Isaías

Isaías 56
Una casa de oración para todos los pueblos


Isaías 56 presenta un contraste espiritual entre personas que parecían estar lejos de las bendiciones de Israel y dirigentes que, a pesar de su posición religiosa, se encontraban lejos de Dios. Los extranjeros y los eunucos eran considerados marginales y podían pensar que no tenían lugar ni futuro dentro del pueblo del convenio. Sin embargo, el Señor promete recibirlos cuando lo aman, guardan Su día de reposo y se aferran fielmente a Su convenio. Los líderes de Israel, en cambio, son reprendidos porque, aunque poseen reconocimiento y responsabilidad, permanecen espiritualmente ciegos, silenciosos ante el peligro y dedicados a su propio beneficio.
El principio doctrinal es claro: la cercanía a Dios no depende del origen, la condición física, la nacionalidad ni el prestigio religioso. Depende de acudir a Jesucristo, escoger Su voluntad y permanecer fieles a los convenios. El Señor promete a quienes se consideraban sin descendencia ni futuro «un lugar y un nombre» dentro de Su casa, «un nombre eterno que nunca será borrado». En Cristo, las limitaciones que parecían definir permanentemente a una persona no determinan su valor ni su destino eterno. Él puede otorgarle una identidad de convenio, un lugar de pertenencia y una esperanza que nadie puede quitarle.
El centro del capítulo se encuentra en la declaración: «Mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos». El recogimiento de Israel no tiene como propósito formar una comunidad cerrada o privilegiada, sino abrir un hogar espiritual para personas de toda nación, cultura y condición. Cuando el Señor declara: «Aún recogeré… a otros», recuerda que Su obra todavía continúa y que hay muchos hijos Suyos que aún serán traídos a Cristo. Por ello, Sion debe permanecer santa, vigilante y preparada para recibirlos con humildad y amor, evitando la ceguera, la indiferencia y el egoísmo que condenaron a los antiguos dirigentes.


Isaías 56:1 — Prepararse para la salvación y la justicia de Cristo
«Guardad el derecho y practicad la justicia, porque mi salvación está por venir». Dios anuncia que Su salvación se aproxima e invita al pueblo a prepararse mediante una vida recta. La obediencia no compra la salvación ni sustituye la gracia, pero dispone el corazón para recibir al Salvador y las bendiciones de Su convenio. Esperar a Jesucristo no es una actividad pasiva: quienes aguardan Su venida procuran reflejar desde ahora la santidad, la misericordia y la justicia que caracterizarán Su reino.
Guardar el derecho significa respetar lo verdadero, justo y equitativo; practicar la justicia significa convertir esos principios en acciones concretas. La fe debe manifestarse en la forma en que tratamos al prójimo, administramos nuestras responsabilidades y utilizamos la autoridad que se nos ha confiado. Por ello, la rectitud personal no puede separarse de la justicia hacia los demás. Un pueblo preparado para recibir a Cristo actúa con honradez, protege al vulnerable, defiende la dignidad de cada persona y rechaza el abuso, la explotación y la parcialidad.
La promesa «mi justicia [está] por manifestarse» anuncia que Dios revelará públicamente Su carácter y corregirá aquello que el mundo ha juzgado de manera equivocada. Esa justicia alcanza su expresión perfecta en la misión, la Expiación y el futuro reinado de Jesucristo. La espera puede resultar dolorosa para quienes sufren injustamente, pero ningún agravio permanece oculto ante el Señor. El Juez perfecto hará visible la verdad, vindicará lo justo y, mediante Su poder redentor, reparará finalmente todo daño.


Isaías 56:2 — Aferrarse a una adoración íntegra
«Bienaventurado el hombre que hace esto… que se aferra a esto». La obediencia requiere perseverancia; “aferrarse” significa sujetar firmemente la verdad cuando surgen presiones, pruebas o tentaciones para abandonarla. La bendición prometida no está limitada a una nacionalidad ni a una condición social particular. Al referirse al «hombre» y al «hijo del hombre», Isaías prepara el anuncio de que personas de todas las naciones pueden acercarse al Señor, entrar en Su convenio y recibir Sus promesas mediante Jesucristo.
«Guarda el día de reposo para no profanarlo». El día de reposo era una señal del convenio entre Jehová e Israel, mediante la cual el pueblo reconocía que Dios era su Creador, su Libertador y la fuente de su santificación. Guardarlo significa apartarlo de manera consciente para adorar, renovar convenios, descansar de las labores ordinarias, fortalecer a la familia y servir a los demás. No es simplemente una lista de prohibiciones, sino una oportunidad sagrada para recordar al Salvador, recibir Su gracia y volver el corazón hacia Él.
Sin embargo, la observancia del día de reposo no puede separarse de la conducta mantenida durante el resto de la semana. La expresión «guarda su mano de hacer todo lo malo» enseña que las ceremonias religiosas pierden su verdadero significado cuando esas mismas manos continúan practicando la injusticia. Dios desea una adoración completa que una los convenios con la conducta. Las manos que participan en ordenanzas sagradas deben convertirse también en instrumentos de honestidad, misericordia, pureza y servicio.


Isaías 56:3 — Nadie que venga a Cristo será excluido
«Que el hijo del extranjero… no hable diciendo: Me apartará totalmente Jehová de su pueblo». Quien no había nacido dentro de Israel podía temer que su origen lo excluyera de las promesas divinas. Sin embargo, el Señor declara que quienes lo aman y se aferran a Su convenio no deben considerarse extranjeros permanentes ni ciudadanos espirituales de segunda categoría. La pertenencia al pueblo de Dios se recibe mediante Jesucristo y el convenio, no por superioridad racial, nacional o cultural. En el Evangelio, personas de toda lengua, pueblo y nación son reunidas como miembros de una misma familia.
«Ni diga el eunuco: He aquí, yo soy un árbol seco». Debido a la ausencia de posteridad física y a ciertas limitaciones religiosas antiguas, un eunuco podía pensar que carecía de futuro, continuidad o un lugar pleno entre el pueblo. Dios responde que ninguna condición corporal ni capacidad biológica determina el valor eterno de una persona. En Su casa, la identidad y la herencia del convenio pueden superar las limitaciones de la mortalidad. Jesucristo ofrece pertenencia, propósito y posteridad espiritual a quienes se acercan fielmente a Él; nadie que venga al Salvador con un corazón sincero será considerado inútil, incompleto ni olvidado.


Isaías 56:4 — Escoger la voluntad de Dios y aferrarse al convenio
«Escojan lo que yo quiero». El convenio requiere una decisión consciente y continua. No basta con desear las promesas del Señor; debemos escoger Su voluntad por encima de nuestros impulsos, preferencias y de las presiones contrarias del mundo. Jesucristo es el ejemplo perfecto de esta entrega, pues en todas las cosas escogió la voluntad del Padre. El discípulo sigue Su modelo no porque siempre comprenda de inmediato cada mandamiento, sino porque confía en el carácter de Dios y sabe que Sus caminos conducen a una libertad, una paz y una felicidad más profundas.
«Se aferren a mi convenio». Aferrarse expresa firmeza, lealtad y perseverancia cuando las circunstancias dificultan permanecer fieles. El convenio no es solamente una ceremonia realizada en el pasado, sino una relación viva con Dios que debe cuidarse mediante la fe, el arrepentimiento, la obediencia y la renovación de las ordenanzas. Cuando otras identidades, relaciones o seguridades terrenales se debilitan, nuestra relación con Jesucristo puede permanecer como fundamento estable. Aferrarnos al convenio significa confiar en que Él también se aferra a nosotros y que nunca dejará de cumplir las promesas que nos ha hecho.


Isaías 56:5 — Un lugar y un nombre eternos en la casa de Dios
«Les daré lugar en mi casa y dentro de mis muros». A quienes se consideraban excluidos, el Señor no les concede solamente permiso para acercarse, sino un lugar establecido dentro de Su propia casa. Los recibe como miembros verdaderos de Su pueblo y participantes plenos de las bendiciones del convenio. La casa de Dios simboliza Su presencia, Sus ordenanzas y la comunión eterna con Él. Por ello, ninguna persona que venga fielmente a Jesucristo debe ser tratada como extranjera, inferior o invitada temporal dentro de la comunidad de los santos.
La promesa de conceder «un nombre mejor que el de hijos e hijas» no disminuye la importancia de la familia ni de la posteridad. Responde misericordiosamente a quienes no podían tener descendencia física y temían que su vida quedara sin continuidad. Dios les asegura que recibirán una identidad, una misión y una herencia que la muerte no podrá borrar. En Jesucristo, ninguna vida fiel es estéril ni carece de fruto eterno; toda obra de fe, amor y servicio permanece registrada y puede bendecir a generaciones espirituales.
«Les daré un nombre eterno que nunca será quitado». Los títulos, reconocimientos y recuerdos humanos pueden desaparecer, pero el nombre concedido por Dios permanece porque está unido a una relación eterna. Mediante los convenios tomamos sobre nosotros el nombre de Jesucristo y recibimos una identidad que ninguna limitación física, rechazo social ni muerte puede destruir. Ser conocidos y recordados por el Señor constituye una pertenencia más segura y duradera que cualquier reconocimiento ofrecido por el mundo.


Isaías 56:6 — Amar a Jehová y participar en Su obra
«Que amen el nombre de Jehová para ser sus siervos». El extranjero no llega a formar parte del pueblo de Dios únicamente mediante el cumplimiento de formalidades externas; su servicio nace del amor por el nombre, el carácter y la voluntad de Jehová. Ese amor transforma la obediencia: los mandamientos dejan de percibirse solamente como obligaciones y se convierten en expresiones de gratitud, confianza y devoción hacia Jesucristo. Servimos al Señor no para ganar Su amor, sino porque primero hemos recibido Su amor y deseamos reflejarlo en nuestra manera de vivir.
«Que sigan a Jehová para servirle». Ser incorporados al Israel del convenio implica recibir no solo privilegios y promesas, sino también una misión. Dios nos bendice para que podamos convertirnos en una bendición para otras personas y participar activamente en Su obra de salvación y recogimiento. El servicio fiel es una evidencia visible de la conversión interior: quien ama a Cristo procura alimentar al necesitado, consolar al afligido, enseñar la verdad, fortalecer al débil e invitar a Sus hijos a regresar a Él.


Richard K. Hart: «Fue por medio del linaje de Abraham, Isaac y Jacob que la redención habría de llegar a la humanidad… Pero Isaías habla del tiempo en que todos los demás —los gentiles— participarían de las bendiciones del convenio de Abraham. “Dice Jehová el Señor, el que recoge a los desterrados de Israel: Aún recogeré sobre él a otros, además de los ya recogidos” (Isaías 56:8; véase también 3 Nefi 21:14, 22–25).

A nadie que sea obediente al Señor se le negarán las bendiciones del convenio de Abraham. El día en que otros serían recogidos se prefigura en el relato de Naamán el sirio y en la historia de Rut (véanse 2 Reyes 5:1–14; Rut 4).

De conformidad con el convenio de Abraham, cuando una persona que no es descendiente directa de Abraham acepta el evangelio de Jesucristo, se convierte en miembro adoptivo de la casa de Israel, independientemente de su linaje real, porque llega a ser heredera de las bendiciones del convenio. Además, un descendiente literal de Israel puede perder su herencia espiritual si no acepta el Evangelio.

Por lo tanto, Israel tiene más de un significado. No existe discriminación divina excepto en lo que respecta a la rectitud, que es la clave para ser uno de los escogidos del Señor. Aunque inicialmente Israel por linaje era la prometida del Señor, para cuando se celebre el matrimonio muchos habrán perdido su primogenitura. Otros, que no son israelitas por nacimiento, habrán sido adoptados con plena condición de miembros de la familia. Así pues, la novia simbólica estará formada por aquellas personas que hayan aceptado al Señor mediante un convenio individual.

“Porque he aquí, os digo que cuantos de los gentiles se arrepientan son el pueblo del convenio del Señor; y cuantos de los judíos no se arrepientan serán desechados; porque el Señor no hace convenio con nadie, salvo con aquellos que se arrepienten y creen en su Hijo, que es el Santo de Israel” (2 Nefi 30:2)». (Richard K. Hart, «La metáfora del matrimonio», Ensign, enero de 1995, pág. 24).


Isaías 56:7 — Una casa de gozo y oración para todos los pueblos
«Yo los llevaré a mi santo monte». El propio Señor promete conducir a los extranjeros y a quienes anteriormente se consideraban excluidos hacia Su monte santo, imagen que representa Sion, el templo y la presencia de Dios. El recogimiento no termina cuando una persona se incorpora a una congregación o su nombre queda registrado entre los miembros del pueblo. Su propósito es conducirla hacia Jesucristo, las ordenanzas, los convenios y la adoración en la casa del Señor. Dios no solo permite que Sus hijos se acerquen; Él mismo los busca, los guía y prepara un lugar para ellos.
«Los llenaré de gozo en mi casa de oración» y «sus holocaustos y sus sacrificios serán aceptados sobre mi altar». El templo no debe contemplarse únicamente como un lugar de deber solemne, sino como una casa de gozo donde recibimos luz, paz, poder espiritual y promesas capaces de vencer la muerte. Las ofrendas de los extranjeros fieles serían aceptadas del mismo modo que las de los israelitas, porque Dios contempla la fe, la sinceridad y la fidelidad al convenio, no el origen nacional. Después del sacrificio expiatorio de Cristo, nuestra ofrenda es un corazón quebrantado y un espíritu contrito, sacrificio que puede presentar toda persona que venga sinceramente al Salvador.
«Mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos». Esta declaración constituye la culminación doctrinal del capítulo: el templo y la adoración de Jehová están destinados a bendecir a toda la humanidad, no a convertirse en símbolos de exclusión o superioridad religiosa. Jesucristo citó estas palabras cuando limpió el templo, mostrando que la santidad de la casa de Dios debe protegerse precisamente para que pueda cumplir su misión universal. Mantenerla sagrada permite que sea un lugar donde personas de toda nación puedan acercarse al Padre, recibir las bendiciones del convenio y hallar gozo mediante Jesucristo.


Terry Ball y Nathan Winn: A los extranjeros no se les permitía entrar en el templo de Salomón. Solo los sacerdotes podían entrar en el lugar santo. Los gentiles debían permanecer fuera de las puertas (Hechos 21:28). El prejuicio contra los extranjeros aumentó con el tiempo y llegó a su punto más intenso en los días de Isaías. Por lo tanto, esta profecía casi les habría parecido blasfema a los judíos. Que el profeta anunciara un día en que a todos los pueblos se les permitiría entrar en la casa del Señor y serían bienvenidos allí debió haber parecido imposible a quienes lo escuchaban. Pero Isaías no podría haber utilizado un lenguaje más claro: «Yo los llevaré a mi santo monte y los recrearé en mi casa de oración; sus holocaustos y sus sacrificios serán aceptados sobre mi altar, porque mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos».

«La idea de que los gentiles pudieran participar en la adoración del templo habría asombrado a los contemporáneos de Isaías… Pero aquí Isaías predice un día en que todos, incluso los gentiles y los eunucos, que sirvan y amen al Señor podrán entrar en Su casa y recibir un lugar y un nombre que los harán iguales a los hijos y las hijas nacidos dentro del pueblo del convenio (56:3–7). El profeta describe un día verdaderamente maravilloso y una doctrina verdaderamente significativa: la doctrina de que, en última instancia, la rectitud, y no la genealogía, determina la elección». (Terry Ball y Nathan Winn, Cómo comprender Isaías, [Salt Lake City: Deseret Book, 2009], pág. 159).

Desde nuestra perspectiva, esto tiene perfecto sentido. El Evangelio ha llegado a los gentiles y cada día se producen conversiones entre ellos. Una vez convertidos, naturalmente desean las ordenanzas salvadoras del templo y exclaman: «Venid, y subamos al monte de Jehová, y a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará en sus caminos, y andaremos por sus veredas» (Miqueas 4:1).


Isaías 56:8 — El Señor continúa recogiendo a Sus hijos
«Jehová el Señor, el que recoge a los desterrados de Israel». El recogimiento es, ante todo, una obra dirigida y realizada por Dios. Él conoce a cada uno de Sus hijos dispersos, sabe dónde se encuentran, prepara mensajeros y abre caminos para conducirlos hacia Jesucristo. Ser recogido significa principalmente recibir el Evangelio, ejercer fe en el Salvador, entrar en Sus convenios y llegar a formar parte de Sion. Aunque el recogimiento también puede incluir una dimensión geográfica, su esencia es espiritual: una persona es recogida cuando su corazón se vuelve al Señor y comienza a vivir en una relación de convenio con Él.
«Aún recogeré… a otros». La congregación visible nunca representa el límite de la obra de Dios. El Señor declara que todavía existen otros hijos Suyos a quienes desea encontrar, enseñar y traer al redil de Cristo. Esta verdad impide que el pueblo ya recogido se vuelva complaciente, orgulloso o exclusivo. Siempre habrá alguien que necesite una invitación sincera, un testimonio, una amistad y un lugar dentro de la tienda de Sion. Quienes han sido recogidos reciben también la responsabilidad de ayudar al Señor a recoger a otros, preparando una comunidad santa, amplia y acogedora donde todos puedan acercarse a Jesucristo.


Isaías 56:9 — El peligro que encuentra a un pueblo sin vigilancia
«Todas las fieras del bosque, venid a devorar». Después de las promesas de inclusión, recogimiento y gozo en la casa del Señor, el tono del capítulo cambia bruscamente. Las fieras representan poderes destructivos que se aproximan para atacar al pueblo. Su llegada no demuestra que las promesas de Dios hayan fracasado, sino que Israel ha quedado expuesto porque quienes debían vigilar, advertir y proteger abandonaron su responsabilidad espiritual.
Una comunidad puede poseer grandes promesas y aun así sufrir graves consecuencias cuando sus dirigentes se vuelven indiferentes ante el peligro. La pertenencia al convenio no elimina la necesidad de vigilancia, arrepentimiento y fidelidad. Jesucristo protege y guía a Su pueblo, pero también llama a padres, maestros y líderes a reconocer las amenazas espirituales, levantar una voz de advertencia y cuidar a quienes les han sido confiados. Cuando los vigilantes guardan silencio, el error, el abuso y la apostasía pueden entrar sin resistencia y devorar aquello que debía ser protegido.


¿Qué es este banquete para las bestias del campo? Isaías no lo dice, pero Ezequiel explica que es el banquete de los cadáveres: el consumo de los restos de quienes hayan caído en la batalla de Gog y Magog:
Habla a toda ave y a toda bestia del campo: Juntaos y venid; reuníos de todas partes a mi sacrificio que sacrifico para vosotros, un gran sacrificio sobre los montes de Israel, para que comáis carne y bebáis sangre.
Comeréis carne de los poderosos y beberéis sangre de los príncipes de la tierra; de carneros, de corderos, de machos cabríos y de toros, todos ellos animales engordados de Basán.
Y comeréis grasa hasta saciaros y beberéis sangre hasta embriagaros, de mi sacrificio que he sacrificado para vosotros.
Y os saciaréis a mi mesa de caballos y de carros, de hombres poderosos y de todos los hombres de guerra, dice Jehová el Señor. (Ezequiel 39:17–20).


Isaías 56:10 — Centinelas ciegos, mudos y dormidos
«Sus centinelas ciegos son, todos ellos ignorantes». Los centinelas debían permanecer en una posición elevada para observar, reconocer el peligro y advertir oportunamente al pueblo. Su ceguera representa la falta de discernimiento espiritual que les impedía cumplir esa responsabilidad. El liderazgo espiritual requiere buscar revelación, conocer la palabra de Dios y tener la humildad de reconocer el mal. Cuando un dirigente se niega a ver la realidad, confunde la paz con la ausencia de conflicto o deja de escuchar al Espíritu, puede mantener una apariencia de tranquilidad mientras muchas personas quedan desprotegidas.
Isaías también los describe como «perros mudos que no pueden ladrar». Un perro guardián debía levantar la voz cuando se acercaba una amenaza; estos líderes no solo carecían de percepción, sino que tampoco ofrecían advertencia. La paz verdadera no se consigue guardando silencio ante el pecado, la injusticia o el peligro espiritual. Los profetas, padres y maestros fieles deben hablar con amor, claridad y valor, aunque su mensaje resulte incómodo. Advertir no significa actuar con dureza ni temor, sino decir la verdad de una manera que invite al arrepentimiento y conduzca a las personas hacia la protección de Jesucristo.
Finalmente, los centinelas son presentados como «soñolientos recostados que aman el dormir». El sueño simboliza indiferencia, comodidad y negligencia frente a una responsabilidad sagrada. El descanso es necesario, pero la búsqueda de comodidad no debe desplazar el deber de cuidar a otros. La vigilancia espiritual exige constancia, sensibilidad y disposición para actuar. Un centinela fiel no vive dominado por el temor, pero permanece despierto, reconoce las señales de peligro y confía en el Señor para proteger al pueblo que se le ha encomendado.


Isaías 56:11 — Cuando el liderazgo se convierte en provecho personal
«Son perros voraces e insaciables». En lugar de alimentar, cuidar y proteger al rebaño, los dirigentes descritos por Isaías buscan satisfacerse a sí mismos. Su apetito de riquezas, comodidad, placer, reconocimiento o influencia nunca queda satisfecho, porque el egoísmo siempre exige más. El liderazgo corrupto transforma el servicio en explotación y utiliza a las personas como medios para alcanzar beneficios personales. Jesucristo ofrece el modelo completamente opuesto: Él es el Buen Pastor que conoce a Sus ovejas, las alimenta, las defiende y entrega Su propia vida para salvarlas.
«Son pastores que no saben entender». Su incapacidad no es simplemente intelectual; se niegan a comprender la voluntad de Dios y el verdadero propósito de la responsabilidad que han recibido. Pueden conocer métodos de administración, poseer autoridad o hablar con seguridad, pero ninguna técnica de liderazgo sustituye el carácter espiritual. Un pastor conforme al corazón de Cristo necesita humildad para reconocer sus límites, revelación para discernir las necesidades del rebaño y amor genuino por las personas confiadas a su cuidado.
«Cada uno tras su propio provecho». El interés personal había desplazado el bienestar del pueblo, y los líderes utilizaban su posición para obtener ventajas en lugar de proteger a los vulnerables. Toda autoridad —en la Iglesia, la familia, la comunidad o cualquier otra institución— debe entenderse como una mayordomía recibida de Dios. Cuando la comodidad, la reputación o el beneficio del líder llegan a ser más importantes que las necesidades de quienes sirve, se ha abandonado el modelo de Cristo. El verdadero liderazgo no pregunta cuánto puede recibir del rebaño, sino cuánto está dispuesto a entregar para bendecirlo.


Gordon B. Hinckley: Quiero advertirles que tengan cuidado con la manera en que miden el éxito. Basta leer los periódicos para conocer caso tras caso de personas de la «generación yuppie» cuyos intensos impulsos de codicia las han llevado a dificultades y a un fracaso grave y estrepitoso. Algunos de los que antes conducían los automóviles más lujosos y poseían las casas más elegantes ahora languidecen en prisión. Eran, sin duda, hombres de enorme capacidad y habilidad. Tenían una gran inteligencia, pero su propia brillantez los llevó a la ruina…
Durante los últimos años, nuestros periódicos locales han publicado una historia tras otra de hombres capaces que comenzaron a trabajar con integridad y honradez. Vivían con una comodidad razonable, pero no estaban satisfechos. En su afán codicioso de engrandecer su propio reino, persuadieron a otros para que invirtieran con ellos. Y los inversionistas, en muchos casos, padecían esa misma codicia. Escucharon relatos de grandes ganancias con poco esfuerzo. Como un perro que persigue su propia cola, el impulso del plan fue aumentando hasta que un día todo se derrumbó…
En una de sus grandes cartas a Timoteo, Pablo escribió: «Porque el amor al dinero es la raíz de todos los males; el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe y fueron traspasados de muchos dolores» (1 Timoteo 6:10). No hace falta mirar muy lejos para comprobar la verdad de esa gran advertencia. (Enseñanzas de Gordon B. Hinckley [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1997], pág. 251).

Marvin J. Ashton: «Y esos perros voraces no conocen la saciedad; y esos pastores no saben entender; todos ellos siguen sus propios caminos, cada uno busca su propio provecho, cada uno por su lado» (Isaías 56:11). La codicia puede hacer que una persona sea tanto deshonesta como crédula. De tales personas se habla en Doctrina y Convenios 68:31–32: «Sus ojos están llenos de avaricia. Estas cosas no deben ser, y deben desaparecer de entre ellos». En Doctrina y Convenios 9:13 encontramos un buen consejo para quienes deseen evitar propuestas engañosas: «Sé fiel y no cedas a ninguna tentación».
Un amigo me confió recientemente que había perdido mucho dinero en un plan para enriquecerse rápidamente porque no había podido cerrar la válvula de su codicia. Querer cada vez más —vivir por encima de nuestros ingresos— hace que muchos de nosotros seamos vulnerables a los promotores deshonestos. Debemos evitar los planes que ofrecen ganancias exorbitantes o que nos presentan, a nosotros y únicamente a nosotros, una oportunidad única en la vida.
A menudo se utilizan nombres importantes y ampliamente reconocidos, o referencias excesivas a vínculos especiales con la comunidad o con organizaciones religiosas, para ganarse la confianza y abrir la puerta a engaños comerciales.
Eviten a quienes exigen decisiones inmediatas o dinero en efectivo en ese mismo momento. Todas las oportunidades de inversión que valen la pena pueden someterse a una consideración detenida y a un examen cuidadoso. Debemos obtener todos los datos disponibles y analizarlos bien, para después tomar decisiones que sean lo mejor para todos. Cuando surjan casos y situaciones dudosos, la integridad personal debe ser un elemento importante en cualquier decisión. Cuando no resulte evidente cuál es la manera correcta de actuar, la honradez personal nos llevará a discernir y revelar aspectos o hechos pertinentes que otros quizá desconozcan. Una persona íntegra ayudará a los demás a ser honrados. Una persona íntegra hará preguntas y dará respuestas exactas. La integridad nos permite trazar un rumbo de conducta personal recta mucho antes de que llegue el momento de actuar. («Esto no hace daño», Ensign, mayo de 1982, pág. 10).


Isaías 56:12 — La falsa seguridad de la complacencia espiritual
«Será el día de mañana como este, o mucho más excelente». Los dirigentes descritos por Isaías suponen que la prosperidad y la tranquilidad continuarán automáticamente. Se entregan al vino, al exceso y a sus propios deseos porque interpretan la ausencia inmediata de consecuencias como prueba de que nunca tendrán que rendir cuentas. En lugar de utilizar el presente para arrepentirse y proteger al pueblo, dan por sentado que el futuro será una prolongación más abundante de su comodidad.
La complacencia espiritual confunde la paciencia de Dios con indiferencia o aprobación. Que el juicio no haya llegado todavía no significa que el pecado carezca de consecuencias ni que las circunstancias presentes permanecerán sin cambio. Isaías nos advierte que el futuro no puede evaluarse solamente por la tranquilidad de hoy. Jesucristo nos llama a permanecer vigilantes, arrepentirnos y cumplir fielmente nuestras responsabilidades mientras tenemos la oportunidad. La verdadera seguridad no consiste en suponer que mañana será igual que hoy, sino en estar preparados para recibir al Señor en cualquier momento.