Isaías

Isaías 28


Contrasta tres fundamentos. Efraín se apoya en una corona de prosperidad y orgullo que pronto se marchita. Los gobernantes de Jerusalén buscan refugio en mentiras y alianzas falsas. Dios, en cambio, coloca en Sion una piedra probada y preciosa: Jesucristo.
El capítulo también explica cómo Dios instruye a Su pueblo. La revelación llega «línea sobre línea», porque el crecimiento espiritual es progresivo y requiere obediencia. Quienes desprecian la enseñanza sencilla terminan aprendiendo mediante consecuencias dolorosas; quienes reciben la luz son preparados para obtener más.
Finalmente, Isaías compara al Señor con un agricultor sabio. Dios no ara, siembra ni trilla de manera indiscriminada. Él conoce a cada persona, adapta Su enseñanza y limita la disciplina para no destruir el fruto. Nuestra seguridad consiste en abandonar la soberbia, escuchar Su palabra y edificar toda la vida sobre Jesucristo, el único fundamento que permanece cuando el granizo barre los refugios de la mentira.


Isaías 28:1–4 — La corona de soberbia se marchitará
«¡Ay de la corona de soberbia de los ebrios de Efraín y de la flor caduca de su gloriosa hermosura!».

Efraín representa el reino del norte de Israel, cuya capital, Samaria, se levantaba sobre una colina rodeada de valles fértiles. Su ubicación, belleza y prosperidad parecían formar una corona sobre la nación; sin embargo, Isaías la llama «flor caduca» porque su gloria estaba a punto de desaparecer ante la invasión asiria. La embriaguez puede entenderse de manera literal, pero también simboliza la pérdida del discernimiento espiritual provocada por el orgullo, la abundancia y la falsa seguridad. Efraín contemplaba su prosperidad como evidencia de fortaleza, mientras permanecía inconsciente del juicio que se aproximaba.
La prosperidad se convierte en soberbia cuando se interpreta como prueba de superioridad, en lugar de recibirse como una mayordomía concedida por Dios. Las riquezas, la influencia y el poder pueden nublar el juicio hasta hacernos creer que somos autosuficientes y que nuestras seguridades temporales son permanentes. No obstante, el Señor compara esa gloria con un higo temprano que el conquistador toma y consume rápidamente: aquello que parecía firme puede desaparecer en un instante cuando carece de fundamento espiritual.
Toda corona ofrecida por el mundo —la fama, el prestigio, la riqueza o la autoridad— termina marchitándose si no está unida a Jesucristo. Este pasaje invita a examinar aquello de lo cual nos sentimos orgullosos y a reconocer que todo don lleva consigo una responsabilidad ante Dios. La verdadera grandeza no consiste en exhibir lo que poseemos, sino en consagrarlo al servicio del Señor y de Sus hijos; solamente la gloria fundada en Cristo puede permanecer cuando desaparecen las seguridades temporales.


Isaías 28:2–3 — El juicio derriba el orgullo
«Con los pies será hollada la corona de soberbia de los ebrios de Efraín».

El «fuerte y poderoso» enviado por el Señor probablemente representa al ejército asirio, que caería sobre el reino del norte como una tormenta de granizo y como una inundación devastadora. Efraín se consideraba seguro debido a su prosperidad, sus defensas y sus alianzas políticas, pero sería incapaz de resistir el poder invasor. La corona que simbolizaba su belleza y grandeza terminaría hollada bajo los pies. La imagen revela la fragilidad de toda gloria temporal cuando se encuentra separada de Dios.
El Señor puede servirse de acontecimientos históricos para corregir a Su pueblo y humillar aquello que se levanta contra Su voluntad. Esto no significa que toda calamidad sea un castigo directo de Dios, pero las crisis suelen poner al descubierto la debilidad de aquello en lo que confiamos. El poder, las riquezas y las estrategias humanas pueden parecer suficientes mientras las circunstancias son favorables; cuando llega la tormenta, se revela si nuestra seguridad estaba fundada en algo permanente.
El juicio divino no solo derriba el orgullo, sino que también invita al arrepentimiento. Al permitir que caigan nuestras falsas seguridades, el Señor nos ayuda a reconocer nuestra dependencia de Él y a sustituir la autosuficiencia por la confianza en Jesucristo. La humildad comienza cuando dejamos de defender nuestra propia «corona» y aceptamos que únicamente el Salvador puede ofrecernos una seguridad que ninguna adversidad puede destruir.


Isaías 28:5–6 — Jehová será la verdadera corona
«Jehová de los ejércitos será corona de gloria y diadema de hermosura para el remanente de su pueblo».

La corona orgullosa y perecedera de Efraín sería hollada, pero Jehová llegaría a ser la corona gloriosa y permanente del remanente fiel. El contraste enseña que la verdadera grandeza del pueblo del convenio no se encuentra en su prosperidad, poder político o reconocimiento, sino en la presencia de Dios y en su fidelidad a Él. Mientras las coronas del mundo se marchitan, la gloria que procede del Señor permanece. El «remanente» está formado por quienes, en medio de la apostasía y el juicio, continúan confiando en Jehová y conservando sus convenios.
El Señor promete ser «espíritu de juicio» para quien administra justicia. En este contexto, el juicio no significa solamente condenar, sino poseer discernimiento espiritual para distinguir entre lo verdadero y lo falso, lo justo y lo injusto. La autoridad humana resulta insuficiente cuando no está guiada por principios divinos; por eso, quienes tienen responsabilidades de liderazgo deben buscar sabiduría, imparcialidad y revelación del Señor.
Jehová también será fortaleza para quienes hagan retroceder la batalla hasta la puerta. Cuando Jesucristo ocupa el centro de nuestra vida, nos concede tanto discernimiento moral como poder espiritual para resistir la oposición. Él no solo adorna a Su pueblo con gloria, sino que lo capacita para actuar rectamente y permanecer firme. Hacer del Señor nuestra corona significa reconocerlo como la fuente de nuestra identidad, sabiduría, autoridad y fortaleza.


Isaías 28:7 — La intoxicación destruye el discernimiento
«El sacerdote y el profeta erraron por la bebida fuerte… erraron en la visión, tropezaron en el juicio».

La embriaguez había alcanzado incluso a los sacerdotes y profetas, quienes tenían la responsabilidad de enseñar la palabra de Dios, discernir Su voluntad y administrar justicia. El alcohol alteraba su percepción hasta hacerlos errar «en la visión» y tropezar «en el juicio». Cuando quienes debían orientar al pueblo perdieron su propia dirección espiritual, toda la comunidad quedó expuesta al engaño y al pecado. Este pasaje advierte que una posición religiosa o una responsabilidad sagrada no protege automáticamente a una persona si descuida la obediencia, el dominio propio y la influencia del Espíritu.
El principio se extiende a cualquier sustancia, conducta o hábito que debilite el albedrío y distorsione el discernimiento espiritual. Las adicciones, el exceso, la ira, el orgullo y otras influencias dominantes pueden intoxicar la mente aun sin el consumo de alcohol, haciendo más difícil reconocer la verdad y responder a la inspiración. Aquello que controla nuestros deseos también influye en nuestras decisiones y en nuestra capacidad para servir a los demás.
Dios desea que conservemos una mente clara y que gobernemos el cuerpo con disciplina para reconocer la voz del Espíritu Santo y actuar responsablemente. La sobriedad, en su sentido más amplio, es una disposición espiritual de vigilancia, equilibrio y autocontrol. Quienes ejercen liderazgo poseen una responsabilidad aún mayor, porque la pérdida de su discernimiento puede perjudicar a muchas personas. Jesucristo puede liberarnos de aquello que esclaviza la voluntad y restaurar nuestra capacidad de ver, juzgar y actuar con rectitud.


Ciertamente, el consumo excesivo de alcohol no fue un problema exclusivo de la época de Isaías.
• Entre el 25 y el 40 por ciento de todos los pacientes que ocupan camas en hospitales generales de Estados Unidos —sin incluir las unidades de maternidad ni de cuidados intensivos— reciben tratamiento por complicaciones relacionadas con el alcohol.
• Los gastos anuales de atención médica por problemas relacionados con el alcohol ascienden a 22 500 millones de dólares. El costo total de los problemas relacionados con el alcohol alcanza los 175 900 millones de dólares al año, en comparación con 114 200 millones por problemas derivados de otras drogas y 137 000 millones por el tabaquismo.
• En comparación con quienes beben moderadamente o no consumen alcohol, las personas con antecedentes de consumo excesivo tienen costos de atención médica más elevados.
• Se calcula que los problemas de alcoholismo no tratados cuestan 184 600 millones de dólares anuales en atención médica, empresas y justicia penal, además de causar más de 100 000 muertes. (Fuente).
• En 2001, más de 13 000 californianos murieron como consecuencia del abuso del alcohol: 3 600 murieron por diagnósticos directamente causados por el alcohol, más de 5 100 por diagnósticos relacionados con el alcohol y 4 400 por lesiones atribuidas a este. Esas muertes representaron una pérdida de productividad cercana a los 8 000 millones de dólares y más de 358 000 años de vida (tablas 7 y 8, y página 6).
• Los costos del sistema de justicia penal atribuidos al alcohol alcanzaron los 6 700 millones de dólares: 2 100 millones para la protección policial, 2 100 millones para servicios judiciales y legales, y 2 400 millones para el sistema penitenciario (tabla 9 y página 6).
• En el sistema judicial de California, el 25 por ciento de todos los arrestos corresponde a delitos relacionados específicamente con el alcohol; se ha observado que aproximadamente el 43 por ciento del total de arrestos implica el consumo de alcohol (tabla 10 y página 6). Se calcula que el 36 por ciento de los reclusos en prisiones y cárceles estatales se encontraba bajo los efectos del alcohol cuando cometió el delito por el que fue condenado (tabla 9 y página 7). (Fuente).

Hugh Nibley: Él describe a las personas entregadas a las fiestas y a la vida desenfrenada: «¡Ay de los que se levantan de mañana para seguir la embriaguez; que se están hasta la noche hasta que el vino los enciende!» (Isaías 5:11)… Isaías sabe cómo describir un mundo en completo colapso. (Old Testament and Related Studies, editado por John W. Welch, Gary P. Gillum y Don E. Norton [FARMS, 1986], págs. 223–224).
Hartman Rector, hijo: Si las personas de Estados Unidos siguieran el consejo del Señor y vivieran esta ley divina, podríamos alimentar a las multitudes hambrientas del mundo. Cito una declaración del doctor Jean Mayer, nutricionista de la Universidad de Harvard, publicada por Associated Press. Él afirmó: «Cada año, en esta nación convertimos en bebidas alcohólicas una cantidad de grano suficiente para alimentar a cincuenta millones de personas en las naciones que padecen hambre». En Estados Unidos hay 95 millones de consumidores de alcohol, de los cuales diez millones son alcohólicos declarados. Esos diez millones de alcohólicos le cuestan a la nación diez mil millones de dólares anuales, si se consideran el tiempo perdido, la disminución del ritmo de trabajo, las enfermedades, los errores que ocasionan el deterioro de materiales, los problemas familiares y todos los demás males relacionados con el alcoholismo.
También se ha demostrado que el alcoholismo acorta entre diez y doce años la vida de cada persona alcohólica; cada año se suman 250 000 nuevos alcohólicos a esa cifra. El comisionado de salud mental del estado de Connecticut informa que el 40 por ciento de los casos atendidos en los hospitales estatales de salud mental se atribuyen directamente al alcohol. El juez superior John A. Starbaro, de Chicago, declaró: «El 75 por ciento de todos los casos de divorcio que he examinado fueron consecuencia del alcohol». El alcohol es responsable de la mitad de todas las muertes ocasionadas por accidentes de tránsito en Estados Unidos. Cada año mueren 25 000 personas en las carreteras estadounidenses. Resulta interesante señalar que 57 000 militares estadounidenses murieron durante la guerra de Vietnam. En las carreteras de Estados Unidos se alcanza una cifra casi equivalente cada dos años. («The World’s Greatest Need», Ensign, noviembre de 1975, pág. 11).


Isaías 28:8 — La corrupción de lo que debía ser sagrado
«Todas las mesas están llenas de vómito y suciedad, hasta no haber lugar limpio».

La mesa, asociada con el alimento, la comunión y posiblemente las responsabilidades religiosas, aparece completamente contaminada. Isaías emplea deliberadamente una imagen repulsiva para mostrar hasta qué punto la embriaguez, el exceso y la apostasía habían degradado aquello que debía permanecer limpio. Los sacerdotes y profetas no solo habían perdido su discernimiento, sino que habían llevado su corrupción a los espacios donde debían enseñar, juzgar y servir al pueblo. Cuando quienes tienen responsabilidades sagradas carecen de pureza interior, incluso sus palabras y acciones pueden contaminar aquello que administran.
El pecado rara vez permanece aislado o bajo control. Cuando se tolera, se extiende gradualmente hasta afectar nuestros pensamientos, relaciones, responsabilidades y lugares de adoración. Una conducta privada puede terminar perjudicando a la familia, la congregación y a quienes dependen de nuestro ejemplo. La expresión «no haber lugar limpio» advierte que la corrupción espiritual avanza cuando se procura ocultarla o justificarla en lugar de confrontarla mediante el arrepentimiento.
La limpieza espiritual requiere más que conservar una apariencia religiosa; exige acudir sinceramente a Jesucristo, confesar y abandonar el pecado, y permitir que Su expiación purifique tanto el corazón como la conducta. El Salvador puede limpiar incluso aquello que ha quedado profundamente contaminado, pero esa sanación requiere humildad y un cambio verdadero. Una vida consagrada no consiste solamente en evitar lo impuro, sino en procurar que nuestras palabras, relaciones y responsabilidades se conviertan nuevamente en espacios dignos de la presencia del Espíritu Santo.


Isaías 28:9–10 — Aprender línea sobre línea
«Porque mandamiento tras mandamiento, mandato sobre mandato, línea sobre línea, línea sobre línea, un poquito allí, otro poquito allá».

En su contexto inmediato, estas palabras probablemente reflejan la burla de los líderes de Judá hacia la enseñanza sencilla, repetitiva y directa de Isaías. Al preguntar: «¿A quién enseñará conocimiento?», daban a entender que el profeta los trataba como niños recién destetados, repitiéndoles instrucciones elementales. Su orgullo les impedía reconocer que necesitaban precisamente aquellas verdades básicas que despreciaban. Cuando una persona considera demasiado sencillos el arrepentimiento, la obediencia y la fidelidad, puede cerrar su corazón a la misma enseñanza que podría salvarla.
No obstante, la frase también expresa un principio verdadero de revelación: Dios comunica Su voluntad gradualmente, de acuerdo con nuestra preparación, fe y disposición para obedecer. El conocimiento espiritual no se recibe como una acumulación inmediata de información, sino como un proceso ordenado en el que cada verdad se apoya en las anteriores. El Señor nos concede mayor luz cuando recibimos, valoramos y vivimos la luz que ya nos ha dado.
El crecimiento espiritual, por tanto, normalmente no depende de una única experiencia espectacular, sino de actos pequeños y constantes de discipulado. Cada oración sincera, cada mandamiento obedecido, cada convenio honrado y cada impresión seguida prepara el corazón para recibir más conocimiento. Aprender «línea sobre línea» requiere paciencia y humildad: no debemos menospreciar las verdades sencillas, porque al vivirlas fielmente el Señor edifica en nosotros una comprensión profunda y duradera.


Isaías 28:10 — La revelación progresiva requiere obediencia
«Mandamiento sobre mandamiento, mandato tras mandato; línea sobre línea, línea sobre línea; un poquito allí, otro poquito allá».

Aunque en su contexto estas palabras pueden reflejar la burla de quienes consideraban demasiado sencilla y repetitiva la enseñanza de Isaías, también expresan un principio fundamental: el Señor revela la verdad de manera gradual y ordenada. La revelación progresiva no significa que Dios entregue ideas inconexas o contradictorias; Él establece primero un fundamento y después amplía, aclara y profundiza nuestra comprensión según Sus propósitos y nuestra preparación. Cada verdad nueva debe armonizar con la luz que procede de Jesucristo y contribuir al desarrollo de nuestra fe.
La obediencia es indispensable en este proceso porque la revelación no se recibe solamente para aumentar nuestro conocimiento, sino para transformar nuestra conducta. Cuando actuamos conforme a la verdad recibida, demostramos al Señor que estamos dispuestos a aceptar mayor responsabilidad espiritual. Por el contrario, si rechazamos continuamente los primeros principios —como la fe, el arrepentimiento, la oración y el cumplimiento de los convenios—, no estaremos preparados para comprender verdades mayores, aunque se nos comuniquen.
La luz espiritual aumenta cuando elegimos caminar en ella. Muchas veces pedimos nuevas respuestas mientras todavía no hemos puesto en práctica la orientación que ya recibimos. El Señor puede reservar conocimiento adicional, no como castigo, sino porque desea que lleguemos a ser capaces de recibirlo y usarlo correctamente. Aprender «mandamiento sobre mandamiento» requiere humildad, paciencia y constancia: obedecemos lo que ya sabemos y permitimos que Dios nos conduzca hacia una comprensión cada vez más plena.


«[El Señor] da “a los fieles línea sobre línea, precepto tras precepto”. Lo hace por una razón: “Os probaré y os comprobaré con esto” (Doctrina y Convenios 98:12). El Señor concede la doctrina gradualmente, poniendo a prueba a Su pueblo y dándole más conforme sus integrantes están dispuestos y son dignos de recibir más». (Richard D. Draper, «The Remarkable Book of Moses», Ensign, febrero de 1997, pág. 16).

L. Lionel Kendrick: Este modelo para recibir impresiones espirituales sigue el principio mediante el cual el Salvador fue instruido y enseñado durante el meridiano de los tiempos. Juan testificó que «no recibió de la plenitud al principio, sino que continuó de gracia en gracia hasta que recibió la plenitud» (Doctrina y Convenios 93:13). El profeta José Smith aconsejó: «No es prudente que todo el conocimiento nos sea presentado de una sola vez, sino que debemos recibir un poco a la vez». («Personal Revelation», Ensign, septiembre de 1999, pág. 10).

Neal A. Maxwell: Lamentablemente, cuando el Señor nos da «línea sobre línea» y «precepto tras precepto» acerca de Sí mismo y de Sus planes, muchas personas pasan por alto esos grandes dones. En lugar de líneas, algunas exigen párrafos e incluso páginas. Cuando Dios proporciona «un poco allí, otro poco allá» (Isaías 28:10), algunas quieren recibir mucho, ¡y lo quieren ahora! («Yet Thou Art There», Ensign, noviembre de 1987, pág. 30).

Daniel H. Wells: Escuché al presidente Young decir que le pidió al profeta José que nunca le revelara un principio nuevo si consideraba que él no sería capaz de recibirlo, que sería perjudicial para su fe o que lo apartaría de aquello que ya había recibido. Dijo que prefería permanecer en la ignorancia antes que permitir que aquello se convirtiera en una piedra de tropiezo. He visto a muchas personas ansiosas por recibir revelación y por conocer algún gran misterio relacionado con el reino de Dios. Yo nunca me he sentido así; me he conformado con aquello que el Señor se dignara revelar y me he sentido más que agradecido si, cuando la revelación llegaba, era capaz de recibirla y ponerla en práctica. (Journal of Discourses, tomo XIII, pág. 351).


Isaías 28:11–12 — La voz desatendida y el reposo rechazado
«Con tartamudez de labios y en otra lengua él hablará a este pueblo… Este es el reposo; dad reposo al cansado… mas no quisieron oír».

Debido a que el pueblo rechazó la enseñanza clara y repetida de los profetas, terminaría escuchando el idioma extranjero de los invasores asirios. Aquello que Israel no quiso aprender mediante la revelación tendría que enfrentarlo mediante las dolorosas consecuencias de su desobediencia. El Señor procura hablarnos primero por medio de Su palabra, la inspiración del Espíritu y el consejo de Sus siervos; pero cuando rechazamos repetidamente esas advertencias, las consecuencias pueden convertirse en el maestro severo que no quisimos escuchar. Por ello, debemos aprender a reconocer y obedecer Su voz mientras la invitación todavía es apacible.
Lo trágico es que el mensaje rechazado era una invitación al reposo. Dios ofrecía a Su pueblo dirección, alivio y seguridad, especialmente para el cansado, pero ellos prefirieron sus propios caminos. Este reposo no significaba ausencia de responsabilidades, sino libertad del peso del pecado, de la confusión espiritual y de la confianza angustiosa en las fuerzas humanas. Israel buscó seguridad en alianzas y estrategias políticas, cuando la verdadera tranquilidad se encontraba en volver a Jehová.
Jesucristo continúa ofreciendo reposo a todos los que están trabajados y cargados. Ese descanso no se obtiene evitando Sus mandamientos, sino aceptando Su yugo, recibiendo Su gracia y ordenando nuestra vida conforme a Su voluntad. Seguir al Salvador no elimina todas las dificultades, pero nos libera de llevarlas solos y concede paz aun en medio de ellas. La expresión «no quisieron oír» muestra que el reposo divino debe aceptarse voluntariamente: Cristo lo ofrece, pero nosotros debemos responder con fe, arrepentimiento y obediencia.


Isaías 28:13 — La palabra rechazada se convierte en juicio
«A fin de que vayan y caigan de espaldas, y sean quebrantados, enlazados y apresados».

La palabra del Señor, que debía conducir al pueblo hacia el reposo, la seguridad y la vida, terminó convirtiéndose en testimonio contra él debido a su burla y desobediencia. El problema no se encontraba en la enseñanza divina, sino en la actitud de quienes la escuchaban. Las mismas instrucciones sencillas —«mandamiento sobre mandamiento» y «línea sobre línea»— que podían haberlos fortalecido llegaron a resultarles tropiezo porque su orgullo les impedía recibirlas. Al rechazar la guía de Dios, quedaron expuestos a caer, ser quebrantados y finalmente llevados al cautiverio.
Este pasaje enseña que la verdad produce efectos diferentes según la respuesta de quien la recibe. Cuando la aceptamos con humildad y la ponemos en práctica, nos libera del engaño, fortalece nuestra fe y nos conduce a Jesucristo; cuando la rechazamos deliberadamente, revela nuestra responsabilidad y nos deja sin la protección que la obediencia habría proporcionado. La palabra de Dios no fue enviada para destruirlos, pero despreciarla los condujo hacia las consecuencias de las que precisamente procuraba salvarlos.
Escuchar el Evangelio implica la responsabilidad de actuar. No basta con conocer los mandamientos, reconocer la verdad o participar externamente en la adoración; debemos permitir que la palabra transforme nuestras decisiones. Jesucristo continúa ofreciéndonos reposo y salvación, pero recibir esas bendiciones requiere fe y obediencia. La enseñanza divina puede convertirse para nosotros en fundamento o en piedra de tropiezo: la diferencia no está en la palabra, sino en la disposición con que la recibimos.


Isaías 28:14–15 — La mentira como refugio
«Hemos hecho de la mentira nuestro refugio y en la falsedad nos hemos escondido».

Los gobernantes de Jerusalén habían depositado su confianza en alianzas políticas y estrategias humanas que, según ellos, los protegerían de la invasión. Isaías describe esa falsa seguridad como un «pacto con la muerte» y un acuerdo con el Seol. Probablemente no afirmaban literalmente haber hecho de la mentira su refugio; el profeta emplea un lenguaje irónico para revelar la verdadera naturaleza de sus decisiones. Pensaban haber asegurado su supervivencia, pero sus planes estaban edificados sobre el engaño, el orgullo y el rechazo del consejo de Dios. Pretender escapar del juicio sin abandonar el pecado era, en realidad, aliarse con aquello que terminaría destruyéndolos.
La mentira puede producir una sensación temporal de protección porque oculta la culpa, preserva las apariencias o permite evitar momentáneamente las consecuencias. Sin embargo, nunca puede convertirse en un refugio estable. Las justificaciones, las falsas enseñanzas y la confianza en soluciones contrarias a la voluntad divina no cambian la realidad ante Dios. Cuanto más tiempo permanecemos escondidos en la falsedad, mayor es nuestra vulnerabilidad cuando la verdad finalmente sale a la luz.
Solamente Jesucristo ofrece seguridad verdadera, porque Él es la verdad y venció tanto la muerte como el infierno. Refugiarnos en Él significa reconocer honestamente nuestra condición, arrepentirnos y confiar en Su expiación en lugar de intentar encubrir nuestros pecados. El Salvador no protege nuestras falsedades, sino que nos libera de la necesidad de vivir bajo ellas. En Cristo encontramos un refugio que no depende de apariencias ni engaños, sino del perdón, la verdad y una relación restaurada con Dios.


Isaías 28:16 — Jesucristo, la piedra angular
«He aquí que yo he puesto en Sion como fundamento una piedra, una piedra probada, preciosa piedra angular, cimiento estable; el que crea no se apresurará».

Este versículo constituye el punto doctrinal culminante del capítulo y presenta la alternativa divina frente al falso refugio de la mentira. La piedra angular determinaba la orientación, alineación y estabilidad de todo el edificio; de igual manera, Jesucristo es el fundamento escogido por Dios sobre el cual se edifican Sion, Su Iglesia y la vida de cada discípulo. Las alianzas humanas, las riquezas y el poder político pueden fallar, pero aquello que se construye sobre el Salvador posee un «cimiento estable». Edificar sobre Cristo significa hacer de Sus enseñanzas, Su expiación y Sus convenios la norma que oriente nuestras decisiones.
Jesucristo es una «piedra probada» porque demostró fidelidad perfecta al Padre, resistió toda tentación y venció el pecado y la muerte. Es «preciosa» porque ninguna otra persona ni poder puede efectuar Su obra redentora, conceder el perdón ni llevarnos nuevamente a la presencia de Dios. Sin embargo, no basta con reconocer intelectualmente que Cristo es el fundamento; debemos edificar activamente sobre Él mediante la fe, el arrepentimiento, la obediencia y la perseverancia en los convenios. La estabilidad prometida depende de nuestra unión constante con la Roca.
La promesa «el que crea no se apresurará» enseña que quien confía en Cristo no necesita actuar dominado por el pánico cuando llegan las pruebas. La fe proporciona estabilidad, paciencia y discernimiento para responder con sabiduría. Esto no significa permanecer pasivo ante el peligro ni descuidar la preparación, sino evitar decisiones precipitadas nacidas del temor. Quien ha fundado su vida en el Salvador puede actuar con diligencia sin perder la paz, porque sabe que, aunque cambien las circunstancias, su fundamento eterno permanece firme.


Robert J. Matthews: «Isaías habló particularmente del Señor como “piedra probada, preciosa piedra angular, fundamento estable” (Isaías 28:16). Pablo explicó que los santos fieles pertenecen a la familia de Dios, “edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo” (Efesios 2:20).
»Los profetas habían revelado que Jesús sería rechazado por el mundo y declararon que, aun así, Él es el único camino hacia la salvación. Por ello está escrito: “La piedra que desecharon los edificadores ha venido a ser la cabeza del ángulo” (Salmos 118:22). Jesús dijo a los gobernantes de los judíos que Él era esa piedra y agregó: “El que caiga sobre esta piedra será quebrantado; y sobre quien ella caiga, le desmenuzará” (Mateo 21:44). Y Pedro, al declarar al pueblo que Jesús de Nazaret había resucitado de entre los muertos, dijo: “Este Jesús es la piedra rechazada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo. Y en ningún otro hay salvación, porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:11–12). Por tanto, Jesús es llamado piedra de tropiezo para quienes lo rechazan: “piedra de tropiezo y roca de escándalo para aquellos que, siendo desobedientes, tropiezan en la palabra” (1 Pedro 2:8). El profeta nefita Jacob explicó que “por el tropiezo de los judíos, estos rechazarán la piedra sobre la cual podrían edificar y tener fundamento seguro. Pero… esta piedra llegará a ser el último, el grande y el único y seguro fundamento sobre el cual los judíos podrán edificar” (Jacob 4:15–16).
»Jesús no solo es una Roca, sino que Su Evangelio también se compara con una roca, un fundamento seguro. A Pedro, quien había recibido un testimonio de Jesús mediante la revelación del Espíritu Santo, Jesús le dijo: “Tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mateo 16:18). El significado de esa declaración se encuentra en una revelación dada al profeta José Smith: “He aquí, de cierto, de cierto os digo, este es mi evangelio; y recordad que deberán tener fe en mí, o de ninguna manera podrán salvarse; y sobre esta roca edificaré mi iglesia; sí, sobre esta roca estáis edificados, y si continuáis, las puertas del infierno no prevalecerán contra vosotros” (Doctrina y Convenios 33:12–13). Asimismo: “Edifica sobre mi roca, que es mi evangelio; no niegues el espíritu de revelación ni el espíritu de profecía” (Doctrina y Convenios 11:24–25). “He aquí, tenéis ante vosotros mi evangelio, mi roca y mi salvación” (Doctrina y Convenios 18:17).
»El discípulo fiel edificará su vida sobre la roca fundamental del evangelio de Jesucristo, en lugar de hacerlo sobre las arenas movedizas de la sabiduría humana. Ese discípulo es “semejante al hombre que, al edificar una casa, cavó y ahondó y puso el fundamento sobre la roca; y cuando vino una inundación, el río dio con ímpetu contra aquella casa, pero no la pudo mover, porque estaba fundada sobre la roca”» (Lucas 6:48). (Robert J. Matthews, «I Have a Question», Ensign, enero de 1984, pág. 52).


Isaías 28:17–18 — La justicia como medida y el fin del refugio de la mentira
«Pondré el juicio a medida de cordel, y a nivel la justicia; y el granizo barrerá el refugio de la mentira».

El cordel y el nivel eran instrumentos empleados para comprobar la alineación y estabilidad de una construcción. Después de presentar a Jesucristo como la piedra angular, Isaías enseña que Dios medirá todo el edificio conforme a Su justicia perfecta. El Señor no juzga según las apariencias, las conveniencias humanas ni las normas cambiantes del mundo. Cuando nuestra vida se compara con Su medida, quedan expuestas las actitudes, creencias y conductas que se han apartado de la verdad. Sin embargo, Cristo no solamente revela lo que está torcido: mediante Su gracia y nuestro arrepentimiento, puede perdonarnos, corregirnos y ayudarnos a reconstruir nuestra vida de acuerdo con Su voluntad.
Las mentiras y las falsas seguridades pueden parecer firmes mientras no son sometidas a prueba, pero el granizo y las aguas representan el juicio que descubrirá su verdadera debilidad. Las justificaciones, apariencias y alianzas contrarias a Dios no pueden protegernos permanentemente de las consecuencias del pecado. El supuesto «pacto con la muerte» de los gobernantes sería anulado, porque ninguna estrategia humana podía controlar el juicio ni librarlos del sepulcro. Lo que ellos consideraban un refugio terminaría siendo barrido y dejaría expuesta su vulnerabilidad.
Jesucristo, en cambio, venció realmente la muerte y ofrece un convenio eterno que sí puede librarnos de ella. La diferencia entre el falso refugio y el fundamento seguro consiste en que uno procura ocultar el pecado, mientras que el otro nos invita a reconocerlo y abandonarlo. Quienes edifican sobre Cristo no tienen que temer la medida de la justicia, porque pueden acudir a Su expiación y ser transformados por Su misericordia. En Él, la verdad no destruye al arrepentido, sino que lo libera y lo prepara para permanecer firme ante toda prueba.


Isaías 28:19–20 — Las soluciones humanas resultan insuficientes
«La cama es corta para estirarse en ella, y la manta estrecha para envolverse».

La cama demasiado corta y la manta demasiado estrecha representan los planes, alianzas y refugios humanos que no pueden proporcionar descanso ni protección verdadera. Por mucho que una persona cambie de posición, no consigue sentirse cómoda ni quedar completamente cubierta. Del mismo modo, los gobernantes de Judá podían modificar sus estrategias políticas y fortalecer sus acuerdos, pero nada de ello resolvería el problema fundamental: se habían apartado de Dios. Además, la noticia constante del juicio se convertiría en un tormento, porque comprobarían repetidamente que el refugio escogido era incapaz de salvarlos.
Esta imagen también describe la insuficiencia de toda solución que procura aliviar las consecuencias sin corregir la causa espiritual. Podemos distraernos, justificar nuestras decisiones, cambiar las circunstancias o intentar acomodarnos a una vida fundada en el error; sin embargo, ninguna de esas medidas produce reposo permanente. Lo que no está alineado con la verdad de Dios inevitablemente genera incomodidad, inseguridad y temor, porque el alma fue creada para encontrar plenitud en Él.
Jesucristo ofrece el reposo y la protección que los recursos humanos no pueden proporcionar. Acudir a Él no significa rechazar la prudencia, la preparación o las soluciones temporales legítimas, sino reconocer que estas no sustituyen la fe, el arrepentimiento y la obediencia. La paz duradera comienza cuando dejamos de intentar acomodarnos al error y permitimos que el Salvador corrija el fundamento de nuestra vida. Solo entonces encontramos un refugio suficientemente amplio y firme para sostenernos en medio de las pruebas.


Isaías 28:21 — La extraña obra del Señor
«Porque Jehová se levantará como en el monte Perazim; como en el valle de Gabaón se enojará, para hacer su obra, su extraña obra, y para ejecutar su labor, su extraña labor».

Los montes Perazim y Gabaón evocaban ocasiones en las que Dios había intervenido para defender a Israel y derrotar a sus enemigos. Ahora, sin embargo, el Señor emplearía Su poder para juzgar a Su propio pueblo por haber rechazado Su palabra y confiado en refugios falsos. Esta inversión resultaba sorprendente: Aquel que anteriormente había luchado a favor de Israel actuaría contra quienes, aunque pertenecían externamente al pueblo del convenio, se habían convertido espiritualmente en adversarios de Sus propósitos. Pertenecer al convenio no elimina la responsabilidad de vivir conforme a él.
La obra es «extraña» no porque sea injusta, errónea o contraria al carácter de Dios, sino porque el juicio no constituye Su deleite ni Su finalidad principal. Su obra central consiste en salvar, redimir y llevar a Sus hijos a la vida eterna. Sin embargo, Su amor no puede aprobar indefinidamente aquello que destruye a las personas y corrompe a las naciones. Cuando el Señor ejecuta juicio, lo hace para detener la iniquidad, defender a los inocentes, preservar la justicia y despertar al arrepentimiento a quienes todavía puedan responder.
Este pasaje revela que la misericordia y la justicia no son atributos opuestos en Dios. Su disciplina puede parecer severa, pero forma parte de Su esfuerzo redentor cuando las invitaciones más apacibles han sido rechazadas. Jesucristo realizó la obra suprema de salvación al tomar sobre Sí las consecuencias del pecado; por ello, quienes se arrepienten pueden recibir misericordia. No obstante, quienes persisten en rechazarla deben afrontar la justicia. La «extraña obra» confirma que Dios prefiere restaurar, pero también que no permitirá que el mal prevalezca para siempre.


Isaías 28:22–23 — Escuchar antes de que aumenten las ataduras
«Ahora, pues, no os burléis, para que no se aprieten más vuestras ataduras… Estad atentos y oíd mi voz; estad atentos y oíd mi palabra».

Isaías advierte que burlarse de la palabra profética no libera al pueblo de sus exigencias, sino que fortalece su cautiverio espiritual. Las «ataduras» representan tanto las consecuencias temporales que se aproximaban como la esclavitud interior producida por el pecado. Cada rechazo deliberado de la verdad puede endurecer el corazón, debilitar la sensibilidad espiritual y hacer más difícil el arrepentimiento. La burla suele funcionar como una defensa contra aquello que no deseamos reconocer, pero ridiculizar una advertencia divina no cambia su veracidad ni evita sus consecuencias.
La exhortación «estad atentos y oíd» muestra que todavía existía una oportunidad de responder. Escuchar espiritualmente es más que percibir palabras: significa recibir el mensaje con humildad, examinar nuestra conducta y estar dispuestos a cambiar. El Señor llama al arrepentimiento antes de que las consecuencias se intensifiquen, porque Su propósito es liberar, no condenar. Una corrección aceptada tempranamente puede evitar que el pecado se transforme en un hábito más profundo y difícil de abandonar.
Jesucristo puede romper incluso las ataduras que nosotros mismos hemos fortalecido, pero debemos dejar de resistir Su voz y acudir a Él con un corazón sincero. Cuanto antes respondamos a Su invitación, mayor libertad encontraremos. La humildad abre lo que la burla mantiene cerrado: la posibilidad de recibir instrucción, experimentar un cambio de corazón y ser rescatados por la gracia del Salvador.


Gerald N. Lund: Una categoría frecuente de imágenes de las Escrituras está compuesta por imágenes y metáforas tomadas del mundo natural. Sin embargo, su significado no siempre resulta tan evidente como el de las imágenes relacionadas con el cuerpo humano, porque muchos lectores modernos no mantienen el mismo contacto cotidiano e íntimo con la naturaleza que tenían los pueblos de los tiempos bíblicos. Nuestra vida es sumamente móvil, acelerada y llena de tecnología; la de ellos era sencilla, poco complicada y relativamente estable. En nuestra época moderna, la experiencia agrícola resulta desconocida para la mayoría. Pocas personas han experimentado los ciclos de crecimiento de diferentes cultivos, ordeñado una vaca, sacrificado un animal o cosechado granos. Por tanto, no debería sorprendernos que no siempre comprendamos el significado de las imágenes procedentes de la vida agrícola.

Un ejemplo clásico de esto —y uno de los pasajes más hermosos y profundos de Isaías— resulta difícil de comprender en una primera lectura. Después de describir algunos de los juicios de Dios, Isaías declara:

Estad atentos y oíd mi voz; prestad atención y oíd mi palabra.

¿Arará el labrador todo el día para sembrar? ¿Romperá y quebrará los terrones de su tierra?

Cuando haya igualado su superficie, ¿no esparcirá el eneldo, sembrará el comino y pondrá el trigo en hileras, la cebada en el lugar señalado y la avena en su borde?

Porque su Dios le instruye y le enseña lo recto.

Porque el eneldo no se trilla con trillo, ni sobre el comino se hace rodar rueda de carreta; sino que con un palo se sacude el eneldo, y el comino con una vara.

El grano para el pan se tritura, pero no lo trillará para siempre, ni lo aplastará con la rueda de su carreta ni lo desmenuzará con sus caballos.

También esto procede de Jehová de los ejércitos, quien es maravilloso en consejo y grande en sabiduría. (Isaías 28:23–29).

La nota al pie del versículo 29… nos proporciona la primera pista. Nos indica que la siega y la trilla del mundo —o, podríamos decir, los juicios de Dios— se realizarán apropiadamente, tal como sucede en una granja. El lenguaje de Isaías no confundía a las personas de su época; solo necesitaban recurrir a su experiencia cotidiana. Examinemos las imágenes para comprender lo que probablemente entendían.

Obsérvese la pregunta del versículo 24: «¿Arará el labrador todo el día para sembrar?». El agricultor ara únicamente durante el tiempo necesario para preparar la tierra para la siembra. No ara el mismo campo repetidamente por el simple hecho de ararlo. Cuando ha «igualado [o alisado] su superficie» (Isaías 28:25), mediante un proceso que llamamos rastrillado, siembra los cultivos. Antiguamente, el agricultor caminaba por el campo con una bolsa de semillas y las esparcía sobre el terreno mediante amplios movimientos del brazo. De ahí la frase del versículo 25: «esparcirá».

Los eruditos consideran que el «eneldo» mencionado en Isaías 28:25 era la semilla negra de comino. El comino continúa siendo una especia común.

Isaías compara aquí a Israel con el campo de Dios. Cuando Israel se endurece debido a la apostasía y la iniquidad, ya no puede recibir la semilla del mensaje del Evangelio. Por consiguiente, la disciplina y los juicios del Señor actúan como los procesos de arado y rastrillado. Sin embargo, al igual que el agricultor sabio (véase Isaías 28:26), Dios no ara a Israel con Sus juicios más de lo necesario para prepararlo para crecer y cambiar. Es un acto de amor y sabiduría, no de venganza.

En los versículos 27–28 se enseña la misma idea, pero la imagen cambia del tiempo de la siembra al de la cosecha. Todo agricultor sabe que los diferentes cultivos deben cosecharse de distintas maneras. Antiguamente, el trigo se trillaba haciendo rodar o arrastrando objetos pesados —como la rueda de una carreta— de un lado a otro sobre las espigas para separar los granos de las cáscaras. Algunas veces se utilizaba un trillo.

Sin embargo, las semillas del eneldo y del comino no son como los duros granos de trigo. El eneldo y el comino se trillaban sosteniendo manojos de tallos boca abajo y golpeándolos enérgicamente con una vara, de modo que las semillas cayeran sobre una tela colocada debajo (véase Isaías 28:27). Colocar el eneldo o el comino bajo la rueda de una carreta convertiría sus delicadas semillas en pulpa.

La imagen, por tanto, es la misma que aparece en los versículos 24–25. Los juicios de Dios son como los diversos métodos de trilla. Si la condición espiritual del pueblo no se ha deteriorado demasiado, un golpe firme con una vara —o juicios moderados— puede ayudarlo a volver a ser productivo. Sin embargo, en etapas más profundas de apostasía podrían requerirse métodos más drásticos. Comprender el simbolismo utilizado transforma este pasaje difícil en uno lleno de poder y belleza. (Gerald N. Lund, «Understanding Scriptural Symbols», Ensign, octubre de 1986, págs. 26–27).


Isaías 28:24–26 — Dios trabaja con un propósito
«¿Arará todo el día el que ara para sembrar? ¿Estará continuamente abriendo y rompiendo los terrones de la tierra?».

El agricultor no ara la tierra indefinidamente ni realiza cada labor de la misma manera. Primero prepara el terreno; después distribuye las distintas semillas en los lugares apropiados y, finalmente, las cultiva hasta obtener una cosecha. Su trabajo sigue un orden, y su conocimiento procede de Dios, quien «le instruye en el juicio y le enseña». La parábola revela que detrás de cada etapa existe sabiduría y propósito: el arado no es un fin en sí mismo, sino una preparación necesaria para que la semilla pueda echar raíces y producir fruto.
De manera semejante, la disciplina del Señor no es interminable, arbitraria ni carente de dirección. Dios conoce la condición particular de cada uno de Sus hijos y obra de acuerdo con lo que necesitamos para crecer. Él prepara el corazón, planta Su palabra, cultiva la fe y procura una cosecha de justicia. No todas las personas requieren exactamente la misma corrección ni atraviesan idénticos procesos; el Labrador divino actúa con conocimiento perfecto, sin confundir la firmeza necesaria con una severidad innecesaria.
En ciertos momentos quizá solo sintamos el arado que rompe la tierra endurecida y no comprendamos todavía lo que Dios está preparando. Sin embargo, Su propósito no es dejarnos quebrantados, sino volver nuestro corazón receptivo a la palabra de Jesucristo. Por medio de la gracia del Salvador, aun las experiencias dolorosas pueden preparar el terreno para el arrepentimiento, la fe y la transformación. El arado es temporal; el fruto que el Señor desea producir puede llegar a ser eterno.


Isaías 28:27–28 — Dios trata a cada persona con sabiduría
«El eneldo no se trilla con trillo, ni sobre el comino se hace rodar rueda de carreta, sino que con un palo se sacude el eneldo y el comino con una vara».

El agricultor conoce la naturaleza de cada semilla y no aplica a todas el mismo procedimiento. El eneldo y el comino requieren instrumentos más ligeros, mientras que el grano más resistente necesita una trilla diferente. Incluso en este último caso, la fuerza se utiliza con medida, pues el propósito no es triturar ni destruir el fruto, sino separarlo de aquello que no sirve. La sabiduría del agricultor se manifiesta tanto en lo que hace como en la intensidad y duración de cada tratamiento.
Este simbolismo revela el conocimiento individual y perfecto que Dios posee de Sus hijos. Él comprende nuestra capacidad, madurez, temperamento, experiencias y necesidades espirituales. Por ello, Sus enseñanzas y correcciones no son idénticas para todos. Aunque los principios del Evangelio son universales, el Señor puede instruir, fortalecer y refinar a cada persona de una manera particular. Lo que una persona necesita para crecer quizá no sea lo mismo que otra requiere en ese momento.
La disciplina divina nunca tiene como finalidad aplastarnos ni destruir aquello bueno que existe en nosotros. Su propósito es separar el fruto útil del orgullo, el pecado y las falsas seguridades que impiden nuestro desarrollo. Mediante la gracia de Jesucristo, el proceso de refinamiento puede purificarnos sin destruir nuestra identidad ni nuestro albedrío. Confiar en el Labrador divino significa reconocer que Él sabe no solamente qué debemos llegar a ser, sino también cuál es la manera más sabia y misericordiosa de ayudarnos a lograrlo.


Isaías 28:28 — La trilla no continúa para siempre
«El grano se trilla, pero no se trilla sin parar».

La trilla era necesaria para separar el grano de la paja, pero debía aplicarse con medida. El agricultor sabía cuándo comenzar, qué instrumento emplear y en qué momento detenerse, porque prolongar innecesariamente el proceso terminaría destruyendo el fruto que procuraba preservar. De igual manera, la disciplina divina no es arbitraria ni interminable. El Señor conoce perfectamente nuestra capacidad, nuestras necesidades y el resultado que desea producir; por eso, Su propósito no es aplastarnos, sino separar de nosotros aquello que impide nuestro crecimiento espiritual.
Este principio no significa que todo sufrimiento sea enviado directamente por Dios ni que siempre comprenderemos durante esta vida por qué una prueba se prolonga. Muchas dificultades provienen de la mortalidad, del albedrío humano o de un mundo imperfecto. Sin embargo, el Señor puede poner límites, concedernos fortaleza y consagrar nuestras aflicciones para nuestro bien. Él sabe cuánto podemos soportar y proporciona, por medio de la gracia de Jesucristo, el poder necesario para perseverar sin ser espiritualmente destruidos.
En Cristo, el sufrimiento no tiene que ser inútil ni definitivo. El Salvador puede convertir la experiencia de la «trilla» en purificación, madurez y preparación para una cosecha eterna. La prueba puede desprender el orgullo, profundizar la compasión y enseñarnos a depender de Dios. Aunque mientras somos refinados quizá solo percibamos la presión, podemos confiar en que el Labrador divino distingue perfectamente entre aquello que debe eliminar y el fruto precioso que desea conservar.


Isaías 28:29 — El maravilloso consejo de Dios
«También esto procede de Jehová de los ejércitos, para hacer maravilloso el consejo y engrandecer la sabiduría».

El capítulo concluye reconociendo que la sabiduría del agricultor procede de Dios. El Señor le enseña cuándo arar, dónde sembrar, cómo tratar cada semilla y en qué momento detener la trilla. Si Él proporciona al labrador el entendimiento necesario para preservar el fruto durante todo el proceso, cuánto más conoce la manera perfecta de enseñar, corregir y conducir a cada uno de Sus hijos. Nada en Su obra es improvisado: cada acción responde a Su conocimiento completo del terreno, de la semilla y de la cosecha que desea obtener.
El «maravilloso consejo» de Dios se manifiesta en que combina perfectamente justicia, misericordia, paciencia y propósito. Sus métodos pueden resultarnos difíciles de comprender cuando solamente vemos una etapa del proceso, especialmente si nos encontramos bajo el arado o la trilla de una experiencia dolorosa. Sin embargo, el Señor contempla desde el principio el fruto final. Él sabe cuándo necesitamos ser corregidos, cuándo debemos recibir consuelo y cuándo hemos sido suficientemente refinados. Su sabiduría nunca utiliza más fuerza de la necesaria ni abandona el proceso antes de alcanzar su propósito redentor.
Confiar en Dios significa creer no solo que Él desea nuestro bienestar, sino también que conoce el proceso necesario para conducirnos hacia él. Por medio de Jesucristo, las correcciones, pruebas y enseñanzas pueden llegar a formar parte de nuestra santificación. Aunque no siempre comprendamos inmediatamente Su manera de obrar, podemos confiar en que Su consejo es perfecto y que toda experiencia consagrada a Él puede ayudarnos a producir una cosecha eterna de fe, rectitud y semejanza con Cristo.