Isaías 36
Isaías 36 presenta una batalla de confianza antes de que se libre la batalla militar. El Rabsaces intenta conquistar Jerusalén mediante el temor y las palabras: ridiculiza la debilidad de Judá, desacredita al rey Ezequías, invoca falsamente el nombre de Jehová, promete una paz engañosa y compara al Dios de Israel con los ídolos de las naciones que Asiria ya había derrotado. Su estrategia consiste en destruir primero la fe del pueblo para que se rinda antes de comprobar si el Señor realmente puede salvarlo.
Parte de su mensaje contiene elementos verdaderos. Egipto era una «caña astillada» en la que no se podía confiar, y Judá carecía de la fuerza militar necesaria para derrotar por sí sola al ejército asirio. Sin embargo, el Rabsaces utiliza esos hechos para sostener una mentira: que Jehová tampoco podía librarlos. Esa mezcla de verdad y falsedad hace que el engaño sea especialmente peligroso. De manera semejante, el adversario puede describir correctamente nuestras limitaciones, recordar nuestros errores y señalar la magnitud de nuestros problemas, pero después miente al afirmar que no existe ayuda, esperanza ni poder suficiente en Jesucristo para rescatarnos.
La pregunta central del capítulo permanece vigente: «¿En quién confías?». Jerusalén no podía salvarse mediante caballos, soldados, estrategias políticas ni alianzas humanas; su única esperanza segura estaba en el Santo de Israel. El capítulo termina antes de presentar la respuesta divina y deja al pueblo en silencio ante la amenaza. Ese silencio prepara una decisión espiritual que todos debemos afrontar: permitir que las voces del temor determinen nuestro futuro o llevar la crisis ante el Señor y confiar en Su poder. La fe no consiste en negar nuestra debilidad, sino en reconocer que el poder de Jesucristo es infinitamente mayor que aquello que nos amenaza.
Isaías 36:1 — La fidelidad no elimina todas las pruebas
«Aconteció en el año catorce del rey Ezequías que Senaquerib, rey de Asiria, subió contra todas las ciudades fortificadas de Judá y las tomó».
Ezequías había impulsado reformas religiosas, combatido la idolatría y procurado que Judá volviera a Jehová. Sin embargo, durante su reinado llegó una grave invasión y muchas ciudades fortificadas fueron conquistadas. Su fidelidad no impidió que apareciera una amenaza aparentemente invencible. Este acontecimiento enseña que la obediencia a Dios no garantiza una vida sin adversidad ni significa que los enemigos nunca obtendrán ventajas temporales.
En ocasiones, la fe es puesta a prueba precisamente cuando las circunstancias parecen contradecir las promesas divinas. Podemos esforzarnos por hacer lo correcto y, aun así, experimentar enfermedad, pérdidas, oposición o incertidumbre. Esos momentos no demuestran necesariamente que Dios nos haya abandonado ni que nuestra fidelidad haya sido inútil. Con frecuencia revelan dónde hemos depositado verdaderamente nuestra confianza y nos brindan la oportunidad de conocer el poder del Señor de una manera más profunda.
La pregunta central del capítulo no es si Judá enfrentará peligro, sino en quién confiará mientras lo enfrenta. Las ciudades fortificadas podían caer y los recursos humanos podían resultar insuficientes, pero Jehová continuaba siendo soberano. De igual manera, seguir a Jesucristo no siempre evita las pruebas, pero nos proporciona un fundamento seguro para atravesarlas. La fe verdadera no se manifiesta únicamente cuando todo marcha bien, sino cuando seguimos confiando y obedeciendo incluso antes de ver la liberación.
Isaías 36:2 — La amenaza llega hasta Jerusalén
«Y el rey de Asiria envió al Rabsaces con un gran ejército desde Laquis a Jerusalén, al rey Ezequías; y acampó junto al acueducto del estanque de arriba».
“Rabsaces” era el título de un alto funcionario asirio y no necesariamente su nombre personal. Senaquerib lo envió desde Laquis, una importante ciudad fortificada de Judá que estaba siendo atacada, para exigir la rendición de Jerusalén. El gran ejército cumplía una función tanto militar como psicológica: antes de comenzar el combate, Asiria quería convencer al pueblo de que su derrota era inevitable. De manera semejante, el adversario procura debilitar nuestra resistencia antes de la batalla, presentando sus amenazas, tentaciones y acusaciones como si la victoria del mal ya fuera un hecho consumado.
El lugar donde se produjo el encuentro estaba cargado de significado profético. Años antes, Isaías se había reunido junto al mismo acueducto con el rey Acaz y le había enseñado a confiar en Jehová ante otra amenaza militar. Acaz rechazó ese consejo y buscó seguridad mediante una alianza con Asiria; ahora esa misma potencia se encontraba a las puertas de Jerusalén. Judá enfrentaba nuevamente la pregunta espiritual que había marcado su historia: ¿confiaría en Dios o buscaría protección en el poder de las naciones?
Las pruebas pueden repetirse bajo circunstancias diferentes porque ciertos principios todavía necesitan establecerse firmemente en nuestro corazón. El Señor no permite esa repetición para condenarnos, sino para concedernos nuevas oportunidades de responder con mayor fe. Jesucristo nos invita una y otra vez a escoger la confianza en lugar del temor y a recordar las enseñanzas recibidas anteriormente. El lugar que fue testigo de una decisión equivocada puede convertirse, mediante la fe y el arrepentimiento, en el escenario de una elección más fiel.
Isaías 36:3 — Los representantes de Judá
«Y salió a él Eliaquim hijo de Hilcías, mayordomo de la casa, y Sebna, escriba, y Joa hijo de Asaf, cronista».
Ezequías envió a funcionarios importantes para escuchar al representante del rey de Asiria. Eliaquim era el mayordomo de la casa real y administraba asuntos de gran responsabilidad; Sebna servía como escriba, y Joa como cronista. La presencia de estos hombres demuestra que Judá tomó en serio la amenaza y procuró conocer con precisión las exigencias del enemigo antes de decidir cómo responder.
La fe en Dios no elimina la responsabilidad administrativa, la preparación ni la comunicación prudente. Confiar en el Señor no significa ignorar los peligros, rechazar toda información difícil o actuar sin planificación. Judá necesitaba escuchar, evaluar la situación y proceder con sabiduría. De igual manera, el discípulo puede analizar los problemas, buscar consejo competente y tomar medidas razonables sin convertir los recursos humanos en el fundamento principal de su seguridad.
El peligro espiritual consistía en permitir que las palabras del Rabsaces desplazaran la palabra del Señor. Podemos escuchar y comprender las voces que describen una amenaza, pero no debemos concederles la autoridad para definir nuestra esperanza ni determinar lo que Dios puede hacer. La prudencia reúne información; la fe la interpreta a la luz de la revelación. Cuando ambas actúan juntas, podemos afrontar la realidad con responsabilidad sin entregar nuestro corazón al temor.
Isaías 36:4–5 — La gran pregunta: «¿En quién confías?»
«¿Qué confianza es esta en que confías?».
Aunque el Rabsaces plantea la pregunta como una burla destinada a intimidar a Ezequías, esta se convierte en el centro doctrinal del capítulo. No pregunta solamente qué estrategia militar posee Judá, sino cuál es el fundamento de su seguridad. Toda crisis termina revelando dónde hemos depositado realmente nuestra confianza. Es sencillo declarar fe en Dios durante la calma; la prueba demuestra si esa confianza permanece cuando los recursos visibles parecen insuficientes y las circunstancias anuncian una derrota inevitable.
El funcionario asirio desprecia la confianza de Judá al decir: «Alegas tú —pero son solo palabras—: Tengo consejo y fuerza para la guerra». Desde su perspectiva, únicamente tenían valor los ejércitos, los caballos, los carros y la lista de ciudades conquistadas. El mundo también puede considerar la oración, la revelación y los convenios como recursos débiles frente a problemas concretos. Incluso el adversario intenta persuadirnos de que las promesas del Señor son palabras sin poder y de que solo debemos confiar en aquello que podemos ver, medir o controlar.
Sin embargo, la fe verdadera no consiste en palabras vacías ni excluye la acción responsable. Produce obediencia, inspira decisiones sabias y permite recibir el poder de Dios. Confiar en Jesucristo significa actuar de acuerdo con Su palabra aun cuando todavía no vemos la solución. Nuestros recursos pueden ser limitados y nuestros temores reales, pero el poder del Salvador no está limitado por aquello que nosotros poseemos. La respuesta correcta a la pregunta del Rabsaces no se encuentra en la fuerza de Judá, sino en la fidelidad y omnipotencia de Jehová.
Isaías 36:6 — Egipto, una caña astillada
«He aquí que confías en esta vara de caña astillada, en Egipto, en la cual, si alguno se apoya, le entrará por la mano y se la atravesará».
En este punto, el Rabsaces expresa una verdad que Isaías ya había enseñado: Egipto era un apoyo inseguro para Judá. Una caña astillada no solo se quiebra y deja caer a quien deposita su peso sobre ella, sino que también puede herirle la mano. Del mismo modo, una alianza con Egipto no proporcionaría la seguridad esperada y podía ocasionar un daño aún mayor. Todo aquello que pretende ocupar el lugar de Dios termina demostrando su fragilidad.
Sin embargo, este versículo también muestra que el engaño puede contener elementos verdaderos. El adversario no siempre presenta mentiras evidentes; con frecuencia utiliza hechos reales para conducirnos hacia conclusiones falsas. Era cierto que Egipto no podía salvar a Judá, pero era falso concluir que Asiria fuera invencible o que Jehová careciera de poder para librarla. Reconocer la insuficiencia de los recursos humanos debía conducir al pueblo hacia Dios, no hacia la desesperación ni la rendición.
El adversario puede recordarnos correctamente nuestras debilidades, errores y recursos limitados, pero después miente al afirmar que no existe esperanza para nosotros. Jesucristo no necesita negar nuestra fragilidad para salvarnos; precisamente porque somos débiles, nos invita a confiar en Su fortaleza. La fe madura distingue entre la verdad de nuestras limitaciones y la mentira de que esas limitaciones son mayores que Su gracia. Cuando las cañas humanas se quiebran, la Roca de nuestra redención permanece firme.
Isaías 36:7 — Una interpretación equivocada de la obediencia
«Y si me dices: En Jehová nuestro Dios confiamos, ¿no es este aquel cuyos lugares altos y cuyos altares hizo quitar Ezequías, y dijo a Judá y a Jerusalén: Delante de este altar adoraréis?».
El Rabsaces interpreta equivocadamente las reformas religiosas de Ezequías como una ofensa contra Jehová. Supone que la multiplicación de lugares de culto necesariamente demostraba mayor devoción y que eliminarlos provocaría el desagrado divino. Sin embargo, muchos de aquellos lugares altos estaban relacionados con la idolatría o con formas de adoración no autorizadas. Al quitarlos y dirigir nuevamente al pueblo hacia el templo, Ezequías no estaba debilitando la adoración a Dios, sino procurando purificarla y ajustarla a la ley del Señor.
Este error muestra el peligro de juzgar las decisiones espirituales sin comprender los convenios, los mandamientos o la revelación que las orientan. Una acción puede parecer irreligiosa, restrictiva o insensata ante quienes solo observan su apariencia exterior y, sin embargo, constituir un acto de obediencia sincera. No toda práctica que utiliza el nombre de Dios cuenta con Su aprobación, y no todo cambio religioso significa alejamiento. En ocasiones, la fidelidad requiere abandonar tradiciones establecidas para regresar a la adoración verdadera.
Nuestra confianza no debe depender de que los adversarios comprendan o aprueben nuestras decisiones. Jesucristo también fue acusado de actuar contra Dios precisamente cuando cumplía perfectamente la voluntad del Padre. El discípulo debe escuchar la revelación, examinar sus motivos y obedecer con humildad, aunque sus acciones sean malinterpretadas. Lo importante no es que toda persona valide nuestra fidelidad, sino que nuestra adoración permanezca centrada en el Señor y de acuerdo con Su voluntad.
Isaías 36:8–9 — La humillación basada en la debilidad visible
«Yo te daré dos mil caballos, si tú puedes dar jinetes para ellos».
El Rabsaces ridiculiza la limitada capacidad militar de Judá. Afirma que, aunque Asiria le proporcionara dos mil caballos, Jerusalén ni siquiera tendría suficientes jinetes preparados para montarlos. Su propósito no era ofrecer ayuda, sino humillar al pueblo, destacar su inferioridad y convencerlo de que toda resistencia era inútil. Desde una perspectiva puramente humana, la comparación parecía convincente: Judá no podía igualar los recursos, la preparación ni el poder militar de Asiria.
Sin embargo, el razonamiento del Rabsaces excluía precisamente el elemento decisivo: el poder de Jehová. La salvación divina nunca ha dependido de que el pueblo de Dios posea los mismos recursos que su adversario. A lo largo de las Escrituras, el Señor obra mediante personas débiles y medios pequeños para demostrar que la victoria procede de Él. La insuficiencia humana no impide Su intervención; con frecuencia crea el escenario en el que Su poder puede manifestarse con mayor claridad.
El adversario también intenta definirnos por aquello que nos falta: experiencia, recursos, capacidad o influencia. Puede señalar correctamente nuestras limitaciones, pero se equivoca al concluir que ellas determinan el resultado final. La fe no consiste en fingir que somos fuertes, sino en reconocer humildemente nuestra debilidad y confiar en la fortaleza de Jesucristo. Cuando el Señor está con nosotros, la pregunta decisiva no es cuántos «caballos» poseemos, sino si estamos dispuestos a obedecerlo y permitir que Él libre nuestras batallas.
Isaías 36:10 — Invocar falsamente la autoridad de Dios
«¿Acaso vine ahora a esta tierra para destruirla sin Jehová? Jehová me ha dicho: Sube a esta tierra y destrúyela».
El Rabsaces afirma que la campaña asiria cuenta con la autorización de Jehová. Quizá conocía las profecías según las cuales Asiria sería utilizada como instrumento para disciplinar a Judá; sin embargo, convierte esa verdad parcial en una pretensión de aprobación absoluta. Que Dios permita a una nación cumplir temporalmente una función dentro de Sus propósitos no significa que apruebe su orgullo, crueldad o ambición. Asiria seguía siendo responsable por la manera violenta en que ejercía su poder.
Este episodio enseña que no toda persona que invoca el nombre de Dios habla realmente por Él. El lenguaje religioso puede utilizarse para intimidar, justificar intereses personales o presentar como revelación aquello que procede de la ambición humana. Una afirmación no adquiere autoridad divina simplemente porque mencione al Señor o incluya parte de una verdad. El engaño espiritual resulta especialmente peligroso cuando mezcla principios correctos con conclusiones falsas.
Por ello, las afirmaciones espirituales deben examinarse a la luz de las Escrituras, la revelación confirmada por el Espíritu Santo, los frutos que producen y la autoridad legítima de quien las pronuncia. Dios no se contradice ni utiliza Su nombre para justificar la crueldad y el orgullo. Jesucristo enseñó que los falsos mensajeros pueden reconocerse por sus frutos. El discípulo prudente no acepta toda declaración religiosa de manera automática, sino que busca discernimiento para reconocer la voz auténtica del Buen Pastor.
Isaías 36:11–13 — La propaganda busca alcanzar a todo el pueblo
«Entonces el Rabsaces se puso en pie y gritó a gran voz en la lengua de los judíos».
Los representantes de Ezequías pidieron que la conversación continuara en arameo, idioma que ellos comprendían, pero que el pueblo sobre el muro probablemente no entendía. El Rabsaces se negó porque su verdadero objetivo no era sostener una negociación diplomática, sino influir directamente sobre la población. Al hablar en su propia lengua y describir consecuencias humillantes y aterradoras, procuraba quebrantar su ánimo, provocar pánico y obtener la rendición de Jerusalén sin necesidad de combatir.
La propaganda funciona al apoderarse de la imaginación y hacer que el desenlace más temido parezca inevitable. También busca separar a las personas de sus líderes, debilitar su confianza y presentar la desobediencia como la única opción razonable. El Rabsaces no quería que el pueblo evaluara serenamente su mensaje junto con Ezequías e Isaías; deseaba que reaccionara individualmente bajo la presión del miedo. Una amenaza repetida con seguridad y en un lenguaje familiar puede parecer verdadera, aunque esté fundada en conclusiones falsas.
De manera semejante, el adversario procura hablar directamente a nuestros temores y convencernos de que el consejo inspirado no es digno de confianza. Frente a esas voces, el discípulo debe evitar reaccionar impulsivamente, comparar los mensajes con la palabra de Dios y buscar la confirmación del Espíritu Santo. La fe no exige ignorar las amenazas reales, pero sí impide que el temor se convierta en nuestra única fuente de interpretación. Jesucristo puede ayudarnos a discernir entre una advertencia verdadera y una estrategia diseñada para alejarnos de Él.
Isaías 36:12 — El lenguaje del temor
El Rabsaces describe de manera deliberadamente brutal el hambre y la degradación que podría producir un asedio prolongado. Su intención no es dialogar respetuosamente ni buscar una solución justa, sino provocar repulsión, pánico y desesperación entre quienes escuchan desde el muro. Al presentar el peor escenario posible con palabras gráficas, procura quebrantar la resistencia emocional del pueblo antes de iniciar la batalla.
Las amenazas pueden basarse en riesgos reales y, aun así, emplearlos de manera manipuladora. El temor reduce nuestra capacidad para pensar con claridad, hace que una posibilidad parezca una certeza y puede impulsarnos a tomar decisiones contrarias a nuestros principios. El adversario utiliza una estrategia semejante cuando concentra nuestra atención exclusivamente en las consecuencias que tememos y excluye de nuestra perspectiva la presencia, las promesas y el poder de Dios.
La fe no exige ignorar los peligros ni fingir que no existen. Nos permite examinarlos con prudencia sin entregarles el control de nuestras decisiones. Jesucristo puede concedernos paz y claridad aun antes de cambiar las circunstancias. Cuando llevamos nuestros temores ante Él, buscamos revelación y recordamos Sus promesas, podemos responder con sabiduría en vez de reaccionar impulsivamente a las voces que procuran intimidarnos.
Isaías 36:14–15 — El ataque contra Ezequías y contra la fe
«No os engañe Ezequías… ni os haga Ezequías confiar en Jehová».
El mensaje del Rabsaces avanza en dos pasos cuidadosamente calculados: primero desacredita a Ezequías y después procura destruir la confianza en Jehová. Presenta al rey como un engañador y la promesa de liberación como una imposibilidad. Su propósito no es simplemente cuestionar una decisión militar, sino romper el vínculo espiritual entre el pueblo, el consejo inspirado que había recibido y el Dios en quien se le invitaba a confiar.
Esta continúa siendo una estrategia frecuente del adversario. Al debilitar la confianza en los mensajeros autorizados, procura separar a las personas del Señor, de Sus convenios y de la revelación. Sin embargo, esto no significa que los líderes humanos sean infalibles ni que toda crítica sea maliciosa. Dios espera que utilicemos discernimiento, conozcamos Su palabra y busquemos la confirmación del Espíritu Santo. La diferencia se encuentra en el propósito y en los frutos: la corrección sincera busca verdad, responsabilidad y edificación; la voz del adversario pretende destruir indiscriminadamente toda confianza espiritual y dejar a la persona aislada.
El discípulo prudente no deposita una fe ciega en seres humanos, pero tampoco permite que las acusaciones, las burlas o el miedo desplacen su confianza en Jesucristo. Cuando surgen mensajes contradictorios, debemos examinar sus frutos, compararlos con las Escrituras y acudir al Señor en oración. La fe madura reconoce las limitaciones humanas sin concluir que Dios ha dejado de guiar a Su pueblo. Nuestra seguridad final no descansa en la perfección de un líder mortal, sino en el Salvador, que confirma la verdad mediante Su Espíritu.
El Rabsaces está comenzando a ofender al Dios de Israel: «¡No confíen en Ezequías; no confíen en Dios; no confíen en Egipto! ¡Ninguno de ellos puede salvarlos!».
¿Qué podemos decir acerca de confiar en Dios? ¿Qué promesas habían recibido ya los judíos?
• «Confía en Jehová con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia» (Proverbios 3:5).
• «El que confía en Jehová estará seguro» (Proverbios 29:25). ¿Incluye esa promesa la protección frente a un enorme ejército asirio?
• «Bienaventurados todos los que en Él confían» (Salmos 2:12).
• «Estos confían en carros, y aquellos en caballos; mas nosotros nos acordaremos del nombre de Jehová nuestro Dios» (Salmos 20:7).
• «En ti esperaron nuestros padres; esperaron, y tú los libraste» (Salmos 22:4).
• «Tú nos has salvado de nuestros enemigos y has avergonzado a los que nos aborrecían» (Salmos 44:7).
• «Los carros de Dios se cuentan por veintenas de millares de millares» (Salmos 68:17).
• «En el día de mi angustia te invocaré, porque tú me responderás» (Salmos 86:7).
La lista podría ser mucho más extensa, pero la enseñanza es evidente. Estamos acostumbrados a confiar en el Señor en los asuntos espirituales, pero ¿qué sucede con los asuntos temporales? ¿Qué sucede cuando están en juego la vida y la muerte? ¿Qué hacemos cuando las probabilidades parecen estar completamente en nuestra contra?
Brigham Young: Este pueblo tiene que aprender que el Señor es Dios, que Él gobierna entre los ejércitos del cielo y lleva a cabo Su voluntad entre los habitantes de la tierra. Tiene que ser sometido a prueba, tal como lo fueron los hijos de Israel cuando tenían a los egipcios detrás de ellos, montañas a ambos lados y el mar Rojo delante, sin ninguna posibilidad humana de evitar la destrucción; no obstante, el Señor les proporcionó la salvación.
Este pueblo debe confiar en Él y aprender que estará con Su pueblo, proveerá para Sus santos, los defenderá de sus enemigos y velará por ellos como una madre vela por su tierno niño. Tenemos que aprender los caminos del Señor. (Journal of Discourses, 2:280).
Isaías 36:16–17 — Una falsa paz que conduce al cautiverio
«Haced conmigo la paz y salid a mí; y coma cada uno de su viña y cada uno de su higuera… hasta que yo venga y os lleve a una tierra como la vuestra».
Asiria promete seguridad, alimento y agua si Jerusalén se rinde. Las imágenes de viñas, higueras y pozos evocan una vida tranquila y próspera, pero ocultan una condición decisiva: el pueblo deberá renunciar a su libertad, someterse al invasor y aceptar posteriormente el destierro. El Rabsaces presenta la rendición como paz y evita llamar «cautiverio» al desplazamiento forzado. Describe la pérdida de la tierra prometida como un simple traslado hacia otra región igualmente fértil.
Esta estrategia refleja la manera en que actúa el pecado. El adversario presenta el cautiverio como descanso, la desobediencia como libertad y la rendición espiritual como alivio inmediato. Destaca el placer o la comodidad presentes mientras oculta la dependencia, la pérdida de sensibilidad espiritual y el alejamiento de Dios que vendrán después. El engaño suele cambiar el nombre de las cosas para hacerlas aceptables, pero un lenguaje atractivo no modifica sus verdaderas consecuencias.
El discernimiento espiritual nos permite mirar más allá de las promesas inmediatas y preguntarnos adónde conduce realmente una decisión. Jesucristo también ofrece paz, descanso y libertad, pero Sus promesas no esconden condiciones engañosas: Él declara claramente que Su camino requiere fe, arrepentimiento y fidelidad. La diferencia es que Su yugo conduce a la vida y Su verdad nos hace libres. La paz del adversario exige entregar nuestra libertad; la paz de Cristo nos libera del pecado y nos permite conservar nuestra identidad como pueblo del convenio.
Isaías 36:18 — No comparar a Jehová con los dioses falsos
«No os engañe Ezequías, diciendo: Jehová nos librará. ¿Acaso alguno de los dioses de las naciones ha librado su tierra de manos del rey de Asiria?».
El Rabsaces utiliza las victorias anteriores de Asiria para afirmar que Jerusalén también será derrotada. Su razonamiento parece convincente: si los dioses de otras naciones no pudieron salvarlas, Jehová tampoco podría librar a Judá. Sin embargo, su conclusión se basa en un error fundamental: compara al Dios vivo con ídolos creados por manos humanas. Las derrotas de esas naciones no demostraban que Asiria fuera más poderosa que Jehová, sino que sus dioses carecían de existencia y poder reales.
El adversario emplea una lógica semejante cuando utiliza las experiencias pasadas para limitar lo que Dios puede hacer en el futuro. Puede recordarnos oraciones cuya respuesta no comprendimos, personas que sufrieron o situaciones en las que los recursos humanos fracasaron, y luego concluir que tampoco existe esperanza para nosotros. Pero Jesucristo no puede medirse según las limitaciones de los poderes terrenales ni compararse con aquello en lo que el mundo deposita su confianza.
Este versículo nos invita a reconocer la singularidad y soberanía de Jehová. Él no es una opción más entre muchas fuentes de seguridad, sino el Creador del cielo y de la tierra. La fe no garantiza que siempre recibiremos la liberación de la manera o en el momento que esperamos, pero asegura que ningún poder puede frustrar Sus propósitos eternos. Las victorias pasadas del adversario no determinan el desenlace cuando el pueblo se vuelve al Señor y deposita su confianza en Él.
Isaías 36:19 — Las derrotas ajenas como argumento contra la fe
«¿Dónde están los dioses de Hamat y de Arfad? ¿Dónde están los dioses de Sefarvaim? ¿Acaso libraron ellos a Samaria de mi mano?».
El Rabsaces construye su argumento sobre acontecimientos históricos reales: Hamat, Arfad, Sefarvaim y Samaria habían caído ante el poder asirio. Después utiliza esas derrotas para afirmar que Jerusalén sufriría inevitablemente el mismo destino. Su error consiste en suponer que Jehová era semejante a los dioses falsos de aquellas ciudades y que el pasado militar de Asiria establecía un límite para el poder del Dios de Israel.
El adversario puede emplear las experiencias ajenas de una manera semejante. Nos muestra personas que fracasaron, oraciones que aparentemente no fueron contestadas o situaciones que terminaron dolorosamente, y luego afirma que nuestra fe también será inútil. La fe no ignora la experiencia ni garantiza que cada dificultad terminará como deseamos, pero tampoco permite que los patrones humanos determinen todo lo que Dios puede hacer. Sus propósitos, Su conocimiento y Sus convenios son mayores que las conclusiones basadas únicamente en lo visible.
Cada persona y cada situación se encuentran en las manos de un Dios que conoce perfectamente el principio y el fin. Jesucristo puede actuar de maneras diferentes según lo que contribuya a nuestra salvación y al cumplimiento de Sus propósitos eternos. La confianza verdadera no descansa en que nuestra historia sea idéntica a la de otros, sino en el carácter inmutable del Salvador. Las derrotas ajenas no demuestran que Él haya perdido Su poder ni que Sus promesas hayan dejado de ser verdaderas.
Isaías 36:20 — La arrogancia desafía directamente a Dios
«¿Qué dios hay entre los dioses de estas tierras que haya librado su tierra de mi mano, para que Jehová libre de mi mano a Jerusalén?».
La amenaza del Rabsaces deja de dirigirse solamente contra Ezequías y se transforma en un desafío abierto a Jehová. Debido a sus numerosas victorias, Asiria supone que ninguna autoridad puede resistir su poder. Al colocar al Dios de Israel al mismo nivel que los ídolos de las naciones conquistadas, el representante asirio no comprende que ya no está comparando ejércitos humanos, sino desafiando directamente al Creador y Gobernante de toda la tierra.
El orgullo espiritual alcanza su extremo cuando una persona interpreta sus éxitos como evidencia de que es autosuficiente y no tendrá que responder ante Dios. La prosperidad temporal puede producir la ilusión de invulnerabilidad y llevarnos a atribuir exclusivamente a nuestra capacidad aquello que el Señor ha permitido. Sin embargo, el éxito nunca convierte el mal en bien ni demuestra que Dios apruebe nuestras acciones. Todo poder humano permanece limitado y sujeto a Su autoridad.
Aquello que Asiria considera su argumento más fuerte se convertirá en la causa de su humillación. Sus victorias anteriores habían alimentado una confianza arrogante que le impedía reconocer el peligro de desafiar a Jehová. El Señor permitiría que la amenaza llegara hasta Jerusalén, pero demostraría que Su poder no podía compararse con el de los ídolos. Cuando Jesucristo interviene, la jactancia humana queda reducida a nada y se revela que solamente Él posee autoridad absoluta para salvar, juzgar y gobernar.
Isaías 36:21 — La disciplina del silencio
«Pero ellos callaron y no le respondieron palabra, porque el rey así lo había mandado, diciendo: No le respondáis».
El pueblo obedeció la instrucción de Ezequías y no entró en discusión con el Rabsaces. Su silencio no fue una señal de debilidad, ignorancia o falta de argumentos, sino una expresión de dominio propio frente a una provocación cuidadosamente diseñada para producir miedo y confusión. Al negarse a responder, evitó que el funcionario asirio controlara la conversación y utilizara sus palabras para intensificar su campaña de intimidación.
No toda acusación exige una respuesta inmediata. Existen momentos en que discutir solo amplifica la mentira, aumenta la contención y concede mayor influencia a quien no busca sinceramente la verdad. El adversario puede intentar arrastrarnos a conversaciones dominadas por la ira, la burla o el temor, donde ninguna respuesta será considerada suficiente. En tales circunstancias, guardar silencio puede proteger nuestra paz y permitirnos actuar por inspiración, en vez de reaccionar impulsivamente.
Sin embargo, el silencio fiel no significa ignorar indefinidamente los problemas ni negarse siempre a defender la verdad. Significa saber cuándo hablar y cuándo esperar. Jesucristo mismo respondió en algunas ocasiones y permaneció en silencio en otras, conforme a la voluntad del Padre. De igual manera, podemos acudir al Señor antes de reaccionar, buscar Su dirección y permitir que el Espíritu Santo nos indique si debemos responder, qué debemos decir o cuándo es mejor dejar que nuestra conducta y el poder de Dios proporcionen la respuesta.
¿Qué tan difícil es guardar silencio en momentos de gran conflicto? ¿Cuánto dominio propio se requiere? Cuando Jesús fue acusado ante el sumo sacerdote, «Él callaba y nada respondía» (Marcos 14:61). Tal era Su dominio propio. Jesús obedeció el mandato de Su Padre, y los hombres del rey obedecieron la orden de Ezequías.
Pablo se enfrentó al sumo sacerdote con un poco menos de dominio propio:
Y el sumo sacerdote Ananías mandó a los que estaban junto a él que le golpeasen en la boca.
Entonces Pablo le dijo: ¡Dios te golpeará a ti, pared blanqueada! ¿Estás tú sentado para juzgarme conforme a la ley, y violando la ley mandas que me golpeen?
Sin duda fue una buena respuesta, pero el silencio habría transmitido un mensaje aún más poderoso.
Y los que estaban presentes dijeron: ¿Al sumo sacerdote de Dios injurias?
Y Pablo dijo: No sabía, hermanos, que era el sumo sacerdote, pues escrito está: No hablarás mal del gobernante de tu pueblo (Hechos 23:2–5).
La sabiduría de Salomón aconseja: «Aun el necio, cuando calla, es contado por sabio; el que cierra sus labios es entendido» (Proverbios 17:28).
David O. McKay: Quizá no podamos realizar ningún acto extraordinario para erradicar el odio, la guerra y el sufrimiento; sin embargo, existen muchos deberes pequeños, pero sumamente importantes, que se encuentran dentro de nuestro poder y responsabilidad cumplir. Los hombres deben dominar su temperamento y, cuando se sientan impulsados a condenar a otras personas, refrenar su lengua […] El odio y la enemistad deben mantenerse fuera de toda controversia. (Pathways to Happiness [Salt Lake City: Bookcraft, 1957], pág. 125).
Isaías 36:22 — Llevar la amenaza al rey
«Entonces Eliaquim hijo de Hilcías, mayordomo de la casa, y Sebna, escriba, y Joa hijo de Asaf, cronista, fueron a Ezequías, rasgados sus vestidos, y le contaron las palabras del Rabsaces».
Rasgarse los vestidos era una expresión visible de profundo dolor, conmoción y consternación. Los representantes de Judá no minimizaron la gravedad de las palabras asirias ni fingieron que la amenaza carecía de importancia. Sin embargo, tampoco reaccionaron impulsivamente ni tomaron decisiones que no les correspondían. Regresaron ante Ezequías y le comunicaron fielmente lo que habían escuchado para que la crisis pudiera ser considerada por la autoridad responsable.
La fe no consiste en fingir que una amenaza no duele ni en ocultar nuestras emociones bajo una apariencia de fortaleza. Podemos reconocer la angustia, lamentar lo que está sucediendo y admitir que no sabemos cómo resolverlo. Expresar dolor no equivale a carecer de fe. Lo importante es lo que hacemos después: en lugar de permitir que el temor nos aísle o gobierne nuestras decisiones, podemos buscar consejo inspirado, compartir la carga con personas confiables y llevar el problema ante el Señor.
Este versículo prepara la respuesta de Ezequías en el capítulo siguiente. La amenaza que el Rabsaces había pronunciado públicamente sería presentada ante Dios en oración. De igual manera, Jesucristo nos invita a llevarle las palabras, noticias y circunstancias que desgarran nuestro corazón. Quizá no podamos controlar lo que otros dicen o hacen, pero sí podemos decidir ante quién presentaremos nuestra angustia. Cuando la llevamos al Señor con humildad, el temor puede convertirse en oración y la crisis en una oportunidad para contemplar Su poder.


























