Isaías 43
«Mío eres tú»: identidad, recogimiento y redención
Isaías 43 entrelaza las doctrinas de la identidad, el recogimiento, la protección y la redención. Jehová declara a Israel: «Te redimí; te puse nombre; mío eres tú». Aunque el pueblo había sido ciego, rebelde y espiritualmente fatigado, Dios no había olvidado su identidad ni Sus promesas. Lo recogería desde los cuatro puntos de la tierra porque lo había creado, formado y llamado para Su gloria. Pertenecer al Señor no significa quedar libres de toda adversidad: Israel tendría que atravesar aguas y fuego. La promesa es que no lo haría solo; la presencia y el poder de su Redentor impedirían que las pruebas lo destruyeran definitivamente.
El capítulo insiste en que fuera de Jehová no existe Salvador. Los ídolos no pueden predecir, actuar, liberar ni perdonar; Jesucristo, en cambio, abre caminos en el mar, sostiene a Su pueblo en medio de las aguas y prepara sendas aun en el desierto. Las liberaciones pasadas proporcionan razones para confiar, pero no limitan la manera en que Dios actuará en el futuro. Él declara: «He aquí que yo hago cosa nueva». Cuando no vemos una salida porque buscamos únicamente la repetición de una respuesta anterior, el Señor puede crear una posibilidad distinta, hacer brotar ríos en la soledad y conducirnos por un camino que antes no existía.
La misión del pueblo redimido es convertirse en testigo. Israel debe conocer, creer y comprender quién es Dios, y después publicar Sus alabanzas entre las naciones. Sin embargo, ese testimonio no descansa en la perfección humana, sino en la gracia manifestada en esta promesa: «Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor a mí mismo». Jesucristo no solamente reúne al disperso y protege al afligido; también limpia al pecador arrepentido, restaura su dignidad y le devuelve una identidad santa dentro del pueblo del convenio. Podemos testificar de Él porque primero nos ha buscado, llamado por nuestro nombre y redimido.
Isaías 43:1 — Creados, formados y redimidos por Dios
«Ahora, así dice Jehová, Creador tuyo, oh Jacob, y Formador tuyo, oh Israel: No temas, porque yo te redimí; te puse nombre; mío eres tú».
Dios no habla a Israel como un desconocido, sino como Aquel que lo creó como pueblo, lo formó mediante convenios y continuó obrando en él incluso durante sus períodos de rebelión. La creación describe nuestro origen; la formación, el proceso por el cual Dios desarrolla nuestro carácter; y la redención, el rescate efectuado por Jesucristo. El Señor no solamente nos concede existencia: trabaja pacientemente para transformarnos hasta que lleguemos a ser aquello para lo cual fuimos creados.
La razón para no temer se encuentra en la declaración: «Yo te redimí». Israel había experimentado cautiverio, disciplina y juicio, pero no había dejado de pertenecer al Dios que lo reclamaba. Jesucristo pagó el precio que nosotros no podíamos pagar: mediante Su sacrificio expiatorio nos rescata del pecado y, mediante Su resurrección, nos libera de la muerte. La redención no significa que nunca atravesaremos pruebas, sino que ninguna de ellas posee poder para separarnos definitivamente del Salvador cuando permanecemos unidos a Él.
«Te puse nombre; mío eres tú» expresa conocimiento personal, relación y autoridad de convenio. Dios no contempla a Israel como una multitud anónima; conoce su identidad y lo llama a cumplir un propósito. De igual manera, conoce perfectamente a cada uno de Sus hijos e hijas. Pertenecerle no significa ser una posesión sin voluntad, sino aceptar libremente una relación de convenio fundada en el amor, la identidad y la confianza. Antes de definirnos por nuestros errores, temores o circunstancias, podemos recordar la voz del Redentor que nos llama por nuestro nombre y declara: «Mío eres tú».
Bruce C. Hafen: El Señor describe a quienes ha redimido utilizando el lenguaje de pertenencia y posesión. Como escribió Pablo: «Por precio fuisteis comprados» (1 Corintios 7:23). De manera semejante, el Señor declaró acerca de los santos de Misuri: «Sin embargo, los reconoceré como míos, y serán míos el día en que yo venga para integrar mis joyas» (Doctrina y Convenios 101:3; cursiva agregada).
Entre las palabras más íntimas y personales de consuelo que el Señor nos ofrece se encuentran las que pronunció en una revelación moderna a los hijos de Cristo. Allí nos enseña que pertenecerle, en este sentido doctrinal, constituye la fuente suprema de seguridad y paz, el cumplimiento espiritual de nuestro amae: «No temáis, pequeñitos, porque sois míos, y yo he vencido al mundo, y vosotros sois de aquellos que mi Padre me ha dado; y ninguno de los que el Padre me ha dado se perderá» (Doctrina y Convenios 50:41–42; cursiva agregada).
La doctrina de pertenecer a Cristo procede claramente de Su Expiación: «Elevad hacia mí todo pensamiento; no dudéis; no temáis. Mirad las heridas que traspasaron mi costado, y también las marcas de los clavos en mis manos y pies» (Doctrina y Convenios 6:36–37)…
El concepto de pertenecer a Cristo constituye el contexto doctrinal que explica cómo fluyen todas esas bendiciones desde la Expiación. Cuando «venimos a Cristo» mediante el arrepentimiento y el bautismo, entramos en una relación de convenio con Él. Nuestra fe y nuestro arrepentimiento nos habilitan para entrar en esa relación, así como la Expiación del Salvador lo habilita a Él para establecerla. Tal como el Maestro enseñó a Sus discípulos mediante las doctrinas de la Última Cena, esa relación se convierte en el medio por el cual la variedad ilimitada de las bendiciones de la Expiación comienza a fluir eternamente…
Debido a que nosotros somos Suyos y Él es nuestro, el Señor continuará expiando nuestra separación y alejamiento de Él, ya sea que esa separación haya sido causada por nuestros pecados, nuestros errores, los pecados de otras personas o cualquier otra causa.
Estas son las bendiciones de pertenecer a Cristo, hechas posibles finalmente por el poder de Su Expiación: «Oh Israel, no temas, porque yo te redimí; te puse nombre; mío eres tú. Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás ni la llama arderá en ti. Porque yo, Jehová, Dios tuyo, el Santo de Israel, soy tu Salvador» (Isaías 43:1–3; cursiva agregada). (Bruce C. Hafen y Marie K. Hafen, The Belonging: The Atonement and Relationships with God and Family Heart [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1994], págs. 149–153).
Isaías 43:2 — Presencia y protección en medio de la prueba
«Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán».
El Señor no dice «si» llegan las aguas, sino «cuando pases por las aguas». La vida de convenio no elimina todas las experiencias difíciles, pero garantiza la presencia divina durante ellas. Las aguas pueden recordar el mar Rojo, el Jordán y otros momentos de liberación de Israel. Aquello que parece bloquear nuestro camino puede convertirse, mediante el poder de Dios, en el lugar por donde Él nos conduzca. La promesa central no consiste en evitar toda adversidad, sino en saber que nunca tendremos que atravesarla completamente solos.
«Los ríos no te anegarán» enseña que las pruebas pueden rodearnos sin destruirnos espiritualmente. El Señor puede limitar su poder, proporcionar una vía de salida o concedernos fuerza para permanecer firmes mientras las circunstancias continúan. Esta promesa no significa que los fieles nunca sufrirán pérdidas físicas, emocionales o materiales. Declara que ninguna aflicción puede anular la redención ni separar definitivamente de Jesucristo a quien se aferra a Él con fe.
«Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti». El fuego representa persecución, juicio y pruebas intensas. Dios puede preservar literalmente a Sus siervos, como ocurrió con los compañeros de Daniel, pero también puede proteger su fe y su identidad espiritual aun cuando la aflicción continúe. La gracia de Cristo no siempre apaga inmediatamente el fuego; en ocasiones nos acompaña dentro de él, impide que nos consuma y utiliza su calor para purificarnos. Las aguas pueden ser profundas y las llamas intensas, pero la presencia del Redentor es más poderosa que ambas.
Isaías 43:3 — Jehová es el Salvador
«Porque yo, Jehová, Dios tuyo, el Santo de Israel, soy tu Salvador».
El Señor reúne varios títulos que revelan Su relación con el pueblo del convenio: es Jehová, el Dios personal de Israel, el Santo y el Salvador. Su santidad no lo mantiene distante de una humanidad caída; por el contrario, el Ser perfectamente santo se acerca para rescatar, limpiar y restaurar. Israel puede atravesar aguas y fuego con esperanza porque quien lo acompaña no es únicamente un observador compasivo, sino el Dios que posee poder para salvar.
Este versículo dirige nuestra mirada hacia Jesucristo, Jehová del Antiguo Testamento. La salvación no es solamente un conjunto de doctrinas, reglas o ceremonias, sino una obra efectuada por el Salvador viviente. Mediante Su Expiación, Cristo satisface las demandas de la justicia, ofrece perdón al arrepentido y vence la muerte mediante Su resurrección. Nuestra confianza, por tanto, no descansa simplemente en cuánto sabemos acerca de la salvación, sino en cuánto confiamos en Aquel que declara personalmente: «Soy tu Salvador».
Isaías 43:3–4 — Rescatados y preciosos ante Dios
«A Egipto he dado por tu rescate; a Etiopía y a Seba, a cambio de ti».
En su contexto histórico, esta expresión puede relacionarse con los cambios territoriales y las conquistas que acompañaron el ascenso de Persia y la liberación de los judíos cautivos. Isaías emplea el lenguaje político del rescate para destacar el compromiso de Jehová con Su convenio y Su poder para encauzar los acontecimientos internacionales hacia el recogimiento de Israel. Esto no significa que unas naciones o almas posean menor valor eterno que otras, sino que ningún imperio puede impedir que Dios cumpla Sus propósitos redentores.
«Porque ante mis ojos fuiste de gran estima, fuiste honorable, y yo te amé». Israel había pecado y necesitaba corrección, pero no había dejado de ser amado por el Señor. El amor de Dios no niega la necesidad del arrepentimiento ni convierte el pecado en algo insignificante; proporciona la motivación, la esperanza y el poder para regresar. Dios corrige precisamente porque ama y desea restaurar a Su pueblo a la relación de convenio.
Nuestro valor tampoco depende de la aprobación social, la productividad, los logros o una vida libre de errores. Somos preciosos porque somos hijos e hijas de Dios, conocidos y amados por Él. La Expiación de Jesucristo constituye la demostración suprema del valor incalculable de cada alma: el Salvador estuvo dispuesto a pagar el precio de nuestra redención. Por ello, podemos arrepentirnos sin desesperar y servir a los demás reconociendo en ellos la misma dignidad eterna.
Isaías 43:5 — «No temas, porque yo estoy contigo»
«No temas, porque yo estoy contigo; del oriente traeré tu descendencia y del occidente te recogeré».
Por segunda vez en el capítulo, el Señor manda a Su pueblo que no tema. Esta invitación no se fundamenta en la ausencia de peligros ni en la capacidad de Israel para resolver su cautiverio, sino en la presencia de Dios y en Su promesa de recogimiento. El mismo Redentor que acompaña a Sus hijos al atravesar las aguas y el fuego conoce también el lugar donde se encuentra cada uno y posee poder para conducirlos nuevamente a Él.
El temor contempla la dispersión y concluye que todo está perdido; la fe contempla al Dios que gobierna todas las direcciones y reconoce que nadie se encuentra fuera de Su alcance. El recogimiento de Israel ocurre físicamente, pero sobre todo espiritualmente, cuando las personas acuden a Jesucristo, reciben Su Evangelio y hacen convenios con Él. Aunque alguien se sienta distante, olvidado o espiritualmente perdido, el Salvador sabe dónde está y continúa llamándolo. Su presencia convierte la dispersión en una historia de esperanza y regreso.
Isaías 43:5 — «No temas, porque yo estoy contigo»
«No temas, porque yo estoy contigo; del oriente traeré tu descendencia y del occidente te recogeré».
El Señor fundamenta Su mandato de no temer en dos promesas inseparables: Su presencia y el recogimiento. Israel se encontraba disperso y podía pensar que la distancia, el cautiverio o la fuerza de otras naciones habían frustrado el convenio. Sin embargo, ningún lugar queda fuera del conocimiento y del poder de Dios. Él sabe dónde están Sus hijos y puede preparar el camino para traerlos nuevamente a Su presencia.
El temor contempla la dispersión y concluye que todo está perdido; la fe contempla al Redentor y reconoce que todavía existe un camino de regreso. Este recogimiento ocurre principalmente cuando las personas acuden a Jesucristo, reciben Su Evangelio y hacen convenios con Él. Aunque alguien se sienta distante, olvidado o espiritualmente perdido, el Salvador continúa llamándolo. La esperanza no depende de nuestra capacidad para regresar solos, sino de la promesa de Aquel que declara: «Yo estoy contigo» y «te recogeré».
Isaías 43:6 — Hijos e hijas del convenio
«Trae desde lejos a mis hijos, y a mis hijas desde los confines de la tierra».
El Señor menciona expresamente tanto a Sus hijos como a Sus hijas, afirmando que todos participan de la identidad, el recogimiento, las responsabilidades y las promesas del convenio. Ninguna distancia geográfica, condición social ni experiencia pasada coloca a una persona fuera del alcance de Su invitación. El recogimiento de Israel es universal y se realiza principalmente cuando las personas acuden a Jesucristo, reciben Su Evangelio y establecen con Él una relación de convenio.
Dios no congrega unidades anónimas, sino integrantes de Su familia eterna. Cada persona recogida es alguien a quien conoce por nombre, ama de manera individual y desea conducir de regreso a Su presencia. Esta verdad también define nuestra responsabilidad: al participar en la obra de recogimiento, no tratamos simplemente con números, sino con hijos e hijas de Dios de valor infinito. Servirlos, invitarlos y acompañarlos con amor es colaborar con Jesucristo en Su obra de redención.
Ezra Taft Benson: En las Escrituras se presentan tres etapas de la congregación de Israel. La primera es la congregación de Israel en la tierra de Sion, que es América, esta tierra. Esa congregación está en marcha y lo ha estado desde que se estableció la Iglesia y se iniciaron nuestras misiones en el extranjero.
La segunda es el regreso de las tribus perdidas, las diez tribus perdidas, desde la tierra del norte (véase Doctrina y Convenios 133).
La tercera etapa es el restablecimiento de los judíos en Palestina como uno de los acontecimientos que precederían a la segunda venida del Maestro.
Isaías declaró que los dispersos de Judá serían congregados desde los cuatro extremos de la tierra, establecidos en su propia tierra, y que edificarían las ruinas antiguas y repararían las ciudades desoladas (véase Isaías 11:11–12). Jeremías, quien predijo la dispersión y el esparcimiento, declaró que en los últimos días el Señor los haría regresar a la tierra que había dado a sus padres, que la poseerían y que volverían a edificarla como al principio (Jeremías 30:3).
Isaías 43:7 — Creados para la gloria de Dios
«A todos los llamados por mi nombre, para gloria mía los creé, los formé y los hice».
Glorificar a Dios no significa añadir algo a una gloria que Él ya posee en plenitud. Significa reconocerlo, representarlo y manifestar Su bondad mediante aquello en lo que llegamos a convertirnos y el servicio que prestamos. El Señor nos creó, nos forma mediante experiencias y convenios, y continúa trabajando pacientemente en nuestro desarrollo. Nuestra existencia no es accidental: posee un origen divino y un propósito eterno.
La vida adquiere su significado más profundo cuando refleja el carácter de Jesucristo. Fuimos creados para conocer a Dios, ejercer el albedrío, hacer y guardar convenios, progresar espiritualmente y participar en Su obra de salvación. Glorificamos al Padre cuando permitimos que la gracia de Cristo transforme nuestros deseos, cuando empleamos nuestros dones para bendecir a los demás y cuando ayudamos a Sus hijos a regresar a Él. Una vida dedicada al discipulado se convierte así en un testimonio visible de la bondad y del poder redentor de Dios.
Isaías 43:8 — Ojos que no ven y oídos que no oyen
«Sacad al pueblo que es ciego, aunque tiene ojos, y a los sordos, aunque tienen oídos».
Israel poseía profetas, Escrituras, ordenanzas, convenios y recuerdos de grandes milagros; sin embargo, con frecuencia no reconocía su significado espiritual ni respondía con obediencia. Su ceguera y sordera no eran físicas, sino una incapacidad voluntaria o adquirida para percibir la mano de Dios y escuchar Su palabra. Aun así, el Señor manda sacar y reunir a ese pueblo, mostrando que su debilidad espiritual no ha eliminado Su deseo de restaurarlo.
La cercanía a las cosas sagradas no garantiza por sí sola percepción espiritual. Podemos leer las Escrituras, escuchar enseñanzas inspiradas y participar en ordenanzas sin permitir que cambien nuestros deseos y decisiones. Ver y oír verdaderamente requiere humildad, atención y voluntad de actuar conforme a la luz recibida. Jesucristo puede sanar esta ceguera y sordera espiritual cuando reconocemos nuestra necesidad, nos arrepentimos y permitimos que el Espíritu nos enseñe a percibir y obedecer.
Isaías 43:9 — Las naciones y sus dioses ante el tribunal
«Presenten sus testigos y justifíquense; oigan y digan: Es verdad».
Como en el capítulo anterior, Jehová convoca una especie de juicio público. Las naciones deben comparecer y demostrar si sus dioses pudieron anunciar anticipadamente los acontecimientos, explicar el curso de la historia o realizar alguna obra salvadora. No basta afirmar que poseen poder; deben presentar testimonios y evidencias que confirmen sus pretensiones. De esta manera, Isaías confronta la idolatría y muestra la incapacidad de los dioses fabricados para revelar, actuar o redimir.
Los ídolos carecen de testigos verdaderos porque no hablan, intervienen ni cumplen convenios. Jehová, en cambio, posee un pueblo que puede testificar de Sus profecías, Sus liberaciones y Su fidelidad. Israel no fue escogido solamente para recibir bendiciones, sino para declarar ante las naciones que el Señor es el único Dios y Salvador. De igual manera, quienes han experimentado la gracia de Jesucristo están llamados a testificar de Él mediante sus palabras, sus decisiones y una vida transformada por Su poder.
Isaías 43:10 — «Vosotros sois mis testigos»
«Vosotros sois mis testigos, dice Jehová, y mi siervo que yo escogí, para que me conozcáis, creáis en mí y entendáis que yo mismo soy».
Este es uno de los versículos doctrinalmente centrales del capítulo. Israel fue escogido no solamente para recibir bendiciones, sino para conocer a Jehová y testificar de Él ante las naciones. Un testigo no se limita a poseer información religiosa: declara lo que sabe y procura vivir de manera coherente con su testimonio. Los discípulos actuales continúan esa misión cuando testifican de Jesucristo mediante sus palabras, su conducta, su servicio y la transformación que Su gracia produce en ellos.
Isaías presenta una progresión espiritual: conocer, creer y entender. Conocer implica recibir luz y revelación acerca de Dios; creer significa confiar en Él y actuar de acuerdo con esa verdad; entender consiste en integrarla profundamente en nuestra visión de la vida, la identidad y el propósito eterno. El testimonio puede comenzar con una fe sencilla, pero se fortalece mediante la obediencia, la experiencia y la revelación personal. Dios desea que lleguemos a conocerlo mediante una relación de convenio, no solo que acumulemos información acerca de Él.
«Antes de mí no fue formado dios alguno, ni lo será después de mí». Dentro del juicio contra los ídolos, Jehová declara que ningún dios fabricado posee existencia, autoridad ni poder redentor comparables a los Suyos. Él no pertenece a la misma categoría que las imágenes de madera y piedra. Este pasaje exige lealtad exclusiva: Israel no debía añadir a Jehová a una colección de dioses, sino adorarlo como el único Dios verdadero y rechazar cualquier objeto, poder o ideología que pretendiera ocupar Su lugar. Solamente Jesucristo puede sostener plenamente nuestra confianza y ofrecernos salvación.
Bruce R. McConkie: Si existe algo maravilloso en esta obra, es que es verdadera; que en el evangelio de Jesucristo se encuentran poder, virtud y eficacia salvadores; y que el poder de Dios para salvación se encuentra aquí, sobre las cumbres de estos collados eternos.
Esta gloriosa verdad está extendiéndose a todas las naciones de la tierra con la misma rapidez con la que sus habitantes aceptan el testimonio que se les presenta y creen las verdades proclamadas por quienes nos representan. Este es el día acerca del cual Dios declaró que todo Israel congregado sería testigo de Su nombre: «Vosotros sois mis testigos, dice Jehová, de que yo soy Dios» (Isaías 43:12).
Este es el día en que Él ha declarado que todo élder de Su reino, toda persona que posea el santo sacerdocio, tiene poder para hablar en Su nombre, para que el Espíritu Santo dé testimonio e ilumine su mente, y para proclamar las verdades de la salvación. («The Testimony of Jesus», Ensign, julio de 1972, pág. 110).
Isaías 43:11 — Fuera de Jehová no hay Salvador
«Yo, yo soy Jehová, y fuera de mí no hay quien salve».
Esta declaración constituye el corazón doctrinal del capítulo. La repetición «Yo, yo soy» subraya la identidad y la autoridad exclusivas de Jehová. Ningún ídolo, imperio, riqueza, filosofía ni esfuerzo humano puede vencer el pecado y la muerte o conceder la salvación eterna. Esas cosas quizá proporcionen ayuda temporal dentro de ciertos límites, pero ninguna puede reconciliarnos con Dios, limpiar nuestra conciencia ni otorgarnos la resurrección y la vida eterna.
Jesucristo es Jehová, el único Salvador y Redentor de la humanidad. Los profetas, sacerdotes, misioneros y demás discípulos pueden enseñar, ministrar y actuar como instrumentos autorizados en Su obra, pero no sustituyen Su Expiación ni poseen poder independiente para salvar. Toda ordenanza, convenio y enseñanza del Evangelio recibe eficacia únicamente por medio de Él. Nuestra fe, por tanto, debe centrarse en Jesucristo: solo Su sangre nos limpia del pecado, solo Su gracia nos transforma y solo Su resurrección abre el camino para vencer la muerte.
Isaías 43:12 — Anunciar, salvar y hacer oír
«Yo anuncié, y salvé, e hice oír, y no hubo entre vosotros dios ajeno».
Jehová revela una secuencia que distingue Su obra de la impotencia de los ídolos: primero anuncia Su propósito, después actúa para salvar y finalmente hace que Su intervención sea conocida. La profecía y su cumplimiento se convierten así en evidencia de Su conocimiento, poder y fidelidad. Dios no se limita a ofrecer promesas; interviene en la historia para realizarlas y permite que Su pueblo reconozca que la liberación procede de Él.
Israel debía conservar la memoria de esas obras y transmitirla a las generaciones siguientes. Recordar las intervenciones de Dios fortalece la fe y evita que atribuyamos Sus bendiciones al azar, a los ídolos o únicamente al esfuerzo humano. Cuando relatamos con humildad y fidelidad cómo Jesucristo nos ha perdonado, guiado o sostenido, ayudamos a otros a reconocer Su mano. Nuestro testimonio continúa el movimiento del versículo: el Señor anuncia, salva y hace oír Sus buenas nuevas mediante un pueblo que recuerda y proclama Su poder.
Isaías 43:13 — Nadie puede revocar la obra de Dios
«Aun antes que hubiera día, yo soy; y no hay quien libre de mi mano. Yo actúo, ¿y quién lo revoca?».
Jehová declara que Su existencia, autoridad y poder preceden a toda generación y a cualquier dominio humano. Las decisiones de las personas pueden producir oposición, sufrimiento y demoras aparentes, pero no pueden frustrar Su propósito eterno. Cuando Dios determina llevar adelante la redención, el recogimiento y el cumplimiento de Sus convenios, ningún ídolo, nación ni poder rival posee autoridad para anular Su obra. Lo que Él realiza permanece sujeto únicamente a Su perfecta sabiduría.
Esta verdad brinda seguridad en épocas de inestabilidad política, social o personal. La obra de Jesucristo no depende de la permanencia de los imperios, de circunstancias favorables ni de la aprobación del mundo. Esto no significa que debamos permanecer pasivos, pues Dios nos llama a ejercer fe, obedecer y participar en Su obra. Significa que podemos hacerlo sin desesperación: aunque no controlemos los acontecimientos, confiamos en el Salvador, cuya mano nadie puede detener y cuyas promesas finalmente se cumplirán.
Nos recuerda el nombre de Jehová tal como fue revelado a Moisés:
«Cuando llegue yo a los hijos de Israel y les diga: El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros, si ellos me preguntan: ¿Cuál es su nombre?, ¿qué les responderé?
»Y respondió Dios a Moisés: YO SOY EL QUE SOY. Y dijo: Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY me ha enviado a vosotros» (Éxodo 3:13–14).
Isaías está diciendo: «En el principio, YO SOY ya existía», a diferencia de los dioses extraños de sus oyentes. Juan enseñó esta idea, concepto y principio con mayor elocuencia:
«En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios» (Juan 1:1).
«En el Antiguo Testamento se utilizan muchos otros nombres para referirse al Salvador. Uno interesante era Ha-Qadosh, Baruch Hu: “El Santo, bendito sea Él”. Otro nombre utilizado en la época de Cristo era Meimra, que significa “mensaje” o “palabra”. Por consiguiente, cuando Juan el Amado comenzó el relato de su Evangelio, declaró conforme al buen uso del arameo: “En el principio era Meimra, y Meimra estaba con Dios…”.
»Algunas personas comprenden intelectualmente que Jesús es YO SOY (Juan 8:58; compárese con Éxodo 3:14–15), y que YO SOY —en hebreo, Eheyeh— es gramaticalmente semejante a ÉL ES —en hebreo, Yiheyeh—, que a su vez está relacionado con Yehovah. Por tanto, Jehová nacido en la carne fue Jesús». (Ellis T. Rasmussen, «The Unchanging Gospel of Two Testaments», Ensign, octubre de 1973, pág. 27).
Isaías 43:14–15 — Redentor, Santo, Creador y Rey
«Así dice Jehová, Redentor vuestro, el Santo de Israel […] vuestro Santo, Creador de Israel, vuestro Rey».
Estos títulos resumen la relación completa de Dios con Su pueblo. Como Creador, dio existencia y propósito a Israel; como Santo, establece la norma de pureza y lo llama a ser santificado; como Redentor, lo rescata del cautiverio y recupera aquello que parecía perdido; y como Rey, lo gobierna con autoridad legítima, justicia y misericordia. La liberación de Babilonia no sería un acontecimiento aislado, sino una manifestación del carácter constante de Jehová y de Su fidelidad al convenio.
Jesucristo no es solamente alguien a quien acudimos para recibir ayuda en determinados momentos. Él es nuestro Creador, Redentor y Rey y, por ello, puede reclamar legítimamente nuestra confianza, lealtad y obediencia. Su gobierno no oprime ni disminuye nuestra libertad; nos libera de los poderes que esclavizan y nos enseña a emplear el albedrío de acuerdo con nuestro propósito eterno. Reconocer todos estos títulos significa permitir que Cristo no solo nos rescate, sino también nos santifique, nos transforme y gobierne nuestra vida.
Isaías 43:16–17 — El Dios que abre camino en el mar
«Así dice Jehová, el que abre camino en el mar y senda en las aguas impetuosas».
Isaías recuerda el éxodo de Egipto, cuando Jehová abrió el mar Rojo, condujo a Israel por tierra seca y puso fin a la persecución del ejército de Faraón. Aquella liberación constituía una de las mayores evidencias históricas del poder y de la fidelidad de Dios. El mar que parecía impedir la huida se convirtió, por intervención divina, en el camino hacia la libertad; mientras que el poder militar que parecía invencible quedó extinguido. El Señor puede transformar precisamente aquello que nos amenaza o bloquea en el medio por el cual hace avanzar Su obra.
Recordar los milagros pasados fortalece la fe porque nos enseña el carácter constante de Dios. Sin embargo, el capítulo pronto advertirá que el Señor no está limitado a repetir exactamente los mismos métodos. El Dios que abrió una senda en el mar también puede abrir caminos en el desierto. Por eso, debemos recordar Sus antiguas liberaciones sin exigir que toda respuesta futura adopte la misma forma. Jesucristo permanece inmutable en Su poder y amor, pero puede rescatarnos mediante sendas nuevas que todavía no somos capaces de imaginar.
Isaías 43:18–19 — Dios hará algo nuevo
«No os acordéis de las cosas pasadas ni consideréis las cosas antiguas. He aquí que yo hago cosa nueva».
El Señor no manda olvidar Sus antiguas bondades ni borrar la historia sagrada. Más bien, advierte contra quedar tan aferrados a la forma de una liberación anterior que no reconozcamos la nueva obra que está realizando. Israel recordaba el camino abierto en el mar durante el éxodo; ahora Dios anunciaba que abriría un camino en el desierto. La fe aprende del pasado y confía en el carácter inmutable del Señor, pero no exige que todas Sus respuestas futuras adopten exactamente la misma forma.
«Pronto saldrá a luz. ¿No la percibís?». La obra de Dios puede comenzar de manera pequeña y silenciosa antes de llegar a ser evidente para todos. Reconocerla requiere sensibilidad espiritual, humildad y disposición para abandonar expectativas demasiado rígidas. La restauración del Evangelio también comenzó modestamente y después se extendió entre las naciones. Del mismo modo, una respuesta a la oración, una oportunidad de servir o un proceso de sanación pueden estar brotando antes de que comprendamos plenamente su importancia.
Jesucristo no está limitado por los caminos que nosotros conocemos. Puede abrir posibilidades donde no existían, transformar un desierto en lugar de tránsito y hacer brotar vida en medio de la esterilidad. Nuestra responsabilidad es recordar con gratitud lo que Él hizo anteriormente, prestar atención a lo que está haciendo ahora y avanzar con fe por la nueva senda que coloque ante nosotros.
Isaías 43:19–20 — Camino y ríos en el desierto
«Abriré camino en el desierto y ríos en el yermo».
El desierto representa aislamiento, esterilidad y ausencia de rutas visibles. En un lugar donde no existe una senda clara ni recursos suficientes para sobrevivir, Dios promete proporcionar tanto dirección como sustento. No solamente muestra hacia dónde avanzar, sino que también hace brotar el agua necesaria para continuar. La misma tierra que parecía confirmar el abandono se convierte en escenario de Su providencia y de Su poder creador.
Jesucristo no siempre nos devuelve al camino conocido ni responde repitiendo una experiencia anterior. En ocasiones crea una senda completamente nueva y hace surgir recursos espirituales en medio de circunstancias que nunca habíamos enfrentado. Puede concedernos revelación en la confusión, fortaleza en la debilidad, compañía en la soledad y esperanza cuando las posibilidades humanas parecen agotadas. Su gracia no depende de que el desierto desaparezca; puede sostenernos, guiarnos y hacer florecer nuestra fe precisamente mientras lo atravesamos.
LeGrand Richards: Amo las profecías de Isaías. Me parece que él casi vivió más en nuestros días que durante la época en que realmente estuvo sobre la tierra. Vio mucho de lo que acontecería en nuestros días. Nos vio establecidos aquí, en estos valles de las montañas.
Vio este desierto, donde en otro tiempo nos encontrábamos a mil seiscientos kilómetros del transporte y de los abastecimientos, florecer como la rosa (véase Isaías 35:1). Vio correr ríos en el desierto donde hemos construido estos grandes canales de irrigación (véase Isaías 43:19). Vio descender las aguas desde las alturas, donde las hemos almacenado en embalses situados entre estas fortalezas montañosas para utilizarlas durante el verano (véase Isaías 41:18).
Vio a los redimidos del Señor venir y cantar en las alturas de Sion (véase Isaías 51:11). ¿Y dónde puede encontrarse en todo el mundo un cumplimiento semejante al canto del Coro del Tabernáculo durante más de cincuenta años sin interrupción?
Vio el monte de la casa del Señor establecido sobre la cumbre de los montes en los últimos días, cuando todas las naciones acudirían a él y dirían: «Venid, y subamos al monte de Jehová, a la casa del Dios de Jacob; y Él nos enseñará acerca de Sus caminos, y caminaremos por Sus sendas» (Isaías 2:3). («A Testimony», Ensign, noviembre de 1980, pág. 64).
Isaías 43:21 — Un pueblo formado para alabar
«Este pueblo he formado para mí; mis alabanzas publicará».
Israel fue formado como pueblo del convenio para convertirse en testigo público de Jehová. Su elección no tenía como propósito fomentar orgullo o aislamiento, sino manifestar ante las naciones la santidad, la misericordia y el poder redentor de Dios. Su adoración debía expresarse mediante palabras, ordenanzas, obediencia y una vida comunitaria que reflejara el carácter del Señor. Al contemplar a un pueblo transformado por los convenios, las naciones podrían reconocer la bondad de Aquel que lo había formado.
La alabanza no se limita a canciones ni a expresiones verbales dentro de un lugar de adoración. Publicamos las alabanzas de Dios cuando relatamos Su misericordia, testificamos de Jesucristo, vivimos Sus enseñanzas y empleamos nuestros dones para bendecir a los demás. Una vida transformada por la gracia puede convertirse en un mensaje visible acerca del Salvador. Fuimos llamados no solo para recibir Su luz, sino para reflejarla y ayudar a que otros conozcan al Dios que crea, redime y restaura.
Isaías 43:22 — Cansarse de Dios
«Y no me invocaste a mí, oh Jacob, sino que de mí te cansaste, oh Israel».
El pueblo había comenzado a percibir su relación con Dios como una carga. La oración, la adoración y el servicio fueron abandonados o se convirtieron en actos externos realizados sin fe ni afecto. Israel podía conservar ciertas formas religiosas mientras su corazón permanecía distante. El problema no era simplemente el cansancio físico producido por servir, sino haber dejado de invocar al Señor y de encontrar gozo en Su presencia.
La fatiga espiritual puede aparecer cuando olvidamos la gracia que da significado a los mandamientos. El Evangelio se vuelve una lista de obligaciones cuando dejamos de mirar a Jesucristo, de recordar Su sacrificio y de comprender por qué lo seguimos. La solución no siempre consiste en hacer más actividades, sino en renovar nuestra relación con Él mediante una oración sincera, el arrepentimiento y una adoración centrada en el Salvador. Cristo no pide una obediencia vacía; nos invita a acudir a Él para que transforme el deber en devoción y nos conceda descanso, fortaleza y un corazón renovado.
Isaías 43:23–24 — Ritual sin honra y el peso del pecado
«No me honraste con tus sacrificios […] sino que me abrumaste con tus pecados y me fatigaste con tus iniquidades».
Israel podía conservar ciertas prácticas externas y, aun así, no honrar verdaderamente a Dios. El Señor no necesitaba ser alimentado por sacrificios ni dependía de las ofrendas humanas; deseaba fe, gratitud, obediencia y un corazón arrepentido. Las ordenanzas son esenciales cuando se reciben con la debida autoridad y mediante la fe, pero no funcionan como gestos mecánicos ni sustituyen la conversión. Su propósito es unirnos a Jesucristo, renovar nuestros convenios y conducirnos hacia una vida transformada.
La declaración «me abrumaste con tus pecados» expresa cuánto ofenden a Dios las iniquidades persistentes de Su pueblo y cuánto dañan la relación de convenio. También dirige la mirada hacia Jesucristo, quien voluntariamente tomó sobre Sí los pecados, dolores y aflicciones de la humanidad. El pecado nunca es completamente liviano ni privado, pues siempre produce consecuencias que alguien debe soportar. En Su Expiación, el Salvador cargó con ese peso para ofrecer perdón, sanación y libertad a quienes se arrepienten. Por ello, nuestra adoración verdadera no consiste solamente en participar en ritos, sino en entregarle un corazón quebrantado y permitir que Su sacrificio cambie nuestra manera de vivir.
Isaías 43:25 — Dios borra y no recuerda los pecados perdonados
«Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por causa de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados».
Este es uno de los anuncios más hermosos del perdón divino. El mismo pueblo que se había cansado de Dios, había descuidado la adoración y lo había abrumado con sus iniquidades todavía recibía la posibilidad de ser limpiado. Solamente Jesucristo puede borrar verdaderamente la culpa. El arrepentimiento no compra el perdón ni paga la deuda del pecado; nos vuelve hacia el Salvador y nos dispone a recibir el don que Él hizo posible mediante Su sacrificio expiatorio.
La expresión «por causa de mí mismo» enseña que Dios perdona de acuerdo con Su carácter misericordioso, Sus convenios y la obra redentora del Mesías, no porque el pecador pueda acumular méritos suficientes para salvarse. Nuestra esperanza descansa en la fidelidad y en la gracia de Jesucristo. Acudimos a Él con fe, un corazón quebrantado y la disposición de abandonar el pecado, confiando en Su poder para hacer por nosotros aquello que jamás podríamos lograr mediante la autosuficiencia moral.
Cuando el Señor declara «no me acordaré de tus pecados», no significa que pierda conocimiento. Significa que deja de mantener el pecado arrepentido como una acusación activa y no lo utiliza para negar las bendiciones prometidas. Aunque quizá debamos reparar daños, aceptar ciertas consecuencias y conservar lo aprendido, no necesitamos vivir dominados por una culpa destructiva. Si Cristo nos ha perdonado, podemos creer en la eficacia de Su Expiación, recibir una nueva identidad y avanzar con gratitud y fidelidad.
Spencer W. Kimball: En algunas ocasiones, la conciencia de culpa oprime a una persona con tal peso que, cuando quien se ha arrepentido contempla el pasado y ve la fealdad y lo repugnante de su transgresión, casi queda abrumado y se pregunta: «¿Podrá el Señor perdonarme alguna vez? ¿Podré perdonarme a mí mismo?».
Sin embargo, cuando una persona llega a las profundidades del desaliento, siente la desesperanza de su situación y clama a Dios por misericordia con impotencia, pero también con fe, llega a su alma una voz apacible, delicada y penetrante que le susurra: «Tus pecados te son perdonados».
La imagen de un Dios amoroso y dispuesto a perdonar se manifiesta claramente a quienes leen y comprenden las Escrituras. Puesto que Él es nuestro Padre, naturalmente desea levantarnos y no hundirnos; ayudarnos a vivir y no provocar nuestra muerte espiritual. Él ha declarado: «Porque no quiero la muerte del que muere […] convertíos, pues, y viviréis» (Ezequiel 18:32).
Mientras oraba fervientemente durante la dedicación del Templo de Kirtland en 1836, el profeta José Smith expresó su certeza de que los pecados podían ser borrados: «Oh Jehová, ten misericordia de este pueblo; y puesto que todos los hombres pecan, perdona las transgresiones de Tu pueblo y bórralas para siempre» (Doctrina y Convenios 109:34).
La idea de borrar los pecados durante el proceso del perdón también fue expresada por el Señor cuando declaró: «Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados» (Isaías 43:25).
«Grandes son las palabras de Isaías», declaró el Salvador (3 Nefi 23:1); y las palabras de aquel profeta alcanzan una expresión sublime en el conocido pasaje en el cual ofrece una promesa de perdón a todos los que se arrepientan:
«Buscad a Jehová mientras puede ser hallado; llamadle en tanto que está cercano.
»Deje el malvado su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos; y vuélvase a Jehová, quien tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, quien será amplio en perdonar» (Isaías 55:6–7; cursiva agregada).
¡Qué gloriosa promesa de perdón hizo el Señor por medio del gran Isaías! ¡Misericordia y perdón! ¿Qué más podría desear o esperar el ser humano?
«Venid luego, dice Jehová, y razonemos juntos: aunque vuestros pecados sean como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; aunque sean rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana» (Isaías 1:18). («God Will Forgive», Ensign, marzo de 1982, págs. 4–5).
Boyd K. Packer: Recibimos cartas de personas que han cometido errores trágicos. Ellas preguntan: «¿Podré ser perdonado alguna vez?».
¡La respuesta es sí!
El Evangelio nos enseña que podemos obtener alivio del tormento y de la culpa mediante el arrepentimiento. Con excepción de aquellos pocos que se apartan hacia la perdición después de haber conocido una plenitud, no existe ningún hábito, adicción, rebelión, transgresión u ofensa que quede excluido de la promesa del perdón completo.
«Venid luego, dice Jehová, y razonemos juntos: aunque vuestros pecados sean como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; aunque sean rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana». Eso será así, continuó Isaías, «si queréis y obedecéis» (Isaías 1:18–19). («The Brilliant Morning of Forgiveness», Ensign, noviembre de 1995, pág. 19).
Boyd K. Packer: Quienes cometen un error grave tienden a añadir otro al suponer que ya es demasiado tarde para ellos. ¡Nunca es demasiado tarde! ¡Nunca!
Aunque las tentaciones de ustedes sean mayores que las que nosotros afrontamos, eso será tenido en cuenta en los juicios del Señor. Él declaró que «Sus misericordias se adaptan a las condiciones de los hijos de los hombres» (Doctrina y Convenios 46:15). Eso es sencillamente justo.
Una gran contribución del Libro de Mormón a la doctrina cristiana es su explicación de cómo la justicia, la misericordia, el arrepentimiento y el perdón obran conjuntamente para borrar las transgresiones (véase Alma 42).
La desalentadora idea de que un error —o incluso una serie de errores— hace que sea eternamente demasiado tarde no proviene del Señor. Él ha declarado que, si nos arrepentimos, no solamente perdonará nuestras transgresiones, sino que también las olvidará y no recordará más nuestros pecados (véanse Isaías 43:25; Hebreos 8:12; 10:17; Doctrina y Convenios 58:42; Alma 36:19).
El arrepentimiento es como el jabón: puede lavar el pecado. La suciedad profundamente impregnada quizá requiera el fuerte detergente de la disciplina para eliminar las manchas, pero estas desaparecerán. («To Young Women and Men», Ensign, mayo de 1989, pág. 59).
Isaías 43:26 — Comparecer con honestidad ante Dios
«Hazme recordar; entremos a juicio juntamente; habla tú para justificarte».
El Señor invita a Israel a presentar su causa y exponer cualquier argumento con el que pretenda demostrar su inocencia. Dios no teme una evaluación honesta, pues conoce perfectamente los hechos, las intenciones y los convenios quebrantados. Al comparecer ante Él, el pueblo descubriría que no podía justificarse mediante excusas, rituales ni méritos propios. La invitación no procura humillarlo innecesariamente, sino ayudarlo a reconocer con sinceridad su verdadera condición espiritual.
Esta confrontación revela nuestra necesidad de un Redentor. Mientras intentamos justificarnos, minimizamos el pecado o culpamos a otros, permanecemos cerrados a la gracia. Cuando abandonamos las excusas, confesamos nuestras faltas y asumimos responsabilidad, podemos acudir a Jesucristo para recibir la justificación que jamás podríamos producir por nosotros mismos. Él no declara inocente al pecado, sino que limpia y reconcilia al pecador arrepentido mediante Su sacrificio expiatorio. Ante Dios, la honestidad no conduce necesariamente a la desesperación; cuando está acompañada de fe en Cristo, se convierte en el comienzo del perdón y de una vida nueva.
Isaías 43:27–28 — La infidelidad de generaciones y maestros
«Tu primer padre pecó, y tus enseñadores transgredieron contra mí».
El pecado de Israel no era reciente ni aislado, sino que formaba parte de una historia prolongada de infidelidad. Había alcanzado tanto a los antepasados como a los maestros y dirigentes responsables de transmitir la verdad. Por ello, el pueblo no podía presentar su antigüedad religiosa, su linaje ni sus instituciones como pruebas automáticas de rectitud. Cuando quienes enseñan el convenio se apartan de él, su influencia puede extender el error y traer consecuencias dolorosas sobre toda la comunidad.
Toda generación debe escoger personalmente la fidelidad. Una herencia espiritual valiosa constituye una gran bendición, pero no sustituye la conversión individual ni elimina la responsabilidad de examinar y corregir los errores recibidos. Tampoco las faltas de generaciones anteriores condenan inevitablemente a quienes vienen después. Mediante Jesucristo podemos conservar lo verdadero, arrepentirnos de prácticas equivocadas y comenzar una historia diferente. El Evangelio nos llama a honrar el bien de nuestros antepasados sin repetir sus pecados y a transmitir a la siguiente generación una fe más consciente, sincera y centrada en el Salvador.


























