Isaías 64
En las manos del Alfarero divino
Isaías 64 es una oración colectiva de arrepentimiento y esperanza. El pueblo suplica: «¡Oh, si rasgases los cielos y descendieras!», anhelando una manifestación del poder divino capaz de hacer temblar las montañas y derrotar a las naciones enemigas. Sin embargo, pronto reconoce que su problema más profundo no se encuentra únicamente fuera de él, sino en sus propias iniquidades, que lo han marchitado y apartado de la presencia de Dios. La confesión de que «todas nuestras obras justas [son] como trapo de inmundicia» no significa que las buenas obras carezcan de valor, sino que ninguna obra humana puede, por sí sola, borrar el pecado ni obtener la salvación. Las obras son esenciales como fruto de la fe y evidencia de nuestra conversión, pero necesitan ser purificadas y perfeccionadas mediante la expiación de Jesucristo. Solo Su justicia puede cubrir nuestra impureza y hacernos dignos de volver a la presencia del Padre.
En medio de la confesión y la desolación surge una declaración llena de esperanza: «Ahora pues, Jehová, tú eres nuestro padre; nosotros somos el barro, y tú nuestro alfarero». Aunque Sion esté desierta, el templo haya sido destruido y el pueblo se sienta consumido por sus pecados, todavía pertenece al Señor y permanece en Sus manos. Como Alfarero divino, Él puede volver a formar lo que el pecado ha deformado, sanar lo que ha sido quebrantado y restaurar lo que parecía perdido. La Segunda Venida de Jesucristo será la respuesta gloriosa y definitiva al clamor «¡Oh, si rasgases los cielos y descendieras!», pero esa restauración puede comenzar ahora en cada alma que se arrepiente, abandona la autosuficiencia y deja de resistir las manos del Alfarero. Isaías 64 nos invita a confiar no en nuestros propios méritos, sino en la gracia de Cristo y en el poder paciente de Dios para convertir el barro arrepentido en una obra santa.
Isaías 64:1 — Una súplica para que Dios manifieste Su poder
«¡Oh, si rasgases los cielos y descendieras!». Esta súplica expresa el profundo anhelo de un pueblo que siente los cielos cerrados y desea algo más que una ayuda distante: desea una manifestación directa de la presencia y del poder de Dios. Después de experimentar las consecuencias del pecado, el cautiverio y la desolación, Israel reconoce que su verdadera liberación solo puede proceder de Jehová. Proféticamente, esta oración dirige la mirada hacia la Segunda Venida, cuando Jesucristo descenderá con poder y gran gloria. También refleja el clamor personal de quienes, durante períodos de oscuridad, aflicción o silencio espiritual, suplican sentir nuevamente la cercanía del Señor. Aunque Dios parezca guardar silencio, los cielos no están realmente cerrados; Él continúa obrando y se manifiesta de acuerdo con Su sabiduría y Su tiempo perfecto.
La expresión «ante tu presencia se derritieran los montes» representa el poder irresistible de Jesucristo. Los montes pueden simbolizar obstáculos aparentemente inamovibles, reinos poderosos, sistemas de opresión y dificultades personales que parecen superar nuestra capacidad. Sin embargo, ante la presencia del Señor, incluso aquello que parecía permanente pierde su firmeza. Ningún poder político, espiritual o personal puede resistir indefinidamente Su autoridad. En Su venida gloriosa, las naciones temblarán y toda oposición será derribada; pero, desde ahora, Cristo también puede remover los montes interiores del pecado, el temor, el orgullo y la desesperanza. Isaías 64:1 nos invita a confiar en que ninguna barrera es absoluta cuando el Señor desciende con Su poder, Su misericordia y Su gracia.
Isaías 64:2 — El fuego que manifiesta el nombre de Dios
«Como el fuego enciende la zarza» y hace hervir las aguas, la presencia del Señor produce una transformación que nadie puede ignorar. En las Escrituras, el fuego representa la presencia divina, el juicio contra la maldad y el poder purificador de Dios. La venida de Jesucristo revelará de manera irresistible Su poder y hará que Su nombre sea conocido entre Sus adversarios. Conocer Su nombre significa reconocer Su carácter, Su autoridad y Su fidelidad. Las obras del Señor demostrarán que Él nunca estuvo ausente ni carecía de poder para intervenir, sino que actuó conforme a Su sabiduría, justicia y tiempo perfecto.
«Para que… las naciones temblasen ante tu presencia». Cuando el Señor se manifieste, los pueblos que lo ignoraron o desafiaron tendrán que reconocer Su majestad. Este temblor representa la conciencia repentina de Su santidad y de la fragilidad de todas las seguridades humanas. La misma presencia divina producirá resultados diferentes según la condición espiritual de cada persona: para los arrepentidos será causa de purificación, liberación y salvación; para quienes persistan en la rebelión será la revelación de que ningún poder, riqueza o sistema humano puede protegerlos de Su justo juicio. Isaías 64:2 nos invita a permitir que el fuego purificador de Cristo transforme ahora nuestro corazón, a fin de que Su presencia futura sea para nosotros motivo de gozo y no de temor.
Orson Pratt: La tierra será purificada por fuego; en otras palabras, los elementos se derretirán con calor intenso. Esta es la declaración de varios de los profetas. David, al hablar de este período en uno de sus salmos, dice que los montes se derretirán como cera ante la presencia del Señor cuando Él venga. Ustedes saben cómo se derrite la cera cuando se expone al calor. Así, cuando venga el Señor, los elementos se derretirán y los montes se derretirán ante Su presencia con calor intenso. Esto purificará la tierra como fue purificada en los días de Noé, solo que mediante otro elemento llamado fuego. Esto es una representación de la purificación de quienes aceptan el plan de salvación. Después de haber sido sumergidos en el agua, como lo fue esta tierra, y de haber sido limpiados y recibido la remisión de sus pecados, ustedes también tienen la promesa del bautismo de fuego y del Espíritu Santo, mediante el cual son purificados, así como justificados y santificados de todas sus inclinaciones malas, y sienten el deseo de amar a Dios y lo que es justo y verdadero, y de aborrecer lo que es pecaminoso y malo. ¿Por qué? Debido a este principio santificador y purificador que viene sobre ustedes mediante el bautismo de fuego y del Espíritu Santo. Así también esta tierra debe ser bautizada por fuego; debe ser purificada de todo pecado e impureza. ¿Será llena del Espíritu Santo? Sí. Estos elementos que se derriten como cera ante la presencia del Señor volverán a ser llenos de Su Espíritu y serán renovados, y la tierra misma estará llena del conocimiento de Dios como las aguas cubren los cauces del gran abismo. (Journal of Discourses, 26 tomos [Londres: Latter-day Saints’ Book Depot, 1854–1886], tomo 16, pág. 319).
Isaías 64:3 — Dios hace obras que superan nuestras expectativas
«Cuando hiciste cosas sobrecogedoras que no esperábamos, descendiste». La palabra “terribles” no describe aquí acciones malvadas, sino obras extraordinarias que producen asombro, reverencia y santo temor. El pueblo recuerda ocasiones en las que Jehová intervino de maneras que sobrepasaron completamente sus expectativas. Dios no está limitado por las soluciones que nosotros podemos imaginar: puede abrir el mar, sostener a Su pueblo en el desierto y preparar liberación por medios que todavía no vemos ni comprendemos. Cuando nuestros recursos parecen agotados, el Señor continúa disponiendo de caminos que permanecen ocultos para nuestra perspectiva limitada.
La declaración «se derritieron los montes delante de ti» probablemente evoca la manifestación divina en el monte Sinaí y otras grandes liberaciones de Israel. La oración presente se apoya en el recuerdo de la fidelidad pasada de Dios: aquello que Él hizo anteriormente se convierte en fundamento para confiar en una nueva intervención. Recordar Sus obras no significa exigirle que repita exactamente el mismo método ni que actúe según nuestro calendario; significa reconocer que Su poder, Su carácter y Su fidelidad no han cambiado. Isaías 64:3 nos enseña a enfrentar las pruebas recordando las manifestaciones anteriores de la bondad divina y permaneciendo abiertos a que Jesucristo responda de una manera más grande y diferente de la que esperábamos.
Bruce R. McConkie: ¿Es el día venidero uno cuya llegada debemos anhelar? ¿O es un día que debemos evitar, uno que esperamos que quede reservado para alguna época futura? Las respuestas dependen de quién formule las preguntas. Para los santos fieles, la palabra divina es: Que venga ese día. La súplica universal en toda lengua justa es: «Venga tu reino. Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo» (Mateo 6:10). En el corazón de todo verdadero creyente está la súplica: Ven, oh Rey de reyes; sálvanos, oh Dios nuestro. Te hemos esperado durante mucho tiempo. ¡Oh, si rasgaras los cielos y descendieras en gloria en nuestros días!
Pero entre los malvados no es así, ni debería serlo. A ellos la palabra divina proclama: «¡Ay de los que desean el día de Jehová! ¿Para qué queréis este día de Jehová? Será de tinieblas y no de luz; como el que huye de delante del león y se encuentra con el oso; o como si entra en casa y apoya su mano en la pared, y le muerde una serpiente. ¿No será el día de Jehová tinieblas y no luz; oscuridad, sin resplandor en él?» (Amós 5:18–20). En verdad y en realidad, salvo para los miembros fieles de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días; salvo para otras personas decentes y rectas que llevan vidas limpias y apropiadas a pesar de los atractivos y las tentaciones del mundo; salvo para quienes viven una ley celestial o una ley terrestre —excepto para estos—, la Segunda Venida será un día de venganza y de ira. (El Mesías milenario: La segunda venida del Hijo del Hombre [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1982], pág. 496).
Isaías 64:4 — Un Dios que actúa por quienes esperan en Él
«Nunca… ojo había visto… Dios, fuera de ti, quien actuase en favor de aquel que en él espera». Isaías declara que ningún ídolo, gobernante ni poder humano puede compararse con Jehová. El Dios verdadero no solo escucha y recibe la adoración de Su pueblo; también interviene activamente en favor de quienes depositan su confianza en Él. El apóstol Pablo empleó un lenguaje semejante al enseñar que «cosas que ojo no vio, ni oído oyó» son las que Dios ha preparado para quienes lo aman. Aunque esta expresión señala especialmente las bendiciones eternas obtenidas mediante Jesucristo, también enseña que la sabiduría, la gracia y los propósitos divinos superan ampliamente lo que la mente humana puede comprender o anticipar.
Esperar en Dios no significa permanecer inmóvil ni abandonar nuestras responsabilidades. Es continuar confiando, obedeciendo y perseverando cuando el cumplimiento de Sus promesas todavía no puede verse. La espera fiel rechaza tanto la desesperación —que supone que Dios se ha olvidado de nosotros— como los atajos contrarios a Sus mandamientos, mediante los cuales intentamos obtener por nuestra cuenta lo que Él ha prometido conceder en Su tiempo. Esperar en el Señor es actuar con fe mientras aceptamos que los resultados le pertenecen a Él. Isaías 64:4 nos asegura que Jesucristo sigue obrando aun cuando Su obra permanezca oculta, y que aquello que prepara para los fieles será mayor que sus expectativas presentes.
Neal A. Maxwell: Este glorioso tiempo de bendiciones, así como de juicio, también fue descrito en las palabras del antiguo profeta Isaías: «Porque desde el principio del mundo los hombres no han oído ni percibido con el oído, ni ojo ha visto a un Dios fuera de ti, que haya preparado tales cosas para el que en él espera» (Isaías 64:4).
Las palabras del apóstol Pablo son semejantes: «…está escrito: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido al corazón del hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman» (1 Corintios 2:9).
La mejor música de esta vida mortal que hayamos escuchado será superada por los sonidos de los acordes celestiales que oiremos allí. El arte y los paisajes más hermosos que hayamos contemplado aquí y ahora, en esta tierra, apenas nos habrán preparado para las bellezas que veremos entonces y allí.
El dolor del juicio será seguido por las bendiciones abrumadoras que el Padre viviente y amoroso ha preparado para nosotros. Quienes escuchen las palabras «Bien, buen siervo y fiel… entra en el gozo de tu señor» (Mateo 25:21) serán llenos de un gozo indescriptible. Quienes sean juzgados de ese modo podrán decir de su propio y breve recorrido: «Consumado es», ¡y, sin embargo, tantas cosas apenas habrán comenzado!
Estaremos en casa, y la promesa que se nos hace es que Dios llevará nuestras almas, sí, nuestras almas inmortales, «a la diestra de Dios en el reino de los cielos, para sentarse con Abraham, Isaac y Jacob, y con todos nuestros santos padres, para no salir más» (Helamán 3:30). ¡Nunca volveremos a estar verdaderamente lejos de Él! (Las cosas como realmente son [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1978], págs. 118–119).
Isaías 64:5 — Dios sale al encuentro de quienes lo recuerdan
«Saliste al encuentro del que con alegría practicaba la justicia, de los que se acordaban de ti en tus caminos». Dios no se presenta como un ser distante que se oculta de quienes lo buscan sinceramente, sino como un Padre que sale al encuentro de los que procuran andar por Sus caminos. La justicia que agrada al Señor no consiste en una religiosidad mecánica ni en el cumplimiento externo realizado por temor o costumbre; nace del amor, la gratitud y la confianza en que Sus mandamientos conducen a la vida. La obediencia gozosa no significa que siempre resulte fácil, sino que la persona reconoce que seguir a Dios constituye una bendición y no solamente una obligación.
Recordar al Señor significa mantenerlo presente al tomar decisiones y permitir que Su voluntad influya en nuestra conducta. Israel podía conservar ciertas formas religiosas y, al mismo tiempo, olvidarse de Dios en la vida cotidiana. De manera semejante, la Santa Cena nos invita semanalmente a recordar a Jesucristo y renovar nuestra disposición a tomar Su nombre sobre nosotros y guardar Sus mandamientos. La memoria espiritual auténtica produce rectitud: transforma la adoración en acciones, el testimonio en fidelidad y el conocimiento del Salvador en una manera de vivir.
Sin embargo, el pueblo reconoce: «He aquí, tú te enojaste porque pecamos; en los pecados hemos perseverado por largo tiempo; ¿y seremos salvos?». La pregunta expresa temor ante la justicia divina, pero también revela el comienzo de la humildad y del arrepentimiento. La respuesta del Evangelio es que sí existe salvación mediante Jesucristo. La duración y profundidad del alejamiento no superan el alcance de Su expiación cuando la persona abandona sinceramente el pecado y vuelve a Él. Dios sale al encuentro del justo, pero también recibe al pecador arrepentido y, por la gracia de Cristo, lo ayuda a convertirse en una persona justa.
Isaías 64:6 — La necesidad universal de la gracia de Cristo
«Todos nosotros somos como suciedad». El pueblo deja de atribuir toda su desgracia a los enemigos y reconoce su propia condición espiritual. Ya no comparece ante Dios como una víctima completamente inocente, sino como una comunidad que necesita arrepentimiento y misericordia. Esta confesión expresa una verdad fundamental del Evangelio: todos dependemos de la gracia divina. Nadie puede regresar a la presencia de Dios apoyándose en una supuesta perfección personal. La declaración «todas nuestras obras justas [son] como trapo de inmundicia» no enseña que hacer el bien sea inútil ni desagradable para Dios. Describe la justicia humana cuando está contaminada por el pecado, el orgullo o la hipocresía y pretende presentarse como mérito suficiente para obtener la salvación. Las buenas obras son necesarias como fruto de la fe y evidencia de la conversión, pero nunca pueden reemplazar la expiación. Solo Jesucristo puede purificar nuestras acciones, transformar nuestras motivaciones y santificar nuestra naturaleza.
«Todos nos marchitamos como la hoja, y nuestras iniquidades nos llevan como el viento». La hoja separada de su fuente de vida pierde vigor, se seca y finalmente es arrastrada sin poder escoger su dirección. De igual manera, el ser humano se debilita espiritualmente cuando se aleja persistentemente de Dios. El pecado promete libertad y control, pero termina dominando a la persona y llevándola hacia consecuencias que nunca quiso alcanzar. Jesucristo es la fuente de la vida espiritual; permanecer en Él mediante la fe, el arrepentimiento y la fidelidad a los convenios nos permite recibir fortaleza, estabilidad y fruto duradero. Por medio de Su gracia recuperamos el albedrío que el pecado había debilitado, somos limpiados de la iniquidad y volvemos a quedar arraigados en la verdad.
Isaías 64:6 no pretende conducirnos a la desesperación, sino destruir la autosuficiencia espiritual y dirigirnos hacia el Salvador. Reconocer nuestra impureza constituye el principio de la sanación cuando esa confesión nos lleva a Cristo. Él no solo perdona las obras imperfectas del arrepentido, sino que las consagra, corrige sus deseos y lo convierte gradualmente en una nueva criatura. Nuestra esperanza no descansa en presentarnos ante Dios sin necesidad de misericordia, sino en acudir humildemente a Jesucristo para ser limpiados y revestidos de Su justicia.
Isaías 64:7 — Despertar y volver a buscar el rostro de Dios
«Nadie hay que invoque tu nombre, que se despierte para apoyarse en ti». Isaías describe una sociedad espiritualmente dormida, en la cual podían subsistir ciertas ceremonias religiosas, pero faltaba la decisión interior de buscar sinceramente a Jehová. Invocar Su nombre significa reconocer nuestra dependencia, pedir misericordia, someternos a Su autoridad y acudir a Él con fe. La indiferencia espiritual se parece al sueño porque debilita la conciencia y permite que la persona viva sin percibir cuánto necesita al Señor. Por eso, la renovación comienza cuando alguien despierta, vuelve a orar con sinceridad y se aferra deliberadamente a Dios. Apoyarse en Él no significa permanecer pasivo, sino actuar fielmente depositando el peso de nuestra confianza en Su poder, sabiduría y gracia.
«Has escondido de nosotros tu rostro». En las Escrituras, el rostro de Dios representa Su favor, Su luz y la comunión con Él. A causa de su iniquidad persistente, Israel había perdido la capacidad de disfrutar plenamente de esa presencia. Esto no significa que Dios hubiera dejado de amar, conocer o recordar a Su pueblo; expresa que el pecado no abandonado produce insensibilidad espiritual y separación de Su influencia. El Señor permite que experimentemos las consecuencias de nuestras decisiones para que reconozcamos nuestra necesidad de reconciliación, pero nunca deja de invitarnos a regresar.
Finalmente, la expresión «nos has consumido a causa de nuestras iniquidades» reconoce que el pecado lleva consigo consecuencias destructivas. Dios no actúa caprichosamente: permite que la persona perciba aquello en lo que se convierte cuando rechaza persistentemente Su luz. Sin embargo, el propósito de esta confesión no es conducir a la desesperación, sino al arrepentimiento. Mediante Jesucristo podemos despertar, invocar nuevamente el nombre de Dios y buscar Su rostro. Cuando nos volvemos sinceramente hacia Él, el Salvador restaura la comunión perdida y nos enseña a vivir sostenidos por Su poder.
Isaías 64:8 — En las manos del Padre y Alfarero divino
«Ahora pues, Jehová, tú eres nuestro padre». Después de confesar sus pecados y reconocer que no puede salvarse mediante sus propios méritos, Israel apela a su relación más profunda con Dios. No se presenta como un extraño sin esperanza, sino como un pueblo creado, formado y unido a Él por convenio. Jehová puede ser descrito con atributos paternales por Su función como Creador, Padre del convenio y Redentor de Su pueblo. Esta relación no elimina la necesidad del arrepentimiento, pero proporciona una razón poderosa para confiar: Aquel que nos dio vida y estableció Su convenio con nosotros no ha perdido el deseo ni el poder de rescatarnos. Quien nos formó inicialmente todavía puede continuar Su obra en nosotros.
«Nosotros somos el barro, y tú nuestro alfarero». El barro no puede darse forma por sí mismo; debe permanecer flexible en las manos del alfarero para convertirse en una vasija útil y hermosa. De igual manera, el arrepentimiento ablanda el corazón endurecido y nos vuelve receptivos a la voluntad divina. Cuando dejamos de resistir la corrección, Dios puede reparar lo quebrado, eliminar las deformaciones producidas por el pecado y formarnos progresivamente a semejanza de Jesucristo. El proceso puede incluir presión, corrección y repetidos cambios, pero las manos del Alfarero nunca actúan sin sabiduría, amor ni propósito.
«Obra de tus manos somos todos nosotros». Esta declaración incluye a toda la comunidad del convenio: ninguna persona es material olvidado ni una creación independiente del cuidado de Dios. Nuestro valor no depende de haber alcanzado ya nuestra forma definitiva ni desaparece por nuestras imperfecciones actuales. Somos valiosos porque pertenecemos al Señor, llevamos la huella de Sus manos y Él conoce plenamente aquello en lo que podemos convertirnos mediante la gracia de Cristo. Isaías 64:8 nos invita a permanecer humildes, arrepentidos y moldeables, confiando en que el Padre celestial puede hacer de una vida aparentemente arruinada una obra santa conforme a Su diseño.
Harold B. Lee: He leído ese versículo muchas veces, pero no había comprendido plenamente su significado hasta que, hace algunos años, estuve en México, en Telacapaca, donde la gente moldea el barro para hacer diversas clases de cerámica. Allí los vi tomar barro que había sido mezclado mediante métodos rudimentarios y primitivos; el moldeador se metía en el lodo para mezclarlo correctamente. Luego lo colocaban sobre un torno de alfarero, y el alfarero comenzaba a dar forma a las elaboradas piezas de cerámica que pondría a la venta. Mientras observábamos, vimos que, en ocasiones, debido a algún defecto en la mezcla, era necesario deshacer toda la masa de barro y devolverla para mezclarla nuevamente. A veces había que repetir el proceso varias veces antes de que el barro estuviera bien mezclado.
Con aquello en mente, comencé a comprender el significado de este pasaje de las Escrituras. Sí, nosotros también tenemos que ser probados por la pobreza, por la enfermedad, por la muerte de seres queridos, por la tentación, a veces por la traición de supuestos amigos, por la prosperidad y las riquezas, por la comodidad y el lujo, por falsas ideas educativas y por las adulaciones del mundo. (Permaneced en lugares santos [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1974], pág. 114).
Isaías 64:9 — Misericordia para el pueblo del convenio
«No te enojes sobremanera, Jehová, ni te acuerdes siempre de nuestra iniquidad». Después de confesar sus pecados, Israel suplica que la culpa no permanezca para siempre como una acusación en su contra. No intenta negar la gravedad de su desobediencia ni exigir que Dios pase por alto la justicia; pide misericordia desde una actitud de arrepentimiento. Esta súplica encuentra su respuesta definitiva en la expiación de Jesucristo, quien satisfizo las demandas de la justicia y abrió el camino para que el pecador arrepentido sea perdonado. Cuando las Escrituras enseñan que Dios no recuerda más nuestros pecados, no significa que pierda conocimiento de lo sucedido, sino que decide no mantener la culpa perdonada como una condenación permanente ni utilizarla nuevamente contra quien se ha arrepentido sinceramente.
«Mira, te rogamos, pueblo tuyo somos todos nosotros». Israel no apela a obras suficientes ni a una supuesta inocencia, sino a su relación de convenio y a la misericordia del Señor. Confiesa su iniquidad mientras recuerda a quién pertenece. De manera semejante, el arrepentido puede acercarse a Dios con humildad y esperanza: humildad porque reconoce la realidad de sus pecados, y esperanza porque confía en la capacidad de Cristo para limpiarlo y restaurarlo. Pertenecer al pueblo del convenio no concede permiso para pecar, pero sí proporciona un camino para regresar mediante la fe, el arrepentimiento y la renovación de los convenios.
Isaías 64:9 enseña que nuestros fracasos son reales, pero no tienen que convertirse en nuestra identidad definitiva. El Salvador no desea que quienes se han arrepentido permanezcan paralizados por una culpa que Él ya ha quitado. Su invitación es volver, recibir el perdón y vivir nuevamente como Su pueblo. Al mirar hacia Dios y declarar «pueblo tuyo somos», reconocemos que nuestra mayor esperanza no se encuentra en lo que hemos logrado por nosotros mismos, sino en Aquel a quien pertenecemos y en Su poder para reconciliarnos consigo.
Isaías 64:10 — Sion convertida en desierto
«Tus santas ciudades están desiertas; Sion es un desierto, Jerusalén una desolación». Las ciudades relacionadas con la historia y los convenios de Israel habían quedado devastadas. Su condición exterior reflejaba la desolación espiritual de un pueblo que se había apartado persistentemente de Dios. Sion y Jerusalén habían sido apartadas para propósitos santos, pero su historia sagrada no podía sustituir la fidelidad presente de sus habitantes. La santidad de un lugar no constituye una protección automática cuando se abandonan los convenios, se rechaza la voz de los profetas y la adoración se separa de la rectitud.
Sin embargo, describir a Sion como un desierto no significa que haya quedado fuera del alcance de la redención. En Isaías, el desierto también puede convertirse en un lugar de renovación, donde Dios hace brotar agua y transforma la tierra árida en un jardín. Mediante Jesucristo, tanto una ciudad como una comunidad, una familia o una vida espiritualmente desolada pueden ser restauradas. La restauración de Sion no depende solamente de reconstruir edificios o recuperar glorias pasadas, sino de formar un pueblo puro de corazón que viva los convenios en el presente.
Isaías 64:10 nos advierte que las bendiciones heredadas deben ser renovadas mediante una fidelidad personal y constante. No basta con pertenecer a una tradición sagrada, habitar cerca de lugares santos o recordar la fe de generaciones anteriores. Cada generación debe escoger nuevamente al Señor. Cuando Su pueblo se arrepiente, vuelve a adorarlo y establece la justicia, Cristo puede hacer que la desolación florezca y que Sion vuelva a cumplir su propósito como lugar de santidad, unidad y presencia divina.
Isaías 64:11 — La pérdida de la casa santa y de las cosas preciosas
«Nuestra santa y gloriosa casa, en la cual te alabaron nuestros padres, fue consumida por el fuego». La destrucción del templo era especialmente dolorosa porque aquel lugar representaba mucho más que un edificio: era el centro de la adoración de Israel, la casa relacionada con la presencia del Señor, los sacrificios y la memoria espiritual de generaciones anteriores. Al recordar que allí sus padres habían alabado a Dios, el pueblo lamentaba también la pérdida de una continuidad sagrada. Por eso, su restauración no podía limitarse a reconstruir ciudades y recuperar estabilidad política; debía incluir el regreso a la casa del Señor, la renovación de los convenios y el restablecimiento de una adoración sincera. De igual manera, los templos actuales nos orientan hacia Jesucristo y nos permiten recibir ordenanzas que unen a las generaciones y preparan a la familia humana para regresar a la presencia de Dios.
«Todas nuestras cosas preciosas han sido destruidas». La calamidad obligó a Israel a reconocer la fragilidad de aquello que parecía permanente. Edificios, posesiones, instituciones y símbolos visibles podían perderse repentinamente. Sin embargo, esa misma pérdida revelaba lo que era verdaderamente precioso: la presencia y el favor de Dios, la relación de convenio con Él y la esperanza de redención. Las pruebas pueden reordenar nuestras prioridades al mostrar que muchas cosas buenas y valiosas son temporales, mientras que la fe en Jesucristo, los convenios y las relaciones santificadas por Él poseen valor eterno.
También enseña que la destrucción no tiene que ser la palabra final. El mismo Dios cuya casa fue consumida podía inspirar su reconstrucción y volver a establecer a Su pueblo. Cuando algo precioso desaparece, el Señor no siempre restaura exactamente lo perdido, pero puede edificar algo santo a partir de las ruinas. Nuestra seguridad definitiva no se encuentra en aquello que puede ser destruido, sino en Jesucristo, cuya expiación y cuyas promesas permanecen para siempre.
Josefo: Cuando Tito advirtió que sus esfuerzos por preservar un templo extranjero estaban causando daño a sus soldados y provocando su muerte, ordenó prender fuego a las puertas…
Entonces Tito se retiró a la torre Antonia y decidió atacar el templo al día siguiente, temprano por la mañana, con todo su ejército, y acampar alrededor de la casa santa. Pero, en cuanto a aquella casa, ciertamente Dios la había destinado al fuego desde mucho tiempo atrás; y ahora había llegado aquel día fatal, conforme al transcurso de las edades. Era el décimo día del mes de Lous [Ab], el mismo en que anteriormente había sido incendiada por el rey de Babilonia… Mientras las llamas se elevaban, los judíos lanzaron un gran clamor, como correspondía a una aflicción tan enorme, y acudieron juntos para impedirlo. Ya no procuraban preservar sus vidas ni permitían que nada contuviera sus esfuerzos, porque estaba pereciendo aquella casa santa, por cuya causa habían mantenido una vigilancia tan estricta a su alrededor.
[Los que acudieron a salvar el templo] eran muertos y golpeados por todas partes; y gran parte del pueblo estaba débil y desarmado, y les cortaban la garganta dondequiera que los encontraban. Alrededor del altar yacían cadáveres amontonados unos sobre otros, y por los escalones que subían hasta él corría gran cantidad de sangre; allí también caían los cuerpos de quienes habían sido muertos arriba [sobre el altar]…
MIENTRAS la casa santa ardía, se saqueaba todo lo que se encontraba a mano, y diez mil de los que fueron capturados fueron muertos. No hubo compasión por ninguna edad ni respeto por la dignidad, sino que niños, ancianos, personas laicas y sacerdotes fueron muertos de la misma manera… Las llamas también se extendían a gran distancia, y su estruendo resonaba junto con los gemidos de quienes eran muertos. Como aquella colina era alta y las construcciones del templo eran muy grandes, se habría pensado que toda la ciudad estaba en llamas… Pues parecía que la propia colina sobre la cual se alzaba el templo hervía de calor, llena de fuego por todas partes; que la sangre era mayor en cantidad que el fuego, y que los muertos eran más numerosos que quienes los mataban. El suelo no podía verse en ninguna parte debido a los cadáveres que lo cubrían; los soldados pasaban sobre montones de aquellos cuerpos mientras perseguían a quienes huían de ellos. (Josefo, Las guerras de los judíos, libro VI, 4:1–6; 5:1).
Isaías 64:12 — Una oración que espera la respuesta del Señor
«¿Te contendrás, oh Jehová, ante estas cosas?». Isaías 64 concluye sin una resolución inmediata. El pueblo ha confesado sus pecados, reconocido su necesidad de misericordia, recordado su relación de convenio y presentado ante Dios las ruinas de Sion y del templo. Ahora le pregunta si permanecerá en silencio frente a aquella desolación. Esta súplica no pretende manipular al Señor ni poner en duda Su bondad; expresa la confianza de que Él ve el sufrimiento de Su pueblo y posee el poder para intervenir. Después de reconocer que no puede restaurarse por sí mismo, Israel deja su causa en las manos del único que puede salvarlo.
«¿Callarás y nos afligirás sobremanera?». La oración fiel puede terminar con preguntas todavía abiertas. El silencio aparente de Dios no significa necesariamente rechazo, indiferencia o abandono. En ocasiones, la respuesta se demora porque el Señor está preparando al pueblo, disponiendo circunstancias que aún no podemos ver o enseñándonos a confiar en Él más profundamente. La fe no siempre recibe una explicación inmediata, pero permanece delante de Dios, sigue obedeciendo y espera Su misericordia sin abandonar los convenios.
La respuesta a esta oración comienza a revelarse en el capítulo siguiente y alcanza su plenitud en Jesucristo. Dios no permanecerá para siempre en silencio: responderá con justicia, redención y una nueva creación para quienes lo busquen. La venida del Salvador —tanto Su primera venida como Su futuro regreso en gloria— demuestra que los cielos no están cerrados y que el Señor no ha olvidado a Su pueblo. Isaías 64:12 nos enseña a llevar nuestras preguntas sinceras ante Dios y, aun sin conocer todavía la respuesta, permanecer confiados en que Su misericordia tendrá la última palabra.


























