Isaías 66
El Señor reúne, consuela, purifica y salva
Isaías 66 concluye el libro contrastando dos maneras de acercarse a Dios. Una confía en templos, sacrificios y actos religiosos externos mientras el corazón continúa escogiendo sus propios caminos; la otra se caracteriza por un espíritu humilde y contrito que tiembla ante la palabra del Señor. Dios no queda impresionado simplemente por un edificio construido con materiales que Él mismo creó ni por ordenanzas realizadas sin fe, arrepentimiento y obediencia. El templo y los sacrificios son santos cuando conducen a Jesucristo y expresan una vida de convenio, pero se convierten en formas vacías cuando se utilizan para encubrir la rebelión. El Señor mira el corazón de quien escucha Su voz, acepta la corrección y responde con verdadera conversión.
El capítulo también anuncia el nacimiento repentino de Sion y el recogimiento de los hijos de Dios. Lo que parece imposible —que una nación nazca en un solo día— llegará a cumplirse porque el Señor no inicia una obra sin tener poder para llevarla a término. Él extenderá hacia Sion «paz como un río», reunirá a sus hijos y los consolará «como aquel a quien consuela su madre». Los recogidos no serán receptores pasivos de las bendiciones: el Señor enviará sobrevivientes y mensajeros a pueblos que todavía no han oído Su nombre ni contemplado Su gloria. Ellos llevarán a otros a la casa del Señor como una ofrenda santa, y Dios escogerá también de entre los recién reunidos sacerdotes y levitas. El recogimiento, por tanto, transforma a quienes reciben el Evangelio en ministros que participan en la salvación de otros.
Finalmente, Jesucristo vendrá «con fuego» para juzgar la rebelión, poner fin a la idolatría y renovar la creación. En los nuevos cielos y la nueva tierra, el nombre y la descendencia del pueblo del convenio permanecerán, y personas de todas las naciones acudirán para adorar ante el Señor. La solemne imagen final del juicio recuerda que la misericordia persistentemente rechazada no cancela la justicia divina. Isaías termina colocando ante cada lector una elección: conservar una adoración exterior mientras sigue sus propios deseos, o responder humildemente al Dios que llama, consuela, reúne, purifica y salva. La esperanza pertenece a quienes reciben a Jesucristo y permiten que Su palabra transforme tanto su adoración como su vida.
Isaías 66:1 — Ningún edificio puede contener a Dios
«El cielo es mi trono y la tierra el estrado de mis pies». Jehová afirma Su absoluta soberanía sobre toda la creación. El templo es verdaderamente sagrado, pero no porque Dios pueda quedar contenido o limitado dentro de una construcción humana. Todo material utilizado para levantarlo ya le pertenece, y los cielos mismos no pueden abarcar la plenitud de Su gloria. El Señor permite que Sus hijos construyan templos para que allí reciban revelación, efectúen ordenanzas, hagan convenios y se acerquen a Él. Sin embargo, ni la belleza, el tamaño ni la historia de un edificio pueden sustituir la fe, el arrepentimiento y un corazón humilde.
«¿Dónde está la casa que me habréis de edificar, y dónde está el lugar de mi reposo?». Israel podía suponer que la existencia del templo garantizaba automáticamente la protección y la presencia divinas, incluso cuando el pueblo vivía en rebelión. Jehová rechaza esa confianza religiosa puramente externa. El problema no estaba en edificar una casa al Señor —Él mismo había mandado hacerlo—, sino en creer que el edificio podía reemplazar la obediencia. El templo cumple su propósito cuando conduce a Jesucristo y transforma a quienes participan en sus ordenanzas; pierde ese propósito cuando se convierte en símbolo de orgullo o en sustituto de la conversión.
El verdadero lugar de reposo que Dios busca es un pueblo santo en el cual pueda morar Su Espíritu. Quienes entran en Su casa deben procurar convertirse ellos mismos en moradas dignas de Su presencia, llevando los convenios del templo a sus hogares, decisiones y relaciones. Isaías 66:1 no disminuye la importancia del templo, sino que eleva su propósito: la casa del Señor existe para formar un pueblo que le pertenezca. Dios no necesita un edificio para aumentar Su gloria; nosotros necesitamos el templo para ser transformados y aprender a vivir en Su presencia.
Isaías 66:2 — El Creador mira al humilde
«Mi mano hizo todas estas cosas, y así todas estas cosas llegaron a ser». Los materiales empleados para construir el templo y preparar las ofrendas ya pertenecían a Dios, pues Él es el Creador de todo. Por ello, nadie puede impresionarlo ni enriquecerlo entregándole algo que primero recibió de Sus manos. Las ofrendas, los diezmos, el servicio y el tiempo consagrado adquieren valor espiritual no porque aumenten los recursos del Señor, sino porque expresan amor, gratitud y disposición para entregarle el corazón. Dios no necesita nuestras posesiones, pero nosotros necesitamos aprender a consagrarlas para vencer el egoísmo y participar en Su obra.
«Pero miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu». El Dios cuyo trono es el cielo presta especial atención a la persona que reconoce su dependencia de Él. Su grandeza no lo aleja de los débiles, los quebrantados ni quienes acuden sin pretensiones de autosuficiencia. Ser pobre de espíritu no significa carecer de dignidad, talentos o valor personal; significa reconocer que no podemos salvarnos, santificarnos ni alcanzar nuestro potencial eterno sin la gracia de Jesucristo. El humilde no se desprecia a sí mismo, sino que se contempla correctamente: como hijo de Dios con valor infinito y, al mismo tiempo, necesitado del Redentor.
El Señor también mira a quien «tiembla ante mi palabra». Este temblor expresa profunda reverencia y la disposición de tomar seriamente lo que Dios revela. La persona humilde no modifica la palabra divina para ajustarla a sus preferencias ni la escucha como si solo fuera aplicable a los demás. Permite que la verdad la examine, la corrija y la conduzca al arrepentimiento. Este temor reverente no paraliza ni aleja de Dios; produce obediencia, sensibilidad espiritual y cuidado al tratar las cosas sagradas. Isaías 66:2 enseña que aquello que más atrae la mirada del Creador no es la grandeza de nuestras obras externas, sino un corazón humilde que recibe Su palabra y está dispuesto a vivirla.
Isaías 66:3 — Sacrificios externos sin obediencia
«El que mata un buey es como si matase a un hombre; el que sacrifica una oveja, como si degollase un perro». Dios no está condenando los sacrificios que Él mismo había autorizado bajo la ley de Moisés, sino la contradicción de realizarlos mientras se practicaban la idolatría, la injusticia y otros actos abominables. Cuando faltaban la fe y el arrepentimiento, una ceremonia sagrada podía convertirse en una ofensa, porque utilizaba la adoración para encubrir un corazón rebelde. Las ordenanzas no actúan mecánicamente ni santifican a quien se niega a vivir el convenio que representan. Deben recibirse con la debida autoridad, fe en Jesucristo y una disposición sincera a obedecer.
«El que presenta ofrenda, como si ofreciese sangre de cerdo; el que quema incienso, como si bendijese a un ídolo». Las comparaciones estremecedoras muestran que una forma correcta puede volverse espiritualmente impura cuando se combina deliberadamente con una vida contraria a Dios. Esto no significa que debamos ser perfectos antes de participar en las ordenanzas; precisamente acudimos a Cristo porque necesitamos perdón y transformación. La diferencia se encuentra entre la persona imperfecta que desea arrepentirse y aquella que procura conservar el pecado mientras aparenta devoción. El Señor recibe al que lucha humildemente, pero rechaza la hipocresía que pretende separar la adoración de la conducta.
«Escogieron sus propios caminos y su alma amó sus abominaciones». El problema no era una debilidad ocasional, sino una preferencia alimentada por aquello que Dios había prohibido. El pueblo deseaba conservar los beneficios y la apariencia de la religión sin abandonar sus propios caminos. La conversión verdadera requiere más que modificar acciones externas: también implica permitir que Cristo transforme nuestros afectos, de modo que aprendamos a amar lo que es santo y a perder el deseo por lo que nos aparta de Él. Jesucristo puede cambiar no solo lo que hacemos, sino también aquello que queremos llegar a hacer, cuando le entregamos voluntariamente el corazón.
Mormón comprendía el principio que enseña Isaías: «Porque he aquí, Dios ha dicho que un hombre, siendo malo, no puede hacer lo que es bueno… Porque he aquí, no le es contado por justicia. Pues he aquí, si un hombre, siendo malo, presenta una dádiva… le es contado como si hubiese retenido la dádiva; por tanto, se le tiene por malo ante Dios» (Moroni 7:6–8). Un hombre inicuo que ofrece un buey en el templo es considerado ante Dios igual que un hombre culpable de homicidio. El hombre malo que ofrece un pequeño cordero bien podría haber matado a su propio perro: no le cuenta como justicia. El tema del primer capítulo de Isaías se repite en el último: «¿Para qué me sirve la multitud de vuestros sacrificios?, dice Jehová. Estoy harto de holocaustos de carneros y de la grasa de animales engordados; y no me agrada la sangre de bueyes, ni de corderos ni de machos cabríos… No traigáis más ofrendas vanas» (Isaías 1:11–13). ¿Somos alguna vez culpables de presentar ofrendas vanas? ¿Nos dejamos absorber por las formas externas de nuestra religión? ¿Perdemos el enfoque y permitimos que los programas y la cultura adquieran vida propia? ¿Somos suficientemente humildes? ¿Nos hemos despojado del orgullo? (Alma 5:28). ¿Están nuestros corazones suficientemente quebrantados? ¿Son nuestros espíritus verdaderamente contritos?
Ezra Taft Benson: El antídoto contra el orgullo es la humildad: la mansedumbre y la sumisión. (Véase Alma 7:23). Es el corazón quebrantado y el espíritu contrito. (Véanse 3 Nefi 9:20; 12:19; Doctrina y Convenios 20:37; 59:8; Salmos 34:18; Isaías 57:15; 66:2). Como lo expresó tan acertadamente Rudyard Kipling:
El tumulto y los gritos se apagan;
los capitanes y los reyes se marchan.
Permanece aún tu antiguo sacrificio:
un corazón humilde y contrito.
Señor Dios de los Ejércitos, permanece aún con nosotros,
no sea que olvidemos, no sea que olvidemos.
(Himnos, 1985, n.º 80).
Dios tendrá un pueblo humilde. Podemos escoger ser humildes o podemos ser obligados a serlo. Alma dijo: «Benditos son aquellos que se humillan sin verse obligados a ser humildes» (Alma 32:16).
Escojamos ser humildes. (Conference Report, abril de 1989, pág. 6).
Isaías 66:4 — El llamado rechazado y las consecuencias de elegir
«Llamé, y nadie respondió; hablé, y no oyeron». El juicio anunciado no llega por falta de advertencia ni porque Dios se haya mantenido distante. Él habló repetidamente por medio de Sus profetas y extendió oportunidades para el arrepentimiento, pero el pueblo rechazó deliberadamente Su invitación. En las Escrituras, escuchar espiritualmente significa mucho más que percibir o conocer las palabras del Señor: significa recibirlas con fe y responder mediante la obediencia. Cada llamado al arrepentimiento es una manifestación de misericordia, pues Dios advierte antes de permitir que lleguen plenamente las consecuencias.
«Hicieron lo malo delante de mis ojos y escogieron lo que a mí me desagrada». Isaías recalca el albedrío humano: el pueblo no fue obligado a rebelarse, sino que prefirió conscientemente aquello que se oponía a la voluntad divina. El pecado repetido puede debilitar la libertad espiritual y producir hábitos difíciles de romper, pero comienza y se fortalece mediante decisiones. Del mismo modo, responder a Cristo abre el camino para recuperar la libertad que la iniquidad había limitado. Por medio de Su gracia, podemos elegir nuevamente, abandonar los antiguos caminos y aprender a desear aquello que agrada a Dios.
El Señor respeta nuestras decisiones, pero no separa de ellas sus consecuencias. La libertad moral no consiste en determinar qué es bueno o malo ni en controlar todos los resultados de nuestros actos, sino en escoger cómo responderemos a la verdad que hemos recibido. Jesucristo, el Juez perfecto, evaluará nuestras decisiones, intenciones y oportunidades con justicia y misericordia absolutas. Isaías 66:4 nos invita a no posponer indefinidamente la respuesta: mientras Dios llama, todavía hay oportunidad de volver, escuchar y escoger la vida que Él ofrece.
Isaías 66:5 — Perseguidos y finalmente vindicados por el Señor
«Vuestros hermanos que os aborrecen y os echan fuera por causa de mi nombre». Isaías se dirige a quienes tiemblan ante la palabra de Dios y sufren el rechazo de personas que exteriormente pertenecen a la misma comunidad religiosa. Esta oposición puede resultar especialmente dolorosa porque procede de quienes deberían compartir la fe, ofrecer apoyo y reconocer la sinceridad del discípulo. Los fieles eran excluidos precisamente por reverenciar la palabra de Jehová, mientras sus perseguidores utilizaban una aparente defensa de la religión para justificar el desprecio. Sin embargo, ser rechazado por seres humanos a causa de la verdad no significa quedar rechazado por Dios. El Señor conoce perfectamente la diferencia entre una condena injusta y Su propio juicio.
«Decían: Sea glorificado Jehová». Los perseguidores podían revestir su conducta con lenguaje religioso y presentar la exclusión de los fieles como si honrara a Dios. Esto demuestra que el nombre del Señor puede utilizarse hipócritamente para justificar orgullo, abuso o persecución. No toda acción realizada bajo una apariencia de celo religioso refleja la voluntad divina. La verdadera fidelidad se reconoce por su conformidad con la palabra de Dios y por frutos como la humildad, la justicia y la caridad, no simplemente por afirmaciones de autoridad o devoción.
«Pero Él se mostrará para alegría vuestra, y ellos serán avergonzados». La manifestación del Señor revelará finalmente quién actuó con fidelidad. Quienes fueron ridiculizados, marginados o expulsados por obedecer encontrarán gozo en Jesucristo, mientras la falsedad de sus perseguidores quedará expuesta. El discípulo no necesita responder con venganza, odio ni deseo de humillar al adversario; puede permanecer firme, guardar su corazón y encomendar su causa al Juez perfecto. Isaías 66:5 promete que ninguna condena humana puede anular la aprobación divina y que Cristo vindicará la verdad en Su tiempo.
Isaías 66:6 — La voz de Jehová desde el templo
«Voz de estruendo de la ciudad, voz del templo, voz de Jehová que da el pago a sus enemigos». El templo, que algunos habían considerado una garantía automática de protección, se convierte en el lugar desde el cual se anuncia el juicio. La presencia física cerca de un lugar sagrado no podía proteger a quienes persistían en la idolatría y la injusticia. El templo no es un amuleto ni un refugio para encubrir la rebelión; es la casa del Señor, donde Su palabra llama al arrepentimiento y Sus convenios exigen una vida consagrada. Cuando el pueblo rechazaba esa finalidad, la misma santidad del lugar testificaba contra él.
La repetición de «voz» recalca que Jehová ya no guardará silencio. Su palabra, antes ignorada cuando invitaba misericordiosamente al arrepentimiento, será escuchada cuando anuncie las consecuencias de la rebelión. El «estruendo» representa una intervención divina imposible de seguir desatendiendo. Quienes no quisieron escuchar la voz apacible de la advertencia tendrán que reconocer la voz del juicio. Esto nos recuerda que el tiempo de la paciencia divina no debe confundirse con aprobación ni utilizarse como motivo para posponer el arrepentimiento.
Dios conoce todo cuanto sucede dentro y fuera de Su casa, incluso las intenciones ocultas de quienes participan en la adoración. La luz y los privilegios espirituales traen consigo una responsabilidad mayor, por lo que el juicio comienza entre quienes han recibido convenios, conocimiento y oportunidades sagradas. Isaías 66:6 nos invita a escuchar hoy la voz del Señor en Su templo y permitir que corrija nuestra vida. Para el arrepentido, esa voz ofrece guía, paz y reconciliación; para quien utiliza las cosas sagradas mientras rechaza su significado, termina anunciando una responsabilidad que ya no puede evitarse.
Isaías 66:7–8 — El nacimiento repentino de Sion
«Antes que estuviese de parto, dio a luz; antes que le viniesen dolores, dio a luz un hijo». Isaías describe un nacimiento extraordinario que rompe el orden esperado: la vida aparece donde parecía no existir futuro y la obra se realiza con una rapidez que causa asombro. La pregunta «¿Nacerá una nación de una sola vez?» recalca que la formación de Sion no será únicamente el resultado gradual de la capacidad humana, sino una intervención poderosa de Dios. Cuando llega el tiempo señalado por el Señor, una obra que parecía imposible puede surgir, organizarse y extenderse de manera inesperada.
Esta profecía puede relacionarse con la restauración del Evangelio y el recogimiento de Israel en los últimos días. Mediante la restauración de la autoridad del sacerdocio, las ordenanzas y los convenios, Dios comenzó a reunir a Sus hijos dispersos y a formar nuevamente un pueblo de convenio. El nacimiento de una nación no tiene que limitarse al surgimiento de una entidad política; también puede describir la aparición de una comunidad espiritual que reconoce a Jesucristo como Rey, recibe Su ley y procura establecer Sion. Su expansión entre muchas naciones demuestra que Dios puede acelerar Su obra sin quedar limitado por comienzos pequeños.
«En cuanto Sion estuvo de parto, dio a luz a sus hijos». El nacimiento simboliza la reunión de los dispersos y la recuperación de una identidad colectiva bajo Dios. Sin embargo, la imagen de los dolores de parto recuerda que el establecimiento de Sion requiere sacrificio, oposición y perseverancia. La obra puede ser divina sin estar libre de sufrimiento; de hecho, muchas veces la aflicción prepara el camino para una vida nueva. Isaías 66:7–8 ofrece esperanza a quienes trabajan por Sion: los dolores no son necesariamente señal de fracaso, sino que pueden anunciar que el Señor está haciendo nacer algo que antes parecía imposible.
Isaías 66:9 — Dios completará lo que comenzó
«Yo que hago dar a luz, ¿no haré nacer?, dice Jehová. Yo que hago engendrar, ¿impediré el nacimiento?, dice tu Dios». Mediante estas preguntas, el Señor asegura que no comienza Su obra para abandonarla antes de su cumplimiento. Si Él produjo la gestación espiritual de Sion y preparó las circunstancias para su nacimiento, también posee poder para llevarlo a término. Ninguna oposición, debilidad humana o dificultad inesperada puede frustrar definitivamente aquello que Dios ha determinado realizar conforme a Sus promesas.
Esta declaración ofrece confianza cuando la obra divina parece frágil, pequeña o incompleta. El recogimiento de Israel, la edificación de Sion y la preparación para la Segunda Venida pueden atravesar períodos de oposición y aparente retroceso, pero su futuro no descansa únicamente en la capacidad de los participantes humanos. El Señor conoce desde el principio el resultado final y dispone de sabiduría y poder suficientes para cumplir Su palabra. Jesucristo, quien inició la obra de la redención mediante Su sacrificio, también la consumará mediante la resurrección, el juicio y la renovación de la creación.
Sin embargo, confiar en que Dios completará Su obra no elimina nuestra responsabilidad. Así como el nacimiento requiere participación, esfuerzo y perseverancia, la edificación de Sion exige fe, obediencia, sacrificio y servicio. Nosotros podemos decidir si participaremos en lo que el Señor está haciendo, pero no necesitamos llevar sobre nuestros hombros el peso de garantizar el resultado final. Isaías 66:9 nos invita a trabajar diligentemente sin desesperación: hacemos nuestra parte con fidelidad y confiamos en que Dios llevará a feliz término la obra que Él mismo comenzó.
Isaías 66:10 — Regocijarse con la restauración de Jerusalén
«Alegraos con Jerusalén y gozaos con ella, todos los que la amáis; llenaos con ella de gozo todos los que os enlutáis por ella». Quienes habían llorado por la destrucción del templo, la dispersión del pueblo y la desolación espiritual de Sion son invitados a participar en el gozo de su restauración. Su duelo demostraba que no eran indiferentes a la condición del pueblo del convenio. Habían permanecido fieles a la esperanza aun cuando la realidad visible parecía contradecir las promesas de Dios; por eso, podían apreciar de manera más profunda la liberación cuando finalmente llegara.
Amar a Sion significa mucho más que admirar una ciudad, una institución religiosa o su historia. Significa desear que el pueblo de Dios llegue a ser santo, unido y puro de corazón; trabajar para que desaparezcan la pobreza, la contención y la injusticia; y ayudar a otros a entrar en los convenios de Jesucristo. El amor verdadero por Sion no ignora sus debilidades presentes ni se limita a defender su apariencia externa. Puede lamentar con sinceridad aquello que necesita ser corregido y, al mismo tiempo, conservar la esperanza en lo que el Señor ha prometido hacer con Su pueblo.
El regocijo de este versículo nace de contemplar la fidelidad de Dios. Jerusalén no se levanta únicamente por su propia fuerza, sino porque el Señor la consuela, reúne a sus hijos y completa la obra que comenzó. De manera semejante, quienes trabajan hoy por la edificación de Sion pueden atravesar temporadas de duelo, oposición o resultados limitados sin perder la esperanza. Isaías 66:10 promete que el dolor de quienes aman sinceramente la causa de Cristo no será permanente: llegará el día en que compartirán plenamente el gozo de su restauración.
Isaías 66:11 — Saciados por el consuelo de Sion
«Para que os amamantéis y os saciéis de los pechos de sus consolaciones». Isaías compara a la Jerusalén restaurada con una madre que recibe, alimenta y consuela a sus hijos. Después de la dispersión y la desolación, Sion llegará a ser una comunidad donde los reunidos encuentren enseñanza verdadera, ordenanzas salvadoras, pertenencia espiritual y fortaleza para sus almas. La imagen expresa abundancia y cercanía: el pueblo no recibirá un consuelo distante o insuficiente, sino el alimento necesario para crecer y sanar dentro del convenio.
«Para que bebáis y os deleitéis con la abundancia de su gloria». Sion no existe únicamente para reunir personas en un mismo lugar, sino para nutrirlas hasta que lleguen a la madurez espiritual. Cumple esta función cuando sus hogares y congregaciones enseñan la palabra de Dios, cuidan a quienes sufren e integran a quienes se sienten solos o desplazados. Una comunidad puede poseer estructuras religiosas y, sin embargo, dejar espiritualmente hambrientos a sus miembros; la verdadera Sion procura que cada persona sea conocida, fortalecida y alimentada mediante la verdad y la caridad.
Sin embargo, el alimento procede finalmente de Jesucristo. Él es el Pan de Vida, la fuente de agua viva y el Consolador de Su pueblo. Sion cumple su función maternal no cuando reemplaza al Salvador, sino cuando conduce a sus hijos hacia Él y les ayuda a recibir Su gracia mediante el Evangelio y los convenios. Isaías 66:11 enseña que la restauración no consiste solamente en volver a un territorio o reconstruir una ciudad, sino en formar una comunidad en la que las almas puedan ser alimentadas, consoladas y satisfechas en Cristo.
Isaías 66:12 — Paz abundante y cuidado tierno en Sion
«He aquí que yo extiendo sobre ella paz como un río». La paz que Dios promete a Sion no será escasa, frágil ni intermitente, sino abundante y continua como un río que riega la tierra y sostiene la vida. Comprenderá la reconciliación con Dios, la seguridad de las familias y un orden justo entre Su pueblo. La paz milenaria no surgirá únicamente porque las naciones estén agotadas después de la guerra o porque se alcance un acuerdo político temporal; procederá del gobierno justo de Jesucristo y de corazones dispuestos a vivir Su ley. Donde el Salvador reina interiormente, comienza a desaparecer aquello que produce enemistad: el orgullo, la codicia, el temor y el deseo de dominar.
El Señor también promete extender «la gloria de las naciones como torrente que se desborda». Aquello que poseen los pueblos será llevado a Sion y consagrado a los propósitos de Dios. Esta imagen no tiene que entenderse como explotación o conquista, sino como la reunión de dones, recursos, culturas y capacidades para enriquecer una comunidad santa bajo el gobierno de Cristo. La paz de Sion no elimina la diversidad; la ordena hacia la adoración, la justicia y el bienestar común.
«En los brazos seréis traídos y sobre las rodillas seréis mecidos». El mismo Dios que viene con fuego para juzgar la rebelión manifiesta profunda ternura hacia los redimidos. La imagen expresa protección, afecto y el cuidado cercano que recibe un niño amado. Por ello, el recogimiento de Israel no debe ser frío, impersonal ni meramente administrativo. No basta con incorporar nombres a una organización; las personas necesitan ser recibidas, sostenidas, nutridas y ayudadas a sentir que verdaderamente pertenecen a la familia del convenio. Isaías 66:12 enseña que la Sion de Jesucristo será reconocida tanto por la abundancia de su paz como por la ternura con la que cuida a cada uno de sus hijos.
Isaías 66:13 — El consuelo tierno de Dios
«Como aquel a quien su madre consuela, así os consolaré yo». Dios utiliza una de las experiencias humanas más tiernas para revelar la naturaleza de Su cuidado. Él no se limita a eliminar peligros externos o resolver problemas; se acerca al corazón herido, comprende su dolor y le comunica seguridad. Como una madre amorosa que sostiene, calma y acompaña a su hijo, el Señor ofrece una presencia que permite atravesar la aflicción sin sentirse abandonado. Su poder no disminuye Su ternura: el Dios que gobierna los cielos conoce personalmente las lágrimas y necesidades de cada uno de Sus hijos.
La comparación no significa que Dios consuele de una sola manera ni que toda experiencia maternal humana sea perfecta. Declara que Su compasión contiene plenamente la ternura, atención, paciencia y protección que asociamos con el mejor cuidado de una madre. Ese consuelo se manifiesta de manera suprema mediante Jesucristo, quien tomó sobre Sí nuestros dolores, enfermedades y aflicciones para saber cómo socorrernos. A veces Su consuelo cambia las circunstancias; otras veces fortalece el alma para soportarlas. En ambos casos, asegura que no sufrimos fuera del alcance de Su comprensión y Su amor.
«Y en Jerusalén recibiréis consuelo». La ciudad que había sido escenario de destrucción, exilio y duelo llegará a convertirse en un lugar de restauración. Dios puede transformar el espacio asociado con la herida en testimonio de sanidad y hacer que aquello que antes despertaba tristeza llegue a recordar Su fidelidad. Sion proporciona verdadero consuelo cuando Jesucristo ocupa su centro y cuando la verdad, los convenios y la caridad gobiernan las relaciones de sus habitantes. Isaías 66:13 enseña que el Señor no solo reconstruirá la ciudad, sino que también sanará a las personas que regresen a ella.
Isaías 66:14 — Renovación profunda por la mano del Señor
«Y veréis, y se alegrará vuestro corazón, y vuestros huesos se renovarán como la hierba». La restauración prometida alcanzará tanto los sentimientos interiores como las profundidades de la fortaleza humana. En el lenguaje bíblico, los huesos pueden representar aquello que sostiene la vida; por eso, su renovación comunica una recuperación completa después del agotamiento y la aflicción. Como la hierba que vuelve a brotar tras una temporada de sequedad, el pueblo recobrará el gozo, el vigor y la esperanza. Lo que parecía seco o sin futuro recibirá nuevamente vida mediante el poder de Dios.
Jesucristo no ofrece una recuperación meramente superficial. Su gracia puede renovar los deseos, sanar la memoria, devolver esperanza al espíritu y fortalecer a quienes se sienten consumidos por las pruebas. Algunas bendiciones de esa restauración se reciben durante la mortalidad, mientras que otras alcanzarán su plenitud en la resurrección, cuando el Salvador restaurará el cuerpo de manera perfecta e inmortal. La imagen de los huesos que florecen como hierba anticipa así la victoria de la vida sobre la decadencia y de la redención sobre la muerte.
«La mano de Jehová se dará a conocer a sus siervos, y se indignará contra sus enemigos». Los fieles reconocerán que el nacimiento, crecimiento y establecimiento de Sion no fueron producidos solamente por su organización o capacidad, sino por la intervención del Señor. Su mano representa poder, guía, protección y cumplimiento de las promesas. Las mismas obras divinas tendrán efectos diferentes según la respuesta de las personas: para quienes sirven a Dios traerán restauración y gozo; para quienes persistan en oponerse a Él manifestarán justicia. Isaías 66:14 nos invita a reconocer humildemente la mano de Cristo en toda renovación verdadera y a colocarnos entre quienes reciben su poder como fuente de vida.
Isaías 66:15–16 — Jehová vendrá con fuego para juzgar a toda la humanidad
«Porque he aquí que Jehová vendrá con fuego, y sus carros como torbellino». El fuego representa la gloria, la purificación y la justicia que acompañarán la Segunda Venida de Jesucristo. Su aparición no será una presencia discreta que el mundo pueda ignorar, sino una manifestación irresistible de autoridad divina. El Señor pondrá fin a la iniquidad persistente, derribará los poderes que oprimen a Sus hijos y preparará la tierra para Su reinado. Los carros semejantes a un torbellino comunican la rapidez y el poder de Su intervención: cuando llegue el tiempo señalado, ningún sistema humano podrá impedir el cumplimiento de Su palabra.
La misma venida producirá resultados diferentes según la condición espiritual de cada persona. Para quienes hayan permitido que la gracia de Cristo los purifique, será un día de liberación, vindicación y gozo; para quienes persistan deliberadamente en la rebelión, será un día de juicio. El fuego divino no representa una ira descontrolada, sino la santidad de Dios actuando contra aquello que destruye Su creación. El Señor eliminará la maldad para que la paz, la justicia y la vida puedan permanecer. Por ello, la preparación para Su venida no consiste en esconderse de Su gloria, sino en acudir ahora al Salvador para ser limpiados y santificados.
«Porque Jehová juzgará con fuego y con su espada a toda carne». Ninguna nación, posición social, poder político o tradición religiosa coloca a alguien fuera de la responsabilidad ante Dios. Jesucristo juzgará universalmente y con conocimiento perfecto de las obras, los deseos, las oportunidades y el grado de luz recibido por cada persona. Su juicio será completamente justo porque nada se le ocultará, y perfectamente misericordioso porque Él mismo efectuó la expiación y conoce nuestras debilidades. Isaías 66:15–16 nos invita a confiar en el Juez perfecto y a escoger hoy el arrepentimiento, para que Su venida sea para nosotros el cumplimiento de una esperanza y no la llegada inesperada de una condenación.
Olviden todas las pinturas que han visto de la Segunda Venida. Ninguna muestra al Señor viniendo con vestiduras rojas, con fuego y rodeado de carros como un torbellino. Formen la imagen en su propia mente. Es así:
Vi el cielo abierto; y he aquí un caballo blanco, y el que estaba sentado sobre él era llamado Fiel y Verdadero, y con justicia juzga y hace la guerra.
Sus ojos eran como llama de fuego, y había en su cabeza muchas coronas; y tenía un nombre escrito que ninguno conocía sino él mismo.
Y estaba vestido de una ropa teñida en sangre; y su nombre es: El Verbo de Dios.
Y los ejércitos que estaban en el cielo le seguían en caballos blancos, vestidos de lino fino, blanco y limpio.
Y de su boca sale una espada aguda para herir con ella a las naciones; y él las regirá con vara de hierro; y él pisa el lagar del furor y de la ira del Dios Todopoderoso.
Y en su vestidura y en su muslo tiene escrito este nombre: REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES. (Apocalipsis 19:11–16).
Tocad trompeta en Sion y dad la alarma en mi santo monte; tiemblen todos los habitantes de la tierra, porque viene el día de Jehová, porque está cercano;
día de tinieblas y de oscuridad, día de nubes y de profunda oscuridad, como el alba que se extiende sobre los montes. Un pueblo grande y poderoso; nunca ha habido otro como él, ni lo habrá después, por los años de muchas generaciones.
Delante de ellos consume el fuego, y detrás de ellos arde una llama; delante de ellos la tierra es como el jardín de Edén, y detrás de ellos, un desierto desolado; sí, nada escapará de ellos.
Su apariencia es como la apariencia de caballos, y como jinetes correrán.
Como estruendo de carros saltarán sobre las cumbres de los montes, como el ruido de una llama de fuego que consume la hojarasca, como un pueblo poderoso dispuesto para la batalla.
Delante de ellos sufrirán los pueblos; todos los rostros se oscurecerán. (Joel 2:1–6).
Bruce R. McConkie: Antes de que venga el Señor, los malvados y los impíos serán muertos por plagas, pestilencias y la espada; y cuando Él descienda con Sus carros de fuego, el resto de quienes estén viviendo una ley telestial serán consumidos por la gloria de Su presencia.
Isaías lo describe de esta manera: «Porque he aquí que Jehová vendrá con fuego, y sus carros como un torbellino, para descargar su ira con furor y su reprensión con llamas de fuego. Porque Jehová juzgará con fuego y con su espada a toda carne; y serán muchos los muertos por Jehová» (Isaías 66:15–16). Y Malaquías, refiriéndose más específicamente a la hora misma de Su regreso, pregunta: «¿Quién podrá soportar el día de su venida? ¿Y quién podrá estar en pie cuando él aparezca?» (Malaquías 3:2), y luego responde: «Porque he aquí, viene el día ardiente como un horno, y todos los soberbios y todos los que hacen maldad serán estopa; y aquel día que vendrá los quemará, dice Jehová de los ejércitos, y no les dejará ni raíz ni rama» (Malaquías 4:1). Véase 2 Pedro 3:10–18. (Comentario doctrinal del Nuevo Testamento, 3 tomos [Salt Lake City: Bookcraft, 1965–1973], tomo 3, pág. 490).
Bruce R. McConkie: Cuando el Señor venga en Su gloria, en fuego llameante, ese fuego purificará la viña y quemará la tierra. En aquel día, el calor será tan intenso y el incendio tan universal que los propios elementos de los que está compuesta esta tierra se derretirán. Los montes, elevados y gloriosos, hechos de roca sólida, se derretirán como cera. (El Mesías milenario: La segunda venida del Hijo del Hombre [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1982], pág. 526).
Isaías 66:17 — La falsa santificación
«Los que se santifican y los que se purifican en los huertos». Estas personas participaban en ceremonias de purificación relacionadas con cultos idolátricos, probablemente realizadas en jardines sagrados y dirigidas por algún guía ritual. Aunque empleaban formas y lenguaje religiosos, su adoración no procedía de Jehová ni se ajustaba a Su palabra. Pretendían alcanzar por sí mismas una condición sagrada mientras rechazaban el camino que Dios había revelado. Isaías muestra así que una práctica puede parecer solemne, espiritual o purificadora y, sin embargo, apartar a la persona del Dios verdadero.
«Comiendo carne de cerdo y cosas abominables y ratón». Estas acciones expresaban un rechazo consciente de las normas que el Señor había dado a Israel y revelaban la contradicción entre la supuesta purificación exterior y la desobediencia real. El problema no era simplemente ceremonial: el pueblo había sustituido la autoridad divina por ritos escogidos según sus propios deseos. No toda experiencia intensa, misteriosa o presentada como “espiritual” procede de Dios. Las manifestaciones espirituales deben discernirse a la luz de Jesucristo, las Escrituras, la revelación y la autoridad que Él ha establecido.
La verdadera santificación no es una condición que podamos fabricar mediante técnicas, ceremonias inventadas o declaraciones de superioridad. Se recibe por la gracia de Jesucristo mediante Su expiación, la influencia purificadora del Espíritu Santo y las ordenanzas autorizadas del Evangelio. También requiere fe, arrepentimiento y fidelidad a los convenios. Cristo no solo produce una apariencia externa de pureza, sino que transforma los deseos y la naturaleza del discípulo. Isaías 66:17 advierte que una santidad separada de Dios es una contradicción y que toda auténtica purificación debe proceder del Santo de Israel.
Isaías 66:18 — Dios conoce el corazón y reunirá a todas las naciones
«Porque yo conozco sus obras y sus pensamientos». El juicio divino no se limita a las apariencias ni a un registro superficial de las acciones. Dios conoce perfectamente lo que hicimos y también las motivaciones, intenciones y deseos que acompañaron cada decisión. Esta verdad constituye una seria advertencia contra la hipocresía: ninguna ceremonia religiosa puede ocultar ante Él un corazón que ama la iniquidad. Jesucristo discernirá entre la debilidad que lucha por arrepentirse y la apariencia de santidad que encubre una rebelión deliberada. Su conocimiento perfecto garantiza que nadie podrá engañarlo y que Su juicio será plenamente justo.
Al mismo tiempo, esta doctrina brinda consuelo a quienes hacen el bien sin recibir reconocimiento. El Señor ve el servicio silencioso, las intenciones rectas, las tentaciones resistidas y los esfuerzos sinceros cuyos resultados quizá parezcan pequeños. Nada realizado con fe y amor queda oculto ni carece de valor ante Él. Cristo puede juzgar misericordiosamente porque conoce no solo nuestras obras visibles, sino también las oportunidades, limitaciones y deseos del corazón. Donde los seres humanos pueden interpretar mal, Él comprende por completo.
«Vendrá el tiempo para juntar a todas las naciones y lenguas; y vendrán y verán mi gloria». El desenlace de Isaías no es el aislamiento de Israel ni la exaltación de un solo pueblo sobre los demás, sino una congregación universal ante Jehová. El recogimiento de Israel sirve al propósito de bendecir a toda la humanidad. Mediante el convenio abrahámico, el Evangelio, las ordenanzas y el conocimiento de Jesucristo deben llegar a todas las familias de la tierra. Personas de toda nación y lengua serán invitadas no solo a observar desde lejos la gloria del Señor, sino a entrar en Su convenio y convertirse en parte de Su pueblo.
Isaías 66:19 — Una señal y mensajeros para todas las naciones
«Y pondré entre ellos una señal». La señal o estandarte identifica públicamente la obra de Dios y proporciona un punto de congregación para los pueblos dispersos. En el contexto de los últimos días, puede relacionarse con la restauración del Evangelio, el levantamiento de Sion y la proclamación de la verdad a todas las naciones. Esa señal no existe para glorificar una organización, una cultura o a los mensajeros que la levantan, sino para dirigir la mirada del mundo hacia Jesucristo. Él es el verdadero centro del recogimiento y la única fuente de salvación.
«Y enviaré de los escapados de ellos a las naciones… y a las costas lejanas que no han oído de mí ni han visto mi gloria». Quienes experimentan la liberación del Señor no son preservados únicamente para disfrutar de sus bendiciones, sino también para convertirse en testigos. La misericordia recibida genera una responsabilidad misional: quien ha sido recogido ayuda a recoger; quien ha conocido al Salvador procura que otros también lo conozcan. Dios se interesa en los pueblos que todavía no han oído Su nombre y prepara mensajeros capaces de atravesar fronteras geográficas, culturales y lingüísticas para llevarles Su palabra.
«Y proclamarán mi gloria entre las naciones». El contenido central del mensaje no es la sabiduría, la experiencia ni los logros de los mensajeros, sino la grandeza de Dios y lo que Él ha realizado para redimir a Sus hijos. La obra misional auténtica se centra en la expiación y resurrección de Jesucristo, Su Evangelio, Sus ordenanzas y Sus convenios. Los misioneros no buscan reunir discípulos para sí mismos, sino invitar a todos a seguir al Salvador. Isaías 66:19 presenta así un ciclo de gracia: Dios rescata a un pueblo, lo reúne bajo Su estandarte y luego lo envía para que Su gloria y salvación lleguen hasta los confines de la tierra.
Orson Pratt: «Pondré entre ellos una señal». Y después de poner esta señal, enviará misioneros a Tubal, a Javán, a las islas lejanas, «a Tarsis, a Pul y a Lud, y a los que disparan el arco» (Isaías 66:19). Y se dice de los misioneros enviados de ese modo que «declararán mi gloria entre las naciones» (Isaías 66:19). Entonces, cuando se ponga la señal, se envíen los misioneros y comience a declararse la gloria de Dios entre los gentiles, el Señor llevará a cabo el recogimiento de Su pueblo Israel, trayéndolos en caballos, en carros, en literas, sobre animales veloces y sobre mulas a Su santo monte en Jerusalén (Isaías 66:20); y reunirá a todas las naciones y lenguas (Isaías 66:18) cuando llegue esa dispensación. (Journal of Discourses, tomo 18, págs. 16–17).
Orson Pratt: Han transcurrido cuarenta y cinco años desde que Dios dio a conocer esta señal, el Libro de Mormón, y envió misioneros a las naciones: a Tarsis, Pul, Lud, Tubal, Javán y a las islas lejanas que no habían oído Su nombre ni visto Su gloria; y estos misioneros han declarado Su gloria entre los gentiles (Isaías 66:19). ¡Cuarenta y cinco años de proclamación a las naciones gentiles! (Journal of Discourses, tomo 18, pág. 19).
Isaías 66:20 — Los recogidos como ofrenda santa al Señor
«Y traerán a todos vuestros hermanos de entre todas las naciones como una ofrenda a Jehová». El fruto más precioso del trabajo misional no son riquezas, reconocimiento ni poder, sino personas que responden voluntariamente a la invitación de regresar a Dios. Los recogidos son comparados con una ofrenda santa porque entregan su corazón al Señor y entran en una relación de convenio con Él. Sin embargo, ninguna persona es propiedad de los misioneros, de una congregación ni de una institución. Cada alma pertenece a Dios; los mensajeros solo ayudan a conducirla hacia una relación personal y salvadora con Jesucristo.
Isaías menciona caballos, carros, literas, mulos y camellos para mostrar la amplitud y diversidad del recogimiento. Dios puede utilizar distintos recursos, capacidades y circunstancias para traer a Sus hijos. Algunos responderán rápidamente y avanzarán con relativa facilidad; otros necesitarán ser sostenidos, acompañados o incluso cargados durante parte del camino. La variedad de medios también puede aplicarse al recogimiento de los últimos días: el transporte, la tecnología, la traducción, la educación, el servicio humanitario y otros recursos pueden abrir caminos para que personas de toda nación escuchen el Evangelio. Los medios pueden cambiar, pero el propósito permanece: llevar almas a Cristo con respeto, paciencia y amor.
El destino del recogimiento es «mi santo monte de Jerusalén» y «la casa de Jehová». La obra no concluye cuando una persona escucha el mensaje o se incorpora exteriormente a una comunidad religiosa; la conduce hacia las ordenanzas, los convenios y la presencia del Señor. Así como Israel presentaba una ofrenda limpia en una vasija pura, quienes ministran deben procurar que su servicio sea digno del carácter sagrado de las almas que acompañan. Ser recogido significa recibir el Evangelio de Jesucristo, tomar Su nombre sobre nosotros y aprender a vivir en Su presencia. El verdadero éxito del recogimiento se alcanza cuando las personas llegan a la casa del Señor y permanecen fieles a sus convenios.
Isaías describe el recogimiento; esta vez, las propias almas recogidas son la ofrenda al Señor. Son la novia que viene a encontrarse con el Esposo. Vendrán de todas las naciones para estar con el Esposo y consumar el matrimonio. Lo adorarán en el templo, pero necesitarán las ordenanzas del templo y estar vestidos de blanco antes de estar preparados para entrar en la cámara nupcial.
José Smith: ¿Cuál era el propósito de recoger a los judíos, o al pueblo de Dios, en cualquier época del mundo?… El propósito principal era edificar una casa al Señor, mediante la cual Él pudiera revelar a Su pueblo las ordenanzas de Su casa. (Historia de la Iglesia, tomo 5, pág. 423).
Isaías 66:21 — Los recogidos llegan a ser ministros
«Y también tomaré de entre ellos para sacerdotes y levitas, dice Jehová». Dios no solo reunirá personas de diversas naciones para que observen Su gloria, sino que también llamará ministros de entre ellas para participar activamente en Su obra. Esta promesa muestra que el recogimiento no conserva una distinción permanente entre un pueblo que sirve y otros pueblos que únicamente reciben. Quienes antes se encontraban lejos pueden entrar en el convenio, recibir responsabilidades sagradas y contribuir a la adoración y al servicio del Señor.
La mención de sacerdotes y levitas utiliza el lenguaje del Antiguo Testamento para expresar servicio autorizado, cuidado de las cosas sagradas y ministerio en la casa de Dios. Desde la perspectiva del Evangelio restaurado, la autoridad del sacerdocio no procede del origen nacional, la posición social ni la tradición familiar, sino de Dios y se recibe conforme al orden que Él ha establecido. Asimismo, hombres y mujeres de toda nación participan ampliamente en la obra de salvación mediante llamamientos, enseñanza, ministración, servicio en el templo y testimonio de Jesucristo.
El Señor no recibe conversos para mantenerlos indefinidamente como espectadores. Les concede dones, oportunidades y responsabilidades para bendecir a otros. Quienes fueron enseñados llegan a enseñar; quienes recibieron consuelo aprenden a consolar; y quienes fueron recogidos se convierten también en recogedores. Isaías 66:21 revela que en Sion no existen pueblos destinados únicamente a ocupar una posición secundaria: Jesucristo transforma a los recién llegados en discípulos y colaboradores capaces de participar en Su obra santa.
Los levitas tienen que ofrecer al Señor una ofrenda en rectitud (Doctrina y Convenios 13:1). Dios hará sacerdotes de entre los judíos. Encontrará levitas entre ellos. No necesitarán ser ordenados al sacerdocio por un poseedor del Sacerdocio de Melquisedec, porque el sacerdocio está en su linaje conforme al convenio. Efectuarán ordenanzas en el templo de Jerusalén: «Los levitas… serán ministros en mi santuario» (Ezequiel 43:10–11). Pero habrá una parte del templo a la que no podrán entrar: «No se acercarán a mí para ejercer ante mí el oficio de sacerdote [de Melquisedec], ni para acercarse a ninguna de mis cosas santas, en el lugar santísimo; sino que llevarán su vergüenza y las abominaciones que han cometido. Pero los pondré a cargo del cuidado de la casa, para todo su servicio» (Ezequiel 43:13–14). El lugar santísimo del templo de Jerusalén estará atendido por sacerdotes del Sacerdocio de Melquisedec. (Véase Ezequiel 43:15–23).
Orson Pratt: Cuando consultamos el último capítulo de Isaías, encontramos una profecía que hasta ahora solo se ha cumplido parcialmente, en la que el Señor dice: «Pondré una señal entre el pueblo, y recogeré a los hijos de Israel de entre todas las naciones, en caballos, sobre mulas, en literas y sobre animales veloces, de regreso a mi santo monte Jerusalén; y tomaré de ellos para sacerdotes y levitas, dice Jehová» (Isaías 66:19–21). ¡En verdad! ¿Tendrá el Señor sacerdotes y levitas después de recoger a Israel de entre todas las naciones? Sí. «Tomaré de ellos para sacerdotes y levitas, dice Jehová».
Aquí, entonces, se predice en el último capítulo de Isaías una restitución o restauración: que el Señor recogerá a la casa de Israel de todas las tierras a Su santo monte Jerusalén y que luego tomará de ellos para sacerdotes y levitas. Además, veamos lo que dice el siguiente pasaje acerca de la continuidad de este sacerdocio menor de Leví: «Porque como los cielos nuevos y la nueva tierra que yo haré permanecerán delante de mí, así permanecerán vuestra descendencia y vuestro nombre»; o, en otras palabras, su sacerdocio, el sacerdocio que he conferido a la descendencia de Leví, permanecerá tan eternamente como los cielos nuevos y la nueva tierra. Si uno llega a su fin, también lo hará el otro; y si uno ha de ser eterno y nunca desaparecer, también lo será el otro. Entonces, si semejante sacerdocio ha de ser restaurado a los hijos de los hombres en los últimos días, cuando Dios levante un pueblo para prepararse para el recogimiento de la casa de Israel, ¿de dónde vendrá? Ya les he demostrado que, según el testimonio de toda la cristiandad, ni los judíos ni los cristianos lo poseen. Entonces, ¿cómo será restaurado? Será restaurado por el Señor Dios, quien estableció por primera vez esa autoridad sobre la tierra. Les he dicho cómo lo ha restaurado. Les he dicho que un ángel cuyo nombre era Juan el Bautista, sobre quien descansaban ese sacerdocio y esa autoridad, descendió del cielo y lo restauró. (Journal of Discourses, tomo 12, págs. 360–361).
Isaías 66:22 — Una creación renovada y un pueblo que permanecerá
«Porque como los cielos nuevos y la nueva tierra que yo hago permanecerán delante de mí, dice hago permanecerán delante de mí, dice Jehová». El libro de Isaías dirige su visión final hacia una renovación que abarca toda la creación. La Segunda Venida de Jesucristo traerá la transformación de la tierra y la preparará para Su reinado milenario de paz y justicia; posteriormente, después de la obra final de juicio y resurrección, llegará a recibir una condición celestial. El mundo actual, marcado por la Caída, la corrupción y la muerte, no constituye el estado definitivo de la obra de Dios. El mismo poder de Cristo que renueva al pecador arrepentido transformará y santificará la tierra conforme al propósito eterno para el cual fue creada.
La expresión «que yo hago» recalca que esta renovación será una obra divina y no únicamente el resultado del progreso humano. Aunque los discípulos tienen la responsabilidad de cuidar la creación, establecer la justicia y preparar el camino del Señor, solo Jesucristo posee el poder para vencer plenamente el pecado y la muerte y hacer nuevas todas las cosas. La permanencia de los nuevos cielos y la nueva tierra contrasta con la fragilidad de los reinos, ciudades y sistemas humanos descritos a lo largo del libro. Lo que Dios crea y santifica finalmente permanecerá delante de Él.
«Así permanecerán vuestra descendencia y vuestro nombre». La preservación de Israel será tan segura como la permanencia de la creación renovada. La dispersión, el cautiverio y la persecución no tendrán la última palabra sobre el pueblo del convenio. El nombre concedido por Dios representa pertenencia, identidad y misión eternas; aquello que Él establece no puede ser borrado por las pérdidas de la mortalidad ni por la muerte. Mediante Jesucristo, todos los que entran y permanecen fieles en el convenio reciben un lugar y un nombre que perduran. Isaías 66:22 une así la restauración de la tierra con la restauración del pueblo: Dios hará nuevas todas las cosas y conservará ante Su presencia a quienes hayan escogido pertenecerle.
Isaías 66:23 — Adoración universal ante el Señor
«Y acontecerá que de mes en mes y de día de reposo en día de reposo vendrá toda carne a adorar delante de mí, dice Jehová». Isaías contempla el reinado del Mesías como una época en la que personas de todas las naciones reconocerán al Dios verdadero y acudirán a Su presencia. La expresión «toda carne» muestra que la adoración ya no estará restringida por divisiones nacionales, culturales o étnicas. El recogimiento de Israel alcanzará su propósito universal cuando todas las familias de la tierra reciban la oportunidad de conocer a Jesucristo, participar de las bendiciones de Su Evangelio y adorar al Padre por medio de Él.
La mención «de mes en mes» y «de día de reposo en día de reposo» describe una adoración constante y ordenada. La vida bajo el gobierno de Cristo no consistirá solamente en una experiencia espiritual ocasional, sino en una sociedad cuyo tiempo, trabajo y comunidad estarán organizados alrededor de Dios. El día de reposo continuará recordando que la creación, la redención y todas las bendiciones proceden del Señor. La paz futura no será producto de una humanidad autosuficiente que ya no necesita a Dios; se sostendrá mediante la obediencia, la gratitud y la comunión regular con Él.
Este versículo también invita a anticipar desde ahora esa adoración universal. Cada vez que santificamos el día de reposo, participamos de las ordenanzas y adoramos con un corazón humilde, aprendemos a vivir según el orden de la futura Sion. La verdadera adoración no se limita a acudir a un lugar sagrado; implica ofrecer a Dios nuestra voluntad y permitir que Su presencia transforme toda la vida. Isaías 66:23 presenta el destino de la humanidad redimida no solo como una existencia sin conflictos, sino como una familia mundial reunida en reverencia y gozo ante Jesucristo.
Isaías 66:24 — La consecuencia final de la rebelión
«Y saldrán y verán los cadáveres de los hombres que se rebelaron contra mí». Isaías termina con una imagen solemne que contrasta con la adoración universal y la nueva creación de los versículos anteriores. La restauración de Sion no puede incluir la perpetuación de la violencia, la idolatría y la rebelión que la destruyeron. Dios ofrece misericordia abundantemente, pero quienes rechazan voluntaria y persistentemente Su gracia deben afrontar las consecuencias de su elección. Este lenguaje no nos autoriza a deleitarnos en la condenación de nadie ni a decidir quién está irremediablemente perdido; procura despertarnos al arrepentimiento y llevarnos a recibir ahora la misericordia de Jesucristo.
«Porque su gusano nunca morirá ni su fuego se apagará». El gusano y el fuego eran imágenes conocidas de corrupción, destrucción y juicio. Su carácter continuo recalca que el juicio de Dios no puede ser ocultado, evitado ni revocado mediante recursos humanos. El pecado no arrepentido produce consecuencias reales, y ninguna ceremonia externa puede sustituir la reconciliación con Dios. Sin embargo, este lenguaje profético no exige concluir que Dios se complace en un tormento físico interminable. Enseña que rechazar deliberadamente la luz y permanecer separado de ella constituye una pérdida seria y duradera.
El libro de Isaías concluye así con una elección entre dos destinos: entrar en la nueva creación para adorar al Señor o persistir en aquello que no puede permanecer ante Su santidad. La advertencia final debe leerse a la luz de todas las invitaciones anteriores: las manos de Dios permanecen extendidas, Él consuela como una madre, reúne a las naciones y ofrece purificación mediante el Redentor. Jesucristo puede librarnos del pecado y de la muerte espiritual, pero no nos obliga a aceptar esa liberación. Isaías 66:24 nos invita a abandonar hoy la rebelión y escoger la vida, para que la venida del Señor sea motivo de gozo y no de temor.


























