Isaías 53
«Por Sus heridas fuimos sanados»
Isaías 53 contiene una de las profecías más claras y profundas acerca de la expiación de Jesucristo. Siglos antes de Su nacimiento, Isaías describió al Mesías rechazado y despreciado, experimentado en dolores, silencioso ante Sus acusadores, llevado a la muerte entre transgresores y sepultado con los ricos. Sin embargo, también anunció que prolongaría Sus días, contemplaría Su linaje y sería exaltado. La aparente derrota del Siervo no sería el final: Su resurrección demostraría que la muerte no pudo retenerlo y que Su sacrificio había cumplido el propósito del Padre.
El centro doctrinal del capítulo es la sustitución voluntaria. Jesucristo no sufrió por pecados propios, pues fue completamente inocente. Él cargó con «nuestras enfermedades», «nuestros dolores», «nuestras transgresiones» y «nuestras iniquidades». El Justo tomó el lugar de los injustos para que nosotros pudiéramos recibir perdón, paz, sanación y justificación. Su expiación fue infinita y personal: no padeció solamente por la humanidad como una multitud anónima, sino que conoció las cargas, debilidades y heridas de cada persona. Por eso puede socorrernos con perfecta comprensión y aplicar Su gracia a nuestras necesidades particulares.
La expiación no termina con el sufrimiento y la muerte. El Siervo resucitado contempla Su posteridad espiritual, justifica a muchos e intercede por quienes acuden a Él con fe y arrepentimiento. Jesucristo puede borrar todo pecado abandonado, sanar toda herida y vencer finalmente cada consecuencia de la Caída. Algunas sanaciones comienzan ahora y otras alcanzarán su plenitud en la resurrección, pero ninguna aflicción queda fuera de Su poder redentor. Por Sus heridas recibimos sanidad; por Su muerte, reconciliación; y por Su resurrección, la promesa segura de inmortalidad y vida eterna.
Bruce R. McConkie: Tal como se encuentra actualmente nuestro Nuevo Testamento, vemos que Mateo (Mateo 8:17), Felipe (Hechos 8:27–35), Pablo (Romanos 4:25) y Pedro (1 Pedro 2:24–25) citan, parafrasean, amplían y aplican al Señor Jesús varios de los versículos de este gran capítulo 53 de Isaías.
Apenas podemos imaginar cuántos sermones se han pronunciado, cuántas lecciones se han enseñado y cuántos testimonios se han expresado —tanto en el antiguo Israel como durante el meridiano de los tiempos— utilizando como texto las declaraciones de este capítulo. (The Promised Messiah, pág. 235).
Isaías 53:1 — Creer el mensaje y reconocer el brazo del Señor
«¿Quién ha creído nuestro mensaje? ¿Y a quién se ha manifestado el brazo de Jehová?».
Isaías comienza lamentando que muchas personas no creerían el testimonio profético acerca del Mesías. Aunque Su vida cumpliría las Escrituras y Sus obras manifestarían poder divino, Jesucristo sería rechazado por gran parte de Su propio pueblo. La pregunta también se dirige a cada lector: no basta con conocer los hechos relacionados con Cristo ni admirar Su ejemplo. Debemos creer en Él, recibir Su sacrificio mediante la fe y el arrepentimiento, y permitir que Su expiación transforme nuestros deseos, decisiones y relaciones.
El «brazo de Jehová» representa Su poder activo para liberar y salvar. En Jesucristo, Dios manifestó ese poder de una manera contraria a las expectativas del mundo: no mediante la conquista militar, la imposición política o una exhibición de fuerza terrenal, sino por medio de la humildad, el sufrimiento voluntario, la muerte y la resurrección. La cruz, que parecía una señal de debilidad y derrota, llegó a ser la manifestación suprema del poder de Dios para vencer el pecado y el sepulcro.
Reconocer el brazo del Señor requiere revelación espiritual. Quienes esperaban únicamente un libertador político podían contemplar a Jesús y no percibir en Él la salvación prometida. Lo mismo puede ocurrir si exigimos que Cristo obre solo según nuestras expectativas. La fe aprende a reconocer Su poder no únicamente en milagros visibles, sino también en el perdón, la conversión, la capacidad de perseverar y la transformación silenciosa del corazón. El brazo de Jehová se manifiesta a quienes ven en el Siervo sufriente al Salvador del mundo.
Desde la perspectiva de Isaías, los acontecimientos del ministerio de Cristo debieron parecer increíbles. Isaías había conocido a Jehová como el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, como el Creador del universo junto con el Padre y como el Legislador que entregó la ley a Moisés. Entonces se le mostró el ministerio de Jesús de Nazaret.
Que Dios mismo descendiera en la carne solamente para ser «despreciado y desechado […] herido, azotado por Dios y afligido […] herido […] y molido», y oprimido hasta haber «derramado Su alma hasta la muerte», debió parecerle a Isaías una tragedia increíblemente difícil de creer.
Debió decirse a sí mismo: «¡No lo habría creído si no lo hubiera contemplado con mis propios ojos!». Ese parece ser el tono y el mensaje de incredulidad contenidos en la pregunta: «¿Quién ha creído nuestro mensaje?». ¿Creería alguien que el Dios del universo pudiera ser tratado de esa manera?
Cuando Nefi contempló lo mismo en visión, apenas podía creer lo que estaba viendo. Declaró: «Miré y vi al Cordero de Dios, que fue tomado por el pueblo; sí, el Hijo del Dios sempiterno fue juzgado por el mundo; y yo vi, y doy testimonio» (1 Nefi 11:32).
Es como si Nefi estuviera diciendo: «¡No lo habría creído si no lo hubiera contemplado con mis propios ojos! ¡El gran Dios fue juzgado y crucificado por hombres inicuos!».
Isaías 53:2 — Un renuevo en tierra seca y un Rey sin esplendor mundano
«Porque subirá cual renuevo delante de él y como raíz de tierra seca; no hay parecer en él ni hermosura; le veremos, mas sin atractivo para que le deseemos».
Jesucristo aparecería en una época y un ambiente espiritualmente áridos. Sus comienzos serían humildes, como una planta tierna que brota en un terreno donde nadie espera encontrar vida. Nació en circunstancias sencillas, creció lejos de los centros principales del poder y comenzó Su ministerio sin los recursos que el mundo relaciona con la grandeza. Sin embargo, en esa «raíz de tierra seca» se encontraba la fuente de la vida eterna. El Salvador puede hacer surgir esperanza, fe y redención incluso donde las posibilidades visibles parecen agotadas.
Isaías no enseña necesariamente que Jesús careciera de dignidad o cualidades físicas. Señala que no vendría rodeado del esplendor político, la riqueza, el rango o la apariencia militar que muchas personas esperaban de un rey conquistador. Quienes juzgaban exclusivamente por la imagen exterior podían contemplarlo y no encontrar el atractivo mundano que buscaban. Su gloria estaba presente en Su santidad, Su compasión, Su autoridad espiritual y Su perfecta obediencia al Padre.
El mundo suele valorar a las personas según su apariencia, influencia y reconocimiento público; Dios reveló al verdadero Rey mediante la humildad, el servicio y el sacrificio. Reconocer a Jesucristo requería mirar más allá de las apariencias y recibir el testimonio del Espíritu Santo. Este principio también orienta nuestra manera de tratar a los demás: el valor espiritual no siempre se presenta bajo una forma impresionante. Muchas veces, la obra más poderosa de Dios comienza como un renuevo discreto en medio de una tierra aparentemente seca.
El arte medieval representa al Salvador como una persona débil, enfermiza y desamparada. Grandes artistas han procurado imitar Su mansedumbre mediante representaciones lastimeras. A pesar de las palabras de Isaías, esa imagen ha sido inexacta y desafortunada.
Joseph Fielding Smith: En apariencia era semejante a los demás hombres. Eso es lo que expresa aquí el profeta al decir que no había en Él parecer ni hermosura; es decir, no era tan distintivo ni tan diferente de las demás personas que estas pudieran reconocerlo simplemente por Su apariencia como el Hijo de Dios. Tenía el aspecto de un hombre mortal. (* hombre mortal. (Doctrines of Salvation, tomo 1, pág. 23).
Victor L. Brown: Es particularmente importante que los jóvenes que poseen Su sacerdocio lleguen a conocerlo íntimamente para saber y comprender quién es. Lamentablemente, algunos artistas y otras personas lo han representado como alguien afeminado, débil y triste.
Si analizamos Su vida, contemplamos a una persona varonil, fuerte y vigorosa, interesada en todo lo que sucedía a Su alrededor; ciertamente amorosa y bondadosa, pero también capaz de manifestar una ira justa.
Si esto no fuera verdad, ¿cómo habría podido conseguir que unos pescadores rudos lo siguieran con una sola frase: «Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres»? (Mateo 4:19).
Pasó Su juventud y los primeros años de Su vida adulta trabajando como carpintero, un oficio que requería fortaleza y destreza. ¿Se habría atrevido a expulsar a los cambistas del templo si no hubiera sido un hombre de gran fortaleza y valor? (Conference Report, octubre de 1970, pág. 124).
Jeffrey R. Holland: “Sin embargo, recordamos, del Libro de Mormón, que algunas cosas son sencillas y preciosas a la vez, y que, antes de que Jesús naciera, se profetizó que ‘no ha[bría] parecer en él ni hermosura; y cuando le v[iér]amos, no habr[ía] en él atractivo para que le deseemos’ (Isaías 53:2). Cuán a menudo ha enviado Dios Su majestuoso mensaje mediante una recién llamada y muy ansiosa presidenta de la Sociedad de Socorro, o un muchacho sin instrucción en una granja en Nueva York, o un misionero nuevo, o un bebé acostado en un pesebre.
“¿Qué importa si las respuestas a nuestras oraciones llegan de maneras sencillas o complicadas? ¿Estamos dispuestos a perseverar, a seguir tratando de vivir el Evangelio de Cristo sin importar cuánta saliva y lodo se requiera?”
— por Jeffrey R. Holland del Cuórum de los Doce Apóstoles, conferencia general de octubre de 2025, “‘Mis ojos ven por fin’”
Isaías 53:3 — El Salvador despreciado y experimentado en quebranto
«Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores y experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado y no lo estimamos».
Jesucristo fue rechazado por dirigentes, abandonado por seguidores, traicionado por un amigo y condenado por autoridades religiosas y políticas. Su verdadera identidad como Hijo de Dios no impidió que los seres humanos lo trataran como alguien sin dignidad. Por eso, comprende perfectamente a quienes han sido excluidos, ignorados o despreciados. El rechazo social nunca determina el valor de una persona ante Dios; la opinión de la multitud no pudo disminuir la gloria de Cristo y tampoco puede borrar nuestra identidad eterna como hijos e hijas del Padre.
El Salvador fue «varón de dolores y experimentado en quebranto». No observó el sufrimiento humano únicamente desde el cielo, sino que entró plenamente en la mortalidad y conoció hambre, cansancio, tentación, tristeza, duelo, traición, humillación y dolor físico. Mediante Su expiación descendió aún más profundamente, tomando sobre Sí nuestros pecados, enfermedades y aflicciones. Por ello, Su consuelo no procede de una comprensión distante o teórica: sabe por experiencia perfecta cómo socorrernos conforme a nuestras necesidades particulares.
Las personas escondieron de Él el rostro porque Su sufrimiento les parecía desagradable, vergonzoso o demasiado doloroso para contemplarlo. También nosotros podemos apartar la mirada cuando evitamos considerar el costo de la expiación o rechazamos Sus enseñanzas porque nos exigen arrepentimiento. Mirar verdaderamente al Salvador significa reconocer que nuestros pecados formaron parte de la carga que llevó y responder con gratitud, fe y cambio. Quien fue despreciado por nosotros continúa extendiéndonos Su amor y ofreciéndonos sanación.
James E. Talmage: A Isaías se le permitió leer el pergamino del futuro en cuanto a muchas de las condiciones distintivas que acompañarían la humilde vida y la muerte expiatoria del Mesías.
En Él, el profeta contempló a uno que sería despreciado y desechado entre los hombres; un Varón de dolores, experimentado en quebranto; uno que sería herido y molido por las transgresiones de la humanidad, y sobre quien sería depositada la iniquidad de todos nosotros; un Sacrificio paciente y voluntario, silencioso bajo la aflicción, como cordero llevado al matadero.
La muerte del Señor entre pecadores y Su sepultura en la tumba de un hombre rico también fueron anunciadas con certeza profética. (Jesús el Cristo, pág. 47).
Charles W. Penrose: Esperamos que Él venga nuevamente; no como el niño de Belén, ni para ser despreciado y desechado entre los hombres, Varón de dolores y experimentado en quebranto, sino como el Señor de la vida y la gloria, como el Rey de Israel que se sentará sobre el trono de Su padre David y gobernará desde los ríos hasta los confines de la Tierra.
No vendrá para ser sometido por los hombres, sino para que todas las cosas se sometan a Él; no llevará Su cruz por la ladera del Calvario, sino que vendrá como Monarca, como Gobernante de los hombres, como el legítimo Señor y Rey de esta Tierra sobre la cual vivimos. (Journal of Discourses, tomo 22, pág. 83).
Jeffrey R. Holland: Nadie tuvo ojos más penetrantes que los Suyos, y muchas de las cosas que contempló traspasaron Su corazón. Ciertamente Sus oídos escucharon todo clamor de angustia, todo sonido de necesidad y desesperación.
En un grado mucho mayor del que jamás comprenderemos, Él fue «Varón de dolores y experimentado en quebranto».
En efecto, para el observador común que caminaba por las calles de Judea, la trayectoria de Cristo debió parecer un fracaso, una tragedia: un hombre bueno completamente abrumado por los males que lo rodeaban y por las malas acciones de otras personas.
Fue malinterpretado o representado falsamente, y hasta aborrecido desde el principio. Sin importar lo que dijera o hiciera, Sus declaraciones eran tergiversadas, Sus acciones despertaban sospechas y Sus motivos eran cuestionados.
En toda la historia del mundo, nadie ha amado con tanta pureza ni servido con tanta abnegación y, aun así, ha sido tratado de manera tan diabólica por sus esfuerzos. (Ensign, noviembre de 1999, pág. 37).
Sergio R. Vargas: “En lo más recóndito de nosotros abrigamos el deseo de regresar a nuestro hogar celestial y Jesucristo es nuestro sistema de guía celestial. Él es el camino. Su sacrificio expiatorio hace posible que hagamos convenios sagrados con Dios. Una vez que hagamos convenios, nos encontraremos, de vez en cuando, nadando contra la corriente. El peligro, la decepción, la tentación y la aflicción pondrán a prueba nuestra fe y nuestra fortaleza espiritual. Pidan ayuda. Jesucristo es comprensivo y siempre está dispuesto a compartir nuestras cargas.
“Recuerden que a Él se le conoce como ‘varón de dolores y experimentado en quebranto’ (Isaías 53:3)”.
— Élder Sergio R. Vargas, Setenta Autoridad General, conferencia general de abril de 2025, “Nuestro sistema de guía celestial”
Michelle D. Craig: “Cuando su fe, su familia o su futuro pasen por dificultades —cuando se pregunten por qué la vida es tan difícil cuando están haciendo todo lo posible por vivir el Evangelio—, recuerden que el Señor nos dijo que esperáramos tener problemas. Estos son parte del plan y no quiere decir que ustedes hayan sido abandonados; son un componente más de lo que significa ser Suyos. Después de todo, Él fue un ‘varón de dolores y experimentado en quebranto’ (Isaías 53:3)”
— Hermana Michelle D. Craig de la presidencia general de las Mujeres Jóvenes, conferencia general de octubre de 2022, “Con todo nuestro corazón”
Isaías 53:4 — Cristo llevó nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores
«Ciertamente llevó él nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, herido por Dios y afligido».
La expiación de Jesucristo comprende mucho más que el pago por nuestros pecados. Él tomó sobre Sí enfermedades, debilidades, aflicciones y dolores para conocer según la carne cómo socorrer perfectamente a Su pueblo. Esto no significa que toda enfermedad desaparecerá inmediatamente mediante la fe ni que la falta de sanación sea evidencia de incredulidad. Significa que ninguna forma de sufrimiento es desconocida para Cristo y que toda sanidad —ya sea recibida ahora o completada en la resurrección— procede finalmente de Su poder.
El Salvador experimentó el peso individual y colectivo del dolor humano. No conoce únicamente lo que nos ocurrió, sino también cómo se sintió para nosotros: el temor, la soledad, el agotamiento y las heridas que no conseguimos explicar. Por eso, cuando las palabras resultan insuficientes, podemos acudir a Él con la seguridad de que ya comprende completamente nuestro corazón. Su conocimiento perfecto le permite ofrecer el consuelo, la fuerza y la ayuda particular que cada persona necesita.
Muchos interpretarían erróneamente el sufrimiento de Jesús como evidencia de que Dios lo había rechazado o castigado por alguna culpa propia. No comprendían que el Siervo inocente estaba padeciendo voluntariamente en favor de ellos. Las apariencias también pueden llevarnos a juzgar incorrectamente a quienes sufren, suponiendo que toda aflicción es consecuencia de un pecado personal o señal de desaprobación divina. La cruz demuestra lo contrario: el ser más justo que vivió experimentó el sufrimiento más profundo. En vez de juzgar al afligido, los discípulos de Cristo deben acercarse con compasión y ayudar a llevar sus cargas.
Isaías 53:5 — Herido para darnos paz y sanidad
«Mas él herido fue por nuestras transgresiones, molido por nuestras iniquidades; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por sus heridas fuimos nosotros sanados».
Jesucristo no sufrió por pecados propios, pues era completamente inocente. Fue herido a causa de nuestras transgresiones y «molido» por nuestras iniquidades, expresión que comunica una presión extrema y devastadora. En Getsemaní y en la cruz soportó voluntariamente un sufrimiento físico y espiritual que supera nuestra capacidad de comprensión. La frase hace personal la expiación: nuestros pecados contribuyeron a la necesidad de Su sacrificio, pero Su amor perfecto lo llevó a aceptar esa carga para ofrecernos perdón. La intensidad de Su dolor revela tanto la gravedad del pecado como la profundidad infinita de Su amor.
«El castigo de nuestra paz fue sobre él» significa que la reconciliación con Dios requería satisfacer las demandas de la justicia. La paz del Evangelio no procede de negar la culpa ni fingir que el pecado carece de consecuencias. Jesucristo enfrentó esas consecuencias, pagó el precio y abrió el camino para que el arrepentido pudiera ser justificado y regresar al Padre. Cuando ejercemos fe, nos arrepentimos y recibimos Sus convenios, podemos tener una conciencia en paz porque nuestra culpa ha sido tratada justamente por el Redentor.
Las heridas del Salvador se convierten en la fuente de nuestra sanidad espiritual. Por medio de ellas recibimos perdón, fuerza para cambiar, consuelo en la aflicción y esperanza de resurrección. Esto no significa que toda enfermedad, herida emocional o consecuencia dolorosa desaparecerá inmediatamente durante la mortalidad. Algunas sanaciones son graduales y otras serán completadas en la resurrección. Sin embargo, la promesa final es segura: ninguna herida queda fuera del alcance de Jesucristo. Por Sus heridas, todo daño puede ser redimido y los fieles serán finalmente restaurados en cuerpo, mente y espíritu.
Ezra Taft Benson: Debido a que Él era Dios, sí, el Hijo de Dios, podía llevar sobre Sí el peso y la carga de los pecados de otros hombres. Isaías profetizó la disposición de nuestro Salvador para hacerlo con estas palabras:
«Ciertamente llevó Él nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores […] fue herido por nuestras transgresiones, molido por nuestras iniquidades; el castigo de nuestra paz fue sobre Él, y por Sus heridas fuimos nosotros sanados» (Isaías 53:4–5).
Ese acto santo y desinteresado de tomar voluntariamente sobre Sí los pecados de todos los demás seres humanos constituye la Expiación. La manera en que una sola Persona pudo llevar los pecados de todos sobrepasa la comprensión del hombre mortal.
Sin embargo, sé lo siguiente: Él tomó sobre Sí los pecados de todos y lo hizo debido a Su amor infinito por cada uno de nosotros. Él ha declarado:
«Porque he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten […] padecimiento que hizo que yo, Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro, y padeciera tanto en el cuerpo como en el espíritu, y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar» (Doctrina y Convenios 19:16, 18).
A pesar de aquella prueba atroz, tomó la copa y bebió. Sufrió los dolores de todos los seres humanos para que nosotros no tuviéramos que padecerlos. Soportó la humillación y los insultos de Sus perseguidores sin quejarse ni tomar represalias. Soportó los azotes y luego la ignominia de aquella ejecución brutal: la cruz. («Jesus Christ: Our Savior, Our God», Ensign, abril de 1991, págs. 2, 4).
D. Todd Christofferson: “No debemos empeñarnos en la imposibilidad de procurar la justificación racional de nuestros pecados; y, por otro lado, tampoco debemos empeñarnos en la imposibilidad de erradicar los efectos del pecado solo mediante nuestros propios méritos. Nuestra religión no es una religión de racionalización ni de perfeccionismo, sino una religión de redención, de redención por medio de Jesucristo. Si estamos entre los penitentes, con Su expiación nuestros pecados quedan clavados en Su cruz, y ‘con sus llagas somos sanados’ (Isaías 53:5)”.
— D. Todd Christofferson del Cuórum de los Doce Apóstoles, conferencia general de octubre de 2021, “El amor de Dios”
Isaías 53:6 — Las ovejas descarriadas y el Pastor que llevó nuestra iniquidad
«Todos nosotros nos hemos descarriado como ovejas; cada cual se ha apartado por su propio camino; mas Jehová cargó en él la iniquidad de todos nosotros».
Isaías no limita el problema del pecado a un grupo particularmente inicuo: «todos» nos hemos apartado de Dios y necesitamos ser rescatados. Esta verdad elimina tanto la autosuficiencia como la superioridad moral. Ninguna persona se salva porque sea suficientemente buena para no necesitar a Cristo, y nadie puede mirar al pecador arrepentido como si perteneciera a una categoría inferior. Todos dependemos de la misericordia y de la gracia del Buen Pastor.
«Cada cual se ha apartado por su propio camino» muestra que el pecado adopta formas diferentes, pero comparte una misma raíz: preferir nuestra voluntad a la de Dios. Como ovejas que se alejan en distintas direcciones, podemos terminar perdidos, expuestos y sin capacidad para encontrar por nosotros mismos el camino de regreso. El arrepentimiento es un cambio de dirección: dejamos de insistir en definir solos el bien y volvemos la mente, el corazón y la conducta hacia Jesucristo.
Jehová cargó sobre el Siervo la iniquidad de todos nosotros. El Padre no castigó arbitrariamente a una víctima involuntaria; Jesucristo escogió libremente ofrecer Su vida conforme al plan establecido desde antes de la fundación del mundo. Su expiación es infinita en alcance y suficiente para toda la humanidad. Ninguna persona queda excluida de la invitación a arrepentirse y recibir Su poder redentor. El Pastor no solo sale a buscar a las ovejas descarriadas: toma sobre Sí la carga que las mantenía perdidas y las lleva de regreso al redil.
Neal A. Maxwell: Jesús, el Creador y Jehová, ciertamente sabía desde hacía mucho tiempo lo que debía hacer. No obstante, nunca había experimentado personalmente el proceso intenso y extremadamente exigente de una expiación. Y fue mucho peor de lo que incluso Él, con Su inteligencia incomparable, había imaginado. ¡No es de extrañar que apareciera un ángel para fortalecerlo! (véase Lucas 22:43).
No es de extrañar que comenzara a sentirse «muy angustiado», o, según otras traducciones del texto griego, profundamente «abatido», «deprimido» y lleno de aflicción.
De alguna manera, ¡el peso acumulado de todos los pecados mortales, pasados, presentes y futuros, cayó sobre aquella alma perfecta, sin pecado y sensible! Todas las dolencias y enfermedades también formaron parte de la terrible suma de la Expiación (véanse Alma 7:11–12; Isaías 53:3–5; Mateo 8:17). (Ensign, diciembre de 1986, pág. 26).
Isaías 53:7 — El Cordero que guardó silencio ante Sus acusadores
«Fue oprimido y afligido, pero no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores enmudeció, tampoco abrió su boca».
Jesucristo es el Cordero de Dios, inocente, puro y sin mancha. Los sacrificios de la ley de Moisés señalaban hacia Su ofrenda definitiva, capaz de expiar el pecado y hacer posible la reconciliación con el Padre. La imagen del cordero no representa debilidad moral ni incapacidad para resistir. Cristo poseía poder para evitar Su arresto y Su muerte, pero escogió entregarse voluntariamente. Su sumisión fue una manifestación de fortaleza, obediencia y amor perfectos.
El Salvador fue oprimido, acusado falsamente y afligido, pero no respondió a cada acusación ni intentó escapar de Su misión mediante argumentos. Su silencio ante determinados interrogatorios mostró dominio propio y confianza absoluta en el juicio del Padre. Jesús no guardó silencio porque las acusaciones fueran verdaderas, sino porque sabía que Su sacrificio formaba parte de la obra redentora que había aceptado cumplir.
Su ejemplo enseña que no todo ataque exige una respuesta inmediata. Hay ocasiones en que debemos hablar para defender la verdad, proteger al vulnerable o aclarar una injusticia; en otras, responder desde la ira solo multiplica el conflicto. El Espíritu Santo puede ayudarnos a discernir cuándo hablar y cuándo permanecer en silencio. La fidelidad serena no es pasividad cobarde: puede expresar una confianza profunda en que Dios conoce la verdad y justificará a Sus siervos en Su propio tiempo.
James E. Talmage: Hasta donde sabemos, Herodes se distingue como el único ser que contempló a Cristo cara a cara y habló con Él, pero que nunca escuchó Su voz.
Para los pecadores arrepentidos, las mujeres que lloraban y los niños que balbuceaban; para los escribas, fariseos, saduceos y rabinos; para el sumo sacerdote perjuro y su subordinado servil e insolente; y para Pilato, el pagano, Cristo tuvo palabras de consuelo o instrucción, advertencia o reprensión, protesta o denuncia.
Sin embargo, para Herodes, el zorro, solamente tuvo un silencio desdeñoso y majestuoso. (Jesús el Cristo, págs. 635–636).
Isaías 53:8 — Condenado injustamente y herido por Su pueblo
«De la cárcel y del juicio fue quitado; y su generación, ¿quién la declarará? Porque fue arrancado de la tierra de los vivientes; por la transgresión de mi pueblo fue herido».
Jesucristo fue arrestado, sometido a procedimientos injustos y condenado a muerte. Quienes tenían la responsabilidad de administrar justicia participaron en la condenación del único hombre perfectamente inocente. Por ello, el Salvador comprende personalmente a quienes han sido acusados falsamente, privados de sus derechos o tratados injustamente. Aunque los tribunales humanos pueden fallar, Su juicio final corregirá toda sentencia falsa, revelará plenamente la verdad y restaurará la dignidad de quienes fueron dañados.
Ser «arrancado de la tierra de los vivientes» anuncia la muerte real y violenta del Mesías. Su crucifixión no fue un accidente ni una derrota imprevista, sino parte del sacrificio vicario establecido en el plan de redención. Jesucristo no murió por una transgresión propia; fue herido por los pecados de Su pueblo. El inocente ocupó voluntariamente el lugar de los culpables y asumió las consecuencias que ellos no podían vencer por sí mismos.
La muerte del Salvador permite que quienes estaban espiritualmente muertos reciban perdón, reconciliación y una vida nueva. Además, Su resurrección garantiza que la muerte física tampoco tendrá un dominio permanente sobre la humanidad. El juicio injusto de los hombres llevó a Cristo a la cruz, pero el juicio perfecto del Padre lo levantó del sepulcro y confirmó Su victoria. Gracias a Él, toda injusticia puede ser finalmente corregida y toda persona arrepentida puede pasar de la muerte espiritual a la vida eterna.
Isaías 53:9 — Entre los inicuos, sepultado con el rico y completamente inocente
«Y se dispuso con los inicuos su sepultura, mas con el rico fue en su muerte; aunque nunca hizo él maldad ni hubo engaño en su boca».
Jesucristo fue crucificado entre delincuentes y tratado públicamente como si fuera un transgresor. A los ojos de quienes lo condenaron, merecía compartir el destino de los culpables. Sin embargo, al ser contado entre los inicuos, no participó de su pecado; descendió voluntariamente hasta la condición de aquellos a quienes había venido a salvar. El Santo ocupó el lugar de los pecadores para que estos pudieran recibir Su justicia y reconciliarse con Dios.
Después de morir entre malhechores, el cuerpo de Jesús fue depositado en la tumba nueva de José de Arimatea, un hombre rico. Este detalle encuentra un cumplimiento notable en los relatos de los Evangelios y confirma que la muerte del Salvador no fue un acontecimiento desconocido para Dios. Aun en medio del rechazo, el Padre había preparado un lugar para Su sepultura y dirigía los acontecimientos hacia la resurrección. La tumba del rico parecía señalar el final de la historia, pero pronto se convertiría en testimonio de que Cristo vive.
Isaías recalca que Jesús nunca hizo maldad ni hubo engaño en Su boca. Su inocencia comprendía tanto las obras como las palabras y las intenciones del corazón. Esa perfección lo calificó para ser la ofrenda sin mancha: solamente alguien sin pecado ni deuda propia podía asumir voluntariamente la deuda de los demás. Cristo no murió por culpa propia, sino que entregó Su vida para que todos los que acudan a Él con fe y arrepentimiento puedan ser limpiados mediante Su sacrificio perfecto.
Isaías 53:10 — La ofrenda del Mesías y Su victoria sobre la muerte
«Con todo eso, Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento. Cuando haya puesto su alma como ofrenda por la culpa, verá linaje, prolongará sus días y la voluntad de Jehová prosperará en su mano».
La expresión «Jehová quiso quebrantarlo» no significa que el Padre disfrutara del sufrimiento de Su Hijo. Indica que permitió aquella aflicción porque formaba parte del plan de redención aceptado voluntariamente desde antes de la fundación del mundo. El Padre amaba perfectamente al Hijo, y Jesucristo entregó Su vida por decisión propia. Ambos actuaron en completa unidad y movidos por un amor infinito hacia toda la familia humana. El dolor no era el objetivo del plan, sino el precio necesario para vencer el pecado y abrir el camino de regreso a Dios.
Al poner Su alma «como ofrenda por la culpa», Jesucristo cumplió y superó los sacrificios de la ley de Moisés. Aquellas ofrendas representaban reparación y reconciliación; Cristo realizó verdaderamente aquello que simbolizaban al ofrecerse a Sí mismo como sacrificio perfecto. Su expiación satisfizo las demandas de la justicia y permite que la culpa sea borrada cuando ejercemos fe, nos arrepentimos y entramos en Sus convenios. Quienes nacen espiritualmente mediante este proceso llegan a ser Su «linaje»: hijos e hijas de Cristo que toman sobre sí Su nombre y reflejan Su carácter.
Después de anunciar Su muerte, Isaías declara que el Siervo «prolongará sus días», señalando que el sepulcro no podría retenerlo. Jesucristo resucitó con un cuerpo glorificado e inmortal y vive para siempre; gracias a Su victoria, toda la humanidad también resucitará. Así, la voluntad del Padre prospera en Sus manos mediante la expiación, la resurrección, el recogimiento de Israel y la salvación de los fieles. Lo que parecía un fracaso en el Calvario era, en realidad, la realización central del plan de salvación y el comienzo de una posteridad espiritual innumerable.
Bryant S. Hinckley: Evidentemente, Dios no se complació con la manera en que los hombres trataron a Jesús, pero sí se complació con la «ofrenda por el pecado» de Su Hijo. La Expiación satisfizo las demandas más estrictas de la justicia inherente de Dios e hizo posibles el perdón y la misericordia bajo ciertas condiciones.
El élder Melvin J. Ballard explicó por qué se complació Dios en no intervenir:
«En aquella hora, creo poder contemplar a nuestro amado Padre detrás del velo, observando aquellas luchas mortales hasta que ni siquiera Él pudo soportarlo por más tiempo. Y así como la madre que se despide de su hijo moribundo tiene que ser sacada de la habitación para no contemplar sus últimas luchas, Él inclinó la cabeza y se ocultó en algún lugar de Su universo, con Su gran corazón casi quebrantado por el amor que sentía por Su Hijo.
»Oh, en aquel momento en que podría haber salvado a Su Hijo, le doy gracias y lo alabo porque no nos abandonó. Él no solamente tenía presente el amor por Su Hijo, sino que también nos amaba a nosotros.
»Me regocijo porque no intervino y porque Su amor por nosotros hizo posible que soportara contemplar los sufrimientos de Su Hijo y finalmente nos lo entregara como nuestro Salvador y Redentor.
»Sin Él y sin Su sacrificio, habríamos permanecido en nuestra condición y nunca habríamos llegado glorificados a la presencia del Padre. Esto fue, en parte, lo que le costó a nuestro Padre Celestial entregar a los hombres el don de Su Hijo». (Bryant S. Hinckley, Sermons and Missionary Services of Melvin Joseph Ballard, págs. 154–155).
Bruce R. McConkie: Si esta profecía debía cumplirse durante Su estancia mortal sobre la Tierra, tendríamos que considerarla una profecía fallida. Él no prolongó Sus días; una muerte voluntaria lo alcanzó en la plenitud de Su vida.
La voluntad del Señor tampoco alcanzó su pleno cumplimiento mientras Él permaneció en un estado donde la muerte acecha al peregrino cansado. Solamente en la Resurrección se perfecciona la voluntad del Señor, porque únicamente cuando «el espíritu y el elemento» están «inseparablemente unidos» pueden Dios o el hombre «recibir una plenitud de gozo» (Doctrina y Convenios 93:33).
Por tanto, después de poner Su alma como ofrenda por el pecado; de contemplar Su posteridad —todos los justos fallecidos desde los días de Adán hasta aquel momento— congregada para recibirlo y adorarlo en el paraíso de su Señor; y de levantarse después en gloriosa inmortalidad para vivir y reinar eternamente, nuestro Mesías cumplió verdaderamente la declaración profética.
Entonces Sus días fueron prolongados para siempre, y la voluntad que prosperaba en Su mano llegó a ser infinita. (The Promised Messiah, pág. 362).
Isaías 53:11 — La aflicción del Siervo justo justificará a muchos
«Por la aflicción de su alma verá y quedará satisfecho; por su conocimiento, mi siervo justo justificará a muchos, y llevará las iniquidades de ellos».
La expiación incluyó una agonía interior profunda, no solamente sufrimiento corporal. En Getsemaní y en la cruz, Jesucristo llevó el peso espiritual de nuestros pecados, dolores y aflicciones. Sin embargo, después de Su sufrimiento contemplaría el fruto de Su sacrificio: personas perdonadas, corazones transformados, familias reconciliadas y toda la humanidad levantada del sepulcro. Los redimidos constituyen parte del gozo puesto delante de Él y demuestran que Su padecimiento no fue inútil.
Isaías llama a Cristo «mi siervo justo» porque Él es completamente inocente y obediente. Precisamente por no tener pecado propio, pudo llevar las iniquidades de los demás y «justificar a muchos». Justificar significa perdonar y colocar a una persona en una relación correcta con Dios. Nosotros no podemos borrar la culpa mediante excusas, negar la gravedad del pecado ni producir por nuestras propias obras una justicia suficiente para salvarnos.
Jesucristo puede justificarnos porque tomó sobre Sí nuestra deuda y nos ofrece los méritos de Su vida perfecta y de Su sacrificio expiatorio. Recibimos esa gracia al ejercer fe, arrepentirnos, recibir las ordenanzas y guardar los convenios con Él. Nuestra obediencia no reemplaza Su expiación ni compra el perdón; demuestra que aceptamos Su invitación y permitimos que Su poder nos transforme. El Siervo llevó nuestras iniquidades para que nosotros pudiéramos recibir Su justicia, vivir reconciliados con el Padre y llegar a ser parte del fruto eterno de Su obra.
Isaías 53:12 — El Siervo exaltado que llevó nuestros pecados e intercede por nosotros
«Por tanto, yo le daré parte con los grandes, y con los fuertes repartirá despojos; por cuanto derramó su vida hasta la muerte y fue contado con los transgresores, habiendo él llevado el pecado de muchos e intercedido por los transgresores».
El Siervo que fue despreciado y humillado será exaltado entre los grandes. Después de descender por debajo de todas las cosas, Jesucristo resucitó, ascendió al cielo y recibió toda autoridad y gloria a la diestra del Padre. Su exaltación demuestra que el sacrificio no terminó en derrota: el Cordero inmolado es también el Rey victorioso. Él derramó voluntaria y completamente Su vida hasta la muerte, sin reservar nada ni abandonar la misión antes de terminarla. Conocía el precio de nuestra redención y, por amor al Padre y a nosotros, decidió pagarlo íntegramente.
Jesús fue contado entre los transgresores al ser crucificado entre criminales y tratado como uno de ellos. Sin embargo, no compartía su culpa; escogió ocupar el lugar de los pecadores ante las demandas de la justicia para que ellos pudieran ser contados entre los justos. Llevó «el pecado de muchos», una expresión que no limita la disponibilidad de Su expiación: Su sacrificio es suficiente para toda la humanidad, aunque el perdón se recibe individualmente mediante la fe y el arrepentimiento. Ninguna transgresión sinceramente confesada y abandonada supera Su capacidad para limpiar.
Jesucristo no solamente padeció por los transgresores, sino que también intercedió y continúa intercediendo por ellos. En la cruz oró por quienes lo crucificaban y, como Salvador resucitado, es nuestro Abogado y Mediador ante el Padre. Su intercesión no pretende convencer a un Padre reacio a amarnos; forma parte del plan común de amor establecido por el Padre y el Hijo. Cristo presenta Su sacrificio perfecto, la justicia queda satisfecha y la misericordia puede reclamar al arrepentido. Isaías 53 concluye así con el Siervo vivo, exaltado y todavía dedicado a la salvación de aquellos cuyos pecados llevó.


























