del arco y de la violencia de la guerra. Los habitantes de Tema reciben la responsabilidad de salir a su encuentro con agua y alimento. No debían esperar pasivamente hasta que los fugitivos llegaran a sus puertas ni exigirles que demostraran primero ser merecedores de ayuda. La urgencia de su hambre y su sed requería una respuesta inmediata, práctica y compasiva.
Este pasaje muestra que el discipulado incluye atender las necesidades físicas de quienes sufren persecución, guerra o desplazamiento. Dar agua al sediento y pan al fugitivo es una expresión concreta del amor de Jesucristo. La compasión verdadera toma la iniciativa: busca al necesitado, escucha su historia y ofrece lo que está a su alcance. No todos podemos resolver las causas de una crisis, pero sí podemos evitar que la indiferencia aumente el sufrimiento de quienes ya han perdido tanto.
Isaías 21:16 — La gloria terrenal tiene un plazo
«De aquí a un año […], toda la gloria de Cedar será deshecha».
Los años de un jornalero eran contados con precisión porque el trabajador y quien lo contrataba conocían el momento exacto en que terminaba el acuerdo. La comparación indica que la caída de Cedar no ocurriría en un futuro indefinido, sino dentro del plazo establecido. Su reputación, fuerza militar y prosperidad parecían firmes, pero ya tenían un límite conocido por Dios.
La gloria temporal puede desaparecer con mucha más rapidez de la que tardó en construirse. Esto no significa que todo éxito sea malo, sino que nunca debe convertirse en el fundamento de nuestra identidad o seguridad. La aparente demora del Señor tampoco equivale a olvido. Él conoce el principio y el fin, y actúa según Su sabiduría. Solo aquello que edificamos en Jesucristo posee valor capaz de sobrevivir a los cambios del tiempo.
Isaías 21:17 — La certeza de la palabra de Dios
«Porque Jehová Dios de Israel lo ha dicho».
La profecía concluye identificando la fuente de su autoridad. Isaías no dependía de su influencia política ni presentaba una predicción basada únicamente en observaciones humanas. La certeza del anuncio descansaba en el conocimiento y el poder de Jehová. Si Dios había hablado, los acontecimientos finalmente confirmarían Su palabra, aunque al principio pareciera improbable.
Las opiniones, teorías y promesas humanas pueden cambiar, pero la palabra del Señor permanece. Esta seguridad no nos invita a una credulidad ciega ante cualquier afirmación religiosa, sino a reconocer y recibir la revelación auténtica. Cuando sabemos que Dios ha hablado mediante las Escrituras, Sus profetas y la confirmación del Espíritu Santo, debemos organizar nuestra vida conforme a esa verdad. Confiar en Jesucristo significa tratar Su palabra como una realidad más firme que las apariencias presentes.


























