Isaías 33
Isaías 33 avanza desde la traición, la violencia y la angustia hasta la visión gloriosa de una Sion estable, perdonada y gobernada personalmente por Jesucristo. El poder destructor de Asiria simboliza también a todos los sistemas que prosperan mediante el engaño y la opresión. Aunque esos poderes parezcan invencibles por un tiempo, terminarán recibiendo las consecuencias de sus propias acciones. Cuando los recursos humanos fracasen y la tierra quede de duelo, el Señor se levantará, será exaltado y llenará Sion de justicia y rectitud. El capítulo enseña que ninguna maldad permanece fuera de Su conocimiento y que la victoria definitiva nunca pertenecerá al opresor.
La pregunta central es: «¿Quién de nosotros morará con el fuego consumidor?» (Isaías 33:14). La presencia santa de Dios resulta aterradora para quienes se aferran al pecado, pero purificadora y protectora para quienes acuden a Él. Isaías describe al discípulo preparado: camina y habla con rectitud, rechaza las ganancias injustas, se niega a participar en la corrupción y protege sus ojos y oídos del mal. Esa persona no se salva mediante su propia perfección, sino que se refugia en Jesucristo, la Roca de los siglos. La gracia del Salvador la perdona, purifica sus deseos y le concede fortaleza para vivir de una manera compatible con la presencia divina.
El capítulo culmina con una de las declaraciones más completas acerca del gobierno de Dios: «Jehová es nuestro juez, Jehová es nuestro legislador, Jehová es nuestro Rey; él mismo nos salvará» (Isaías 33:22). En Sion, Cristo reunirá perfectamente la justicia, la verdad y la misericordia. Él dará estabilidad a Sus estacas, defenderá a Su pueblo, sanará a los enfermos y perdonará la iniquidad. Jerusalén llegará a ser una morada segura y una fuente de aguas abundantes, porque el Señor estará presente en ella. Quienes esperen en Cristo, vivan Sus convenios y permitan que Él los purifique recibirán finalmente esta promesa: «Tus ojos verán al Rey en su hermosura» (Isaías 33:17).
Isaías 33:1 — El saqueador será saqueado
«Cuando acabes de saquear, serás tú saqueado».
En su contexto histórico, esta advertencia probablemente se dirige a Asiria, una potencia que conquistaba naciones, quebrantaba acuerdos y edificaba su dominio mediante la violencia y la opresión. Aunque parecía invencible y actuaba como si nunca tuviera que responder por sus hechos, llegaría el momento en que experimentaría las mismas consecuencias que había impuesto sobre otros. Su poder era grande, pero temporal; la justicia de Dios finalmente alcanzaría al saqueador.
Doctrinalmente, este versículo enseña que la injusticia no puede sostenerse para siempre. Dios permite que Sus hijos ejerzan el albedrío, pero el albedrío nunca elimina la responsabilidad. Toda persona, gobernante o nación que edifique su poder sobre la traición, la explotación y el sufrimiento ajeno terminará enfrentando las consecuencias de sus decisiones. La aparente prosperidad de los inicuos no significa que Dios apruebe sus acciones ni que haya olvidado a quienes han sido perjudicados.
Esta profecía también ofrece consuelo a quienes padecen injusticias: el mal tiene límites y no tendrá la última palabra. Jesucristo es el Juez justo que conoce perfectamente las obras y las intenciones de cada corazón. Él defenderá al oprimido, hará manifiesta la verdad y recompensará a quienes permanezcan fieles. Por ello, el discípulo del Salvador no busca venganza, sino que confía en la justicia divina, actúa con rectitud y procura vencer el mal por medio del bien.
Isaías 33:2 — Esperar diariamente en el Señor
«Oh Jehová, ten misericordia de nosotros; a ti te hemos esperado; sé tú brazo de ellos cada mañana; sé también nuestra salvación en tiempo de tribulación».
En medio de la amenaza, el pueblo no exige la salvación como un derecho adquirido, sino que suplica humildemente la misericordia de Dios. Esperar en Jehová significa confiar en Su carácter, permanecer fieles y continuar obedeciendo aun cuando la liberación todavía no ha llegado. Esta oración reconoce que la fortaleza humana es insuficiente y que, gracias a la misericordia de Jesucristo, podemos acercarnos confiadamente al Señor incluso cuando somos conscientes de nuestras debilidades.
La expresión «sé tú brazo de ellos cada mañana» representa el poder, la protección y la capacidad divina para actuar. La petición no se limita a esperar una gran intervención futura, sino que reconoce la necesidad de recibir diariamente la fortaleza del Señor. El discipulado se renueva cada mañana: mediante la oración, el estudio de las Escrituras y la obediencia podemos recibir la gracia de Cristo para enfrentar responsabilidades, tentaciones y pruebas que no podríamos superar únicamente con nuestras propias fuerzas.
El Señor no promete que Su pueblo jamás experimentará tribulación, pero sí promete ser su salvación en medio de ella. Algunas veces Jesucristo cambia las circunstancias y concede una liberación inmediata; otras veces fortalece al discípulo para que pueda perseverar mientras la dificultad continúa. En ambos casos, Su presencia sostiene nuestra esperanza e impide que la prueba tenga autoridad definitiva sobre nosotros. Esperar en el Señor significa confiar en que cada mañana recibiremos la fortaleza necesaria para avanzar hasta que llegue la liberación completa.
Hemos estado esperando durante mucho tiempo. Hemos observado prosperar a los inicuos, mientras parece que los justos continúan sufriendo. “¿Hasta cuándo se detendrá tu mano?… Acuérdate de tus santos que sufren… Enciéndase tu ira en contra de nuestros enemigos” (Doctrina y Convenios 121:2–5), clamó el profeta José Smith. ¿Cuándo se manifestará Dios y recompensará a Sus santos? Isaías está diciendo: “Hemos sido justos; hemos esperado en Ti; estamos preparados para recibir nuestra recompensa; estamos preparados para la Segunda Venida”.
Porque desde el principio del mundo no han oído los hombres, ni percibido por el oído, ni ojo alguno ha visto, oh Dios, fuera de ti, cuán grandes cosas has preparado para aquel que espera en ti (Doctrina y Convenios 133:45).
Obsérvese cómo el versículo siguiente habla de la Segunda Venida: “Y se dirá: ¿Quién es este que desciende de Dios en los cielos con ropas teñidas, sí, de regiones desconocidas, vestido con su glorioso atavío, que avanza en la grandeza de su poder?” (Doctrina y Convenios 133:46).
Isaías 33:3–4 — Las naciones se dispersan cuando Dios se levanta
«Las naciones fueron esparcidas al levantarte tú».
Los ejércitos que parecían invencibles se dispersan cuando el Señor manifiesta Su poder. Asiria y las demás potencias conquistadoras podían inspirar temor y acumular el botín de los pueblos sometidos, pero su dominio permanecía sujeto a la soberanía de Dios. Cuando Él se levanta para intervenir, el poder humano queda reducido a su verdadera dimensión, los planes de los opresores fracasan y aquello que habían arrebatado pasa a manos de quienes pretendían conquistar.
Doctrinalmente, estos versículos enseñan que ninguna nación, ejército o alianza humana puede prevalecer contra los propósitos del Señor. Dios puede permitir temporalmente que ciertos poderes actúen, pero nunca pierde el control de la historia ni abandona a Su pueblo. Lo que ante los seres humanos parece invencible puede desaparecer en un instante cuando Jesucristo ejerce Su autoridad.
Esta verdad alcanzará su cumplimiento pleno en la Segunda Venida. Entonces quedará manifiesta la diferencia entre el poder aparente de las naciones y la soberanía eterna de Jesucristo. Ninguna coalición humana podrá impedir que Él derrote la maldad, establezca Su reino y reine con justicia. Para los fieles, esta profecía es una invitación a no depositar su confianza en los poderes temporales, sino en el Salvador, cuyo dominio es verdadero, justo y eterno.
Isaías 33:5 — Sion llena de justicia y rectitud
«Ha llenado a Sion de justicia y de rectitud».
Sion no se define solamente por un territorio, una organización o una declaración de pertenencia religiosa. Es una comunidad en la que la presencia y el gobierno del Señor se manifiestan mediante la justicia y la rectitud. La justicia comprende la manera equitativa y misericordiosa de tratar a los demás; la rectitud describe una vida personal en armonía con la voluntad de Dios. Por eso, Sion comienza en el corazón de quienes permiten que Jesucristo transforme sus pensamientos, decisiones y relaciones.
Preparar Sion requiere mucho más que esperar pasivamente la Segunda Venida. Significa vivir los convenios con sinceridad, establecer relaciones honestas, defender al vulnerable, rechazar la corrupción, perdonar al arrepentido y procurar que nadie sea abandonado. Cada acto de integridad, compasión y servicio contribuye a establecer una sociedad en la que el Señor pueda morar entre Su pueblo.
Jesucristo es quien finalmente llena a Sion de justicia y rectitud. No podemos establecerla únicamente mediante esfuerzos humanos; necesitamos Su gracia para abandonar el egoísmo, sanar nuestras divisiones y llegar a ser «uno en corazón y voluntad». Prepararse para recibir al Rey significa comenzar ahora a vivir conforme a las leyes de Su reino, permitiendo que Su justicia gobierne nuestra conducta y que Su amor determine la manera en que tratamos a Sus hijos.
Isaías 33:6 — Dios será la seguridad y el tesoro de nuestros tiempos
«Él será la seguridad de tus tiempos, una riqueza de salvación, de sabiduría y de conocimiento; el temor de Jehová será su tesoro».
Las condiciones políticas, económicas y sociales pueden cambiar repentinamente, pero Isaías enseña que la verdadera estabilidad no depende de circunstancias favorables, sino de un Dios que permanece constante. Jesucristo puede concedernos firmeza interior durante las épocas de incertidumbre. Quien edifica su vida sobre Él no queda libre de toda conmoción, pero posee un fundamento que ninguna crisis puede remover. Su presencia, Sus promesas y Sus convenios proporcionan una seguridad que el mundo no puede ofrecer ni quitar.
El reino de Dios también posee una clase diferente de riqueza. Mientras las naciones luchan por obtener territorios, poder y bienes materiales, Sion es enriquecida con salvación, sabiduría y conocimiento divino. Estos tesoros nos enseñan quiénes somos, cuál es el propósito de la vida y cómo regresar a la presencia de Dios. Además, no disminuyen cuando se comparten: cuantas más personas reciben el Evangelio, conocen a Jesucristo y viven Su verdad, mayor es la fortaleza espiritual de toda la comunidad.
El «temor de Jehová» no significa un terror servil, sino una profunda reverencia, amor y disposición a no ofender a Dios. Significa reconocer Su santidad y conceder a Su voluntad prioridad sobre las opiniones, presiones e intereses humanos. Cuando una persona o una sociedad considera esa reverencia como su verdadero tesoro, recibe una brújula moral que orienta el uso del conocimiento y de la prosperidad. Sin ella, el conocimiento puede emplearse para oprimir y la abundancia puede alimentar el orgullo; con ella, ambos se convierten en instrumentos para servir, edificar Sion y glorificar al Señor.
Isaías 33:7–9 — El fracaso de los mensajeros de paz
«Los mensajeros de paz llorarán amargamente».
Isaías describe una sociedad en la que los esfuerzos humanos por conservar la paz han fracasado: los mensajeros lloran, los caminos quedan desiertos, los convenios son quebrantados y las ciudades pierden su seguridad. La tierra misma parece lamentarse bajo las consecuencias de la violencia. En su contexto histórico, estas imágenes probablemente reflejan la traición de Asiria, que no respetó los acuerdos establecidos y continuó actuando con crueldad. La confianza desaparece cuando la palabra dada deja de tener valor y la vida humana es tratada con desprecio.
La diplomacia, las negociaciones y los acuerdos son instrumentos valiosos, pero solamente pueden sostener la paz cuando están acompañados de honestidad, justicia y buena fe. Ningún documento puede garantizar una paz duradera si el corazón de quienes lo firman permanece dominado por el orgullo, la codicia o el deseo de poder. Cuando se quebrantan los convenios y se desprecia al prójimo, no solo sufren las personas directamente afectadas; también se debilitan las comunidades, se paraliza el progreso y toda la sociedad experimenta las consecuencias.
Doctrinalmente, este pasaje enseña que la paz verdadera requiere rectitud interior. Jesucristo no vino únicamente para poner fin a los conflictos externos, sino para transformar el corazón humano, donde comienzan la violencia, la traición y la enemistad. Mediante el arrepentimiento y Su gracia podemos aprender a cumplir nuestra palabra, respetar la dignidad de cada persona y convertirnos en pacificadores. Solo cuando la paz del Salvador gobierna el corazón puede extenderse de manera firme a las familias, las comunidades y las naciones.
Isaías 33:10 — El Señor se levantará
«Ahora me levantaré, dice Jehová; ahora seré exaltado; ahora seré enaltecido».
Después de un período en el que la injusticia parecía avanzar sin oposición, el Señor anuncia solemnemente el momento de Su intervención. La repetición de la palabra «ahora» comunica certeza, autoridad y decisión. Los poderes injustos habían actuado como si Dios no estuviera observando, pero su aparente triunfo era solamente temporal. Cuando el Señor se levanta, queda demostrado que ninguna fuerza humana puede frustrar Sus propósitos ni permanecer para siempre fuera de Su juicio.
La aparente demora de Dios nunca debe confundirse con indiferencia o impotencia. Él contempla el principio y el fin, conoce la condición de Su pueblo y actúa conforme a Su perfecta sabiduría. En ocasiones permite que las pruebas continúen para dar lugar al arrepentimiento, fortalecer la fe o cumplir propósitos que todavía no comprendemos. Sin embargo, llega el momento preciso en que defiende al oprimido, limita la maldad y hace manifiesta Su justicia.
Este anuncio también señala hacia Jesucristo y Su Segunda Venida. Entonces Él se levantará con poder, será reconocido como Rey y establecerá definitivamente Su reino. Mientras esperamos ese gran día, el versículo nos invita a confiar en Su tiempo y a permanecer fieles. Aunque parezca que el mal prospera, Dios no ha perdido el control: en el momento señalado, Él actuará, será exaltado y demostrará que Su justicia y Su misericordia prevalecen.
Isaías 33:11–12 — El pecado produce su propio fuego
«Concebisteis paja; daréis a luz rastrojo; vuestro aliento como fuego os consumirá».
Isaías utiliza las imágenes de la paja y el rastrojo para mostrar la esterilidad de los planes fundados en la maldad. Los enemigos conciben grandes proyectos, profieren amenazas y creen estar edificando un poder duradero; sin embargo, aquello que producen carece de peso, fruto y permanencia. Incluso su propio aliento —sus palabras arrogantes, engaños y amenazas— se convierte simbólicamente en el fuego que los consume. Lo que parecía fortaleza termina revelándose como material fácilmente destruible ante la justicia de Dios.
Doctrinalmente, el pecado suele llevar en sí mismo las semillas de su propia destrucción. La mentira destruye la confianza; la codicia produce explotación y resentimiento; la violencia genera más violencia; y el orgullo impide reconocer el peligro y aceptar la corrección. Dios no necesita crear arbitrariamente todas las consecuencias, pues muchas surgen naturalmente de las decisiones pecaminosas. Al permitirlas, Él revela la verdadera naturaleza de la iniquidad y demuestra que nada contrario a Sus leyes puede proporcionar felicidad o seguridad permanentes.
Estos versículos constituyen también una invitación misericordiosa al arrepentimiento. Jesucristo puede rescatarnos antes de que el pecado consuma nuestra paz, nuestras relaciones y nuestra sensibilidad espiritual. Mediante Su expiación podemos abandonar aquello que solo produce «paja» y comenzar a dar frutos de rectitud. Quienes se humillan y acuden al Salvador no tienen que ser destruidos por las consecuencias del pecado, pues Su gracia puede purificarlos, reparar lo dañado y conducirlos hacia una vida firme y fructífera.
Orson Pratt: Habrá un solo gobierno, no varios cientos de formas diferentes de gobierno, sino una única forma que prevalecerá sobre la nueva creación, habitada por seres inmortales. Todos esos cambios son los que esperan los Santos de los Últimos Días. No leemos estas profecías para después intentar modificarlas y decir a quienes nos escuchan que deben interpretarse con un significado diferente, en algún sentido espiritual. No les decimos que ese día de fuego representa una época en la que la maldad será eliminada de la tierra mediante la influencia purificadora del Espíritu de Dios, que todo el pueblo se convertirá y que, por consiguiente, la tierra estará habitada únicamente por justos. Tampoco afirmamos que la parte de las Escrituras que declara que los inicuos serán ceniza bajo los pies de los justos significa algo completamente diferente de su lectura literal, ni que únicamente serán consumidos todos sus pecados, de modo que ellos se volverán justos y caminarán sobre la nueva tierra libres de pecado.
No; cuando hablamos de un fuego devorador que arde como un horno, esperamos que sea fuego y que produzca un calor intenso. Cuando Él dice que consumirá a todos los soberbios y a todos los que obran inicuamente (Isaías 33:14; Malaquías 4:1; 2 Nefi 27:1–2), no esperamos que quede sobre toda la tierra ningún hombre ni ninguna mujer inicua. Cuando se declara que no quedará de ellos ni raíz ni rama, no esperamos encontrar vestigio alguno de maldad en ningún rincón de la tierra, por remoto que sea; todos serán consumidos y solo quedarán los justos (Journal of Discourses, 20:14).
Isaías 33:13 — Toda la tierra conocerá el poder de Dios
«Oíd, los que estáis lejos, lo que he hecho; y vosotros, los que estáis cerca, conoced mi poder».
La intervención del Señor no sería una lección destinada únicamente a Jerusalén o a los pueblos directamente involucrados en el conflicto. Tanto quienes estaban cerca —y conocían Sus convenios y mandamientos— como quienes se encontraban lejos tendrían que reconocer Su poder. Las obras de Dios en favor de Su pueblo constituyen un testimonio para toda la humanidad de que Él gobierna sobre las naciones y de que ninguna fuerza puede frustrar Sus propósitos.
La distinción entre «los que estáis lejos» y «los que estáis cerca» también contiene una enseñanza espiritual. Quienes conocen el Evangelio tienen la responsabilidad de reconocer la mano del Señor y vivir de acuerdo con la luz que han recibido; quienes todavía se encuentran lejos son invitados a escuchar, acercarse y conocerlo. Nadie queda excluido del llamamiento de Dios ni de la oportunidad de contemplar Su poder salvador. Jesucristo puede acercar al que está distante y fortalecer al que ya pertenece al convenio.
Esta profecía alcanzará su cumplimiento más amplio en la Segunda Venida, cuando la autoridad de Jesucristo se manifieste universalmente. Toda nación sabrá que Él es el Rey, que Sus advertencias eran verdaderas y que Sus promesas se han cumplido. Para los fieles, este anuncio no debe inspirar temor, sino esperanza y preparación: el Salvador regresará para poner fin a la injusticia, reunir a Su pueblo y establecer un reino de paz, rectitud y verdad sobre toda la tierra.
Isaías 33:14 — ¿Quién puede morar con el fuego consumidor?
«¿Quién de nosotros morará con el fuego consumidor? ¿Quién de nosotros habitará con las llamas eternas?».
Ante la manifestación de la gloria divina, los pecadores que se encuentran dentro de Sion sienten temor y reconocen que la pertenencia externa al pueblo del convenio no es suficiente para soportar la presencia de Dios. El fuego simboliza la santidad, la gloria y la justicia perfecta de Jehová. Por ello, estar físicamente cerca de las cosas sagradas, participar en prácticas religiosas o declarar que se cree en Dios no reemplaza la necesidad de experimentar una verdadera transformación interior.
El problema no es que Dios sea arbitrariamente peligroso o que desee destruir a quienes se acercan a Él. La dificultad consiste en que la iniquidad no puede permanecer sin cambio ante Su santidad perfecta. Así como la luz revela lo que estaba oculto y el fuego consume las impurezas, la presencia del Señor pone de manifiesto la verdadera condición del corazón. Nadie puede presentarse ante Él confiando solamente en sus propios méritos, porque todos hemos pecado y necesitamos ser purificados.
La pregunta de Isaías encuentra su respuesta en Jesucristo. Mediante Su sacrificio expiatorio podemos arrepentirnos, recibir el perdón y ser santificados por el Espíritu Santo. La misma gloria que causa temor al que se aferra al pecado se convierte en luz, seguridad y gozo para quien ha sido purificado por la gracia del Salvador. Morar con Dios no requiere una perfección alcanzada exclusivamente por esfuerzos humanos, sino un corazón arrepentido que acepta a Cristo, guarda sus convenios y permite que Él lo transforme.
George Q. Cannon: ¡Oh, adúlteros! ¡Oh, fornicarios! ¡Oh, borrachos! ¡Oh, profanadores del día de reposo! ¡Oh, hombres deshonestos e hipócritas que tienen un lugar y un nombre entre los Santos de los Últimos Días! Les digo: ¡Ay de ustedes!, a menos que se arrepientan de sus pecados, abandonen todo lo malo, se humillen ante Dios y le pidan perdón. Porque les digo que el Espíritu de Dios se retirará de ustedes, quedarán abandonados a sí mismos y llegarán a ser como ramas secas que solo sirven para ser quemadas, a menos que se arrepientan de todos sus pecados con sinceridad, profundamente y desde lo más íntimo de su corazón, y los aparten de ustedes. Dios no los tolerará por más tiempo. El pecador en Sion temblará. Ese día llegará. El temor se apoderará del hipócrita (Isaías 33:14). Por lo tanto, arrepiéntanse de sus pecados antes de que sea demasiado tarde. Si lo hacen, podrán entrar en los lugares santos que Dios ha proporcionado (Journal of Discourses, 25:327).
Brigham Young: ¡Qué vergüenza para los hombres y las mujeres que se llaman Santos de los Últimos Días y actúan de manera deshonrosa! Deben ser tan puros y santos como los ángeles. Se nos ha mandado ser puros como Cristo es puro y santos como Él es santo. Él atravesó las pruebas, fue santificado y se preparó para morar con los Dioses; y habita en medio de fuegos eternos (Isaías 33:14), donde los principios y todo lo perteneciente al reino celestial constituyen un fuego consumidor para todo lo impuro. Él ha sido exaltado, coronado y ha recibido tronos, principados y potestades; y nos manda seguir Sus pasos en todo principio relacionado con las vidas eternas. Hagámoslo para que todo el cuerpo, desde la coronilla hasta la planta de los pies, pueda ser santificado. Quienes no alcancen esto serán juzgados según corresponda (Journal of Discourses, 8:116).
John Taylor: …¡Ay de los hipócritas de Sion y de quienes profesan temer a Dios mientras se revuelcan en la transgresión! Dios irá tras ustedes, porque dentro de poco los pecadores de Sion tendrán miedo y el temor sorprenderá al hipócrita (Isaías 33:14). Purifiquémonos, entonces, de la injusticia, porque Dios hará avanzar Su obra. Que ustedes o yo hagamos lo correcto o no, no cambiará nada; la obra seguirá adelante. Avanza, avanza y seguirá avanzando hasta que los reinos de este mundo lleguen a ser los reinos de nuestro Dios y de Su Cristo, y Él reine para siempre jamás (Journal of Discourses, 24:235).
Isaías 33:15 — La integridad del discípulo
«El que camina con rectitud y habla lo recto, el que aborrece la ganancia por extorsión, el que sacude sus manos para no recibir soborno, el que tapa sus oídos para no oír propuestas sanguinarias, el que cierra sus ojos para no ver cosa mala».
Isaías responde a la pregunta de quién puede morar en la presencia de Dios describiendo una vida íntegra. Caminar con rectitud se refiere a la conducta; hablar lo recto, a la verdad y pureza de nuestras palabras. El Señor requiere coherencia entre lo que creemos, decimos y hacemos. Sin embargo, el versículo no enseña que podamos salvarnos mediante una perfección alcanzada independientemente de Cristo. Estas cualidades son el fruto de una persona arrepentida que ha recibido la gracia del Salvador, guarda sus convenios y permite que el Espíritu transforme su carácter.
La rectitud espiritual también comprende la integridad económica y social. La adoración a Dios no puede separarse de la manera en que obtenemos dinero, ejercemos autoridad o administramos justicia. El verdadero discípulo no solo evita la extorsión y el soborno, sino que llega a aborrecer toda ganancia conseguida mediante la corrupción o el sufrimiento ajeno. Su corazón ha cambiado hasta el punto de que prefiere perder una ventaja temporal antes que traicionar la confianza, perjudicar al prójimo o apartarse de los principios del Señor.
Asimismo, la persona justa protege sus sentidos y ejerce mayordomía sobre aquello que permite entrar en su mente y corazón. Tapar los oídos y cerrar los ojos ante el mal no significa ignorar el sufrimiento real ni evitar la información necesaria para ayudar a otros. Significa rechazar aquello que glorifica la violencia, convierte la iniquidad en entretenimiento o despierta y alimenta deseos corruptos. Mediante decisiones conscientes y la gracia purificadora de Jesucristo, el discípulo conserva un corazón sensible al Espíritu y se prepara para morar con Dios.
Bruce R. McConkie: Primero: “El que camina con rectitud y habla lo recto”. Es decir, edificando sobre el sacrificio expiatorio del Señor Jesucristo, debemos guardar los mandamientos. Debemos decir la verdad y efectuar obras de rectitud. Seremos juzgados por nuestros pensamientos, palabras y hechos.
Segundo: “…el que aborrece la ganancia obtenida mediante la opresión”. Es decir, debemos actuar con equidad y justicia hacia nuestros semejantes. Fue el Señor mismo quien dijo que, en el día de Su venida, sería un testigo veloz contra quienes oprimen al jornalero en su salario.
Tercero: “…el que sacude sus manos para no recibir soborno”. Es decir, debemos rechazar todo intento de comprar influencia y, en su lugar, tratar a nuestros semejantes de manera justa e imparcial. Dios no hace acepción de personas. Él estima a toda carne por igual, y solo quienes guardan Sus mandamientos reciben un favor especial de Él. La salvación es gratuita; no puede comprarse con dinero. Solo se salvan quienes obedecen la ley sobre la cual se basa su recepción. El soborno pertenece al mundo.
Cuarto: el que “…tapa sus oídos para no oír propuestas sanguinarias y cierra sus ojos para no ver el mal”. Es decir, no debemos concentrar nuestra atención en el mal y la iniquidad. Debemos dejar de buscar faltas y procurar lo bueno en el gobierno y en el mundo. Debemos adoptar una actitud positiva y sana hacia todas las cosas.
Existe una ley eterna, establecida por Dios mismo antes de la fundación del mundo, según la cual todo hombre cosechará lo que siembre. Si pensamos cosas malas, nuestra lengua pronunciará palabras impuras… Por otro lado, si meditamos en nuestro corazón sobre las cosas de la rectitud, llegaremos a ser justos. Si la virtud engalana incesantemente nuestros pensamientos, nuestra confianza se fortalecerá en la presencia de Dios y, a su vez, Él hará llover justicia sobre nosotros. Verdaderamente, como dijo Jacob: “…tener una mente carnal es muerte, y tener una mente espiritual es vida eterna” (2 Nefi 9:39). Y como dijo Pablo: “No os engañéis; Dios no puede ser burlado, porque todo lo que el hombre siembre, eso también segará. Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; pero el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna” (Gálatas 6:7–8) (Conference Report, octubre de 1973, pág. 45).
Isaías 33:16 — Refugio, pan y agua seguros
«Este habitará en las alturas; fortalezas de rocas serán su lugar de refugio; se le dará su pan, y tendrá segura su agua».
Después de describir la integridad de quienes pueden permanecer ante la santidad de Dios, Isaías presenta las bendiciones que reciben: refugio, sustento y seguridad. Las «fortalezas de rocas» representan un lugar elevado y protegido que los enemigos no pueden conquistar fácilmente. Espiritualmente, esa Roca es Jesucristo. Quien edifica su vida sobre Él no queda exento de pruebas, pero recibe un fundamento estable, dirección para afrontar el peligro y un refugio interior que las circunstancias adversas no pueden destruir.
El pan y el agua representan tanto el sustento temporal como el alimento espiritual que procede del Salvador. Jesucristo es el Pan de Vida y la fuente de agua viva; mediante Su palabra, Su gracia, Sus ordenanzas y el don del Espíritu Santo fortalece el alma y satisface sus necesidades más profundas. Así como el cuerpo necesita alimento cada día, el discípulo necesita acudir continuamente a Cristo para recibir fortaleza, renovación y vida espiritual.
Esta promesa no significa necesariamente que los justos disfrutarán siempre de abundancia material o estarán libres de privaciones. Enseña que Dios conoce perfectamente las necesidades de Su pueblo y proporciona aquello que es esencial para su salvación y para el cumplimiento de Sus propósitos. Incluso en tiempos de escasez o incertidumbre, quienes confían en Él pueden tener la seguridad de que no serán olvidados. En Jesucristo encuentran el refugio, el sustento y la fortaleza necesarios para perseverar hasta alcanzar la vida eterna.
Isaías 33:17 — Ver al Rey en Su hermosura
«Tus ojos verán al Rey en su hermosura; verán la tierra que está lejos».
Esta es una de las promesas mesiánicas más hermosas del capítulo. Después de describir la purificación y la vida recta de quienes pueden morar con Dios, Isaías anuncia su gloriosa recompensa: contemplarán a Jesucristo como el Rey en toda Su hermosura. Ya no será conocido únicamente mediante profecías, símbolos o testimonios, ni parecerá un personaje distante, sino que estará presente entre Su pueblo, revestido de majestad, santidad y poder.
Ver al Rey constituye la culminación de la fe, el arrepentimiento y la fidelidad a los convenios. Quienes ahora aman al Salvador sin verlo, reconocen Su voz y procuran seguir Sus enseñanzas se están preparando para permanecer con confianza ante Él. Su hermosura no se limita a una apariencia gloriosa; comprende la perfección de Su carácter, la pureza de Su amor, la profundidad de Su misericordia y la justicia de Su gobierno. Contemplarlo permitirá comprender con mayor plenitud todo lo que Él hizo para redimirnos.
Esta promesa también dirige nuestra mirada hacia la Segunda Venida y la vida eterna. Cuando Jesucristo regrese, los fieles reconocerán en Él al Rey que esperaron y en quien depositaron su confianza. Finalmente, los redimidos podrán morar en Su presencia y contemplar Su rostro. Por ello, cada decisión recta y cada convenio guardado no son simples deberes religiosos, sino pasos que nos preparan para el día en que nuestros propios ojos verán al Rey en Su hermosura.
Hemos adornado nuestros hogares con imágenes de Cristo. Nos maravillamos ante grandes estatuas del Maestro y vemos videos de actores que representan al Señor. Algún día, todas esas imágenes serán apenas recuerdos comparadas con la impresión imborrable e inolvidable que quedará grabada en nuestra memoria al recibir el privilegio de contemplar al Rey en Su hermosura. Isaías describió así la primera venida de Cristo: “No hay parecer en él ni hermosura; y cuando le veamos, no habrá en él atractivo para que le deseemos” (Isaías 53:2). ¿Sin hermosura? La Segunda Venida será completamente diferente. Su aspecto será majestuoso, Su vestidura gloriosa, Su rostro hermoso y Su sonrisa conmoverá el corazón.
Quienes hayan buscado el rostro del Señor finalmente recibirán la bendición prometida. ¿Puede alguien comprender cómo será esa experiencia? En sentido figurado, miramos al Señor durante toda nuestra vida. Isaías promete que llegará el día en que ya no será algo figurado. Hemos procurado recibir Su imagen en nuestro rostro (Alma 5:14); entonces, la imagen que buscamos será visible en toda Su gloria y hermosura. Sin duda, llegaremos a la conclusión de que todo valió la pena: todo el tiempo que miramos hacia Dios, buscamos al Señor en la oración privada y acudimos a Él cuando todo lo demás fracasó. Toda esa búsqueda será recompensada con el privilegio de ver al Rey en Su hermosura.
Entonces sentiremos el deseo de cantar una vez más el Himno de batalla de la República:
Mis ojos han visto la gloria
de la venida del Señor;
Él pisotea el lagar
donde se guardan las uvas de la ira;
ha desatado el relámpago fatal
de Su terrible y veloz espada;
Su verdad sigue avanzando.
¡Gloria, gloria, aleluya!
¡Gloria, gloria, aleluya!
¡Gloria, gloria, aleluya!
Quizás aún más maravilloso sea que podremos comprender Su hermosura porque seremos semejantes a Él: “…sabemos que cuando él aparezca, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es” (1 Juan 3:2). Lo veremos tal como es: un Personaje glorificado, resucitado y celestial; y nosotros disfrutaremos del mismo privilegio (1 Tesalonicenses 4:17).
Isaías 33:18–19 — La opresión quedará en el pasado
«¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el pesador? ¿Dónde está el que cuenta las torres?».
Isaías contempla el día en que el pueblo liberado recordará con asombro las amenazas que antes lo llenaban de temor. El escriba, el pesador y quien contaba las torres probablemente representan a funcionarios del ejército invasor encargados de registrar el botín, calcular los tributos y evaluar las defensas de Jerusalén. También desaparecerá el pueblo extranjero cuya lengua incomprensible intensificaba la sensación de vulnerabilidad. Cuando llegue la liberación, los opresores ya no estarán presentes y sus instrumentos de dominio habrán perdido toda autoridad.
Estos versículos enseñan que las amenazas que ahora ocupan nuestros pensamientos no existirán para siempre. La injusticia puede parecer dominante y el temor puede hacernos sentir que la aflicción nunca terminará; sin embargo, el Señor ha establecido límites que el mal no puede sobrepasar. Llegará el momento en que los fieles mirarán hacia atrás y reconocerán que aquello que parecía invencible fue vencido por el poder de Dios.
Esta promesa encontrará su cumplimiento pleno en el reino de Jesucristo. Bajo Su gobierno desaparecerán la opresión, la explotación y el miedo, y los instrumentos utilizados para someter a los débiles serán solamente recuerdos de una condición superada. El Salvador no solo librará a Su pueblo de enemigos externos, sino también del pecado, la muerte y toda forma de cautiverio espiritual. Lo que hoy produce angustia será reemplazado por seguridad, comprensión y paz duradera en Su presencia.
Isaías 33:20 — Sion, morada de quietud y tienda segura
«Mira a Sion, ciudad de nuestras fiestas solemnes; tus ojos verán a Jerusalén, morada de quietud, tienda que no será desarmada, ni serán arrancadas sus estacas ni ninguna de sus cuerdas será rota».
Isaías contempla la transformación de Jerusalén: dejará de ser una ciudad sitiada y amenazada para convertirse en un lugar de adoración, seguridad y reposo. Sus fiestas solemnes podrán celebrarse nuevamente en paz, mostrando que el pueblo vive en comunión con Dios. La quietud de Sion no nace del aislamiento ni de la ausencia absoluta de dificultades, sino de la presencia de Jehová, de la fidelidad a los convenios y de la rectitud de sus habitantes. Donde Jesucristo gobierna los corazones, el temor cede su lugar a una paz que el mundo no puede proporcionar.
Sion también es comparada con una gran tienda cuyas estacas no serán arrancadas y cuyas cuerdas permanecerán firmes. Esta imagen expresa estabilidad, expansión y refugio. Las estacas sostienen la tienda, mientras que las cuerdas mantienen unidas sus distintas partes; del mismo modo, las comunidades del convenio proporcionan fortaleza espiritual, adoración, enseñanza y protección para quienes se congregan en ellas. La tienda puede extenderse para recibir a más personas sin perder su firmeza, siempre que permanezca asegurada sobre el fundamento de Jesucristo.
En los últimos días, las estacas de Sion se establecen por toda la tierra como lugares de recogimiento y preparación para la Segunda Venida. Cada una contribuye a sostener y ampliar la obra del Señor al fortalecer a las familias, ministrar a los necesitados y ofrecer las bendiciones del Evangelio. Sin embargo, su seguridad no depende únicamente de su organización, sino de la fidelidad de sus miembros. Cuando vivimos nuestros convenios y permitimos que Cristo reine entre nosotros, ayudamos a edificar una Sion firme, acogedora y llena de paz.
Cuando Brigham Young murió en 1877, había veinte estacas de Sion. En la fecha en que se escribió este comentario, octubre de 2017, había 3222. “En 1846, todas las estacas existentes, incluida la Estaca Nauvoo, fueron descontinuadas debido al éxodo de la mayoría de los Santos de los Últimos Días hacia el valle del Lago Salado”. Cuando el Señor vuelva, la situación será diferente: ninguna estaca será disuelta. En cambio, estarán plantadas con mayor firmeza y sus cuerdas serán fortalecidas.
Joseph Fielding Smith: Isaías habla de Sion como una tienda o tabernáculo, teniendo presente el tabernáculo que se construyó y transportó por el desierto en los días de Moisés. Las cuerdas son los cables que se extienden desde la tienda o tabernáculo hasta las estacas fijadas en la tierra. El Señor reveló que Sion debía edificarse y que, a su alrededor, estarían las estacas que ayudarían a sujetarla y mantenerla en su lugar. Esta figura retórica casi se ha perdido con el transcurso de los años, pero conserva su significado y belleza. Es un grave error hablar de Sion, la Nueva Jerusalén, o incluso de la región donde se edificará la ciudad, como si fuera una estaca de Sion. Sion es la tienda; las estacas de Sion son las clavijas que la sujetan y sostienen. Por consiguiente, Sion no puede ser una estaca; sería tan impropio llamar estaca a una tienda como aplicar ese término a Sion (Church History and Modern Revelation, cuatro tomos, Salt Lake City: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, 1946–1949, 2:88).
Isaías 33:21 — La presencia del Señor será como amplios ríos
«Porque ciertamente allí el majestuoso Jehová será para nosotros lugar de ríos y de arroyos muy anchos, por el cual no andará galera de remos ni por él pasará gran nave».
Jerusalén no poseía un gran río como otras ciudades importantes del mundo antiguo. Los ríos proporcionaban agua, fertilidad, comercio y una defensa natural; sin embargo, también podían convertirse en vías de acceso para las fuerzas invasoras. Isaías promete algo superior: Jehová mismo será para Sion como ríos y arroyos muy anchos. Su presencia proporcionará vida, protección, abundancia y seguridad mayores que cualquier ventaja geográfica o fortificación humana.
Estos ríos divinos no podrán ser utilizados por naves enemigas para invadir la ciudad. La misma presencia que sostiene y bendice a Sion formará una defensa que ningún poder hostil podrá atravesar. Esta imagen enseña que las bendiciones del Señor no contienen las vulnerabilidades propias de los recursos terrenales. Lo que Él concede para fortalecer a Su pueblo no podrá ser transformado finalmente en un instrumento para destruirlo.
Jesucristo es la fuente de agua viva que satisface la sed espiritual y hace fructificar aquello que parecía estéril. Cuando Él mora entre Su pueblo, proporciona revelación, gracia, paz y poder para resistir la maldad. Sion no estará segura solamente por sus recursos, su organización o sus defensas, sino porque el majestuoso Señor estará en medio de ella. Su presencia será al mismo tiempo fuente de vida para los fieles y barrera infranqueable contra todo aquello que procure destruirlos.
Isaías 33:22 — Jehová es nuestro Juez, Legislador, Rey y Salvador
«Porque Jehová es nuestro juez, Jehová es nuestro legislador, Jehová es nuestro Rey; él mismo nos salvará».
Este versículo constituye el centro doctrinal del capítulo. Jesucristo reúne en Sí mismo la autoridad judicial, legislativa y real. Como Juez, conoce perfectamente la verdad y discierne las obras, intenciones, oportunidades y deseos de cada persona. Como Legislador, establece leyes eternas que reflejan Su sabiduría y conducen a la libertad, la felicidad y la vida eterna. Como Rey, gobierna con poder, rectitud y misericordia, procurando siempre el bienestar de quienes pertenecen a Su reino.
Los seres humanos pueden abusar de estas funciones porque su conocimiento es limitado y su carácter imperfecto. En Jesucristo, en cambio, no existe contradicción entre justicia y amor. Sus mandamientos no son cargas arbitrarias, sino expresiones de Su deseo de protegernos y ayudarnos a llegar a ser como Él. Su juicio será completamente justo y, al mismo tiempo, perfectamente misericordioso con quienes se arrepientan y acepten Su gracia.
Después de proclamar los títulos y la autoridad de Jehová, Isaías resume Su obra esencial con una promesa profundamente personal: «Él mismo nos salvará». El Rey no delegó la Expiación ni contempló nuestra condición desde lejos; descendió personalmente para tomar sobre Sí nuestros pecados, dolores y debilidades. La salvación no procede de sistemas políticos, poder militar ni méritos humanos, sino de Jesucristo. Él pagó el precio del pecado, venció la muerte y abrió para todos el camino de regreso a la presencia del Padre.
Pensemos en la primera venida del Señor: el sumo sacerdote fue Su juez, Pilato fue Su legislador y Herodes fue Su rey. Aquello debió de ser muy difícil de soportar. Cristo debía saber que finalmente Él sería el Juez, el Legislador y el Rey. ¡Todos esos hombres eran impostores que desempeñaban funciones que legítimamente le correspondían a Él! Y que ellos encontraran faltas en Él sin duda debió de ser irritante. Que pudiera soportar tales indignidades es verdaderamente extraordinario. Estas no se han olvidado, sino que avivan el fuego de Su indignación: “He pisado yo solo el lagar… y nadie estuvo conmigo; y los he pisoteado en mi furor, y los hollé en mi ira; y su sangre rocié sobre mis vestidos y manché toda mi ropa; porque este era el día de venganza que estaba en mi corazón. Y ahora ha llegado el año de mis redimidos; y ellos mencionarán la amorosa bondad de su Señor” (Doctrina y Convenios 133:50–52).
John Taylor: Algunas personas hablan de imperios y reinos edificados por el hombre. Este es el reino del Señor y no el del hombre. El Señor es nuestro Dios; Él es nuestro Rey y nuestro Legislador, y gobernará sobre nosotros; nosotros procuraremos y recibiremos Su ayuda y Su poder (Journal of Discourses, 19:126).
John Taylor: ¿Desean saber cuál es nuestra Constitución, cuáles son nuestras leyes y quiénes son nuestros legisladores? Las Escrituras responderán: “El Señor es nuestro Rey, el Señor es nuestro Juez, el Señor es nuestro Legislador, y Él gobernará sobre nosotros” (Isaías 33:22). ¿Cómo? Mediante el sacerdocio. ¿Desean saber qué clase de tribunales, jueces y abogados deberían tener? Acudan a su sumo consejo y a sus obispos. Ellos los instruirán con respecto a su sistema judicial, les dirán quiénes deben juzgar los asuntos, regularlos y ponerlos en orden. ¿Desean saber por qué principios morales deben regirse? Deben regirse por la moral contenida en estos libros. ¿Desean aprender los deberes del esposo y la esposa, de los padres y los hijos? El evangelio de Jesucristo los revela, y el sacerdocio es el verdadero expositor de ese Evangelio. De hecho, lo que tenemos aquí es el gobierno de Dios restaurado nuevamente en la tierra. Tenemos un pueblo que no se avergüenza de reconocer a Dios, Su ley y Su poder; que no se avergüenza de reconocer Su autoridad ni teme someterse a Sus leyes (Journal of Discourses, 7:323).
Isaías 33:23 — Los débiles participarán de la victoria
«Tus cuerdas se aflojaron; no afirmaron su mástil ni entesaron la vela; entonces se repartirá el botín de muchos despojos; hasta los cojos arrebatarán el botín».
Isaías compara al poder enemigo con una nave cuyas cuerdas están flojas, cuyo mástil no puede mantenerse firme y cuya vela resulta imposible de desplegar. Aunque antes parecía poderosa y amenazante, queda completamente incapacitada cuando el Señor interviene. Su derrota será tan decisiva que incluso los cojos —quienes normalmente no podían participar en la batalla ni perseguir al ejército derrotado— podrán recoger y compartir el botín.
Doctrinalmente, esta imagen enseña que la victoria del pueblo de Dios no depende de la capacidad, fuerza o posición social de sus integrantes, sino del poder del Señor. Cuando Jesucristo vence, incluye en las bendiciones de Su triunfo a quienes el mundo considera débiles, limitados o insignificantes. Nadie queda excluido por su fragilidad física, sus escasos recursos o la poca influencia que tenga ante los demás. En Su reino, cada persona posee valor, dignidad y un lugar.
El versículo también refleja la naturaleza de la salvación. No obtenemos la victoria sobre el pecado y la muerte mediante nuestra propia fuerza, sino que participamos de la victoria conquistada por Jesucristo. Él venció aquello que nosotros jamás habríamos podido vencer solos y comparte generosamente con nosotros los frutos de Su sacrificio: perdón, resurrección, paz y vida eterna. Nuestras debilidades no nos descalifican para recibir esas bendiciones; cuando acudimos humildemente al Salvador, pueden ayudarnos a reconocer cuánto dependemos de Su gracia.
Isaías 33:24 — Sanidad y perdón en Sion
«No dirá el morador: Estoy enfermo; al pueblo que more en ella le será perdonada su iniquidad».
Isaías concluye el capítulo uniendo dos de las mayores bendiciones del gobierno de Jesucristo: la sanidad física y el perdón espiritual. En Sion, el sufrimiento, la enfermedad y el pecado ya no ejercerán dominio permanente sobre el pueblo. Esta promesa no significa necesariamente que los fieles estarán libres de toda enfermedad en la vida presente, sino que ninguna aflicción tendrá la última palabra. Mediante Su poder expiatorio, el Salvador puede sostenernos durante el dolor, sanarnos conforme a Su voluntad y convertir nuestras pruebas en experiencias de crecimiento y santificación.
El perdón de la iniquidad es la bendición fundamental porque elimina la separación espiritual entre Dios y Sus hijos. Jesucristo no solo alivia las consecuencias visibles del sufrimiento, sino que trata la causa más profunda de nuestra condición caída. Mediante la fe, el arrepentimiento, las ordenanzas y la fidelidad a los convenios, podemos recibir Su gracia purificadora, recuperar la paz de conciencia y volver a disfrutar de la presencia del Espíritu Santo.
Esta promesa alcanzará su cumplimiento pleno en la resurrección y en el reino eterno de Cristo. Entonces los cuerpos serán restaurados, las enfermedades desaparecerán y los redimidos vivirán libres del dolor y de la corrupción física. Quienes hayan aceptado la expiación de Jesucristo también serán limpiados del pecado y podrán morar con Dios. Así, el capítulo termina con una esperanza completa: el mismo Rey que juzga, gobierna y protege a Sion también perdona a sus habitantes y los sana tanto en el cuerpo como en el alma.


























