Isaías 24
Presenta una visión universal de los últimos días. La causa fundamental de los juicios no es política ni económica, sino espiritual: la humanidad traspasa las leyes, cambia las ordenanzas y quebranta el convenio sempiterno. La tierra misma aparece contaminada y agobiada por las consecuencias de la iniquidad.
Sin embargo, el capítulo no es únicamente una profecía de destrucción. En medio del estremecimiento queda un remanente que canta desde los extremos de la tierra. Mientras Babilonia, la «ciudad del desorden», se derrumba, Sion se prepara para recibir a su Rey. Para los impenitentes, la venida del Señor será motivo de temor; para quienes aman a Cristo, será la esperada liberación.
El desenlace es glorioso: Jehová reinará en Sion y Jerusalén. Todo aquello que ahora parece firme —poderes, riquezas y sistemas humanos— será sacudido, pero Jesucristo permanecerá. Por eso, prepararnos para Su venida significa arrepentirnos, honrar las ordenanzas, guardar el convenio sempiterno y edificar nuestra vida sobre la Roca que nunca puede ser removida.
Isaías 24:1–3 — Un juicio de alcance universal
«Jehová vacía la tierra, y la devasta, y trastorna su faz».
Después de anunciar juicios contra naciones particulares, Isaías amplía la visión hasta abarcar toda la tierra. La descripción trasciende una catástrofe local y señala proféticamente hacia las conmociones que precederán y acompañarán la Segunda Venida de Jesucristo. El trastorno de la tierra revela la fragilidad de los sistemas humanos cuando estos se han edificado sobre la injusticia y la oposición a Dios.
La devastación no significa que el Señor haya perdido el control de Su creación. Al contrario, Isaías afirma que «Jehová ha pronunciado esta palabra». Sus juicios se fundamentan en conocimiento perfecto, justicia y autoridad soberana. Aunque lo temporal sea sacudido, Jesucristo y Su reino permanecerán; por eso, la preparación más importante consiste en fundar nuestra vida sobre Él y guardar fielmente Sus convenios.
Isaías 24:2 — Todos responden ante Dios
«Así como al pueblo, también al sacerdote; como al siervo, así a su amo».
El juicio alcanza a todas las clases sociales, religiosas y económicas. El sacerdote no queda protegido por su oficio, el amo por su autoridad ni el rico por sus posesiones. Los títulos y las diferencias que parecen tan importantes en la mortalidad no pueden ocultar el carácter ni modificar la verdad delante de Dios.
El Señor juzga con perfecta imparcialidad, pero también toma en cuenta la luz, las oportunidades y las responsabilidades recibidas. Quienes ejercen mayor autoridad deben rendir cuentas por la influencia que tuvieron sobre otros. Cada persona comparecerá ante Cristo, quien conoce perfectamente sus obras, intenciones, circunstancias y la manera en que trató a Sus hijos.
Isaías 24:4 — La soberbia del mundo se marchitará
«Languidecieron los pueblos altivos de la tierra».
Isaías compara la grandeza humana con una planta que se marchita. Las personas y sociedades que parecían florecer mediante el poder, la riqueza o la fama descubrirán que esas cosas no poseen vida en sí mismas. Toda gloria separada de Dios es temporal y no puede sobrevivir al día en que Él manifieste Su poder.
La humildad no consiste en despreciar nuestros talentos, sino en reconocer su procedencia y consagrarlos al servicio. Cuando las capacidades recibidas de Dios alimentan la autosuficiencia y el deseo de dominar, se convierten en motivo de caída. Jesucristo, en cambio, nos enseña que la verdadera grandeza se encuentra en someternos al Padre y utilizar nuestra influencia para bendecir.
Isaías 24:5 — La tierra contaminada por sus moradores
«La tierra se contaminó bajo sus moradores».
La condición de la tierra aparece relacionada con las decisiones morales de quienes la habitan. El pecado no permanece encerrado en el corazón: produce violencia, explotación, corrupción y sufrimiento que alcanzan a familias, comunidades, instituciones y generaciones. La creación misma llega a experimentar las consecuencias del alejamiento humano de Dios.
La tierra pertenece al Señor y posee un propósito dentro de Su plan. Nosotros somos mayordomos, no dueños absolutos, y tendremos que responder por la manera en que utilizamos sus recursos y tratamos a sus criaturas. Cuidar la creación no sustituye el arrepentimiento ni la adoración, pero puede ser una expresión de gratitud, moderación y respeto hacia la obra del Creador.
Isaías 24:5 — Leyes, ordenanzas y convenios quebrantados
«Traspasaron las leyes, cambiaron la ordenanza, quebrantaron el convenio sempiterno».
Isaías identifica tres manifestaciones de una apostasía profunda. Traspasar las leyes significa rechazar las normas divinas; cambiar la ordenanza implica alterar o abandonar las formas de adoración establecidas por Dios; y quebrantar el convenio sempiterno representa rechazar la relación sagrada que Él ofrece. El juicio, por tanto, no aparece como una reacción arbitraria, sino como la consecuencia de apartarse persistentemente del orden que preserva la vida espiritual.
Las ordenanzas poseen poder porque fueron instituidas por Jesucristo y se administran mediante Su autoridad. No son ceremonias que puedan modificarse únicamente según las preferencias humanas. Sin la forma revelada, la autoridad del sacerdocio y la fidelidad al convenio, la apariencia religiosa no puede sustituir el poder de la divinidad que debe manifestarse por medio de ellas.
Israel había quebrantado la ley de Moisés, había tergiversado las ordenanzas del templo y había violado sus convenios. Como consecuencia, sus habitantes murieron o fueron llevados cautivos: por los asirios en el caso del reino del norte y por los babilonios en el caso del reino del sur. Su apostasía se convierte en símbolo de la apostasía profetizada antes de la segunda venida de Cristo y del fin del mundo, cuando «los habitantes de la tierra son quemados, y quedan pocos hombres» (versículo 6; véase también 2 Tesalonicenses 2:3).
«La nación entera sucumbió… y adoró ídolos de madera y piedra.
»El pueblo había “traspasado las leyes, cambiado la ordenanza y quebrantado el convenio sempiterno” (Isaías 24:5). Por consiguiente, el convenio dejó de tener efecto. Como resultado, el Señor retiró Su Espíritu de Su pueblo y lo dejó desolado. Sus integrantes se convirtieron en errantes y extranjeros en tierras extrañas, pues el Señor dispersó a Su pueblo entre todas las naciones de la tierra: un trágico testimonio de que los guardianes del convenio no habían permanecido fieles al Señor su Dios». (Mary Pratt Parrish, «Guardians of the Covenant», Ensign, mayo de 1972, pág. 28).
LeGrand Richards: He escogido como texto para mi discurso las palabras del apóstol Pablo registradas en el segundo capítulo de 1 Corintios, donde Pablo declaró que las cosas de Dios se comprenden mediante el Espíritu de Dios y las cosas del hombre se comprenden mediante el espíritu del hombre (véase 1 Corintios 2:11).
«Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura» (1 Corintios 2:14). Entiendo que esa es la razón por la cual tenemos casi mil iglesias en esta gran nación nuestra: porque los hombres, con su propia sabiduría, no han podido comprender las cosas de Dios tal como fueron transmitidas por los santos profetas de nuestro Padre; pues, como dijo Pablo, para ellos son locura.
Pienso en las palabras del profeta Isaías cuando dijo:
Porque traspasaron las leyes, cambiaron la ordenanza y quebrantaron el convenio sempiterno.
Por esta causa la maldición consumió la tierra, y sus moradores fueron asolados; por esta causa fueron consumidos los habitantes de la tierra, y quedaron pocos hombres. (Isaías 24:5–6).
Estoy seguro de que tenía presentes esas mil iglesias que siguen los preceptos de los hombres, y eso es lo que Isaías quiso decir cuando declaró:
Dice, pues, el Señor: Porque este pueblo se acerca a mí con su boca y con sus labios me honra, pero ha alejado de mí su corazón, y su temor de mí ha sido enseñado por precepto de hombres;
por tanto, he aquí que nuevamente excitaré yo la admiración de este pueblo con una obra maravillosa y un prodigio; porque perecerá la sabiduría de sus sabios, y se desvanecerá el entendimiento de sus entendidos. (Isaías 29:13–14).
Ahora quisiera señalar algunas de las diferencias existentes entre las maneras y enseñanzas de los hombres y la verdad que el Señor ha revelado por medio de Sus santos profetas. En primer lugar, me refiero a la manera en que creen en la Trinidad. Cuando el profeta José tuvo su visión, todo el mundo cristiano creía en un Dios sin cuerpo, partes ni pasiones. Eso significa que no tenía ojos y no podía ver; no tenía oídos y no podía oír; no tenía boca y no podía hablar. Moisés sabía que esa situación prevalecería, pues, cuando fue a conducir a los hijos de Israel hacia la tierra prometida, les dijo que no permanecerían allí durante mucho tiempo, sino que serían dispersados entre las naciones y adorarían dioses hechos por manos humanas —obra del hombre— que no podían ver, oír, comer ni oler (véase Deuteronomio 4:26–28). Esa era exactamente la clase de dios que todo el mundo cristiano adoraba cuando José Smith tuvo su visión. Sin embargo, Moisés no terminó allí. Dijo que, en los últimos días —y nosotros vivimos en los últimos días—, si buscaban a Dios, ciertamente lo hallarían (véase Deuteronomio 4:29). José Smith lo buscó y lo encontró. («The Things of God and Man», Ensign, noviembre de 1977, págs. 21–22).
Joseph Fielding Smith: ¿No somos demasiado propensos a culpar a las generaciones pasadas por haber quebrantado el nuevo y sempiterno convenio y a pensar que estos problemas están sobreviniendo a la tierra debido a la gran apostasía que siguió al ministerio de los apóstoles en la antigüedad? Tal vez deberíamos despertar y comprender que el mundo será consumido por fuego y quedarán pocos hombres debido al quebrantamiento de los convenios, especialmente del nuevo y sempiterno convenio, que constituye la plenitud del Evangelio tal como ha sido revelado. Puesto que este castigo llegará en el momento de la purificación de la tierra, cuando Cristo venga nuevamente, ¿no deberían los Santos de los Últimos Días prestar atención a su propia conducta? Se nos ha dado el nuevo y sempiterno convenio; muchos de nosotros lo han quebrantado y muchos lo están quebrantando actualmente. Por consiguiente, todos los culpables de esa ofensa contribuirán a provocar esta destrucción, en la cual serán barridos de la tierra cuando llegue el día grande y terrible del Señor. (The Progress of Man [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1964], págs. 488–489).
Isaías 24:5 — El convenio sempiterno
El convenio sempiterno puede entenderse como el Evangelio eterno y el orden de salvación que Dios estableció desde antes de la fundación del mundo. Comprende Sus leyes, las ordenanzas autorizadas y las promesas mediante las cuales Sus hijos quedan unidos a Jesucristo y son preparados para regresar a la presencia del Padre.
La Restauración de los últimos días restituyó la plenitud del Evangelio, la autoridad del sacerdocio y las ordenanzas del convenio. Prepararse para la Segunda Venida no consiste únicamente en reconocer las señales de los tiempos, sino en recibir las ordenanzas, honrar los convenios y permitir que estos transformen nuestro corazón. El convenio no es solamente una protección exterior: es una relación viva con Cristo que produce santidad, fidelidad y poder espiritual.
Isaías 24:6 — El juicio y la responsabilidad moral
«Por esta causa la maldición consumió la tierra, y sus moradores fueron culpables».
La expresión «por esta causa» vincula el juicio con el quebrantamiento de las leyes, las ordenanzas y el convenio mencionados anteriormente. Los habitantes no aparecen como víctimas de una acción divina caprichosa, sino como agentes responsables que habían escogido persistentemente la rebelión. El pecado colectivo había contaminado la tierra y producido consecuencias que ya no podían evitarse sin arrepentimiento.
Dios es paciente y extiende repetidas invitaciones a volver, pero el albedrío incluye responsabilidad. Jesucristo tomó sobre Sí las demandas de la justicia para ofrecer perdón al arrepentido; sin embargo, no obliga a nadie a recibir Su misericordia. Cuando una persona rechaza continuamente la gracia, conserva la culpa que el Salvador estaba dispuesto a quitar.
Parley P. Pratt: En estos pocos versículos (Isaías 24:1–6) descubrimos que una calamidad semejante aguarda a sacerdotes y pueblo, ricos y pobres, esclavos y libres, de tal manera que todos, salvo unos pocos, serán consumidos por el fuego. La acusación es que la tierra está contaminada bajo sus moradores porque han traspasado las leyes, cambiado la ordenanza y quebrantado el convenio sempiterno. Ahora bien, esto no podría estar hablando de ningún otro convenio sino del que se hizo en los últimos días… Pero esta destrucción vendrá mediante fuego, tan literalmente como llegó el diluvio en los días de Noé, y consumirá de la tierra tanto a los sacerdotes como al pueblo por haber quebrantado el convenio del Evangelio, con sus leyes y ordenanzas; de lo contrario, tendríamos que conseguir una nueva edición de la Biblia que excluyera el capítulo 24 de Isaías. (A Voice of Warning [Nueva York: Eastern States Mission], págs. 37–38).
B. H. Roberts: Es evidente que toda esta profecía de Isaías aún no se ha cumplido; porque, por mucho que la tierra haya sido contaminada bajo sus moradores, todavía no ha sido quemada ni han quedado pocos hombres. Ese es un juicio que todavía se cierne sobre el mundo y sobrevendrá con tanta seguridad como que el Señor ha pronunciado la palabra. Sucederá porque los hombres han traspasado las leyes, cambiado las ordenanzas y quebrantado —no el convenio hecho con Moisés ni el hecho con Abraham— sino el convenio sempiterno, cuyo signo y sello es la sangre de Cristo. En otras palabras, han quebrantado el convenio del Evangelio y se han apartado de la fe del Evangelio; de ahí el juicio profetizado. (History of The Church of Jesus Christ of Latter-day Saints, 7 tomos, introducción y notas de B. H. Roberts [Salt Lake City: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, 1932–1951], tomo I, pág. xciii).
George A. Smith: La tormenta de desolación y destrucción apenas ha comenzado; y todos los que deseen evitarla deben regresar al fundamento original, comenzando con la fe, el arrepentimiento y el bautismo para la remisión de los pecados, y vivir de acuerdo con los principios de aquel Evangelio que fue revelado desde los cielos, con apóstoles y profetas, con poderes y bendiciones, acompañado por los dones de sabiduría, conocimiento y entendimiento, para bendecir, salvar y exaltar a la humanidad. Ese Evangelio se extenderá entre los honestos de corazón de toda nación, tribu, lengua y pueblo, hasta que los reinos de este mundo lleguen a ser los reinos de nuestro Señor y de Su Cristo. (Journal of Discourses, 26 tomos [Londres: Latter-day Saints’ Book Depot, 1854–1886], tomo XI, pág. 50, 22 de enero de 1865).
Isaías 24:6 — El fuego de la Segunda Venida
«Fueron quemados los habitantes de la tierra, y quedaron pocos hombres».
En las Escrituras, el fuego representa juicio, purificación y la gloria de la presencia divina. En su aplicación a la Segunda Venida, señala el momento en que la iniquidad será consumida y la tierra será preparada para el reinado milenario de Jesucristo. La misma gloria que resultará insoportable para quienes persistan en la rebelión será luz, liberación y gozo para quienes esperen al Señor.
Ser preservado no significa haber alcanzado perfección absoluta por esfuerzo propio. La preparación consiste en acudir humildemente a Cristo, arrepentirse y procurar vivir conforme a la luz recibida. Es la gracia del Salvador, recibida mediante la fe, las ordenanzas y la fidelidad a los convenios, la que purifica y prepara a una persona para permanecer en Su presencia.
Isaías 24:7–11 — El placer sin Dios pierde su dulzura
«Todo gozo se ha apagado; se desterró la alegría de la tierra».
El vino, la música, los panderos y las celebraciones representan una sociedad que había intentado construir su felicidad sobre la abundancia y el placer. Cuando desaparece la prosperidad, también se desvanece su alegría, y aun el vino parece amargo. Lo que servía para distraerse no podía ofrecer consuelo verdadero cuando llegaban el juicio, la pérdida y la angustia.
Isaías no condena la música, las celebraciones ni el disfrute legítimo de las bendiciones de la vida. Advierte contra convertirlos en sustitutos de Dios. El entretenimiento puede aliviar momentáneamente una preocupación, pero no puede limpiar la conciencia, sanar el corazón ni vencer la muerte. El gozo duradero procede de Jesucristo y puede permanecer aun cuando las circunstancias exteriores sean dolorosas.
Isaías 24:10 — La ciudad del desorden
«La ciudad del desorden está quebrantada».
La ciudad puede representar a la sociedad organizada sin Dios: la Babilonia espiritual. Exteriormente puede parecer avanzada, próspera y estable, pero interiormente se encuentra dominada por la confusión moral. Al rechazar la verdad revelada, pierde el fundamento que sostiene la justicia, la confianza y la unidad; finalmente, hasta sus casas quedan cerradas y aisladas.
Sion ofrece el contraste doctrinal. Babilonia se edifica sobre el orgullo, la competencia, la explotación y los apetitos mundanos; Sion se establece mediante la pureza de corazón, la unidad, la justicia y la fidelidad a los convenios. Salir de Babilonia significa abandonar sus valores dentro de nosotros, mientras que edificar Sion implica permitir que Jesucristo gobierne nuestro corazón, nuestro hogar y nuestras relaciones.
Isaías 24:13 — El Señor preservará un remanente
«Como olivo sacudido, como rebuscos después de la vendimia».
Después de sacudir el olivo o recoger la vendimia, quedaba una pequeña cantidad de fruto en las ramas. Isaías utiliza esta imagen para enseñar que, aunque el juicio tenga un alcance extenso, no producirá una destrucción absoluta. Quedará un remanente preservado por la misericordia y los propósitos de Dios.
El remanente no representa necesariamente a quienes nunca tuvieron debilidades, sino a quienes escucharon al Señor, se arrepintieron y permanecieron fieles al convenio. Dios disciplina y purifica, pero no olvida Sus promesas ni abandona Su obra. Mediante ese pueblo preservado continuará el recogimiento de Israel y se establecerá Sion bajo el gobierno de Jesucristo.
Isaías 24:14–16 — Cánticos desde los extremos de la tierra
«Alzarán su voz, cantarán gozosos por la grandeza de Jehová».
En medio de las imágenes de destrucción aparece inesperadamente un coro de alabanza. Desde el mar, el oriente y los extremos de la tierra, el remanente fiel glorifica a Jehová. Mientras los sistemas fundados en la injusticia se derrumban, los discípulos reconocen que el Señor ha cumplido Sus promesas y ha puesto fin al dominio de la maldad.
La Segunda Venida puede producir terror en quienes persisten en la rebelión y, al mismo tiempo, gozo en quienes esperan a Jesucristo. Por ello, no debe contemplarse exclusivamente como una catástrofe, sino como el regreso glorioso del Rey, la liberación de los justos y la preparación de la tierra para el Milenio. Quienes aprenden a alabar y seguir al Salvador ahora estarán preparados para recibirlo con alegría entonces.
Isaías 24:16 — «Gloria al justo»
«Desde los extremos de la tierra hemos oído cánticos: Gloria al justo».
El término «justo» puede describir colectivamente al pueblo fiel que ha permanecido leal al convenio. Sin embargo, también dirige nuestra atención hacia Jesucristo, el único perfectamente Justo y la fuente de toda rectitud. Los discípulos no son glorificados por una perfección independiente, sino porque han recibido Su gracia y permitido que Su justicia transforme su vida.
Los cánticos procedentes de los extremos de la tierra muestran el carácter universal de la victoria del Salvador. Personas de toda nación, lengua y cultura reconocerán Su autoridad y participarán en Su alabanza. El recogimiento de Israel prepara precisamente ese pueblo mundial que recibirá a Cristo como Redentor y Rey.
Isaías 24:17–18 — No se puede escapar mediante recursos humanos
«El que huya de la voz del terror caerá en el foso».
El terror, el foso y la trampa forman una secuencia que comunica la imposibilidad de escapar mediante astucia, riqueza o poder. Quien evade una amenaza encuentra otra porque el juicio no es un accidente local, sino la confrontación universal entre la santidad de Dios y una humanidad que ha quebrantado Su convenio.
La única seguridad definitiva se encuentra en Jesucristo. Esto no significa que Sus discípulos evitarán todas las pérdidas o conmociones temporales, sino que ninguna de ellas podrá privarlos de la redención. Cristo perdona el pecado, sostiene durante la aflicción y prepara a quienes se arrepienten para permanecer en Su presencia cuando fallen todos los refugios humanos.
Mientras los justos entonan canciones de gloria, los inicuos gimen temiendo por su vida. Mientras los justos poseen refugios que los protegen de la tormenta (Doctrina y Convenios 115:6), los inicuos quedan expuestos a toda la fuerza de la furia del Señor (Doctrina y Convenios 88:90–91). Mientras los justos permanecerán «en lugares santos», los inicuos huirán de «la voz del terror» hacia el foso, y del foso hacia la trampa. No habrá ningún lugar donde esconderse ni adonde ir.
Pero mis discípulos estarán en lugares santos y no serán movidos; pero entre los inicuos, los hombres levantarán sus voces, maldecirán a Dios y morirán.
Y también habrá terremotos en diversos lugares y muchas desolaciones; sin embargo, los hombres endurecerán su corazón contra mí, y tomarán la espada el uno contra el otro, y se matarán el uno al otro. (Doctrina y Convenios 45:32–33).
Neal A. Maxwell: Podemos permanecer firmes «en lugares santos», aunque en el mundo «todas las cosas estarán en conmoción» (Doctrina y Convenios 45:32; 88:91). (Ensign, mayo de 1993, pág. 79).
Isaías 24:18–20 — La tierra se tambaleará
«Temblarán los cimientos de la tierra […] se tambaleará la tierra, oscilando como un ebrio».
Isaías describe la creación como si estuviera estremeciéndose bajo el peso de la iniquidad. Los fundamentos se sacuden, la tierra se rompe y aquello que parecía estable pierde el equilibrio. Estas imágenes proféticas señalan hacia las grandes conmociones naturales y sociales relacionadas con la Segunda Venida.
El estremecimiento también posee una enseñanza espiritual: todo fundamento temporal será probado. Las riquezas, instituciones y seguridades humanas pueden cambiar o desaparecer; solo lo edificado sobre Jesucristo puede permanecer eternamente. Prepararnos significa establecer nuestra fe, nuestras decisiones y nuestro hogar sobre Su Evangelio y Sus convenios.
Bruce R. McConkie: Como preludio al glorioso regreso de nuestro Señor, ocurrirán acontecimientos tan extraordinarios, tanto en el cielo como en la tierra, que no existe lenguaje conocido por los mortales, ni imagen o ilustración alguna, que pueda transmitirles las maravillas de aquel día terrible.
«Temblará la tierra como un borracho» (Isaías 24:20), provocando un terremoto como nunca se ha conocido (Apocalipsis 16:17–21), y a los habitantes de la tierra les parecerá que las estrellas de los cielos siderales están cayendo. Además, según se registra aquí, algunos meteoritos celestes u otros objetos que parecerán estrellas caerán «sobre la tierra». En verdad, los acontecimientos de aquel día serán tan inéditos y estarán tan alejados de la experiencia humana que los profetas no encuentran, ni han encontrado, palabras adecuadas para describir las realidades que el espíritu de revelación colocó ante ellos. Nosotros solo podemos imaginar en pequeña medida los grandes acontecimientos que ellos vieron y comprendieron mediante el poder del Espíritu; es decir, estamos sumamente limitados a menos que, y hasta que, disfrutemos del mismo Espíritu y veamos las mismas cosas que aquel Dios que no hace acepción de personas les reveló. (Doctrinal New Testament Commentary, 3 tomos [Salt Lake City: Bookcraft, 1965–1973], tomo III, pág. 487).
Marion G. Romney: En la sección 88 de Doctrina y Convenios, el Señor nos da este consejo y esta predicción:
Permaneced en la libertad que os ha hecho libres; no os enredéis en el pecado, sino consérvense limpias vuestras manos, hasta que el Señor venga.
Porque no pasarán muchos días antes que la tierra tiemble y se tambalee como un ebrio; y el sol esconda su faz y rehúse dar luz; y la luna sea bañada en sangre; y las estrellas se irriten extremadamente y se lancen hacia abajo como el higo que cae de la higuera. (Doctrina y Convenios 88:86–87).
Ahora bien, todos los actos de los gobiernos, todos los ejércitos de las naciones y todo el conocimiento y la sabiduría del hombre en conjunto no pueden desviar estas calamidades. La única manera de evitarlas es que los hombres acepten y se adapten al modo de vida revelado por Dios, nuestro Padre Celestial. Las calamidades llegarán como una cuestión de causa y efecto. Son la consecuencia natural «e inevitable de los pecados de la humanidad y del estado no regenerado de la raza humana» (Talmage, Improvement Era, junio de 1921, pág. 739).
Y que nadie suponga que el Señor se complace en esas calamidades. No es así. Él predice gráficamente las consecuencias inevitables de los pecados de los hombres con el propósito de inducirlos a arrepentirse y, de ese modo, evitar las calamidades. («A Silver Lining», Ensign, mayo de 1977, pág. 53).
Isaías 24:20 — El peso del pecado
«Se agravará sobre ella su pecado, y caerá».
El pecado es presentado como una carga acumulativa. Aunque al principio prometa libertad, gradualmente debilita la conciencia, limita el albedrío y produce cautiverio. Cuando una persona o sociedad se niega persistentemente a arrepentirse, el peso de sus decisiones termina derribando las mismas estructuras que parecían sostenerla.
Jesucristo tomó sobre Sí el peso del pecado que nosotros no podíamos retirar. Mediante la fe y el arrepentimiento, podemos entregarle nuestra culpa y recibir perdón, fortaleza y una vida nueva. Su invitación no consiste en aprender a soportar indefinidamente la carga, sino en acudir a Él antes de que esta nos destruya y permitir que Su gracia nos libere.
Isaías 24:21–22 — El juicio de los poderes terrenales y espirituales
«Jehová castigará […] al ejército del lugar alto, y a los reyes de la tierra».
El juicio alcanza tanto a los gobernantes que emplearon injustamente su autoridad como a los poderes espirituales que promovieron la rebelión. Ningún dominio visible o invisible se encuentra fuera de la soberanía de Jesucristo. Las jerarquías humanas y las fuerzas del adversario deberán reconocer finalmente Su autoridad suprema.
La imagen de los enemigos reunidos y encerrados anticipa la restricción del poder de Satanás durante el Milenio y su derrota definitiva. El mal no es eterno ni igual en poder a Dios. Satanás puede tentar y engañar durante un tiempo, pero Cristo ya obtuvo la victoria mediante Su expiación y resurrección, y finalmente eliminará todo dominio contrario a Su reino.
Orson Pratt: Como pueden ver en estos pasajes, en los últimos días muchos de aquellos reyes y poderosos que no se coloquen en una posición que les permita recibir el Evangelio, y que mueran sin conocer sus principios, serán reunidos como prisioneros en el foso y encerrados durante muchos días, esperando con temor el juicio del gran día. No sabrán qué se aproxima ni lo que les sucederá, como ocurre con todos los prisioneros culpables de delitos. Sin embargo, después de muchos días serán visitados por los siervos de Dios, tal como Jesús visitó a los antediluvianos con un mensaje. La puerta de su prisión será abierta después de que hayan permanecido confinados durante suficiente tiempo; y si se arrepienten, podrán ser redimidos; pero, si no se arrepienten, serán sacados de allí y arrojados a las tinieblas de afuera.
Ustedes saben que los hombres son arrestados por cometer delitos y encerrados en un calabozo, una cárcel o algún lugar semejante, donde permanecen cierto tiempo hasta ser llevados a juicio; entonces quizás son condenados a realizar trabajos forzados en una penitenciaría. Ellos permanecerán en tormento hasta que obedezcan el mensaje que se les ha enviado; y si no reciben el mensaje de perdón, serán castigados hasta que hayan pagado el último cuadrante; es decir, serán castigados con un castigo eterno…
Tal vez deseen saber cuáles son las doctrinas particulares de los Santos de los Últimos Días, pero ese será todo el beneficio que obtendrán. No obstante, como Santos de los Últimos Días, tenemos principios que presentar a los habitantes de la tierra, los cuales no solo abarcan a las personas que viven sobre ella, sino también a todas las generaciones de los muertos. Es la doctrina más caritativa que jamás se haya predicado a las naciones de la tierra. (Journal of Discourses, 26 tomos [Londres: Latter-day Saints’ Book Depot, 1854–1886], tomo VII, pág. 88).
Isaías 24:23 — Jehová reinará en Sion
«Jehová de los ejércitos reine en el monte Sion, y en Jerusalén».
Este es el punto culminante del capítulo. Después del juicio, la purificación y el estremecimiento de la tierra, Jehová establece Su gobierno en Sion y Jerusalén. Jesucristo reinará personalmente durante el Milenio, y Su autoridad reemplazará los sistemas de opresión, confusión e injusticia representados por Babilonia.
La historia, por tanto, no termina con una tierra devastada, sino con el Rey presente entre Su pueblo. Los juicios preparan la creación para una nueva etapa de paz y rectitud. La edificación actual de Sion —mediante la pureza de corazón, la unidad y los convenios— prepara a un pueblo capaz de vivir bajo el gobierno del Salvador.
Isaías 24:23 — La gloria de Cristo supera al sol y a la luna
«La luna se avergonzará, y el sol se abochornará».
Isaías emplea lenguaje poético para comparar la luz de los astros con la gloria incomparable del Señor. No significa que el sol y la luna posean sentimientos, sino que hasta las luces más espléndidas de la creación parecerán débiles ante la presencia del Creador. Ninguna gloria natural, humana o política podrá competir con la majestad de Jesucristo.
Durante el Milenio, Cristo será la verdadera Luz del mundo. Su presencia no solo proporcionará resplandor, sino también verdad, discernimiento y vida espiritual. Al ser reconocida Su autoridad, gran parte de la oscuridad producida por el engaño, el pecado y la ignorancia desaparecerá, y la tierra podrá contemplar la gloria del Rey.
«En comparación con la gloria y el resplandor que rodearán al Señor cuando Él “reine en el monte Sion”, la luz del sol y de la luna palidecerá, y estos quedarán confundidos y avergonzados. Será la gloria del Señor la que iluminará la ciudad de Sion (Isaías 60:19; Apocalipsis 21:23)». (Donald W. Parry, Jay A. Parry y Tina M. Peterson, Understanding Isaiah [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1998], pág. 222).


























