Isaías 29
Presenta un recorrido desde la apostasía hasta la Restauración. Primero aparece un pueblo que honra a Dios con los labios mientras mantiene el corazón lejos de Él. La revelación queda como un libro sellado, los profetas y videntes desaparecen, y la sabiduría humana intenta ocupar el lugar de la voz divina.
Entonces Dios anuncia «una obra maravillosa y un prodigio». Un registro hablará desde el polvo, será entregado por medios que desafiarán la autosuficiencia de los sabios y permitirá que los sordos oigan y los ciegos vean. Para los Santos de los Últimos Días, esta profecía encuentra un cumplimiento central en el Libro de Mormón y en la restauración del Evangelio mediante José Smith.
El propósito de esa obra no es simplemente demostrar el cumplimiento de una profecía. El libro sale a luz para conducir a las personas a Jesucristo. Mediante sus palabras, quienes erraron pueden recibir entendimiento, los humildes pueden aumentar su alegría y la casa de Jacob puede volver a santificar al Santo de Israel. La voz desde el polvo es, sobre todo, una voz que testifica que Jesús es el Cristo y que Dios todavía habla a Sus hijos.
Isaías 29:1–2 — Ariel, la ciudad de David, será disciplinada
«¡Ay de Ariel, de Ariel, ciudad donde habitó David! Añadid un año a otro; que las fiestas sigan su curso».
“Ariel” se refiere a Jerusalén y puede transmitir las ideas de «león de Dios» o «altar de Dios». Ambos significados subrayan su posición privilegiada: era la ciudad de David, el centro de la adoración del convenio y el lugar del templo y de los sacrificios. Sin embargo, esa condición sagrada no la hacía inmune a las consecuencias de la desobediencia. El Señor permitiría que la ciudad experimentara aflicción, lamentación y humillación. Los privilegios espirituales aumentan la responsabilidad; no sustituyen la fidelidad ni garantizan protección cuando se rechaza persistentemente la voluntad divina.
La expresión «añadid un año a otro; que las fiestas sigan su curso» parece señalar la continuidad mecánica de las celebraciones religiosas. El pueblo observaba el calendario sagrado, pero la repetición de ceremonias no producía necesariamente una verdadera conversión. Podían ofrecer sacrificios y reunirse en Jerusalén mientras mantenían el corazón apartado de Dios. De ese modo, la adoración externa se convertía en una apariencia de fidelidad que ocultaba una profunda enfermedad espiritual.
Este principio continúa siendo relevante: pertenecer a una comunidad religiosa, participar en ordenanzas o mantener costumbres devocionales no basta si esas prácticas no nos conducen hacia Jesucristo. Las ceremonias son esenciales cuando expresan fe, arrepentimiento y una relación viva de convenio; pero pierden su poder transformador cuando se realizan sin entrega interior. El Señor no busca únicamente nuestra presencia en lugares sagrados, sino un corazón consagrado que permita que la adoración influya verdaderamente en nuestra conducta.
Isaías 29:3–4 — Una voz que hablará desde el polvo
«Entonces serás humillada, hablarás desde la tierra, y tu habla saldrá del polvo; y será tu voz de la tierra como la de un espíritu familiar, y tu habla susurrará desde el polvo».
En su contexto inmediato, la profecía describe la humillación de Jerusalén durante un asedio. La ciudad que antes ocupaba una posición elevada sería abatida hasta el suelo, y su voz, debilitada por la derrota, parecería surgir desde la tierra. La expresión comunica una inversión completa de su orgullo: Ariel, la ciudad poderosa y sagrada, sería reducida a una condición en la que apenas podría hablar. Esta humillación mostraría que los privilegios religiosos y las defensas materiales no podían proteger a un pueblo que había apartado su corazón del Señor.
En un cumplimiento profético más amplio, estas palabras también pueden describir la voz de un pueblo destruido cuyo testimonio escrito sería preservado bajo tierra y saldría a luz en los últimos días. El Libro de Mormón constituye la voz de los nefitas que habla «desde el polvo». Aunque su civilización cayó y sus autores murieron, sus registros fueron depositados en la tierra para que su testimonio de Jesucristo alcanzara a generaciones futuras. Así, un pueblo silenciado por la destrucción continúa hablando mediante la palabra escrita.
Esta voz desde el polvo testifica que Dios puede conservar la verdad incluso cuando desaparecen las naciones que la recibieron. El Libro de Mormón no es solamente la historia de un pueblo antiguo, sino otro testamento de Jesucristo que llama al arrepentimiento, confirma la Biblia y participa en el recogimiento de Israel. Aquello que parecía enterrado y olvidado fue levantado por el poder de Dios para declarar que Jesús es el Cristo y que Sus convenios permanecen vigentes en los últimos días.
Russell M. Nelson: ¿Podría haber palabras que describieran mejor el Libro de Mormón, el cual salió «de la tierra» para «susurrar desde el polvo» a las personas de nuestra época?
Otros pasajes del Antiguo Testamento predijeron la aparición del Libro de Mormón. Uno de ellos vino a mi mente cuando asistí a un desayuno de oración celebrado en enero de 1997 en la Casa Blanca, en Washington D. C. Durante una recepción informal que precedió al desayuno, conversaba con un distinguido y erudito rabino judío de Nueva York. Otro rabino interrumpió nuestra conversación para preguntarle a mi colega de Nueva York si recordaba la referencia de las Escrituras acerca del palo de Judá y del palo de José, los cuales algún día se unirían. Mi amigo se detuvo por un momento, se acarició pensativamente la barbilla y respondió: «Creo que lo encontrará en el libro de Ezequiel».
Al oír eso, no pude contenerme. «Podría buscar en el capítulo 37 de Ezequiel», intervine. «Allí encontrará los pasajes que busca».
Mi amigo rabino manifestó su sorpresa: «¿Cómo lo sabía?».
«Esta doctrina», concluí, «es muy importante en nuestra teología». En verdad lo es. Quisiera citarla:
Y tú, hijo de hombre, toma ahora un palo y escribe en él: Para Judá y para los hijos de Israel, sus compañeros. Toma después otro palo y escribe en él: Para José, palo de Efraín, y para toda la casa de Israel, sus compañeros.
Júntalos luego el uno con el otro, para que sean uno solo; y serán uno solo en tu mano. (Ezequiel 37:16–17).
Los santos del Israel moderno de todo el mundo tienen la bendición de sostener la Biblia y el Libro de Mormón unidos en sus manos. Nunca debe subestimarse el valor de este privilegio. Isaías describió el espíritu del Libro de Mormón como «familiar». Este resuena en las personas que conocen el Antiguo Testamento, especialmente entre quienes dominan la lengua hebrea. El Libro de Mormón contiene numerosos hebraísmos: tradiciones, simbolismos, expresiones idiomáticas y formas literarias. Resulta familiar porque más del ochenta por ciento de sus páginas procede del mismo período histórico que algunas partes del Antiguo Testamento. («The Exodus Repeated», Ensign, julio de 1999, pág. 10).
Isaías 29:4 — Los muertos todavía pueden dar testimonio
«Tu habla saldrá del polvo».
En su contexto inmediato, Isaías describe a Jerusalén humillada, cuya voz debilitada parecería salir desde la tierra. Sin embargo, en un cumplimiento profético más amplio, esta expresión representa el testimonio de un pueblo destruido cuyos escritos fueron escondidos en la tierra y preservados para salir a luz en los últimos días. La muerte de los autores del Libro de Mormón no silenció su voz: por el poder y conforme al tiempo de Dios, sus palabras surgieron «del polvo» para testificar que Jesús es el Cristo, confirmar las verdades del Evangelio y contribuir al recogimiento de Israel.
Este pasaje también enseña que la influencia espiritual de una persona puede continuar mucho después de su muerte. Un testimonio escrito, un registro familiar, una enseñanza fiel o el recuerdo de una vida recta pueden hablar a hijos y nietos que nunca conocieron personalmente a quien los dejó. Así como el Señor preservó el testimonio de los nefitas para generaciones futuras, también puede magnificar nuestras palabras y nuestro ejemplo para bendecir a personas que quizá nunca lleguemos a ver. La muerte puede terminar nuestra voz física, pero no necesariamente la influencia de una vida centrada en Jesucristo.
Isaías 29:5–8 — Los enemigos de Sion serán dispersados
«La muchedumbre de tus enemigos será como polvo fino, y la multitud de los despiadados como tamo que pasa».
Las naciones que combatan contra Ariel y el monte Sion pueden parecer numerosas, poderosas e invencibles; sin embargo, ante el poder del Señor serán tan frágiles como el polvo fino y tan inestables como el tamo llevado por el viento. Isaías describe una intervención divina repentina, acompañada simbólicamente por truenos, terremotos, tempestades y fuego consumidor. La imagen enseña que Dios puede cambiar inesperadamente una situación que parecía desesperada y que ninguna fuerza humana puede frustrar definitivamente Sus propósitos ni destruir la obra que Él ha establecido.
La aparente victoria de los enemigos será semejante al sueño de una persona hambrienta que imagina estar comiendo, pero despierta todavía vacía, o al de una persona sedienta que sueña que bebe y, al despertar, continúa desfallecida. De igual manera, quienes luchen contra Sion pueden creer por un momento que han alcanzado su objetivo, pero su satisfacción será ilusoria y pasajera. Sus planes no producirán el resultado definitivo que esperaban, porque al despertar a la realidad del juicio divino descubrirán que no han podido vencer a Dios.
Esta promesa no significa que el pueblo del convenio nunca padecerá oposición ni que toda dificultad desaparecerá inmediatamente. Sion puede ser asediada, humillada y probada; no obstante, sus enemigos no obtendrán una victoria eterna. La seguridad de Sion no procede de su superioridad militar o temporal, sino de su relación con Jesucristo. Quienes permanecen fieles pueden confiar en que el Señor defenderá Su obra, frustrará finalmente los propósitos del mal y hará que toda oposición levantada contra Su reino resulte tan pasajera como un sueño.
Isaías 29:6 — El Señor intervendrá con poder
«Serás visitada por Jehová de los ejércitos con truenos, y con terremotos y gran ruido, con torbellino y tempestad, y con llama de fuego consumidor».
Los truenos, terremotos, tempestades y llamas representan la majestad, el juicio y la intervención poderosa de Dios. Después de un período en el que el Señor parecía guardar silencio mientras Jerusalén era sitiada, Su acción llegaría de forma repentina e irresistible. La palabra «visitada» puede expresar tanto corrección como liberación: Dios disciplina a Sion por su infidelidad, pero también juzga a las naciones que procuran destruirla. De este modo, los mismos acontecimientos pueden humillar al pueblo del convenio y, al mismo tiempo, frustrar los propósitos de sus enemigos.
Estas imágenes también pueden relacionarse con las conmociones que precederán a la Segunda Venida de Jesucristo. Sin embargo, no enseñan que todo fenómeno natural deba interpretarse automáticamente como un castigo divino específico. Su mensaje central es que Dios gobierna la creación, conoce la situación de Su pueblo y puede intervenir aun cuando la oposición parezca humanamente irresistible. Su aparente silencio nunca debe confundirse con ausencia, indiferencia o pérdida de control.
La promesa ofrece consuelo y también una advertencia. Quienes permanecen fieles pueden confiar en que el Señor defenderá finalmente Sion y que ninguna fuerza podrá destruir Su obra; pero esa confianza debe conducir a la preparación espiritual, no a una falsa seguridad. La manera de estar preparados para la intervención divina es edificar la vida sobre Jesucristo, arrepentirnos y guardar nuestros convenios. Entonces, aun en medio de las conmociones, podremos reconocer que el poder del Señor obra para purificar, preservar y cumplir Sus propósitos eternos.
Dallin H. Oaks: Durante la última década ha habido muchos ejemplos de adversidades de gran magnitud que afectaron a decenas o cientos de miles, e incluso a millones de personas. Solo es posible mencionar algunos. Además de las guerras en muchas naciones, hemos tenido terremotos en Japón, California, China, Armenia y México; huracanes o tornados en Florida y en el centro de Estados Unidos; erupciones volcánicas en Filipinas; inundaciones en la India y Norteamérica; y hambre y pestilencias en África y otros lugares.
Esas enormes catástrofes son tragedias, pero quizá tengan otro significado. El Señor utiliza las adversidades para enviar mensajes a Sus hijos. Isaías profetizó que, en los últimos días, el Señor visitaría a todas las naciones mediante grandes desastres naturales (véanse Isaías 29:6; 2 Nefi 27:1–2). En una revelación moderna, el Señor habla de llamar a las naciones de la tierra por boca de Sus siervos y también «por la voz de truenos y por la voz de relámpagos, y por la voz de tempestades, y por la voz de terremotos y grandes granizadas, y por la voz de hambres y pestilencias de todas clases» (Doctrina y Convenios 43:25). En otra revelación, el Señor dice a quienes ha llamado para enseñar el Evangelio:
Después de vuestro testimonio viene el testimonio de terremotos…
Y también viene el testimonio de la voz de truenos, y la voz de relámpagos, y la voz de tempestades, y la voz de las olas del mar que se precipitan allende sus límites.
Y todas las cosas estarán en conmoción; y de cierto, desfallecerá el corazón de los hombres, porque el temor vendrá sobre todo pueblo. (Doctrina y Convenios 88:89–91).
Ciertamente, esas grandes adversidades no carecen de algún propósito o efecto eterno. Pueden hacer que nuestro corazón se vuelva hacia Dios… Aunque las adversidades provoquen sufrimientos mortales, también pueden convertirse en el medio para conducir a hombres y mujeres hacia bendiciones eternas.
Las adversidades de gran magnitud, como los desastres naturales y las guerras, parecen ser inherentes a la experiencia mortal. No podemos evitarlas por completo, pero sí podemos decidir cómo reaccionaremos ante ellas. («Adversity», Ensign, julio de 1998, págs. 7–8).
Isaías 29:9–10 — La ceguera y el sueño espirituales
«Cegaos y quedad ciegos; embriagaos, pero no de vino; tambaleaos, pero no de bebida fuerte».
Isaías describe a un pueblo desorientado a pesar de no haber consumido alcohol. Su embriaguez era espiritual: había rechazado tantas veces la palabra del Señor que ya no podía percibir la verdad con claridad. Esta ceguera no consistía en falta de información, sino en la incapacidad moral de reconocer lo que no deseaba aceptar. Aunque el pueblo continuaba participando en ceremonias religiosas, su orgullo, hipocresía y desobediencia habían distorsionado su discernimiento hasta hacerlo tambalear entre falsas seguridades y enseñanzas humanas.
El «espíritu de profundo sueño» no debe entenderse como una privación arbitraria de luz impuesta a personas inocentes. En el lenguaje profético, Dios puede ser presentado como quien entrega al pueblo a las consecuencias que este mismo ha escogido. Al rechazar continuamente la revelación, cerraron sus propios ojos y perdieron progresivamente la capacidad de reconocerla. Incluso los profetas y videntes quedaron cubiertos para ellos, porque no estaban dispuestos a recibir la palabra que comunicaban. La verdad seguía disponible, pero el corazón endurecido ya no respondía a ella.
Este pasaje advierte que la sensibilidad espiritual puede debilitarse gradualmente. Cada impresión obedecida aumenta nuestra capacidad para reconocer la voz del Espíritu Santo, mientras que cada rechazo deliberado puede volvernos menos receptivos. Jesucristo puede sanar la ceguera espiritual y despertarnos del sueño, pero debemos acudir a Él con humildad, arrepentirnos y estar dispuestos a recibir la verdad aunque contradiga nuestras preferencias. Ver espiritualmente no depende solamente de tener ojos, sino de poseer un corazón dispuesto a obedecer.
Isaías 29:10 — La pérdida de profetas y videntes
«Cerró vuestros ojos; cubrió a los profetas… y a los videntes».
La ausencia de revelación es una característica de la apostasía. Cuando un pueblo rechaza repetidamente a los mensajeros de Dios, puede quedar finalmente sin la orientación que despreció. La expresión de que el Señor «cerró» los ojos y «cubrió» a los profetas no significa que Él se complaciera en ocultar arbitrariamente la verdad, sino que permitió que el pueblo experimentara las consecuencias de su propia incredulidad. Al endurecer el corazón, las personas pierden la capacidad de reconocer a los verdaderos mensajeros y de comprender la revelación, aun cuando esta se encuentre delante de ellas.
La oscuridad espiritual, por tanto, no se debía a que Dios hubiera dejado de amar a Sus hijos, sino al rechazo humano de Su palabra y autoridad. El Señor respeta el albedrío y no obliga a nadie a recibir la luz; sin embargo, tampoco garantiza revelación continua a quienes persistentemente la rechazan. Cuando se aparta la voz profética, las ideas humanas, las tradiciones y las falsas doctrinas ocupan su lugar, dejando al pueblo sin una norma segura para distinguir la verdad del error.
La Restauración del Evangelio invirtió esa condición al llamar nuevamente profetas y videntes, sacar a luz Escrituras adicionales y restaurar las llaves del sacerdocio y la revelación. Mediante Jesucristo, los cielos volvieron a abrirse y Dios manifestó que todavía habla a Sus hijos. No obstante, tener profetas vivientes solo nos beneficia si escuchamos y ponemos en práctica su consejo. La Restauración no elimina nuestra responsabilidad de recibir la revelación con fe; nos devuelve la oportunidad de abrir los ojos, despertar espiritualmente y dejarnos guiar nuevamente por el Señor.
Isaías 29:11–12 — El libro sellado, el instruido y el que no sabía leer
«Os será toda visión como palabras de libro sellado… Y si se da el libro al que no sabe leer, diciéndole: Lee ahora esto, él dirá: No sé leer».
En su contexto inmediato, el libro sellado representa una revelación que existe, pero que el pueblo, debido a su ceguera espiritual, no puede leer ni comprender. La persona instruida afirma que no puede leerlo porque está sellado, mientras que la otra declara carecer de preparación. Así, Isaías muestra que ni la erudición por sí sola ni la capacidad humana natural bastan para comprender los misterios de Dios. La revelación requiere que el Señor abra el libro y conceda luz espiritual; sin Su ayuda, incluso una verdad preservada y disponible puede permanecer cerrada para quienes no están preparados para recibirla.
En el cumplimiento de los últimos días, esta profecía se relaciona con las planchas de las cuales fue traducido el Libro de Mormón y con la parte sellada del registro. También recuerda el episodio en el que Martin Harris llevó una copia de algunos caracteres y su traducción a personas instruidas, entre ellas el profesor Charles Anthon. El erudito no podía autenticar ni traducir plenamente un registro que no tenía delante. Posteriormente, el libro fue confiado a José Smith, quien podía describirse como alguien que «no sabe leer», pues carecía de la formación académica y lingüística necesaria para traducir por métodos convencionales un antiguo registro.
Este contraste destaca que la aparición del Libro de Mormón no sería principalmente una realización de la sabiduría humana, sino una obra dirigida por Dios. La incapacidad académica de José Smith no era en sí misma una virtud ni significaba que el aprendizaje careciera de valor; servía para demostrar que la traducción dependía del don y poder de Dios. El Señor preservó, entregó y tradujo el registro por medio de Su siervo para restaurar verdades, confirmar la Biblia y ofrecer otro testimonio de Jesucristo. El libro sellado enseña que la erudición puede ayudar a estudiar la revelación, pero solamente Dios puede abrir plenamente su significado al corazón receptivo.
José Smith: El señor Harris residía en el municipio de Palmyra, condado de Wayne, estado de Nueva York, y era un agricultor respetable. Gracias a esa oportuna ayuda pude llegar a mi lugar de destino en Pensilvania; e inmediatamente después de llegar allí, comencé a copiar los caracteres de las planchas. Copié una cantidad considerable de ellos y, por medio del Urim y Tumim, traduje algunos. Esto lo hice entre el momento en que llegué a la casa del padre de mi esposa, en diciembre, y el mes de febrero siguiente.
En algún momento de ese mes de febrero, el mencionado señor Martin Harris llegó a nuestro hogar, recibió los caracteres que yo había copiado de las planchas y partió con ellos hacia la ciudad de Nueva York. (History of the Church, tomo I, pág. 19).
Martin Harris: Fui a la ciudad de Nueva York y presenté al profesor Charles Anthon —un caballero reconocido por sus conocimientos literarios— los caracteres que habían sido traducidos junto con su traducción. El profesor Anthon declaró que la traducción era correcta, más que cualquier otra que hubiera visto anteriormente traducida del egipcio. Después le mostré los caracteres que todavía no habían sido traducidos, y él afirmó que eran egipcios, caldeos, asirios y árabes, y que eran caracteres auténticos. Me entregó un certificado que confirmaba ante los habitantes de Palmyra que los caracteres eran verdaderos y que la traducción de aquellos que habían sido traducidos también era correcta. Tomé el certificado, lo guardé en el bolsillo y estaba a punto de salir de la casa cuando el señor Anthon me llamó y preguntó cómo había descubierto el joven que había planchas de oro en el lugar donde las encontró. Le respondí que un ángel de Dios se lo había revelado.
Entonces me dijo: «Permítame ver ese certificado». Lo saqué del bolsillo y se lo entregué. Él lo tomó y lo rompió en pedazos, diciendo que en aquellos días no existía tal cosa como la ministración de ángeles y que, si yo le llevaba las planchas, él las traduciría. Le informé que una parte de las planchas estaba sellada y que se me había prohibido llevarlas. Él respondió: «No puedo leer un libro sellado». Lo dejé y fui a ver al doctor Mitchell, quien confirmó lo que el profesor Anthon había dicho acerca de los caracteres y de la traducción. (History of the Church, tomo I, pág. 20).
Isaías 29:13 — Una religión de labios y mandamientos humanos
«Este pueblo se acerca a mí con su boca y con sus labios me honra, pero ha alejado su corazón de mí; y su temor de mí ha sido enseñado por mandamiento de hombres».
La apostasía no siempre comienza con el abandono visible de la religión. Puede conservar el vocabulario sagrado, las ceremonias y una apariencia de devoción mientras el corazón se aleja progresivamente de Dios. El pueblo honraba al Señor con palabras, pero su adoración no expresaba una fe viva ni una disposición verdadera a obedecer. Jesucristo citó este pasaje para denunciar la hipocresía religiosa de quienes aparentaban rectitud mientras invalidaban los mandamientos divinos mediante sus tradiciones. Cuando los labios profesan lealtad, pero los deseos y las decisiones siguen otra dirección, la religión pierde su poder para convertir y santificar.
El «temor» enseñado por mandamientos de hombres describe una relación con Dios formada principalmente por reglas, filosofías y tradiciones carentes de Su autorización. Esto no significa que toda enseñanza humana sea errónea ni que el estudio carezca de valor; advierte contra elevar las opiniones, costumbres o interpretaciones humanas por encima de la palabra revelada. Una tradición puede parecer religiosa y, sin embargo, alejarnos de Dios si sustituye Su doctrina, modifica Sus ordenanzas o desplaza la autoridad que Él estableció.
La Restauración fue necesaria para recuperar verdades doctrinales, ordenanzas y llaves del sacerdocio procedentes directamente de Dios. Sin embargo, poseer nuevamente esas verdades no garantiza por sí solo una adoración sincera. El Señor continúa pidiéndonos que unamos los labios con el corazón: que nuestras oraciones, reuniones y ordenanzas expresen amor por Jesucristo, fe en Su expiación y voluntad de guardar los convenios. La adoración verdadera no consiste únicamente en decir las palabras correctas, sino en permitir que la verdad revelada transforme lo que amamos, escogemos y llegamos a ser.
Joseph B. Wirthlin: Algunas personas son débiles en su fe y en su testimonio, pero ni siquiera son conscientes de lo precaria que es su situación. Es probable que muchas se ofendieran si se les sugiriera tal cosa. Levantan la mano derecha para sostener a los líderes de la Iglesia y después murmuran y se quejan cuando alguna decisión no coincide con su manera de pensar. Afirman obedecer los mandamientos de Dios, pero no sienten ninguna incomodidad al comprar alimentos en una tienda el domingo y después pedir al Señor que los bendiga. Algunas personas dicen que darían su vida por el Señor; sin embargo, se niegan a servir en la guardería.
El Salvador habló de manera muy explícita acerca de quienes «se acercan a mí con su boca y con sus labios me honran, pero han alejado de mí su corazón» (Isaías 29:13). Sus palabras fueron: «No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.
»Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios y en tu nombre hicimos muchos milagros?
»Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad» (Mateo 7:21–23).
Nadie desearía escuchar al Señor pronunciar palabras tan decepcionantes sobre sí mismo. Por eso necesitan hacer todo cuanto esté a su alcance para tener la certeza absoluta de que la hoguera espiritual de su testimonio arda con suficiente intensidad como para mantener alejados a los lobos de las tinieblas. Siempre pueden agregar más leña seca. Como enseñó el apóstol Pablo, todos hemos sido «destituidos de la gloria de Dios» (Romanos 3:23). Ninguno de nosotros ha progresado tanto en esta vida como para no necesitar fortalecer continuamente su testimonio. («Spiritual Bonfires of Testimony», Ensign, noviembre de 1992, pág. 35).
Isaías 29:14 — Una obra maravillosa que supera la sabiduría humana
«He aquí que nuevamente haré una obra maravillosa entre este pueblo, una obra maravillosa y un prodigio; porque perecerá la sabiduría de sus sabios y se desvanecerá la inteligencia de sus entendidos».
La «obra maravillosa y un prodigio» incluye la restauración del Evangelio de Jesucristo, la salida a luz del Libro de Mormón, el restablecimiento de la autoridad y las llaves del sacerdocio, la renovación de las ordenanzas y el recogimiento de Israel. Después de un período de apostasía y oscuridad espiritual, Dios volvería a manifestar Su poder y a hablar mediante profetas. Esta obra es maravillosa no solamente por su alcance mundial, sino también porque el Señor la inició por medio de instrumentos humildes y aparentemente insuficientes, demostrando que Su obra no depende del prestigio, el poder ni la aprobación del mundo.
La afirmación de que «perecerá la sabiduría de sus sabios» no condena la educación, la investigación ni el razonamiento. La sabiduría que perece es aquella que se levanta contra Dios, reemplaza Su palabra con filosofías humanas o declara innecesarias e imposibles la revelación, los milagros y la autoridad divina. El conocimiento humano puede descubrir muchas verdades y producir grandes beneficios, pero por sí solo no puede revelar plenamente el carácter de Dios, expiar el pecado, conferir el sacerdocio ni establecer las ordenanzas de salvación.
El Evangelio invita a buscar conocimiento «tanto por el estudio como por la fe», reconociendo que ambos deben estar unidos por la humildad. Existen verdades que pueden investigarse mediante la razón y la evidencia, mientras que otras solamente se comprenden plenamente por medio del Espíritu Santo. La obra maravillosa no busca destruir la inteligencia, sino ponerla en su lugar correcto: al servicio de la verdad revelada. Cuando la mente instruida se une a un corazón creyente, el aprendizaje deja de competir con Dios y se convierte en un instrumento para comprender, defender y extender Su obra.
Neal A. Maxwell: La salida a luz del Libro de Mormón constituye un episodio maravilloso no solo en la historia de la Iglesia, sino también en la historia de la humanidad. Ustedes y yo estamos en deuda con muchas personas por las funciones que desempeñaron para hacernos llegar el Libro de Mormón, un libro repleto de verdades claras y preciosas relacionadas con la salvación, el cual salió a luz mediante «el don y el poder de Dios» (portada del Libro de Mormón). Mediante los esfuerzos y sacrificios de muchas personas, la «obra maravillosa y un prodigio» que Isaías contempló (Isaías 29:14) restauró verdades esenciales que la humanidad había perdido durante siglos. La mejor manera de expresar nuestra gratitud es leer y poner en práctica las enseñanzas del Libro de Mormón. («By the Gift and Power of God», Ensign, enero de 1997, pág. 36).
Neal A. Maxwell: El proceso de traducción fue verdaderamente «una obra maravillosa y un prodigio» o, como se expresa en hebreo, «un milagro milagroso» (Isaías 29:14). Dependiendo del orden en que realizó la traducción, los eruditos calculan que, durante 1829, José traducía diariamente el equivalente de entre ocho y trece páginas impresas actuales (véase John W. Welch y Tim Rathbone, «The Translation of the Book of Mormon: Basic Historical Information», informe preliminar, F.A.R.M.S., Provo, Utah, 1986, págs. 38–39). Un traductor profesional competente me dijo recientemente que considera productivo traducir una página por día.
¡De José el traductor —sin formación teológica— hemos recibido más páginas impresas de Escrituras que de cualquier otro mortal, tal como calculó el élder Jeffrey R. Holland!
José, el revelador, también llegó a ser un expositor. El presidente Young dijo que el profeta José poseía la «feliz facultad» de comunicar conceptos, «muchas veces en una sola frase, arrojando… luz sobre la oscuridad de [los] siglos… en una corriente combinada de inteligencia celestial» (Brigham Young, Journal of Discourses, tomo IX, pág. 310). («My Servant Joseph», Ensign, mayo de 1992, pág. 38).
Isaías 29:15 — Nadie puede ocultarse de Dios
«¡Ay de los que se esconden de Jehová, encubriendo el consejo, y sus obras están en las tinieblas, y dicen: ¿Quién nos ve, y quién nos conoce?».
Isaías denuncia a quienes elaboran planes en secreto y actúan como si pudieran escapar de la mirada y del juicio de Dios. Las «tinieblas» representan el engaño, la conspiración y el intento de ocultar intenciones injustas bajo una apariencia de rectitud. Una persona quizá logre esconder sus acciones de otras personas, manipular la información o evitar temporalmente las consecuencias, pero nunca puede ocultarse del Señor. Él no solo conoce las obras visibles, sino también los motivos, deseos y razonamientos secretos del corazón.
Esta verdad constituye una seria advertencia para quien practica el engaño. La pregunta «¿Quién nos ve?» revela una forma de incredulidad práctica: aunque alguien afirme creer en Dios, vive como si Él no observara ni fuera a pedir cuentas. Reconocer la omnisciencia divina debe conducirnos a la integridad, es decir, a ser la misma persona en público y en privado. El arrepentimiento comienza cuando dejamos de encubrirnos, reconocemos sinceramente nuestros pecados ante el Señor y permitimos que la luz de Jesucristo alcance aquello que procurábamos mantener escondido.
Al mismo tiempo, este pasaje ofrece consuelo a quienes han padecido injusticias desconocidas, negadas o encubiertas. Dios ve perfectamente lo que los demás ignoran y comprende incluso el dolor que una persona no logra expresar. Nada quedará permanentemente oculto ni será olvidado en Su juicio. Por medio de Jesucristo, el Señor sacará a luz la verdad, corregirá toda injusticia y juzgará con conocimiento perfecto, combinando justicia para el culpable, misericordia para el arrepentido y sanación para quien ha sido herido.
Isaías 29:16 — El barro no es superior al Alfarero
«¿Acaso la obra dirá de su hacedor: No me hizo? ¿O dirá la cosa formada del que la formó: No tiene entendimiento?».
Isaías denuncia la inversión espiritual que ocurre cuando la criatura pretende colocarse por encima de su Creador. Como el barro que niega haber sido formado o acusa al alfarero de no comprender su propia obra, el ser humano puede llegar a rechazar su dependencia de Dios y a juzgar los propósitos divinos desde una perspectiva limitada. Quienes pensaban ocultar sus planes del Señor actuaban como si Él careciera de conocimiento para verlos o de autoridad para juzgarlos. Sin embargo, Dios conoce perfectamente tanto Su creación como las intenciones más profundas de cada persona.
Este pasaje no condena las preguntas sinceras ni la búsqueda humilde de comprensión. La fe verdadera puede incluir dudas, dolor y preguntas difíciles expresadas con honestidad. La diferencia se encuentra en la actitud del corazón: una cosa es preguntar a Dios confiando en que puede enseñarnos y otra es concluir arrogantemente que Él no entiende, se ha equivocado o debe someterse a nuestro juicio. La humildad no exige renunciar al razonamiento, sino reconocer que nuestra comprensión es parcial y que el conocimiento del Señor es infinitamente superior.
Jesucristo revela cómo debe relacionarse la voluntad humana con el Alfarero divino. Aunque poseía poder y conocimiento perfectos, se sometió voluntariamente al Padre y permitió que Su voluntad guiara cada decisión. Del mismo modo, cuando entregamos el corazón a Dios, Él no destruye nuestra individualidad, sino que la forma hasta convertirnos en aquello que fuimos creados para llegar a ser. Reconocer al Alfarero significa aceptar que de Él recibimos la vida, la identidad y el propósito, y confiar en que Sus manos pueden transformar incluso nuestras debilidades en instrumentos de Su obra.
Isaías 29:17 — El Señor puede transformar lo que parece estéril
«¿No se convertirá, dentro de muy poco, el Líbano en campo fértil, y el campo fértil será considerado como bosque?».
Isaías anuncia una extraordinaria inversión de circunstancias: lo que parecía inalterable sería transformado por el poder de Dios. El Líbano, conocido por sus grandes bosques, llegaría a convertirse en campo fértil, mientras que el campo productivo crecería hasta parecer un bosque. Esta imagen representa renovación, abundancia y restauración, y prepara el anuncio de que los sordos oirían las palabras del libro y los ciegos saldrían de la oscuridad. El Señor puede modificar tanto las condiciones externas como el estado espiritual de Su pueblo, haciendo surgir vida y entendimiento donde antes predominaban la esterilidad y las tinieblas.
En el contexto de los últimos días, esta transformación puede relacionarse con la Restauración del Evangelio y la salida a luz del Libro de Mormón. La verdad restaurada puede producir frutos de fe, arrepentimiento y justicia en personas, familias y naciones consideradas espiritualmente improductivas. Aquello que comienza de manera pequeña y humilde puede crecer hasta convertirse en una obra extensa, del mismo modo que un campo llega a parecer un bosque. El poder transformador no se encuentra únicamente en el libro como objeto, sino en su testimonio de Jesucristo y en la respuesta de quienes reciben y viven sus enseñanzas.
Este principio también se aplica individualmente. Dios ve posibilidades donde nosotros solamente percibimos debilidad, pérdida o limitación. Por medio de la expiación de Jesucristo, un corazón endurecido puede ablandarse, una vida quebrantada puede ser restaurada y una persona aparentemente estéril puede comenzar a producir frutos de rectitud. La promesa no significa que todo cambio sea inmediato, sino que ninguna condición está fuera del alcance del poder redentor del Señor. Cuando permitimos que Él cultive nuestra vida, lo que parecía improductivo puede convertirse en una fuente abundante de bendiciones.
Isaías 29:18 — Los sordos oirán y los ciegos verán
«En aquel día los sordos oirán las palabras del libro, y los ojos de los ciegos verán en medio de la oscuridad y de las tinieblas».
La sordera y la ceguera representan la incapacidad espiritual para escuchar la voz de Dios y comprender Su verdad. Después de describir un período en el que la revelación parecía sellada y los ojos de los videntes estaban cubiertos, Isaías anuncia una extraordinaria restauración de luz: «las palabras del libro» ayudarían a despertar a quienes habían permanecido en oscuridad. El Libro de Mormón participa en el cumplimiento de esta promesa al testificar claramente de Jesucristo, explicar Su expiación, confirmar la Biblia e invitar a todas las personas a arrepentirse y venir a Él. Su poder no reside simplemente en su antigüedad, sino en la doctrina que comunica y en el testimonio que el Espíritu Santo confirma al lector sincero.
La Restauración no se limita a añadir información religiosa, sino que devuelve una visión espiritual más completa. Mediante las Escrituras y la revelación moderna podemos comprender nuevamente la identidad y el carácter de Dios, nuestra condición como Sus hijos, el propósito de la vida, el plan de salvación y la función central de Jesucristo. Así, quienes antes se encontraban en «oscuridad y tinieblas» pueden reconocer de dónde vienen, por qué están aquí y hacia dónde se dirigen. El libro no reemplaza al Salvador; abre los ojos para verlo con mayor claridad y escuchar Su voz.
Sin embargo, poseer el Libro de Mormón no garantiza automáticamente que veremos y oiremos. La sanación espiritual requiere leerlo con humildad, meditar en sus enseñanzas y actuar conforme a ellas. Cuando acudimos al registro con fe y disposición para obedecer, el Espíritu puede vencer nuestra sordera, corregir nuestra visión y conducirnos hacia una relación más profunda con Cristo. De ese modo, «las palabras del libro» se convierten en un instrumento mediante el cual el Señor transforma la oscuridad en luz y la confusión en entendimiento.
Élder Lynn G. Robbins: En los días anteriores a la gloriosa Primera Visión, el fervor religioso de Manchester, Nueva York, Estados Unidos, era sumamente confuso. Según las palabras de José Smith: «Tan grandes eran la confusión y la contención entre las diferentes denominaciones, que era imposible que una persona… llegase a una conclusión segura sobre quién tenía razón y quién no» (José Smith—Historia 1:8).
El Libro de Mormón se refiere a aquella confusión anterior a la Restauración como un «terrible estado de ceguedad… a causa de las partes claras y sumamente preciosas del evangelio del Cordero que esa iglesia abominable ha retenido» (1 Nefi 13:32; cursiva agregada).
A lo largo de los siglos, la clara visión espiritual que proporcionaba la Biblia se fue volviendo borrosa a medida que se perdían muchas partes claras y preciosas, algunas veces involuntariamente a causa de traducciones defectuosas y otras de manera intencional mediante alteraciones corruptas, «para pervertir las rectas vías del Señor, para cegar los ojos y endurecer el corazón de los hijos de los hombres» (1 Nefi 13:27; cursiva agregada).
Uno de los milagros más frecuentes del Salvador consistía en restaurar la vista a los ciegos. Sin embargo, la misión y el milagro más importantes del Salvador eran sanar a quienes padecían ceguera espiritual. «Yo he venido a este mundo», dijo Él, «para que los que no ven, vean» (Juan 9:39).
Utilizando la metáfora de Isaías y la visión de Nefi acerca de la ceguera espiritual de los últimos días, podemos considerar la salida a luz del Libro de Mormón como una restauración milagrosa de la visión espiritual.
Ni permitirá el Señor Dios que los gentiles permanezcan para siempre en ese terrible estado de ceguedad…
…seré misericordioso con los gentiles en aquel día, de tal modo que les manifestaré, por mi propio poder, mucho de mi evangelio…
Porque he aquí, dice el Cordero: Me manifestaré a tu posteridad, para que escriba muchas cosas que yo le ministraré… y estas cosas serán escondidas, a fin de que aparezcan a los gentiles por el don y el poder del Cordero.
Y en ellas estará escrito mi evangelio, dice el Cordero, y mi roca y mi salvación.
…Estos últimos anales… establecerán la verdad de los primeros… Ambos serán reunidos en uno. (1 Nefi 13:32, 34–36, 40–41; cursiva agregada).
Se unirán para ayudarnos a ver la verdad. («The Eye of the Blind Shall See»).
Isaías 29:19 — Gozo para los humildes y los pobres
«Los humildes crecerán en alegría en Jehová, y los pobres de entre los hombres se regocijarán en el Santo de Israel».
Después de anunciar que los sordos oirían las palabras del libro y que los ciegos verían en medio de las tinieblas, Isaías describe el efecto espiritual de esa luz restaurada: los humildes aumentarían su gozo en el Señor. La humildad no significa inferioridad ni falta de capacidad, sino disposición para reconocer la dependencia de Dios y recibir Su palabra. Por eso, no se exige prestigio académico, riqueza ni posición social para obtener un testimonio del Evangelio; se requiere un corazón sincero, dispuesto a aprender y receptivo a la confirmación del Espíritu Santo.
Los «pobres de entre los hombres» representan tanto a quienes padecen necesidades temporales como a quienes el mundo considera insignificantes. El Evangelio los eleva al revelarles su identidad como hijos de Dios, su valor eterno y su lugar dentro de Su obra. Esta promesa no idealiza la pobreza ni enseña que las privaciones sean buenas en sí mismas; declara que las circunstancias sociales no pueden impedir que una persona reciba las riquezas espirituales de Jesucristo. En Él, quienes carecen de reconocimiento humano pueden hallar dignidad, conocimiento, esperanza y pertenencia al pueblo del convenio.
Dios suele realizar Su obra mediante instrumentos humildes para demostrar que el poder y la gloria proceden de Él. José Smith carecía del prestigio y la preparación que el mundo habría esperado de un restaurador religioso, pero el Señor obró por medio de él para sacar a luz el Libro de Mormón y restaurar el Evangelio. De igual manera, Cristo puede convertir a personas comunes en poderosos instrumentos de bendición. El gozo prometido nace al descubrir que nuestro valor no depende de cómo nos clasifica el mundo, sino de nuestra relación con el Santo de Israel.
Orson Pratt: Durante la larga noche de oscuridad hubo algunas personas humildes y mansas que poseían cierto grado de luz; pero, como la Iglesia de Cristo había desaparecido de la tierra, no había nadie con autoridad para bautizar ni administrar las ordenanzas del Evangelio a esas personas mansas. Por consiguiente, su gozo era imperfecto. Sin embargo, Isaías declara que, cuando el libro sea revelado, «los mansos aumentarán su alegría en Jehová». Eso es precisamente lo que el libro está destinado a producir, porque mediante su contenido los mansos aprenden que se acerca el momento en que heredarán la tierra, de acuerdo con la bendición pronunciada por nuestro Salvador en el monte: «Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra como heredad». Esto se cumplirá después de que todas las naciones inicuas sean destruidas. «Y los pobres de entre los hombres se regocijarán en el Santo de Israel». Esto también se promete como resultado de la revelación del libro, y el medio por el cual se llevará a cabo será una destrucción general de los inicuos; pues Isaías declara: «Porque el violento será acabado, y el escarnecedor será consumido; y serán talados todos los que se desvelan para cometer iniquidad, los que hacen culpable al hombre por una palabra, y tienden trampa al que reprende en la puerta, y apartan al justo por una nimiedad». ¡Con cuánta claridad se declara que el juicio caería pronto sobre todos los inicuos después de la aparición de este libro, esta obra maravillosa y un prodigio! ¡Y con cuánta claridad también se declara que los sordos, los ciegos, los mansos y los pobres de entre los hombres recibirían grandes beneficios gracias al libro! (Orson Pratt’s Works [Salt Lake City: Deseret News Press, 1945], págs. 277–278).
Isaías 29:19 — Gozo para los humildes y los pobres
«Los humildes crecerán en alegría en Jehová, y los pobres de entre los hombres se regocijarán en el Santo de Israel».
Después de anunciar que los sordos oirían las palabras del libro y que los ciegos verían en medio de las tinieblas, Isaías describe el efecto de esa luz restaurada: los humildes aumentarían su gozo en el Señor. La humildad no significa inferioridad ni falta de capacidad, sino disposición para reconocer nuestra dependencia de Dios y recibir Su palabra. Por ello, no se requiere prestigio académico, riqueza ni posición social para obtener un testimonio del Evangelio, sino un corazón sincero, dispuesto a aprender y receptivo al Espíritu Santo. Los «pobres de entre los hombres» representan tanto a quienes padecen necesidades temporales como a quienes el mundo considera insignificantes; sin idealizar la pobreza, la promesa enseña que ninguna circunstancia social puede impedir que una persona reciba las riquezas espirituales de Jesucristo: dignidad, conocimiento, esperanza e identidad como hija de Dios.
El Señor suele realizar Su obra mediante personas humildes para demostrar que el poder y la gloria proceden de Él. José Smith carecía del prestigio y la preparación académica que el mundo habría esperado de un restaurador religioso; sin embargo, Dios obró por medio de él para sacar a luz el Libro de Mormón y restaurar el Evangelio. Del mismo modo, Jesucristo puede transformar a personas comunes en poderosos instrumentos para bendecir a los demás. El gozo prometido surge al comprender que nuestro valor no depende de las distinciones del mundo, sino de nuestra relación con el Santo de Israel y de nuestra disposición para participar en Su obra.
Isaías 29:19 — Gozo para los humildes y los pobres
«Los humildes crecerán en alegría en Jehová, y los pobres de entre los hombres se regocijarán en el Santo de Israel».
Después de anunciar que los sordos oirían las palabras del libro y que los ciegos verían en medio de las tinieblas, Isaías describe el efecto de esa luz restaurada: los humildes aumentarían su gozo en el Señor. La humildad no significa inferioridad ni falta de capacidad, sino disposición para reconocer nuestra dependencia de Dios y recibir Su palabra. Por ello, no se requiere prestigio académico, riqueza ni posición social para obtener un testimonio del Evangelio, sino un corazón sincero, dispuesto a aprender y receptivo al Espíritu Santo. Los «pobres de entre los hombres» representan tanto a quienes padecen necesidades temporales como a quienes el mundo considera insignificantes; sin idealizar la pobreza, la promesa enseña que ninguna circunstancia social puede impedir que una persona reciba las riquezas espirituales de Jesucristo: dignidad, conocimiento, esperanza e identidad como hija de Dios.
El Señor suele realizar Su obra mediante personas humildes para demostrar que el poder y la gloria proceden de Él. José Smith carecía del prestigio y la preparación académica que el mundo habría esperado de un restaurador religioso; sin embargo, Dios obró por medio de él para sacar a luz el Libro de Mormón y restaurar el Evangelio. Del mismo modo, Jesucristo puede transformar a personas comunes en poderosos instrumentos para bendecir a los demás. El gozo prometido surge al comprender que nuestro valor no depende de las distinciones del mundo, sino de nuestra relación con el Santo de Israel y de nuestra disposición para participar en Su obra.
Isaías 29:24 — Los que erraron recibirán entendimiento
«Los que erraron en espíritu llegarán al entendimiento, y los murmuradores aprenderán doctrina».
El capítulo concluye con una promesa de corrección, aprendizaje y restauración espiritual. Quienes erraron «en espíritu» representan a las personas confundidas, engañadas o incapaces de discernir la verdad; sin embargo, no están condenadas a permanecer indefinidamente en esa condición. Mediante la revelación, la salida a luz del Libro de Mormón y la restauración del Evangelio, el Señor proporciona los medios para corregir conceptos falsos, recuperar verdades perdidas y alcanzar una comprensión más clara de Jesucristo y de Su plan. La ignorancia y el error pueden vencerse cuando la persona permite que el Espíritu Santo ilumine su mente.
La promesa se extiende incluso a los «murmuradores». Murmurar no es simplemente expresar una duda sincera, sino resistirse a la voluntad de Dios desde la inconformidad, la desconfianza o el orgullo. Que ellos lleguen a «aprender doctrina» demuestra el poder transformador de la palabra divina: una persona crítica o endurecida puede convertirse en un discípulo dispuesto a recibir instrucción. No obstante, este cambio requiere abandonar la actitud defensiva, reconocer la posibilidad de estar equivocado y escuchar con humildad.
La Restauración ofrece respuestas y recupera doctrinas esenciales, pero no elimina nuestra responsabilidad personal de buscar, estudiar y obedecer. El entendimiento espiritual no llega únicamente por disponer de más información, sino por recibir la verdad con fe y llevarla a la práctica. Jesucristo puede convertir la confusión en claridad y la murmuración en aprendizaje cuando le entregamos un corazón enseñable. Así, Isaías 29 termina con esperanza: la ceguera, la sordera y el error descritos anteriormente no tienen que ser permanentes, porque el Señor posee poder para abrir los ojos, enseñar doctrina y conducir nuevamente a Su pueblo hacia la verdad.


























