Isaías

Isaías 65
Las manos extendidas del Salvador y la creación de una nueva Sion


Isaías 65 contrasta dos respuestas a la invitación divina. Jehová declara: «Extendí mis manos todo el día», mostrando Su paciencia y disposición constante para recibir a Su pueblo; sin embargo, muchos escogieron andar según sus propios pensamientos, practicar la idolatría y esconder su rebelión detrás de una falsa santidad que decía: «Soy más santo que tú». Al mismo tiempo, personas que antes no preguntaban por Él —incluidos los gentiles— escuchan Su voz y entran en el convenio. Esto no significa que Israel sea abandonado definitivamente. Como quien encuentra jugo en un racimo y decide no destruirlo porque todavía contiene bendición, Dios preserva un remanente fiel y hace salir de Jacob una descendencia que heredará Sus promesas. El juicio no se basa simplemente en el linaje o la identidad religiosa, sino en la respuesta personal a la invitación del Señor.
La segunda mitad del capítulo presenta las bendiciones del reinado de Jesucristo y la restauración de Sion. Dios promete crear «nuevos cielos y nueva tierra» y convertir a Jerusalén en motivo de gozo. Las imágenes de hogares habitados por quienes los construyeron, cosechas disfrutadas por quienes las plantaron, larga vida y trabajo con propósito describen una sociedad libre de explotación, violencia e inseguridad. La comunión con Dios también será restaurada: «Antes que clamen, responderé yo; mientras aún estén ellos hablando, yo habré oído». La oración que al final de Isaías 64 parecía quedar sin respuesta encuentra aquí su contestación. El Señor no permanecerá en silencio; escuchará, redimirá y establecerá condiciones de justicia, seguridad y abundancia bajo el gobierno de Cristo.
El capítulo comienza con un pueblo que afirma orgullosamente: «Soy más santo que tú», y termina con un mundo en el cual nadie hará daño ni destruirá en todo el monte santo de Dios. Esa transformación no puede producirse mediante la autosuficiencia, el orgullo religioso ni las soluciones meramente humanas; procede del Redentor. Jesucristo recoge a quienes responden a Su voz, preserva al remanente fiel, da un nombre nuevo a Sus siervos y transforma incluso las relaciones simbolizadas por el lobo y el cordero. Isaías 65 nos invita a abandonar nuestros propios caminos, responder a las manos extendidas del Salvador y participar desde ahora en la edificación de una Sion donde la justicia, el gozo y la paz puedan permanecer.


Isaías 65:1 — Dios se manifiesta a quienes antes no lo buscaban
«Fui buscado por los que no preguntaban por mí; fui hallado por los que no me buscaban». Jehová anuncia que personas que anteriormente no pertenecían al pueblo del convenio llegarían a conocerlo. El apóstol Pablo aplicó este pasaje a la recepción del Evangelio entre los gentiles, mostrando que las bendiciones de la salvación no están limitadas por el linaje, la nacionalidad ni el pasado religioso. Este versículo revela que la gracia divina precede muchas veces a la búsqueda humana: Dios prepara oportunidades, envía mensajeros y dispone experiencias espirituales aun para quienes todavía no saben que lo necesitan. Aunque toda persona debe responder mediante la fe y el arrepentimiento, el primer movimiento de la redención procede del Señor, quien busca a Sus hijos antes de que ellos sepan cómo buscarlo.
«Dije a una nación que no invocaba mi nombre: Heme aquí, heme aquí». La repetición expresa la disposición insistente de Dios para revelarse. Él no es un Ser indiferente que procura permanecer oculto, sino un Padre que llama la atención de quienes todavía no conocen Su nombre. En Jesucristo, Dios se acerca a la humanidad, hace visible Su carácter y extiende una invitación universal: todos pueden venir, recibir la redención y entrar en una relación de convenio. La obra misional participa en ese llamado divino al proclamar a toda nación, tribu, lengua y pueblo que Dios vive y que Su Hijo ha abierto el camino de regreso.
También advierte a quienes ya poseen conocimiento religioso que no deben considerar a Dios como una propiedad exclusiva. Mientras algunos que tenían los convenios se resistían a Su voz, otros que antes estaban lejos respondían a Su invitación. Encontrar al Señor no depende únicamente de haber estado cerca exteriormente de las cosas sagradas, sino de reconocer Su voz y acercarse con un corazón receptivo. El doble llamado «Heme aquí» continúa vigente: Cristo se ofrece a todo aquel que esté dispuesto a verlo, escucharlo y seguirlo.


Isaías 65:2 — Las manos de Dios permanecen extendidas
«Extendí mis manos todo el día a un pueblo rebelde». Esta imagen revela la paciencia, la misericordia y la persistencia de Dios. A pesar de los repetidos rechazos de Israel, Jehová continuaba llamándolo, ofreciéndole perdón y manifestando Su disposición para recibirlo si se arrepentía. Las manos extendidas evocan la invitación de un padre que desea reconciliarse con sus hijos y también pueden dirigir nuestra mirada hacia Jesucristo, quien extendió Sus manos en la cruz para efectuar la redención. Por ello, el alejamiento de Israel no ocurrió porque Dios hubiera dejado de amarlo ni significa el abandono definitivo de todo el pueblo. El capítulo promete preservar un remanente fiel y levantar descendencia de Jacob para heredar Sus promesas. El Señor mantiene abierta la posibilidad del regreso mientras llama al pecador al arrepentimiento.
El pueblo rebelde «anda por un camino que no es bueno, en pos de sus propios pensamientos». La raíz de su desobediencia consistía en convertir el criterio personal en la autoridad suprema y preferir sus propias ideas a la palabra revelada. El razonamiento, la conciencia y la capacidad de decidir son dones de Dios; sin embargo, se vuelven espiritualmente peligrosos cuando se emplean para justificar el pecado o excluir deliberadamente la perspectiva divina. Cuando una persona rechaza continuamente la verdad, puede llegar a llamar bueno a lo que Dios ha declarado dañino y considerar opresivo aquello que fue dado para protegerla.
El discipulado no exige renunciar al pensamiento, sino permitir que Jesucristo lo ilumine, corrija y santifique. Seguir al Salvador implica examinar nuestros deseos y conclusiones a la luz de Su palabra, escuchar al Espíritu y estar dispuestos a cambiar cuando descubrimos que nuestro camino no coincide con el Suyo. Isaías 65:2 presenta así dos voluntades: las manos de Dios permanecen extendidas para recibir, mientras el pueblo insiste en caminar en dirección contraria. La restauración comienza cuando dejamos de seguir exclusivamente nuestros propios pensamientos y aceptamos las manos que Cristo nunca ha dejado de extendernos.


Isaías 65:3–4 — Una adoración contraria a Dios
«Un pueblo que en mi rostro me provoca de continuo, sacrificando en huertos y quemando incienso sobre ladrillos». Israel había sustituido la adoración revelada por prácticas idolátricas asociadas con santuarios paganos y altares no autorizados. La expresión «en mi rostro» subraya que no se trataba simplemente de ignorancia inocente, sino de una provocación persistente: el pueblo había recibido la ley y conocía al Dios verdadero, pero escogía rendir culto según sus propias preferencias. Estos versículos enseñan que la sinceridad, por sí sola, no convierte toda experiencia o práctica espiritual en algo correcto. Dios determina la manera de acercarse a Él mediante la fe en Jesucristo, la autoridad del sacerdocio, las ordenanzas y los convenios que Él ha establecido.
«Se quedan entre los sepulcros y pasan la noche en lugares secretos». Estas acciones probablemente se relacionaban con ritos para consultar a los muertos, obtener poderes ocultos o recibir revelaciones mediante medios prohibidos. La ley de Moisés había declarado impuros los cadáveres y había prohibido expresamente la nigromancia y otras prácticas ocultistas. Al buscar conocimiento y poder fuera de Dios, el pueblo se exponía al engaño espiritual y rechazaba la revelación legítima. El Señor invita a buscar sabiduría por medio de la oración, las Escrituras, los profetas y el Espíritu Santo, no mediante fuentes que imiten o contradigan Su poder.
El pasaje también menciona el consumo de carne de cerdo y de alimentos impuros, mostrando que la rebelión había alcanzado tanto la adoración como la conducta cotidiana. Aunque las normas alimentarias de la ley de Moisés no rigen de la misma manera después de su cumplimiento en Cristo, el principio permanece: no podemos separar la comunión con Dios de la obediencia a Su palabra. Isaías 65:3–4 nos invita a discernir cuidadosamente nuestras influencias espirituales y a recordar que la verdadera adoración no consiste en buscar experiencias extraordinarias, sino en acercarnos al Padre por medio de Jesucristo y conforme a la verdad que Él ha revelado.


Isaías 65:5 — La falsa santidad producida por el orgullo
«No te acerques a mí, porque soy más santo que tú». Estas palabras revelan una profunda contradicción: quienes participaban en prácticas contrarias a la voluntad de Dios se consideraban espiritualmente superiores y evitaban a los demás como si su proximidad pudiera contaminarlos. Su supuesta santidad no procedía de la obediencia ni de una relación recta con Jehová, sino de una comparación orgullosa con el prójimo. Habían convertido la religión en una fuente de prestigio y separación. En lugar de acercarlos a Dios, su sentimiento de superioridad los hacía menos conscientes de su propia necesidad de arrepentimiento.
La verdadera santidad no consiste en proclamarnos mejores que otras personas. Es el resultado de permitir que la gracia de Jesucristo purifique nuestro corazón, transforme nuestros deseos y se manifieste en una vida de obediencia, humildad y caridad. Cuanto más cerca está una persona del Salvador, más claramente reconoce que depende de Su misericordia y menos inclinada se siente a despreciar a quienes todavía luchan con sus debilidades. Cristo, el único verdaderamente Santo, no evitó a los pecadores arrepentidos; se acercó a ellos para sanarlos, perdonarlos e invitarlos a una vida nueva.
El Señor describe esa actitud orgullosa como «humo en mi furor, fuego que arde todo el día», indicando que la falsa santidad le resulta profundamente ofensiva. El orgullo espiritual impide el arrepentimiento porque convence a la persona de que el problema siempre se encuentra en los demás. Isaías 65:5 nos invita a examinar si nuestra religión produce compasión o desprecio, servicio o superioridad. Cuando la adoración nos lleva a mirar a otros desde arriba, hemos confundido la santidad con el orgullo; cuando nos conduce a amar, servir y reconocer humildemente nuestra dependencia de Cristo, comienza a reflejar la santidad verdadera.


Por lo general, la expresión «más santo que tú» se utiliza para describir una actitud de superioridad moral de una persona hacia otra. En este versículo, el Señor no está preocupado por que los judíos se sientan más santos que los gentiles. Ellos tuvieron la osadía de atribuirse más santidad que Dios mismo, el más Santo de todos. Una cosa es tener una actitud de «soy más santo que tú» hacia los incrédulos; otra, mucho peor, es tener esa actitud hacia Dios.
En nuestros días, quienes defienden causas sociales y lo políticamente correcto a menudo son culpables de mostrar una actitud de «soy más santo que tú». Afirman tener una moralidad superior a la de Dios. Al burlarse del matrimonio y reclamar igualdad social para cualquier comportamiento desviado que esté de moda, pretenden enseñar al Maestro, reescribir las leyes del Legislador y elevarse por encima de la santidad de Dios.

Gordon B. Hinckley: Una actitud de superioridad moral no es apropiada para nosotros. He recibido una carta de un hombre de nuestra comunidad que no es miembro de la Iglesia. En ella dice que su pequeña hija ha sido excluida por sus compañeros de escuela que son Santos de los Últimos Días…
Elevémonos por encima de toda conducta semejante y enseñemos a nuestros hijos a hacer lo mismo. Seamos verdaderos discípulos de Cristo, observando la Regla de Oro y tratando a los demás como quisiéramos que nos trataran. Fortalezcamos nuestra propia fe y la de nuestros hijos, al mismo tiempo que somos amables con quienes no comparten nuestra fe. El amor y el respeto vencerán todo elemento de animosidad. Nuestra bondad puede ser el argumento más convincente a favor de aquello en lo que creemos. (Ensign, mayo de 1998, pág. 5).

Gordon B. Hinckley: Nunca debemos olvidar que vivimos en un mundo de gran diversidad. Todas las personas de la tierra son hijos de nuestro Padre y pertenecen a muchas y variadas creencias religiosas. Debemos cultivar la tolerancia, el aprecio y el respeto mutuo. Tenemos diferencias doctrinales. Esto no tiene por qué producir animosidad ni ninguna actitud de superioridad moral. («La obra sigue adelante», Ensign, mayo de 1999, pág. 5).

N. Eldon Tanner: Como padres e hijos y poseedores del sacerdocio, debemos ser siempre humildes, sentirnos orgullosos del sacerdocio que poseemos y nunca avergonzarnos de él. Somos diferentes, un pueblo peculiar, y debemos seguir siendo diferentes en la causa de la verdad y la rectitud. Nunca adopten una actitud de superioridad moral, sino vivan siempre de acuerdo con las normas de la Iglesia y nunca vacilen. («El sacerdocio: Un ejército real», Ensign, julio de 1972, pág. 100).


Isaías 65:6–7 — Dios no ignora la iniquidad
«He aquí que escrito está delante de mí; no callaré, sino que recompensaré». Las acciones del pueblo permanecían plenamente visibles ante Dios. El paso del tiempo y Su aparente silencio no habían eliminado la responsabilidad ni convertido la injusticia en algo aceptable. Esta verdad constituye una advertencia para quien persiste en el pecado, pero también ofrece consuelo a quienes han padecido daños que nunca fueron reconocidos o reparados. Nada queda oculto ni olvidado ante el Juez perfecto. Jesucristo conoce tanto las acciones externas como las intenciones del corazón, y Su juicio será completamente justo, misericordioso y verdadero. La demora del juicio no significa indiferencia, sino que puede conceder tiempo para el arrepentimiento antes de que lleguen las consecuencias.
«Por vuestras iniquidades y por las iniquidades de vuestros padres juntamente». Los pecados de una generación pueden establecer costumbres, sistemas injustos y patrones de conducta cuyos efectos alcanzan a las generaciones posteriores. Los hijos pueden heredar consecuencias, heridas y ambientes formados por decisiones que ellos no tomaron. Sin embargo, no heredan automáticamente la culpa moral de sus antepasados: cada persona responde ante Dios por la manera en que actúa frente a la herencia recibida. Este pasaje tampoco justifica atribuir todos nuestros pecados al pasado; enseña que la iniquidad puede adquirir una dimensión colectiva cuando cada generación decide conservar y repetir las rebeliones anteriores.
La expiación de Jesucristo permite interrumpir esos ciclos. Mediante la fe, el arrepentimiento y los convenios, una generación puede negarse a perpetuar la idolatría, el abuso, el prejuicio o la injusticia de sus padres. Aunque no siempre podamos eliminar inmediatamente todas las consecuencias del pasado, sí podemos dejar de transmitirlas y comenzar una nueva herencia de rectitud. Isaías 65:6–7 enseña que Dios toma en serio tanto el pecado personal como sus efectos generacionales, pero también que Su gracia puede transformar a los herederos de una historia dolorosa en los iniciadores de una historia nueva.


Isaías 65:8 — Dios preserva la bendición del racimo
«Como cuando se halla mosto en un racimo y se dice: No lo destruyas, porque bendición hay en él». Isaías emplea la imagen de un racimo que, aunque parezca dañado o poco prometedor, todavía contiene fruto valioso. De la misma manera, la rebelión generalizada de Israel no llevaría al Señor a destruir indiscriminadamente a todo el pueblo. En medio de la apostasía permanecían siervos fieles que todavía respondían a Su voz y conservaban las promesas del convenio. Dios conoce perfectamente a cada persona y sabe distinguir entre quienes persisten en rechazarlo y quienes procuran buscarlo con sinceridad.
«Así haré yo por mis siervos, para no destruirlos a todos». El juicio divino nunca es una reacción ciega o descontrolada; está acompañado de discernimiento, justicia y misericordia. El Señor disciplina a Su pueblo, pero preserva un remanente mediante el cual puede continuar Su obra y cumplir Sus promesas. La existencia de ese remanente demuestra que la infidelidad de muchos no anula la fidelidad de Dios. Aunque una comunidad atraviese decadencia espiritual, el Señor no olvida a quienes permanecen leales ni considera inútil el fruto que todavía puede producirse.
Este versículo también ofrece esperanza individual. Dios no define a una persona arrepentida únicamente por las partes de su vida que han sido dañadas. Él ve la «bendición» que todavía existe, las posibilidades de transformación y aquello en lo que puede convertirla mediante la gracia de Jesucristo. Esto no significa que ignore el pecado, sino que Su propósito no es destruir lo que todavía puede ser redimido. Isaías 65:8 revela a un Dios que juzga con precisión, preserva lo que es fiel y trabaja pacientemente para rescatar todo fruto que pueda llegar a madurar en Sus manos.


Isaías 65:9 — Un remanente heredará las promesas
«Sacaré descendencia de Jacob, y de Judá heredero de mis montes». Aunque muchos se habían apartado de Jehová, su rebelión no anularía las promesas del convenio ni impediría el cumplimiento de los propósitos divinos. Dios preservaría una descendencia fiel de Jacob y Judá, mediante la cual continuaría Su obra y restauraría la herencia prometida. Los «montes» pueden representar la tierra santa y, doctrinalmente, también los lugares elevados y sagrados asociados con la adoración y la presencia del Señor. Esta promesa dirige la mirada hacia el recogimiento de Israel y la edificación de Sion bajo el gobierno de Jesucristo.
«Mis escogidos la heredarán y mis siervos habitarán allí». Ser escogido no significa recibir privilegios sin responsabilidad ni poseer superioridad espiritual sobre los demás. Los escogidos son quienes escuchan la voz del Señor, aceptan Sus convenios y se consagran a Su servicio. El remanente es preservado para bendecir, no para jactarse; para reunir a otros, no para excluirlos. Su misión es participar en la restauración, llevar el Evangelio a todas las naciones y ayudar a preparar un pueblo dispuesto a recibir al Salvador.
Isaías 65:9 enseña que los fracasos humanos no pueden frustrar definitivamente los propósitos de Dios. Incluso cuando la apostasía parece generalizada, el Señor puede levantar personas fieles que mantengan viva la obra del convenio. La esperanza de Sion no descansa en la fuerza numérica del remanente, sino en la fidelidad de Aquel que lo llama. Por medio de Jesucristo, los descendientes de Jacob y todos los que son recogidos con ellos pueden convertirse en siervos del convenio y herederos de las promesas divinas.

Brigham Young: Hablamos y leemos acerca de Sion, meditamos sobre ella y, en nuestra imaginación, intentamos alcanzar algo que es trascendente en belleza celestial, excelencia y gloria. Pero, mientras contemplamos la futura grandeza de Sion, ¿comprendemos que somos los pioneros de esa futura grandeza y gloria? ¿Comprendemos que, si hemos de disfrutar de una Sion en el tiempo o en la eternidad, debemos edificarla nosotros mismos? Todos los que tienen una Sion en las eternidades de los dioses la organizaron, formaron, consolidaron y perfeccionaron ellos mismos y, por consiguiente, tienen derecho a disfrutarla. (Journal of Discourses, tomo 9, págs. 282–283).


Isaías 65:10 — El valle de la aflicción transformado en lugar de descanso
«Y será Sarón redil de ovejas, y el valle de Acor lugar donde se echen las vacas». Acor significa “turbación” o “aflicción” y recordaba un episodio de pecado, juicio y pérdida en la historia de Israel. Isaías anuncia que ese mismo valle llegaría a convertirse en un lugar de pastoreo, seguridad y reposo. La promesa muestra el poder restaurador de Dios: un escenario asociado con el dolor no tiene que conservar para siempre ese significado. Por medio de Jesucristo, el valle de la aflicción puede convertirse en una puerta de esperanza. El Salvador no siempre elimina el recuerdo ni todas las consecuencias de una experiencia dolorosa, pero puede redimirlas, darles un propósito santo y hacer que aquello que antes producía turbación llegue a ser fuente de aprendizaje, compasión y paz.
La mención de Sarón y Acor —regiones situadas hacia extremos distintos de la tierra— también sugiere una restauración amplia. Los lugares desolados volverán a sostener vida, y el pueblo podrá habitar con seguridad bajo el cuidado del Señor. Esta imagen anticipa las bendiciones de Sion y del reinado de Cristo, cuando la tierra, la sociedad y el corazón humano serán renovados. El descanso prometido no es simple ausencia de dificultades, sino la seguridad de vivir bajo el gobierno del Buen Pastor, quien alimenta, protege y conduce a Su rebaño.
Estas bendiciones son «para mi pueblo que me buscó». El contraste del capítulo no depende únicamente del linaje o de una identidad religiosa heredada, sino de la respuesta presente a Dios. Reciben la herencia quienes lo buscan, escuchan Su voz y aceptan Su dirección. Pertenecer al pueblo escogido implica una conversión personal y continua: la historia de fe de nuestros antepasados no puede sustituir nuestra propia fe. Isaías 65:10 enseña que quienes buscan sinceramente a Jesucristo pueden hallar descanso aun en los valles que antes estuvieron marcados por la aflicción.


Isaías 65:11 — Olvidar al Señor y confiar en falsos dioses
«Vosotros, los que dejáis a Jehová, que olvidáis mi santo monte». El monte santo representa la presencia de Dios, la adoración en el templo y los convenios mediante los cuales el pueblo se relacionaba con Él. Olvidarlo no significaba solamente dejar de pensar en un lugar, sino vivir como si las ordenanzas, enseñanzas y promesas sagradas carecieran de autoridad sobre las decisiones cotidianas. Este olvido espiritual suele ser gradual: otras prioridades ocupan el centro del corazón hasta que la relación con Dios queda relegada. Recordar al Señor, en cambio, significa permitir que nuestros convenios determinen la manera en que empleamos el tiempo, tratamos al prójimo y escogemos nuestro rumbo.
«Ponéis mesa para la Fortuna y preparáis libaciones para el Destino». Fortuna y Destino eran deidades asociadas con la suerte y la determinación del futuro. Israel intentaba asegurar prosperidad mediante prácticas idolátricas en vez de confiar en la providencia de Jehová. La mesa y las libaciones muestran que no era una creencia pasiva: el pueblo consagraba recursos y actos de adoración a poderes falsos. Al tratar de controlar el futuro por medios prohibidos, abandonaba al Dios que verdaderamente conocía su porvenir y podía guiarlo con sabiduría.
Los discípulos de Jesucristo no atribuyen su destino eterno al azar, los astros ni fuerzas impersonales. Reconocen la providencia de Dios, ejercen responsablemente el albedrío y aceptan las consecuencias de sus decisiones. Esto no significa que puedan controlar todo cuanto les sucede, sino que ninguna circunstancia externa determina por sí sola aquello en lo que llegarán a convertirse. Mediante la gracia de Cristo y la fidelidad a los convenios, pueden escoger cómo responder. Isaías 65:11 nos invita a abandonar toda falsa seguridad y a colocar nuevamente nuestra vida y nuestro futuro en las manos del Señor.


Isaías 65:12 — El llamado rechazado y la responsabilidad de escoger
«Llamé, y no respondisteis; hablé, y no oísteis». La condenación de Israel no surgió por falta de luz, advertencia o invitación. Jehová había hablado mediante Sus profetas y había mantenido Sus manos extendidas, pero el pueblo escogió ignorar Su voz. En las Escrituras, oír espiritualmente significa más que percibir palabras o conocer una enseñanza: implica recibirla con fe y responder mediante la obediencia. Cada impresión del Espíritu, cada llamado profético y cada invitación al arrepentimiento colocan ante nosotros una decisión. La demora continua puede endurecer el corazón hasta volvernos menos capaces de reconocer la voz que antes rechazábamos.
«Hicisteis lo malo delante de mis ojos y escogisteis lo que no me agrada». Estas palabras recalcan el albedrío y eliminan la excusa de que el pueblo fue obligado a rebelarse. Sus integrantes prefirieron conscientemente otras voces, prioridades y prácticas a la voluntad revelada de Dios. El Señor respeta la libertad moral y no fuerza la obediencia; sin embargo, respetar nuestras decisiones no significa aprobarlas ni impedir sus consecuencias. El albedrío permite escoger nuestras acciones, pero no controlar todos los resultados que esas acciones producen.
Este versículo enseña que el juicio divino está relacionado con la manera en que respondemos a la luz recibida. Jesucristo continúa llamándonos por medio de las Escrituras, los profetas, el Espíritu Santo y las oportunidades de hacer el bien. Su voz no busca privarnos de libertad, sino conducirnos hacia la verdadera vida y protegernos de aquello que finalmente nos esclaviza. Oír al Señor es responder hoy, mientras el corazón todavía está dispuesto a cambiar. Isaías 65:12 nos invita a utilizar el albedrío no para alejarnos de Dios, sino para escoger deliberadamente aquello que le agrada y permite que Su gracia nos transforme.


Isaías 65:13–14 — Dos resultados espirituales opuestos
«Mis siervos comerán, mas vosotros tendréis hambre; mis siervos beberán, mas vosotros tendréis sed». Isaías presenta un contraste entre quienes responden al llamado de Jehová y quienes persisten en rechazarlo. El alimento y la bebida representan satisfacción espiritual, comunión con Dios y participación en las bendiciones del convenio. Jesucristo es el Pan de Vida y la fuente de agua viva; quienes acuden a Él reciben perdón, verdad, fortaleza y esperanza. En cambio, quienes buscan plenitud exclusivamente en los ídolos, el orgullo o las seguridades del mundo terminan descubriendo que esas cosas no pueden nutrir el alma ni satisfacer su sed más profunda.
«Mis siervos se alegrarán, mas vosotros seréis avergonzados; mis siervos cantarán por el gozo del corazón, mas vosotros clamaréis por el dolor del corazón». El contraste no enseña que toda persona justa disfrutará inmediatamente de prosperidad material ni que todo pecador padecerá hambre o tristeza en esta vida. Los discípulos fieles también atraviesan pérdidas, enfermedades y aflicciones, mientras que algunas personas injustas pueden gozar temporalmente de abundancia. Isaías describe principalmente el desenlace espiritual y final de dos caminos: uno conduce a la plenitud, la vindicación y el gozo en Cristo; el otro termina en vacío, vergüenza y quebrantamiento cuando desaparecen las falsas seguridades.
Estos versículos también revelan que la condición eterna comienza a formarse mediante las elecciones presentes. Servir al Señor no elimina todo dolor, pero permite experimentar un gozo interior que puede coexistir con la aflicción, porque está fundado en la presencia y las promesas de Jesucristo. Rechazarlo puede ofrecer satisfacciones momentáneas, pero deja al alma sin aquello para lo cual fue creada. Isaías 65:13–14 nos invita a escoger el banquete del Evangelio y el gozo de los convenios, confiando en que solo el Salvador puede satisfacer plenamente el hambre y la sed espirituales del ser humano.

George Q. Cannon: Dios nos ha dado un líder cuya sabiduría está a la altura de cualquier emergencia, y si somos obedientes a sus consejos, experimentaremos una salvación tan grande como la que José logró para aquellos con quienes estaba relacionado. En esto poseemos ventajas que otros pueblos no tienen: contamos con revelación que nos guía y con la palabra del Señor entre nosotros; no dependemos de la sabiduría del hombre ni de los planes humanos, sino que tenemos la sabiduría de la eternidad, manifestada por medio de los siervos de Dios, para guiarnos. Tenemos la oportunidad de edificar el reino de Dios y de llevar a cabo los designios del cielo conforme a Su plan; y si lo hacemos, cumpliremos la palabra que el Señor dio antiguamente al hablar de Su pueblo y compararlo con los pueblos del mundo. Él dijo: «Mis siervos comerán, pero vosotros tendréis hambre; mis siervos beberán, pero vosotros tendréis sed; mis siervos se regocijarán, pero vosotros seréis avergonzados; mis siervos cantarán con alegría de corazón, pero vosotros sufriréis con tristeza de corazón y aullaréis por el quebrantamiento de espíritu. Y dejaréis vuestro nombre por maldición a mis escogidos, porque Jehová el Señor te matará, y a sus siervos llamará por otro nombre». (Journal of Discourses, tomo 12, pág. 16).


Isaías 65:15 — Una identidad nueva para los siervos del Señor
«Dejaréis vuestro nombre por maldición a mis escogidos… y a sus siervos llamará por otro nombre». Isaías contrasta la identidad de quienes persistieron en la rebelión con la identidad renovada de quienes escogieron servir a Jehová. El nombre antiguo, relacionado con infidelidad, vergüenza y juicio, sería reemplazado por uno nuevo que expresaría aceptación, pertenencia y una relación restaurada con Dios. En las Escrituras, recibir un nuevo nombre suele marcar una transformación profunda, una nueva misión o la entrada en una relación de convenio. No se trata solamente de cambiar una designación externa, sino de llegar a ser una persona diferente por medio de la gracia divina.
Jesucristo no se limita a borrar una lista de pecados; transforma la naturaleza y redefine la identidad del arrepentido. Quien se vuelve sinceramente hacia Él ya no tiene que vivir identificado permanentemente como la persona que fue durante su rebelión. El pasado continúa proporcionando humildad y aprendizaje, pero deja de constituir una condenación o el límite de sus posibilidades futuras. En Cristo, la persona puede recibir una identidad fundada en el discipulado, el convenio y su condición de hijo o hija de Dios.
El nuevo nombre también implica una nueva manera de vivir. No basta con reclamar una identidad santa sin permitir que el Salvador cambie nuestros deseos, decisiones y relaciones. Ser llamado por el nombre de Cristo significa representarlo, recordarlo y procurar reflejar Su carácter. Isaías 65:15 ofrece así una esperanza poderosa: Dios no define al arrepentido por su peor momento, sino por aquello en lo que puede convertirse mediante Jesucristo. La última palabra sobre nuestra identidad no tiene que pertenecer al pecado ni a la vergüenza, sino al Redentor que nos llama Suyos y nos concede un comienzo nuevo.


Isaías 65:16 — El Dios de verdad y la sanación de las angustias pasadas
«El que se bendiga en la tierra, en el Dios de verdad se bendecirá; y el que jure en la tierra, por el Dios de verdad jurará». Después de haber confiado en ídolos, en la Fortuna y en el Destino, el pueblo volverá a reconocer que Jehová es la única fuente verdadera de bendición y seguridad. Sus palabras, convenios y promesas son dignos de confianza porque Su carácter es inmutable y no existe engaño en Él. Toda seguridad espiritual depende de la verdad: Jesucristo no ofrece una ilusión consoladora ni una esperanza basada únicamente en deseos humanos, sino promesas confirmadas por Su expiación y Su victoria real sobre el pecado y la muerte. Bendecirse en Su nombre significa reconocer que toda dádiva buena procede de Él y ordenar la vida de acuerdo con Su verdad.
«Porque las angustias primeras serán olvidadas y serán ocultadas de mis ojos». La redención prometida será tan completa que los sufrimientos anteriores dejarán de dominar la identidad, las emociones y el futuro del pueblo. Esto no significa necesariamente que Dios elimine toda memoria ni borre las lecciones, relaciones y crecimiento obtenidos mediante las pruebas. Significa que quitará el poder opresivo del dolor, la culpa y la vergüenza asociados con aquellas experiencias. Lo sucedido ya no definirá permanentemente a la persona ni limitará su capacidad para experimentar gozo.
Por medio de Jesucristo, las heridas pueden conservar un significado sin continuar abiertas. El Salvador puede transformar el recuerdo doloroso en testimonio de Su gracia, la culpa arrepentida en paz y la aflicción en una fuente de compasión y sabiduría. La promesa alcanzará su plenitud en la resurrección y en la nueva creación descrita a continuación, pero puede comenzar a cumplirse ahora cuando permitimos que Cristo sane nuestra memoria y renueve nuestra identidad. Isaías 65:16 enseña que el Dios de verdad no niega nuestro dolor: lo redime hasta que deja de gobernarnos.


Isaías 65:17 — Nuevos cielos y nueva tierra
«Porque he aquí que yo crearé nuevos cielos y nueva tierra». La obra redentora de Jesucristo no se limita a transformar el corazón de las personas; finalmente alcanzará a toda la creación. La tierra, actualmente marcada por la Caída, el pecado, la corrupción y la muerte, será renovada y preparada para una condición milenaria de justicia y paz bajo el reinado del Salvador y, finalmente, recibirá su gloria celestial. La palabra «crearé» recalca que esta restauración no procederá únicamente del progreso humano, sino del poder divino. El mundo quebrantado que conocemos no constituye el estado definitivo de la obra de Dios: por medio de Cristo, la creación avanza hacia la renovación, la santidad y la vida.
«Y de lo primero no habrá memoria, ni más vendrá al pensamiento». La gloria de la nueva creación será tan grande que la antigua desolación dejará de ocupar el centro de la conciencia. Esto no exige entender que Dios borrará toda memoria, identidad o aprendizaje del pasado, sino que el sufrimiento perderá su poder para dominar la experiencia de los redimidos. La historia de pecado, cautiverio y pérdida no será la definición final de Sion. Lo que hoy parece ocupar todo el horizonte llegará a contemplarse desde la perspectiva de la victoria completa de Jesucristo.
La esperanza cristiana, por tanto, no consiste solamente en soportar para siempre un mundo quebrantado ni en conservar eternamente el dolor bajo una forma más tolerable. Consiste en confiar en que Cristo puede hacer nuevas todas las cosas, incluso nuestra relación con el pasado. Él puede sanar sin negar lo vivido, preservar las lecciones sin conservar la angustia y transformar las heridas en testimonios de Su gracia. Isaías 65:17 nos asegura que el pecado y la muerte no tendrán la última palabra: la última palabra pertenece al Creador y Redentor, quien hará de la tierra y de Su pueblo una nueva creación.

Joseph Fielding Smith: Los nuevos cielos y la nueva tierra de los que hablan Isaías y la sección 101 de Doctrina y Convenios no se refieren a los nuevos cielos y tierras que vendrán después de la conclusión del Milenio, cuando la tierra llegue a ser como un mar de vidrio. Los nuevos cielos y la tierra de los que aquí se habla vendrán al comienzo del Milenio. Es el cambio del que se habla en el décimo Artículo de Fe. El Señor establece claramente el momento en que ocurrirá este cambio y serán eliminadas todas las cosas corruptibles. Será el día en que cese la enemistad sobre la tierra y el amor ocupe el lugar del odio, incluso entre las bestias y las aves, así como entre los seres humanos. Será un día en que no habrá pesar, porque no habrá muerte. Los hombres sobre la tierra seguirán siendo mortales, pero experimentarán un cambio que les dará poder sobre las dolencias, las enfermedades y la muerte. La muerte quedará casi desterrada de la tierra, porque los hombres vivirán hasta alcanzar la edad de un árbol, o cien años —véase la sección 63:50–51—, y entonces morirán a la edad señalada para el hombre; pero esta muerte llegará en un abrir y cerrar de ojos, y la mortalidad dará paso repentinamente a la inmortalidad. No habrá sepulcros, y los justos serán arrebatados a una gloriosa resurrección. En ese día, los santos resucitados trabajarán de la mano con los santos mortales sobre la tierra. El propósito del Señor durante esos mil años es que se efectúe la obra de las ordenanzas por todos los muertos que tengan derecho a recibirla. Será el tiempo de restauración y perfección, cuando se cumplirán todas las cosas relacionadas con la salvación del hombre. Los mortales deben efectuar en los templos la obra de las ordenanzas que pertenece a esta vida mortal. Todos los que se levantan en la resurrección pertenecen ya a otra vida y, por lo tanto, no pueden ser bautizados, confirmados, ordenados, investidos ni sellados por sí mismos, puesto que todas estas ordenanzas pertenecen a esta esfera mortal. Quienes hayan pasado por la resurrección vendrán con los registros necesarios para que aquellos que estén en la carne, o en la mortalidad, puedan efectuar la obra por sus muertos. (Historia de la Iglesia y revelación moderna, 4 tomos [Salt Lake City: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, 1946–1949], tomo 2, págs. 216–217).

Bruce R. McConkie: Pedro llama a este día en que habrá un nuevo cielo y una nueva tierra; a este día en que la tierra envejecerá y morirá, y los cielos se desvanecerán como humo; a este día en que las cosas sobre la tierra serán cambiadas como los hombres cambian las vestiduras que los cubren; a este día en que la tierra será quebrantada, disuelta y sacudida violentamente; a este día en que la tierra será renovada, recibirá su gloria paradisíaca y volverá a ser como era originalmente en los días del Jardín de Edén; Pedro llama a este día «los tiempos de refrigerio» que «vendrán de la presencia del Señor», cuando «él envíe a Jesucristo, que antes os fue anunciado» a los judíos (Hechos 3:19–20). Será el día del cambio necesario para hacer de la tierra una morada apropiada para su verdadero Rey y para los demás seres resucitados que vivirán y reinarán con Él durante los mil años señalados. Y con razón podía Pedro hablar así. Él fue uno de los tres, en el meridiano de los tiempos —los otros dos fueron Santiago y Juan—, que vieron en visión toda la gloriosa renovación de la tierra. Aludiendo a lo que vieron en el Monte de la Transfiguración, nuestra palabra revelada dice: «El que persevere en la fe y haga mi voluntad, ese vencerá y recibirá una herencia sobre la tierra cuando venga el día de la transfiguración; cuando la tierra sea transfigurada, conforme al modelo que se mostró a mis apóstoles sobre el monte; de cuya relación aún no habéis recibido la plenitud» (Doctrina y Convenios 63:20–21). El nuevo cielo y la nueva tierra, la tierra paradisíaca, la tierra renovada, la tierra restaurada, la tierra transfigurada, la tierra milenaria: todas estas son una y la misma. ¡Cuán bendecida será la tierra en aquel día! (El Mesías milenario: La segunda venida del Hijo del Hombre [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1982], pág. 618).

Orson Pratt: «Porque he aquí que yo creo nuevos cielos y una nueva tierra; y lo anterior no será recordado ni vendrá al pensamiento». Esto se refiere a la creación que será renovada al comienzo del Milenio. Las personas no recordarán. Nuestros hijos que nazcan durante el Milenio no recordarán toda la maldad y la corrupción que existían en los días de sus padres. No vendrá a su pensamiento, a menos que Dios lo ponga allí; pero cuando lleguen a ser inmortales, después de que hayan concluido los mil años, entonces creo que comprenderán el proceso mediante el cual fue creado este mundo. Pero alguien pregunta: «¿Cómo lo sabrán?». Lo sabrán porque todos estuvieron presentes cuando fue creado. Ustedes lo comprenden, Santos de los Últimos Días; ustedes y yo estuvimos allí cuando este mundo fue creado. Lo hemos olvidado, pero lo recordaremos cuando despertemos en la eternidad, con toda la plenitud de conocimiento que será concedida después de que todas las cosas sean hechas nuevas. (Journal of Discourses, 26 tomos [Londres: Latter-day Saints’ Book Depot, 1854–1886], tomo 21, págs. 328–329).


Isaías 65:18 — Jerusalén creada para regocijo
«Mas os gozaréis y os alegraréis para siempre en las cosas que yo he creado, porque he aquí que yo crearé a Jerusalén para regocijo y a su pueblo para alegría». Dios no se limitará a reconstruir los edificios de una ciudad devastada; restaurará a Jerusalén de manera que refleje el verdadero propósito de Sion: comunión con Él, justicia entre sus habitantes, seguridad para las familias y adoración centrada en Jesucristo. La repetición de la idea de crear indica que esta restauración será una obra divina. El Señor no simplemente devolverá a la ciudad su condición anterior, sino que producirá una realidad nueva, santa y llena de gozo.
Jerusalén no será motivo de alegría únicamente por la belleza de sus estructuras, su prosperidad o su importancia histórica. Su verdadero regocijo procederá de un pueblo reconciliado con Dios y también reconciliado entre sí. No puede existir plenamente Sion donde permanezcan la opresión, el orgullo, la violencia y la división. El gozo prometido nace cuando las personas aceptan la redención de Cristo, viven sus convenios, practican la justicia y consideran el bienestar del prójimo como parte de su propia felicidad.
Esta promesa también nos enseña que la edificación de Sion comienza antes de la restauración futura de Jerusalén. Cada hogar, congregación y comunidad puede reflejar desde ahora algo de ese propósito cuando Jesucristo ocupa el centro y las relaciones son gobernadas por la verdad, la caridad y la paz. Isaías 65:18 presenta el gozo no solo como una emoción individual, sino como la condición de una sociedad transformada por el Redentor. Dios crea a Jerusalén para regocijo porque primero crea un pueblo capaz de vivir unido en Su presencia.


Isaías 65:19 — Dios se regocija con Su pueblo
«Y me regocijaré con Jerusalén y me gozaré con mi pueblo». El gozo de la restauración no pertenece únicamente a quienes son redimidos; Dios mismo expresa alegría por el regreso y la felicidad de Su pueblo. Él no salva de manera distante, mecánica o indiferente. La conversión de Sus hijos, su reconciliación con Él y la vida abundante que reciben en Jesucristo forman parte de Su propia obra y gloria. Como un padre se alegra al recuperar a un hijo perdido, el Señor se complace cuando el pecador se arrepiente, los convenios son restaurados y una comunidad dividida llega a convertirse en Sion.
«Y nunca más se oirán en ella voz de llanto ni voz de clamor». La promesa no trivializa las lágrimas presentes ni condena a quienes lloran. Anuncia que el dolor no tendrá una existencia eterna. Bajo el reinado de Cristo desaparecerán progresivamente las causas profundas del duelo: la violencia, la injusticia, la opresión, la muerte prematura y la separación de Dios. El llanto que ahora expresa pérdida, temor o impotencia será reemplazado por la seguridad y el gozo de vivir en la presencia del Señor.
Esta promesa alcanzará su cumplimiento definitivo mediante la expiación y la resurrección de Jesucristo. Él conoce cada lágrima, porque tomó sobre Sí nuestros dolores y aflicciones, y posee poder para sanar sus causas y consecuencias. Algunas heridas son aliviadas durante la mortalidad; otras esperan una reparación completa en la resurrección y en la gloria venidera. Sin embargo, ninguna lágrima derramada con fe será permanente ni quedará olvidada. Isaías 65:19 revela a un Dios que no solo elimina el sufrimiento de Su pueblo, sino que comparte activamente el gozo de su restauración.


Isaías 65:20 — Longevidad y transformación durante el Milenio
«No habrá más allí niño de días ni anciano que sus días no cumpla». Isaías describe una época en la que la muerte prematura será excepcional y las personas disfrutarán vidas prolongadas en condiciones de paz, justicia y renovación. Esta profecía corresponde al Milenio, cuando Jesucristo reinará sobre la tierra y los efectos destructivos de la violencia, la enfermedad y la opresión serán profundamente limitados. La mortalidad continuará para quienes nazcan y vivan durante ese período, pero la experiencia humana será muy distinta de la actual: las personas podrán cumplir plenamente sus días bajo el gobierno del Salvador.
«Porque el niño morirá de cien años». Esta expresión comunica que incluso cien años serán considerados como juventud en aquella época de extraordinaria longevidad. El énfasis profético no parece estar en establecer una edad universal y exacta para todos, sino en mostrar hasta qué punto cambiarán las condiciones mortales. Desde la perspectiva de la Restauración, durante el Milenio los justos crecerán hasta una edad avanzada y, al llegar el momento señalado, experimentarán la muerte y la resurrección como un cambio rápido. De este modo, la muerte perderá gran parte del temor, la separación prolongada y el dolor que ahora la acompañan.
La base de esta esperanza no es solamente un ambiente más saludable o una sociedad mejor organizada, sino la victoria de Jesucristo sobre la muerte. Su resurrección garantiza que toda persona resucitará y recibirá un cuerpo inmortal. La longevidad milenaria será una señal anticipada de esa victoria, pero no constituirá todavía su cumplimiento final. La redención completa llegará cuando la muerte sea definitivamente vencida y todos sean levantados a la inmortalidad. Isaías 65:20 nos permite contemplar un futuro en el cual la vida, y no la muerte, establecerá las condiciones de la existencia humana.


Robert J. Woodford: ¿Cómo será el Milenio para los niños? Nacerán en un mundo sin tentaciones de Satanás. Serán criados por padres que conocen y aman al Señor. Envejecerán y vivirán cien años. Morirán, pero esa muerte no será una separación del espíritu y del cuerpo como la muerte que conocemos. No serán sepultados. En cambio, sus cuerpos serán transformados de mortales a inmortales en un instante. Pasarán de ser mortales a seres celestiales perfeccionados y resucitados en un abrir y cerrar de ojos. Isaías es el único profeta que nos dice a qué edad ocurrirá esta muerte o cambio instantáneo.
…Los niños crecerán sin pecado hasta salvarse.
Porque el Señor estará en medio de ellos, y su gloria estará sobre ellos. (Doctrina y Convenios 45:58–59).
En ese día Satanás no tendrá poder para tentar a ningún hombre.
Y no habrá pesar, porque no habrá muerte.
En ese día un niño no morirá hasta que sea viejo; y su vida será como la edad de un árbol —es decir, cien años—;
y cuando muera, no dormirá, es decir, en la tierra, sino que será cambiado en un abrir y cerrar de ojos, y será arrebatado, y su reposo será glorioso. (Doctrina y Convenios 101:29–32).
«En Doctrina y Convenios, el Señor ha revelado… importantes verdades acerca de la resurrección de la humanidad. Primero, quienes vivan durante el Milenio no morirán como conocemos la muerte ahora; serán cambiados de la mortalidad a la inmortalidad en un “abrir y cerrar de ojos”. Esta transformación consiste en una vida milenaria o paradisíaca seguida de una resurrección instantánea. No pasarán ni siquiera un momento en un sepulcro». (Robert J. Woodford, «Doctrina y Convenios: Un libro extraordinario», Ensign, enero de 1997, pág. 46).

Joseph Fielding Smith: Así que durante el Milenio no habrá muerte. Los niños no morirán. Las enfermedades serán desterradas. Esto es parte de la restauración. Pero ese niño, cuando haya alcanzado cierta edad, la edad de un árbol —cien años, leemos en Isaías—, será cambiado de esa manera. Morirá cuando sea viejo. Pasará del estado mortal al inmortal repentinamente, y por eso no será necesario cavar sepulcros… (Señales de los tiempos [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1952], pág. 37).


Isaías 65:21–22 — Seguridad, trabajo y estabilidad bajo el reinado de Cristo
«Edificarán casas y morarán en ellas; plantarán viñas y comerán el fruto de ellas». Isaías describe la paz del Milenio mediante bendiciones sencillas y profundamente humanas: disponer de un hogar seguro, trabajar con propósito y disfrutar de los resultados del propio esfuerzo. A diferencia de los períodos de invasión, desplazamiento y explotación, las personas no construirán para que un enemigo ocupe sus casas ni plantarán para que otros les arrebaten la cosecha. La paz que Jesucristo establecerá no será solamente ausencia de guerra; incluirá justicia, seguridad cotidiana y condiciones dignas de vida. Dios se interesa tanto por la salvación eterna como por el bienestar de las familias, la estabilidad de los hogares y el uso justo de los recursos.
El trabajo productivo no desaparecerá durante el reinado de Cristo, sino que será liberado de gran parte de la opresión, la frustración y la destrucción que actualmente lo acompañan. «Mis escogidos disfrutarán la obra de sus manos». En Sion, la labor no servirá para enriquecer injustamente al opresor ni privará al trabajador del fruto que ha producido; contribuirá al sostenimiento de la familia, al bienestar de la comunidad y al desarrollo de los dones personales. El trabajo recto forma parte de una vida plena porque permite crear, servir y participar en la obra ordenadora de Dios. Estas profecías también nos invitan a procurar desde ahora sociedades donde el esfuerzo humano sea respetado y sus frutos se distribuyan con justicia.
«Según los días de los árboles serán los días de mi pueblo». Los árboles representan longevidad, raíces profundas, crecimiento y continuidad entre generaciones. Bajo el gobierno del Salvador, la vida dejará de estar constantemente interrumpida por guerras, desplazamientos y calamidades; las personas dispondrán de tiempo para establecerse, ver madurar su trabajo y contemplar sus bendiciones en sus descendientes. Esta estabilidad no será simplemente el resultado de sistemas humanos más eficaces, sino uno de los frutos del reinado justo de Jesucristo. Él transformará una tierra marcada por la inseguridad en una Sion donde la vida, el trabajo y los hogares puedan florecer en reposo duradero.


Isaías 65:23 — Un trabajo con propósito y una herencia de bendición
«No trabajarán en vano ni darán a luz para calamidad». Bajo el reinado de Jesucristo, el esfuerzo humano encontrará propósito, estabilidad y fruto. Las personas no verán sus hogares, cultivos y proyectos destruidos repetidamente por invasiones, explotación o desastres propios de un mundo dominado por la rebelión. Tampoco traerán hijos al mundo para verlos consumidos por la guerra y la desolación. Esta promesa no enseña que toda labor producirá exactamente el resultado deseado, sino que la vida ya no estará gobernada por fuerzas que convierten sistemáticamente el trabajo honrado y la esperanza familiar en frustración.
El principio posee también una dimensión espiritual: ninguna obra realizada en Cristo es inútil. Los actos de obediencia, servicio, enseñanza y amor pueden parecer pequeños o no mostrar resultados visibles durante la mortalidad, pero permanecen ante Dios. Él conoce cada esfuerzo fiel, puede multiplicar su influencia y finalmente perfeccionar aquello que quedó incompleto. El éxito eterno no se mide solamente por resultados inmediatos, sino por la fidelidad con la que trabajamos junto al Señor. En Él, incluso los esfuerzos que el mundo considera infructuosos pueden producir consecuencias que todavía no alcanzamos a ver.
«Porque son descendencia de los benditos de Jehová, y sus descendientes con ellos». La paz de Sion alcanzará a las familias y a las generaciones siguientes. Los hijos no tendrán que heredar inevitablemente los mismos ciclos de violencia, idolatría y desolación que marcaron a sus antepasados. El convenio puede crear una herencia de fe, verdad y estabilidad. Cada generación conserva su albedrío y debe escoger personalmente al Señor, pero puede comenzar desde el fundamento preparado por la fidelidad anterior. Isaías 65:23 nos invita a trabajar y vivir de tal manera que nuestras decisiones no solo nos acerquen a Cristo, sino que también faciliten a quienes vengan después encontrarlo y permanecer en Él.

LeGrand Richards: Pablo dijo: «…ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón, en el Señor» (1 Corintios 11:11). Quizás puedan vivir aquí, en la mortalidad, el uno sin el otro, pero no en las eternidades venideras.
Pedro dijo que el esposo debe vivir con su esposa «sabiamente… como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no sean estorbadas» (1 Pedro 3:7). Ahora bien, ¿qué significa ser «coherederos de la gracia de la vida»? ¿De qué vida? Ya tenían su vida aquí en la mortalidad, pero habrían de llegar a ser coherederos de las bendiciones de la vida eterna. ¿Cómo podría expresarse con mayor claridad?
Entonces recordamos cuando Isaías vio el nuevo cielo y la nueva tierra, cuando el cordero y el lobo pacerían juntos, y «el león comerá paja como el buey…» (Isaías 65:25). Vio que los hombres «edificarán casas y habitarán en ellas; plantarán viñas y comerán el fruto de ellas.
»No edificarán para que otro habite, ni plantarán para que otro coma… y mis escogidos disfrutarán por largo tiempo de la obra de sus manos… porque son la descendencia de los benditos de Jehová, y sus descendientes estarán con ellos» (Isaías 65:21–23). ¿Cómo podría quedar más claro que ellos y sus descendientes habitarían juntos las casas que edificarían?
Este gran principio eterno es una de las grandes verdades que han sido reveladas mediante la restauración del Evangelio. Personalmente, preferiría creer que la muerte es una aniquilación completa tanto del cuerpo como del espíritu, antes que pensar que tendría que vivir por siempre jamás sin la continuidad de los lazos de amor que nos unen a mi esposa y a mí, y a nuestra familia y nuestros seres queridos aquí en esta vida. El cielo será una prolongación de nuestra vida aquí. («Verdades reveladas del Evangelio», Ensign, enero de 1974, pág. 59).

LeGrand Richards: Esta es una promesa clara de la continuidad de la familia durante los mil años, una época en que las personas edificarán casas y habitarán en ellas, plantarán viñas y comerán su fruto. Y luego, para dejar perfectamente claro que esta promesa incluye a sus hijos, Isaías añade: «Porque son la descendencia de los benditos de Jehová, y sus descendientes estarán con ellos». Nada podría ser más claro.
Por manifestación personal, como uno de los testigos especiales del Señor, doy mi solemne testimonio de que Él vive y volverá para dar comienzo a Su reinado milenario de mil años, y tendremos el privilegio de unirnos a Él si vivimos de manera que podamos hacerlo. («Los justos saldrán», Ensign, abril de 1981, pág. 11).


Isaías 65:24 — Dios responde antes del clamor
«Y acontecerá que antes que clamen, yo responderé». La relación entre Dios y Su pueblo será tan cercana que Su respuesta parecerá anticiparse a la oración. El Señor conoce perfectamente nuestras necesidades antes de que logremos expresarlas y puede comenzar a preparar la respuesta mucho antes de que comprendamos que la necesitamos. La oración no tiene por objeto informar a Dios de algo desconocido ni persuadirlo para que se interese en nosotros. Nos permite acercarnos a Él, armonizar nuestros deseos con Su voluntad y prepararnos espiritualmente para reconocer y recibir aquello que ya está disponiendo.
«Mientras aún estén ellos hablando, yo habré oído». Dios no escucha con demora, distracción ni indiferencia. Atiende por completo tanto las palabras pronunciadas como los deseos profundos que no sabemos formular. Incluso una oración débil, confusa o interrumpida puede llegar hasta Él, porque Su comprensión no depende de nuestra elocuencia. Esta promesa también responde al clamor del capítulo anterior: «¿Te contendrás, oh Jehová?». El silencio aparente no sería permanente; en la Sion restaurada, la comunión con el Señor sería tan plena que Su pueblo reconocería con claridad que siempre había estado atento.
Sin embargo, ser escuchados inmediatamente no significa que siempre veremos de inmediato el resultado esperado. La respuesta puede llegar de una forma distinta, seguir un tiempo diferente del nuestro o comenzar como una obra invisible en el corazón y en las circunstancias. Jesucristo nos asegura que el Padre conoce lo que necesitamos y que ninguna oración sincera queda perdida. Isaías 65:24 nos invita a orar con confianza, sabiendo que antes de terminar de hablar ya hemos sido oídos y que la sabiduría divina está obrando, aun cuando todavía no podamos ver la respuesta.


Isaías 65:25 — La paz de la creación bajo el reinado de Jesucristo
«El lobo y el cordero pacerán juntos, y el león comerá paja como el buey». Animales naturalmente enemigos convivirán sin atacarse, y la violencia depredadora será reducida durante el gobierno del Mesías. La creación misma reflejará la paz y el orden del reino de Dios. Esta renovación recuerda la armonía del Edén y anticipa la restauración de la tierra bajo Jesucristo. La expiación del Salvador no solo redime a la humanidad de los efectos de la Caída, sino que hace posible que toda la creación avance hacia una condición renovada de vida, equilibrio y reposo.
La imagen del lobo y el cordero también representa la reconciliación de personas, comunidades y pueblos antes enfrentados. Jesucristo puede transformar relaciones marcadas durante generaciones por el temor, la opresión y la hostilidad. Su paz no consiste únicamente en detener temporalmente los conflictos, sino en cambiar las disposiciones que los producen. Cuando el orgullo, el odio y el deseo de dominar son reemplazados por la justicia, la misericordia y la caridad, antiguos enemigos pueden aprender a vivir juntos sin destruirse. La paz exterior de Sion será el fruto de corazones interiores transformados por el Rey de Paz.
«Y el polvo será el alimento de la serpiente». Esta imagen recuerda la maldición pronunciada sobre la serpiente después de la Caída y representa la continua humillación del adversario. Aunque la tierra sea renovada, Satanás no recuperará poder ni autoridad; durante el Milenio será atado porque el pueblo escogerá vivir en rectitud y se negará a obedecer su voz. Por ello, «no harán mal ni dañarán en todo mi santo monte». El capítulo, que comenzó con idolatría, rebelión y falsa santidad, concluye con una Sion libre de violencia. Esa paz no surgirá solamente porque desaparezcan las armas, sino porque los corazones, las relaciones y las estructuras serán transformados por la justicia de Jesucristo.

Bruce R. McConkie: Isaías nos da estos detalles, expresados poéticamente, acerca de la vida animal durante el Milenio. «El lobo y el cordero pacerán juntos —dice—, y el león comerá paja como el buey». En esta declaración está implícito que el hombre y todas las formas de vida serán vegetarianos en el día venidero; cesará el consumo de carne porque, entre otras razones, cesará la muerte tal como la conocemos. No habrá derramamiento de sangre, porque el hombre y los animales serán cambiados —vivificados— y la sangre ya no correrá por sus venas. «Y el polvo será el alimento de la serpiente», lo que significa, según suponemos, que ya no comerán ratones, alimañas ni otros animales. (El Mesías milenario: La segunda venida del Hijo del Hombre [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1982], pág. 658).