Isaías

Isaías 63
El Rey poderoso para salvar


Isaías 63 presenta proféticamente a Jesucristo como el Rey que regresa victorioso de la batalla y declara: «Yo, el que hablo en justicia, poderoso para salvar». Sus vestidos rojos representan el juicio divino sobre un mundo rebelde y opresor, pero también recuerdan la sangre que Él mismo derramó para redimir a la humanidad. En Su primera venida, Cristo sufrió solo el peso infinito de la Expiación; en Su Segunda Venida, comparecerá como Rey y Juez para terminar con la maldad. Ese día será simultáneamente «el día de la venganza» contra la injusticia persistente y «el año de mis redimidos» para quienes hayan acudido a Él. Su justicia y Su misericordia no son contrarias: ambas expresan Su determinación de vencer todo aquello que oprime y destruye a los hijos de Dios.
El capítulo vuelve después a la historia de Israel y recuerda «las misericordias de Jehová» y Sus grandes bondades. Dios no contempló desde lejos el sufrimiento de Su pueblo: «en toda angustia de ellos, él fue angustiado». Los redimió con amor, los levantó, los llevó como un pastor y puso Su Santo Espíritu en medio de ellos. Sin embargo, Israel se rebeló y entristeció al Espíritu. El problema no fue que Dios perdiera Su compasión o dejara de tener poder para salvar, sino que el pueblo resistió Su presencia y rechazó Su dirección. Esta historia advierte que las experiencias espirituales del pasado no sustituyen la fidelidad presente; debemos conservar la sensibilidad necesaria para reconocer y seguir al Espíritu Santo.
Finalmente, Israel transforma el recuerdo en oración y confiesa: «Tú ciertamente eres nuestro padre… Redentor nuestro es tu nombre desde la eternidad». Esa declaración resume su esperanza y su relación de convenio. El mismo Jesucristo que venció solo en el lagar de la Expiación, abrió el mar y llevó al antiguo Israel puede volver a rescatar a Sion. Su brazo posee poder para ejecutar una justicia perfecta, pero Su corazón continúa orientado hacia la redención. Por ello, el pueblo arrepentido puede acudir a Él no solamente como Juez y Rey, sino también como Padre espiritual, Pastor y Redentor eterno.


Isaías 63:1 — Jesucristo, poderoso para salvar
«¿Quién es este que viene de Edom, de Bosra, con vestidos rojos; este vestido con esplendidez, que marcha en la grandeza de su poder?». La figura que regresa victoriosa representa a Jehová después de juzgar a los enemigos de Sion. Edom, adversario tradicional de Israel, funciona también como símbolo del mundo que persiste en rebelarse contra Dios y oprimir a Su pueblo. La esplendidez de las vestiduras y la grandeza de Su marcha manifiestan la majestad y autoridad de Jesucristo en Su Segunda Venida. Él ya no aparece como el varón de dolores rechazado por los hombres, sino como el Rey victorioso ante quien toda oposición finalmente termina.
La pregunta recibe una respuesta solemne: «Yo, el que hablo en justicia». Las palabras de Jesucristo son completamente verdaderas y Sus juicios perfectamente rectos. Él nunca juzga por prejuicio, falta de información, resentimiento o interés personal, pues conoce todas las acciones, circunstancias, oportunidades y deseos del corazón. El mismo Ser que anuncia juicio también proclama salvación. En Cristo, la justicia y la misericordia no compiten: Su sacrificio expiatorio permite ofrecer misericordia al arrepentido sin ignorar la justicia y garantiza que la maldad que no se abandona no permanecerá para siempre.
«Poderoso para salvar». El Salvador no ofrece únicamente compasión ante nuestra condición caída; posee poder real e infinito para liberarnos del pecado, la muerte y toda forma definitiva de cautiverio. Su capacidad redentora no está limitada por la profundidad de la caída, la antigüedad de una herida ni la fuerza aparente de aquello que nos esclaviza. Quien se arrepiente y acude a Él puede confiar en que Su brazo alcanza suficientemente lejos para rescatarlo. El Rey que posee poder para derrotar a los enemigos de Sion también posee ternura y poder para salvar completamente a quienes se refugian en Él.


Isaías 63:2–3 — El Salvador pisó solo el lagar
«¿Por qué es rojo tu vestido, y tus ropas como las del que ha pisado en lagar?». En la antigüedad, las uvas eran pisadas en un lagar y su jugo teñía las vestiduras de quien realizaba el trabajo. Isaías utiliza esta imagen para representar el juicio que Jesucristo ejecutará sobre las naciones rebeldes en Su Segunda Venida. Sin embargo, las ropas rojas también evocan la sangre que el Salvador derramó para expiar los pecados del mundo. El mismo Cristo que ofreció misericordia al precio de Su propia sangre regresará para poner fin a la maldad de quienes la rechazaron persistentemente. Sus vestiduras testifican tanto del costo de la redención como de la seriedad del juicio.
«He pisado yo solo el lagar, y de los pueblos nadie había conmigo». En su contexto profético, la frase presenta al Señor ejecutando por Su propia autoridad el juicio divino. Al mismo tiempo, la imagen recuerda que Jesucristo llevó solo el peso infinito de la Expiación. Ningún ser humano podía acompañarlo plenamente ni realizar parte de esa obra. Sus discípulos durmieron durante una parte de Su sufrimiento en Getsemaní, huyeron cuando fue arrestado y no podían compartir la carga redentora que únicamente el Hijo de Dios tenía poder para soportar. Nosotros recibimos los frutos de la salvación, pero no contribuimos al precio con el cual fue comprada.
Debido a que Cristo descendió solo a la profundidad absoluta del sufrimiento expiatorio, ninguna persona tiene que permanecer espiritualmente sola para siempre. Él conoce por experiencia perfecta el dolor, el abandono, la culpa, la enfermedad y toda clase de aflicción. Puede acompañarnos incluso en experiencias que nadie más comprende completamente, porque ya descendió por debajo de todas ellas. El Salvador que pisó solo el lagar posee ahora poder para sostenernos, limpiarnos y conducirnos fuera de nuestras tinieblas.

John Taylor: [Durante Su vida mortal], Jesús cumplió aquello para lo que había sido enviado y, sintiéndose satisfecho de ello, cuando estaba a punto de dejar la tierra dijo que había terminado la obra que Su Padre le había dado para hacer. Pero había otra obra, otro acontecimiento que habría de ocurrir en los últimos días, cuando ya no sería llevado como cordero al matadero ni sería como una oveja delante de sus trasquiladores; cuando no actuaría en aquel estado de humillación y quietud, sino que saldría como un hombre de guerra y pisaría a los pueblos con Su ira y los hollaría con Su furor; cuando habría sangre en Sus vestiduras y el día de la venganza estaría en Su corazón; cuando regiría a las naciones con una vara de hierro y las quebrantaría como una vasija de alfarero. (El reino del Evangelio: Selecciones de los escritos y discursos de John Taylor, seleccionadas, organizadas y editadas, con una introducción de G. Homer Durham [Salt Lake City: Improvement Era, 1941], págs. 110–111).


Isaías 63:4 — El día de la justicia y el año de los redimidos
«El día de la venganza está en mi corazón, y el año de mis redimidos ha llegado». La Segunda Venida de Jesucristo tendrá dos dimensiones inseparables: será juicio para quienes persistan en la maldad y la opresión, pero liberación para quienes hayan esperado fielmente al Señor. Lo que para los enemigos impenitentes de Sion será el fin de su dominio, para los redimidos será el cumplimiento de las promesas de protección, restauración y paz. Dios no puede establecer plenamente Su reino sin eliminar aquello que continúa destruyendo y oprimiendo a Sus hijos.
El contraste entre «día» de venganza y «año» de redención puede entenderse como una expresión de que el juicio tiene un límite, mientras que la obra salvadora de Dios es extensa y duradera. Aunque la imagen no debe convertirse necesariamente en una proporción cronológica exacta, sí revela el propósito central del Señor: no se deleita en destruir, sino en salvar, redimir y establecer justicia. Su juicio detiene el mal para que los justos puedan habitar en paz y para que ninguna forma de violencia permanezca eternamente sin respuesta.
La venganza divina no es resentimiento, crueldad ni pérdida de control; es la aplicación perfecta de la justicia contra la maldad persistente. Por eso pertenece exclusivamente a Dios. Los discípulos no reciben autorización para tomar venganza personal, sino el mandato de perdonar, proteger a los vulnerables y buscar justicia mediante medios rectos. Perdonar no significa aprobar el abuso ni impedir que existan consecuencias apropiadas; significa renunciar al odio y confiar el juicio definitivo a Jesucristo, quien conoce perfectamente los hechos, los motivos y el corazón de cada persona.

John Taylor: Debe haber alguna razón por la que se le permitió sufrir y soportar; por la que fue necesario que entregara Su vida como sacrificio por los pecados del mundo. Y debe haber una razón por la que haya de venir en juicio para ejecutar venganza, indignación e ira sobre los impíos. Estas razones nos conciernen íntimamente a nosotros y al mundo entero; hay algo de gran importancia para nosotros en todo esto. Los motivos y las razones de estos grandes acontecimientos tienen enorme importancia para todos nosotros. Cuando vuelva, vendrá para ejecutar venganza sobre los impíos y traer liberación a Sus santos. «Porque el día de la venganza —está escrito— está en mi corazón, y el año de mis redimidos ha llegado» (Isaías 63:4). Nos corresponde conocer bien a qué grupo pertenecemos, para que, si todavía no estamos entre los redimidos, podamos unirnos inmediatamente a ellos. Así, cuando el Hijo de Dios venga por segunda vez con todos los santos ángeles, revestido de poder y gran gloria para ejecutar venganza sobre quienes no conocen a Dios ni obedecen el Evangelio, o cuando venga en fuego llameante, estaremos entre aquellos que estarán preparados para recibirlo con alegría en el corazón y saludarlo como nuestro gran Libertador y Amigo. (El reino del Evangelio, pág. 111).


Isaías 63:5 — El brazo del Señor efectuó la salvación
«Miré y no había quien ayudara, y me maravillé de que no hubiera quien sustentase». Como en Isaías 59, el Señor contempla la condición humana y declara que ninguna persona posee el poder necesario para efectuar la redención completa. Ningún profeta, rey, ejército ni sistema humano podía vencer definitivamente el pecado y la muerte. La humanidad necesitaba más que instrucción o mejoramiento moral: requería un Salvador capaz de satisfacer las demandas de la justicia, extender misericordia al arrepentido y romper las ligaduras de la tumba.
«Y me salvó mi propio brazo». La ausencia de otro salvador no detuvo el plan de redención, pues Jehová mismo intervino mediante la persona y la obra de Jesucristo. El brazo simboliza poder, autoridad y capacidad para actuar. Cristo realizó la Expiación mediante Su propia divinidad, rectitud y amor; no dependió de alianzas políticas, ejércitos ni méritos humanos. Solo Él pudo descender debajo de todas las cosas, llevar el peso del pecado y levantarse victorioso sobre la muerte.
Por ello, nuestra esperanza no descansa en nuestra capacidad de rescatarnos a nosotros mismos, sino en la obra que Jesucristo efectuó. Esto no vuelve innecesarias la obediencia y la perseverancia; las coloca en su lugar correcto. No obedecemos para fabricar nuestra propia salvación, sino para recibir el don que Él hizo posible y permitir que Su gracia nos transforme. El discípulo actúa, se arrepiente y guarda sus convenios confiando en el brazo poderoso del Señor, no en la suficiencia de sus propias fuerzas.


Isaías 63:6 — El fin de los poderes opresores
«En mi ira hollé a los pueblos». El lenguaje es severo porque describe el juicio definitivo de Jesucristo sobre naciones y sistemas que persisten en la violencia, la opresión y la rebelión contra Dios. Quienes utilizaron su poder para pisotear a los débiles enfrentarán al Señor, cuya justicia no puede ser sobornada, manipulada ni vencida. Su ira no representa una reacción impulsiva o descontrolada, sino Su oposición santa y perfecta contra todo aquello que degrada, esclaviza y destruye a Sus hijos.
Este pasaje no pretende despertar fascinación por el castigo ni justificar la violencia humana. Su propósito es asegurar a los afligidos que el mal no dominará eternamente y que ningún poder opresor permanecerá para siempre fuera del alcance de la justicia divina. Jesucristo defenderá a Sus redimidos, terminará con las estructuras que se nieguen a abandonar la iniquidad y establecerá un reino donde gobiernen la paz y la rectitud. Para el discípulo, esta verdad no constituye una invitación a vengarse, sino a confiar en el juicio del Señor, proteger a los vulnerables y vencer el mal mediante medios conformes con el Evangelio.


Isaías 63:7 — Recordar la abundancia de las misericordias de Jehová
«De las misericordias de Jehová haré memoria». Después de contemplar el juicio divino, Isaías dirige la atención hacia la bondad y las grandes obras del Señor. Este cambio impide que nuestra comprensión de Dios quede reducida únicamente a Su función como Juez. El mismo Jehová que se opone con justicia a la maldad ha demostrado compasión, paciencia y generosidad hacia Su pueblo. Sus juicios deben comprenderse a la luz de Su carácter completo: Él procura salvar, invita al arrepentimiento y obra constantemente para cumplir Sus promesas.
Recordar es una disciplina espiritual que fortalece la fe. Cuando repasamos las bendiciones, liberaciones y respuestas recibidas, reunimos evidencias de la fidelidad constante del Señor. Esta memoria no niega las dificultades presentes, pero evita que el dolor momentáneo borre todo testimonio de Su bondad anterior. En momentos de silencio, espera o prueba, recordar cómo Dios actuó en el pasado nos ayuda a confiar en que Su carácter no ha cambiado y que todavía puede sostenernos.
«Según la abundancia de su amorosa bondad». Esta expresión describe el amor leal del convenio: la fidelidad de Dios hacia un pueblo que muchas veces fue inconstante. Sus misericordias no son escasas ni otorgadas de mala gana. Mediante la expiación de Jesucristo existe gracia abundante para todo aquel que se arrepienta sinceramente y vuelva a Él. Hacer memoria de esa amorosa bondad no solo produce gratitud; también renueva la esperanza de que el Señor puede volver a perdonar, liberar y restaurar.


S. Michael Wilcox: Lección de lingüística: Es dudoso que la palabra inglesa lovingkindnesses existiera antes de que William Tyndale la acuñara. William Tyndale fue uno de los primeros en traducir la Biblia al inglés, incluso antes de que los traductores de la versión del rey Jacobo emprendieran esa tarea. Imagínate traduciendo la Biblia del hebreo al inglés y encontrando una palabra hebrea que significa «actos bondadosos o tiernas misericordias realizados por amor puro». ¿Cómo puede expresarse una idea así de manera concisa? En muchos casos, William Tyndale combinaba palabras existentes y creaba palabras completamente nuevas que transmitían la idea correcta.
«Parte del valor de la más reciente joya [de traducción] de Tyndale radicaba en la manera en que adaptaba las estructuras hebreas al inglés. En La obediencia, Tyndale señaló que el hebreo se trasladaba al inglés mil veces mejor que al latín. Fue fiel al hebreo, y la lengua inglesa se enriqueció con su sintaxis…
»La comprensión que Tyndale tenía del superlativo hebreo produjo descripciones tan musicalmente agradables como “el santo de los santos”, en lugar de “el lugar más santo”, y “el cantar de los cantares”, en lugar de “el mejor canto”. Creó palabras individuales combinando dos palabras que, a su juicio, representaban mejor el hebreo, y así nos dio scapegoat —chivo expiatorio—, shewbread —pan de la proposición—, taskmaster —capataz— y Passover —Pascua—». (S. Michael Wilcox, Fuego en los huesos: William Tyndale, mártir y padre de la Biblia en inglés [Salt Lake City: Deseret Book, 2004], págs. 129–130).
Ciertamente, lovingkindnesses —bondades amorosas o misericordias— también es una de las brillantes combinaciones de Tyndale. Era fiel al hebreo y al principio subyacente del amor y la bondad de Dios hacia Sus hijos.

Neal A. Maxwell: Cuando Jesús venga con majestad y poder abrumadores, en al menos una de Sus apariciones vendrá con vestiduras rojas, recordándonos que derramó Su sangre para expiar nuestros pecados (véanse Doctrina y Convenios 133:48; Isaías 63:1). Se oirá Su voz declarar, una vez más, cuán solo estuvo en otro tiempo: «He pisado solo el lagar… y nadie estuvo conmigo» (Doctrina y Convenios 133:50).
Cuanto más sepamos acerca de la expiación de Jesús, tanto más lo glorificaremos con humildad y alegría, a Él, a Su Expiación y a Su carácter. Nunca nos cansaremos de rendir homenaje a Su bondad y a Su amorosa misericordia. ¿Durante cuánto tiempo expresaremos así nuestra gratitud por Su Expiación? Las Escrituras aconsejan: «¡Por siempre jamás!». (Véase Doctrina y Convenios 133:52).
¡Alabado sea Dios por la cosecha de bendiciones tan abundantes de la Restauración, que verdaderamente rebosan! Humildemente exclamo con Jacob: «¡Oh, cuán grande es el plan de nuestro Dios!» (2 Nefi 9:13).
¡Alabado sea Jesús por Su gran Expiación, el acto central de toda la historia humana! (Ensign, abril de 1997, pág. 10).


Isaías 63:8 — El pueblo del convenio y su Salvador
«Ciertamente mi pueblo son, hijos que no mienten». Jehová reconoce a Israel como Su pueblo porque había establecido con él una relación de convenio y esperaba que sus hijos vivieran con verdad y fidelidad. Su identidad no debía descansar únicamente en el linaje o en una declaración externa de pertenencia, sino manifestarse mediante un carácter acorde con el Dios cuyo nombre llevaban. Ser llamado pueblo del Señor constituye una gran bendición, pero también una responsabilidad sagrada: quienes toman sobre sí el nombre de Jesucristo deben rechazar el engaño, guardar sus convenios y procurar representar Su rectitud en sus relaciones y decisiones.
«Y él fue su Salvador». Israel no salió de Egipto, atravesó el desierto ni sobrevivió a sus enemigos solamente por su propia fuerza. Jehová fue quien lo llamó, protegió y liberó a lo largo de su historia. Su salvación temporal testificaba de una redención aún mayor, realizada plenamente por Jesucristo. Él nos rescata del cautiverio del pecado, vence la muerte mediante la resurrección y abre el camino para superar nuestra separación de Dios.
El orden del versículo también resulta significativo: Dios establece una relación con Su pueblo y se convierte en su Salvador; después espera que este viva de acuerdo con la identidad recibida. La obediencia no compra Su amor ni produce independientemente la redención, sino que constituye la respuesta fiel de quienes han sido rescatados. Al recordar que Jesucristo es nuestro Salvador, encontramos tanto humildad para depender de Su gracia como fortaleza para vivir dignamente como Su pueblo.


Isaías 63:9 — El Dios que se compadece, redime y sostiene
«En toda angustia de ellos él fue angustiado». El Señor no contempla el sufrimiento humano con indiferencia ni permanece distante de las aflicciones de Sus hijos. Sus dolores conmueven Su corazón y despiertan Su compasión. Esta verdad se manifestó plenamente en Jesucristo, quien mediante Su encarnación y expiación entró personalmente en la experiencia del dolor, la enfermedad, la tentación y la muerte. Él no solo comprende intelectualmente lo que padecemos; descendió debajo de todas las cosas para saber cómo socorrernos de acuerdo con nuestras necesidades.
«Y el ángel de su faz los salvó». La expresión puede referirse al Mensajero de la presencia divina mediante quien Jehová acompañó y liberó a Israel. En una interpretación mesiánica, dirige la mirada hacia Jesucristo como la manifestación perfecta de la presencia y el poder salvador de Dios. Cristo no vino solamente para comunicar información acerca del Padre; reveló Su carácter por medio de Sus palabras y obras. Quien contempla la misericordia, la santidad y el amor del Hijo puede reconocer en Él la voluntad y el corazón del Padre.
«En su amor y en su compasión los redimió; los levantó y los llevó todos los días de la antigüedad». La liberación de Israel no fue una recompensa por méritos acumulados, sino una expresión del amor leal y compasivo de Dios. La expiación de Jesucristo constituye la demostración suprema de ese amor: Él pagó voluntariamente el precio de la redención para que la justicia pudiera satisfacerse y el arrepentido recibiera misericordia. Además, el Señor no se limita a sacarnos del cautiverio y dejarnos solos; así como sostuvo a Israel durante su jornada, Cristo nos levanta del pecado y continúa llevándonos, enseñándonos y fortaleciéndonos durante todo el proceso de conversión y santificación.


Isaías 63:10 — La rebelión entristece al Espíritu Santo
«Pero ellos fueron rebeldes y entristecieron su santo espíritu». Después de recordar cómo Jehová había amado, redimido y sostenido a Israel, Isaías destaca la dolorosa respuesta del pueblo. El Espíritu Santo es presentado como un ser que puede ser entristecido, lo cual revela Su carácter personal y la realidad de nuestra relación con Él. No entristecemos al Espíritu simplemente por poseer debilidades o luchar sinceramente por mejorar. Esto sucede cuando resistimos deliberadamente la verdad, rechazamos repetidamente la corrección y escogemos permanecer en aquello que sabemos que se opone a la voluntad de Dios. Esa rebelión persistente disminuye nuestra sensibilidad espiritual y finalmente hace que Su influencia se retire.
«Por lo cual se les volvió enemigo y él mismo peleó contra ellos». El Dios que anteriormente había defendido a Israel permitió que el pueblo experimentara las consecuencias de haberse colocado en oposición a Su ley. El cambio no ocurrió en la fidelidad ni en el carácter del Señor, sino en la postura de Israel. Mientras vivía dentro del convenio, podía recibir Su protección; al insistir en la rebelión, comenzó a experimentar como oposición aquello que en realidad era la justicia constante de Dios. No podemos pedir que Él bendiga indefinidamente decisiones que destruyen nuestra relación con Él y perjudican a Sus hijos.
Este lenguaje no significa que Dios dejara de amar a Israel ni que perdiera el deseo de redimirlo. Enseña que Su amor no es indiferente ante el pecado y que Su justicia no puede aprobar la rebelión. Incluso la disciplina puede cumplir un propósito misericordioso al despertar al pecador y conducirlo nuevamente al arrepentimiento. Por medio de Jesucristo, quienes han entristecido al Espíritu pueden cambiar, recibir perdón y recuperar Su compañía al volver con un corazón sincero y obediente.


Isaías 63:11 — Recordar la liberación y buscar nuevamente el Espíritu
«Se acordó de los días antiguos, de Moisés y de su pueblo». En medio de la aflicción, Israel vuelve su memoria hacia el éxodo y recuerda la ocasión en que Jehová lo liberó de Egipto mediante Su siervo Moisés. Aquella intervención pasada despierta preguntas acerca de la aparente ausencia de Dios en el presente. Sin embargo, el recuerdo no debe producir solamente nostalgia por una época anterior, sino arrepentimiento y esperanza. El Dios que abrió el mar y sostuvo a Israel continúa poseyendo el mismo poder para salvar; si Su presencia parece distante, el pueblo debe examinar si se ha apartado de Él y volver a buscarlo.
«¿Dónde está el que puso en medio de él su santo espíritu?». La liberación de Israel no dependió únicamente de milagros visibles, liderazgo humano o recursos externos. Dios colocó Su Espíritu en medio del pueblo para guiarlo, santificarlo y confirmar que Su presencia lo acompañaba. Esta compañía espiritual era más importante que las manifestaciones externas, porque permitía a Israel comprender la voluntad divina y llegar a convertirse en un pueblo santo.
Una comunidad puede contar con organización, edificios, programas y abundantes recursos sin poseer verdadero poder espiritual. La presencia del Espíritu Santo es indispensable para que el pueblo de Dios reconozca a Jesucristo, enseñe Su verdad y cumpla su misión. Por eso, recordar las grandes obras del pasado debe llevarnos a procurar la compañía del Espíritu en el presente. No basta con heredar una historia de fe; cada generación debe arrepentirse, guardar los convenios y vivir de tal manera que el Señor pueda poner nuevamente Su Espíritu en medio de ella.


Isaías 63:12 — El verdadero Libertador detrás de Su siervo
«Los guio por la diestra de Moisés con el brazo de su gloria». Moisés fue el siervo visible que levantó la vara y condujo a Israel, pero el poder que dividió las aguas y abrió el camino pertenecía a Jehová. El líder actuó como instrumento autorizado; Dios fue el verdadero Libertador. Esta distinción protege al pueblo de atribuir a un ser humano la gloria que corresponde al Señor. Los profetas y líderes pueden recibir autoridad, revelación y poder para cumplir sus responsabilidades, pero ninguno posee capacidad salvadora independiente. Su ministerio es legítimo cuando dirige la mirada y la confianza hacia Jesucristo.
«Haciéndose así un nombre eterno». Mediante el éxodo, Jehová reveló Su carácter como Dios poderoso, fiel y misericordioso. Su «nombre» representa mucho más que una designación; expresa quién es Él y la clase de obras que realiza. La liberación de Israel estableció un testimonio que atravesaría generaciones y permitiría que otros pueblos conocieran Su poder. Cada vez que Israel recordara el mar dividido, debía renovar su confianza en el Dios que cumple Sus convenios y abre caminos donde humanamente no existen.
Cuando el Señor nos libera del pecado, nos sostiene durante una prueba o responde una oración, recibimos también la responsabilidad de conservar esa memoria y compartirla. El testimonio no debe engrandecer al instrumento humano ni convertir la experiencia en una celebración de nuestra propia fortaleza. Debe hacer conocido el nombre de Jesucristo y ayudar a otros a confiar en Él. Las liberaciones personales alcanzan un propósito más amplio cuando se convierten en evidencia de que el mismo Dios que actuó antiguamente continúa salvando a Su pueblo.


Isaías 63:13–14 — Guiados por el Espíritu y pastoreados por el Señor
«Los condujo por los abismos, como un caballo por el desierto, sin que tropezaran». Jehová guio a Israel a través de un lugar humanamente peligroso como si avanzara sobre terreno firme y seguro. El mar, que parecía una barrera imposible y una amenaza de muerte, se convirtió bajo Su poder en el camino de la liberación. Esta imagen enseña que Dios no siempre elimina los lugares difíciles, pero puede abrir una senda en medio de ellos y dirigir a Su pueblo de manera que el obstáculo se transforme en parte de su rescate.
«El espíritu de Jehová los hizo descansar». Después de conducir a Israel fuera del cautiverio y sostenerlo durante el camino, el Señor lo llevó hacia el reposo que había preparado. El Espíritu Santo continúa realizando esa obra: orienta en circunstancias desconocidas, advierte acerca de peligros y conduce hacia la paz que se encuentra en Jesucristo y Sus convenios. Ese descanso no consiste necesariamente en la ausencia inmediata de pruebas, sino en recibir seguridad, fortaleza y comunión con Dios mientras avanzamos. Su plenitud llegará cuando los redimidos entren definitivamente en la presencia del Señor.
«Así pastoreaste a tu pueblo». Dios no trató a Israel como una multitud anónima, sino que lo guio, alimentó y protegió como un pastor cuida a su rebaño. Esta imagen prepara la revelación de Jesucristo como el Buen Pastor, quien conoce a Sus ovejas, llama a cada una y adapta Su cuidado a sus necesidades. El mismo Salvador que dirige a Su pueblo colectivamente también acompaña a cada discípulo en su jornada personal. Cuando seguimos la voz de Su Espíritu, Él puede conducirnos a través de los abismos sin que estos determinen nuestro destino y llevarnos finalmente al descanso de Su presencia.


Isaías 63:15 — Orar cuando Dios parece distante
«Mira desde el cielo y contempla». El pueblo siente que el poder, el cuidado y la misericordia de Dios ya no se manifiestan como en los días antiguos, por lo que clama desde su angustia y le pide que vuelva a intervenir. Las Escrituras permiten expresar preguntas difíciles con sinceridad y reverencia. La fe no exige fingir que siempre sentimos cercanía espiritual ni negar los periodos de silencio. Nos invita a dirigir hacia Dios incluso nuestra sensación de abandono, haciendo de la incertidumbre una oración en vez de permitir que se convierta en alejamiento definitivo.
«¿Dónde están tu celo y tu poder, la conmoción de tus entrañas y tus misericordias para conmigo?». La expresión describe una compasión profunda, semejante al afecto que se siente en lo más íntimo del ser. Israel apela al amor que Jehová había manifestado a sus antepasados y pide una nueva demostración de Su fidelidad. Esta oración no implica necesariamente que la misericordia divina haya desaparecido; revela que el sufrimiento puede dificultar que el pueblo la perciba. Además, después de haber entristecido al Espíritu, Israel necesita reconocer su propia distancia y regresar al Dios que continúa dispuesto a salvar.
Cuando no comprendemos el silencio o las demoras del Señor, podemos apoyar nuestra oración en lo que sabemos acerca de Su carácter. Las circunstancias cambian y nuestros sentimientos espirituales pueden debilitarse, pero la naturaleza de Dios permanece constante. Jesucristo manifestó definitivamente esa naturaleza compasiva mediante Su vida y Su sacrificio expiatorio. Recordarlo nos permite orar con honestidad y esperanza, confiando en que, aunque todavía no reconozcamos Su intervención, Su amor y Sus misericordias no han dejado de existir.


Isaías 63:16 — Nuestro Padre y Redentor desde la eternidad
«Tú ciertamente eres nuestro padre». Israel reconoce que su relación fundamental no depende únicamente de sus antepasados mortales. Abraham y Jacob —también llamado Israel— no podían conocer personalmente todas las circunstancias de sus descendientes, pero Dios sí los conocía y continuaba unido a ellos mediante el convenio. Jehová puede recibir aquí el título de Padre por ser el Creador, fundador, protector y Redentor de Su pueblo. En la doctrina revelada distinguimos al Padre Eterno de Jesucristo, al mismo tiempo que reconocemos que el Salvador recibe títulos paternales debido a Su función creadora, Su obra redentora, la nueva vida que concede a quienes nacen espiritualmente mediante Su Evangelio y la divina investidura de autoridad con la que representa perfectamente al Padre.
«Si bien Abraham no nos conoce, e Israel no nos reconoce». La ascendencia dentro del convenio era una gran bendición, pero no podía reemplazar una relación viva y personal con Dios. Los patriarcas no eran la fuente de la salvación ni podían garantizarla automáticamente a sus descendientes. Del mismo modo, ninguna tradición familiar, participación religiosa heredada o fe de generaciones anteriores sustituye nuestra propia conversión. Cada generación y cada persona deben volverse hacia Dios, recibir a Jesucristo y escoger personalmente la fidelidad a Sus convenios.
«Redentor nuestro es tu nombre desde la eternidad». La misión de Jesucristo no fue una respuesta improvisada después de la Caída, sino una parte central del plan establecido antes de la fundación del mundo. Él fue escogido y preparado desde el principio para vencer el pecado y la muerte, y cumplió perfectamente Su llamamiento. Por ello, nuestra esperanza no descansa en una solución tardía o incierta, sino en un Redentor eterno cuya fidelidad precede a nuestra existencia mortal. El mismo Señor que conocía el final desde el principio continúa teniendo poder para llevar a término la redención de quienes confían en Él.


Isaías 63:17 — Albedrío, endurecimiento y súplica por el regreso del Señor
«¿Por qué, oh Jehová, nos has hecho errar de tus caminos?». Este lenguaje de lamentación no enseña que Dios obligue a Sus hijos a pecar ni que sea autor de la rebelión. Expresa la experiencia de un pueblo que, después de rechazar repetidamente la luz divina, fue dejado a las consecuencias de sus propias decisiones. En ocasiones, las Escrituras atribuyen a Dios aquello que Él permite dentro del ejercicio del albedrío. El Señor puede retirar la guía y la protección que una persona ha despreciado, pero la responsabilidad moral por apartarse continúa perteneciendo a quien escogió resistirlo.
«¿Por qué endureciste nuestro corazón para que no te temiéramos?». El endurecimiento del corazón puede comprenderse como una condición permitida, no impuesta arbitrariamente por Dios. Cada vez que se rechaza la voz del Espíritu resulta más difícil percibirla; la desobediencia repetida disminuye la sensibilidad espiritual hasta que el pecado parece normal y la corrección divina resulta ofensiva. La solución comienza cuando dejamos de resistir, reconocemos honestamente nuestra condición y permitimos que la palabra, el Espíritu y la gracia de Jesucristo vuelvan a ablandarnos.
«Vuélvete por amor a tus siervos, por las tribus de tu heredad». La misma súplica demuestra que el alejamiento no tiene que ser definitivo y que todavía existe la posibilidad de arrepentimiento. Israel apela a las promesas del convenio, no para afirmar que merece la restauración, sino para pedir que Dios actúe conforme a Su misericordia y fidelidad. La oración arrepentida no culpa a Dios ni exige una bendición; reconoce la rebelión y, al mismo tiempo, se aferra al carácter del Redentor. Aun después de haberse endurecido, el pueblo puede suplicar que el Señor se vuelva hacia él, mientras él mismo decide volver su corazón hacia Dios.


Isaías 63:18 — La profanación del santuario y la necesidad de restaurar el convenio
«Nuestros adversarios han hollado tu santuario». La profanación del templo representa la profundidad de la desolación nacional y espiritual de Israel. El lugar consagrado para manifestar la presencia de Dios, administrar ordenanzas y renovar los convenios había quedado bajo los pies de sus enemigos. Para el pueblo, esta pérdida no significaba solamente la destrucción de un edificio, sino la alteración visible de su comunión con Jehová. Aquello que debía ocupar el centro de su vida espiritual había sido despreciado y profanado.
La restauración de Israel, por tanto, no puede limitarse a recuperar territorio, reconstruir viviendas o alcanzar nuevamente estabilidad política y económica. Debe incluir el regreso a la adoración verdadera, la restauración del templo y la renovación de los convenios. Una ciudad puede ser reconstruida exteriormente y continuar desolada en sentido espiritual si sus habitantes permanecen alejados de Dios. La obra queda incompleta mientras no se restablezca la relación con el Señor.
Este principio también se aplica personalmente. Podemos reparar circunstancias externas sin sanar todavía nuestra comunión con Jesucristo. La restauración profunda requiere volver a colocar lo sagrado en el centro de la vida, arrepentirnos y recibir nuevamente el poder de los convenios. Por medio del Salvador, aquello que fue profanado puede ser santificado, la adoración puede ser renovada y el corazón puede convertirse otra vez en un lugar donde more el Espíritu de Dios.


Isaías 63:19 — Cuando el pueblo del convenio vive como si no perteneciera a Dios
«Hemos venido a ser como aquellos de quienes nunca te enseñoreaste, sobre los cuales nunca fue llamado tu nombre». Israel lamenta que la dispersión, la derrota y la profanación del santuario hayan borrado exteriormente las señales de su identidad como pueblo del convenio. Su condición había llegado a parecerse a la de naciones que nunca habían conocido ni reconocido a Jehová. El problema no era solamente haber perdido territorio y protección, sino vivir como si la relación con Dios ya no tuviera influencia real sobre su carácter, su adoración y sus decisiones.
Llevar el nombre del Señor implica más que poseer una historia religiosa o identificarse verbalmente con Su pueblo. Requiere aceptar Su gobierno, guardar Sus convenios y permitir que Su carácter se refleje en nuestra vida. Cuando quienes han tomado sobre sí el nombre de Jesucristo viven de una manera contraria a Él, pueden conservar una identidad externa mientras pierden gran parte de su poder espiritual. La restauración comienza al reconocer esa contradicción y volver sinceramente al Salvador.
Sin embargo, el lamento mismo demuestra que la relación no estaba completamente olvidada. Israel todavía podía recordar el nombre de Jehová, invocarlo y suplicar la renovación del convenio. Aunque hubiera vivido durante mucho tiempo como si no perteneciera a Dios, el camino del arrepentimiento permanecía abierto. Jesucristo puede restaurar no solo las señales externas de pertenencia, sino también la realidad interior del convenio, haciendo nuevamente de los alejados un pueblo gobernado, santificado y conocido por Su nombre.