Isaías 45
«Volveos a mí y sed salvos»
Isaías 45 demuestra que Dios gobierna la historia y puede utilizar instrumentos inesperados para cumplir Sus propósitos. Ciro, un rey que todavía no conocía plenamente a Jehová, fue llamado por nombre, sostenido y enviado para liberar a Israel. El Señor abriría delante de él puertas cerradas, rompería cerrojos y le permitiría vencer obstáculos aparentemente insuperables. Su misión anticipa simbólicamente la obra del Mesías: así como Ciro liberaría temporalmente a los cautivos de Babilonia, Jesucristo vendría para romper las cadenas del pecado y de la muerte.
Sin embargo, Ciro solo podía ofrecer una liberación política y temporal. Jesucristo es el verdadero Redentor que concede «salvación eterna». En Él se unen perfectamente la justicia y la misericordia: es «Dios justo y Salvador». No ignora el pecado ni declara que sus consecuencias carezcan de importancia; mediante Su sacrificio expiatorio, satisface las demandas de la justicia y ofrece perdón, fuerza y justificación a quienes ejercen fe, se arrepienten y hacen convenios con Él. El Señor puede transformar tanto la historia de las naciones como la historia personal de cada alma que se vuelve hacia Él.
La invitación central del capítulo abarca a toda la humanidad: «Volveos a mí y sed salvos, todos los confines de la tierra». No existe otro nombre, poder ni camino capaz de proporcionar salvación eterna. Llegará el día en que toda rodilla se doblará y toda lengua reconocerá que Jesucristo es el Señor. La oportunidad que tenemos ahora es hacerlo voluntariamente: abandonar nuestros ídolos, confiar en Su gracia y permitir que Su justicia y Su fuerza gobiernen nuestra vida. Quienes acuden a Él no solamente reciben liberación, sino
Isaías 45:1 — Ciro, el ungido sostenido por el Señor
«Así dice Jehová a su ungido, a Ciro, al cual tomé yo de la mano derecha, para sujetar naciones delante de él».
La palabra «ungido» describe a alguien designado y apartado para cumplir una misión. En este caso se aplica a Ciro, rey de Persia, porque Dios lo utilizaría para conquistar Babilonia, liberar a los judíos cautivos y permitir la reconstrucción de Jerusalén y del templo. Esto no significa que Ciro fuera el Mesías ni que todas sus decisiones recibieran la aprobación divina. Fue un instrumento histórico cuya obra anticipó, de manera limitada, la misión de Jesucristo, el Ungido perfecto que libera a la humanidad del cautiverio del pecado y de la muerte.
Jehová declara que tomó a Ciro «de la mano derecha», indicando que lo sostuvo, fortaleció y condujo para que pudiera cumplir esa tarea. Aunque el rey alcanzaría grandes victorias militares, no era la fuente absoluta de su propio éxito. Detrás de los acontecimientos históricos actuaba la providencia de Dios, abriendo caminos y preparando la liberación de Su pueblo.
El Señor puede encauzar acontecimientos y servirse incluso de personas que todavía no lo conocen plenamente para realizar propósitos justos. Esta intervención no elimina el albedrío ni la responsabilidad moral de quienes participan. Más bien, demuestra que Dios puede obrar dentro de las decisiones humanas para hacer avanzar Su plan. Ciro fue sostenido para abrir las puertas de Babilonia; Jesucristo, en cambio, posee por Sí mismo el poder de abrir toda prisión espiritual y conducirnos a una libertad eterna.
James B. Pritchard: «En el año 539 a. C., Ciro, rey de Persia, entró en Babilonia como un héroe conquistador y fue proclamado rey de Babilonia por los sacerdotes del dios babilónico Marduk. Aunque Ciro ya había llegado a ser rey de los persas en el año 557 a. C., su entrada en Babilonia marcó el comienzo de su reinado como soberano universal, “rey de los cuatro extremos de la tierra”.
»Por consiguiente, leemos en el libro de Esdras: “En el primer año de Ciro, rey de Persia, para que se cumpliese la palabra de Jehová por boca de Jeremías, despertó Jehová el espíritu de Ciro, rey de Persia, el cual hizo pregonar de palabra y también por escrito por todo su reino” (Esdras 1:1). Ese “primer año” habría sido el 539 a. C., y la proclamación que aparece a continuación en Esdras 1:2–4 manda al pueblo de Judá que regrese del exilio babilónico a su tierra natal, donde debía construir un templo al Señor Dios de Israel en Jerusalén.
»Aunque el decreto citado en el primer capítulo de Esdras no aparece entre las inscripciones reales conservadas de Ciro, la idea que contiene —permitir que los pueblos exiliados regresaran a sus tierras y adoraran a sus propios dioses— refleja auténticamente la política de Ciro. El Cilindro de Ciro, que contiene un relato en lengua babilónica de la conquista de Babilonia por Ciro y de su política posterior, declara:
»“Congregué a todos sus antiguos habitantes y los hice regresar a sus moradas. Además, por mandato de Marduk, el gran señor, volví a establecer sin daño alguno, en sus antiguos santuarios y en los lugares que los hacían felices, a todos los dioses de Sumer y Acad que Nabónido —el último rey de Babilonia, derrotado por Ciro— había llevado a Babilonia, provocando la ira del señor de los dioses”». (James B. Pritchard, Ancient Near Eastern Texts Relating to the Old Testament [Princeton: Princeton University Press, 1955], pág. 316).
John M. Lundquist: «De ese modo, Ciro revirtió la política de los gobernantes anteriores: en lugar de deportar a los pueblos conquistados, los hizo regresar a sus tierras. Los asirios habían deportado a los habitantes del reino de Israel en el año 721 a. C., y los babilonios habían deportado a los judíos en 587–586 a. C.
»Sin embargo, Ciro demostró una actitud amplia en su trato con los pueblos conquistados y suficiente independencia respecto de su propia religión para conceder privilegios a otras creencias. Estableció un sistema administrativo notablemente visionario y eficaz para el extenso Imperio persa. Los libros de Esdras y Nehemías nos proporcionan varias visiones fascinantes del funcionamiento de ese sistema.
»Ciro, uno de los gobernantes más extraordinarios de la historia, pudo así llevar a cabo una misión que el profeta Isaías había previsto doscientos años antes: “Así dice Jehová a Su ungido, a Ciro, a quien tomé por su mano derecha, para sujetar naciones delante de él; y desataré lomos de reyes; para abrir delante de él puertas, y las puertas no se cerrarán”» (Isaías 45:1). (John M. Lundquist, «Life in Ancient Biblical Lands», Ensign, diciembre de 1981, pág. 43).
Isaías 45:1–2 — Dios abre puertas y endereza el camino
«Para abrir puertas delante de él, y las puertas no se cerrarán. Yo iré delante de ti y enderezaré lo torcido».
Jehová promete ir delante de Ciro para someter reyes, abrir ciudades fortificadas y quebrantar sus defensas. Las puertas que parecían imposibles de atravesar quedarían abiertas porque Dios estaba preparando el camino para la liberación de Israel. Las victorias de Ciro no serían únicamente resultado de su capacidad militar; formarían parte de una obra providencial que el Señor había anunciado con anticipación.
Dios puede preparar caminos antes de que Sus hijos lleguen a ellos y abrir oportunidades que ninguna capacidad humana habría producido por sí sola. Esto no significa que toda puerta que deseemos atravesar deba abrirse, sino que ningún obstáculo puede impedir definitivamente aquello que forma parte de Su voluntad. Algunas puertas cerradas también pueden ser una forma de dirección y protección. La fe consiste en seguir al Señor, confiando en que Él sabe cuáles debe abrir y cuáles conviene mantener cerradas.
La promesa «yo iré delante de ti» no garantiza una vida sin dificultades, pero sí la presencia y dirección divinas. Jesucristo puede guiarnos a través de situaciones complejas, corregir nuestro rumbo y convertir los obstáculos en oportunidades de crecimiento. No siempre endereza inmediatamente cada circunstancia; a veces comienza enderezando nuestro corazón, fortaleciendo nuestra fe y mostrándonos el siguiente paso. Cuando avanzamos según Su voluntad, descubrimos que Él ya ha estado obrando delante de nosotros.
Isaías 45:3 — Llamados por nombre y guiados hacia tesoros escondidos
«Y te daré los tesoros escondidos y las riquezas de lugares secretos, para que sepas que yo soy Jehová, el Dios de Israel, que te llama por tu nombre».
Isaías menciona a Ciro por nombre antes de que cumpliera su misión, destacando el conocimiento anticipado de Dios y Su dominio sobre la historia. El Señor conocía a Ciro antes de que él comprendiera el papel que desempeñaría en la liberación de Israel. Ninguna persona es anónima ante Dios: Él conoce nuestro nombre, nuestras capacidades y las oportunidades mediante las cuales podemos contribuir a propósitos mayores que los que alcanzamos a percibir en el presente.
Las conquistas permitirían a Ciro acceder a tesoros y riquezas almacenados en ciudades fortificadas y palacios. Esos bienes visibles servirían como evidencia temporal de que Jehová había preparado su camino y estaba cumpliendo Su palabra. Sin embargo, el propósito superior de tales bendiciones era que Ciro pudiera reconocer que sus victorias no procedían exclusivamente de su propia capacidad, sino del Dios de Israel que lo había llamado y sostenido.
En un sentido espiritual, el Señor también puede concedernos «tesoros escondidos»: conocimiento, entendimiento y perspectivas que permanecen ocultos hasta que estamos preparados para recibirlos. El estudio diligente es indispensable, pero la revelación abre verdades que el esfuerzo intelectual por sí solo no puede alcanzar. Por medio del Espíritu Santo, Jesucristo nos ayuda a descubrir significado en las Escrituras, propósito en nuestras experiencias y evidencia de que Él nos conoce y guía personalmente.
Isaías 45:4–5 — Dios actúa aun mediante quien no lo conoce
«A causa de mi siervo Jacob, y de Israel mi escogido, te llamé por tu nombre; te puse un título, aunque no me conocías. Yo soy Jehová, y ninguno más hay».
Ciro sería llamado, fortalecido y colocado en una posición desde la cual podría liberar a Israel, aun cuando todavía no conocía plenamente al Dios que dirigía los acontecimientos. El Señor podía utilizar sus capacidades, su autoridad y sus decisiones dentro de un propósito providencial. Esto demuestra que Dios obra más allá de las fronteras visibles de Su pueblo: puede inspirar acciones justas, preparar condiciones favorables y levantar defensores entre personas de distintas creencias, culturas y naciones.
El llamamiento de Ciro ocurrió «a causa» de Jacob e Israel. Aunque el pueblo había sufrido el cautiverio como consecuencia de su rebelión, Jehová no había olvidado Sus promesas ni abandonado Su relación de convenio. Mientras los cautivos quizá veían únicamente el poder de Babilonia y el silencio aparente de Dios, Él ya estaba preparando al instrumento que abriría el camino para su regreso. La providencia divina puede estar obrando mucho antes de que percibamos alguna señal visible de cambio.
Esta verdad nos invita a no limitar la manera en que esperamos recibir ayuda. Jesucristo puede valerse de personas, acontecimientos y oportunidades inesperadas para cumplir Sus propósitos. Su fidelidad al convenio continúa activa incluso durante los periodos de espera, y Su obra no depende de que todos Sus instrumentos comprendan desde el principio la función que están desempeñando. Aunque nosotros todavía no veamos la liberación, el Señor puede estar preparando silenciosamente el camino.
Isaías 45:5–6 — No existe otro Salvador divino
«Yo soy Jehová, y no hay ningún otro; fuera de mí no hay Dios… para que se sepa desde el nacimiento del sol y hasta donde se pone que no hay ninguno fuera de mí».
La repetición de esta declaración confronta directamente la idolatría. Jehová no es una deidad local cuyo poder se limite a Israel o dependa de un territorio determinado. Él gobierna sobre todas las naciones y sobre toda la creación, «desde el nacimiento del sol y hasta donde se pone». Aunque Ciro todavía no lo conocía plenamente, cada una de sus victorias demostraría que los ídolos de Babilonia no controlaban la historia; el Dios de Israel seguía dirigiendo los acontecimientos.
Para los Santos de los Últimos Días, Jesucristo es Jehová del Antiguo Testamento. Por eso, esta declaración testifica que fuera de Él no existe otro poder capaz de efectuar la redención. Otras personas pueden ayudarnos, enseñarnos y servirnos como instrumentos de bien, pero solamente Cristo puede expiar nuestros pecados, vencer la muerte y reconciliarnos con el Padre.
Reconocer que «no hay ningún otro» significa conceder al Salvador el lugar supremo en nuestra vida. No debemos dividir nuestra confianza entre Él y los ídolos modernos que prometen seguridad sin obediencia, felicidad sin rectitud o salvación sin arrepentimiento. Jesucristo no es simplemente una opción espiritual entre muchas; es el Creador, el Redentor y el único camino hacia la salvación eterna.
Isaías 45:7 — Dios gobierna sobre la luz, las tinieblas, la paz y la adversidad
«Yo formo la luz y creo las tinieblas; hago la paz y creo la adversidad. Yo, Jehová, hago todas estas cosas».
Este versículo declara la soberanía de Dios sobre la historia y sobre las diversas condiciones de la existencia. La palabra traducida como «adversidad» puede referirse a calamidad, aflicción o desastre, especialmente a los juicios y consecuencias que sobrevienen a pueblos y naciones. No significa que Dios sea el autor de la maldad moral ni que inspire al ser humano a pecar. La oposición entre luz y tinieblas, paz y adversidad afirma que ningún acontecimiento queda fuera de Su conocimiento y autoridad.
El Señor permite que existan pruebas, consecuencias y juicios en un mundo donde Sus hijos ejercen el albedrío. Muchas aflicciones proceden de las decisiones humanas, de las condiciones de la vida mortal o de leyes naturales; otras pueden servir como corrección divina. En todos los casos, Dios puede limitar el mal, gobernar las circunstancias y utilizarlas para advertir, enseñar, liberar y hacer avanzar Sus propósitos, sin ser responsable de las acciones pecaminosas de las personas.
La fe no exige atribuir directamente a Dios cada tragedia, sino confiar en que ninguna oscuridad supera Su poder redentor. Jesucristo puede producir luz en medio de la confusión y paz aun cuando la adversidad no desaparezca inmediatamente. Él no siempre evita que atravesemos circunstancias difíciles, pero puede santificarlas, fortalecernos mediante ellas y conducirlas finalmente hacia nuestro bien eterno.
B. H. Roberts: Para evitar que alguien que utiliza textos aislados responda citando las palabras de Isaías: «Yo hago la paz y creo el mal» —el único pasaje de las Escrituras que atribuye a Dios la creación del mal—, me adelantaré a señalar que existe un acuerdo bastante general de que las palabras de Isaías no se refieren al «mal moral», sino a las adversidades que pueden venir como juicios sobre los pueblos para corregirlos, tales como el hambre, la tempestad o la guerra.
Se trata de un «mal» que constituye la antítesis natural de la «paz», palabra que aparece antes de «creo el mal» en el texto: «Yo hago la paz y creo» lo opuesto a la paz. Es «el mal de las aflicciones y los castigos, pero no el mal del pecado» (Catholic Comment on Isaiah 45:7).
Mientras tanto, tenemos la evidencia más clara de las Escrituras de que el mal moral no es producto de Dios: «Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado por Dios, porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni Él tienta a nadie».
Es decir, Dios no tiene nada que ver con la creación del mal moral: «Sino que cada uno es tentado cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Y la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte» (Santiago 1:13–15). (New Witnesses for God, 3 tomos [Salt Lake City: Deseret News, 1909], tomo 3, capítulo XL, nota 60).
Isaías 45:8 — La justicia y la salvación brotarán juntas
«Destilad, oh cielos, desde arriba, y derramen justicia las nubes; ábrase la tierra y prodúzcanse la salvación y la justicia; háganse brotar juntamente».
Isaías presenta una imagen de renovación completa: los cielos derraman justicia y la tierra se abre para producir salvación. La obra redentora procede de Dios, pero produce frutos visibles en la vida humana. Lo celestial y lo terrenal se encuentran cuando la gracia divina es recibida con fe y obediencia. Así como la lluvia hace germinar una tierra que por sí sola no podría dar fruto, el poder del Señor despierta vida espiritual en el corazón dispuesto.
En Jesucristo, la salvación nunca se separa de la justicia. Su gracia no se limita a eliminar la culpa y dejarnos sin cambios; también nos fortalece para abandonar el pecado y aprender a vivir rectamente. No somos salvos por alcanzar la perfección mediante nuestros propios esfuerzos, pero tampoco recibimos la gracia para permanecer deliberadamente en la injusticia. El Salvador perdona al arrepentido y, mediante el Espíritu Santo, transforma sus deseos, decisiones y conducta.
La salvación y la justicia «brotan juntamente» cuando permitimos que la expiación de Cristo actúe plenamente en nosotros. El perdón restaura nuestra relación con Dios, mientras que la santificación nos ayuda a reflejar Su carácter. De este modo, la vida del discípulo se convierte en terreno fértil donde la misericordia recibida produce obediencia, servicio, integridad y frutos de justicia.
Isaías 45:9 — El barro no gobierna al Alfarero
«¿Dirá el barro al que lo moldea: Qué haces?; o tu obra: No tiene manos?».
La imagen del barro y el Alfarero enseña la diferencia entre el conocimiento limitado del ser humano y la sabiduría perfecta del Creador. Poseemos albedrío, capacidad para razonar y libertad para formular preguntas sinceras, pero no vemos el principio y el fin de todas las cosas. Por eso, no estamos en posición de juzgar a Dios como si comprendiéramos mejor que Él la totalidad de Su obra o los propósitos eternos que está desarrollando.
El versículo no condena las preguntas honestas. Las Escrituras contienen numerosos ejemplos de profetas que preguntaron, lamentaron y buscaron comprender. La diferencia se encuentra en la disposición del corazón: la humildad pregunta para recibir luz y someterse a la verdad; el orgullo exige que Dios se someta a nuestras expectativas y rechaza toda respuesta que no confirme nuestras ideas.
Confiar en el Alfarero significa creer que Jesucristo conoce la forma final que desea producir en nosotros. Sus manos pueden corregir, refinar y transformar nuestra vida sin destruir nuestra personalidad ni anular nuestro albedrío. Aunque no comprendamos cada presión o etapa del proceso, podemos permitir que Su gracia nos haga más santos y semejantes a Él. El barro alcanza su propósito no cuando dicta al Alfarero lo que debe hacer, sino cuando permanece dispuesto en Sus manos.
Isaías 45:9–10 — No rechazar el instrumento escogido por Dios
«¡Ay del que contiende con su Hacedor!… ¿Dirá el barro al que lo moldea: Qué haces?».
Parte del pueblo de Israel quizá consideraría extraño o impropio que Dios utilizara a Ciro, un rey extranjero que no pertenecía al convenio, para liberarlo del cautiverio. Sin embargo, Isaías advierte que discutir con el Hacedor acerca del instrumento elegido sería semejante a que el barro cuestionara al alfarero o que un hijo reclamara a sus padres por haberle dado la vida. El Señor conocía la totalidad de Su plan y podía valerse de una persona inesperada para cumplir Sus promesas.
Dios no está obligado a responder nuestras oraciones de la manera que habíamos anticipado. Puede enviar ayuda mediante personas, procesos o circunstancias que no encajen con nuestras expectativas religiosas, culturales o personales. Si insistimos en recibir una respuesta bajo una forma determinada, podríamos rechazar la provisión divina simplemente porque llegó por un medio que no habíamos imaginado.
La humildad espiritual requiere discernimiento y apertura. No significa aceptar ciegamente toda influencia inesperada como si procediera de Dios, sino evaluar sus frutos a la luz de la revelación y del Espíritu Santo. Cuando la ayuda es compatible con la verdad y contribuye a propósitos justos, podemos reconocer que Jesucristo también obra fuera de nuestros esquemas habituales. La fe confía no solo en que el Señor responderá, sino también en Su sabiduría para escoger cómo, cuándo y por medio de quién lo hará.
Truman G. Madsen: «Durante el período del Segundo Templo era fácil albergar ideas ambivalentes acerca del lugar central que ocupaban el templo y su sistema de adoración. Los comienzos del Segundo Templo fueron sumamente desfavorables.
»Jeremías había profetizado que el regreso de Babilonia a Israel sería más magnífico que el éxodo desde Egipto; la nueva redención eclipsaría por completo a la anterior. Sin embargo, eso no ocurrió. En cambio, un rey pagano promulgó un decreto que permitía a los judíos regresar a su tierra y reconstruir su templo. No hubo un rey davídico, ni milagros, ni gloria, ni libertad política; solamente un decreto promulgado por la burocracia persa en nombre de Ciro el Grande. ¿Era este el regreso prometido por el Señor? Muchos judíos presentaron objeciones…
»Vergüenza para aquel que contiende con su Hacedor, aunque no sea más que un fragmento de vasija de barro. ¿Dirá el barro al alfarero: “Qué estás haciendo”? ¿O dirá una mujer: “Qué estás dando a luz”?
»Así declaró el Señor, el Santo de Israel y su Hacedor: ¿Me preguntarán acerca del destino de Mis hijos? ¿Me darán instrucciones acerca de la obra de Mis manos? Yo hice la Tierra y creé sobre ella al hombre. Mis propias manos extendieron los cielos y organicé todas sus huestes. Yo lo levanté —a Ciro el Grande— para la victoria y allanaré todos sus caminos. Él reconstruirá Mi ciudad y pondrá en libertad a Mi pueblo exiliado». (Truman G. Madsen, editor, The Temple in Antiquity: Ancient Records and Modern Perspectives [Provo: BYU Religious Studies Center, 1984], págs. 155–157).
Isaías 45:11 — Preguntar a Dios con confianza y reverencia
«Preguntadme de las cosas por venir acerca de mis hijos, y acerca de la obra de mis manos mandadme».
El Señor invita a Su pueblo a acudir a Él para recibir comprensión acerca del futuro y de la obra que realizará entre Sus hijos. Israel no necesitaba recurrir a ídolos ni adivinos para encontrar orientación; podía consultar al Dios que conoce el principio y el fin. La frase «acerca de la obra de mis manos mandadme» no debe entenderse como una autorización para darle órdenes, sino como una reprensión a quienes pretendían cuestionar o dirigir la manera en que Él debía cumplir Sus propósitos.
La oración nos permite acercarnos al Señor con confianza, expresar preguntas sinceras y buscar revelación. Podemos preguntarle por nuestras responsabilidades, decisiones y preocupaciones, sabiendo que conoce perfectamente a cada uno de Sus hijos. Sin embargo, esa confianza siempre debe ir acompañada de reverencia y humildad. No acudimos a Dios para imponerle nuestras conclusiones, sino para permitir que Su voluntad ilumine y corrija la nuestra.
Jesucristo nos enseñó este equilibrio perfecto cuando oró al Padre con total sinceridad y, al mismo tiempo, se sometió diciendo: «No se haga mi voluntad, sino la tuya». La fe madura no teme preguntar, pero permanece dispuesta a recibir una respuesta diferente de la esperada. Al orar de ese modo, no intentamos gobernar la obra de Dios; permitimos que Él nos enseñe cuál es nuestro lugar dentro de ella.
Isaías 45:12 — El Creador dirige la historia
«Yo hice la tierra y creé sobre ella al hombre. Yo, mis manos, extendieron los cielos, y a todo su ejército mandé».
El Dios que levantó a Ciro para liberar a Israel es el mismo que creó la tierra, formó a la humanidad y extendió los cielos. Por consiguiente, posee tanto la autoridad como el conocimiento necesarios para dirigir la historia y escoger los instrumentos adecuados para cumplir Sus propósitos. Si toda la creación responde a Su mandato, ningún imperio, gobernante ni obstáculo puede frustrar definitivamente Su obra.
Cuando no comprendemos un acontecimiento o la manera en que el Señor está respondiendo, podemos recordar la magnitud de Su perspectiva. Nosotros vemos un momento aislado; el Creador contempla el principio, el desarrollo y el resultado de cada obra. Aquello que parece confuso desde nuestra posición limitada puede formar parte de una preparación mucho mayor, como ocurrió con el ascenso de Ciro y la futura liberación de los cautivos.
Confiar en Jesucristo como Creador no significa pensar que cada acontecimiento humano expresa directamente Su voluntad, pues las personas conservan su albedrío y son responsables de sus decisiones. Significa creer que Él puede gobernar las circunstancias, limitar el mal y encauzar la historia hacia Sus fines redentores. Las manos que extendieron los cielos también pueden sostenernos y guiarnos cuando todavía no comprendemos el camino.
Isaías 45:13 — Liberados gratuitamente para volver a edificar
«Él edificará mi ciudad y soltará a mis cautivos, no por precio ni por soborno, dice Jehová de los ejércitos».
Ciro permitiría que los judíos regresaran a su tierra sin exigirles un pago para comprar su libertad. La liberación no dependería de la riqueza, influencia o capacidad de los cautivos, sino del propósito soberano de Dios. Esta acción anticipa la gracia de Jesucristo: no podemos comprar nuestra redención ni ofrecer algo equivalente al valor de nuestra alma. El Salvador pagó mediante Su sacrificio expiatorio el precio que nosotros jamás habríamos podido pagar y ofrece libertad a quienes acuden a Él con fe y arrepentimiento.
Sin embargo, la misión de Ciro no terminaría al liberar a los cautivos; también permitiría la reconstrucción de Jerusalén y del templo. De igual manera, la obra de Cristo no consiste únicamente en sacarnos del cautiverio del pecado. Él también nos ayuda a reconstruir una vida centrada en Dios, restaurar lo que fue dañado y volver a colocar la adoración y los convenios en el centro de nuestra existencia.
La gracia es gratuita para nosotros, pero no fue barata: su precio fue el sufrimiento y la entrega del Hijo de Dios. Tampoco nos libera para que regresemos voluntariamente a las mismas cadenas, sino para que lleguemos a ser un pueblo santo. Jesucristo rompe nuestro cautiverio y, mediante el Espíritu Santo, nos enseña a edificar sobre un fundamento nuevo de fe, obediencia y comunión con Él.
George Albert Smith: Cien años antes de que naciera Ciro, el general que conquistó Babilonia, el Señor reveló al profeta Isaías que Ciro sería Su siervo y que diría a Jerusalén que debía ser reconstruida (Isaías 44:28; 45:1). Babilonia era entonces la ciudad más grande del mundo y se consideraba inexpugnable.
Ciro no era judío. No comprendía el Antiguo Testamento ni conocía la función que desempeñaría en la liberación de los judíos cautivos y en la reconstrucción de Jerusalén.
Mientras Ciro sitiaba la ciudad de Babilonia, el gran rey Belsasar y sus compañeros utilizaban para beber los vasos sagrados que habían sido llevados de la casa del Señor en Jerusalén (Daniel 5:1–31). Se trataba de una gran celebración desenfrenada y, repentinamente, en medio de ella apareció una mano que escribió sobre la pared las palabras: «MENE, MENE, TEKEL, UPARSIN», las cuales ellos no podían interpretar (Daniel 5:25).
La reina dijo al rey: «Hay entre nosotros un profeta hebreo. Él podrá decirte lo que significa».
Por tanto, fueron y llevaron a Daniel ante el rey. Cuando Daniel vio la escritura sobre la pared, pudo leerla. No fue difícil para él. Era siervo del Señor. Poseía el sacerdocio y lo había honrado de una manera extraordinaria durante toda su vida.
El rey y los demás se sentían completamente seguros. Contaban con alimentos y provisiones, y un río atravesaba la ciudad. Creían que nada podría entrar para perturbarlos. Sin embargo, sobre aquella pared se encontraban las palabras que, interpretadas, decían: «Has sido pesado en la balanza y has sido hallado falto; y tu reino será dividido entre los medos y los persas».
En aquella misma hora, «Mi siervo Ciro» había desviado de su cauce el río que atravesaba la ciudad. Su ejército entró por debajo de la muralla, que era demasiado alta para escalarla o destruirla con cualquiera de los medios y armas de los que disponían, y tan ancha que varios carros podían avanzar uno junto a otro sobre ella.
Cuando aquel gentil —si podemos utilizar ese término—, aquel extranjero para quienes habían poseído el sacerdocio y las bendiciones del Señor, los descendientes de Abraham, Isaac y Jacob, comprendió que el Señor le había entregado Babilonia, promulgó una proclamación que liberaba a los judíos cautivos y les permitía regresar para reconstruir su ciudad de Jerusalén. No solamente aportó su propio ejército y su propio pueblo, sino que también les proporcionó recursos con los cuales pagar a los trabajadores. (Conference Report, octubre de 1948, págs. 180–190).
Isaías 45:14 — «Ciertamente Dios está contigo»
«A ti se someterán y te suplicarán, diciendo: Ciertamente Dios está contigo, y no hay ningún otro; no hay otro Dios».
Las naciones llegarían a reconocer que la liberación y restauración de Israel no podían explicarse únicamente mediante su capacidad política, militar o económica. Un pueblo que había estado cautivo volvería a su tierra y reconstruiría su ciudad y su templo porque Dios estaba cumpliendo Sus promesas. La intervención divina sería tan evidente que otros tendrían que confesar: «Ciertamente Dios está contigo».
Las bendiciones del convenio no se conceden para alimentar el orgullo ni despertar admiración hacia quienes las reciben. Su propósito es manifestar el carácter, la fidelidad y el poder del Señor. Israel debía convertirse en un testigo viviente de que Jehová es el único Dios y de que ninguna dificultad puede impedir el cumplimiento de Su palabra.
De igual manera, una vida transformada por Jesucristo debe dirigir la atención hacia Él. Cuando el Salvador nos ayuda a abandonar el pecado, perseverar en las pruebas, perdonar, servir y vivir con esperanza, nuestros frutos pueden ayudar a otros a reconocer Su influencia. El testimonio más convincente no siempre es una declaración extraordinaria, sino una vida cuya transformación permite decir: «Dios está obrando aquí».
Isaías 45:15 — El Dios que se oculta sigue siendo el Salvador
«Verdaderamente tú eres Dios que te ocultas, oh Dios de Israel, el Salvador».
Dios no siempre revela inmediatamente Sus propósitos ni hace visible todo lo que está realizando. Mientras Israel permanecía cautivo, podía parecer que Jehová estaba ausente o escondido; sin embargo, ya estaba preparando a Ciro y organizando las condiciones necesarias para su liberación. Lo que el pueblo interpretaba como silencio divino era también un periodo de preparación que solamente podría comprenderse plenamente después.
La ausencia de evidencia inmediata no significa ausencia de actividad divina. El Señor puede estar obrando mediante acontecimientos, personas y procesos que todavía no reconocemos. Esto no quiere decir que debamos atribuir arbitrariamente cada circunstancia a una intervención directa de Dios, sino que podemos confiar en que Él conoce nuestra situación y puede encauzarla hacia Sus propósitos redentores.
Aunque Sus métodos permanezcan temporalmente ocultos, Su identidad no cambia: Él continúa siendo «el Salvador». La fe confía no solo en las acciones visibles de Jesucristo, sino también en Su carácter constante cuando la respuesta, el alivio o la dirección aún no aparecen. En los momentos de espera podemos aferrarnos a lo que ya sabemos de Él: es fiel, conoce el final desde el principio y nunca deja de trabajar por la salvación de quienes depositan su confianza en Sus promesas.
Isaías 45:16–17 — Los ídolos avergüenzan; Jehová salva eternamente
«Avergonzados y aun humillados serán todos ellos… Israel será salvo por Jehová con salvación eterna».
Los fabricantes y adoradores de ídolos terminarían avergonzados cuando quedara expuesta la incapacidad de sus imágenes para conocer el futuro, protegerlos o salvarlos. La vergüenza no procedería únicamente de haber perdido una batalla, sino de descubrir que habían entregado su confianza a algo sin vida ni poder. Toda fuente de seguridad que pretenda sustituir a Dios finalmente demuestra sus límites.
La salvación de Jehová, en cambio, no sería temporal, superficial ni incompleta. Ciro proporcionaría una liberación histórica al permitir que Israel saliera de Babilonia, pero no podía librar a las personas del pecado ni de la muerte. Los libertadores mortales pueden romper ciertas formas de cautiverio, mejorar las circunstancias y abrir caminos importantes; solamente Jesucristo puede sanar la raíz de nuestra condición caída y concedernos «salvación eterna».
Esta promesa dirige nuestra confianza hacia un Redentor cuyo poder nunca expira. Las soluciones temporales tienen valor, pero no deben confundirse con la redención definitiva. Quien edifica su vida sobre los ídolos terminará descubriendo su insuficiencia; quien hace convenios con Cristo puede recibir perdón, resurrección y vida eterna. Su salvación no solo cambia nuestras circunstancias presentes, sino que transforma nuestro destino eterno.
Isaías 45:18 — La tierra fue creada con un propósito
«Porque así dice Jehová, que creó los cielos; él es Dios, el que formó la tierra, el que la hizo y la compuso; no la creó en vano, sino para que fuese habitada la formó».
La creación no es un accidente carente de significado. Dios organizó la tierra con un propósito definido: sería el hogar mortal de Sus hijos y el escenario donde podrían recibir un cuerpo, ejercer el albedrío, formar relaciones, adquirir experiencia y progresar mediante la redención de Jesucristo. La vida terrenal contiene dolor, oposición e incertidumbre, pero esas condiciones existen dentro de un plan que conduce hacia la resurrección y la vida eterna.
Este versículo también afirma que la existencia humana posee valor y propósito. No estamos aquí por casualidad ni somos insignificantes ante la inmensidad del universo. Fuimos creados por Dios, vivimos en una tierra preparada por Él y participamos en una obra cuyo significado supera lo que alcanzamos a percibir durante la mortalidad. Jesucristo, como Creador y Redentor, puede ayudarnos a descubrir nuestro lugar particular dentro de ese plan.
Debido a que la tierra fue formada intencionalmente como hogar para la familia humana, también constituye una mayordomía sagrada. Tenemos la responsabilidad de utilizar sus recursos con gratitud, prudencia y consideración por las generaciones futuras. Honramos al Creador cuando cuidamos Su creación y empleamos sus dones para sostener la vida, aliviar el sufrimiento y cumplir propósitos rectos.
Neal A. Maxwell: Bajo la dirección de Su Padre, Jesús fue el Creador no solamente de este mundo, sino también, como escribió Pablo, de otros mundos (véase Hebreos 1:2–3).
En otro pasaje leemos: «Y he creado incontables mundos; y también los creé para Mi propio fin; y por medio del Hijo, que es Mi Unigénito, los he creado» (Moisés 1:33).
¿Por qué toda esa creación? Porque el propósito decretado y redentor de Dios el Padre es «llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre» (Moisés 1:39). Ese fue precisamente el propósito de este planeta, acerca del cual Isaías declaró: «Porque así dice Jehová, que creó los cielos; Él es Dios, el que formó la Tierra, el que la hizo y la estableció; no la creó en vano, sino que la formó para que fuese habitada» (Isaías 45:18).
Esta Tierra habitada se ha convertido, por tanto, en la «escuela» mortal de la humanidad.
Con razón nos maravillamos e incluso nos preocupamos por los delicados equilibrios ecológicos de la Tierra, y por la manera en que la inclinación y la órbita del planeta permiten que sea habitable, con suelo, estaciones y humedad.
Además, Jesús, quien formó este planeta bajo la dirección del Padre, puso tanto cuidado en planificar el programa de las experiencias de aprendizaje de esta vida como en planificar la propia escuela.
Por tanto, este acto de creación fue un acto de amor divino que cumplió el propósito de Dios de proporcionar a todos nosotros la experiencia necesaria de la vida mortal. («Our Acceptance of Christ», Ensign, junio de 1984, pág. 70).
Neal A. Maxwell: Es mediante las Escrituras que conocemos los planes de Dios para la humanidad sobre este planeta. Por medio de Isaías, Él nos declaró que formó esta Tierra para que fuese habitada (véase Isaías 45:18). Por medio de Moisés, Dios describió Su propósito: «Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre» (Moisés 1:39).
Además, al contemplar los cielos y las galaxias, quienes tengan ojos para ver contemplarán «a Dios obrando en Su majestad y poder» (Doctrina y Convenios 88:47).
Nos encontramos, por tanto, rodeados por un universo planificado y vivimos sobre un planeta que posee un propósito. Esas verdades describen «las cosas como realmente son» (Jacob 4:13). ¡No es de extrañar que el Evangelio sea una noticia tan gloriosa y buena! («God Will Yet Reveal», Ensign, noviembre de 1986, pág. 54).
Neal A. Maxwell: En resumen, nosotros contemplamos el mundo, la vida y la muerte de una manera diferente. Este no es un planeta mutante y accidental, habitado por personas que finalmente serán envueltas por la nada; es un lugar especial, un planeta que posee un propósito, porque, como observó Isaías, el Señor lo creó para que fuese habitado (véase Isaías 45:18).
Todos somos mayordomos y debemos tratar este planeta y sus recursos con el mismo cuidado con que Adán cultivó el Jardín. Al procurar ejercer dominio sobre la Tierra, ese dominio debe ser justo. Aun así, esta Tierra no es un lugar que debamos sentir tanta renuencia a abandonar. («Talk of the Month», New Era, mayo de 1971, pág. 31).
Isaías 45:19 — Buscar a Dios no es en vano
«No hablé en secreto, en un lugar oscuro de la tierra; no dije a la descendencia de Jacob: En vano me buscáis. Yo soy Jehová, que hablo justicia, que anuncio rectitud».
Jehová no se burla de la fe sincera ni invita a Sus hijos a una búsqueda destinada al fracaso. Aunque algunas respuestas requieran tiempo y no siempre lleguen en la forma esperada, buscarlo con humildad produce crecimiento, dirección y una comprensión más profunda de Su voluntad. Incluso cuando parece guardar silencio, el esfuerzo de orar, estudiar y obedecer prepara el corazón para reconocer la respuesta cuando esta llegue.
El Señor afirma también que no habla desde las tinieblas ni mediante engaños. Sus revelaciones proceden de la justicia y conducen hacia la rectitud. A diferencia de los ídolos y adivinos, que ofrecían promesas confusas o falsas, Dios comunica verdades confiables y cumple lo que anuncia. Su palabra puede corregir nuestras ideas, confrontar nuestros deseos o pedirnos paciencia, pero nunca tiene el propósito de desviarnos.
Buscar a Jesucristo sinceramente nunca es una inversión perdida. Quizá no recibamos de inmediato la solución solicitada, pero podemos recibir fortaleza para perseverar, luz para dar el siguiente paso o una transformación interior que nos acerque a Él. La promesa no significa que comprenderemos todo ahora, sino que el Salvador se deja encontrar por quienes continúan buscándolo con fe, obediencia y un corazón dispuesto.
Isaías 45:20 — Un dios que no puede salvar
«No tienen conocimiento los que llevan su imagen de madera y ruegan a un dios que no salva».
Los sobrevivientes de las naciones son invitados a reunirse y comparar sus imágenes con Jehová. La escena revela una profunda contradicción: el adorador debe cargar y sostener al supuesto dios del cual espera recibir ayuda. Un objeto que depende de manos humanas para trasladarse no puede escuchar una oración, dirigir la historia ni rescatar a quien se inclina ante él. La devoción del adorador no puede concederle un poder que nunca poseyó.
Los falsos salvadores modernos funcionan de manera semejante. El dinero, la popularidad, el poder, ciertas ideologías o los placeres requieren nuestra atención, tiempo y sacrificios para mantenerse en el centro de nuestra vida. Pueden ofrecer ventajas temporales o momentos de satisfacción, pero no pueden perdonar nuestros pecados, transformar nuestra naturaleza, resucitarnos ni reconciliarnos con Dios.
Isaías nos invita a examinar aquello de lo cual esperamos salvación. Si debemos sostenerlo constantemente y aun así no puede sostener nuestra alma, no merece ocupar el lugar de Dios. Jesucristo no necesita ser llevado por nosotros; Él es quien nos lleva cuando carecemos de fuerzas. Solamente el Salvador viviente posee poder para escuchar, perdonar, liberar y conducirnos hacia la vida eterna.
Isaías 45:21 — Dios justo y Salvador
«Y no hay más Dios que yo, Dios justo y Salvador; no hay otro fuera de mí».
En Jehová, la justicia y la salvación no se contradicen, sino que se encuentran perfectamente unidas. Él no salva fingiendo que el pecado carece de importancia ni juzga sin ofrecer un camino de misericordia. Su justicia reconoce plenamente la gravedad de la transgresión y sus consecuencias; Su amor, al mismo tiempo, busca rescatar y restaurar al pecador.
La expiación de Jesucristo resuelve esta aparente tensión. El Salvador tomó sobre Sí nuestros pecados y satisfizo las demandas de la justicia mediante Su sufrimiento, muerte y resurrección. Por ello, puede extender misericordia a quienes ejercen fe en Él y se arrepienten, sin dejar de ser perfectamente justo. El perdón no significa que la ley divina fue ignorada, sino que Cristo pagó un precio que nosotros no podíamos pagar.
La declaración «no hay otro fuera de mí» enseña que solamente Jesucristo puede ofrecer esta clase de salvación. Ningún esfuerzo humano, ídolo o poder terrenal puede reconciliarnos plenamente con Dios. En Cristo encontramos al Juez que conoce toda la verdad y al Salvador que tomó nuestro lugar. Podemos acercarnos a Él con reverencia y esperanza, confiando en que Su justicia es perfecta y Su misericordia suficiente para transformarnos.
Isaías 45:22 — Una invitación universal y un único camino de salvación
«Volveos a mí y sed salvos, todos los confines de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay ninguno más».
Este es el gran llamado misional del capítulo. La invitación no está limitada a Israel ni condicionada por la nacionalidad, el origen o la posición social; se extiende a «todos los confines de la tierra». Volverse hacia Jehová significa abandonar los ídolos, arrepentirse y orientar la mente, el corazón y la conducta hacia Él. Dios desea salvar a toda la humanidad y abre el camino para que cada persona pueda acercarse libremente.
La salvación comienza con una mirada de fe hacia Jesucristo. No se nos manda fabricar nuestro propio rescate ni alcanzar primero la perfección para poder acudir a Él. Se nos invita a volvernos hacia quien ya efectuó la obra redentora. Esa mirada de fe conduce al arrepentimiento, a los convenios y a una vida de discipulado mediante la cual Su gracia nos perdona y transforma.
La invitación es universal, pero la fuente de salvación es única: «Yo soy Dios, y no hay ninguno más». Todas las personas pueden venir, pero la redención solo es posible mediante Jesucristo. Esto no disminuye el amor de Dios por quienes pertenecen a diferentes pueblos y tradiciones. Declara que toda liberación del pecado y de la muerte, recibida por cualquier persona, será posible únicamente gracias a la expiación y resurrección del Salvador. Nadie queda excluido de Su invitación, pero nadie puede reemplazar Su obra.
Ezra Taft Benson: El Señor declaró: «Elevad hacia mí todo pensamiento» (Doctrina y Convenios 6:36). Elevar hacia el Señor todo pensamiento es la única manera posible de llegar a ser la clase de hombres y mujeres que debemos ser.
El Señor hizo esta pregunta a Sus discípulos: «¿Qué clase de hombres habéis de ser?». Entonces respondió Su propia pregunta al declarar: «Aun como yo soy» (3 Nefi 27:27). Para llegar a ser como Él, debemos tenerlo presente constantemente en nuestros pensamientos. Cada vez que participamos de la Santa Cena, nos comprometemos a «recordarle siempre» (Moroni 4:3; 5:2; Doctrina y Convenios 20:77, 79).
Si nuestros pensamientos nos convierten en lo que somos, y debemos llegar a ser semejantes a Cristo, entonces debemos tener pensamientos semejantes a los de Cristo. («Think on Christ», Ensign, marzo de 1989, pág. 4).
Isaías 45:23 — Toda rodilla se doblará y toda lengua confesará
«Por mí mismo hice juramento; de mi boca salió palabra en justicia y no será revocada: Ante mí se doblará toda rodilla y jurará toda lengua».
Llegará el día en que la identidad, la autoridad y la victoria de Jesucristo serán reconocidas universalmente. Quienes lo aceptaron y quienes lo rechazaron finalmente sabrán que Él es el Señor. El apóstol Pablo aplicó esta profecía directamente a Jesucristo, enseñando que toda rodilla se doblará y toda lengua confesará Su señorío. El reconocimiento final no dependerá de opiniones humanas, porque la resurrección, el juicio y la gloria del Salvador harán imposible negar la realidad de Su poder.
Para los fieles, doblar la rodilla no es un acto de humillación forzada, sino una expresión voluntaria de adoración, gratitud y entrega. La invitación presente consiste en reconocer a Cristo ahora por medio de la fe, antes de que Su gloria sea visible para todos. Arrodillarnos ante Él hoy significa aceptar Su autoridad, arrepentirnos y permitir que Su voluntad gobierne nuestras decisiones.
La confesión final manifestará una verdad universal, pero la confesión voluntaria de hoy puede transformar nuestra vida. No basta con admitir intelectualmente que Jesús es el Señor; debemos tomar sobre nosotros Su nombre mediante convenios y procurar vivir como Sus discípulos. Quienes lo reconocen ahora pueden experimentar Su perdón, Su poder santificador y Su paz, preparándose para recibir con gozo el día en que toda la creación confesará que Jesucristo es el Señor.
Neal A. Maxwell: ¡Jesucristo es el Jehová del mar Rojo y del Sinaí, el Señor resucitado!
Sin embargo, llegará el día en que toda carne lo verá juntamente. Toda rodilla se doblará en Su presencia y toda lengua confesará Su nombre (véanse Doctrina y Convenios 76:110–111; Filipenses 2:10–11).
Rodillas que nunca antes hayan adoptado esa postura con ese propósito lo harán entonces inmediatamente. Lenguas que nunca antes hayan pronunciado Su nombre, salvo mediante una blasfemia grave, lo harán entonces con reverencia y adoración. («Our Acceptance of Christ», Ensign, junio de 1984, pág. 74).
John A. Widtsoe: El plan de salvación, concebido y propuesto por nuestro Padre Celestial, está destinado a todos Sus hijos. Nuestro Padre nunca dejará de trabajar con nuestras voluntades obstinadas hasta que el último de Sus hijos haya aceptado los requisitos del Evangelio y se haya ajustado al plan de salvación.
Eso puede conducirnos hasta las eternidades lejanas, porque, aunque «toda rodilla se doblará y toda lengua confesará que Jesús es el Cristo», muchas personas se negarán a someter su voluntad a los requisitos del evangelio de Jesucristo. Tales personas deberán esperar para recibir las bendiciones completas del Señor hasta que su voluntad obstinada haya aprendido la obediencia.
Sin embargo, puesto que el progreso es eterno, ninguna persona llega jamás al final de la salvación. El progreso nunca necesita terminar. Debemos señalar que esas personas no podrán alcanzar a quienes fueron justos desde el principio.
Durante este viaje interminable, el ser humano puede descansar seguro en el amor eterno de Dios. Nuestro Padre nos ayudará para siempre. Nunca nos abandonará. Siempre procurará convertir al pecador a caminos mejores. Es probable que no considere terminada Su obra hasta que todos Sus hijos se encuentren en el camino del progreso. (Joseph Smith—Seeker after Truth, Prophet of God [Salt Lake City: Bookcraft, 1951], pág. 168).
Isaías 45:24 — Justicia y fuerza en Jehová
«Y se dirá de mí: Ciertamente en Jehová están la justicia y la fuerza».
No poseemos en nosotros mismos la rectitud ni el poder suficientes para vencer el pecado y alcanzar la salvación. Ambas cosas se encuentran en Jehová. La justicia que nos permite comparecer limpios ante Dios no es un logro independiente, sino un don que recibimos mediante la fe en Jesucristo, el arrepentimiento y una relación de convenio con Él.
Cristo no solamente perdona al arrepentido y lo justifica ante Dios; también le concede fuerza para cambiar. Su gracia es a la vez limpiadora y habilitadora: borra la culpa del pasado, fortalece nuestras debilidades y nos ayuda a desarrollar deseos y conductas más santos. Él no se limita a declararnos diferentes, sino que obra en nosotros para que gradualmente lleguemos a serlo.
Reconocer que «en Jehová están la justicia y la fuerza» nos protege tanto del orgullo como del desaliento. No podemos atribuirnos el mérito de nuestra salvación, pero tampoco tenemos que rendirnos cuando nuestras fuerzas resultan insuficientes. Podemos acudir continuamente a Jesucristo y recibir de Él la rectitud que nos reconcilia con Dios y el poder que nos permite perseverar, obedecer y ser transformados.
Isaías 45:25 — Justificados y glorificados en Jehová
«En Jehová será justificada y se gloriará toda la descendencia de Israel».
Israel no sería justificado por su linaje, sus riquezas, sus logros ni por una obediencia independiente de la gracia divina. Ser justificado significa ser perdonado, declarado limpio y restaurado a una relación correcta con Dios. Esta bendición solamente puede recibirse «en Jehová», mediante la expiación de Jesucristo, al ejercer fe en Él, arrepentirse y guardar los convenios.
La justificación no convierte las obras en innecesarias. La obediencia es la respuesta de fe mediante la cual acudimos al Salvador y permitimos que Su gracia actúe en nosotros; no es el precio con el que compramos nuestra salvación. Cristo no solamente nos libra de la condenación, sino que también nos santifica gradualmente, transformando nuestros deseos y capacitándonos para vivir con mayor rectitud.
Por eso, toda gloria legítima se centra en Jesucristo. El pueblo del convenio no se alegra en una supuesta superioridad sobre otros, sino en el Redentor que lo perdonó, recogió y transformó. Gloriarse en Jehová significa reconocer con gratitud que todo progreso espiritual, toda esperanza y toda promesa de vida eterna proceden de Él. El capítulo termina donde debe terminar toda historia de redención: no exaltando al rescatado, sino adorando al Salvador.


























