Isaías 52
«Tu Dios reina»
Isaías 52 comienza con Sion levantándose del polvo y concluye con el Siervo exaltado ante las naciones. Jerusalén recibe el mandato de despertar, vestirse de santidad y soltar las ataduras de su cuello. La redención ya ha sido preparada gratuitamente por el Señor, pero el pueblo debe responder: abandonar Babilonia, apartarse de la impureza y emprender el camino hacia Sion. La gracia divina abre la prisión y rompe las cadenas; el arrepentimiento demuestra nuestra disposición a salir y vivir conforme a la nueva identidad que Jesucristo nos concede.
Las buenas nuevas del capítulo se resumen en la declaración: «¡Tu Dios reina!». Jehová vuelve a Sion, consuela sus ruinas y manifiesta Su brazo salvador ante todas las naciones. Los mensajeros participan en esta obra anunciando paz y salvación, mientras los atalayas levantan la voz porque reconocen la llegada del Rey. Todo discípulo puede colaborar en este anuncio mediante su testimonio y conducta. El mensaje central del Evangelio no es que el caos, Babilonia o la muerte gobiernan, sino que Jesucristo reina y que todos los confines de la tierra podrán contemplar Su salvación.
Los últimos versículos introducen el gran cántico del Siervo que continúa en Isaías 53. Jesucristo sería desfigurado por el sufrimiento y despreciado ante los hombres, pero después sería exaltado y «purificaría a muchas naciones». El Rey que redime a Sion es también el Siervo que entrega Su cuerpo y Su sangre para rescatarla. Su gloria no se separa de Su sacrificio: reina porque venció el pecado y la muerte mediante Su obediencia y amor. Gracias a Él, los cautivos pueden soltar sus ataduras, los impuros pueden ser limpiados y toda la humanidad puede recibir las buenas nuevas de la redención.
Isaías 52:1 — Sion debe despertar y vestirse de santidad
«¡Despierta, despierta, vístete de tu poder, oh Sion! Vístete de tus ropas hermosas, oh Jerusalén, ciudad santa».
Después de sufrir cautiverio, humillación y desolación, Sion recibe el mandato de despertar. Dios ya ha preparado la redención; ahora el pueblo debe abandonar la pasividad, levantarse y responder a Su llamado. El poder de Sion no procede principalmente de las armas, las riquezas o la influencia política, sino de Jesucristo, de Sus convenios, de la autoridad del sacerdocio y de una vida santificada por el Espíritu Santo. Sion es fuerte cuando depende del Señor y refleja Su justicia.
Las «ropas hermosas» representan una nueva condición espiritual. Jerusalén debe cambiar las prendas del cautiverio y del duelo por vestiduras de santidad, dignidad y celebración. Mediante Su expiación, Jesucristo puede limpiar al pecador arrepentido y revestirlo de justicia. Él no solamente rompe las cadenas que lo mantenían cautivo; también restaura su identidad y le concede poder para comenzar una vida nueva. El redimido ya no tiene que vestirse según la vergüenza de su pasado, sino conforme a la dignidad que recibe en Cristo.
Jerusalén llega a ser «ciudad santa» no únicamente por su historia o ubicación, sino porque sus habitantes pertenecen al Señor y viven de acuerdo con Sus convenios. Edificar Sion exige más que reunir personas dentro de un mismo lugar: significa formar una comunidad pura de corazón, unida en Jesucristo y libre de las prácticas espiritualmente impuras de Babilonia. El mandato de despertar es tanto personal como colectivo: cada discípulo debe levantarse, vestirse de santidad y contribuir a que el pueblo de Dios refleje verdaderamente el carácter de su Rey.
Joseph Fielding McConkie: Gracias a Elias Higbee contamos con la explicación de José Smith acerca del significado de este versículo:
«Preguntas de Elias Higbee: ¿Qué se da a entender por el mandamiento que se encuentra en el primer versículo del capítulo 52 de Isaías, que dice: “Vístete de poder, oh Sion”? ¿Y a qué pueblo se refería Isaías?
»Se estaba refiriendo a aquellos que Dios llamaría en los últimos días, los cuales tendrían el poder del sacerdocio para hacer volver a Sion y efectuar la redención de Israel. Vestirse de poder significa vestirse con la autoridad del sacerdocio, a la cual ella, Sion, tiene derecho por linaje; también significa volver a aquel poder que había perdido» (Doctrina y Convenios 113:7–8).
En 1838, cuando el profeta José Smith dio esta respuesta al hermano Higbee, la investidura tal como la conocemos todavía no había sido revelada. Se habían efectuado otras ordenanzas en el Templo de Kirtland, pero la investidura individual no quedó plenamente desarrollada sino hasta después de que los santos emigraron hacia el oeste.
Por tanto, nos permitiremos cierta libertad al analizar el significado práctico de la explicación de José Smith de que Sion debía «vestirse de poder». Él declaró que significaba que Sion debía «vestirse con la autoridad del sacerdocio». Eso sucede individualmente cuando recibimos nuestra investidura personal.
La investidura es un don de poder espiritual contra Satanás. Uno de los significados del término inglés endue es vestir, investir o ponerse algo. Por eso la investidura está representada aquí. Sion se viste de poder cuando se viste con la autoridad del sacerdocio; y se viste con la autoridad del sacerdocio cuando recibe su investidura en el templo. ¿De qué otra manera recibe ropas tan hermosas?
«En sentido espiritual, Israel ha vestido harapos y comido polvo durante suficiente tiempo. Ahora ha llegado el momento de que se levante y asuma la dignidad y el poder que una vez le pertenecieron.
»En un comentario revelado sobre este pasaje, dado por medio del profeta José Smith, el Señor afirmó que Isaías se refería a quienes serían llamados en los últimos días para poseer el sacerdocio, establecer Sion y llevar a cabo la redención de Israel.
»José recibió la explicación de que “vestirse de poder” significaba que Israel volvería a ser revestido con “la autoridad del sacerdocio”, a la cual tenía “derecho por linaje”. Librarse de las ataduras de su cuello significaba quebrantar “las maldiciones de Dios sobre ella” en su condición dispersa y apóstata, a medida que regresara al Señor, de quien se había apartado (Doctrina y Convenios 113:7–10).
»Moroni escogió una paráfrasis de esos versículos como conclusión del Libro de Mormón. Hablando al Israel disperso de los últimos días, declaró: “Despierta y levántate del polvo, oh Jerusalén; sí, y vístete con tus ropas hermosas, oh hija de Sion; y fortalece tus estacas y ensancha tus fronteras para siempre, para que ya no seas confundida, y se cumplan los convenios que el Padre Eterno ha hecho contigo, oh casa de Israel”» (Moroni 10:31). (Joseph Fielding McConkie, Gospel Symbolism, págs. 141–142).
Gordon B. Hinckley: Vístanse con sus ropas hermosas, oh hijas de Sion. Vivan a la altura de la grande y magnífica herencia que el Señor Dios, su Padre Celestial, ha preparado para ustedes.
Elévense por encima del polvo del mundo. Sepan que son hijas de Dios, hijas que poseen una primogenitura divina. Caminen bajo la luz del sol con la cabeza en alto, sabiendo que son amadas y honradas, que forman parte de Su reino y que tienen una gran obra por realizar que no puede dejarse en manos de otras personas. (Ensign, noviembre de 1983, págs. 83–84).
Franklin D. Richards: Aquí se encuentra Israel congregándose y recibiendo la enseñanza del Señor, aprendiendo Sus caminos y andando por Sus sendas, para que pueda recibir la bendición y ser revestido de poder, tal como declaró el profeta: «Despierta, despierta; vístete de tu poder, oh Sion; vístete con tus ropas hermosas, oh Jerusalén».
¿Qué son esas ropas hermosas? Esas ropas hermosas representan ser revestidos con la autoridad y el poder del Santo Sacerdocio. Eso es lo que hace hermosas a las personas; es lo que las hace útiles; es lo que impulsa a los santos a cantar:
«¡Cuán hermosos son sobre los montes los pies del que trae buenas nuevas, del que publica la paz, del que trae buenas nuevas del bien, del que publica salvación, del que dice a Sion: Tu Dios reina!».
La excelencia del conocimiento de Dios es lo que hace hermosos a los hombres y a las mujeres, y hace agradables sus actos cuando se realizan con rectitud en el nombre del Señor Jesucristo.
Me regocijo cuando miro a mi alrededor y contemplo este precioso privilegio: casi no existe ninguna persona que haya alcanzado los años de responsabilidad y entendimiento que no participe en alguna medida del sacerdocio, aunque no sea más que mediante el oficio de diácono, que puede administrar bendiciones al atender las puertas, servir las mesas y realizar otros deberes temporales que puedan presentarse de vez en cuando.
Permítanme decir que todo oficial de la Iglesia, desde el diácono hasta el apóstol, debe comprender que tiene el deber de procurar administrar bendiciones en virtud del llamamiento de Dios que descansa sobre él. Debe sentirlo de esa manera.
Toda hermana que sea esposa de uno de esos hombres debe comprender —si ha recibido junto con él sus bendiciones en la casa del Señor— que tiene el privilegio y el deber de administrar bendiciones, consuelo y felicidad a su esposo, a sus hijos, a su familia y a su hogar.
Toda persona en la Iglesia debe estar llena de un espíritu de bendición. La autoridad del sacerdocio debe hacer que desde la fuente del corazón broten corrientes de bendición, consuelo, fortaleza y regocijo. Cada persona debe procurar ayudar y beneficiar a las demás de todas las maneras posibles. (Journal of Discourses, 26:100).
Porque nunca más vendrá a ti el incircunciso ni el impuro.
El día milenario producirá un cambio de paradigma en todo el mundo. Sion gobernará y Jerusalén reinará. La democracia dará paso a la teocracia, y las personas verdaderamente importantes serán finalmente las puras y humildes, en vez de las altivas y orgullosas. Los inicuos no podrán ir adonde quieran; sus pases de acceso serán revocados permanentemente.
«Y se dirá entre los malvados: No subamos a combatir contra Sion, porque sus habitantes son terribles; por tanto, no podemos prevalecer» (Doctrina y Convenios 45:70).
Bruce R. McConkie: Jerusalén, la Jerusalén de los judíos, la antigua ciudad de David, llegará a ser santa. Los perros gentiles ya no profanarán sus calles sagradas con sus corazones incircuncisos.
Los judíos ya no se jactarán de que la salvación les pertenece sencillamente por llevar en su carne la señal del convenio de Abraham; porque entonces se cumplirá lo que escribió el Apóstol:
«No es judío el que lo es exteriormente, ni es la circuncisión la que se hace exteriormente en la carne; sino que es judío el que lo es en lo interior, y la circuncisión es la del corazón, en espíritu, no en letra; la alabanza del cual no viene de los hombres, sino de Dios» (Romanos 2:28–29).
Durante ese día bendito, quienes caminen por las calles de la Ciudad Santa estarán limpios; limpios porque habrán «salido de las aguas de Judá, o de las aguas del bautismo» (1 Nefi 20:1).
Jerusalén, la Jerusalén de los judíos, la que se vendió por nada y fue llevada al cautiverio a causa de sus pecados, se levantará del polvo y se sentará entre los poderosos. Sus hijas cautivas se librarán de las ligaduras de tinieblas con las que habían sido atadas y regresarán al Señor, quien se manifestará a ellas. En aquel día conocerán a su Rey, su Mesías y su Señor. (The Mortal Messiah: From Bethlehem to Calvary, 4 tomos [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1979–1981], 4:342).
Isaías 52:2 — Sacudirse el polvo y soltar las ataduras
«Sacúdete el polvo; levántate y siéntate, oh Jerusalén; suelta las ataduras de tu cuello, oh cautiva hija de Sion».
Sentarse en el polvo representaba humillación, derrota y duelo. Ahora el Señor manda a Jerusalén sacudírselo, levantarse y ocupar nuevamente un lugar de dignidad. El arrepentimiento verdadero incluye sentir tristeza por el pecado, pero no permanecer indefinidamente definido o paralizado por el pasado. Después de recibir el perdón, debemos creer en la eficacia de la expiación de Jesucristo, aceptar la identidad restaurada que Él ofrece y volver a participar en Su obra.
Las ataduras del cuello representan tanto la esclavitud política de Israel como el cautiverio espiritual producido por el pecado. Dios anuncia que esas cadenas ya no deben determinar el futuro de Sion. Los hábitos destructivos, la culpa, el temor y las mentiras acerca de nuestro valor pueden mantenernos inclinados incluso después de que el Salvador haya abierto la prisión. Por eso, la invitación divina no solo es a recibir libertad, sino también a comenzar a vivir como personas libres.
Jesucristo hace posible la liberación, pero no anula nuestro albedrío. Él rompe el dominio del pecado y nos concede poder para actuar; nosotros respondemos soltando las cadenas, abandonando aquello que nos retenía y caminando en una dirección nueva. Sacudirse el polvo no significa negar lo ocurrido, sino negarse a permitir que siga gobernando nuestra identidad. En Cristo, el cautivo puede levantarse, recuperar su dignidad y volver a servir como hijo o hija del convenio.
¿Qué debemos entender cuando se dice que Sion se librará de las ataduras de su cuello, como aparece en el versículo 2?
Debemos entender que se exhorta a los remanentes dispersos a regresar al Señor, de quien se han apartado; y si lo hacen, la promesa del Señor es que Él les hablará, es decir, les dará revelación. Véanse los versículos 6, 7 y 8. Las ataduras de su cuello son las maldiciones de Dios que descansan sobre ella, es decir, sobre los remanentes de Israel en su condición dispersa entre los gentiles (Doctrina y Convenios 113:9–10).
«En un artículo presentado durante el Simposio Sidney B. Sperry de BYU en 1986, LaMar E. Garrard habló de los “remanentes dispersos de Israel”, quienes, hasta que tengan la oportunidad de escuchar y aceptar el evangelio de Jesucristo, son comparados con los cautivos de los antiguos reinos de Asiria y Babilonia.
»Cuando los israelitas fueron llevados cautivos —explicó Garrard—, “llevaban collares o bandas de hierro alrededor del cuello con cadenas sujetas a ellos, de modo que estaban encadenados unos con otros para impedir que escaparan. Cuando finalmente se les predica el Evangelio y aceptan el testimonio confirmador del Espíritu Santo, quedan libres de las tradiciones falsas, los preceptos de los hombres y la esclavitud del pecado”». (LDS Church News, 29 de septiembre de 1990).
Gerald N. Lund: Puesto que se cuelgan cosas alrededor del cuello, este se relaciona con frecuencia con la esclavitud o el cautiverio. El «yugo» sobre el cuello (véanse Isaías 10:27; Jeremías 27:2) y las «ataduras de tu cuello» (Isaías 52:2) proporcionan una imagen clara y poderosa de la esclavitud espiritual y, en algunas ocasiones, literal.
Por otra parte, cuando Isaías declara: «Tu cerviz es tendón de hierro» (Isaías 48:4), y cuando Jeremías señala que el pueblo «endureció su cerviz para no oír ni recibir instrucción» (Jeremías 17:23), la imagen representa el orgullo obstinado.
La razón se relaciona con otra función del cuello: sostiene y hace girar la cabeza. Puesto que inclinar la cabeza es una señal de humildad, tener la cerviz rígida constituye un símbolo del orgullo. («Understanding Scriptural Symbols», Ensign, octubre de 1986, pág. 25).
Isaías 52:3 — Redimidos sin dinero
«Porque así dice Jehová: De balde fuisteis vendidos y sin dinero seréis redimidos».
Israel no había sido vendido porque Dios tuviera una deuda con algún acreedor o hubiera perdido legítimamente la propiedad de Su pueblo. Sus propias transgresiones lo habían conducido al cautiverio. Por eso, su liberación tampoco sería una transacción comercial ordinaria. Babilonia no recibiría un pago equivalente por dejar libres a los cautivos; Jehová intervendría soberanamente y prepararía su regreso.
La salvación no puede comprarse con dinero, prestigio, obras humanas ni influencia. Para nosotros se ofrece como un don de gracia, aunque para Jesucristo tuvo un costo infinito. Él pagó el precio de nuestra redención con Su sufrimiento, Su sangre y Su vida. Nada que entreguemos podría igualar el valor de ese sacrificio; por eso, nadie puede jactarse de haber comprado o merecido su propia salvación.
Recibir gratuitamente la redención no significa permanecer pasivos ni continuar voluntariamente en el pecado. Respondemos al don de Cristo mediante la fe, el arrepentimiento, las ordenanzas y la fidelidad a los convenios. Estas acciones no pagan la deuda, sino que demuestran nuestra disposición a aceptar la libertad que Él adquirió para nosotros. Jesucristo no nos redime porque seamos ricos o autosuficientes, sino porque nos ama y posee poder para recuperar a quienes se vuelven hacia Él.
El hecho de que Isaías declare que Israel será redimido sin dinero no significa que será redimido sin pagar un precio. El Profeta establece un paralelismo: los israelitas se vendieron a sí mismos, pero no hubo ningún intercambio de dinero. De manera semejante, cuando el Señor vuelva a comprarlos, no se intercambiará dinero; sin embargo, se habrá pagado un precio, y uno sumamente elevado.
En lugar de dólares, yenes o dracmas, el precio fue pagado gota a gota mientras el Salvador sufría en Getsemaní y en el Gólgota. Pablo y Pedro fueron claros al respecto:
«Por precio fuisteis comprados; no os hagáis esclavos de los hombres.
»Cada uno, hermanos, permanezca para con Dios en la condición en que fue llamado» (1 Corintios 7:23–24).
«Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, no con cosas corruptibles como oro o plata…
»sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación» (1 Pedro 1:18–19).
Joseph Fielding Smith: Ese precio fue la sangre de Jesucristo, y nosotros no nos pertenecemos a nosotros mismos. ¡Oh, si tan solo pudiéramos comprender que mediante el derramamiento de Su sangre Él nos compró! Le pertenecemos. Él tiene derecho a decirnos qué debemos y qué no debemos hacer, y a mandarnos que guardemos Sus mandamientos. (Conference Report, octubre de 1947, sesión de la tarde, pág. 147).
Isaías 52:4–5 — Dios ve la opresión y defiende la santidad de Su nombre
«Los que de él se enseñorean lo hacen aullar, dice Jehová, y continuamente es blasfemado mi nombre todo el día».
Egipto, Asiria y después Babilonia representan los poderes que oprimieron a Israel. Jehová no permanece indiferente ante el clamor de los cautivos ni considera legítima la crueldad de sus gobernantes. Aunque permitió que Su pueblo experimentara disciplina como consecuencia de su rebelión, esa circunstancia no autorizaba a los opresores a actuar sin misericordia. Ser instrumento dentro de un acontecimiento permitido por Dios no elimina el albedrío ni la responsabilidad moral; quienes abusan del poder también deberán responder ante Su justicia.
Las naciones interpretaban el cautiverio de Israel como una demostración de que Jehová era débil o incapaz de salvar. De ese modo, Su nombre era blasfemado continuamente. El pecado del pueblo había producido consecuencias que otros utilizaban para despreciar al Dios del convenio. Sin embargo, la futura liberación demostraría que Jehová no había perdido Su poder, no había olvidado a Israel y seguía siendo fiel a todas Sus promesas.
Quienes toman sobre sí el nombre de Jesucristo mediante convenios reciben la responsabilidad de representarlo dignamente. Nuestra conducta no determina la verdad del Evangelio, pero puede influir en la manera en que otras personas lo perciben. La integridad, la misericordia y el servicio pueden ayudarlas a reconocer la bondad del Salvador; la hipocresía y el abuso pueden dar ocasión para que malinterpreten Su carácter. Por eso, llevar Su nombre significa procurar que nuestras acciones dirijan la mirada hacia Su santidad, justicia y amor.
Isaías 52:6 — El pueblo conocerá al Dios que declara: «Heme aquí»
«Por tanto, mi pueblo conocerá mi nombre; por esta causa sabrá en aquel día que yo soy el que habla: Heme aquí».
Conocer el nombre de Dios significa mucho más que aprender un título o poseer información acerca de Él. Implica reconocer por experiencia Su carácter, poder, fidelidad y relación de convenio con Su pueblo. La liberación permitiría que Israel descubriera personalmente que Jehová cumple Sus promesas y conserva poder para redimir. El testimonio se profundiza cuando la verdad que conocíamos por enseñanza llega a confirmarse en nuestra propia relación con el Señor.
La declaración «Heme aquí» responde directamente al temor de Sion de haber sido abandonada. El Dios que parecía silencioso revela que nunca estuvo ausente ni indiferente. Mientras el pueblo solo veía cautiverio, Él observaba su condición, anunciaba la liberación y preparaba el camino para su regreso. Su presencia era real aun antes de que Israel pudiera reconocer claramente Su intervención.
Jesucristo también puede estar cerca durante los periodos en que no percibimos Su mano. La fe se apoya en Su carácter mientras esperamos; después, al mirar retrospectivamente, muchas veces descubrimos evidencias de que nunca dejó de sostenernos y guiarnos. Conocer Su nombre es llegar a confiar en que Él es verdaderamente nuestro Redentor. Cuando declara «Heme aquí», nos asegura que no enfrenta nuestras aflicciones desde la distancia, sino que está presente para hablarnos, acompañarnos y salvarnos.
Isaías 52:7 — El mensajero anuncia: «¡Tu Dios reina!»
«¡Cuán hermosos son sobre los montes los pies del que trae buenas nuevas, del que publica la paz, del que trae nuevas del bien, del que publica salvación, del que dice a Sion: Tu Dios reina!».
Los pies del mensajero son hermosos no por su apariencia física, sino por el mensaje que transportan y por el sacrificio necesario para llevarlo. El mensajero atraviesa montes, distancias y dificultades para anunciar que el cautiverio ha terminado y que el Redentor viene a Sion. Todo discípulo puede participar en esta misión. Quien comparte el Evangelio, consuela al afligido, sirve al necesitado o testifica de Jesucristo se convierte en portador de buenas nuevas.
El Evangelio no es simplemente una actitud optimista; proclama acontecimientos reales y eternos. Jesucristo expió nuestros pecados, venció la muerte mediante Su resurrección y abrió el camino de regreso al Padre. Por eso, el mensajero anuncia paz, bien y salvación. La paz del Evangelio comienza con la reconciliación con Dios mediante la fe, el arrepentimiento y los convenios; después transforma el corazón y nos enseña a construir relaciones basadas en la verdad, la justicia, la misericordia y el perdón.
La declaración «Tu Dios reina» resume todo el mensaje. Babilonia, el pecado y la muerte pueden ejercer dominio temporal, pero ninguno posee un reino eterno. Jesucristo continúa gobernando aun cuando Sus discípulos atraviesan aflicciones, y regresará con poder y gloria para reinar sobre la tierra. Nuestra esperanza no descansa en que nunca habrá cautiverio o sufrimiento, sino en que el Salvador ya obtuvo la victoria definitiva. Por eso, las buenas nuevas pueden proclamarse con certeza: nuestro Dios vive, reina y salva.
Abinadí explicó que este pasaje se refiere a la posteridad de Cristo, especialmente a Sus profetas y, de manera suprema, al Salvador mismo:
«¿No son todos los santos profetas que han existido desde el principio del mundo? Os digo que ellos son Su posteridad.
»Y estos son los que han proclamado la paz, los que han traído buenas nuevas del bien, los que han proclamado la salvación y han dicho a Sion: ¡Tu Dios reina!
»¡Y cuán hermosos fueron sobre los montes sus pies!
»Y además, ¡cuán hermosos son sobre los montes los pies de los que todavía están proclamando la paz!
»Y además, ¡cuán hermosos son sobre los montes los pies de los que en lo futuro proclamarán la paz, sí, desde ahora en adelante y para siempre!
»Y he aquí, os digo que esto no es todo. Porque ¡cuán hermosos son sobre los montes los pies de aquel que trae buenas nuevas, que es el fundador de la paz, sí, el Señor mismo, que ha redimido a Su pueblo; sí, aquel que ha concedido la salvación a Su pueblo!
»Porque si no fuese por la redención que Él ha efectuado por Su pueblo, la cual fue preparada desde la fundación del mundo, os digo que, de no ser por ella, toda la humanidad tendría que haber perecido» (Mosíah 15:13–19).
Este pasaje se aplica a los profetas y apóstoles de nuestros días. ¡Cuán hermosos son sobre las Montañas Rocosas los pies de aquellos grandes hombres cuyas vidas han sido dedicadas a llevar buenas nuevas y proclamar la paz!
Ellos continúan proclamando el mismo mensaje que Abinadí: la salvación viene por medio del sacrificio del Unigénito, que quebranta las ligaduras de la muerte y satisface las demandas de la justicia. Cuando levantemos el brazo en escuadra para sostener a los líderes de la Iglesia, debemos recordar las palabras de Abinadí y de Isaías: «¡Cuán hermosos son sobre los montes los pies de los que en lo futuro proclamarán la paz!».
Mark E. Petersen: ¿Se han preguntado alguna vez quiénes son esas personas que predican el Evangelio de paz y cuyos pies son tan hermosos sobre los montes? Abinadí, en el Libro de Mormón, nos proporciona la explicación. Esas personas son los profetas de Dios, quienes predican el evangelio del Príncipe de Paz, el Señor Jesucristo. [Cita Mosíah 15:13–18].
Así habló Abinadí. Los profetas, por tanto, son los siervos de Jesucristo y lo han sido desde el principio de los tiempos […] Los honramos. Los seguiremos y, por medio de ellos, labraremos nuestra salvación aquí sobre la Tierra a la manera establecida por el Señor. (LDS Church News, Deseret News, 30 de marzo de 1996).
Jeffrey R. Holland: Estos conocidos pasajes, escritos inicialmente por Isaías, pero pronunciados e inspirados por Jehová mismo, con frecuencia se aplican a cualquier persona —especialmente a los misioneros— que lleva las buenas nuevas del Evangelio y proclama la paz a las almas de los hombres.
No existe nada inapropiado en esa aplicación; sin embargo, resulta importante comprender —como lo hizo el profeta Abinadí— que, en su forma más pura y en su sentido original, este salmo de agradecimiento se aplica específicamente a Cristo.
Él, y solamente Él, es quien finalmente trae las buenas nuevas de salvación. Únicamente por medio de Él se proclama la paz verdadera y duradera. Es Cristo quien declara a Sion, tanto en la antigua como en la Nueva Jerusalén: «¡Tu Dios reina!». Son Sus pies sobre el monte de la redención los que son hermosos. (Christ and the New Covenant, págs. 286–287).
Jeffrey R. Holland: Paz y buenas nuevas; buenas nuevas y paz. Esas se encuentran entre las bendiciones supremas que el evangelio de Jesucristo lleva a un mundo atribulado y a las personas afligidas que viven en él: soluciones para las luchas personales y la pecaminosidad humana, una fuente de fortaleza para los días de cansancio y las horas de verdadera desesperación.
Toda esta Conferencia General y La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, que la convoca, declaran que es el propio Hijo Unigénito de Dios quien nos proporciona esa ayuda y esa esperanza. Tal certeza es tan «firme como las montañas que nos rodean».
Como explicó claramente el profeta Abinadí en el Libro de Mormón, mediante una ligera variación de la exclamación de Isaías:
«¡Cuán hermosos son sobre los montes los pies de aquel que trae buenas nuevas, que es el fundador de la paz, sí, el Señor mismo, que ha redimido a Su pueblo; sí, aquel que ha concedido la salvación a Su pueblo!».
En última instancia, es Cristo quien aparece hermoso sobre el monte. Su misericordiosa promesa de «paz en este mundo» y Sus buenas nuevas de «vida eterna en el mundo venidero» son las que nos hacen postrarnos a Sus pies, bendecir Su nombre y dar gracias por la restauración de Su Iglesia verdadera y viviente. («The Peaceable Things of the Kingdom», Ensign, noviembre de 1996, pág. 82).
Isaías 52:8 — Los atalayas contemplan el regreso de Jehová a Sion
«¡Voz de tus atalayas! Alzarán la voz; juntamente darán voces de júbilo, porque ojo a ojo verán cuando Jehová vuelva a traer a Sion».
Los atalayas permanecían sobre los muros para observar la llegada de mensajeros, detectar peligros y advertir a la ciudad. En esta profecía son los primeros en contemplar el regreso victorioso de Jehová a Sion, por lo que levantan juntos la voz con alegría. Los profetas cumplen una función semejante: anuncian la venida de Jesucristo, advierten acerca de amenazas espirituales y ayudan al pueblo a reconocer la obra de Dios antes de que resulte evidente para todos.
La expresión «ojo a ojo verán» comunica claridad, reconocimiento directo y unidad. Los atalayas ya no dependerán de noticias inciertas ni ofrecerán testimonios contradictorios; contemplarán juntos el cumplimiento de la promesa. Su armonía no procederá simplemente de haber alcanzado un acuerdo humano, sino de ver la misma realidad divina: Jehová ha regresado para consolar, restaurar y gobernar a Su pueblo.
En la Segunda Venida, la identidad y autoridad de Jesucristo serán manifestadas de una manera imposible de negar. Entretanto, el recogimiento de Israel prepara a las personas para reconocerlo y produce mayor unidad entre quienes escuchan Su voz. Esa unidad no exige uniformidad de culturas o personalidades, sino fidelidad común a la verdad revelada. Los atalayas alzan la voz para que otros también puedan mirar hacia Cristo y recibir con gozo a su Rey.
Erastus Snow: El día milenario será un día en que los siervos de Dios podrán llevar las buenas nuevas a todos los pueblos, naciones, familias y lenguas sobre toda la faz de la Tierra, y no habrá nadie que los perturbe ni los atemorice.
La verdad abundará, y la luz y el entendimiento llegarán al pueblo. Será un día de gran luz en cada rincón de la tierra; el día anunciado por el profeta Isaías, cuando el conocimiento del Señor cubrirá la Tierra como las aguas cubren el mar.
Será el día en que ningún hombre enseñará más a su prójimo ni a su hermano, diciendo: «Conoce al Señor», porque todos lo conocerán, desde el menor hasta el mayor; un día en que «todos verán ojo a ojo».
Los profetas y los santos han esperado ese período, lo han anhelado, han orado por él, han cantado acerca de él, han profetizado de él y han hablado de la obra que lo produciría.
¿Son falsas todas esas profecías? ¿Son vanas todas esas esperanzas? ¿Quedarán sin cumplirse todas esas expectativas? ¿O se harán realidad?
Para los Santos de los Últimos Días solamente existe una respuesta. El Señor ha abierto su entendimiento, ha tocado sus ojos, ha despertado sus oídos, los ha consolado y les ha dado el Espíritu Santo. Han recibido la capacidad de contemplar y discernir las señales de los tiempos, y comprender en cierta medida la época en que vivimos.
Esto constituye una fuente de gozo ilimitado para quienes poseen ese testimonio y viven de manera digna de las bendiciones prometidas a los fieles. (Journal of Discourses, 25:69–70).
Brigham Young: Está escrito: «Tus atalayas alzarán la voz; juntamente darán voces de júbilo, porque verán ojo a ojo cuando Jehová haga volver a Sion».
También: «En vez de haber sido abandonada y aborrecida, tanto que nadie pasaba por ti, haré de ti una gloria eterna, el gozo de muchas generaciones».
Y además: «Porque he aquí, os digo que Sion florecerá y la gloria del Señor descansará sobre ella; y será un estandarte para el pueblo, y vendrán a ella de todas las naciones debajo del cielo».
Y nuevamente: «Sion florecerá sobre los collados y se regocijará sobre los montes, y será congregada en el lugar que he señalado».
Hablamos y leemos acerca de Sion, meditamos en ella y, mediante nuestra imaginación, procuramos captar algo que trasciende en belleza, excelencia y gloria celestiales.
Sin embargo, mientras contemplamos la futura grandeza de Sion, ¿comprendemos que somos los pioneros de esa grandeza y gloria futuras? ¿Comprendemos que, si queremos disfrutar de Sion en el tiempo o en la eternidad, debemos edificarla nosotros mismos?
Todos los que poseen una Sion en las eternidades de los dioses la organizaron, formaron, consolidaron y perfeccionaron por sí mismos y, por consiguiente, tienen derecho a disfrutarla. (Journal of Discourses, 9:282).
Charles W. Penrose: Puedo contemplar delante de mí el modelo de rectitud, nobleza y pureza; pero, lamentablemente, sé que todavía no lo he alcanzado. No obstante, deseo continuar esforzándome hasta llegar a ese nivel, y creo que esos mismos deseos se encuentran en el corazón de ustedes.
Dios ejerce paciencia con nosotros, y ese es el espíritu que debemos manifestar los unos hacia los otros hasta que podamos llegar a ver ojo a ojo.
Llegará el momento en que los atalayas sobre el monte Sion cantarán juntos en perfecta armonía: «Tus atalayas alzarán la voz; juntamente darán voces de júbilo, porque verán ojo a ojo cuando Jehová haga volver a Sion».
Sin embargo, el Señor nunca hará descender la Sion de arriba hasta que la Sion de abajo esté preparada para recibirla. (Journal of Discourses, 20:125).
Isaías 52:9 — Las ruinas cantan porque Jehová ha redimido a Jerusalén
«Cantad juntamente, ruinas de Jerusalén, porque Jehová ha consolado a su pueblo; ha redimido a Jerusalén».
Isaías invita a las propias ruinas de Jerusalén a cantar porque la desolación no será permanente. Aquello que parecía una evidencia definitiva de derrota se convertiría en el escenario de la restauración divina. Los muros derribados no podían reconstruirse solos, pero tampoco estaban fuera del alcance del Creador. Dios puede levantar vidas, familias y comunidades quebrantadas; incluso las cicatrices de una historia dolorosa pueden transformarse en testimonios de Su poder redentor.
El consuelo del Señor incluye acción. No se limita a pedirle a Jerusalén que se sienta mejor mientras permanece cautiva, sino que rompe sus cadenas, prepara su regreso y comienza a reconstruir sus lugares desolados. Esto no significa que toda pérdida se repare inmediatamente o exactamente de la manera esperada. Significa que ninguna ruina tiene que permanecer espiritualmente estéril cuando es puesta en las manos de Dios.
Jesucristo es a la vez Consolador y Redentor. Él calma el corazón herido, pero también actúa sobre la causa más profunda de nuestra aflicción: el pecado, la muerte y la separación de Dios. Mediante Su expiación ofrece perdón, sanación y poder para comenzar de nuevo. Cuando Cristo redime nuestras ruinas, el lugar que antes solo hablaba de destrucción puede convertirse en una voz de alabanza que anuncia: el dolor no tuvo la última palabra; Jehová ha consolado a Su pueblo.
Si el Señor ha comenzado a congregar a Israel, si el convenio ha salido por toda la Tierra y si Jerusalén ya se encuentra habitada por el pueblo del Señor, entonces ciertamente la redención completa de Jerusalén y el día milenario no pueden estar muy lejos.
«De cierto, de cierto os digo que todas estas cosas ciertamente acontecerán, tal como el Padre me lo ha mandado. Entonces se cumplirá este convenio que el Padre ha concertado con Su pueblo; y entonces Jerusalén será habitada nuevamente por Mi pueblo y será la tierra de su herencia» (3 Nefi 20:46).
Orson Pratt: Cuando terminemos de amonestar a los gentiles, la proclamación que el Señor nos ha dado será llevada a Israel en las islas del mar y entre las diversas naciones; y ellos regresarán para congregarse en la tierra de su herencia.
Entonces Jerusalén será redimida y se establecerá un templo sobre sus antiguos cimientos en Tierra Santa. Entonces las naciones de la Tierra contemplarán el cumplimiento de nuestras palabras.
Durante los últimos cuarenta y nueve años les hemos declarado que el Señor Dios ha iniciado una obra destinada a preparar el camino delante de Su venida; a preparar un pueblo capaz de soportar Su presencia y congregar a Su pueblo desde los cuatro extremos de la Tierra en uno, para que estuviera preparado para el día en que se rasgue el velo de la eternidad y la voz del Señor sea escuchada hasta los confines de la Tierra.
Entonces contemplarán el cumplimiento de nuestras palabras. Si no lo saben antes, en aquel momento sabrán con certeza que Dios participa en esta obra, que ha iniciado por última vez una proclamación y un mensaje para preparar el camino delante de la venida de Su Hijo desde los cielos. (Journal of Discourses, 20:148).
Isaías 52:10 — El santo brazo del Señor manifiesta salvación ante toda la tierra
«Jehová ha desnudado su santo brazo ante los ojos de todas las naciones; y todos los confines de la tierra verán la salvación del Dios nuestro».
Descubrir el brazo representa prepararse para actuar con fuerza. Jehová dejaría de parecer oculto y manifestaría públicamente Su poder al liberar y restaurar a Israel. Su brazo es «santo» porque nunca emplea el poder de manera egoísta, arbitraria o corrupta. En Él, la fuerza obra en perfecta armonía con la justicia, la misericordia y la verdad. Dios no actúa como los imperios opresores; utiliza Su autoridad para quebrar el cautiverio, defender al vulnerable y cumplir Sus convenios.
La liberación de Israel sería visible «ante los ojos de todas las naciones» y se convertiría en un testimonio universal de la fidelidad divina. La salvación nunca estuvo destinada a permanecer encerrada dentro de fronteras nacionales. Israel es redimido para que pueda manifestar el carácter del Señor y participar en la bendición de toda la familia humana. Lo que Dios realiza en Sion anuncia a todos los pueblos que existe un Redentor capaz de vencer el pecado, la opresión y la muerte.
Jesucristo es la manifestación perfecta del brazo salvador de Jehová. En Su aparente debilidad sobre la cruz se reveló el poder más grande: la expiación que hace posible el perdón y la resurrección. La proclamación mundial del Evangelio prepara a todas las naciones para reconocerlo y recibir Sus convenios. Llegará el día en que todos los confines de la tierra contemplarán abiertamente Su salvación; entretanto, Sus discípulos son llamados a anunciarla mediante sus palabras, su servicio y una vida transformada por Su gracia.
Nefi explicó:
«Y quisiera, hermanos míos, que supieseis que todas las familias de la Tierra no pueden ser bendecidas, a menos que Él desnude Su brazo ante los ojos de las naciones.
»Por tanto, el Señor Dios procederá a desnudar Su brazo ante los ojos de todas las naciones para llevar a efecto Sus convenios y Su evangelio en favor de los que son de la casa de Israel» (1 Nefi 22:10–11).
«Porque haré fuerte a Mi pueblo, con el cual el Padre ha hecho convenio; sí, haré que tu cuerno sea de hierro y que tus pezuñas sean de bronce. Y despedazarás a muchos pueblos; y consagraré sus ganancias al Señor, y sus bienes al Señor de toda la Tierra. Y he aquí, yo soy quien lo hace.
»Y acontecerá, dice el Padre, que la espada de Mi justicia penderá sobre ellos en aquel día; y a menos que se arrepientan, caerá sobre ellos, dice el Padre, sí, sobre todas las naciones de los gentiles» (3 Nefi 20:19–20).
Wilford Woodruff: Hasta ahora hemos sido sostenidos. El brazo de Jehová ha sido desnudado en favor nuestro desde que llegamos a estos valles, y todo Israel cuyos ojos estén abiertos para ver y cuya mente pueda comprender el trato de Dios con Su pueblo lo sabe.
Hemos sido sostenidos por el poder de Dios desde el principio hasta este día. Nada inferior al poder de Dios podría habernos salvado y permitido atravesar todas estas dificultades. Únicamente el poder de Dios puede preservarnos, y solamente Su sabiduría puede guiarnos con seguridad hacia el elevado destino que nos espera. (Journal of Discourses, 22:147).
Isaías 52:11 — Salir de Babilonia con manos y corazón limpios
«Apartaos, apartaos, salid de ahí; no toquéis cosa inmunda; salid de en medio de ella; sed limpios los que lleváis los vasos de Jehová».
El pueblo redimido debía abandonar físicamente Babilonia y emprender el regreso a Sion. En sentido espiritual, la orden significa apartarnos de los valores, pecados, idolatrías y formas de cautiverio contrarios a Dios. No es posible edificar plenamente Sion mientras conservamos deliberadamente las prácticas de Babilonia. La gracia de Jesucristo abre el camino de salida, pero la redención requiere que respondamos separándonos moralmente de aquello que nos mantenía cautivos.
La instrucción «no toquéis cosa inmunda» muestra que el arrepentimiento no consiste únicamente en cambiar de entorno o adoptar una nueva apariencia religiosa. Israel no debía llevar consigo los ídolos y la corrupción de Babilonia. Del mismo modo, debemos abandonar los hábitos, deseos y lealtades que contaminan el corazón. La pureza no significa que nunca hayamos pecado, sino que acudimos continuamente a Cristo para ser limpiados y procuramos no volver voluntariamente a las cadenas de las que Él nos liberó.
Quienes llevaban los vasos sagrados del templo debían estar ceremonial y espiritualmente limpios porque manejaban objetos dedicados al Señor. Este principio se aplica a quienes participan en ordenanzas, ejercen responsabilidades del sacerdocio, enseñan el Evangelio o sirven en el templo. La autoridad y el servicio sagrados deben estar acompañados de integridad, humildad y arrepentimiento constante. Dios no exige perfección instantánea a Sus siervos, pero sí manos limpias, un corazón dispuesto y la determinación de representar dignamente el nombre de Jesucristo.
Gordon B. Hinckley: Sean limpios. Sean limpios en sus pensamientos. Eso no resulta fácil en el ambiente en el que viven; pero, si se esfuerzan, pueden lograrlo. Pueden cerrar el paso a las influencias que destruyen el alma, la espiritualidad e incluso la vida misma.
Aléjense de la obscenidad, la inmundicia y la terrible pornografía que está extendiéndose por la Tierra como una inundación. No alquilen videos de naturaleza obscena e inmunda para sentarse a contemplarlos. Los destruirán.
No asistan a espectáculos que debiliten sus principios. No lean publicaciones que destruyan sus elevados ideales. Son hijos e hijas de Dios, y Él espera cosas maravillosas de ustedes. (Conferencia Regional de Eugene, Oregón, 15 de septiembre de 1996, citado en Teachings of Gordon B. Hinckley, «Virtue»).
David O. McKay: Bacon, el gran filósofo, declaró: «Siempre se ha considerado que la limpieza del cuerpo procede de la debida reverencia hacia Dios. La conciencia de llevar ropa limpia constituye por sí misma una fuente de fortaleza moral, superada únicamente por una conciencia limpia». (Conference Report, octubre de 1956, pág. 90).
Charles C. Penrose: «Sed limpios los que lleváis los utensilios de Jehová». El Señor espera que los jóvenes de Israel sean puros y virtuosos en su conducta, del mismo modo que lo requiere de las hijas de Israel. Que esto se comprenda claramente…
El Señor nos ha traído a estas montañas para que levantemos una generación santa, un pueblo especial, una nación de sacerdotes, quienes posteriormente, en algún momento de la eternidad, serán reyes además de sacerdotes y gobernarán y reinarán para siempre en la casa de Israel.
Como he declarado, la fortaleza de este pueblo se encuentra en su pureza relativa, su rectitud y su sinceridad. No son un grupo de hipócritas. (Conference Report, octubre de 1904, pág. 69).
Thomas S. Monson: “Mis amados hermanos, que estemos llenos de gratitud por el derecho de elegir, que aceptemos la responsabilidad de elegir, y seamos siempre conscientes de los resultados de las decisiones. Como poseedores del sacerdocio, todos nosotros, unidos como uno, podemos hacernos merecedores de la influencia guiadora de nuestro Padre Celestial al elegir cuidadosa y correctamente. Estamos embarcados en la obra del Señor Jesucristo. Nosotros, como aquellos de tiempos antiguos, hemos respondido a Su llamado. Estamos en Su obra. Tendremos éxito en el mandato solemne: ‘…sed limpios los que lleváis los vasos de Jehová’ (Isaías 52:11)”.
— Thomas S. Monson, en aquel entonces el Presidente de la Iglesia, conferencia general de octubre de 2010, “Los tres aspectos de las decisiones”
Isaías 52:12 — El Señor guía la marcha y protege la retaguardia
«Porque no saldréis apresurados ni iréis huyendo, porque Jehová irá delante de vosotros, y vuestra retaguardia será el Dios de Israel».
A diferencia de la salida urgente de Egipto, el regreso desde Babilonia no tendría que realizarse bajo el dominio de la confusión o del terror. Israel podría avanzar con serenidad porque su liberación formaba parte del propósito de Dios. Esto no significa falta de diligencia ni ausencia de dificultades, sino confianza en que el Señor controlaba el camino. Cuando seguimos Su dirección, no necesitamos tomar decisiones dominados por el pánico; podemos actuar con prontitud y, al mismo tiempo, conservar la paz.
Jehová iría delante del pueblo para mostrar la ruta, preparar las condiciones y enfrentar los obstáculos futuros. También sería su retaguardia, protegiendo a los débiles y evitando que aquello dejado atrás volviera a alcanzarlos. Israel no marcharía solo ni desprotegido: la presencia de Dios rodearía a la comunidad redimida desde el comienzo hasta el final de su viaje.
Jesucristo atiende tanto el futuro que enfrentamos como el pasado que dejamos atrás. Puede guiarnos hacia circunstancias desconocidas y protegernos de pecados, hábitos o temores que intentan volver a cautivarnos. No siempre revela todo el trayecto, pero permanece delante para dirigir el siguiente paso y detrás para redimir nuestra historia. Cuando caminamos dentro de Sus convenios, podemos avanzar sin huir desesperadamente, confiando en que el Salvador abre el camino y guarda nuestra retaguardia.
Isaías 52:13 — El Siervo prudente será exaltado
«He aquí, mi siervo actuará con prudencia; será exaltado y engrandecido, y será muy enaltecido».
El Siervo es Jesucristo, y Su prudencia comprende sabiduría, discernimiento y pleno éxito en el cumplimiento de la misión recibida del Padre. Nada relacionado con Su expiación fue accidental ni improvisado. Desde la vida premortal comprendía la obra que debía realizar; durante Su ministerio enseñó y actuó conforme a la voluntad divina, y en Getsemaní y el Calvario permaneció obediente hasta completar perfectamente el sacrificio redentor.
Isaías acumula expresiones de elevación —«exaltado», «engrandecido» y «muy enaltecido»— para mostrar la grandeza de la vindicación que seguiría a Su humillación. Jesucristo sería despreciado, herido y llevado a la muerte, pero después resucitaría, ascendería al cielo y sería glorificado a la diestra del Padre. Su exaltación confirma que el sacrificio fue aceptado y que posee toda autoridad para redimir, juzgar y reinar.
El mundo colocó al Salvador sobre una cruz; el Padre lo levantó del sepulcro y lo exaltó sobre todas las cosas. La aparente derrota del Calvario se convirtió en la victoria central de la historia. Este principio también fortalece a Sus discípulos: la fidelidad puede parecer fracaso cuando se mide únicamente por resultados inmediatos, pero el juicio de Dios revela su verdadero valor. Quienes siguen al Siervo con humildad pueden confiar en que ninguna obediencia sincera ni ningún sacrificio realizado en Cristo serán finalmente desperdiciados.
Isaías 52:14 — El aspecto desfigurado y el costo de nuestra redención
«Como muchos se asombraron de ti —de tal manera fue desfigurado su aspecto más que el de cualquier hombre, y su forma más que la de los hijos de los hombres—».
El sufrimiento del Siervo produciría asombro entre quienes lo contemplaran. Los azotes, los golpes, la corona de espinas y la crucifixión afectaron profundamente la apariencia física de Jesucristo. Quien había sido anunciado como el Siervo exaltado sería visto primero herido, humillado y aparentemente derrotado. Este contraste prepara la profecía de Isaías 53 y demuestra hasta qué profundidad descendió voluntariamente el Hijo de Dios para efectuar nuestra redención.
La desfiguración visible reflejaba solo una parte de Su padecimiento. En Getsemaní y en la cruz, Jesucristo tomó también sobre Sí el peso espiritual de los pecados, los dolores, las enfermedades y las aflicciones de toda la humanidad. Ninguna imagen exterior podía mostrar completamente la magnitud de aquella carga. Él no sufrió porque careciera de poder para escapar, sino porque escogió permanecer y beber la copa amarga por amor al Padre y a cada uno de nosotros.
La gracia es gratuita para quien la recibe, pero no fue barata. Cada posibilidad de arrepentimiento, cada conciencia limpiada y toda esperanza de resurrección fueron adquiridas mediante el sacrificio infinito del Salvador. Contemplar Su sufrimiento no debe llevarnos solamente a sentir tristeza, sino también gratitud, arrepentimiento y consagración. Las heridas de Cristo revelan tanto la gravedad del pecado como la inmensidad del amor que estuvo dispuesto a pagar el precio de nuestra libertad.
Bruce R. McConkie: En estas palabras contemplamos a un Cristo milenario y triunfante, Aquel cuyo rostro fue desfigurado y cuyo cuerpo fue maltratado mientras moraba entre los hombres.
Lo contemplamos con gloria y dominio, mientras los reyes permanecen en silencio en Su presencia y cierran la boca delante de Él. Vemos Su sangre purificadora rociar a todas las naciones, mientras hombres devotos de todas partes se vuelven hacia las verdades salvadoras que no habían escuchado anteriormente y hacia las palabras de verdad que hasta entonces no habían considerado. (The Mortal Messiah, pág. 344).
Isaías 52:15 — El Mesías purificará y asombrará a muchas naciones
«Así él rociará a muchas naciones; los reyes cerrarán ante él la boca, porque verán lo que nunca les fue contado y entenderán lo que jamás habían oído».
El verbo «rociar» evoca las ceremonias sacerdotales de purificación, expiación y consagración, en las cuales la sangre sacrificial simbolizaba la limpieza del pecado. Jesucristo, el gran Sumo Sacerdote, no purifica solamente a Israel, sino que extiende los efectos de Su sacrificio a muchas naciones. Algunas traducciones entienden la expresión como «asombrará», una idea que también armoniza con el contexto: la obra del Siervo producirá asombro universal y ofrecerá limpieza a todos los pueblos que se vuelvan hacia Él.
Los reyes cerrarán la boca ante el Siervo exaltado. Quienes poseían autoridad, juzgaban a otros y se consideraban grandes quedarán en silencio al contemplar Su verdadera majestad. Ningún argumento, título o poder terrenal podrá disminuir Su gloria. En Su segunda venida, Jesucristo será reconocido como Rey de reyes y Juez de todos. Quien fue llevado ante gobernantes mortales, despreciado y condenado injustamente manifestará una autoridad superior a todos los tronos humanos.
Las naciones verán y comprenderán lo que antes no habían conocido plenamente. La misión del Mesías supera las expectativas humanas porque revela una forma de victoria completamente diferente de la que ofrece el mundo: el Rey vence descendiendo, sirviendo, sufriendo y entregando Su vida. Mediante Su aparente debilidad derrota el pecado y la muerte. Al contemplar esa obra, los poderosos quedan en silencio, los pueblos reciben purificación y toda la humanidad es invitada a reconocer que el Siervo herido es también el Señor exaltado.


























